lunes, 17 de agosto de 2026
Doris Lessing: El cuaderno dorado
martes, 28 de abril de 2026
Guillermo Martínez: Un crimen dialéctico
miércoles, 7 de enero de 2026
Guillaume Martin-Guyonnet: La gente que sueña
Guillaume Martin-Guyonnet (Guillaume Martin, a secas, para los aficionados y "Guillom Martán" para Carlos de Andrés) es un bicho raro. En un submundo como el de los deportistas de élite, asociado al lujo, la banalidad, la ostentación, los tatuajes chungos y los peinados de dudoso gusto, que un ciclista profesional con una sólida carrera, buenas victorias y hasta un top 10 en la general del Tour sea filósofo de formación (tesis sobre Nietzsche incluida) es, cuanto menos, curioso. Que, además, tenga ya tres libros publicados dice mucho acerca de sus inquietudes, creo yo.
Este La gente que sueña que hoy reseñamos es el último de los textos publicados por Martin y el más cercano a la ficción pura, si bien sin escapar del todo de lo autobiográfico y de lo filosófico / ensayístico. Así, el texto navega entre la autoficción, la novela familiar, la novela histórica y el ensayo gracias a los tres personajes principales (el propio Guillaume Martin, su padre y Guy Lefevre, erudito del siglo XVI) y un lugar (La Boderie) que funciona como primer nexo entre ellos.
Tres personajes que se sitúan en momentos históricos más o menos convulsos (las guerras entre católicos y protestantes en la Francia de fines del XVI, el final de la bonanza económica europea de la etapa de posguerra o los meses de COVID-19) y que muestran cómo, pese a la distancia temporal y de orígenes sociales, hay una serie de situaciones o temas que los emparentan: la extrañeza, la sensación de "incompletitud", la búsqueda, los cuestionamientos, la capacidad de soñar, inventar o dejarse llevar. No importa que seas ciclista profesional el pleno siglo XXI, un erudito del siglo XVI que se mueve entre la fe y la imposibilidad de amar o un chaval normando que llega a París en los años 50. O sí importa, porque no es lo mismo una cosa que otra, pero si vamos a la raíz...
Son estas situaciones y estos temas los que permiten que la narración salte de un tema a otro, de un tiempo a otro, de un lugar a otro y que esta fluya adoptando formas variadas. También permiten a Martin, narrador autoconsciente, desviarse del camino y entregarse a digresiones filosóficas acerca del deporte de competición, del resentimiento por el contraste entre la altura de los ideales y la banalidad de la realidad, de las pasiones y el libre albedrío o de la felicidad y a referencias tales como Platón, Stendhal, Goethe, Endo o ¡El show de Truman!, entre otras.
Y aunque estas digresiones interrumpan el desarrollo de la trama novelesca, sobre todo en el caso de la interesantísima historia de Guy Lefevre y su asistente Martin, en general están bien integradas en el texto y no resultan ni reiterativas ni pedantes. Me quedan, eso sí, las ganas de leer a Martin en un texto 100% ficción. Creo que tiene la capacidad de manejarse bien en ese terreno. Lo mismo cuando deje el ciclismo profesional. ¡Quién sabe!
viernes, 2 de enero de 2026
Olaf Stapledon: Hacedor de estrellas
martes, 8 de octubre de 2024
Juan Eduardo Cirlot: Nebiros
Año de publicación: 2016 (escrito en 1950)
Valoración: recomendable
Juan Eduardo Cirlot, poeta y autor de unos cuantos ensayos, escribió una única obra narrativa, que casualmente es este Nebiros que comentamos hoy aquí. Cirlot vivió una etapa temprana en la que se relacionó con círculos surrealistas (llegó a escribir artículos en una revista dirigida por el propio André Breton) y con los artistas de Dau al Set, en particular con Tàpies, con quien colaboraría en varias ocasiones. Era por tanto un personaje relativamente destacado del mundo del arte y la literatura en los oscuros años 40 y 50 del siglo pasado, es decir, en lo más tenebroso del franquismo. Por alguna razón destruyó toda la producción literaria no publicada de sus años más jóvenes, con una sola excepción: de nuevo justamente nuestro Nebiros, que sería rechazado en su día por la censura y del que se conservó algún ejemplar mecanografiado.
Por qué la mojigatería franquista prohibió el texto lo explica el interesante epílogo a cargo de Victoria Cirlot, filóloga e hija de autor, pero se entiende bien con solo leer el libro: no son solo las contadas referencias a la religión y algún comentario muy tangencialmente político, ni tan siquiera el recorrido nocturno del protagonista por diversos prostíbulos incluyendo alguna pequeña escena un poquito, pero solo un poquito, más explícita. Lo que seguramente no pudo soportar el censor es la atmósfera nihilista, la desorientación de un individuo perdido en sus contradicciones, el vacío espiritual que se filtra en cada página. En un país conducido por los caminos infalibles que marcaban el Gobierno en lo material y la Iglesia católica en lo moral debía resultar insoportable semejante grado de descreimiento y angustia.
Porque de todo eso hay varias toneladas. Un protagonista sin nombre, como tampoco lo tienen las calles o la ciudad misma, sale de su oficina y al atardecer se dedica a pasear sin rumbo por las callejuelas próximas al puerto. Entre tanto, deja fluir sus pensamientos sin freno y sin medida. Al principio percibimos un personaje abatido, solitario, gris, ‘con aspecto de desenterrado’, una figura que hubiera fascinado a Cioran, por ejemplo, decepcionado del mundo y de sí mismo. Pero es aún peor. El sujeto es de una inconsistencia tal que a cada página de abatimiento y rendición le sigue otra en la que cambia a un discurso lleno de intenciones luminosas y confianza en el hombre. No soporta la soledad y tampoco la compañía, ni la conversación ni el silencio y, al fracasar siempre en la búsqueda de un término óptimo, el péndulo sigue desplazándose sin fin de un extremo al otro.
De ahí quizá los tumbos por las calles nocturnas, el deseo de volver a casa enseguida abandonado para continuar la ruta, la estancia en la taberna intentando rehuir la mirada del camarero, la elección de la prostituta deforme. Siempre moviéndose en el fango, a veces de forma literal, en la frontera del sueño, la locura y el recuerdo, se reivindica el derecho al placer (el del mendigo a gastarse la limosna en alcohol, el del obrero a ser feliz por unos minutos en el prostíbulo, cosas un tanto Houellebecq), y cobran protagonismo escenas de la casa familiar y sobre todo la figura inquietante y poderosa del padre, reflexiones e imágenes por donde parecen asomar heridas antiguas y profundas. O quizá es todo obra de Nebiros, el demonio cuyo mérito residía en ‘un pecado que alude la Biblia, que no se puede nombrar o, mejor dicho, del cual se ignora la esencia’. Un mal desconocido y por tanto invencible, una amenaza de la que solo se sabe que existe y que puede estar en el alma del individuo, en su cabeza, en su pasado. Demasiado para el censor, a quien imaginamos asustado ante tanta desolación.
La verdad es que el libro funciona en su mayor parte como novela filosófica en la que el hilo narrativo tiene más bien poco peso, y es más bien un instrumento para ir incorporando las sucesivas oleadas de reflexiones e ilustrándolas con imágenes. Siendo la única obra de Cirlot en prosa, da la impresión de que tampoco se preocupó mucho por establecer un ritmo adecuado al formato y así, la lectura, aunque intensa por la turbación que transmite, puede hacerse algo pesada si se toma como una novela normal. De manera que deberemos verla como una mezcla de ensayo y memorias dispuesta sobre un soporte narrativo cuya utilidad fundamental será transportarnos por las callejuelas infectas, por los recovecos peligrosos del pensamiento y los recuerdos.
miércoles, 19 de julio de 2023
ULAD hace Historia #3: La fortaleza de Meša Selimović
- Su factura demuestra madurez, inteligencia y sensibilidad.
- Su ritmo, por lo general pausado e introspectivo, permite que la acción se afianze y las meditaciones de Ahmet calen.
- Las citadas meditaciones, junto a las disertaciones y los diálogos, barajan ideas interesantísimas. Ideas que, pese a su nivel de sofisticación, jamás se hacen pasar por verdades universales, ya que tanto el argumento como el propio protagonista las cuestionan a menudo. A excepción, claro, de algún que otro aforismo difícilmente rebatible, como, por ejemplo, «El dolor y la reflexión nos privan de la risa despreocupada».
- La ambientación es exquisita. Sin recurrir apenas a descripciones ni requerir más que un puñado de notas del traductor, logra situar al lector en un lugar y una época lejanos.
- Abunda en escenas conmovedoras que plasman el egoísmo e hipocresía humanos, la pobreza, la fuerza de la amistad y el amor, los abusos del poder, la religión, etc...
- Los personajes están muy bien caracterizados. Todos se sienten complejos, contradictorios y, por tanto, verosímiles.
- Nunca se endulzan las interacciones entre los personajes; éstas se abordan con sus luces y sus sombras.
viernes, 8 de abril de 2022
Robert Walser: Los hermanos Tanner
Título original: Geschwister Tanner
Traducción: Juan José del Solar
Año de publicación: 1907
Valoración: Decepcionante
Si comenzamos una novela teniendo como protagonista a un joven de veinte años que rápidamente se presenta solo y errabundo por una ciudad, es fácil pensar que estamos ante eso que se viene a denominar novela de formación o de aprendizaje (chico que se busca la vida incorporándose al mundo adulto con sus consecuentes dificultades, que le hacen ir madurando, etc.). Si tenemos a la vista un título que hace referencia a hermanos, podemos pensar en una saga familiar (cada uno toma un rumbo y tal vez colisionan entre ellos, o con los padres) o en una interacción de algún tipo en base a sus personalidades, diversas pero con algo en común (los Karamazov). Ni una ni la otra. A Los hermanos Tanner le podría cuadrar mejor ese coso al que llamamos novela filosófica, es decir, algo que se presenta en formato narrativo pero cuyo objeto real es ahondar en una serie de cuestiones en torno a la vida, el ser humano, su posición como ente social, su perspectiva en relación con la existencia.
Aclarado esto, diremos que el joven se llama Simon Tanner, que no tiene oficio ni, que se sepa, estudios concretos, y se dedica a deambular sin más objetivo que recorrer, observar, sentir, e intentar disfrutar de todo lo que se le va presentando. Pero no piensen en alguien ansioso de experimentar, crear o conocer (desafíos, sexo, arte, relaciones). Simon se decide por algún trabajillo cuando se ve ya muy necesitado de fondos, toma contacto con desconocidos solo por pura casualidad, y el motor que le anima no es otro que avanzar de alguna forma hacia algo inconcreto, y mientras tanto ser capaz de sentir la nieve, una puesta de sol o una simple charla. Diríamos que no hace nada sino estar. ¿Simplemente un vago? Tampoco. Es un tipo ligeramente insolente a quien continuamente le están diciendo que nunca dejará huella en nadie, algo que parece bastante duro de tragar, pero que a él le resulta del todo indiferente, porque lo que valora es sentir la vida y prácticamente nada más. Un chico raro, realmente.
Sus hermanos, aunque comparten la gloria del título, apenas ocupan un pequeño puñado de páginas: Klaus, el mayor, científico, un tipo serio y responsable aunque en el fondo triste (o así lo ve Simon); Karl, el artista, involuntaria e irresistiblemente seductor; Hedwig, la única hermana, solitaria e incómoda en un papel de maestra rural que no cree que le corresponda; Emil, el hermano perdido, el más fascinante, que acabó en un manicomio. Al margen del tanto autobiográfico que pueda tener el relato (tengo la intuición de que muy elevado), esos hermanos ostentan un papel muy secundario y apenas representan distintos afluentes del río de la vida, caminos en direcciones diversas que contrastan con la actitud indolente y contemplativa que muestra Simon.
Por lo demás, en la novela no ocurre nada relevante, lo que tampoco es necesariamente un lastre, porque lo que le interesa a Walser parece ser solo profundizar en la posición de Simon, acomodaticia, de simple espectador que transita (nunca mejor dicho) por el mundo observando y nutriéndose de la contemplación de la naturaleza, de la comprensión de casi todo lo que le rodea, de las personas y sus circunstancias. Y, sobre todo, recreándose en las larguísimas parrafadas que intercambia con todo aquel que se encuentra.
Porque (y ahí está el gran escollo del libro), el deambular de Simon no es más que una excusa para colocar interminables peroratas, ya sean de palabra o como monólogos reflexivos, explicando una y otra vez sus peculiares puntos de vista, o divagando sobre la amistad, la personalidad o las diferentes perspectivas de la vida en el campo y en la ciudad. Cualquier cosa le sirve para explayarse y llenar dos o tres páginas de soliloquio que, siendo sinceros, aburren a las ovejas.
De forma que, por interesantes que puedan parecer las meditaciones de Simon-Walser (y a mí me lo parecen solo de forma muy limitada), al cabo de unas pocas sesiones de lectura es inevitable que el asunto nos pese mucho, demasiado, y uno esté ansioso de que ocurra algo, aunque no sea algo físico, que el personaje experimente algún desarrollo, que esos secundarios empiecen a aportar algo más que nuevas disertaciones o un dudoso papel de oyentes. En definitiva, que el relato arranque por alguna parte y se convierta, al ritmo que sea, en algo con una progresión aunque sea mínima. Porque ciertamente una novela puede servir muy bien para exponer cuestiones bien profundas sobre temas muy diversos, y hay montones de ejemplos excelentes. Pero si hablamos de narrativa, hay unos mecanismos para hacerla funcionar, y colocar un personaje que se limita a hablar o reflexionar bajo registros invariables no parece un sistema muy adecuado. Cierto que existe cierta tendencia de otros autores germánicos a eso que llanamente llamamos enrollarse, y más en esas épocas de arranque del siglo XX (Wassermann); pero tampoco me parece suficiente para exculpar a Walser, porque hay quien es capaz de bordar esas ensoñaciones del paseante en su periplo (Sebald).
No sé, puede que Walser sea de esos autores a los que se ama o se odia, y yo, sin llegar a tanto, y al menos a partir de este libro, tal vez me incline algo más por lo segundo que por lo primero.
P.D: Por destacar algo, aunque no sea del todo en el plano literario, hay una escena en la que Simon encuentra a un poeta conocido muerto en la nieve, seguramente agotado por una caminata. El joven admira la dignidad que envuelve el fin de ese hombre. Y es justamente la forma en que encontraron el cadáver del propio Walser medio siglo más tarde.
martes, 1 de marzo de 2022
Ilustres olvidados #2 Denis Diderot: Jacques el fatalista
viernes, 19 de febrero de 2021
Santiago López Petit: Tan cerca de la vida
Año de publicación: 2021
Valoración: entre recomendable y muy recomendable
viernes, 1 de enero de 2021
Giovanni Papini: Gog
- Su irregularidad. Gog oscila todo el tiempo entre la brillantez comedida y la genialidad indiscutible. Balance que está más que bien. Además, ¿cómo no van a palidecer unas cuantas páginas, si otras son excelsas? Pero bueno, esto no evita que uno experimente altibajos durante la lectura.
- Su formato, estructura y tono se antojan algo reiterativos.
- En su recorrido cultural e histórico hay un claro sesgo occidental.
- Su acusada falta de mujeres (especialmente, de mujeres con cierta participación en el relato) chirría sobremanera.
- En determinados pasajes obliga a suspender la incredulidad hasta niveles exagerados. Por ejemplo: es inverosímil que se sinceren con el protagonista tanto Freud como Lenin como Edison. O que ciertos personajes (uno de los gigantes de su colección, el verdugo llamado Tiapa...) hablen con una retórica impecable.
- Su decepcionante final. Después de conocer a un tío sin apenas aspectos redimibles, y atravesar unos últimos capítulos en los que éste se muestra particularmente misántropo, tenemos que tragarnos que sólo quería ser pobre otra vez y disfrutar de los pequeños placeres. ¡Venga ya! Espero que en El libro negro, la continuación de esta obra, Papini arregle semejante despropósito.
viernes, 24 de abril de 2020
Andréi Platónov: La zanja

Idioma original: Ruso
Título original: Kotlovan
Traductora: Marta Sánchez-Nieves
Año de publicación: 2000*
Valoración: Exigente
Algunos estudiosos consideran que La zanja es una obra maestra, la mejor que tiene en su haber el escritor ruso Andréi Platónov. Quién sabe. Lo que no se puede negar es que esta es una novela densa, de una potencia conceptual inusitada, arriesgada en la forma y plagada tanto de connotaciones filosóficas como políticas.
Lo dicho: estamos frente a una novela repleta de virtudes que, dada su exigencia, son difíciles de apreciar si no se tiene las herramientas adecuadas. Recomiendo a sus lectores que acudan primero al posfacio de Robert Chandler y Olga Meerson y luego den cuenta de este extraordinario trabajo de Platónov. Creedme: un "spoiler" es un precio justo a pagar con tal de experimentar La zanja en toda su grandeza literaria.
*En la década de 1930, Platónov cayó en desgracia con Stalin y su obra dejó de ser publicada hasta 1987. Kotlovan, por tanto, saldría a la luz el 2000, años después de haberse concebido.
domingo, 21 de abril de 2019
Nikos Kazantzakis: Cristo de nuevo crucificado
martes, 9 de abril de 2019
Pablo D'Ors: Andanzas del impresor Zollinger
Idioma: españolAño de publicación: 2003
Valoración: está bien
En cada uno de los susodichos trabajos u ocupaciones -porque cuando está de "anacoreta" en el bosque de St. Heiden tampoco es que doble mucho el lomo- el bueno de August va aprendiendo a sacar lo mejor de cada situación, sin demasiado problema, porque no deja de ser un joven manso y aplicado, aun algo tonto. Una especie de Forrest Gump aparentemente menos memo -quizá sólo en apariencia- y que tiene el detalle de ahorrarnos frases buenrrollistas como la de la caja de bombones, etc... El caso es que en su periplo el pobre Zollinger aprende los valores de la humildad, la laboriosidad, el amor al detalle y ¡ay!, también lo que es el amor hacia una mujer, aunque sea de aquella manera... La novelita, por tanto se puede adscribir al género de la literatura de aprendizaje o (lo voy a poner, aunque prometí no volver a utilizar este palabro) bildungsroman (ya está... perdón). También, si se quiere, a lo que se suele llamar "cuento filofósico"... más aún dado que la ambientación austriaca de la historia y la, al parecer, querencia germánica de su autor hacen que otros reseñistas anteriores la hayan relacionado con las de autores en lengua alemana como Kafka, Walser o Roth (Joseph, no sé si hace falta aclararlo...). Por mi parte, ni idea, aunque sospecho que si el impresor se hubiera apellidado Fernández y fuese de Tomelloso, por decir una localidad manchega, lo habrían emparentado con Cervantes y chimpún.
A mí me recuerda más, y salvando todas las distancias, a algunos libros de Italo Calvino: a Los amores difíciles, sin duda, el capítulo en el que August ejerce que ferroviario guardavías (el mejor de todos, en mi opinión); también hay algo de Marcovaldo, pero, sobre todo, recuerda a ese último libro escrito por Calvino (y que no está reseñado en ULAD, y debería), que es Palomar: como el señor Palomar, Zollinger mantiene una singular atención en el detalle, en lo accesorio, incluso, que le permite alcanzar momentos de plenitud inimaginables. Ahora bien, desde luego en este libro no se encuentra la profundidad de análisis de la realidad circundante que podemos encontrar en el de Calvino. Aquí es todo más superficial, más simple; más tontorrón, incluso. Tiene alguna que otra intuición interesante, sin embargo: "Sabía -lo había ido comprendiendo- que no se puede ser feliz sin guardar algún secreto".
Por último, señalar que el elemento más destacable del libro es el cuidado nivel de su estilo; la prosa de D'Ors, resulta de lo más primorosa y agradable de leer -un pelín relamida, tal vez-, lo cual hace, junto con la brevedad de la novela, que la lectura de la misma, aún siendo prescindible, no suponga una pérdida de tiempo. Pero claro, tampoco tiene la frescura de la de Calvino... aunque a ver la de quién.
Más obras de Pablo D'Ors reseñadas en Un Libro AL Día: El amigo del desierto
lunes, 11 de febrero de 2019
Contrarreseña: La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares
Porque La invención de Morel es literatura de calidad, eso es indudable. La acabé hará cosa de mes y medio, y la impresión que me dejó en su momento, ya de por sí positiva, no ha hecho más que mejorar con el paso del tiempo. Permitir que esta historia repose, darle vueltas a sus implicaciones, incrementa su valor. Ya ni os cuento lo que la ensalza una relectura.
Por cierto, esta reseña va a contener spoilers. Lo advierto desde el vamos para que aquellos que quieran degustar vírgenes La invención de Morel (opción impagable, creedme) se vayan ahora mismo. ¿Sí? Bien, pues empecemos.
El argumento de esta pequeña ficción que no llega a las ciento sesenta páginas es raro de narices, ¿verdad? No en balde, La invención de Morel inspiró a los guionistas de la serie Lost. Pero tampoco os penséis que la obra de Casares es hermética en su planteamiento; al fin y al cabo, tras la atmósfera de tintes surrealistas de la primera mitad, su misterio se va desentrañando poco a poco.
Y lo que es mejor: la explicación rayana a la sci-fi con la que Casares justifica los bizarros fenómenos que suceden en la isla no limita en absoluto las interpretaciones que suscita esta novela. Si acaso, las expande en otra dirección. A la postre, La invención de Morel puede ser una parábola sobre la inmortalidad del alma o una profética alegoría sobre el legado audiovisual que dejamos en la esfera digital al fallecer. También, por qué no, se puede leer como una meditación sobre la dificultad de comunicación entre seres humanos, el eterno retorno nietzscheano o el amor platónico.
¿Que por qué hablo de amor al listar los temas que La invención de Morel baraja? Pues veréis, entre los desconocidos que han aparecido como por arte de magia en la isla se encuentra Faustine, una mujer hermosa de la que el narrador queda prendado. La devoción que nuestro protagonista siente hacia esa mujer cristalizará, al final del libro, en el gesto más romántico imaginable. Bueno, todo lo romántico que alguien que no acepta un no por respuesta y con claros indicios de psicosis puede ofrecer.
Por todo lo dicho, pues, La invención de Morel es una novela más que recomendable, cuyas múltiples implicaciones (narrativas, filosóficas, etc) garantizan una lectura de calidad. Pero buscadla en otra edición que la que yo he tenido entre mis manos. Es imperdonable que El País mutile esta obra con tanta saña: el prólogo escrito por Borges brilla por su ausencia, igual que unos pies de página que un supuesto editor añade a las anotaciones del diario del náufrago. Visto lo visto, ya no me quejo de que no se optara por incluir las simpáticas ilustraciones que Norah Borges hiciera para la primera edición de esta obra.
Otras obras de Adolfo Bioy Casares en ULAD: Diario de la guerra del cerdo, Crónicas de Bustos Domecq, La invención de Morel (reseña original), El lado de la sombra, Los que aman, odian, La aventura de un fotógrafo en La Plata
jueves, 10 de enero de 2019
Ernesto Sábato: Abaddón el exterminador
Idioma original: EspañolAño de publicación: 1974
Valoración: Imprescindible
También de Ernesto Sábato en ULAD: Sobre héroes y tumbas y El túnel
miércoles, 18 de octubre de 2017
Claudio Magris: No ha lugar a proceder
Título original: Non luogo a procedere
Año de publicación: 2015
Valoración: Muy recomendable
También de Claudio Magris: El Conde y otros relatos, El infinito viajar


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