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lunes, 17 de agosto de 2026

Doris Lessing: El cuaderno dorado

Idioma original: inglés
Título original: The Golden Notebook
Año de publicación: 1962
Traducción: Helena Valentí
Valoración: casi imprescindible

De esta novela se pueden decir muchas cosas y quizás todas válidas: novela psicológica, feminista, marxista, crítica también con las corrientes mencionadas, un complejo poliédrico de personajes contradictorios que hacen y deshacen página tras página, sin observar una (marcada) lógica o desarrollo en sus actos hasta recién los últimos capítulos, y eso solo con la protagonista. Para ser publicada en los años sesenta, se observa, a nivel superficial, una libertad extremada para todas las acciones y pensamientos, como si no existiera consecuencias, pero a la vez, en un nivel subterráneo, estas mismas acciones y pensamientos revelan la profunda necesidad de despojarse de las cadenas de la sociedad, sin lograrlo apenas, y hasta encontrando en esa rigidez un cierto confort para enfrentar y/o asimilar la alienación personal y social.

Pero antes de profundizar, abordemos primero el argumento de esta novela (que funciona como uno de los mejores ejemplos de novelas-dentro de-novelas): Anna Wulf, escritora de cierto renombre por Las fronteras de la guerra, que le permite un sustento relativamente cómodo con su hija Janet (nacida de una relación con un compañero comunista en la que nunca hubo amor), vive con Molly, una actriz de teatro, y su hijo Tommy, un muchacho taciturno que a lo largo de la novela probará adoptar distintas máscaras para encajar, sin que ninguna le sirva, y protagonista de casi todas las escenas incómodas (no por destapar trapos sucios, sino por su actitud volada en los diálogos, de los que nunca sabremos bien el objetivo de ellos). Molly tiene un ex-marido, Richard, que constantemente trata de reclutar a Tommy y de hacer que pruebe un poco más de vida (más que nada empresarial), alejada de la mirada hippie e izquierdista que comparten tanto Molly como su compañera Anna.

Este arranque, contenido bajo el subtítulo de Mujeres libres, es dificultoso a pesar de ser prácticamente una obra de teatro, ya que apenas hay descripción y sí puro diálogo. Lo que en principio parece tratarse de la relación entre Molly y Richard bajo las dualidades de dependencia/liberación, capitalismo/comunismo, hombre/mujer, se revela como un compendio de cinco partes repartidas a lo largo de la novela, y que en realidad funcionan como pausa y bajada a tierra de la verdadera historia: la de los cuadernos de Anna Wulf, que, al sentirse fragmentada en su personalidad y visión del mundo, dando tumbos con los hombres y nunca satisfecha con las sesiones de terapia ni las historias que inventa, divide sus pensamientos en diversos cuadernos, representados cada uno con un color: así, uno  significa la parte política, otro las posibles historias que podrían llegar a convertirse en una novela, otro la parte cotidiana de Anna, casi un diario, otro las sesiones con la terapeuta, otro con recortes de periódicos para destacar los hechos acontecidos en el resto del mundo, y que le sirven un poco para sacar la cabeza del ombligo. Estos cuadernos son largos y comprenden lo central de la novela; es lo que nos permite a Anna y por qué hace lo que hace. Acá se encuentra de todo, desde el pensamiento más abyecto (y al que seguro más de uno le sorprende que Lessing haya ido tan lejos, sin ningún tipo de tapujos y a costa de acarrearle muchas críticas) hasta las páginas más tristes y resignadas sobre la posibilidad de una revolución en una ciudad en el sur africano.

A partir de acá, cada lector puede preferir un tipo de cuaderno. A mí, el que más me sedujo, es esa invención (y trasposición de la vida de Anna) de una historia en donde una novelista se enamora de un casado, y en el transcurso de esa relación se dan reflexiones brillantes, arrolladoras, sobre el amor, sobre las reacciones de hombres y mujeres, sobre la naturaleza original o pervertida de ellas, todo esto mientras aprendemos, en la parte de Mujeres libres, lo que ocurre en realidad con Anna y cómo procesa ella el impacto de lo vivido (la relación con Molly, con Tommy, con Richard, con otros hombres en los que no puede encontrar su felicidad). Otro cuaderno interesante es donde transcribe todas las excusas que pone Anna para que no conviertan su novela exitosa en una película, mostrando que los mandatarios no entienden la novela y la quieren simplificar en una simple historia de (no) amor, que lo es, pero que es de todo menos simple. En contraposición, la parte de los sueños y la terapeuta se me hizo pesada, pero entiendo que es propio de la época en la que se escribió la novela, cuando los sueños representaban inherentemente la personalidad del escritor y sus personajes.

Es por eso que explicar el título de la novela sería incurrir en un adelanto clave de la novela; el porqué del cuaderno dorado se devela casi al final, y viene a representar el clímax de la trama; tanto Anna como sus lectores (nosotros) muestran su plenitud solo cuando se han leído y analizado cada sección del alma de Anna. Lessing nos dice que no somos ni lo uno ni lo otro, y el que quiera reducirnos a una simple etiqueta se equivoca profundamente. A medida que avanzamos, vemos a Anna cada vez más frustrada con las posiciones adoptadas de hace años, la vemos lidiar con la culpa que supone enfrentarse a lo que uno cree o creía, la vemos en la disyuntiva de elegir la soledad o la compañía, aun cuando esta compañía sea interesada o descuidada o simplemente mediocre.

¿Por qué no es un imprescindible, a pesar de que lo merecería? Porque no deja de ser una novela de ideas más que de personajes. Si bien la transformación de Anna puede transformarnos (sobre todo al final, luego de varias páginas áridas en las que parece que Lessing pierde el control de la historia), el resto de los personajes están construidos sobre cierta función y premisa para demostrarnos algo, atados a la intención de la narradora mas que a sus propias vidas, y ahí el lector puede concordar o no con la visión de Lessing sobre lo que representan esos personajes en el mundo, pero difícilmente alcancen a conmovernos. De todas formas, es un novelón, de ambición y prosa superior a casi todo lo escrito, y del cual se nota que la autora plasmó todo lo que tenía en un intento de cambiar la realidad, a pesar de que muchas veces, en el mamotreto que es el libro, se vea resignada a aceptar que no logrará hacerlo. Pero conmigo lo hizo. Y esta, entonces, es una de las lecturas del año.

Más de Doris Lessing acá

martes, 28 de abril de 2026

Guillermo Martínez: Un crimen dialéctico

Idioma original: español
Año de publicación: 2026
Valoración: entre recomendable y está bien (conociendo al autor, no tan previsible)

Página 2:
Otra vez uno de esos libros en donde Martínez va a demostrar su sapiencia matemática con el Teorema de Incompletitud de Gödel y homologar sus preceptos con las piernas de una chica, que puede ser menor (quiero decir, mucho menor) al narrador, o puede ser mayor (cuarentona o cincuentona) y que, generalmente, parte de la misma familia que la variante de chica menor y en ocasiones hasta se enamora de las dos (y tiene éxito con ambas. Hasta parece un chiste interno del autor, porque juro que en casi todos los libros siempre hay una apreciación de ese estilo); todo esto mechado con un drama que bordea lo policial clásico con lo filosófico. Sigamos leyendo, me digo (con ojos en blanco); quizás alojarse en un hostal con una señora de pasados rusos pero aún bellísima (del cual su esposo es el objetivo del narrador) y su hija veinteañera a punto de casarse (cuyo prometido tiene cierta tensión con su suegra, y no es la carnal), no signifique necesariamente nada amoroso.

Página 20:
Bueno, quizás por una vez Martínez se desvía de sus patrones y me va a entregar una historia más cercana a lo filosófico que al policial, habida cuenta que el narrador es un profesor (cómo no) que en su momento tuvo una beca en Oxford (cómo no) y formó parte de un grupo marxista cuya vinculación es eterna debido a un pacto en sus años mozos. Por ahora bien, mejor de lo que esperaba, más allá de algunas frases poco pulidas, casi escritas con cierto desgano, como enfocadas en la trama en vez de labrar las expresiones, y de que todos los personajes poseen una alta cultura (¿hace falta que si uno dice qué lindo el día, el otro, que es cualquier cosa menos un becado de Oxford, cite a Tolstoi porque sí?).

Página 40:
Ya las bases están delineadas. El narrador tiene que asesinar al anfitrión de la casa, el coronel, por conocer un secreto del candidato a presidente (trasunto de Raúl Alfonsín), un secreto bastante turbio, por lo que infiere el mismo coronel, y de yapa, por ser sospechoso de complicidad en la última dictadura argentina (a pesar de que diga que apenas vio cómo iba la mano se retirara por una cuestión de honor); a la vez, el narrador sostiene debates (graciosos, porque el otro lo basurea sutilmente) con un físico extranjero acerca de la inminente publicación de un artículo sobre cuánta capacidad de voluntad tiene realmente un individuo a la hora de reaccionar ante mecanismos programados. Parece no tener ninguna relación con la trama principal, pero en Martínez todos los datos son aprovechados posteriormente. Además, la esposa del coronel en realidad está enganchada (lo cual es un cambio agradable) con el cura del pueblo, bastante jovencito y con un discurso mucho más agresivo para los estándares de la iglesia.

Página 100:
Se pone raro. Para justificar su presencia, el narrador inventa que se encuentra ahí para observar a los nativos en sus rituales con un polvo que, en días de niebla extrema, posibilita contactar a los muertos de cada uno; justamente el narrador tiene a su padre desaparecido, y de a poco le empieza a convencer la idea de verlo para cerrar con un capítulo del pasado. Además, se ha hecho pasar por el cura para mandarle mails (¿mails a principios de los 80s en Argentina?) entre dramáticos y picantones a la esposa del coronel y así plantar la semilla de la discordia y hace prácticas de tiro con este último en lugares recónditos para afinar su puntería a la hora de matarlo. Todo esto, para el narrador, funciona como un gran tablero de ajedrez en el que cualquier cosa puede salir muy mal, y sintiéndose casi siempre como arrastrado por la fuerza del destino más que por su voluntad (de ahí, supongo, aunque me sigue pareciendo un aditivo algo innecesario, los debates).

Últimas páginas:
Lo mejor de la novela se encuentra en la trama secundaria de los nativos. Después de un viaje lisérgico, inesperado por la prosa y la situación en la carrera literaria de Martínez, el narrador presencia una escena definitoria para su vida. Pareciera que no va a aportar nada a la trama principal, pero haberse metido en semejante cambalache lo obliga a vomitar y esa es la última pieza (azarosa) para que todo termine de anudarse en una situación algo rocambolesca y por demás inverosímil, aunque justificado por la idea que recorre el libro acerca de la voluntad real. 

En definitiva, es mejor que el anterior libro de Martínez, que sí me había parecido un recalentado de sus grandes éxitos, y veo una intención de explorar otros temas, de salir de a poco del encorsetamiento en el que se encontraban sus libros, pero también detecto una escritura apurada y deslavazada, convencida ya del prestigio del autor y de que apretar algunos de sus botones comunes bastará para que el lector se quede contento. Pero Martínez es capaz de mucho más.


miércoles, 7 de enero de 2026

Guillaume Martin-Guyonnet: La gente que sueña

Idioma original:
Francés
Título original: Les gens qui rêvent
Año de publicación: 2024
Traducción: Marcos Pereda
Valoración: Recomendable

Guillaume Martin-Guyonnet (Guillaume Martin, a secas, para los aficionados y "Guillom Martán" para Carlos de Andrés) es un bicho raro. En un submundo como el de los deportistas de élite, asociado al lujo, la banalidad, la ostentación, los tatuajes chungos y los peinados de dudoso gusto, que un ciclista profesional con una sólida carrera, buenas victorias y hasta un top 10 en la general del Tour sea filósofo de formación (tesis sobre Nietzsche incluida) es, cuanto menos, curioso. Que, además, tenga ya tres libros publicados dice mucho acerca de sus inquietudes, creo yo.

Este La gente que sueña que hoy reseñamos es el último de los textos publicados por Martin y el más cercano a la ficción pura, si bien sin escapar del todo de lo autobiográfico y de lo filosófico / ensayístico. Así, el texto navega entre la autoficción, la novela familiar, la novela histórica y el ensayo gracias a los tres personajes principales (el propio Guillaume Martin, su padre y Guy Lefevre, erudito del siglo XVI) y un lugar (La Boderie) que funciona como primer nexo entre ellos.

Tres personajes que se sitúan en momentos históricos más o menos convulsos (las guerras entre católicos y protestantes en la Francia de fines del XVI, el final de la bonanza económica europea de la etapa de posguerra o los meses de COVID-19) y que muestran cómo, pese a la distancia temporal y de orígenes sociales, hay una serie de situaciones o temas que los emparentan: la extrañeza, la sensación de "incompletitud", la búsqueda, los cuestionamientos, la capacidad de soñar, inventar o dejarse llevar. No importa que seas ciclista profesional el pleno siglo XXI, un erudito del siglo XVI que se mueve entre la fe y la imposibilidad de amar o un chaval normando que llega a París en los años 50. O sí importa, porque no es lo mismo una cosa que otra, pero si vamos a la raíz...

Son estas situaciones y estos temas los que permiten que la narración salte de un tema a otro, de un tiempo a otro, de un lugar a otro y que esta fluya adoptando formas variadas. También permiten a Martin, narrador autoconsciente, desviarse del camino y entregarse a digresiones filosóficas acerca del deporte de competición, del resentimiento por el contraste entre la altura de los ideales y la banalidad de la realidad, de las pasiones y el libre albedrío o de la felicidad y a referencias tales como Platón, Stendhal, Goethe, Endo o ¡El show de Truman!, entre otras.

Y aunque estas digresiones interrumpan el desarrollo de la trama novelesca, sobre todo en el caso de la interesantísima historia de Guy Lefevre y su asistente Martin, en general están bien integradas en el texto y no resultan ni reiterativas ni pedantes. Me quedan, eso sí, las ganas de leer a Martin en un texto 100% ficción. Creo que tiene la capacidad de manejarse bien en ese terreno. Lo mismo cuando deje el ciclismo profesional. ¡Quién sabe!

viernes, 2 de enero de 2026

Olaf Stapledon: Hacedor de estrellas

Título original: Star Maker
Año de publicación: 1937
Traducción: Gregorio Lemos
Valoración: muy recomedable (pero no para todos los gustos)

La verdad es que, aunque sea una novela totalmente recomendable y predecesora de muchos cambios que hoy vemos en el mundo, no podría ser entusiasta como para regalársela a todo el que se me cruce, como hago con Stoner, por ejemplo. Digamos ya que tiene un prólogo de Borges, y si a Borges le gustaba, que era, por lo general, un viejo odioso con mucha ironía, la novela debe de ser genial. El argumento tendría un punto si no fuera porque: 1) me enchufó La invención de Morel, que me resultó bastante floja, y; 2) hay que recordar que le gustaba todo lo filosófico y los palimpsestos áridos. Y por ahí anda Hacedor de estrellas en varios capítulos. De todas maneras, esta vez me inclino por la opinión de Borges.

Novela en la que realmente no ocurre nada y a la vez ocurre todo, inicia con el protagonista saliendo de casa hacia una colina para contemplar la noche despejada. Tal es la relajación y su maravilla ante el mundo que su consciencia se eleva de su cuerpo y abandona la Tierra. Lo que podría ser una premisa potente para una novela de ciencia ficción se convierte en un ensayo sobre las posibilidades de vida existentes en otros mundos, otras galaxias y otros espacios temporales. No me deja de sorprender la lucidez de Stapledon a la hora de narrar, con una prosa sequísima, de manual académico, pero a la vez cargada de honda sabiduría y de una tristeza infinita al comprobar que en todos lados se repite el ciclo de la historia humana, la invención de mundos distintos, de planos que están millones de años luz delante de nosotros. Todo ocurre, según el narrador, al mismo tiempo. De hecho, al final del libro adjunta tres gráficos para seguir la historia: uno por las edades galácticas, uno por edades del cosmos y otro, circular, que representa las dos mitades de la creación: inmatura y madura. 

Como se ve, estamos hablando de un manejo del tiempo que abarca desde el principio, como lo entendemos o llegamos a entender, y del fin, difícilmente definible a no ser que tengas una prodigiosa imaginación. Pero entre medio pasan muchísimas cosas más. El narrador, después de un largo y espeso capítulo que casi me hace abandonar la novela (se la pasa describiendo la forma de nuestra Vía Láctea y cómo se va alejando de ella) llega a un mundo conocido como La Otra Tierra, y ahí es donde la novela despega, porque en el curso de muchos años asistimos a la integración del narrador en su planeta, a la contemplación de la decadencia total de su sociedad a pesar de que sus habitantes son muchos más civilizados que nosotros, y de cómo entabla amistad con uno de ellos hasta el punto de compartir una consciencia y lograr que también inicie su viaje interestelar.

La novela, en general, sigue un patrón: hay un viaje, se llega a un mundo o a varios (no hay que olvidar que en todo momento es una consciencia), se analiza la sociedad del momento y se acelera el tiempo para mostrar el fin de la misma, desgranando todos los motivos por el cual una comunidad de seres se degrada hasta la violencia y las formas últimas de sobrevivencia (fue escrita en el período de entreguerras, pero casi ahí nomás estalla la Segunda Guerra Mundial, así que sus poderes oraculares fueron totalmente certeros).

Poco a poco va reclutando miembros de distintas galaxias hasta formar una especie de familia rodante en una casa rodante mental; el narrador ya no es un narrador individual, son todos los aventureros que escapan de su condición que los ataba a sus respectivos mundos. Y poco a poco, también, van reflexionando acerca de por qué se encuentran ahí, dónde está Dios (lo que ellos llaman Hacedor de Estrellas) y por qué pareciera que la extinción de todos los mundos y la llegada de la muerte inminente del cosmos es un plan perfectamente calculado.

A partir de cierto punto, la novela (¿ensayo narrativo?) deja de focalizarse en los mundos y galaxias para obsesionarse con el Hacedor de Estrellas y las implicancias morales de su existencia. A partir de ahí (y un poco antes, cuando la narración se convierte en abstracta por la mente colmena) entramos en un terreno filoso de transitar. Si bien el sentido de asombro no decae nunca, mérito muy grande del autor, cada vez cuesta imaginarse más las cosas que cuenta. Maneja elementos demasiados ambiciosos para que al lector le resulte accesible ponerse en la situación interestelar. Ya al final son escenas imposibles de comprender desde un punto de vista humano. Lo cual creo que le importó entre poco y nada a Stapledon, y está bien que así sea, porque no le interesa nuestra compresión, sino lo insignificante que somos (y cualquier otro ser vivo de otros mundo) ante la Creación.

Como no hay casi acción, solo un recorrido por los distintos puntos del cosmos, yo no diría que sea para todos los públicos. Cuesta entrar, mucho más cuando uno entiende que no será una novela común al uso, pero de ahí hasta el punto mencionado la lectura es puro placer aventurero y constatación asombrosa del genio del autor, capaz de predecir y acertar lo que ocurriría en nuestra historia actual. Pero se vuelve densa en el terreno filosófico-religioso, y ya para el final, aunque contemplamos extasiados la visión del autor, también queremos volver a casa. Y en parte creo que ese es el efecto de Stapledon: todo viaje tiene su fin, y la mayoría de ellos, si no es con la muerte, es con el regreso a casa, trastornados ante lo registrado. Stapledon corona así una novela épica, inabarcable en su concepción (toda la historia del cosmos), llena de reflexiones y con la sensación de haber asistido, con el espíritu del niño inocente pero asustado por los fantasmas, a una obra que toca demasiado de cerca cuestiones que pensábamos superadas.

martes, 8 de octubre de 2024

Juan Eduardo Cirlot: Nebiros

Idioma original: castellano

Año de publicación: 2016 (escrito en 1950)

Valoración: recomendable 


Juan Eduardo Cirlot, poeta y autor de unos cuantos ensayos, escribió una única obra narrativa, que casualmente es este Nebiros que comentamos hoy aquí. Cirlot vivió una etapa temprana en la que se relacionó con círculos surrealistas (llegó a escribir artículos en una revista dirigida por el propio André Breton) y con los artistas de Dau al Set, en particular con Tàpies, con quien colaboraría en varias ocasiones. Era por tanto un personaje relativamente destacado del mundo del arte y la literatura en los oscuros años 40 y 50 del siglo pasado, es decir, en lo más tenebroso del franquismo. Por alguna razón destruyó toda la producción literaria no publicada de sus años más jóvenes, con una sola excepción: de nuevo justamente nuestro Nebiros, que sería rechazado en su día por la censura y del que se conservó algún ejemplar mecanografiado.

Por qué la mojigatería franquista prohibió el texto lo explica el interesante epílogo a cargo de Victoria Cirlot, filóloga e hija de autor, pero se entiende bien con solo leer el libro: no son solo las contadas referencias a la religión y algún comentario muy tangencialmente político, ni tan siquiera el recorrido nocturno del protagonista por diversos prostíbulos incluyendo alguna pequeña escena un poquito, pero solo un poquito, más explícita. Lo que seguramente no pudo soportar el censor es la atmósfera nihilista, la desorientación de un individuo perdido en sus contradicciones, el vacío espiritual que se filtra en cada página. En un país conducido por los caminos infalibles que marcaban el Gobierno en lo material y la Iglesia católica en lo moral debía resultar insoportable semejante grado de descreimiento y angustia.

Porque de todo eso hay varias toneladas. Un protagonista sin nombre, como tampoco lo tienen las calles o la ciudad misma, sale de su oficina y al atardecer se dedica a pasear sin rumbo por las callejuelas próximas al puerto. Entre tanto, deja fluir sus pensamientos sin freno y sin medida. Al principio percibimos un personaje abatido, solitario, gris, ‘con aspecto de desenterrado’, una figura que hubiera fascinado a Cioran, por ejemplo, decepcionado del mundo y de sí mismo. Pero es aún peor. El sujeto es de una inconsistencia tal que a cada página de abatimiento y rendición le sigue otra en la que cambia a un discurso lleno de intenciones luminosas y confianza en el hombre. No soporta la soledad y tampoco la compañía, ni la conversación ni el silencio y, al fracasar siempre en la búsqueda de un término óptimo, el péndulo sigue desplazándose sin fin de un extremo al otro. 

De ahí quizá los tumbos por las calles nocturnas, el deseo de volver a casa enseguida abandonado para continuar la ruta, la estancia en la taberna intentando rehuir la mirada del camarero, la elección de la prostituta deforme. Siempre moviéndose en el fango, a veces de forma literal, en la frontera del sueño, la locura y el recuerdo, se reivindica el derecho al placer (el del mendigo a gastarse la limosna en alcohol, el del obrero a ser feliz por unos minutos en el prostíbulo, cosas un tanto Houellebecq), y cobran protagonismo escenas de la casa familiar y sobre todo la figura inquietante y poderosa del padre, reflexiones e imágenes por donde parecen asomar heridas antiguas y profundas. O quizá es todo obra de Nebiros, el demonio cuyo mérito residía en ‘un pecado que alude la Biblia, que no se puede nombrar o, mejor dicho, del cual se ignora la esencia’. Un mal desconocido y por tanto invencible, una amenaza de la que solo se sabe que existe y que puede estar en el alma del individuo, en su cabeza, en su pasado. Demasiado para el censor, a quien imaginamos asustado ante tanta desolación.

La verdad es que el libro funciona en su mayor parte como novela filosófica en la que el hilo narrativo tiene más bien poco peso, y es más bien un instrumento para ir incorporando las sucesivas oleadas de reflexiones e ilustrándolas con imágenes. Siendo la única obra de Cirlot en prosa, da la impresión de que tampoco se preocupó mucho por establecer un ritmo adecuado al formato y así, la lectura, aunque intensa por la turbación que transmite, puede hacerse algo pesada si se toma como una novela normal. De manera que deberemos verla como una mezcla de ensayo y memorias dispuesta sobre un soporte narrativo cuya utilidad fundamental será transportarnos por las callejuelas infectas, por los recovecos peligrosos del pensamiento y los recuerdos.


miércoles, 19 de julio de 2023

ULAD hace Historia #3: La fortaleza de Meša Selimović

Idioma original: Serbio
Título original: Tvrđava
Traducción: Miguel Roán
Año de publicación: 1970
Valoración: Recomendable (aunque no para todo el mundo)

La fortaleza es un clásico de la literatura yugoslava y, junto con El derviche y la muerte, la obra más representativa y lograda de Meša Selimović. Nos traslada al Sarajevo otomano del siglo XVIII, así que puede considerarse una novela histórica; personalmente, también la encasillaría dentro de la narrativa existencialista y filosófica.

Sigue los pasos de Ahmet Šabo, un profesor que acaba de regresar de la guerra. Una noche, el joven se enemista con las autoridades locales, las cuales le cerrarán puertas a nivel social y laboral. Sobrellevará su vida condenada al ostracismo y la pobreza gracias a una dignidad tambaleante y un amor incondicional hacia su esposa, Tijana.

Entre las muchas virtudes que le he encontrado a esta obra, destacaría las siguientes: 

  • Su factura demuestra madurez, inteligencia y sensibilidad. 
  • Su ritmo, por lo general pausado e introspectivo, permite que la acción se afianze y las meditaciones de Ahmet calen.
  • Las citadas meditaciones, junto a las disertaciones y los diálogos, barajan ideas interesantísimas. Ideas que, pese a su nivel de sofisticación, jamás se hacen pasar por verdades universales, ya que tanto el argumento como el propio protagonista las cuestionan a menudo. A excepción, claro, de algún que otro aforismo difícilmente rebatible, como, por ejemplo, «El dolor y la reflexión nos privan de la risa despreocupada».
  • La ambientación es exquisita. Sin recurrir apenas a descripciones ni requerir más que un puñado de notas del traductor, logra situar al lector en un lugar y una época lejanos.
  • Abunda en escenas conmovedoras que plasman el egoísmo e hipocresía humanos, la pobreza, la fuerza de la amistad y el amor, los abusos del poder, la religión, etc...
  • Los personajes están muy bien caracterizados. Todos se sienten complejos, contradictorios y, por tanto, verosímiles.
  • Nunca se endulzan las interacciones entre los personajes; éstas se abordan con sus luces y sus sombras. 

Creo haber dado suficientes razones para animaros a leer La fortaleza, siempre y cuando no os amedentren su extensión, su ambientación exótica, la densidad de su contenido, su argumento pausado o los meandros de su prosa. Pero, por si acaso, quiero mostraros la belleza formal y la riqueza conceptual de uno de mis pasajes favoritos. 

En él, Ahmet confiesa: «Cuando me sentía amedrentado, solo pensaba en ella y me animaba con su presencia. Cuando las cosas me iban mal, pronunciaba su nombre, como en una oración, y encontraba alivio. Cuando me sentía dichoso, corría a compartirlo con ella, agradecido, como si mi felicidad le correspondiera.» (199) Inmediatamente añade: «Esta mujer era todo mi mundo, la necesitaba para admirarla pero también necesitaba sentir mi poder sobre ella. La había creado, como un salvaje crea su ídolo, para que estuviera por encima del fuego de la cueva, la defensa contra el trueno, los enemigos, las fieras, la gente, el cielo y la soledad, para esperar lo ordinario pero también exigir lo imposible, sentir ilusión pero también indignación, para poder agradecer y discutir a la vez, siempre consciente de que, sin ella, los miedos serían insoportables, las esperanzas sin fundamento, las alegrías efímeras. / Gracias a ella, incluso la gente me parecía más cercana.» (200)

Llegados a este punto, sólo quiero reiterar que La fortaleza es un novelón. Un novelón en el que se plasman con asombrosa lucidez la tragicomedia humana, los sinsabores de la existencia y la angustia que provoca la búsqueda de sentido en un mundo lleno de maldad cotidiana y desigualdades obscenas. Un novelón que igual no gustará a todos, pero hará las delicias a quienes amamos la literatura de gran calibre.


También de Meša Selimović en ULAD: Aquí

viernes, 8 de abril de 2022

Robert Walser: Los hermanos Tanner

Idioma original: alemán

Título original: Geschwister Tanner

Traducción: Juan José del Solar

Año de publicación: 1907

Valoración: Decepcionante


Si comenzamos una novela teniendo como protagonista a un joven de veinte años que rápidamente se presenta solo y errabundo por una ciudad, es fácil pensar que estamos ante eso que se viene a denominar novela de formación o de aprendizaje (chico que se busca la vida incorporándose al mundo adulto con sus consecuentes dificultades, que le hacen ir madurando, etc.). Si tenemos a la vista un título que hace referencia a hermanos, podemos pensar en una saga familiar (cada uno toma un rumbo y tal vez colisionan entre ellos, o con los padres) o en una interacción de algún tipo en base a sus personalidades, diversas pero con algo en común (los Karamazov). Ni una ni la otra. A Los hermanos Tanner le podría cuadrar mejor ese coso al que llamamos novela filosófica, es decir, algo que se presenta en formato narrativo pero cuyo objeto real es ahondar en una serie de cuestiones en torno a la vida, el ser humano, su posición como ente social, su perspectiva en relación con la existencia.

Aclarado esto, diremos que el joven se llama Simon Tanner, que no tiene oficio ni, que se sepa, estudios concretos, y se dedica a deambular sin más objetivo que recorrer, observar, sentir, e intentar disfrutar de todo lo que se le va presentando. Pero no piensen en alguien ansioso de experimentar, crear o conocer (desafíos, sexo, arte, relaciones). Simon se decide por algún trabajillo cuando se ve ya muy necesitado de fondos, toma contacto con desconocidos solo por pura casualidad, y el motor que le anima no es otro que avanzar de alguna forma hacia algo inconcreto, y mientras tanto ser capaz de sentir la nieve, una puesta de sol o una simple charla. Diríamos que no hace nada sino estar. ¿Simplemente un vago? Tampoco. Es un tipo ligeramente insolente a quien continuamente le están diciendo que nunca dejará huella en nadie, algo que parece bastante duro de tragar, pero que a él le resulta del todo indiferente, porque lo que valora es sentir la vida y prácticamente nada más. Un chico raro, realmente.

Sus hermanos, aunque comparten la gloria del título, apenas ocupan un pequeño puñado de páginas: Klaus, el mayor, científico, un tipo serio y responsable aunque en el fondo triste (o así lo ve Simon); Karl, el artista, involuntaria e irresistiblemente seductor; Hedwig, la única hermana, solitaria e incómoda en un papel de maestra rural que no cree que le corresponda; Emil, el hermano perdido, el más fascinante, que acabó en un manicomio. Al margen del tanto autobiográfico que pueda tener el relato (tengo la intuición de que muy elevado), esos hermanos ostentan un papel muy secundario y apenas representan distintos afluentes del río de la vida, caminos en direcciones diversas que contrastan con la actitud indolente y contemplativa que muestra Simon.

Por lo demás, en la novela no ocurre nada relevante, lo que tampoco es necesariamente un lastre, porque lo que le interesa a Walser parece ser solo profundizar en la posición de Simon, acomodaticia, de simple espectador que transita (nunca mejor dicho) por el mundo observando y nutriéndose de la contemplación de la naturaleza, de la comprensión de casi todo lo que le rodea, de las personas y sus circunstancias. Y, sobre todo, recreándose en las larguísimas parrafadas que intercambia con todo aquel que se encuentra. 

Porque (y ahí está el gran escollo del libro), el deambular de Simon no es más que una excusa para colocar interminables peroratas, ya sean de palabra o como monólogos reflexivos, explicando una y otra vez sus peculiares puntos de vista, o divagando sobre la amistad, la personalidad o las diferentes perspectivas de la vida en el campo y en la ciudad. Cualquier cosa le sirve para explayarse y llenar dos o tres páginas de soliloquio que, siendo sinceros, aburren a las ovejas. 

De forma que, por interesantes que puedan parecer las meditaciones de Simon-Walser (y a mí me lo parecen solo de forma muy limitada), al cabo de unas pocas sesiones de lectura es inevitable que el asunto nos pese mucho, demasiado, y uno esté ansioso de que ocurra algo, aunque no sea algo físico, que el personaje experimente algún desarrollo, que esos secundarios empiecen a aportar algo más que nuevas disertaciones o un dudoso papel de oyentes. En definitiva, que el relato arranque por alguna parte y se convierta, al ritmo que sea, en algo con una progresión aunque sea mínima. Porque ciertamente una novela puede servir muy bien para exponer cuestiones bien profundas sobre temas muy diversos, y hay montones de ejemplos excelentes. Pero si hablamos de narrativa, hay unos mecanismos para hacerla funcionar, y colocar un personaje que se limita a hablar o reflexionar bajo registros invariables no parece un sistema muy adecuado. Cierto que existe cierta tendencia de otros autores germánicos a eso que llanamente llamamos enrollarse, y más en esas épocas de arranque del siglo XX (Wassermann); pero tampoco me parece suficiente para exculpar a Walser, porque hay quien es capaz de bordar esas ensoñaciones del paseante en su periplo (Sebald).

No sé, puede que Walser sea de esos autores a los que se ama o se odia, y yo, sin llegar a tanto, y al menos a partir de este libro, tal vez me incline algo más por lo segundo que por lo primero.

P.D: Por destacar algo, aunque no sea del todo en el plano literario, hay una escena en la que Simon encuentra a un poeta conocido muerto en la nieve, seguramente agotado por una caminata. El joven admira la dignidad que envuelve el fin de ese hombre. Y es justamente la forma en que encontraron el cadáver del propio Walser medio siglo más tarde. 

Otras obras de Robert Walser en ULAD (y, en general, con mejores valoraciones): Jakob von Gunten, Vida de poeta, El ayudante, El paseo

martes, 1 de marzo de 2022

Ilustres olvidados #2 Denis Diderot: Jacques el fatalista

Idioma original: Francés
Título original: Jacques le fataliste et son maître
Traducción: Fèlix de Azúa i Comell
Fecha de publicación: 1796
Valoración: Curioso, cuanto menos

El rupturismo artístico es, a estas alturas, prácticamente imposible. Creedme, casi todo está inventado. Y si no, que se lo digan a Denis Diderot, que en la segunda mitad del siglo XVIII concibió Jacques el fatalista.

Imaginaos, en plena Ilustración, a una obra empeñada en subvertir esquemas tanto formales como conceptuales. Una obra que no es sino el resultado de un mestizaje de géneros, cuya estructura desafía a cualquier molde establecido, cuyas caprichosas digresiones sabotean al argumento, que presenta a un narrador que interactúa constantemente con el lector, que exuda erudición pero al mismo tiempo no se toma en serio a sí misma. Una obra que adelanta multitud de estrategias metaliterarias, preñada de reflexiones morales y filosóficas, permeada por un ingenioso sentido del humor. Imaginaos, en suma, a «una insulsa retahíla de hechos reales e imaginarios, escritos sin gracia y distribuidos sin orden ni concierto» (Diderot dixit), que consigue, pese a todo, cautivarnos. 

En fin, ojalá os haya interesado en Jacques el fatalista. Sus defectillos, estoy seguro de que intencionados, no pueden eclipsar su modernidad y audacia. Con esta reseña me sumo a sus reivindicadores incondicionales, entre cuyas filas se encuentran nombres de la talla de Italo Calvino, José Saramago y Milan Kundera. Debéis conocer este texto; en especial, aquéllos que se creen innovadores.

viernes, 19 de febrero de 2021

Santiago López Petit: Tan cerca de la vida

Idioma original: castellano/catalán
Año de publicación: 2021
Valoración: entre recomendable y muy recomendable

En estos tiempos convulsos en los que nos hallamos inmersos, creo que hay dos tipos de lecturas que nos permiten sobrellevar la situación de manera más o menos soportable. Hay quien en la lectura busca la evasión, el divertimiento, la distracción; pero hay otros, en los que me incluyo, que necesitan analizar, profundizar en ello, tomar consciencia de cómo esta situación nos afecta a nivel anímico y en relación a la vida y a la sociedad en la que nos encontramos. 

Con este libro nos encontramos con un caso poco frecuente en cuanto a géneros literarios: el de la filosofía novelada. Es algo no habitual y de difícil integración porque cabe decir que imbricar ambos conceptos no es tarea fácil, pues urdir una trama argumental e incluir en ella reflexiones y digresiones filosóficas en conceptos tan abstractos y ambiguos como la vida, la muerte, el deseo o las expectativas vitales, es algo complejo y que, a menudo, podría acabar en un sinsentido (justo lo opuesto a lo que un libro de este tipo pretende conseguir). Pero en este caso, el autor y filósofo Santiago López Petit consigue su propósito a nivel general y lo hace de manera coherente con su habitual enfoque crítico y radical acerca de la sociedad de nuestro presente.

La novela empieza con un preámbulo donde se nos presenta La Escuela de la Vida, una institución grandilocuente, pomposa y terriblemente ambiciosa. Un lugar en el que se busca la excelencia no únicamente a nivel personal, sino también a nivel cooperativo que evidencia al afirmar que «queremos ser extraordinarios, nos hemos comprometido a ello. La vida está llena de oportunidades que tenemos que saber aprovechar». Ese es el mensaje que destinan, a modo de bienvenida, a los alumnos que formarán parte de esta escuela en la que «nos abren un espacio vital en el que poder encontrarnos a nosotros mismos y a la vez desplegar nuestras potencialidades». Y el protagonista se siente afortunado por ser admitido en ella, pues está convencido que «el uniforme de cada día es la esperanza, la esperanza de saber que cada uno de nosotros puede llegar a ser el protagonista de su propio cambio». Así, mientras el objetivo e intención iniciales del protagonista para apuntarse al curso es triunfar, ser famoso y mejorar sus capacidades, el objetivo de la escuela es «buscar líderes de organizaciones, empresas, instituciones y ONG para poner en sus manos herramientas para facilitar los cambios que reclama nuestra sociedad». Algo que, a priori, debería ser una tarea encomiable.

Pero, ¿qué ocurre si la escuela en la que se instruye acerca de cómo conseguir nuestros sueños, en la que se muestra el camino para ser mejores en todos los ámbitos, en la que se ensalzan las cualidades que debemos conseguir para llegar a ser aquellas personas que deseamos, es únicamente una constatación de cómo de desesperanzada es nuestra vida, de cómo la sociedad de la que formamos parte se sirve de los resquicios existentes entre actitudes de solidaridad para incidir y conseguir objetivos individuales sometiendo y aniquilando los colectivos? ¿Qué ocurre cuando caen las máscaras de la supuesta felicidad a la que deberíamos aspirar, pero que en el fondo sólo sirve como elemento ante el cual constatar la frustración de una sociedad abocada a la perdición? ¿Y si para «fomentar la creatividad y la superación de cualquier límite significa que tenemos que aceptar un patrón de adicción que lleva a la dependencia a su máxima expresión?» Porque «una de les enseñanzas principales de la Escuela consiste en potenciar nuestra auto exposición. Es imposible triunfar si te escondes. Además, la soledad no solo es triste, sino también peligrosa. En el fondo, no conviene que el hombre mire dentro de si mismo».

De esta manera, partiendo de una premisa sencilla pero atrayente, el autor utiliza la entrada del protagonista en la escuela para reflexionar sobre la vida, sobre la condición humana, sobre el individualismo y el cooperativismo, sobre las renuncias y los deseos, sobre las ganas de mejorar y la tentación siempre permanente de acomodarse, sobre la lucha vital incesante en encontrar motivos para vencer una vida que, si bien nos es dada, justamente por ese motivo parecemos estar en deuda con ella. Y, de igual manera, critica de manera directa y clara nuestra sociedad, una sociedad que nos empuja a vivir siempre al límite, de manera sutil, pues «nos están adoctrinando para que creamos que la vida consiste en vivir sin tiempo muertos, entregados a nuestros propios deseos. Nos empujan a vivir al límite. Pero esta es una apuesta tramposa». Y el protagonista, en lugar de maravillarse por ese espíritu new age y bonista, entra en una espiral de autoanálisis y toma de consciencia, pues en un acto de sinceridad y abatimiento el propio narrador afirma que «no sé exactamente cuál es mi deseo. Supongo que desaparecer. Desaparecer detrás de las letras de estos protagonistas prefabricados, hundirme en la pobreza de la liberación y entender por fin qué es la vida». Ahondando en ello, el protagonista asume que «el abismo no está afuera. Está dentro de ti. En tu interior» y encara a la propia vida acusándola con rotundidad afirmando que «dominas muy bien el arte del maltrato. Sabes humillar sin llegar a matar. Aplazas nuestra muerte porque en el castigo que aplicas existe una voluntad didáctica». 

Por todo ello, el mensaje del autor sobre la vida es de una crítica aterradora. Bajo el pretexto de una escuela de la vida donde el mundo debería abrirse ante infinitas posibilidades la constatación de la realidad dura, inquebrantable e implacable cubre de desánimo un relato en el que constata que vivir es una tarea ardua, que no hay soluciones mágicas ni mucho menos provenientes de manos de gurús vendedores de ilusiones inaccesibles, que «nada nos liga a nada. Nos han robado el pasado y el futuro se descompone cuanto no ha llegado todavía. Se acercan tiempos difíciles». Porque las cosas no son tan sencillas ni funcionan de manera tan perfecta como los participantes auguraban; porque, como en todo grupo de personas heterogéneo, surge el conflicto a la hora de resolver situaciones. Y a veces se exterioriza, pero en otras se contiene y «un conflicto que no explota es peligroso porque no se puede controlar. Un conflicto que sale a la luz visibiliza el enemigo y se puede comenzar a reconducir» constatando que «nadie ha vencido ninguna guerra manteniéndose siempre en posición defensiva. Quien se limita a defenderse está destinado a ser derrotado». Y, a raíz de esos conflictos, el autor empieza a constatar que no todo es tan fácil, que «no se puede aprender a decir ‘nosotros’ si se olvida que el nosotros está constituidos por diferentes yo».

El libro que ha escrito Santiago López Petit es un interesante ejercicio en el que adapta una serie de ideas y reflexiones al formato de novela. Y, a pesar de que la trama no es excesivamente rica ni continua, el autor sí consigue mantener el interés y la tensión en toda la lectura con un argumento sencillo que sirve de hilo conductor para lanzar una serie de reflexiones sobre la vida, sus objetivos, los ideales en claro contraste con una realidad que lucha por someternos a la repetición. Así, el autor apaga el interruptor con el que las grandes promesas iluminan nuestro mundo y nos somete a un estado de plácida penumbra en el que podemos observar esa luz que nos conduce a una salida satisfactoria a la vez que permite que veamos, sin que la sombra de falsas promesas oculte, nuestra propia personalidad. Es, en el discreto encanto de la soledad y la introspección donde nos conocemos y constatamos cuánto hay de falso fuera de nosotros y cómo de avispados y ávidos son los tentáculos que se agitan delante de nosotros para captar, no sólo nuestro cuerpo, sino también nuestra maltrecha alma que pide a gritos ser rescatada por alguien distinto a nosotros mismos porque, «¿de qué sirve un grito que nadie escucha? Para el hombre cansado, el oficio de vivir se ha convertido en el arte de disimular (…) Su cabeza ya no oye voces. Únicamente una sola voz que no cesa: “ya-no-puedo-más”. Así empieza el monólogo interior. Así se trenza esta cuerda que lo asfixia poco a poco y que nadie ve».

El libro que ha escrito López Petit es una bofetada a la visión idílica de un mundo donde aquello superficial oculta lo importante, aquello en lo que la fachada y la imagen tapa y disfraza lo que reside dentro. Esta obra supone un adentramiento a la oscuridad que habita dentro de nosotros para acostumbrarnos a ella, vivir con ella e incluso apreciarla y valorarla, pues únicamente cuando seamos capaces de saber quiénes somos y nos acostumbremos a ello seremos capaces de conocer la realidad de una vida que nos reta cada día a seguir luchando contra y por ella. Y, aunque el autor en ocasiones rompe el relato de manera más o menos lograda para introducir reflexiones y sueños que le permiten ampliar la disgregación que nos ofrece en esta novela en diferentes excursos lo hace de manera que, si bien parecen desarraigados de la historia contada, estos tienen ramificaciones que de manera tangencial tocan los mismos temas: la introspección, la vida, la reflexión, la autoconsciencia. 

Dice el autor que «escribo porque quiero llegar hasta el final, entender la naturaleza de este fuego que todavía quema dentro de mí. Existe un saber de la desesperación. Lo sé. Allí donde la vida se recoge, allí donde yo estoy vivo, me espera la sombra». Porque la propia vida juega en contra de nosotros, porque «querer vivir es un desafío contra la vida, aunque esta se desdobla para vengarse e inocular el veneno del ansia», porque «nos engañamos a nosotros mismos con la única finalidad de continuar ignorando que la vida conspira en contra de nosotros». Y necesitamos indagar en nuestro interior pues «creemos que la vida es el bien supremo y la muerte, el acontecimiento más terrible. Yo he sentido la falsedad de esta afirmación. La vida puede silenciar más que la muerte». Y hay que tener claro que «nadie permanece oculto a la venganza de la vida».

Este relato invita a sumergirnos en nuestra oscuridad más absoluta y el fondo más profundo de nuestra alma para conocernos, para tocar fondo, y desde ahí coger impulso para asomar de nuevo a la superficie de un mundo del que no esperamos una claridad absoluta sino únicamente la sensación de que nos reconocemos en él. El autor ha escrito un canto a la rebelión contra la vacuidad de las vidas que se basan en el exterior, en lo superfluo, en los cantos de sirena que prometen vidas fáciles y plácidas. Porque «toda presencia esconde siempre una ausencia. Algo se hace visible porque hay otra cosa que se invisibiliza». Y nos escondemos detrás de lo visible, ocultando, más aún aquello que no nos gusta. De esta manera, este libro vendría a ser el anti manual de auto superación, el némesis de Mr. Wonderful; es la constatación de que lo real a veces duele, y por ello precisamente es real. De que la vida no es fácil, no es su propósito. Ella lucha contra nosotros, y mientras haya lucha, habrá vida.

Dice el autor, en el tramo final de la novela, que «tengo la cabeza llena de interrogantes que no sé cómo responder, pero al menos ahora está viva». De esto justamente se trata, no nos conformemos con menos.

viernes, 1 de enero de 2021

Giovanni Papini: Gog

Idioma original: Italiano
Título original: Gog
Traducción: Mario Verdaguer
Año de publicación: 1931
Valoración: Irregular, aunque decididamente recomendable


No se puede hablar de la inclasificable Gog de Giovanni Papini sin mencionar a su protagonista, un multimillonario cruel y cínico que se dedica a viajar por el mundo, observar agudamente su entorno y entrevistarse con famosos de la talla de Ford, Gandhi, Einstein o Lenin. El libro en sí es una colección de sus apuntes, coloquios, anécdotas y pensamientos. 

Súmale al memorable protagonista de Gog elementos de sátira, desmitificación de personajes históricos y reflexiones de calado filosófico, y lo que obtienes es literatura de alto voltaje. Debo remarcar, no obstante, que a esta novela fragmentaria (o ciclo cuentístico) la lastran algunos defectillos menores.

A mi juicio, son los siguientes:

  • Su irregularidad. Gog oscila todo el tiempo entre la brillantez comedida y la genialidad indiscutible. Balance que está más que bien. Además, ¿cómo no van a palidecer unas cuantas páginas, si otras son excelsas? Pero bueno, esto no evita que uno experimente altibajos durante la lectura. 
  • Su formato, estructura y tono se antojan algo reiterativos.
  • En su recorrido cultural e histórico hay un claro sesgo occidental. 
  • Su acusada falta de mujeres (especialmente, de mujeres con cierta participación en el relato) chirría sobremanera. 
  • En determinados pasajes obliga a suspender la incredulidad hasta niveles exagerados. Por ejemplo: es inverosímil que se sinceren con el protagonista tanto Freud como Lenin como Edison. O que ciertos personajes (uno de los gigantes de su colección, el verdugo llamado Tiapa...) hablen con una retórica impecable. 
  • Su decepcionante final. Después de conocer a un tío sin apenas aspectos redimibles, y atravesar unos últimos capítulos en los que éste se muestra particularmente misántropo, tenemos que tragarnos que sólo quería ser pobre otra vez y disfrutar de los pequeños placeres. ¡Venga ya! Espero que en El libro negro, la continuación de esta obra, Papini arregle semejante despropósito. 

Poco más que añadir. Ojalá algún escritor competente tome a Gog como referencia y analice de modo análogo al perpetrado por Papini las primeras décadas del siglo XXI. Nuestra época, sin lugar a dudas, se presta a ello. Varias personalidades famosas aguardan su deconstrucción. La retorcida lógica de muchos individuos anónimos también merece un buen rapapolvo (conspiranoicos y magufos de todos los colores; economistas que creen a pies juntillas en la mano invisible del mercado; autoproclamados republicanos que, piruetas mentales mediante, alaban el nepotismo monárquico; "incels" que justifican los cadáveres sexuales; supuestos progresistas que critican Matar a un ruiseñor o Hijo nativo por emplear "the N-word"; etc...). Aunque no tengo claro si se puede hacer sátira de un escenario que es una caricatura de sí mismo. 


También de Giovanni Papini en ULAD: El libro negro

viernes, 24 de abril de 2020

Andréi Platónov: La zanja


Idioma original: Ruso
Título original: Kotlovan
Traductora: Marta Sánchez-Nieves
Año de publicación: 2000*
Valoración: Exigente


Algunos estudiosos consideran que La zanja es una obra maestra, la mejor que tiene en su haber el escritor ruso Andréi Platónov. Quién sabe. Lo que no se puede negar es que esta es una novela densa, de una potencia conceptual inusitada, arriesgada en la forma y plagada tanto de connotaciones filosóficas como políticas.

La editorial Armaenia la traduce por primera vez al español en una edición de lujo que, amén del texto definitivo del autor, incluye un iluminador posfacio y un interesante apéndice. Personalmente, hubiera disfrutado más esta ficción si el posfacio estuviera ubicado a modo de prólogo. Hace algún destripe de la historia (como el final), pero ayuda a contextualizarla y a apreciar el estilo que emplea, los temas que la sobrevuelan y las referencias que la enriquecen.

Lo dicho: estamos frente a una novela repleta de virtudes que, dada su exigencia, son difíciles de apreciar si no se tiene las herramientas adecuadas. Recomiendo a sus lectores que acudan primero al posfacio de Robert Chandler y Olga Meerson y luego den cuenta de este extraordinario trabajo de Platónov. Creedme: un "spoiler" es un precio justo a pagar con tal de experimentar La zanja en toda su grandeza literaria.


*En la década de 1930, Platónov cayó en desgracia con Stalin y su obra dejó de ser publicada hasta 1987. Kotlovan, por tanto, saldría a la luz el 2000, años después de haberse concebido. 

domingo, 21 de abril de 2019

Nikos Kazantzakis: Cristo de nuevo crucificado


Idioma original: Griego
Título original: Ο Χριστός Ξανασταυρώνεται
Año de publicación: 1950
Traducción: Selma Ancira
Valoración: Está bien

Nikos Kazantzakis fue un escritor obsesionado y tenaz. Su empeño era que su escritura influyese, empujase y transformara a sus coetáneos y especialmente a sus compatriotas, los griegos de la primera mitad del siglo XX. Así que buena parte de sus novelas desprenden un afán evidente de servir de espejo, de reflejar la realidad social y moral a la vez que pretenden alentar la toma de conciencia individual para empujar a la acción colectiva. Desde luego, la figura de Nikos Kazantzakis (Heraclion, Creta, 1883 / Friburgo de Brisgovia, Alemania, 1957) se mantiene muy viva en la sociedad griega actual, aunque quizás sus anhelos e ideales de fraternidad, ambición humanística y pureza espiritual no parezcan disfrutar de tanta consideración.

Concebida después de su libro más recordado, Zorba el Griego, Kazantzakis redactó Cristo de nuevo crucificado entre 1948 y 1949, ya instalado en Antibes, en la Provenza francesa, y la novela se publicó primeramente en Suecia y después en Holanda. Una vez derrotada la Alemania nazi en la II Guerra Mundial -y por tanto expulsada también de Grecia, donde dejó un rastro especialmente cruento- los griegos se enzarzaron a su vez en una demoledora Guerra Civil y según explica su esposa Eleni en sus memorias El disidente, Nikos Kazantzakis dudaba en cómo implicarse pues “no sabía que proponer a ese pueblo que ama y que una clase corrompida y rapaz va de nuevo a explotar sin decoro”. Enfebrecido y con un raro proceso de hinchamiento del labio y el rostro, episodio que también le acontece al protagonista de la novela, esas fueron las circunstancias que acompañaron a Nikos Kazantzakis en la redacción de la novela, que tiene mucho de fábula ejemplarizante.

Cristo de nuevo crucificado está ambientada en 1922 en una aldea griega de la Anatolia otomana, poco antes en términos históricos del desenlace de la enésima guerra entre griegos y turcos que acabó en la diáspora de millón y medio de griegos que durante siglos habían tenido su hogar en el Asia Menor. Sin embargo, la novela no recoge este encontronazo, o apenas lo hace como un runrún de fondo. Kazantzakis pone el foco no en el enfrentamiento entre unos y otros si no en el conflicto interno que estalla dentro de la propia comunidad helena y cristiana. La trama echa a andar cuando cuatro jóvenes vecinos del pueblo son escogidos como de costumbre para las representaciones de Pascua. Movidos por idealismo o por la pureza de sus creencias, deciden transformar su elección en acicate para exigirse un mayor nivel de cumplimiento de su fe religiosa. Por supuesto, el conflicto con las rutina social, con el devenir cotidiano de la comunidad y con los intereses de los más poderosos de la aldea –el poder político y el económico, aunque también claro está el religioso- estalla de inmediato, que una cosa es predicar y otra muy distinta dar trigo, como todos sabemos. La llegada de un grupo de refugiados –tan griegos y cristianos como ellos- desalojados de su comunidad y en un estado material deplorable, radicalizará las posiciones y el enfrentamiento. Y se hace inevitable mientras van cayendo estas páginas pensar en los refugiados sirios que –casi cien años después- han vuelto a verse obligados a huir por estos mismos caminos. 

Así que en la aldea de Likóvrisi vuelven a verse las caras y a medir sus fuerzas dos maneras de ver el cristianismo y, por extensión, la vida. Una, sustentada en cuatro pilares sagrados; la fe, la patria, el honor y el patrimonio. Otra, que se identifica con un Cristo pobre y perseguido, que llama a las puertas y no encuentra quien le abra. Un Cristo descalzo que mira los cuerpos hambrientos, las almas oprimidas y alza su voz clamando justicia. Obviamente, a la cúpula de la Iglesia Ortodoxa Griega no le complació en absoluto la novela, y la publicación poco después de La última tentación de Cristo le deparó a Nikos Kazantzakis la excomunión de por vida. Por cierto, al igual que Martin Scorsese llevó al cine en 1988 La última tentación…, también hay versión cinematográfica de Cristo de nuevo crucificado, dirigida por Jules Dassin en 1957 con Melina Mercuri en el reparto y rebautizada como El que debe morir. 



La novela, reeditada recientemente en castellano con traducción de la mexicana Selma Ancira, que es garantía de rigor y pulcritud, adolece para mi gusto de aristas, de profundidad, de veracidad en definitiva, pues los personajes y sus posicionamientos se me antojan demasiado previsibles y maniqueos, a veces cayendo incluso en la caricaturización. Quizás el autor buscaba en su momento calar en los lectores más sencillos y seguramente lo consiguió, aunque este tono de fábula moralista hace que la historia no haya envejecido demasiado bien; desde luego, la displicencia con la que Kazantzakis trata (o maltrata) a las mujeres tampoco ayuda. Al final queda esa manera tan personal y persistente en el autor de describir y ahondar en el desgarro espiritual y metafísico por entender qué hacemos aquí y cómo deberíamos comportarnos: “pero el cielo le pareció muy alto esa noche, muy alejado del hombre, mudo, indiferente, ni amigo ni enemigo, y se aterró”. Nikos Kazantzakis sigue reposando hoy en una humilde tumba en uno de los bastiones de la muralla que rodea Heraclion, la capital de Creta, en la que se puede leer este epitafio: "No espero nada, no temo nada. Soy libre”. 

Otros libros de Nikos Kazantzakis (también transcrito como Nicos Casandsakis) en Un libro al día: Zorba el Griego, El capitán Mijalis

martes, 9 de abril de 2019

Pablo D'Ors: Andanzas del impresor Zollinger

Idioma: español
Año de publicación: 2003
Valoración: está bien


El joven August Zollinger es un melancólico zangolotino de la localidad austríaca de Romanshorn sin oficio ni afición, que un buen día decide que su dedicación va a ser la de impresor. Como sucede que ya hay una familia de impresores en el pueblo, los Staufer, que le sugieren amablemente a joven August que se las pire, éste comienza en la ciudad de Rosenwohl un periplo por su país que le llevará a desempeñar las más variadas ocupaciones: ferroviario, soldado, ermitaño, funcionario de segunda en un ayuntamiento (ojo con este chollo) y zapatero remendón. Las circunstancias, la mala suerte o el destino hacen que deba abandonar cada uno de estos oficios y comenzar de nuevo, una y otra vez, sin acabar de encontrar su lugar en el mundo ni su vocación, que, después de todo, era el de impresor de su pueblo, para qué engañarnos. Y así, con estos mimbres, que lo mismo dan para una obra maestra que para una chorradica (adelanto la conclusión: ésta no es una obra maestra) es con los que el señor D'Ors escribió esta novelita, publicada primero en 2003 y reeditada con gran éxito, al menos de crítica, en el 2009.

En cada uno de los susodichos trabajos u ocupaciones -porque cuando está de "anacoreta" en el bosque de St. Heiden tampoco es que doble mucho el lomo- el bueno de August  va aprendiendo a sacar lo mejor de cada situación, sin demasiado problema, porque no deja de ser un joven manso y aplicado, aun algo tonto. Una especie de Forrest Gump aparentemente menos memo -quizá sólo en apariencia- y que tiene el detalle de ahorrarnos frases buenrrollistas como la de la caja de bombones, etc... El caso es que en su periplo el pobre Zollinger aprende los valores de la humildad, la laboriosidad, el amor al detalle y ¡ay!, también lo que es el amor hacia una mujer, aunque sea de aquella manera... La novelita, por tanto se puede adscribir al género de la literatura de aprendizaje o (lo voy a poner, aunque prometí no volver a utilizar este palabro) bildungsroman (ya está... perdón). También, si se quiere, a lo que se suele llamar "cuento filofósico"... más aún dado que la ambientación austriaca de la historia y la, al parecer, querencia germánica de su autor hacen que otros reseñistas anteriores la hayan relacionado con las de autores en lengua alemana como Kafka, Walser o Roth (Joseph, no sé si hace falta aclararlo...). Por mi parte, ni idea, aunque sospecho que si el impresor se hubiera apellidado Fernández y fuese de Tomelloso, por decir una localidad manchega, lo habrían emparentado con Cervantes y chimpún.

A mí me recuerda más, y salvando todas las distancias, a algunos libros de Italo Calvino: a Los amores difíciles, sin duda, el capítulo en el que August ejerce que ferroviario guardavías (el mejor de todos, en mi opinión); también hay algo de Marcovaldo, pero, sobre todo, recuerda a ese último libro escrito por Calvino (y que no está reseñado en ULAD, y debería), que es Palomar: como el señor Palomar, Zollinger mantiene una singular atención en el detalle, en lo accesorio, incluso, que le permite alcanzar momentos de plenitud inimaginables. Ahora bien, desde luego en este libro no se encuentra la profundidad de análisis de la realidad circundante que podemos encontrar en el de Calvino. Aquí es todo más superficial, más simple; más tontorrón, incluso. Tiene alguna que otra intuición interesante, sin embargo:  "Sabía -lo había ido comprendiendo- que no se puede ser feliz sin guardar algún secreto".

Por último, señalar que el elemento más destacable del libro es el cuidado nivel de su estilo; la prosa de D'Ors, resulta de lo más primorosa y agradable de leer -un pelín relamida, tal vez-, lo cual hace, junto con la brevedad de la novela, que la lectura de la misma, aún siendo prescindible, no suponga una pérdida de tiempo. Pero claro, tampoco tiene la frescura de la de Calvino... aunque a ver la de quién.


Más obras de Pablo D'Ors reseñadas en Un Libro AL Día: El amigo del desierto

lunes, 11 de febrero de 2019

Contrarreseña: La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares

Idioma original: Español 
Año de publicación: 1940
Valoración: Bastante recomendable 

Alucino cada vez que recuerdo que Adolfo Bioy Casares escribió La invención de Morel con sólo veintitrés años. Y es que estamos ante una novela extraordinaria que para nada trasluce la bisoñez de su autor. El mismísimo Jorge Luis Borges, a quien fue dedicada, dijo de ella que era perfecta. Aunque yo no comparta tan generosa apreciación, me es imposible negar la calidad de este libro.

Porque La invención de Morel es literatura de calidad, eso es indudable. La acabé hará cosa de mes y medio, y la impresión que me dejó en su momento, ya de por sí positiva, no ha hecho más que mejorar con el paso del tiempo. Permitir que esta historia repose, darle vueltas a sus implicaciones, incrementa su valor. Ya ni os cuento lo que la ensalza una relectura.

Por cierto, esta reseña va a contener spoilers. Lo advierto desde el vamos para que aquellos que quieran degustar vírgenes La invención de Morel (opción impagable, creedme) se vayan ahora mismo. ¿Sí? Bien, pues empecemos. 

Un venezolano que huye de la justicia, no sabemos muy bien por qué, se oculta en una isla deshabitada a la que ha llegado en un bote. Allí hay tres edificios, cuyos propósitos desconoce: un museo, una capilla y una piscina. La mera supervivencia en ese paraje inhóspito absorbe todas las energías de este fugitivo innominado, que anota sus denodados esfuerzos en un diario. Y así transcurren los días hasta que, de repente, se encuentra con que hay más gente en la isla. ¿Quiénes son? ¿Quizás la policía? ¿Cómo es posible que no se haya percatado de que llegaban? Y por último, pero no por ello menos importante, ¿por qué fingen los intrusos no darse cuenta de su presencia?

El argumento de esta pequeña ficción que no llega a las ciento sesenta páginas es raro de narices, ¿verdad? No en balde, La invención de Morel inspiró a los guionistas de la serie Lost. Pero tampoco os penséis que la obra de Casares es hermética en su planteamiento; al fin y al cabo, tras la atmósfera de tintes surrealistas de la primera mitad, su misterio se va desentrañando poco a poco.

Y lo que es mejor: la explicación rayana a la sci-fi con la que Casares justifica los bizarros fenómenos que suceden en la isla no limita en absoluto las interpretaciones que suscita esta novela. Si acaso, las expande en otra dirección. A la postre, La invención de Morel puede ser una parábola sobre la inmortalidad del alma o una profética alegoría sobre el legado audiovisual que dejamos en la esfera digital al fallecer. También, por qué no, se puede leer como una meditación sobre la dificultad de comunicación entre seres humanos, el eterno retorno nietzscheano o el amor platónico.

¿Que por qué hablo de amor al listar los temas que La invención de Morel baraja? Pues veréis, entre los desconocidos que han aparecido como por arte de magia en la isla se encuentra Faustine, una mujer hermosa de la que el narrador queda prendado. La devoción que nuestro protagonista siente hacia esa mujer cristalizará, al final del libro, en el gesto más romántico imaginable. Bueno, todo lo romántico que alguien que no acepta un no por respuesta y con claros indicios de psicosis puede ofrecer.

El fondo y la forma de La invención de Morel van de la mano. La historia se narra en primera persona, a través de las entradas del diario del venezolano. La prosa de este señor es, por tanto, marcadamente rústica. Y es que su débil y hasta febril condición no da para más. Tras la llegada de los intrusos, también su estado de paranoia y miedo constante van a impregnar las páginas del diario. 

Hasta aquí, genial. Casares encuentra una voz interesante y le da verosimilitud mediante la forma en que se expresa. Por desgracia, cuando llega al hemisferio de la novela, el escritor descuida esto parcialmente. Entonces se centra en la historia en sí, y no tanto, al menos para mi gusto, en mantener las entradas del diario consistentes con la voz de su autor. Y es que uno siente que ese personaje se pone hablar casi del mismo modo que lo haría un narrador omnisciente convencional. Aunque es innegable que ha cambiado sutilmente (el amor le ha insuflado esperanza, por ejemplo), me hubiera gustado una transición más suave entre su voz al inicio y al final de esta historia.

Por todo lo dicho, pues, La invención de Morel es una novela más que recomendable, cuyas múltiples implicaciones (narrativas, filosóficas, etc) garantizan una lectura de calidad. Pero buscadla en otra edición que la que yo he tenido entre mis manos. Es imperdonable que El País mutile esta obra con tanta saña: el prólogo escrito por Borges brilla por su ausencia, igual que unos pies de página que un supuesto editor añade a las anotaciones del diario del náufrago. Visto lo visto, ya no me quejo de que no se optara por incluir las simpáticas ilustraciones que Norah Borges hiciera para la primera edición de esta obra.

jueves, 10 de enero de 2019

Ernesto Sábato: Abaddón el exterminador

Idioma original: Español
Año de publicación: 1974
Valoración: Imprescindible

"Abaddón el exterminador" es la tercera y última obra narrativa publicada por Ernesto Sábato y vendría a constituir, según los expertos, una especie de trilogía junto a las anteriores (y magníficas) "El túnel" y "Sobre héroes y tumbas". Personalmente, no estoy del todo de acuerdo en que las tres obras constituyan una trilogía ya que, pese a que tienen en común una temática y unas inquietudes y obsesiones muy determinadas, no comparten personajes y pueden ser leídas de forma independiente, en especial "El túnel" y "Sobre héroes y tumbas". De hecho, diría que la lectura previa de "El túnel" no es, ni mucho menos, indispensable para la comprensión de "Abaddón", aunque la de "Héroes y tumbas" sí que se hace más que conveniente.

Por otra parte, "El túnel" y "Héroes y tumbas" sí que son novelas más o menos al uso. Por contra, "Abaddón" es, al mismo tiempo, novela, ensayo sobre arte, texto político, tratado filosófico y una suerte de guía de lectura de toda la obra de Sábato. Es una es una obra de ficción que habla de sí misma, un libro fragmentario, confuso y oscuro, mucho menos "directo" y más experimental que sus antecesores. Vamos, que no encontraréis aquí una historia de "amor" como la de Juan Pablo Castel y María Iribarne o la de Alejandra y Martín, pero sí que volverán a aparecer muchas de las "filias y fobias" presentes en las anteriores novelas de Sábato y esa perpetua búsqueda del ABSOLUTO.

Para empezar, el propio Sábato se convierte en uno de los protagonistas principales del libro, rompiendo con la "lógica" de la novela tradicional. "Abaddón" pasa a ser, entonces, una obra de autoficción en la que "la función del arte" y "la posición del escritor ante su obra" adquieren un carácter fundamental. Tanto es así que las recurrentes obsesiones del autor, sus sucesivos desgarramientos y la permanente búsqueda de eternidad a través del arte y la escritura, además de ofrecernos claves acerca de la obra anterior de Sábato, constituyen el núcleo de "Abaddón" (al menos para mi).

Fruto de esos desgarramientos y de sus continuas búsquedas en la ciencia y el arte nace otra de las vertientes del libro: la que en párrafos anteriores llamé "tratado filosófico". En el, Sábato navega entre el marxismo y el existencialismo, luchando con sus dudas y contradicciones y con los puntos de fricción entre ambas corrientes, vinculados sobre todo con la dualidad del ser humano (racionalismo contra inconsciente, vigilia contra sueño, ciencia contra espiritualidad, realidad contra mito, razón contra potencias invisibles e invencibles, etc). 

A medio camino entre ambas vertientes del texto podríamos situar la parte política de "Abaddón", reflejo de un mundo en crisis en una época terrible y confusa. Esta parte se centra en las luchas de liberación que tuvieron lugar en América Latina en los años 60 y 70 y en la posibilidad (o no) de la creación de un hombre nuevo. Pero no es tanto un ensayo político como una muestra más de algo a lo que aferrarse (un amor, el arte, la religión, la revolución...) dentro de las constantes búsquedas humanas.

Por último, y sobrevolando todo lo anterior, está la trama propiamente novelesca, esa en la que  diversos personajes tratan de huir de un destino que inexorablemente acaba encontrándolos o de un pasado que solo alcanza su pleno sentido en el instante de la muerte. La búsqueda del absoluto y el desgarramiento interior de los personajes vuelven a ser, al igual que en "El túnel" y en "Héroes y tumbas", temas centrales del libro, aunque en esta ocasión no da lugar a historias y personajes tan apabullantes y brutales.

Pese a esta última apreciación, "Abaddón" constituye un texto imprescindible, sobre todo por dos motivos. El primero es su "modernidad". Se trata de un texto que trata de salir de los límites de la novela en busca, quizá, de la misma totalidad o absoluto que buscan sus personajes. Y esto, pese a su fragmentariedad, lo consigue plenamente. El segundo motivo es que, pese a situarse en un contexto político y geográfico muy concreto, "Abaddón" trasciende ese contexto y se sitúa en el ámbito de lo universal. Las dudas, miedos, terrores y  obsesiones más profundas e inconscientes son, básicamente, las mismas y Sábato nos las hace sentir en toda su crudeza.

En fin, que he vuelto a leer, casi 10 años después, "El túnel", "Sobre héroes y tumbas" y "Abaddón el exterminador" y no me arrepiento. Sé que dentro de unos años volveré a leerlos. Seguro.

También de Ernesto Sábato en ULAD: Sobre héroes y tumbas y El túnel

miércoles, 18 de octubre de 2017

Claudio Magris: No ha lugar a proceder

Resultado de imagen de no ha lugar a proceder amazonIdioma original: italiano
Título original: Non luogo a procedere
Año de publicación: 2015
Valoración: Muy recomendable



No ha lugar a proceder nunca podrá ocultar su autoría. No solo por la particular forma de entender la literatura de Magris, sino porque así lo evidencian su enorme erudición, esos fantasmas tan suyos (Trieste, la historia entendida como apoyo de ideas o la conflictiva convivencia entre los pueblos) y las huellas de una dilatada trayectoria ensayística.
A la ciudad donde nació le dedicó un ensayo hace una década, las vicisitudes del panorama europeo se encuentran descritas –a su modo– en el magnífico El Danubio. A pesar de su talante, conciliador y contrario a totalitarismos, el autor no pierde de vista la complejidad del tablero de ajedrez en que vivimos. Por eso, la gran pregunta que, entiendo, plantea esta novela, a saber, ¿es posible erradicar la violencia? se responde implícitamente, como no podría ser de otro modo, sin ingenuidad aunque con un atisbo de esperanza.
Esta es una forma de narrar que me atrae particularmente, pero intentaré no dejarme llevar por el entusiasmo, o no mucho, para no confundir –y esto es un aviso a caminantes– a los partidarios de un relato más convencional. Se la clasifica como novela porque en ella aparecen personajes ficticios que actúan y sobre los que actúan las circunstancias, pero son más bien estas: la historia, la geografía, la política, incluso el azar quienes van dejando su huella en ellos. De ahí esa indefinición de los personajes, que casi podríamos ser cualquiera, y ese empeño en situarlos dentro de un marco tan amplio como sea posible. Con esto, Magris traslada a los lectores su personal concepto del mundo, nos resume su pensamiento actual –tras tantos años de vida, lecturas, viajes, escritura, y curiosidad por el ser humano– utilizando lo que se ha denominado género híbrido, en realidad una mezcla de géneros, que en este caso abarcaría la narración, el ensayo y la historia. Un texto que, siguiendo una tendencia ya poco novedosa pero todavía muy actual y muy en sintonía con los objetivos del autor y con su forma de entender la literatura, apuesta por el relato fragmentario (a base de anotaciones, datos, frases, retazos de la historia), por personajes con rol pero sin rostro –excepto los dos principales–, por alternar tiempo y espacios, por la divagación, la acumulación de datos, las enumeraciones y todo lo que pueda dar consistencia a eso que quiere transmitir y que, al no hacerse de forma explícita sino, como los impresionistas, mediante pinceladas conceptuales, el lector tendrá que recomponer extrayendo sus propias conclusiones.
La prosa –impecablemente traducida por Pilar González Rodríguez– es rápida, nerviosa, en zigzag, para poder cambiar sin previo aviso de escenario, personaje o época.
No creo que me equivoque si afirmo que se trata de una sátira del comportamiento humano. Y, como todas las sátiras, parte de una situación, absurda en principio, pero real en este caso, aunque solo como punto de partida: alguien, un paisano del autor, anuncia en la prensa de 1963 la compraventa de material bélico con el propósito de exponerlo en una especie de museo de los horrores que serviría de mensaje antibelicista. Tal como aclara Magris en su nota final –y la necesidad de este mensaje aclaratorio es lo único que, en mi opinión, desentona en el conjunto–, todo el resto de la trama, así como los rasgos de los personajes y los datos de todo tipo que incluye, le pertenecen por completo.
El triestino que dedicó su vida a una misión de esa envergadura tiene nombre y apellidos, no así el protagonista de la novela, por cierto, fallecido ya desde el inicio en un supuesto incendio del local que iba a alojar su proyecto. El lector se enfrenta, pues, a los pensamientos y recuerdos de la encargada de continuarlo, Luisa Brooks, doctora, antigua alumna del personaje principal e hija de la desolación nazi, con una historia a sus espaldas de culpas y silencios, que repasa anécdotas de su familia o la vida de una tal Luisa de Navarrete –secuestrada por indígenas, fugada años más tarde, delatora a la fuerza– cuyo nombre se le impuso con la idea de honrar su memoria, y describe los elementos que se van incorporando al museo, su disposición y recursos didácticos, la misantropía de su mentor, la vida casi monacal que llevaba, su organizado y altruista síndrome de Diógenes. Y para compactar esa mezcla salpicada de metáforas y símbolos, el telón de fondo del nazismo, sus mandamases–comparados en algún momento a los cactus– convertidos muchos de ellos en ciudadanos respetables a la llegada de la paz gracias a un puñado de cómplices. Además, un escenario fundamental, la ciudad natal del autor, tierra de tránsito y miscelánea de culturas, que albergó en la Risiera de San Sabba el único campo de concentración de Italia, en cuyas paredes se grabaron nombres que alguien borraría más tarde dejando a los culpables impunes.


También de Claudio Magris: El Conde y otros relatos, El infinito viajar