Título original: Paa gjengrodde stier
Traducción: Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo, para Nórdica
Año de publicación: 1949
Valoración: está bien
Creo que puedo decir, sin temor a equivocarme, que hay más gente que prefiere ver teatro antes que leerlo. O quizás no es un tema de que guste más o no, pero sí una práctica habitual. Y es que el teatro leído contiene un componente de dificultad lectora: la falta de definición de la ambientación, pues muchas veces, más allá de una pequeña descripción del lugar donde trascurre la escena, las obras de teatro se basan en el diálogo, por lo que la complejidad que tiene el lector en el ejercicio “visual” de imaginar la escena se agranda. Pero, aún y así, a los que nos gusta el teatro, a veces nos apetece también leerlo, quizás para recordar aquella obra ya vista en representación teatral, quizás para descubrir y vislumbrar cómo podría representarse. Y claro, dentro de los grandes autores teatrales, es impensable no mencionar a Henrik Ibsen.
En este texto del autor noruego, el relato empieza con un paisaje ya conocido y común en muchas de sus obras: una casa señorial regentada por una familia que ostenta cierto cargo de poder (una serrería y algunas minas, en este caso); también constituye una pieza fundamental el servicio que trabaja en la casa, así como algún personaje adicional que aparece de golpe después de cierto tiempo fuera y cuya presencia no es banal. Nada que sorprenda al lector a la hora de tejer el entramado argumental, pero es una sólida base para lo que Ibsen tiene pensado desarrollar en esta pieza teatral donde una serie de personajes entran y salen de la casa y van dejando pequeños detalles enigmáticos en las conversaciones entre ellos que llevan a sospechar que hay algo más profundo y parcialmente dejado de lado en sus relaciones que en algún momento hará acto de presencia con sus asociadas consecuencias.
A nivel estilístico Ibsen sabe cómo crear tensión; es en esas habladurías, rumores y chismorreos entre los diferentes personajes donde el lector se va haciendo la composición de lo que se está orquestando a bajo nivel: un entramado de intereses y secretos que el autor va sacando a la superficie poco a poco, dejando a su vez un rastro imborrable de mentiras enterradas bajo estratos de cotidianidad e intereses. Pero ahí, con marcado contraste, aparecen los ideales y los valores, siempre presentes en las obras de Ibsen; unos ideales a prueba de las relaciones que emergen y se erigen como inquebrantables a pesar de todos y de todos, que se esgrimen como una lanza rota en favor de la honestidad y la pureza, de la conducta impoluta e infranqueable, como el autor bien profesa al decir, en boca de unos de sus personajes, cuando uno le espeta a otro: «ha vuelto a colarse en una casa humilde reclamando el pago de las facturas de los ideales, y en esta casa no hay gente solvente». Así, esos valores son siempre presentes y esgrimidos sin tapujos, porque «de vez en cuando es útil profundizar en el lado oscuro de la existencia» a pesar de ser algo que, a su vez, pueda sembrar sentencias y tiranteces entre los personajes.
Como en toda obra teatral, y más teniendo en cuenta su corta extensión, no conviene revelar el argumento ni, menos aún, su desarrollo, aunque viniendo de Ibsen, uno ya puede suponer que tanta tirantez no va a quedar en nada y que a veces la defensa a ultranza de los ideales acarrean consecuencias para las que uno no está preparado.
Hay autores clásicos que, por motivos que desconozco, pasan de largo de nuestras vidas lectoras. Es posible que sea porque pertenezcan a países con menos influencia mediática o por utilizar idiomas menos populares. Y esto me ocurrió con Tarjei Vesaas, al que descubrí hace relativamente poco por su libro «El palacio de hielo» en el que, a pesar de cierta irregularidad, esgrimía destellos de una prosa que merecía ser profundizada y ampliada a través de otras de sus obras. Y aquí estamos, aunque con resultado poco convincente.
Empieza la novela de manera directa, como suele ser habitual en la literatura nórdica, y el autor nos introduce a los dos personajes que conformarán el eje central del relato: Mattis y Hege, dos hermanos que, a pesar de encontrarse en la madurez, viven juntos pues sus padres murieron cuando ellos eran aún niños; ella tiene cuarenta años y él tres menos; él sin trabajo y con remordimientos por no encontrar uno porque, según su opinión, no tener trabajo «es el mal que lo alimenta todo el año, y que lo ha hecho a lo largo de cuarenta años». Le apodan “el tarugo”, de manera justificada según él mismo y, por esa condición, teme que su hermana lo abandone ya que supone un lastre para la familia. Por ello, Mattis espera que la monotonía de su vida cambie y por ello está siempre pendiente de alguna señal que cause una disrupción en su vida. Y ese hecho, a su entender, se produce cuando, un día por la noche, la becada hace un vuelo por encima de su casa, algo bastante inusual, y él lo atribuye de forma inequívoca a que aquello es un presagio de que algo cambiará, de que nada será nunca más como antes. «Si esto no tiene importancia te juro que ya no sé qué puede tenerla» afirma, a la vez que intuye sin lugar a dudas que «a partir de ahora todo será diferente” pero, ¿lo será también para él?
La narración transcurre a través del día a día de los hermanos, centrándose en Matis y en cómo pequeños acontecimientos marcan de manera profunda su día a día, elevando situaciones cotidianas a hechos excepcionales. Para él todo tiene importancia, en su mundo interior rico y anárquico, una escena que salga de lo habitual es un el hecho de vital trascendencia. Y esa manera de ver y sufrir el mundo le causa un aislamiento interior pues nadie le entiende, nada ve el mundo como él, y eso le crea un abismo emocional pues en su fuero interno él sabe que es diferente al resto y que parece ser el único en darse cuenta y constatar la importancia de pequeños detalles y cambios en su rutina, ya sea el vuelo de unos pájaros o la amenaza de una inminente tempestad.
A pesar de que la historia promete, pues uno empatiza con Matis y sus preocupaciones, es precisamente esa rutina la que contagia el relato si bien es cierto que la irrupción de un tercer personaje que altera el orden y suscita episodios personales y vivenciales que abren y reformulan nuevas cuestiones sobre la vida y su futuro aumenta sumamente su interés hasta llevarlo a niveles suficientes para disfrutar de su lectura. Es por ello por lo que la lectura produce sensaciones encontradas pues el retrato de los personajes está bien definido y uno se une a la angustia de Matis, pero es justamente esa rutina en la que se halla instalado que causa que a veces el lector se pierda en ella y se someta a su mismo abatimiento.
También de Tarjei Vesaas en ULAD: El palacio de hielo
Casi ocho años han pasado desde la última vez que intenté leer algo de Karl Ove Knausgard (KOK para los amigos y enemigos) y la experiencia fue bastante decepcionante. Pero el caso es que la sinopsis de Los lobos del bosque de la eternidad me llamó la atención, lo que unido a la insistencia de ciertos lectores y lectoras de confianza me terminó de animar. ¡Qué carajo. Algo tendrá el agua cuando la bendicen!
Bueno, pues terminadas las más de 900 páginas de la novela, he de decir que no me arrepiento, que en líneas generales me parece una buena novela y que lo mismo hasta me animo a leer las chorrocientasmil páginas La estrella de la mañana. Resumiendo: creo que el paso de la autoficción a la ficción le ha sentado de maravilla a KOK.
Antes hablar de la novela en sí, hay que decir que Los lobos es la segunda parte de una proyectada heptalogía (lo que le gustan a este hombre los tochos), pero que no es estrictamente necesario haber leído la primera parte para "enterarse" de la trama. Quizá sea conveniente, por aquello de completar la historia de los protagonistas, pero también hay cabos sueltos que seguro se atan en posteriores entregas y aquí estamos.
Ahora sí, al lío. Los lobos es una historia de secretos y relaciones familiares, de vida y muerte, a través de unos 40 años, de dos lugares tan diferentes como Noruega y Rusia y de dos personajes aparentemente antagónicos como Syvert y Alevtina, sus dos personajes centrales,. Lo anterior permite a KOK escribir varias (posibles) novelas dentro de la novela.
Por ejemplo, la primera mitad del libro puede leerse como la novela de formación de Syvert y se centra en la relación de un Syvert adolescente (y algo tontorrón, valga la redundancia) con su madre y su hermano menor, así como el paso de aquel de la adolescencia a la madurez, tras sus primeros contactos con la muerte, la enfermedad y ciertos secretos de familia.
Por su parte, la segunda mitad, más centrada en Alevtina, puede ser leída como una novela de corte existencialista, muy muy rusa, en la que el vacío personal y profesional de su protagonista ocupa un lugar preponderante y determina, en cierta forma, sus relaciones personales y familiares.
No me enrollo más en lo referente a lo argumental y paso a contaros lo mejor y lo peor de la novela.
En el lado positivo destaca:
Un porrón de libros de KOK reseñado en ULAD: La muerte del padre (y su contrareseña aquí), Un hombre enamorado, Tiene que llover, Fin, La importancia de la novela
Título original: Vi er ikke her for å ha det morsomt
Año de publicación: 2022
Traducción: Ana Flecha Marco
Valoración: recomendable
Knut Pettersen es un escritor noruego de mediana edad -mediana edad más bien pasadita- que conoció el éxito literario veinte años atrás, pero que desde entonces ha ido viviendo un paulatino declive, tanto en lo literario y financiero -de hecho, para sobrevivir debe trabajar esporádicamente en una residencia de ancianos- como en lo que respecta a sus relaciones amorosas, familiares y sociales... Vamos, que su vida sería parecida al lento rodar de una piedra por la ladera de una árida montaña. En éstas, recibe la invitación a un importante festival literario, con el inconveniente de que debe participar en un coloquio sobre la infidelidad junto al marido de su ex-mujer y, peor aún, a una escritora que describió un supuesto episodio de acoso sexual por su parte en una novela de autoficción (por lo que no cabía defenderse legal ni casi públicamente de tal acusación). Acuciado por su situación económica, pero también por su deseo de volver a formar parte del mundillo literario, Knut acude al festival junto a su amigo y vecino Frank.
A partir de esta premisa, Nina Lykke nos hace acompañar al muy neurótico y deprimido Knut durante los días previos a tal evento, que le causa una ansiedad considerable, añadida a la amargura y el desencanto provocadas por su situación profesional y familiar, amén de su pesimismo vital, en general. Con tan agobiante mochila, Knut hace frente al cambiante y desconcertante mundo que le rodea con reflexiones caústicas en su lucidez sobre lo que se va encontrando y también -no es menos importante- sobre los recuerdos de sus comportamientos pasados. Sin embargo, y aunque la novela es irónica y hasta mordaz sobre ciertos excesos del "feminismo" (lo pongo entre comillas porque no me atrevo a afirmar que se trate de actitudes propias del verdadero feminismo... Aunque tampoco me atrevo a determinar en qué consiste eso del "verdadero feminismo"), el llamado "wokismo" o, sin más, el postureo de cierta intelectualidad que siempre intenta nadar y guardar la ropa, éste no es un libro que pretenda pelear en la cacareada "guerra cultural" a la que nos están obligando a asistir en los últimos tiempos (pese a lo que considere algún que otro opinador extremocentrista que lo ha reseñado). Ni tampoco su autora es una de esas indignadas mujeres que se aprestan a acudir en defensa del vapuleado varón blanco heterosexual y pitopaúsico de mediana edad; entre otras cosas, porque nos presenta a su protagonista, más que como un ser noble e incomprendido, como un tipo un tanto gilipollas (en el sentido más cariñoso del término, si es que lo hay): si la vida de Knut es un desastre, en buena parte es culpa suya... lo que no significa que no podamos sentir empatía y hasta algún cariño por él, que tampoco es ningún monstruo, sino un individuo inofensivo y más bien pusilánime (aunque no durante toda la novela, pero no quiero adelantar nada).
En realidad, yo diría que, más que una visión o reivindicación del punto de vista del varón blanco, heterosexual, etc., lo que encontramos en esta novela es el punto de vista (generalizando mucho, claro está) de la generación que nació en los años 60 y se hizo adulta en los muy modernos y rompedores 80, para llegar o incluso superar la mediana edad y darse cuenta de que ya no son modernos ni rompedores y que el mundo ha cambiado, dejándolos atrás o, cuando menos, demodés. OK, boomer, que se decía hace no mucho (sospecho que la expresión ya está también demodé), pero, ¿a qué viene todo esto? Bueno, pues porque la autora de la novela tiene, por casualidad, la misma edad que el protagonista y cabe suponer que comulga con muchos de los airados pensamientos de éste, aunque ya sé que, en puridad, pertenecen a un personaje de ficción y no tienen por qué compartirlos. No obstante, cuando menos se le han ocurrido a ella, fruto, probablemente, de la observación y escucha a sus coetáneos.
Que tampoco se entienda esto como una crítica negativa al libro, ojo; de hecho, yo también puedo compartir algunas de las reflexiones de Knut (*) (es lo que tiene ir haciéndose viejo) y, en cualquier caso, la novela resulta, si no hilarante, bastante divertida, como buena ficción con el típico personaje metepatas, combinado aquí con el -casi- viejales cascarrabias. Además (y reconozco que con esto me ganó) de soltar varias inventivas contra la moda fulera de la autoficción -de hecho, a la escritora que le acusó, en un libro de este género, de haberla acosado sexualmente, Knut la llama, y aquí la ironía parece dejar paso al sarcasmo, La Escritora de la Realidad-. Lástima, de todos modos, no saber más sobre el ambientillo literario noruego, para poder disfrutar plenamente de la malicia de doña Nina Lykke, aunque bueno, es de esperar que sea bastante parecido al de aquí o de cualquier otro país. Eso sí, con mejores canapés de salmón, supongo.
(*) Sé que habrá quien piense, tal vez con razón, que como señoro que soy no tengo derecho a opinar sobre una novela escrita por una mujer y traducido por otra (la cubierta parece que la ha hecho un maromo), aunque trate sobre un personaje de mi misma especie... Pero como, al fin y al cabo, creo que el tono de la reseña es bastante positivo hacia el libro, estoy seguro de que, al menos en esta ocasión, a ninguna de las dos le parecerá mal.
A finales del siglo XIX, y pese a nombres que ya forman parte del mito (Bellinghausen, Ross, Nordenskjold, etc), la exploración polar se encontraba "en pañales" y muchas terra incognita esperaban aún el momento de ser holladas por el ser humano. La historiografía y la literatura se han centrado en la carrera por los polos o en expediciones en las que la tragedia ocupa un lugar fundamental, ya sea como amenaza o como realidad. Bien, ya es hora de reivindicar otras expediciones y otros personajes.
El viaje que hoy os traemos a ULAD es el que Fridjtof Nansen (y cinco compañeros: los noruegos Sverdrup, Dietrichson y Kristiansen y los lapones Balto y Ravna) realizara en 1888 cruzando en esquís y trineo, por primera vez en la historia, el hielo continental groenlandes, partiendo desde la costa Este y llegando a Godthab (actual Nuuk) después de un par de meses.
Más allá del innegable valor que la travesía de Groenlandia tiene desde el punto de vista estrictamente "deportivo", el viaje de Nansen y sus compañeros tiene importancia por tratarse de una de las primeras expediciones modernas en cuanto a personal, logística, etc, así como por las relaciones que establece con los pobladores locales. En este sentido, creo que Knud Rasmussen bebe mucho de Nansen en su magnífica De la Groenlandia al Pacífico.
Pero como ya hemos dicho alguna vez, el viaje a través del hielo no comienza en el momento en el que Nansen y compañía pisan el hielo continental y, así, el libro de Nansen abarca desde la etapa de formación "polar" de Nansen hasta el invierno que hubieron de pasar en Godthab, pasando por aspectos logístico - organizativos de la expedición, historia de la exploración polar, el viaje de Noruega a Groenlandia (vía Islandia), el contacto con comunidades inuit o la propia travesía.
Cuatro son las vertientes que, en mi opinión, conviven en el Nansen escritor y personaje y hacen del noruego uno de los exploradores más amables: la poética, la didáctica, el humanismo y la humorística.
Las descripciones del feroz paisaje islandés, de las costas groenlandesas o de las auroras boreales no tienen nada que envidiar a las que pudieran trazar escritores "profesionales"
Al encontrarnos en medio de fiordo, el ocaso del sol descendente acariciaba con su resplandor las montañas de basalto del Isafjord; sus laderas occidentales sonreían a la luz del atardecer, mientras las sombras frías se arrojaban, ocultándose en todas las grietas de los rellanos situados cerca de las cumbres y colándose en las hendiduras que el agua ha ido enterrando en la verticalidad de los laterales, dejando resaltar con más nitidez las singulares formaciones horizontales.
El carácter didáctico de Nansen y sus textos se deja ver en la parte dedicada a la logística de la expedición, en sus comentarios acerca del hielo, la geología, la vulcanología, etc. y, especialmente, en la recapitulación de anteriores expediciones por Groenlandia y en el aprendizaje obtenido de ellas.
Su vertiente humanista se percibe en la relación que establece con las comunidades con las que se cruza y con las que ha de convivir en el invierno de 1889, en cómo interactúa con ellos, en cómo observa y habla de sus costumbres, modos de organización social, etc. Son capítulos cercanos a lo antropológico y nos dejan una visión bastante avanzada en comparación con otros "prohombres polares" de la época bastante más cabroncetes. Otro punto que habla a favor de Nansen es el recurso a los testimonios de sus compañeros de travesía. No es tampoco muy habitual.
Y por último, el humor, que siempre sobrevuela la narración de Nansen. Ya sea en el barco que les lleva de Islandia a Groenlandia, en las peripecias de Balto y Ravna o en sus penalidades a través del hielo, Nansen se aleja de lo "épico" y opta por una vía más humorística y sorprendente.
Lo único que hace que la valoración no sea superior es, curiosamente, la parte de la travesía propiamente dicha. No sé si se debe a ese alejamiento de lo "épico" por parte de Nansen, pero me resulta algo reiterativa y aburrida. Al menos, si la ponemos en relación con otras partes del libro.
En cualquier caso, y como decían en Amanece que no es poco, en este pueblo lo que hay es verdadera devoción por Nansen. ¿O era por Faulkner?
P.S.: Me encantan los libros de viajes que incluyen fotografías, mapas, etc. En este caso, un montón de fotos tomadas por Nansen (y sin retocar, ojo) acompañan al texto y dan testimonio de la aventura.
Dice la faja de Hermana que la obra obtuvo el Premio de Literatura Juvenil de Alemania 2007. No os dejéis engañar: Hermana es un texto perfectamente disfrutable, también, para un público "adulto".
Sea como fuere, estamos ante una nouvelle o relato "largo" de unas 45 páginas (que se lee de una sentada, vaya) que plantea una historia de iniciación en la que miedos adultos y ansias de libertad infantiles se sitúan frente a frente.
Un comienzo melancólico / poético da paso una narración atolondrada y plagada de reiteraciones, producto del uso por parte del autor del estilo libre indirecto.
Creo que ese es uno de los principales aciertos de Fosse. Porque cuando el protagonista es un niño de 4 años tienes dos opciones:
Siempre supone cierta dificultad reseñar obras de teatro en su formato literario, pues uno debe recrear mentalmente escenarios y espacios y gran parte del texto se centra en los diálogos entre personajes por lo que el lector debe estar dispuesto a casi formar parte de un imaginario elenco actoral y entrar mentalmente en el escenario. Y el éxito de tal empresa depende en gran parte de la propia historia narrada.
En esta obra, escrita a finales del siglo XIX, intervienen únicamente cinco personajes y se descompone en tres actos correspondientes a los habituales momentos narrativos (introducción, nudo y desenlace). La historia empieza con una escena entre Regina (la asistencia de la señora Alving) y su padre, quien pretende convencerla de que deje el hogar donde está realizando las tareas domésticas y marche a vivir con él para trabajar en una especie de mesón para marineros. La chica descarta la propuesta ya que no se fía del negocio que tienen pensado hacer su padre ni tampoco de él, pues es alguien de vida algo errática. En paralelo, vemos como Osvald, el hijo de la señora Alving, ha vuelto de un viaje al extranjero y se encuentra a su madre hablando con el reverendo del pueblo acerca de la construcción de un asilo financiado por ella. La aparición del hijo y los detalles de su vida en el extranjero alarman al reverendo, pues la mentalidad del joven ha cambiado desde que se fue, abandonando las costumbres más arcaicas y cerradas para ver la sociedad desde un punto de vista más abierto; así, Osvald defiende que las parejas puedan tener hijos sin casarse y convivir en un mismo hogar, ideas con las que su madre está de acuerdo pero que enervan al reverendo, quien le discute sus ideas y conceptos sobre la libertad afirmando que «en esta vida es pura rebeldía esperar la felicidad. ¿Qué derecho tenemos las personas a ser felices? No, señora, ¡lo que tenemos que hacer es cumplir con nuestro deber!». Unas ideas anticuadas que reafirma, hablando a la mujer de su difunto marido y la vida de excesos que llevaba, al decir que «una esposa no ha de erigirse en juez de su marido. Tenía usted la obligación de llevar con humildad la cruz que una voluntad superior había considerado oportuno concederle». A partir de esa puesta en escena y conflicto candente, se desarrolla la acción en un continuo contraste entre mentalidades e ideologías al que se añade situaciones del pasado de los implicados que provocan no pocas discusiones y revelaciones que ponen en riesgo el frágil equilibrio familiar y social de los personajes.
Como ya ha demostrado es múltiples ocasiones, Ibsen sabe encontrar los conflictos sociales y morales de sus personajes y los somete a momentos de confrontación, mostrando de esta manera las costumbres de una sociedad que se va abriendo a nuevas ideas y visiones del mundo. No podemos olvidar que estamos a finales del siglo XIX, una época en que las ideas de Ibsen colisionaban de lleno en una sociedad donde el modelo de familia (con gran influencia de la religión) era poco menos que intocable por lo que su valentía y atrevimiento le otorgan aún más valor de lo que el propio texto merece. Por ello, a pesar de que no es una de sus mejores obras, Ibsen siempre debe tener un espacio destacado en nuestro bagaje lector, pues la influencia de su obra en la historia de la dramaturgia es incuestionable.
Tal y como dice una de las protagonistas en el texto, en plena confesión al reverendo, «he tenido la sensación de estar viendo espectros. Aunque yo diría que espectros somos todos (…) y no solo porque carguemos con la herencia de nuestros padres. Tenemos además muchas opiniones viejas y muertas». Y no le falta razón, pues la herencia de nuestro pasado sigue presente en nosotros, a veces con valores nobles y vigentes, pero también con mentalidades encerradas y arcaicas que conviene enterrar para que no asomen e impidan avanzar en derechos y libertades.
Liv Arnesen fue, allá por 1994, la primera mujer en llegar en solitario al Polo Sur. Esos dos datos, primera mujer y en solitario, son fundamentales a la hora de hablar de este libro porque tanto uno como el otro determinan su contenido.
Así, este "Las niñas buenas no van al Polo Sur" inauguraría una nueva categoría que podríamos definir como literatura polar de género, aquel por obvio y este por su carácter más o menos excepcional en el círculo de aventureros polares.
Literatura polar, por supuesto, ya que el libro es, en términos generales, la historia de su viaje al Polo Sur, pero con un fuerte componente de género. Desgraciadamente, Arnesen no lo tuvo igual de fácil que aventureros hombres (los estereotipos y tabúes tan difíciles de romper, la incomprensión, la mayor dificultad a la hora de encontrar patrocinadores, etc) y lo deja bien a las claras en la primera parte del libro. Sin victimismos, pero llamando al pan pan y al vino vino.
Pero además de esto, el texto tiene varias subvariantes que lo hacen diferir del clásico relato de expediciones polares.
Por un lado, bascula entre el pasado histórico, el pasado más reciente y el presente porque el viaje no comienza al llegar a la Antártida y la idea del viaje no nace de la nada. Los pioneros Nordenskjoll, Nansen, Amundsen o Shackelton y viajeros más recientes como Erling Kagge son figuras clave para entender la atracción de Arnesen por la inmensidad blanca y azul de las regiones polares, y sus historias se entrelazan con la de la propia autora. Además, la parte dedicada a la preparación e intendencia (en su más amplio sentido) es tan importante o más que el propio recorrido en el continente helado.
Por otro lado, el texto tiene un marcado carácter intimista. Mientras que en su primera mitad predominan las reflexiones sobre sueños o metas, en su segunda mitad priman los comentarios sobre la propia interioridad, las tensiones y los miedos derivados del propio viaje y la forma de afrontarlos.
Este carácter intimista hace que a la historia de Arnesen le falte algo de "épica", tanto es así que la propia autora se refiere a sí misma "no como descubridora sino como turista extrema que está en la Antártida solo por el placer de hacer la ruta". No es que el viaje no la tenga (que Liv se hizo más de 1100 kilómetros esquiando y tirando de un trineo de 100 kilos de peso, joder!!) pero la autora opta por otra vía y eso es algo que puede decepcionar a quien busque algo más clásico.
Pero si buscas una aventura polar contada desde un punto se vista diferente y narrada de forma amena y sencilla, esta puede ser vuestra historia.
Título original: Det andre namnet
Traducción: Cristina Gómez Baggethun y Kirsti Baggethun
Año de publicación: 2019
Valoración: Muy recomendable
Estas cosas a veces pasan, pocas veces pero algunas sí. Ahora ya sé que Jon Fosse es un autor bastante prolífico, que lleva como cuarenta años publicando novela, teatro y poesía, y candidato in pectore al Nobel desde hace tiempo. Pero yo, ignorante de todo esto, le descubro por pura casualidad, podríamos decir por intuición, en la estantería de cierta librería de la que he hablado varias veces. Un libro que parecía tener algo interesante, el primero de una septología (¡), algo que ojeando sobre la marcha tenía pinta de prosa moderna, fresca… El caso es que el libro pasa a la cola de los pendientes, y queda ahí en la balda colocadito cerca de otros autores nórdicos, como Enquist, Ulven o Kivirähk. Y de repente, resulta que le dan el Nobel. Por una parte, me siento un poquito orgulloso de mi olfato literario, y por otra algo avergonzado de haberle tenido cogiendo polvo tanto tiempo.
La citada septología es una de sus obras más recientes, iniciada en 2019, y la que tenemos aquí, la primera de sus entregas que, por lo poco que sé, parece muy influenciada por algunas experiencias personales en relación con el alcohol y la religión.
El monólogo interior es un recurso narrativo del que yo creo que se ha abusado un tanto. Quizá seduce a algunos autores porque, aunque es ya bastante antiguo, conserva una apariencia moderna, más aún si se fuerzan un tanto las reglas de la sintaxis o se escamotean signos de puntuación, por ejemplo. Además, parece algo fácil de utilizar, suficiente con largar parrafadas mezclando muchas cosas, dejar fluir el pensamiento y generar una sensación de confusión e intensidad. El resultado no siempre es bueno, pero cuando se consigue, la lectura se hace sugerente y la información va calando de forma penetrante.
Jon Fosse lo hace muy bien. Su monólogo se funde a ratos con un relato en primera persona, y en él encontramos reflexiones, recuerdos, deseos, tal vez sueños, escenas reales, sin que sea posible, y es uno de sus grandes logros, determinar a cuál de estos grupos pertenece lo que se cuenta. Se presentan simultáneamente en un mismo relato, de apariencia coherente, distintas posibilidades de una misma vida, las opciones que se abandonaron y las que el destino convirtió en imposibles, todo protagonizado por un único personaje que se desdobla, se observa a sí mismo o a su otro yo posible, e interactúa en aquellos otros escenarios, pasados o imaginados, quizá intentando enmendarlos, o solo para rememorarlos. Si quieren, la monserga de la autoficción, sí, pero que cuando se le hace funcionar de verdad es una opción tan válida como otra cualquiera.
El pintor que colocaba los cuadros vueltos contra la pared hasta no haber encontrado en ellos la luz que buscaba, el alcohólico al borde del colapso, el hombre que perdió a su pareja y que no recuerda si tuvo un hijo o solo lo deseó, uno y varios personajes que desde sus pequeñas casas aisladas parecen ser atraídos hacia la ciudad, donde quizá se encuentre el nudo donde se reúnen todas las trayectorias.
Esa inmersión entre tinieblas y nieve que cae incesante tiene algo de insana, provoca cierta desazón y transmite el profundo cansancio que pesa sobre el protagonista. Pero al lector, a mí al menos, le deja la gratificante sensación de darse cuenta de que está fuera de ese mundo sombrío y aplastante, y puede disfrutar de maravillosas escenas como la de la pareja que pasa el rato en un solitario parque infantil sin más aliciente que el sentirse juntos, o las sucesivas caídas del pintor, quizá un guiño bíblico, a la espera del aguardiente. La doble presencia del lector, dentro y fuera del relato, por momentos sumergido en la narración, viendo, sintiendo, quizá sufriendo, y un segundo después a salvo en el sillón de su casa.
Mucho talento para llevar a buen puerto toda esta complejidad, mejor dicho, primero crearla a partir de algo de apariencia tan sencilla, y después desarrollarla y culminarla creando la atmósfera adecuada, solo a base de inteligencia, buena mano y una prosa limpia, sin trucos ni artificios. Vamos, calidad como para dejarle a uno a muy poco de ir a por el segundo volumen, y empezar a corregir errores.
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Está claro que si por algo es conocido el noruego Roald Amundsen es por haber sido el primer ser humano en alcanzar el Polo Sur, tras una dramática carrera contra el tiempo y contra la expedición británica de Scott.
Pero además de este innegable logro, Amundsen llevó a cabo una serie de expediciones "aéreas" por los alrededores del Polo Norte que por sí solas lo hubiesen situado entre los grandes de la exploración polar. Esta que relata el libro que hoy traemos a este espacio es una de esas aventuras, concretamente la que tuvo lugar en el verano de 1925 y cuyo principal objetivo era sobrevolar una amplia zona del Ártico partiendo desde las Svalbard, pero que se vio en parte truncado e implicó unas "agradables vacaciones de 4 semanas" en pleno hielo.
A pesar de lo que el encabezamiento de la reseña puede indicar, "Al Polo Norte en avión" no es únicamente el relato de Amundsen de la expedición. De hecho, este ocupa solo la mitad (aprox) del libro, lo cual personalmente agradezco ya que los diversos anexos hacen del texto algo más completo y poliédrico.
Porque Amundsen sería un explorador del copón, pero el estilo de su texto no me acaba de convencer. Le veo demasiado genérico, frío y lacónico, hasta algo estirado diría, y excesivamente alejado de lo puramente humano, excepción hecha de la parte final del texto.
Más interesante me parecen, en el aspecto literario y "viajero", los apuntes del Teniente Dietrichson. Como que me transmiten más, vaya, gracias a una mirada más compasiva hacia el exterior, más profunda hacia el interior (divagaciones, dudas, temores...) e incluso con una pizca de humor.
Completan el volumen los casi telegráficos diarios de Ramm, periodista que acompañó a la expedición, las notas de carácter eminentemente técnico del Teniente Riis-Larsen (confieso que no me he enterado de una carajo, yo que soy incapaz de montar una estantería de Ikea) y las interesantísimas observaciones meteorológicas de Bjerknes, que contribuyen a ofrecer una visión mucho más completa de lo que los solos diarios de Amundsen harían.
Por lo tanto, volumen algo irregular en su conjunto pero con páginas y capítulos que los amantes de este tipo de textos seguro encuentran de lo más recomendable. Yo, desde luego, las he hallado.
La fuerza expresiva de una "ciudad" minera abandonada por completo en pleno archipiélago de Svalbard, al norte del Norte. Para más inri, una "ciudad" soviética en pleno Ártico de soberanía noruega, lo que hace que la potencia de la imagen y su posible sentido metafórico se multiplique.
Cosas que a uno se le pasan por la cabeza a medida que "pasea" con Flogstad por Pyramiden: el abandono de la utopía, el contraste entre la "ciudad" soviética y la naturaleza virgen, el carbón prehistórico convertido en progreso y futuro... pero sobre todo Pyramiden como mausoleo de una época y una cultura, como vestigio en pie de otros tiempos.
Porque Pyramiden fue una especie de ciudad (con 2000 personas, como mucho) ideal construida por los soviéticos en los años 40 al pie de la explotación minera que le da nombre y que fue abandonada a mediados de los 90 tras el derrumbe del bloque del Este. Vamos, algo así como una "Utopía" en pleno Ártico, con biblioteca bien surtida, hospital, Palacio de la Cultura, polideportivo, busto de Lenin, etc, una especie de "respuesta" a los Vorkutá o Kolima de la época.
Pero Pyramiden no es un libro de viajes. O, al menos, no es un libro de viajes al uso. De hecho, diría que se acerca más a las crónicas viajeras de Kapuscinski porque lo que inicialmente semeja un recorrido por la historia de la explotación minera y de la ciudad se vuelve un texto diferente al inicialmente previsto en el que cabe el arte, la política, la economía, la antropología, la etnografía, la historia de la minería (en general) y la exploración, la ecología...
Ahí radica, aunque parezca curioso, lo mejor y lo peor de este libro. Por un lado, que Flogstad opte por salirse de los límites de la "literatura de viajes" y convierta Pyramiden en algo mucho más amplio hace que el texto tenga un toque ensayístico que multiplica su potencialidad. Por contra, ese "tocar diversos palos" provoca que el interés se pueda "dispersar" en función de las preferencias del lector. En mi caso, por ejemplo, así como la parte "histórico-artística" me resulta acertadísima, la parte "económica" se me queda corta y la parte "etnográfica" me satura un poco. Cuestión de gustos y/o formación, supongo.
Lo que sí es seguro es que si os interesa el tema "polar" en su más amplio sentido y/o el tema "soviético", Pyramiden puede ser vuestra "ciudad" y vuestro libro. Y Svalbard vuestro destino para este verano. ¿Por qué no?