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sábado, 13 de enero de 2018

Una autopsia del género zombi

I

 Yo sé que hay mucha gente a la que no le interesa que se hable de ciertos fenómenos literarios. Sobre todo si están asociados a modas caprichosas y efímeras. Sin embargo, pienso que esta gente ignora que todo deja marca, por más que ésta no tarde en desaparecer. Y todo lo que deja marca es susceptible de ser analizado. De hecho, a mi parecer, debe ser analizado. Esta creencia es la que me ha impulsado a hablar hoy sobre el género zombi. 

 Quiero aclarar que no tiene nada de malo que alguien disfrute de este tipo de literatura. A mi me fidelizó en su momento. Además, me parece que su éxito respondió a una realidad social que no debe ser despreciada, y mucho menos ignorada. Pero es innegable que está en las últimas. Dio todo lo que pudo de sí: algunas cosas buenas y muchas malas (pura ley de Sturgeon). El caso es que ya estaba desapareciendo del panorama. Bueno, o eso es lo que yo pensaba. Porque parece que el género todavía persiste, pese a su evidente decadencia.  

 La reedición de Lazarillo Z lo confirma. Me ha sorprendido encontrármela. No me imaginaba que aún quedaran zombis que conservasen las piernas. En cualquier caso, los veía a todos obligados a arrastrarse por el fango, junto a sus intestinos colgantes, serpentinas de una fiesta que se había alargado más de la cuenta.

II

 Dejad que primero os ponga en contexto. No hace mucho me hice con un ejemplar de Lazarillo Z (edición ilustrada). Lo leí y acto seguido me puse a pergreñar una reseña para el blog, como buen becario que soy. Ocurre que, cuando ya iba por la mitad del texto, pensé: “Oye, Oriol, ¿y si ya se te ha adelantado alguien?” Sigo este blog desde hace tiempo, y no me sonaba que nadie hubiera escrito sobre esta novela, pero oye, podría ser, ¿no? Cosas más raras se han visto. Una novela que aúne al Lazarillo de Tormes con los zombis, por ejemplo.
 Tras una rápida búsqueda me di cuenta de que Santi ya había escrito sobre Lazarillo Z. “Mierda, ¿y ahora qué? Con lo bonita que estaba quedando mi reseña”. Mi opinión sobre el libro era bastante similar a la de Santi, así que decidí que hacer una contrareseña no era factible. Entonces se hizo la luz: ¿y si escribía una especie de artículo sobre el género zombi en la literatura sin por ello desaprovechar mi lectura y las ideas sobre Lazarillo Z que ya había estado anotando? Sería un artículo modesto, nada exhaustivo; algo sencillito, acorde con mi limitado conocimiento sobre la materia. 

 Pues nada, que aquí lo tenéis. 

III

 Ha habido dos épocas doradas para el género zombi. La primera vino de la mano de la película Night of the living dead, de George A. Romero. Pasado el efecto inicial que causó la cinta, los zombis comenzaron a desplomarse. Pero volvieron. Y con más fuerza que nunca. Esta resurrección del género se debió a la aclamada novela gráfica The walking dead. Bueno, a la serie, para el público más mainstream. 

 Ahora mismo nos encontramos en la resaca de esta segunda era dorada del género zombi. Empleo el término resaca porque la popularidad del género ha empezado a decaer de nuevo, aunque los productos relacionados con el mismo siguen teniendo un círculo de fieles consumidores. 

 Pero volvamos al auge ocasionado por The walking dead. 

 Esta serie reubicó al zombie motif en el punto de mira, igual que lo había estado previamente gracias al cine de Romero. La cultura popular empezó a absorberlo hasta asimilarlo en todo tipo de disciplinas. Se vigorizaron los foros de aficionados que hablaban al respecto. Académicamente se empezó a debatir sobre el tema con mayor rigor y seriedad.

 Está claro que la fascinación contemporánea por el zombi nos habla de nosotros mismos. Hay estudios que apuntan a que las hordas infinitas de devoradores de cerebros no son otra cosa que la sublimación de los miedos latentes del hombre de a pie. Algunos investigadores dicen que los no-muertos son metáforas para referirse al terror que sentimos ante la sobrepoblación del planeta; otros, señalan que emulan a las migraciones masivas. También cuestiones relativas a estos seres, como el virus que suele crearlos, pueden ser entendidas como el horror ante el deterioro ecológico del planeta, o ante una ciencia y tecnología que van deshumanizando al hombre a medida que "progresan".     


 El género había experimentado tal fama que se volvió una forma fácil de hacer dinero. Infinidad de productos desalmadamente mercantilistas nacieron entonces. Se podían encontrar en todos los formatos posibles: películas, series, juegos de mesa, videojuegos, cómics, música... Y novelas.

 Recuerdo algunos libros buenos de esa época. Me vienen a la cabeza dos del mismo autor, Max Brooks: Guerra mundial Z (que no tiene nada que ver con la infame película) o el simpático Zombi: Guía de supervivencia (matriz de una fórmula repetida hasta el hartazgo).

 Las novelas de muertos vivientes saturaron rápidamente los escaparates de las librerías. Oleada tras oleada, pronto se agotaron todas las posibilidades narrativas concebibles relacionadas con estas criaturas. Existen novelas de zombis en todos los contextos geográficos posibles, en todos los escenarios imaginables, en gran variedad de períodos históricos, protagonizados por toda clase de gente. Las hay que tienden al terror, al drama, a la crítica social o a la comedia. Las hay que infectan a los iconos de la cultura popular. Otras, contagian a los de la historia de la literatura. Como ejemplo de esto último pienso en Orgullo y prejuicio y zombies, o en el libro que hoy nos reúne a todos nosotros, supervivientes de esta plaga, titulado Lazarillo Z. 

 La historia de esta novela presenta todos los síntomas de agotamiento que he ido mencionando, propios de un género sobreexplotado: un tufo que proviene de la originalidad escasa, los lugares comunes y una clara tendencia comercial. Es bastante entretenida, que nadie me malinterprete, aunque jamás diría que posee una calidad literaria palpable. 

 Pero todos sabemos que la descomposición no detiene el agónico avance de un devorador de cerebros. Tampoco el ser enterrado, por más clavos que sellen el ataúd. Un zombi siempre emergerá de nuevo de las entrañas de la tierra, en una incansable travesía para saciar su hambre. La única forma de matarlo: volarle la cabeza. 

 Y eso es lo que parece querer decir la reedición de Lazarillo Z, novela del 2009 que revive ahora con tapa dura, ilustraciones y una nada desdeñable campaña de marketing a sus espaldas. Todavía no hemos acabado con los zombis. De hecho, están dando sus últimos coletazos con toda la energía que les queda. Que no es poca.

 No puedo negar que hay un interés real por parte del ilustrador por conseguir que el libro funcione. Los dibujos de Óscar Sanmartin Vargas elevan, de hecho, a una entretenida pero vacía historia inicial, la dotan de una mayor complejidad. El artista tiene un estilo figurativamente realista, aunque no exento de un toque onírico; un estilo pulcro y hasta elegante, en el que predomina la línea y donde los volúmenes se generan a base de entramados. El nivel de detalle de cada dibujo es elevado. Eso, junto a la apuesta por la figuración realista, dotan al conjunto de una explicitez que le queda que ni pintado a un género que vive del gore y los cadáveres putrefactos. 

 En resumen: esta elaborada reedición de Lazarillo Z me hizo pensar sobre el género. Un monstruo tozudo, que se empeña en no morir, o más bien dicho, en vivir después de muerto. La novela parece confesar que todavía hay una voluntad editorial por mantener a los zombis golpeando contra las ventanas tapiadas de nuestras casas. Y delatar que todavía hay gente, fans de esta clase de productos, dispuesta a dejarse contagiar. 

 Bien por ellos, mientras no se pongan en el camino de mi bate de béisbol repleto de puntiagudos clavos. Ya no me interesan estos productos. Aunque su razón de ser... Esto ya es otra cosa.


PD: Aquí dejo una entrada de Santi en la que se tocan, entre otros temas, el interés que la ficción del siglo XXI tiene en pandemias globales y apocalipsis zombis: Libros para el fin del mundo


Edición posterior: Adjunto aquí los enlaces de una revisión del mito del zombi literario y cinematográfico elaborada por Randolph Carter, colaborador del magnífico blog de Almas Oscuras: Parte I y Parte II

domingo, 5 de mayo de 2013

¡Que viva el (micro)teatro!

Por una de esas cosas que pasan en la vida sin que uno espera que pasen, me he visto de repente convertido en "productor teatral" de una obra de micro-teatro co-organizada por el Centro de Estudos Comparatistas: Nana, de la autora española Itziar Pascual, que estará en cartel en el Teatro Rápido de Lisboa durante todo el mes de mayo. Aunque soy espectador habitual de teatro, sobre todo desde que vivo en Lisboa, esta ha sido mi primera incursión en el mundo del teatro desde el otro lado, desde las bambalinas. Y está siendo toda una experiencia.

En primer lugar, me está sirviendo para comprobar en la práctica eso que tantas veces se dice en la teoría: que el teatro no es solo texto, que el proceso de escenificación añade, modifica, completa las intuiciones e indicaciones del autor. La obra realmente gana cuerpo a medida que pasan los ensayos, a medida que se construye el escenario y se afinan las interpretaciones. Las decisiones del director y de los actores pueden añadir o subrayar ideas que no estaban en el texto, o que solo estaban en forma de potencialidades. Todo esto, claro, es de sobra conocido por quienes se dedican al teatro, pero es demasiado frecuentemente olvidado por el público, y también por los propios críticos.

Otra particularidad de esta experiencia es que se trate de una obra de micro-teatro. ¿Y qué es el micro-teatro? Pues es el equivalente de los cortometrajes del cine: obras cortas, de quince minutos aproximadamente, que desarrollan una idea, una trama o un personaje. No es que sea una idea absolutamente original: ya existían, por ejemplo, los "pasos", los "sainetes" o, en el siglo XIX, el "teatro por horas". En su encarnación contemporánea, el microteatro, ya con una larga tradición en Estados Unidos y Europa, ha llegado primero a Madrid y, hace exactamente un año, también a Lisboa.

Y esto también ha sido una revelación. Confieso que era algo escéptico sobre el modelo, sobre las posibilidades de desarrollo de una experiencia teatral en solo quince minutos; pero estos prejuicios son injustificados, basados en la tradición y en la costumbre: de la misma forma que un cuento puede ser tan conmovedor, sorprendente o inspirador como una novela (y a veces, mucho más intenso), una obra de microteatro puede también concentrar una historia, una inspiración estética o un monólogo poderoso. De la misma forma que no renegamos a priori del relato como género, no deberíamos renegar a priori del micro-teatro.

Aconsejo, a quienes se animen a probar el microteatro en la ciudad que sea, que intenten, si es posible, ver el conjunto de las obras ofrecidas en cartel, en el mismo día o en días consecutivos. Así se percibirán mejor las posibilidades del género micro-teatral, y el modo en que distintos proyectos, con distintos autores, directores, actores y medios técnicos y económicos, han conseguido aprovechar las limitaciones del género (aunque "aprovechar las limitaciones parezca una contradicción no es necesariamente así). Por poner un ejemplo, de las cuatro obras representadas en el Teatro Rápido en el mes de abril, una era una experimentación Beckettiana; otra era un monólogo cómico; la tercera era una reflexión metateatral sobre el paso del tiempo, y la cuarta una escena realista con un toque social.

Merece la pena por lo tanto olvidar ciertos prejuicios y probar el microteatro; es una experiencia diferente pero potencialmente muy satisfactoria...

Fotografía: Miguel von Driburg para Teatro Maizum.

viernes, 21 de diciembre de 2012

Libros para el fin del mundo

Por algún motivo, la idea del "Fin del Mundo" parece atraer a la imaginación humana. Hoy, 21 de diciembre de 2012, es uno de esos días en los que dicen que vamos a dar nuestro último aliento, solo porque hace un porrón de años a los mayas se les acabó el espacio en la piedra para meter más años. Pero esta confusión anecdótica revela una atracción intemporal por el destino final de la humanidad, del planeta o del universo, que se presenta al mismo tiempo como un momento de destrucción, sufrimiento y caos, pero también como un restablecimiento del orden cósmico: el juicio final en el que la humanidad en su conjunto, y cada ser humano en particular, paga por sus pecados.

De hecho, los mitos sobre el fin del mundo (o "escatológicos") están presentes en todas las grandes religiones: el hinduísmo, por ejemplo, cree que estamos en la última fase del ciclo o Kali Yuga (la más impura e infiel de todas, faltaría más), después de la cual Vishna disolverá y regenerará el universo; el "sermón de los siete soles" de Buda describe la destrucción del universo, después, también, de una fase de decadencia, inmoralidad y crimen. En las religiones de la tradición judeo-cristiana e islámica, el fin del mundo toma la forma de "Juicio Final" en que Dios resucitará y juzgará a los muertos por sus actos; por supuesto, no podemos hablar del Apocalipsis sin hablar del Apocalipsis, el último libro de la Biblia y uno de los más poéticos y simbólicos.

Pero no solo los textos religiosos se han ocupado del "final de los tiempos": la literatura también, con especial recurrencia en los últimos doscientos años. De hecho, una de las primeras obras modernas en plantear la desaparición de la raza humana es El último hombre (1826) de Mary Shelley (sí, la autora de Frankenstein), en el que la culpa la tiene una enfermedad incurable que se extiende por el mundo. O cómo no, La máquina del tiempo (1895), de H. G. Wells, en que el viajero temporal termina cayendo en un futuro lejano en que la civilización ha desaparecido y la humanidad ha degenerado en dos especies distintas: los refinados Eloi y los brutales Morlocks (en otro salto hacia el futuro, el viajero temporal llegará a ver el momento de destrucción de la Tierra, a causa de un sol gigante y abrasador).

El siglo XX ha sido pródigo en ficciones apocalípticas, que han reflejado los sucesivos miedos dominantes: una epidemia incurable, la guerra nuclear, el calentamiento global... La ficción literaria o cinematográfica sobre la capacidad devastadora de las armas atómicas inundó la imaginación del siglo XX. Ray Bradbury, por ejemplo, incluyó en varios relatos de sus magistrales Crónicas marcianas (1950) un escenario de guerra nuclear de efectos devastadores sobre la Tierra.

En la rama epidémica se sitúa una de las novelas más influyentes del género, Soy leyenda de Richard Matheson (1954), que ha sido llevada al cine en varias ocasiones; aunque no es la primera: además de la obra de Shelley de la que ya hemos hablado, Jack London había escrito medio siglo antes una novela titulada La peste escarlata (1898) en que la humanidad es destruida por un virus. Una supergripe es también la causa del fin de la humanidad en Apocalipsis (título original, The Stand, 1990), de Stephen King.

Entre los relatos apocalípticos de origen ecológico se impone mencionar El rebaño ciego (1972) de John Brunner, una novela terible en que la polución y la sobreexplotación del planeta causan todos los males imaginables a los seres humanos. J. G. Ballard, otro autor clave del género de ciencia-ficción del siglo XX, jugó a imaginar distintos finales para el planeta tierra: el exceso de agua en El mundo sumergido (1962); la falta de agua en La sequía (1964), o un extraño fenómeno que transforma la materia en cristal en El mundo de cristal (1966). En Ciudad (1952) de Clifford D. Simak los humanos también son culpables de su propio final, pero por puro agotamiento y decadencia de sus estructuras sociales.

En otros casos, el origen del desastre proviene del espacio exterior: de nuestros amigos los marcianos. H. G. Wells, de nuevo, marcó la senda con su novela La guerra de los mundos (1898), creando una tradición que llega hasta el Mecanoscrito del segundo origen (1974) de Manuel de Pedrolo; mientras que en El día de los trífidos de John Wyndham, una extraña lluvia de meteoritos verdes y unas misteriosas plantas asesinas se reparten la destrucción del planeta. Philip Wylie y Edwin Balmer, por su parte, fueron pioneros al plantearse lo que ocurre Cuando chocan los mundos (1933), una novela que también ha sido adaptada varias veces adaptada al cine. La tierra también es destruida, por medios más burocráticos, en la Guía del autoestopista galáctico de Douglas Adams; pero ya sabéis, Don't panic.


El siglo XXI comenzó con su propio mito apocalíptico (el famoso "efecto 2000", que se suponía que iba a freír todos nuestros sistemas informáticos); así que no es de extrañar que la ficción (post)apocalíptica siga ocupando un lugar en nuestras librerías, televisiones y salas de cine: The Walking Dead, Los juegos del hambre, Soy leyenda, la saga Terminator... De hecho, la ficción distópica o post-apocalípstica ha atraído la atención de escritores consagrados como Cormac McCarthy (La carretera, 2006) o Margaret Atwood (Oryx y Crake, 2003).


No se prevé, por lo tanto, una falta de interés por el tema apocalíptico en un futuro cercano. Quiero decir, si es que hay futuro más allá del 21 de diciembre. Y si no lo hay, si al final resulta que las profecías tenían razón y hoy se acaba todo, por lo menos que el fin del mundo nos pille leyendo.


jueves, 18 de noviembre de 2010

¿Existe la ciberliteratura?

Antes de nada, aclaremos los términos, que en sí no son nada claros: con "ciberliteratura" me refiero a la literatura electrónica o digital, creada directa y exclusivamente para los medios digitales, sobre todo (aunque no solo) para internet, y que no podría existir fuera de ellos; no considero ciberliteratura, por tanto, las ediciones digitales de obras en papel (o que podrían hacerse en papel, si se quisiera), ni por supuesto la literatura que trata primordialmente de temas cibernéticos (el género que se suele conocer como "cyberpunk", que merecería una entrada independiente).

Así definida, para la inmensa mayoría de los lectores la ciberliteratura no existe: nunca han oído hablar de ella ni podría citar ningún ejemplo. De hecho, la ciberliteratura está prácticamente reducida a las universidades y ámbitos artísticos, se produce y consume en ellos, y tiene escasa o ninguna repercusión en el ámbito literario comercial o mainstream. En proporción, la cantidad de crítica, cursos, seminarios y congresos que este tipo de literatura ha provocado parece un poco desproporcionado...

Siguiendo a Katherine Hayles y a la Electronic Literature Organization, se podría clasificar la literatura electrónica en los siguientes géneros:
  • Narrativa hipertextual: obras compuestas por textos y enlaces, al modo de "Elige tu propia aventura". Ya reseñamos aquí uno de sus ejemplos más acabados: afternoon, a story, de Michael Joyce; en español y en internet puede leerse Pentagonal, del chileno Carlos Labbé.
  • Narrativa multimedia o network fiction (no me acaba de convencer el segundo término): obras que utilizan las nuevas posibilidades que ofrece internet, añadiendo al texto sonidos, imágenes, vídeos, etc. Un ejemplo sería These Waves of Girls; en español fue pionera Gabriella Infinita, de la Universidad Javeriana de Colombia
  • Narrativa interactiva: similar en cierto modo a los anteriores, se diferencia por incluir mayores dosis de interacción y de juego, y menos texto; se introduce de lleno, por lo tanto, en el campo de los videojuegos, hasta el punto de que a veces es difícil distinguirlos. Un ejemplo en español es Golpe de gracia, también de la Javeriana (las dos primeras partes son más textuales, la tercera es propiamente un juego). Entre este tipo de juegos "literarios" se suele citar Myst, un clásico que creaba un complejo mundo de ficción y que tuvo hasta cinco continuaciones, si no me equivoco.
  • Ficción adaptada a tecnologías concretas, como el GPS o el teléfono, y que permiten relacionarse con entornos reales y tridimensionales. Por ejemplo, la novela The Missing Voice (Case Study B), en CD, constituía un recorrido virtual, pero realizable, por las calles de Londres. También hay ficciones adaptadas a géneros textuales propiamente digitales, como el sms, el blog, o incluso Twitter o facebook.
  • Teatro interactivo, en el que se combina en distintos grados la actuación real con la participación de actores virtuales, remotos o digitales. Así, en Façade el usuario real interactúa con dos personajes virtuales, Grace y Trip, y se ve inmerso en una trama a lo Quién teme a Virginia Woolf. También los avatares digitales (encubran o no a personas reales) son considerados por algunos críticos una forma de "teatro digital"...
  • Poesía digital: aquí se incluiría, hasta cierto punto como un cajón de sastre, todas aquellas obras no narrativas, más o menos experimentales, que emplean tecnologías digitales combinadas en mayor o menor medida con elementos textuales para crear "poesía". La variedad en este grupo es enorme: prácticamente todas las obras contenidas en el primer volumen de la Electronic Literature Collection formarían parte de este grupo (por cierto que el segundo volumen de la colección se espera para finales de este año).
  • Literatura generada por ordenador: poesía, narrativa o teatro generados de manera más o menos interactiva por ordenador. Varios de los que he visto son más bien lúdicos, sin intención estética real. Aquí van un par de ellos: el Poem generator, y el Poetry Generator.
  • Literatura colaborativa: las nuevas tecnologías no han inventado la escritura a varias manos, pero sí la han facilitado. Las wikis son el medio más utilizado para este tipo de proyectos: además de la Wikinovela, desarrollada por la Universidad de Deusto hace unos añitos, también está el proyecto A million penguins o Un soneto me manda, de José Antonio Millán.
En mi opinión, mucha de esta literatura es en realidad un ejercicio de virtuosismo: hacemos esto, porque podemos, porque la técnica nos lo permite, y porque siempre es tentadora la idea de introducir la literatura en cualquier nuevo medio o tecnología que surge; dudo mucho, en cambio, que estos cibergéneros lleguen a ser mayoritarios, por su dificultad, su especificidad y su carácter híbrido: ni son propiamente literatura, ni son propiamente videojuegos. En todo caso, es interesante saber que esta literatura existe, y que es posible hacerla; aunque sea para decidir que no merece la pena seguir por ese camino...

miércoles, 27 de octubre de 2010

Breve antología de libros inexistentes

Hay libros que no existen, pero que tienen un lugar importante en la literatura; libros que nunca han sido escritos, pero sí comentados, buscados, reseñados o invocados en otros libros. Son obras ficticias, que en algunos casos se hacen pasar por reales, y en otros son claramente parte del juego narrativo; libros basados en otros libros que sí existieron, o meras invenciones de autores con un especial sentido del humor.

Probablemente el libro ficticio más citado y conocido de todos sea el Necronomicon o "(libro de las) leyes de los muertos", inventado por H. P. Lovecraft, supuestamento compuesto por un poeta loco de Yemen, traducido posteriormente al latín y encuadernado en piel humana; además de contener conjuros y fórmulas malignas, tiene la facultad de enloquecer a cualquier persona que intenta leerlo. Desde que Lovecraft lo creó y lo hizo aparecer en una de sus historias, "The Hound", en 1924, se ha convertido en un tópico de la literatura y el cine de terror.

A veces la invención de libros ficticios se integra en la creación de universos y mitologías narrativas complejas. Es el caso de los libros ficticios mencionados en el mundo de El Señor de los Anillos (por ejemplo, el Libro de los Registros o el Pergamino de los Reyes); de la Biblia Católica Naranja de la saga Dune; de la Enciclopedia Galáctica de Isaac Asimov, dentro del universo de Fundación, o de su contrapartida cómica, la Guía del autoestopista galáctico inventada por Douglas Adams (no la novela real, que sí existe, lógicamente, sino el libro mencionado constantemente en ella, del que llegan a copiarse algunos fragmentos, y que lleva la inscripción "Don't Panic!" en la portada).

Hay autores que tienen especial predilección por inventarse libros. Uno de ellos, probablemente el más grande creador de libros ficticios de todos los tiempos, es Jorge Luis Borges, a quien le gustaba comentar, glosar o reseñar libros inexistentes. Especialmente importantes, por su significación, son "El jardín de los senderos que se bifurcan" (la novela mencionada en el relato del mismo título), ese "nuevo Quijote" escrito por Pierre Menard en pleno siglo XX; o, por qué no, esa edición desconocida y escurridiza de la Enciclopedia Británica que apareceen "Tlön, Uqbar, Orbis Tertius". Otro gran inventor de libros ficticios fue Rabelais, quien en su Gargantúa y Pantagruel menciona obras tan sustanciosas como el Modo cacandi, de Tartaretus, o el Ars honeste petandi in societate, de Maitre Hardouin de Graetz (que cada lector traduzca los títulos con sus pocos o muchos conocimientos de latín macarrónico).

En otros casos, el invento de una obra ficticia es algo meramente puntual. Los ejemplos de autores y libros inventados para aparecer en una sola obra son innumerables. Umberto Eco jugó con la idea del "Segundo Libro" de la Poética de Aristóteles, perdido o quizás nunca escrito, en El nombre de la rosa; la Teoría y práctica del colectivismo oligárquico del mismísimo Goldstein, ocupa un lugar prominente en 1984; en La vida nueva, de Ohran Pamuk, el grupo de personajes principales ve alterada su vida después de leer un misterioso libro; un libro asesino es también el centro de Nana, de Chuck Palahniuk; novelas como Los papeles de Aspern, de Henry James, o Posesión, de S. A Byatt, que tratan de escritores ficticios, les inventan también, como es lógico, una amplia bibliografía ficticia; mención especial merece Si una noche de invierno un viajero..., de Italo Calvino, que se compone de una sucesión de libros inventados e interrumpidos.

Quién pudiera tener entre sus manos alguno de estos libros imposibles. Y qué gran biblioteca se podría formar con todos ellos...



Más información:
-"Una selección de libros muy interesantes que nunca podrás leer... porque no existen", en el Blog de la BNE
-"Libros malditos. Bibliotecas que nunca existieron", en Muy interesante.
-"Libros inexistentes" en Dalgrev, un blog argentino
-Fictional book y List of fictional books (Wikipedia en inglés)

lunes, 12 de julio de 2010

Hacia dónde va la novela


Desde finales del s. XX se ha venido anunciando la muerte de la novela. Aunque al principio pareciesen algo derrotistas, en realidad, las voces que abordaron la cuestión se referían, más que al género en sí, al modelo de novela que se venía practicando hasta entonces. Esto, como diría Eduardo Mendoza, tratando de explicar unas declaraciones suyas que levantaron bastante polémica: “La novela de sofá – heredera de las grandes obras y la única que merece tal nombre – “ya no da más de sí” y su muerte “se ha anunciado varias veces y siempre con razón”. Efectivamente, la primera transformación ocurrió a principios del s. XX, sobre todo con la llegada de las vanguardias. El modelo anterior siguió encontrando lectores, pero como experiencia creativa estaba agotado y no tuvo más remedio que evolucionar. Cuando después Vargas Llosa señala que la novela siempre fue un producto de minorías y que banalizarla convirtiéndola en light para que compita con lo audiovisual no conseguirá más que aburrir al público, en realidad estaba diciendo lo mismo: que urge dignificar el género y convertirlo de nuevo en signo de la época.

Este tipo de cambios lleva su tiempo. Tampoco son uniformes, pero la palabra que puede definirlos sería, quizá, mestizaje, pues lo que hemos observado hasta ahora es que las fronteras entre géneros están cada vez más diluidas.

En un primer grupo pondríamos obras que pierden la homogeneidad acostumbrada para convertirse en un amasijo de elementos. Como Vida de Pi de Yann Martel, La vida, instrucciones de uso de Georges Perec, No es país para viejos de Cormac McCarthy, El cuaderno dorado de Doris Lessing o Una noche de invierno un viajero de Italo Calvino. Si damos un paso más, llegamos a las que utilizan técnicas de géneros distintos mezclando la novela con un segundo género y a veces un tercero o más. Estos productos, de naturaleza híbrida, al estar formados por la acumulación de elementos, admite infinitas combinaciones. Lo que permanece invariable es la ficción, y con ella podrían fundirse historia, geografía, relato corto, biografía, crónica de viajes, reportaje periodístico, diario personal, notas sueltas, poesía o cualquier otro que se nos ocurra. Cabe todo lo que pueda transformarse en literatura o ensamblarse con ella, incluidos documentos oficiales, sentencias judiciales e instancias. Valga como muestra la magnífica Pantaleón y las visitadoras. Nos encontramos entonces con nuevas y hermosas experiencias lejos del camino trillado de siempre, con un campo abierto a la creatividad.

Aunque es una forma de expresión que llevaba casi un siglo gestándose, sólo al acercarse el fin de milenio empezó a adquirir relevancia. Hasta 1990 Mario Benedetti no se decide a publicar su miscelánea Despistes y franquezas, un tipo de obra que, por sus posibilidades de libertad creativa, le había atraído desde siempre. Y en 2003, Carlos Fuentes manifiesta que le parecería inconcebible que en la novela no tuvieran cabida “la narrativa, la poesía, el ensayo, la filosofía, la ciencia, el reportaje”. El crítico Stephen Kock se suma a esa opinión: “La novela no escrita es un libro, sin embargo, tan pulido, que parece una recopilación de fragmentos. Sin embargo estas obras no son pastiches. Tienen una unidad. Esta unidad se la da la coherencia que supone rechazar la homogeneidad. La negación de la unidad contribuye a su energía".

Encontramos ejemplos en todas las épocas: biografías noveladas como Una historia de amor y oscuridad de Amos Oz o Desde el amanecer de Rosa Chacel, combinación de ensayo y narrativa en Milan Kundera con La insoportable levedad del ser y La inmortalidad, entre otros, apuntes de viaje literarios en Ventanas de Mahattan de Muñoz Molina, meditaciones personales en Mortal y rosa de Francisco Umbral, De profundis de Oscar Wilde y Diario de la galera de Imre Kemrestz, periodismo unido a literatura desde A sangre fría de Truman Capote o Los ejércitos de la noche de Norman Mailer hasta India de V. S. Naipaul, memorias noveladas en París no se acaba nunca de Vila Matas y poetizadas en Confieso que he vivido de Neruda, misceláneas como El azul relativo de Andres Trapiello y miles de ejemplos más de todos los países del mundo que se han ido haciendo más comunes a medida que avanzaba esta primera década. En realidad son la respuesta espontánea de los autores al momento que estamos viviendo, tienen su correspondencia en otros campos artísticos como la música y las artes plásticas, se las ha definido como misceláneas o enciclopedias en miniatura y se caracterizan por ser de carácter abierto, componerse de una combinación de elementos y carecer de jerarquía entre sus componentes. Pero lo que más me fascina de ellas es la multitud de posibilidades que promete su evolución.

miércoles, 1 de julio de 2009

Novela de dictadores (y II)

Después de El señor Presidente, la novela de dictadores mantuvo una buena salud. Así, en 1951 se publicó El gran Burundún Burundá ha muerto, del escritor colombiano Jorge Zalamea, y en 1964 salió a la luz La fiesta del rey Acab, del chileno Enrique Lafourcade. Sin embargo, fue en la época del boom cuando la novela de dictadores alcanzó fama a nivel internacional.

Renovación
Asegura Carlos Fuentes que, a mediados de los años sesenta, él mismo y Gabriel García Márquez acordaron un vasto proyecto editorial llamado a convertirse en la obra de toda su generación: cada uno de los autores del boom debía hacerse cargo de la biografía de alguno de los muchos tiranos de la América latina. Carlos Fuentes planeaba por entonces recoger en una novela la historia de Santa Anna (dictador mexicano) y parece que Julio Cortázar se comprometió a escribir un libro sobre Evita Perón. Lamentablemente, estas dos obras quedaron en nada, pero el proyecto, titulado con ironía "Padres de la patria", se cumplió al menos en parte. En apenas dos años, se publicaron tres excelentes novelas que renovaron el género: El recurso del método (1974), de Alejo Carpentier, Yo el Supremo (1975), de Augusto Roa Bastos, y El otoño del patriarca (1975), de Gabriel García Márquez.

Hay dos grandes cambios que aporta el boom a la novela de dictadores. En primer lugar, la perspectiva se centra en el dictador mismo, haciendo que el lector vea el mundo a través de sus ojos. Se retrata, mucho más claramente que antes, la soledad del poder, hasta el punto de que puede llegar a sentirse lástima por esos personajes ridículos, aislados en su propia red de manipulación y falsedad. En segundo lugar, el lenguaje recibe un nuevo tratamiento. Si bien muchas de estas técnicas ya aparecen en El señor Presidente, aquí se consagran el monólogo interior, el flujo de conciencia, la fragmentación narrativa o la pluralidad de puntos de vista. Los autores del boom renuncian a la omnipotencia del narrador moderno, conscientes de que una auténtica crítica de los mecanismos del dominio absoluto debe implicar también el cuestionamiento del poder sobre el lenguaje.

Carpentier ya se había acercado al tema antes de El recurso del método; por ejemplo, al describir en El reino de este mundo (1949) la gloria y la caída de Christophe, el rey negro de Haití. En esta ocasión, en cambio, opta por no hablar de ningún personaje histórico en concreto. Se propone retratar la figura (nada anómala en la historia americana) del tirano con pretensiones ilustradas que gusta de pasar su tiempo en París, alejado del país bárbaro que se ve llamado a gobernar. Tales pretensiones de humanismo racionalista no se corresponden, por supuesto, con la efectiva política del dictador y se revelan como una mera ideología del dominio a la que se recurre a voluntad. Esa es la idea que refleja el juego de palabras del título, que hace un guiño al Discurso del método de Descartes. Roa Bastos, en cambio, sí circunscribe su novela a unas coordenadas históricas bien concretas: narra la vida de José Gaspar Rodríguez de Francia, que fue Supremo Dictador Perpetuo de la República del Paraguay de 1816 a 1840. En cuanto a El otoño del patriarca, podéis ver aquí la entrada que le dedicamos en este blog.

El post-boom
Después de este momento cumbre a mediados de los setenta, el género parece languidecer. En los ochenta podemos encontrar Cola de lagartija (1983), de Luisa Valenzuela, y La novela de Perón (1985), de Tomás Eloy Martínez, ambas sobre el régimen peronista. Éste último vuelve a tratar el tema en Santa Evita (1995), que trata de las siniestras vicisitudes del cadáver de Eva Perón; algo parecido quizá, a decir de Carlos Fuentes, de lo que hubiera escrito Cortázar. El último gran ejemplo de la novela de dictadores, por ahora, es La fiesta del Chivo (2000), de Mario Vargas Llosa, que se ocupa de la tiranía de Trujillo y ya comentamos aquí.

Es imposible saber si este género, que ha dado tan grandes frutos a la literatura hispanoamericana, seguirá cultivándose en el futuro. Lo único que cabe esperar es que esos hipotéticos ejemplos puedan colocarse en los estantes de la novela histórica.

(Aquí podéis leer el artículo de la wikipedia en inglés, que me ha sido de gran utilidad para escribir este par de entradas.)

domingo, 28 de junio de 2009

Novela de dictadores (I)

Si hay una tradición temática propiamente hispanoamericana, ésa es la novela de dictadores. Por desgracia, en la historia de Hispanoamérica no han faltado los regímenes autoritarios; por fortuna, tampoco los escritores que se decidieron a narrar sus atrocidades. Un par de ellos ya han ido saliendo en este blog. Trataré de dar una pequeña visión de conjunto en un par de entradas.

Comienzos
Si bien son quizá los autores del llamado "boom" los que consagraron este subgénero de la novela, lo cierto es que sus orígenes se remontan bastante atrás en el tiempo. El comienzo suele situarse en Facundo o Civilización y barbarie (1845), de Domingo Faustino Sarmiento, biografía novelada del caudillo Facundo Quiroga y concebida como una severa crítica al régimen de Rosas en la Argentina. En este caso, el autor es desde luego parte interesada, ya que Sarmiento (que llegó a ser presidente) fue uno de los principales representantes de la facción unitaria, enfrentada por aquellos años a los federales, comandados por Rosas.

Aunque no quizá de una manera tan directa, todas las novelas de dictadores se caracterizan por un cierto compromiso político: el que conduce a denunciar la tiranía. Quiero decir que no se adopta nunca un punto de vista complaciente o ni siquiera neutral, sino que se muestra la figura del dictador en sus aspectos más manipuladores o ridículos. Sin embargo, yo diría que esto no basta para englobar estas novelas en la llamada "literatura comprometida", porque no suelen adoptar una perspectiva política demasiado definida y porque en muchos casos no puede afirmarse claramente que el autor busque influir sobre una concreta situación social. De ahí que muchas de ellas no traten de dictadores reales, con nombre y apellidos, sino que inventen sus propios tiranos para contar mejor lo que les interesa, que es el tema de la desmesura del poder.

Pese a que se trata, como ya he dicho, de un subgénero típicamente hispanoamericano, uno de sus primeros cultivadores fue español: Valle Inclán con Tirano Banderas (1926). Justamente por su condición de europeo, Valle no ha escapado a las críticas que le achacan usar un dialecto pretendidamente americano muy artificial y narrar además desde un cierto desapego estético, que revela su desconocimiento vital de la tiranía (aunque, por esas fechas, Valle era un decidido opositor a la dictadura de Primo de Rivera).

Consolidación
La novela que más habría de influir en la formación definitiva del subgénero es El señor Presidente (1946), de Miguel Ángel Asturias. Se basa en la dictadura de Manuel Estrada Cabrera en Guatemala, aunque no se dice explícitamente y el tiempo y el lugar permanecen ambiguos. Presenta un notable influjo del surrealismo, así como del trasfondo mítico y legendario de Guatemala, que Asturias estudió a fondo. Esta mezcla logra armar un retrato alucinado del régimen tiránico, que apunta a las profundas fuerzas psicológicas y a los relatos heredados que lo sostienen. Asturias se explicaba la prevalencia de las dictaduras americanas apelando, no a razones sociales, sino a toda una simbología insconsciente y compartida del "hombre-mito", astutamente aprovechada. A partir de él, los dictadores literarios se cargarán de un aura mítica, propia ya de ese realismo maravilloso que llevó la literatura hispanoamericana del siglo XX a sus más altas cotas de madurez.

Continuación: Novela de dictadores (y II)

viernes, 17 de abril de 2009

La literatura policiaca

Una vez una amiga me preguntó: "¿por qué te gusta tanto la novela policiaca?". Bueno, me gusta por varias razones. En primer lugar, porque es fácil de leer, tanto en español como en inglés; no exige mucha concentración, así que es la lectura perfecta para viajes, vacaciones, ratos de descanso. Además, es un género con reglas claras y definidas, que se podrían resumir en: "hay un misterio -generalmente, un crimen-, y una persona debe desentrañarlo". A partir de este planteamiento común, es apasionante observar las variantes, modificaciones y reinvenciones del género, que sigue muy vivo en la actualidad (no hay más que mirar la amplitud de las secciones de novela policiaca en las librerías).

Este es un breve repaso a algunos de los nombres fundamentales del género:

Los clásicos:

1.- Edgar Allan Poe: Aunque se le conoce fundamentamente como autor de cuentos de terror, para muchos es también el inventor del relato policiaco en su forma moderna con "Los crímenes de la Rue Morgue", en que aparece un detective intelectualmente superdotado (Chevalier Auguste Dupin), una habitación cerrada, un cadáver y muchas preguntas sin resolver. Dupin sólo volvió a aparecer en otras dos historias de Poe, "El misterio de Marie Rogêt" y "La carta robada", pero estos tres relatos fueron suficientes para dejar sentadas las bases del género.

2.- Arthur Conan Doyle: Y si se trata de encontrar los modelos fundacionales de la novela policiaca, cómo no referirse a Conan Doyle y su Sherlock Holmes. Desde su primera aparición en Estudio en escarlata hasta su desaparición en 1927 con El archivo de Sherlock Holmes (muerte y resurrección de por medio), Doyle marcó la pauta que luego seguirían muchos otros -hasta llegar a nuestro querido Dr. House. Su detective, dotado de una inteligencia sobrehumana aunque social y personalmente inestable, y su inseparable compañero, el Dr. Watson, se pasearon por 4 novelas y 56 historias cortas antes de desaparecer, dejando establecido el canon del género policiaco.

3.- Agatha Christie: El otro gran nombre del género, Agatha Christie escribió unas 80 obras del género policiaco, entre novelas y libros de relatos, y dio luz a dos detectives distintos pero igualmente memorables: el petulante y sofisticado Hércules Poirot, y la adorable pero terrible anciana Miss Marple. Las novelas de Christie suelen tener un desarrollo lento, largas presentaciones de situación y personajes, antes de que se produzca el crimen en cuestión, y suelen estar llenos de pistas falsas que hacen que el lector sospeche de todos los personajes salvo del propio detective. Algunas de las obras más conocidas de esta autora han sido llevadas al cine o al teatro, como Diez negritos, Muerte en el Nilo o Tres ratones ciegos -adaptada con el título de La ratonera-.

4.- Georges Simenon: Menos conocidos que los anteriores, pero quizás más literario que ellos en su estilo y sus intenciones, el belga Simenon es el creador del comisario Maigret, un detective parisino inteligente -pero no de una manera tan sobrehumana o abrumadora como sus predecesores- y humano, iniciando de alguna manera la tradición del "detective sufriente" que han prolongado varios escritores actuales. Las historias de Maigret suelen ser pausadas, casi estáticas, sin tantos giros sorprendentes o revelaciones cataclísmicas como las de Conan Doyle o Agatha Christie. Esto no quiere decir que sean aburridas, sino que su interés está en otra parte: en la presentación de los personajes y la sociedad que rodean al crimen.

5.- Gastón Leroux: A Leroux le corresponde, se puede decir, el honor de cerrar un subgénero que inició Poe con la Rue Morgue: el del "misterio de la habitación cerrada". El Misterio del Cuarto Amarillo está considerado por muchos como el modelo último y definitivo de este tipo de novela, en el que el crimen se ha cometido en una habitación cerrada a cal y canto, sin salidas posibles, y en la que aparentemente sólo se encontraba la víctima. Después de él se han escrito otras novelas similares -por ejemplo, El hombre vacío de John Dickson Carr-, pero no han logrado superar la complejidad o el ingenio de la de Leroux.

6.- Dashiell Hammett: Por terminar con los clásicos, citemos a Hammett, autor de novelas como Cosecha Roja o El halcón maltés, considerado como el iniciador o el maestro del subgénero del hard-boiled o "novela negra", en el que el detective no alcanza la solución del misterio necesariamente a través de la inteligencia, sino a través de la insistencia, la falta de escrúpulos y también, a veces, la violencia o la suerte. En sus novelas -como en las de Raymond Chandler, creador del detective Phillip Marlowe-, la ley y la moral no siempre van de la mano, y el resolver el crimen no siempre significa salir triunfador...


Los actuales:

1.- P.D. James: Creadora del detective-poeta Adam Dalgliesh, P.D. James podría considerarse como una continuadora de la obra de Agatha Christie, tanto por sus entornos ingleses como su detallada presentación de ambientes y personajes, aunque James quizás tenga un estilo algo más irónico que Christie, lo que hace su lectura más entretenida.

2.- Henning Mankell: El escritor sueco actual más conocido, con permiso de Stieg Larsson, es el creador de Kurt Wallander, un detective solitario, profesional pero un poco amargado. Sus novelas, generalmente muy bien escritas y planeadas (con la excepción de Firewall, que no me gustó nada), cuentan detalladamente todo el proceso policial -investigación, burocracia, interrogatorios...- desde que se produce el crimen hasta que se resuelve.

3.- Andrea Camillieri: Para muchos -entre los que me cuento-, el mejor escritor de novela policiaca contemporáneo. Basado -en el nombre y en su apetito voraz- en el inspector Carvalho de Vázquez Montalván, su inspector Salvo Montalbano, de Vigata, es un hombre inteligente, irónico, epicúreo, independiente y algo decadente, y las novelas de Camillieri están llenas de sentido del humor, de ligereza y de personajes grotescos. ¿Se casará algún día Montalbano con Livia?

4.- Michael Connelly: De los escritores actuales, y quizás por su origen estadounidense, Michael Connelly es el más cercano al género del hardboiled y a los tópicos hollywoodienses de la novela de detectives: su detective, Hieronymus 'Harry' Bosch es un tipo duro -pero con sentimientos-, enfrentado con la burocracia policial y con problemas personales y profesionales, que siempre resuelve los crímenes de una manera heroica y violenta, sin importarle las consecuencias.

5.- John Connolly
: Sus obras suponen, cada vez más a medida que avanza su carrera, la mezcla de dos géneros: el policiaco y el de terror. Comenzó siendo un escritor de novela negra especialmente irónico y atrevido con Todo lo que muere, para ir dando paso a más elementos sobrenaturales. Lo mejor de sus novelas, más que el detective Charlie Parker, torturado por su pasado, son dos personajes secundarios: Angel y Louis, una pareja de asesinos gays que ayudan a Parker cuando este lo necesita. Cuando aparecen en acción, uno sabe que se lo va a pasar bien durante unas cuantas páginas.

6.- Ian Rankin: Escritor escocés, Rankin sitúa sus novelas policiacas en Edimburgo y sus alrededores. Su detective, el Inspector Rebus, se parece un poco al Harry Bosch de Michael Connelly: está al margen de las intrigas políticas de la policía, es independiente, algo violento y tiene un alto sentido de la moral y la responsabilidad. Probablemente no es el mejor de los escritores citados, pero sí es uno de los que más vende, sobre todo en Europa.

¿Me olvido de alguno? Me lo podéis recordar en los comentarios...