domingo, 25 de febrero de 2018

Andrés Barba: República luminosa

Resultado de imagen de republica luminosaIdioma original: español
Año de publicación: 2017
Valoración: Está (más o menos) bien




Embarcarse en una novela de estas características, quiero decir en una novela que habla de niños errantes, da un poco de reparo, en particular si has leído –aunque haga muchísimo tiempo– El señor de las moscas, de Golding y Casa de campo de Donoso. Pero mi lema es ignorar los prejuicios que se presenten, ni siquiera cuando empezaron a intuirse ciertos paralelismos –más que paralelismos, analogías bastante evidentes– me dejé llevar por el pánico. Desde un principio, el autor deja caer ciertas ideas (ubicuidad, un clima perverso nunca concretado, omnisciencia, comunicación extrasensorial y otros poderes paranormales, tendencia a delinquir), pero solo de refilón, sin mojarse, porque el personaje que habla se sitúa al margen de la cuestión central, y por tanto –salvo un único episodio de violencia explícita– se basa nada más que en presunciones. No hay nada cierto, ni hechos, ni motivos, ni siquiera individuos concretos. Todo transcurre en una nebulosa lejana y lo que percibimos son las consecuencias, más o menos indirectas, de lo que no-se-sabe-y-puede-que-no-llegue-a-conocerse-nunca-por-completo. El tono es evasivo, un poco grandilocuente, con un punto resbaladizo que no se resuelve más que en la imaginación del lector. Se trata de uno de esos textos que pueden malograrse si se revela más de la cuenta. Algo que Andrés Barba parece haber tenido muy presente (esto es irónico), ya que su gran baza consiste en guardarse la información, no en suministrarla con cuentagotas, sino en ocultarlo casi todo para desvelarlo en el último momento. Ni siquiera eso, pues al personaje narrador se le presupone una ignorancia casi absoluta, de modo que tampoco desvela gran cosa al final. Esto, cuando el punto fuerte de la novela es, precisamente, la intriga no parece que vaya a resultar muy gratificante. Para mí no lo ha sido, que conste.
Advierto que desde el principio conocemos el desenlace, y que, por si esto fuera poco, se nos recuerda a cada momento. Lo que nos falta es el por qué.
Eso del lado de allá, pero es que del lado de acá tampoco se aclara mucho. Los personajes centrales no están bien descritos, tampoco la forma de vida del pueblo, ni las relaciones entre sus habitantes; ni siquiera la familia del narrador está perfilada con detalle. Solo se habla de los niños, o más bien de las conjeturas que estos suscitan y, ocasionalmente, aparece alguna figura relevante (el alcalde, el director de un periódico local, una reportera), pero se limitan a cumplir las funciones propias de su cargo.
No obstante la trama comienza con buen pie: se adivina cierto aroma a Juan Rulfo, descripciones que recuerdan a novela latinoamericana (así, en general), una promesa de geografía exuberante, de ambiente tropical, de reivindicaciones sociales, de observaciones certeras, de aguda filosofía cotidiana. Nada de eso se cumple. Hay otros alicientes –más simples, más comerciales, más vulgares, incluso– pero no esos precisamente.
El protagonista consigue un ascenso en su trabajo y es enviado al pueblo de San Cristóbal para dirigir el departamento de Asuntos Sociales. Le acompañan su mujer (una profesora de música) y la hija de esta. Poco después, se presenta en el pueblo un grupo de chavales de procedencia desconocida que protagoniza algún hecho delictivo, entre ellos uno muy grave, y luego desaparece. Debido a su carácter de empleado público, pero también a motivos familiares, nuestro narrador se ve obligado a buscar a los niños. El clima de tensión progresiva, los momentos inquietantes aparecen filtrados por ese narrador, que solo muestra sus reacciones personales. Lo que piensan y sienten los demás así como los hechos objetivos quedan siempre en la sombra.
Asistimos, pues, a una interpretación muy parcial de los hechos que nos mantiene en tensión, aunque relativa pues poco a poco se va desinflando. La dramática escena del final, conveniente aprovechada, se hubiese convertido en un filón narrativo. Pero no en ese contexto: porque describir únicamente ese momento, además de resultar raro, hubiese descubierto más de una inconsistencia. 


Otras obras de Andrés Barba: La ceremonia del porno (en colaboración), La hermana de Katia, Las manos pequeñas

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