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viernes, 14 de diciembre de 2018

Efemérides: La hermana menor (Mariana Enríquez) y Las repeticiones y otros relatos inéditos (Silvina Ocampo)

Se cumple hoy el vigésimoquinto aniversario del fallecimiento de Silvina Ocampo, una autora clara e injustamente  olvidada "gracias", en buena parte, a ser "hermana de", "esposa de" y "amiga de".  En ULAD la homenajeamos hoy, y lo hacemos con una doble reseña: la de "La hermana menor", biografía de Silvina recientemente publicada, y la de "Las repeticiones y otros relatos inéditos", libro póstumo de la menor de las Ocampo.

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LA HERMANA MENOR

Idioma original: Español
Año de publicación: 2018
Valoración: Muy recomendable

Este libro tenía, para mi, un doble interés: el de leer a la gran Mariana Enríquez fuera de su registro habitual y el de adentrarme en la vida de una de las grandes escritoras argentinas del siglo XX, injustamente olvidada. Ahora bien, después de la lectura de este libro, no tengo tan claro si ese "segundo plano" en el que permaneció Silvina no fue algo premeditadamente buscado por ella para conservar un cierto grado de libertad, tanto personal como creativa.

Bueno, lo fundamental es que, días después de haber terminado el libro y tras su conveniente "período de asentamiento en mi cerebro", he de decir que las expectativas creadas se han cubierto con creces. Y esto a pesar de que Enríquez había puesto el listón muy alto con sus dos anteriores libros de relatos: "Los peligros de fumar en la cama" y "Las cosas que perdimos en el fuego". En este "La hermana menor" Enríquez logra construir un retrato complejo, poliédrico, ágil y muy entretenido de una autora con una vida de lo más novelesca.

Retrato complejo y poliédrico porque lo personal y lo literario van íntimamente unidos. Es complicado acceder a las claves de la obra de Ocampo sin conocer sus orígenes familiares (la menor de las seis hijas de una de las familias más ricas de la Argentina), su período formativo, la relación amor / odio que mantuvo con su hermana mayor Victoria, su matrimonio con un "guapísimo, riquísimo y mujerieguísmo (perdón por la palabra)" Adolfo Bioy Casares, la amistad de este con Borges, las polémicas literarias en el seno del grupo Sur (del que todos ellos formaban parte), etc.  Estos hechos (y algún otro también, obviamente) marcan la obra narrativa y poética de Silvina y le confieren el carácter tan personal que la caracterizó, especialmente en esos cuentos llenos de guerras niños-adultos, de infancias crueles y fantásticas, etc.

Retrato complejo y poliédrico también porque conocemos aspectos que se suelen dejar de lado a la hora de hablar de Silvina: Silvina y la maternidad, Silvina y su antiperonismo no militante, Silvina y sus miedos (a volar, a perder a Bioy...), Silvina y el feminismo, Silvina y sus visiones, Silvina y la enfermedad, Silvina y su rabia por la falta de éxito en su país, Silvina y su amor por el campo y los perros, etc.

Y retrato complejo y poliédrico, por último, porque no se sustenta en verdades indiscutibles. Silvina no llevaba diario personal ni literario, por lo que Enríquez ha debido recurrir a testimonios de terceros (amigos, empleados de la familia, los propios diarios de Bioy, etc.) que llegan a ser, en ocasiones, tan opuestos que llevan a uno a preguntarse acerca de sus propios miedos y contradicciones, de la imagen que, voluntaria o involuntariamente, proyectamos en los demás y hasta qué punto nos conocen nuestros más cercanos.

Ya digo que Enríquez aúna los más variados aspectos de la personalidad de Silvina y construye un texto tremendamente ágil y entretenido. Las apenas doscientas páginas de "La hermana menor" se leen con suma facilidad, sin que el interés decaiga en ningún momento, y constituyen un magnífico testimonio no solo de la vida de Silvina Ocampo sino de una generación de autores que marcó profundamente la literatura de décadas posteriores.

También de Mariana Enríquez en ULAD: Los peligros de fumar en la camaLas cosas que perdimos en el fuego


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LAS REPETICIONES Y OTROS RELATOS INÉDITOS

Idioma original: Español
Año de publicación: 2006

Valoración: Bastante recomendable (o más)

Pues bien, tras la lectura de “Las repeticiones y otros relatos inéditos”, hay que decir que Silvina Ocampo fue una cuentista verdaderamente notable, además de una autora con un universo muy personal.

Como su propio título indica, “Las repeticiones…” está compuesto por textos escritos entre 1936-37 y 1988-89 y que permanecieron inéditos en vida de la autora (con la excepción del magnífico relato “La mujer inmóvil”, publicado en la revista Destiempo en 1937). Pese a que su carácter inédito y el amplio arco temporal que cubren pudieran hacer dudar acerca de la calidad de los textos incluidos en el volumen, debo decir que los 24 relatos y dos novelas breves que se incluyen tienen un alto nivel medio y que algunos de ellos son verdaderas maravillas.

Como comprenderéis, resulta difícil ofrecer en un breve espacio una valoración o explicación detallada de cada uno de los textos, pero una serie de pinceladas generales debería bastar para ofrecer una imagen aproximada del conjunto.

Algunos rasgos que, en líneas generales, comparten los textos de “Las repeticiones…” serían:
  • La mirada infantil (o quizá debería decir la mirada desde la infancia): La mirada de Silvina Ocampo es desmitificadora y revela la existencia de mundos extraños y desconcertantes, además de una cierta fascinación por lo extraño, cruel y repulsivo.
  • La fantasía: Se trata de una fantasía que entronca en muchas ocasiones con la cotidianeidad, lo que acerca a algunos relatos de Silvina Ocampo al realismo mágico.
  • La poesía: Silvina Ocampo también abarcó la poesía dentro de su obra y eso es algo que se trasluce en sus relatos, con un alto componente visual, simbólico e imaginativo.
  • Los temas, algunos de ellos recurrentes a lo largo de los textos. Así, por ejemplo, la incomprensión y la soledad (“El estereoscopio”, “Las repeticiones”, etc), la identidad, ya sea o no sexual (“La cara adversa”, “La Santa”, “Teodora”, “Las metamorfosis”, etc), la pérdida de la inocencia en sus múltiples formas (“El zorro”), las obsesiones irracionales (“Albo Zoinak”, “La voz”…)
Todos estos aspectos hacen de Silvina Ocampo una autora sumamente personal, aunque indisolublemente unida a su tiempo y a las corrientes literarias de la época, a la que sería conveniente rescatar de un injusto olvido. En ello estamos, desde luego.

P.S.: Decía al comienzo de la reseña que algunos de los textos me parecen verdaderamente magníficos. Destacaría, además de "La mujer inmóvil", “Las repeticiones”, “Las metamorfosis”, “La calesita” y la novela breve “El vidente”). En este enlace podéis leer alguno:
https://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/subnotas/2964-485-2006-04-30.html

También de Silvina Ocampo en ULAD: La promesaAntología de la literatura fantástica

lunes, 28 de enero de 2019

Reseña + Entrevista. Liliana Colanzi: Nuestro mundo muerto

 Idioma original: Español
Año de publicación: 2017
Valoración: Muy recomendable

Llevo un tiempo diciendo que el "relato escrito por mujer joven latinoamericana" goza de muy buena salud. En este blog encontraréis algunos ejemplos: Mariana Enríquez, Vera Giaconi, Magela Baudoin, Andrea Jeftanovic, María Fernanda Ampuero o la boliviana Liliana Colanzi.

En el caso de Colanzi y "Nuestro mundo muerto" nos encontramos con ocho contundentes relatos, de unas 15 páginas de extensión, dominados por presencias casi sobrenaturales y por amenazas exteriores, ya sean reales o ficticias, que ponen en evidencia amenazas interiores infinitamente más peligrosas.

El contexto utilizado por Colanzi para presentarnos sus historias se acerca en muchas ocasiones a la ciencia-ficción: ojos que parecen sacados de películas de serie B o de 1984, poseídos y aparecidos que se asemejan a los chicos del maíz de Stephen King, meteoritos que provocan reacciones en cadena como si de la Melancolía de Lars von Trier se tratara, exploraciones marcianas, etc. Pero estas referencias casi "pop" aparecen unidas a creencias (o supersticiones) tradicionales vinculadas a culturas andinas, creando una curiosa mezcla entre tradición y modernidad

En cualquier caso, esto no es más que el contexto, ya que lo que de verdad esconden estos decorados son problemas reales como la incomunicación, el extrañamiento, el miedo a la muerte o, como podemos leer en "La ola", la soledad infinita de un mundo desquiciado y sin propósito.

Entrando más en detalle en cada uno de los relatos, encontramos en "El ojo", "Alfredito" y "Chaco" la influencia de Silvina Ocampo en la visión desde la infancia / adolescencia de un mundo al mismo tiempo mágico, extraño y hostil. En ellos se mezclan leyenda y "realidad", alucinaciones y hechos absolutamente ciertos.

En "La Ola", uno de los mejores relatos del libro, la protagonista pasa a ser una joven a la que persigue una rara vibración, mezcla de extrañeza, abulia y tristeza. Es este un relato circular, de ida y vuelta, que nos habla de lo difícil que resulta escapar del pasado. Esta imposibilidad aparece nuevamente en "Nuestro mundo muerto", otro de los grandes relatos del libro gracias a su ambiente cerrado y opresivo. En esta ocasión, el telón de fondo es Marte, lugar al que su protagonista huye, aunque siempre esté como un satélite girando alrededor de lo perdido. También en "Cuento con pájaro" asistimos a una nueva huida imposible. Esta vez, Colanzi maneja un registro más "terrenal", más "social" incluso, ya que en el aparecen de forma más perceptible las "dos Bolivias" (la blanca y la "india").

Finalmente, y volviendo a lo ya citado acerca de las amenazas exteriores que sirven como resorte para sacar a la luz amenazas o miedos interiores, tenemos "Meteorito" y "Caníbal". En aquel, la caída de un meteoro es el detonante del oscuro y trágico final de una pareja de "perdedores"; en este, un caníbal que vaga por las calles de París y una extraña relación serán la "excusa" para hablar de la soledad y de relaciones absorbentes.

Por último, un breve comentario acerca de los finales de los relatos, ese aspecto tan crucial. Colanzi nos ofrece finales generalmente abierto, muy sujetos a la interpretación del lector, algo que va en consonancia con el desarrollo de los mismos. Se agradece ese tratar de evitar sorpresas finales y giros inesperados, la verdad. En definitiva, muy buen libro este "Nuestro mundo muerto", compuesto por ocho relatos sin desperdicio, contundentes y originales de una autora aún joven que seguro que da mucho que hablar.

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ULAD: Tres cosas me llaman especialmente la atención en "Nuestro mundo muerto". La primera, que supongo sorprende más a un lector europeo, es la mezcla de modernidad y tradición: referencias "pop" ("El ojo" me recuerda por igual a los monstruos de serie B y a 1984, "Meteorito" a "Melancolía" de Lars Von Trier, por poner un par de ejemplos) y leyendas o tradiciones "indígenas" van de la mano. Esto también creo que sucede, en mayor o menor medida, en obras de Edmundo Paz Soldán o de Maxi Barrientos. ¿Puede ser esta mezcla el reflejo de la Bolivia actual?

L.C.: Cuando escribo no estoy pensando en reflejar la Bolivia actual; la literatura siempre está desfasada con respecto de la realidad. Lo que sí me interesa es recoger elementos que están flotando en la cultura, pero a los que nadie presta mucha atención porque provienen de las tradiciones indígenas o de la cultura popular o de géneros como la ciencia ficción, que son considerados saberes menores o descartables, y ver cómo se puede construir una poética desde ese lugar. Me gusta mucho lo que dice Herta Müller: “La superstición es la poesía de los pobres”.

ULAD: La segunda es que en los relatos de "Nuestro mundo muerto" siempre parece estar presente una amenaza exterior que pone en marcha una amenaza interior más peligrosa. ¿Llevamos dentro a nuestro peor enemigo?

L.C.: Es que en muchas ocasiones aquello que vemos como una amenaza externa, en realidad se trata de un rechazo a algo que sospechamos que está dentro de nosotros. El miedo al bárbaro, por ejemplo, revela el terror hacia el animal que somos; el machismo es la negación de la potencia femenina que hay en el hombre y de la potencia masculina que hay en la mujer.

ULAD: La tercera es la sensación de un pasado que nos persigue. ¿Podemos verdaderamente escapar de el? ¿Cómo?


L.C.: El pasado al que me refiero en mis cuentos está muy presente, porque se trata de un pasado colonial que configura hasta el día de hoy la forma en que pensamos, deseamos, soñamos y nos vemos a nosotros mismos y a los demás. Nuestra tragedia es no haber encontrado la forma de desactivar ese legado.

ULAD: Además de la influencia de clásicos como Silvina Ocampo (esa visión de la infancia de mundos mágicos y extraños), creo que la presencia de ese "terror cotidiano", por llamarlo de alguna forma, te emparenta con autoras latinoamericanas recientes como Mariana Enríquez, Vera Giaconi o Andrea Jeftanovic. ¿Pura casualidad o puede haber un punto de vista generacional (o error de apreciación mío)?

L.C.: Justo estoy escribiendo algo que es una especie de homenaje a “El vestido de terciopelo”, de Silvina Ocampo. Cada época tiene su modo de canalizar sus ansiedades y horrores, y por supuesto que encuentro puntos de contacto con muchas autoras y autores de mi tiempo. “Reunión” de Vera Giaconi es un cuento hermoso y raro que muestra a la familia desde una óptica monstruosa; Andrea Jeftanovic también presenta a la familia desde un lugar peligroso y perturbador. Me interesa mucho el cruce que hace Mariana Enríquez entre el horror, la política y la cultura popular, y la manera en que ha renovado el imaginario del horror latinoamericano.


ULAD: Sabemos que te has lanzado al mundo de la edición con Dum Dum Editores. Tres preguntas relacionadas con esto: ¿No es un poco locura en los tiempos que corren? ¿Qué le lleva a tomar la decisión de publicar su obra en otras editoriales? ¿Veremos los libros de Dum Dum en España?


L.C.: Tenía la impresión de que montar una editorial era difícil, pero vivir un tiempo en Buenos Aires, donde todo el mundo tiene una editorial independiente, me convenció de que no era así. Trabajo con una diseñadora excelente y la editorial Nuevo Milenio se encarga de la distribución de los libros de Dum Dum, así que con eso tengo más de la mitad del trabajo resuelto. Y disfruto mucho de la aventura y del desafío de proponer a un autor nuevo en el medio. No me autopublico porque después de pasar mucho tiempo escribiendo mi propio libro, lo último que quiero es seguir trabajando para él, ¡lo que deseo más bien es deshacerme de él!

ULAD: Sea o no con Dum Dum, ¿tendremos en breve alguna novedad de Liliana Colanzi?

L.C.: No sé si en breve, porque soy una escritora un poco lenta, pero vengo escribiendo cuentos y espero terminar este año.

sábado, 7 de abril de 2018

Daniel Mella: Lava

Año de publicación: 2013
Valoración: Recomendable

Incomunicación e incomprensión son las dos primeras palabras que me vienen a la mente tras terminar este libro de relatos del uruguayo Daniel Mella. Incomunicación porque los personajes que pueblan los relatos se hallan en una situación que se parece peligrosamente a la soledad e incomprensión porque estos personajes son, en general, seres desubicados, seres extraños en (o ante) un mundo extraño. Sobre estos dos ejes pivotan, en mayor o menor medida, las siete historias que conforman "Lava". 

Diferentes protagonistas - parejas jóvenes, matrimonios que rondan la tercera edad, niños y adolescentes - en diferentes escenarios - Chile, Uruguay, Argentina o Bruselas -, pero todos ellos puestos frente a algo que no conocen o que no alcanzan a comprender (y quizá nosotros tampoco). En todos los relatos sobrevuela la idea de lo cercano y "conocido" como algo realmente inaccesible e incomprensible, ya sea la maternidad, la pareja, el amor y los recuerdos que vuelven.

En particular, destacaría dos cosas de los relatos de Mella. Una sería su ya sugerida oscuridad, no tanto en el sentido de un terror físico o psicológico (como puede ser el caso de los relatos de Mariana Enríquez), sino en el de la incapacidad de aprehender la realidad. La otra, muy vinculada a la anterior, sería los finales que Mella da a los relatos. Y es que no encontramos giros retorcidos ni sorpresas finales, sino finales abiertos y abruptos que contribuyen a aumentar la sensación de extrañamiento de sus protagonistas.

Puestos a elegir, me quedo con "Ahora que sabemos", con un matrimonio de unos 65 años que resultan ser auténticos desconocidos, con el intimista "Bocanada", en el que matrimonio y maternidad son puestos en tela de juicio, con "La esperanza de ver", que puede y debe ser leído como un cuento de formación cargado de poderosas imágenes, y con "Lámpara", en el que se entremezclan oscuros recuerdos familiares, pasado y presente. 

De los tres relatos restantes, "Lava" da un poco el tono del resto del libro pero me parece algo más flojo, y "Túpelo" y "La emoción de volar" me parecen desentonar con el conjunto, no tanto por temática sino por estilo y por no ser capaces de generar las imágenes que sugieren los anteriores.

Pese a esto, creo que se trata de un interesante libro de relatos al que conviene acercarse ya puesto sobre aviso, ya que este no es un libro ni fácil ni cómodo.

También de Daniel Mella en ULAD: El hermano mayor

miércoles, 5 de julio de 2017

Vera Giaconi: Carne viva

Año de publicación: 2011
Valoración: Bastante recomendable

Pues sí, el cuento latinoamericano escrito por mujeres goza de muy buena salud y Mariana Enríquez, Samanta Schweblin, Liliana Colanzi, Guadalupe Nettel o Vera Giaconi, entre otras que me dejo en el tintero, dan fe de ello. 

Hoy reseñamos el primer libro de la uruguaya afincada en Buenos Aires Vera Giaconi. Su título, “Carne Viva”, ya nos da una idea de por dónde irán los tiros. No es de recibo, además, que en la portada de la edición argentina de este libro aparezca un blíster de medicinas ni que estos aparezcan mencionados en tres o cuatro de los siete relatos. Y es que los personajes, todos ellos mujeres, que pasan por las páginas de “Carne Viva” arrastran heridas sin cicatrizar. Son personajes que se sitúan en el borde de la sociedad, personajes que no quieren o no pueden (o quizá ninguna de las dos cosas) formar parte de la rueda de la vida. 

Los relatos, de marcado carácter realista, se centran en el abandono, en el hastío, en la incapacidad de sus protagonistas para adaptarse a la realidad que los rodea. Eso sí, desconocemos las causas que lo provocan, desconocemos el pasado de los personajes y solo podemos asistir a su lento deterioro, como el de esa pareja que protagoniza los últimos relatos y que llega a preguntarse: 
"Nunca podía recordar cuántos años llevaban juntos: ¿diez, veinte?"
El libro se divide en dos partes. La primera está compuesta de cuatro relatos independientes, protagonizados por mujeres que se encuentran en las situaciones ya descritas, como una madre y una hija separadas por abismos cotidianos, tres hermanas alejadísimas entre sí o una chica incapaz de superar la muerte de su madre. Esta primera parte es, en mi opinión, algo más irregular que la segunda debido, fundamentalmente, al final de alguno de los relatos, que me ha dejado con un regusto amargo. 

La segunda parte se compone de tres relatos, que se pueden leer como tres relatos breves e independientes o como un único relato largo, centrados en la pareja formada por Teo y Ema. En ellos, asistimos a la lenta descomposición del matrimonio, que va acompañado de un progresivo abandono y deterioro físico de Ema. 

En fin, un primer libro de relatos muy interesante, con siete relatos duros, turbadores por momentos, de esos que dejan nudos en la garganta y alguna que otra cicatriz. Ya digo que su principal “pero” sería una cierta irregularidad en su primera parte. Por contra, destacaría la capacidad de Giaconi aproximarse a sus personajes y a su cotidianeidad sin entrar a valorarlos y la tensión que es capaz de crear a partir de situaciones aparentemente triviales. 

Por cierto, por si a alguien le interesa, el segundo libro de Giaconi, “Seres queridos”, ha sido recientemente editado en España por Anagrama. Y, sí, habrá reseña.

También de Vera Giaconi en ULAD: Seres queridos

domingo, 11 de febrero de 2018

Reseña + Entrevista: No aceptes caramelos de extraños, de Andrea Jeftanovic

Año de publicación: 2011
Valoración: Muy recomendable

Hay ocasiones en las que uno se acerca a un libro simplemente por su título. En este caso, “No aceptes caramelos de extraños” me trae recuerdos de una infancia sobreprotegida, de abuelas que te ordenaban “no le des patadas a las bolsas vacías” o “no te arrimes a la orilla del río a tirar piedras”, por ejemplo. Estos acercamientos a cualquier cosa por reminiscencias del pasado son peligrosos,  no suelen acabar bien. No ha sido así esta vez. La intuición no ha fallado. Y es que “No aceptes caramelos de extraños” es un muy buen libro de relatos.

Once son las historias que conforman este volumen; historias que giran alrededor de temas como la identidad, la muerte, el dolor, la violencia, la pérdida o el sexo. En todas ellos, la chilena Andrea Jeftanovic nos pone ante situaciones extremas y angustiosas no siempre protagonizadas por "extraños".  Los monstruos pueden estar muy cerca; a veces, incluso, en uno mismo. No hay apenas refugio posible.

A lo largo de los relatos encontramos abusos sexuales, incesto, matrimonios que se resecan y se desgastan, seres desarraigados que buscan una identidad, niños desaparecidos, sexo, soledad, muerte y locura, con apenas un leve resquicio a la esperanza en el final “Hasta que se apaguen las estrellas”.

Once relatos como once puñetazos en plena boca del estómago que te dejan con la impresión de haber sido situado frente a un espejo en el que se reflejan obsesiones y miedos que habitualmente nos negamos a reconocer, once historias en las que predominan el lenguaje poético y las metáforas y en los que Jeftanovic se sirve, en muchas ocasiones, del uso combinado de la primera y de la segunda persona para hacer aún más descarnada la narración.

Quisiera destacar también los finales de los relatos. Hay tres en particular que me han parecido soberbios por impactantes, pese a ser los tres completamente diferentes. Se trata de “Marejadas”, “Primogénito”  “La necesidad de ser hijo”.

Podría extenderme en analizar cada relato, pero no llegaría a expresar el desasosiego que hacen sentir. Mejor buscadlos, leedlos y comprobad, una vez más, que una de las principales funciones de la literatura (y del arte, en general) es el cuestionamiento y la exploración de los límites de la psicología humana.

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Aprovechamos la ocasión para, gracias a la intermediación de la editorial Comba, mantener una pequeña charla con Andrea (mil gracias, Andrea). No os perdáis sus jugosas respuestas, infinitamente más interesantes que la reseña.

P: En esta época de “poscensura” relatos como “Árbol genealógico”, “Miopía” o, incluso, Primogénito” pueden ser malinterpretados y dar lugar a “problemas”, como ya te ocurrió en algunos países con el primero de ellos. ¿No es un poco alucinante que a estas alturas estemos así? ¿Por qué crees que ha podido haber esta involución?


R: Muy de acuerdo, es alucinante lo de la censura o corrección política en el arte; es una contradicción. Hay que sancionar la realidad, hay que sancionar a los criminales de guerra, a los políticos corruptos, a los empresarios que se coluden, a los profesores y religiosos que abusan de los niños. Hay que sancionar la violencia de género, la asimetría, las malas prácticas laborales. Hay que sancionar la realidad, no hay que sancionar libros o películas que traten sobre la corrupción, sobre los móviles de crímenes, deseos equivocados, o exploren tabúes sociales. Es ridículo que se retiren cuadros de museos o se censuren canciones, es otra dimensión, simbólica, metafórica. Y, además, implica infantilizar al lector o espectador. SI fuera así no podríamos leer ni la Biblia, que está llena de pasajes de familiar disfuncionales, incestos y transgresión de tabúes. Para qué decir la tragedia griega, las obras de Shakespeare, Faulkner, Nabokov y tantos más.
Cuando me hacen líos por mis cuentos pienso en eso, pienso que si fuera así, un cuento que aborda un tabú es peligroso para la sociedad, también se debería censurar a los escritores de novela negra porque incentivan el crimen. La literatura no es una manual de convivencia cívica. Intento en mis relatos mirar dolores, problemas insostenibles para remecernos. Por ejemplo, en Árbol genealógico que escribí a partir del un caso de impunidad de un empresario que abusaba de menores, y lo recojo como algo que motiva a una hija y un padre a fundar una nueva sociedad. O los otros que mencionas, en Primogénito, está la pulsión de los celos y cómo deforman la realidad. Y en Miopía, están también los celos entre dos hermanas y la confusión con el relato del pasado y los traumas. Son historias confusas, no sé sabe bien quién es el culpable, el quién tiene la razón. Sí hay un narrador que intenta seducirnos y envolvernos en su versión de los hechos, y eso es algo que hacemos todas las persona. Ordenar los hechos para que tengamos la perspectiva más valida. La literatura pide que entremos de otro modo para sorprendernos o llevarnos a reflexionarnos.

P: Un poco vinculado a lo anterior, ¿sigue siendo una de las principales funciones de la literatura la de mostrarnos nuestro “lado oscuro”, aquello que no nos atrevemos a mirar o a reconocer?

R: No es su única función, pero es natural que la literatura haga un registro de momentos históricos conflictivos, observe relaciones humanas tensas, o entre en la compleja vida psíquica. Hay libros luminosos, de temas de amistad pero es difícil eludir lo oscuro; somos un juego de sombras. Es cautivante trabajar las zonas de vulnerabilidad de los seres humanos, alumbrar sus contradicciones. Me interesa trabajar la incomodidad, las preguntas morales; todo el tiempo enfrentamos decisiones que recorren la curva del bien y el mal.

P: De las once historias que componen “No aceptes caramelos de extraños”, en casi todas (o en todas) nos encontramos con personajes en situaciones límite. ¿Son más literarios los personajes en este tipo de situaciones?

R: Creo que como metodología, me gusta empujar a mis personajes a un abismo. Porque en ese riesgo se puede reinventar. Me gusta pensar que sus mentes y emociones se enfrentan a un movimiento, un desplazamiento. Además, cuando enfrentas a un personaje a una situación límite de algún modo lo enfrentas a un dilema, y me interesa cómo se despliega su disquisición interna. Me interesa la vida psíquica y su infinitud, sus vericuetos, sus operaciones químicas, sus zonas de misterio. Y, también todas las sociedades han pasado por situaciones políticas límites que obligan redefinir la nación. En esa escritura política, también de la memoria, me interesa el trabajo más elíptico, es decir, ver el cómo se cuela lo público en los intersticios de lo privado, en los modelos amorosos, en las estructuras familiares. Me gusta escribir sobre esos umbrales. Sin duda, los procesos políticos cruzan o impactan la relación con nuestro cuerpo y el de otros. Me interesa el cruce entre lo colectivo y lo privado, la violencia y la belleza.

P: En cuanto al estilo de los relatos, me ha llamado la atención el uso combinado de la primera y de la segunda persona, quizá como forma de interpelación más directa al lector. No sé si ese recurso funcionaría igual en novela. La pregunta es: ¿crees que por su extensión el relato ofrece mayores potencialidades a la hora de “arriesgar” o “experimentar” que otros géneros?

R: La novela también puede ser un género muy experimental. Lo que sí es verdad es que el cuento necesidad tensión, condensación. Entonces, en ese contexto la muda de narradores permite mostrar de modo condensado, rápido, cambios de puntos de vista. Creo que el cuento se parece bastante al guion de cine, debe ser veloz, evocar imágenes, sintético, elíptico.

P: También está muy presente en buena parte de los relatos el lenguaje poético ¿Cuál es tu relación con la poesía? ¿Puede haber salto de la prosa al verso?


R: Ojalá mis líneas tengan algo de poesía, es un género que me seduce mucho por su síntesis, por la precisión de las palabras, por el poder las imágenes, por su opacidad. Me gusta buscar algo de belleza en la narrativa, en la forma de pensar las oraciones, en el ritmo del fraseo, en el sonido y grafía de las palabras. Me gusta que sea más indirecto, que abra una misteriosa puerta, que seduzca con belleza.

P: Me parece percibir temáticas e inquietudes relativamente similares en un grupo de escritoras latinoamericanas actuales, como Mariana Enríquez, Vera Giaconi, Magela Baudoin, etc. ¿Casualidad, mirada generacional o simple error mío de apreciación?

R: Es curioso, yo creo que nuestros libros se gestaron sin conocernos, pero luego al leerlos se cruzan en muchos sentidos, casi como vidas paralelas. Creo que todas las autoras que nombras, muy admiradas por mí, hay un trabajo con la intimidad, con los tabúes de los modos familiares, con la voz de los niños. Quiero pensar que pese a toda nuestra liberalidad, como ciudadanos del siglo XXI; el núcleo de los afectos sigue siendo un nudo de marinero. Toda relación humana es ambivalente, exigente, dinámica.  Y, agregaría, al menos con el caso argentino, que por un asunto generacional, heredamos sistema autoritarios muy crueles, y como “hijas de esa experiencia”, creo que estamos escribiendo, no desde el realismo, espero más metafóricamente, los efectos psíquicos de las dictaduras. Efectos que, en mi opinión, de algún modo se visibilizan y algo pueden ayudarnos, no del todo, a comprender, con horror, la actual crueldad en crímenes privados como feminicidios o infanticidios. Hay una deformación de la empatía y de algún modo, como dijo Freud, lo familiar se volvió monstruoso, ominoso.


P: Chile ha dado a la literatura universal nombres por todos conocidos. Otros, en cambio, parecen casi olvidados, como el caso de Carlos Droguett y su “Patas de perro”, que recientemente reseñamos y nos parece una gran novela. ¿Cuál es, para ti, el secreto mejor guardado de la literatura chilena (no vale decir Andrea Jeftanovic, que ya te hemos descubierto)?

R: Carlos Droguett es un genio. Tiene un fraseo de locos, intenso, casi no usa puntos aparte. Patas de perro es una novela poderosa, profunda, se adelantó a la discusión de las minorías, la tolerancia a la diferencia, de los cánones de la belleza, del maltrato al niño. En un punto es una novela queer, las identidades, los deseos no son binarios, se improvisan fuera de las categorías. Y también registró el ejercicio de la memoria,  cuando se abre el volumen con “Escribo para no olvidar”. La novela es un ejercicio de memoria con un lenguaje farragoso. Para mí, que he explorado el lugar de los niños en la literatura, me interesa mucho esa novela, porque el cuerpo híbrido de Boy, mitad perro-mitad- niño, está en disputa por la familia, la educación, la medicina, la asistencia social. Y, además, ese cuerpo diferente despierte todo tipo de pulsiones –espejo: violencia, culpa, vergüenza, pero también, curiosidad y deseo.

Autores chilenos contemporáneos por descubrir hay muchos, pienso en los nombres que no se han publicado en España, y en ese sentido nombraría a Eugenia Prado, Beatriz García Huidobro, Nicolás Poblete, Matías Celedón, Marcelo Leonart y Mike Wilson. De la autoras nuevas chilenas me parecen muy poderosas Constanza Ternecier, María José Navia, Mónica Drouilly, Romina Reyes, Daniela Acosta. Además, son muy inquietas, trabajan en traducción, guiones, universidad, teatro.

P: Por último, has publicado relato, novela, ensayo, crónica… Vaya, una autora de lo más polifacética. Sé que esto puede ser como preguntar a alguien a quién quiere más, si a papá o a mamá, pero… ¿Cuál de tus obras recomendarías a alguien que tuviera que descubrir a Andrea Jeftanovic?

R: Quizás recomendaría partir por el inicio, por Escenario de guerra, y seguir la ruta sin orden cronológico. Cada libro ha sido fruto de un largo proceso y entre ellos hay vasos comunicantes. Sé que tengo un perfil algo eclético también hago crítica de teatro y asesoro guiones, pero pienso que más allá del formato la que está escribiendo es la misma persona, que tiene una mirada, una impronta, ciertas búsquedas. Leo a muchos bandos y escribe con miles de carpetas y archivos en libretas y en mi computador. Manejo muchas ventanas abiertas, muchos compartimientos abiertos a la vez. Lo que es bueno y malo.

jueves, 25 de octubre de 2018

Entrevista + Reseña. Llucia Ramis: Las posesiones

Idioma original: catalán
Año de publicación: 2018
Valoración: muy recomendable

Puede que si los tiempos fueran otros yo hubiera leído Las posesiones con otra actitud inicial. Me refiero a los tiempos en que los buenos escritores tenían suficiente con lo que obtenían de sus libros para vivir con cierto desahogo. En ese caso, Llucia Ramis, que es una buena escritora, no tendría porqué mantener una presencia en los medios que condicionase y espaciase los acercamientos a sus obras “serias”, y cuando el lector acudiera a Las posesiones podría hacerlo sin pensar en su autora como comentarista en radios o como cronista de eventos literarios, actividades legítimamente alimenticias pero que, puristas echémonos las manos a la cabeza, son bastante alejadas del arquetipo del autor que trasnocha en la búsqueda del párrafo perfecto y se tortura llenando la papelera de borradores que acaba destruyendo entre sangre, sudor y lágrimas. A cambio de eso, o en vez de eso, el que sigue a Llucia Ramis ya la ha visto comentando presentaciones en La Calders o retransmitiendo por Twitter galas de los Planeta y ha asistido a cierto jugueteo de quien sabe que puede elegir de qué lado le apetece estar.
Cuando ha estado del otro lado, Llucia Ramis ha recibido premios. Las posesiones, por ejemplo, en su versión en catalán (por supuesto, la que he leído al ser mi primera lengua) fue premiada por Anagrama y, a riesgo de ignorar si hubo o no muchos contendientes, creo que lo fue de una forma merecida. Porque, con las debidas distancias y los lógicos errores disculpables y subsanables, en cuanto Ramis se pone el uniforme de escribir (y aquí se lo ha puesto) esa aura de frivolidad se desvanece y queda sustituida por una atmósfera sincera y cercana, pero con la mesura suficiente para dejar de lado ñoñeces y cursiladas y confidencias que suelen malbaratar (palabra que se queda muy corta) los textos de este tipo.

Hablando de tipos. Veo una cierta insistencia en el uso del término “novela” para describir textos como éste. Puede que tenga algo que ver con cuestiones comerciales, pero a mi me causa desconcierto y hasta me confunde, ya que, asumiendo cierta profusión de licencias creativas, me empieza a parecer que ya es un recurso el apelar al equívoco, el sobre-estimular al lector a la hora de afrontar un texto como si diciendo abiertamente “soy escritor y escribo sobre cosas que me han pasado” obrase un efecto desmotivador.

Porque me he encontrado googleando "Benito Vasconcelos" aunque fuera para constatar que sí, es un personaje creado para esta ficción pero no, podría ser que cierto sentido del respeto haya inducido a Llucia Ramis a alterar detalles. Aún así, aunque todo encaje con la realidad y las fechas y las circunstancias cuadren, Ramis me ha enredado, como decimos aquí, y me he visto absorto en esta historia. La de una chica mallorquina intentando abrirse paso en la vorágine barcelonesa pero absolutamente dependiente de divisar todo el rato una referencia para un eventual regreso. La de un padre recién jubilado que emplea sus fuerzas en buscar justicia en el mundo. La de un empresario de los tiempos del pelotazo y de la burbuja y del dinero negro (etapa ni mucho menos cerrada) abrumado por ser víctima de las trampas que él mismo ha creado. La de parejas de ir y venir, todas ellas maduras para unas cosas e inmaduras para otras, y en el telón de fondo esa precariedad que empieza a lastrar a una generación. La generación que se encontró la crisis cuando pensaban que iban a progresar, y la generación a la que se intenta convencer que ya todo está superado pero una de las claves de esa superación es que tú te olvides de cobrar lo que se le pagaba a cualquiera en 2006 por hacer lo que tú haces ahora. Ramis no tiene inconveniente en ponerse a sí misma de ejemplo de esa situación. Y esa honestidad traspasa la página y llega mejor al lector que muchos otros que no voy a citar. Aunque le he decir lo mismo que le dije a Halfon: la experiencia propia puede ser un buen vivero y es obviamente un punto de partida donde uno se mueve particularmente bien. Pero yo espero ficción abierta, creación, diseño de mundos más allá del propio. Esa batalla hay que librarla un día u otro.

Por si esta brillante novela no fuera suficiente, nos ha contestado de forma exuberante, sincera e intensa a unas cuantas preguntas. Menuda entrevista nos has concedido, Llucia: Moltes gràcies.

¿Por cuál de sus novelas recomendaría al lector que empezara con su obra?

Supongo que por la última, Las posesiones. Sergi Pàmies dijo que era como un “grandes éxitos”, así que no hace falta leer ninguna otra. Todo lo que una tarde murió con las bicicletas es más memorialística y la cara soleada de Las posesiones, según Julià Guillamon. En estas dos hablo de Mallorca y las familias, y en Cosas que te pasan en Barcelona cuando tienes treinta años y Egosurfing (las anteriores), hablo de Barcelona y los grupos de amigos. Todas están ubicadas en 2007, justo antes de la crisis, cuya sombra ya se cernía sobre nosotros.

En las dos que he leído he advertido una cierta añoranza de la vida en una isla, como si la vorágine barcelonesa fuera algo de lo que hay que salir a aliviarse. ¿Se ve de vuelta en el futuro, escribiendo desde una terraza en un pueblo, con vistas al mar?

El otro día hablaba con un amigo mallorquín que también vive en Barcelona, y comentábamos que, en el fondo, siempre nos hemos visto así de mayores: en una casa frente al mar. Pero cuando he tenido la oportunidad de hacerlo (y la he tenido en un par de ocasiones), no me he atrevido a dar el paso. No soportaría el paraíso. 
En Mallorca se vive muy bien si no has nacido allí, decía mi amigo. Los que regresan tras haber estudiado la carrera, o porque no encuentran trabajo, entran en la espiral de la ensaimada: se acomodan o les acomodan. Si tienes aspiraciones creativas, hay pocas salidas. De hecho, sólo las hay por avión o en barco. Claro que siempre puedes dedicarte a organizar bodas. Es el destino preferido para casarse.
Es un lugar que el mundo entero pisotea cada verano, y del que tú no puedes salir si no es dando un salto, porque estás rodeado de mar. Para mí Mallorca es como una madre: es la más guapa del planeta, la quieres con locura, te acoge siempre. Desde el momento en el que pones un pie en la isla, eres otra persona, vuelves a ser una niña. Te relajas, estás en casa. Pero al cabo de tres o cuatro días, no puedes más. Mallorca, igual que la familia, es refugio y a la vez es lastre. No puedes escapar.
En cambio, Barcelona es como esa pareja a la que habrías dejado mil veces porque cada dos por tres te saca de quicio. Y yo lo intenté: fui a París, a Buenos Aires, estuve a punto de irme a Madrid, incluso a Beirut. Pero al final siempre vuelvo. Necesito salir de vez en cuando, Barcelona puede resultar asfixiante. Es mucho más pequeña de lo que ella cree. Además, aunque vaya de presumida y se ponga guapa, está muy acomplejada y no sabe lo que quiere. Pronto se parecerá a todas esas ciudades que se ponen botox y silicona, y son indistinguibles. En cualquier caso, fue amor a primera vista. Desde que vine a pasar un fin de semana con unos amigos, a los dieciséis o diecisiete años, supe que viviría aquí, y por eso escogí carreras que no pudieran estudiarse en Palma. 
Sea como sea, no echo de menos la vida en una isla, sino a la isla en sí, al paisaje y la belleza que conformó una parte importante de mi vida. Necesito que ese paisaje se mantenga, porque si no, temo perder una parte de mi memoria y mi pasado. Por otro lado, no volvería a Mallorca para ocuparme de ello. En un momento de Las posesiones, la hija le dice a la madre que no pueden vender la casa familiar, que si lo hacen será como si le amputaran un brazo o una pierna; necesita poder pasar allí sus vacaciones o tendrá la sensación de que le falta algo. La madre le contesta: “Ah, muy bien, ¿y vas a hacerte cargo tú de la casa?”. Y la hija piensa que ni de coña. Ni se le había pasado por la cabeza.
Nuestra generación es un poco así: prematuramente nostálgica (echamos de menos los años ochenta, y pasaron hace cuatro días; aún no somos ancianos). Todavía esperamos que nuestros padres y abuelos cuiden del legado que nos dieron. Ellos lucharon para conseguir unos derechos y unas libertades, y no hemos entendido que a nosotros nos correspondía hacer un esfuerzo para conservarlos. En lugar de eso, nos quejamos por haber perdido unos privilegios, cuando lo grave es que estamos perdiendo esos derechos y libertades como perdemos las casas familiares, que nunca cuidaríamos (antes las alquilaríamos o venderíamos). Los privilegios son individuales, y los derechos y libertades, colectivos. Y claro, vivimos en una sociedad enfocada hacia el individualismo y el narcisismo, en la que nos dicen: móntatelo tú mismo y sálvese quien pueda.

Ya sé que la narradora no es la autora, pero, después de varias obras con coincidencias relevantes con su vida personal, ¿leeremos historias donde no la veamos en ningún personaje?

No creo. La novela tradicional cada vez me interesa menos, como lectora y como autora. Me gustan más los múltiples juegos que propone la realidad, que no existe por sí misma si no es como relato (lo que ya representa una forma de ficción). De todos modos, a partir de las historias de Philip Roth o Coetzee, por ejemplo, también creemos saber cómo son los autores, aunque los diferenciemos del narrador y los personajes, y nadie etiquete sus obras de “autoficción”.
Ahora se le llama autoficción a la literatura, cuando yo diría que la autoficción está en las redes sociales. De hecho, concibo la literatura –el artefacto literario– como una forma de distancia, una elaboración de la realidad que no tiene por qué pasar necesariamente por el yo. ¿Hacían Proust y Joyce autoficción? ¿Y Cervantes? ¿Por qué a los cantantes y poetas no se les pregunta cuánto hay de autobiográfico en sus canciones?
Mi yo es cronista, no protagonista. Pretende ser un yo observador. En una película, sería el director de fotografía. Puedo crear ambientes regulando la iluminación, tamizar algunas escenas, decidir dónde pongo el foco, pero no dar órdenes a los actores. Intento transmitir las emociones a través del modo en el que trato la imagen, subrayándolas lo mínimo. A partir de ahí, el lector pone de su parte. Capta las referencias, que lo trasladan a un momento de su propia vida (o no). No hago autoficción, sino que intento hacer alterficción. Quiero hablar de ti (de ti, y no de nosotros, ni de mí).
Mis narradoras, en primera persona, nunca tienen nombre. Se da por supuesto que es porque se llaman como yo, que su nombre es el que sale en la portada del libro. Mi nombre no merece salir en las páginas de ningún sitio. El juego que propongo (interno e íntimo) es otro: al escribir en primera persona, el lector o lectora lee en primera persona. Por lo tanto, el que se mueve por la historia es él o ella. Es el típico problema que flipa a los niños: “si tú eres tú, y yo soy yo, para ti tú eres yo”.

Como lector, y si las hay, no distingo grandes influencias, ¿cuáles son sus autores de referencia? Con tanto acceso al mundo literario, ¿qué hay en su mesita de noche? y, si no es demasiado comprometido, ¿podría hablarme de algunas lecturas recientes que le hayan dejado algún tipo de huella?

Mis referentes son Emmanuel Carrère, Michel Houellebecq, Natalia Ginzburg, Janet Malcolm, Stephen King (lo leí de adolescente, y fue el primero que me señaló la responsabilidad del escritor con respecto al texto y sus consecuencias; recordemos Misery), también Alejandro Zambra (por sus reflexiones sobre cómo escribir y leer). Todos tratan la escritura como trampa y a la vez salvación, que puede pervertirse hasta la obsesión. Se sitúan en algún lugar de aquello que cuentan. Están ahí, dudan, se equivocan, lo intentan de nuevo. Todos hablan del miedo, que es mi tema favorito y algún día espero estar preparada para abordarlo a fondo.
En mi mesita de noche está la obra completa de John Lanchester, porque participaremos en las Conversaciones de La Pedrera el 29 de octubre. Según los organizadores Montse Ingla y Toni Munné, compartimos al menos tres temas: el dinero, el tratamiento de la verdad y la familia. Mientras releía Capital, recordaba un proyecto –de momento aparcado– por el que quería entrevistar a todos los vecinos de la pequeña calle en la que vivía. A todos. Capital trata sobre los habitantes de la calle Pepys, en Londres, que ven como su fortuna crece por el simple hecho de tener una casa en un lugar que se revaloriza. He subrayado un montón de ideas en Cómo hablar de dinero. Me llama la atención que el dinero salga tan poco en las novelas, cuando es básico, lo determina todo. Explica cómo somos, hasta dónde estamos dispuestos a llegar dependiendo del valor que le demos, etc.
Me dejan huella muchos libros, por motivos distintos, casi siempre porque aprendo algo, o me enseñan las cosas desde una perspectiva que no me había planteado. ¿Recientes? Solenoide, de Cartarescu, Las cosas que perdimos en el fuego, de Mariana Enríquez, L'art de portar gavardina, de Sergi Pàmies, también Adrià Pujol... Mucho menos recientes: Cioran, Jules Renard, Alice Munro. Pero me estoy dejando un montón. 

¿De que manera decide lo que lee una persona tan activa?

Estoy al día de las novedades porque muchas llegan a casa. Al recibirlas, hojeo las primeras páginas y enseguida sé si me van a interesar o no. A veces me engancho inmediatamente. Otras espero a que salgan las primeras reseñas en prensa y comentarios en las redes. Condicionan bastante. Por ejemplo: compré un libro que me había llamado la atención, y lo dejé al tercer capítulo porque la cadencia narrativa me ponía de los nervios. Demasiado rimbombante. Semanas más tarde, periodistas culturales me hablaron bien del libro. Luego también algunos libreros, luego algunos críticos, y gente de mi entorno con quien suelo compartir gustos. Luego fue un fenómeno. Cuando lo elogió uno de mis hermanos –que no tiene relación con el mundillo editorial– pensé: tengo que darle una segunda oportunidad, a ver qué se me escapa. Lo leí del tirón, y sigo sin entenderlo. Pero esto es lo asombroso y fascinante de la literatura: que no hay nada que entender. Lo que encanta a unos no entusiasma a otros. No existen unas reglas universales, aunque exista un canon y una literatura universal.

Vd. escribe una sección semanal, una especie de crónica de las presentaciones de la semana literaria. ¿Es un mundo tan cerrado como parece? Si reseñar le tentara, ¿podría uno opinar sin cortapisas sobre las obras de toda esa gente con la que ha convivido? 

No, imposible. Cuando empecé a escribir las crónicas, hace unos quince años, no me conocía nadie y me permitía el lujo de decir lo que pensaba sin tapujos. Muchas presentaciones son un rollo, y el ego de la peña es alucinante. Lo que pasa es que, de vernos tanto, al final todo el mundo te cae bien. Siempre somos los mismos en los mismos sitios y haciendo lo mismo: beber, cotillear y reír. Es imposible criticar a las personas con las que te diviertes. O, al menos, lo es para mí. También sería muy difícil hablar de su obra, aunque me tienta hacerlo. Reseñas no, en todo caso un diario de lecturas. Sería un diario secreto, con un candado en forma de corazón para cerrar las tapas. 
Por ejemplo: en la página 34 de Cara de pan, de Sara Mesa, me acordé de una película que me impactó de pequeña. Se titulaba Viento en las velas. Unos piratas atacan un barco donde hay niños, navegan juntos, y al final los detienen. En el juicio, la niña protagonista está tan nerviosa y coartada por el entorno, que es incapaz de testificar a favor del pirata interpretado por Anthony Quinn, con el que se hicieron amigos. De manera que lo condenan a muerte. 
Contaría la vez que leí el Quijote (con veintipico años), o a John Irving (este verano, Una mujer difícil, y ya nunca dejaré el volante girado cuando el coche esté parado; de hecho, no conduzco). Pero no me veo acreditada para analizar ni criticar lo que hacen los demás.
Más ejemplos: a mí el rollo este desgarrador que se ha puesto tan de moda me parece pura pornografía. Y de la mala. Pero tiene éxito comercial (dentro de lo que sería “éxito comercial” en el mundillo, muy inferior al porno de verdad). Recibe buenas críticas, aplausos a la honestidad. Así que no tengo nada que decir. Y tampoco tengo nada que hacer, porque lo que escribo no va en esta línea. 
Si el cítico pone por las nubes el libro de X, cuyas novelas me parecen sosas, su efusividad provocará mi curiosidad, aunque el tema del libro en cuestión me interese cero. El crítico tiene criterio y normalmente es muy chungo, querré saber por qué se ha enamorado de este libro en concreto. Lo cojo, empiezo a leer y ya en la primera página se me cae de las manos. Lo dejo. ¿Y qué? ¿A quién le importa eso? ¿Para qué voy a publicar que estoy en total desacuerdo con el crítico, que sin duda tiene que haberse tomado un tripi? Ya he dicho que, aunque X me cae bien, no se encuentra en mi lista de favoritos. Pero no quiero entorpecer su trabajo ni la promoción de su libro. El tema no me motiva, vale. ¿Tengo que obligarme a leerlo y a obligarme a que me guste? A lo mejor no es el momento. El tema de su libro no me motiva. A lo mejor no es el momento de leerlo. A lo mejor me flipará dentro de unos años. A lo mejor estoy demasiado influenciada por el espíritu de contradicción. A lo mejor las expectativas eran demasiado altas. A lo mejor, si hubiera pasado de la primera página, se habría abierto ante mí un mundo nuevo, lleno de felicidad sideral. 
En definitiva: a lo mejor el libro es buenísimo y no tiene ningún sentido que yo publique lo que opino de él. Menos aún si me voy a encontrar a X en el próximo sarao literario. ¿Qué hacer en estos casos? ¿Fingir que no escribí lo que escribí y que X no lo leyó? Además: ¿cómo se interpretaría mi reseña? Sin duda, como algo personal. Como un autor hablando de la obra de otro autor, de quien tal vez tenga celos y al que intenta boicotear. Es muy complicado. Y no me gustan nada estos rollos, generan estrés. Prefiero llevarme bien con todo el mundo. Mejor quedarse en las fiestas y contarlas (y contar hasta donde se pueda contar; el límite está en el Giardinetto).

Abusando de sus conocimientos de la escena, Vd., que conoce a tanta personalidad, sigue publicando en editoriales independientes. ¿Algún comentario?

La relación entre autor y editor es muy importante, y se basa en la confianza mutua. Uno tiene que creer en el otro y viceversa. Normalmente, cuanto mayor es una editorial, más diluida está la relación entre autor y editor, por una mera cuestión de número y números: hay otros muchos autores, y al grupo le interesa obtener beneficios para mantenerse y crecer. Si es grande, necesita más ganancias, con lo que apostará por obras más comerciales. 
Existen potentes grupos editoriales sin editores, o cuyos editores tienen poco margen de actuación, o poco tiempo para dedicarse a los autores, porque se les exigen resultados más económicos que literarios. Por una parte, estos grupos cuentan con premios suculentos, una muy buena distribución y mucha publicidad. Pero para que puedas acceder a todo eso, tienes que estar entre los más vendidos. Y entre los más vendidos no siempre están los mejores libros.
Yo quiero estar segura de lo que publico. Entiendo que pueda gustar más o menos, que pueda tener mejor o peor aceptación. Pero publicar es un honor, y hacerlo en sellos como Anagrama o Libros del Asteroide, formar parte de catálogos tan potentes como los suyos, para mí es una garantía de que no lo estaré haciendo tan mal. Ambos son una marca de calidad. Además, los editores me acompañan durante todo el proceso, nos entendemos, hablamos del texto; hacen observaciones, propuestas, las discutimos. Trabajamos juntos. El texto es mío, pero el libro es nuestro. Tenemos que quererlo, sentirnos orgullosos de él.
Algunas personas están impacientes por publicar, sueñan con tener fama y dinero. Carezco de esa vanidad. Escribir no va de eso. Tampoco va de competir, a ver quién está en las listas de los más vendidos o ha sido traducido a más lenguas. Son circunstancias pasajeras, el año que viene le tocará a otro. Meterse ahí es presionarse gratuitamente, una pérdida de energía absurda; uno acaba centrándose en sí mismo y no en su obra. Ni me voy a hacer rica con los libros que escribo, ni voy a enriquecer a nadie. Y sin embargo me siento la persona más afortunada del mundo. Me dedico a lo que quiero, hago lo que me da la gana, y estoy muy bien arropada.
Si una pequeña editorial como Barrett se fija en Coses que et passen a Barcelona... diez años después de su publicación, para mí es un regalo. Sé que se lo van  a currar, porque el hecho de sacarla en castellano les hace la misma ilusión que a mí. Al final se trata de disfrutar de lo que haces con personas que también lo disfrutan. De celebrarlo.

¿Cena de vuelta a casa después de los canapés, o las presentaciones ya no son lo que eran?

¡Jajaja! Hace tiempo que ya no dan canapés. ¡Incluso hay presentaciones en las que no dan ni una copa de vino al final! Y pensar que el premi Ramon Llull se llegó a entregar en Andorra, tres días en hoteles de lujo y baños en Caldea... He visto cosas que no creeríais, a importantes autores catalanes remojándose en aguas termales y paseando en albornoz. Todo eso se acabó para siempre. Creo que la situación actual se parece más a la alcoholexia. O sea: tomar unas cañas sin cenar porque no hay dinero para la tapas, pero mientras no falte para la cerveza, todo irá bien. Menos la resaca.