Idioma original: inglés
Título original: The Crystal World Fecha de publicación: 1966 Valoración:Está bien
Este domingo moría J. G. Ballard, un escritor británico independiente y original, conocido fundamentalmente por novelas como Crash -adaptada en una polémica película de David Cronenberg- o El Imperio del Sol -que llevó al cine Steven Spielberg, y que está basada en gran medida en las experiencias infantiles del propio Ballard durante la Segunda Guerra Mundial-. Sin embargo, el género que Ballard más cultivó es el de la ciencia ficción, aunque una ciencia ficción distinta a la de Asimov, Stanislaw Lem, Philip K. Dick, etc., que presenta fundamentalmente mundos distópicos en proceso de desintegración o transformación.
El mundo de cristal es un ejemplo de este segundo tipo de novelas: Edward Sanders, un médico británico, es enviado a una región de África de difícil acceso, para ayudar a combatir una variante de la lepra. En el camino, sin embargo, descubre que se está produciendo un extraño e inexplicable fenómeno: la selva ha comenzado a cristalizarse, al igual que todo lo que la selva pueda contener: plantas, animales o personas.
Más sorprendente todavía que este planteamiento inicial es el desarrollo que Ballard hace tomar a la novela, centrándose en las reacciones de los personajes ante el fenómeno, tanto o más que en el fenómeno en sí mismo. Un enfoque más hollywoodiense, por decirlo de alguna forma, habría llenado la novela de acción, giros sorprendentes, personajes planos. Ballard apunta en dirección contraria: crea un conjunto de personajes secundarios con historias y personalidades complejas, que les hacen encarar de maneras diversas la amenaza de la cristalización, insistiendo además en el carácter ambiguo de la plaga: mata, porque elimina la vida, pero también preserva, porque detiene el tiempo.
El conjunto es una novela verdaderamente fascinante: algo así como La vorágine de José Eustasio Ribera, pero con efectos especiales.
Idioma original: inglés Título original: High-rise Año de publicación: 1975 Valoración: Muy recomendable
Es sorprendente, y al mismo tiempo comprensible, que Hollywood no haya recurrido a más novelas de J. G. Ballard para adaptarlas al cine (con la excepción de Crash y El Imperio del Sol). Sorprendente, porque muchas de estas novelas parten de ideas sencillas y originales y suelen estar protagonizadas por héroes muy al estilo de Hollywood: hombres blancos, machos, cultos, sofisticados, aventureros; pero al mismo tiempo, es comprensible, porque las novelas de Ballard son oscuras, violentas, tétricas, pesimistas, cargadas de sexualidad sin inhibiciones, y transmiten un mensaje negativo sobre la modernidad, el consumismo y la civilización occidental. Para poder "vender" este producto, Hollywood tendría que edulcorarlo hasta desfigurarlo completamente, y recortar muchas de sus escenas para producir una "versión Disney" de Ballard -o dirigirse a un público crítico y adulto, algo a lo que Hollywood ha renunciado hace tiempo.
Rascacielos, como otras novelas de Ballard, es una alegoría sobre los efectos de la inhumanidad de la vida moderna, centrada en este caso en un edificio de última tecnología y alto standing, en el que sus habitantes ceden a un proceso de animalización y primitivización progresiva, empezando por organizar fiestas más o menos inofensivas, pasando luego a ataques físicos entre grupos de vecinos y terminando en un estado de brutalidad absoluta.
Si nos ponemos finos, y no aceptamos el "pacto ficcional" que propone Ballard, la novela es un poco inverosímil: que uno de los más modernos y elegantes edificios de Londres degenere en batalla campal, orgía constante y masacre de animales y humanos, y nadie se entere, ni haga nada para evitarlo, resulta francamente increíble. Pero ahí es donde entra su aspecto alegórico, como mundo cerrado en el que (de manera a veces demasiado obvia) se reflejan los defectos y vicios ocultos de nuestra sociedad en general.
Para mi gusto, Rascacielos es una de las mejores novelas de Ballard, porque no se mete en retorcidas explicaciones físicas, psicológicas o sociológicas para explicar lo que está sucediendo (como sí hace en otras novelas), y en cambio deja que la novela sea eso, una novela, y muy entretenida además, y que sea el lector el que interprete lo que está pasando. Que tampoco es muy difícil, la verdad.
Idioma original: Inglés Título original:Crash Año de publicación: 1973 Valoración: Recomendable y asquerosa al mismo tiempo
De J. G. Ballard ya hemos comentado un par de novelas antes en este blog, que entraban dentro del género de la ciencia-ficción catastrofista (en La sequía se acaba el agua; en El mundo de cristal, como su título indica, el mundo se vuelve de cristal). De hecho, me había planteado hacer una reseña de El mundo sumergido, que se incluye en esa serie (solo que esta vez, en lugar de una sequía, hay una inundación que sumerge todo el planeta), pero al final he pensado que mejor no, mejor hablar de esta otra, que es distinta a las demás, y que probablemente sea su novela más conocida gracias a la adaptación cinematográfica de David Cronenberg de 1996 (junto con El Imperio del Sol, adaptada por Spielberg, claro).
A la hora de valorar la novela, creo que es necesario utilizar los dos adjetivos: recomendable y repugnante: si buscas emociones fuertes, una novela que te sacuda y te haga sentir (asco, miedo, repulsión), entonces esta es tu novela; si buscas una lectura fácil, entretenida, divertida incluso para una tarde de domingo o un viaje en tren, vade retro. Porque Crash es, probablemente, junto con Cacheo de Dennis Cooper, la novela que más asco físico me ha producido (lo que no quita para que sea una buena novela, a su manera).
Los que conozcan la película ya tendrán una idea de cuál es el argumento: trata de las relaciones entre un grupo de personas obsesionadas con los accidentes de tráfico, y para quienes coches, choques y sexo están inseparablemente unidos. Aunque el narrador de la novela es un tal James Ballard (que por supuesto no hay que confundir con el autor), en realidad el centro de la historia es Robert Vaugham, un ser misterioso, manipulador y seductor, que dedica su vida a perseguir y provocar accidentes para filmarlos y correrse en/con ellos, porque le excitan sexualmente. Su mayor fantasía es provocar un accidente que acabe con la vida de Elizabeth Taylor -y con la suya al mismo tiempo-.
La novela es verdaderamente desasosegante por momentos. Las cicatrices, las heridas abiertas, las amputaciones, la sangre, conviven con el sexo, el deseo, el semen. La palabra semen está presente en casi cada página. Todo está lleno de semen: los cuerpos, los pantalones, el volante, el salpicadero, los muñones de los heridos, las manos y las caras de los protagonistas... Como la máquina es el elemento común de atracción y deseo, los conceptos de homosexualidad y heterosexualidad dejan de tener sentido (en la línea del feminismo ciborg). Las escenas de sexo y accidentes de tráfico se suceden, se entremezclan y componen en realidad la práctica totalidad de la novela. Seguir leyendo es por lo tanto un acto de voluntad, o incluso un acto más de perversión (voyeur en este caso), en el que el lector se ve atrapado como se ven atrapados los personajes.
Como digo, la experiencia lectora que ofrece Crash la ofrecen pocas novelas. Más allá de la brutalidad y el morbo, Ballard teje relaciones complejas, enfermizas, indestructibles, y un conjunto de imágenes tétricamente hermosas a pesar de todo. Otras obras de J.G. Ballard en ULAD: La exhibición de atrocidades, El mundo de cristal, La sequía, Rascacielos
Idioma original: inglés Título original: The Atrocity Exhibition Año de publicación: 1969 (como libro) Traducción: Marcelo Cohen y Francisco Abelenda Valoración: yo diría que recomendable, pero por una vez... que cada palo aguante su vela
Imaginemos por un momento un campeonato de lucha entre libros "de culto" (sea lo que sea eso), una especie de Mortal Kombat gafapástico... ¿quien ganaría ese torneo del K.O. para culturetas? No lo sé, claro, pero seguro que podríamos contemplar peleas memorables, como el enfrentamiento de dos campeones pesados de sumo, como son Los reconocimientosy La broma infinita. O, mejor aún, peleas aparente y apasionadamente desiguales, como una que enfrentase a un samurai acorazado y armado con las más contundentes técnicas del bushido... por ejemplo, El arco iris de la gravedad, con un monje shaolin apenas ataviado con su túnica, pero maestro en los arcanos del wu-shu, como sería este La exhibición de atrocidades, de J. G. Ballard. Quizá más de uno de ustedes tendría claro por cual apostar, pero yo no daría por hecho el resultado: este pequeño volumen de menos de 200 páginas podría acabar con cualquier oponente con la ligereza del viento y la letalidad de la víbora. O como se diga.
La lectura de esta extraña ¿novela? no es fácil. O, mejor dicho, su lectura sí resulta engañosamente fácil -también algo cansina-, pero su interpretación no lo es. leyendo este libro nos adentramos en un mundo obsesivo, repetitivo, fluctuante entre el erotismo onírico y la pesadilla malsana. Una historia que parece navegar a la deriva hacia la entropía, una y mil veces rota la percepción que vamos recibiendo de los que se nos cuenta y luego mil veces reconstituida, como cuando giramos un caleidoscopio para componer una figura a costa de deshacer la anterior. Aún así, la experiencia de leerlo resulta altamente estimulante, a partir del momento en que se aceptan las reglas que nos impone. Si se consigue entonces un cierto relajamiento del neocórtex del cerebro o como demonios se llame su zona más racional, la sensación de estar ¿disfrutando? (no, no es la palabra adecuada...) de una obra literaria de lo más singular se vuelve incluso... ¿placentera? (no, desde luego, tampoco esta es la palabra).
Para empezar, la estructura del libro ya resulta bastante peculiar: dividido en quince capítulos en principio independientes -de hecho, algunos fueron publicados por separado en revistas a partir de 1966-, que se pueden considerar incluso "novelas condensadas" (al estilo del Reader's Digest, supongo), cada uno de éstos está a su vez compuesto por párrafos con su propio título cada uno, que parecen guardar una continuidad entre sí, al tiempo que la transgreden; es decir, cada uno de los párrafos se podría considerar como perteneciente a una historia diferente o bien todos a la misma historia, de alguna manera. Además de que los encabezamientos de los párrafos de algún capítulo conforman juntos un nuevo párrafo... El efecto de dislocación narrativa que producen es bastante desconcertante, e incluso perturbador, al no buscar la ruptura entre las distintas partes del relato, sino su interrelación, pero a través de la reiteración a lo largo de todo el libro, de una serie de elemnetos recurrentes. sexo, parafilias, sexo, accidentes de tráfico, sexo, geometrías insólitas, sexo, fetichismo, sexo, espacios desolados, sexo, estudios psicológicos, sexo, películas experimentales, sexo, enfermos mentales, sexo, geografías post-(o pre-)apocalípticas, sexo, celebridades de los sixties, sexo, guerra del Vietnam, sexo, muertes violentas de diverso tipo... ¿he mencionado ya que esto va de sexo? Con todos estos elementos y más, Ballard va construyendo una serie de variaciones sobre el mismo tema, hasta que el conjunto de ellas acaba conformando, de una manera extraña, una narración en la que podemos intuir cierto sentido. Algo parecido ocurre, por otra parte, con los personajes, algunos de los cuales aparecen a lo largo de todos los "capítulos": el doctor Nathan, la doctora Austin -aunque a veces es Claire y otras Elizabeth-, Karen Novotny -catalizadora del deseo sexual masculino-, el turbio Koestero Koster... otros, en cambio, van mutando de nombre, de rol y de posición a través de todo el libro; así ocurre con el "protagonista" (si se le puede considerar así), que siempre es un hombre, a veces casado, otras viudo o soltero, que ha sufrido algún tipo de trauma o está embebido en una indagación obsesiva y hermética: es Travis, Traven, Talbot, Trabert...
No menos obsesiva y recurrente es la mención a personajes o acontecimientos de aquella década de los 60: los Kennedy -Jack y Jackie-, Ralph Nader, Malcolm X, Lee Harvey Oswald, estrellas de cine como Elizabeth Taylor, Brigitte Bardot, Jeanne Moureau; Vietnam, el Congo... Incluso los títulos de los capítulos participan de ese festival sesentero: Por qué quiero joder a Ronald Reagan (a la sazón, gobernador de California) o El asesinato de John Fitzgerald Kennedy considerado como una carrera de Automóviles Cuesta Abajo. Todo muy moderno (para aquel entonces) y hasta muy pop, pero irónica, condenadamente perverso. También encontramos diversas referencias al arte pictórico y con cierta frecuencia a pintores surrealistas como Max Ernst. Referencia nada baladí porque toda la obra transmite un aire a escritura automática que no creo sea casual (hay otra conexión con el mundo del arte: al parecer en 1972 Ballard organizó una exposición de coches estrellados semejante a una que aparece en el libro y con consecuencias bastante en consonancia con los planteamientos de la novela).
Bien, y a todo esto... ¿por qué podemos considerar a este libro como "de culto") En primer lugar (y aunque no sea condición sine qua non, ayuda bastante) porque es más raro que un perro verde. Punto. Después, aquí encontramos la génesis de otra novela del mismo autor -de hecho, uno de los capítulos se titula precisamente así- que sí podemos considerar como "de culto": Crash(o al menos lo era; no creo que la peli de Cronenberg la acabara convirtiendo en mainstream... ¿o sí?). En tercer lugar, La exhibición de atrocidades también ha sido llevada al cine, por un tal Jonathan Weiss, en una película inencontrable pero, a tenor de las referencias, igual -o más- raruna que el libro. Y por último, porque esta extraña novela/libro de relatos sirvió de inspiración, allá por 1980, a los legendarios Joy Division. Que si eso no es ser de culto, yo ya no sé...
Título original:The Drought Fecha de publicación: 1979 Valoración: se deja leer
Bueno, tratándose de Ballard, el título no deja mucho lugar a la imaginación, ¿no? En efecto: un terrible futuro cercano en el que el planeta se rebela frente a las injerencias humanas en el medio ambiente y, sencillamente, corta el grifo de la lluvia. Siendo justos, Ballard se molesta en buscar una explicación verosímil (o que al menos lo parece) a su sequía: los vertidos tóxicos al mar acaban generando una fina pero muy resistente película sobre el agua que impide su evaporación. El resultado es un cielo inmaculadamente azul durante años.
La novela narra las consecuencias de la sequía sobre las condiciones de vida de los habitantes de Hamilton, un pueblecito a orillas de un lago que no tarda en secarse. Ante la falta de agua potable, el gobierno decide evacuar las ciudades, dirigiendo a la población hacia la costa, donde se construyen plantas desalinizadoras. El doctor Charles Ransom, tras la clausura del hospital donde trabajaba, no tiene ya nada que hacer en su casa y, sin embargo, parece resistirse a marcharse (lo que no acaba de entenderse del todo). La escena de una ciudad casi vacía, por la que pulula gente cada vez más desesperada, le atrae de alguna manera. Aún así, en poco tiempo se convence de que quedarse allí no puede depararle nada bueno: un excéntrico millonario planea incendiar la ciudad, un predicador fanático ve en la sequía una prueba divina y aparecen unos enigmáticos grupos de pescadores que reclutan gente, sin muchos miramientos, para buscar un improbable río en el interior del país.
Para cuando el protagonista se decide a viajar a la costa junto a otros desesperados de última hora, lo que se encuentra allí no es muy prometedor. Quizá uno de los mejores pasajes de la novela sea la descripción de los campamentos improvisados que cercan las playas, protegidas por el ejército. Ballard logra captar en un par de páginas la radical transformación de todos los hábitos sociales cuando de pronto se pone en cuestión lo que jamás se hubiera imaginado. En los campamentos todos desconfían, todos se ven como enemigos. A partir de ahí, la novela da un salto cronológico y se nos muestra la vida en las playas tras años de sequía. Han surgido nuevas formas sociales (o más bien han resucitado algunas ya viejas) y la gente parece haberse adaptado a la situación. Las montañas de sal que producen las plantas forman un paisaje desértico, salpicado por los restos inservibles de la antigua técnica. La novela acaba con el regreso de Ransom a su ciudad, donde encontrará insospechados supervivientes con un turbio modo de vida.
La verdad es que a mí la novela no me ha enganchado y, de hecho, me ha costado mucho resumir aquí el argumento, porque no me ha quedado ninguna imagen clara general de lo que se narra. Da la sensación de que Ballard hila una serie de peripecias que suceden a raíz de la falta de agua, pero sin que las acciones de los personajes lleguen a estar motivadas de verdad, ni a integrarse en un curso creíble. Ransom es un personaje apático hasta el extremo, al que parece darle igual deambular por una ciudad abandonada o pescar trabajosamente un par de peces para sobrevivir. Parece libre de todo afecto, de todo deseo, de todo odio. Y eso, aunque el autor nos aclara de vez en cuando que siente temor ante Quilter o cariño por Philip Jordan. Se dice, pero no se ve.
Esa sensación es recurrente en la novela: Ballard da pistas sobre lo que quiere decir, pero no consigue plasmarlo en lo que narra. Aquí y allá deja caer algo sobre cómo en una situación tan extrema y sin esperanza de cambio la gente parece perder su identidad. Una idea interesante que, sin embargo, no se acaba de ver en la novela. La falta de contornos de Ransom podría explicarse como consecuencia de la situación que vive, pero lo cierto es que ya desde el principio es un personaje casi robótico, con el que es imposible empatizar. El lector no entiende porqué decide quedarse más tiempo en la ciudad abandonada, ni porqué, de pronto, decide abandonar la comunidad de la costa. Ransom no pierde ninguna identidad, porque no llega a tenerla en ningún momento.
En general, parece que Ballard trata de transmitir ciertas tesis sobre la identidad personal y los vínculos sociales, y no consigue darles un auténtico cuerpo novelesco. Falta sustancia, credibilidad.
Libro del año: Pues para mí el libro del año ha sido Breve historia de siete asesinatosde Marlon James. No sé decir exactamente el motivo, pero al final me recuerdo acarreándolo, con su presencia imponente y su lomo amarillo, siguiendo andanzas de rastafaris y es una sensación demasiado imborrable. Quizás sea un libro cautivo de su componente visual, pero desde cuándo va a ser malo que una novela contemporánea te recuerde a una nueva temporada de The Wire. Con dos muy dignos contendientes: Manual para mujeres de la limpieza de Lucia Berlin y Satin Island de Tom McCarthy, cuya importancia aún no soy capaz de calibrar.
Porquerías: En un año globalmente positivo: el incomprensible apoyo a algo tan vacuo como Érase una vez el fin, de Pablo Rivero, o la esperada constatación del timo de La chica del tren
Caerá en 2017: Cualquier Saer que se ponga en medio.
No tocar ni con un palo: Zanón, Pérez Andújar, y todos aquellos que quieren apropiarse de la literatura de barrio. Por mediocres y por cansinos.
Los comentarios me han hecho salivar para el 2017: Vollmann y, dicen, el Ray Pollock que viene.
Obra de teatro del año: Calígula, de Albert Camus -todo intensidad
Y, si se me permite, porque obviamente es algo muy poco uladiano, pero muy especial para mi: 'Análisis de los fenómenos monetarios en España', de Florencio Salcedo -¡qué tío!
Libros españoles del año de los que esperaba más: Mala letra de Sara Mesa; El sistema de Ricardo Menéndez Salmón; Madre e hijade Jenn Díaz; Patria de Fernando Aramburu...
Idioma original: francés Título original: Le planète des singes Año de publicación: 1963 Valoración: recomendable
Este es uno de esos casos en los que es difícil leer el libro como si no supiéramos nada de él de antemano: leer El planeta de los simios como lo debieron leer sus primeros lectores en 1963, cuando todavía no existía la película de Charlton Heston ni, claro, sus posteriores secuelas, remakes y reboots. Muchas de las sorpresas que el autor había plantado en la novela para sorprender al lector ya no son tales sorpresas (y en la edición que he manejado de Plaza & Janés se cargan una de las pocas que quedaban en la contraportada).
Por si todavía queda alguien que no conozca el argumento, aquí va: una nave espacial en misión científica aterriza en un planeta cercano a la estrella Betelgeuse, aparentemente muy similar a la tierra. Pero pronto descubren que no todo es idéntico a la tierra: en este planeta los seres humanos son seres evolutvamente inferiores, dominados por los simios (chimpancés, gorilas y orangutanes), que han desarrollado una civilización avanzada. Capturado como cobaya para experimentos, el protagonista, Ulysse Mérou, deberá demostrar que está dotado de una inteligencia superior con la ayuda de la una chimpancé especialmente despierta: Zira.
Precisamente por ser una historia tan conocida, y por un cierto aire naif en las explicaciones científicas, El planeta de los simios resulta algo anticuada en comparación con la evolución posterior de la ciencia-ficción (sobre todo con la ciencia ficción hard core o con el cyberpunk). Casi podría compararse con obras como La máquina del tiempo o La isla del doctor Moreau de H. G. Wells, escritas más de medio siglo antes. Es muy evidente, por ejemplo, la influencia de las teorías darwinistas, del conductismo psicológico (el protagonista se ve sometido, entre otros, al experimento del perro de Pavlov) o de la idea del inconsciente colectivo, de Carl Jung; pero todas estas teorías aparecen en una versión masticada y domesticada, sin que dé la impresión de que Boule tuviera un conocimiento muy profundo de ninguna de ellas.
Como narración, la novela mantiene el interés, el ritmo y la tensión a través de la evolución del personaje principal, sus progresos y retrocesos, hasta las sorprendentes revelaciones de la tercera parte de la novela (que tampoco serán sorprendentes para quien conozca la película). También ayuda a mantener interesado al lector la relación entre Zira y Ulysses, una de las pocas historias de amor interspecies de la historia de la literatura; es en cierto modo divertido ver al protagonista dividido entre Nova, una bomba sexual humana con la inteligencia de un conguito, y Zira, la adorable chimpancé con la que comparte sus penas y miedos.
Nota curiosa: Pierre Boule es también el autor de El puente sobre el río Kwai, basada en sus experiencias como prisionero durante la Segunda Guerra Mundial; algo similar sucede con J. G. Ballard, autor de El imperio del sol sobre sus recuerdos en un centro de internamiento japonés (llevada al cine por Spielberg) pero también de numerosas novelas de ciencia ficción como El mundo de cristal o El mundo sumergido.
Por algún motivo, la idea del "Fin del Mundo" parece atraer a la imaginación humana. Hoy, 21 de diciembre de 2012, es uno de esos días en los que dicen que vamos a dar nuestro último aliento, solo porque hace un porrón de años a los mayas se les acabó el espacio en la piedra para meter más años. Pero esta confusión anecdótica revela una atracción intemporal por el destino final de la humanidad, del planeta o del universo, que se presenta al mismo tiempo como un momento de destrucción, sufrimiento y caos, pero también como un restablecimiento del orden cósmico: el juicio final en el que la humanidad en su conjunto, y cada ser humano en particular, paga por sus pecados.
De hecho, los mitos sobre el fin del mundo (o "escatológicos") están presentes en todas las grandes religiones: el hinduísmo, por ejemplo, cree que estamos en la última fase del ciclo o Kali Yuga (la más impura e infiel de todas, faltaría más), después de la cual Vishna disolverá y regenerará el universo; el "sermón de los siete soles" de Buda describe la destrucción del universo, después, también, de una fase de decadencia, inmoralidad y crimen. En las religiones de la tradición judeo-cristiana e islámica, el fin del mundo toma la forma de "Juicio Final" en que Dios resucitará y juzgará a los muertos por sus actos; por supuesto, no podemos hablar del Apocalipsis sin hablar del Apocalipsis, el último libro de la Biblia y uno de los más poéticos y simbólicos.
Pero no solo los textos religiosos se han ocupado del "final de los tiempos": la literatura también, con especial recurrencia en los últimos doscientos años.De hecho, una de las primeras obras modernas en plantear la desaparición de la raza humana es El último hombre (1826) de Mary Shelley (sí, la autora de Frankenstein), en el que la culpa la tiene una enfermedad incurable que se extiende por el mundo. O cómo no, La máquina del tiempo (1895), de H. G. Wells, en que el viajero temporal termina cayendo en un futuro lejano en que la civilización ha desaparecido y la humanidad ha degenerado en dos especies distintas: los refinados Eloi y los brutales Morlocks (en otro salto hacia el futuro, el viajero temporal llegará a ver el momento de destrucción de la Tierra, a causa de un sol gigante y abrasador).
El siglo XX ha sido pródigo en ficciones apocalípticas, que han reflejado los sucesivos miedos dominantes: una epidemia incurable, la guerra nuclear, el calentamiento global... La ficción literaria o cinematográfica sobre la capacidad devastadora de las armas atómicas inundó la imaginación del siglo XX. Ray Bradbury, por ejemplo, incluyó en varios relatos de sus magistrales Crónicas marcianas (1950) un escenario de guerra nuclear de efectos devastadores sobre la Tierra.
En la rama epidémica se sitúa una de las novelas más influyentes del género, Soy leyenda de Richard Matheson (1954), que ha sido llevada al cine en varias ocasiones; aunque no es la primera: además de la obra de Shelley de la que ya hemos hablado, Jack London había escrito medio siglo antes una novela titulada La peste escarlata (1898) en que la humanidad es destruida por un virus. Una supergripe es también la causa del fin de la humanidad en Apocalipsis (título original, The Stand, 1990), de Stephen King.
Entre los relatos apocalípticos de origen ecológico se impone mencionar El rebaño ciego (1972) de John Brunner, una novela terible en que la polución y la sobreexplotación del planeta causan todos los males imaginables a los seres humanos. J. G. Ballard, otro autor clave del género de ciencia-ficción del siglo XX, jugó a imaginar distintos finales para el planeta tierra: el exceso de agua en El mundo sumergido (1962); la falta de agua en La sequía (1964), o un extraño fenómeno que transforma la materia en cristal en El mundo de cristal (1966). En Ciudad (1952) de Clifford D. Simak los humanos también son culpables de su propio final, pero por puro agotamiento y decadencia de sus estructuras sociales.
En otros casos, el origen del desastre proviene del espacio exterior: de nuestros amigos los marcianos. H. G. Wells, de nuevo, marcó la senda con su novela La guerra de los mundos (1898), creando una tradición que llega hasta el Mecanoscrito del segundo origen (1974) de Manuel de Pedrolo; mientras que en El día de los trífidos de John Wyndham, una extraña lluvia de meteoritos verdes y unas misteriosas plantas asesinas se reparten la destrucción del planeta. Philip Wylie y Edwin Balmer, por su parte, fueron pioneros al plantearse lo que ocurre Cuando chocan los mundos (1933), una novela que también ha sido adaptada varias veces adaptada al cine. La tierra también es destruida, por medios más burocráticos, en la Guía del autoestopista galácticode Douglas Adams; pero ya sabéis, Don't panic.
El siglo XXI comenzó con su propio mito apocalíptico (el famoso "efecto 2000", que se suponía que iba a freír todos nuestros sistemas informáticos); así que no es de extrañar que la ficción (post)apocalíptica siga ocupando un lugar en nuestras librerías, televisiones y salas de cine: The Walking Dead, Los juegos del hambre, Soy leyenda, la saga Terminator... De hecho, la ficción distópica o post-apocalípstica ha atraído la atención de escritores consagrados como Cormac McCarthy (La carretera, 2006) o Margaret Atwood (Oryx y Crake, 2003).
No se prevé, por lo tanto, una falta de interés por el tema apocalíptico en un futuro cercano. Quiero decir, si es que hay futuro más allá del 21 de diciembre. Y si no lo hay, si al final resulta que las profecías tenían razón y hoy se acaba todo, por lo menos que el fin del mundo nos pille leyendo.
Idioma original: español Año de publicación: 2011 Valoración: está bien
Si esta gente de Trama Editorial sigue adelante con su colección Tipos Móviles, me temo que no podré pagar el alquiler: me interesan todos, pero son caros.
Después de varias biografías de editores y dos libros más sobre el futuro del sector del libro, leo ahora Éxito. Un libro sobre el rechazo editorial, del bilbaino Íñigo García Ureta, que es, además de autor, traductor y editor. Dieciocho eurazos, por si alguien quiere saber. Un poco exagerado para tener apenas 150 páginas, me parece a mí.
El libro no está mal: entretiene, alecciona y aporta un poco de luz sobre el ya manido tema de la relación entre el autor y el editor/casa editorial. Como me ha pasado otras veces, mis expectativas eran diferentes a lo que encontré entre sus páginas, debido posiblemente a la ausencia de reseñas interesantes sobre la obra en los medios españoles. Yo esperaba, tal vez, encontrar un anecdotario más extenso sobre casos concretos y un poco más de "violencia", pero no. Y eso que el libro se abre con varias citas estupendas, entre ellas esta perla:
"Para el autor de este libro toda ayuda psiquiátrica es poca" (de un informe de lectura a Crash, de J. G. Ballard)
García Ureta elige un tono coloquial para exponer sus reflexiones, algo que, sin duda, le viene muy bien al libro. Y digo reflexiones con conocimiento de causa: a pesar de centrarse específicamente en el rechazo editorial, sus tesis quieren llegar más lejos y hablar, de manera más abstracta, sobre el concepto de rechazo: tanto en el caso de quien rechaza como en el caso de quien es rechazado. En este sentido, ya desde el principio deja muy claro que, en el caso de tomar partido, él lo hace por el "equipo" del editor, y durante muchas páginas expone un argumentario de gran interés sobre este tema: las condiciones laborales, económicas, socio-políticas, personales e intelectuales que llevan a un editor a denegar la publicación de un manuscrito, los distintos filtros que participan en el proceso y todos los actores que intervienen en él. Aporta, también, multitud de ejemplos de informes de lectura de obras muy conocidas que fueron rechazadas:
Sobre una obra de Mary Higgins Clark: "su protagonista es tan aburrida como la encuentra su marido".
Sobre Moby Dich: "muy largo, como pasado de moda".
Sobre Bajo el volcán: "decididamente demasiado largo y abigarrado su contenido".
Sobre La conjura de los necios: "la novela no trata sobre nada en concreto".
García Ureta asume que los editores se equivocan, como cualquiera, pero no tanto como la gente cree: frente a algunos planteamientos que defienden un mundo literario castrado por la figura de editores cobardes obsesionados con los beneficios, el autor plantea que la labor de filtro que desarrolla un editor no solo es fundamental para autores y lectores, sino que favorece una cultura rica, variada y digna, y que ese mismo editor, en tanto que lector, desea como nadie publicar libros importantes, que aporten algo bueno a la sociedad (lo que tengan que aportar, según el género).
Como digo, es una lectura muy amena, con prosa fluida, que combina con inteligencia la reflexión con la anécdota (informes de lectura, casos de autores insoportables, citas memorables, sucesos con determinados manuscritos... y una encuesta de mucho interés a distintos profesionales del gremio: autores, editores, lectores, agentes, etc.), y que invita al lector, asumiendo que dicho lector es o ha sido un autor rechazado por editores, a seguir escribiendo: trabaja la obra, no te dejes vencer, reescribe. Como dice nada más empezar el libro, en palabras de Winston Churchill:
"El éxito es ir de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo".
Idioma original: noruego Título original:Kjedsomhetens filosofi Fecha de publicación: 1999 Valoración: está bien
Todos nos aburrimos. Puede tardar minutos, días o meses, pero es un hecho: antes o después, según lo ocupados que estemos, llega un momento en el que todos nos descubrimos no haciendo nada y sin saber muy bien cómo salir de esa inacción. Tenemos entonces, por lo general, un sentimiento extraño, una especie de desidia culpable, que llamamos aburrimiento. Ahora bien, no es ése el tema de este libro. Al fin y al cabo, solemos salir del aburrimiento enseguida, iniciando otra actividad (por ejemplo, escribir una entrada para este blog). El problema viene cuando el mal no es tan fácil de remediar, cuando nos encontramos con que la fuente de la desidia no es la ausencia momentánea de tarea, sino la falta de fe en el sentido de toda tarea. Se extiende entonces en nuestra conciencia una sombra alargada e inquietante: el tedio.
Hay dos motivos que parecen hacer de Svendsen una autoridad para hablar del tedio: en primer lugar, es un nativo escandinavo; en segundo lugar, es académico. Se me objetará que no hago aquí sino dejarme llevar por burdos prejuicios sobre los países escandinavos y su alta tasa de suicidios, y tal vez sea así, pero tenga el lector la gentileza de recordar a Bergman, a Munch y a Kierkegaard. No puede decirse que le alegren la vida a uno, ¿verdad? En cuanto a la academia, el propio Svendsen reconoce que la peor y más extendida experiencia de tedio en toda su vida fue la redacción de su tesis doctoral. Más aún, para espanto de todos los doctorandos, se obstina en recordar cómo en ese tiempo oscuro ponía todas sus esperanzas en lo bella y divertida que sería su vida tras defender la tesis. Cuando lo hizo, sin embargo, comprobó que peor que aburrirse terriblemente en pos de una meta es dejar de tenerla, y quedó sumido en una postración aún mayor. Buscó entonces una nueva meta, y nació este libro.
Quede claro que es mejor no afrontarlo si uno está pasando una racha regular en su vida. Con esta precaución, se trata de un ensayo muy interesante. Svendsen investiga las manifestaciones, las causas y los tipos del tedio, y hace un repaso por todos los poetas y filósofos que se han visto aquejados por él y han escrito sobre él, que son muchos. Después de un breve recorrido histórico queda claro que el tedio es, propiamente, una enfermedad moderna. Antes también existía, desde luego, y era considerado la fuente de los pecados capitales; sin embargo, es la modernidad la que le da la persistencia y la extensión que hoy le conocemos, la que lo democratiza. Esto no tiene que ver sólo con el aumento del tiempo libre y la rutinización de la vida cotidiana, que también, sino, sobre todo, con la pérdida de garantías trascendentes que implica el pensamiento moderno. La liberación ilustrada del hombre, como anunciara Nietzsche, lleva en sí el germen de la desorientación y del nihilismo. Perdida la fe última en el sentido de lo que hacemos, sólo nos queda aburrirnos.
Hay un largo capítulo dedicado a Heidegger (para cuya obra el tema del tedio resulta fundamental) que no es fácil de digerir. El resto del libro está escrito en un estilo más ligero, y abundan las referencias literarias y cinematográficas: no sólo Kierkegaard y Beckett, también Bret Easton Ellis o J. G. Ballard. En fin, un buen libro. Por si se aburren.