martes, 21 de octubre de 2014

Eduardo Jordá: Lo que tiene alas

Idioma: español
Año de publicación: 2014
Valoración: imprescindible

Como Ovejero, como Carrión, como Ayén, Eduardo Jordá es un gran escritor escondido tras un enorme lector. O viceversa. De esos a los que el entusiasmo le rebosa por los poros. De esos, ya sabéis, que aúllan ante un buen relato, y de esos que no se lo guardan para sí, para presumir entre las amistades de ser capaz de descubrir las perlas en que nadie ha reparado. 
No sé si somos 5, 6 o 30.000 los que potencialmente disfrutamos de libros como Lo que tiene alas. Podría decir que me da igual, pero no. Si me diera igual no me embarcaría en aventuras como ésta de ULAD, claro. La de comentar una obra colosal de un autor al que accedí por una interesante traducción y un posterior libro de relatos, y escribir esto, para decir a todo el mundo: pulgares arriba, si te gusta leer y releer, este es (uno de) tu(s) libro(s).
Lo que tiene alas contiene, por eso, alguna pequeña trampa: Jordá tira de la experiencia que le han procurado sus alumnos de talleres literarios a la hora de comentar la soberbia selección de relatos cortos (o no tanto, pues cuela más de una novela) que forman su espina dorsal y su corriente argumental. Nada, autorcillos de poca monta: Gógol, Tólstoi, Cheever, Carver, O'Connor, Cortázar, Onetti. Cada una de las piezas, objeto de un minucioso y ameno estudio donde se profundiza en su estructura, en sus claves, en su significado, sin recurrir más de lo necesario a una erudición que es accesible y, em, excitante. Ah, los matices. Esta es la cuestión: quien esté interesado en la literatura sólo tendrá que escoger entre los diversos verbos que definen lo que consigue este libro respecto a la lectura de las piezas que comenta: empujar, excitar, provocar, inducir, incitar, estimular. En lo personal, he de confesar que iré uno tras otro tras esos relatos. Pues bueno soy yo. Empezaré por los que ya están en mi biblioteca personal, pero todos caerán: lecturas o relecturas.
Más valioso, el must adicional de este libro, es cómo el autor es capaz de edificar una pieza literaria tras otra sobre la estructura de comentar otra, y no perder el nivel, un nivel literario (va, aceptaremos también metaliterario). Llegando a niveles estratosféricos como el del extenso estudio que hace las veces de centro del libro (pues lo dedica a El Gran Gatsby, que no sólo es una novela, sino una muy célebre a la que, además, añade un trabajo en segundo plano sobre El corazón de las tinieblas de Conrad, en plan happy-hour), que el lector promedio podría acusar de espoileo (el lector promedio: ese desconocido imaginario que piensa que no merece la pena leer un libro si te chafan el final). Y es una mera muestra: escarbando a fondo en las interpretaciones, Jordá consigue que lo que podría quedar en un impecable ensayo alcance, casi, consideraciones de relato de suspense, tal es la tensión que genera en alguna de las piezas. ¿Cómo, para quien se extrañe, no va a merecer un imprescindible como una catedral, un libro que se convierte, de forma inmediata, en una referencia necesaria para ir de cabeza a por otros quince o veinte?
Va, una queja, que se vea que soy un catalán rondinaire. ¿No podría haber incluido el magistral Sensini de Bolaño?

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Desconocía hasta hoy que Eduardo Jordá imparte talleres literarios.
¡Lástima no poder apuntarme a uno!
Le sigo en Diario de Cádiz y siempre me ha gustado su forma de escribir.
Y su buen juicio, todo sea dicho.

Francesc Bon dijo...

Pues creo que Jordá lleva una actividad bastante frenética, habida cuenta de todo lo que, con los meses que le sigo, he descubierto que hace. Traducciones, poesía, crónica, relato... hay que estar atento a sus movimientos.