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viernes, 28 de junio de 2019

Elizabeth Hardwick: Noches insomnes

Idioma original: inglés
Título original: Sleepless Nights
Traducción: Marta Alcaraz
Año de publicación: 1979
Valoración: muy recomendable

El afán lector, la voracidad, o incluso el ansia por leer todo lo posible, lo antes posible, lo máximo posible, imprime a veces una velocidad de lectura por encima de la que el texto pide o demanda. Pero hay libros que te obligan a parar, interrumpir esa velocidad de crucero para marcar una pausa y ponerse cómodos y, especialmente, atentos. Y Elizabeth Hardwick sabe hacer eso, sabe hacernos tomar consciencia de que debemos encarar la lectura de un modo pausado. Porque pocas palabras bastan para darse cuenta que este libro no es de consumo rápido, nada más lejos del típico fast food libresco. Aquí hay profundidad, y prosa medida y precisa. Y eso requiere calma, y se agradece que la mano de la autora sepa hacerte tomar consciencia de ello.

Porque hablamos de Hardwick, una escritora con un inmenso talento oculto tras la sombra del que fuera su marido, Robert Lowell (uno de los grandes poetas estadounidenses de la post-guerra), que demuestra en este libro autobiográfico su enorme potencial, en una narración plagada de reflexiones y situaciones diversas, de estructura casi anárquica, casi desorganizada, o al menos en apariencia, pues las reflexiones, como la memoria y los recuerdos, vienen cuando vienen, cogen la forma que les conviene y se van cuando aún estás pensando en ellos. Pero, en ese camino del lector a la adaptación del estilo narrativo, la autora lo pone extremadamente fácil, pues ya en las primeras páginas topas con perlas, con frases como «entonces yo era un ‘nosotros’». Y los ojos de quedan ahí, sin parpadear, como si con esa simple acción pudiéramos conseguir fijar esta compleja frase en la memoria. Porque esta es una de las maravillas de este libro, pues la autora sabe hallar el canal preciso para llegar al lector y, una vez encontrado, llenarlo con multitud de reflexiones. Y preguntas, y respuestas.

En su narración, nutre y viste el relato de referencias a Borges, Goethe, Pasternak, Ibsen, Rilke, y ese bagaje intelectual y cultural de la autora se hace evidente en la calidad que su obra atesora. La formación académica que recibió está marcadamente presente, pero como todo en la vida tiene matices a la hora de recordar qué le aportó, para bien y para mal; una formación académica a la que le dedica también unas palabras en el libro, al narrar «Kentucky, Lexington, la universidad, Henry Clay High School, Main Street. El cementerio donde reposan tu hogar, tu educación, tus nervios, tu herencia y tus tics. Su desaparición apena; su permanencia duele».

Más allá de ciertas referencias literarias, en este libro de memorias y reflexiones, las autora nos traslada a la época de sus primeros amores y recuerda ese enamoramiento propio de la edad en la que sabemos poco, del amor y de nosotros, y que nos lleva en ocasiones a depositar nuestros sentimientos y deseos en un destinatario no adecuado, no aconsejable, en un acto de enamoramiento ciego, que cierra los ojos a una realidad escondida tras un manto de inocencia y deseo, que pone un cerrojo a nuestras más humildes e inocentes intenciones. También nos habla del tiempo pasado en Holanda, y nos hace testigos de encuentros amorosos de conocidos y amigos, exponiendo en sus recuerdos aquellas dudas, dificultades y amores florecientes, origen de tan habituales pasiones y desengaños. Relaciones a tres, amantes desconsolados, infidelidades que desafían a matrimonios en declive, estabilidades conyugales de apariencias férreas, pero de frágil equilibrio e incierto futuro. La autora lo recuerda al afirmar que «la paradoja de la mujer que solo después de casarse y sentar la cabeza alcanza la verdadera soltería. Toma las riendas y adquiere un estado de dependencia dominante de la que solamente ella tiene la llave. Cuánta confianza en su reinado; cuánta habilidad en la diplomacia solitaria, en la preparación del futuro y en el control del presente. Recauda las rentas y las administra, prudente, sin olvidar jamás que está sola».

Y entre idas y venidas, entre experiencias cargadas de intensidad tras su estancia en varias ciudades europeas o estadounidenses, y como si fuera Vivian Gornick en «Apegos feroces» o «La mujer singular y la ciudad», aparece Nueva York como un personaje más, como alguien a quien conoces en tu vida; es difícil explicar cómo era ella sin esa influencia, sin ese magnetismo, sin esa atracción que desprende una ciudad donde «en el cielo no se veían estrellas, pero siempre resplandecía con el titilar de luces constantes», una ciudad en la que «la cáustica luz del crepúsculo caía sobre los intersticios que separaban los edificios grises y rojos».  Y el jazz, siempre presente, como una banda sonora inherente, inseparable, de la ciudad, tomando cuerpo en la figura de Billie Holiday. Hay muchas historias de mujeres, a las que Hardwick habla desde el respeto y, en cierta medida, admiración, historias que en palabras de la propia de Hardwick merecerían bastante más que los breves párrafos que les dedica, personajes en apariencia comunes, pero con unas historias personales que despiertan la curiosidad de quien se acerca a ellas desde una distancia física y temporal que Hardwick reduce a décimas de segundo, lo que se tarda en interiorizar sus palabras siempre precisas y mesuradas.

La narración del yo, tantas veces criticada en la actualidad, en este caso es un yo que es una época, una sociedad cambiante a lo largo del tiempo que cubre la historia, que se transforma con el paso del tiempo, que conoce comunistas y socialistas, artistas y cantantes de jazz, pobres y clase media, así como relaciones rotas antes de empezar y sueños que se cumplen solo a medias, hasta el despertar a menudo abrupto y accidentado. Hay criadas y mujeres ricas, amantes y amigos, hay necesidades afectivas a cubrir, por todos, envueltos en situaciones de amores desvanecidos, que la prosa siempre afilada y precisa de la autora describe afirmando que «a menudo se observan mutuamente, pero miran sin ver, como dos espejos colgados de paredes enfrentadas» o también cuando hábilmente expone los encuentros sin porvenir, las citas sin futuro, en esas situaciones donde «la esperanza resistente y perenne no sobrevive al final de la cena. Esto es Nueva York, con sus tumbas al lado de la orilla».

También habla de personas sin un prometedor futuro, personas que «nunca conocieron la clase media ni el esperanzado temblor que se apodera de quien, tambaleándose, logra subir algunos peldaños. Ellos vivían en un mundo de ideas que había llegado hasta ellos como si de una carta con la dirección mal escrita se tratara…» o, al hablar de la clase trabajadora, afirmando que «hombre con los ojos surcados de venitas rojas, con pesados sellos del instituto, con camiseta de algodón blanco y jornadas en la gasolinera para trabajar en esa familia que, desde su primera adolescencia, ya imaginan».

Así, embelesado por la calidad de la prosa que transmite en cada párrafo y en un vaivén temporal que para nada dificulta la comprensión de la lectura, uno avanza por ella como quien ha sido invitado a una charla en la intimidad, como si fuéramos ese hombro sobre el cual la autora profesa y airea sus confesiones, reflexiones sobre la vida, de la suya, de la de todos, momentos que marcan el destino, que dejan huella en un presente lastrado a una experiencia, siempre buscada, aunque de resultado no siempre deseado. Y en el espíritu de confidencia que despiertan sus palabras, nos recuerda que «las preocupaciones y las lecturas de toda una vida pueden reportarte viajes gratis que no estás segura de querer aceptar». Porque en el fondo, de eso se trata, de abrir un libro como quién se abre al mundo, y que lo que nos llegue de él sepamos encajarlo en nosotros mismos de la mejor manera posible y obtener toda la enseñanza que nuestra mente acepte.

El estilo narrativo de Hardwick está repleto de una belleza inusual, de una redondez literaria fuera de lo común, de una potencia narrativa difícil de encontrar. Estamos hablando de un auténtico librazo, una de aquellas obras que siempre deben quedar en una zona destacada de nuestra librería por si, en un ataque de ansiedad cualitativa, o por si alguna vez dudamos sobre de qué trata esto que llamamos literatura, pueda uno alcanzarlo rápidamente y volver a creer en la fuerza de las palabras.

También de Elizabeth Hardwick en ULAD: Historias de Nueva York

domingo, 2 de octubre de 2022

Elizabeth Hardwick: Historias de Nueva York

Idioma original: inglés
Título original: The New York Stories
Traducción: .Rebeca García Nieto para Navona
Año de publicación: 2010, 2022
Valoración: está bien


Hay ocasiones en los que un autor te sorprende y te impacta ya en la primera lectura de una de sus obras. Y ansías la publicación de más títulos esperando encontrar aquel mismo estilo, aquel mismo impacto, aquella misma sensación de territorio conocido y satisfactorio. Pero hay ocasiones en las que no sucede, en los que uno abre un libro del mismo autor esperando encontrar esa misma sensación y esta no aparece. Esto último es lo que me ha ocurrido con este libro de Elizabeth Hardwick (cuyo «Noches insomnes» me encantó), pues su lectura me ha dejado tirando a frío. Veamos.

En este recopilatorio de textos o relatos cortos, la autora nos relata historias protagonizadas por distintos personajes con la ciudad de Nueva York como telón de fondo, aunque a veces este hecho es meramente circunstancial y no un protagonista más de la propia historia (es decir, nada que ver con «La mujer singular y la ciudad» de Vivian Gornick donde la ciudad sí era un protagonista principal). En este caso, a nivel general y con alguna excepción, los protagonistas de las diferentes historias son ellos mismos, y las historias contadas bien podrían estar pasando en Nueva York como en alguna otra gran ciudad estadounidense. 

Este conjunto de trece relatos, de extensión variable entre siete y treinta y cuatro páginas, tiene como característica común que sus protagonistas acostumbran a tener un vínculo con Nueva York y ser personajes del mundo del arte (o relacionados con él); así nos encontramos con profesores en teología, actrices, profesores de historia americana, escritores, libreros, críticos, etc. Con ello, la autora esgrime un mosaico coral en el que utilizando personajes de diversa índole y procedencia, hace un retrato de sus vidas en través de las que nos sumerge a la sociedad estadounidense de mediados de siglo XX. Escritos a lo largo de la vida de la autora, pues fueron publicados entre 1946 y 1993,  los relatos se podrían agrupar en dos grandes bloques: el primero de ellos, entre 1946-1959, comprende ocho relatos mientras que el segundo bloque, entre 1980 y 1983, incluye cinco relatos. Y, curiosamente, también el nivel de calidad es muy diferente entre ambos, pues el primer bloque incluye la mayoría de los relatos que destacaría mientras que en el segundo bloque apenas destacaría alguno. Y eso es algo que me sorprende, pues «Noches insomnes» me entusiasmó y fue publicado en 1979 lo cual es como si después de su publicación la autora hubiera cambiado su estilo y perdido fuelle. No deja de ser algo anecdótico, pero sí una extraña coincidencia. 

A nivel general, y de ahí mi valoración del libro, es que pocos de los relatos incluidos consiguen que nos metamos en la piel de sus protagonistas. El estilo de la autora ocasiona una distancia entre historia y lector que, teniendo en cuenta además la corta extensión de las historias, no consigue que el lector (o este reseñista al menos) entre en la historia y la haga suya, ni tan siquiera únicamente como testigo voluntario. Parece como si la autora no nos invitara a entrar en sus historias, como si únicamente nos ofreciera una ventana desde la cual observar su interior pero sin llegar a poder oler ni notar la presencia de sus protagonistas. La consecuencia de todo ello es que la autora no consigue generar interés en la su mayoría, a excepción de alguna de ellas y que destaco a continuación como lo mejor del libro.

Así, entre los relatos que destacaría estarían «Tardes en casa», en el que narra un reencuentro de la protagonista con alguien que conoció en su juventud, intentando recordar qué ocurrió con esa amistad en parte problemática. Alguien que le despertó emociones encontradas, pues le hizo tener «esa bonita, y seductora, sensación de aquellos años en los que uno cree haber sido elegido de entre todas las personas sobre la faz de la tierra para la felicidad», pero que, a su vez, también fue problemática, pues le dejó una mala sensación al confesar, tras su encuentro, que «no quería que la noche pasara, porque le parecía que una vez que llegara la mañana todo el mundo en la ciudad recordaría de qué clase de hombre me había enamorado por primera vez». También el relato «Sí y no» es interesante, en el que narra una relación desigual con alguien que «cuando nuestros ojos se encontraban, imaginaba que tenía lugar un sutil intercambio que de alguna forma me restaba y él se llevaba la diferencia (…) nunca estaba tan cansada como cuando estaba con Edgar y él nunca estaba más vivo y feliz que en mi presencia». Asimismo, es destacable el relato «El roble y el hacha» protagonizado por una editora de publicaciones gastronómicas que, después de que su anterior marido la dejara, se casó de nuevo con Henry, alguien de apariencia triunfante pero solo en apariencia; alguien de quien la sorprendía «el hecho de que careciera de ambición y a la vez tuviera sus escasos logros en tan altísima estima», alguien para quien «sus logros no estaban a la altura de la vehemencia de sus opiniones». Igualmente, destacaría «La sociedad sin clases», protagonizado por Willard Nesbit, profesor historia americana universidad Chicago y que escribe libros y artículos en Times. Alguien que la autora describe que «le resultaba muy difícil que le gustara algo con toda el alma»; alguien con «cierta petulancia intelectual»; alguien exigente y con cierto espíritu de superioridad para quien «“insistir en su propia opinión” era, a su entender, “decir la verdad”». El relato gira en torno a una cena en la que invitan a amigos y familiares y en los que los inspirados diálogos giran en torno a la política y la riqueza. Finalmente, destaco de manera clara por encima del resto «La compra», protagonizado por dos parejas en las que sus miembros masculinos son pintores y la relación que se abre entre ellos a raíz de uno de sus cuadros. Así, el relato trata sobre la relación entre un artista de edad ya avanzada y un joven artista, y la necesidad u obligación de comprarle a este un cuadro para darle empuje o valorar su iniciática carrera. Dos pintores dispares, pues «solo tenían en común cierta astucia, la sagacidad que necesitan los pobres para dedicarse a sus carreras como artistas independientes». Una compra difícil, pues tal y como se relata acertadamente en la siguiente afirmación: «No puedo hacer ninguna oferta», dijo Palmer, en tono resignado. «En un sentido, un cuadro merece, en cuanto a dinero, todo —el mundo entero—, y a la vez no vale nada».

Por todo ello, la lectura de esta recopilación de relatos me ha dejado un poco frío, pues a diferencia de «Noches insomnes», la autora no nutre y enriquece el libro de frases magistrales para enmarcar; da la sensación que lo escribió de manera automática, a velocidad de crucero sin profundizar en ello. Esto causa que no haya apenas conexión con los protagonistas y, pasados los primeros relatos, supone un lastre pues, cuando escribes pequeñas historias, si estas no son suficientemente cautivadoras argumentalmente, la manera de narrar tiene que sobresalir porque de lo contrario la lectura no te atrapa. En cualquier caso, los relatos destacados en esta reseña sí valen su lectura, por lo que se trata de un libro que, en pequeñas y seleccionadas dosis, nos pueden proporcionar agradables, sin excesos, momentos de placer lector.

También de Elizabeth Hardwick en ULAD: Noches insomnes

lunes, 16 de diciembre de 2019

ULAD adoctrina sobre el 2019: nuestros libros del año

Mirad: si este blog pretendiera ser solo leído por familiares de colaboradores ávidos de localizar ideas para regalar a la prima que lee, no nos veríamos obligados a esto. Pero hace tiempo que esto no es así. Es una verdad como un puño que la comunidad lectora global espera ver hacia dónde señalan nuestros dedos, cada año, por estas fechas. Aunque pueda darse el caso que los que aquí escribimos no acabemos de ponernos de acuerdo.

Palabra de Juan G. B. :
- Novela acojonante del año (en todos los sentidos): Mandíbula, de Mónica Ojeda.
- Novela pasmante del año: Vivir abajo de Gustavo Faverón Patriau.
- Novela chanante del año: El aliado, de Iván Repila.
- Novela gráfica más turbadora del año: Bezimena, de Nina Bunjevac
- Libro de no ficción (o sí ficción, según se mire): Thomas Quick. Cómo se hace un asesino en serie de Hannes Råstam.
- Autovivisecciones en canal: Mientras escribo, de Stephen King y Mis rincones oscuros, de James Ellroy.
- Ligeras decepciones: Traición, de Walter Mosley y La Señora Caliban, de Rachel Ingalls.
- Sorpresa agradable del año: La novela del buscador de libros, de Juan Bonilla.
- Libro que no me atreví a reseñar: Tsunami. Miradas feministas (V.V.A.A. con edición y prólogo de Marta Sanz)
- Descubrimientos del año: Mónica OjedaImogen Hermes Gowar, Gustavo Faverón.

Palabra de Koldo CF:
- No ficción (hispanoamericana): Distraídos venceremos, de Andrea Valdés
- No ficción (resto de mundo): Contra toda esperanza, de Nadiezhda Mandelstam
- Novela (hispanoamericana): El desierto y su semilla, de Jorge Baron Biza
- Novela (resto del mundo): La suerte de Omensetter, de William H. Gass
- Relatos (hispanoamericana): La furia y otros cuentos, de Silvina Ocampo
- Relatos (resto del año): Historias tardías, de Stephen Dixon
- Tocho del año: Nuestra Señora de París, de Víctor Hugo
- Relectura del año: Los siete locos, de Roberto Arlt (habrá reseña en breve)
- Peor libro con diferencia: Vox, de Nicholson Baker

Palabra de Oriol Vigil:
- Mejor novela: El lugar, de Mario Levrero
- Otras novelas destacables: La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares, La mujer de la arena, de Kôbô Abe, El gusano máximo de la vida misma, de Alberto Laiseca, El proceso, de Franz Kafka, Tango Satánico, de László Krasznahorkai
- Mejor antología: Bestiario, de Julio Cortázar
- Lo mejor en género negro: La promesa, de Friedrich Dürrenmatt
- Lo mejor en terror: Los sauces, de Algernon Blackwood, Uzumaki, de Junji Ito
- Mejor cómic: Vinland Saga, de Makoto Yukimura (aunque se desinfla un poco)
- Vicio literario del año: Canción de hielo y fuego, de George R. R. Martin (aunque también se desinfla un poco)
- Lo mejor en no ficción: La conspiración contra la especie humana, de Thomas Ligotti, El discurso vacío, de Mario Levrero, ¡Escríbelo, Kisch!, de Egon Erwin Kisch
- Libros decepcionantes: Cartero, de Charles Bukowski, Buick 8, un coche perverso, de Stephen King
- Libros aburridos: El vestido azul, de Michèle Desbordes, En el jardín del ogro, de Leila Slimani
- Autores descubiertos: Mario Levrero, Alberto Laiseca, Kôbô Abe, László Krasznahorkai
- Empacho de: Literatura nipona, fatalismo, "bildungsroman" y "pulp"

Palabra de Marc Peig:
- Libro del año: «Cárdeno adorno», de Katharina Winkler.
- Lo mejor del año (autores): Elizabeth Hardwick, Siri HustvedtIrene Solà, Tatiana Ţîbuleac
- Mejor libro de relatos del año: «No importa», de Agota Kristof
- Tochonovela del año: «Fin», de Karl Ove Knausgard
- Ensayo políticosocial del año: «Ante el dolor de los demás», de Susan Sontag, y «El ojo y la navaja», de Ingrid Guardiola
- Librodenuncia del año:  «Tú, ¡cállate!», de Laura Huerga y Blanca Busquets.
 -Autobiografía del año: «Noches insomnes», de Elizabeth Hardwick y «Los años», de Annie Ernaux
- Experimento metaliterario del año: «Novel·la», de Pol Beckmann
- Decepción del año: «Devastación», de Tom Kristensen
- Autores clásicos que ya debería haber leído y que no tardaré en ponerme a ello: Henrik Ibsen
- Autores que debo recuperar porque llevan tiempo olvidados (injustamente): Ngũgĩ wa Thiong'o, Paul Auster
- Caerán más libros de: Siri Hustvedt, Annie Ernaux, Mircea Cărtărescu, Olga Tokarczuk, Agota Kristof
- Propósitos para el 2020: más teatro, más ensayo e intentar evadirme de novedades y volver a los clásicos (veremos si lo consigo)

Palabra de Montuenga:
- Mejor clásico leído este año: Bel Ami, de Guy de Maupassant
- Mejor novela española: El novio del mundo, de Felipe Benitez Reyes
- Mejor novela extranjera: Los colores del incendio, de Pierre Lemaître
- Obra maestra polémica donde las haya: El desembarco, de Jean Raspail
- Mejor novela negra: El último barco, de Domingo Villar
- Relectura que nunca defrauda: La saga fuga de J.B., de Gonzalo Torrente Ballester
- Mejor western: Warlock, de Oakley Hall
- Mejor ensayo: La edad de la ira, de Pankaj Mishra.
- Distopía más esperada aunque algo fallida: Los testamentos, de Margaret Atwood.
- Peor novela con diferencia: Juego de mentiras, de Ruth Ware.

Palabra de Francesc Bon
- Propósitos para 2020: Conseguir que el tsundoku rebaje sus proporciones amenazadoras, o se fusione con el cajón de los cables. Salir de la zona de confort. Y plantear, quizás, si la próxima ya debería ser la última oportunidad para Pynchon.
- Mejor novela leída en el año: Por el regusto tras los meses, cualquiera de las tres de Zuckerman desencadenado, de Philip Roth
- Novedad tolerada: El colgajo, de Philippe Lançon, por cruda y por ver cómo nos transforma experimentar la violencia
- Me lo imaginaba más grande: Todos los hermosos caballos, de Cormac Mc Carthy
- Satisfyer literario: Walt Whitman ya no vive aquí de Eduardo Lago
- Toque de atención: a Michel Houellebecq, por los momentos autoparódicos en Serotonina

Palabra de Carlos Andia:
- Mejor novela en castellano: El silenciero, de Antonio Di Benedetto, y Prins, de César Aira (próxima reseña)
- Mejor novela en otros idiomas: Mapa de una ausencia, de Andrea Bajani, , y Vértigo, de W.G. Sebald
- Tocho anual (para no perder músculo, pero nada más): La muerte de Arturo, de Thomas Malory
- Una incursión en el microrrelato: Ojos de aguja (recopilación)
- Relectura del año: El unicornio, de Manuel Mujica Laínez
- Mejor ensayo: El elogio de la sombra, de Junichiro Tanizaki
- Ensayo científico: El jinete pálido, de Laura Spinney
- Mejor libro de relatos: El ídolo caído, de Graham Greene
- Mejor obra de teatro (aunque tampoco había mucho donde elegir): El cementerio de automóviles, de Fernando Arrabal
- Peligro de agotamiento inminente: Enrique Vila-Matas (Esta bruma insensata, y quizá no más)
- Decepciones: varias, puede que más de lo normal, pero para qué les vamos a dar más cancha.

lunes, 6 de julio de 2020

Deborah Levy: Cosas que no quiero saber

Idioma original: inglés
Título original: Things I Don't Want to Know
Traducción: Cruz Rodríguez Juiz
Año de publicación: 2013
Valoración: entre recomendable y está bien

Sucede en varios escritores que, cuando llegan a ciertas edades y después de una vasta carrera literaria, se aventuran a escribir sus memorias. Este es el caso del libro que nos ocupa, donde Deborah Levy, después de tratar diferentes estilos literarios que van de la poesía a la novela, de la dramaturgia a los relatos cortos, escribió este primer volumen que forma parte de un tríptico donde explora el hecho de ser mujer, como respuesta al «Por qué escribo» de George Orwell.

En esta novela autobiográfica, Levy parte de un episodio puntual del pasado en el que subiendo unas escaleras mecánicas rompía de golpe a llorar, pues le devolvían recuerdos de un pasado que no conseguía olvidar, lugares a los que no quería volver, por dolorosos y tristes, por impactantes y aflictivos. A partir de esta anécdota, Levy nos devuelve a su pasado para hablarnos de maternidad, una maternidad casi impuesta por las expectativas de una sociedad hacia a las mujeres, una maternidad que recuerda escribiendo que «ahora que nos habíamos convertido en madres todas éramos sombras de lo que fuimos, perseguidas por las mujeres que éramos antes de tener hijos». Así describe, como los sueños e ideales que crecen en la juventud, se ven arrasados por la implacable presión de la sociedad del momento, algo que me recuerda en gran parte de Annie Ernaux y su «mujer helada».

De esta manera, con afinadas disertaciones sobre la maternidad y añadiendo fragmentos o citas de libros de Marguerite Duras, Simone de Beauvoir o Julia Kristeva, Levy analiza la sociedad en clave de la maternidad, exponiendo las condiciones en las que las mujeres afrontan ese cambio y se someten (o adaptan) a la nueva vida. Un cambio de vida adoptado, y al que la autora se adapta, con cierto recelo, intentando no ver su yo anterior discrepante de ese tipo de vida, «esa joven fiera, independiente, que nos seguía por ahí, gritando y señalando con el dedo mientras empujábamos cochecitos infantiles bajo la lluvia inglesa».

Levy, también nos habla de su niñera, Zama (a quien ella llama Maria), y de su infancia en una Johannesburgo sumergida en el apartheid y en la que su padre fue detenido en su casa por luchar por conseguir la igualdad de derechos humanos, pues, tal y como afirma Maria «si no crees en el apartheid puedes acabar en prisión. Hoy tienes que ser valiente y mañana también, igual que motones de niños que tienen que ser valientes porque también se han llevado a sus padres y sus madres». Esta parte del libro, narrando su infancia, contiene más carga emocional y menos de denuncia, rememorando los recuerdos marcados por la estricta enseñanza en la escuela, el racismo existente, y la voz de Melissa, su amiga, quien «fue la primera persona que me animó a alzar la voz», alguien de quien «sabía que sus palabras tenían que ver con decir las cosas en voz alta, admitir las cosas que deseaba, estar en el mundo y no dejarme vencer por él». Son recuerdos duros, donde la política y la ideología marcaron su visión de la vida, así como también la propia vida familiar, con un padre preso durante casi cinco años por sus ideas políticas. Una etapa difícil, que les llevó a emigrar al Reino Unido, con muy poco pesar por dejar a tras una tierra de la que no guarda buenos recuerdos, afirmando incluso que «no quiero saber nada del resto de mis recuerdos de Sudáfrica. Cuando llegué al Reino Unido, lo que quería eran recuerdos nuevos».

Así enlaza la autora con la parte final del libro, donde Levy nos habla de cuando emigró a Inglaterra a los quince años y la separación de sus padres. La sensación de temporalidad, de no integrase en un país, de echar de menos detalles cotidianos de Sudáfrica que le habían pasado desapercibidas hasta que ya no constaban en su nuevo mundo, afirmando que «echaba de menos el olor de plantas cuyos nombres no recordaba, el sonido de pájaros cuyos nombres ignoraba, el murmullo de idiomas que no sabía nombrar». Y la autora, en ese terreno perdido, en esa tierra sin nombre que ocupa el espacio central de una vida que la autora no sabe dónde ubicar geográficamente, una vida sin un lugar definido donde echar raíces, que sentencia afirmando que «yo había nacido en un país y crecía en otro, pero no sabía a cuál pertenecía».

Por todo lo expuesto, vale la pena la lectura de este libro pues, aunque a pinceladas, aporta reflexiones interesantes, valientes y que probablemente interpelan a muchos lectores, a pesar de que, lamentablemente, en su conjunto no conserve esa potencia, esa denuncia que uno esperaba al leerlo y que sí contienen las frases extraídas del libro que contiene la reseña. Y puede que la causa de esta parcial recomendación (y aunque no debería ser así, pero es algo que no puede evitarse) es que, leyéndolo, uno se acuerde de Vivian Gornick o Elizabeth Hardwick en sus libros autobiográficos (o incluso Annie Ernaux, con una narración más novelada y menos fragmentada) y entonces constate una evidente distancia en impacto y calado. Pese a ello, su lectura nos abre la posibilidad de reflexionar sobre la vida, y eso es algo que siempre es interesante.