miércoles, 4 de diciembre de 2013

Colaboración: American Psycho de Bret Easton Ellis

Idioma original: Inglés
Año de publicación: 1991
Título Original: American Psycho
Traducción: Mariano Antolín Rato
Valoración: Recomendable

«¿Dónde vas?», me pregunta de nuevo.
No hago ningún comentario, perdido en mi propio laberinto privado, pensando en otras cosas: órdenes judiciales, ofertas públicas de acciones, financiaciones, refinanciaciones, bonos, apoderamientos, billonarios, Kenkichi Nakajima, cómo de rápido debería circular un coche de lujo, rescates financieros, hipotecas basura, si debería cancelar mi subscripción al Economist, la víspera de Navidad de mis catorce años en la que violé a una de nuestras sirvientas, si es posible sobrevivir a una fractura craneal, esperar en los aeropuertos, las tarjetas de crédito, un catálogo de parejas de La Côte Basque salpicado de sangre. 
Ese es el vertiginoso ritmo al que fluyen los pensamientos de Patrick Bateman, el protagonista de American Pyscho. Heredero de una gran fortuna, a sus veintiséis años Bateman trabaja en Wall Street únicamente «para encajar». Y encajar es lo que hace: viste ropa de diseño, se preocupa por la textura de su tarjeta de visita, acude al gimnasio un par de horas al día y pasa su tiempo libre desplazándose en limusina de carísimos restaurantes a los mejores clubs nocturnos de Manhattan. A simple vista, Bateman lleva una vida perfecta y sería un buen partido para cualquiera joven neoyorquina. Si no fuese, claro está, porque bajo es apariencia de pez gordo de las finanzas se esconde un despiadado asesino, que viola y desmiembra a mujeres, mata mendigos a navajazos, tortura animales e invita a sus colegas a tomar un trago a casa para luego descuartizarlos con un hacha.

American Psycho alcanza cotas obscenas de violencia y sadismo, descritas con minuciosidad por un narrador/protagonista al que lo mismo le da describir en detalle su uso de geles exfoliantes que la forma en que arranca la lengua a una de las muchas mujeres que pasan por su apartamento para después introducir el pene en su boca ensangrentada. Easton Ellis va más allá de los excesos, sobrepasa todas las convenciones, se jacta en lo grotesco, y lo hace a la vez que describe a un personaje obsesionado con todo lo mundano: la pedicura, su corte de pelo, la forma adecuada de combinar cinturón y zapatos, los salones de bronceado.

Según el New York Times, la polémica despertada por American Psycho a principios de los noventa fue solo comparable con lo ocurrido a finales de los ochenta con Los versos satánicos de Salman Rushdie. Un tropel de feministas tildaron el libro de misógino, críticos literarios lo despreciaron como una novela vacía y sin propósito —más allá de una sarta de situaciones en las que la pornografía más burda se da la mano con la tortura más brutal— y el editor de la novela, que había pagado 300.000 dólares de adelanto al autor, decidió retractarse a última hora y cancelar la publicación del libro —dejando que Easton Ellis, por cierto, se quedase con aquel suculento adelanto. Sin embargo, cuando el libro salió por fin a la venta, se convirtió enseguida en un best seller. ¿Por qué?

La primera respuesta, la más fácil y obvia, es que Patrick Bateman es un personaje empático. Brutal, cruel y desalmado, pero empático al fin y al cabo. Easton Ellis, que escribió la novela siendo un veinteañero, retrata en American Psycho los extremos de nuestra civilización: por un lado un refinamiento exagerado, por el otro una conducta sanguinaria que nos remite no ya a la Edad Media, esa época en la que los monarcas tenían potestad absoluta sobre la carne de su súbditos, esa época de suplicios públicos en la plaza del pueblo, sino a una época aún anterior, la del gregarismo, la de los instintos desbocados, la de la tribu. American Psycho se convirtió en un best seller, en primer lugar, porque su forma de regodearse en esa parte animal que la cultura ha domeñado en (casi) todos nosotros resulta tremendamente adictiva. American Psycho es como un accidente de carretera: uno se acerca a dos coches destrozados tras una colisión, ve las carrocerías arrugadas como papel de calco, se acerca aún más, observa los vidrios por el suelo, un par de pasos más, la sangre, sabe que va a encontrarse con algo sumamente desagradable, quizás un muerto, quizás un conductor con la cabeza abierta, y ahí sigue, acercándose cada vez más, sin poder apartar la vista.

Junto a eso, American Psycho es una sátira social sin precedentes. La genialidad de la novela no reside —o no únicamente— en zambullirnos de lleno en la mente de un psicópata, sino en su forma de describirnos una sociedad completamente ajena a los excesos. Todos los personajes de la novela, desde Patrick Bateman hasta sus colegas, pasando por abogados, novias y amigos, viven en un mundo en el que la individualidad se diluye por completo y las identidades se trastocan. Literalmente. Salas de reuniones, restaurantes, fiestas y discotecas son algunos de los escenarios en los que a Bateman le llaman por un nombre que no es el suyo, y en los que él también confunde a sus semejantes. Somos tan parecidos, nuestras idiosincrasias, los rasgos que nos distinguen, tienen tan poquísimo valor, que no solamente mezclamos con frecuencia quiénes somos, sino que además respondemos sin dilación cuando nos llaman con nombres ajenos. En medio de esa sociedad corrompida que nos considera piezas intercambiables, no resulta sorprendente que a nadie le importen los crímenes de Bateman. Easton Ellis no se conforma con que los numerosos asesinatos cometidos por el protagonista queden impunes, sino que además permite que Bateman confiese su «enfermedad» en repetidas ocasiones, a su prometida, a su abogado, sin que nadie le preste ni la más mínima atención. El mundo de American Psycho, que tristemente podríamos considerar nuestro mundo, está tan abstraído mirándose el ombligo que se ha vuelto ciego a los excesos. En uno de los momentos más emotivos de la novela, Bateman nos dice lo siguiente: «La justicia ha muerto. Miedo, recriminación, inocencia, simpatía, culpa, despilfarro, fracaso, aflicción, eran cosas, emociones, que ya nadie siente realmente. Reflexionar es inútil, el mundo no tiene sentido. La maldad es su única pieza fija. Dios no está vivo. No se puede confiar en el amor. Las apariencias, apariencias, apariencias, son lo único en lo que uno encuentra significado».

En opinión de este reseñador, los críticos que menospreciaron American Psycho fueron incapaces de ir más allá de su letanía de brutalidad y sexo y cayeron víctimas de esa miopía intelectual que ha ido tropezando con decenas de obras maestras, como el Viaje al fin de la noche, de Céline, cuyo lenguaje era demasiado soez para la Francia de entreguerras, o Lolita, de Nabokov, que tantos tacharon de pornográfica.

En cuanto a las feministas que calificaron de misógino tanto al libro como a su autor, se me ocurre responderles dos cosas. En primer lugar, conviene tener en cuenta que a lo largo de sus páginas Bateman asesina a catorce personas: siete hombres (incluido un niño) y siete mujeres. Bateman es un monstruo que actúa movido por sus impulsos sanguinarios y su indiferencia ante el sufrimiento humano, no por su odio a las mujeres. En segundo lugar, vincular las ideas del autor con la de sus personajes de ficción es desconocer completamente los propósitos de la literatura. En una ocasión, un amigo me aconsejó que cambiase ligeramente al personaje de uno de mis relatos, un viejo cascarrabias, homófobo y antisemita. Según él, ser cascarrabias y homófobo era aceptable. El problema era lo de que fuese antisemita, que está muy mal visto y podía traerme problemas. Por supuesto, tras acordarme de aquello de in libris libertas, le respondí que el vejete en cuestión era él y sus circunstancias, y que no pensaba suavizar lo hijo de puta que me había salido. Como lector, me alegro de que Easton Ellis tampoco lo hiciese.

(N.b. Traducciones improvisadas por el autor de la reseña)

Firmado: Jose Serralvo

2 comentarios:

Federico Escudero dijo...

A mí no me convenció en absoluto. Me pareció, parafraseando a Boyero en su crítica a Anticristo de Von Trier una "imbecilidad con ínfulas de transgresión". La violencia y el sexo no me molestan como lector siempre que estén integradas en una historia. Aquí me parecen ingredientes de un festival gore y porno de un personaje que no es más que un estereotipo llevado al extremo.

Hernan dijo...

Para mi es un gran libro. La mejor radiografía del yuppie que un libro haya hecho.. Yo leo a Patrick Bateman como una especie de Gatsby gótico, de alguna manera el personaje de Fitzgerald inyectado con esteroides y una dosis de psicopatía.. Al fin y al cabo son testimonios de su tiempo; uno escrito cuando la liberalizada élite de los 20 estaba en su cenit, el otro escrito a fines de los 80 principio de los 90 cuando pregonar por la vertiente mas salvaje del capitalismo estaba de moda.. Visto en retrospectiva, los segundos terminarían mucho mejor que los primeros, aunque el vaciamiento espiritual y afectivo es una constante en los dos personajes..