lunes, 25 de enero de 2021

Semana del ensayo #1: #Fake You, de Simona Levi y VV.AA.

Idioma original: castellano
Año de publicación: 2019
Valoración: entre recomendable y muy recomendable

A veces ocurre que lees un libro y no sabes por qué, pero no encuentras el momento de publicar la reseña. Pero, casualidades de la vida, decidimos organizar una semana dedicada al ensayo y cae justo pocos días después de que Trump deje (eufemismo evidente) el cargo de Presidente de los Estados Unidos de América y, además, sea censurado por parte de las redes sociales prohibiéndole publicar contenido. La verdad es que el motivo sorprende, más aún cuando todos sabemos que lo que publicaba era rigurosamente cierto y que no tenía ningún interés en difundir fake news. Así que le dedico esta reseña en su honor, y creo que aparece en el momento oportuno (en el que ULAD, pese a su gran poder, no ha tenido nada que ver).

Hecha la introducción, cabe decir que hay ensayos aptos para un gran público y hay ensayos densos, complejos, exhaustivos y profundamente analíticos; este último sería el caso del libro que nos ocupa, pues Simona Levi es una reputada activista, considerada en 2017 por Rolling Stone como una de las 25 personas que están dando forma al futuro, impulsora de la plataforma de activismo digital Xnet y del movimiento 15MpaRato; su gran capacidad se pone de manifiesto en este ensayo que aborda la creación, difusión e intereses de las fake news y la desinformación, pero también propone elementos para minimizar su alcance y repercusión. Ya en la propia introducción del libro se evidencia el propósito del mismo: poner de relieve que «el fenómeno de las fake news se está utilizando como excusa para recortar libertades y derechos fundamentales». La intención del libro es «convertirse en una herramienta de defensa contra el recorte de nuestras libertades fundamentales y, a la vez, un arma contra las nuevas maneras de manipulación, mentira y falsificación».

En su evidente denuncia, el libro critica claramente que los informes promovidos por la Unión Europea sobre la cuestión de la desinformación mantienen al margen y evitan interpelar los partidos políticos, los gobiernos y las grandes corporaciones/monopolios informativos (a excepción de las plataformas en línea) cuando son los principales elementos que históricamente han contribuido a generar el problema. Y esto no es algo nuevo, pues el libro también hace un recorrido a lo largo de la historia sobre el uso de la propaganda, una propaganda que “establece” lo que es verdad y lo que es mentira y lo utiliza en favor de una causa. Así recorre, muy por encima y con cuatro pinceladas, el uso de la propaganda en el cristianismo y la utilización de los símbolos como elemento básico para su difusión, pasando por la inquisición, las guerras mundiales... y aquí hace un interesante alto en el camino al describir la innovación que supuso Goebbels en la difusión de la propaganda, consiguiendo que gran parte de la ciudadanía apoyara un movimiento tan represivo y exterminador como el nazismo. Goebbels introdujo la fabricación de un sistema de radio barato y ejemplar, pudiendo de esta manera llegar a todos los hogares de manera unificada y efectiva. Y no únicamente encontró el canal, sino también la manera: la propaganda debía ser divertida para, con ello, lograr una mayor efectividad y, por tanto, debía difundirse, no a través de noticiarios, sino a través de programas frívolos (algo que sigue haciéndose en las democracias actuales y no hace falta aquí mencionar ciertas tertulias televisivas que difunden propaganda de manera constante a favor de ciertas ideologías o partidos políticos). Si todo ello, además, se vincula con el nacionalismo (principal puerta de entrada de los discursos propagandísticos), el resultado es mucho mayor. 

Con su carácter analítico, el libro se inicia con el desglose las diferentes categorías en las que se puede clasificar la desinformación: contenido engañoso, contenido impostor, contenido fabricado, conexión falsa, contexto falso, contenido manipulado y sátira (aunque en este caso, no se trata propiamente de desinformación) y enumera, citando a Chomsky y a Timsit, las estrategias en las que se utiliza la propaganda en democracia:
  • Distracción, para desviar la atención de los problemas importantes y estructurales.
  • Creación de problemas y soluciones, por parte del estado para “demostrar” a la ciudadanía su éxito y buen ejercicio del cargo.
  • Gradualidad, para aplicar medidas inaceptables.
  • Diferir, catalogando como dolorosa y necesaria una medida, simulando no ser partidario de ella, para que el público se acostumbre a ella y la acepte resignadamente cuando se aplique.
  • Vulgarización, tratando a la población como a menores de edad, que no saben lo que les conviene
  • Emotividad, excitando antes la emoción que la reflexión.
  • Mediocridad, utilizando términos complejos para eludir la información y transparencia.
  • Auto culpabilidad, para hacer que las personas se crean responsables de sus desgracias, por no hacer suficiente o no ser suficientemente listos o capaces.
  • Elisión de datos, para hacer creer que conocen más a los individuos que ellos mismos.
(Seguro que estas estrategias os suenan, ¿verdad?)

Afirman los autores que «las fake news crean realidad, percepciones de realidad. Y lo hacen añadiendo a una noticia valores y componentes sentimentales, es decir, no verificables. (...) El resultado es una realidad sustentada en valores sentimentales, que la propaganda modula ideológicamente» y que supone toda la creación de un negocio basado en ello: el negocio de la desinformación; quien crea la desinformación y paga para desinformar, y quien cobra y trabaja para difundir. Ahí se ponen varios ejemplos: así como la campaña de Obama supuso un ejemplo sobre cómo utilizar las redes sociales, la de Trump, basándose en la escuela Bannon (que fue su jefe de estrategia), ha sido un ejemplo sobre cómo utilizar las fake news fabricando y difundiendo rumores muy por encima de lo habitual, circulando declaraciones falsas, propagando falsas acusaciones; un ideólogo como Bannon que utiliza la difusión de desinformación con estrategia dirigida a las emociones, a la polarización, al sufrimiento para politizar la identidad; un ideólogo que apoyó las campañas, no únicamente de Trump, sino de las principales fuerzas de la ultraderecha europea como el Frente Nacional en Francia, la Liga Norte en Italia, Vox en España, etc.

La política es poder y el poder tiene innumerables recursos y herramientas a su disposición para difundir su ideología; según un estudio de BuzzFeed, las veinte principales fake news difundidas en Facebook recibieron más likes y comentarios que las veinte principales noticias difundidas en las webs de los principales medios. Y aquí es donde salta el escándalo de Cambridge Analytica (que llegó a utilizar datos de hasta 87 millones de usuarios para crear perfiles y manipularlos) y Facebook. Y es en ese momento cuando se empezó a tener en cuenta el uso de los datos propios por parte de terceros y la privacidad digital, pues debemos tomar consciencia de cómo dejamos rastro en las redes, cómo la publicidad es dirigida y potenciada basándose en nuestra traza digital, cómo nuestros datos son potencialmente vendidos o usados por empresas como la banca, seguros, etc. en cada aplicación que bajamos o página que visitamos. Y esto puede utilizarse para vender un producto, una marca o un partido político.

El propósito de la desinformación por parte de los partidos políticos y monopolios informativos es evidente: dañar la capacidad de los ciudadanos de elegir a sus líderes basándose en noticias reales, en información veraz. Por ello, el libro también expone la dificultad que tiene la mayoría de consumidores de información para acceder a sistemas de verificación, por lo que no puede recaer en ellos la principal causa de la desinformación, sino que hay que apuntar a los grandes productores de fake news (gobiernos, instituciones, partidos políticos, medios de comunicación de masas, corporaciones y grandes fortunas). En estudios realizados, el porcentaje de población que contrasta las noticias en muy bajo (inferior al 10%) por lo que la eficacia de los sitios de verificación es muy poco significativa cuando la mentira ya está en circulación. Por eso, el libro sostiene que la verificación debe aplicarse antes de la viralización, no después. Y el resultado del análisis va en esta línea, no solo hay que chequear los datos, sino también las fuentes. Y, a partir de aquí, entramos en la parte más densa y analítica del libro en la que se exponen los diferentes mecanismos y herramientas de fact-checking, así como los parámetros utilizados para asegurar su fiabilidad. Por ello, el libro propone aplicar la verificación, no únicamente a los medios de comunicación sino también a la comunicación institucional y a los partidos políticos facilitando de esta manera que el periodismo, primera víctima de la desinformación, recupere la confianza de los ciudadanos. No se trata únicamente de distinguir entre hechos y opiniones, sino que las fuentes y los datos según los cuales se basa su exposición tiene que estar claramente indicadas y categorizadas porque «nada de esto tendrá utilidad para frenar la propaganda y desinformación si estos mecanismos no son capaces de operar antes de que la información circule».

Este libro es interesante y necesario para concienciar a la sociedad de nuestro tiempo que estamos en un momento clave de la historia y que debemos tomar las riendas para evitar que se haga mal uso de una herramienta tan poderosa para la democracia y construir, con ella, una sociedad más informada y libre. Internet, de hecho, es una de las pocas herramientas de que dispone la sociedad para contrastar la información. Y por ello es especialmente preocupante que se aprueben leyes que permitan al gobierno cerrar páginas web y redes digitales de información sin orden judicial, pues queda claro que esto va en contra de la democracia y la libre circulación de información. Un gobierno no debería poder cerrar o modificar internet, a menos que quiera parecerse a China, Turquía, Arabia Saudí, u otros países poco democráticos. Porque no hay que olvidar que las grandes mentiras vienen del gobierno y la libertad que da internet asusta a las estructuras establecidas, de aquí que se intente culpabilizar a internet y controlarlo a su antojo.

En su línea no únicamente de denuncia sino también propositiva, el libro enfoca la solución del problema en dos líneas: 1) distinguir entre libertad de expresión y el negocio de la comunicación, pues la libertad de expresión es un derecho fundamental, pero el negocio debe estar sujeto a reglas y límites y 2) la democratización de la sociedad y dotarla de acceso a datos necesarios para verificar la veracidad de la información. Queda mucho trabajo por hacer y cada uno tenemos nuestra parte de responsabilidad en informarnos, en romper la cadena de difusión de falsedades y, así, romper también la cadena que nos ata a las mentiras difundidas de manera interesada por terceros.

9 comentarios:

Juan G. B. dijo...

Todo el mundo sabe que a Trump se le censura sólo porque es lector habitual de Un Libro Al Día (tampoco me extrañaría que esa fuera la verdadera causa por la que le robaron las elecciones),,, Incluso yo sospecho que puede tratarse de uno de nuestros habituales comentaristas, bajo pseudónimo, claro...

Lupita dijo...

Hola, Marc:

A ver, entre los propósitos lectores de año nuevo me he hecho el de leer más ensayo y justo este que reseñas, me atrae mucho. Me parece que tenemos gustos más que parecidos.

La educación en estos temas es crucial en este momento, puesto que la información se difunde más rápido que nunca hasta ahora y debemos ser muy responsables con lo que compartimos, y con la huella digital que dejamos. Además, hay que tener en cuenta que la difusión de algunos contenidos puede constituir un delito, del que queda puede quedar constancia durante años.

Una pregunta: ¿no crees que es un libro que se puede quedar obsoleto enseguida?

Muchas gracias

Marc Peig dijo...

Hola, Juan, no me extrañaría no, que fuera un comentarista bajo seudónimo, aunque utilizando Google Translator, porque dudo que sepa hablar en español...ya sabemos que no lo va todo lo que no sea americano y muy americano.

Lupita, pues sí, parece que últimamente coincidimos mucho en intereses. Podríamos hacer las reseñas a medias ;-)
Acerca de la posible caducidad del libro, sí, es posible en cuanto a medidas para frenar la difusión de fake news. De todos modos, todo es relativo, pues Facebook nació en 2004 y Twitter en 2006, y aún estamos así (y diría que incluso peor que al principio). Por tanto, no tengo tan claro lo de su inminente caducidad y más teniendo en cuenta que continuamente se les añaden nuevas plataformas basadas en redes sociales. Casi que la caducidad del libro sería la mejor noticia en este ámbito. Lamentablemente.

Saludos, y gracias a los dos por comentar.

Marc

1984 dijo...

Muy interesante la reseña. Hoy el problema no es que se carezca de información sobre tal o cual tema; es que se tiene demasiada información, en un proceso continuo y casi infinito. La democratización de la información es paralela a la masificación del espacio público y a la crisis de las democracias tradicionales, elitistas y partitocráticas. La verdad es que las instituciones representativas se han quedado obsoletas ante este gallinero universal que es la galaxia internet. Hasta hace no mucho, la idea dominante era la siguiente: sobre esto no digo nada porque doctores tiene la iglesia; existía una cierta precaución y una modestia en cuanto al propio conocimiento; actualmente, todos opinamos de todo. Aquí no calla ni Dios.

Creo que las redes en general fomentan un cierto narcisismo: nadie quiere seguir vegetando en el anonimato y muchos necesitan un corrillo de incondicionales que le aclamen (aunque sean dos o tres). En internet existe un público, un mercado, lideres de opinión, se cuentan los seguidores de cada uno como se cuentan los votos, me gusta o no me gusta, parece que la cantidad pesa más que la calidad, y a veces las mayores tonterías pasan como genialidades; pero es que la democracia funciona así, es populista per se, no puede ser otra cosa. Internet es la democracia directa que rebasa cualquier institución mediadora, aunque a veces se pueda censurar etc. Puertas al campo, porque es imposible controlar un flujo de información infinito. Así que si entendemos por democracia la libertad de expresión, el debate de ideas y el acceso libre a la información, nunca hemos vivido en un mundo más absolutamente democrático. Quien más, quien menos, cualquiera puede opinar en una red social sobre las cosas más peregrinas. Otra cosa es que sean opiniones zasca sobre asuntos quizá ya manipulados de antemano. El problema es que entre tanta información todos los gatos son pardos y se cuelan la fake news. Esto es consecuencia inevitable de la masificación y de la democratización del conocimiento. Si en el mercado político se venden mentiras, en el mercado universal internet, también se venden y se venden bien: mentiras políticas y de todo tipo. Miente Trump y mienten muchos otros que no son Trump. Como siempre sucede, serán las personas capaces de razonar, verificar la información y contrastarla aquellos que serán menos engañados. Al final, es el eterno dilema de saber utilizar un instrumento fabuloso, o ser instrumentalizado por él (o mejor dicho, por ellos, porque detrás de las fake news hay nombres, apellidos, siglas e intereses). La democracia política es un instrumento que se debe saber utilizar y se debe aprender a utilizar: cultura cívica; con internet, la democracia de la información y el conocimiento, sucede lo mismo.

Saludos cordiales.

Felipe Poyatos dijo...

La desinformación es tan antigua como el ser humano. La gran novedad es que con la irrupción de las redes sociales se ha democratizado tanto que ya no es necesario pertenecer a un grupo mediático o político para generar el bulo o la desinformación y casi cualquier individuo, por tonto o mezquino que sea tiene foro. Si a ello le unimos que gran parte de la población alimenta su información sólo con la que aparece en su grupo de washapp, etc y que ni se molesta en contrastarla no ya con medios de comunicación de “la otra cuerda” ( no se me ocurre mejor sistema para contrastar mi opinión que conocer la del contrario) sino ni siquiera con los de “la suya”, ya tenemos la tormenta perfecta. Y ya sabemos, no hay peor ciego que el que no quiere ver...porque no le interesa...precisamente ver?

Malos tiempos para la lírica, no digamos para el diálogo y el debate franco y documentado.

Marc Peig dijo...

Hola, Felipe.
Ciertamente, es muy difícil salir de esa rueda de desinformación en la que hemos entrado como sociedad, pues cada día estamos más habituados a ella y eso lo complica aún más. Creo que, además de que se debe hacer alguna acción a alto nivel (no sé cómo ni todavía menos si querrán hacerlo) cada uno tiene una responsabilidad como individuo en reducir uno difundir información falsa. Es difícil, pero la reflexión y el interés deberían de ser dos características que nunca tendríamos que abandonar,
Saludos y gracias por comentar.
Marc

Lupita dijo...

Hola de nuevo, Marc:

La educación en el mundo digital ha de pasar por interiorizar cada uno un código de "buenas conductas" (hay decálogos muy acertados, como el de la web "Pantallas amigas" ) que incida en el hecho de que lo que hacemos en internet deja huella, que es muy difícil borrar la misma, que no hay que decir lo que no diríamos en la calle y que lo que subimos a la red se propaga fácilmente y perdemos su propiedad.

Es una cuestión de responsabilidad cívica, de educar desde pequeños a los niños en la protección de sus datos, de su propia imagen y en el autocuidado y cuidado de los demás.

En lo que a mí respecta, echo de menos una campaña fuerte en educación en las TIRC desde el gobierno, con espacios publicitarios, programas educativos en los colegios e institutos. No sé, que cuando te compres un móvil o cualquier dispositivo te den un manual de esas buenas prácticas comentadas.

Esa es mi pequeña reflexión, pensando en qué podemos hacer desde nuestra vida cotidiana y qué debemos exigir.

Saludos tempraneros

eduideas dijo...

Leí el ensayo, la parte de análisis buena (Simona Levi sabe lo que hace), el recopilatorio de casos, un directorio que no aporta y que podría estar en el enlace a su web. Recomiendo el libro, se lee fácil

Marc Peig dijo...

Hola, eduideas.
Coincido en gran parte con lo que expones, ya que en alguna ocasión hay exceso de casos o datos. Aún así, como indicas, un libro recomendable.

Y sí, Lupita, desconozco hasta qué punto hay formación acerca de “buenas prácticas en internet” en colegios o institutos, pero sería sin duda un buen comienzo para formar ya de entrada a los jóvenes que darán forma a la manera en cómo nos comunicaremos en el futuro. Y claro, eso no exime que los que estamos en edades más avanzadas también nos pongamos a ello, debemos ser el motor del cambio.

Saludos y gracias a ambos por vuestras aportaciones.

Marc