lunes, 17 de septiembre de 2012
Dante Alighieri: Divina Comedia (1ª parte: Infierno)
viernes, 2 de noviembre de 2012
Dante Alighieri: Divina Comedia (2ª parte: Purgatorio y Paraíso)
Divina Commedia
Idioma original: italiano
Fecha de publicación: (se calcula que hacia 1321, año de la muerte de Dante)
Valoración: Recomendable
Bueno, pues ya está. Ya me he leído la segunda parte de la Divina Comedia, y tal y como prometí, aquí estoy para reseñarla.
En esta ocasión, más que ponerme a describir con pelos y señales lo que el lector va a encontrarse en un viaje fenomenal a realizar de la mano de Dante, Virgilio y Beatriz (en mi imaginario particular yo les veo en plan Frodo, Gandalf y Arwen, qué se le va a hacer), voy a hablar de sensaciones. De las sensaciones que me ha provocado esta obra maestra de la literatura. Y adelanto que más tarde contestaré a ese lector del blog que se mostraba algo mosqueado a raíz de que calificara su primera parte de "Recomendable" en vez de "Muy recomendable" o "Imprescindible", algo que vuelvo a hacer.
Pero ahora hablemos de sensaciones, y para ello mencionaré las palabras del bibliotecario que me cedió, como si se tratará del cáliz de la Última Cena, la primera parte del libro clavándome su mirada celeste (yo creo que estaba maravillado porque le estaban pidiendo semejante obra, entre tanto jardín olvidado y seductor sadomasoquista): "Vas a alucinar, ¡aquí sí que hay verdaderos efectos especiales! Luces deslumbrantes, círculos de fuego, seres voladores, ¡cuando yo lo leí, muy joven, me quedé maravillado! Nunca antes había leído algo semejante...".
Así que la sensación que me provocó la inminente lectura de este libro fue expectación. Luego vendrían la emoción y el regocijo que me concedieron sus versos al ser consciente de que estaba degustando con deleite un texto antiguo, valioso y muy dificultoso. Y también el respeto, que me decía: "Para un poco y sigue mañana, que ya no estás leyendo bien". Esto me pasaba, sobre todo, cuando mi ritmo de lectura se aceleraba demasiado como para tener el cuidado que hay que tener para asimilar bien los continuos pies de página del libro, que ayudan a contextualizar y a entender bien los versos de Dante.
Y cuando terminé la primera parte de la Commedia, la correspondiente al Infierno, la expectación sentida antes de su lectura no hizo sino crecer porque, ¿qué me iba a encontrar yo en el Purgatorio y el Paraíso dantescos?
Pues bien, ésta su segunda parte me ha maravillado aún más, porque si Dante ya nos regalaba anteriormente una visión particularísima, detallada e irrepetible del Hades, en esta ocasión su Purgatorio y su Paraíso son más visionarios y cartesianamente laberínticos que nunca. El primero es una una montaña de cumbre plana que posee laderas escalonadas y redondas, y que es simétrica al Infierno. Cada una de sus cornisas corresponde a un pecado capital. Al principio están los más graves, y a medida que Dante va subiendo la montaña guiado por Gandalf-Virgilio, se va redimiendo de sus pecados. Ni qué decir tiene que una peculiar burocracia underworld mantiene la armonía del lugar y que Dante se encontrará por estos parajes con muchos personajes históricos y mitológicos.
Pero el colmo del alucinaje lo he encontrado en el Paraíso del señor Alighieri, donde la bella Beatriz, la única que puede acercar a Dios a su amado, es la que nos guía por una locura de no-mundo dividido en nueve círculos concéntricos. Los planetas de la Vía Láctea, con su simbología particular, presiden cada taifa divina. Y aquí Dante vuelve a meter al lector en un sinfín de deliciosas locuras en las que dioses, ángeles y no muertos cuasi canonizados cantan sobre la condición humana, siempre cargada de fechorías, debilidades, esperanza y gloriosas gestas.
En este ketamínico reino mi imaginario ha vuelto a hacer de las suyas, y no he podido evitar pensar en los Caballeros del Zodíaco sufriendo sus metamorfosis cósmicas entre hileras de escaleras de mármol y metas en forma de santuarios dirigidos por dioses zodiacales a los que temer y admirar.
Y ahora así, acabando, intentaré responder a ese lector que se mostraba molesto por mi etiqueta de "Recomendable". Pues lo que sucede, lector, damas y caballeros, es que no me atrevo a decir que la Divina Comedia es un libro que hay que recomendar apasionadamente o prácticamente obligar a leer porque creo que puede resultar muy difícil e incluso ingrato a la inmensa mayoría de las personas. Creo yo que además de ser muy paciente y lograr alcanzar el ritmo de lectura idóneo para no saturarse ni quedarse corto, hay que estar en un momento muy especial de la vida para disfrutar de su estilo y su contenido. Porque la obra magna de Dante exige soledad, serenidad, capacidad y deseo de reflexión, y mucha, muchísima curiosidad. El verlo como una tortura debería eximir automáticamente de su lectura.
Y ya está.
No abandonen toda esperanza. Se trata de un libro que se puede leer y gozar...
jueves, 16 de diciembre de 2021
Matthew Pearl: El club Dante
Título original: The Dante Club
Año de publicación: 2004
Traducción: Vicente Villacampa
Valoración: entre recomendable y está bien
Los lectores más viejunos veteranos de nuestro blog quizá recuerden una época lejana (aunque no lo suficiente) en la que, sin duda a remolque del estupefaciente éxito del El código Da Vinci, en las mesas de novedades florecieron best-sellers, o que pretendían serlo, con tramas esotérico-criminales y que aludían a secretos relacionados con algún personaje histórico-artístico: El enigma Vivaldi, La clave Gaudí, El pintor de sombras (este último no lo nombra en el título, pero se trata de una novela que enreda a Pablo Picasso con los crímenes de Jack el Destripador... alucina pepinillos); entre estas novelas encontramos también, cómo no, la que ocupa la reseña de hoy, El club Dante, del norteamericano Matthew Pearl, al que no le debió de salir mal la cosa, porque luego repetiría la fórmula misterio+nombre de escritor famoso con La sombra de Poe y El último Dickens.
Este El club Dante, no obstante, hace alusión a un "club Dante" auténtico, el que formaron en el siglo XIX el primer traductor al inglés de la Divina Comedia ( y también de las Coplas a la muerte de su padre, por cierto), el afamado poeta Henry Wodsworth Longfellow, junto a otros escritores e intelectuales vinculados a la universidad de Harvard, como el también poeta James Russell Lowell y Oliver Wendell Holmes, muy conocidos por los profesores de literatura norteamericana de las universidades de la Ivy League... En fin, esta panda de dicharacheros letraheridos, profesores y demás, se ve envuelta en la investigación de unos atroces crímenes que tienen lugar en el Boston post-bélico de 1865, ya que el asesino parece haberse inspirado, precisamente, en los castigos que Dante Alighieri reserva en su obra para los distintos tipos de pecadores (sí, a mí el argumento me recuerda también al de cierta exitosa película dirigida por David Fincher, pero vamos a dejarlo ahí...).
La cosa se anima, además, porque de la investigación se ocupa el agente Nicholas Rey (casi como el cineasta), el primer policía negro de la ciudad, aunque en un principio no sea más que el conductor del jefe de policía Kurtz. Digo que se anima porque en el Boston de 1865, recién terminada la guerra de secesión y llena de veteranos tullidos y desempleados, la causa de los negros no es precisamente la más popular; en efecto, el racismo y la falta de apertura de todo lo que viniera del extranjero (estamos hablando de antes de las grandes migraciones europeas hacia EEUU de fines del siglo XIX y principios del XX; en aquellos días casi no había gente de origen italiano, por ejemplo) impregnan toda la historia.
He de ser justo: aunque al principio he relacionado El club Dante con el timo de la estampita que fue la célebre novela de Dan Brown, lo cierto es que no sólo está escrita con una mayor calidad literaria (tampoco era difícil), sino que el misterio criminal resulta entretenido, truculencias aparte -lo aviso para los estómagos delicados- y, lo que es más importante, gracias a esta novela se pueden aprender algunas cosas interesantes o al menos deja esa sensación: por una parte, sobre la historia estadounidense de mediados del siglo XIX; por otra, sobre Dante y su Divina Comedia (aunque ya sé que es una lectura habitual para casi todos vosotros. Igual que para mí, por supuesto). En realidad, más que con el código de marras, esta novela emparentaría en espíritu -como señaló Francisco Casavella en una crítica que le hizo en su momento- con El nombre de la rosa... salvando no pocas distancias, claro.
Em fin, que es una novela bastante entretenida y adecuada para "desengrasar" entre dos lecturas más exigentes, sin tener que sentirse por ello como un idiota ante tramas sonrojantes, presonajes planos y efectismos hueros, aun con todos lo cliffhangers y plot-twists que aconsejan los manuales de cómo escribir un best-seller. El club Dante, al menos, trata a los lectores como adultos funcionales, que no es poco...
Nota exculpatoria: En este 2021 se han cumplido 700 años del fallecimiento de Dante Alighieri y de la finalización de su Divina Comedia. Fieles a nuestra costumbre, en Un Libro al Día no le hemos hecho ni puñetero caso a esta efeméride le rendimos ahora un homenaje, puesto que la reseña de su obra ya fue publicada hace años.
Vale, sí, que es un homenjae un poco forzado y hasta cutre, pero qué queréis...
jueves, 15 de octubre de 2015
Colaboración: Bajo el volcán de Malcolm Lowry
Título original: Under the Volcano
Año de publicación: 1947
Valoración: imprescindible
Por fin decidí pelearme con el cónsul. Leí por primera vez Bajo el volcán de Malcolm Lowry hace ya casi diez años y quedé fascinado. Luego siguieron otras tres lecturas, siempre del tirón, de un libro que si algo tiene es densidad y espesura, casi la misma que la sustancia alcohólica que marca la vida de su protagonista. Bajo el volcán es una de las plasmaciones literarias más perfectas de una borrachera que conozco. El libro cuenta la historia de Geoffrey Firmin, cónsul inglés en México. Varado en Quauhnahuac, trasunto de Cuernavaca, en un paisaje dominado por dos volcanes, el Popocatepetl y el Iztaccihuatl, Firmin ha perdido la ilusión en la vida, y ahora se tambalea sin esperanza por tabernas de mala muerte, obsesionado por recuerdos de su mujer Ivonne, quien abandonó al Cónsul, o mejor dicho fue expulsada de su lado (más adelante sabremos más detalles escabrosos de esa historia).
Las doce horas del Día de los Muertos de 1938 que constituyen el trascurso temporal de la novela narran los intentos de recuperación de ambos personajes y su fracaso. La noria que aparece al inicio del libro, y que representa la rueda de la vida, ya anuncia lo inevitable de la tragedia. Lo que hace que Bajo el volcán merezca varias relecturas es la mezcla de lucidez, compasión, miseria y rabia que marca cada intento de recuperación y cada recaída presente en la pesadilla que viven los personajes. La novela tiene una base simbólica y numerológica fuerte, que constituye un armazón que va integrando los diferentes ritmos de cada uno de los doce capítulos. Sin embargo, si prescindimos de esa estructura, tendremos un relato de pasiones básicas y de personas que no consiguen salir de sus peores vicios, restándoles sólo momentos de trascendencia.
De hecho, el tono de la novela va cambiando a medida que la tragedia se hace más presente. Los límites entre realidad y imaginación se pierden, la angustia, el resentimiento y la decepción van minando a todos los personajes, el Cónsul sigue bebiendo. En realidad Bajo el volcán es la historia de dos avatares de Lowry, o mejor dicho, de dos momentos o estados de ánimo. Porque el hermano del Cónsul, Hugh Firmin, es también en gran medida el escritor, en este caso su parte positiva, seductora y eufórica. Como no podría ser de otro modo, la relación entre “los dos Lowrys” no será fácil: Hugh, el “héroe” militante, el escritor prolífico, el amante de éxito, luchará por recomponer varias veces al Cónsul a lo largo del día en que transcurre la novela. El Cónsul, a su vez, reprochará a Hugh la insensatez y el romanticismo, así como otras cuestiones sentimentales más concretas. En última instancia, el fracaso de Hugh en su intento de “enderezar” al Cónsul revelará que el heroísmo edulcorado, la brillantez y la militancia del primero no se encuentran tan lejos del sopor alcohólico y violento del Cónsul, y esconden a un personaje consentido, que prolonga su adolescencia mimada soñando con una izquierda imaginaria (¿Alguien ha visto Fight Club?).
Bajo el volcán es una novela triste, pesimista, que cuenta un fracaso sentimental en el que resuenan otras tragedias políticas e históricas. Las tinieblas aparecen en Bajo el volcán de varias formas, que suelen suponer premoniciones o símbolos trágicos del desastre final: un cartel de la película Las Manos de Orlac de Peter Lorre; la Divina Comedia; la Andalucía de preguerra; el Ulises de Joyce; el Tarot; la ejecución de Maximiliano; la Batalla del Ebro; o la debacle de las Brigadas Internacionales en la Guerra Civil Española. Todo eso está presente, más o menos oculto, en cada uno de los movimientos de Bajo el volcán. Sin embargo, por encima de todos los referentes se encuentra la Muerte, la cultura de la Muerte y su relación traumática con la voluntad de reforma y de transformación social de la Revolución.
Bajo el volcán no es sólo una novela alegórica —muchos la sitúan dentro del ámbito de la música, y hablan de ella como de una sinfonía o una ópera—: si algo me llamó siempre la atención, es el tono desgarrado, personal, con que Lowry construye a sus tres personajes. Resulta interesante, aunque en verdad poco innovador, pensar que el mismo tono del Cónsul, esa voluntad por destrozarse la vida, es lo que llevó a Lowry a tardar diez años en dar forma a Bajo el volcán y a apenas escribir un par de novelas más en sus menos de cincuenta años alcoholizados de vida. Más interesante, creo, es enfrentarse a Bajo el volcán sin miedo, dejarse llevar por el drama de sus personajes, y participar de la que es sin duda una de las mayores tragedias, y una de las mejores borracheras, que he leído nunca.
viernes, 14 de agosto de 2015
Óscar Esquivias: Inquietud en el Paraíso
Idioma: castellanoAño de publicación: 2005
Valoración: Muy recomendable... como poco
miércoles, 30 de junio de 2010
Jorge Luis Borges: Siete noches
Idioma original: castellanoFecha de publicacion: 1980
Valoracion: muy recomendable
En alguna de mis reseñas borgianas ya comenté cómo Borges tuvo que convertirse, a su pesar, en conferenciante. Pese a su resistencia inicial, debida a la timidez que lo acompañó toda su vida, lo cierto es que su elegante expresión, su cuidado del ritmo y su erudición exótica le hicieron inigualable en el arte de la conferencia pública. Probablemente el aura que rodeaba su figura de poeta ciego no dejó de surtir cierto efecto creciente.
El caso es que a lo largo de su vida, y con mayor frecuencia y extensión según su fama crecía, Borges prodigó los ciclos de conferencias. En 1977 completó uno especialmente memorable en el teatro Coliseo de Buenos Aires. Este libro recoge el texto de aquellas siete conferencias. Sus temas no sorprenderán a ningún lector familiarizado con la obra de Borges, que, de hecho, encontrará muchas de sus referencias recurrentes. Sin embargo, descubrirá aquí el placer de una forma de expresión más relajada, que se permite digresiones y paréntesis impensables en el rigor de las narraciones de Borges. Hay también, quizá, una mayor tendencia a la anécdota personal, aunque de esto siempre debe desconfiarse; al fin y al cabo, muchos de sus cuentos también se presentan en la voz de un narrador en primera persona, que siembra el texto de sospechosas referencias autobiográficas.
La primera conferencia está dedicada a la Divina comedia, pero no se trata, claro, de un árido análisis crítico o similar, sino de la experiencia lectora que Borges tuvo del libro. "Nadie tiene derecho -dice Borges- a privarse de esa felicidad, la Comedia". La segunda conferencia, sobre la pesadilla, hace una brillante incursión en la etimología comparada, rastreando la presencia literaria de la "yegua de la noche" que sugiere (falsamente) el termino "nightmare". El lector encontrará además algunas de las recurrentes pesadillas del propio Borges. Los otros temas son las Mil y una noches, el budismo, la poesía, la cábala y la ceguera, es decir, sus grandes pasiones y obsesiones: todo cuanto conforma el Borges que disfrutamos y admiramos, dicho por él mismo de un modo ameno y magistral.
Impresiona mucho más el elegante decurso del texto cuando uno se percata de que está prácticamente transcrito tal cual se pronunció, en un momento -no se olvide- en que Borges ya estaba ciego y hablaba por tanto sin ayuda de notas. En Youtube pueden verse los videos de varias de estas conferencias. El primer fragmento de la que trata la ceguera lo hallaréis pinchando aquí.
Otras obras de Jorge Luis Borges en ULAD: Aquí
martes, 17 de junio de 2014
Rafael Argullol: Maldita perfección. Escritos sobre el sacrificio y la celebración de la belleza
“Después de las grandes tempestades del siglo XX se propagó la bonanza de un supuesto modelo único de progreso. Sin embargo, como ha acontecido tantas veces, cuando la casa se supone más sólida es cuando se desatiende el trabajo de las termitas.”
Otras obras de Rafael Argullol en ULAD: La razón del mal
sábado, 28 de enero de 2012
Mempo Giardinelli: Luna caliente
Idioma original: españolAño de publicación: 1983
Valoración: Muy recomendable
Esta es una de esas novelas que no recuerdo cómo llegaron a mis manos: la encontré la semana pasada en mis baldas, y ni siquiera recordaba si la había leído o no. A lo mejor la compré en su momento porque me llamó la atención el nombre sonorísimo del autor (Mempo. Giardinelli. Mempo Giardinelli), o su título, Luna caliente, que anuncia de forma muy adecuada una trama al estilo de Fuego en el cuerpo; o porque es una novelita corta, de unas 150 págians con letra grande y muchos espacios... No creo que fuera por la portada kitsch de la edición de Alianza, en unos tonos grises y rosas que no hacen justicia en absoluto a la crudeza del texto.
En fin, que la compré por lo que fuera; me la encontré en la balda la semana pasada y decidí leérmela. Y chico, qué gustazo. Luna caliente es, efectivamente, una novela negra "con ribetes eróticos", como se suele decir, situada en un tórrido verano en el Chaco argentino. El protagonista, el joven Ramiro Bernárdez, se ve arrastrado a la pasión y al crimen por la irresistible lolita / femme fatale de turno, la niña Araceli (¡trece años!), en el ambiente corrupto y opresivo de la dictadura. Las primeras cincuenta páginas de la novela son apabullantes, precisas, agobiantes. La historia tiene un aire de inevitabilidad casi demoniaca; el estilo es preciso y concentrado, sin desfallecimientos; casi podemos sentir el calor, la sensualidad animal que invade a los personajes. Nos parece, sí, estar viendo una película clásica del mejor cine negro americano. La trama incluso contiene algunas sorpresas y personajes memorables, como el inspector Almirón o la propia Araceli, incomprensible y casi sobrenatural.
Luego, la novela tiene algunos pocos descarrilamientos que hacen que me decida a no ponerle el "Imprescindible"; quiero decir que si Mempo Giardinelli hubiera sido mi amigo y me hubiera dejado leer la novela antes de publicarla, le habría dicho: "Esta es una obra magnífica, impresionante, eres un grande; pero, por favor, quita esos cuatro o cinco párrafos de erudición libresca que no vienen a cuento". Porque, sí, Ramiro Benítez es un hombre educado en París y por lo tanto culto y leído, pero no tiene sentido que en plena fiebre sexual y criminal se ponga a pensar que "Primero fue De Quincey [...] y luego Dostoievski, los que señalaron que los humanos, en alarde de cinismo o de ociosidad, gozamos con el crimen"; o que acosado por el remordimiento, el miedo y la culpa se ponga a pensar en la Divina Comedia, a metaforizar con Paolo y Francesca y a hacer juegos de crítica literaria. Ahí, en esos pasajes, amigo Mempo, te has dejado llevar por tu orgullo de escritor y has puesto una pequeña mancha en la novela.
Pero vamos, es una mancha pequeña, casi mínima. Luna caliente sigue siendo una novela excepcional, magnífica por su ambientación y por su tensión casi constante; por su retrato de un individuo corrupto en una sociedad corrupta; y por su estilo concentrado y riguroso (descarrilamientos aparte) que nos llevan de la mano a un mundo sucio en el que no nos gustaría vivir, pero que resulta de lo más seductor.
jueves, 20 de julio de 2023
ULAD hace Historia #4 El queso y los gusanos de Carlo Ginzburg
Título original: Il formagio e i vermi
Año de publicación: 1976
Traducción: Francisco Martín
Valoración: bastante recomendable (aunque quizá algo ríspido para quien no sea lector habitual de Historia)
Pese a lo que tal vez alguien pueda pensar, debido a su curioso título (enseguida voy con eso), éste es un libro de Historia comme il faut, con su excelente contextualización, sus -muchas- notas a pie de página y su abundante bibliografía. Es más, se trata de la obra señera de la corriente historiográfica conocida como "microhistoria", escrita por su más conspicuo practicante, el prestigioso historiador italiano Carlo Ginzburg. Tal microhistoria es una tendencia o rama de la Historia social que consiste en centrarse en algún acontecimiento o personaje del pasado, en principio secundario o incluso marginal y analizarlo, como si se estudiars con una lupa o microscopio, hasta poder extraer conclusiones y generalizaciones que se puedan relacionar con los grandes procesos y cambios históricos; de esta forma, el estudio de los sucesos individuales ayudan a entender la verdadera dimensión del desarrollo de los sucesos históricos. Es una tendencia que ha tenido (aunque no sólo y en esta semana en la que ULAD hace Historia os vamos a mostrar más de un ejemplo), especial predicamento en Italia,hasta el punto de que incluso la cultivaron, en cierto modo, escritores de narrativa o ensayo, como Leonardo Sciascia en La bruja y el capitán.
En el caso de este célebre estudio, quizás el más emblemático de esta modalidad historiográfica, Carlo Ginzburg se centró en la figura de Domenico Scandella, alias Menocchio, un molinero del pueblo friulano de Montereale, que en 1584 fue procesado por el Santo Oficio debido a una denuncia -tal vez del párroco del pueblo- por haber pronunciado "palabras heréticas impías sobre Cristo". Durante este proceso y el que tuvo de nuevo lugar en 1599 , cuyas actas el historiador analiza pormenorizadamente, punto por punto, los inquisidores asistieron, atónitos, al despliegue cosmogónico y religioso que Menocchio -cuya aspiración era poder debatir con papas y emperadores, pero se conformaba con los doctos miembros del Tribunal- hacía ante ellos: una mezcla de, más que elementos luteranos, como se temía los inquisidores, anabaptistas, más panteísmo, universalismo, lecturas religiosas -o no- interpretadas según su libre albedrío, razonamientos propios más o menos coherentes y, al fondo del todo, según código Ginzburg, la presencia de una religión secular campesina, fuertemente materialist y transmitida por medio de la tradición oral, al menos hasta la aparición de la Contrarreforma, en los países católicos. Sirva como ejemplo del resultado -ya llego, por fin-, la imagen del queso y los gusanos: según Menocchio, Dios no había creado el mundo, sino que éste se habría generado a partir deun caos primigenio, semejante a la leche cuajada que da lugar al queso y del que habrían surgido el propio Dios y los ángeles, como los gusanos que aparecen en este queso. Imaginemos por un momento la cara que pusieron los señores inquisidores...
Quizás lo más interesante para nosotros, amigos y amigas bibliófilos y hasta bibliómanos, sea que buena parte de estas ideas, de su "corpus teológico", por así decirlo, proviniera de sus, si no abundantes, sí recurrentes lecturas, pues resulta que Menocchio era un lector voraz de los libros que caían en sus manos; sobre todo, el muy cristianó Florilegio de la Biblia, pero también el medieval libro de los Viajes de John Mandeville y el Decamerón. Y, probablemente, según Ginzburg, puede que también la Divina Comedia, De Trinitatus erroribus de Serveto (es decir, Miguel Servet) y hasta el Corán. De esta heterogénea lista de lecturas y otras ( es notable, por cierto, la relativa abundancia de libros que circulaban por esa zona rural en aquella época si bien se encuentra cercana a Venecia), según el bueno de Menocchio había extraído sus ideas,"que habían nacido del aislamiento, por el solo contacto con los libros". Es decir lo mismo que le pasó a un famoso personaje de ficción contemporáneo suyo, sólo que a don Alonso Quijano sus lecturas le impelieron a convertirse en caballero andante, mientras que al molinero friulano las suyas le sugirieron la aspiración de ser un profeta, nada menos.
De todas formas, el autor de este libro le resta importancia a la influencia de esas lecturas en el pensamiento de Menocchio, y considera que "(...) como hemos visto, él proyectaba sobre la página impresa elementos extraídos de la tradición oral"; es decir, de ese sustrato de creencias populares a las que Ginzburg concede la mayor importancia: "Es esa tradición, profundamente enraizada en la campiña europea, lo que explica la tenaz persistencia de una religión campesina intolerante ante dogmas y ceremonias, vinculada a los ritmos de la naturaleza, fundamentalmente precristiana. Era frecuentemente un auténtico extrañamiento del cristianismo (...)". Es más, para ilustrar esta tesis, también nos presenta dos casos contemporáneos al de Menocchio y más o menos análogos de otras regiones de Italia: el del poeta popular de Lucca llamado Scolio y el de otro molinero, Pighino Baroni, de la Romaña.
En cualquier caso y también independientemente de lo delirantes que nos puedan parecer estas u otras ideas religiosas (o todas), Menocchio no deja de ser un mártir de la libertad de pensamiento y expresión. Porque -y lamento si alguien considera esto como spoiler, pero, después de todo, hablamos de un caso que es Historia- y pese a haberse retratado y pasar unos años en prisión, nuestro molinero volvió a las andadas, expresando de nuevo en público sus heréticas opiniones, de forma que volvió a ser detenido y procesado por la Inquisición en 1599. Con la mala fortuna, esta vez, de ser condenado a muerte y ejecutado, casi a la vez que otro pensador heterodoxo mucho más conocido, Giordano Bruno, lo era en Roma. Y todo por tener unas ideas más o menos extravagantes, pero propias, consideradas heréticas y peligrosas por el poder, pero que hoy no llamarían la atención en las redes sociales entre tanto terraplanista, conspiranoico e illuminati varios (e incluso serían consideradas un ejemplo de mesura). Por suerte, en nuestra sociedad occidental ya no existe el peligro de ser procesado ni encarcelado por leer libros y sacar nuestras propias conclusiones es sobre la religión, por ejemplo, y expresarlas en público, y es es algo que ya no va a volver a pasar, ¿verdad? ¿VERDAD?
miércoles, 26 de mayo de 2010
Balzac: Eugenia Grandet

Título original: Eugénie Grandet
Idioma original: francés
Fecha de publicación: 1833
Valoración: muy recomendable
Cuando lees un clásico te envuelve una atmósfera especial. Puedes estar en tu lugar preferido del sofá, con tu mantita- da igual el calor que haga, es una costumbre que tengo de esas que no pierdes truene o haga calor-, tu gato dormidito al lado, tu pareja viendo una película de esas que no te llaman nada y de las que puedes abstraerte hasta tal punto que ni oyes lo que dicen, y a pesar de todos estos ritos de lectura, te trasladas inmediatamente dos siglos atrás. Son ese lenguaje y esa forma de expresarse lo que te retrotrae atrás en el tiempo.
La historia será similar a las que se escriben hoy día, pero la atención especial a ciertos detalles, la manera de describir los lugares, el aire viciado de casas antiguas con mujeres de la alta sociedad recluidas y viviendo una existencia “ de salón”...todo nos lleva a ese siglo XIX, y a un autor francés, inscrito dentro de la novela realista. Pero al igual que sumamente prolífico, quiso escribir una obra enorme, la Comedia humana, donde pudiésemos encontrar una descripción y un análisis de la sociedad que le rodeaba. Si la Divina Comedia trataba sobre lo divino y el Más Allá, la de Balzac tiene al ser humano como punto de referencia. Y la forma de explicar los acontecimientos cambia.
Balzac tuvo una vida peculiar y conoció de primera mano, por parte de su madre primero, y de sus jefes y compañeros de trabajo después, lo que son la codicia y la avaricia. Ya aparecen en Dante y son el tema central de uno de los círculos. Aquí, también Balzac escribirá sobre ellas,y principalmente en esta novela. Eugenia, que personifica el amor puro y la bondad, como su equivalente Beatriz de Dante, se ve atrapada en un mundo que no es el suyo, donde la enorme avaricia de su padre, sus pretendientes y su amado, deberían condenarla a la venganza y el rencor. Sin embargo, esa pureza y esa fe incuestionable, la hacen reaccionar de otra manera. Pues siempre hay otra manera y Balzac quiere mostrarla a sus contemporáneos.
Muy bien escrita, con moraleja y descripciones de la sociedad francesa del XIX, se convierte en una lectura muy recomendable.
Otras obras de Honoré de Balzac en ULAD: El elixir de la larga vida, El arte de pagar sus deudas sin gastar un céntimo
jueves, 22 de septiembre de 2016
Rubem Fonseca: El seminarista
Título original: O seminarista
Año de publicación: 2009
Valoración: divertido
Sí, somos todos muy cultos, hemos leído el Ulises en el inglés original y nos hemos tragado los siete tomos de En busca del tiempo perdido, tenemos la Divina comedia en la mesilla de cabecera y La montaña mágica en el baño... pero ¡qué bueno cuando un libro, aunque no sea "Alta Literatura", nos agarra y nos engancha y nos hace perder la noción del tiempo, y no podemos dejar de leerlo hasta que lo hemos terminado! ¡Qué placer tan simple y tan poderoso! ¡Y qué pocas veces pasa!
Bueno, pues eso es lo que me pasó con El seminarista de Rubem Fonseca: lo empecé en un viaje en tren entre Oporto y Lisboa, me metí en la historia, con los personajes y sobre todo con el lenguaje, y para cuando quise darme cuenta estaba en la estación de Lisboa Oriente y casi tres horas de mi vida que podían haber sido espantosamente aburridas se convirtieron en tres horas de diversión.
El seminarista, como buena parte de la obra de Rubem Fonseca, es una novela policiaca, o mejor, como ahora está de moda decir, una novela criminal, muy próxima del género del hardboiled americano. El protagonista es José (Zé), un ex-seminarista transformado en asesino a sueldo, que un buen día decide retirarse. Pero cualquiera que haya leído unas pocas novelas policiacas sabe que retirarse de un negocio así tiene consecuencias: el Seminarista sabe demasiado (o ciertas personas poderosas creen que sabe demasiado) como para dejar que se vaya a su casa sin más consecuencias.
En realidad, la trama policiaca, entendida como misterio que hay que resolver, no tiene demasiada importancia en la novela. El Seminarista es acosado, no sabemos bien por qué, y la mayor duda es si conseguirá escapar a este acoso o terminará sucumbiendo. La resolución puede resultar satisfactoria, en el sentido de que ata todos los hilos sueltos, pero también es un poco ex machina, y por eso mismo un poco decepcionante. Tampoco la subtrama amorosa, bastante estereotípica, es lo que consigue atrapar al lector y mantenerlo pegado al libro.
Pero hay dos rasgos que hacen que esta lectura sea divertida, independientemente del suspense de la trama. El primero es el humor. Los primeros capítulos de la novela, en los que el Seminarista cuenta algunos de sus "trabajos" de una forma despreocupada y amable contribuyen a que el lector se enganche con la lectura, y también a que sienta simpatía por un asesino que tiene sus límites (no mata animales ni niños, y muy raramente mata mujeres) y que es capaz de reírse de sus superiores, de sus colegas y de sí mismo. La violencia es brutal (asesinatos, palizas, torturas, traiciones) pero se cuenta con una gracia "tarantiniana" que parece hacerla menos dolorosa.
El otro elemento que destaca y que hace la lectura ligera y divertida es la lengua. A lo mejor sorprende que haya colocado en el encabezamiento que está escrito en portugués de Brasil: normalmente no decimos "español de Argentina" o "inglés de Estados Unidos". Pero es que en este caso el portugués de Brasil, coloquial, creativo e irreverente, combinado con un uso irónico del latín (el protagonista estudió temporalmente en un seminario, recuerdo) contribuye a que la lectura sea rápida y divertida, cargada de ironía y de autoconsciencia. De hecho, hay unos pocos momentos en los que Rubem Fonseca utiliza ese estilo coloquial, vulgar a veces, para tratar temas "elevados" (un pasaje sobre la batalla de Alcazarquivir es antológico) con resultados magníficos. Qué pena que lo haga pocas veces a lo largo de la novela.
No sé hasta qué punto habrá conseguido el traductor mantener este lenguaje fresco del original sin que suene a pastiche (yo lo he leído en portugués, que para algo vivo en Lisboa), pero incluso si se ha traducido en español más o menos estándar, la novela es lo suficientemente divertida como para merecer la pena. Afortunadamente hay varias obras de Fonseca traducidas al español además de esta, así que podemos disfrutar de un escritor de novela criminal al estilo de Hammett o Chandler, pero adaptado al Brasil actual.
Del mismo autor: Bufo y Spallanzani, El gran arte, Vastas emociones y pensamientos imperfectos
viernes, 10 de enero de 2025
Jon Fosse: Mañana y tarde
Título original: Morgon og kveld
Traducción: Meritxell Salvany (en catalán) y Cristina Gómez-Baggethun y Kirsti Baggethun (en castellano), para Nórdica
Año de publicación: 2000
Valoración: entre recomendable y está bien
miércoles, 4 de marzo de 2020
Biografías lectoras II: Confesiones de un letraherido
Y, cómo no puede ser de otra manera, pues estas cosas deben empezar por el principio, más allá de los típicos libros de niño con dibujos, texturas y sonido, ya de pequeño apuntaba maneras de lector voraz. Porque superados estos primeros años, a la que empecé a saber leer podría decirse que siempre crecí con un libro cerca y recuerdo con mucha nostalgia la época (larga, fueron bastantes años de mi vida) comiendo en casa de mis abuelos y teniendo allí algunos de mis libros, para aprovechar esos mediodías, cuando no existía internet y la TV tenía únicamente unos pocos canales. Pero allí estaban los libros, porque siempre están ahí cuando les necesitas, y esperaba a llegar a casa para lanzarme de nuevo en búsqueda de aventuras de la mano de Enyd Blyton con sus “Siete secretos” (por encima de “Los cinco”, que también) y disfrutando (mucho) con su menos valorada serie de “Los cinco detectives”. Y claro, el famoso "Zoo d'en Pitus" de Folch i Torres (lectura obligada y disfrutada por prácticamente cualquier niño catalán de la época y diría que sigue siendo así). Junto a estos libros, cómics, también, muchos: mis añorados y predilectos “Zipi y Zape”, “Mortadelo y Filemón”, “Trece rue del percebe” y, claro, cómo no, “Mafalda” de Quino, que seguramente la leía ya antes de entenderla (o no, quién sabe). Y los catalanes “Jep i Fidel”, “Massagran”, … también los franceses, “Astérix” o “Tintín” (leídos todos, varias veces, cómo debe ser, vaya) y, por supuesto, la gran ola francobelga con “Spirou”, “Gil Pupil·la”, “Benet Tallaferro” en sus traducciones al catalán. Y más, muchos más cómics, a los que seguiría alguno de Marvel y de DC Comics (Spiderman, Batman o Capitán América), pero pocos. Y no quiero olvidarme de mi cómic futbolero preferido: “Eric Castel”.
Superada ya esa fase de cómics, que debo decir que para mí fue una fase vinculada a la infancia, ya entré en la narrativa propia de la edad pre-adolescente/adolescente, donde me llevó a leer libros de más calado. Bastante en desacuerdo con muchas de las lecturas que nos ponían en el colegio (no me convencía casi ninguna de las que nos proponían y arrastro aún malos recuerdos de Charles Dickens y dos ciudades que me dejaron en medio de ambas, o Papillon, leído además en francés, que bueno, sí pero no), podríamos decir que mi despertar literario en ese momento de mi vida fue “Rebeldes”, de S.E. Hinton. Fue en esa lectura a los catorce años, y la mini-reseña que tuvimos que hacer en clase, que algo despertó en mí; puede que fuera el libro, puede que fuera los elogios del profesor a mi reseña (es posible que fuera mi primera reseña en la vida… y aquí seguimos tres décadas después) u otros motivos, pero ese libro me despertó no ya la pasión por la lectura (que ya existía desde siempre) sino las ganas de escribir (intentos de libro hubo algunos, pero ahí quedaron).
Y, una vez entrada en la edad en la que ya se podía leer de todo (o casi), me metí de lleno buscando hobbits en los mundos de Tolkien, cazando robots humanoides con la saga de Battletech y empezando a devorar todo lo que encontraba de Stephen King y también novela de aventuras africanas con Wilbur Smith y Clive Cussler. Eran tiempos de leer mucho y rápido, de leer todo lo que encontraba, especialmente en esos veranos de días calurosos y noches interminables. Y otro salto, llegando a mis veinte con novela histórica y ensayo, sufriendo y descubriendo que existe la maldad a través de las memorias de Ana Frank y Primo Levi, pero también soñando con un mundo de música (mi otra pasión) en Alta Fidelidad con Nick Hornby y entrando en libros más profundos con Kundera y su “levedad”, Dante y su “Divina comedia”, buscando lobos esteparios bajo las ruedas con Herman Hesse y descubriendo a Gregor Samsa gracias a Kafka mientras iba de viaje beat en la carretera con Kerouac hasta llegar a los campos de centeno de Salinger. Y Bradbury buscando la temperatura a la que queman los libros mientras Orwell adivinaba nuestro presente. Y Kennedy Toole conjurando con unos necios, con los que me reí casi tanto como con Mendoza y mi añorado Gurb.
Y luego, mi época de buscar submarinos jugando a patriotas con Tom Clancy y a abogados con John Grisham y otras novelas de policías y detectives, o jugando a médicos con Noah Gordon y llenando mi mundo de inmensas catedrales con Ken Follett mientras Victor Hugo encontraba miserables. Y algún fantasma que corría por la Opera al que conocí en un musical y que me llevó a su lectura.
Hasta que vino Paul Auster y todo volvió a cambiar: desmintiendo autobiografías que auguraban la crónica de un fracaso tras vivir a salto de mata y visitando su Nueva York a través de una trilogía que me abrió un nuevo mundo, un mundo donde el azar entraba y llevaba de su mano cuestiones sobre quiénes somos y cómo hemos llegado aquí. Y siguieron muchos más de Auster (casi todos, creo). Y vino Bret Easton Ellis con un psicópata americano que me infligió miedo, pero también pasión por una literatura atrevida, valiente y directa, y conocí a un tal Palahniuk que no me dejó dormir con su canción de cuna. Y algún sudamericano como García Márquez, Vargas Llosa y Jaime Baily, de los que no guardo buenos recuerdos y que, quien sabe si por eso dejé algo de lado la literatura de esos lares (perdóname Koldo). Pocas lecturas más en esa época, la universidad y una carrera difícil no dejaban mucho tiempo para la lectura.
Y llegó Haruki Murakami, superados mis veinticinco, y fue el descubrimiento de otro mundo, un mundo en el que sonaba un blues en Toquio, mientras un pájaro daba cuerda al reloj de una amante peligrosa que vive al sur de la frontera, o al oeste del sol, mientras Kafka descansaba en la orilla buscando un satélite llamado Sputnik. Y siguieron todos (o casi) del autor japonés, al que se unirían en un futuro Kawabata, Higashino, Mishima, Ishiguro… Y sin dejar de lado lo que seguía publicando Auster y King, entre otros.También olfateé libros interesantes envueltos de perfume con Süskind y busqué códigos, ángeles y demonios con Dan Brown. Y eso me llevó otra vez de vuelta a los best sellers, con más lectura policíaca de la mano de Baldacci, Katzenback y su psicoanalista, Faletti, Koontz y la paranoia de Finder (gran libro también). Fueron bastantes años de este tipo de literatura, al que también la acompañaron cosas de las que ahora me arrepiento (y me arrepentiré de confesar aquí) como libros de ChitLick (no únicamente Bridget Jones, que también) o, más adelante, de superación personal.
Y descubrí a Siri Hustvedt, mi admiradísima Hustvedt, y me devolvió todo cuanto amé de los libros. Y leí todo de lo que había de ella (y sigo haciéndolo). Y a ella se le han ido añadiendo, al paso del tiempo, otros autores estadounidenses como Eugenides, Chabon, John Williams, Richard Ford y Foster Wallace. Y también otros autores no estadounidenses como Erri de Luca y Coetzee (otros dos grandes autores).
Y, ya más cerca a nuestros días, llegó Karl Ove Knausgård con su lucha, que es la de todos, y llegó fuerte, muy fuerte. Porque me descubrió (a mí y a muchos) la literatura del yo, porque vi otra manera de escribir, desde la cotidianidad, desde las pequeñas cosas. Y me estremecí con el ánima de Mouawad y la sangre de unas promesas que causaban dolor, pero también esperanza. Y apareció Philip Roth con su trilogía americana y Franzen buscando correcciones a una tendencia lectora errática pero nutrida. Y vino Zweig, grandísimo Zweig, y con él llegué al ensayo y a la reflexión a la que le diría Sí a Bernhard, pero también a Kristof (mi siempre admirada Kristof), o también algunos rarunos nórdicos como Hansum pasando hambre o Strindberg haciéndose el loco. Reflexiones que vendrían acompañadas de movimientos sociales contra el racismo y a favor del feminismo (Coates, Solnit, Davis, Ward Sontag, Beard, Atwood, Gornick, mi también admirada Ernaux…), sobre problemas migratorios (Gunday) o sobre la importancia de la cultura con Thiong’o. Porque hasta hace pocos años predominaban en mis estanterías los autores, pero, afortunadamente, llegaron ellas; de hecho, ya estaban, pero las descubrí tarde y menos mal que lo hice: grandísimas autoras como las ya mencionadas, pero también Hardwick y autoras más recientes como Tibuleac, Winkler, Kang, y catalanas que darán que hablar (más aún de lo que ya están haciendo) como Solà, Orriols o Baltasar.
Y sí, también otros grandes autores, como Haslett (que publique más libros, por favor), Moehringer hablándonos desde un bar grandes esperanzas, y clásicos a los que les debía una lectura como Harper Lee, Scott Fitzgerald, Victor Català, Faulkner, Hawthorne o contemporáneos como Saunders buscando a Lincoln en un bardo que me sorprendió y encandiló. Y finalmente, el último gran autor descubierto, uno de los más grandes, Cărtărescu, que me llevó a descubrir que un Solenoide genera campos infinitos de mundos de un magnetismo ineludible. Más o menos, como el magnetismo que tienen los libros.
Larga vida a los libros y a ULAD, al cuál le debo que esta sea, probablemente, la época de mi vida en la que más leo y gracias también al empuje de los lectores, que animan a seguir. Y que siga así por muchos años.
viernes, 6 de marzo de 2020
Biografías lectoras II: Memorias del millennial
Luego llegaron los cómics, los libros de Geronimo Stilton y sus sucedáneos, la adicción al manga y el hallazgo de Stephen King. De King habré leído, como mínimo, cuarenta títulos. Casi todos cuando contaba con apenas dieciocho años. Mi amor por el terror nace en esa época, y aunque a día de hoy se ha disipado un poco, sigo viviéndolo con una intensidad rayana a lo enfermizo. A King también le debo que me fidelizara no ya al género al que tan a menudo se le adscribe, que también, sino al placer de la lectura.
Un día, creo que a los diecinueve años, acudí a una serie de conferencias impartidas en Badalona. Allí se me dio a conocer a ocho narradores clave del siglo XX. García Márquez, Lessing, Moravia, McCullers, Duras, Matute... Estos autores fueron mi puerta de acceso a la Literatura con mayúsculas. Ya había coqueteado previamente con ella (¡leí La divina comedia en el recreo del instituto!), pero fue entonces cuando me rendí a sus pies de forma definitiva. Lo cual no quiere decir que diera la espalda a la literatura popular. De hecho, el "pulp" se ha convertido en una de mis fuentes de entretenimiento favoritas en la actualidad.
Por todo lo dicho, me considero un lector ecléctico. Evidentemente, tengo mis sesgos y lagunas, mis filias y fobias, como cualquier hijo del vecino. Prefiero la ficción narrativa al resto de formatos. Prefiero, por lo general, las obras escritas en la segunda mitad de siglo XX a las de cualquier otro periodo de la Historia. Sin embargo, y perdón por repetirme, me considero un lector bastante ecléctico.
También soy más abierto de mente de lo que algunas personas creen. Mi trayectoria lectora está completamente influenciada por mi interés por la crítica literaria, y algunas de las reseñas que he escrito para este blog demuestran que no todo el mundo ve con buenos ojos mi criterio, este conato de objetividad que persigo. Sinceramente, no entiendo por qué. Que yo analice una obra, que resalte lo que para mí son sus debilidades, no significa que no me haya gustado, o que vaya a despreciar a alguien que la disfrute.
Y ya que hablo de reseñas, dejad que termine esta suerte de biografía indicando que lo que más me gusta de ser lector es, además del acto de leer, de aprender y de analizar, prescribir. Una temporada trabajando primero en una biblioteca y luego en una librería, amén de la dinamización de un club de lectura, así lo ameritan. Por si no lo hacía ya el hecho de que estuviera dedicando mi juventud a esta maravillosa iniciativa llamada Un libro al día.
martes, 12 de febrero de 2013
Sobre / Contra la invisibilidad del traductor
Conviene decir, para evitar dudas, que todos, absolutamente todos los que escribimos en ULAD reconocemos la labor de los traductores, su importancia como transmisores culturales, el carácter creativo y complejo de su trabajo y la escasa compensación que demasiadas veces obtienen por él, tanto a nivel económico como en forma de prestigio social o reconocimiento crítico. Varias de las personas que forman parte del equipo fijo de ULAD ejercen, han ejercido o aspiran a ejercer como traductores, de forma que estamos plenamente sensibilizados al respecto.
Sabemos también, a pesar de lo que decíamos en una de nuestras entradas iniciales ("¿Qué reseñamos?") que no existe eso que allí llamábamos "la obra en sí"; ninguno de nosotros es tan radicalmente platónico como para creer que existe un Hamlet perfecto, del que las ediciones y traducciones existentes son solo una pobre copia. Por eso, sabemos también, perfectamente, que la experiencia lectora puede ser muy diferente dependiendo de la traducción manejada (uno de nosotros recordaba, por ejemplo, una traducción de Rimbaud que rimaba "castillos" con "defectillos", y hasta donde sabemos el traductor no fue encarcelado).
También somos conscientes, como decía, de que nosotros mismos en el blog hemos contribuido o continuado esta invisibilidad del traductor de que hablaba antes, no mencionándolo en nuestras reseñas, tratando los textos como si los hubiéramos leído en el idioma original (lo que sucede a veces, pero no mayoritariamente, sospecho) y por lo tanto "naturalizando" esos textos traducidos como si hubieran sido escritos directamente en español; como si Kafka hubiera escrito La metamorfosis y no Die Verwandlung).
Ahora bien, una vez establecidas estas bases y entonado este mea culpa, nuestro debate es sobre todo de índole práctica. Porque este blog, efectivamente, y así lo dijimos en la metaentrada que mencionamos dos párrafos más arriba, no reseña una edición concreta o una traducción concreta, aunque obviamente el reseñista de turno casi siempre habrá leído una única versión del texto. Más bien, en este blog seguimos el uso común que consiste en referirse a los libros en abstracto, al margen de sus accidentes editoriales o traductológicos.
(Por ejemplo, podemos decir: "He leído Ana Karenina" o "No me gusta La Divina Comedia" sin necesidad de aclarar qué edición o traducción hemos manejado, y de hecho podremos discutir sobre Madame Bovary con personas que hayan leído una edición distinta a la nuestra, o que incluso hayan leído el original francés).
En definitiva, nos enfrentamos al siguiente dilema: cómo dar a los traductores el reconocimiento que creemos, que sabemos, que merecen, sin al mismo tiempo traicionar nuestra concepción y nuestra particularidad como blog. Y como decía al comienzo, no hemos llegado a ninguna conclusión. Más bien, como pasa en las cumbres internacionales sobre el clima, nos hemos tenido que contentar con una declaración de buenas intenciones.
Dicho en otras palabras: a partir de ahora intentaremos ser más cuidadosos en mencionar a los traductores de las obras que reseñamos, aunque la forma de hacerlo quedará a discreción del reseñista. En particular, cuando citemos frases o párrafos tomados de una traducción, nos comprometemos a hacer mención explícita de la traducción empleada. Esperamos contribuir así, aunque sea mínimamente, a la tan merecida y tan deseada visibilización del traductor.
martes, 22 de mayo de 2018
Friedrich Nietzsche: Así habló Zaratustra. El manga
No voy a extenderme con detalle sobre la trama de la historia -poco que ver con el Zaratustra original, aviso-, pero diré que a lo largo de sus páginas esta nave se va escorando hacia el puro delirio: comienza como una especie de anime de la Nippon Animation (Heidi y todo eso), pasa por un culebrón de época de las sobremesas de TVE, vira hacia La naranja mecánica o una peli de Haneke, para acabar encallando en un refrito de Paulo Coelho pasado por Borges... Y por Nietszche, lógicamente, que era de lo que se trataba. De hecho, qué queréis que os diga (y pido perdón a quienes nos lean desde allende los mares si no entienden de qué hablo): leyendo este manga no he podido dejar de pensar en Joaquín Reyes disfrazado del filósofo alemán, bigotón en ristre, y sentenciando con su acento albaceteño: "¡Así habló Zaratustra! ¡Zaratuuustraaa!" Pues esa imagen es menos delirante que este manga, creedme (aunque aún peor es la obra original del amigo Federico; eso sí que no se lo puede leer ni Dios... menos mal que para entonces ya había muerto, el pobre).Dado que no se especifica quiénes son los perpetradores finales de este manga, aquí están otras obras del amigo Friedrich Nietzsche reseñadas en Un Libro Al Día: El Anticristo










