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domingo, 2 de agosto de 2020

Doris Lessing: Ben en el mundo

Idioma original: inglés
Título original: Ben in the world
Año de publicación: 2000
Traducción: Ángela Pérez
Valoración: Recomendable

«Ben en el mundo se lee como un cuento de hadas» 
The New York Times 

Vayan por delante mis respetos por los cuentos de hadas, pero sugerir que Ben en el mundo es como un cuento de hadas lleva a engaño sobre el tipo de lectura que nos espera ¿Y quién soy yo para contradecir al The New York Times? Pues soy alguien que sí se ha leído la novela y que no cobra por emitir titulares condescendientes y sin fundamento. 
Con fundamento tampoco. 

Estamos ante la segunda parte de la celebrada novela de la misma autora, titulada El quinto hijo, ya reseñada anteriormente.

Resumen resumido: Ben Lovatt ya tiene dieciocho años, no mantiene contacto alguno con su familia y malvive en los márgenes de la sociedad. Sabedor a la fuerza de que su aspecto y su comportamiento despiertan recelos, trata de mantener un perfil bajo, lo cual no le evita ser objeto continuo de abusos. Y aunque también se ha encontrado con personas buenas que quieren ayudarle, por más que se esfuerzan no hallan el modo de hacerlo. ¿Habrá un lugar para Ben en este mundo inhumanamente normalizado? 

Para responder a esta pregunta, Doris Lessing tiene que lograr primero algo fundamental: que el lector conozca a Ben y empatice con él, ya que en El quinto hijo era su madre (Harriet Lovatt) la verdadera protagonista y sufridora principal del conflicto y era a partir de sus observaciones y reflexiones que pudimos intuir algunas cosas acerca del pequeño Ben, con la ayuda puntual del narrador. Pero aquí no tenemos a Harriet y, dada la particular naturaleza de Ben, no tendría ningún sentido focalizar en él. Ahí reside parte de la complejidad narrativa de esta novela, en desplegar toda una galería de personajes —con sus conflictos y sus subtramas— que se cruzan en la vida de Ben y a partir de cuyas percepciones podemos llegar a conocerlo y a quererlo. 
«—Escucha, Ben —le dijo jadeando—, escucha, amigo. Vamos a perder el avión. En cuanto subamos al avión te encontrarás bien. Te darán una manta.
Ben se incorporó y dejó caer la bolsa. Richard no podía saberlo, pero había sido la palabra “manta” la que le hizo reaccionar. La anciana la empleaba para decirle: “Toma esta manta, Ben, abrígate bien. La calefacción está un poco floja esta noche”.
Richard se dio cuenta de que las cosas habían cambiado: Ben no parecía tan furioso (…).» 
Eso hace que la novela necesite cierto recorrido inicial antes de que empiecen a pasar cosas, antes hemos tenido que profundizar un poco en el Ben adulto y por ello da la sensación de que el primer tercio de la novela presenta dificultades narrativas. En ese punto de la lectura yo llegué a pensar que era una novela malograda, que Doris Lessing había cometido ese fallo tan común entre los escritores consagrados de pensar que todo lo que escriben es publicable y que si se salvaba era porque ella es una autora que escribe muy muy bien aunque sea en la dirección equivocada. Pero cuando me interné en el segundo tercio pude observar cómo la historia y el conflicto se iban revelando e iban tomando cuerpo y tuve que reconocer mi error inicial al sentir que había cierta esperanza para aquella andadura narrativa tan incierta. Y entonces entré en el último tercio de la novela y los elementos sembrados hasta entonces cobraron todo su sentido y la historia adquirió una intensidad tremebundo que me fundió las cubiertas del libro a las manos como si fuera una brasa y no logré soltarlo hasta que acabé la última frase. 

(Perdóname, Doris Lessing, nunca más volveré a dudar de ti) 

Así como El quinto hijo es una novela en sí misma, que no pende de otra y que alcanza un cierre coherente y logrado, Ben en el mundo sí es subsidiaria de su predecesora, lo que la convierte en una suerte de obra insólita cuyos mimbres narrativos son únicos: 
  • La dilación en el arranque que comentaba anteriormente. 
  • Las subtramas de los diferentes personajes cuyo cierre conocemos con antelación para dejar claro el fin de su intervención en la trama de Ben. 
  • El final abrupto, como un dardo, tan propio de los relatos.
Esa naturaleza híbrida e insólita de esta obra puede llevar a pensar que se trate de un relato largo y de ahí la asociación —para mí no tan evidente, pero bueno— con el «cuento de hadas». Pero no es ni lo uno ni lo otro, es una tipología narrativa particular concebida para explicar esta historia en concreto, y que solo una escritora de la talla de Doris Lessing puede plantear y resolver con maestría. Así que Recomendable con asterisco, porque hay que leer primero El quinto hijo

Las aventuras de este Ben adulto nos ponen de manifiesto que el problema no es que él sea un ser incompatible con el resto (hay mujeres que se sienten atraídas por él, hay gente de diferente edad y condición que empatiza con su situación y que trata de protegerlo y de ayudarlo) el problema que tiene Ben en el mundo es que el mundo no tiene un lugar para él porque Ben dista demasiado de lo que se considera «la norma». Solo es una metáfora de muchas de las injusticias que inundan los telediarios un día tras de otro por diferencias de raza, de género, de clase, de orientación sexual... Todos defendemos «la norma» con nuestra actitud porque hemos olvidado que «la norma» solo es un concepto muy vago y que en realidad todos podemos ser Ben.

martes, 26 de mayo de 2020

Doris Lessing: El quinto hijo

Idioma original: Inglés
Título original: The fifth child
Traducción: Ángela Pérez
Año de publicación: 1988
Valoración: Imprescindible


Hablaba el otro día sobre libros de lectura ligera o intensa, y también acerca de su capacidad, o no, para suscitar la reflexión. Mi categoría favorita pertenece a esos libros de lectura ligera (estilo ágil y fluido, sin caracoleos estéticos ni reflexiones grandilocuentes y de extensión moderada) que abre la puerta hacia un amplio espacio para la reflexión, esas lecturas que te hacen levantar la vista del papel de puro gozo. El quinto hijo estaría en esa categoría.

Resumen resumido: Londres, finales de los 60. Los recién casados Harriet y David planean comprarse una gran casa en las afueras donde formar una familia (muy) numerosa. Su proyecto —costoso y conservador— sorprende a sus familias que, no obstante, les apoyarán. Pero cuando parece que Harriet y David han alcanzado su sueño, entonces nace el quinto hijo (Ben) y el sueño deriva en una pesadilla del todo inimaginable.

Doris Lessing (Nobel de Literatura 2007) construye un relato narrativamente impecable, al servicio de una historia repleta de sutilezas y grandes momentos con un indiscutible fondo crítico. El quinto hijo es una novela que empieza con el foco abierto, hablando de la comunidad (el matrimonio Lovatt, su familia y el resto de su entorno, los hijos que van llegando, etc) y acaba centrado en la figura de la madre (Harriet) que reflexiona en soledad sobre su hijo menor. La transición se produce sin que apenas nos percatemos gracias al uso de un narrador en tercera persona omnisciente que, poco a poco, va focalizando más en el personaje de Harriet, cuyos actos y observaciones apelan continuamente a la humanidad del lector y despiertan su empatía.

El quinto hijo parte de un conflicto aparentemente familiar para reflexionar sobre cuestiones universales que siguen siendo a día de hoy fuente de sufrimiento, desigualdad y abuso:
  • El (no) lugar para el diferente. Aquel que no se ajusta a los estándares pre establecidos (en este caso, Ben) carece de lugar en la sociedad, tanto desde el punto de vista físico como funcional e ideológico. Ignoramos al diferente y, cuando eso no es posible, entonces lo apartamos.
«Decidió que lo que deseaba era que por fin alguien empleara las palabras adecuadas, que compartiera la carga. No, no esperaba que la liberaran, ni siquiera que las cosas pudieran cambiar mucho. Quería que se reconociera su situación, que se otorgara a su problema su dimensión real.»
  • La «condición madre». La evolución que sufre Harriet es un catálogo de todos los despropósitos construidos alrededor de la maternidad: la madre como objeto social de juicio y escrutinio (si todo va bien, es en cumplimiento de lo que se espera de ella, si algo no sale tan bien, la culpa recae sobre ella). La madre como objeto pasivo, como simple medio, cuyas quejas o sufrimientos o pálpitos son vistos como lamentables excentricidades que no hay que tener en cuenta. La narración rompe con la imagen bucólica y simplista que desde siempre se nos ha vendido de la maternidad, para dar paso a un retrato mucho más humano, profundo, complejo y lúcido. Harriet es la que más sufre la existencia de su hijo pero también la única que trata de comprenderle. Ella cree que Ben tiene una naturaleza propia, a diferencia del resto que lo consideran un desposeído.
«—Ben —dijo con suavidad, aunque le temblaba la voz—. Ben… —diciéndolo como si fuese una reivindicación humana hacia él y hacia aquel peligroso desván desordenado en el que él había retrocedido a un lejanísimo pasado que no conocía seres humanos.»
Otros temas que se ponen bajo la lupa son el clasismo (si puedes pagarlo, puedes hacerlo) así como la ceguera de la sociedad y la inutilidad de sus organismos a la hora de dar respuestas. 

La novela da para extenderse decenas de páginas pero me detengo aquí para no desvelar demasiado, sobretodo porque se trata de una obra relativamente corta. Así que Imprescindible porque, desde mi punto de vista, El quinto hijo está entre los libros que hay que leer y Doris Lessing forma parte, desde ya, de mi top ten de autorEs.

También de Doris Lessin reseñado en ULAD: Canta la hierba

lunes, 17 de agosto de 2026

Doris Lessing: El cuaderno dorado

Idioma original: inglés
Título original: The Golden Notebook
Año de publicación: 1962
Traducción: Helena Valentí
Valoración: casi imprescindible

De esta novela se pueden decir muchas cosas y quizás todas válidas: novela psicológica, feminista, marxista, crítica también con las corrientes mencionadas, un complejo poliédrico de personajes contradictorios que hacen y deshacen página tras página, sin observar una (marcada) lógica o desarrollo en sus actos hasta recién los últimos capítulos, y eso solo con la protagonista. Para ser publicada en los años sesenta, se observa, a nivel superficial, una libertad extremada para todas las acciones y pensamientos, como si no existiera consecuencias, pero a la vez, en un nivel subterráneo, estas mismas acciones y pensamientos revelan la profunda necesidad de despojarse de las cadenas de la sociedad, sin lograrlo apenas, y hasta encontrando en esa rigidez un cierto confort para enfrentar y/o asimilar la alienación personal y social.

Pero antes de profundizar, abordemos primero el argumento de esta novela (que funciona como uno de los mejores ejemplos de novelas-dentro de-novelas): Anna Wulf, escritora de cierto renombre por Las fronteras de la guerra, que le permite un sustento relativamente cómodo con su hija Janet (nacida de una relación con un compañero comunista en la que nunca hubo amor), vive con Molly, una actriz de teatro, y su hijo Tommy, un muchacho taciturno que a lo largo de la novela probará adoptar distintas máscaras para encajar, sin que ninguna le sirva, y protagonista de casi todas las escenas incómodas (no por destapar trapos sucios, sino por su actitud volada en los diálogos, de los que nunca sabremos bien el objetivo de ellos). Molly tiene un ex-marido, Richard, que constantemente trata de reclutar a Tommy y de hacer que pruebe un poco más de vida (más que nada empresarial), alejada de la mirada hippie e izquierdista que comparten tanto Molly como su compañera Anna.

Este arranque, contenido bajo el subtítulo de Mujeres libres, es dificultoso a pesar de ser prácticamente una obra de teatro, ya que apenas hay descripción y sí puro diálogo. Lo que en principio parece tratarse de la relación entre Molly y Richard bajo las dualidades de dependencia/liberación, capitalismo/comunismo, hombre/mujer, se revela como un compendio de cinco partes repartidas a lo largo de la novela, y que en realidad funcionan como pausa y bajada a tierra de la verdadera historia: la de los cuadernos de Anna Wulf, que, al sentirse fragmentada en su personalidad y visión del mundo, dando tumbos con los hombres y nunca satisfecha con las sesiones de terapia ni las historias que inventa, divide sus pensamientos en diversos cuadernos, representados cada uno con un color: así, uno  significa la parte política, otro las posibles historias que podrían llegar a convertirse en una novela, otro la parte cotidiana de Anna, casi un diario, otro las sesiones con la terapeuta, otro con recortes de periódicos para destacar los hechos acontecidos en el resto del mundo, y que le sirven un poco para sacar la cabeza del ombligo. Estos cuadernos son largos y comprenden lo central de la novela; es lo que nos permite a Anna y por qué hace lo que hace. Acá se encuentra de todo, desde el pensamiento más abyecto (y al que seguro más de uno le sorprende que Lessing haya ido tan lejos, sin ningún tipo de tapujos y a costa de acarrearle muchas críticas) hasta las páginas más tristes y resignadas sobre la posibilidad de una revolución en una ciudad en el sur africano.

A partir de acá, cada lector puede preferir un tipo de cuaderno. A mí, el que más me sedujo, es esa invención (y trasposición de la vida de Anna) de una historia en donde una novelista se enamora de un casado, y en el transcurso de esa relación se dan reflexiones brillantes, arrolladoras, sobre el amor, sobre las reacciones de hombres y mujeres, sobre la naturaleza original o pervertida de ellas, todo esto mientras aprendemos, en la parte de Mujeres libres, lo que ocurre en realidad con Anna y cómo procesa ella el impacto de lo vivido (la relación con Molly, con Tommy, con Richard, con otros hombres en los que no puede encontrar su felicidad). Otro cuaderno interesante es donde transcribe todas las excusas que pone Anna para que no conviertan su novela exitosa en una película, mostrando que los mandatarios no entienden la novela y la quieren simplificar en una simple historia de (no) amor, que lo es, pero que es de todo menos simple. En contraposición, la parte de los sueños y la terapeuta se me hizo pesada, pero entiendo que es propio de la época en la que se escribió la novela, cuando los sueños representaban inherentemente la personalidad del escritor y sus personajes.

Es por eso que explicar el título de la novela sería incurrir en un adelanto clave de la novela; el porqué del cuaderno dorado se devela casi al final, y viene a representar el clímax de la trama; tanto Anna como sus lectores (nosotros) muestran su plenitud solo cuando se han leído y analizado cada sección del alma de Anna. Lessing nos dice que no somos ni lo uno ni lo otro, y el que quiera reducirnos a una simple etiqueta se equivoca profundamente. A medida que avanzamos, vemos a Anna cada vez más frustrada con las posiciones adoptadas de hace años, la vemos lidiar con la culpa que supone enfrentarse a lo que uno cree o creía, la vemos en la disyuntiva de elegir la soledad o la compañía, aun cuando esta compañía sea interesada o descuidada o simplemente mediocre.

¿Por qué no es un imprescindible, a pesar de que lo merecería? Porque no deja de ser una novela de ideas más que de personajes. Si bien la transformación de Anna puede transformarnos (sobre todo al final, luego de varias páginas áridas en las que parece que Lessing pierde el control de la historia), el resto de los personajes están construidos sobre cierta función y premisa para demostrarnos algo, atados a la intención de la narradora mas que a sus propias vidas, y ahí el lector puede concordar o no con la visión de Lessing sobre lo que representan esos personajes en el mundo, pero difícilmente alcancen a conmovernos. De todas formas, es un novelón, de ambición y prosa superior a casi todo lo escrito, y del cual se nota que la autora plasmó todo lo que tenía en un intento de cambiar la realidad, a pesar de que muchas veces, en el mamotreto que es el libro, se vea resignada a aceptar que no logrará hacerlo. Pero conmigo lo hizo. Y esta, entonces, es una de las lecturas del año.

Más de Doris Lessing acá

viernes, 28 de mayo de 2010

Doris Lessing: Canta la hierba


Idioma original: inglés
Título original: The Grass is Singing
Año de publicación: 1950
Valoración: Muy recomendable


Si esta novela impacta y conmueve desde las primeras líneas es por la habilidad con que la narradora omnisciente juega sus cartas desde el principio. Lessing, haciendo gala de una singular maestría descriptiva, nos traslada, casi materialmente, al escenario de los hechos y, con la misma habilidad, consigue introducirnos en la mente y el corazón de sus protagonistas. Gracias al diseño concienzudo de los caracteres y al minucioso seguimiento en su vida cotidiana ellos se convierten en un poco nuestros también, y ése es el secreto de que el interés no decaiga nunca en una trama en que el desenlace es conocido desde el primer párrafo. El lector necesitará acompañarles en ese viaje hacia un destino marcado de antemano porque a pesar de sus constantes errores, o precisamente por ellos, se han ganado nuestro afecto incondicional y, sobre todo, porque necesitamos conocer los motivos que les han conducido hasta allí.

Poco a poco, a través de la crónica de una peculiar forma de vida, en una época concreta y en un país, Sudáfrica, podemos transitar por el día a día de unos seres a los que prejuicios de raza y sexo vapulean sin piedad. Y, sin embargo, son precisamente las víctimas quienes no manifiestan por sí mismas ninguna compasión: los negros desprecian a las mujeres blancas y éstas – personificadas por la protagonista – tampoco desaprovechan la oportunidad de ser hostiles. Irónicamente, y para variar, es el hombre blanco, en la cúspide de la pirámide social, quien puede permitirse mostrar por ambos grupos cierta condescendencia.

El clima y el paisaje contribuyen al desarrollo de los hechos y a la vez son sus metáforas. El otro clima, el social, tampoco ayuda, al contrario, aplasta con más saña a todo el que, al atreverse a ser como le hicieron, pone en tela de juicio sus normas inmutables.

El relato avanza inexorablemente. Asistimos a la descomposición de personas, relaciones, lugares, negocios y, sobre todo, de las ilusiones, hasta socavar por completo el futuro. La imposibilidad de escapar a esa atmósfera social, matrimonial, racial y hasta climatológica encierran a Mary en un callejón sin salida que es, en realidad, su refugio y su única válvula de escape: la insana atmósfera en la que la atracción más extraña e inquietante ejerce un influjo absoluto y mueve los hilos para tejer un desenlace tan sorprendente como comprensible.

miércoles, 16 de diciembre de 2020

ULAD: Lo mejor que nos dejaron leer en 2020

Hagamos como en el popular juego de mesa: a ver si conseguimos omitir ciertas palabras que van a definir el 2020. Pero primero, una escueta explicación del título de nuestra entrada. "Nos dejaron" se refiere a las circunstancias: a las generales y a las de cada uno. Porque nos afectó de formas distintas. Algunos leyeron como nunca y a otros lo que sucedía (perdón: lo que aún está sucediendo, en un presente continuo que se transforma en futuro condicional) les impedía concentrarse, les acaparaba la atención hasta situarse en un primer plano incómodo y fascinante. Pero "nos dejaron" también puede interpretarse de otra manera: cuando se han necesitado vías de escape, se ha podido ir a cortarse el pelo, pero no a ver una obra de teatro, se ha podido adquirir tabaco, pero no trastear estantes de libros en librerías o bibliotecas. Y, sin negar lo demagógico de estas afirmaciones, sí que esos hechos son representativos de la sociedad en que vivimos y de sus prioridades. La cultura, en la cola de espera. Aquí no podemos, no debemos estar de acuerdo.

 

Beatriz Garza

Libro/ autora del año: El quinto hijo de Doris Lessing

Lectura revelación: Lectura fácil de Cristina Morales

Relectura provechosa del año: El amante de Lady Chatterley de D.H. Lawrence

Lecturas "gallina de piel" del año: El color púrpura de Alice Walker y Las malas de Camila Sosa

Lectura sanadora del año: La ciudad de los arquitectos de Llàtzer Moix

Formato revelación: "miniensayo" o "minicrónica" como Un miércoles de enero de Bob Pop, Ofendiditos de Lucía Lijtmaer y Contarlo para no olvidar de Maruja Torres y Mónica G. Prieto

Buenos propósitos para el 2021: llegar cuerda al 2022

 

Carlos Andia

Mejor novela (2x1): Siglo XXEl gatopardo, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa; Siglo XXICorazón giratorio, de Donal Ryan

Microrrelato: Obras completas (y otros cuentos), de Augusto Monterroso 

Clásico: Tiempos difíciles, de Charles Dickens 

Teatro (ex-aequo): Aquí no paga nadie, de Dario Fo, y Anillos para una dama, de Antonio Gala 

Ensayo histórico-político: La estirpe del camaleón, de Julio Gil Pecharromán  

Un tocho interesante, de toda la vidaLa democracia en América, de Alexis de Tocqueville

Un monstruo ingobernable (pero una lectura que nunca se olvidará): Finnegans Wake, de James Joyce

Libro de viajesEn las antípodas, de Bill Bryson

Relectura del añoEl templo del alba, de Yukio Mishima

Diario de guerra: El abrazo de los muertos, de José de Arteche (en enlace no sale bien)

Y dejamos para el final lo más flojito:

Libro de relatos: Ninguno convincente, o sea, premio desierto

Y ni con un palo: nada de David Foenkinos (pongo el enlace de Hacia la belleza por si alguien quiere saber por qué)

 

Francesc Bon

Otro año más bien desastroso: escarbando en el baúl de los grandes clásicos del siglo, tras comprobar demasiado a menudo que las grandes novedades me siguen dando disgustos y pereza a partes iguales. Es mi culpa, seguro. Bueno, casi seguro.

Propósitos de año nuevo: encontrar algún nuevo autor de ficción que me deje patidifuso (habiéndolo buscado previamente), aunque me veo probando otra vez con la obra de Philip Roth o William Faulkner, que me han dado grandes satisfacciones, de nuevo, y a lo mejor de eso se trata

Libro del año: Falso espejo, de Jia Tolentino (sin negar lo fresco y reciente de la sensación, una autora que no desperdicia palabrería en conceptos vacíos)

Tiempo desperdiciado: segundas oportunidades a quienes no lo merecen, como el plasta de Vilas o algunos que no merecen ser mencionados (Vilas sí, por prolongar su impostura)

Me lo imaginaba más grande: Exhalación, de Ted Chiang, al que encontré sobrevalorado.

Un poco hartito: de la literatura queer et al hacinándose en un rincón, refractaria a ser evaluada objetivamente.


Juan G. B.

Ensayo del año: El infinito en un junco, de Irene Vallejo.

Mejor novela histórica de Ciencia-Ficción: Proletkult, de Wu Ming.

Novela negra de fantasmas: La apariencia de las cosas, de Elizabeth Brundage.

Latinas Power: Ladrilleros, de Selva Almada; Temporada de huracanes, de Fernanda Melchor; Las voladoras, de Mónica Ojeda.

Agradables sorpresas: La voz y la espada, de Vic Echegoyen y Matèria de Bretanya de Carmelina Sánchez-Cutillas.

Cierta decepción: El olor del bosque, de Hélène Gestern.

Aún no lo tengo claro: Nuestra parte de noche, de Mariana Enriquez, Desierto sonoro, de Valeria Luiselli; Noche y océano, de Raquel Taranilla.

Libro que no me atreví a reseñar: Apocalipsis, de Stephen King.

Leeré en 2021: Algo de José Luís Peixoto, si encuentro una buena traducción, que es difícil...


Koldo CF

RelecturasLos pasos perdidosLa marcha Radetzky o Nieve de primavera (3 libros imprescindibles).

Autoras rescatadas, ya sea para el público en general, como Sara Gallardo y sus magníficas Eisejuaz o Enero, o para mi en particular, como Svetlana Alexievich (no la había leído hasta este 2020) y el terrible Voces de Chernóbil

Novedades del año: Un debut, el de Ce Santiago con El mar indemostrable, y una novela "autobiográfica", el Porque ya no queda tiempo de Rafa Cervera

Año balcánico: Destacan Ismail Kadaré como "autor más leído este año" y la lectura de Un puente sobre el Drina de Ivo Andric.

Decepciones:  Tan malos que no merecieron ni reseña destroyer han sido "Sueños de trenes" de Denis Johnson y "Los cuadernos de Don Rigoberto" del amigo Vargas Llosa.


Marc Peig

Libro del año: «No digas nada», de Patrick Radden Keefe.

Ensayo políticosocial del año: «Como ser antirracista», de Ibram X. Kendi.

Librodenuncia del año:  «Sin más amigos que las montañas», de Behrouz Boochani.

Grandes debuts en narrativa: Xavier Mas Craviotto por «La mort lenta» y Carlota Gurt por «Cabalgar toda la noche».

Descubrimientos del año (autores): Saša Stanišić por «Los orígenes», Eduardo Lalo por «Simone»,  Claudia Rankine por «Ciudadana» e Ignacy Karpowicz por «Sońka».

Consagraciones del año: Eva Baltasar con «Boulder» y Han Kang con «Blanco».

Experimento exitoso del año: «El càstig», de Guillem Sala.

Caerán más libros de: Siri Hustvedt, Annie Ernaux, Mircea Cărtărescu, Stefan Zweig, Rebecca Solnit y Per Petterson.

Propósitos para el 2021: intentar evadirme de tanta novedad y volver a los clásicos (segundo intento). También hacer reseñas más breves ;-)


Montuenga

LO +

Ficción:

·       Una joya olvidada: La vagabunda de Sidonie-Gabrielle Colette.

·       Un clásico indiscutible: El color púrpura de Alice Walker.

·       Una maravilla más en la extensa obra de una autora excepcional (y cuyo premio Nobel la humanidad se va a perder por culpa de esos suecos imprevisibles): Qué fue de los Mulvaney de Joyce Carol Oates.

·    Un clásico revisitado (y convertido en thriller por obra de un maestro del género negro): Macbeth de Jo Nesbo.

·        La mejor novela histórica leída (y publicada) este año: Ni siquiera los muertos de Juan Gómez Bárcena.

·     La mejor primera novela que he leído en muchísimo tiempo: La vida verdadera de Adeline Dieudonné. (Aunque se trate de un texto intimista se lee como si fuera un thriller).

                                                                                                                                                No Ficción:

·       El mejor ensayo filosófico leído este año, riguroso, documentado y repleto de humanidad: La mujer molesta de Rosa María Rodríguez Magda. (Y con entrevista añadida).

·     Un ensayo científico muy adecuado para reflexionar sobre cómo hemos llegado hasta aquí: El cisne negro de Nassim Nicholas Taleb. (Hay sucesos que la ciencia puede prever y al ciudadano medio ni se nos pasa por la cabeza).

·     Un texto didáctico, elemental para según quién pero muy instructivo y necesario en los tiempos que corren: Querida Ijeawele de Chimamanda Ngozi Adichie. (Aunque dedicado a las jóvenes, lo deberían leer muchos/as adultos/as).

LO –

Ficción:

·       Sin comentarios: La hija de la española de Karina Sainz Borgo

·     El testamento, poco afortunado, de un clásico indiscutible del género negro (pero a él se le perdona todo): Km 123 de Andrea Camilleri

·       Una novela que aburre a las ovejas (en mi opinión, naturalmente): El verano sin hombres de Siri Hustvedt.


Oriol Vigil

-Mejor novela: Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez

-Otras novelas destacables (por citar sólo unas cuantas): Personajes desesperados, de Paula Fox, Tennessee, de Luis Gusmán, El quimérico inquilino, de Roland Topor, El nombre del mundo es bosque, de Ursula K. Le Guin, Bubu de Montparnasse, de Charles-Louis Phillipe, Ethan Frome, de Edith Wharton

-Mejores antologías: La condena, de Franz Kafka, El séptimo caballo, de Leonora Carrington, Acostarse con la reina y otras delicias, de Roland Topor

-Lo mejor en no ficción: La canción de las máquinas, de Sherwood Anderson, El mercado y la globalización, de José Luis Sampedro 

-Tochazos: Sexual Personae, de Camille Paglia, Los mandarines, de Simone de Beauvoir 

-Libros decepcionantes: El lado de la sombra, de Adolfo Bioy Casares, Barbazul, de Kurt Vonnegut, The Boys, de Garth Ennis y Darick Robertson, Reinas del abismo, de varias autoras

-Autores descubiertos: Isaac Asimov, Roland Topor, Mijaíl Bulgákov, Ursula K. Le Guin

-Empacho de: Literatura decimonónica, narrativa juvenil y fatalismo

 

Santi 

Dentro de lo poco que he conseguido leer este año, por falta de tiempo y de ánimo, afortunadamente ha habido algunas grandes lecturas que me han salvado el año:

  • Panza de burro de Andrea Abreu: creo que es para mí la lectura del año, por sorprendente y rompedor, este relato canario (muy canario) del proceso de crecimiento de dos niñas;
  • Basilisco de Jon Bilbao: esta no es una sorpresa, porque Jon Bilbao es un escritor consolidado, pero esta es probablemente su mejor obra. Y ni siquiera sé en qué género se clasifica;
  • Casas vacías de Brenda Navarro: una dura aproximación a la (no) maternidad, algo tremendista pero muy poderosa también.
  • La cresta de Ilión: un acierto más de la editorial Tránsito, esta reedición o revisión de un texto de la mexicana Cristina Rivera Garza sobre la identidad, los desaparecidos, el lenguaje....
  • El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes de Tatiana Ţîbuleac, una historia cruda y poética, otra aproximación diferente a la relación entre un hijo y su madre;
  • Nada se opone a la noche, de Delphine de Vigan: la madre francesa de la autoficción (el padre francés sería Carrére) ofrece un relato autobiográfico centrado en la relación de la autora con su madre

Otras lecturas interesantes (ya digo que este año no han sido muchas) incluyen géneros como la crónica (El peón de Paco Cerdá), la ciencia ficción nacional e internacional (36 de Nieves Delgado, Bionautas de Cristina Jurado o El apagón de Connie Willis, aunque esta última la dejé a medias), el cómic (Los puentes de Moscú de Zapico), y cómo no, algo de literatura portuguesa, como El retorno de Dulce Maria Cardoso o De la naturaleza de los dioses, del "inevitable" Lobo Antunes. También di mi opinión sobre el "fenómeno Sally Rooney", y me hizo especial ilusión reseñar la primera novela de una buena amiga, Penínsulas rotas de Magdalena López.

Hubo otras lecturas incompletas o que me gustaron menos, pero bastantes cosas malas ha tenido ya 2020 como para terminarlo recordando lecturas decepcionantes...

 


domingo, 7 de febrero de 2016

César Rendueles: Capitalismo canalla


Idioma: español
Año de publicación: 2015
Valoración: recomendable, incluso para discrepantes ideológicos (o no)

Desde que estalló la crisis económica en 2008 y, sobre todo, desde las protestas de mayo de 2011, han proliferado en España los libros que tratan de explicar dicha crisis y sus consecuencias; y más aún, cuestionar el sistema socioeconómico que la ha sustentado, el turbocapitalismo de la sociedad de libre mercado (que algunos de estos libros sean editados por grandes corporaciones editoriales, incluso transnacionales, no deja de resultar curioso... pero supongo que sólo supondrá cierta incoherencia para quien quiera verlo como tal).          

Capitalismo canalla, como puede suponer cualquiera, ya tan sólo a partir del título, es uno de estos libros que critica sin ambages el sistema económico imperante y su avance triunfante a lo largo de los últimos 500 años, hasta su hegemonía actual. Según Rendueles, este sistema de organización económica y, sobre todo, de división del trabajo, corresponde a una etapa transitoria en la Historia de la humanidad; los propios orígenes del comercio serían éticamente dudosos (ligados a la piratería y el pillaje) y el capitalismo naciente usó el esclavismo como banco de pruebas para el imperialismo colonialista del XIX, mientras que la utilización de ingentes cantidades de mano de obra barata en los países industrializados se basaba en la privación de sus modos de vida tradicionales. El hiperconsumismo y la ofensiva neoliberal de los 80 acabaron con la solidaridad entre la clase trabajadora y el contrato social que regulaba la economía, consecuente del New Deal y la II Guerra Mundial, hasta derivar en la actual mercantilización extrema no sólo de las actividades económicas, sino las de todo tipo realizadas por los humanos, cuya única premisa parece ser el individualismo egoísta y vacío. Las condiciones de trabajo -que parece ser el verdadero asunto del que trata el libro-, en consecuencia, han ido degradándose hacia la precariedad, la alienación y la frustración, incluso en los países más desarrollados. La solución a esta dislocación económica y laboral pasa, por lo que sugiere el autor del libro, por recuperar el espíritu de la organización del trabajo de las economías preindustriales y fomentar la solidaridad entre trabajadores a partir de la reivindicación de actividades que hasta ahora se han tenido menos en cuenta, e incluso desdeñado, como es la del cuidado entre personas.

Bien, uno podrá estar de acuerdo o discrepar de las ideas de Rendueles, pero no se puede negar que las defiende de forma elocuente y sorprendentemente amena. Y -lo que más nos puede interesar a los librópatas- para hacerlo echa mano de una enorme cantidad de referentes literarios, que utiliza a modo de ejemplos, pero también como proposiciones del hilo argumental que trata de explicar (menos efectivas, en cambio, resultan las anécdotas y ejemplos sacadas de su propia experiencia vital... rozando el sonrojo del lector, en algún caso). No se trata de una lista exhaustiva sacada de algún canon literario; como reza el subtítulo del libro, éste pretende ser Una historia personal del capitalismo a través de la literatura, así que el autor ha echado mano de las lecturas que le han influido a lo largo de su vida. Aún así, la relación de escritores y obras citadas es apabullante; mencionando solamente a los más conocidos (por un servidor), nos encontramos con: Georges Perec, Daniel Defoe, Bern Traven, Melville, Tomás Moro, Roald Dahl, Antonio Gamoneda, Jim Thompson, Steinbeck, el Lazarillo de Tormes, Dickens, Wordsworth, Von Kleist, Carlo Levi, Olbracht, Rimbaud, Bertold Brecht, Platónov, Leopardi, Dostoievski, Coetzee, George Elliot, Hesíodo, Julio Llamazares, Delibes, William Blake, Lod Byron, Percy y Mary Shelley, Kipling, Joseph Conrad, Céline, Yeats, Auden, Stephan Zweig, Jünger, Horace McCoy, Kerouac, Anthony Burgess, Primo Levi, Pasolini, Chimamanda Ngozi Adichie, Sue Townsend, Brett Easton Ellis, John Cheever, Borges, Zizek, George Saunders, Goethe, Doris Lessing, Isaac Rosa, Erri de Luca, San Juan de la Cruz, Agustín García Calvo y Gloria Fuertes. Y, por supuesto Marx y Engels (y aún hay más que no menciono).

Como bien puede suponer cualquier lector, el autor del libro ofrece una visión propia y no convencional -desde el punto de vista de la hegemonía político-económica actual- de las relaciones económicas y laborales, sino también de muchas de estad obras literarias. Por poner un ejemplo: para Rendueles, Moby Dick sería "básicamente la historia de un emprendedor enloquecido, el capitán Ahab, que construye una mitología nihilista en torno a un proyecto de exportaciones extractivas y arrastra en su caída a una a una plantilla de trabajadores migrantes precarios"... (aunque, si no recuerdo mal, los tripulantes del Pequod eran más bien socios del capitán, pues se llevaban una parte de las ganancias). O en el caso de En el camino, la interpretación habitual -una novela sobre el ansia la libertad, la contracultura, la experiencia interior...- estaría ocultando su verdadero significado, que es el de un "reduccionismo psicológico profundamente anticipador", cuya radicalidad "es un síntoma de la progresiva normalización de los procesos de ruptura social" tras la II G. M. Una novela en la que "Kerouac consigue convertir en una sensación privada de intensificación subjetiva lo que, en realidad, es una derrota política colectiva en toda regla"...

En fin, "la verdad os hará libres", dice el Evangelio. Yo no sé si eso es cierto, ni dónde está esa verdad (ni mucho menos propugno que sea este en este libro). Pero lo que sí pienso es que buscarla y, sobre todo, reflexionar sobre lo que encontremos, puede parecerse mucho a esa anhelada libertad. A ello, pues...

martes, 8 de julio de 2014

Xavi Ayén: Rebeldía de Nobel. Conversaciones con 16 autores premios Nobel de literatura

Idioma original: español
Año de publicación: 2008
Valoración: muy recomendable (porque solemos reservar los imprescindibles a obras más basadas en la creación, que si no...)

Culos inquietos. Xavi Ayén seguro que conoce a Jorge Carrión. Los dos son (como yo) catalanes, y los dos son jóvenes escritores, o periodistas, o ambas cosas, que demuestran haber pasado por un severo y estricto régimen consistente en leer todos los estantes de la biblioteca del barrio propio y de otros limítrofes, desde la A a la Z. Sí: una de las maneras, no solamente de que bulla el deseo de escribir, sino de que esta escritura sea poderosa, es leer a manta. Leer sin negociación, hasta que el peso de los párpados ya es tal que ni a por café para seguir despiertos tenemos fuerzas de ir. Menudos dos tipos. Si los de RBA han captado la desesperación en mis mails (los he envíado remojados en sangre, sudor y lágrimas), cuando esta reseña se publique yo debería tener en las manos su galardonado ensayo Aquellos años del boom, dedicado a la eclosión de la literatura iberoamericana. Pero como, hoy por hoy, no puedo saberlo, tiro de lo que hay.

Lo que hay no es poco: son 16 conversaciones de Xavi Ayén con premios Nobel de Literatura, las recogidas en este magnífico Rebeldía de Nobel. Si los Nobel son escritores necesarios por antonomasia (¡oigo ataques de tos!) lo que digan dieciséis de ellos no puede dejar de interesarnos nunca. A pesar de lo cual, despistado de mí, lo que me informa de la existencia de este estupendo libro es el tweet de su autor en su cuenta @XaviAyen, conforme va a ser descatalogado. Lo puedo comprender: libros de este tamaño (25x30, desafiando los confines de una librería convencional y otorgándole un engañoso status de libro-objeto, que me niego a etiquetar), con este entorno gráfico, son proyectos arriesgados, inversiones de alto riesgo para cualquier editor. Pero, por favor, necesarios. Absolutely. Aunque cuenten con el respaldo de poderosos medios de comunicación, que supongo que fueron los que debieron correr con los gastos de desplazamiento, con las minutas para pagar las excelentes fotografías de Kim Manresa, los traductores. Inversión difícil de recuperar, si, como defiende Vila-Matas, somos solamente 30.000 los interesados en disfrutar de ellos. Los que aceptamos sacrificarnos por los millones restantes que no se prestan a disfrutar. Como cosacos, oigan.

Difícil quedarse con uno solo de los personajes: detalle tras detalle, todos los entrevistados nos seducen. Casi todos, algo un poco obvio, premiados cuando ya son ancianos, muchos de ellos representantes de literaturas alejadas de corrientes y mercados mayoritarios. Xavi Ayén nos deleita con sus elegantes presentaciones sobre los entornos de los escritores, los lugares que habitan, su día a día, las situaciones generales o personales que les han inducido a su creación literaria. Sobre lo que han hecho mientras han sido entrevistados. Habrá quien opte por dosificar el disfrute, servidor se lo ha zampado en unas tres horitas de desbordante lujuria.

Entonces, yo me pregunto si esos enormes y atractivos libros que reposan en posición horizontal "decorando" las mesas auxiliares de medio mundo (esos de la Taschen, o algunos como Rincones de las iglesias románicas en Languedoc o Las mejores mil fotografías de capós de Aston Martin) no pueden dejar un espacio para que obras como están se reediten por la eternidad, y acaben formando parte de nuestra librería personal (ergo, yo no tenga que ir abrazado al libro a devolverlo a la biblioteca, a entregarlo entre sollozos, cómo sin saber que va a ser de él cuando nos separemos) y acaben esperando pacientes a que esporádicamente volvamos a sus textos y a sus imágenes, que tanto nos dicen. Cómo que resignarme. No creo que tengamos muchas veces la suerte de leer, reunidas en un solo volumen, la entrañable rebeldía de Doris Lessing, la chulería caribeña de García Márquez, la firmeza de Kenzaburo Oé, la serenidad de Imre Kertesz, la tozudería de Naipaul o la dignidad de Naguib Mahfuz. Y me dejo otros diez. Descatalogar este excelente trabajo, este colosal esfuerzo. A qué hay que apelar, a quién hay que llamar.

miércoles, 22 de junio de 2011

V. S. Naipaul: Miguel Street

Idioma original: inglés
Título original: Miguel Street
Año de publicación: 1959
Valoración: Muy recomendable

Es verdad que los suecos a veces hacen cosas raras: poca gente entiende por ejemplo el Premio Nobel a Doris Lessing o a Le Clezio, escritores buenos pero no geniales, e incluso el de Vargas Llosa puede ponerse en duda, no tanto por cuestiones ideológicas sino literarias. Pero también hay que reconocerles que a veces nos descubren a escritores desconocidos y geniales que no habríamos leído probablemente si no hubiera sido por ellos. Porque ahora no vamos a decir que todos habíamos leído a Herta Müller, a Ohran Pamuk, a Coetzee o a Kertesz antes de que les dieran el premio. Sí, probablemente eran conocidos en círculos especializados, pero para el gran público, no. Naipaul es otro ejemplo más de este efecto benéfico de los Nobel: no creo que nunca hubiera llegado a leer Miguel Street (o igual sí, quién sabe) si un grupo de críticos suecos jubilados no hubieran decidido regalarle unos cuantos puñados de coronas, una medalla y un diploma.

Y habría sido una pena, verdaderamente, porque me ha encantado. Todavía no sé si es una novela o un libro de relatos (me inclino por la primera opción), pero está claro que es un universo en forma de libro, construido a partir de pequeñas historias cotidianas y hermosas. Cada capítulo está dedicado a un personaje, pero el protagonista de uno es secundario en los de los demás; y el narrador es siempre el mismo: un niño/adolescende de Miguel Street que lo mira todo con sorpresa, fascinación y una inocencia cada vez menor.

Y las que se nos cuentan son historias duras, donde abundan los malos tratos, el abandono, el alcoholismo, los sueños frustrados; pero en ellas predomina el humor, la belleza y el milagro. El narrador mismo muestra una obsesión con la belleza que encuentra a su alrededor: la que fabrica Popo, el carpintero empeñado en contruir "lo que no tiene nombre"; o la del pirotécnico Morgan; o la de Edward con sus pinceles; o Hat, empeñado en transformar la vida en algo diferente y más divertido en medio de la miseria. Es un libro luminoso, que cuenta cosas que en manos de Dickens habrían dado para un dramón de primer nivel, pero que Naipaul transforma en una farsa tragicómica llena de dignidad y claridad, aunque siempre conserve su aguijón melancólico. Como Las cenizas de Ángela, pero cambiando la lluvia de Limerick por el sol de Trinidad.

También de Naipaul en Unlibroaldía: Cartas entre un padre y un hijoIndiaGuerrilleros

lunes, 12 de julio de 2010

Hacia dónde va la novela


Desde finales del s. XX se ha venido anunciando la muerte de la novela. Aunque al principio pareciesen algo derrotistas, en realidad, las voces que abordaron la cuestión se referían, más que al género en sí, al modelo de novela que se venía practicando hasta entonces. Esto, como diría Eduardo Mendoza, tratando de explicar unas declaraciones suyas que levantaron bastante polémica: “La novela de sofá – heredera de las grandes obras y la única que merece tal nombre – “ya no da más de sí” y su muerte “se ha anunciado varias veces y siempre con razón”. Efectivamente, la primera transformación ocurrió a principios del s. XX, sobre todo con la llegada de las vanguardias. El modelo anterior siguió encontrando lectores, pero como experiencia creativa estaba agotado y no tuvo más remedio que evolucionar. Cuando después Vargas Llosa señala que la novela siempre fue un producto de minorías y que banalizarla convirtiéndola en light para que compita con lo audiovisual no conseguirá más que aburrir al público, en realidad estaba diciendo lo mismo: que urge dignificar el género y convertirlo de nuevo en signo de la época.

Este tipo de cambios lleva su tiempo. Tampoco son uniformes, pero la palabra que puede definirlos sería, quizá, mestizaje, pues lo que hemos observado hasta ahora es que las fronteras entre géneros están cada vez más diluidas.

En un primer grupo pondríamos obras que pierden la homogeneidad acostumbrada para convertirse en un amasijo de elementos. Como Vida de Pi de Yann Martel, La vida, instrucciones de uso de Georges Perec, No es país para viejos de Cormac McCarthy, El cuaderno dorado de Doris Lessing o Una noche de invierno un viajero de Italo Calvino. Si damos un paso más, llegamos a las que utilizan técnicas de géneros distintos mezclando la novela con un segundo género y a veces un tercero o más. Estos productos, de naturaleza híbrida, al estar formados por la acumulación de elementos, admite infinitas combinaciones. Lo que permanece invariable es la ficción, y con ella podrían fundirse historia, geografía, relato corto, biografía, crónica de viajes, reportaje periodístico, diario personal, notas sueltas, poesía o cualquier otro que se nos ocurra. Cabe todo lo que pueda transformarse en literatura o ensamblarse con ella, incluidos documentos oficiales, sentencias judiciales e instancias. Valga como muestra la magnífica Pantaleón y las visitadoras. Nos encontramos entonces con nuevas y hermosas experiencias lejos del camino trillado de siempre, con un campo abierto a la creatividad.

Aunque es una forma de expresión que llevaba casi un siglo gestándose, sólo al acercarse el fin de milenio empezó a adquirir relevancia. Hasta 1990 Mario Benedetti no se decide a publicar su miscelánea Despistes y franquezas, un tipo de obra que, por sus posibilidades de libertad creativa, le había atraído desde siempre. Y en 2003, Carlos Fuentes manifiesta que le parecería inconcebible que en la novela no tuvieran cabida “la narrativa, la poesía, el ensayo, la filosofía, la ciencia, el reportaje”. El crítico Stephen Kock se suma a esa opinión: “La novela no escrita es un libro, sin embargo, tan pulido, que parece una recopilación de fragmentos. Sin embargo estas obras no son pastiches. Tienen una unidad. Esta unidad se la da la coherencia que supone rechazar la homogeneidad. La negación de la unidad contribuye a su energía".

Encontramos ejemplos en todas las épocas: biografías noveladas como Una historia de amor y oscuridad de Amos Oz o Desde el amanecer de Rosa Chacel, combinación de ensayo y narrativa en Milan Kundera con La insoportable levedad del ser y La inmortalidad, entre otros, apuntes de viaje literarios en Ventanas de Mahattan de Muñoz Molina, meditaciones personales en Mortal y rosa de Francisco Umbral, De profundis de Oscar Wilde y Diario de la galera de Imre Kemrestz, periodismo unido a literatura desde A sangre fría de Truman Capote o Los ejércitos de la noche de Norman Mailer hasta India de V. S. Naipaul, memorias noveladas en París no se acaba nunca de Vila Matas y poetizadas en Confieso que he vivido de Neruda, misceláneas como El azul relativo de Andres Trapiello y miles de ejemplos más de todos los países del mundo que se han ido haciendo más comunes a medida que avanzaba esta primera década. En realidad son la respuesta espontánea de los autores al momento que estamos viviendo, tienen su correspondencia en otros campos artísticos como la música y las artes plásticas, se las ha definido como misceláneas o enciclopedias en miniatura y se caracterizan por ser de carácter abierto, componerse de una combinación de elementos y carecer de jerarquía entre sus componentes. Pero lo que más me fascina de ellas es la multitud de posibilidades que promete su evolución.

sábado, 24 de diciembre de 2016

Reseña + entrevista. Xavi Ayén: La vuelta al mundo en 80 autores


Idioma original: español
Año de publicación: 2016
Valoración: lascivo

El perfil de Twitter. Algo más de una centena de caracteres donde muchos se afanan en colocar una especie de versión express de un CV vital, que les defina y les muestre de la manera más comprimida y exacta posible. El perfil de Twitter es la respuesta de cada uno a la pregunta tan ansiada. Háblame de ti mismo.
Pues bien. El perfil de Twitter de Xavi Ayén queda zanjado de forma escueta con una palabra. Periodista.

Y a eso lleva dedicándose unos cuantos años. Pero permitidme ampliar la información. Periodista dedicado a la cultura. Periodista entregado a la divulgación de la literatura. Periodista que se ha desplazado por el mundo para entrevistar a escritores. Muchos de ellos. Muchos muy importantes, y bastantes premios Nobel, como ya nos demostraba en un libro anterior: Rebeldía de Nobel. Vamos a reconocerlo: la mera imaginación de que a alguien le paguen por hacer una cosa así nos llena de envidia muy poco sana. Visitar a grandes escritores en las ciudades donde viven, incluso en sus propias casas. Más que entrevistar, como apunta el subtítulo, conversar.
Y para este libro se han escogido 80 de esas conversaciones, con un cierto criterio geográfico para que haya una representación de todos los continentes. La selección de 80 autores, ya que estamos en época de listas, contará con la presencia de nombres que a uno le gusten más o menos y siempre se echará en falta a alguien, pero dudo que nadie mínimamente interesado en la literatura encuentre menos de 40 o 50 autores que le gusten. Pero lo realmente fascinante es cómo Ayén hace que incluso lo que dicen autores por los que uno siente indiferencia nos resulte estimulante. Con lo cual, más de 500 páginas parecen pocas, y se leen con tal placer que se hacen cortas.

Resulta también revelador cómo ciertos escritores se muestran tan fieles en sus opiniones al contenido de sus obras. Así que Houellebecq (Pregunta: ¿cree realmente, como su personaje, que los perros son más felices que nosotros? Respuesta: Indudablemente. Mucho más felices. Me sorprende que lo dude.) se muestra ácido y corrosivo, Vargas Llosa, medido, calculador y seductor. Almudena Grandes nos deleita con una convicción y una seguridad fascinantes, Ken Follett, con una chulería no exenta de flema, James Ellroy, con una descacharrante fanfarronería, y a Peter Handke no hay quien lo entienda en sus elucubraciones... Como podéis ver el abanico es amplio y una mera consulta sobre los autores incluidos (para no agobiar, añadid García Márquez, Knausgaard, Philip Roth, Javier Cercas, Enrique Vila-Matas, etc.), es demostrativa de por sí del enorme poder de seducción de un texto así. Conversaciones relajadas donde surgen temas relacionados con su obra, pero también con su entorno y con la sociedad en que nace su obra. Siempre (alguna contada excepción resulta curiosa) con un tono tranquilo y colaborador, que pone de manifiesto que el prestigio de Ayén (capaz de entrevistar a García Márquez tras veinte años de silencio y de que este, en su última entrevista, le confesara que había dejado de escribir) va por delante a la hora de afrontar sus conversaciones. Y cada escritor, acompañado de un pequeño perfil enumerando algunas de sus obras más destacadas.
Una de esas obras que no queda en el estante una vez leída. Hay que consultarla y hay que referirse a ella, cosa que la convierte en única. De esos artefactos que no solamente se disfrutan por sí solos, sino que empujan a la búsqueda y a la indagación. De ahí lo de lascivo, aclaro. Por si acaso.

Con García Márquez. Foto: Kim Manresa
Además, su autor no ha encontrado impertinentes nuestras preguntas. A ver qué le va a preguntar uno a quien ha hecho preguntas a tal nómina de figuras. Lo hemos intentado, y el hombre ha sido todo amabilidad. Encima.

-¿Es Vd consciente de que, para un modesto blog literario como el nuestro, lo primero que suscita un libro como el suyo es una envidia colosal?
-No, hombre. Las entrevistas son lo mismo en cualquier sitio. Uno de los autores que aparecen, el asturiano Xuan Bello, ha creado un mundo colosal a partir de una aldea de unos cuarenta habitantes, donde él se crió. A veces leemos en los blogs entrevistas mejores que alguna del ‘New York Times’. En periodismo, es básica la mirada del autor. Dicho esto, sé que soy un privilegiado por haber contado con los medios de un gran medio de comunicación para poder trabajar, pero sin pasión no hay medios que valgan.

-No voy a comprometerle pidiendo detalles, pero ¿ha cambiado su opinión respecto a la obra de algún escritor - en el sentido que sea - por el hecho de conocerle?

-¡Sí, de muchos! Comprendí la importancia de la ciencia-ficción en el universo de la británica Doris Lessing, que veía antes como muy desligado de sus otras obras. Me impresionó la experiencia de cárcel prolongada y tortura que sufrió el indonesio Pramoedya Ananta Toer, a quien confinaron a una isla-prisión y le prohibieron escribir, pero él sobrevivió como escritor narrando historias oralmente a otros presos, lo que explica el tono de sus libros, que pueden leerse en voz alta. Y al revés también, no entiendo, por ejemplo, por qué se dio tanto bombo a muchos autores de novela negra mediocres, buena parte de ellos nórdicos.

-Me sorprende que dos "potencias" literarias como Argentina y la antigua URSS no estén representadas por escritores "puros". ¿Algún motivo especial?
-Está bien visto. Tenía que limitarme a 80 autores y, si ponía más nombres de un lugar, debía quitar otros. No es un canon realizado previamente, sino que es una selección espontánea y dinámica, que surge de la gente con que me he encontrado. He entrevistado a César Aira, Fogwill, Samanta Schweblin… pero eran textos muy centrados en los libros que venían a presentar, y he primado aquellas piezas que recorrían la trayectoria completa de un autor. Rusos no he entrevistado a tantos, lo confieso, aunque en una segunda edición podría ya incluir a Svetlana Aleksiévich, con quien estuve en su casa de Minsk.

-Deduzco del prólogo que hay abundante material que no ha encontrado ubicación en este libro. ¿Algún proyecto complementario en el futuro del que pueda hablarnos?

-Es frustrante eliminar a autores que admiras, pero un libro de 1.000 páginas tampoco hubiera sido buena idea (ya hice uno así sobre el boom latinoamericano). Este no debía pasar de 600. Claro que me gustaría publicar un día libros específicos: autores argentinos, catalanes, menores de 40 años, latinoamericanos, pero no estoy seguro de poder contagiar a ningún editor mi entusiasmo.

-Uno de los leit-motiv recurrentes en las entrevistas es la incompatibilidad entre escritor feliz y creador brillante. Pero muy pocos escritores de los entrevistados parecen lamentarse de la situación en que viven, al menos no se nos muestran, la gran mayoría de ellos, como seres atormentados ¿Puede que esa afirmación forme parte de ese ADN vanidoso atribuido a los creadores?
-Eso es lo que me dice Vargas Llosa: ningún gran escritor es feliz, y creo que en su caso es cierto. Cortázar, en el período más exultante de su vida, produjo sus peores obras. Y Gao Xingjian escribía mientras era prisionero de la Revolución Cultural. García Márquez se sentía un fracasado cuando emprendió ‘Cien años de soledad’… Pero es verdad, yo no generalizaría.

-Me gustan esas introducciones con leve aire de crónica, sobre todo en las descripciones de cómo se llega al sitio de la entrevista. ¿Veremos a un Xavi Ayén cronista o incluso a un autobiógrafo en el futuro?
-Ojalá lo vean. A ver si voy perdiendo la vergüenza…

-¿Puede recomendarnos algunos libros?

-Los mejores que he leído últimamente son ‘Por último, el corazón’ de Margaret Atwood, ‘Mumbo Jumbo’ de Ishmael Reed, ‘La música del hambre’ de J.M.G. Le Clézio y ‘El camino estrecho al norte profundo’ de Richard Flanagan.

-Nombres, queremos nombres. Un escritor que haya fallecido mientras Vd. planeaba entrevistar. Uno que se le esté resistiendo pero vaya a acabar cayendo, y alguno joven al que se vea entrevistando pasado un tiempo.
-Naguib Mahfuz y García Márquez me dieron la última entrevista de sus vidas. Me quedé sin entrevistar a Hilary Mantel, ya aterrizado en Londres, porque le dio un ataque paralizante de tiroides, algo que le sucede a menudo. Se me murió Harper Lee, la de ‘Matar un ruiseñor’, sin que la viera. Se me resiste Alice Munro… y a los jóvenes les entrevisto ya, por ejemplo a Miqui Otero, Laura Fernández, Antonio Ungar, Pablo Martín Sánchez… Ellos son el futuro.

-Y ya como periodista cultural, ¿cómo nos ve a los blogs: competencia, complemento, un ámbito diferente, o un entrañable grupúsculo de eternos discrepantes?
-Los blogs permiten un nivel de especialización que la prensa escrita no puede tener, y también pueden ofrecer mucha más cantidad de información sobre temas que los medios de gran tirada se ven obligados a tratar en poco espacio. No me imagino este trabajo sin documentarme en algunos buenos blogs. Formamos parte del mismo bosque y nos necesitamos mutuamente.

-¿Después de tantos años en esto, está de acuerdo con ese funesto panorama para la novela que describe, por ejemplo, Philip Roth?
-No, para nada. Yo creo que los adolescentes son grandes lectores, los de hoy más que mi generación. La gente, con la edad, tiende a idealizar el momento histórico en que fueron jóvenes. También le pasará a usted.

-¿Por qué esa mayoría abrumadora en la ficción? No hay apenas ensayistas.
-He primado la novela, sí. Soy un romántico que cree que es el género superior, lo siento por las excepciones, por Borges, Munro, Ferlinghetti, Fo… Pero, en general, si me pusieran una pistola en la cabeza y me dijeran que solamente iba a poder leer libros de un género el resto de mi vida, diría que novelas. ¿Usted no?

-¿Cuál es el criterio por el que uno se dirige a un escritor, aparte de los premios y las consabidas campañas promocionales?
-Por la lectura de su obra, ese es el mejor medio. No entiendo que autores maravillosos no consigan tener éxito, y que otros peores sí lo tengan. El mundo está loco pero, bueno, gracias a eso se siguen vendiendo periódicos.

-Apenas nos lee nadie. Puede ser sincero. En algún momento habrá sentido una irrefrenable pereza por conversar con alguien...
-¡Sí! No tanto de conversar sino de leerme su libro, pero somos profesionales ¿verdad? Gracias a eso, también suceden sorpresas agradables. Lo peor es cuando esa persona te pregunta: “¿Pero te ha gustado mi libro?”. Antes sufría mucho, ahora respondo: “La mejor parte es…” porque todo libro tiene siempre una mejor parte.

-Cierto: su libro tiene muchas mejores partes.

jueves, 25 de diciembre de 2025

LO MEJOR DE 2025

Un año más llega a las pantallas de los lectores ULADianos la lista que importa, la que todos estaban esperando, la lista para acabar con todas las demás listas: lo mejor del año para nuestros reseñistas. ¡Deseamos a todos los que nos acompañan unas Felices Fiestas, y un 2026 cargado de buenas lecturas!
 
Oriol:

Resumen del año: No he leído ningún libro imprescindible (salvo, quizá, Eichmann en Jerusalén, de Hannah Arendt). Aun así, he descubierto novelas, antologías y cómics notables, y he entrevistado a mi admirado Jared Roberts.

Libros que parecen escritos específicamente para mí: The Machine Stories, de Jared Roberts, With Teeth, de Christian Wallis, Yongüein’s Massacre, de Myke Babylon, La pianista, de Elfriede Jelinek, La bestia entre las sombras, de Edogawa Rampo, La estancia oscura, de Leonard Cline, y Paperbacks from hell, de Grady Hendrix.
Novelas destacables: Gente adinerada, de Joyce Carol Oates, y Posesión, de A. S. Byatt.
Novelas que logran dar una visión panorámica de su mundo: El gusano, de Luis Carlos Barragán, y La fábrica de Absoluto, de Karel Čapek.
Antología destacada: Ni una palabra, de Caroline Blackwood.
Mejor novela gráfica: La formidable invasión mongola, de Shintaro Kago (aunque Insolitus Los reinos silenciosos, de VV.AA., están muy bien).
Mejor libro de no ficción: Eichmann en Jerusalén, de Hannah Arendt.
Mejor volumen ecléctico: Madurar hacia la infancia, de Bruno Schulz.


Koldo:

Novelas: Minimosca, de Gustavo Faverón Patriau, Camino de sirga, de Jesús Moncada, y El siguiente en el paraíso de Marek Hlasko
Autobiografía (o similar): Antes que anochezca, de Reinaldo Arenas, En las kátorgas del zar, de H. Leyvik, y Triste tigre, de Neige Sinno
Cuentos: Cada lunes de aguas, de Juan Montiel, y Mentirosos enamorados, de Richard Yates
Viajes: Los viajes de Júpiter, de Ted Simon
Poesía: Mientras tanto cógeme la mano, de Kirmen Uribe
Crónica (o similar): No matarían ni una mosca, de Slavenka Drakulic

Juan:

Un 2025 muy prolífico en lecturas, aunque como de costumbre y curiosamente (ignoro la causa), las mejores concentradas sobre todo en la última parte del año. A saber:

Libros de miedito: HEX de Thomas Olde Heuvelt, Negro tal vez de Attila Veres y Fundido a negro de Jesús Cañadas (éste, en libertad provisional).
Noir a pleno sol: Los niños están mirando de Laird Koenig y Peter L. Dixon.
Distopía chanante: La infancia del mundo de Michel Nieva.
Distopía no tan chanante: Las indignas de Agustina Bazterrica.
Cómic Novela gráfica más divertida del año: Consumida de Alison Bechdel.
Biografía: Revelando a Vivian Maier de Ann Marks.
Ensayos del año: Quiero y no puedo de Raquel Peláez, Pornocracia de Jorge Dioni López y (quizás) Catedral de escombros de Pedro Torrijos...
Una batalla tras otra: Se acabó el recreo de Darío Ferrari, Operación Apolo de Sergi Moyano Hurtado, El corazón revolucionario del mundo de Francisco Serrano y Ovni 78 de los Wu Ming.
Novela por la que deberían darle al autor algún premio o algo: Tango satánico de László Krasznahorkai.

 

Francesc:

Ensayo: Sin centrarme en una obra específica, creo que el europeísmo escéptico/pragmático de Finkielkraut es algo que hay que reivindicar (porque hacerlo con Huxley ya sería demasiado, ¿no?)

Narrativa de largo: La obra de Catherine Lacey me ha ofrecido ciertas esperanzas.

Narrativa de corto: María Bastarós, una escritora que busca camorra (o sea, que no es de sofá, mantita y libro).

Expectativa superada (tanto con tan poco) :El comandante yanqui de David Grann

Expectativa defraudada (aunque temida): Sally Rooney en concreto con Intermezzo, pero creo que cualquiera serviría.

Comentario que no viene a cuento: alejaos, por favor, de libros que cuenten con esas irritantes fajas empeñadas en asignar y etiquetar. A la papelera, ya.

  

Marc:
Año flojo en cuanto a mi elección de las lecturas pero, aun y no habiendo acertado en general, sí hay algunos libros a destacar:

Libro del año: «Animals inexpressius», de Xavier Mas Craviotto
Ensayo del año: «La passió dels estranys», de Marina Garcés
Autobiografía del año: «Dietarios», de Mircea Cărtărescu
Experimentos exitoso del año: «La niña a la que le gustaban demasiado las cerillas», de Gaétan Soucy, por el estilo y lenguaje utilizados, y «El volumen del tiempo», de Solvej Balle, por planteamiento y argumento.
Reencuentros satisfactorios: Philip Roth, Jon Fosse, Henrik Ibsen
Caerán más libros de: Pol Guasch, Xavier Mas Craviotto, Siri Hustvedt, Jon Fosse
Propósitos para el 2026: aumentar el ritmo de lecturas, más poesía y recuperar algun clásico pendiente

Félix:
Resumen del año: bastante bien hasta mitad de año, leyendo un par de imprescindibles y, en general, de todo un poco. Luego decayó en frecuencia y calidad, aunque dejando, todavía, algún que otro libro muy recomendable.

Top 3 del año: 
- Bella del señor, de Albert Cohen.
- Minimosca, de Gustavo Faverón Patriau.
- Middlesex, de Jeffrey Eugenides, o El quinto hijo, de Doris Lessing.
Accésit: La higuera, de Ramiro Pinilla, Hacedor de estrellas, de Olaf Stapledon, o la serie el Cuarteto de Buru, de Pramoedya Ananta Toer.
Cuento del año: El cuento más hermoso del mundo, de Ruydard Kipling.
Ensayo del año: hago trampa porque es una relectura, pero la maravilla de Esculpir en el tiempo, de Andrei Tarkovski, no puede obviarse nunca.
Cómic del año: El Eternauta, de Oesterheld y Solano López.
Decepciones (sonadas): 
- El loco de Dios en el fin del mundo, de Javier Cercas (por el tema y las ínfulas que se carga el texto).
- La invención de todas las cosas, de Jorge Volpi (ni ganas de reseñarlo me dan).
- El ayudante, de Robert Walser.
Lo leí aunque casi lo tiro por la ventana: Cómo leer y por qué, de Harold Bloom.
Abandonos: Hay ríos en el cielo, de Elif Shakar (por tratarme de tonto varias veces).
Amor-odio excesivo: los dos libros de Renaissance, de J.J. Lucas.
Descubrimientos: Albert Cohen, Pramoedya Ananta Toer, Olaf Stapledon, Ramiro Pinilla.
Constatación de lo pésimo que es el marketing para la calidad de una obra: los pesos pesados de la literatura argentina contemporánea.
Esperanza del 2026: leer algo del calibre de Bella del señor o Minimosca.

Carlos:

En un año que en general ha sido de lecturas más bien flojas, esto es lo poco que he podido rescatar:

Novela: La aventura de un fotógrafo en La Plata, de Adolfo Bioy Casares; La guerra de nuestros antepasados, de Miguel Delibes; El evangelio según Jesucristo, de José Saramago. Al final tres clásicos, o casi.
Novela gráfica (y quizá descubrimiento del año)El color de las cosas, de Martin Panchaud
Novela corta: Relato soñado, de Arthur Schnitzler
Humor: Alacranes en su tinta, de Juan Bas
Autobiografía: Pretérito imperfecto, de Carlos Castilla del Pino
Música: Quadrophenia, de Àlex Oró
ClásicoEl crimen de Lord Arthur Savile, de Oscar Wilde
Ensayo ligero (pero muy logrado): La radio puesta, de Javier Montes
Libro de relatos: Lazos de familia, de Clarice Lispector (reseña en breve)
Y por no dejarlo con apariencia tan limitada, haré mención a otros tres que se quedaron cerca del galardón, quizá un pasito por detrás: La liebre con ojos de ámbar, de Edmund De Waal; El callejón de los milagros, de Naguib Mahfuz; Crónica de Dalkey, del admirado Flann O´Brien

Alain:
Este año, trabajar en el blog me produjo muchas satisfacciones: poder entrevistar a escritores y artistas, enfocarme en la lectura y la escritura, trabajar en una app del blog (solo disponible por el momento en App store, esperen un poco más para usarla en Android), y lo más importante, pertenecer a una comunidad de amantes de la literatura y de la creación humana. A pesar de que las vistas del blog son mínimas comparadas con booktokers, booktubers, bookstagramers…, hemos mantenido un año más la independencia y la honestidad en las reseñas. Cuando el internet y las redes sociales exploten debido a la inteligencia artificial y a los intereses de esos billonarios hijos de puta, aquí seguiremos. ¡Qué chinguen a su madre los que usan la IA para socavar la creatividad humana, y que chingue a su madre Elon Musk!

Aquí mi resumen del año:
Texto revelador: Historia general de las drogas, Antonio Escohotado.
Noir que me regresó la esperanza en este género: El gran desierto, James Ellroy.
Descubrimiento: La obra de Shintaro Kago (por cortesía de Oriol). Pueden ver una entrevista con él aquí.
Libro contra el que tenía un prejuicio y me sorprendió: The stand, Stephen King.
Decepción por hacerle caso a las voces de las masas: Cadaver esquisito, Agustina Basterrica.
Libro con sountrack: Héroes del Blues, Jazz y Country, Robert Crumb.
Relecturas que me conmueven como la primera vez: Mañana en la batalla piensa en mi, Javier Marías; El juego de Abalorios, Hermann Hesse; Música de cañerías, Charles Bukowski.
Adaptada al cine con spice lésbico: Arenas movedizas, Junichiro Tanizaki.
Decepción del año: Retratos de jazz, Haruki Murakami y Makoto Wada

José Miguel:
Estimados seguidores de Ulad, en estas fechas tan señaladas me llena de orgullo y satisfaccion entrar en vuestros hogares para dejaros mi lista de mejores lecturas del año.

Novelas:
Calabobos de Luis Mario. Original, delicada, poética.
Los recuerdos del porvenir de Elena Garro. Hipnótica. Cómo he podido desconocer esta maravilla? 
Cuentos:
60 relatos de Dino Buzzati. Inquietantes, desasogantes y muy bien escritos.
Cuentos de Pio Baroja. Sólo por la preciosidad de Mari Belcha, ya merece la pena volver a Baroja.
Ensayo:
Mapa de soledades de Juan Gomez Barcena. Barcena hace tiempo que dejo de ser una joven promesa. Siempre buscando nuevos temas y nuevos enfoques. Muy recomendable cualquier novela suya.
El hombre horizontal de Bruno Remaury. Cuestionando el espacio q ocupa el ser humano en este mundo enloquecido.
Clasico incontestable:
Almas muertas de Nicolai Gogol. Ahhhh, los rusos.
Decepciones (no hay que comprar a lo loco):
Bruno Schulz, Madurar hacia la infancia. En la pagina 429 nos da la clave de su escritura "el tema como siempre, sin importancia y dificil de narrar". Pues, no esperes a la pagina 429 para decirnoslo, avisanos en la 1.
Adan y Eva de Aarto Paasilina. Humor finlandes, no trasladable a estas latitudes. Si ellos se rien con esto, es que somos muy, pero que muy diferentes.

Pues eso es todo. 
Felices fiestas y buenas lecturas para el proximo año.

Santi:
Un año muy irregular en cuanto a lecturas: un verano inusualmente descansado en el que por fin pude leer hasta (casi) hartarme, y un resto del año usualmente ocupado en el que casi solo he (re)leído lo que me exigía mi trabajo. A pesar de ello, ha habido unas cuantas muy buenas lecturas, y otras más decepcionantes... Aquí va mi lista: 
 
Mejores novelas: Todo empieza con la sangre de Aixa de la Cruz, Limpia de Alia Trabucco Zerán, El acontecimiento de Annie Ernaux
Mejor 2x1: Literatura infantil de Alejandro Zambra y Linea nigra de  
Mejor cuento: "El ojo en la garganta", incluido en El buen mal de Samanta Schweblin
Mejor libro de poesía: Amor y pan de Paula Melchor 
Mejor ensayo: Lo que una ama de Miren Billelabeitia
Clásico recuperado: Tea rooms de Luisa Carnés
Clásico que no me convencióTodos los nombres de Saramago 
Decepción del año: La península de las casas vacías de David Uclés