sábado, 10 de febrero de 2018

Reseña + Entrevista: Los últimos. Voces de la Laponia española de Paco Cerdà

Idioma original: español
Año de publicación: 2017
Valoración: Recomendable

Algo hay en el ambiente: un retorno, o al menos un interés por lo rural que no se veía en el panorama literario y editorial español, probablemente, desde que con la Transición nos sentimos europeos, modernos, cosmopolitas, que es como decir "urbanitas". Al boom crítico y de ventas de Intemperie de Jesús Carrasco le siguieron por otras novelas que se desarrollan en ambientes rurales, a menudo opresivos, siempre aislados de la "civilización": Por si se va la luz de Lara Moreno; Alabanza de Alberto Olmos, Si quieres puedes quedarte a ti de Txani Rodríguez... Y ahí está, por supuesto, el ensayo La España vacía de Sergio del Molino, que es como primo o hermano de este Los últimos de Paco Cerdà, con el que comparte un tema fundamental: el despoblamiento del interior español.

Los últimos. Voces de la Laponia española es un largo paseo por una de las áreas más despobladas de Europa, la denominada "Serranía Celtibérica": una zona amplísima (más de 60.000 kilómetros cuadrados) repartida por las provincias de Guadalajara, Teruel, Cuenca, Valencia, Castellón, Zaragoza, Soria, La Rioja, Burgos y Segovia, con una densidad de algo más de siete habitantes por kilómetro cuadrado; casi los mismos que la gélida Laponia, en el extremo norte de Europa.


A lo largo de esta larga crónica o reportaje, Paco Cerdà visita cada una de esas provincias, asciende hasta algunos de los pueblos más inaccesibles y despoblados (algunos, con uno, cuatro, veinte habitantes en invierno) y entrevista a personas muy diferentes que han elegido quedarse, o volver, a estos paradisíacos infiernos de aislamiento: agricultores, maestros, monjes, escritores, pastores, entrenadores de fútbol de categoría regional, artistas, activistas... Todos ellos cuentan una historia similar: la del abandono progresivo de los pueblos y de las formas de vida tradicionales, un abandono apoyado o ignorado por las instituciones; una "demotanasia", en palabras de la investigadora Pilar Burillo.

En algo se nota que este es un libro escrito por un periodista: en que en él encontramos una descripción minuciosa del terreno y del paisaje, y muchas entrevistas con los propios habitantes de la Laponia española, pero no un intento de proponer grandes tesis o soluciones mágicas al problema, imponiendo una voz autorial omnisciente. Es notable, por otra parte, el respeto y la consideración del escritor hacia los habitantes de estos pueblos (muchos de ellos luchando, como quijotes apasionados, contra los elementos y contra las instituciones), sin caer por ello en la idealización new age de la vida rural, ni en la mirada paternalista del que "se rebaja" a salir de la ciudad para entrevistar a los "nativos". Como dice uno de los entrevistados, "estoy harta de que me estudien, que parecemos bichos raros".

Y sin embargo, aunque esta es una crónica o un ensayo fundamentalmente periodístico, es también un libro con un estilo muy cuidado, cargado de imágenes, metáforas, un léxico riquísimo y adaptado al tema. También son abundantes las referencias literarias: a Llamazares y Cervera, pero también a Rulfo, a García Márquez, a Machado, a Cervantes. El párrafo con el que se inicia el texto es un buen ejemplo de este estilo:
"Vine a Motos porque me dijeron que acá vivía un solo habitante, un tal Matías López. Vine a buscar la zona cero de la despoblación, el punto justo donde el tumor de la soledad se trasmuta en metástasis de la desolación. Vine un domingo a mediodía buscando a un pastor soltero llamado Matías. Pero no hallé más que silencio y soledad. No encontré otra cosa que un no-lugar en un no-tiempo, una encrucijada geográfica y mental alejada de toda coordenada conocida"
De hecho, quizás la principal pega que se le pueda poner al libro sea que este estilo se alambica demasiado en ocasiones, perjudicando a la lectura del texto, o la insistencia en ofrecer datos numéricos de densidad poblacional, datos imprescindibles en un texto sobre este tema, pero que llegan a aturdir en algunos fragmentos. Las mejores páginas, en cambio, me parece, son aquellas en las que el autor dialoga con algunos de los habitantes de los pueblos, que transmiten una sabiduría dura y escéptica, y una voluntad férrea y afilada.

Este es, en definitiva, un libro político en su diagnóstico de un problema acuciante, apuntando al capitalismo salvaje y al desinterés institucional como causas de un deterioro progresivo. Si es un deterioro inevitable o irreversible, lo dirá el tiempo.

Entrevista con Paco Cerdà

¿Qué te llevó a querer escribir este libro? ¿Cómo/cuándo/por qué se te ocurrió la idea?

El libro nació a partir de la sensación de abandono, desolación y desigualdad que sentí al visitar una pequeña aldea valenciana con menos de diez habitantes. Viajé allí para hablar con sus vecinos y elaborar un reportaje dominical sobre la despoblación para mi periódico, Levante-EMV. Sin embargo, lo que iba a ser un reportaje dominical sembró en mí la idea de que sería bonito echarme a la carretera para recorrer todo este extenso territorio, con calma y sin prisas, para buscar las voces de sus resistentes, de esos últimos pobladores: últimos porque en muchos casos no tienen relevo generacional y su pueblo morirá con ellos, y últimos también porque representan la última preocupación de instituciones, empresas y ciudadanos de esta España desmemoriada con su pasado rural.


¿Cómo fue el proceso de investigación para el libro? Debiste de pasar unas cuantas horas conduciendo por carreteras terroríficas... ¿Cuánto tiempo te llevó reunir el material?

Fueron 2.500 kilómetros recorridos, la inmensa mayoría de ellos por carreteras muy modestas. El viaje fue en invierno, porque es cuando más auténtico es este territorio y no hay residentes puntuales de verano, y visité muchos pueblos pequeños, la gran mayoría de ellos con menos de cien habitantes. Recorrí las zonas montañosas y más apartadas de las provincias englobadas dentro de esta Serranía Celtibérica o Laponia del Sur: Guadalajara, Teruel, La Rioja, Burgos, Valencia, Cuenca, Zaragoza, Soria, Segovia y Castelló. Fueron muchas horas de conducción, es cierto. Con Manolo García sonando en el coche y la mirada alucinada al ver tantos paisajes bellos, de una belleza que a veces parecía de postal inanimada. Y eso es lo que dolía.


Este libro realiza un diagnóstico, pero no prescribe ningún tratamiento: hay iniciativas (casi) individuales, muy voluntariosas, pero no soluciones estructurales para el problema de la Laponia española. ¿Hay solución, o la despoblación es un proceso irreversible e inevitable?

Tal vez sea la pregunta que más me han hecho. ¿Cuál es la solución? Y yo siempre respondo dos cosas. Primero: no sé cuál es la solución. Solo soy un cronista, muy alejado de esos tertulianos que todo lo saben. Conviene tener humildad: mi objetivo era relatar, contar, aquello que me tenían que decir esas voces que pocos se molestan en oír: el pastor que vive solo como único habitante de su pedanía; el maestro que cerrará el colegio del pueblo porque el curso siguiente no habrá alumnos suficientes; el pueblo donde solo vive un niño; el prior de un monasterio que reflexiona sobre el silencio, a veces con regusto a muerte, que abunda en estas tierras; el repoblador que ha vuelto a habitar una aldea abandonada, sin luz eléctrica, a base de agallas, conciencia y utopía; la mujer que regresa a su aldea natal, deshabitada desde hace un cuarto de siglo y toda llena de zarzas y maleza, y se le encoge el alma por ver cómo se desmorona el paisaje de su infancia; el equipo de fútbol del pueblo más pequeño de su provincia, que lucha contra viento y marea por resistir. Es una recopilación de historias humanas para retratar la gran historia humana que está olvidando este país: el abandono del medio rural más despoblado. Porque nada tiene que ver un pueblo de 2.000 habitantes con uno de 57 vecinos. Y segundo: no sé si hay solución: lo que sé seguro es que dejar morir este patrimonio cultural que representa nuestro entramado rural es una barbaridad que no podemos permitirnos como sociedad.  


Una de las virtudes del libro es respetar lo rural y sus habitantes, sin caer en la exaltación neorrural desinformada. ¿Cuál es tu relación personal con lo rural? ¿Lo añoras, o te horroriza? ¿Te irías a vivir a un pueblo de 40 habitantes?

Gracias por ese elogio: es el mayor halago que puedo recibir. No es ya solo el respeto. Para mí, como periodista y como persona, es fundamental mostrar empatía con la persona o la realidad que tienes delante. Yo nací en un pueblo y pasé en él toda mi infancia y adolescencia. Vuelvo allí cada fin de semana. Mi lugar favorito del mundo se llama Morella, y ojalá algún día cumpla el sueño de vivir allí. Siento una enorme admiración por lo rural, sí: miro las manos de mi padre, que es agricultor, y siento un íntimo orgullo. Soy un devoto de las tradiciones y de la cultura popular, durante tantos siglos marginada. Y admiro la capacidad de resistencia que demuestran los habitantes de la España más despoblada que no se han plegado a los intereses generales y siguen en sus pueblos con valores en extinción dignos de encomio: ausencia de consumismo estéril y de tecnoadicción uniformizante, comunión con la naturaleza y ritmos más humanos. Son los únicos, tal vez, que hoy no siguen al rebaño del capitalismo. Pero ese amor y esa admiración que yo siento por esta realidad, que sin duda están en el germen de Los últimos, no debe confundirse con pintar una Arcadia feliz, una estampa bucólica de los pueblos donde todo son bondades. Porque entonces estamos cayendo en la trampa: invisibilizamos el conflicto político que hay en dejar morir a los pueblos más pequeños. Una de las voces que aparece en el libro, el escritor Alfons Cervera, lo sintetiza a la perfección: Ni esto es la Toscana ni es Belfast: ni es el paraíso ni todo es conflicto. Y bajo ese patrón me he guiado.


¿A qué crees que se debe este interés por lo rural en el panorama editorial español? Tu ensayo, el de Sergio del Molino, novelas como Intemperie, Por si se va la luz...

Sinceramente, no lo sé. Puedo responder por mí: necesitaba contribuir con un grito periodístico, con un libro de combate, a denunciar un abandono silencioso. Y de lo que más orgulloso estoy, más allá de las cuatro ediciones que lleva el libro o de haber recibido una enorme atención mediática (¡hasta Le Monde se ha hecho eco del libro y del problema), es que mi crónica sirvió de catalizador para que el presidente valenciano Ximo Puig haya impulsado un ambicioso plan de medidas contra la despoblación del interior valenciano. Me llamó un día y me dijo: “Has conseguido lo que querías: vamos a impulsar una Agenda Valenciana Antidespoblament”. Solo con eso, el trabajo ya está amortizado.  


Algo que destaca en tu libro es el estilo con el que está escrito, que es mucho más cuidado y "literario" que la mayoría de libros de ensayo, me atrevería a decir. ¿Tienes alma de literato? ¿Sigues o te sientes influido por algún escritor en particular?

Muchas gracias por el elogio, es un honor viniendo de vosotros. Los últimos es una crónica, un gran reportaje, y siempre he creído que el buen periodismo ha de estar bien escrito. Al menos es lo que yo intento. Hay excelentes reporteros a los que admiro: desde David Remnick a Martín Caparrós o el Gay Talese de antes de la polémica con su último libro. Años luz nos separan, claro. Y si me pides un escritor vivo y no me vale acogerme a Kafka, Pessoa y Rulfo, me quedó con Gonzalo Hidalgo Bayal: no hay nadie al que admire más, por su prosa, por su exquisito lenguaje, por sus historias profundas y, no menos importante, por su humildad. Ahí está la base de este oficio de ver, oír, sentir y contar.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Gran reseña y entrevista. A pesar de que estoy muy lejos de la España rural me han parecido muy interesantes las historias de la gente que resiste los juguetes tecnificados que todos los días nos ofrece el capitalismo para llevar una vida más cerca de la naturaleza.

Felicitaciones Santi

Gabriel

Interlunio dijo...

Muy interesante.
Yo creo, o me gustaría creer, que el motivo de que nazca un pequeño interés por la vida de campo se debe a la tibia conciencia ecológica emergente. Con suerte, y de forma inevitable, las personas van a tener que empezar a interesarse en permacultura o decrecimiento.
Por último, entiendo que el autor conoce de toda la vida a Ximo Puig que también es de Morella, pero bueno, me dio pena leer la ilusión que le dio la mentira del socialista. Vivo en la provincia de Castellón y trato sobre temas ecológicos desde hace años con estos personajes que están en la política. Antes Bonig del PP (sin comentarios), desde el 2015 está el pacto del botánico y muy poco a cambiado, incluso teniendo a Juliá Alvaro al frente de la Conselleria, que era de Equo (supuestamente ecologista).

Todo ha sido desilusión. De Puig mejor ni hablar demasiado. Lamentablemente, nuestros líderes, sean del color que sean, solo venden y apuestan por el Crecimiento. Siguen con el discurso y la creencia de Truman.
La PAC, pacto agrario común europeo, cada vez le pone las cosas más difíciles al agricultor y es normal que los jóvenes se especialicen en servicios y se vayan a la ciudad, es difícil culparles.

Como estudiante de ciencias ambientales que soy, me temo que este éxodo es irreversible y nada cambiará hasta que no haya más remedio.

Me alegra que la literatura se empiece a ocupar de este tema.

Un saludo.

Rochester dijo...

Conviene reseñar, como precursor de este tipo de libros, a Andrés Berlanga, y su obra "La Gaznápira", publicado en 1984 por la editorial Noguer. Gonzalo Hidalgo Bayal, un diamante escondido. Entren en su blog, y empapen su magdalena. Autor esencial y escondido. No lo puede describir mejor Paco Cerdå. Gracias son pocas, y honor que tiene. Para abrir boca, les recomiendo "Campo de amapolas blancas", editada por Tusquest en el 2008, pero escrita en 1997. Algún día habrá que escribir sobre los grandes, inmensos y honestos, escritores ocultos. Sugerencia para ULAD.
Para terminar, un dístico de Hidalgo Bayal:"Nunca, joven, te fíes / de gobernante que inaugura.

Interlunio dijo...

No importa demasiado, pero quiero corregir una errata. Digo más arriba que el secretario de la Conselleria valenciana de medioambiente es Julia Álvaro, y ayer me enteré en reunión que ya se lo habían cargado.