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martes, 17 de noviembre de 2015

Bernard Maris: Houellebecq economista

Idioma original: francés
Título original: Houellebecq économiste
Año de publicación: 2014
Traducción: Antonio Prometeo Moya
Valoración: recomendable para fans

Preámbulo necesario.
Bernard Maris murió este año, antes de cumplir la setentena. No murió de accidente ni de enfermedad alguna. Murió en enero, en París, el día 7 concretamente, y todo el mundo supo de las circunstancias de su muerte y vio imágenes y fue otro de esos momentos que paraliza el mundo. Bernard Maris murió en su despacho en la redacción del semanario satírico Charlie Hebdo. Fue una de las víctimas del asalto yihadista y murió en las instalaciones de la revista que había fundado y para la cual aún colaboraba bajo el pseudónimo de Oncle Bernard.
La casualidad quiso que ese día se publicara Sumisión y que Maris fuera un buen amigo de Michel Houellebecq que, afectado por la situación, procedió a interrumpir precipitadamente la promoción de su novela. Una sensacional  novela que, si su temática no fuese suficiente por sí sola, ha quedado indeleblemente asociada a estos repugnantes hechos.

-Otra casualidad, igualmente trágica, hace que, cuando esta reseña está ya programada se produzcan los atentados del 13 de noviembre-

Hace apenas unas horas he estado leyendo a Roberto Saviano, otro escritor, otro comunicador bajo amenaza, efecto que la redacción del semanario francés consiguió con sus viñetas sobre Mahoma y efecto que el mismo Houellebecq va acumulando a base de meterse con el islam a través de sus personajes. Parece que no hay que andarse con bromas con según quién,
El libro que nos ocupa es un claro testimonio de la amistad y la admiración mutua existente entre Houellebecq y Maris. Maris recoge el pensamiento económico que Houellebecq volcó en sus obras y lo hace de una manera rendida. Selecciona entre toda la obra de Houellebecq (exceptuando, lógicamente, Sumisión) y, a base de hurgar, extrae una nada desdeñable recopilación de frases, reflexiones, pensamientos y disquisiciones merced a las cuales proclama, con ese título a su admirado amigo, y le otorga el título que el mismo Maris tenía: llegó, curioso para un personaje que seguro que por estos pagos encuadraríamos dentro del  panorama alternativo, a ser consejero del Banco Nacional de Francia.
Los iniciados en la obra de Houellebecq ya habíamos detectado ese pensamiento crítico hacia el liberalismo y el capitalismo feroz. Maris ejerce de recopilador y de ordenador en el tiempo de esos bosquejos ideológicos. Lo hace criticando desde el propio sistema y lo hace con conocimiento. Puede, para los profanos en los iconos del pensamiento económico (Keynes, Malthus, Ricardo, Schumpeter) desde una cierta espesura conceptual y un planteamiento que podría apreciarse algo cargado en la erudición. Disculpable en el contexto aunque un cierto impedimento para quien quiera usar este libro como un mero entretenimiento que le acerque a la obra de Houellebecq. Pues Maris hace sus propias aportaciones y vertebra y ordena la información, y bien hace en recalcar que nadie mejor que un escritor para escribir de economía. Maris no es tan fluído y directo como el autor del que habla. Lógicamente.
Habrá quien tilde esta de publicación algo oportunista tanto por las condiciones del autor como por el retorno de Houellebecq a la cúspide de la polémica. Como si no hubiera sido una acción mucho más torpe guardar estos escritos en el cajón y negárselos a un público ávido de información. El islamismo sólo aparece muy de soslayo y Maris no carga las tintas en el tema: defiende a un escritor con el que siente afinidad (lo defiende hasta de las frecuentes acusaciones de misoginia) y lo hace con seriedad y convicción. Convicción: esa es la palabra; a quien Houellebecq ya le interese, este libro lo empujará a releer su obra lápiz en mano. Quien lo deteste seguirá considerándolo un francés gruñón y malcarado enfrentado a todo el mundo. 

sábado, 19 de enero de 2019

Reseña a cuatro manos. Michel Houellebecq: Serotonina


Idioma original: francés
Año de publicación: 2019
Título original: Serotonine
Traducción: Jaime Zulaika
Valoración para K: Recomendable alto
Valoración para F: Tesla Motors

Menudo carácter de mierda que tengo. Prometí y juré no reseñar demasiado repetitivamente a ciertos autores y, seré más concreto, llegué a decir que no me encargaría de ninguna eventual nueva novela de Houellebecq (entonces ni intuía que Serotonina aparecería tan de repente) pues, para empezar, he de reconocer que me temo no poder eludir mi subjetividad. Admiro a este hombre, queridos. Su valentía, su irreverencia, su excelente mal envejecer en lo físico y en lo mental. Me acompaña en mi madurez y me sirve de contrapunto para ciertas máximas: que la sociedad actual esté como está no tiene que entristecernos sino cabrearnos. Mucho.
Entonces me perdonaréis que haya tardado tan poco (unos segundos) en aceptar la propuesta de mi compañero Koldo, al que cedo la palabra.

Yo no llego a tanto, Francesc. No llego al punto de admirar a este hombre, pero sí que me parece uno de los mejores “cronistas de nuestra época”, aunque esta crónica se circunscriba casi exclusivamente a un “varón blanco heterosexual y europeo (occidental, en general) de mediana edad”.

¡Pero centrémonos en “Serotonina”! Con este libro, el bueno de Michel demuestra que está en forma. No creo que sea el mejor libro de Michel (yo me quedo con “El mapa y el territorio”), pero es una buena novela. Las dos primeras páginas de la misma nos dan idea de lo que en ella encontraremos ya que habla de “necesidad extrema”, de “momento más doloroso”, o de “si mi vida termina en la tristeza y el sufrimiento…”. Porque para mi “Serotonina”, al contrario de lo que puede leerse en muchas críticas profesionales, es una novela casi apocalíptica, tanto a nivel personal como colectivo. Es cierto que hay momentos en los que vemos a un Houellebecq “tierno” o “romántico”, como cuando alrededor de la página 80 rememora su historia con Kate, por ejemplo. Pero a mi lo que me transmite en todo momento “Serotonina” es una terrible sensación de desencanto y de derrota por aplastamiento (ojo que es tal esa sensación que no me extrañaría que esta fuese la última novela de Houellebecq) y me despierta importantes dosis de empatía con su protagonista.

La derrota ya digo que es tanto a nivel personal, con todas sus historias amorosas y profesionales condenadas por H o por B al fracaso, como a nivel colectivo, con mención de honor al amigo Aymeric. Además, la derrota es inevitable y no importa la actitud que se tome ante los hechos, ya que esta solo tiene un efecto redentor a nivel individual.

Por otra parte, “Serotonina” vuelve a confirmar esa capacidad de Houellebecq para analizar al individuo (y la sociedad) de nuestro tiempo y de ponernos frente a frente con nuestras miserias. Y es que Florent es el prototipo de personaje houellebecquiano: un contemplativo, un hombre “sin atributos”, amargado, ácido, irónico, aunque con un punto de esperanzas siempre truncadas. ¿Un retrato del hombre actual? Diría que sí, aunque me joda.

Un último apunte, también al hilo de las críticas profesionales. Estas se centran, no sé si por poner titulares impactantes o qué, en los aspectos “polémicos” y “visionarios” de Houellebecq. En cuanto a aquellos quizá habría que recordar una frase que dice el protagonista de “Serotonina” en la página 17: “Simplifico, pero hay que hacerlo porque si no, no llegamos a nada”. Son, en cualquier caso, algo accesorio producto del derrumbe. En cuanto a los aspectos visionarios, como el tema de las protestas de los agricultores franceses, quizá habría que vincularlos con una profunda capacidad de observación.

De todas formas, recomendaría olvidarse de titulares altisonantes y centrarse en lo que hay de verdad en “Serotonina”, libro altamente recomendable en cualquier caso. aunque algo inferior a otras obras del bueno de Michel. Uno echa en falta algo más de mala hostia, algo más de acidez. Quizá Michel se nos haya enamorado de verdad! Y, ahora, turno de Francesc!

Voy. Pues bien, Michel: la has hecho de nuevo. Una expectación tremebunda, una práctica unanimidad en reconocer tus cualidades como incómodo testigo de la decadencia de la sociedad occidental/liberal/capitalista/europea e incluso en predecir sus convulsiones sean relacionadas con los flujos migratorios, con las políticas agrícolas, con las protestas sociales, con las perversiones, con los actos impuros, con lo que sea. Pase lo que pase, Houellebecq lo ha atisbado, lo ha insinuado, lo ha previsto, lo ha avisado.

A pesar de eso, Houellebecq repite muchas veces la palabra "feliz" en Serotonina. Es una de las que más aparece o más se recuerda del texto.
Está bien; algunas de las otras son "polla", "coño" y "mamada".
También apela, y esa mención se recuerda particularmente en el cierre de la novela. a Dios y a Cristo, circunstancia que no recuerdo en palabras del narrador en ninguna de sus novelas. 

Fuera de estos pequeños detalles, que he capturado muy a vuelapluma (el francés sigue escribiendo de una manera que permite una lectura veloz sin una sensible pérdida de "sustancia"), he de reconocer que Serotonina es demasiado como uno esperaría de las novelas de su autor. En personajes, situaciones, reflexiones, Houellebecq sabe perfectamente qué captura a su seguidor incondicional (admito encajar en esa descripción) y aquí ha administrado esos recursos y esos golpes. O sea, que aquí hay sexo a punta-pala (más extremo, más procaz, más polémico) y toda clase de elucubraciones filo-capitalistas sobre muy diversos temas, desde especies acuáticas hasta rifles automáticos, surtidos en grandes supermercados, tipos de hummus, discos de rock o altavoces de artesanía, y mientras Florent-Claude, protagonista arquetípico en renuncia profesional, sumido en una reflexión sobre su existencia, conduce y va y viene en un algo confuso juego de situaciones con parejas, ex-parejas, etc.

Joder: se me tenía que escapar "etc".

Y esto, escribir "etc" a cuenta de esta novela, acaba siendo una pega, aunque también podría decirse que es una ventaja. Los cientos de miles de compradores de este libro puede que disfruten (ojo, comprar el libro no significa leerlo), pero creo que esta novela es algo precipitada. Cosa que no acabo de entender, cuando Houellebecq es un escritor en plena madurez creativa, que puede permitirse publicar cuando quiera, mejor dicho, que tiene el privilegio de elegir el momento adecuado para entregar sus obras. Serotonina, podéis intuir, no será recordada como su mejor novela, pero para la masa lectora no hay punto intermedio ante un autor así. Algo parecido le pasó a Franzen con PurezaAutores con cierta repercusión: estáis condenados al fiasco o a la genialidad.

Y a Serotonina, hay que admitirlo, se le aprecian defectos. Es una sucesión de escenas con demasiado regusto a conocido o reconocible. Le han llamado "Grandes éxitos" y yo le llamaría "Menú Degustación", aunque, hace poco, sostuve que, a mi entender, no le sobraban, sino que le faltaban páginas, como unas doscientas, para rellenar todos los resquicios, brechas y elipsis no siempre claras que la hacen intermitente y entrecortada, la menos fluida en lo argumental de las novelas de Houellebecq. Cierta reseña que no pude evitar leer tildaba a Houellebecq de perezoso (mandrós) y alguna frase procrastinadora de la novela ("ya hablaré de esto más adelante") parece corroborarlo.
Le faltan partes que justifiquen a otras, afecta a su ritmo narrativo, pues se abusa del salto adelante y atrás y, al final, las historias de las parejas de Florent-Claude parecen demasiado intercambiables, siempre con el 4x4 arriba y abajo, siempre con la apelación a las prestaciones sexuales y siempre con la pesadumbre intrínseca a haber dejado que esa felicidad a que hago mención se haya escapado entre los dedos y ahora se la intente generar ingiriendo una pastillita. Por supuesto, la novela dispone de no pocos momentos brillantes y de su habitual carga de profundidad, claro: tiro en la nuca al sueño de la Europa unida, estirón de orejas a París como ciudad cruel y envejecida llena de gente que vive sola, patada en los higadillos a las ínfulas industriales del estado español, diatriba al oficio médico como alargador artificial de existencias que se han vaciado de contenido.

Ahora ya, cada uno, que la lea y opine. Parece ser que no habrá otro remedio.

Un montón de reseñas de (o sobre) Houellebecq AQUÍ

miércoles, 6 de abril de 2016

Michel Houellebecq: La posibilidad de una isla

Idioma original: francés
Título original: La possibilité d'une Île
Año de publicación: 2005
Traducción: Encarna Castejón
Valoración: bastante recomendable

Habré reseñado libros de Houellebecq aludiendo a La posibilidad de una isla como su novela menos brillante. Pues resulta que al otorgarle una segunda lectura me veo obligado a matizar mis palabras. Porque aún careciendo de la inmediatez de Plataforma o el sentido de la oportunidad de Sumisión, las cualidades del Bretón Más Resabiado están, también en esta novela. ¿Queréis que diga que Houellebecq en ralenti es mejor que muchos otros en quinta a siete mil vueltas? Dicho queda, ea.
Pero resulta que La posibilidad de una isla combina dos facetas teóricamente contrapuestas: una estructura más osada de lo habitual, donde las vueltas atrás y adelante en el tiempo se conjugan con un relato a tiempo real, y una sensación común a la obra de Houellebecq (el hastío) pero con un resquicio hacia la esperanza (puede que esta sea, junto a Plataforma, su novela donde los personajes, aunque sea fugazmente, más experimentan la felicidad). Cuestiones que no resultan chocantes per se, sino porque constituyen excepciones en la obra del francés.
Esta novela se estructura como un vaivén entre dos diarios. El de Daniel1, cómico francés de éxito que se ha trasladado a vivir a Almería, a una zona que aún no ha sido alcanzada por el boom inmobiliario que ha llenado la costa andaluza de urbanizaciones. Daniel1 ha amasado una fortuna haciendo guiones de obras marcadas por su sentido de la provocación. Se atreve a llegar donde otros no y eso le ha procurado éxito a la par que ataques frontales. Pero está en su cuarentena y empieza a hacerse preguntas que no sabe responder. Y sus opiniones son bien poco agradables de leer. En unos cuantos párrafos iniciales muestra indiferencia ante el suicidio de su hijo y compara la figura de los animales de compañía con la visión de la mujer en antiguas civilizaciones. Siempre con la óptica de seres sencillos y a los que es fácil satisfacer y hacer felices.  A Daniel1 le van pasando cosas. Se separa de la madre de su hijo y se lía con una joven y guapa periodista de éxito que acude a entrevistarle. Unen sus destinos basándose en el éxito mutuo, pero Daniel1 sabe que esa libertad sexual que les une acabará por separarles. En un momento de debilidad, y por conocidos comunes, Daniel1 toma contacto con una secta, que celebra una reunión en Lanzarote (Lanzarote es, de hecho, el título de una de las primeras novelas cortas de Houellebecq, que parece una especie de borrador de esta de que hablamos). La secta tiene la clásica estructura de las sectas que acaban fatal. Un líder con aires de divinidad que se toma el derecho de pernada con la súbditas, una estructura empresarial basada en que los súbditos cedan su patrimonio para financiar la descabellada investigación de la secta consistente en la clonación de los adeptos para generar una nueva sociedad. Como es de prever, todo acabará como el rosario de la aurora.
Alternándose con el diario de Daniel1, cuerpo de la narración y ejemplo de trama houellebecquiana, Danieles de distintas numeraciones van hablando de sus experiencias siglos más allá de la existencia de su primer antecesor. Aquí es donde Houellebecq proyecta una sociedad futura donde cuando cada persona llega al final de su existencia "útil" es inmediatamente sustituída por un clon que es ella misma a los dieciocho años. Curioso: Houellebecq descarta infancia, adolescencia y vejez de las personas y las limita a su etapa de madurez laboral y sexual, Guiño a la sociedad competitiva donde somos sólo útiles como cotizantes o pagadores de impuestos. Los distintos Danieles evocan un mundo donde ha habido bastantes cambios: mares secados, ciudades desaparecidas, población drásticamente reducida. Sin acabar de tener claro por qué ha pasado todo esto, la novela acaba con una brillante parte final que recuerda (o al revés, habría que consultar fechas) a La carretera de Cormac McCarthy. Y ahí queda todo. No. Perdón. Daniel, el supuesto último Daniel, es acompañado por su fiel perro Fox, cuyas sucesivas muertes (pues el perro también ha sido clonado) son casi los únicos oasis en que Daniel siente algo parecido al dolor.

Curioso, pues, que todos los ingredientes que siempre han arrojado un resultado perfecto al combinarse aquí tengan un resultado algo inferior. Quizás aventurarse en algo parecido a lo que es la literatura de anticipación reste ritmo narrativo a un escritor que siempre ha sido un kamikaze del ritmo y las elipsis. O las partes de los diarios de los Danieles, siempre breves y siempre justificadas, pero con un tono alguna vez demasiado tendente a un misticismo ascético. Quizás el hábitat natural de Houellebecq es más la intriga social salpimentada con la obsesión por el sexo. Cuando Houellebecq se excede en su filosofía, aquí me recuerda más a Stanislaw Lem que a él mismo. En todo caso, quizás no su mejor libro, pero por encima, qué pena, de mucha, de demasiada gente.

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martes, 28 de abril de 2015

Michel Houellebecq: Sumisión

Idioma original: francés
Título original: Soumission
Año de publicación: 2015
Traducción: Joan Riambau
Valoración: imprescindible

Adoro, entre otras libertades, la de los blogs. Esa bendita cosa que me permite escribir párrafos y párrafos sobre una novela sin tan siquiera saber cuándo acabará en mis manos. Revelando no solamente mis filias y mis fobias, sino hasta algunas inexplicables manías. Puedo escribir sobre mis primeras sensaciones previas: desde la frustrante de haber descargado la versión en francés, haberla pasado por el traductor de Google y no entender nada, hasta la reconfortante de tomar esa misma edición en las manos y comprobar que es austera, sobria hasta parecer el prospecto de un medicamento.
Puedo opinar sobre el itinerario de Houellebecq desde que publicó El mapa y el territorio, con desapariciones, reaparición con una estética más cercana a un clóchard que a un escritor de éxito, su participación en un documental, hasta que, zas, en plena promoción de lanzamiento de esta novela que nos ocupa, ocurre lo de Charlie Hebdo, y el escritor, amigo personal de alguna de las víctimas, corta la promoción, la corta a lo bruto, sumiéndose en una especie de silencio funerario que, entendemos, rompen, de algún modo, detalles como el de adelantar varios meses el calendario inicial de publicación en español y, uy, por unos días, no llegar a las mesas de Sant Jordi de donde, supongo, hubiera volado, literalmente.
O podría juzgar apenas veinte páginas iniciales filtradas con agudo sentido comercial, y empezar a intuir que, aunque la crítica ya había adelantado algunas opiniones negativas, quite, Houellebecq es mucho Houellebecq como para fiarse de unas opiniones que, al menos ahora, comprendemos sean extremas en un sentido u otro, por tratarse de quien se trata, por esa historia basada en un brillante planteamiento; el acceso al poder de un partido islamista en Francia. Fuerte empezamos, Michel, premonitorio en un mundo donde las mayorías tradicionales parecen abocadas a desmoronarse (o perder peso),  da fuerte por dar primero: una Francia con la sharia al acecho y una Francia con las universidades de prestigio acaparadas por el poder islamista, gracias a la sustanciosa inyección económica de algún reino de la Península Arábiga.

Pero entiendo que algunos de quienes han calificado Sumisión como la novela más floja de Houellebecq lo hayan hecho asustados ante lo posible de sus planteamientos. Aunque no sé qué puede tener que ver una cosa con la otra. También podrían asirse a esa letanía de vincular todos los libros del francés a una especie de esquema común, siempre partiendo del varón de mediana edad que está de vuelta de todo. Miren, razones para descalificar un libro, si uno las busca, las encuentra. Yo podría quejarme, por ejemplo, de que una centena más de páginas en su desarrollo final no hubieran ido nada mal para acercar el libro al gran público, para hacerlo más polémico, para abrir más debates, para concretar más todo lo que el final, algo abrupto, deja abierto.

Ah. Me olvidaba. Para los astronautas, un intento de sinopsis.

François, entre los 40 y los 45, es profesor universitario, especialista en Huysmans, escritor francés crítico con el mundo que protagonizó una conversión del ateísmo al catolicismo a una avanzada edad. Soltero, tras varias relaciones que detalla con frialdad, tiene una amante estable, Myriam, estudiante judía de unos 20 años a la que considera, en una curiosa reflexión, la cumbre de su vida amorosa y sexual. Pero es 2022 y Francia está convulsa: los partidos tradicionales, socialista y conservador, que llevan décadas alternándose cómodamente en el poder, ven cómo se avecina un armageddon particular donde la segunda ronda de las elecciones presidenciales no contará con ninguno de ellos como contendiente: la cosa se dilucidará entre el Front National de Marine LePen y un recién inaugurado partido islamista moderado. En un ejercicio de patético aferramiento a la última posibilidad de mantener alguna cuota de poder, socialistas y conservadores apoyan a los islamistas que, capitaneados por Mohammed Ben Abbes (carismático líder al que no dudan en dar coba) solo se muestran inflexibles en una cuestión en cuanto a las parcelas de poder que quieren preservar: controlar el sistema educativo.
La progresiva implantación, lenta pero implacable, de la islamización, empieza a afectar a todos los ámbitos de la vida. Las tiendas de ropa sexy desaparecen, los judíos franceses (Myriam entre ellos) abandonan el país rumbo a Israel.  Las mujeres abandonan sus puestos de trabajo y vuelven a ser sólo amas de casa. Los profesores afines de la Universidad Islámica París-Sorbona-3 ven sus sueldos triplicados. Se permite la poligamia. No es tan extraño que en este magma, afloren los conversos, sí, señores de apellidos franceses que decoran sus domicilios con versículos del Corán y se desposan con adolescentes designadas cuando no elegidas.
François es invitado a pre-jubilarse con magníficas condiciones económicas, tras lo cual, presa del miedo, se lanza a una especie de huida hacia el Sur, en la cual su sensación de soledad y desamparo se agudiza. Pendiente de la gasolina y de la conexión a Internet, François intenta encontrar un sentido a su existencia, sin trabajo, sin relación sentimental, con dinero. En el fondo, Sumisión habla de la soledad del hombre moderno. Al estilo Houellebecq, claro, porque aquí no faltan ni las escenas de sexo explícito, ni menciones a Nietzsche, ni opiniones de esas que ponen al francés en la picota del público más acomodaticio. Porque Houellebecq ya no se conforma con dar testimonio del presente de la civilización occidental. Ahora ya especula sobre su futuro.

En Sumisión, Houellebecq marca más distancias que nunca con su protagonista. Les separan casi dos décadas de edad y François, parece, mantiene alguna esperanza. Houellebecq se queja, entre líneas, de lo que François decide, toma partido con claridad y por eso se le ha criticado, porque esta es la novela más política de Houellebecq, la más cargada y osada en lo social, y porque, a diferencia de otras, no se conforma con quejarse de dónde venimos, sino de a dónde  cree que vamos; hasta nos sugiere a qué velocidad y en base a qué perversos mecanismos de matemática demográfica. Vamos, por cierto, no solo los franceses. Todos. A Houellebecq, por Sumisión, se le ha acusado de hacerle el juego a la extrema derecha y de instaurar un sentido del alarmismo a lo cual, claro, lo de Charlie Hebdo no ha hecho más que añadir leña. Sí: ha sido acusado de eso por críticos de todo el mundo, tras cuyos intereses editoriales o empresariales, puede, haya alguno de esos petrodólares.

Pero yo no considero leer esta novela como algo imprescindible porque otros la ataquen. No es una reacción. Leer Sumisión es necesario porque está magníficamente escrito y porque su temática no puede ser más contemporánea. Ya puestos, porque no son muchos, y menos recientemente, los libros que remueven la conciencia e invitan a la reflexión. Cosa que habría que exigir más a menudo.

Ahora bien, puedo estar equivocado y que sean quienes lo atacan quienes tengan la razón. Así que zurren a este hombre por su atrevimiento y por poner esa prosa, otra vez  aquí brillante y lúcida como pocos pueden conseguir, al servicio del escenario del miedo atávico a la pérdida de las libertades, de la polémica que genera discusiones encendidas. Denle candela, sin miedo: no es más que un hombrecillo cercano a la tercera edad, un fumador empedernido con aspecto frágil y malcarado al que debemos postergar al rincón de los quejicas. Un tipo que, por cierto, está amenazado, hace años, y ya va acompañado por escoltas. Sigamos con nuestro mundo de abrazos fraternales y celebraciones conjuntas, como si nada pudiera pasar, tan contentos y tan felices, conscientes de que la diversidad es algo a lo que no hay que poner límites ni cortapisas. Ni hablar. Nuestros amigos, los integristas: si estamos aceptando su dinero, las inversiones de sus empresas y sus fondos soberanos, pasta para que sus clubes de fútbol fichen a grandes estrellas, si no hemos puesto pegas hasta ahora, pues que lo empaqueten todo y que hagan, ya, efectiva esa reconquista. Del todo. Claro que sí. No leamos al pirado este, leches. Qué aspecto más enajenado. No hace más que ponernos nerviosos. Encendamos la tele, narices, a ver a quién decapitan esta semana.

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martes, 27 de noviembre de 2012

Michel Houellebecq: Plataforma

Título original: Plateforme
Idioma original: francés
Año de publicación: 2002
Valoración: imprescindible

Hace unos días que leí un libro cuyo argumento me recordó poderosamente a éste: nada de plagio, simplemente esa especie de mecanismo de la memoria, que se instala con fuerza, por el que no puedes dejar de establecer comparaciones. Hasta el punto de, años más tarde de mi primera experiencia, hacerme decidir a releer esta maravilla.
Aunque Houellebecq, desde entonces, sólo ha entregado dos novelas más (y sendas recopilaciones de ensayo y poesía), este libro aún se mantiene fresco y vital, y lo considero su obra cumbre. Bueno, obra cumbre entre otras de enorme altura. Lo que me hubiera gustado tener el pretexto de una reseña para darme otro festín como el de la primera vez que leí El mapa y el territorio.

Plataforma es otra de esas novelas de Houellebecq donde, desde la angustia existencial, la middle age crisis, y todos sus fantasmas particulares, su autor atiza a diestro y siniestro. Sin contemplaciones, sin cálculo de riesgos mercantiles o incluso físicos (afirmaciones de este libro le llevaron a ser señalado por el islamismo radical), en los libros de Houellebecq recibe todo el mundo. Anda que se corta este hombre. Las descripciones de encuentros sexuales, las experiencias más truculentas, las sensaciones de asco y desazón, a pelo y sin precauciones, descritas procazmente, con una frescura y una convicción abrumadoras.

A Houellebecq le importa un pepino el escándalo que produzcan sus afirmaciones directas, o las que pone en boca de sus personajes. Es rabiosamente moderno, es rabiosamente ambicioso y escribe con la chulería del que sabe que sus seguidores irredentos no es que le rían, es que le idolatran las gracias. Sé que hay gente que no traga su imagen de enfant terrible. Sé que hay gente que considera que esa postura áspera y nihilista es una opción muy fácil de tomar. Más hoy en día. ¿Lo era hace más de quince años, o hace solamente diez, cuando publicó esta novela?. No; entonces el mundo occidental vivía montado en esa alfombra mágica que en este libro se critica, el ocio y el consumo desaforado como instrumentos para combatir el aburrimiento y el desencanto, como únicos estímulos para sacar el pie de la cama. La vuelta de tuerca, a cualquier precio, para obtener algo mejor que la última vez; sea un coche, sea una casa, sea una experiencia sexual extrema, sea una cena carísima en un restaurante en el otro extremo del planeta.

He aquí el Houellebecq novelista, y, como el ensayista o el poeta, mucho más filósofo y sociólogo de lo que a muchos les gusta o les resulta confortable. Lo que en sus libros parecen recriminaciones auto-inflingidas no son más que, en el fondo, reconocimientos conscientes de culpabilidad. Houellebecq nos dice que él también es uno de esos tipos, que qué hay de malo convertir esa condición en la centralidad de su obra, en el leit-motiv de su carrera, en el core business de su negocio como escritor.
Y, sabéis, se le perdona, mientras escriba libros como éste, donde las páginas vuelan, en el que uno, que no es tan raro ni tan retorcido ni tan me against the world, se ve a sí mismo, en medio de su lectura, moviendo la cabeza en sentido afirmativo, rebuscando dónde anotar alguna frase (frases de esas lapidarias, sí, tramposas, sí, demagógicas, sí, de las que produce a un ritmo frenético) a la vez que siguiendo una trama a la que una relectura, aunque se conozca su desenlace, no aleja un milímetro de su enorme disfrute (más bien lo contrario, te hace sentir bien, en casa), al reencontrarte sus planteamientos, sus agrias y retorcidas experiencias y la portentosa manera en que las describe. Mientras haga todo eso y lo haga tan bien, cedo el privilegio de criticar sus apariciones, sus desapariciones, sus caprichos, o su peinado, a cualquier otro que quiera hacerlo.

Dicho ésto, esta novela trata de un hombre de unos 40 años, funcionario público asqueado de su existencia que, tras el asesinato de su padre, se toma un descanso, recupera algo su maltrecha ilusión por la vida,  y se empareja con una joven ejecutiva a la que conoce en un viaje, y con la que vive una gratificante relación física y sentimental (descrita con todo tipo de detalles), influyéndola finalmente para poner en marcha un tipo de viajes directamente orientados al turismo sexual. Lo hacen inspirados en su viaje a Tailandia, pero proyectan expandir esa idea a todo el globo.
En medio de toda esa historia, Houellebecq nos explica cómo es el mundo de hoy (bueno, el de hace 10 años, no hay gran diferencia), y por qué, a su entender, está mal que sea así.

El lector decide.

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sábado, 12 de diciembre de 2015

Michel Houellebecq / Bernard-Henry Lévy: Enemigos públicos

Idioma original: francés
Título original: Ennemis publics
Año de publicación: 2008
Traducción: Jaime Zulaika
Valoración: recomendable para fans

A Houellebecq los trágicos acontecimientos del 2015 le están haciendo la más eficaz de las campañas promocionales. Seguramente no le haga ni pizca de gracia la circunstancia que lo ocasiona, claro, pero, por mucho que su personalidad pública parezca revelar lo contrario, como escritor que aspira a ser leído o divulgado, la tormenta generada a su alrededor no puede dejar de ser algo teñido de fascinación, dramática fascinación desde luego y nada a tomar a chanza. No sé si es el nuevo Nostradamus, pero la persona o el personaje que se ha ido configurando a su alrededor empieza a quebrar hasta ese aparentemente exagerado status de "star" literaria, empieza a superar barreras para transformarse en una especie de icono del pensamiento nihilista del varón maduro contemporáneo. 
Pero claro. Luego está la cuestión de escribir así de bien. Porque la promoción de lo vacuo quedaría en eso, en vacuidad, si sus cualidades como escritor no fueran las que muestra con frecuencia en cada una de sus obras. No recuerdo un mal libro del francés, lo siento. Ni recuerdo ninguna reflexión de las suyas que no tenga firme sostén lógico.
En 2008 Houellebecq intercambia e-mails con Bernard-Henri Lévy, estrella de menor calibre del firmamento literario y cultural francés, yan aparente antagonista. En ese momento Houellebecq anda involucrado en dirigir una película basada en su entonces última novela, La posibilidad de una isla (1), circunstancia que menciona. Pero, casualidad, es noticia también porque su madre, con la que mantiene una relación difícil y distante, se ha prestado a aparecer en medios públicos despotricando contra él. Cómo Houellebecq está digiriendo esa situación, cómo ciertos compañeros de profesión están ensañándose, constituye uno de los telones de fondo del libro.
¿Para fans? Decididamente los pasajes centrados en los aspectos filosóficos acaban haciéndose difíciles, en especial para los profanos, e inevitablemente el imaginario cultural galo protagoniza más de un pasaje que puede hacerse muy ajeno. Pero los pros existen: del primer correo, donde parece apuntarse un distanciamiento incluso algo crispado (no sé si fruto de la intraducibilidad, los escritores no abandonan el Usted en todo el libro), paulatinamente se aprecia una progresiva familiaridad, una sensación de proyecto común que no evita que el protagonismo vaya repartiéndose. Lévy, más intelectualizado y con más búsqueda de apoyos en lo clásico, Houellebecq, fiel a su leyenda de diletante, trazando una estampa algo más cercana basada en el intercalado de confesiones y de experiencias personales. Quizás el contexto óptimo para una lectura así sería su lectura de modo parecido a su propia confección: un mensaje, reflexión en su respuesta, respuesta, otra espera. Por lo que, contra un particular criterio propio, recomiendo más tener este libro, conservarlo e irse refiriendo a él, que someterlo a una de esas tour de force lectoras consistentes en lectura exhaustiva. Porque hay muy poco relleno aquí, prácticamente surgen todos los temas que pueden interesarnos, incluso ahora, siete años más tarde. Filosofía, literatura, política local y global, papel de los medios de comunicación y de internet.
Oh, y claro, el islamismo, cómo podemos leer a Houellebecq y no leer sobre el islamismo.

(1) Película casi unánimemente considerada como uno de los máximos desastres de la cinematografía francesa. Zapatero a tus zapatos.

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lunes, 12 de enero de 2015

Michel Houellebecq: H.P. Lovecraft. Contra el mundo, contra la vida

Idioma original: francés
Título original: H.P. Lovecraft. Contre le monde, contre la vie
Año de publicación: 1991-1996
Traducción: Encarna Castejón
Valoración: recomendable, imprescindible para fans de Lovecraft y de Houellebecq

La obra de Lovecraft tiene la extraña cualidad de atraer a quienes no están muy versados en el género fantástico. Como otros escritores, léase Philip K. Dick, o Asimov, su obra ha atraído a autores que han llegado a estudiarla y teorizar sobre ella. Autores no necesariamente de literatura de género, tampoco hablamos aquí de un fanático rindiendo pleitesía incondicional.
Pero aquí está claro que es Houellebecq quien se encuentra a los mandos; tras un primer prólogo, la primera frase oficial de este estudio es puro vitriolo.

"La vida es dolorosa y decepcionante"

Abandonada toda esperanza, lo que tenemos por delante es un ensayo razonado y contundente sobre cómo Lovecraft traspasa barreras y viene a representar más que un mero autor que diseña un mundo propio y lo puebla de misterio y extrañas criaturas. Este es un Houellebecq en sus 30-35 años, ya empezando a supurar bilis, pero racionando las dosis. Fascinado por el autor americano, pero no de forma ciega o irredenta. Profuso en citas textuales, sin miedo alguno a reconocer tanto las fases más débiles a nivel creativo como su discutible posición dentro de la sociedad. Lovecraft nos es presentado como suelen serlo los genios. Personas difíciles, sorprendentemente ajenas a los convencionalismos (Houellebecq insiste en su vida a espaldas de los dos grandes tótems de la sociedad actual: dinero y sexo), repletas de contradicciones y de actitudes personales dignas de reprobación (marcadamente racista, con un sentido de la rectitud cuyo arraigo hoy nos parecería digno del extremismo más deleznable), y con escaso sentido práctico de la vida. Si a alguien le interesa descubrir el personaje detrás de toda la mitología de su obra literaria, Houellebecq lo muestra sin intenciones mitomaníacas, desnudo de todo lo que sea adicional al escritor, a un escritor abocado a la miseria y a la falta de reconocimiento en vida, pero con un envidiable sentido de la dignidad.
Contra el mundo, contra la vida obra a dos niveles. Como semblanza biográfica de Lovecraft y como primeros apuntes de lo que sería la obra de ficción de Houellebecq. Una atinada elección la suya, la de un escritor obsesionado en precipitarnos al más oscuro y profundo de los abismos, la de un escritor a espaldas de todo (colosales las transcripciones de los escritos con los que enviaba sus obras a los editores), que resulta convirtiendo a este pequeño libro (cuidada edición de Siruela) en un pequeño gran hallazgo de indudable valor seminal.

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viernes, 18 de julio de 2014

Michel Houellebecq: Intervenciones

Idioma original: francés
Título original: Interventions 2
Año de publicación: 2011
Traducción: Encarna Castejón
Valoración: muy recomendable

La incertidumbre. Dicen los filósofos algo mediocres que es lo peor. Pero he de consolarme con eso: supongo que algún día Houellebecq anunciará que publica una nueva novela y que podré empezar a frotarme las manos (yo, pero también quienes le critican) ante una nueva historia protagonizada por algún cincuentón amargado y desencantado, con gustos sexuales rayanos con lo depravado, y tendencias suicidas vencidas temporalmente por la pereza y la desazón.
Pero, mientras tanto, la espera y la especulación es lo que me queda. Eso, y revisar por la red si hay algo sustancioso, algún aperitivo que echarme al coleto. Releer Intervenciones, por ejemplo, última obra oficial, junto a Poesía, por así decirlo, pues se trata de un compendio de ensayos previamente publicados (algunos hace más de 20 años) en los cuales Houellebecq toma posición respecto a diferentes temáticas. Siempre me da la impresíón de que determinados escritores se sienten más cómodos escondidos tras sus personajes, dejando a la opinión del lector si son sus ideas o las de ellos. A Houellebecq esto no le funcionó: los integristas arremetieron contra él, por opiniones emitidas por sus personajes. En los ensayos de Intervenciones ese recurso no está disponible, y el resultado es algo desigual, cosa que no voy a achacar a que Houellebecq se coarte. Hasta ahí podríamos llegar. Cosas como empezar con un artículo titulado Jacques Prévert es un imbécil. Brillante articulo que marca el tono, atacando a su compatriota con frases como esta:

Si Jacques Prévert escribe, es porque tiene algo que decir; eso le honra. Desgraciadamente, lo que tiene que decir es de una estupidez sin límites; a veces da náuseas.

Y arreglándoselas para enlazar, unas cuantas frases más allá:

... los curas son orugas viejas y asquerosas que inventaron el pecado para impedir que vivamos.

O apostar doble o nada:  difícil es hablar de pedofilia y exponer ideas como éstas:

... el pedófilo me parece el chivo expiatorio ideal de una sociedad que organiza la exacerbación del deseo sin procurar los medios para satisfacerlo.

Saliendo indemne, incluso triunfante, en una cuestión tan objetivamente repugnante. Pero el problema es que, por mucho que se diga, la concepción de la imaginación (la de Houellebecq, al menos), sigue disponiendo de unos resortes que la realidad no tiene. Y en ensayo el francés lleva una, o dos, marchas menos. Incluso a veces se mete en ciertos terrenos poco estimulantes para el público general. Cosa que yo le disculpo, claro: Houellebecq bajo de forma sigue pasándole la mano por la cara a a mayoría de escritores, y reduce a muchos presuntuosos a la categoría de juntaletras.

Así Intervenciones es un poquito un catálogo de recursos donde conviven desde textos organizados para especies de happenings junto a artículos de opinión, entrevistas, divagaciones y comentarios generales a requisito de publicaciones de diversa índole. El tono oscila entre lo directo y contundente y la digresión filosófica, a veces algo indigesta, pero siempre razonada.
Lo cual deja este libro en una zona algo ambigua. Los incondicionales del francés tendrán suficiente para apenas unas semanas, y los que ven su obra con escepticismo siempre encontrarán un argumento para acusarle de ser incapaz de ser brillante si no es a costa de la polémica. Puede que haya quien diga (como podría decirse de Franzen) que sólo la gran repercusión de su obra de ficción le permite publicar esta recopilación. Pero, ignorando toda esa parafernalia intrínseca a los escritores fenómeno, el nivel de Intervenciones, en sus momentos más brillantes, que no son pocos, no está al alcance de la gran mayoría de los escritores.

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lunes, 5 de noviembre de 2018

Michel Houellebecq: En presencia de Schopenhauer


Idioma original: francés
Título original: En presénce de Schopenhauer
Año de publicación: 2017
Traducción: Joan Riambau
Valoración: insuficiente

Insuficiente.

Porque, sí, los incondicionales del francés huraño estamos famélicos de algo que echarse al gaznate y devoraremos lo que nos echen. Chuscos de pan, migas de pan, el plato rehogado con esas migas de pan, el mantel con los restos, el suelo con lo que se cayó. Pero incluso así una editorial ávida de recibir del público lo que sea (reconocimiento y dinero, por lo general) habría de pensárselo antes que entregar lo que sea.

Insuficiente. Reprise.

Ni siquiera en este texto, primero que se traduce desde que plantara en nuestras narices la espléndida Sumisión, justo en fechas en que aconteció (y nos parece tan lejano) lo de Charlie Hebdo, ni siquiera se ve a Houellebecq cómodo. Como si ese recurrente flash-back que adereza las páginas y que se materializa en recuerdos de toma de contacto con los libros de Schopenhauer, con el ideario del filósofo mediatizara el entorno, Houellebecq escribe demasiado atenazado por la pureza conceptual. No hay lugar para el descarrío en un autor que casi siempre funciona plantando a sus personajes como componentes del mundo que analiza, esa proyección fuera del escenario (fuera del territorio) acaba encorsetando e inhibiendo al Houellebecq polémico que aquí apenas asoma, con la excepción de un par de tópicos masculinos, que no machistas, oculto tras una necesidad algo forzada de mostrarse didáctico.

Insuficiente. Argumentos de calidad-precio.

Aunque sea lo que uno se va a gastar en el último gin-tonic (el que ya sienta mal), esos 8 euros del libro están mal invertidos. Entre prefacio y extractos de Schopenhauer (aunque sean traducción propia de Houellebecq), pequeño formato del libro (o cuaderno) aquí hay apenas veinte páginas reales de texto del genio. Menos que muchos artículos de los que contiene su obra de ensayo y, lamentablemente, enormemente anclados en un aspecto metafísico que, insisto, el escritor francés emplea mejor como telón de fondo del que el lector extrae conclusiones que como extracto puro de teoría que a algunos se (nos) puede indigestar.

Insuficiente. El alumno se arrodilla ante el maestro.

Comprendo a Houellebecq en su enorme respeto hacia Schopenhauer. Aunque he de reconocer no haber leído nada del filósofo alemán. Pero veo al francés tan comedido, tan admirativo y despojado de acidez crítica, tan escorado hacia cierta reverencia incondicional, que a  veces no lo reconozco

Insuficiente. Ficción, queremos ficción.

Eso. Con la vida resuelta como debe estar, aunque con 60 años en plena madurez personal, siempre existe el riesgo de que se le vaya la pinza y, en vez de desaparecer, haga algo como dejar de publicar o apuntarse a algún gimnasio. Por lo cual se lo imploro, en mi nombre, en el de algún otro de los integrantes del blog, en el de su grupo de admiradores constantes o puntuales. Vuelve a tus personajes, a tus tramas difíciles pero posibles, a tus hipérboles que nos hielan el aliento, a tu sensación de aislamiento que puede romperse de cualquier mala manera. Por favor. Vive y escribe, Michel. Vive y escribe.

Un montón de libros de Houellebecq AQUÍ

domingo, 6 de mayo de 2012

Michel Houellebecq: El mapa y el territorio

Idioma original: francés
Título original: La carte et le territoire
Año de publicación: 2010
Valoración: Recomendable


Hace un par de años, me propuse leer Las partículas elementales. Entonces no sabía si iba a convertirme en seguidora o en detractora de Houellebecq, ya que parece no haber término medio. Hice lo que pude pero en mi vida había visto nada tan prolijamente vacío, no pude soportar la indigestión y tuve que dejarlo a las ciento y pico páginas.

El objetivo de esta obra parece ser el mismo: mostrar su particular – aunque no excesivamente original – visión de la sociedad en que estamos inmersos, pero el procedimiento para llevarlo a cabo es muy diferente. Y ahí es donde radican tanto su aportación personal como los méritos que puedan adjudicársele.

La novela, como síntoma de nuestra época, es perfectamente fiel a sus planteamientos. Si, para la mentalidad de hoy día, el objetivo más sensato consiste en conseguir la mayor rentabilidad con el menor tiempo y esfuerzo posibles, nuestro autor lo pone en práctica con tanta convicción como ingenio. Y, sobre todo, con absoluta coherencia, pues se trata de una construcción narcisista – tan comercial como las transacciones artísticas enumeradas –, que contiene, entre otras cosas, un collage de Wikipedias (confesado por él mismo en nota aparte), manuales de instrucciones, comparación de marcas, estadísticas y todo lo que que pueda servirle para rellenar páginas lo más rápidamente posible. Pero eso no es todo, Houellebecq, no contento con incluirse entre los personajes más relevantes, se publicita descaradamente a sí mismo citando sus propios títulos una y otra vez. No estamos, por tanto, ante un mero retrato del actual panorama artístico: además se imitan sus procedimientos al recoger lo ya existente y presentarlo en el lugar y con la forma adecuados para su inmediato consumo, exactamente lo mismo que los artistas plásticos vienen poniendo en práctica desde hace, más o menos, un siglo. Por otra parte, a través del personaje se proclama la inutilidad del arte. Obviamente, Houellebecq es un cínico, pero lo que hace tiene un sentido claro y, sobre todo, muestra en qué nos estamos convirtiendo.

Cuanto más avanzamos más increíble nos parece que alguien se atreva a rellenar tanto espacio a base de recortes de textos, que la totalidad de los personajes, incluído el propio Houellebecq, alardeen de un solipsismo y una misantropía de ese calibre. Pero toda esa superficialidad aporta al relato un aspecto fantasmagórico, de cuento de hadas materialista y proyecta una visión irreal al simplificar el mundo al máximo convirtiéndolo en un cuento perverso de adultos infantilizados y adormecidos por un bienestar que son incapaces de disfrutar: los ricos son riquísimos, la amada tiene un físico perfecto, en el amor no existen segundas oportunidades y desaparece sin dejar rastro en cuanto se va la juventud, sólo se ama una vez en la vida, la amistad no existe, la condición filial es mera pantomima que consiste en repetir rituales. Todo esto, junto al propio texto como ejemplo palmario de lo que retrata, le aporta un carácter de implícita denuncia.

Con una prosa cercana a la del ensayo, se nos habla del momento presente pero sus hipotéticos lectores parecen pertenecer a mediados de este siglo, de ahí la cantidad de datos y explicaciones que se introducen y que a un lector actual le parecen absolutamente obvios, así como unas cuantas predicciones que resultan por lo menos discutibles. El protagonista aparente es el esquivo artista Jed Martin – que podríamos definir con una retahíla de esdrújulas (escéptico, apático, polifacético, gran místico de la técnica) –, pero hay otro, menos evidente, que se convierte en el verdadero conductor del argumento: el siglo XXI, tal como lo conocemos hasta el día de hoy. Principalmente en el campo del arte, pero también en la política, la técnica, la vida social, el consumo, los negocios. Todo este panorama económico-tecnológico se desarrolla en detrimento de la introspección, de las relaciones interpersonales y de un auténtico análisis social. Un vacío absolutamente premeditado, como el propio autor demuestra al citar una serie de nombres de analistas sociales ilustres.

Hasta la última parte no aparece el gran golpe de efecto. Sin abandonar su radical pesimismo, corta radicalmente con el discurso anterior, cambia de perspectiva y hasta de género al convertir la novela en policiaca. Particularmente, es la que he leído con más interés y la que le aporta casi toda la originalidad y capacidad de impacto que tiene. Por eso, a pesar de saltarse muchas de las normas convencionales y de permitirse todas las licencias mencionadas, al haber encontrado una fórmula novedosa y muy efectiva para constatar las miserias y contradicciones de este principio de siglo, esta obra supone una nueva forma de abordar la narrativa y un (pequeño) paso en la renovación del género. Naturalmente, basta con una sola vez, si la repitiese en sucesivas publicaciones su valor no sería el mismo, pero, de momento, no se le puede negar la impresión que nos deja al acabarla: una desazón difícil de erradicar y una conciencia clara de lo siniestro de estos tiempos.

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miércoles, 10 de julio de 2013

Michel Houellebecq: Ampliación del campo de batalla

Idioma original: francés
Título original: Extension du domaine de la lutte
Año de publicación:1999
Traducción: Encarna Castejón
Valoración: muy recomendable

Sí: puede que Michel Houellebecq lleve muchos años escribiendo el mismo libro. Puede que sus personajes desesperados, con los que eternamente parece jugar a ser sus respectivos álter-egos, siempre respondan a ese perfil agrio, malcarado y de vuelta de todo. Pero qué decir de cómo los convierte en piezas de carne viva (a veces inerte, pero viva) y cómo logra que nos veamos reflejados, aunque sea para nuestro espanto.
Ampliación del campo de batalla fue su primera novela, obtuvo, en Francia, un premio menor de carácter local, a la mejor primera novela, y fue el pistoletazo de salida para una carrera no excesivamente prolífica, pero que tiene dos poderosas cumbres en Plataforma y El mapa y el territorio. Contados escritores pueden atribuirse dos novelas como éstas, pero para nada hay que desmerecer todas las grietas que abre con esta, la primera. Con influencias de Salinger, Sartre, y de Kafka y de Melville, el protagonista de la novela es un hombre de mediana edad cuya vida se reduce a trabajar y subsistir. Lo más cercano a la actividad física son sus reflexiones sobre lo que sucede a su entorno. Reflexiones que le sumen progresivamente en un proceso de ensimismamiento. Por él, se quedaría inmóvil en un rincón esperando que la vida pasara. Pues no confía en nada de lo que pueda ocurrirle, nada le estimula o lo poco que consigue estimularle él lo valora como insano.
Houellebecq ha construido un mundo propio desde esta novela. Puede que su estilo aquí sea un poco ingenuo, que la novela no sea tan amplia de rango como sus obras posteriores. El personaje se mueve por su país en el ámbito de sus desplazamientos profesionales. Va a donde le dicen y allí pertrecha la base de operaciones para sus reflexiones. La novela es de 1994 y la crítica al liberalismo a ultranza late ahí con fuerza. Seguro que a Houellebecq se la suda que se le considere, por ese motivo, un adelantado a su tiempo, pero seguro que no le gustó que lo tildaran de apocalíptico. 2013: veamos como está el mundo y qué ha sido de todos esos personajes obsesionados por el dinero y por el triunfo fatuo. Así que la reflexión del autor, puesta en mente del protagonista de Ampliación del campo de batalla es solo un precedente de lo que vendrá luego en su obra. Una semilla que hará crecer árboles extraños y retorcidos. Puede que no sea su mejor obra y puede que algunos de sus mensajes solo hayan hecho que perfeccionarse y depurarse, pero el gran escritor está tras esa historia turbia y nihilista. Y quien da primero da dos veces.

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lunes, 19 de mayo de 2014

Jean Echenoz: Ravel

Idioma original: francés
Título original: Ravel
Año de publicación: 2007
Traducción: Javier Albiñana
Valoración: un obvio muy recomendable

Tengo una relación de amor/odio con estos escritores dados a las obras breves. Que son muy útiles, sobre todo para finalidades tan perversas como cumplir con las draconianas exigencias de un blog de reseñas diarias. Pero a la vez peligrosos: uno siempre concede su atención pensando que el tiempo invertido será escaso y que a cambio se obtendrá (supongámosle valor a este hecho) una opinión fundada sobre un autor. Lo hice hace unos años con Amélie Nothomb: me tragué cuatro de sus librillos de cientoypico páginas (solo recuerdo tres: Estupor y temblores, en el que había un jefe japonés muy estricto, Antichrista, en el que había una adolescente muy malota, y Un viaje de invierno, el que menos me repugnó, y del que sólo recuerdo que salía la Torre Eiffel en la portada). Mi conclusión es que la Nothomb no parecía ser santo de mi devoción, pero eso solamente me costó una asequible media docena de horas. Igual me da cualquier día por confirmar que aún es así.
Bien.
Jean Echenoz lo pone aún más sencillo. Después de menos de 100 páginas de 14, 124 son las que se tarda en despachar este Ravel, novelando los hechos más destacables de los últimos diez años de la vida de Maurice Ravel, insigne compositor y autor del universal Bolero.
Formidable recreación, donde se nos muestra al músico en sus diversas vertientes, todas ellas que cuadran mucho con el concepto de excentricidad tan atribuído a los genios: caprichoso, despótico y a veces desconsiderado con cierta corte de aduladores que encajaba hasta los peores desprecios como parte del paquete. Narcisista, obsesionado hasta lo enfermizo por su vestimenta y su calzado, fumador empedernido de Gauloises, evanescente, de aspecto frágil pero elegante, de salud precaria y largo historial de enfermedades desde la juventud. El cuadro soñado que nos lleva a la fascinación como lectores, a buscar si ese Frontispicio es una obra tan compleja a cinco manos sobre el piano, si ese Concierto para mano izquierda es real y es realmente así. Pues bien; si ese efecto sobre el lector cabe medirlo en suscitar interés y devorar texto no voy a poner ni una pega.
Ahora bien.
Quizás, y el ejemplo del propio Ravel como músico viene a corroborarlo, no todo en la vida es la técnica impecable y la perfección formal. Lo dije en 14 y lo digo aquí. Echenoz es mencionado como uno de los valores de la alicaída escena literaria francesa, pero no llega a los niveles de Houellebecq. Uh; yo prometi no hace mucho que no volvería a comparar a todos los escritores franceses con Houellebecq. Me pregunto, por cierto, que debe decir el cascarrabias de Houellebecq sobre Echenoz y su precisión.
Ravel es una lectura excelente, pero me temo que acaba mostrando más a Echenoz como sublime redactor que como gran creador. Con eso puede que confunda a quien me lea. Pero no es una sensación desagradable, sino una mera confirmación del perfil de su talento. Queda claro que, para concebir esta novela, se informó y profundizó en la figura de Ravel, y que el resultado de su trabajo es impecable. Pero, a veces, sentidos como la improvisación, la frescura, o cierta falta de planificación, suelen ser mucho más agradecidos.

También de Jean Echenoz en UnLibroAlDía: CorrerRelámpagos, Capricho de la reina14

lunes, 4 de febrero de 2019

Reseña a cuatro manos: El aliado, de Iván Repila

Idioma: español
Año de publicación: 2019
Valoración: bastante recomendable


Cualquier noche de jueves tras la sesión de la RAE. Lugar: una distinguida coctelería del centro de Madrid. Dos hombres maduros, dos amigos, charlan mientras beben sendos gimlets.

- …pues los soviéticos tendrían sus cosas chungas, no te digo que no, pero la Tokarev siempre ha sido una pistola mejor que cualquier semiautómatica norteamericana…

- Ay, Arturo, vaya perra te ha dado con las armas de fuego, con lo estruendosas y vulgares que son… ¿Te parece algo propio de nuestra condición?

- Entiendo… ¿Tú prefieres las armas blancas? ¿Has visto alguna vez “Forjado a Fuego”?

- Que no, hombre, lo que pretendo decir es que, ya que somos los dos escritores y académicos de la Lengua, podríamos departir sobre temas más elevados… hablar de libros, por ejemplo.

- Pues tú dirás, Javi, porque yo hace siglos que no leo ninguno. Ni los míos, je, je…

- Je, je… Yo sí que he leído una novelita de cierto interés. Como se acerca el día 8 de Marzo, quería tocar en mi columna semanal el tema del feminismo, pero no de forma directa, que ya sabes cómo se ponen las feminaz…nistas y los inquisidores de la corrección política. Así que pensé en hablar sobre los aliados.

-¿Quiénes?¿Los que desembarcaron en Normandía con subfusiles Thompson y…

- No, hombre, no, los aliados son esos tipos que se juntan con las femina…nistas y luego se convierten en más feministas que ellas.

- ¡Ah, los planchabragas! Bueno, yo les llamo así en privado, porque en público los inquisidores de la corrección política no me dejan… aunque cuando puedo lo cuelo en algún tweet, je, je…

- Je, je… pues sí, esos mismos, Arturo. La novela se titula precisamente así: El aliado y es de un escritor joven y prometedor, Iván Re…no sé qué…

- ¡No jodas, Javi! ¿Un millenial de ésos que nos llaman “pollaviejas”? Pues como me lo encuentre yo llevando encima el hierro, se va a enterar…

- Bueno, no sé si es tan joven. Igual me lo parece porque, claro, no tiene detrás una carrera tan prestigiosa como la mía… como la nuestra, me refiero.

- Nada, nada,  Javi, como la tuya, dices bien… Que este año te llaman de Estocolmo sí o sí, ya lo verás. La rabia que le va a dar al japonaka ése… y a los inquisidores de la corrección política, je, je...

- Je, je... sí. Bueno, como te contaba: es ya la quinta novela de un tal Iván Rop...lo que sea. El caso es que a este mozalbete le sigo con cierto interés. Parece que para él "todo acto es un acto político y todo texto es un texto político" (como para mí cuando era joven, rojo y alocado). Porque El aliado es un texto claramente político, al igual que sus anteriores novelas, el Atila o Prólogo. Más gamberro, menos "sesudo", menos metafórico si se quiere, pero a todas luces político... Sí, con el libro persigue zarandearnos y lo consigue, sin duda.

- ¿Zarandearte, Javi? ¿Quieres decir con esto que te dan ganas de comprar por el Wallapop un AK47 y hacer que las concentraciones feminaz…nistas parezcan el instituto de Columbine?

- ¡No seas bruto, Arturo, un poco de contención! Mira: vale que los personajes resultan un tanto arquetípicos o caricaturescos, pero eso es lo que les hace funcionar. Además, a veces la realidad supera a la ficción. ¡Anda que no habremos oído conversaciones “cavernícolas” similares a las que aparecen en el libro en las que, pensándolo fríamente, me da vergüenza ajena haber participado sin haber puesto en su “sitio” a los sujetos que intervenían!

 - ¡Coño, Javi, me sorprendes! ¿O sea que te arrepientes de haberle dicho a Soto Ivars: “Juanito, con esa melenita de niña vas a follar menos que un casado”? ¿O de haberle soltado a Houellebecq: “Ne pas épouser la japonaise car elle a de petits nichons!”?

- No, hombre, que es broma… ¡Que a mí en Oxford me llamaban “the Pretty Iberian Machito” por algo, je, je! Mira, hablando de Michel, aquí el Iván Rodi… el pollo éste hace un poco de Houellebecq porque predice un poco el auge del “neomachismo” que vemos en el mundo. ¡Y mira que me fastidia porque yo soy más partidario de la masculinidad tradicional!

- ¡Joder, y yo! Del hombre-hombre, como El Fary, y del “la mujer, de la habitación a la cocina y por el pasillo a hostias!”

- ¡Arturo, compórtate! El caso es que, estando totalmente en desacuerdo con Iván Repo…el perroflauta, vaya; he de admitir que me lo he pasado muy bien leyéndolo. Para empezar, es divertido, tiene muy buen ritmo narrativo y la extensión justa para no hacerse pesado. Parte de una premisa muy muy buena y no la alarga innecesariamente. ¡Anda que no habremos leído libros que arrancan genial pero que el autor estira el tema hasta hacerse cansino!

- ¡Por las pelotas de Blas de Lezo, qué insinúas, eh! ¿Que en mis libro hay más pajas que en una peli porno? Perdón, quería decir paja… ¡A qué te reto a duelo, mal amigo! ¡Si parece que te ha gustado más que mi Sabotaje!

- ¡Pardiez, Arturo, no way! Sabotaje te sitúa en la cumbre de la novelística actual, por favor… El Iván Ropi… Ripo…bueno, como  sea, no deja de ser un tuitero con ínfulas que escribe estas cosas para tener más predicamento entre las féminas...

- Fijo. Esa gente sólo piensa en el ñaca-ñaca.

-Eso sí, lo hace con gracia el muy… titiritero. Además, mantiene un acertado equilibrio entre lo cómico / humorístico / gamberro, lo patético / esperpéntico y lo serio o incluso épico. Sin olvidar el erotismo;  aunque a la novia del protagonista, la tal Najwa, ni la tocaría un gentleman con un mínimo de educación y cultura... ¡Vaya una pájara femina…nista! Me gusta también la evolución del personaje: toma de contacto - toma de conciencia - acción… y que la historia sea una uto-distopía, un poco al estilo del Ensayo sobre la lucidez o el Ensayo sobre la ceguera de Saramago. Eso sí, estirando la ficción de una forma muy diferente al portugués, mezclando humor gamberro con patetismo, tensando la cuerda sin que esta llegue a romperse.

- ¡Por las patillas del último de Filipinas, Javi, qué despliegue de erudición! ¡Y no te veía tan entusiasmado desde que la última vez que vetamos la entrada de una tía...mujer en la RAE! Igual hasta me lo tengo que leer. ¿Me animo o no?

- Hombre, el tema de fondo está claro que no puede ser más actual. Habrá quien se sienta más o menos concernido por ello, of course… Yo no, porque no soy ni machista ni feminista; sólo tengo sentido común, je, je… Pero al ser una historia sin una moraleja clara, sino más que nada satírica, creo que le puede interesar a cualquiera. Eso sí, me parece un texto generacional. Vamos, muy para la muchachada o gente de nuestra edad, pero joven de espíritu como nosotros (si es que eso es posible). En todo caso, ideal para machirulos de viejo y nuevo cuño.

- ¿Me estás llamando machirulo? Mira que saco la fusca otra vez, ¿eh?

- ¡Qué va, Arturo, si tú y yo somos un ejemplo para las generaciones presentes, pasadas y venideras! Anda, guarda la Tokarev y vamos a ver el partido del Madrid a mi casa. A ver si consigo explicarte lo del fuera de juego, que toda la vida viendo fútbol y aún no lo has pillado.

- Claro, porque mientras tú comías pipas en el Bernabéu yo veía los partidos en una tele en blanco y negro con los guerrilleros somalíes… ¿Te lo he contado alguna vez? Pues verás… 


Firmado: Koldo y Juan (excepto si hay alguna querella por delitos contra el honor. Entonces, no).


Otros libros de Iván Repila en Un Libro Al Día: Una comedia canallaEl niño que robó el caballo de AtilaPrólogo para una guerra

jueves, 1 de mayo de 2014

Emmanuel Carrère: El adversario

Idioma original: francés
Título original: L'adversaire
Año de publicación: 2000
Traducción: Jaime Zulaika
Valoración: muy recomendable

¿Convierte en best-seller a un libro el hecho de leerlo a un ritmo vertiginoso? ¿Es la facilidad de lectura un mal indicio para los puristas? Si uno parte de esas preconcepciones, si se prefiere un estilo tortuoso y difícil, será mejor optar por otra lectura. También, de paso, si se tiende a evitar las novelas con un fuerte componente visual, si las historias basadas en hecho reales (y, por tanto, ligeramente adaptadas) nos despiertan cierto escepticismo, si las historias en las que el escritor se autoincluye ligeramente  en la trama acaban pareciéndonos algo impostadas.
Por mi parte, de momento, voy a dejar de usar la escala Houellebecq para juzgar la obra de cualquier escritor francés, cosa injusta para escritores dignísimos cuando Houellebecq es simplemente otro nivel.
De Carrère me quedé con las ganas de reseñar Limónov: otro compañero lo hizo aquí y suscribo cada letra de esa reseña. El tono de El adversario, obra con la que Carrère se alzó a la fama y alcanzó reconocimiento, es algo similar, con Carrère presentando también como introductor, testigo o cómplice de una especie de semblanza vital. Pero donde Limónov era simplemente la biografía de un escritor acanallado y comprometido, aquí la apuesta de Carrère es dura: Jean-Claude Romand asesinó a su familia tras una existencia donde todo estaba edificado sobre el engaño y la falsedad, impostando desde su profesión hasta los más pequeños detalles de su cotidianidad. Carrère decidió indagar sobre la vida del monstruo y especular sobre cuales habían sido los motivos que le habían llevado a acabar con la vida de sus padres, su mujer y sus dos hijos. Una cuestión muy peliaguda en un mundo dispuesto a encontrar sus demonios, su maldad absoluta, y a volcar sobre ellos el peso de la justicia, de la venganza, de las frustraciones.
Carrère plantea su obra, una especie de intento de inmersión en el crimen y en todas las circunstancias que fueron claves en que se produjera, como una especie de secuencia que cuesta abandonar una vez se entra en ella. Toma el riesgo de plantear un hecho deleznable como una especie de fin inevitable, como una etapa final cuando las etapas iniciales son la mentira constante y el engaño, a todos los niveles, con consciencia y con una planificación que estremece. Aventuro que en Francia, en su momento, su lectura ocasionaría más de un debate que, curioso, podría repetirse el año que viene cuando Romand sea puesto en libertad tras cumplir su condena.
No obstante, debo aclarar que, cosa que pocas veces suelo hacer, tuve que repetir mi lectura de las últimas páginas del libro. Escribe un brillante y aguerrido párrafo como éste:

 "Y lo peor, a la inversa, que podría sucederle, era que unas meapilas como Marie-France le tendiesen en bandeja un nuevo personaje que interpretar, el de gran pecador que expía sus pecados rezando rosarios. Para aquel género de cretinos, Martine no hubiese sido hostil al restablecimiento de la pena capital"

Tras ello, Carrère se embarca en una chocante explicación final que me deja algo incómodo, como si toda la construcción, la brillante construcción previa, quedara justificada por una especie de conclusión beata y buenista que, sin estropear el libro, que es magnifico, sí que nos deja alguna duda sobre la intención de su autor.

También de Emmanuel Carrère en ULAD: Aquí

viernes, 7 de marzo de 2014

Biografías lectoras: Todo leído, todo por leer

Una de las escenas del crimen
Marrón. Papeleta. Papelón. Reto. Desafío.

Vergüenza.

Pues no es desnudarse ni nada el autobiografiarse a base de lecturas. No serviría una listita tipo libros que llevarse a una lista desierta. No. Hay que echar mano de recuerdos íntimos, algunos de los cuales puede que no sean para hacer grandes alardes.
Guillermo el travieso, los libros del Los cinco del pino solitario (que dejaron en mí una enorme curiosidad por esos pícnic con cerveza de jengibre, mejunje que, con el paso del tiempo, descubrí que era el ginger ale). Son primeras lecturas conscientes y espontáneas, porque andan por casa. Igual que los cómics (entonces se llamaban tebeos) de Mortadelo y una curiosa cosa llamada algo así como clásicos o narraciones ilustradas donde Jules Verne (entonces le llamaban Julio) arrasaba.
Sería imperdonable no mencionar Marsuf, el vagabundo del espacio de Tomás Salvador: ese fue mi primer disfrute no sólo del fondo sino de la forma. Un libro al que le faltaban media docena de páginas, que cayó en mis manos de la manera más casual.
Las lecturas obligatorias de los estudios secundarios: cómo, si no, hubiera accedido a la oscuridad gótica de Josafat de Prudenci Bertrana o a la narrativa chispeante y socarrona de Quim Monzó. Por no hablar de la angustia y la sobriedad de Pérez Galdós.
A pesar de lo cual diría que mi primer shock surgió de leer a Hunter.S.Thompson. Tanto, que pasadas unas décadas, releerlo me supuso una relativa decepción. El primer corte, dicen, es el más profundo.
Supongo que muchos habremos tenido nuestra fase de fascinación por el género fantástico y la mía se desplazó de Asimov y Philip K. Dick a Lovecraft. Tanto me obsesionaron que acumulé colecciones hasta que la cosa remitió.
Y de ahí salté al páramo. Con excepciones contadas, y no todas demasiado honrosas (Katzenbach, Wolfe, Gordon, madre mía, negaré haber dicho que leí un libro de Noah Gordon o uno de esos best-sellers de John Grisham), transité unos lustros en medio de lecturas técnicas relacionadas con mi actividad profesional. Sin resquicio para ficción o ensayo, nada creo que interese a nadie aquí de Criterios de valoración de empresas o El control de gestión: una perspectiva de dirección.
Entonces (porque me lo iba mereciendo) Roberto Bolaño me salvó: pegándome una patada en la cara. Pero me salvó. Curioso, por una crítica encendida que leí en la revista RockDeLux, una crítica post-mórtem de esa moderna biblia que es 2666. Y es que, gran sacrilegio, he de reconocer que todavía tengo más discos que libros, y que mucha de mi curiosidad literaria procede del mundo musical: Hornby, Welsh, Amat. Peor aún, tengo una teoría que une la cuestión literaria y la musical, y sé, sé, repito, que no te puede gustar un escritor como David Foster Wallace a la vez que un tipejo como David Bisbal. Acabáramos.
Sí, ahí está el germen de mi reenganche, y por eso siempre agradeceré hasta los peores patinazos del escritor chileno. Por eso mi primera reseña aquí fue la de Estrella distante y por eso me enfrasqué en una búsqueda de influídos por e influyentes de. Por esa telaraña llegué a Houellebecq (puede que Houellebecq ya me interesara antes, por eso), a Franzen, a Kapuscinski y a muchos otros con los que sé que me pongo muy pesado demasiado a menudo. De ahí ese lustro largo de lectura impulsiva y compulsiva y cierta querencia por lo contemporáneo y por cierta literatura muy visual y cercana al pop. Quizás, a viernes como sale este texto, ya estemos un poquitín saturados de listas y relaciones, pero en fin. No querría olvidar a Capote, a Vila-Matas, a los buenos libros de Paul Auster, a Cormac McCarthy, a Javier Cercas, Eduardo Mendoza, Richard Ford, Santiago Gamboa. Pero soy injusto, seguro.
Por cierto, igualmente he de agradecer a los malos escritores que me hayan ofrecido la posibilidad de, por contraste, apreciar a los buenos. Es muy cruel haber de mencionarlos justo en este momento tan idílico. Pero por qué no. Ray Loriga, Amélie Nothomb, gracias por vuestra insignificancia. Y los mayores placeres recientes ya he procurado que salgan en mis reseñas, así que igual sería demasiado repetitivo y demasiado autobombástico referirlos de nuevo. Por ahí me encontraréis cada cuatro o cinco días. Un placer.

jueves, 20 de agosto de 2009

Michel Houellebecq: Las partículas elementales

Idioma original: francés
Título original: Les particules élémentaires
Año de publicación: 1998
Valoración: Está bien

Michel Houllebecq es un autor periférico en la literatura francesa en sentido geográfico, profesional y estilístico, que sin embargo ha logrado abrirse paso hasta el centro del canon mediante una escritura sólida, un estilo conciso pero impactante y una buena dosis de polémica que rodea su figura.

Las particulas elementales de que habla el título son Michel y Bruno, dos hermanos de la misma madre pero de distintos padres cuyas vidas han corrido paralelas, mezcladas por una misma insatisfacción vital y sexual, aunque por caminos bien distintos. Michel es un científico exitoso, felizmente casado, casto y cordial. Bruno es un profesor de literatura libidinoso, resentido y traumatizado.

Pero, aparte de los propios protagonitas, cuya personalidad bastaría para hacer interesante la novela, lo que la hace destacar, y por lo que su autor se ha convertido en un referente, es por la frialdad científica con la que se nos presentan los hechos. Las frases, breves y directas, se enlazan unas con otras con naturalidad. El narrador, tan aséptico que parece transparente, no da pie a ningún dramatismo o sentimentalismo.

En definitiva, Las Particulas Elementales podría ser entendida como un experimento, bajo condiciones controladas, que pretende responder a una pregunta: ¿realmente la liberación sexual iniciada en Mayo del 68 ha tenido consecuencias positivas? ¿No nos ha llevado al individualismo más extremo, a romper todo lazo con otras personas, y por tanto a la infelicidad? Y Houllebecq, salvando todas las distancias, vendría a ser una especie de Zola conservador del siglo XXI.

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