sábado, 12 de marzo de 2022

Contrarreseña: Prohibido aprender, de Andreu Navarra

Idioma original: castellano

Año de publicación: 2021

Valoración: Está bien


Realmente no es fácil discrepar del todo con la reseña que Beatriz publicó solo hace unos meses en torno a este libro (ver enlace abajo). Como es lógico suponer, coincidimos en algunos aspectos, y el posible desacuerdo entiendo que puede estar más en la valoración global que en cuestiones concretas. Mi opinión, con todo, es algo más favorable, sin alcanzar tampoco niveles muy altos.

Para empezar, coincido con mi compañera en las altas expectativas que tenía sobre el libro. Efectivamente, no es muy habitual encontrar en nuestras librerías títulos apetecibles sobre el espinoso y fundamental asunto de la Educación, así que bienvenido este título. Por mi parte esperaba algo parecido a un estudio comparado de las sucesivas leyes educativas con que los distintos Gobiernos han mareado al personal (alumnos, docentes, padres) durante las últimas décadas. Como seguramente estamos hartos de escuchar en los medios, en España la política educativa ha sido la piedra de toque para que la mayoría de turno se diferenciase con nitidez de las anteriores y las siguientes, de forma que los sucesivos cambios de color han venido inevitablemente seguidos de una nueva ley que aboliese la anterior. Y así una tras otra. Si se me permite una pequeña cuña, la única ocasión en que estuvo a punto de fraguar una ley educativa consensuada fue siendo ministro del ramo Ángel Gabilondo; pero el tacticismo habitual no pudo soportarlo y reventó el acuerdo a última hora. A día de hoy, un asunto que es cuestión de Estado en la mayoría de países (no digamos en Francia) sigue siendo objeto del ping-pong de los vaivenes políticos. 

Pero la verdad es que una cierta experiencia en la cosa de los libros me ha enseñado a desconfiar bastante de títulos y subtítulos, en su mayor parte colocados por las editoriales. Así que ese Un recorrido por las leyes de educación de la democracia, aunque en principio resultaba atractivo, tenía bastantes boletos para no reflejar el contenido real del libro, lo que realmente ha terminado por ocurrir. Por su parte, ese peculiar formato de los Nuevos cuadernos de Anagrama (muy compacto, y si se me permite, con cierto aire de apresuramiento) tampoco favorece trabajos sólidos y bien estructurados, como bien apunta Beatriz. Es una apuesta algo arriesgada, aunque tiene la gracia de servir como punto de partida a discusiones más amplias, y eso, ya de por sí, es algo interesante.

En esa línea se sitúa Prohibido aprender. El autor se lamenta, claro está, de este mercadeo que desorienta a todos los implicados en la tarea educativa, y el libro recoge la queja amarga por la falta de interés real y de respeto que esto supone. Pero no solo por los cambios continuos, sino por la ausencia de perspectiva, de unos valores sólidos en los que fundamentar el sistema y, naturalmente, de los medios humanos y financieros para hacerlo funcionar de verdad. Aunque hay alusiones puntuales a los diferentes marcos normativos (LOGSE, LOMCE, LOE, etc.), no queda muy claro que don Andreu muestre acuerdo con unos o rechace otros, ni en su conjunto ni en aspectos concretos. De hecho, se podría decir que el libro está escrito en una clave negativa más bien global, y esa es su principal debilidad, porque ni examina o valora con detalle ninguna de estas normas, ni propone alternativas muy concretas.

En cualquier caso (y aquí sí que discrepo un poco), sí creo que podemos extraer algunas conclusiones. El autor critica –en mi opinión, con toda la razón- cómo de la mano de cierta identificación entre cultura y elitismo, allá por los 90 comienza un proceso de desprofesorización, convirtiendo a los docentes en una especie de coaches cuya función, despojados de todo vestigio de autoridad (que eso suena muy mal), es más bien motivar, entrenar en una especie de destrezas que habiliten a los alumnos a enfrentar futuras necesidades, casi siempre orientadas (aquí sí, en unas leyes más que en otras) hacia el mercado laboral. De esta forma van reduciéndose los contenidos en favor del concepto, mucho más gaseoso, de las competencias.

Los conocimientos van siendo sustituidos por lo que llama ‘educación emocional o afectiva’, y la prioridad pasa a ser la inclusión (también en unos casos más que en otros), en detrimento del currículo. Es, entiendo, un paseo por los campos del buenismo, que conduce a los estudiantes a un mundo protector en el que se cuida mucho no someterles a presiones excesivas y evitarles supuestos traumas. Realmente, no tengo muy claro si esta tendencia que apunta Navarra es tan unánime en todas las normas educativas o se refiere más bien a unas que a otras. Pero la consecuencia es, según él,  que estamos ‘educando para la inconsciencia y la banalidad’ como último recurso de la sociedad para ‘evitar que la población se pregunte por la insultante desigualdad que va creciendo y cronificándose’.

No da muchas pistas sin embargo sobre cuál es la alternativa. Más medios, desde luego, más apoyo a los educadores, y una educación más ‘enciclopédica’ (suena fatal, pero se entiende), es decir, recuperar la enseñanza de contenidos, que los alumnos tengan un bagaje suficiente de conocimientos para acceder a un auténtico pensamiento crítico. Podría ser, si el autor no me contradice, un resumen de los objetivos que propone, que a su vez se podrían enunciar como una educación de calidad, en valores, por supuesto, pero también capacitando al alumno para el esfuerzo y para asumir los conocimientos que van de la mano de la cultura en sentido amplio.

De forma que el libro, deficiente como análisis de la errática trayectoria de nuestras leyes educativas y sin definir con mucha precisión actuaciones concretas para enderezar el camino, sí creo que plantea objetivos a alcanzar, al menos en una perspectiva general que se entiende bastante bien y contiene aspectos interesantes.

Por decirlo todo, mi experiencia personal no me mueve a valorar el modelo educativo como tan nefasto. Pero sin duda es la mía una visión sesgada y muy parcial. En cualquier caso, aunque algo limitado y borroso, el libro me parece, como decía más arriba, una buena piedra de toque para iniciar una reflexión más profunda sobre un asunto tan importante. Y si nos ceñimos a nuestro ámbito puramente literario, deja alguna sentencia tan poderosa (y en mi opinión, acertada), como esta: ‘En nombre de la ‘diversidad’ ya no existen clásicos ni obras que leer’. Boom!

Reseña original: aquí

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