viernes, 16 de abril de 2021

Guillaume Apollinaire: Las once mil vergas

Idioma original: Francés
Título original: Les Onze Mille Verges ou Les amours d'un hospodar
Año de publicación: 1906
Traducción: Xavier Aleixandre
Valoración: No sé

Pues nada, ya he leído Las once mil vergas, archiconocida novela erótica (casi diría que pornográfica) de Guillaume Apollinaire; y admito que ha sido una experiencia curiosa, porque el libro fascina por el morbo que despierta, a la par que traumatiza por las salvajadas que alberga.

Siempre he adorado la ficción que explora impúdicamente el sexo, la violencia y el humor negro de la forma más degenerada posible. Y en eso, la obra de Apollinaire cumple a la perfección. Cumple tan bien, de hecho, que consigue que alguien tan curtido como un servidor acabe tocado ante la sordidez de ciertas escenas, o se escandalice frente a determinadas ocurrencias de un mal gusto palmario. 

De modo que la obra impacta, aunque estoy seguro de que no lo hace ni la mitad que en su contexto histórico. A fin de cuentas, hoy día todo el mundo ha estado expuesto, en mayor o menor medida, a arte provocativo de distinto pelaje, y se ha familiarizado con la crueldad y perversidad de que es capaz el alma humana.

A mi juicio, Las once mil vergas funcionaría mucho mejor, literariamente hablando, si:

  • Comunicara algún mensaje (sin por ello caer en la pretenciosidad, claro).
  • Hubiera establecido una consistencia interna a la que aferrarse. Y es que el mundo de la novela es generalmente absurdo, pero breves pasajes lo plasman como verosímil. ¿En qué quedamos, Apollinaire?
  • Su estructura no fuera tan repetitiva.
  • Su argumento tuviera un grado de continuidad más elevado y siguiera una lógica narrativa ascendente. 
  • Su prosa se hubiera pulido. No me molesta que sea ramplona, pero ciertos pasajes no alcanzan su máximo potencial.  
  • Dotara de complejidad a los personajes y sus interacciones. El clímax, por ejemplo, hubiera tenido mayor carga emocional de haberse profundizado previamente en Mony, el protagonista, y en la relación de éste con Culculine, una de sus múltiples amantes. 
  • En vez de querer epatar mediante la cantidad de truculencias, lo hiciera de forma gradual. Así, escalas del sadosmasoquismo a la necrofilia, los abusos de menores, el incesto y el bestialismo, en vez de saltar de lo uno a lo otro sin orden ni concierto. 

Llegados a este punto, hay que reconocer que el artefacto de Apollinaire no se limita a ser únicamente una novela erótica escrita por el "enfant terrible" de turno. De hecho, en su seno cobija algunos elementos que, aunque no lo dignifican (tampoco es que esa fuera la intención de su autor), lo enriquecen y lo diferencian de propuestas afines menos interesantes. A saber:

  • Travesuras estilísticas que, por desgracia, se pierden en su mayoría al trasladarlas al español. 
  • Grotescos toques eruditos.
  • Un escatológico sentido del humor.
  • Unos últimos capítulos ambientados en la guerra Ruso-Japonesa.

La edición de Las once mil vergas que yo he leído se la debemos a Laertes. La salpican unas pocas erratas, pero en general está muy bien; tiene un prólogo estupendo y su traducción se basa en la primera versión del texto de Apollinaire, antes de que se adulterara por motivos varios. 

8 comentarios:

Joselu dijo...

Cuando hice la mili en 1978, me llevé un ejemplar de este libro que mostré a mis compañeros de camareta en el CIR -es posible que todo esto te resulte incomprensible-, y el libro terminó desencuadernado y repartido entre diversos lectores que se llevaban páginas para disfrutar de la lectura. Pocas veces he visto tal pasión por un libro. Tal vez hoy día, acostumbrados a la pornografía gratuita de Pornhub eso suene ingenuo. A veces las carencias soy insignificantes respecto a la potencialidad de un libro.

Oriol dijo...

Totalmente de acuerdo con tu última frase, Joselu. Yo siempre intento ser imparcial y destacar los puntos flacos de un libro, sin que eso implique necesariamente que no he disfrutado de dicho libro, que no aprecio sus virtudes o que no comprendo que la propuesta es más humilde de lo que a mí me hubiera gustado. Hay literatura imperfecta que, aun así, logra que nos rindamos ante ella.

En el caso de "Las once mil...", le veo mayor interés como ficción pornográfica antes de que existiera Internet, como narración subversiva antes de que el arte nos epatara de forma irreversible, que como novela al uso. Pese a todo, es una lectura curiosa, y hará las delicias de aquellos que tienen una sensibilidad mórbida.

Lucas Despadas dijo...

Gracias por la reseña, Oriol. Con esos contras, me niego fehacientemente a leer la obra. Estoy seguro de que hay muchos títulos dentro del género a priorizar por delante de este, a pesar de no llevar su hiperbólico título.

Carlos Andia dijo...

Hace mucho que tenía en mente leer este libro, aunque nunca llegó a la 'lista oficial' de pendientes. Por lo que comentas, el panorama me recuerda mucho a 'Don Juan de la Polla Tiesa' de Louis Aragon, escrito junto a alguna otra novelita en modo surrealista, antes de que el poeta se pusiera más serio con su incorporación a la política. Parece que para algunos grandes autores es inevitable explorar alguna vez terrenos escabrosos.

Y por cierto, enhorabuena por la reseña, porque siempre me parece difícil comentar estos libros tan bizarros.

Oriol dijo...

Bueno, Lucas, insisto en que "Las once mil..." no tiene ínfulas y, pese a todo, es más interesante que la gran mayoría de obras de su género.
Lo que tú llamas contras son, en realidad, apostillas que a mi juicio hubieran conseguido que el texto de Apollinaire, cuyo efecto depende en exceso de su transgresión, no envejeciera tanto. Si uno se conforma con una historia desprejuiciada, sexual, escatológica y algo turbia, aderezada con alguna floritura estilística y erudita, la cosa funciona bastante bien.

Carlos, a mí me encanta que los autores no se tomen muy en serio a sí mismos e incursionen en el terreno escabroso-gamberro de tanto en cuanto. ¡Viva la versatilidad!

Unknown dijo...

Hola:

Aquí una depravada que sí lo ha leído, y esta tarde he estado releyendo fragmentos en un pdf que he encontrado por ahí.

En fin, un librito que circuló de forma clandestina e hizo las delicias de los surrealistas; tenía curiosidad por leerlo en su momento, y vaya, he recordado que empecé a leerlo en una mesa de la biblioteca y me dio tanta vergüenza que alguien pudiera leer por detrás, que me fui a casa con él. De eso hace bastantes años, y es que quería saber si era merecida su fama.

Madre mía, es una salvajada que hoy en día sería carne de cañón de sectores varios, lo que sucede es que es todo tan pasado de rosca que acaba funcionando como un sainete porno, una mezcla de un protagonista a lo Christian Grey siempre preparado y dotadísimo, con el humor de Benny Hill y una película slasher (el término lo aprendí en un libro de Mónica Ojeda, odio ese subgénero)Las mujeres tampoco se quedan atrás, porque aun siendo las que salen peor paradas, no ponen límites a sus inclinaciones y deseos.

Hay alguna parte que me ha divertido mucho, los nombres tienen guasa fina, las situaciones son surrealistas a más no poder, pero como curiosidad y ya. Hubo una época en la que me dio por leer literatura erótica, pero cansa, porque no da mucho de sí, otra cosa es que un buen libro tenga una carga erótica importante. "El amante de Lady Chatterley , "El amante", de Marguerite Duras, o "El Decamerón"·,son buenos ejemplos, por decir algunos.

Quizás como dice Joselu, el porno gratis ha matado el gusto por esta escritura, y la capacidad de asombro no digamos. Aunque lo que es a mí, este libro me parece atroz y me sigue impactando, hasta en 2021. Para curiosos de la historia de la literatura o gustosos de las cosas depravadas.

Saludos a todos

Lupita

Òscar dijo...

Oriol, vaya pedazo de reseñista estás hecho. Un análisis muy preciso y conciso, con sugerencias muy bien vistas.

Oriol dijo...

Lupita, tu comentario me permite ahondar en ciertos aspectos, así que me alegra que lo hayas hecho.

1) Estaría bien poder leer este tipo de cosas (e incluso peores) sin que la sociedad tuviera prejuicios al respecto. Por desgracia, hay gente incapaz de comprender que se puede separar realidad y ficción, así que nos toca seguir ocultándonos pudorosamente. Mientras los sectores varios de los que hablas no intenten prohibir nada, seguiremos dócilmente bajo el radar, qué remedio...

2) «Las mujeres (...) aun siendo las que salen peor paradas, no ponen límites a sus inclinaciones y deseos.» A esto me refiero con que la novela no tiene una consistencia interna. Por lo general, todo el mundo (especialmente los adultos) está salido; además del protagonista, las mujeres, los cocheros, los guripas, los ladrones, incluso un par de equilibristas... Pero en el capítulo en que va en tren, en cambio, Mony actúa con cierto remilgo en público, como si fuera de los pocos en la sala sexualmente particular, lo cual hizo que mi inmersión se fuera al garete. ¿En qué quedamos, Apollinaire?

3) Tanto los nombres como el título de la obra van con segundas, sí.

Gracias, Òscar, por los halagos a la reseña y a un servidor.