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martes, 12 de febrero de 2013

Sobre / Contra la invisibilidad del traductor

En ULAD ya hemos tratado antes el tema de la traducción y la invisibilidad del traductor, en especial en esta metaentrada de Paula sobre la lectura de textos traducidos. Sin embargo, el tema volvió a plantearse, y de forma muy acalorada, después de que una lectora muy amablemente nos sugiriera que mencionáramos el nombre de los traductores de los libros que reseñamos. En la última semana hemos debatido bastante sobre el asunto, aunque me temo que no hemos llegado a una conclusión definitiva al respecto.

Conviene decir, para evitar dudas, que todos, absolutamente todos los que escribimos en ULAD reconocemos la labor de los traductores, su importancia como transmisores culturales, el carácter creativo y complejo de su trabajo y la escasa compensación que demasiadas veces obtienen por él, tanto a nivel económico como en forma de prestigio social o reconocimiento crítico. Varias de las personas que forman parte del equipo fijo de ULAD ejercen, han ejercido o aspiran a ejercer como traductores, de forma que estamos plenamente sensibilizados al respecto.

Sabemos también, a pesar de lo que decíamos en una de nuestras entradas iniciales ("¿Qué reseñamos?") que no existe eso que allí llamábamos "la obra en sí"; ninguno de nosotros es tan radicalmente platónico como para creer que existe un Hamlet perfecto, del que las ediciones y traducciones existentes son solo una pobre copia. Por eso, sabemos también, perfectamente, que la experiencia lectora puede ser muy diferente dependiendo de la traducción manejada (uno de nosotros recordaba, por ejemplo, una traducción de Rimbaud que rimaba "castillos" con "defectillos", y hasta donde sabemos el traductor no fue encarcelado).

También somos conscientes, como decía, de que nosotros mismos en el blog hemos contribuido o continuado esta invisibilidad del traductor de que hablaba antes, no mencionándolo en nuestras reseñas, tratando los textos como si los hubiéramos leído en el idioma original (lo que sucede a veces, pero no mayoritariamente, sospecho) y por lo tanto "naturalizando" esos textos traducidos como si hubieran sido escritos directamente en español; como si Kafka hubiera escrito La metamorfosis y no Die Verwandlung).

Ahora bien, una vez establecidas estas bases y entonado este mea culpa, nuestro debate es sobre todo de índole práctica. Porque este blog, efectivamente, y así lo dijimos en la metaentrada que mencionamos dos párrafos más arriba, no reseña una edición concreta o una traducción concreta, aunque obviamente el reseñista de turno casi siempre habrá leído una única versión del texto. Más bien, en este blog seguimos el uso común que consiste en referirse a los libros en abstracto, al margen de sus accidentes editoriales o traductológicos.

(Por ejemplo, podemos decir: "He leído Ana Karenina" o "No me gusta La Divina Comedia" sin necesidad de aclarar qué edición o traducción hemos manejado, y de hecho podremos discutir sobre Madame Bovary con personas que hayan leído una edición distinta a la nuestra, o que incluso hayan leído el original francés).

En definitiva, nos enfrentamos al siguiente dilema: cómo dar a los traductores el reconocimiento que creemos, que sabemos, que merecen, sin al mismo tiempo traicionar nuestra concepción y nuestra particularidad como blog. Y como decía al comienzo, no hemos llegado a ninguna conclusión. Más bien, como pasa en las cumbres internacionales sobre el clima, nos hemos tenido que contentar con una declaración de buenas intenciones.

Dicho en otras palabras: a partir de ahora intentaremos ser más cuidadosos en mencionar a los traductores de las obras que reseñamos, aunque la forma de hacerlo quedará a discreción del reseñista. En particular, cuando citemos frases o párrafos tomados de una traducción, nos comprometemos a hacer mención explícita de la traducción empleada. Esperamos contribuir así, aunque sea mínimamente, a la tan merecida y tan deseada visibilización del traductor.

lunes, 5 de noviembre de 2012

¿Violación de copyright? Encuentros con lo kafkiano.

Como ya sabéis los que nos seguís a través de facebook o twitter, el pasado jueves recibimos una notificación de violación de copyright (lo que probablemente significa que nos hemos hecho mayores).

La notificación no era especialmente clara, que es una forma suave de decir que era prácticamente incomprensible. El denunciante parece ser Sony Music Entertainment; el material supuestamente plagiado es "Alejandro Fernandez + Alejandro Fernandez" (???) y la entrada en la que supuestamente se incluye el plagio es la de la novela Un viajante de Alejandro Fernández Aldasoro (puede verse aquí, en caché). Curiosamente, como lugar donde se localiza el material plagiado se ofrecía otro enlace, que dirige a la página web de la Revista Deusto, en la que se republican algunas de nuestras reseñas. Teóricamente podemos encontrar más información sobre la denuncia en la [extraña] página Chilling Effects, pero resulta que las búsquedas en esa página no funcionan, así que no podemos saber exactamente cuál es el material que dicen que hemos plagiado. El email también contiene un enlace donde se supone que podemos enviar una "contra-notificación", pero este enlace (¡oh, sorpresa!) tampoco funciona.

Ante esta falta de información caben las siguientes hipótesis:

  • Que se nos acuse de haber reproducido la portada del libro. Ciertamente, no tenemos permiso expreso para publicar la portada, pero es práctica habitual, tanto en publicaciones digitales como en papel, incluir la portada de todos los libros que se reseñan. Además, esto no explicaría por qué Sony Music Entertainment nos denunciaría por usar una portada de un libro.
  • Que el material por el que nos acusan de plagio sea la cita de la primera línea de la reseña. Esto no tendría ningún sentido, ya que la cita aparece entrecomillada y claramente indicada como tal cita, y el derecho de cita está amparado por la legislación sobre derechos de autor.
  • Que algún robot de búsqueda haya identificado esta entrada como plagio porque aparece en la revista Deusto, y haya pensado que la hemos copiado de allí, en vez de ser al revés: primero se publicó en ULAD, y luego en la revista Deusto (con indicación de su origen).
  • La última opción, que es la más surrealista pero también parece la más probable, es que Sony Music Entertainment tenga los derechos del cantante mexicano Alejandro Fernández, que por supuesto no tiene nada que ver con el escritor Alejandro Fernández Aldasoro. Si este es el motivo de la denuncia, es totalmente ridículo que por mencionar a un "Alejandro Fernández" (que no es precisamente un nombre poco habitual) Sony te demande por Copyright. [Para añadir todavía un detalle surrealista más al asunto, el propio cantante Alejandro Fernández demandó a Sony Music Entertainment en 2009 por utilizar sin permiso un disco suyo.]
¿Y ahora, qué hacemos? La propia notificación avisa de que "si se nos informa de que se republica el post sin eliminar el material en cuestión [¿qué material?], borraremos el post y consideraremos este hecho como una violación de su cuenta. Repetidas violaciones de nuestras Condiciones de Servicio pueden conllevar nuevas medidas preventivas contra su cuenta Blogger, incluido el borrado de su blog o la eliminación de su cuenta".

La situación, por lo tanto, es kafkiana: alguien (creemos que Sony Music Entertainment, aunque no está claro), nos acusa de haber infringido el copyright de una obra, pero es imposible saber qué material es el que dice que hemos plagiado. Si no retiramos el material plagiado nos podrían llegar a borrar el blog o la cuenta, pero como no sabemos cuál es este material, no podemos retirarlo. Por otro lado, renunciar a republicar la entrada, o adaptarla eliminando lo que sospechamos que puede ser la causa (la portada o la cita) supondría de alguna forma auto-culpabilizarnos, cuando, realmente, no hemos infringido ningún copyright con esta entrada.

Más allá de nuestro caso, que probablemente no pasa de ser una mera anécdota provocada por un robot automático mal configurado, el procedimiento en sí es demencial: una denuncia infundada puede llevar al borrado de una entrada, e incluso a la desaparición de todo un blog (se han dado casos, algunos de ellos sonados). Tampoco podemos defendernos, porque no sabemos exactamente de qué se nos acusa. Y por si fuera poco, ni siquiera hay un email o un teléfono que podamos contactar para aclarar el asunto.

En cualquier caso, nuestra decisión ha sido, en primer lugar, hacer una copia de seguridad del blog (por lo que pudiera pasar); en segundo lugar, republicar la entrada tal y como estaba, ya que no reconocemos haber infringido ningún derecho de autor, y menos ninguno de Sony Music Entertainment; y en tercer lugar, plantearnos migrar de blogger a otra plataforma, o costearnos nuestro propio alojamiento y mantener nuestro propio blog. Al final, depender de papá Google para todo tiene estas cosas.

sábado, 10 de marzo de 2012

Cómo publicar un libro. Basado en hechos reales.

Resulta que sí, que la semana que viene sale a la venta mi primera novela publicada. ¡En estos tiempos! Y consultado el Consejo ULADiano a propósito de escribir un post sobre el tema de publicar un libro de ficción, decidimos que tal vez podría ser interesante para algunos de nuestros lectores explicar un poco qué hice y cómo lo hice. Así pues, allá vamos.

Bien, lo primero que hice fue escribir una novela. Cuando la terminé, se la di a algunos amigos acostumbrados a leer (incluyendo algún sospechoso habitual de ULAD) y a otros no tan acostumbrados, para que la leyeran y me escribieran con sus impresiones: errores encontrados, sugerencias, opiniones sinceras, valoraciones de capítulos específicos y de la obra en conjunto... Esas cosas. Me pareció importante escuchar las voces de esos dos sectores, el lector habitual y el esporádico, porque ambos podían aportar visiones diferentes sobre un mismo texto.

Lo segundo que hice fue debatir/discutir/liarme a golpes con cada uno de ellos para llegar a conclusiones interesantes. Fueron dos o tres meses de emails y de cambios en el texto: algunos porque el razonamiento de mi interlocutor era impecable, otros porque su idea provocaba en mí la aparición de una nueva, e incluso hubo ciertos cambios que llegaron por arte de magia, como si hubiera partes del texto que yo no sabía que me disgustaban y, al hacerlas "públicas", mi "lector interior" me pusiera las cosas en orden. Por supuesto, cuando terminé la reeescritura de la novela y puse el punto final, ya estaba de ella hasta las narices.

Lo tercero que hice fue registrar la obra de forma oficial. En general, mi planteamiento sobre esto era que quién podría estar interesado en plagiarme un libro o una idea, sabiendo que a) ya está todo escrito, y b) hay como tropecientas mil novelas por todas partes. Pero luego, navegando por internet, lees casos realmente brutales de gente que, todavía hoy, copia alegremente una novela de otro y la publica con sus santos cojones, y hasta hace entrevistas y la hostia, y te quedas mosca. Así que la registré.

Lo cuarto que hice fue escribir una carta modelo para las editoriales. La carta tenía dos folios y constaba de los siguientes apartados: fórmula habitual de presentación ("les envío este manuscrito para que valoren...", etc.), características del texto (título, número de páginas, género), breve sinopsis argumental (como la que podría ir en la contraportada, caso de su publicación), argumentos de venta (público lector al que podría ir dirigida, competencia con libros del mismo estilo, posibilidades de promoción personales o estrictamente vinculadas al texto, etc.) y una breve biografía personal, apenas centrada en lo literario (qué coño iba a decir si nunca había publicado un libro). Para cerrar, una despedida elegante y mis datos de contacto.

Lo quinto que hice fue una selección de editoriales. ESTO ES IMPORTANTE. Hay que ser un poco espabilado y saber a qué puertas debes llamar, más o menos: si el libro es una novela histórica, por ejemplo (no fue mi caso), pues lo lógico es enviarlo a todas aquellas editoriales que suelen publicar libros así. Si tienes dudas, haz lo que yo hice: de librería en librería y apuntando nombres de editoriales como un loco. Luego, a través de internet, fui estudiando un poco cada una: dirección, novedades... Solía fijarme en si publicaban a autores españoles, y también en la parte de presentación: muchas editoriales explican en su "quiénes somos" qué tipo de libros les interesa publicar, y con esto te puedes hacer una idea de si tu obra puede "caber" en su catálogo o no. Al final, tenía unas 40 en la lista. La mitad de ellas decían claramente en su web que no aceptaban manuscritos no solicitados. La otra mitad eran receptivas.

Lo sexto que hice fue agrupar las editoriales por bloques: de más interesante (para mí) a menos; y con "interesante" quiero decir tanto "las que me gustan" como "las que pueden hacerme caso", no sé si me explico. Las últimas de la lista eran aquellas que decían no querer recibir manuscritos.

Lo séptimo que hice fue imprimir, encuadernar y comprar sobres grandes. Una pasta. Cada vez que me dejaban solo con una impresora sacaba el pen drive y la liaba parda, os lo juro. Iba siempre con mochila, por si podía imprimir alguna copia. Me gasté un montón de dinero, al final. No imprimí todas las copias a la vez, sino las que necesitaba para cada "bloque" de editoriales. Si el primer bloque eran 6, pues imprimía 6, con sus cartas de presentación.

Lo octavo que hice fue ir a Correos y rezar. Hacía un envío "masivo" (para varias editoriales a la vez, nunca muchas) cuando conseguía el dinero suficiente para las copias. Un envío cada tres o cuatro semanas, más o menos.

Lo noveno que hice fue esperar. Y esperar. Y esperar...

Lo décimo que hice fue empezar a recibir cartas, emails e incluso llamadas de rechazo. Lo normal, según pensaba. Lo de la llamada fue bastante inquietante, porque la hicieron desde una editorial "de las gordas" para decirme, atención, que les había gustado la novela pero que no me la iban a publicar. Ah, muy bien, la fiesta muy bien, la gente muy maja. En fin, cosas que pasan.

Mientras seguían llegando mensajes de rechazo y casi había terminado de enviar el manuscrito a las 40 editoriales de mi lista, ya había empezado a escribir la segunda novela. ESTO TAMBIÉN ES IMPORTANTE. Si hacemos caso de todas esas leyendas de escritores o artistas en general que fueron sistemáticamente rechazados hasta que, un buen día, alguien les abrió una puerta, en sus trayectorias tienen algo en común: a pesar de todo, siguieron trabajando. Por cada "no estamos interesados en publicar tu libro" ellos escribían otra página. A grandes rasgos, eso fue lo que yo hice: asumir que la cosa está muy mal, que no me conoce nadie, que se publican muchos libros al año, que la crisis está perjudicando a las editoriales y a las librerías, que hay gente que escribe mejor que yo, que hay gente más guapa y más chula que yo, que quizá ese día en que llegó mi manuscrito el lector estaba pasando un mal momento y le pilló a malas... Quién sabe. Lo único que tenía claro era que debía seguir trabajando.

Así que terminé la segunda novela. Y, como creía de veras que el proceso que había llevado a cabo con la novela anterior tenía sentido, empecé de nuevo: amigos, debates, listado de editoriales, etc. Todo el rollo. Otra vez a gastar pasta en copias. Otra vez a aprovecharme de cualquier impresora que tuviera a tiro.

Por suerte no tuve que gastar mucho: una mañana, a los tres días de realizar el envío al primer bloque de editoriales, me llamó un editor. Os juro que se me salía el corazón por la boca.

De eso hace unos seis meses. El 19 de marzo la novela estará en las librerías.

Supongo que el secreto de todo esto es trabajar mucho y tener suerte. Como con todo en la vida. Y una de esas dos cosas depende exclusivamente de nosotros.


EDITANDO:
Como varias personas han querido conocer el título de la novela, y como de todos modos uno de mis compañeros y Santo Padre Fundador de este blog ya se ha ido de la lengua en los comentarios, creo que mantener el secreto es una tontería. Y tampoco quiero que parezca que estoy haciéndome el interesante. El libro es Una comedia canalla y lo edita la estupendísima Libros del Silencio.
Por último, he pensado que tal vez podría hacer una segunda parte de este post, dentro de unas semanas, contando cómo fue el proceso de edición del texto; es decir, todo el trabajo que vino después de la llamada del editor. Me parece interesante porque demuestra que escribir no es, en realidad, un oficio tan solitario como parece. Al menos no del todo.

martes, 29 de marzo de 2011

¿Puede la literatura cambiar el mundo?

Hace unos meses, en un programa televisivo con Roberto Saviano, autor de Gomorra, el director Roberto Benigni pronunció una frase hermosísima: "Cuando un hombre con una pistola se encuentra a un hombre con una pluma, el hombre con una pistola es hombre muerto". La frase fue muy aplaudida, repetida, compartida, twitteada. ¿Pero es cierta además de hermosa? ¿Sigue teniendo la palabra tanta fuerza como para cambiar la realidad? ¿Alguna vez la tuvo?

Dos entradas recientes de este mismo blog están dedicadas a dos escritores que han creído en la necesidad de escribir desde el compromiso ideológico, y en la capacidad de su escritura para cambiar el mundo (a pequeña o mayor escala): me refiero a Gabriel Celaya y a Stéphane Hessel (esta segunda entrada, por cierto, ha resultado ser bastante polémica). Y Mario Benedetti es uno de los faros que han iluminado este blog desde su primera entrada. ¿Cómo podemos entonces renegar del valor social, político, ideológico de la literatura?

Probablemente las personas que escribimos este blog tengamos una opinión distinta al respecto: por eso esta entrada está planteada como pregunta, y por eso no dará ninguna respuesta. Pero es casi inevitable ser algo escéptico sobre el poder real de la palabra, en un mundo en el que hasta la política parece estar supeditada a la economía; y sobre todo, en un mundo en el que otras formas de arte o de comunicación (el cine, la música, la televisión, el propio internet) han absorbido gran parte del poder de influencia que en otro tiempo tuvo (puede pensarse) la literatura.

Y sin embargo, no faltan hoy en día los escritores (literatos, periodistas, blogueros) amenazados, perseguidos, exiliados, detenidos, censurados en todo el mundo; y en este mundo occidental nuestro, en que no existe la censura institucional, existe también, y cada vez más poderosa, la censura (que muchas veces se convierte en autocensura) de lo políticamente correcto. Y si tantos esfuerzos se hacen por controlar o mutilar la libre expresión a través de la palabra, ¿no será que algún poder conserva? ¿No será que decir y escribir lo que se piensa sigue siendo en sí mismo un acto de rebeldía? ¿Y un acto de consecuencias imprevisibles?

Al fin y al cabo, quizás la literatura sí conserve la capacidad de cambiar a las personas; y las personas, al fin y al cabo, son las que pueden cambiar el mundo.

jueves, 6 de enero de 2011

Libros, piratería y ley Sinde (y 2)

En la entrada anterior hablé de los motivos para oponerse a la Ley Sinde en concreto, es decir, en su redacción actual; en la de hoy voy a pasar a otro plano más abstracto: al concepto de "derecho de autor", su lugar en la era de internet y los medios a través de los cuales los creadores deben ser recompensados por su trabajo. Aquí confieso que hay cosas que no tengo del todo claras, así que me permitiréis que plantee el asunto en forma de preguntas:

1.- ¿Deben los autores recibir una compensación económica por su trabajo?
Sí. Evidentemente. Se escucha mucho decir que "los músicos viven de los conciertos" o que "muy pocos escritores viven de sus libros", y en muchos casos esto es así; pero esto no quiere decir que esta sea la situación ideal. Crear (escribir, pintar, hacer películas...) no es -o no debería ser- una actividad que uno haga en sus ratos perdidos, en el tiempo que le dejan las clases, la panadería o la oficina. Los artistas, como cualquier otro sector, tienen derecho a ser profesionales, y para ello es preciso diseñar algún sistema que les asegure una compensación por su trabajo.

2.- ¿Deben mantenerse los derechos de autor igual que hasta ahora?
Creo que no. Es decir, en relación con la pregunta anterior, sí creo que debe existir cierta protección legal para los derechos de autor, y que por supuesto los derechos morales de autoría deben seguir respetándose. Pero el concepto y el sistema legal de derechos de autor actual ha quedado claramente desfasado por la aparición de nuevas formas de creación, de autoría, de difusión, de consumo, de relación entre autor y lector. Nunca he entendido, por ejemplo (y a lo mejor hay alguien que me lo puede explicar) esa ley que protege los derechos de distribución de las obras hasta 80 años (¡80 años!) después de la muerte de los autores. Que todavía no se puedan editar libremente las obras de Lorca o de Unamuno, por ejemplo. Ni que esos derechos puedan ser comprados o vendidos como si fueran un "bien material", de manera que, si no me equivoco, Michael Jackson poseía los derechos de las canciones de los Beatles. ¿En qué sentido protege o propicia esa norma la creación de obras artísticas? Creo, en resumen, que debe mantenerse el concepto de "derecho intelectual" sobre la obra, pero replantearse todo lo demás.

3.- ¿Debe ser gratis la cultura?
No creo que la cultura deba ser gratis (véase el punto 1), pero sí creo que las nuevas tecnologías (internet, los ebooks, Spotify, el iPod, iPad y similares) han creado la posibilidad de que la cultura sea más barata, eliminando buena parte de los intermediarios, que son, recordemos, quienes se llevan ahora mismo el 95% del pastel cultural. Probablemente, los distribuidores tradicionales podrían, si quisieran, diseñar modelos de distribución de productos culturales que les permitieran obtener beneficios con un coste mucho menor para el destinatario final, el consumidor. En el caso de los libros, es totalmente incomprensible que los precios de los eBooks que ofrece Libranda, por ejemplo, no sean muchísimo más baratos que sus equivalentes en papel, teniendo en cuenta el ahorro que supone en materiales, almacenamiento, transporte...

4.- ¿Deberían ser ilegales las páginas de enlaces y las descargas?
No, y de hecho, como decía en la entrada de ayer, según los propios jueces la mayoría no lo son. Lo único que es ilegal es lucrarse con la distribución de obras protegidas por derechos de autor, ya sea a través de la publicidad o cobrando por "cuentas Premium" de pago. Por otra parte, en España se aplica desde hace unos años un "canon digital" que teóricamente, o al menos yo lo entiendo así, da derecho a usar tus CD, discos duros, tarjetas de memoria y similares para hacer copias privadas (ojo, privadas) de obras protegidas. Entre el camino recaudatorio (incluido ese inconcebible "canon por préstamo" aplicado a las bibliotecas) y el punitivo (los piratas, a la cárcel), está claro que el primero es el mal menor; lo que es incomprensible es que se pretendan aplicar los dos simultáneamente.

5.- Y entonces, ¿qué hacemos?
Pues es difícil encontrar una solución que satisfaga a los creadores y a los consumidores simultáneamente, y mucho menos a ciertos intermediarios (sociedades de gestión de derechos como CEDRO o la SGAE) cuya existencia depende de la pervivencia del modelo actual. En todo caso, parece claro que siguiendo como hasta ahora, con insultos y maximalismos por parte de todos, no vamos a ninguna parte. Es necesario que aparezcan (o que se desarrollen, porque aparecer, ya han aparecido) nuevos medios de distribución que por un lado ofrezcan productos baratos y de calidad, y por otro respeten y retribuyan los derechos de los creadores. No estoy pidiendo imposibles: ahí están Spotify, iTunes o la venta de libros electrónicos de Amazon para probarlo. En cambio, intentar mantener las estructuras legales y comerciales del siglo XX (o XIX) a base de descalificaciones, juicios e impuestos no va a ser una solución a medio o largo plazo.

Y vosotros, ¿qué pensáis al respecto?

miércoles, 5 de enero de 2011

Libros, piratería y ley Sinde (1)

El reciente rechazo en el Congreso de la popularmente conocida como "Ley Sinde" (en realidad, una "disposición adicional" de la Ley de Economía Sostenible) ha provocado una cascada de artículos, declaraciones y manifestaciones por parte de creadores, políticos e internautas (algunas, pocas, moderadas y razonables; otras, la mayoría, maximalistas, simplistas, populistas; unas pocas, como las de Alejandro Sanz o Javier Bardem, directamente insultantes). Yo ya he expresado mi opinión al respecto en varias ocasiones en mi blog personal (la última, aquí), y sé que otras personas que colaboran en este blog también lo han hecho (por ejemplo, Guillermo). Pero en Un libro al día no hemos hablado del asunto, y creo que este podría ser un buen medio para que nosotros, y quienes nos leen, diésemos razonadamente nuestra opinión al respecto.

Un asunto que debe quedar claro, y que los debates apasionados de estos días ocultan, es que se puede estar a favor de los derechos de autor y en contra de la Ley Sinde; de hecho, se puede estar a favor de legislar o regularizar de alguna manera las descargas, y el derecho de los creadores a recibir alguna compensación por ellas, y estar en contra de la Ley Sinde. Es decir, que en la vorágine de artículos, protestas y declaraciones de estos días se mezclan dos debates que conviene distinguir:

  1. Estar a favor o en contra de la Ley Sinde, tal y como se debatió y se votó en el congreso
  2. Estar a favor o en contra de los derechos de autor, o mejor dicho, de que exista una compensación económica para los creadores
Comencemos, por lo tanto, por la Ley Sinde. ¿Qué proponía, en resumidas cuentas, la "disposición legal segunda"? Pues modificar el procedimiento mediante el cual se pudieran cerrar páginas web que infringieran los derechos de autor. Hasta ahora, para conseguir ese cierre hay que seguir el procedimiento judicial ordinario, es decir: presentar la denuncia, esperar a que se celebre el juicio, y confiar en que el juez dicte la orden de cierre de la web. Este sistema, a juicio de los creadores y sus asociaciones, tiene dos problemas: que es muy lento y que, sobre todo, hasta ahora los jueces no les estaban dando la razón, por el simple hecho de que la mayoría de las páginas denunciadas se limitaban a recopilar enlaces a páginas de descargas, y no obtenían beneficio económico alguno ("si no hay lucro, no hay delito", es la doctrina que se ha impuesto en estos casos).

Para solucionar ambos problemas de un plumazo, la Ley Sinde proponía dos cosas: agilizar todo el proceso, para que fuera una cuestión de días en vez de meses (o años), y dejar en manos de una comisión administrativa dependiente del Ministerio el decretar el cierre de esas páginas web que infringen los derechos de autor. Esto es problemático por muchos motivos: en primer lugar, deja en manos de un organismo administrativo ministerial (y no judicial, ni siquiera policial) la potestad para cerrar webs, algo muy cuestionable, y quizás incluso inconstitucional; además, si los jueces habían dictado hasta ahora sentencias favorables a las páginas de enlaces, que por lo tanto no pueden ser consideradas ilegales (por mucho que los periódicos las denominen así), ¿con qué derecho las cerraría esta comisión? ¿Qué derecho tiene el Ministerio a cerrar mañana una página que antes de ayer ha sido declarada no delictiva?

De aprobarse en su formulación actual, por lo tanto, supondría crear un marco legal de indefensión para los creadores o gestores de páginas web (porque sí, esta ley está en principio pensada para atacar a las webs de enlaces, pero nadie asegura que más adelante no pueda ser utilizada para cerrar otras páginas supuestamente vulneradoras de derechos de autor, recordemos, sin necesidad de intervención judicial alguna), una indefensión que sería incomprensible si estuviéramos hablando de un periódico, una editorial o una librería.

Estas son las razones que la mayoría de los internautas (y abogados expertos en derecho intelectual e internet como David Bravo) han alegado para oponerse a la Ley Sinde. Sobre otros motivos más "filosóficos", como la propuesta de abolición de los derechos de autor, o de distribución libre de contenidos culturales, trataremos en la entrada siguiente.

jueves, 23 de diciembre de 2010

No regales libros

Ahora que llegan fechas de regalar mucho y gastar más, desde "Un Libro al Día" queremos haceros una recomendación del alma: no regaléis libros. No, en serio. Regalar libros es una idea horrible, espantosa, la peor que podríais tener. ¿Que por qué? Bueno, aquí van diez razones por las que regalar libros es una mala idea:

  1. Ocupan sitio, mucho sitio, demasiado sitio, porque una vez que te compras (o te regalan) un libro te entra la obligación de acompañarlo con otros, y ya sabemos que hoy en día no hay quien pueda permitirse tener una biblioteca. Cuando alguien te regala un libro, sientes, inevitable e inconscientemente, que eres pobre, que tu casa es pequeña y que deberías hacer más ejercicio (esto no está relacionado, pero también lo sientes, por alguna razón).
  2. Exigen tiempo. Si le regalas a un libro a alguien, en realidad, aunque no lo sepas, estás insinuando que le sobra el tiempo, que es un ocioso, un vago, un diletante. Que es, en una palabra, un desgarramantas.
  3. Son caros. No tan caros como los juegos de Xbox pero poco les falta. Una novedad puede costarte 18€-20€. ¿Tú sabes la de regalos más pequeños y resultones que puedes comprar con ese dinero en un todo-a-un-euro-24-horas? ¿Por qué quedar bien con una persona, cuando puedes salir del paso con cinco?
  4. Contienen ideas raras. Y si lees, llegará un momento en que no podrás saber qué ideas son tuyas y cuáles son de los libros, qué es realidad y qué es ficción. Mira lo que les pasó a don Quijote y a Madame Bovary (por cierto, ¿don Quijote y Madame Bovary son reales?). Jack el destripador leía mucho, yo no quiero decir nada...
  5. No tienen botones ni luces. Sobre todo si tus regalados son niños, ni se te ocurra comprarles un libro. No hacen ruido, no tienen luces de colores, no se mueven solos... Y lo peor de todo, no tienen botones que se puedan apretar fuerte fuerte hasta romperlos. ¿Ereaders? ¿Erredequé?
  6. No hay quien acierte. Sí, tu prima la de Amoroto pondrá cara de sorpresa e ilusión cuando abra su paquete y se encuentre con las obras completas de Clarice Lispector, pero cuando llegue a casa y empiece a hojearlas, se quedará con la idea de que eres un pervertido, un disléxico, o las dos cosas juntas. ¿Por qué no regalar cosas que le gustan a todo el mundo? ¿Como una cabra?
  7. Te pueden dejar ciego. No hay nada que canse más la vista que los libros, si exceptuamos los ordenadores, la televisión, las videoconsolas y el aire acondicionado. Y mirar mucho tiempo fijamente al sol. Nada. Yo mismo tengo que llevar gafas por culpa de los libros. No, no, no, eso otro es una leyenda urbana. Es por los libros.
  8. Son feos. Bueno, los hay bonitos, pero el 99% de los que se publican son feos. Rectangulares, seriotes, ladrilláceos. Y ya si los abres, ni te cuento: todo en blanco y negro, sin dibujitos... que no pegan con nada...
  9. Los escribe gente rara y que, por lo general, no sale en la tele. Consejo suplementario: si vas a regalar un libro, si no te queda más remedio que regalar un libro, asegúrate de que esté escrito por alguien que sale en la tele. Son los únicos que merecen la pena.
  10. Hacen pensar. Esta es la razón final, la definitiva, la peor de todas. Cuando le regalas un libro a alguien (parafraseando a Cortázar), no le estás regalando un libro: le estás haciendo una putada. Porque en ese libro se hablará de cosas; de cosas en las que, a lo mejor, no habrá pensado nunca antes. Y eso es algo terrible: le entrarán dolores de cabeza y perderá la ilusión por la vida. Si regalas un libro a una persona, no te extrañe verle después caminando por el parque vestido de negro y hablando con las abubillas. Y será culpa tuya.
Esperamos habers convencido: no regaléis libros estas Navidades. No lo hagáis. No lo hagáis. ¡¡¡No lo hagáis!!!

Bueno, ¿qué tal ha quedado? ¿Otra toma? ¿Repetimos? ¿Todo desde el principio?

jueves, 26 de noviembre de 2009

¿Cómo elegimos los libros que leemos?

A raíz de una entrada de Izas de hace un par de semanas, en los comentarios se planteó brevemente un debate bastante interesante: ¿cómo elegimos los libros que leemos (o los que compramos, que no es la misma cosa)? ¿Qué nos hace seleccionar un libro en concreto de entre los centenares o miles que se nos ofrecen desde las estanterías de una librería? Quienes han trabajado en una librería, saben que hay tácticas para conseguir que un libro se venda más: ponerlo en los expositores en el camino del posible comprador; situarlo en la estantería de manera que se vea la portada, y no solo el lomo; añadir carteles explicativos o llamativos sobre el autor o la obra... Pero, como lectores, ¿cómo hacemos para "discriminar" entre tanta oferta editorial?

Estos son algunos de los posibles motivos para elegir un libro:

-Este autor me gusta / me suena: Comprar un libro de un autor del que ya hemos leído otras obras -especialmente si nos han gustado, claro-, o del que hemos oído hablar en algún sitio (la radio, la televisión, la publicidad), da seguridad, o al menos sirve para hacerse una idea previa de lo que se va a leer (aunque no siempre este pre-juicio sea acertado).

-Es para el colegio / la universidad: No nos engañemos: muchos de los libros que compran y leen (o eso esperamos) los adolescentes y los no tan adolescentes, son los que les obligan a comprar en el colegio o la universidad. Leer por obligación, aunque no sea la más idónea, es para muchos la única manera de leer.

-Amor a primera (o segunda) vista: hay libros que compramos porque nos llama la atención su título, o por su portada, o por una edición especialmente bonita. Normalmente, a este primer flechazo le sigue una rápida exploración superficial (leer la contraportada o las solapas, ojear algunas páginas, quizás leer el principio...) y si pasa el examen, al bolsillo.

-Recomendaciones de amigos: Aunque no siempre nuestros amigos tienen el mismo gusto literario que nosotros, el boca-a-oreja funciona mucho en la creación de éxitos editoriales. "Léete este libro, que me ha encantado". Con el tiempo, uno aprende a fiarse más de algunos amigos que de otros, pero esa es otra historia.

-Publicaciones especializadas en reseñas: Revistas como el Qué leer o los suplementos culturales de los periódicos sirven precisamente para guiar al lector en el laberinto editorial, realizando por él una selección previa de autores y obras, con la visión de determinados críticos a los que podemos hacer más o menos caso.

-Blogs: La contrapartida digital a las publicaciones anteriores, los blogs de recomendaciones literarias (como este mismo, sin ir más lejos) pueden ser una guía interesante para descubrir nuevos autores o elegir cuál va a ser nuestra próxima lectura -o por lo menos, eso pensamos los que hacemos este blog...

Y vosotros, lectores, ¿cómo elegís los libros que compráis y leéis?

viernes, 17 de julio de 2009

¿Existe la 'buena literatura'?

Como "críticos amateur" que somos los que hacemos este blog, hay una pregunta que debemos intentar contestar, aunque sea imposible dar una respuesta definitiva: ¿existe realmente algo que pueda ser calificado como "buena literatura", opuesto a lo que podríamos llamar "subliteratura"? ¿Son libros como La insoportable levedad del ser, Pedro Páramo o Ficciones inherentemente mejores que El Código Da Vinci, Parque Jurásico o la última novela de Danielle Steel? Dicho en otras palabras: ¿existe algún criterio, aparte del gusto personal, que nos permita calificar determinados libros como "imprescindibles", "muy recomendables" o "repugnantes"?

Tradicionalmente se habla de "alta" y "baja literatura". La distinción puede imaginarse así. De un lado están los autores que continúan formas y géneros heredados adaptándolos a los gustos de la masa, que es perezosa y no quiere complicaciones: eso es bajo. De otro lado están los autores que se preocupan por innovar en su arte, llevan a su perfección formas que ya existían o crean otras nuevas: eso es alto. Por supuesto, decirlo así suena más bien a enseñanza de Barrio Sésamo, pero algo parecido es lo que se tiene en mente cuando se habla de alta literatura (seria, difícil, guiada sólo por criterios estéticos) y baja literatura (superficial, fácil de leer, preocupada por agradar).

Existe desde luego actualmente la tendencia, que no carece de argumentos, a considerar que clasificar así las producciones culturales es un formulismo conservador injustificado que conviene desterrar. Al fin y al cabo, el criterio presenta sus problemas cuando se trata de aplicarlo. Por ejemplo, hay muchos autores que escribían con la clara intención de agradar a su público y ponerles las cosas fáciles, más que nada porque vivían de su aprobación. Según la distinción en "alto" y "bajo", deberíamos condenarlos como mediocres productores de best sellers, pero no, resulta que forman parte del canon. Lope de Vega, sin ir más lejos. Por otro lado, las fronteras entre la alta y la baja literatura, pretendidamente eternas, han demostrado ser bastante cambiantes: escritores saludados en su tiempo como un dechado de originalidad y genio son olvidados poco después y vistos como meros epígonos. ¿Quién recuerda, por ejemplo, a Echegaray, uno de nuestros premios Nobel?

Y no es sólo que el criterio se muestre poco útil, es que puede sospecharse, con motivo, que su verdadera razón de ser tiene poco que ver con la literatura, y mucho con la distinción social. Así, excluir géneros completos del canon literario sería más un gesto de exclusividad aristocratizante que la aplicación de ninguna verdad estética: abajo, la chusma que consume mala literatura; arriba, los lectores selectos que se deleitan con obras de arte. En muchos casos puede aceptarse que es así, y que hay mucho de esnobismo en rechazar, a priori, las posibilidades y los logros de, por ejemplo, la novela policiaca, la novela fantástica o el relato de terror.

Pero, al mismo tiempo, tampoco les falta razón a los críticos que, como Harold Bloom (aunque quizás no con los mismos argumentos que Harold Bloom) defienden la necesidad de mantener una exigencia estética que limite la entrada en el canon: que puede ser histórica y científicamente apasionante estudiar los géneros populares, pero a fin de cuentas existe una diferencia cualitativa entre, por ejemplo, Philip Roth y Stephen King. Es innegable que unos libros son más simples que otros; en su estructura narrativa, en la construcción de personajes y escenas o en el tipo de lenguaje utilizado.

En algunos casos, por ejemplo, bastan un par de rasgos descriptivos para que reconozcamos un tipo de personaje que ya conocemos de sobra de mil películas, cómics, etc. Para no salir del Código Da Vinci (que es una bendición al hablar de estos temas): el protagonista es un profesor universitario, que habla varias lenguas vivas y muertas y es experto en antiguas simbologías, pero que, a la vez, sabe disparar un arma y al que siempre se le ocurre la manera de escapar de la muerte en el último segundo. ¿De qué me sonará...? Ese uso de ciertos clichés facilita la lectura, porque hace que anticipemos en gran parte la acción y no tengamos que detenernos en los detalles para ir completando nuestra imagen del personaje. Por la misma razón, claro, aligera mucho el trabajo del escritor. Podría decirse que muchos libros pecan, por así decirlo, de pereza literaria. ¿Es eso malo? Bueno, todos preferimos una lasagna casera, que tarda horas en cocinarse, a una precocinada y calentada cinco minutos en el microondas. Pues eso.

Parece evidente que, por el mero hecho de escribir críticas literarias, y por calificar a los libros en una escala de gusto, en este blog nos estamos situando más cerca de esta segunda postura que de la primera. Sí, hay razones por las que, como novela, El Código Da Vinci es inferior a El nombre de la rosa, e intentamos explicarlos en nuestras reseñas. ¿Significa esto que no se deban leer libros como Crepúsculo, Harry Potter o cualquier novela de Camilleri? En absoluto. De hecho, todos los que hacemos este blog las leemos -cada cual tiene sus géneros favoritos- y las disfrutamos. Pero esto no nos impide afirmar que al mismo tiempo, leyendo otro tipo de literatura (sí, vamos a decirlo claramente, "otros libros mejores") se pueden tener experiencias lectoras más profundas y enriquecedoras.

domingo, 17 de mayo de 2009

¿Qué reseñamos?

Cuando empezamos este blog, una de las primeras cosas que tuvimos que plantearnos fue el encabezamiento que aparecería al principio de cada entrada: qué datos sobre cada libro incluiríamos y cuáles no: autor, título, fecha, editorial, número de páginas, etc. Lo cual nos llevaba a otra pregunta distinta: ¿qué estábamos reseñando? ¿La obra original? ¿La obra traducida al español por primera vez? ¿Una edición determinada de la obra?

Finalmente, optamos por incluir sólo los datos básicos: en el título de la entrada, autor y título en español, y en el encabezamiento, los tres o cuatro campos que aparecen ahora: idioma original, título original, año de publicación y valoración. Es decir, que decidimos no reseñar una edición o traducción concreta de cada obra, sino la obra en sí, la "idea platónica" de la obra, con especial referencia al original, más que a su(s) traducción(es). Esta solución nos pareció la más práctica y conveniente, ya que para muchas de las obras que reseñamos puede haber más de una edición, más de una traducción, y a nosotros nos interesaba recomendar (o no) las obras en sí mismas, con independencia de sus "accidentes materiales".

Esta decisión puede ser discutible, claro, como lo sería cualquier otra opción. Su principal problema es que trata las distintas ediciones y traducciones como si fueran invisibles, es decir, como si no afectaran en nada al contenido de la obra, cuando esto no es en absoluto cierto. Una buena obra mal traducida o editada puede ser difícil de tratar; una obra bien editada, con criterios de calidad, anotaciones, buen papel, buena letra, ilustraciones, etc., puede mejorar mucho el texto original. De ahí que tampoco nos neguemos a mencionar en nuestras críticas las ediciones o traducciones que manejamos y que nos parecen reseñables por algún motivo. En este sentido "material" (por decirlo de alguna manera) han aparecido en el blog, por ejemplo, las moscas de Movimiento perpetuo o la tinta de dos colores de La historia interminable.

Sin embargo, a veces no puede distinguirse tan fácilmente entre la "idea platónica" de la obra y sus encarnaciones materiales, más o menos logradas. El caso más claro son las antologías, y de éstas ha habido ya varias. Una antología no es una edición más o menos cuidada de una obra, sino que en ella es precisamente el editor el que decide qué es y qué no es obra. Puede ser un libro formado por textos inéditos hasta la fecha o por retazos de libros ya publicados o una reunión de varias obras completas, ya publicadas, bajo un solo tomo. O, por supuesto, una combinación cualquiera de las tres opciones anteriores.

Lo que está claro es que en la antología se invierte el caso habitual de primacía del autor e invisibilidad del editor. ¿Cómo deberíamos, entonces, comentar las antologías? ¿Hablando del acierto de la selección o de la calidad de los textos? ¿Mencionando al autor o autores, o al editor? ¿Deberíamos comentar aparte los libros que se publicaron aparte, aunque luego se añadieran a una antología? Es difícil dar una respuesta que valga siempre y la verdad es que hasta ahora cada uno lo ha hecho como le ha parecido mejor.

miércoles, 18 de marzo de 2009

Etiquetas y fronteras

Uno de los primeros problemas a los que nos hemos enfrentado durante estos primeros quince días de publicación de este blog, ha sido el de cómo etiquetar a los autores, siempre teniendo en cuenta que la finalidad de las etiquetas es guiar al lector en su navegación por el blog. En un primer momento, Jaime, guiándose por el idioma y por lo que podríamos denominar el "sistema cultural o literario" en el que se integra, clasificó a Stefan Zweig como "literatura alemana"; Santi, en cambio, guiándose por el lugar de nacimiento, clasificó a Gustav Meyrink como "literatura austriaca". Los dos nacieron en Viena, los dos escribieron en alemán. ¿Qué etiqueta les correspondería?

Estos son solo dos ejemplos, pero los casos conflictivos son numerosísimos, y varios de ellos han aparecido o van a aparecer próximamente en el blog. Sándor Márai, por ejemplo, nació en Kassa (o Košice), en la actual Eslovaquia, pero que en el momento de su nacimiento pertenecía a Hungría, y escribió toda su vida en húngaro; Kant nació en Königsberg o Kaliningrado, en la actual Rusia, pero no creo que a nadie se le ocurra llamarle "filósofo ruso"; Augusto Monterroso nació en Honduras, se trasladó con 15 años a Guatemala, pero pasó la mayor parte de su vida adulta en México. Por no hablar de autores ya clásicos como Nabokov, Beckett o Conrad, que no sólo abandonaron su país sino también su lengua materna al escribir...

Realmente, ninguna clasificación en categorías estancas logrará describir la heterogeneidad de los fenómenos literarios: ni la clasificación por idioma ni la clasificación por lugar de nacimiento (aunque la primera tiene mucho más sentido tratándose de literatura y ofrece relativamente menos problemas). Por ello, hemos optado finalmente por un criterio mixto, similar al que utiliza la Wikipedia: no elegir, sino multiplicar las clasificaciones de los autores. Así, por ejemplo, Stefan Zweig y Gustav Meyrink son "escritores austriacos", pero también "literatura en alemán".

Por otra parte, no tiene tampoco sentido ser estrictos con el lugar de nacimiento de los autores: es preferible clasificarlos en aquellas literaturas en las que se integraron o con las que se identificaron: Kant con la filosofía alemana, Márai con la literatura húngara, Beckett con la irlandesa y con la francesa... Somos también conscientes de que esta clasificación crea anacronismos, nacidos de proyectar al pasado los esquemas estatales o nacionales presentes -anacronismos comunes en la crítica y la historia literaria en general, y en los sistemas educativos en particular...-; pero pensamos que la alternativa -etiquetar a Dante como "escritor florentino" en vez de como "escritor italiano", o a Goethe como "escritor del Sacro Imperio Romano Germánico" en vez de "escritor alemán"-, aunque históricamente más exacta, dificultaba en vez de favorecer la navegación por el blog.

En todo caso, no deberíamos olvidar que la finalidad de las etiquetas en el blog -lo mismo que la de las categorías de wikipedia- es facilitar la navegación del lector; y si Samuel Beckett debe aparecer como "literatura irlandesa", "literatura francesa", "escritores en inglés" y "escritores en francés", no hay ningún problema. Después de todo, no nos cobran por cada etiqueta...