miércoles, 6 de junio de 2018

Thomas Wolfe: El viejo Rivers

Idioma original: inglés
Título original: Old Man Rivers
Traducción: Juan Cárdenas
Año de publicación: 1947 (en castellano, 2016)
Valoración: Se deja leer

No sé si han visto ustedes la película El editor de libros (2016). En caso contrario tampoco se pierden mucho, es una peli bastante aburrida en la que lo único que destaca es la elegancia british de Colin Firth, aunque a este actor quizá habría que pedirle algo más que lo que lleva de serie. La historia cuenta la relación entre el escritor norteamericano Thomas Wolfe y su editor, Max Perkins (Firth), quien por lo visto fue determinante para encauzar la creatividad literaria de aquel. Precisamente uno de los aspectos más lamentables de la película es el retrato del escritor arrebatado y excesivo, siempre poseído por su pasión creativa, un estereotipo que, al margen de que pudiera cuadrarle a Thomas, resulta tan manido que ya cansa una barbaridad.

La etapa que retrata El viejo Rivers es justamente la anterior a la película, y su protagonista es el antecesor de Perkins, un tal Robert Bridges, cuyo apellido trasmuta Wolfe de forma más bien poco sutil (de puentes a ríos, vaya). Bridges, o Rivers, fue quien publicó el primer relato de Wolfe, y el libro es una sátira bastante inclemente, seguramente algún tipo de ajuste de cuentas, contra el citado editor. El texto en su totalidad –que es más bien poca cosa- consiste en la descripción de una jornada en la vida de Rivers desde que se despierta y contempla frente a él los retratos con dedicatoria de los presidentes Roosevelt y Wilson, significativa muestra de la amplitud de las relaciones sociales que atesoraba el caballero. Rivers, ya muy entrado en años, fue en su momento un afamado editor a quien los propietarios de la publicación donde trabaja han buscado ya un relevo. Él sin embargo disfruta regodeándose con la posición social que ha conseguido gracias a sus cualidades mundanas: es un hombre respetado, amante del buen comer, socio de innumerables clubes y bien conectado a las altas esferas. Pero todo ello con un aroma rancio que el propio Rivers no puede dejar de percibir. El autor no muestra demasiada agudeza y el dibujo, sin llegar a lo vulgar, resulta algo simple. Y hasta aquí el retrato del viejo editor, que no da mucho más de sí.

Lo que puede tener algo más de interés es el contexto cronológico y literario en que se inscribe. Es fácil imaginarse en blanco y negro a nuestro hombre, en tiempos de la Gran Depresión, como un tipo caduco cuyo antiguo prestigio aún suscita un resto de respeto (quizá de lástima), pero que todos saben –incluido él mismo- que está acabado. Intuimos sus antes esplendorosas relaciones reducidas a una menguante colección de ancianos irrelevantes, señoras respetables que le invitan a recepciones casposas, cosas así. Pequeñas oficinas inundadas de papeles, secretarias resabiadas y tipos con sombrero de fieltro evocan el cine americano de los 50.

Pero -lo que más importa al entorno editorial que nos interesa- la decadencia profesional de Rivers es manifiesta, porque su visión sobre la literatura está también obsoleta. En los últimos tiempos en que aún conserva cierta capacidad de decisión, el viejo rechaza textos que le parecen de poco gusto, demasiado crudos o que incorporan expresiones poco delicadas, está claramente anclado en los parámetros de corrección o supuesta elegancia de épocas anteriores, y ya constituye todo un obstáculo para los autores emergentes. Parece ser que hay bastante de cierto en todo ello, porque está contrastado que Bridges/Rivers se negó a publicar algunos textos de Hemingway o Fitzgerald y obligó a corregir otros, si bien, como decía al principio, editó precisamente el primero de los relatos del propio Thomas Wolfe. 

De forma que, independientemente del valor histórico-literario que concedamos a esa descripción del cambio generacional, parece bastante obvio que había por ahí alguna cuenta pendiente que Wolfe pretendió saldar con el viejo. Este librito fue la venganza, que pese a todo Wolfe tampoco pudo disfrutar del todo, porque precisamente fue su protector Perkins quien prohibió su publicación para no ofender al anciano editor.

P.D: Como curiosidad, el título parece que juega también con el de una vieja canción en la que el river es el Mississippi. Puede que sea curioso investigar si hay algún mensaje subliminal en la letra de esa canción. Pero igual lo dejamos para otra ocasión.

También de Thomas Wolfe en ULAD: El niño perdido/Hermana muerteUna puerta que nunca encontréEspeculación

6 comentarios:

Juan G. B. dijo...

HOla:
Pues llevamos un historial de reseñas del bueno de Thomas que es para planteárselo...
menos mal que a Iza le gustó uno de sus libros ; )

Diego dijo...

Sí, pensaba lo mismo que Juan.
Yo leí hace tiempo "El ángel que nos mira" y me quedé con una impresión del autor muy buena. Acorde a lo que se decía de él. Pero luego este blog ha ayudado a que no repita.
No sé qué pasará antes, si yo leeré alguno de estos libritos o alguno de vosotros el ángel que nos mira. Pero ese día saldré de dudas.

Un saludo.

Carlos Andia dijo...

Vuestro comentarios me han hecho ver que no he puesto los enlaces a las demás reseñas de Wolfe, lo que paso a corregir de inmediato.

Por lo demás, Diego, ya es mala suerte que justo la obra que señalas y que dices que te gustó no está en el blog. Pero efectivamente, la impresión general no parece muy buena, así que, o te animas a reseñarla tú mismo, o me temo que aquí nadie se va a animar.

Este librito de 'El viejo Rivers' parece algo bastante atípico en el autor, así que tampoco va a servir para aclararnos mucho con él. pero bueno, al menos nos da pie para charlar un poco, que tampoco está mal.

Gracias por los comentarios y saludos a los dos.

Diego dijo...

Gracias, Carlos, pero ya he intentado reseñar otras obras y el resultado no fue bueno. El 98% de las veces que les leo, me doy cuenta de mis enormes limitaciones. Mi lugar en el blog es el de lector y comentarista, como bien dices, porque cambiar ideas u opiniones con cualquiera de vosotros es más interesante que hacerlo en Facebook, y también porque tengo entendido que los algoritmos de Google dictan que comentarles es una manera de ayudar al blog para que el "dios judío del XXI" le de prioridad a otros cuando la gente busca reseñas, ergo, tambien es manera de agradecerles vuestro trabajo.

Explico el por qué de mi comentario. Tengo entendido -a pesar de que Periférica diga otra cosa- que las obras cumbres de este autor, las que se ganaron los elogios de Faulkner, son sus trabajos más extensos, lo que me da a sospechar que Periférica edita sus novelas cortas solo respondiendo al miedo que el lector tiene ante los tochos. Y mí mención para con El ángel es tratar de tirar una lanza por el autor por si acaso estoy en lo cierto.
Obviamente, ustedes comentan libros y no obra de un autor en general, se comprende y agradece que así sea, pero eso no quita que las malas experiencias del blog con sus novelas cortas, puedan dar a entender que el amigo Thomas no fue más que eso.
Ejemplo, si alguien se acerca a Pessoa con el banquero anarquista, se decepcionará y no comprenderá por qué tanto bombo con Pessoa. Y Pessoa, creo yo, siempre es injustamente juzgado sin leer El libro del desasosiego.

Claro que esto escapa a vosotros, pero bueno, ahí queda mi comentario por si a algún lector no le cuadra tanto disgusto con el autor cuando para otros es un autor de culto.

Gracias otra vez.

Diego dijo...

...le de prioridad ante otros, quise decir.

Carlos Andia dijo...

Entiendo lo que quieres decir, quizá por esos motivos editoriales que apuntas (y de facilidad de lectura, que también) nos hemos ido a libros más ligeros, cuando Wolfe luce más precisamente en los tochos. Es muy posible que tengas razón, y estaría bien disponer de opiniones sobre esas obras más extensas.

Por cierto, tomo nota sobre lo que apuntas de Pessoa, porque tenía pensado echarle un ojo pero no sé dónde sondear. Claro que también tenemos a Santi, que es especialista, pero así tengo un abanico más amplio de opiniones.

Encantado con la conversación, Diego.