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viernes, 22 de septiembre de 2023

Bret Easton Ellis: Los destrozos

Idioma original: inglés
Título original: The shards
Año de publicación: 2023
Traductor: Rubén Martín Giráldez 
Valoración: recomendable
 
Un fantasma recorrió la crítica literaria española a principios del verano: Los destrozos de Bret Easton Ellis era una obra maestra, era la gran novela americana, era la mejor novela de su autor, que vendría a sustituir en su "canon personal" a American Psycho o Menos que cero. Así que yo, que diría que soy más seguidor que fan de Bret Easton Ellis (me he leído 2/3 de su obra aproximadamente) tenía que leérmela y decidir por mí mismo. 
 
Mi conclusión, que probablemente nadie pondrá en una faja ni en la página de la editorial: Los destrozos es una novela que engancha; que engancha muchísimo: cuando llegas a la mitad ya no quieres parar de leer hasta acabarla para tener todas las respuestas (y estamos hablando de una novela de casi 700 páginas). PERO en mi opinión el hype es muy excesivo: ni me parece la mejor novela de Ellis, ni la más original, ni tiene la significación y relevancia cultural de las primeras que publicó. De hecho, esta casi se puede situar como un ejemplo más de la estetización de la nostalgia ochentera, a lo Stranger Things...

Empezamos por lo que funciona: la trama y la construcción de la novela, la creación de suspense y su capacidad para mantenerlo hasta el mismísimo desenlace (del que no diré nada porque si no me acusan de hacer demasiados spoilers). Básicamente la novela se sustenta en dos niveles narrativos paralelos: por un lado, las relaciones entre un grupo de adolescentes que comienza su último año en el instituto Buckley de Los Angeles (entre los que se encuentra un tal Bret que está escribiendo un libro llamado Menos que cero), al que llega un nuevo y misterioso miembro, Robert Mallory, que vendrá a desequilibrar todo su mundo; y por otro, los crímenes de un asesino en serie al que llaman "el Arrastrero" (un nombre bastante improbable, la verdad), que se dedica a secuestrar y asesinar a chicas después de juguetear con ellas (llamadas telefónicas, allanamientos, pequeños robos, modificaciones en el mobiliario...). 
 
Desde muy pronto ambas líneas comienzan a cruzarse, de forma más o menos explícita: ¿qué relación hay entre la llegada de Robert y el inicio de los crímenes? ¿Por qué Robert parece mentir constantemente sobre su pasado? ¿Por qué los crímenes parecen irse centrando cada vez más, como una espiral que se cierra, alrededor del grupo de protagonistas? Ah, amigo: tendrás que leerte casi 800 páginas para descubrirlo.

Ya se puede ir viendo que hay algunos aspectos de la novela que son "puro Bret Easton Ellis": la ambientación en Los Angeles; los protagonistas, un grupo de chavales y chavalas riquísimos, guapísimos, atractivísimos, drogadísimos, insulsísimos. Con todo, y como decía antes, esa especie de nihilismo existencial(ista) que tan bien reflejó Menos que cero, y que creo que es uno de los grandes valores de aquellas primeras novelas, ahora, en 2023, post crisis del 2007-8, post-covid, post-Trump, suena un poco vacío y recalentado, más como un recuerdo (y de hecho toda la novela está contada por el Bret Easton Ellis adulto, desde una distancia de 40 años) que como una realidad relevante para explicar nuestro mundo. Sí que es verdad, y en esto sí que estoy de acuerdo con algunas de las críticas que he leído, la bisexualidad abierta y explosiva del protagonista está presentada aquí con más madurez y menos carga de culpabilidad, y de una forma más explícita y sensual, me parece, que en las primeras novelas.

Y a partir de aquí empiezan mis problemas con la novela: en primer lugar, con la técnica elegida por Ellis para contarla. Se supone que el narrador está escribiendo esta novela (después de varios intentos fallidos) cuarenta años después de los hechos; y sin embargo, la novela nos describe con absolutamente todos los detalles imaginables (qué música sonaba en cada momento; qué películas daban en el cine qué días; qué ropa cada persona en cada momento; cómo fueron sus gestos, sus palabras, sus posturas). Solo un par de veces, si no me equivoco, el narrador dice "no recuerdo esto" o "no estoy seguro sobre esto"; y en las últimas páginas todavía tiene el coraje de decir "escribo esto porque los recuerdos están empezando a borrarse". Y ya sé que la lectura implica una cierta "suspensión de la incredulidad" y aceptar el juego que nos propone el autor, pero para mi gusto esto es intentar hacernos comulgar con ruedas de molino. Hasta una obra tan primeriza como El Lazarillo es más fiel a la forma como funciona la memoria, con sus lagunas, su fragmentariedad, sus escenas perfectamente converdadas rodeadas de enormes mares de olvido... (Haced la prueba: intentad recordar vuestra vida cotidiana no digo en 1981, que muchos igual ni habíais nacido, sino hace 10 años. ¿Conseguiríais recordar exactamente todos los detalles de todos los días de todas las horas?).

No es el único aspecto técnico o estilístico que me puso de mal humor, sobre todo en la primera mitad de la novela, antes de entrar en el ritmo frenético de lectura: en primer lugar, Ellis se pasa, creo, con las prolepsis ("las cosas terribles que nos iban a pasar ese año", "los horrores que estaban a punto de comenzar", "ese fue el último día en que fuimos felices", etc.), que es un recurso que funciona muy bien para crear tensión e interés, pero si se abusa acaba por resultar cansino (y creo que Ellis abusa, como digo). Probablemente es un recurso que ha aprendido de Stephen King, un autor al que ya "imitó" en Lunar Park y que aparece profusamente citado en Los destrozos (el protagonista lee Cujo y va al cine a ver El Resplandor, por ejemplo). De hecho, otro autor al que imita Bret Easton Ellis es a Bret Easton Ellis: las referencias musicales, cinematográficas o geográficas que en las primeras obras aparecen de forma natural y orgánica, en esta novela parecen insertadas artificialmente, para darle textura y contexto a la narración, pero de forma algo forzada. 

En fin: que si os gustan Stephen King y Bret Easton Ellis (o, más en general, si os gustan las novelas de intriga o terror con ambientaciones decadentemente lujosas y abundantes escenas de sexo), vais a disfrutar como enanos con Los destrozos. Pero no vayáis esperando leer algo radicalmente original o que vaya a cambiar vuestra visión del mundo o de la vida porque, en fin, esta no es una novela de ese tipo.


También de Bret Easton Ellis en ULAD: Aquí

sábado, 9 de diciembre de 2017

Bret Easton Ellis: Lunar Park


Idioma original: Inglés
Título original: Lunar Park  
Traducción: Juiz Rodríguez Cruz
Año de publicación: 2005
Valoración: Repugnante 

Me encanta American Psycho, de Bret Easton Ellis. Tengo veintidós años y ya he leído esta novela cuatro veces. Pienso que su factura es perfecta (aunque, ciertamente, algo inaccesible); es un libro con un inusual paralelismo entre lo que quiere comunicar y los aspectos formales. También he leído Menos que cero, la primera novela de Ellis. Ha envejecido mal, no lo niego, pero no es un auténtico despropósito. Lo tercero que he abordado del autor es Lunar Park, y me ha parecido un insulto. Mira que tenía todos los ingredientes para que me gustara: una mezcla de realidad y ficción, a Patrick Bateman (el protagonista de American Psycho) y sucesos de apariencia sobrenatural. ¿Cómo ha podido naufragar de tal manera una historia tan prometedora?

Creo que a Ellis le ocurre como a Palahniuk. Ambos autores lograban escandalizar al principio. Ahora, sin embargo, no lo consiguen con la misma efectividad. Pese a sus constantes esfuerzos. Y, para colmo, esta insistencia les vuelve machacones. La polémica no es ya un medio para ellos, sino un fin absurdo y gratuito. Ya cansa que recurran a ella una y otra vez, irreflexivamente. 

Lunar Park parecía haberse dado cuenta de esto. Al empezarla, pensé que Ellis se estaba redimiendo, que iba a cambiar de modus operandi; una lástima que no fuera así. El escritor vuelve al shock que en su momento le funcionó, y que ahora no es más que un recurso barato: sexo pornográfico, violencia extrema y drogas duras. Bret Easton Ellis cae de nuevo en la provocación. Lo peor es que no por inercia, sino que para vacilarnos, pero ya llegaremos a esto. 

La premisa de la novela no es muy original. Ellis es perseguido por una de sus creaciones. El adversario del escritor es una confusa mezcla entre Bateman y su padre ya difunto (quien fue, de hecho, su principal inspiración a la hora de concebir al asesino de American Psycho). Metaliteratura a punta pala, vamos. Ellis es el protagonista del duelo al que ya tantos otros se han enfrentado: pienso en Frankestein, de Shelley, o en Beaumont, de King. 

El protagonista de Lunar Park está lleno de defectos. Lo sabe y hasta lo reconoce. Esta es una buena decisión. Al fin y al cabo, ya no estamos frente a los desubicados adolescentes de Menos que cero, ya no hablamos del psicópata completamente ido de American Psycho. No, el protagonista no es otro que el propio Ellis, autor de los anteriormente citados libros. Este enfant terrible que escandalizó al panorama literario en el pasado parece haber madurado: se arrepiente de sus errores. ¿Pues por qué sigue cometiéndolos? No para. Drogas, alcohol, mujeres. Y no tengo ni idea de por qué narices le aguanta su cabreada esposa (añadido ficticio, por cierto). 

Ellis, en una entrevista, aseguró que escribiendo esta novela se estaba mofando de la visión que la gente se había formado sobre él. Pues bien, esto me parece una pataleta infantil. Al principio de su carrera, esa intención me hubiera parecido justificada. Ya sabes, por lo de indignar a un público hipócritamente remilgado, que se lo tiene bien merecido. Pero a estas alturas no lo veo necesario. Creo, incluso, que está fuera de lugar. Los lectores ya no son igual de impresionables que antaño. Ya no tienes que escandalizarlos para reírte de ellos. Por eso no veo por qué nos tiene que tomar el pelo. En Lunar Park no buscamos la redención de Ellis por morbo. Él nos la ofrece en bandeja de plata al iniciar este libro, y cuando nos ha dado una falsa impresión, nos la quita delante de nuestras narices. ¿Qué recibimos a cambio de nuestra credulidad? Que en su novela nos haga pensar que se está flagelando para después acabar riéndose en nuestra cara. 

Ellis también confirmó que el protagonista de la novela está basado un 60% en él. ¿Dónde empieza realmente, pues, esa versión que el lector se ha fabricado sobre Ellis si él mismo confiesa haberse inspirado mayoritariamente en sí mismo?

En definitiva: mientras que Lunar Park arranca con un agradable sabor a autocrítica (personal y literaria), acaba por recurrir a los tropos de siempre. Lo que parecía una especie de autobiografía no autorizada, la confesión avergonzada y a regañadientes de una persona que ha cambiado, da paso a una dispersa sucesión de momentos que buscan ser polémicos y que acaban contradiciendo el que se nos hizo creer (a traición) que era el mensaje inicial. Dichos momentos, por cierto, opacan la supuesta historia principal de la novela, aquélla en la que el escritor se ve inmerso en una persecución metaliteraria. 

Mejor paro, que sueno a ex pareja despechada, a moralista barato. ¿Soy un exagerado? ¿Soy injusto al reclamar algo a una obra, algo que creía que el autor me estaba ofreciendo? Al fin y al cabo, hay muchas reseñas celebrando aquello que yo critico. Ni idea. Va, Ellis, riéte de mí, si quieres; felicidades, has conseguido indignarme. Lo único que tengo claro es que es poco probable que relea tu Lunar Park. Para ver a Bateman ya tengo suficiente con American Psycho o la excepcional encarnación de Christian Bale. 


También de Bret Easton Ellis en ULAD: American PsychoMenos que cero, Suites Imperiales 

viernes, 2 de septiembre de 2011

Bret Easton Ellis: Suites Imperiales

Idioma original: inglés
Título original: Imperial Bedrooms
Año de publicación: 2010
Valoración: está bien

A lo mejor el nombre de Bret Easton Ellis no dice mucho a algunos lectores. Quizás Menos que cero ya dice algo más. Y casi seguro que American Psycho les suena a casi todos. Pues sí, este es Bret Easton Ellis, el enfant-ya-no-tan-enfant terrible de la literatura norteamericana, especializado en historias truculentas llenas de sexo y violencia que reflejen (supuestamente) la amoralidad de la sociedad yanqui. [Aquí hago una pequeña confesión sin importancia: la primera vez que oí el nombre de este escritor, y durante los años siguientes, pensé que se escribía "Bretis Tonelis", así que me lo imaginaba italiano, o griego, o algo similar]


Suites Imperiales se ha vendido como una continuación de Menos que cero, y desde luego que es así, en el sentido de que recupera a los mismos personajes veinticinco años después de la novela original; pero el tono de "aquí no pasa nada" (algo así como un Jarama a la americana) es sustituido ahora por una trama bastante compleja de amores, traiciones, prostitución, crimen, violencia y drogas, que atrapa al protagonista y aspira a atrapar al lector (y en mi caso lo consiguió). Si en Lunar Park Ellis ponía su estilo habitual al servicio de una historia de terror, esta vez, en Suites imperiales, utiliza un molde de novela negra en un Hollywood alucinado (como si L.A. Confidential la hubiera dirigido David Lynch) para volver a los temas de siempre: el sexo (¿el amor?), la violencia, los excesos, los vicios de la juventud ya no tan joven (como él, sí).

La nueva novela de Bret Easton Ellis ha recibido críticas contradictorias: algunas extremadamente elogiosas, otras bastante destructivas. Creo que el problema es que, veinticinco años después, ni el estilo ni el contenido de la novela resulta impactante, novedoso o sorprendente, como sí pudo resultar cuando se publicó Menos que cero. Llevado al extremo en American Psycho, esa mezcla de despreocupación, humor y violencia explícita quizás ya no tiene nada que ofrecer desde el punto de vista formal; y lo que es peor, tampoco resulta significativo para describir nuestros tiempos, que ya no son, no pueden ser, los de la feliz autocomplacencia de los años 80.

Sea como sea, Suites Imperiales es una novela ágil, ácida, oscura y divertida al mismo tiempo, una digna continuación de la trayectoria de su autor, y sin duda una novela que veremos adaptada al cine dentro de muy poco tiempo. A lo mejor, hasta la dirige David Lynch...

También de Bret Easton Ellis en ULAD: American PsychoMenos que cero

sábado, 27 de julio de 2013

Bret Easton Ellis: Menos que cero

Idioma de publicación: inglés
Título original: Less than zero
Año de publicación: 1985
Traducción: Mariano Antolín Rato
Valoración: seguramente en 1985, "muy recomendable", en 2013, dejémoslo en "está bien"

Lo que tiene lo contemporáneo: ciertos libros envejecen tan rápido como ciertos peinados, ciertos modelos de gafas de sol, ciertas gabardinas con hombreras ilustradas a la Warhol. Y los autores, claro. De la foto de mocoso rebelde y la sucinta biografía (no había más que decir, claro) del autor, seguramente Easton Ellis haya tenido que acabar admitiendo ante el público que seguir el ritmo de vida de sus personajes le hubiera llevado a la tumba. Menos que cero (llamada así por una canción de Elvis Costello, gracias Tuli Márquez por recordármelo inconsciente y casualmente esta mañana)  no ha envejecido bien: de hecho esos tiempos que describe ya no nos resultan ajenos solo por su lejanía temporal, apenas unas décadas, sino por su lejanía social. Es como ver series como Gossip Girl. Nada que ver con lo que nos rodea. Y aunque aún haya fiestas desmadradas y droga y jovenzuelos, todo el conjunto ya no da tanto el pego.
Ocurre que Easton Ellis tuvo la oportunidad de abanderar una generación con libros como este y, sobre todo, con American Psycho, su celebérrima segunda novela. Obras de un componente visual muy marcado, obras de un escritor acunado por la cultura del cine y el video clip, a la vez que declaraciones de principios de un estilo de vida marcado por el éxito desbordante y desmesurado, su correspondiente saturación, y la interpretación de esta saturación. Los Palahniuk, Leavitt, puede que hasta Welsh...
Las primeras páginas me resultan destacadas por dos detalles: una mención incrustada (sin demasiada justificación, supongo que para aportar coartada culta) de Mientras agonizo, obra de referencia de Faulkner, y esa sensación constante de ir y venir deslabazado del protagonista, que me recuerda (salvando muchísimo las distancias, por favor) a una especie de reverso de Holden Caufield, aunque también le reconozco, por ejemplo, en el John Self de Dinero de Martin Amis (libro de la misma época) . El problema es que ese itinerario de excesos nos resulta demasiado familiar y hoy nos cansa a las primeras de cambio. Tanto descontrol, ya se sabe. Se ve llegar el trastazo.
Ah, el argumento. Pues un estudiante de unos veinte años que pasa unos días en casa, gastándose un dineral (de su acaudalada familia) básicamente en cocaína, y viéndose con su círculo de amigos, todos de sus mismas aspiraciones. En medio, oyen música y van a conciertos y a bares y conducen coches carísimos. No es que siempre se enteren de que lo hacen. Parece.
El libro tarda mucho en estructurarse, en generar una escueta trama y, también como Dinero, parece convertir de ese flash continuo de situaciones excesivas (fiestas, droga, despilfarro) su hilo argumental. Lo que ya no alcanzo a comprender es si Easton Ellis usa esa dispersión como recurso narrativo o la cosa simplemente surgió así. El caso es que el desvarío y el exceso se nos antoja hoy bastante ajeno, algo impropio. A saber si esos tiempos y esas costumbres se repetirán, pero no lo parece. La trama solo se define algo hacia el final, un clásico final en espiral donde, de repente, se empotran un par de escenitas de snuff-movie que no alcanzan a aportar cohesión, que no llegan a conformar Menos que cero como esa novela generacional que, parece, en su día alguien se empeñó en reivindicar. De ahi a especular si los encendidos elogios en su momento están justificados o si Easton Ellis es sólo una pieza más en una cadena que ampararía cierto tipo de escritores del desmadre (Bukowsky, Welsh, Thompson, Selby) que se confunden con sus personajes... pues me limitaré a eso, a opinar que el tiempo le ha pasado una elevada factura.

También de Bret Easton Ellis en ULAD:  Suites ImperialesAmerican Psycho


miércoles, 4 de diciembre de 2013

Colaboración: American Psycho de Bret Easton Ellis

Idioma original: Inglés
Año de publicación: 1991
Título Original: American Psycho
Traducción: Mariano Antolín Rato
Valoración: Recomendable

«¿Dónde vas?», me pregunta de nuevo.
No hago ningún comentario, perdido en mi propio laberinto privado, pensando en otras cosas: órdenes judiciales, ofertas públicas de acciones, financiaciones, refinanciaciones, bonos, apoderamientos, billonarios, Kenkichi Nakajima, cómo de rápido debería circular un coche de lujo, rescates financieros, hipotecas basura, si debería cancelar mi subscripción al Economist, la víspera de Navidad de mis catorce años en la que violé a una de nuestras sirvientas, si es posible sobrevivir a una fractura craneal, esperar en los aeropuertos, las tarjetas de crédito, un catálogo de parejas de La Côte Basque salpicado de sangre. 
Ese es el vertiginoso ritmo al que fluyen los pensamientos de Patrick Bateman, el protagonista de American Pyscho. Heredero de una gran fortuna, a sus veintiséis años Bateman trabaja en Wall Street únicamente «para encajar». Y encajar es lo que hace: viste ropa de diseño, se preocupa por la textura de su tarjeta de visita, acude al gimnasio un par de horas al día y pasa su tiempo libre desplazándose en limusina de carísimos restaurantes a los mejores clubs nocturnos de Manhattan. A simple vista, Bateman lleva una vida perfecta y sería un buen partido para cualquiera joven neoyorquina. Si no fuese, claro está, porque bajo es apariencia de pez gordo de las finanzas se esconde un despiadado asesino, que viola y desmiembra a mujeres, mata mendigos a navajazos, tortura animales e invita a sus colegas a tomar un trago a casa para luego descuartizarlos con un hacha.

American Psycho alcanza cotas obscenas de violencia y sadismo, descritas con minuciosidad por un narrador/protagonista al que lo mismo le da describir en detalle su uso de geles exfoliantes que la forma en que arranca la lengua a una de las muchas mujeres que pasan por su apartamento para después introducir el pene en su boca ensangrentada. Easton Ellis va más allá de los excesos, sobrepasa todas las convenciones, se jacta en lo grotesco, y lo hace a la vez que describe a un personaje obsesionado con todo lo mundano: la pedicura, su corte de pelo, la forma adecuada de combinar cinturón y zapatos, los salones de bronceado.

Según el New York Times, la polémica despertada por American Psycho a principios de los noventa fue solo comparable con lo ocurrido a finales de los ochenta con Los versos satánicos de Salman Rushdie. Un tropel de feministas tildaron el libro de misógino, críticos literarios lo despreciaron como una novela vacía y sin propósito —más allá de una sarta de situaciones en las que la pornografía más burda se da la mano con la tortura más brutal— y el editor de la novela, que había pagado 300.000 dólares de adelanto al autor, decidió retractarse a última hora y cancelar la publicación del libro —dejando que Easton Ellis, por cierto, se quedase con aquel suculento adelanto. Sin embargo, cuando el libro salió por fin a la venta, se convirtió enseguida en un best seller. ¿Por qué?

La primera respuesta, la más fácil y obvia, es que Patrick Bateman es un personaje empático. Brutal, cruel y desalmado, pero empático al fin y al cabo. Easton Ellis, que escribió la novela siendo un veinteañero, retrata en American Psycho los extremos de nuestra civilización: por un lado un refinamiento exagerado, por el otro una conducta sanguinaria que nos remite no ya a la Edad Media, esa época en la que los monarcas tenían potestad absoluta sobre la carne de su súbditos, esa época de suplicios públicos en la plaza del pueblo, sino a una época aún anterior, la del gregarismo, la de los instintos desbocados, la de la tribu. American Psycho se convirtió en un best seller, en primer lugar, porque su forma de regodearse en esa parte animal que la cultura ha domeñado en (casi) todos nosotros resulta tremendamente adictiva. American Psycho es como un accidente de carretera: uno se acerca a dos coches destrozados tras una colisión, ve las carrocerías arrugadas como papel de calco, se acerca aún más, observa los vidrios por el suelo, un par de pasos más, la sangre, sabe que va a encontrarse con algo sumamente desagradable, quizás un muerto, quizás un conductor con la cabeza abierta, y ahí sigue, acercándose cada vez más, sin poder apartar la vista.

Junto a eso, American Psycho es una sátira social sin precedentes. La genialidad de la novela no reside —o no únicamente— en zambullirnos de lleno en la mente de un psicópata, sino en su forma de describirnos una sociedad completamente ajena a los excesos. Todos los personajes de la novela, desde Patrick Bateman hasta sus colegas, pasando por abogados, novias y amigos, viven en un mundo en el que la individualidad se diluye por completo y las identidades se trastocan. Literalmente. Salas de reuniones, restaurantes, fiestas y discotecas son algunos de los escenarios en los que a Bateman le llaman por un nombre que no es el suyo, y en los que él también confunde a sus semejantes. Somos tan parecidos, nuestras idiosincrasias, los rasgos que nos distinguen, tienen tan poquísimo valor, que no solamente mezclamos con frecuencia quiénes somos, sino que además respondemos sin dilación cuando nos llaman con nombres ajenos. En medio de esa sociedad corrompida que nos considera piezas intercambiables, no resulta sorprendente que a nadie le importen los crímenes de Bateman. Easton Ellis no se conforma con que los numerosos asesinatos cometidos por el protagonista queden impunes, sino que además permite que Bateman confiese su «enfermedad» en repetidas ocasiones, a su prometida, a su abogado, sin que nadie le preste ni la más mínima atención. El mundo de American Psycho, que tristemente podríamos considerar nuestro mundo, está tan abstraído mirándose el ombligo que se ha vuelto ciego a los excesos. En uno de los momentos más emotivos de la novela, Bateman nos dice lo siguiente: «La justicia ha muerto. Miedo, recriminación, inocencia, simpatía, culpa, despilfarro, fracaso, aflicción, eran cosas, emociones, que ya nadie siente realmente. Reflexionar es inútil, el mundo no tiene sentido. La maldad es su única pieza fija. Dios no está vivo. No se puede confiar en el amor. Las apariencias, apariencias, apariencias, son lo único en lo que uno encuentra significado».

En opinión de este reseñador, los críticos que menospreciaron American Psycho fueron incapaces de ir más allá de su letanía de brutalidad y sexo y cayeron víctimas de esa miopía intelectual que ha ido tropezando con decenas de obras maestras, como el Viaje al fin de la noche, de Céline, cuyo lenguaje era demasiado soez para la Francia de entreguerras, o Lolita, de Nabokov, que tantos tacharon de pornográfica.

En cuanto a las feministas que calificaron de misógino tanto al libro como a su autor, se me ocurre responderles dos cosas. En primer lugar, conviene tener en cuenta que a lo largo de sus páginas Bateman asesina a catorce personas: siete hombres (incluido un niño) y siete mujeres. Bateman es un monstruo que actúa movido por sus impulsos sanguinarios y su indiferencia ante el sufrimiento humano, no por su odio a las mujeres. En segundo lugar, vincular las ideas del autor con la de sus personajes de ficción es desconocer completamente los propósitos de la literatura. En una ocasión, un amigo me aconsejó que cambiase ligeramente al personaje de uno de mis relatos, un viejo cascarrabias, homófobo y antisemita. Según él, ser cascarrabias y homófobo era aceptable. El problema era lo de que fuese antisemita, que está muy mal visto y podía traerme problemas. Por supuesto, tras acordarme de aquello de in libris libertas, le respondí que el vejete en cuestión era él y sus circunstancias, y que no pensaba suavizar lo hijo de puta que me había salido. Como lector, me alegro de que Easton Ellis tampoco lo hiciese.

(N.b. Traducciones improvisadas por el autor de la reseña)

También de Bret Easton Ellis en ULAD: Suites imperialesMenos que cero
Firmado: Jose Serralvo

viernes, 15 de diciembre de 2017

Roberto Saviano: La banda de los niños

 Idioma original: italiano
Título original: La paranza dei bambini
Año de publicación: 2016
Traducción: Juan Carlos Gentile Vitale
Valoración: Muy recomendable

Mártires del Compás es un grupo musical que hace flamenco-fusión o algo parecido cuyo nombre siempre me ha hecho gracia, por lo original y certero: hasta donde yo sé (que no es mucho), en la música flamenca no hay peor pecado que perder el compás, precisamente. Y cada vez estoy más convencido de que lo mismo ocurre en la literatura; en la narrativa, al menos: un escritor puede hacer lo que quiera con sus personajes, con la trama, recrearse en descripciones o digresiones sin fin, permitirse experimentos modernuquis, cambios de ritmo (que no es lo mismo que el compás, aunque a los legos en música nos cueste entender la diferencia), lo que sea... pero, si equivoca el compás, si se trabuca en esto tan básico, está perdido. Dominarlo y manejarlo con soltura es algo fundamental, creo yo, para que una historia pase a ser una buena historia, una novela se convierta en una gran novela.

Algo en lo que, desde luego, destaca Roberto Saviano -posiblemente de una forma instintiva y no adquirida, pues ya ocurría en su debut literario, la celebérrima Gomorra-; esta La banda de los niños se diría que avanza a golpe de palmas y cajón flamenco. O quizás al de la caja de ritmos de un gangsta-rap, más adecuado para contar la historia -basada en un hecho real y todo eso-, de un grupo de chavales que, a lomos de sus scooters, como unos modernos forajidos, se hacen con el control criminal del centro de Nápoles, aprovechando una grieta del Sistema, un inusual vacío de poder que a ellos les sirve para eclosionar, cual unos Podemos de la Camorra. Chavales muy jovencitos pero despiadados, que no dudan en recurrir a los métodos más expeditivos; de hecho, su líder, Nicolas el Marajá, es un auténtico psicópata, amén de un macho alfa obsesionado con el poder. Un animal político, por otra parte: lo único que le interesa de la escuela es la lectura de Maquiavelo. Los demás miembros de la banda -Dientecito, Briato', Dragón, el pequeño Bizcochito...- aun siendo también bastante animales de bellota, le van a la zaga por varios cuerpos; en todos ellos, en cambio, lo que mueve su emergencia juvenil no es tanto la ambición ni, desde luego, la miseria, sino la borrachera de formar parte de un grupo, de seguir a la jauría (iba a utilizar un sinónimo, pero ya me da asco hasta la palabra), de rebozarse juntos en la violencia, ya sea en la vida real o en los videojuegos; en  las películas de gángsters o en el sexo aprendido en Pornhub. Aunque, al fin y al cabo, se trata de la historia más vieja que existe: el hijo, los hijos, que se rebela contra el padre -literal y metafóricamente, aquí-; Lucifer que se enfrenta a su Creador y se convierte en el Ángel Caído  -una referencia que sospecho Saviano ha tenido en cuenta, como apreciarán quienes lean la novela-, que también debe tener aspecto de niño, por qué no...

La novela remite también, inevitablemente, al libro que sirvió de presentación -y de qué manera- a este autor napolitano; ahí está el background de La banda de los niños, el poso, el mantillo del que surgen estas flores del mal que son el Marajá y sus colegas... Tampoco puedo dejar de acordarme de esa otra estupenda historia de Giancarlo De Cataldo que es Una novela criminal, sobre la banda de la Magliana. O incluso la narrativa de Bret Easton Ellis. Pero quizás sean más bien las referencias cinematográficas las que, de forma inevitable, acuden a la mente al leer este libro: por supuesto, Uno de los nuestros está presente o El precio del poder. O esa filigrana de relojería que es Un profeta, de Jacques Audiard. Y, desde luego, también recuerda a La naranja mecánica, aunque, a diferencia de Álex y sus drugos, estos niños de Forcella no se mueven, o no sólo, por un impulso nihilista. De hecho, lo más perturbador de toda la novela, más todavía que la minoría de edad de esta banda de traficantes, asesinos y hasta terroristas, resulta el hecho de que representan al Caos que acaba con el Orden, sí, pero también al Nuevo Orden (las resonancias fascistas de este concepto tampoco son desdeñables) que sigue al Caos. Y ya sabemos que todo orden, pero más aún el que quiere imponerse, puede ser terrible.


Otros libros de Roberto Saviano reseñados en Un Libro Al Día: GomorraLo contrario de la muerteCeroCeroCeroLa belleza y el infierno

martes, 1 de agosto de 2017

Adam Haslett: Union Atlantic

Idioma original: inglés
Título original: Union Atlantic
Año de publicación: 2009
Valoración: recomendable

Después de haber devorado «Imagina que no estoy», su más reciente novela hasta la fecha, tenía curiosidad por leer otro libro del autor, y en este caso con una temática totalmente diferente.

Publicado en plena crisis económica, el libro se centra especialmente en los hechos que provocaron la caída de Lehman Brothers y sacudieron la economía mundial. Aún hoy seguimos sufriendo sus consecuencias, pagando todos por la temeridad de algunos, en aquellos tiempos de aparente bonanza. Aunque se trate de un libro de ficción donde la crisis económica es el telón de fondo de la novela, sí sirve para recordar el porqué de lo sucedido, no únicamente en clave económica, sino también sociológica.

El libro empieza con un prólogo bélico donde se nos explica el pasado en el ejército de Doug Fanning, magnate de las finanzas. Ya en el primer capítulo vemos rápidamente la evolución del personaje hasta situarnos en el presente y somos testigos de la disputa que tiene con su vecina, Charlotte Graves, acerca del impacto que la construcción de la nueva mansión de Doug ha causado en los terrenos donde ella vivió su niñez, rodeada antiguamente de campos que la mansión de Doug ha destruido. Así, tenemos el escenario del conflicto entre los dos personajes principales de la novela. En paralelo, el autor nos descubre cómo, en el banco donde trabaja Doug, se ha producido un problema de liquidez a raíz de una mala especulación bancaria que, a su vez, afecta al hermano de Charlotte, presidente de la reserva federal de Nueva York. Además, en medio de tal embrollo, aparece Nate, un estudiante a quien Charlotte da clases particulares y que a la vez está relacionado con Doug. Estos personajes conforman el núcleo alrededor del cual se desarrolla la trama de esta novela.

A partir de ahí, la historia se desarrolla en torno a este conflicto entre personajes. La lucha entre dos personalidades tan distantes y extremas como las de Doug y Charlotte sirven como ejemplo del choque de culturas y mentalidades que el autor quiere exponer. Hablamos de Doug y de su casa ostentosa, inmensa, insultantemente majestuosa, pero vacía por dentro, sin muebles ni indicios de servir de hogar para una vida; en el otro extremo, la de Charlote, en claro contraste por la calidez de un hogar antiguo, lleno de vida, de libros. Así, de forma análoga a la vida de sus habitantes, vemos los extremos de la sociedad retratada: mundo exterior vs mundo interior, ostentación vs humildad, apariencia vs intimidad. 

En una primera parte donde vemos el origen de lo que está a punto de suceder, Haslett nos hace un perfecto retrato de los personajes, aunque hay cierto exceso en el pasado de Charlotte, proporcionando demasiado detalle sobre su pasado que, aunque permite ver cómo llega a la situación actual, no es de excesivo interés; tampoco lo son sus habituales conversaciones con sus perros, ya que le restan credibilidad al personaje al caricaturizarlo.

A excepción de este aspecto, el libro es interesante por estar nutrido de elementos de denuncia: se aborda (aunque levemente) el conflicto en Afganistán, se exponen los motivos por los cuales una ambición desmesurada, sin escrúpulos, de los agentes de bolsa e inversores cortoplacistas provocó la caída del sistema financiero mundial; se denuncia la pérdida de valores al importar más aquello que se aparenta que lo que se es, así como el enaltecimiento de la ostentación como aspiración máxima en la vida. Se critica la pérdida de los valores transmitidos por las generaciones anteriores, así como también a la adolescencia sin ideales y sus flirteos con las drogas, el alcohol y el sexo. De todos modos, a pesar de las buenas intenciones del autor, echo de menos una mayor profundidad en el desarrollo de los temas expuestos y también percibo un exceso de tendencia hacia el thriller empresarial (a la manera de John Grisham en «La tapadera» o Joseph Finder en «Paranoia»). Si el autor hubiera dejado de lado ciertas inclinaciones hacia lo superficial y acercamientos a la novela de nihilismo juvenil (a lo Bret Easton Ellis de «Los confidentes» o «Menos que cero») y se hubiera centrado en la trama principal, probablemente hubiera abarcado menos temas, pero le hubiera quedado una novela más redonda. 

En cualquier caso, el marco donde se engloba la historia es bueno, la intención es clara y los personajes están bien definidos. El ritmo es algo y engancha. Lo que lastra la novela y su valoración es la conjunción de todos los elementos, bien definidos pero no bien entrelazados; como si su mera presencia fuera suficiente para sostener la historia. Aun así, a pesar de estos inconvenientes, la novela se lee a una velocidad abismal, y parece ser seña de identidad del autor, a juzgar por lo que también me ocurrió con «Imagina que no estoy» aunque en ese caso el libro es mucho mejor, más redondo, profundo e interesante. 

Con esta novela, Haslett nos habla acerca del boom financiero previo a la caída de Lehman Brothers, a esa época donde la gente vivía montada en el dólar, donde los campos y bosques fueron devastados para construir urbanizaciones. Donde la especulación estaba a la orden del día y parecía que todo el mundo podía ser rico, y es más, debía serlo. La falta de escrúpulos propia de quién tiene un exceso de ambición. Eran tiempos de ganar a toda costa, de arribismo desmesurado, de ambición sin límites; todo lo perdido en escrúpulos, se ganaba en dinero. Todo esto nos suena, nos retumba en la cabeza, nos sorprende y nos indigna. Pero existió. Y existe. Y es real. Y puede suceder de nuevo porque la ambición no entiende de épocas, solo de posibilidades.

También de Adam Haslett en ULAD: Imagina que no estoy, Aquí no eres un extrañoMadres e hijos

lunes, 25 de diciembre de 2017

Jair Domínguez: Segui vora el foc


Idioma original: Catalán  
Año de publicación: 2014
Valoración: Se deja leer (siendo muy tolerante)

 La portada de Segui vora el foc da vergüenza ajena. Lo siento, pero es así. Estuve a punto de no leer la novela sólo por esto. Yo no conocía al autor, ni me sonaba el título de la obra. Lo único que tenía frente a mí era esta horterada. Y las primeras impresiones tienen mucho peso. La portada no es seria. Ni siquiera deliberadamente ridícula. Por favor, ¡si tiene la tipografía, los colores y la maquetación propias de un pakaging de muffins destinado a una target muy hipster!

 Cuánta cursiva, diréis. No os enfadéis. Parece que hablar así es de cronistas posmodernos. En Segui vora el foc se explota mucho este recurso. Emo y selfie son sólo dos de las muchas palabras en cursiva que aparecen en este libro.

 Perdón, ya me he tomado las tilas. Prosigo. Intentaré controlarme; ya está bien de tanto despotricar. A estas alturas de la reseña, parece que la novela no me haya gustado nada. Y debo decir que, aunque no me ha parecido espectacular, tiene un aspecto positivo a destacar. La historia es algo anárquica y no está pulida ni en tono ni en ritmo, su protagonista apenas evoluciona, y, no obstante, el libro tiene frases interesantes. No brillantes, pero sí perspicaces. El libro, de hecho, es un cajón de sastre (o a veces un "cajón desastre") donde Jair Domínguez volcó todas estas frases y las interconectó como buenamente pudo. Es decir, el libro es una excusa, vale, pero si fingimos que no nos hemos percatado de lo endeble que es su razón de ser, puede funcionar a su manera. 

  Quedémonos con las frases, que son, cuanto menos, interesantes. Abordan temas como la corrupción institucional de las editoriales o la decadencia de la narrativa (¡qué ironía!). También señala el triunfo que la mediocridad ha logrado gracias a internet. La falta de moral en el sujeto contemporáneo. O la sociedad del cansancio, aunque expuesta desde una perspectiva muy distinta a la ya vaticinada por autores como Byung-Chul Han o Michele Serra. 

 El problema es que Jair Domínguez no denuncia críticamente estos aspectos de nuestro presente. Parece, más bien, señalarlos en un patético intento de ceñirse a un determinado modelo de literatura, un modelo irreverente y ácido. Ya sabéis, en plan Bret Easton Ellis o Chuck Palahniuk. Bueno, en los momentos en que ambos autores están en más baja forma. Ah, no olvidemos el aderezo a lo Hunter S. Thompson. Puro postureo, vamos. 

 Espontaneidad agradecida, pero sin contener mínimamente. Escándalo barato, (mal)entendido como fin, no como medio. ¿Absurdo y experimental a lo David Lynch, como pregonan algunos? ¡Ni de coña! ¡Ni de forma intencional ni sin querer! Pero las frases... Les falta honestidad y mala leche, y sin embargo las frases no están tan mal. Tenemos aquí a uno de esos escritores con la osadía de un acróbata a los que les falta la técnica necesaria para mantenerse en la cuerda. Jair Domínguez acaba por precipitarse al vacío. Al menos grita durante su caída, eso tengo que reconocérselo. Y las piruetas previas a la caída, aunque ahora sabemos que eran una fanfarronada, también han tenido su qué. 

viernes, 1 de enero de 2010

Predicciones para 2010

Los que hacemos Un libro al día nos ponemos el disfraz de adivinos por un día, y proponemos una lista de acontecimientos relacionados con la literatura que tendrán lugar a lo largo del 2010. Algunos son obvios, otros son más bien apuestas personales y otros son cosas ya anunciadas pero que, en cualquier caso, conviene marcar en la agenda.

  1. 2010 será el año del despegue definitivo del ebook en España, gracias a la digitalización de una parte importante del catálogo editorial en español.
  2. En 2010, el Premio Cervantes será español. Puestos a apostar, apostamos por Juan Goytisolo.
  3. La adaptación literario-cinematográfica del año: Alicia en el País de las Maravillas, de Tim Burton.
  4. El best-seller del año volverá a ser una novela histórica (después del paréntesis policiaco de la saga Millenium).
  5. Desde 2003, todos los Premios Nobel han sido europeos; este año toca cambiar. ¿Por qué no Hispanoamérica? Entonces los candidatos mejor posicionados serían, probablemente, Vargas Llosa y Carlos Fuentes -aunque con el Nobel últimamente nunca se sabe.
  6. En 2010 se cumplirán 100 años del fallecimiento de Tolstoi y Mark Twain; 100 años del nacimiento de Jean Genet y Torrente Ballester; 100 años de la publicación de Howards End y El fantasma de la Ópera.
  7. Para 2010 han anunciado la publicación de una nueva novela, entre otros, Philip Roth, Paul Auster, Joyce Carol Oates, Don de Lillo, Ian McEwan o Bret Easton Ellis
  8. A lo largo de este año, Google Books llegará a un acuerdo con diversos gobiernos europeos y americanos para evitar pagar multas por monopolio y por infringir derechos de autor, y se convertirá (o se afianzará) como el principal digitalizador de fondos documentales del mundo.
  9. Es casi imposible adivinar a quién le caerá el Premio Príncipe Asturias de las Letras, pero como hablar es gratis, nuestro favorito es Milan Kundera -que también ha sonado para el Nobel durante años.
  10. En 2010, Un libro al día cumplirá un año de vida y alcanzará las 500 entradas.

Quienes hacemos este blog esperamos que sigáis acompañándonos y que tengáis un gran año de lecturas.

¡Feliz 2010!

martes, 28 de diciembre de 2010

VV.AA.: La Biblia 2


Idioma original: todos
Día de publicación: 25 de diciembre de 2010
Valoración: Imprescindible

El libro del que todos hablan ya está en nuestras librerías, queridos lectores. Hemos tenido que esperar unos cuantos siglos pero la noticia, finalmente, se ha confirmado: desde hace tres días es posible comprar la segunda parte de la Historia Más Grande Jamás Contada: La Biblia 2.

"Es la Hostia", ha dicho de ella Joseph Ratzinger.

En una cuidada edición vaticana de más de 4.000 páginas, La Biblia 2 continúa la acción donde la dejó el último capítulo de la primera parte, "Apocalipsis de San Juan", y la estructura en dos emocionantes Testamentos: el Testamento Pop y el Testamento Rock. Nuevos personajes devotos sedientos de sangre, como Marcial Maciel o George Bush, recorren las páginas de esta obra maestra de la literatura de ciencia ficción junto a viejos conocidos de los lectores: Noé, el dueño del zoo; Abraham y su hijo Isaac, ese chaval con problemas de conducta; Caín y Abel, los gemelos traviesos; Moisés, el guardacostas; Adán y Eva, la pareja swinger... todos ellos resucitados, en esta nueva entrega, por obra y gracia de dios.

"Patrick Bateman no está a la altura de esos simpáticos hijosdeputa", ha dicho Bret Easton Ellis.

Por supuesto, no podían faltar salvajes episodios de violencia, que tan buen resultado dieron hace cientos de años: nuevas plagas asesinas, incestos, violaciones, profetas crucificados, ahorcamientos, suicidios, mutilaciones, torturas... Páginas y páginas de suspense histórico, de rituales paganos, de animales de granja sacrificados, de reyes sanguinarios, de venganzas, traiciones, mentiras, sexo, actualizadas debidamente para los niños del siglo XXI con sillas eléctricas, bombas atómicas, hipotecas basura, gripes aviares, pedofilia, fumatas, facebook, twitter, tuenti.

"Mi Código da Vinci es una puta mierda a su lado", ha dicho Dan Brown.

Por primera vez, además, algunos de los capítulos del libro están escritos por mujeres: a los fundamentales "Libro de Jonathan", "Crónicas de José Luis" o "Evangelio según Kevin" se unen textos acojonantes como las "Cartas de Jessica a los Reyes Católicos", "Proverbios de Débora" o los no menos picantes "Hechos de Jennifer". Nuevos apóstoles, nuevos profetas y el regreso, cómo no, del gran protagonista del Nuevo Testamento, Jesús de Nazaret, que en esta segunda parte se reencarna en gitano rumano bajo el gobierno de Berlusconi y emprende una destructiva carrera contra el tiempo a ritmo de hip hop, homilías, hostias consagradas como panes y filtraciones cibernéticas sin repercusión política. Os lo aseguro: cuatro mil páginas de tensión que os mantendrán pegados al papel como si estuvierais en un éxtasis místico.

"Es como si mezclaras en un mismo libro Soy leyenda, Cuarto Milenio, Holocausto caníbal y La jungla de cristal, pero con más coches, más explosiones, más petróleo y menos judíos", ha dicho el oscarizado Guillermo del Toro.

Pasarán a la historia de la literatura escenas memorables, como la multiplicación de los penes y los paces que lleva a cabo el Profeta Brucewillis; o el tiroteo a las puertas de la Catedral de Burgos para sacar a los manteros de los soportales, narrada con el pulso firme de la mejor tradición de novela negra. Pero el subidón viene al final, cuando Jesús de Casilino y su cuadrilla de Apóstoles Fundamentalistas se enfrentan, en despiada lucha sin cuartel, contra Brian y su grupo de Humoristas Británicos: un enfrentamiento interminable, un final imprevisible y un desenlace abierto que anegarán la Tierra de sangre, provocarán cataclismos y dividirán a la humanidad, para siempre, en dos mundos irreconciliables: la gente con sentido del humor, y los demás.

"No os preocupéis: haré la peli", ha dicho James Cameron.

Podéis descargar gratis el primer capítulo en formato ePub y Pdf aquí.

jueves, 22 de marzo de 2012

Chuck Palahniuk: El club de la lucha

Idioma original: inglés
Título original: Fight Club
Año de publicación: 1996
Valoración: Recomendable

Los lectores bilbaínos de este blog (sabemos que estáis ahí) van a tener una oportunidad única: ver a Chuck Palahniuk en vivo y en directo, el día 19 de abril dentro del festival Gutun Zuria. Y para quien no lo sepa: ¿quién es Chuck Palahniuk? Pues uno de los "provocadores profesionales" (otro más, como Bret Easton Ellis) de la literatura estadounidense. Y el autor, efectivamente, de El club de la lucha, la novela en la que se basó la exitosa película protagonizada por Brad Pitt y Edward Norton.

Y en lo fundamental, la película es fiel al libro: en la trama (el proceso de "(auto)destrucción liberadora" a que se somete el narrador por influencia de su amigo Tyler Durden); en el estilo cortante, seco y algo efectista, e incluso en determinadas frases y "estribillos", tomados literalmente de la novela y puestos en boca de los personajes o de la voz en off del narrador. Y tanto la novela como la película están igualmente llenos de violencia, de crítica feroz a la sociedad y a la cultura consumista, de nihilismo provocador. De hecho, si es verdad lo que dice la Wikipedia (vamos a creérnoslo), Palahniuk escribió esta novela como reacción furibunda después de que su editor le rechazase otra anterior por ser demasiado violenta. ¿Que no quieres taza? Pues taza y media.

En cuanto al estilo narrativo de Palahniuk, no sé si calificarlo de efectivo o efectista. Desde luego, está claro que consigue lo que pretende: es ágil, rápido, directo, contundente. Frases cortas, párrafos cortos. Repeticiones, como estribillos que atraviesan los capítulos o incluso la novela entera. Saltos de un tema a otro sin relación explícita; mezcla de varios temas alternados en un capitulo. Referencias burlescas a la vida consumista contemporánea (a los muebles de IKEA, por ejemplo) o a la crueldad del sistema capitalista (el narrador trabaja para compañías de automóviles que tienen deciden si retirar o no modelos defectuosos y potencialmente mortales basándose únicamente en criterios económicos).

Que conste que si le pongo alguna pega a la novela, no es por mojigatería: no me molesta la violencia ni el canto a la anarquía que rezuma, ni el oscuro mensaje que transmite ("hasta que no toques fondo, no serás libre"). Lo que me deja algo descolocado es una cierta desconexión entre varios de los elementos que la componen (las reuniones de enfermos crónicos; el "club de la lucha"; la "operación Estragos", traducción sorprendente de project Mayhem, por cierto). En esa escalada exponencial de varios niveles de la autodestrucción personal a la aniquilación colectiva, da la impresión de que se nos han escamoteado varias etapas intermedias, y el resultado es una conclusión, una vez más, efectiva, aunque inverosímil.

En fin, una novela brutal en varios sentidos, con algunos capítulos, ideas, fragmentos brillantes y otros no tanto. Se lee en tres viajes de metro, y la experiencia merece la pena, aunque solo sea porque no se parece a casi ninguna novela de las que se leen por ahí; y desde luego, a casi nada que se escriba y publique en España.

También de Chuck Palahniuk en ULAD: SnuffPlantéate esto

lunes, 7 de diciembre de 2009

John Updike: Corre, Conejo

Idioma original: inglés
Título original: Rabbit, run
Año de publicación: 1960
Valoración: está bien

Corre, Conejo es un horrible título español para una buena novela del escritor estadounidense John Updike. Cuando murió a comienzos de este año, recuerdo haber leído en algún sitio que se iba uno de los grandes de la novela estadounidense del siglo XX, al que se echaría de menos a medida que pasase el tiempo. También recuerdo que leí alguna reseña elogiosa, pero que ponía alguna pega a su estilo realista y algo anticuado.

Corre, Conejo es, diría yo, una perfecta muestra de esto: la historia está bien contada, tiene momentos solemnes, ridículos, conmovedores. El personaje principal, Harry 'Rabbit' Armstrong (antes, un exitoso jugador de baloncesto juvenil; ahora, un fracasado vendedor de puerta en puerta casado con una mujer semi-alcohólica) es impactante, por su incapacidad para relacionarse, por su indiferencia y por su incoherencia, y pese a ello no resulta del todo odioso. La novela está bien escrita y es, como dice la contraportada de la edición que he leído, "sexy, de mal gusto, violenta y cínica; y que le aproveche".

Sin embargo, para mi gusto, a Corre, Conejo le falta algo: le falta imaginación, vuelo, originalidad, genialidad. Parece que John Updike está demasiado pegado al suelo, su narración es demasiado concisa, demasiado lineal, demasiado realista en el sentido tradicional. La vida del grupo de personajes que componen la novela está perfectamente enmarcada y descrita, pero no se logra con ello un gran efecto estético que perdure en el lector. No hay, por ejemplo, la complejidad y profundidad psicológica y narrativa de Philip Roth, el atrevimiento iconoclasta de Bret Easton Ellis ni por supuesto la explosiva exuberancia de Auster o el experimentalismo de Don DeLillo (por compararlo solo con sus compatriotas).

En definitiva, John Updike es un escritor competente, muy bueno, incluso, podríamos decir; pero Corre, Conejo no es una obra maestra: sólo una buena novela bien escrita y bien contada, que no es poco.

También de John Updike en ULAD: Terrorista

martes, 16 de mayo de 2017

Colaboración. Vernon Subutex 2 de Virginie Despentes

Idioma original: Francés
Título original: Vernon Subutex 2
Año de publicación: 2017
Valoración: Decepcionante

Si han leído la primera parte de la última obra de Despentes, Vernon Subutex 1, recordarán que acaba con el protagonista en caída libre hacia el sinhogarismo, tras un largo periplo por las casas de amigos, amigas, ex amantes y varios personajes más que no recuerdo, en una historia con poca trama y muchos personajes, unos imprescindibles, otros prescindibles y otros innecesarios. Pues bien, me temo (y ese verbo lo anticipa todo) que la tónica continúa en esta segunda parte, donde el argumento avanza con una lentitud agotadora en algunos momentos, y los personajes continúan saliendo de debajo de las piedras. Vernon sigue siendo un sintecho, pero de la desesperanza de la primera parte pasa poco a poco a adoptar un papel casi mesiánico, en torno al cual se concentran (literal y figuradamente) los personajes ya vistos y algunos nuevos.

Sí, algunos asuntos van resolviéndose, gracias a Dios, pero a una velocidad insuficiente para un libro de más de 300 páginas (y al que le sigue una tercera y última parte). He de admitir que terminé el libro pidiendo la hora, y no sé si influenciado por ello, tengo la impresión de que la autora también lo acabó con prisas. El problema radica es que todo lo que comenzó a no gustarme en la primera parte, se muestra sin pudor en esta segunda parte. Les cuento.

Empezamos con los personajes. Si al acabar la primera parte se quedaron con la impresión de que había muchos, tengo una sorpresa: al acabar la segunda parte hay más. Y no es que la abundancia de personajes sea un defecto en sí mismo, pero sí lo es cuando muchos de ellos parecen existir con el único propósito de servir de vehículo para que la autora nos dé un punto de vista sobre el racismo, la derecha, las drogas, la burguesía, la izquierda, la religión, el feminismo, los pijos o cualquier otro tema que se les ocurra, y no siempre de manera disimulada. Es como si Despentes hubiese escrito la trilogía con el firme propósito de tocar todos los palos desde todos los puntos de vista. Y desgraciadamente, eso lastra todo el argumento, porque la historia se detiene con demasiada frecuencia en detalles de la vida de los personajes que son accesorios para el lector, hasta el punto de que en cierto punto del libro te parece estar asistiendo a un desfile de biografías, una tras otra, muchas irrelevantes, y en las que, por una cuestión de economía, se cuenta mucho y se muestra poco, lo que le resta todavía más agilidad al desarrollo.

El segundo problema del libro son las referencias, que aunque puedan parecer accesorias, no creo que lo sean (y su número apoya mi argumento). Por un lado, las musicales, y por otro las geográficas. Para las primeras voy a recurrir a un ejemplo. Aquellas personas que lo hayan leído, recordarán que en American Psycho hay párrafos extensos con divagaciones sobre Genesis o New Order. Te podía gustar más o menos, lo podías leer o no, pero sentías que era algo que emanaba de Patrick Bateman, que encajaba en su personalidad psicopática y obsesiva, como sus conversaciones sobre la calidad del papel de las tarjetas de visita. Era Patrick el que hablaba, no Bret Easton Ellis. Sin embargo, en Vernon Subutex no pasa eso. Y no lo hace porque el narrador es tan omnisciente y cambia tanto de punto de vista que cuando aparece una referencia musical, sabes que es Despentes, y no Vernon, quien está incrustando en el texto los nombres de los grupos. Y no cuela, porque parece estar dando lecciones de sabiduría musical (tan legítimas como innecesarias). Por otro lado, están las referencias geográficas. Las páginas, yo diría más que en el primer volumen, están plagadas de calles y localizaciones de París, que a los que no somos de la capital francesa nos cuesta retener y ubicar. No estoy pidiendo que Despentes sitúe la historia en un lugar indeterminado, pero tengo la sensación de que tanta concreción dificulta la inmersión o desde luego, no la favorece. 

En mi opinión, lo que Despentes trata de hacer con Vernon Subutex 2 es continuar con su radiografía más o menos realista de la sociedad francesa, y para ello utiliza los dos pilares vistos: los personajes y las referencias. Las referencias como recurso para dotar de realismo a la narración: ubicar al lector en un marco temporal y espacial concreto, y la variedad de tipos de personajes como un intento de abarcar un gran número de grupos sociales, es decir: posiciones sociales y políticas. La multiplicación de personajes puede tener una segunda interpretación, y es que el lector perciba a Vernon y sus acólitos no como un conjunto de individuos con nombre, sino como una masa colectiva que es en realidad la que protagoniza el segundo libro, pero esa es una especulación mía que veremos si se cumple en la tercera parte. 

Y aunque el intento es loable, como ya he anticipado, el resultado no funciona. Por un lado, las referencias no consiguen su propósito, en mi caso principalmente porque no conozco la música o los lugares que menciona, pero también porque a diferencia de la primera, la segunda parte introduce en algunos momentos un componente místico en torno a Vernon que resta parte de esa verosimilitud que busca. Por otro lado, para "colgar" los personajes hace falta algo, y ahí es donde entra la trama de Alex Bleach, sus cintas y las circunstancias de Vernon, que actúan de excusa narrativa en la que encajar lo que la autora nos quiere transmitir, de manera en ocasiones poco sutil. No obstante, el problema con el que nos encontramos es que Despentes no le presta la suficiente atención como para que la trama pueda sostener por sí sola todo lo demás, y acaba siendo un hilo demasiado fino para mantener la atención del lector.

Quizá alguien piense que estoy siendo un poco duro con la valoración de "Decepcionante", pero dadas las expectativas con las que enfrentaba el libro y a esta autora, para mí está más cerca de eso que de "Se deja leer". Pero en fin, ya saben lo que se dice de las opiniones.

Firmado: MBt

También de Virginie Despentes en ULAD: Teoría King KongVernon Subutex 1

sábado, 15 de julio de 2017

Douglas Coupland: Microsiervos

Idioma original: inglés
Título original: Microserfs
Año de publicación: 1996
Traducción: Juan Gabriel López y Carmen Franci
Valoración: muy recomendable

He leído algunas novelas, situadas en un momento muy concreto, a las que el paso del tiempo les ha sentado fatal. Una de ellas es Less than zero de Bret Easton Ellis. Es un ejemplo que considero paradigmático y que, al lado de Microsiervos, no muy alejada en la época, resulta más claro. Porque Microsiervos sí ha aguantado ese duro test. Y muy bien. Por mucho que nos choque su maquetación y por mucho que alguna de las marcas que figuran (¡Blockbusters!) suene a la edad de piedra, esta novela que surgió del desarrollo de un par de relatos publicados en esa Biblia del mundo tecnologico que fue Wired ha llegado a maravillarme por momentos. y lo ha hecho sin hacerme olvidar que estaba leyendo una especie de diario de la eclosión de eso llamado era de la información, eso que tanto criticamos y denostamos pero que, por ejemplo, está permitiendo tanto que yo escriba esto como que alguien pueda leerlo.

La vida de Daniel es su trabajo y viceversa. Trabaja en Microsoft y eso consiste en estar inmerso en proyectos compartidos con fechas de entrega implacables. Conlleva convivir con compañeros de trabajo de la empresa, habitar las viviendas que ésta les facilita en sus campus, estar sumergido en un espacio-tiempo de jornadas agotadoras sin estar pendiente de hora o día de la semana, todo ello a cambio de un salario, un paquete accionarial, un todo material que compense o dé la ilusión de que compense el enorme sacrificio. Los personajes de Microsiervos parecen caricaturas pero no lo son. No muestran pulsaciones humanas salvo ese torrente de consciencia que es Daniel observando lo que sucede a su alrededor, en un mundo que parece puesto del revés. Su padre, en la cincuentena, pierde el trabajo y parece que su experiencia laboral se deletee. Parece que sea él el becario y sea él el aprendiz mientras los veinteañeros, impetuosos, ambiciosos, formados, acostumbrados al nuevo hábitat, están pendientes de venerar ese nuevo tótem, Bill Gates, que les ha procurado ese perverso placebo de la falta de preocupaciones que consiste en estar siempre ocupado trabajando.
"A los 21 anyos, uno hace un pacto faustico consigo mismo; la companya para la que trabajas tiene permiso para quitarte de 7 a 10 anyos de tu vida, pero a los 30 tienes que abandonar la companya. Si no lo haces, es que te pasa algo RARO."
 Dan y sus compañeros andan obsesionados con varias cosas. Con su competidor y némesis, la Apple de 1995 (pre iPod, pre iPhone, pre iPad), con las medias de las edades de los empleados de las compañías (31,2 años en Microsoft), con piezas de Lego y su indestructibilidad, con un montón de marcas de compañías de todas clases. La cuestión del desempleo de su padre parece preocuparle relativamente: Dan no piensa que él vaya a necesitar trabajar a esa edad. Parece que piense que todos ellos a los cuarenta ya vayan a vivir de los rendimientos de sus carteras de valores y puedan huir del mundo como Thoreau en Walden o vayan a ser ese curioso tipo que vende productos macrobióticos en esa tienda al lado de tu casa que piensas en cómo narices hace para mantenerse a flote. Sus relaciones son a través de los conductos inocuos de comunicación. Teléfono, correo electrónico. Todo aséptico y a distancia, o todo en compañía de esa nueva familia que son sus compañeros de trabajo.
"He puesto un viejo compacto de Bessie Smith, y hemos seguido sentados mientras el alcohol perturbaba nuestros códigos, nuestros pensamientos, nuestras vidas, al menos durante lo que quedaba de oscuridad, hasta que nos reclamara de nuevo el trabajo."
Luego Dan y los suyos abandonan la compañía para montar Oops!, una start-up. Para intentar una aventura en solitario, para ayudar al padre de Dan, para demostrarse a sí mismos que son más que esos microsiervos esperando órdenes de sus superiores para lanzarse sobre el teclado.

A pesar de lo cual, Microsiervos no parece tanto un alegato contra el capitalismo sino contra todo el modo de vida actual, basado en la terrible competencia, en la carrera tanto por llegar el primero a los sitios como para capitalizar de forma inmediata el mérito de haber sido el primero. Lejos de ser una obra desde la que el lector observa, por el ojo de la cerradura, la existencia de esos geeks y esos nerds (vocablos intraducidos a lo largo de todo el texto, guiño importante), esta novela, dinámica, amena, no tan ensimismada como puede parecernos y desde luego plenamente actualizable a poco que uno renueve sus referencias, incorpore todos los nuevos cacharritos reales y virtuales (redes sociales, smartphones, tablets y demás) y se dé cuenta de que hay demasiadas cosas demasiado arraigadas y que es demasiado tarde para parar.

sábado, 8 de agosto de 2009

Lars Svendsen: Filosofía del tedio

Idioma original: noruego
Título original: Kjedsomhetens filosofi
Fecha de publicación: 1999
Valoración: está bien

Todos nos aburrimos. Puede tardar minutos, días o meses, pero es un hecho: antes o después, según lo ocupados que estemos, llega un momento en el que todos nos descubrimos no haciendo nada y sin saber muy bien cómo salir de esa inacción. Tenemos entonces, por lo general, un sentimiento extraño, una especie de desidia culpable, que llamamos aburrimiento. Ahora bien, no es ése el tema de este libro. Al fin y al cabo, solemos salir del aburrimiento enseguida, iniciando otra actividad (por ejemplo, escribir una entrada para este blog). El problema viene cuando el mal no es tan fácil de remediar, cuando nos encontramos con que la fuente de la desidia no es la ausencia momentánea de tarea, sino la falta de fe en el sentido de toda tarea. Se extiende entonces en nuestra conciencia una sombra alargada e inquietante: el tedio.

Hay dos motivos que parecen hacer de Svendsen una autoridad para hablar del tedio: en primer lugar, es un nativo escandinavo; en segundo lugar, es académico. Se me objetará que no hago aquí sino dejarme llevar por burdos prejuicios sobre los países escandinavos y su alta tasa de suicidios, y tal vez sea así, pero tenga el lector la gentileza de recordar a Bergman, a Munch y a Kierkegaard. No puede decirse que le alegren la vida a uno, ¿verdad? En cuanto a la academia, el propio Svendsen reconoce que la peor y más extendida experiencia de tedio en toda su vida fue la redacción de su tesis doctoral. Más aún, para espanto de todos los doctorandos, se obstina en recordar cómo en ese tiempo oscuro ponía todas sus esperanzas en lo bella y divertida que sería su vida tras defender la tesis. Cuando lo hizo, sin embargo, comprobó que peor que aburrirse terriblemente en pos de una meta es dejar de tenerla, y quedó sumido en una postración aún mayor. Buscó entonces una nueva meta, y nació este libro.

Quede claro que es mejor no afrontarlo si uno está pasando una racha regular en su vida. Con esta precaución, se trata de un ensayo muy interesante. Svendsen investiga las manifestaciones, las causas y los tipos del tedio, y hace un repaso por todos los poetas y filósofos que se han visto aquejados por él y han escrito sobre él, que son muchos. Después de un breve recorrido histórico queda claro que el tedio es, propiamente, una enfermedad moderna. Antes también existía, desde luego, y era considerado la fuente de los pecados capitales; sin embargo, es la modernidad la que le da la persistencia y la extensión que hoy le conocemos, la que lo democratiza. Esto no tiene que ver sólo con el aumento del tiempo libre y la rutinización de la vida cotidiana, que también, sino, sobre todo, con la pérdida de garantías trascendentes que implica el pensamiento moderno. La liberación ilustrada del hombre, como anunciara Nietzsche, lleva en sí el germen de la desorientación y del nihilismo. Perdida la fe última en el sentido de lo que hacemos, sólo nos queda aburrirnos.

Hay un largo capítulo dedicado a Heidegger (para cuya obra el tema del tedio resulta fundamental) que no es fácil de digerir. El resto del libro está escrito en un estilo más ligero, y abundan las referencias literarias y cinematográficas: no sólo Kierkegaard y Beckett, también Bret Easton Ellis o J. G. Ballard. En fin, un buen libro. Por si se aburren.

martes, 1 de abril de 2014

VV. AA.: Ominosus. Una recopilación lovecraftiana

Idioma original: inglés
Año de publicación: Como antología, 2014; como relatos independientes, 2008, 2003 y 2011
Valoración: En conjunto, está bien

Empecemos hablando de la editorial, Fata Libelli: una editorial nueva, que tiene su mérito en estos tiempos en que cierran más editoriales de las que abren, dedicada a la publicación solo de libros en formato digital, lo que es una apuesta interesante, y que se dedica a publicar relatos de terror, fantasía y ciencia ficción, lo que puede reducir su mercado potencial, o a lo mejor situarlos en un nicho con un público fiel. Sea como sea, ofrecieron enviarme algún libro de su catálogo y elegí este Ominosus, una recopilación de tres relatos para continuar mis lecturas Lovecraftianas de este pasado año.

Antes de hablar del contenido, un comentario sobre la edición: es, como decía, una edición hecha específicamente para eBook, y que aprovecha (algo tímidamente, por ahora, pero algo es algo) las posibilidades que ofrece el eBook, incluyendo enlaces a artículos y otros textos relacionados; una selección de música recomendada en iTunes para escuchar mientras se lee el libro; o una composición exclusiva de inspiración, supuestamente, lovecraftiana.

Ahora, en cuanto a los relatos en sí, tengo que diferenciar el primero de los otros dos.

"Shoggoths en flor", de Elizabeth Bear, es un relato sobre una de las muchas criaturas del universo lovecraftiano, los Shoggoths, unos seres gelatinosos y sin conciencia propia creados por los Antiguos para servirles como esclavos. Ahora, en 1938, poco antes de que estalle la Segunda Guerra Mundial, un biólogo negro, nieto de esclavos, se dispone a observar con espíritu científico un ejemplar (o varios, es difícil decirlo) de Shoggoth que descansa junto a la orilla. Su estudio, las dificultades con que se encuentra y los descubrimientos que hace en el camino lo enfrentan a la cuestión de la libertad, el racismo y la amenazadora guerra que aparece, inevitable, en el horizonte cercano.

Lo mejor de "Shoggoths en flor", como ella misma a dicho en algún artículo, es que supone un enfrentamiento con el propio Lovecraft, cuyo racismo era bien conocido y bastante evidente también en algunos de sus relatos. Se produce así una inversión de varias de las claves de los textos del original lovecraftiano: los shoggoths ya no son seres abisales y desconocidos, sino que son clasificados y estudiados como cualquier otra especie; y, por otro lado, ideológicamente, su existencia sirve para atacar algunos de los presupuestos más retrógrados del autor original, lo que no deja de ser una curiosa forma de usar el pastiche o fan-fiction.

En comparación, "Casas bajo el mar" y "El don de la oportunidad" aportan mucho menos al universo de los Mitos, con el que se conectan por contener criaturas, seres, dioses o algo semejante salidos de los confines del tiempo y del espacio. En realidad, sus argumentos se parecen a los de innumerables películas de terror: una persona, o un grupo de personas, que se encuentra con el horror supremo y tiene que enfrentarse a él. "Casas bajo el mar" tiene más de texto psicológico; "El don de la oportunidad" roza el gore o el terror puro con un toque de Stephen King. Ninguno de los dos supone una revisión, en ningún sentido relevante, de las propuestas originales de Lovecraft; si acaso, una actualización de su lenguaje, sobre todo en "Casas bajo el mar", para adecuarlo a un mundo en el que existen Chuck Palahniuk o Bret Easton Ellis.

En conjunto, Ominosus es una lectura curiosa, porque es interesante ver cómo algunos autores, hoy en día, consiguen conectar con un mundo ficcional creado casi cien años antes. Sin embargo, también resulta algo decepcionante, porque el pastiche solo es interesante como género cuando hace algo que el original no hacía, como en "Shoggoths en flor"; cuando se limita a repetir clichés y situaciones, como en los otros dos relatos, parece que se queda corto...

viernes, 4 de febrero de 2011

Escritores en Twitter

Como en otros ámbitos, también en las "relaciones públicas" internet está contribuyendo a disminuir los intermediarios. El contacto entre escritores y público, hasta hace poco, estaba limitado a firmas de libros, ferias y otros eventos sociales o culturales organizados por editoriales, agentes o instituciones. Ahora, gracias a Twitter o (en menor medida) a facebook, los autores (como los cantantes, los directores de cine, los chefs, los futbolistas) tiene una ocasión única para entrar en contacto directo con su público, recibir sus opiniones, sus comentarios, sus elogios y sus críticas, y responder a ellas, si quieren.

Y sin embargo, da la impresión de que no son muchos los escritores consagrados que se han lanzado a aprovechar esta oportunidad. No desde luego en España, donde el escritor-twittero más destacado y activo es Arturo Pérez-Reverte (fue famosa la polémica provocada por sus tuits sobre la despedida del ministro Moratinos). En cambio, otros escritores que sí han utilizado internet como medio de promoción y contacto, como Espido Freire, Juan José Millás o Lucía Echebarría, se mantienen alejados del mundillo twitter, al menos por ahora.

Pero tampoco en el panorama internacional son mayoría los escritores twitteros: por ahora, hemos conseguido localizar a Margaret Atwood, Paulo Coelho, Anne Rice, Neil Gaiman, Alejandro Jodorowsky, Chuck Palahniuk o Bret Easton Ellis. J. K. Rowling, la autora de Harry Potter, tiene cuenta en twitter, pero desde hace año y medio solo la utiliza para confirmar que realmente se trata de ella, pero que ahora mismo no tiene tiempo de tuitear nada. Aquí hay otra lista más extensa de escritores en twitter, pero yo, sinceramente, no conozco casi a ninguno.

Entonces, ¿a qué se debe esta ausencia de escritores en twitter? Porque en otras áreas (humoristas, cantantes, actores) tengo la impresión de que está bastante más extendido. ¿Es que el mundo de las letras es especialmente refractario a las innovaciones tecnológicas? ¿Influye la edad de la mayoría de los escritores consagrados, ya talluditos? ¿Son los agentes quienes les desaconsejan este tipo de contacto directo? ¿Tienen los escritores miedo a la pérdida de tiempo que conlleva mantener una cuenta de twitter verdaderamente activa? ¿O es que los escritores se consideran demasiado importantes para mezclarse directamente con su público directamente y sin filtros?

¿Conocéis vosotros algún otro escritor, español o extranjero, que esté en Twitter?