miércoles, 8 de julio de 2015

Andrés Barba y Javier Montes: La ceremonia del porno

Idioma original: español
Año de publicación: 2007
Valoración: se deja leer

A ver. ¿Qué insinuáis? ¿Qué son esas sonrisas cómplices? ¿Qué es eso de que con títulos así vamos a quedar muy altos en los buscadores? ¿Nos estáis llamando tramposos?  ¡Que esto es un Premio Anagrama de Ensayo! De hace siete años, sí, pero tan legítimo como el de Ovejero o el de Carrión. No vamos a arrepentirnos de esos, ¿verdad? Y tampoco nos hagamos los despistados. Buscad palabras de mayor uso en Internet. Ved en qué posición queda porn y en qué posición queda, no sé, Kandinsky. Sin mala intención. Decid palabras al azar entre amigos, a ver quién se hace el extrañado. Bukkake, gang-bang, bondage. Vamos. Ah. Esto es un libro, claro. Mi coartada está completa.
Considerémoslo revelador de lo que sea, pero el mundo del porno es, aún en tiempos de pirateo y práctica gratuidad de los soportes visuales, una industria que genera cifras exorbitantes. Un mundo escondido y sórdido que ha tenido su presencia en lo literario. Recuerdo cierto personaje recurrente en una novela y en un cuento de Bolaño, recuerdo uno de esos delirantes reportajes de periodismo de campo de Foster Wallace en Hablemos de langostas. La verdad es que, nos guste o no, este antiguamente denominado género del cine (ahora ya ni eso) ha encontrado en Internet el campo sin puertas por el que extenderse sin límite y convertirse en algo así como una especie de recurso accesible. Dios, si el hermano de Earl llama a su ordenador portátil la máquina del porno.
Y ya que vamos de preguntas, ¿Doscientas páginas de ensayo sobre esto del porno? Ese es el primer pensamiento que acude a la cabeza de cualquiera. Que sí, que ya sabemos que en los ensayos suelen reiterarse ciertos conceptos para fijarlos en el lector. Pero es que hasta así esto me suena a algo demasiado alargado. Que es justo lo que sucede: parece que los autores están tan tensos por no ser tomados en serio, por salir airosos al hablar sobre un tema tan escabroso que eso genera un efecto de compensación algo forzado. Ya hablé de eso a cuenta del libro de Sasha Grey: hay que contrapesar con una fuerte carga intelectual para dar la impresión de que entregarse a la carnalidad es una especie de sublimación. Entonces claro, nadie se espera encontrarse en un ensayo así la palabra unamuniano. Ay Dios. Nadie espere tampoco algo morbosillo como un anecdotario, técnicas sexuales, filias y fobias, secretos de grabación etc. Esto no es Callejeros. De lo que se trata es de sacarle todo el jugo al hecho de la existencia de eso, de la reproducción gráfica de imágenes de contenido sexual con la intención de obtener una excitación, que, miren, yo lo he resumido en una frasecita. Y la gente le da distintos usos, mayoritariamente uno (el que tienen más a mano, je je), y no es una cuestión tan tan profunda. Quizás no sea banal como decir que uno come cuando tiene hambre, pero desde luego no es tan compleja ni tan trascendente como para, va, lo suelto ya, aburrir durante un buen rato, que es lo que acaba pasando aquí, a base de darle vueltas y vueltas. 
Nada extraño que sea un Premio Anagrama de Ensayo tan poco publicitado. Un resbalón lejano y excusable.

Otras obras de Andrés Barba en ULAD: La hermana de KatiaLas manos pequeñas