Mostrando las entradas para la consulta Houellebecq ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas para la consulta Houellebecq ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas

martes, 17 de noviembre de 2015

Bernard Maris: Houellebecq economista

Idioma original: francés
Título original: Houellebecq économiste
Año de publicación: 2014
Traducción: Antonio Prometeo Moya
Valoración: recomendable para fans

Preámbulo necesario.
Bernard Maris murió este año, antes de cumplir la setentena. No murió de accidente ni de enfermedad alguna. Murió en enero, en París, el día 7 concretamente, y todo el mundo supo de las circunstancias de su muerte y vio imágenes y fue otro de esos momentos que paraliza el mundo. Bernard Maris murió en su despacho en la redacción del semanario satírico Charlie Hebdo. Fue una de las víctimas del asalto yihadista y murió en las instalaciones de la revista que había fundado y para la cual aún colaboraba bajo el pseudónimo de Oncle Bernard.
La casualidad quiso que ese día se publicara Sumisión y que Maris fuera un buen amigo de Michel Houellebecq que, afectado por la situación, procedió a interrumpir precipitadamente la promoción de su novela. Una sensacional  novela que, si su temática no fuese suficiente por sí sola, ha quedado indeleblemente asociada a estos repugnantes hechos.

-Otra casualidad, igualmente trágica, hace que, cuando esta reseña está ya programada se produzcan los atentados del 13 de noviembre-

Hace apenas unas horas he estado leyendo a Roberto Saviano, otro escritor, otro comunicador bajo amenaza, efecto que la redacción del semanario francés consiguió con sus viñetas sobre Mahoma y efecto que el mismo Houellebecq va acumulando a base de meterse con el islam a través de sus personajes. Parece que no hay que andarse con bromas con según quién,
El libro que nos ocupa es un claro testimonio de la amistad y la admiración mutua existente entre Houellebecq y Maris. Maris recoge el pensamiento económico que Houellebecq volcó en sus obras y lo hace de una manera rendida. Selecciona entre toda la obra de Houellebecq (exceptuando, lógicamente, Sumisión) y, a base de hurgar, extrae una nada desdeñable recopilación de frases, reflexiones, pensamientos y disquisiciones merced a las cuales proclama, con ese título a su admirado amigo, y le otorga el título que el mismo Maris tenía: llegó, curioso para un personaje que seguro que por estos pagos encuadraríamos dentro del  panorama alternativo, a ser consejero del Banco Nacional de Francia.
Los iniciados en la obra de Houellebecq ya habíamos detectado ese pensamiento crítico hacia el liberalismo y el capitalismo feroz. Maris ejerce de recopilador y de ordenador en el tiempo de esos bosquejos ideológicos. Lo hace criticando desde el propio sistema y lo hace con conocimiento. Puede, para los profanos en los iconos del pensamiento económico (Keynes, Malthus, Ricardo, Schumpeter) desde una cierta espesura conceptual y un planteamiento que podría apreciarse algo cargado en la erudición. Disculpable en el contexto aunque un cierto impedimento para quien quiera usar este libro como un mero entretenimiento que le acerque a la obra de Houellebecq. Pues Maris hace sus propias aportaciones y vertebra y ordena la información, y bien hace en recalcar que nadie mejor que un escritor para escribir de economía. Maris no es tan fluído y directo como el autor del que habla. Lógicamente.
Habrá quien tilde esta de publicación algo oportunista tanto por las condiciones del autor como por el retorno de Houellebecq a la cúspide de la polémica. Como si no hubiera sido una acción mucho más torpe guardar estos escritos en el cajón y negárselos a un público ávido de información. El islamismo sólo aparece muy de soslayo y Maris no carga las tintas en el tema: defiende a un escritor con el que siente afinidad (lo defiende hasta de las frecuentes acusaciones de misoginia) y lo hace con seriedad y convicción. Convicción: esa es la palabra; a quien Houellebecq ya le interese, este libro lo empujará a releer su obra lápiz en mano. Quien lo deteste seguirá considerándolo un francés gruñón y malcarado enfrentado a todo el mundo. 

martes, 4 de noviembre de 2025

Reseña + entrevista: Michel Houellebecq. La corrosión de lo humano de José Carlos Rodrigo Breto

Idioma original: Español 
Año de publicación: 2025
Valoración: Bastante recomendable

Hace unos días hablábamos de Céline y de la separación entre obra y autor. Y hoy toca hablar de Michel Houellebecq, quien podría, hasta cierto punto, ser considerado una especie de "heredero" de Céline, tanto en lo literario como en la polémica que rodea su enjuta figura y su obra. Como sucede con Céline (y con muchos otros), creo que en el caso de Houellebecq hay que poner el foco en la obra y dejar de lado declaraciones más o menos "altisonantes". ¡Ya sabemos cómo se las gastan nuestros vecinos del norte con eso de escandalizar, epatar a la burguesía, los enfant terribles y esas cosillas! 

El caso es que con su Michel Houellebecq. La corrosión de lo humano, Breto se centra en lo literario y desgrana las nueve novelas (y algo de El mundo como supermercado) publicadas hasta la fecha por el francés a través de las influencias, los temas y las obsesiones que las recorren. 

Y aunque el propio autor nos avise de que este este es un libro triste que habla de libros tristes con personajes tristes, creo que el análisis (quizá un pelín reiterativo en algunos momentos) que hace Breto de la obra de Houellebecq es asequible tanto para fans irredentos como para no iniciados. Porque... ¿a quién lo le puede interesar el análisis de la obra que mejor refleja en final del siglo XX y el comienzo del XXI, que mejor habla de la soledad de la existencia, de la decadencia, del despojamiento, de la reformulación del ser humano? ¡Sí, Juan, sí, es lo que hay!

Digo que se trata de un análisis asequible porque las referencias o influencias que encontramos en Houellebecq son perfectamente reconocibles (Albert Camus y su Meursault, Kafka y mucha de su obra, Perter Handke y su Bloch) y porque cualquier hombre blanco, europeo, de entre 30-60 años y medianamente heterosexual podrá identificar algunas, muchas o todas de las obsesiones y temas que recorren las novelas: vacío existencial, amargura, alienación y desesperación, melancolía, esperanzas frustradas, etc. Por eso quizá hay gente a la que resulta tan "desagradable" su lectura, porque no hace otra cosa que ponernos frente a un espejo para que veamos en el nuestros "lujos y miserias". 

Lo anterior nos lleva a plantearnos si no será Michel Houellebecq el escritor existencialista de nuestra época (si Michel lee esto, igual nos mata) o el último humanista en un mundo deshumanizado. Es posible, aunque yo le veo más como esos escritores centroeuropeos del período de entreguerras o como los rusos de mediados y finales del XIX, escritores que retrataron como pocos al ser humano y el final de una época, esa que les tocó vivir y sufrir. De ahí su vigencia y su universalidad, la que esperemos tenga Houellebecq en el futuro.

No me enrollo más. No hablaré aquí de las 3 etapas que Breto distingue en la obra novelesca de Houellebecq, su carácter más o menos visionario, etc. De eso hablamos en la charla que mantuvimos con él y que enlazamos a continuación. Así que bajad a pillar algo de comida envasada a Carrefour y a ver el vídeo!!!

P.S.: Me parece "indignante" que este libro no lleve en cubierta una foto de Michel Houellebecq. ¡Espero que la segunda edición del libro la incluya!

También de Rodrigo Breto en ULAD: Nuevo kafkarama

sábado, 19 de enero de 2019

Reseña a cuatro manos. Michel Houellebecq: Serotonina


Idioma original: francés
Año de publicación: 2019
Título original: Serotonine
Traducción: Jaime Zulaika
Valoración para K: Recomendable alto
Valoración para F: Tesla Motors

Menudo carácter de mierda que tengo. Prometí y juré no reseñar demasiado repetitivamente a ciertos autores y, seré más concreto, llegué a decir que no me encargaría de ninguna eventual nueva novela de Houellebecq (entonces ni intuía que Serotonina aparecería tan de repente) pues, para empezar, he de reconocer que me temo no poder eludir mi subjetividad. Admiro a este hombre, queridos. Su valentía, su irreverencia, su excelente mal envejecer en lo físico y en lo mental. Me acompaña en mi madurez y me sirve de contrapunto para ciertas máximas: que la sociedad actual esté como está no tiene que entristecernos sino cabrearnos. Mucho.
Entonces me perdonaréis que haya tardado tan poco (unos segundos) en aceptar la propuesta de mi compañero Koldo, al que cedo la palabra.

Yo no llego a tanto, Francesc. No llego al punto de admirar a este hombre, pero sí que me parece uno de los mejores “cronistas de nuestra época”, aunque esta crónica se circunscriba casi exclusivamente a un “varón blanco heterosexual y europeo (occidental, en general) de mediana edad”.

¡Pero centrémonos en “Serotonina”! Con este libro, el bueno de Michel demuestra que está en forma. No creo que sea el mejor libro de Michel (yo me quedo con “El mapa y el territorio”), pero es una buena novela. Las dos primeras páginas de la misma nos dan idea de lo que en ella encontraremos ya que habla de “necesidad extrema”, de “momento más doloroso”, o de “si mi vida termina en la tristeza y el sufrimiento…”. Porque para mi “Serotonina”, al contrario de lo que puede leerse en muchas críticas profesionales, es una novela casi apocalíptica, tanto a nivel personal como colectivo. Es cierto que hay momentos en los que vemos a un Houellebecq “tierno” o “romántico”, como cuando alrededor de la página 80 rememora su historia con Kate, por ejemplo. Pero a mi lo que me transmite en todo momento “Serotonina” es una terrible sensación de desencanto y de derrota por aplastamiento (ojo que es tal esa sensación que no me extrañaría que esta fuese la última novela de Houellebecq) y me despierta importantes dosis de empatía con su protagonista.

La derrota ya digo que es tanto a nivel personal, con todas sus historias amorosas y profesionales condenadas por H o por B al fracaso, como a nivel colectivo, con mención de honor al amigo Aymeric. Además, la derrota es inevitable y no importa la actitud que se tome ante los hechos, ya que esta solo tiene un efecto redentor a nivel individual.

Por otra parte, “Serotonina” vuelve a confirmar esa capacidad de Houellebecq para analizar al individuo (y la sociedad) de nuestro tiempo y de ponernos frente a frente con nuestras miserias. Y es que Florent es el prototipo de personaje houellebecquiano: un contemplativo, un hombre “sin atributos”, amargado, ácido, irónico, aunque con un punto de esperanzas siempre truncadas. ¿Un retrato del hombre actual? Diría que sí, aunque me joda.

Un último apunte, también al hilo de las críticas profesionales. Estas se centran, no sé si por poner titulares impactantes o qué, en los aspectos “polémicos” y “visionarios” de Houellebecq. En cuanto a aquellos quizá habría que recordar una frase que dice el protagonista de “Serotonina” en la página 17: “Simplifico, pero hay que hacerlo porque si no, no llegamos a nada”. Son, en cualquier caso, algo accesorio producto del derrumbe. En cuanto a los aspectos visionarios, como el tema de las protestas de los agricultores franceses, quizá habría que vincularlos con una profunda capacidad de observación.

De todas formas, recomendaría olvidarse de titulares altisonantes y centrarse en lo que hay de verdad en “Serotonina”, libro altamente recomendable en cualquier caso. aunque algo inferior a otras obras del bueno de Michel. Uno echa en falta algo más de mala hostia, algo más de acidez. Quizá Michel se nos haya enamorado de verdad! Y, ahora, turno de Francesc!

Voy. Pues bien, Michel: la has hecho de nuevo. Una expectación tremebunda, una práctica unanimidad en reconocer tus cualidades como incómodo testigo de la decadencia de la sociedad occidental/liberal/capitalista/europea e incluso en predecir sus convulsiones sean relacionadas con los flujos migratorios, con las políticas agrícolas, con las protestas sociales, con las perversiones, con los actos impuros, con lo que sea. Pase lo que pase, Houellebecq lo ha atisbado, lo ha insinuado, lo ha previsto, lo ha avisado.

A pesar de eso, Houellebecq repite muchas veces la palabra "feliz" en Serotonina. Es una de las que más aparece o más se recuerda del texto.
Está bien; algunas de las otras son "polla", "coño" y "mamada".
También apela, y esa mención se recuerda particularmente en el cierre de la novela. a Dios y a Cristo, circunstancia que no recuerdo en palabras del narrador en ninguna de sus novelas. 

Fuera de estos pequeños detalles, que he capturado muy a vuelapluma (el francés sigue escribiendo de una manera que permite una lectura veloz sin una sensible pérdida de "sustancia"), he de reconocer que Serotonina es demasiado como uno esperaría de las novelas de su autor. En personajes, situaciones, reflexiones, Houellebecq sabe perfectamente qué captura a su seguidor incondicional (admito encajar en esa descripción) y aquí ha administrado esos recursos y esos golpes. O sea, que aquí hay sexo a punta-pala (más extremo, más procaz, más polémico) y toda clase de elucubraciones filo-capitalistas sobre muy diversos temas, desde especies acuáticas hasta rifles automáticos, surtidos en grandes supermercados, tipos de hummus, discos de rock o altavoces de artesanía, y mientras Florent-Claude, protagonista arquetípico en renuncia profesional, sumido en una reflexión sobre su existencia, conduce y va y viene en un algo confuso juego de situaciones con parejas, ex-parejas, etc.

Joder: se me tenía que escapar "etc".

Y esto, escribir "etc" a cuenta de esta novela, acaba siendo una pega, aunque también podría decirse que es una ventaja. Los cientos de miles de compradores de este libro puede que disfruten (ojo, comprar el libro no significa leerlo), pero creo que esta novela es algo precipitada. Cosa que no acabo de entender, cuando Houellebecq es un escritor en plena madurez creativa, que puede permitirse publicar cuando quiera, mejor dicho, que tiene el privilegio de elegir el momento adecuado para entregar sus obras. Serotonina, podéis intuir, no será recordada como su mejor novela, pero para la masa lectora no hay punto intermedio ante un autor así. Algo parecido le pasó a Franzen con PurezaAutores con cierta repercusión: estáis condenados al fiasco o a la genialidad.

Y a Serotonina, hay que admitirlo, se le aprecian defectos. Es una sucesión de escenas con demasiado regusto a conocido o reconocible. Le han llamado "Grandes éxitos" y yo le llamaría "Menú Degustación", aunque, hace poco, sostuve que, a mi entender, no le sobraban, sino que le faltaban páginas, como unas doscientas, para rellenar todos los resquicios, brechas y elipsis no siempre claras que la hacen intermitente y entrecortada, la menos fluida en lo argumental de las novelas de Houellebecq. Cierta reseña que no pude evitar leer tildaba a Houellebecq de perezoso (mandrós) y alguna frase procrastinadora de la novela ("ya hablaré de esto más adelante") parece corroborarlo.
Le faltan partes que justifiquen a otras, afecta a su ritmo narrativo, pues se abusa del salto adelante y atrás y, al final, las historias de las parejas de Florent-Claude parecen demasiado intercambiables, siempre con el 4x4 arriba y abajo, siempre con la apelación a las prestaciones sexuales y siempre con la pesadumbre intrínseca a haber dejado que esa felicidad a que hago mención se haya escapado entre los dedos y ahora se la intente generar ingiriendo una pastillita. Por supuesto, la novela dispone de no pocos momentos brillantes y de su habitual carga de profundidad, claro: tiro en la nuca al sueño de la Europa unida, estirón de orejas a París como ciudad cruel y envejecida llena de gente que vive sola, patada en los higadillos a las ínfulas industriales del estado español, diatriba al oficio médico como alargador artificial de existencias que se han vaciado de contenido.

Ahora ya, cada uno, que la lea y opine. Parece ser que no habrá otro remedio.

Un montón de reseñas de (o sobre) Houellebecq AQUÍ

miércoles, 6 de abril de 2016

Michel Houellebecq: La posibilidad de una isla

Idioma original: francés
Título original: La possibilité d'une Île
Año de publicación: 2005
Traducción: Encarna Castejón
Valoración: bastante recomendable

Habré reseñado libros de Houellebecq aludiendo a La posibilidad de una isla como su novela menos brillante. Pues resulta que al otorgarle una segunda lectura me veo obligado a matizar mis palabras. Porque aún careciendo de la inmediatez de Plataforma o el sentido de la oportunidad de Sumisión, las cualidades del Bretón Más Resabiado están, también en esta novela. ¿Queréis que diga que Houellebecq en ralenti es mejor que muchos otros en quinta a siete mil vueltas? Dicho queda, ea.
Pero resulta que La posibilidad de una isla combina dos facetas teóricamente contrapuestas: una estructura más osada de lo habitual, donde las vueltas atrás y adelante en el tiempo se conjugan con un relato a tiempo real, y una sensación común a la obra de Houellebecq (el hastío) pero con un resquicio hacia la esperanza (puede que esta sea, junto a Plataforma, su novela donde los personajes, aunque sea fugazmente, más experimentan la felicidad). Cuestiones que no resultan chocantes per se, sino porque constituyen excepciones en la obra del francés.
Esta novela se estructura como un vaivén entre dos diarios. El de Daniel1, cómico francés de éxito que se ha trasladado a vivir a Almería, a una zona que aún no ha sido alcanzada por el boom inmobiliario que ha llenado la costa andaluza de urbanizaciones. Daniel1 ha amasado una fortuna haciendo guiones de obras marcadas por su sentido de la provocación. Se atreve a llegar donde otros no y eso le ha procurado éxito a la par que ataques frontales. Pero está en su cuarentena y empieza a hacerse preguntas que no sabe responder. Y sus opiniones son bien poco agradables de leer. En unos cuantos párrafos iniciales muestra indiferencia ante el suicidio de su hijo y compara la figura de los animales de compañía con la visión de la mujer en antiguas civilizaciones. Siempre con la óptica de seres sencillos y a los que es fácil satisfacer y hacer felices.  A Daniel1 le van pasando cosas. Se separa de la madre de su hijo y se lía con una joven y guapa periodista de éxito que acude a entrevistarle. Unen sus destinos basándose en el éxito mutuo, pero Daniel1 sabe que esa libertad sexual que les une acabará por separarles. En un momento de debilidad, y por conocidos comunes, Daniel1 toma contacto con una secta, que celebra una reunión en Lanzarote (Lanzarote es, de hecho, el título de una de las primeras novelas cortas de Houellebecq, que parece una especie de borrador de esta de que hablamos). La secta tiene la clásica estructura de las sectas que acaban fatal. Un líder con aires de divinidad que se toma el derecho de pernada con la súbditas, una estructura empresarial basada en que los súbditos cedan su patrimonio para financiar la descabellada investigación de la secta consistente en la clonación de los adeptos para generar una nueva sociedad. Como es de prever, todo acabará como el rosario de la aurora.
Alternándose con el diario de Daniel1, cuerpo de la narración y ejemplo de trama houellebecquiana, Danieles de distintas numeraciones van hablando de sus experiencias siglos más allá de la existencia de su primer antecesor. Aquí es donde Houellebecq proyecta una sociedad futura donde cuando cada persona llega al final de su existencia "útil" es inmediatamente sustituída por un clon que es ella misma a los dieciocho años. Curioso: Houellebecq descarta infancia, adolescencia y vejez de las personas y las limita a su etapa de madurez laboral y sexual, Guiño a la sociedad competitiva donde somos sólo útiles como cotizantes o pagadores de impuestos. Los distintos Danieles evocan un mundo donde ha habido bastantes cambios: mares secados, ciudades desaparecidas, población drásticamente reducida. Sin acabar de tener claro por qué ha pasado todo esto, la novela acaba con una brillante parte final que recuerda (o al revés, habría que consultar fechas) a La carretera de Cormac McCarthy. Y ahí queda todo. No. Perdón. Daniel, el supuesto último Daniel, es acompañado por su fiel perro Fox, cuyas sucesivas muertes (pues el perro también ha sido clonado) son casi los únicos oasis en que Daniel siente algo parecido al dolor.

Curioso, pues, que todos los ingredientes que siempre han arrojado un resultado perfecto al combinarse aquí tengan un resultado algo inferior. Quizás aventurarse en algo parecido a lo que es la literatura de anticipación reste ritmo narrativo a un escritor que siempre ha sido un kamikaze del ritmo y las elipsis. O las partes de los diarios de los Danieles, siempre breves y siempre justificadas, pero con un tono alguna vez demasiado tendente a un misticismo ascético. Quizás el hábitat natural de Houellebecq es más la intriga social salpimentada con la obsesión por el sexo. Cuando Houellebecq se excede en su filosofía, aquí me recuerda más a Stanislaw Lem que a él mismo. En todo caso, quizás no su mejor libro, pero por encima, qué pena, de mucha, de demasiada gente.

Todas las reseñas sobre Houellebecq en ULAD: Aquí

martes, 28 de abril de 2015

Michel Houellebecq: Sumisión

Idioma original: francés
Título original: Soumission
Año de publicación: 2015
Traducción: Joan Riambau
Valoración: imprescindible

Adoro, entre otras libertades, la de los blogs. Esa bendita cosa que me permite escribir párrafos y párrafos sobre una novela sin tan siquiera saber cuándo acabará en mis manos. Revelando no solamente mis filias y mis fobias, sino hasta algunas inexplicables manías. Puedo escribir sobre mis primeras sensaciones previas: desde la frustrante de haber descargado la versión en francés, haberla pasado por el traductor de Google y no entender nada, hasta la reconfortante de tomar esa misma edición en las manos y comprobar que es austera, sobria hasta parecer el prospecto de un medicamento.
Puedo opinar sobre el itinerario de Houellebecq desde que publicó El mapa y el territorio, con desapariciones, reaparición con una estética más cercana a un clóchard que a un escritor de éxito, su participación en un documental, hasta que, zas, en plena promoción de lanzamiento de esta novela que nos ocupa, ocurre lo de Charlie Hebdo, y el escritor, amigo personal de alguna de las víctimas, corta la promoción, la corta a lo bruto, sumiéndose en una especie de silencio funerario que, entendemos, rompen, de algún modo, detalles como el de adelantar varios meses el calendario inicial de publicación en español y, uy, por unos días, no llegar a las mesas de Sant Jordi de donde, supongo, hubiera volado, literalmente.
O podría juzgar apenas veinte páginas iniciales filtradas con agudo sentido comercial, y empezar a intuir que, aunque la crítica ya había adelantado algunas opiniones negativas, quite, Houellebecq es mucho Houellebecq como para fiarse de unas opiniones que, al menos ahora, comprendemos sean extremas en un sentido u otro, por tratarse de quien se trata, por esa historia basada en un brillante planteamiento; el acceso al poder de un partido islamista en Francia. Fuerte empezamos, Michel, premonitorio en un mundo donde las mayorías tradicionales parecen abocadas a desmoronarse (o perder peso),  da fuerte por dar primero: una Francia con la sharia al acecho y una Francia con las universidades de prestigio acaparadas por el poder islamista, gracias a la sustanciosa inyección económica de algún reino de la Península Arábiga.

Pero entiendo que algunos de quienes han calificado Sumisión como la novela más floja de Houellebecq lo hayan hecho asustados ante lo posible de sus planteamientos. Aunque no sé qué puede tener que ver una cosa con la otra. También podrían asirse a esa letanía de vincular todos los libros del francés a una especie de esquema común, siempre partiendo del varón de mediana edad que está de vuelta de todo. Miren, razones para descalificar un libro, si uno las busca, las encuentra. Yo podría quejarme, por ejemplo, de que una centena más de páginas en su desarrollo final no hubieran ido nada mal para acercar el libro al gran público, para hacerlo más polémico, para abrir más debates, para concretar más todo lo que el final, algo abrupto, deja abierto.

Ah. Me olvidaba. Para los astronautas, un intento de sinopsis.

François, entre los 40 y los 45, es profesor universitario, especialista en Huysmans, escritor francés crítico con el mundo que protagonizó una conversión del ateísmo al catolicismo a una avanzada edad. Soltero, tras varias relaciones que detalla con frialdad, tiene una amante estable, Myriam, estudiante judía de unos 20 años a la que considera, en una curiosa reflexión, la cumbre de su vida amorosa y sexual. Pero es 2022 y Francia está convulsa: los partidos tradicionales, socialista y conservador, que llevan décadas alternándose cómodamente en el poder, ven cómo se avecina un armageddon particular donde la segunda ronda de las elecciones presidenciales no contará con ninguno de ellos como contendiente: la cosa se dilucidará entre el Front National de Marine LePen y un recién inaugurado partido islamista moderado. En un ejercicio de patético aferramiento a la última posibilidad de mantener alguna cuota de poder, socialistas y conservadores apoyan a los islamistas que, capitaneados por Mohammed Ben Abbes (carismático líder al que no dudan en dar coba) solo se muestran inflexibles en una cuestión en cuanto a las parcelas de poder que quieren preservar: controlar el sistema educativo.
La progresiva implantación, lenta pero implacable, de la islamización, empieza a afectar a todos los ámbitos de la vida. Las tiendas de ropa sexy desaparecen, los judíos franceses (Myriam entre ellos) abandonan el país rumbo a Israel.  Las mujeres abandonan sus puestos de trabajo y vuelven a ser sólo amas de casa. Los profesores afines de la Universidad Islámica París-Sorbona-3 ven sus sueldos triplicados. Se permite la poligamia. No es tan extraño que en este magma, afloren los conversos, sí, señores de apellidos franceses que decoran sus domicilios con versículos del Corán y se desposan con adolescentes designadas cuando no elegidas.
François es invitado a pre-jubilarse con magníficas condiciones económicas, tras lo cual, presa del miedo, se lanza a una especie de huida hacia el Sur, en la cual su sensación de soledad y desamparo se agudiza. Pendiente de la gasolina y de la conexión a Internet, François intenta encontrar un sentido a su existencia, sin trabajo, sin relación sentimental, con dinero. En el fondo, Sumisión habla de la soledad del hombre moderno. Al estilo Houellebecq, claro, porque aquí no faltan ni las escenas de sexo explícito, ni menciones a Nietzsche, ni opiniones de esas que ponen al francés en la picota del público más acomodaticio. Porque Houellebecq ya no se conforma con dar testimonio del presente de la civilización occidental. Ahora ya especula sobre su futuro.

En Sumisión, Houellebecq marca más distancias que nunca con su protagonista. Les separan casi dos décadas de edad y François, parece, mantiene alguna esperanza. Houellebecq se queja, entre líneas, de lo que François decide, toma partido con claridad y por eso se le ha criticado, porque esta es la novela más política de Houellebecq, la más cargada y osada en lo social, y porque, a diferencia de otras, no se conforma con quejarse de dónde venimos, sino de a dónde  cree que vamos; hasta nos sugiere a qué velocidad y en base a qué perversos mecanismos de matemática demográfica. Vamos, por cierto, no solo los franceses. Todos. A Houellebecq, por Sumisión, se le ha acusado de hacerle el juego a la extrema derecha y de instaurar un sentido del alarmismo a lo cual, claro, lo de Charlie Hebdo no ha hecho más que añadir leña. Sí: ha sido acusado de eso por críticos de todo el mundo, tras cuyos intereses editoriales o empresariales, puede, haya alguno de esos petrodólares.

Pero yo no considero leer esta novela como algo imprescindible porque otros la ataquen. No es una reacción. Leer Sumisión es necesario porque está magníficamente escrito y porque su temática no puede ser más contemporánea. Ya puestos, porque no son muchos, y menos recientemente, los libros que remueven la conciencia e invitan a la reflexión. Cosa que habría que exigir más a menudo.

Ahora bien, puedo estar equivocado y que sean quienes lo atacan quienes tengan la razón. Así que zurren a este hombre por su atrevimiento y por poner esa prosa, otra vez  aquí brillante y lúcida como pocos pueden conseguir, al servicio del escenario del miedo atávico a la pérdida de las libertades, de la polémica que genera discusiones encendidas. Denle candela, sin miedo: no es más que un hombrecillo cercano a la tercera edad, un fumador empedernido con aspecto frágil y malcarado al que debemos postergar al rincón de los quejicas. Un tipo que, por cierto, está amenazado, hace años, y ya va acompañado por escoltas. Sigamos con nuestro mundo de abrazos fraternales y celebraciones conjuntas, como si nada pudiera pasar, tan contentos y tan felices, conscientes de que la diversidad es algo a lo que no hay que poner límites ni cortapisas. Ni hablar. Nuestros amigos, los integristas: si estamos aceptando su dinero, las inversiones de sus empresas y sus fondos soberanos, pasta para que sus clubes de fútbol fichen a grandes estrellas, si no hemos puesto pegas hasta ahora, pues que lo empaqueten todo y que hagan, ya, efectiva esa reconquista. Del todo. Claro que sí. No leamos al pirado este, leches. Qué aspecto más enajenado. No hace más que ponernos nerviosos. Encendamos la tele, narices, a ver a quién decapitan esta semana.

De Houellebecq en UnLibroAlDía: Aquí

martes, 27 de noviembre de 2012

Michel Houellebecq: Plataforma

Título original: Plateforme
Idioma original: francés
Año de publicación: 2002
Valoración: imprescindible

Hace unos días que leí un libro cuyo argumento me recordó poderosamente a éste: nada de plagio, simplemente esa especie de mecanismo de la memoria, que se instala con fuerza, por el que no puedes dejar de establecer comparaciones. Hasta el punto de, años más tarde de mi primera experiencia, hacerme decidir a releer esta maravilla.
Aunque Houellebecq, desde entonces, sólo ha entregado dos novelas más (y sendas recopilaciones de ensayo y poesía), este libro aún se mantiene fresco y vital, y lo considero su obra cumbre. Bueno, obra cumbre entre otras de enorme altura. Lo que me hubiera gustado tener el pretexto de una reseña para darme otro festín como el de la primera vez que leí El mapa y el territorio.

Plataforma es otra de esas novelas de Houellebecq donde, desde la angustia existencial, la middle age crisis, y todos sus fantasmas particulares, su autor atiza a diestro y siniestro. Sin contemplaciones, sin cálculo de riesgos mercantiles o incluso físicos (afirmaciones de este libro le llevaron a ser señalado por el islamismo radical), en los libros de Houellebecq recibe todo el mundo. Anda que se corta este hombre. Las descripciones de encuentros sexuales, las experiencias más truculentas, las sensaciones de asco y desazón, a pelo y sin precauciones, descritas procazmente, con una frescura y una convicción abrumadoras.

A Houellebecq le importa un pepino el escándalo que produzcan sus afirmaciones directas, o las que pone en boca de sus personajes. Es rabiosamente moderno, es rabiosamente ambicioso y escribe con la chulería del que sabe que sus seguidores irredentos no es que le rían, es que le idolatran las gracias. Sé que hay gente que no traga su imagen de enfant terrible. Sé que hay gente que considera que esa postura áspera y nihilista es una opción muy fácil de tomar. Más hoy en día. ¿Lo era hace más de quince años, o hace solamente diez, cuando publicó esta novela?. No; entonces el mundo occidental vivía montado en esa alfombra mágica que en este libro se critica, el ocio y el consumo desaforado como instrumentos para combatir el aburrimiento y el desencanto, como únicos estímulos para sacar el pie de la cama. La vuelta de tuerca, a cualquier precio, para obtener algo mejor que la última vez; sea un coche, sea una casa, sea una experiencia sexual extrema, sea una cena carísima en un restaurante en el otro extremo del planeta.

He aquí el Houellebecq novelista, y, como el ensayista o el poeta, mucho más filósofo y sociólogo de lo que a muchos les gusta o les resulta confortable. Lo que en sus libros parecen recriminaciones auto-inflingidas no son más que, en el fondo, reconocimientos conscientes de culpabilidad. Houellebecq nos dice que él también es uno de esos tipos, que qué hay de malo convertir esa condición en la centralidad de su obra, en el leit-motiv de su carrera, en el core business de su negocio como escritor.
Y, sabéis, se le perdona, mientras escriba libros como éste, donde las páginas vuelan, en el que uno, que no es tan raro ni tan retorcido ni tan me against the world, se ve a sí mismo, en medio de su lectura, moviendo la cabeza en sentido afirmativo, rebuscando dónde anotar alguna frase (frases de esas lapidarias, sí, tramposas, sí, demagógicas, sí, de las que produce a un ritmo frenético) a la vez que siguiendo una trama a la que una relectura, aunque se conozca su desenlace, no aleja un milímetro de su enorme disfrute (más bien lo contrario, te hace sentir bien, en casa), al reencontrarte sus planteamientos, sus agrias y retorcidas experiencias y la portentosa manera en que las describe. Mientras haga todo eso y lo haga tan bien, cedo el privilegio de criticar sus apariciones, sus desapariciones, sus caprichos, o su peinado, a cualquier otro que quiera hacerlo.

Dicho ésto, esta novela trata de un hombre de unos 40 años, funcionario público asqueado de su existencia que, tras el asesinato de su padre, se toma un descanso, recupera algo su maltrecha ilusión por la vida,  y se empareja con una joven ejecutiva a la que conoce en un viaje, y con la que vive una gratificante relación física y sentimental (descrita con todo tipo de detalles), influyéndola finalmente para poner en marcha un tipo de viajes directamente orientados al turismo sexual. Lo hacen inspirados en su viaje a Tailandia, pero proyectan expandir esa idea a todo el globo.
En medio de toda esa historia, Houellebecq nos explica cómo es el mundo de hoy (bueno, el de hace 10 años, no hay gran diferencia), y por qué, a su entender, está mal que sea así.

El lector decide.

Todas las reseñas sobre Houellebecq en ULAD: Aquí

viernes, 18 de julio de 2014

Michel Houellebecq: Intervenciones

Idioma original: francés
Título original: Interventions 2
Año de publicación: 2011
Traducción: Encarna Castejón
Valoración: muy recomendable

La incertidumbre. Dicen los filósofos algo mediocres que es lo peor. Pero he de consolarme con eso: supongo que algún día Houellebecq anunciará que publica una nueva novela y que podré empezar a frotarme las manos (yo, pero también quienes le critican) ante una nueva historia protagonizada por algún cincuentón amargado y desencantado, con gustos sexuales rayanos con lo depravado, y tendencias suicidas vencidas temporalmente por la pereza y la desazón.
Pero, mientras tanto, la espera y la especulación es lo que me queda. Eso, y revisar por la red si hay algo sustancioso, algún aperitivo que echarme al coleto. Releer Intervenciones, por ejemplo, última obra oficial, junto a Poesía, por así decirlo, pues se trata de un compendio de ensayos previamente publicados (algunos hace más de 20 años) en los cuales Houellebecq toma posición respecto a diferentes temáticas. Siempre me da la impresíón de que determinados escritores se sienten más cómodos escondidos tras sus personajes, dejando a la opinión del lector si son sus ideas o las de ellos. A Houellebecq esto no le funcionó: los integristas arremetieron contra él, por opiniones emitidas por sus personajes. En los ensayos de Intervenciones ese recurso no está disponible, y el resultado es algo desigual, cosa que no voy a achacar a que Houellebecq se coarte. Hasta ahí podríamos llegar. Cosas como empezar con un artículo titulado Jacques Prévert es un imbécil. Brillante articulo que marca el tono, atacando a su compatriota con frases como esta:

Si Jacques Prévert escribe, es porque tiene algo que decir; eso le honra. Desgraciadamente, lo que tiene que decir es de una estupidez sin límites; a veces da náuseas.

Y arreglándoselas para enlazar, unas cuantas frases más allá:

... los curas son orugas viejas y asquerosas que inventaron el pecado para impedir que vivamos.

O apostar doble o nada:  difícil es hablar de pedofilia y exponer ideas como éstas:

... el pedófilo me parece el chivo expiatorio ideal de una sociedad que organiza la exacerbación del deseo sin procurar los medios para satisfacerlo.

Saliendo indemne, incluso triunfante, en una cuestión tan objetivamente repugnante. Pero el problema es que, por mucho que se diga, la concepción de la imaginación (la de Houellebecq, al menos), sigue disponiendo de unos resortes que la realidad no tiene. Y en ensayo el francés lleva una, o dos, marchas menos. Incluso a veces se mete en ciertos terrenos poco estimulantes para el público general. Cosa que yo le disculpo, claro: Houellebecq bajo de forma sigue pasándole la mano por la cara a a mayoría de escritores, y reduce a muchos presuntuosos a la categoría de juntaletras.

Así Intervenciones es un poquito un catálogo de recursos donde conviven desde textos organizados para especies de happenings junto a artículos de opinión, entrevistas, divagaciones y comentarios generales a requisito de publicaciones de diversa índole. El tono oscila entre lo directo y contundente y la digresión filosófica, a veces algo indigesta, pero siempre razonada.
Lo cual deja este libro en una zona algo ambigua. Los incondicionales del francés tendrán suficiente para apenas unas semanas, y los que ven su obra con escepticismo siempre encontrarán un argumento para acusarle de ser incapaz de ser brillante si no es a costa de la polémica. Puede que haya quien diga (como podría decirse de Franzen) que sólo la gran repercusión de su obra de ficción le permite publicar esta recopilación. Pero, ignorando toda esa parafernalia intrínseca a los escritores fenómeno, el nivel de Intervenciones, en sus momentos más brillantes, que no son pocos, no está al alcance de la gran mayoría de los escritores.

Todas las reseñas sobre Houellebecq en ULAD: Aquí

lunes, 12 de enero de 2015

Michel Houellebecq: H.P. Lovecraft. Contra el mundo, contra la vida

Idioma original: francés
Título original: H.P. Lovecraft. Contre le monde, contre la vie
Año de publicación: 1991-1996
Traducción: Encarna Castejón
Valoración: recomendable, imprescindible para fans de Lovecraft y de Houellebecq

La obra de Lovecraft tiene la extraña cualidad de atraer a quienes no están muy versados en el género fantástico. Como otros escritores, léase Philip K. Dick, o Asimov, su obra ha atraído a autores que han llegado a estudiarla y teorizar sobre ella. Autores no necesariamente de literatura de género, tampoco hablamos aquí de un fanático rindiendo pleitesía incondicional.
Pero aquí está claro que es Houellebecq quien se encuentra a los mandos; tras un primer prólogo, la primera frase oficial de este estudio es puro vitriolo.

"La vida es dolorosa y decepcionante"

Abandonada toda esperanza, lo que tenemos por delante es un ensayo razonado y contundente sobre cómo Lovecraft traspasa barreras y viene a representar más que un mero autor que diseña un mundo propio y lo puebla de misterio y extrañas criaturas. Este es un Houellebecq en sus 30-35 años, ya empezando a supurar bilis, pero racionando las dosis. Fascinado por el autor americano, pero no de forma ciega o irredenta. Profuso en citas textuales, sin miedo alguno a reconocer tanto las fases más débiles a nivel creativo como su discutible posición dentro de la sociedad. Lovecraft nos es presentado como suelen serlo los genios. Personas difíciles, sorprendentemente ajenas a los convencionalismos (Houellebecq insiste en su vida a espaldas de los dos grandes tótems de la sociedad actual: dinero y sexo), repletas de contradicciones y de actitudes personales dignas de reprobación (marcadamente racista, con un sentido de la rectitud cuyo arraigo hoy nos parecería digno del extremismo más deleznable), y con escaso sentido práctico de la vida. Si a alguien le interesa descubrir el personaje detrás de toda la mitología de su obra literaria, Houellebecq lo muestra sin intenciones mitomaníacas, desnudo de todo lo que sea adicional al escritor, a un escritor abocado a la miseria y a la falta de reconocimiento en vida, pero con un envidiable sentido de la dignidad.
Contra el mundo, contra la vida obra a dos niveles. Como semblanza biográfica de Lovecraft y como primeros apuntes de lo que sería la obra de ficción de Houellebecq. Una atinada elección la suya, la de un escritor obsesionado en precipitarnos al más oscuro y profundo de los abismos, la de un escritor a espaldas de todo (colosales las transcripciones de los escritos con los que enviaba sus obras a los editores), que resulta convirtiendo a este pequeño libro (cuidada edición de Siruela) en un pequeño gran hallazgo de indudable valor seminal.

Todas las reseñas sobre Houellebecq en ULAD: Aquí

viernes, 16 de junio de 2023

Michel Houellebecq: Más intervenciones

Idioma original: Francés
Título original: Interventions 2020
Año de publicación: 2020
Traducción: Encarna Castejón
Valoración: Muy recomendable para interesados

La reseña de hoy bien podríamos incluirla en la categoría de "re-reseñas" debido a que dos tercios del libro corresponden a textos publicados con anterioridad, ya sea en Intervenciones o en El mundo como supermercado. Solamente las entrevistas, conversaciones o artículos incluidos en el último tercio de este volumen corresponderían a textos inéditos en formato libro.

Sea como fuere, Más intervenciones es un compendio de textos que abarca un arco temporal de unos treinta años y que nos presenta diferentes facetas del polémico autor: crítico literario, cinematográfico o musical, filósofo más o menos aficionado, polemista, ensayista, etcétera. 

Entre los temas tratados en el volumen, encontraremos algunos de los clásicos houellebecquianos como la religión, el sexo, la cultura occidental, el Islam o la política, pero también hallaremos en él a un Houellebecq más íntimo, más autoexploratorio de su obra y más, por qué no, divertido.

Tres son los bloques, más un pequeño apéndice, en los que podríamos agrupar los textos contenidos en "Más intervenciones". El primero de ellos, y quizá el que más interesante me ha resultado, es aquel en en el que Houellebecq se aleja del "personaje" y se muestra más "personal". Los textos en los que divaga sobre poesía (¿son quizá sus poemas lo mejor de su obra?), sobre su amor por la ciencia-ficción, sobre su propia obra (mención especial para Sumisión) o sobre la lectura y las charlas / entrevistas, entre el delirio, la broma y la "seriedad", que mantiene con Frederic Beigbeder o Agathe Novak-LeChevalier figuran entre lo más destacado del volumen.

El segundo bloque estaría compuesto por aquellos escritos en los que Houellebecq habla sobre cine, música (ese texto sobre Neil Young...) y arte, casi siempre ligadas a su relación con la sociedad occidental. Cualquier comentario al respecto procedente del protagonista de obras maestras como "El secuestro de Michel Houellebecq" o "Thalasso", por no hablar de su última peli porno, debe ser escuchado con atención.

Por último, estarían los textos digamos filosófico - políticos. Aquí salen a relucir influencias observables en la obra houellecquiana, como Schopenhauer o Pascal, y obsesiones familiares para el lector habitual del amigo Michel, tales como la religión, la izquierda o el sexo. Este quizá resulte un Houellebecq ya algo más trillado, aunque nunca está de más leer sus afilados y controvertidos análisis.

El bonus track lo constituyen textos más performativos o experimentales, como "Opera bianca", miscelánea entre la poesía, el ensayo y la alucinación.

Cartas, prólogos, entrevistas, reseñas sui generis, artículos de opinión, microensayos, etc. Sea en la forma que sea, "Más intervenciones" reúne un conjunto de textos que no defraudará en absoluto a los lectores habituales de Houellebecq y que, al mismo tiempo, puede suponer, para quien apenas esté familiarizado con la obra del autor, un buen acercamiento a su imaginario personal.

Podéis leer reseñas de casi toda la obra de Michel Houellebecq AQUÍ

sábado, 12 de diciembre de 2015

Michel Houellebecq / Bernard-Henry Lévy: Enemigos públicos

Idioma original: francés
Título original: Ennemis publics
Año de publicación: 2008
Traducción: Jaime Zulaika
Valoración: recomendable para fans

A Houellebecq los trágicos acontecimientos del 2015 le están haciendo la más eficaz de las campañas promocionales. Seguramente no le haga ni pizca de gracia la circunstancia que lo ocasiona, claro, pero, por mucho que su personalidad pública parezca revelar lo contrario, como escritor que aspira a ser leído o divulgado, la tormenta generada a su alrededor no puede dejar de ser algo teñido de fascinación, dramática fascinación desde luego y nada a tomar a chanza. No sé si es el nuevo Nostradamus, pero la persona o el personaje que se ha ido configurando a su alrededor empieza a quebrar hasta ese aparentemente exagerado status de "star" literaria, empieza a superar barreras para transformarse en una especie de icono del pensamiento nihilista del varón maduro contemporáneo. 
Pero claro. Luego está la cuestión de escribir así de bien. Porque la promoción de lo vacuo quedaría en eso, en vacuidad, si sus cualidades como escritor no fueran las que muestra con frecuencia en cada una de sus obras. No recuerdo un mal libro del francés, lo siento. Ni recuerdo ninguna reflexión de las suyas que no tenga firme sostén lógico.
En 2008 Houellebecq intercambia e-mails con Bernard-Henri Lévy, estrella de menor calibre del firmamento literario y cultural francés, yan aparente antagonista. En ese momento Houellebecq anda involucrado en dirigir una película basada en su entonces última novela, La posibilidad de una isla (1), circunstancia que menciona. Pero, casualidad, es noticia también porque su madre, con la que mantiene una relación difícil y distante, se ha prestado a aparecer en medios públicos despotricando contra él. Cómo Houellebecq está digiriendo esa situación, cómo ciertos compañeros de profesión están ensañándose, constituye uno de los telones de fondo del libro.
¿Para fans? Decididamente los pasajes centrados en los aspectos filosóficos acaban haciéndose difíciles, en especial para los profanos, e inevitablemente el imaginario cultural galo protagoniza más de un pasaje que puede hacerse muy ajeno. Pero los pros existen: del primer correo, donde parece apuntarse un distanciamiento incluso algo crispado (no sé si fruto de la intraducibilidad, los escritores no abandonan el Usted en todo el libro), paulatinamente se aprecia una progresiva familiaridad, una sensación de proyecto común que no evita que el protagonismo vaya repartiéndose. Lévy, más intelectualizado y con más búsqueda de apoyos en lo clásico, Houellebecq, fiel a su leyenda de diletante, trazando una estampa algo más cercana basada en el intercalado de confesiones y de experiencias personales. Quizás el contexto óptimo para una lectura así sería su lectura de modo parecido a su propia confección: un mensaje, reflexión en su respuesta, respuesta, otra espera. Por lo que, contra un particular criterio propio, recomiendo más tener este libro, conservarlo e irse refiriendo a él, que someterlo a una de esas tour de force lectoras consistentes en lectura exhaustiva. Porque hay muy poco relleno aquí, prácticamente surgen todos los temas que pueden interesarnos, incluso ahora, siete años más tarde. Filosofía, literatura, política local y global, papel de los medios de comunicación y de internet.
Oh, y claro, el islamismo, cómo podemos leer a Houellebecq y no leer sobre el islamismo.

(1) Película casi unánimemente considerada como uno de los máximos desastres de la cinematografía francesa. Zapatero a tus zapatos.

Todas las reseñas sobre Houellebecq en ULAD: Aquí

lunes, 5 de noviembre de 2018

Michel Houellebecq: En presencia de Schopenhauer


Idioma original: francés
Título original: En presénce de Schopenhauer
Año de publicación: 2017
Traducción: Joan Riambau
Valoración: insuficiente

Insuficiente.

Porque, sí, los incondicionales del francés huraño estamos famélicos de algo que echarse al gaznate y devoraremos lo que nos echen. Chuscos de pan, migas de pan, el plato rehogado con esas migas de pan, el mantel con los restos, el suelo con lo que se cayó. Pero incluso así una editorial ávida de recibir del público lo que sea (reconocimiento y dinero, por lo general) habría de pensárselo antes que entregar lo que sea.

Insuficiente. Reprise.

Ni siquiera en este texto, primero que se traduce desde que plantara en nuestras narices la espléndida Sumisión, justo en fechas en que aconteció (y nos parece tan lejano) lo de Charlie Hebdo, ni siquiera se ve a Houellebecq cómodo. Como si ese recurrente flash-back que adereza las páginas y que se materializa en recuerdos de toma de contacto con los libros de Schopenhauer, con el ideario del filósofo mediatizara el entorno, Houellebecq escribe demasiado atenazado por la pureza conceptual. No hay lugar para el descarrío en un autor que casi siempre funciona plantando a sus personajes como componentes del mundo que analiza, esa proyección fuera del escenario (fuera del territorio) acaba encorsetando e inhibiendo al Houellebecq polémico que aquí apenas asoma, con la excepción de un par de tópicos masculinos, que no machistas, oculto tras una necesidad algo forzada de mostrarse didáctico.

Insuficiente. Argumentos de calidad-precio.

Aunque sea lo que uno se va a gastar en el último gin-tonic (el que ya sienta mal), esos 8 euros del libro están mal invertidos. Entre prefacio y extractos de Schopenhauer (aunque sean traducción propia de Houellebecq), pequeño formato del libro (o cuaderno) aquí hay apenas veinte páginas reales de texto del genio. Menos que muchos artículos de los que contiene su obra de ensayo y, lamentablemente, enormemente anclados en un aspecto metafísico que, insisto, el escritor francés emplea mejor como telón de fondo del que el lector extrae conclusiones que como extracto puro de teoría que a algunos se (nos) puede indigestar.

Insuficiente. El alumno se arrodilla ante el maestro.

Comprendo a Houellebecq en su enorme respeto hacia Schopenhauer. Aunque he de reconocer no haber leído nada del filósofo alemán. Pero veo al francés tan comedido, tan admirativo y despojado de acidez crítica, tan escorado hacia cierta reverencia incondicional, que a  veces no lo reconozco

Insuficiente. Ficción, queremos ficción.

Eso. Con la vida resuelta como debe estar, aunque con 60 años en plena madurez personal, siempre existe el riesgo de que se le vaya la pinza y, en vez de desaparecer, haga algo como dejar de publicar o apuntarse a algún gimnasio. Por lo cual se lo imploro, en mi nombre, en el de algún otro de los integrantes del blog, en el de su grupo de admiradores constantes o puntuales. Vuelve a tus personajes, a tus tramas difíciles pero posibles, a tus hipérboles que nos hielan el aliento, a tu sensación de aislamiento que puede romperse de cualquier mala manera. Por favor. Vive y escribe, Michel. Vive y escribe.

Un montón de libros de Houellebecq AQUÍ

miércoles, 15 de junio de 2022

Michel Houellebecq: Aniquilación

Idioma original:
Francés
Título original: Anéantir
Año de publicación: 2022
Traducción: Jaime Zulaika
Valoración: Es que Michel es mi ojito derecho

Puede que Michel Houellebecq ya no sea aquel enfant terrible que deslumbró y escandalizó al personal allá por los años 90 con ese coctel de existencialismo, nihilismo y sexo que encontramos en Ampliación del campo de batalla o Las partículas elementales. Es posible que se nos esté haciendo mayor, sí, pero esto no es obstáculo para que continúe siendo el perfecto cronista de nuestro tiempo y Aniquilación es buen ejemplo de ello.

Ambientada en el año 2027, la novela tiene un innegable tono "fin de época", tanto en lo colectivo como en lo individual. Ambos planos comparten protagonismo teórico en la novela y digo teórico porque, pese a que algunas reseñas ya publicadas hablan de thriller político y hacen especial hincapié en el contexto sociopolítico en el que esta se desarrolla, creo que Aniquilación es en el fondo una novela intimista que emparenta más con la narrativa rusa del XIX o la centroeuropea del período de entreguerras.

Hablemos ahora de esos dos planos. Por un lado, tenemos a Paul Raison: 50 años, funcionario del Ministerio de Economía, matrimonio en derrumbe, relaciones familiares un poco dejadas de la mano de Dios... En fin, personaje típicamente houellebecquiano. Por otro, tenemos el contexto en el que se mueve Paul: 2027, elecciones presidenciales a la vista, atentados terroristas... Algo bastante houellebecquiano también. 

Pero ambos planos, que comparten protagonismo en una parte inicial destinada a presentar protagonistas, relaciones y situaciones y en una parte central en la que confluyen para dar finalmente paso a un último tercio centrado en el aspecto personal, se ramifican en multitud de "subplanos" que sirven al autor para hablar, con más humor (del suyo, eso sí) que otras veces, de sus tradicionales temas y obsesiones (pareja, familia, sexo, muerte, religión, política... podríamos resumirlo en la búsqueda del placer y el oro)  y para retratar un mundo y una época con trazos casi apocalípticos. 

Lo que quizá hace diferente a Aniquilación con respecto a anteriores obras de Houellebecq es la introducción de un pequeña esperanza, de pequeños asideros que finalmente poco o nada pueden hacer ante el curso de la Historia o el destino. Pero esa sensación, que ya se dejaba ver en Serotonina, de derrota inevitable e inapelable, se repite y es amarga y terrible.

Por terminar, creo que esta es, por ambición, complejidad y ritmo de la narración, la mejor novela de Michel Houellebecq desde la ya lejana El mapa y el territorio. Si acaso, solo le achacaría algún que otro giro de guion demasiado loco y forzado. En resumen, una novela que apreciarán los seguidores del francés y que quizá sea algo más "cómoda" de leer para quien quiera hacer su primera aproximación al escritor que en mi opinión mejor describe nuestro tiempo.

P.S.: Sirva como dato curioso, y que quizá hace que mi identificación con la obra de Houellebecq sea mayor, el hecho de que Paul Raison y su padre nacieran en 1977 y 1952, respectivamente, ¡¡y que estos sean también mi año de nacimiento y el de mi padre!!

Otros libros de Michel Houellebecq en ULAD: SerotoninaEn presencia de SchopenhauerLa posibilidad de una islaEnemigos públicosSumisiónHP Lovecraft: contra el mundo, contra la vidaIntervencionesAmpliación del campo de batallaPlataformaEl mapa y el territorioLas partículas elementales

jueves, 7 de julio de 2022

Michel Houellebecq: Poesía


Idioma original: francés

Año de publicación: 2012

Traducción: Altair Díez y Abel H. Pozuelo

Valoración: desilusionante

Enorme dilema; el fan irredento de Houellebecq que habita en mí, incapaz de batirse en duelo ante el flagrante inexperto en poesía. O, mejor dicho, tirando la toalla casi a la primera de cambio. Poesía recoge sus cuatro obras en este género, en el que, diría, el francés se siente a gusto y se identifica, no contento con ser el mejor novelista de su generación y un muy notable ensayista, el sempiterno fumador y galán algo maltratado por el tiempo, ha ido publicando algo que yo no llamaría poemarios, pero que indudablemente quiere tener entidad propia. Quiero decir, mantiene cierta coherencia con el resto de su obra y diría, aunque soy incapaz de emitir juicios técnicos del mínimo calado, busca un ámbito estético al margen de su obra en prosa.

Y puede que esa sea mi premisa equivocada. No niego que estoy algo impaciente por leer mi ejemplar de Aniquilación, por puro placer, y esta sea una introducción idónea y adecuada (la única parte de su obra que no he leído es esta), pero, para mi desesperación, digamos que me he pegado un leve trastazo. Insistiendo en mi nulidad para el género, mi primer atisbo de desazón parte de mi profunda percepción de que a los traductores el proyecto se les ha atragantado. Comprendo la enorme dificultad, pero, gracias a la edición bilingüe, y, a pesar de mi exiguo francés, creo haber notado en ciertos originales una sombra irónica y corrosiva que se ha perdido. Para empezar, la acentuación francesa seguramente aporta una musicalidad algo ripiosa al texto. Traducida al castellano, la musicalidad de los poemas se resiente. Quiero decir: rimar parasite (parásito) y bite (polla), es un auténtico desafío, y no sé si esta traducción tiene sentido al margen de los completistas acérrimos, que, si lo son a todas todas, lo que deberían es aprender francés y degustar a Michel en su versión más libre de distorsiones. Porque insistir en usar el mismo vocablo (a veces algo rebuscado) en aras de ser fiel a la forma del texto no me ha parecido justificado.

Pero puede que el defecto resida ya en el material original. Obviamente, estas poesías nada tienen de bucólico ni - aunque la palabra "amor" sigue surgiendo de vez en cuando - de exaltación del alma. Houellebecq menciona grandes almacenes populares (Monoprix, Prisunic) y sitúa sus textos en entornos urbanos en los que sus personajes (solo auto menciona a otro tal Michel una vez en más de trescientas páginas) adolecen de lo mismo que los protagonistas de sus novelas. Bien: hay acidez, resquemor, escepticismo, nula confianza en sociedad o humanidad, exaltación del individuo como incitador de lo que sea - cambio, revolución, tragedia, autoinmolación- territorio de sobras conocido y en el que no hace falta incidir. Pero en esa falta de interacción, apenas hay conato de diálogo, apenas oponentes como complementarios o antagonistas, y aún sabiendo que el estilo es completamente libre y el desarrollo de los poemas, libre y caótico, en ese necesario establecimiento del narrador como único declamador sin esperanza de corrección o respuesta, resulta que esta Poesía acaba siendo unívoca y percusiva, habrá quien diría que tenaz y convencida, yo me tragaré el sapo, y diré que obstinada y tozuda. Houellebecq, el novelista, llena el universo de atrezzo que completa a su personaje - amantes, familiares, conocidos y saludados. Houellebecq, el poeta, parece quedarse en un rincón solitario, de brazos cruzados y gruñendo entre dientes sobre todo lo que está mal. 


Todas las reseñas de Michel Houellebecq en ULAD: Aquí

lunes, 24 de julio de 2023

Michel Houellebecq: Unos meses de mi vida

Idioma original: francés 

Título original: Quelques mois dans ma vie

Traducción: Jaime Zulaika

Año de publicación: 2023

Valoración: bastante recomendable

Vamos a confesar que, incluso dentro de los que escribimos este blog, hay disparidad de opiniones sobre Houellebecq. Prevalezca o no la máxima de que uno tiene que conseguir que se hable sobre él, aunque sea mal, el escritor francés aprovecha su condición de rock-star literaria para entregarnos un texto sumamente personal que se aleja de sus habituales entregas en narrativa. No hay lugar aquí para el perfil del personaje houellebecquiano... porque el protagonista es el propio escritor. Y tampoco descartemos que esta publicación responda a alguna intención no estrictamente literaria. En Unos meses de mi vida Houellebecq escribe sobre dos incidentes recientes que le han tenido como protagonista. En el primero, el filósofo Michael Onfray lo ha entrevistado y algunas declaraciones han sido sacadas de contexto. En especial, referentes a la población francesa de credo musulmán. Primera gran sorpresa, especialmente con el historial que el francés acumulaba desde la publicación, hace dos décadas, de su sublime novela Plataforma, sin miedo de mostrar sus reticencias hacia la penetración en Europa, cuyo planteamiento llega a su colofón en la excelente Sumisión, y la casualidad hace que este texto se publique con los recientes disturbios en las banlieues aún recientes. Curioso ver al escritor (mil veces apelado de enfant terrible) matizando y rectificando sus expresiones, llegando a intercalar párrafos como si de una fe de erratas se tratara. Muy curioso, más cuando en su última novela, Aniquilación, parecía entregarse a una especie de exorcismo donde el amor acababa representando un leit motiv más recurrente que las filias sexuales, omnipresentes en sus novelas.

Y alguien diría que el segundo incidente hace las veces de contrapunto con ese reblandecimiento. El feo asunto de Kirac, que en más de un sitio he llegado a leer que se trataba de una especie de polémica orquestada y pactada. Houellebecq como actor porno en una especie de experimento cinematográfico en que una lectora ávida de su obra se presta a tener un contacto sexual con el escritor, una especie de pretexto para ejecutar una extraña performance en la que el escritor se ve, de forma sorprendentemente ingenua tratándose de quien se trata, involucrado en un contrato abusivo en el que ha renunciado a cualquier derecho sobre el contenido del material, con lo que la segunda parte del libro se dedica a trazar ese episodio, usando apelativos para los que han perpetrado el engaño y llegando a publicar el contenido íntegro del contrato (transcripción de tres páginas) y, para los conocedores de la evolución del genio galo, resulta chocante y casi enternecedor que se queje amargamente, como si fuera un anciano que ha sido embaucado por un  teleoperador para que cambie de compañía telefónica, y que en esa queja extendida por decenas de páginas, incluyendo detalles escabrosos, Houellebecq se muestra, y para los que conocemos en profundidad su obra esto nos resulta muy notable, como una persona vulnerable que ha sido víctima de un engaño, quizás un precio excesivo a pagar por su extenso currículum de diletante, una compensación desequilibrada para quien ha usado su ojo quirúrgico para destripar, siendo muchas veces malinterpretado, todas las contradicciones de nuestra sociedad. Por contra, una lectura que puede ser disfrutada por igual por incondicionales y detractores. Puede que por morbo estos últimos, como para regodearse en algo que interpreten como justicia poética. Eso sí; su prosa es precisa, ácida y eficaz como siempre. Solo a veces se nota que alguien ha localizado algunos de sus puntos débiles, y le ha atacado donde más duele.


También de Michel Houellebecq en ULAD: Aquí

miércoles, 25 de junio de 2025

¿Contrarreseña?: El mundo como supermercado de Michel Houellebecq

Idioma original: francés

Título original: Interventions

Año de publicación: 1998 (como libro)

Traducción y edición: Encarna Castejón

Valoración: Vaya morro que le echas, Michel...

¡Ay, por fin, una reseña de un libro de nuestro admirado Michel Houellebecq, con las ganas que yo le tenía! Porque sabed que en este blog tenemos auténtica devoción por este escritor, de tal manera que resulta imposible conseguir turno para reseñar alguno de sus libros; en cuanto se avisa de que va a aparecer uno nuevo, mis compañeros se lanzan sobre él cual pirañas sobre una res herida que trate de cruzar algún afluente del Orinoco... Aunque supongo que debería aclarar antes que nada los interrogantes del título de la reseña porque merecéis una explicación y como alcalde vuestro que soy... quiero decir como autor de la misma que soy, os la voy a dar:

Como bien saben mis compañeros de blog (y aquí dejo el tono sarcástico), soy algo reticente a la obra y la figura literaria de Michel Thomas, de soltero Houellebecq (bueno, de soltera su abuela, quiero decir), aunque, ya que una cosa no quita la otra, como actor cómico-patético me parece genial. Ahora bien, si algo me enorgullezco de ser es ecuánime (más o menos) y, a raíz de cierta conversación, pensé que, después de todo, tampoco había leído tanto de este tío... A lo mejor resultaba que me había topado con lo peor de su producción y el resto de su obra era excelsa, o, por lo menos, interesante. Claro que hombre precavido vale por dos; tampoco me iba a poner a leer un tochaco como Plataforma o El mapa y el territorio que, aparte de ser gordos, ya estaban reseñados en este magnérrimo blog (where else?); la solución la encontré en este mucho más delgadito al tiempo que variado El mundo como supermercado que, además, contaba con la ventaja de haber pasado por debajo del radar depredador houellebecquiano de mis compañeros. La ocasión la pintaban calva, como decían nuestros abuelos y los personajes de Bruguera...

Ahora bien, ¿seguro que este libro aún no había sido reseñado en este blog? Como soy un profesional de esto del reseñismo, investigué un poco. Resulta que el compañero Francesc Bon había publicado, hace más de diez años el libro de nuestro autor Intervenciones, valorándolo, siempre generoso nuestro Francesc, "como muy recomendable". Con la mosca bailando detrás de mi oreja, consulté el título original de este libro, que resultó ser Interventions 2 y el del libro que yo pretendía reseñar, que... a ver si alguien lo adivina... Mais oui, mes amis: también Interventions! Bueno, no pasa nada, pensé, puesto que el de Francesc fue publicado originalmente en 2009 y el mío, en 1998: simplemente, uno es la continuación del otro y ya está. Todo en orden en el ecosistema literario. Ahora bien, un somero examen de los índices de ambos libros me indicó que... tenían el mismo contenido en un 50% -y, consecuentemente casi el doble de páginas el uno que el otro-; es decir, que Michel y sus editores (no quiero atribuirle toda la responsabilidad de la estafa estratagema) habían tomado el primer libro que, por otra parte, es una recopilación de artículos del autor ya publicados -en su mayor parte en Lettres Françaises o en Les Inrockuptibles, amén de otras cosas, le habían añadido toda una serie de artículos -y otras cosas- publicados entre 1998 y 2009 y chimpún, todo listo para que sus adoradores seguidores pasaran por caja. Y si esto os parece ya mucho morro (también habrá a quien le parezca una práctica honesta, ya lo sé... supongo que porque compraron sólo el segundo libro), resulta que en ambos volúmenes nos encontramos con que se incluyeron tres entrevistas suyas con diversos medios en el primer Interventions y tres en el segundo... ¡Es decir, que el sinvergüenza genio de Michel incluyó, como creación propia y con dos coj... todo el cuajo, entrevistas que le hicieron en Art press o L'Humanité! Lo tengo que reconocer: me quito el sombrero ante semejante jeta de hormigón armado... ¡Qué digo: de titanio! ¡De adamantium! (*)

Pero bueno, por mucho que me regocije el arte de Houellebecq para sacarle los cuartos a los primaveras de sus fans, lo importante, después de todo, es si este El mundo como supermercado merece también ese estupendérrimo "muy recomendable" que el bueno de Francesc le otorgó a su ¿segunda? parte. Pues no sé qué deciros, que es la forma educada de expresar que sí lo sé: ni de coña. Igual los artículos de entre 1998 y 2009 que se añadieron eran la repanocha, pero éstos de aquí a mi me parecen más bien normalitos, en el mejor de los casos, por no decir flojillos y erráticos. O flojillos y rutinarios, que es peor. Alguno, es cierto, me resulta más original y hasta resultón, como La arquitectura contemporánea como vector de aceleración de desplazamientos -el título, además de bueno, resulta muy houellebecquiano, pero no esconde ninguna metáfora: trata exactamente de eso-; el elogio del cine mudo que es La mirada perdida o El absurdo creador, sobre la obras del Jean Cohen Structure du langage poétique. Esta tampoco es la única ocasión  en la que el caradura de emprendedor Michel (se me están acabando los sinónimos) monetiza, como se dice ahora, los favores que le hizo a otros artistas amiguetes (quiero suponer): Opera Bianca consiste en una serie de poemas para una instalación móvil y sonora de 1997. Por lo demás, en el bloque Tiempos muertos coexisten artículos más sugerentes, como la semblanza de la escritora feminista radical Valerie Solanas -la tipa que disparó contra Andy Warhol- en ¿Para qué sirven los hombres? con relatos más o menos ocurrentes -La reducción de la edad de jubilación- o auténticas chorradas, como El alemán, donde el escritor francés descubre oh, sorpresa, que hay localidades de la costa española llenas de alemanes jubilados (imagino que le jodió ir a un Mercadona a comprar sobrasada y encontrarse con tanto boche, por más que trate de emular a Céline, sin conseguirlo). En definitiva, un pot-pourri de textos reciclados al que le viene que ni pintado tal denominación (me quedo, eso sí, sin leer lo que opina Houellebecq de la pedofilia, lo que aparece en la "segunda parte" del libro... pero mirad, creo que puedo pasar sin saberlo).

No puedo acabar la reseña sin aludir al artículo con el que abre ambos volúmenes, publicado originalmente en 1992 en Lettres françaises y provocativamente titulado Jacques Prévert es un imbécil -supongo yo que para provocar el "escándalo" entre la intelectualidad literaria francesa, a la que se le suele o solía hacer el culo gaseosa con estas chiquilladas-; francamente, no sé si monsieur Prévert, uno de los poetas franceses más populares del siglo XX era un imbécil (yo diría que no) y, como pretende Houellebecq, de ahí su gran éxito, ya que, por ende, gustaría a los imbéciles que componen la gran masa de la población (yo diría que tampoco). Sólo quiero recordar que por aquel entonces el amigo Michel también trataba de descollar como poeticastro, (que imagino sería su gran ilusión) para acabar, más de treinta años después y con su figura literaria ya amortizada, como un enfant terrible de baratillo, relleno en las quinielas para el Nobel y actor cómico-patético (más lo segundo que lo primero, pero ya digo que ni tan mal). El Nobel no lo conseguirá, pero puede que, algún día, el Óscar sí se lo den... O el Razzie, que también sería apropiado. 

(*) Ojocuidao, que resulta que el gran Michel Houellebecq, ese genio del marketing personal, ese águila del selfcoaching y de sacarle los cuartos hasta a las piedras, que deja en bragas a los cryptobros, los technobros y los gymbros, lo volvió a hacer: existe un tercer libro, Más intervenciones, compuesto por... a ver si adivináis: los textos que ya salen en los dos primeros más unos cuantos textos igualmente recuperados de la papelera de diversos medios y... ¡tachán: nada menos que tres nuevas entrevistas (una de ellas con Frédéric Beigbeder, otro que tal baila)! Michel, lo debo admitir, no eres un genio: eres el puto Mesias. 

Demasiados libros de Michel Houellebecq reseñados: aquí

domingo, 6 de mayo de 2012

Michel Houellebecq: El mapa y el territorio

Idioma original: francés
Título original: La carte et le territoire
Año de publicación: 2010
Valoración: Recomendable


Hace un par de años, me propuse leer Las partículas elementales. Entonces no sabía si iba a convertirme en seguidora o en detractora de Houellebecq, ya que parece no haber término medio. Hice lo que pude pero en mi vida había visto nada tan prolijamente vacío, no pude soportar la indigestión y tuve que dejarlo a las ciento y pico páginas.

El objetivo de esta obra parece ser el mismo: mostrar su particular – aunque no excesivamente original – visión de la sociedad en que estamos inmersos, pero el procedimiento para llevarlo a cabo es muy diferente. Y ahí es donde radican tanto su aportación personal como los méritos que puedan adjudicársele.

La novela, como síntoma de nuestra época, es perfectamente fiel a sus planteamientos. Si, para la mentalidad de hoy día, el objetivo más sensato consiste en conseguir la mayor rentabilidad con el menor tiempo y esfuerzo posibles, nuestro autor lo pone en práctica con tanta convicción como ingenio. Y, sobre todo, con absoluta coherencia, pues se trata de una construcción narcisista – tan comercial como las transacciones artísticas enumeradas –, que contiene, entre otras cosas, un collage de Wikipedias (confesado por él mismo en nota aparte), manuales de instrucciones, comparación de marcas, estadísticas y todo lo que que pueda servirle para rellenar páginas lo más rápidamente posible. Pero eso no es todo, Houellebecq, no contento con incluirse entre los personajes más relevantes, se publicita descaradamente a sí mismo citando sus propios títulos una y otra vez. No estamos, por tanto, ante un mero retrato del actual panorama artístico: además se imitan sus procedimientos al recoger lo ya existente y presentarlo en el lugar y con la forma adecuados para su inmediato consumo, exactamente lo mismo que los artistas plásticos vienen poniendo en práctica desde hace, más o menos, un siglo. Por otra parte, a través del personaje se proclama la inutilidad del arte. Obviamente, Houellebecq es un cínico, pero lo que hace tiene un sentido claro y, sobre todo, muestra en qué nos estamos convirtiendo.

Cuanto más avanzamos más increíble nos parece que alguien se atreva a rellenar tanto espacio a base de recortes de textos, que la totalidad de los personajes, incluído el propio Houellebecq, alardeen de un solipsismo y una misantropía de ese calibre. Pero toda esa superficialidad aporta al relato un aspecto fantasmagórico, de cuento de hadas materialista y proyecta una visión irreal al simplificar el mundo al máximo convirtiéndolo en un cuento perverso de adultos infantilizados y adormecidos por un bienestar que son incapaces de disfrutar: los ricos son riquísimos, la amada tiene un físico perfecto, en el amor no existen segundas oportunidades y desaparece sin dejar rastro en cuanto se va la juventud, sólo se ama una vez en la vida, la amistad no existe, la condición filial es mera pantomima que consiste en repetir rituales. Todo esto, junto al propio texto como ejemplo palmario de lo que retrata, le aporta un carácter de implícita denuncia.

Con una prosa cercana a la del ensayo, se nos habla del momento presente pero sus hipotéticos lectores parecen pertenecer a mediados de este siglo, de ahí la cantidad de datos y explicaciones que se introducen y que a un lector actual le parecen absolutamente obvios, así como unas cuantas predicciones que resultan por lo menos discutibles. El protagonista aparente es el esquivo artista Jed Martin – que podríamos definir con una retahíla de esdrújulas (escéptico, apático, polifacético, gran místico de la técnica) –, pero hay otro, menos evidente, que se convierte en el verdadero conductor del argumento: el siglo XXI, tal como lo conocemos hasta el día de hoy. Principalmente en el campo del arte, pero también en la política, la técnica, la vida social, el consumo, los negocios. Todo este panorama económico-tecnológico se desarrolla en detrimento de la introspección, de las relaciones interpersonales y de un auténtico análisis social. Un vacío absolutamente premeditado, como el propio autor demuestra al citar una serie de nombres de analistas sociales ilustres.

Hasta la última parte no aparece el gran golpe de efecto. Sin abandonar su radical pesimismo, corta radicalmente con el discurso anterior, cambia de perspectiva y hasta de género al convertir la novela en policiaca. Particularmente, es la que he leído con más interés y la que le aporta casi toda la originalidad y capacidad de impacto que tiene. Por eso, a pesar de saltarse muchas de las normas convencionales y de permitirse todas las licencias mencionadas, al haber encontrado una fórmula novedosa y muy efectiva para constatar las miserias y contradicciones de este principio de siglo, esta obra supone una nueva forma de abordar la narrativa y un (pequeño) paso en la renovación del género. Naturalmente, basta con una sola vez, si la repitiese en sucesivas publicaciones su valor no sería el mismo, pero, de momento, no se le puede negar la impresión que nos deja al acabarla: una desazón difícil de erradicar y una conciencia clara de lo siniestro de estos tiempos.

Todas las reseñas sobre Houellebecq en ULAD: Aquí