Adoro, entre otras libertades, la de los blogs. Esa bendita cosa que me permite escribir párrafos y párrafos sobre una novela sin tan siquiera saber cuándo acabará en mis manos. Revelando no solamente mis filias y mis fobias, sino hasta algunas inexplicables manías. Puedo escribir sobre mis primeras sensaciones previas: desde la frustrante de haber descargado la versión en francés, haberla pasado por el traductor de Google y no entender nada, hasta la reconfortante de tomar esa misma edición en las manos y comprobar que es austera, sobria hasta parecer el prospecto de un medicamento.
Puedo opinar sobre el itinerario de Houellebecq desde que publicó
El mapa y el territorio, con desapariciones, reaparición con una estética más cercana a un
clóchard que a un escritor de éxito, su participación en un documental, hasta que, zas, en plena promoción de lanzamiento de esta novela que nos ocupa, ocurre lo de Charlie Hebdo, y el escritor, amigo personal de alguna de las víctimas, corta la promoción, la corta a lo bruto, sumiéndose en una especie de silencio funerario que, entendemos, rompen, de algún modo, detalles como el de adelantar varios meses el calendario inicial de publicación en español y, uy, por unos días, no llegar a las mesas de Sant Jordi de donde, supongo, hubiera volado, literalmente.
O podría juzgar apenas
veinte páginas iniciales filtradas con agudo sentido comercial, y empezar a intuir que, aunque la crítica ya había adelantado algunas opiniones negativas, quite, Houellebecq es mucho Houellebecq como para fiarse de unas opiniones que, al menos ahora, comprendemos sean extremas en un sentido u otro, por tratarse de quien se trata, por esa historia basada en un brillante planteamiento; el acceso al poder de un partido islamista en Francia. Fuerte empezamos, Michel, premonitorio en un mundo donde las mayorías tradicionales parecen abocadas a desmoronarse (o perder peso), da fuerte por dar primero: una Francia con la sharia al acecho y una Francia con las universidades de prestigio acaparadas por el poder islamista, gracias a la sustanciosa inyección económica de algún reino de la Península Arábiga.
Pero entiendo que algunos de quienes han calificado
Sumisión como la novela más floja de Houellebecq lo hayan hecho asustados ante lo
posible de sus planteamientos. Aunque no sé qué puede tener que ver una cosa con la otra. También podrían asirse a esa letanía de vincular todos los libros del francés a una especie de esquema común, siempre partiendo del varón de mediana edad que está de vuelta de todo. Miren, razones para descalificar un libro, si uno las busca, las encuentra. Yo podría quejarme, por ejemplo, de que una centena
más de páginas en su desarrollo final no hubieran ido nada mal para acercar el libro al gran público, para hacerlo más polémico, para abrir más debates, para concretar más todo lo que el final, algo abrupto, deja abierto.
Ah. Me olvidaba. Para los astronautas, un intento de sinopsis.
François, entre los 40 y los 45, es profesor universitario, especialista en Huysmans, escritor francés crítico con el mundo que protagonizó una conversión del ateísmo al catolicismo a una avanzada edad. Soltero, tras varias relaciones que detalla con frialdad, tiene una amante estable, Myriam, estudiante judía de unos 20 años a la que considera, en una curiosa reflexión, la cumbre de su vida amorosa y sexual. Pero es 2022 y Francia está convulsa: los partidos tradicionales, socialista y conservador, que llevan décadas alternándose cómodamente en el poder, ven cómo se avecina un
armageddon particular donde la segunda ronda de las elecciones presidenciales no contará con ninguno de ellos como contendiente: la cosa se dilucidará entre el Front National de Marine LePen y un recién inaugurado partido islamista moderado. En un ejercicio de patético aferramiento a la última posibilidad de mantener alguna cuota de poder, socialistas y conservadores apoyan a los islamistas que, capitaneados por Mohammed Ben Abbes (carismático líder al que no dudan en dar coba) solo se muestran inflexibles en una cuestión en cuanto a las parcelas de poder que quieren preservar: controlar el sistema educativo.
La progresiva implantación, lenta pero implacable, de la islamización, empieza a afectar a todos los ámbitos de la vida. Las tiendas de ropa sexy desaparecen, los judíos franceses (Myriam entre ellos) abandonan el país rumbo a Israel. Las mujeres abandonan sus puestos de trabajo y vuelven a ser sólo amas de casa. Los profesores
afines de la Universidad Islámica París-Sorbona-3 ven sus sueldos triplicados. Se permite la poligamia. No es tan extraño que en este magma, afloren los conversos, sí, señores de apellidos franceses que decoran sus domicilios con versículos del Corán y se desposan con adolescentes designadas cuando no elegidas.
François es invitado a pre-jubilarse con magníficas condiciones económicas, tras lo cual, presa del miedo, se lanza a una especie de huida hacia el Sur, en la cual su sensación de soledad y desamparo se agudiza. Pendiente de la gasolina y de la conexión a Internet, François intenta encontrar un sentido a su existencia, sin trabajo, sin relación sentimental, con dinero. En el fondo,
Sumisión habla de la soledad del hombre moderno. Al estilo Houellebecq, claro, porque aquí no faltan ni las escenas de sexo explícito, ni menciones a Nietzsche, ni opiniones de esas que ponen al francés en la picota del público más acomodaticio. Porque Houellebecq ya no se conforma con dar testimonio del presente de la civilización occidental. Ahora ya especula sobre su futuro.
En
Sumisión, Houellebecq marca más distancias que nunca con su protagonista. Les separan casi dos décadas de edad y François, parece, mantiene alguna esperanza. Houellebecq se queja, entre líneas, de lo que François decide, toma partido con claridad y por eso se le ha criticado, porque esta es la novela más política de Houellebecq, la más cargada y osada en lo social, y porque, a diferencia de otras, no se conforma con quejarse de dónde venimos, sino de a dónde cree que vamos; hasta nos sugiere a qué velocidad y en base a qué perversos mecanismos de matemática demográfica. Vamos, por cierto, no solo los franceses. Todos. A Houellebecq, por
Sumisión, se le ha acusado de hacerle el juego a la extrema derecha y de instaurar un sentido del alarmismo a lo cual, claro, lo de Charlie Hebdo no ha hecho más que añadir leña. Sí: ha sido acusado de eso por críticos de todo el mundo, tras cuyos intereses editoriales o empresariales, puede, haya alguno de esos petrodólares.
Pero yo no considero leer esta novela como algo imprescindible porque otros la ataquen. No es una reacción. Leer
Sumisión es necesario porque está magníficamente escrito y porque su temática no puede ser más contemporánea. Ya puestos, porque no son muchos, y menos recientemente, los libros que remueven la conciencia e invitan a la reflexión. Cosa que habría que exigir más a menudo.
Ahora bien, puedo estar equivocado y que sean quienes lo atacan quienes tengan la razón. Así que zurren a este hombre por su atrevimiento y por poner esa prosa, otra vez aquí brillante y lúcida como pocos pueden conseguir, al servicio del escenario del miedo atávico a la pérdida de las libertades, de la polémica que genera discusiones encendidas. Denle candela, sin miedo: no es más que un hombrecillo cercano a la tercera edad, un fumador empedernido con aspecto frágil y malcarado al que debemos postergar al rincón de los quejicas. Un tipo que, por cierto, está amenazado, hace años, y ya va acompañado por escoltas. Sigamos con nuestro mundo de abrazos fraternales y celebraciones conjuntas, como si nada pudiera pasar, tan contentos y tan felices, conscientes de que la diversidad es algo a lo que no hay que poner límites ni cortapisas. Ni hablar. Nuestros amigos, los integristas: si estamos aceptando su dinero, las inversiones de sus empresas y sus fondos soberanos, pasta para que sus clubes de fútbol fichen a grandes estrellas, si no hemos puesto pegas hasta ahora, pues que lo empaqueten todo y que hagan, ya, efectiva esa reconquista. Del todo. Claro que sí. No leamos al pirado este, leches. Qué aspecto más enajenado. No hace más que ponernos nerviosos. Encendamos la tele, narices, a ver a quién decapitan esta semana.
De Houellebecq en UnLibroAlDía: Aquí