jueves, 9 de octubre de 2014

Colaboración: El corredor del laberinto de James Dashner

Título original: The Maze Runner
Idioma original: inglés
Año de publicación: 2009
Valoración: decepcionante

Un chico sin memoria se despierta en un sitio extraño, una especie de prisión llamada el Área, que es habitada por un grupo de adolescentes que tampoco recuerdan gran cosa de su pasado. Afuera, sólo se extiende un enorme laberinto que cambia diariamente y que es habitado por unas criaturas mortíferas llamadas Penitentes. Bajo esa premisa se inicia Maze Runner, otra novela orientada hacia el público juvenil, que como tantas en su género, pretende insertarse en las largas listas de preferencias. Pero tras iniciar la lectura de los primeros párrafos, se aprecia que ésta no es una novela bien cuidada, en especial por el empleo del lenguaje. Si se decide seguir avanzando, se observa el poco interés en el delineado de los personajes, el problema en el manejo de la trama y su verosimilitud. Cuando se termina, da la impresión de ser un primer borrador de un proyecto de novela.

Es complicado hacer una reseña negativa para una novela de la que todos hablan maravillas, con una historia cuyo gusto popular ha llegado hasta las salas de cine, calificándola como una historia “muy original”. Posiblemente existen ciertos libros que sólo pueden disfrutarse en determinados momentos de la vida, para este caso, la adolescencia, aunque eso no debería importar. La Literatura Infantil y Juvenil tiene diversidad de títulos de excelente manufactura, así que no creo que el género sea una excusa para justificar los errores de edición, trama o verosimilitud.


El autor se vale de ese desconocimiento inicial del personaje (sobre sí mismo y el nuevo sitio que habita) para generar la suficiente tensión que mantiene al lector curioso en suspenso, esperando encontrar algún indicio que ayude a entender lo que sucede en la extraña prisión y su laberinto. Para el punto de vista, se utiliza un narrador en tercera que se sitúa cerca de las acciones de Thomas, el protagonista de la novela, y así se podrá conocer la forma en que ese sitio aislado es manejado por el grupo de adolescentes. La propuesta es que, encontrando la salida del laberinto, podrán regresar a casa (aunque no guarden ningún recuerdo al respecto). Para lograr tal proeza, existe un grupo de corredores que salen durante el día a explorar el laberinto y trazar los mapas del mismo, en espera de poder resolver el acertijo. Los Penitentes del laberinto atacan a los chicos y les inyectan un veneno potencialmente mortal. Si sobreviven a la picadura y a un proceso llamado Transformación, la mayoría de las víctimas enloquece.

Pero la incertidumbre inicial que mantiene la atención lectora, se va diluyendo hacia la mitad de la novela, porque no se entrega otra estrategia distinta para generar tensión. En historias con este tipo de estructura, el asunto es más difícil porque son mundos cerrados y además controlados. Existe un tipo de lógica que sólo se entiende en el interior, con pocos elementos con los cuales se pueda echar mano para cambiarlo en algo potencialmente relevante. Cuando se maneja este diseño, lo más obvio es que todo se encuentra a merced de una “inteligencia superior”, un arquitecto; y no existe garantía de que resolviendo el acertijo, se encuentren las respuestas deseadas. Esta estructura, exige que el escritor maneje ese mundo cerrado de forma ingeniosa para conservar el interés.

Y cuando se pierde ese impulso inicial, el autor comete el error de atacar su verosimilitud, porque necesita otro estímulo distinto para mantener ese ritmo y, aparentemente, los elementos que ha puesto en juego ya no le proporcionan más acción. La otra opción es que se haya quedado sin nuevas ideas para manejar creativamente esos elementos. Así que todo aquello que nos propusieron como algo aterrador o mortífero durante la primera mitad de la historia, como los Penitentes, el veneno, el laberinto en la noche o la Transformación, durante la otra mitad, queda claro que no lo son tanto; cuando Thomas, intentando ayudar a unos compañeros rezagados y se adentra en el laberinto, se van cayendo uno a uno los elementos de tensión.

El siguiente problema son los personajes, que tienen un esbozo de carácter y son pobres en desarrollo. Los secundarios, de hecho, se prestan para ser más interesantes que el personaje principal, al que el autor intenta imponer sólo por su deseo y no porque se distinga por ser excepcional. Pero Thomas es el factor desestabilizador de ese mundo cerrado, así que, a pesar de su poca personalidad, es importante en lo que a la trama se refiere.

Y si todo lo ya expuesto no fuera suficiente dentro de los múltiples descuidos, lo que más resalta negativamente, es el estilo: una gran colección de frases hechas y lugares comunes que al principio se soportan pero que después cansan. Eso sin mencionar el abuso en los adjetivos, las extrañas metáforas y términos científicos incongruentes. No soy filóloga y mi área de experiencia en nada tiene que ver con las letras, pero tras leer “Maze Runner” me resulta claro que el estilo y el lenguaje son algo que también toma realce en la literatura fantástica y de ciencia ficción, porque entregan un sentido, una dirección, las palabras mismas son un indicio del mundo que el autor nos intenta recrear. Las palabras conducen a un contexto determinado, indican una época específica, un escenario.

De manera que si el lector es amante de las novelas distópicas de adolescentes y no le molestan los personajes planos y la trama superflua e incongruente, Maze Runner es una novela para pasar el rato. Pero definitivamente no es recomendable si para aquellos que disfrutaron títulos como Dune o se estremecieron ante la perspectiva de Un mundo feliz.

Firmado: Julieta Moreyra

1 comentario:

aninetyone dijo...

Me alegra que alguien más comparte mi punto de vista de este libro. Mis amigas estaban tan contentas con la saga que me esperaba maravillas. Y la verdad, me decepcionó muchísimo. Terminé de leerlo esperando más emoción, pero eso no llegó.