viernes, 6 de diciembre de 2013

Antonio Muñoz Molina: Todo lo que era sólido

Idioma original: español

Año de publicación: 2013

Valoración: Recomendable
                                   






Una de las mayores tragedias humanas, pues de ella se derivan nefastas consecuencias, consiste en la ausencia de memoria. Tanto la individual como la colectiva. Sin memoria no somos nada, ella es la que nos convierte en lo que somos, construye nuestra identidad personal y de grupo y lleva aparejada la experiencia. Últimamente, se escucha a menudo que si olvidamos el pasado corremos el riesgo de repetirlo. Pero esta advertencia puede quedarse en meras palabras en una sociedad saturada de impactos informativos, es decir, desinformada por exceso. Muñoz Molina viene a recordarnos realidades demasiado cercanas sofocadas por toda esa cháchara mediática que nos invade a diario.

¿Qué es la solidez? Pues lo que ocurría hace menos de una década aunque hoy nos parezca la prehistoria. Años en los que el suelo parecía que no se iba a mover nunca, en que todo era estable y, más o menos próspero, en los que el horizonte se divisaba con claridad y, en consecuencia, se podía prever el futuro con bastante aproximación. Es cierto que, de vez en cuando, todos escuchábamos negros augurios, pero necesitábamos imaginar que aquello era tal y como queríamos verlo. Y, sin embargo, nadie demostraba ninguna felicidad: fueron tiempos ásperos, agresivos. En ellos se produjeron los mayores enconamientos verbales que podamos recordar, las más frecuentes manifestaciones de desprecio al oponente, tanto en el interior del debate político como en los medios de comunicación, tanto en lo que concernía a hechos presentes como a los que tuvieron lugar hace tres cuartos de siglo.

Pero ese castillo de naipes se derrumbó estrepitosamente casi de un día para otro. El autor lo presenció desde su atalaya neoyorkina, alertado por signos quizá más elocuentes que los que podíamos ver por aquí. En ambos lados del Atlántico el contraste entre un momento y otro fue tan espectacular como indignantes nos parecen ahora unos pelotazos especulativos que entonces pasaban desapercibidos y que él ilustra con un par de elocuentes ejemplos. Sus responsables, esos augures que nos deslumbraban con su pretendida magia científica, son su principal objeto de ataque, pero incluso él mismo entona su mea culpa particular ya que, como intelectual y testigo de las sucesivas actualidades, como persona cuyo oficio es alertar o, al menos, dar testimonio de lo que ocurre o de lo que puede ocurrir en determinadas circunstancias, se siente, de algún modo, responsable. Le incomoda haber vivido en cierto modo al margen de la realidad española, también haber dejado que le pasaran desapercibidos –como a casi todos– algunos indicios del desastre.

En lo que nos atañe, tampoco han sido ajenos la imprevisión y apresuramiento con que, en un abrir y cerrar de ojos, el país se volvió del revés. Pasamos de ser humildes a prósperos, de la dictadura a la democracia, de la sencillez a la complejidad. Y, muchas veces, ni procedimientos ni estructuras ni personas fueron los que deberían haber sido. Tampoco dio tiempo a que se rompiesen las inercias. De ahí, entre otros vicios congénitos, la actuación al margen de las leyes, el clientelismo, la abundancia de gestos ostentosos, las tradiciones inventadas, el culto a las apariencias, la verborrea justificadora, el despilfarro en lo superfluo y la tacañería en lo imprescindible, la destrucción de parte de nuestro patrimonio cultural. Y por encima de todo, la desaparición de mecanismos de control en cualquiera de los escalones del poder, que ha derivado, obviamente, en la más absoluta impunidad.

Merece la pena detenerse en este lúcido análisis, de plena actualidad, sustentado por la hemeroteca y los recuerdos, que desemboca en una última parte –puede que un  veinte por ciento– algo desconectada del resto, demasiado repetitiva o consabida, más desorganizada y con tendencia a divagar, como si, por imperativos editoriales, el autor hubiese tenido que rellenar esas últimas páginas en blanco. Esto las hace desmerecer algo del principio, también porque, en ocasiones, suenan un poco a sermón.


También de Muñoz Molina: El jinete polaco, El viento de la luna, Plenilunio