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domingo, 12 de agosto de 2018

Vivian Gornick: La mujer singular y la ciudad

Idioma original: inglés
Título original: The Odd Woman and the City 
Traducción: Raquel Vicedo
Año de publicación: 2015
Valoración: bastante recomendable

De manera similar a como hizo en «Apegos feroces», Vivian Gornick parte de su propia experiencia para trasmitirnos, no únicamente pasajes de su pasado, sino también una serie de reflexiones, perfectamente hilvanadas, sobre diversos aspectos de la vida, no únicamente de la suya, sino de los aspectos globales que, en mayor o menor medida, todos podemos observar en nuestro entorno y nuestras propias vidas.

Así, la autora despliega su inmensa capacidad narrativa partiendo del Bronx de su infancia, de aquellos recuerdos de cuando vivía en esa parte de la ciudad que suponía todo su mundo, hasta que descubrió Manhattan, un mundo nuevo, diferente, inmenso en posibilidades, y con un contraste abismal respecto "su" realidad. De esta manera inicia su viaje introspectivo al pasado, partiendo de esa edad donde todo sorprende, y sirviéndose de las excursiones que hacía desde su piso en el Bronx hacia la ciudad que era el centro del mundo: Manhattan. En el hábil estilo que acostumbra a destilar la obra de la autora, nos cuenta estos pequeños viajes haciendo un símil indicando que la única diferencia entre ella y alguien de Arkansas es que alguien de Arkansas hace el salto del inmigrante una sola vez y para siempre, mientras que ella hizo este salto, en modo de pequeñas incursiones a la ciudad, repetidas veces volviendo siempre a casa donde encontraba seguridad, aburrimiento y espera hasta que volvía a salir en busca de la gran oportunidad. Así, cada noche volvía a casa, donde esperaba que la vida empezara. Paseando por el West End soñaba con que algún día viviría allí, sería la señal que se había salido con la suya.

En este libro autobiográfico, Gornick nos habla de los temas que engloban la vida de una persona. Así, nos habla del pasado, de los hombres y la relación con ellos, de su supuesta aceptación de las relaciones desiguales y con cierta tendencia a la predisposición de quedar a la merced de ellos, sin poder objetar las condiciones de la relación. Este modelo de relación que tenía la autora, muy arraigado en su interior, cambió de forma abrupta un día en concreto, cuando la presionaron para hacer algo que no quería y, aunque no fue eso en sí lo que la cambió, sí lo fue la forma de presionarla al decirle que ella no sabía lo que quería. Este momento marcó un punto de inflexión en la autora, y comprendió que los hombres eran para ella una especie ajena (tal es así, que incluso en declaraciones recientes indica que «el feminismo avanza poco porque las mujeres duermen con el enemigo»). Este hecho marcó su vida y provocó, a partir de él, que Gornick hiciera un cambio de mentalidad en su relación con los hombres, alejándose de ese segundo plano al que las mujeres parecían ubicadas.

De esta manera, las relaciones humanas son un elemento característico en la obra de la autora y, en este caso, se sirve a menudo de las conversaciones mantenidas con su amigo Leonard, así como también de las pequeñas anécdotas cotidianas surgidas de sus paseos por la ciudad (siempre presente en el relato, siempre palpable en sus libros) y los encuentros con otras personas, para hablar sobre todo aquello que conforma la vida: el matrimonio, la relación entre hombres y mujeres, las amistades, la amabilidad entre personas en el trato cotidiano. Con su mirada crítica habitual, Gornick nos traza un camino introspectivo para cuestionar las opiniones creadas sobre las amistades y su durabilidad, sobre las relaciones sustentadas muchas veces por una atracción, de tiempo limitado, con fecha de caducidad no anunciada ni establecida de antemano, pero que existe y actúa sin posibilidad de evadirla.

Asimismo, y como no puede ser de otra manera, otro aspecto fundamental del libro es la relación de la autora con New York, que adquiere la importancia suficiente para ser tratada como un personaje más. Y es que este libro autobiográfico de Gornick también es un homenaje a la gran manzana, a la ciudad que nunca descansa, a sus ciudadanos variopintos de vidas ajetreadas y algo enloquecidas o caóticas. El reconocimiento a la disparidad de una ciudad donde el bullicio del centro y el anonimato de su gente contrasta con la vida más tranquila de los barrios más alejados como el Bronx, en los que la familiaridad se impone; nos habla también de sus paseos por Staten Island, por el East side o sus visitas al Carnegie Hall, y casi nos invita a realizarlos con ella, pues están cargados de un aire de intimidad que consigue transportarte hasta esos días, sintiendo ese mismo ambiente que tan hábilmente transmite la autora.

El resultado de esta obra es más que una mera distracción o un conjuro de reflexiones, es una lección de vida de alguien que la vive y la aprecia, que la quiere y la valora, que la observa y la disgrega para profundizar en su significado. Y, por encima de todo, es un libro para disfrutar de la calidad de la prosa de Gornick, de sus análisis interesantes y reflexiones que permanecen mucho tiempo después de haber terminado el libro.

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martes, 24 de abril de 2018

Reseña a seis manos. Vivian Gornick: Apegos feroces

Idioma original: inglés
Título original: Fierce attachments. A memoir
Traducción: Daniel Ramos Sánchez
Año de publicación: 1987
Valoración: (por estricto orden de redactado de reseña) F.B. casi imprescindible
K.C. (o algo menos)
M.P. muy recomendable


Pues si somos tres los que vamos a hablar del libro voy a tener que darlo todo en un par de párrafos. Vamos a por ello. Feminista. Pero qué necesidad hay de marcar con un término a este libro cuando cualquier término a veces implica que alguien prejuzgue o sienta rechazo o levante la ceja. Injusto del todo. Estas memorias de una escritora que no escribe ficción son merecedoras de que nadie renuncie a disfrutarlas por el caprichoso rechazo que una definición pueda generar. Gornick escribe con una contundencia y un uso de las metáforas físicas para describir sensaciones que resulta ejemplar. Muestra todas las facetas de una relación difícil con su madre y no solamente hablamos de la brecha generacional. Hablamos de un cierto bagaje humano y social, del peso no siempre fácil de llevar de las mujeres, de las mujeres judías que viven solas, sin hombres porque el destino lo quiso así, del curioso hogar compartido que pueden representar ciertos vecindarios, de los pesados vuelcos del destino (el de Nettie, personaje secundario de fuerte peso, epítome trágico del cruel camino a recorrer por culpa de una sociedad que empujaba a la renuncia a favor de una finalidad predeterminada).
Y Gornick vuelve al paseo y a esas conversaciones cíclicas pero originales, vuelve a lanzar y a recibir miradas esquivas o resignadas ante las diatribas no siempre consideradas de quien se supone que debe ser su firme apoyo en este valle de lágrimas. Dinamita cualquier sensación de moqueo sentimental y muestra las relaciones en lo complicado de su sencillez o viceversa. En algún momento he pensado si Junot Díaz o hasta Teju Cole impregnaron de aires parecidos los escenarios de sus personajes. Pero sobre todo he pensado en Lucia Berlin y ese desparpajo compartido en lidiar con la existencia mientras se piensa en cómo vivir la vida. Sensación que aún perdura. Ese es el nivel.

¡Hala! ¡Te has pasado tres pueblos! ¡Casi imprescindible! Yo lo dejaría en un recomendable alto. Vaya por delante que el libro me ha gustado; Gornick transmite verdad en su escritura y la complejidad de la vida y las relaciones en sus historias, sin caer en poses absurdas, nostalgia mal entendida o autocompasión alguna. El problema, en mi opinión, es que el libro podría haber sido otra cosa o, mejor dicho, me habría gustado más si hubiese sido otra cosa. Porque creo que el libro se puede dividir en dos partes; la primera sería la visión de la Gornick niña del mundo hoy en día desaparecido que la rodea, la segunda sería la parte de la Gornick adulta (sus relaciones amorosas, trabajo, etc).
La primera parte, esa en la que el mundo se abre a los ojos de Gornick, me parece soberbia. La certera mirada, mezcla de descubrimiento y extrañeza, de Gornick, el estilo a medio camino entre la novela de formación y el relato breve (alguna de las historias que aparece es buenísima), y el tono entre triste, melancólico y levemente humorístico del texto hacen que las páginas vuelen.
Con el cambio de perspectiva quien pasa a narrar es una Gornick adulta. El centro de la historia pasa a estar más en ella que en el exterior y la historia pierde fuelle e interés. Partiendo del hilo de su etapa de formación (porque fuimos, somos), Gornick pasa a relatar su vida, con especial hincapié en sus relaciones amorosas y la influencia que lo vivido en sus primeros años tiene sobre todo ello. Pero no me acaba de llegar, me despierta menos curiosidad y me da la impresión de leer algo ya leído. De todas formas, ya sabéis la particular relación que tengo con la "literatura del yo".
Aun así, me quedo con esa primera parte y con la impresión general de haber leído un buen libro.

¿Cómo? ¿Que tengo solo dos párrafos para mi parte? A ver como lo hago... Creo que iré al grano.
La calidad literaria de la autora es evidente; uno se da cuenta de ello leyéndola a través de las páginas, acompañándola en sus paseos con su madre, en esa sucesión de recuerdos cual álbum de fotografías, donde se percibe casi el olor de las calles de Nueva York. Y coincido, hay dos partes claramente diferenciadas, y dispares en interés. Me quedo sin lugar a dudas con la primera, una inmensa primera parte donde la autora habla de las mujeres de su vida, con su madre como figura central pero también con todas aquellas mujeres que, con sus vidas particulares, establecieron una manera de vivir que marcaron a la autora y, por encima de ellas, la ciudad, ejerciendo cual diorama, con las mujeres como actrices principales, como protagonistas, actuando como un elemento único con diferentes caras, pero con la sororidad como elemento vinculante y puente de vidas dispares. Y la relación con su madre, siempre difícil, con sus disputas constantes, sus puntos de vista en claro contraste formados a partir de múltiples pequeñas batallas cotidianas; estas disputas se convierten en elementos esenciales para entender la manera de vivir en las diferentes épocas y las situaciones que establecieron las vidas de aquellas generaciones. En este ambiente familiar, la autora se siente encerrada en su casa al ser consciente que la vida es aquello que ocurre fuera, y siente el deseo inexorable de poder exteriorizar y liberar los sentimientos, agarrándose a aquellas vías de escape que las mujeres (sobresaliendo clarísimamente Nettie) le ofrecen como grietas por donde observar la luz exterior. Una primera parte más que recomendable, casi imprescindible. 
La segunda parte es, a mi parecer, más floja; la autora nos habla de los hombres de su vida, tras varias relaciones amorosas en una búsqueda infinita de una pareja que complete su territorio sentimental, luchando por encajar en una relación que ofrezca algo más que el sexo o la comprensión. Esta parte del libro pierde algo de interés, pues entra en cierta monotonía, aunque sigue siendo recomendable.
En resumen, un buen libro con una primera parte rayando lo sublime.

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domingo, 10 de junio de 2018

Vivian Gornick: Escribir narrativa personal


Idioma original: inglés

Título original: The Situation and the Story: The Art of Personal Narrative
Año de publicación: 2001
Traducción: Víctor Pozanco
Valoración: recomendable 

Las casualidades arbitrarias por las que uno se siente atraído o repelido por determinadas lecturas (interprétese la palabra repelido de forma benévola por oposición a atraído, no caldeemos aún más los ánimos) quieren que se produzca esta ligeramente perversa conjunción: leer a Gornick en un estudio literario justificando y aportando ejemplos de ese tan polémico (por estos lares) subgénero de la literatura del yo, a la par que ligeramente chamuscado por efecto de los partidarios de cierto icono local, circunstancia que me hace sentir demasiado oportunista, tanto como para medir mucho las palabras.
Empiezo por aclarar que este libro se publica, hace años, en España en una colección que se llama Manuales de escritura. Todo correcto: la definición cuadra y de esto se trata. Gornick, una relativa desconocida a la que la publicación de Apegos feroces ha dotado de cierta relativa relevancia se lanza a una interesante disquisición sobre los mecanismos de la narrativa personal y cómo los enfoques posibles a la hora de abordarla son los que, en definitiva, la universalizan y la hacen atractiva de una forma objetiva para el lector. Es decir, explica cómo el yo del narrador se interioriza por el lector a base de exteriorizarse. Nada sencillo, desde luego, y mi valoración tiene ese matiz implícito. El libro es sumamente interesante como sucesión de ejemplos, aunque me temo que no todos sean cotejables ya que más de uno no estará traducido. Gornick teoriza, que esto, repito, es un estudio, sobre cuestiones no siempre asimilables a la primera. El establecimiento de la distancia entre el narrador y el yo narrador, la necesidad de la definición de éste, la abstracción de que éste se desnude y se materialice en un elemento que genere interés. 
Lo que resulta curioso es cómo incluso en un territorio tan dado a los conceptos recargados Gornick es "incapaz" de dejar atrás su pericia narrativa, y el texto es generoso no solo en su prosa natural y entusiasta, sino en la cita de extensos párrafos a modo de ejemplo, cuestión que es un valor añadido en forma de profundo placer. Muy variados los ejemplos, muy ilustrativos y muy proclives a la búsqueda y a la indagación, pura metadona para paliar el síndrome de abstinencia, sí, ese justamente que provocan tantos (pero dije que no quería caldear los ánimos) nuevos narradores y escritorazos que piensan que acudiendo a la pornografía emocional más binaria (te quiero/te odio, hoy te echo mucho de menos/mañana más aún, hoy estoy triste/mañana eufórico) uno consigue algo más que seducir a las masas aborregadas. Por favor, más Gornick, ya.

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martes, 15 de febrero de 2022

Vivian Gornick: Cuentas pendientes

Idioma original: inglés
Título original: Unfinished business
Traducción: Martí Sales (edición en catalán) y Julia Osuna Aguilar (edición en castellano)
Año de publicación: 2020
Valoración: entre está bien y recomendable

A aquellos a los que nos gusta leer y que llevamos décadas haciéndolo, siempre nos asalta la duda sobre si vale la pena volver a esos libros que nos fascinaron, que nos dejaron una huella imborrable, aquellos que por su argumento, pero diría que especialmente por su estilo, ocupan un lugar destacadísimo en nuestra memoria. Y la duda respecto a si volver a ellos no reside únicamente en si vale la pena dedicar nuestro valioso tiempo a leer un libro ya leído en lugar de dedicarlo a un libro por descubrir, sino especialmente, o al menos en mi caso, la duda está en qué pasaría si leyera de nuevo ese libro en concreto. ¿Me gustaría de igual modo? ¿Encontraría de nuevo en él todo aquello que me cautivó? O, por el contrario, ¿me decepcionaría? Esto mismo es lo que Vivian Gornick trata en esta recopilación de ensayos.

En esta recopilación de ensayos literarios (y pongo especial énfasis en lo de “literarios”), la autora estadounidense aborda precisamente el tema de las relecturas, ofreciéndonos una reflexión sobre cómo los libros impactan de diferente manera según nuestro momento vital, nuestra madurez o nuestro estado de ánimo. Y, para ello, nos ubica de manera muy resumida en su infancia, afirmando que «crecí en una ruidosa casa de izquierdas donde Karl Marx y la clase obrera internacional eran dogmas de fe: el sentimiento de injusticia social se daba por hecho». También nos cuenta sus primeras incursiones en el mundo periodístico a través de The Village Voice y cómo a raíz de tener que escribir un artículo sobre el feminismo se dio cuenta de que ella lo era. Y, ese trayecto vital coincidió, como no podía ser de otro modo, con un recorrido lector, y en esta recopilación hace una parada para examinar y comentar esos libros que, de un modo u otro, le causaron un impacto, no una única vez, sino que se lo causaron en sus diferentes lecturas porque como gran lectora, ensayística, crítica literaria y periodista que es, afirma justo al inicio del libro que «como la mayoría de lectores, a veces pienso que nací leyendo» y confirma su pasión por la literatura al afirmar que en la introducción que «el mundo continua desapareciendo cuando leo y no dejo de maravillarme» y, como buena lectora, no le cuesta empatizar con sus propios lectores como demuestra libro tras libro manteniendo un firme propósito: «cuando escribo aún espero poner los lectores detrás de mis ojos, que vivan el tema tal y como yo lo viví, que lo sientan tan visceralmente como lo sentí yo».

De esta manera, y haciendo un repaso a las lecturas que más la marcaron, Gornick nos habla en primer lugar de «Sons and lovers», de D. H. Lawrence, la primera novela de aprendizaje que leyó y nos cuenta cómo y por qué le impactó, no en una sino en las diferentes ocasiones en las que leyó el libro. Esta ‘lectura’ es interesante, pero vemos ya en ese primer capítulo el principal punto débil de esta obra: la autora utiliza las casi veinte páginas de este primer ensayo para explicar el libro y las diferentes lecturas del mismo que hizo a lo largo del tiempo con sus diferentes interpretaciones según el momento vital en el que lo leía, pero lo hace de un modo demasiado exhaustivo, contándonos todo el libro y eso es algo que puede tener cierto interés si uno ha leído el libro pero en caso contrario no es algo que aporte demasiado a la lectura aparte de un conjunto de spoilers, explicar toda la trama argumental de principio a fin y añadir unas cuantas citas o incluso párrafos del libro en cuestión.

Ya en el segundo ensayo continua con Colette, de la que afirma que «en su obra, nos podíamos ver no tal y cómo éramos, sino tal y cómo probablemente seríamos», pues «parecía que supiera todo lo que le pasaba por dentro a una mujer ‘bajo presión’». Tras Colette, la autora sigue con su análisis más próximo a la crítica literaria con Marguerite Duras y «El amante» y sigue con Elizabeth Bowen, Delmore Schwartz y Yehoshua donde aprovecha para narrar lo que supone ser judío en Estados Unidos, afirmando que «la mía fue la última generación de criaturas nacidas en Estados Unidos hijas de los judíos europeos que llegaron a este país a finales del siglo XIX. En gran parte, quedamos marcados de por vida en la experiencia angustiante de nuestros padres de vivir en la periferia, colectivamente hablando; empezamos temprano a dejar un testimonio literario de qué quería decir ser judío en los Estados Unidos». La autora se percata de que «últimamente, me he encontrado pensando en este corpus de obras escritas por norteamericanos para los cuales ser judío era central». Asimismo, se confiesa al afirmar que su visión de judía estadounidense le chocó enormemente con la realidad existente en Israel, pues tras su visita a ese país finales de los 70, afirma que «por más que lo intentara, durante los meses en los que viví en Israel, mediante cualquiera de los rasgos identitarios que tenía a mano (judía, mujer y norteamericana), no fui capaz de conectar. Como hija de judíos seglares que hablaban yidis, la lengua hebrea me decía lo mismo que cualquier otra lengua extranjera; como mujer, retrocedí al encontrarme un país aún más machista que el mío; como producto del individualismo de los Estados Unidos, no podía superar el espantoso tribalismo de su cultura».

De igual manera, nos habla también de feminismo al hablarnos de Elizabeth Stanton, quién fue presidenta de La Asociación norteamericana de Mujeres Sufragistas y de cómo conectó profundamente con su obra «The Solitude of Self», pues «ningún libro judío norteamericano había retratado con tanta precisión mi interior, atrapado entre la naturaleza y la historia». Nos habla también de Natalia Ginzburg de quien afirma que, «leyéndola, como he hecho repetidamente a lo largo de muchos años, experimento la euforia de cuando te recuerdan intelectualmente que eres un ser sensible» y nos revela que la propia Ginzburg descubre que «el truco era prestar mucha atención a la propia experiencia y después encontrar la manera de hacer que la escritura se acomode a ella». Su conexión con la autora italiana era tal que parecía que «sus escritos le hablaran directamente. A la larga, parecía que los hubiera escrito para mí». Finalizando los ensayos con las figuras de J. L. Carr y Pat Barker, nos habla también de la predisposición del lector hacia un libro y cómo está condiciona irremediablemente la valoración y el disfrute de su lectura, y de Doris Lessing (y su relación con los gatos) o Thomas Hardy y su libro «Jude». Ya hacia el final del libro, Gornick nos cuenta cómo se encuentra con un libro que leyó y subrayó hace tiempo y cómo aquello que destacó antes no le parecía tan importante y sí en cambio otras frases del libro; esto la sorprende hasta el punto de que lo relee de nuevo siendo consciente que, quizá en una tercera lectura más adelante, encontrará otras partes interesantes a las que ahora mismo no le aportan o impactan en exceso. 

De esta manera, en este recopilatorio de ensayos, Gornick nos narra cómo esas lecturas la impactaron, cómo se identificaba con algunas escenas, pasajes y pensamientos. Por ello, en este libro, más cercano a una recopilación de reseñas o crítica literaria que a un ensayo reflexivo sobre ella o sobre la sociedad, Gornick parece destinarlo a aquellos que en algún momento de su vida se han interesado por esas mismas lecturas que la autora analiza y desgrana, pero que no contará con gran interés por parte de aquellos que no los han leído o que la temática que tratan no se encontrarían entre sus preferencias lectoras. Es posible que mi valoración del libro nos sea mejor debido a las expectativas que tenía sobre él, más cercanas a una especie de Bildungsroman literario donde la autora nos deleitara (como de costumbre) acerca de reflexiones sobre su vida y evolución, que no al análisis de las propias obras. Esperaba de esta lectura que Gornick nos explicará su vida lectora (algo parecido a lo que hicimos en una de nuestras semanas temáticas) ligada a su evolución vital, pero se centra en exceso (según mi opinión) en desgranar las propias obras expuestas y su argumento.

En cualquier caso, la lectura del libro sirve para constatar que «la experiencia del arte solo se produce en el encuentro entre el espectador y el objeto artístico» tal y como afirma Hustvedt en «La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres», y esta experiencia es diferente cada vez, pues el espectador cambia con el paso del tiempo y con ello su visión del mundo. Por ello, parafraseando a Heráclito, quien afirmó que «no nos podemos bañar dos veces en el mismo río» porque las aguas siempre son otras, yo afirmaría que no podemos leer dos veces el mismo libro, puesto que, aunque el texto siempre es el mismo, nosotros cambiamos con el paso del tiempo por lo que nuestra lectura será diferente a cada vez que lo intentemos. Y es bonito que así sea, porque significa que evolucionamos y que siempre podremos sorprendernos con los libros, aunque ya los hayamos leído.

jueves, 19 de marzo de 2020

Vivian Gornick: Mirarse de frente

Idioma original: inglés
Título original: Approaching eye level
Traducción: Julia Osuna Aguilar (ed. en castellano) y Martí Sales (ed. en catalán)
Año de publicación: 1996
Valoración: recomendable

En esta colección de ensayos publicados en los años noventa por la autora neoyorkina, Gornick vuelve a demostrar su calidad para reflejar con precisión la situación personal y el estado de ánimo de una sociedad que cambiaba y avanzaba en diferentes aspectos hacia un progreso que no siempre acabó de llegar.

Así, en este volumen recopilatorio que contiene siete ensayos de corta duración, la autora trata diferentes temas que siguen siendo interesantes y vigentes a día de hoy, unas décadas más tarde, y es que, en el fondo, a pesar de que la sociedad cambia de mentalidades y costumbres, aquello que nos inquieta, pero también aquello que nos conmueve, permanece inamovible al paso del tiempo.

De esta manera, la autora trata diferentes temas y empieza, como no podría ser de otra manera, abriendo el libro con un primer ensayo donde nos habla del feminismo, en esa segunda ola de los inicios de los años setenta, afirmando que «vivir esa revolución cuando empezaba, a principios de los setenta, era una maravilla. Ningún "te quiero" le llegaba a la suela de los zapatos. No había ningún otro lugar donde estar, excepto con las demás. En esa época, todas nosotras vivíamos en el abrazo libre del feminismo». Con esas pocas frases, Gornick refleja un estado de ánimo colectivo, femenino, de sororidad y compañía, de empoderamiento y vitalidad, de crecimiento personal y profesional, al margen de los hombres, centrándose en una misma.

En el segundo de los ensayos, la autora nos narra sus primeras experiencias laborales trabajando de camarera, transmitiendo a la perfección aquellos titubeos propios de los primeros trabajos y es, a su vez, una gran exposición de la diferencia de clases que existe en la sociedad, visto desde sus ojos inexpertos hacia el pequeño mundo que es un hotel, pero en el que se mezclan e interactúan diferentes estamentos sociales. Bajo esa mirada joven de la autora, el trabajo, el compañerismo, los clientes y trabajadores sirven como telón de fondo para tratar las pasiones, deseos, conformidad y anhelos de aquellos que, encerrados en sus rutinarias vidas, buscan una salida que les ayude a evadirse de tal monotonía.

En el tercer ensayo, nos habla de la admiración, de la necesidad de sentirse entendida, del magnetismo que poseen ciertas personas para estimular y atraer aquellos que se les acercan por curiosidad o interés. Y la decepción y el aterrizaje a una realidad cuando se ve que era un simple espejismo, un terreno vacío en el que volcar nuestras propias inseguridades.

En el cuarto ensayo, la autora nos habla de la comunicación y la conversación como ingrediente de la compañía. La necesidad de sentirse integrado y entendido, el enriquecimiento que surge de la conversación cuando es entre iguales de nivel, pero especialmente de carácter, y el aislamiento de cuando esto no ocurre y las conversaciones se mueven en terrenos pantanosos y expresiones proclamadas que pisan campos de minas, sin saber de antemano qué expresión hará estallar la conversación. Y la autora nos narra la soledad que experimentamos cuando no encajamos en un mundo, por exceso de familiaridad o por defecto, por carencias afectivas propias, pero también ajenas, por no comprendernos ni empatizar con quien tenemos delante.

En el quinto ensayo, vuelve con fuerza la Gornick que analiza con precisión los sentimientos en las relaciones de pareja, el enamoramiento, pero también el distanciamiento mental, no siempre acompañado del físico. Un empecinamiento a sacar adelante una relación en la que ambos no desean estar a excepción de si es útil para evitar una soledad que les aterra. «La obsesión para evitarnos a nosotros mismos se volvió degradante. Ahora nuestro enemigo eran nuestras propias emociones.»

En el sexto ensayo, Gornick nos habla sobre la costumbre tan bonita y tan olvidada de escribirse cartas, no únicamente entre amantes sino entre amigos. El placer de recibirla y abrirla con deseo, el tiempo tomado en asimilar lo dicho y escribir la respuesta. «Escribir una carta es estar solo con mis pensamientos en la presencia conjurada de otra persona.»

En el último ensayo, Gornick nos devuelve a las narraciones de Nueva York, de las conexiones temporales y fortuitas de las que uno es objeto al vivir en la ciudad. Así, recuperando a su amigo Leonard en algún fragmento (como ya hizo en «La mujer singular y la ciudad»), nos narra escenas cotidianas, situaciones que podrían ser propias de un film de Woody Allen, momentos puntuales que generan emociones por el solo hecho de ser testigo de ellas. Porque todas las escenas conforman la ciudad, y la dan una vida propia, actuando como un organismo vital y dinámico.

Las diferentes situaciones narradas en esta obra conforman un paisaje que, aunque perteneciente a otra época, pues varios de ellos son recuerdos de hace tiempo, es perfectamente reconocible a través de sus personajes y las reflexiones de la autora. Algo parecido a cómo estas memorias escritas hace más de veinte años cobran vida de nuevo y nos impregnan y despiertan sensaciones que interiorizamos hasta darles vida a ellas a través de nuestros propios pensamientos. Y es por ello que siempre hay que leer a Gornick, porque a pesar de que el texto sea antiguo, parece entendernos más que muchos de los coetáneos con los que compartimos nuestras actuales vivencias.

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miércoles, 14 de abril de 2021

Rebecca Solnit: Recuerdos de mi inexistencia

Idioma original: inglés
Título original: Recollections of My Non-existence
Traducción: Antonia Martín Martín (trad. en castellano) / Josep Alemany (trad. en catalán)
Año de publicación: 2020
Valoración: recomendable

Hay títulos sugerentes que nos despiertan curiosidad lectora y cuando esos títulos corresponden a libros escritos por una de las que considero mejores activistas en el mundo literario (entendiendo como “mejores” aquellas que saben trasladar mejor sus ideas del campo conceptual al literario) la necesidad y premura en leerlos es inevitable.

Rebecca Solnit ha dejado una huella indiscutible de su talento en diferentes ámbitos: el de la introspección con «Una guía sobre el arte de perderse», el de la lucha por los derechos civiles en «Esperanza en la oscuridad», el de la maternidad en «La madre de todas las preguntas» y, de manera transversal y destacada, en el feminismo con el ensayo «Los hombres me explican cosas» en el que inventó y acuñó el conocido término mansplaining. Así pues, su carta de presentación es notoria y, ¿cómo encaja en ello un libro titulado «Recuerdos de mi inexistencia» que apuntaría a una cierta invisibilidad en el mundo? Pues ya de manera clara la autora da la respuesta, pues en medio de la constante lucha por los derechos de las mujeres, reconoce que, tiempo atrás, «me convertí en una experta en el arte de desaparecer (…) de escabullirme de las situaciones angustiosas, evitar abrazos, besos y apretones de manos no deseados (…) Una experta en el arte de la inexistencia, pues la existencia era muy peligrosa». Porque así es como tantas mujeres han tenido que navegar en un mundo en el que se sentían deseadas a la vez que excluidas, en el que sus voluntades o ambiciones eran consideradas algo secundario.

En este libro de memorias (que no autobiografía), la autora inicia un trayecto que parte desde los inicios de su madurez con la edad de diecinueve años y todo un futuro por delante, en «la fase inicial del proceso de saber qué quería ser y como llegar a conseguirlo»; una mujer de la que afirma, en la actualidad y con tono nostálgico, que «veo aquella mujer joven delgaducha e inquieta como alguien a la que conocí íntimamente y que me hubiera gustado ayudar más, alguien por quién siento la misma simpatía que por las mujeres de su edad que ahora conozco», en una reflexión que recuerda mucho, por su tono, a Siri Hustvedt en «Recuerdos del futuro». Porque es en el tránsito hacia la edad adulta y en la edad en la que abandonas la adolescencia cuando nos percatamos que «una vez independizados, somos inmigrantes acabados de llegar al país de los adultos».

A lo largo de la narración, hay pasajes que nos recuerdan claramente a la literatura de Vivian Gornick (cambiando la ciudad de Nueva York por la San Francisco), con barrios llenos de comunidades de distintos orígenes étnicos; nos habla de sus vecinos procedentes de Oklahoma y Georgia, de su casero, del jazz. Ella es una chica blanca en un barrio negro, pero en el que se reconoce entre ellos. A diferencia de Gornick, Solnit es más descriptiva que emocional, transmite y narra el ambiente del barrio, pero desde cierta distancia para observarlo y retratarlo, sin la pasión y los sentimientos que volcaba Gornick hacia su Nueva York. Y, en ese retrato, la autora narra la transformación de la ciudad, como en un lavado de cara donde se elimina su personalidad y se deja todo nuevo, reluciente, pero terriblemente más insípido por la aparición de pizzerías de lujo, barras de sushi y cadenas de tiendas. Un cambio rápido, atropellado, excesivo, que la lleva a afirmar que «descubrí que para ver los cambios hay que ser más lento que ellos». Así, la lectura de Solnit nos recuerda claramente a Gornick en algunos pasajes, afirmando que «en los años ochenta, la ciudad fue mi mejor maestra» y da la sensación de que Solnit necesita espacio, tomar distancia y un entorno salvaje y abierto (que retrata afirmando que «en los entornos salvajes alrededor de San Francisco (…) encontraba revelaciones y la sensación de libertad»), mientras que Gornick necesita la proximidad con sus semejantes para narrar a partir de ellos. Solnit narra a partir de ella misma como observadora, Gornick narra desde dentro.

En gran parte de estas memorias, la autora nos ubica en su apartamento en el que vivió durante veinticinco años, escribiendo desde el mismo escritorio con el que empezó (y que sigue utilizando) y que recuerda con gran ternura, pues fue el regalo de una amiga a la que un año antes su exnovio había apuñalado quince veces hasta casi matarla (y, cómo en ocasiones ocurre, se la culpó a ella de lo sucedido y él no tuvo que afrontar consecuencias jurídicas). Por ello, afirma Solnit que «alguien intentó silenciarla. Y ella me regaló un trampolín para hacer oír mi voz. Ahora me pregunto si con mis escritos he querido hacer de contrapeso a aquel intento de reducir una mujer joven a la nada» porque «a pesar de que no te mataran, mataban algo dentro de tu interior: el sentimiento de libertad, igualdad y confianza en ti misma». Así, Solnit vincula ideología con su propia vida, con su experiencia y la de otras mujeres, pues «todos mis textos tienen su origen, en el sentido literal de la palabra, en este escritorio».

De esta manera, nos narra sus primeros pasos como escritora una vez licenciada a los veinte años, mientras trabajaba como recepcionista en un pequeño hotel en el distrito de Castro (San Francisco), un trabajo que le dejaba tiempo para leer, pero con el que constató que, a pesar de que había leído mucho, no sabía escribir libros; el curso de postgrado en periodismo en la UC de Berkeley le despertó el deseo de ser escritora cultural, ensayista, pues el hecho de conocer la obra de otros artistas de diferentes vertientes del arte le dio el empuje, a través de su obra, determinación y personalidad, para adquirir la confianza necesaria en dejar de considerarse crítica y periodista y convertirse, finalmente, en escritora. «Al ver que me consideraban escritora, tuve la idea liberadora de que todo era posible» a pesar de la dificultad que tuvo para publicar libros en sus inicios como escritora por el simple hecho de ser mujer y joven, algo que la llevó al ninguneo del que fue víctima por parte incluso de sus propios editores y que la autora recuerda, con pesar, que «leía mis libros en público, pero no conseguía que mi editor me escuchase».

Como no puede ser de otra manera, su activismo feminista también está presente a lo largo del libro, denunciando el deseo del hombre en someter a las mujeres como ejercicio y demostración de poder, en una sociedad que consideraba como casos aislados los crímenes violentos a los que eran sometidas, en una época en que ese deseo del hombre asociado a la violencia contra las mujeres era una constante en los filmes de Hitchcock, Brian de Palma, David Lynch o Tarantino. Unos crímenes y un peligro constante que la llevan a ser consciente de la gran inseguridad con la que vivía por el hecho de ser mujer; la omnipresencia de la violencia, el hecho de «recordarme que no seré nunca libre del todo». Solnit también extiende su denuncia a la violencia homófoba pues, en el fondo, denota también misoginia; citando a James Finn afirma que «cuando los homófobos se burlan de los gais, casi siempre lo hacen comparándolos de una manera desfavorable con las mujeres», pues «para ellos, ser penetrado es sinónimo de ser conquistado, invadido, humillado». «Eso significa que algunos hombres heterosexuales (…) imaginan que las relaciones sexuales con las mujeres son punitivas, agresivas, hostiles, un acto que realza la categoría del hombre y rebaja la de la mujer».

Solnit narra la soledad de la que son víctimas las mujeres, pues es difícil encontrar quien pueda creerse sus versiones, su verdad: «mis palabras habían fracasado una vez más. Fracasaban continuamente» y, de manera apesadumbrada y triste se cuestiona que «cuando no posees ni el cuerpo ni la verdad, ¿qué te queda?». Y, en esa mirada en claro desequilibrio según quien la aplica, Solnit cita a Du Bois y la «doble conciencia, la sensación de mirarse siempre a uno mismo a través de los ojos de los demás» porque «las mujeres dependemos de los hombres y de lo que piensan de nosotros, ellos nos enseñan a mirarnos constantemente al espejo para saber qué aspecto les ofrecemos» y eso es algo que se traslada también a los libros, pues «cuando abría un libro me encontraba un hombre que miraba a las mujeres» (tal y como apunta Hustvedt en su libro «La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres»). Unos libros que aparecen también en el relato continuamente, constatando su amor por ellos afirmando que «los libros leídos nos entran en la memoria y forman parte de los materiales de la imaginación» y aseverando con rotundidad (y algo en lo que me puedo identificar claramente) que «todavía entro en una librería o una biblioteca convencida de que estoy en el umbral de lo que más necesito y deseo».

Por todo ello, el libro que ha escrito Solnit es una interesante lectura para ver la trayectoria profesional pero especialmente vital que ha llevado a la autora a ser considerada una de las grandes ensayistas actuales. Este es el principal atractivo de un ensayo que tiene como aspecto menos logrado un excesivo detalle en algunos episodios puntuales y una visión excesivamente desapasionada y casi distante. Noto en la narración una falta de voluntad en buscar complicidades con el lector, en narrar sin un sentido marcado de proximidad, como sí podemos ver en Gornick, Hardwick, Hustvedt o incluso Ernaux. Bien es posible que se deba a que Solnit es puramente ensayista y trata principalmente hechos y reflexiones más que historias, pero, en cualquier caso, el libro es recomendable, pues sus reflexiones destacan por su lucidez y certero análisis sobre el mundo que la rodeó que es también el nuestro (y especialmente, el de las mujeres).

Dice Solnit que «me gustaría que las mujeres que han venido después de mi puedan evitar algunos viejos obstáculos. Con una parte de mis escritos he querido contribuir a conseguirlo; al menos, menciono los obstáculos». No cabe duda de que con sus ensayos lo ha conseguido y que este libro es de los que deja muchísimas reflexiones para, no únicamente concienciarnos de la realidad, sino también para contribuir con nuestros actos a eliminarlos de nuestro mundo.

miércoles, 8 de junio de 2022

Dorothy Gallagher: De cómo recibí mi herencia


Idioma original:
Inglés
Título original: How I came into my inheritance
Traducción: Regina López Muñoz
Año de publicación: 2001
Valoración: Esta muy bien

"De cómo recibí mi herencia" es un conjunto de 14 textos en los que Dorothy Gallagher hace un recorrido por la historia familiar y personal, pero siempre (o casi siempre) engarzada en la Historia con mayúsculas: desde un pueblecito de la actual Ucrania hasta el Lower East Side o el Bronx, desde comienzos del siglo XX hasta los años 80-90 pasando por la gran hambruna de 1932, desde lo particular a lo general y viceversa.

Hay una frase en la página 12 del libro que creo que resume bastante bien el tratamiento que Gallagher da a los diferentes textos:  
No fue fácil detectar el momento en que mi padre empezó a perder la chaveta, porque siempre había sido un hijoputa más terco que una mula, como él mismo decía de cualquiera que tuviese una opinión ligeramente distinta a la suya.

Ahí se concentran las que para mi son las dos claves fundamentales: el tono y la distancia. Ambas son manejadas a la perfección por la autora y con ello consigue que este texto autobiográfico se aleje del puro ejercicio masturbatorio sin especial interés para el lector.

Así, el humor ácido y mordaz y la desmitificación de la historia familiar son las bases sobre las que se construyen unos textos en los que se entrelazan vida y muerte, en los que se mezclan historias iniciáticas con historias de madurez, en los que se (con)funden diferentes generaciones, en los que conviven historias perfectamente identificables para un lector "actual" con otras de una lejanía temporal y espacial inimaginable.

Cuentan por ahí otras reseñas que una de las referencia más próximas a Gallagher puede ser Vivian Gornick. Sí, puede ser, pero Gallagher tiene un puntito "cabrón" y divertido que Gornick no tiene. De hecho, me parece mejor libro "De cómo recibí mi herencia" que "Apegos feroces". 

E igual es cosa mía pero ciertos textos de Gallagher me han recordado más a esas películas de Woody Allen (Días de radio) en las que rememora su infancia / adolescencia y en los que una galería de familiares "estrafalarios" muestran a la perfección la distancia sociocultural entre su país de adopción y su país de origen y el salto generacional de padres a hijos.

No importa. Esto de las referencias es más para "ubicar al libro y a la autora" que para otra cosa. Quedémonos con que "De cómo recibí mi herencia" es, por sí solo y sin entrar en comparaciones, un muy buen libro. Una magnífica recuperación.

miércoles, 11 de septiembre de 2019

Mary McCarthy: El oasis

Idioma original: inglés
Título original: The Oasis
Año de publicación: 1949
Valoración: Interesante



Cautivadora personalidad la de esta escritora, conocida en España sobre todo por El grupo, una espléndida novela de madurez, muy aclamada en su época, cuya comparación con la que comentamos vendría a confirmar la teoría de que todo escritor se limita a repetir una y otra vez el mismo libro. Con esto no estoy afirmando que El grupo y El oasis se parezcan, al menos no a primera vista. Sus diferencias son notables: esta es una novelita corta escrita en sus comienzos con cierto aire de ensayo, en la que esboza más que narra. Pero en ella señala ya sus objetivos literarios y muestra la fina ironía y capacidad de observación que siempre la han caracterizado, así como la inclusión de elementos autobiográficos y una marcada tendencia a la crítica. Ambas son, además, novelas corales en las que la sátira social es su principal ingrediente. En este caso, además, los personajes son conocidos y reconocibles, de forma que podemos incluirla en el subgénero conocido como roman à clef (o novela en clave), y si el paso del tiempo ha desactivado este elemento, para sus contemporáneos supuso un buen motivo de diversión y para los que sirvieron de modelo a los personajes un considerable berrinche.
Esto y mucho más nos lo cuenta Vivian Gornick en un prólogo tan documentado como sentido. McCarthy fue para ella uno de los referentes en su primera juventud, la que hablaba claro de un sinfín de asuntos sobre los que no era fácil informarse a esa edad, era la hermana mayor con la que su generación podía identificarse, pues tanto los asuntos como la forma de enfocarlos sintonizaban muy bien con sus inquietudes. Acto seguido nos informa de la vida y milagros de la escritora y acaba explicando lo que supuso El oasis para los lectores y para el propio entorno de esta.
Un ambiente muy particular, integrado por profesionales y activos del mundo intelectual. Sin tener el gusto de conocer a los originales y sabiendo que sus copias (es decir, los personajes) han sentido, cada uno a su manera, la llamada del inconformismo, podemos deducir que –con una sola excepción que se presenta aquí como Joe y que es un hombre de negocios que no desea disimularlo– se trata de un grupo de snobs a quienes no les falta de nada y que disfrutan sintiéndose idealistas. De esto se deduce, por un lado, que las contradicciones entre lo que cada uno es y lo que cree que es no tardarán mucho en manifestarse, por otro, que las diferencias entre ellos saldrán a la luz al primer atisbo de conflicto. Y es que McCarthy nos muestra un grupo cerrado –si añadimos que su nombre es Utopía ya sabemos a qué atenernos– que aspira a extenderse todo lo posible con el fin de poner en práctica sus ideales pacifistas, colectivistas y de unión con la naturaleza. El aspecto práctico se les da de maravilla: todo funciona como un reloj. No así la forma de ver el mundo y, por tanto, de reaccionar ante imponderables. Porque, no lo olvidemos, por mucho que se empeñen es gente de la buena sociedad de Nueva York. Y el misticismo hippie de los 60 tardaría aún en llegar. A todo esto, como podemos imaginar, el grupo no es homogéneo, pero se puede subdividir en dos bandos: los puristas, que intentan demostrar la viabilidad del proyecto, y los realistas, cuyo objetivo es justo el contrario aunque se integran bastante bien en el conjunto para sorpresa, incluso, de ellos mismos. A mí me parecen incomparablemente más sinceros los segundos. En realidad, veremos lo que McCarthy quiere que veamos, y lo muestra resaltando las contradicciones en que van incurriendo. Claro, por eso se trata de una sátira. Y muy divertida, por cierto.

El pacifismo todavía no se consideraba un delito, siempre y cuando el pacifista en cuestión tuviera la edad requerida para llevar armas o alguna discapacidad física. La Administración hacía todo lo que estaba en su mano para preservar los vestigios de las libertades civiles (necesitaba desesperadamente objetivos bélicos) y podía hacer gala de su tolerancia hacia Utopía con patriótica complacencia”.

La actividad que declaran ante las autoridades es, naturalmente, la agricultura. Aunque, y vuelve a asomar el sarcasmo de la autora, “de hecho, todos eran bastante «innecesarios»”. Atentos, también, a la cantidad de enseres que consideran imprescindibles para llevar una vida primitiva: camiones enteros con todas las comodidades y refinamientos posibles.
Otro de los temas recurrentes en las novelas de la escritora son los avances técnicos, espectaculares en su época, así como los cambios de mentalidad y las resistencias que generan. Sin olvidar los enormes terremotos políticos, fruto de decisiones que se tomaron sin contar con nadie pero que acabaron afectando a todos. Ninguna de estas cuestiones es ajena al momento actual, y me encantaría escuchar lo que, de estar viva, tendría que decir ahora mismo.
En cualquier caso, una obra a medio camino entre ensayo y novela, profunda pero amena, y que –por eso mismo– no puede gustar a todos; pero que encantará a quien conecte con ella y a ninguno dejará indiferente. Y, como cada vez que un autor se mete en un berenjenal considerable, me preguntaba mientras la estaba leyendo, ¿cómo conseguirá rematarla sin estropear el efecto creado en el lector? Pues de maravilla, créanme. En mi opinión, mejor imposible.

Traducción: Raquel Vicedo

domingo, 10 de abril de 2022

Jo Ann Beard: Los chicos de mi juventud

Idioma original: Inglés
Título original: The boys of my youth
Año de publicación: 1998
Traducción: Raquel Vicedo
Valoración: Muy recomendable

Una docena de textos de fuerte carga autobiográfica en los que se mezclan el relato "puro", la crónica o el diario personal constituyen este "Los chicos de mi juventud" de la norteamericana Jo Ann Beard. Volvemos, por tanto, a hablar de autoficción y quienes nos leéis con asiduidad ya conocéis mis reparos hacia este tipo de textos. Hay excepciones, obviamente, pero siempre ligadas a la capacidad de proyectarse del yo al nosotros. Una de ellas, y esto no es más que una referencia que pueda servir de ayuda, es la magnífica primera parte de "Apegos feroces" de Vivian Gornick, con quien "Los chicos de mi juventud" guarda ciertas semejanzas.

En el caso de Beard, los doce textos que componen el volumen recorren la infancia, juventud y madurez de la autora y las diferentes relaciones (o más bien cómo evolucionan esas relaciones a lo largo del tiempo) que se establecen con padres, hermanas, amigas, parejas y demás familia. Además de la ya mencionada proyección "hacia afuera", tres son las palabras clave que soportan el volumen y hacen de él algo muy recomendable: delicadeza, belleza y distancia. La acertada combinación de esos tres factores hace que los textos posean una triste belleza melancólica sin caer en la tan manoseada nostalgia.

A veces son los recuerdos de infancia, como en "Vacaciones en familia", "Bonanza", "Detrás de la mosquitera" o en los magníficos y amargos "Intimidación parental" y "La hora familiar", la base para ofrecer una mirada diferente a la cotidianeidad del mundo adulto.

Nunca me di cuenta de lo que pasaba a mi alrededor, aunque estuviera escrito en sangre

En otras ocasiones, como en "Primas" o "Los chicos de mi juventud" es la adolescencia o la juventud el marco elegido para construir relatos de carácter más iniciático.

Soy demasiado grande para sentarme en el regazo de nadie, se me han dormido las piernas y ahora tengo a un abuelo en el corazón

Por último, la madurez (pongamos de los 25-30 en adelante) es el momento vital en el que se sitúan "Coyotes", "El cuarto estado de la materia" y "La espera" (para mi los mejores textos del conjunto), en los que vida y muerte se entrelazan para ofrecernos los más sobrecogedores momentos.

- ¿Qué haces aquí? No hay nada que hacer - dice.
- Esconderme de mi vida, ¿qué quieres que haga? - replico.

Pero lo indicado en párrafos anteriores es solo una generalización porque si algo tienen las historias de Beard son diferentes capas, temporales o no, que corren en paralelo o se unen para dar a los textos mayor complejidad y profundidad. Así, por ejemplo, en "Primas" dos generaciones diferentes son las protagonistas del relato, en "Coyotes" son una pareja y el paisaje que la rodea quienes conviven en el texto, en "El cuarto estado de la materia" son la cotidianeidad y la excepcionalidad, la casa y el trabajo, los ejes por los que transcurre la historia, o en "La espera" es la muerte el hilo que nos lleva al pasado y a la revisión de la relación maternofilial. Ya digo que el manejo de estas dualidades me parece acertadísimo.

Todo esto para conformar un libro que crece a medida que avanzan las páginas y nos deja algunos textos que quedarán fijados, gracias a su belleza terrible y desoladora, en nuestra memoria.


También de Jo Ann Beard en ULAD: Días de fiesta

domingo, 2 de octubre de 2022

Elizabeth Hardwick: Historias de Nueva York

Idioma original: inglés
Título original: The New York Stories
Traducción: .Rebeca García Nieto para Navona
Año de publicación: 2010, 2022
Valoración: está bien


Hay ocasiones en los que un autor te sorprende y te impacta ya en la primera lectura de una de sus obras. Y ansías la publicación de más títulos esperando encontrar aquel mismo estilo, aquel mismo impacto, aquella misma sensación de territorio conocido y satisfactorio. Pero hay ocasiones en las que no sucede, en los que uno abre un libro del mismo autor esperando encontrar esa misma sensación y esta no aparece. Esto último es lo que me ha ocurrido con este libro de Elizabeth Hardwick (cuyo «Noches insomnes» me encantó), pues su lectura me ha dejado tirando a frío. Veamos.

En este recopilatorio de textos o relatos cortos, la autora nos relata historias protagonizadas por distintos personajes con la ciudad de Nueva York como telón de fondo, aunque a veces este hecho es meramente circunstancial y no un protagonista más de la propia historia (es decir, nada que ver con «La mujer singular y la ciudad» de Vivian Gornick donde la ciudad sí era un protagonista principal). En este caso, a nivel general y con alguna excepción, los protagonistas de las diferentes historias son ellos mismos, y las historias contadas bien podrían estar pasando en Nueva York como en alguna otra gran ciudad estadounidense. 

Este conjunto de trece relatos, de extensión variable entre siete y treinta y cuatro páginas, tiene como característica común que sus protagonistas acostumbran a tener un vínculo con Nueva York y ser personajes del mundo del arte (o relacionados con él); así nos encontramos con profesores en teología, actrices, profesores de historia americana, escritores, libreros, críticos, etc. Con ello, la autora esgrime un mosaico coral en el que utilizando personajes de diversa índole y procedencia, hace un retrato de sus vidas en través de las que nos sumerge a la sociedad estadounidense de mediados de siglo XX. Escritos a lo largo de la vida de la autora, pues fueron publicados entre 1946 y 1993,  los relatos se podrían agrupar en dos grandes bloques: el primero de ellos, entre 1946-1959, comprende ocho relatos mientras que el segundo bloque, entre 1980 y 1983, incluye cinco relatos. Y, curiosamente, también el nivel de calidad es muy diferente entre ambos, pues el primer bloque incluye la mayoría de los relatos que destacaría mientras que en el segundo bloque apenas destacaría alguno. Y eso es algo que me sorprende, pues «Noches insomnes» me entusiasmó y fue publicado en 1979 lo cual es como si después de su publicación la autora hubiera cambiado su estilo y perdido fuelle. No deja de ser algo anecdótico, pero sí una extraña coincidencia. 

A nivel general, y de ahí mi valoración del libro, es que pocos de los relatos incluidos consiguen que nos metamos en la piel de sus protagonistas. El estilo de la autora ocasiona una distancia entre historia y lector que, teniendo en cuenta además la corta extensión de las historias, no consigue que el lector (o este reseñista al menos) entre en la historia y la haga suya, ni tan siquiera únicamente como testigo voluntario. Parece como si la autora no nos invitara a entrar en sus historias, como si únicamente nos ofreciera una ventana desde la cual observar su interior pero sin llegar a poder oler ni notar la presencia de sus protagonistas. La consecuencia de todo ello es que la autora no consigue generar interés en la su mayoría, a excepción de alguna de ellas y que destaco a continuación como lo mejor del libro.

Así, entre los relatos que destacaría estarían «Tardes en casa», en el que narra un reencuentro de la protagonista con alguien que conoció en su juventud, intentando recordar qué ocurrió con esa amistad en parte problemática. Alguien que le despertó emociones encontradas, pues le hizo tener «esa bonita, y seductora, sensación de aquellos años en los que uno cree haber sido elegido de entre todas las personas sobre la faz de la tierra para la felicidad», pero que, a su vez, también fue problemática, pues le dejó una mala sensación al confesar, tras su encuentro, que «no quería que la noche pasara, porque le parecía que una vez que llegara la mañana todo el mundo en la ciudad recordaría de qué clase de hombre me había enamorado por primera vez». También el relato «Sí y no» es interesante, en el que narra una relación desigual con alguien que «cuando nuestros ojos se encontraban, imaginaba que tenía lugar un sutil intercambio que de alguna forma me restaba y él se llevaba la diferencia (…) nunca estaba tan cansada como cuando estaba con Edgar y él nunca estaba más vivo y feliz que en mi presencia». Asimismo, es destacable el relato «El roble y el hacha» protagonizado por una editora de publicaciones gastronómicas que, después de que su anterior marido la dejara, se casó de nuevo con Henry, alguien de apariencia triunfante pero solo en apariencia; alguien de quien la sorprendía «el hecho de que careciera de ambición y a la vez tuviera sus escasos logros en tan altísima estima», alguien para quien «sus logros no estaban a la altura de la vehemencia de sus opiniones». Igualmente, destacaría «La sociedad sin clases», protagonizado por Willard Nesbit, profesor historia americana universidad Chicago y que escribe libros y artículos en Times. Alguien que la autora describe que «le resultaba muy difícil que le gustara algo con toda el alma»; alguien con «cierta petulancia intelectual»; alguien exigente y con cierto espíritu de superioridad para quien «“insistir en su propia opinión” era, a su entender, “decir la verdad”». El relato gira en torno a una cena en la que invitan a amigos y familiares y en los que los inspirados diálogos giran en torno a la política y la riqueza. Finalmente, destaco de manera clara por encima del resto «La compra», protagonizado por dos parejas en las que sus miembros masculinos son pintores y la relación que se abre entre ellos a raíz de uno de sus cuadros. Así, el relato trata sobre la relación entre un artista de edad ya avanzada y un joven artista, y la necesidad u obligación de comprarle a este un cuadro para darle empuje o valorar su iniciática carrera. Dos pintores dispares, pues «solo tenían en común cierta astucia, la sagacidad que necesitan los pobres para dedicarse a sus carreras como artistas independientes». Una compra difícil, pues tal y como se relata acertadamente en la siguiente afirmación: «No puedo hacer ninguna oferta», dijo Palmer, en tono resignado. «En un sentido, un cuadro merece, en cuanto a dinero, todo —el mundo entero—, y a la vez no vale nada».

Por todo ello, la lectura de esta recopilación de relatos me ha dejado un poco frío, pues a diferencia de «Noches insomnes», la autora no nutre y enriquece el libro de frases magistrales para enmarcar; da la sensación que lo escribió de manera automática, a velocidad de crucero sin profundizar en ello. Esto causa que no haya apenas conexión con los protagonistas y, pasados los primeros relatos, supone un lastre pues, cuando escribes pequeñas historias, si estas no son suficientemente cautivadoras argumentalmente, la manera de narrar tiene que sobresalir porque de lo contrario la lectura no te atrapa. En cualquier caso, los relatos destacados en esta reseña sí valen su lectura, por lo que se trata de un libro que, en pequeñas y seleccionadas dosis, nos pueden proporcionar agradables, sin excesos, momentos de placer lector.

También de Elizabeth Hardwick en ULAD: Noches insomnes

viernes, 28 de junio de 2019

Elizabeth Hardwick: Noches insomnes

Idioma original: inglés
Título original: Sleepless Nights
Traducción: Marta Alcaraz
Año de publicación: 1979
Valoración: muy recomendable

El afán lector, la voracidad, o incluso el ansia por leer todo lo posible, lo antes posible, lo máximo posible, imprime a veces una velocidad de lectura por encima de la que el texto pide o demanda. Pero hay libros que te obligan a parar, interrumpir esa velocidad de crucero para marcar una pausa y ponerse cómodos y, especialmente, atentos. Y Elizabeth Hardwick sabe hacer eso, sabe hacernos tomar consciencia de que debemos encarar la lectura de un modo pausado. Porque pocas palabras bastan para darse cuenta que este libro no es de consumo rápido, nada más lejos del típico fast food libresco. Aquí hay profundidad, y prosa medida y precisa. Y eso requiere calma, y se agradece que la mano de la autora sepa hacerte tomar consciencia de ello.

Porque hablamos de Hardwick, una escritora con un inmenso talento oculto tras la sombra del que fuera su marido, Robert Lowell (uno de los grandes poetas estadounidenses de la post-guerra), que demuestra en este libro autobiográfico su enorme potencial, en una narración plagada de reflexiones y situaciones diversas, de estructura casi anárquica, casi desorganizada, o al menos en apariencia, pues las reflexiones, como la memoria y los recuerdos, vienen cuando vienen, cogen la forma que les conviene y se van cuando aún estás pensando en ellos. Pero, en ese camino del lector a la adaptación del estilo narrativo, la autora lo pone extremadamente fácil, pues ya en las primeras páginas topas con perlas, con frases como «entonces yo era un ‘nosotros’». Y los ojos de quedan ahí, sin parpadear, como si con esa simple acción pudiéramos conseguir fijar esta compleja frase en la memoria. Porque esta es una de las maravillas de este libro, pues la autora sabe hallar el canal preciso para llegar al lector y, una vez encontrado, llenarlo con multitud de reflexiones. Y preguntas, y respuestas.

En su narración, nutre y viste el relato de referencias a Borges, Goethe, Pasternak, Ibsen, Rilke, y ese bagaje intelectual y cultural de la autora se hace evidente en la calidad que su obra atesora. La formación académica que recibió está marcadamente presente, pero como todo en la vida tiene matices a la hora de recordar qué le aportó, para bien y para mal; una formación académica a la que le dedica también unas palabras en el libro, al narrar «Kentucky, Lexington, la universidad, Henry Clay High School, Main Street. El cementerio donde reposan tu hogar, tu educación, tus nervios, tu herencia y tus tics. Su desaparición apena; su permanencia duele».

Más allá de ciertas referencias literarias, en este libro de memorias y reflexiones, las autora nos traslada a la época de sus primeros amores y recuerda ese enamoramiento propio de la edad en la que sabemos poco, del amor y de nosotros, y que nos lleva en ocasiones a depositar nuestros sentimientos y deseos en un destinatario no adecuado, no aconsejable, en un acto de enamoramiento ciego, que cierra los ojos a una realidad escondida tras un manto de inocencia y deseo, que pone un cerrojo a nuestras más humildes e inocentes intenciones. También nos habla del tiempo pasado en Holanda, y nos hace testigos de encuentros amorosos de conocidos y amigos, exponiendo en sus recuerdos aquellas dudas, dificultades y amores florecientes, origen de tan habituales pasiones y desengaños. Relaciones a tres, amantes desconsolados, infidelidades que desafían a matrimonios en declive, estabilidades conyugales de apariencias férreas, pero de frágil equilibrio e incierto futuro. La autora lo recuerda al afirmar que «la paradoja de la mujer que solo después de casarse y sentar la cabeza alcanza la verdadera soltería. Toma las riendas y adquiere un estado de dependencia dominante de la que solamente ella tiene la llave. Cuánta confianza en su reinado; cuánta habilidad en la diplomacia solitaria, en la preparación del futuro y en el control del presente. Recauda las rentas y las administra, prudente, sin olvidar jamás que está sola».

Y entre idas y venidas, entre experiencias cargadas de intensidad tras su estancia en varias ciudades europeas o estadounidenses, y como si fuera Vivian Gornick en «Apegos feroces» o «La mujer singular y la ciudad», aparece Nueva York como un personaje más, como alguien a quien conoces en tu vida; es difícil explicar cómo era ella sin esa influencia, sin ese magnetismo, sin esa atracción que desprende una ciudad donde «en el cielo no se veían estrellas, pero siempre resplandecía con el titilar de luces constantes», una ciudad en la que «la cáustica luz del crepúsculo caía sobre los intersticios que separaban los edificios grises y rojos».  Y el jazz, siempre presente, como una banda sonora inherente, inseparable, de la ciudad, tomando cuerpo en la figura de Billie Holiday. Hay muchas historias de mujeres, a las que Hardwick habla desde el respeto y, en cierta medida, admiración, historias que en palabras de la propia de Hardwick merecerían bastante más que los breves párrafos que les dedica, personajes en apariencia comunes, pero con unas historias personales que despiertan la curiosidad de quien se acerca a ellas desde una distancia física y temporal que Hardwick reduce a décimas de segundo, lo que se tarda en interiorizar sus palabras siempre precisas y mesuradas.

La narración del yo, tantas veces criticada en la actualidad, en este caso es un yo que es una época, una sociedad cambiante a lo largo del tiempo que cubre la historia, que se transforma con el paso del tiempo, que conoce comunistas y socialistas, artistas y cantantes de jazz, pobres y clase media, así como relaciones rotas antes de empezar y sueños que se cumplen solo a medias, hasta el despertar a menudo abrupto y accidentado. Hay criadas y mujeres ricas, amantes y amigos, hay necesidades afectivas a cubrir, por todos, envueltos en situaciones de amores desvanecidos, que la prosa siempre afilada y precisa de la autora describe afirmando que «a menudo se observan mutuamente, pero miran sin ver, como dos espejos colgados de paredes enfrentadas» o también cuando hábilmente expone los encuentros sin porvenir, las citas sin futuro, en esas situaciones donde «la esperanza resistente y perenne no sobrevive al final de la cena. Esto es Nueva York, con sus tumbas al lado de la orilla».

También habla de personas sin un prometedor futuro, personas que «nunca conocieron la clase media ni el esperanzado temblor que se apodera de quien, tambaleándose, logra subir algunos peldaños. Ellos vivían en un mundo de ideas que había llegado hasta ellos como si de una carta con la dirección mal escrita se tratara…» o, al hablar de la clase trabajadora, afirmando que «hombre con los ojos surcados de venitas rojas, con pesados sellos del instituto, con camiseta de algodón blanco y jornadas en la gasolinera para trabajar en esa familia que, desde su primera adolescencia, ya imaginan».

Así, embelesado por la calidad de la prosa que transmite en cada párrafo y en un vaivén temporal que para nada dificulta la comprensión de la lectura, uno avanza por ella como quien ha sido invitado a una charla en la intimidad, como si fuéramos ese hombro sobre el cual la autora profesa y airea sus confesiones, reflexiones sobre la vida, de la suya, de la de todos, momentos que marcan el destino, que dejan huella en un presente lastrado a una experiencia, siempre buscada, aunque de resultado no siempre deseado. Y en el espíritu de confidencia que despiertan sus palabras, nos recuerda que «las preocupaciones y las lecturas de toda una vida pueden reportarte viajes gratis que no estás segura de querer aceptar». Porque en el fondo, de eso se trata, de abrir un libro como quién se abre al mundo, y que lo que nos llegue de él sepamos encajarlo en nosotros mismos de la mejor manera posible y obtener toda la enseñanza que nuestra mente acepte.

El estilo narrativo de Hardwick está repleto de una belleza inusual, de una redondez literaria fuera de lo común, de una potencia narrativa difícil de encontrar. Estamos hablando de un auténtico librazo, una de aquellas obras que siempre deben quedar en una zona destacada de nuestra librería por si, en un ataque de ansiedad cualitativa, o por si alguna vez dudamos sobre de qué trata esto que llamamos literatura, pueda uno alcanzarlo rápidamente y volver a creer en la fuerza de las palabras.

También de Elizabeth Hardwick en ULAD: Historias de Nueva York

lunes, 6 de julio de 2020

Deborah Levy: Cosas que no quiero saber

Idioma original: inglés
Título original: Things I Don't Want to Know
Traducción: Cruz Rodríguez Juiz
Año de publicación: 2013
Valoración: entre recomendable y está bien

Sucede en varios escritores que, cuando llegan a ciertas edades y después de una vasta carrera literaria, se aventuran a escribir sus memorias. Este es el caso del libro que nos ocupa, donde Deborah Levy, después de tratar diferentes estilos literarios que van de la poesía a la novela, de la dramaturgia a los relatos cortos, escribió este primer volumen que forma parte de un tríptico donde explora el hecho de ser mujer, como respuesta al «Por qué escribo» de George Orwell.

En esta novela autobiográfica, Levy parte de un episodio puntual del pasado en el que subiendo unas escaleras mecánicas rompía de golpe a llorar, pues le devolvían recuerdos de un pasado que no conseguía olvidar, lugares a los que no quería volver, por dolorosos y tristes, por impactantes y aflictivos. A partir de esta anécdota, Levy nos devuelve a su pasado para hablarnos de maternidad, una maternidad casi impuesta por las expectativas de una sociedad hacia a las mujeres, una maternidad que recuerda escribiendo que «ahora que nos habíamos convertido en madres todas éramos sombras de lo que fuimos, perseguidas por las mujeres que éramos antes de tener hijos». Así describe, como los sueños e ideales que crecen en la juventud, se ven arrasados por la implacable presión de la sociedad del momento, algo que me recuerda en gran parte de Annie Ernaux y su «mujer helada».

De esta manera, con afinadas disertaciones sobre la maternidad y añadiendo fragmentos o citas de libros de Marguerite Duras, Simone de Beauvoir o Julia Kristeva, Levy analiza la sociedad en clave de la maternidad, exponiendo las condiciones en las que las mujeres afrontan ese cambio y se someten (o adaptan) a la nueva vida. Un cambio de vida adoptado, y al que la autora se adapta, con cierto recelo, intentando no ver su yo anterior discrepante de ese tipo de vida, «esa joven fiera, independiente, que nos seguía por ahí, gritando y señalando con el dedo mientras empujábamos cochecitos infantiles bajo la lluvia inglesa».

Levy, también nos habla de su niñera, Zama (a quien ella llama Maria), y de su infancia en una Johannesburgo sumergida en el apartheid y en la que su padre fue detenido en su casa por luchar por conseguir la igualdad de derechos humanos, pues, tal y como afirma Maria «si no crees en el apartheid puedes acabar en prisión. Hoy tienes que ser valiente y mañana también, igual que motones de niños que tienen que ser valientes porque también se han llevado a sus padres y sus madres». Esta parte del libro, narrando su infancia, contiene más carga emocional y menos de denuncia, rememorando los recuerdos marcados por la estricta enseñanza en la escuela, el racismo existente, y la voz de Melissa, su amiga, quien «fue la primera persona que me animó a alzar la voz», alguien de quien «sabía que sus palabras tenían que ver con decir las cosas en voz alta, admitir las cosas que deseaba, estar en el mundo y no dejarme vencer por él». Son recuerdos duros, donde la política y la ideología marcaron su visión de la vida, así como también la propia vida familiar, con un padre preso durante casi cinco años por sus ideas políticas. Una etapa difícil, que les llevó a emigrar al Reino Unido, con muy poco pesar por dejar a tras una tierra de la que no guarda buenos recuerdos, afirmando incluso que «no quiero saber nada del resto de mis recuerdos de Sudáfrica. Cuando llegué al Reino Unido, lo que quería eran recuerdos nuevos».

Así enlaza la autora con la parte final del libro, donde Levy nos habla de cuando emigró a Inglaterra a los quince años y la separación de sus padres. La sensación de temporalidad, de no integrase en un país, de echar de menos detalles cotidianos de Sudáfrica que le habían pasado desapercibidas hasta que ya no constaban en su nuevo mundo, afirmando que «echaba de menos el olor de plantas cuyos nombres no recordaba, el sonido de pájaros cuyos nombres ignoraba, el murmullo de idiomas que no sabía nombrar». Y la autora, en ese terreno perdido, en esa tierra sin nombre que ocupa el espacio central de una vida que la autora no sabe dónde ubicar geográficamente, una vida sin un lugar definido donde echar raíces, que sentencia afirmando que «yo había nacido en un país y crecía en otro, pero no sabía a cuál pertenecía».

Por todo lo expuesto, vale la pena la lectura de este libro pues, aunque a pinceladas, aporta reflexiones interesantes, valientes y que probablemente interpelan a muchos lectores, a pesar de que, lamentablemente, en su conjunto no conserve esa potencia, esa denuncia que uno esperaba al leerlo y que sí contienen las frases extraídas del libro que contiene la reseña. Y puede que la causa de esta parcial recomendación (y aunque no debería ser así, pero es algo que no puede evitarse) es que, leyéndolo, uno se acuerde de Vivian Gornick o Elizabeth Hardwick en sus libros autobiográficos (o incluso Annie Ernaux, con una narración más novelada y menos fragmentada) y entonces constate una evidente distancia en impacto y calado. Pese a ello, su lectura nos abre la posibilidad de reflexionar sobre la vida, y eso es algo que siempre es interesante.

viernes, 6 de mayo de 2022

Siri Hustvedt: Madres, padres y demás

Idioma original: inglés
Título original: Mothers, Fathers, and Others - Essays
Traducción: Imma Estany Morros en catalán para Edicions 62 y Aurora Echevarría Pérez en castellano para Seix Barral
Año de publicación: 2021
Valoración: recomendable


Aquellos que seguís el blog desde hace algún tiempo, sabréis de mi absoluta admiración por Siri Hustvedt, pues no es únicamente una autora realmente polifacética que se maneja igual de bien en ensayo que en narrativa, sino que es una autora con grandes inquietudes culturales, científicas y filosóficas. Así, su obra mezcla e integra diferentes conceptos relacionados con el arte y la psique, realizando a partir de ellos profundas reflexiones acerca de la condición humana.

En este conjunto de veinte ensayos de distinta extensión, la autora estadounidense trata aspectos relacionados con las relaciones entre padres e hijos, la memoria y los recuerdos, pero también el arte y la literatura. Así, esta obra complementa y es una extensión de sus ensayos previos como «La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres», «La mujer temblorosa o la historia de mis nervios» o «Los espejismos de la certeza» y es algo que tiene todo el sentido pues toda la obra de Hustvedt está interrelacionada, pues los conceptos que la atañen se ven reflejados en sus distintas obras en mayor o menor grado.

Hustvedt abre el primer ensayo hablándonos de sus orígenes, de su hogar, de sus abuelos, de sus recuerdos de la infancia. Una infancia rodeada de pobreza, aunque sin ser consciente de ello, y también de felicidad con sus tres hermanas y sus primos en la granja de sus abuelos entre campos, tractores y hierba. En este primer ensayo nos interpela como lectores y evoca nuestras emociones al afirmar que «todos adquirimos los sentimientos de los demás, especialmente de aquellos que amamos, e imaginamos que lo que no hemos visto ni tocado también nos pertenece a través de un vínculo imaginario» porque «todos, en un grado u otro, estamos hechos de lo que denominamos ‘memoria’». Y esta reflexión evocando la figura de sus padres y abuelos continua en otros de los ensayos incluidos en el libro, al hablarnos también de los difuntos y los rituales funerarios existentes de las diferentes culturas.

Más allá de aquellos ensayos más enfocados a la introspección, y fiel al feminismo que ha defendido durante toda su vida, el libro contiene ensayos más críticos, más denunciativos sobre la maternidad y los roles patriarcales, afirmando sin tapujos que «la maternidad ha estado y continúa estando ahogada dentro de tantas absurdidades sentimentales, con tantas normas punitivas sobre cómo hay que actuar y qué se debe sentir que hoy en día es como una camisa de fuerza cultural». Y Hustvedt aprovecha estas reflexiones para alabar la figura de su madre, gran aficionada a la lectura y muy de izquierdas, que pasó nueve días en la cárcel tras protestar contra la ocupación nazi en su pueblo en plena guerra mundial. Una mujer con alta resiliencia contra las adversidades de la vida. Una mujer de quién la propia autora afirma que «conocí y amé apasionadamente (…) mi amor fue depurado por la intensa admiración que sentía por ella y por la profunda amistad que tuve con ella a lo largo del tiempo». Y, en esa denuncia sobre el patriarcado y el machismo existente, la autora nos habla sobre los mentores y su importancia a la hora de explotar el talento y aprender, a pesar de que la sociedad a menudo nos otorga mentores inexistentes, que expone en su propia experiencia al afirmar que «una singularidad de mi historia personal es que des de la distancia me asignaron un mentor que no es, no era y no lo ha sido nunca: mi marido» (y esto es algo que cualquier lector que haya leído las obras de ambos autores podrán confirmar) afirmando, sabiamente, que en estos casos «el enaltecimiento y el reconocimiento de la autoridad de una mujer a menudo es interpretado como la denigración y la supresión del hombre y su autoridad». E, incidiendo en el tema, nos habla también sobre la misoginia, y su relación con el arte y la pintura, pues «cuesta mucho más detectar la misoginia en aquello que no está presente: en la absencia de nacimientos en el canon de la pintura occidental, en la placenta desaparecida…» porque de esta manera «el sueño griego del nacimiento masculino persiste: no es la madre la que da a luz a lo que denominamos su hijo: ella únicamente cuida la semilla que han sembrado dentro de ella».

En ensayos menos interesantes (según mi modesta opinión) nos habla sobre límites y fronteras, sobre Trump y la pandemia a raíz del COVID, y también dedica ensayos a la figura de Simbad y a Lousie Bourgeois y su atrevimiento, su desparpajo y también las interpretaciones psicoanalíticas de su arte. Asimismo, nos habla de Jane Austen y su libro «Persuasión», así como de «Cumbres borrascosas», de Emily Brontë. Estos ensayos plenamente dedicados a una obra literaria o artística no suscitan excesivo interés a menos que uno conozca la obra, pues trata de ella en profundidad (incluso revelando el argumento con detalle). Este hecho es algo que ya me ocurrió con «Cuentas pendientes» de Vivian Gornick y creo que su lectura está únicamente dedicado a quienes tengan especial interés en su análisis de tales obras a pesar de que cada uno extrae sus propias conclusiones pues el libro «es como un virus: el texto está muerto hasta que es animado por el cuerpo de un anfitrión». Por ello, estos capítulos aportan un punto de irregularidad al libro que lastran en parte su lectura, aunque también es cierto que al ser ensayos independientes el lector puede simplemente optar por saltárselos porque incluso sin ellos el libro merece holgadamente su lectura.

Por fortuna, Hustvedt recupera el pulso y nos ofrece sus mejores análisis cuando nos habla de literatura y narrativa, como cuando separa la autora de la narradora afirmando que «yo puedo ser la autora de la historia, pero no soy su narradora. En este caso, no hay una persona real que cuenta la historia. Yo, la autora, sin duda estoy alienada de mí misma». Así, nos habla de la importancia de la narración pues «nos explicamos historias a nosotros mismos para darnos un sentido» y, por ello, «la verdad que busco como escritora de ficción no es un registro documental del pasado. Busco la verdad emocional. Los personajes tienen que comportarse, hablar y pensar a lo largo de su vida de una manera que tengan en mi un eco de verdad. Esta verdad no tiene nada que ver con la naturaleza de los hechos expuestos». La autora defiende la literatura que nos remueve, que nos impacta, porque tal y como afirma «no me interesa el arte que no me cuesta nada entender. Solo me interesa el arte que me hace reflexionar un cierto tiempo», porque entiende la lectura como «una manera de autoexpandirnos» y, por ello, «cuando la literatura es meramente una distracción, no te puede cambiar de cara al futuro. No te puede sacar del marco conceptual y las pautas aprendidas de la vida mientras la vives». De esta manera, «leer novelas significa que estás dispuesto a sumergirte en las realidades complejas de los demás. Significa que tienes curiosidad y voluntad para participar en una suerte de pluralismo», porque «leer ficción comporta una pérdida del yo en manos del otro, un ceder y dejarse ir. A un narcisista virulento, esta pérdida del yo le resulta imposible. Lo que cuenta es ver el propio yo reflejado infinitamente en las caras admiradas de la esposa, el amigo o la multitud. No hay diálogo en esta sala de espejos».

La autora nos habla también de la memoria, algo que ha hecho repetidas veces en sus libros, y apunta que «la novela y otras formas de literatura son fruto de la memoria, y la memoria en sí está sujeta a cambios imaginativos»; esto es algo demostrado científicamente pues se ha constatado que «los pacientes que sufren daños bilaterales en el hipocampo, una parte del cerebro asociada a la memoria autobiográfica y también a la navegación, no únicamente tienen dificultades para recordar… sino que también les cuesta imaginar». De igual manera, Hustvedt expone casos de personas (condenas incluso por asesinato) han afirmado recordar cosas que nunca han sucedido, por presión policial o presión social constatando así que «hay pruebas empíricas sólidas que confirman que la memoria de cada persona puede ser manipulada por presión social».

Por todo ello, este recopilatorio de ensayos nos ofrece una buena oportunidad para reflexionar sobre el arte en sí mismo, pero también sobre cómo nos construye y nos forma como personas estableciendo una relación única, inigualable y exclusiva entre una obra y cada uno de sus lectores, pues la manera como nos impacta y nos sacude depende de la obra pero también de la propia vida (y no únicamente «lectora») de cada uno de nosotros destacando, por encima de todo, la necesidad de la empatía para poder conectar con ella. Tal y como afirma Hustvedt, «la empatía es un estado de ánimo compartido» y únicamente a través de una conexión emocional con la obra podemos llegar a comprender todo su sentido. De esta manera, se trata de un libro que, pese a su irregularidad a causa de su amplitud temática, es recomendable siempre y cuando sepamos manejar las expectativas porque, en palabras de la propia autora «la expectativa a menudo es una forma de prejuicio (…) y a veces distorsiona aquello que tenemos delante de nuestros ojos». Así pues, lanzaos a leer a Hustvedt sabiendo, a ciencia cierta, que a cada uno de vosotros os entusiasmará por cosas diferentes.