miércoles, 11 de diciembre de 2013

Amin Maalouf: Orígenes

Idioma original: francés
Título original: Origines
Año de publicación: 2004
Valoración: Muy recomendable






De Amin Maalouf conocemos su doble faceta de ensayista y autor de novela histórica, pero quizá haya sido menos divulgado este experimento, tan atractivo como difícil de encasillar, al que difícilmente se le pudo haber puesto un título más sobrio, Orígenes. Y de eso trata, precisamente. Del largo trecho que hubieron de atravesar tantos hombres y mujeres, no solo para alumbrar al que un día sería su cronista, sino para convertir su territorio, su tierra, sus casas, en lo que son hoy día, y también para desparramarse por el mundo dando lugar a una pequeña cantera de inmigrantes.

En primer lugar, nos cuenta de qué modo se empieza a interesar por sus ancestros, cuál fue ese primer indicio que encontró gracias al cual le fue posible rastrear las huellas de su gente, qué recursos aprovechó y qué dificultades tuvo que vencer. Pero limitarse a esto a lo largo de un buen número de páginas hubiese aburrido a las ovejas y, lo que es peor, abortado las posibilidades del germen narrativo que tenía entre manos. Por eso, lo que hace es, aprovechando su buen oficio, rellenar hábilmente las lagunas regalándonos así una magnífica obra de ficción anclada firmemente en la realidad, una novela que podríamos calificar de circular porque acaba igual  que empieza, con el fallecimiento de Ruchdi, el padre de Amin.

Ante nuestros ojos van creciendo: Botros –su peculiar y entrañable abuelo convertido en protagonista indiscutible–, Gebrayel, su hermano, la esposa de aquel, Nazeera –que cuando fallece es quien toma el relevo, tanto de sus asuntos como en la ficción–, el Orador que tanta información aporta al novelista, Alfred y su nunca aclarada contribución a la pérdida del patrimonio americano, su hijo William, el superviviente, el lejanísimo Jalil, la longeva y memoriosa Leonore, y tantos otros.

Sobre la relación entre generaciones, escojo este elocuente párrafo:
“… un dicho que la tradición atribuye al Profeta islámico, a saber, que el hombre tendrá que rendir cuentas tras la muerte de todo lo bueno y lo malo que haya hecho en el mundo… menos de la forma en que haya tratado a sus padres, pues de eso recibirá en vida el castigo o la recompensa.”
Existe un aquí (la tierra de su estirpe) y un allá, Cuba. También otros sitios, pero es en la isla americana donde se centra el interés del autor, pues allí se instaló el intrépido Gebrayel, muy joven, con la ilusión de hacer fortuna, y allí alcanzaría su objetivo con el tiempo, aunque su legado se volatilizase tan pronto. Unos sienten la vocación de emigrar, otros de quedarse y hay un tercer grupo que lo desea pero no se decide nunca. La religión –no  una sola, varias en la misma familia, algo que provoca rencillas y disputas– determina la vida de algunos y a otros solo les provoca indiferencia. La gran pasión de Botros consiste en abrir las mentes por medio de la actividad educativa, pues la considera el único medio de que el país pueda progresar, pero aquello resultaba insólito entonces y algunos se complacieron en zancadillearle. Su nieto se siente orgulloso de él y nos ofrece un retrato lleno de admiración y cariño, casi ejecutado de memoria aunque empleando todo el rigor de que es capaz que, la verdad, no es mucho, dada la escasez de datos de que dispone. Aunque en realidad es lo de menos, lo que cuenta es el resultado narrativo y de eso no podemos quejarnos.

Maalouf, siempre con el máximo respeto, propina pequeños y tiernos sopapos a sus antepasados ya que no puede aprobar ciertas conductas, sonríe ante algunas ingenuidades, critica abiertamente rasgos y prácticas estén o no en vigor aún, y muchas veces se muestra irónico. Todo ello con la pasión que se puede suponer en alguien que procede de aquellos de quienes habla. No puede evitar incluir una selección de fotos, que agradecemos y que completan el diseño de personalidades y caracteres ya ejecutado de palabra.

También de Amin Maalouf: El desajuste del mundo, Identidades asesinasLa invasión