miércoles, 7 de julio de 2021

Ana Iris Simón: Feria

Idioma original:
español
Año de publicación: 2020
Valoración: está bien como autobiografía. No está bien como panfleto político.

Antecedentes
Una de las primeras veces que oí hablar de Feria fue a través de una reseña infame que Juan Soto Ivars escribió en El Confidencial (y que me niego a enlazar), en la que usaba el libro de Ana Iris Simón como ariete para ajustar cuentas con otra escritora (a la que cobardemente no mencionaba, pero describía de forma que todo el mundo la identificase). "Ana Iris Simón ha escrito una novela rojísima que le encanta a la derecha", venía a decir esa reseña, algo que como después se verá es una soberana estupidez. Pero pensé que la escritora no tenía la culpa de que le salieran defensores tan lamentables, así que me compré la novela para formarme mi propia opinión.

Después, mientras Feria ocupaba su lugar en mi tsundoku, pasaron otras cosas, que creo que muchos (al menos los que vivan en España y tengan Twitter) recordarán: la propia Ana Iris Simón escribió también en El Confidencial una crítica de El Madrileño, el disco de C. Tangana, que también me pareció bastante desafortunada; después vino aquella participación de la autora en un acto del Gobierno, en la que defendió la vuelta al campo, a la natalidad y a la españolidad (las mismas ideas, como veremos, que en Feria, y citando incluso varias frases textuales del libro); y el último antecedente, de la semana pasada, cuando yo ya estaba leyendo la obra, es que Santiago Abascal, el líder de VOX, subió al atril del Congreso llevando consigo una copia de Feria, aunque luego, por lo que sé,  no lo mencionó ni hizo ningún comentario al respecto.

Con estos antecedentes, era muy difícil que consiguiese hacer una lectura "exenta" o "desapasionada" de la novela. Ni falta que hace, claro. Creo, eso sí, haber conseguido leer Feria con ojos propios, teniendo en cuenta naturalmente todos los antecedentes y las opiniones (a favor y en contra), y sobre todo la repercusión política del libro, de la que el texto es solo uno de los elementos. Porque, efectivamente, Feria es ya, además de una obra literaria, un objeto político e ideológico, y como tal hay que leerlo.
 
 
Feria como novela de familia
Si lo leyésemos Feria de forma algo ingenua, y obviando los momentos en los que la autora desliza de forma más o menos sutil su mensaje ideológico, podríamos catalogarla como unas memorias familiares, un subgénero que ha tenido un cierto apogeo en los últimos años: una obra en la que el autor o autora cuenta la historia de sus antepasados cercanos o lejanos, y a través de ellos explica la construcción de su propia identidad. Se me ocurriría mencionar, por ejemplo, el Libro de familia de Galder Reguera o Ama de José Ignacio Carnero, con sus muchas diferencias, o algo más atrás, Lo que a nadie le importa de Sergio del Molino. Creo, de hecho, que es así como lo está leyendo la mayor parte de los lectores, los que, en palabras de la autora, se le acercan en las presentaciones del libro a decirle que se han sentido muy identificadas y a contarle las historias de sus propias madres, tías, abuelas, familias extendidas.

Porque, efectivamente, Feria es un viaje a la infancia, adolescencia y primera juventud de Ana Iris Simón, en el que un papel central lo ocupan sus padres (o mejor dicho, su padre y la Ana Mari, porque a su madre casi nunca la llama "madre"), y junto con ellos los abuelos de ambas ramas, los tíos, primos, toda la familia extendida de la escritora, en el manchego Campo de Criptana. Es un retrato de una familia rural y trabajadora, con una rama nómada (los feriantes de los que la autora inicialmente se avergonzaba, y ahora se enorgullece) y otra más sedentaria, los Simones; una de esas familias con decenas de miembros que de vez en cuando se reúnen a comer alrededor de una mesa descuadernada pero generosa. Una familia con sus conflictos (en los que la autora casi no se centra) y sobre todo con una especie de solidaridad primaria o esencial. 

Y para contar esta historia, Ana Iris Simón escoge un estilo rápido, que imita hasta cierto punto la oralidad con sus frases inacabables y retorcidas que amenazan con caer en el anacoluto, sus repeticiones, su ironía y su abundancia de nombres propios, que llegan a ser mareantes. Es un estilo que por momentos resulta ágil y otras veces, quizás por acumulación, me ha resultado cargante, pero que creo que intenta transmitir que "es así como habla la gente normal". De ahí también que abunden las referencias a la cultura popular (desde el "flamenquito" a Lina Morgan), y los referentes cotidianos como el supermercado Leclerc o la Thermomix, aunque mezclados, eso sí, con referencias de la "alta cultura" que van desde Machado a Ramiro Ledesma, y por supuesto al Quijote, inevitable en un texto situado en Campo de Criptana. Los capítulos, que no siguen un orden cronológico, presentan diferentes escenas de la vida de Ana Iris Simón o de su familia; algunas son muy divertidas, otras entrañables y emocionantes; otras parecen más prescindibles y algunas banales. El conjunto es algo irregular, aunque crea un universo de personajes a los que se acaba cogiendo cierto cariño.

Pero lo que Feria ofrece es también (y aquí ya nos deslizamos también hacia lo ideológico), un retrato cargado de nostalgia, de lamento por un mundo perdido, y que no tiene que ver solo con la idealización de la infancia (en la que casi todos podemos caer en algún momento) sino también con la nostalgia por un modo de vida que ya no existe: el de los feriantes que viajan de pueblo en pueblo con sus puestos y espectáculos, y en general el de la vida de rural, familiar, tradicional y también, sí, española y muy española. Por comparación, en los últimos meses he leído y reseñado otros dos libros protagonizados por niños (Panza de burro y El secreto de la hierba), y aunque en ambas se percibe y se transmite esa mirada alucinada y algo desenfocada del niño, que ve más de lo que entiende y entiende más de lo que sabe transmitir, en ninguna de las dos se ocultan los conflictos, las miserias, las rencillas o incluso los odios que pueden llegar a anidar en las familias y en los pueblos, y en ninguna de las dos se propone (casi todo lo contrario) una recuperación de esos modos de vida como solución a los problemas del presente. 
 
Y esta es una parte, pero solo una parte, de la carga ideológica del libro.
 
 
Feria como manifiesto ideológico (emboscado)
Decía antes que para leer Feria como "solo" unas memorias familiares había que leerlo de forma ingenua, y también pasar por alto varios pasajes y páginas. Porque hay capítulos que son puro discurso político (lo que en sí mismo no tiene nada de malo, que conste), por ejemplo el que abre el libro, "Me da envidia la vida que tenían mis padres a mi edad", que ha sido muy comentado; u otro de título claramente provocador, "Toda mujer ama a un fascista" (cita de un ambiguo verso de Sylvia Plath). Pero es que incluso en los capítulos más narrativos y memorialísticos, aquí y allí se van dejando caer mensajes ideológicos más o menos evidentes, en incisos o escenas breves a las que un lector menos atento podría no dar importancia. Y en esa faceta política, aunque a Ana Iris Simón no parece gustarle que se lo digan, Feria es un libro netamente conservador (por mucho que Soto Ivars quiera hacernos creer lo contrario).

Y la verdad es que me sorprende que la autora no lo acepte, porque creo que es algo bastante evidente: todos sus mensajes transmiten la misma idea, la de que el "progreso" es pernicioso y ha arruinado la vida de varias generaciones (porque identifica progreso con neoliberalismo, individualismo y globalización, culpables de todos los problemas contemporáneos), y la de que el mundo de antes (y para ello, ese "antes" tiene que ser ambiguo e indefinido) era más semcillo, más limpio, mejor, y se está perdiendo de forma irreparable. Da igual de qué ámbito se hable: familia, urbanismo, entretenimiento, trabajo, feminismo, relaciones sentimentales o sexuales... El progreso, que asume muchas formas (urbanizaciones, rotondas, luces de neón, el satisfyer, los "hombres blandengues", el perreo, etc.) es siempre malo en comparación con el modelo tradicional (que vendrían a ser las casas de pueblo, ferias, familias extensas y bien avenidas, hombres y mujeres como dios manda y el flamenco/flamenquito). En algunos casos esto se dice de forma bastante diáfana, mientras que en otros la posición de la autora se diluye entre las voces de varios personajes, y aún hay casos en que esta defensa nostálgica se hace en base a lo que los clásicos llamaba exempla, esto es, la presentación de narraciones o modelos moralizantes, lo que podría ayudar a Ana Iris Simón a jugar al juego de decir que no defiende lo que defiende, como creo que en ocasiones hace. 
 
No me resisto a copiar un fragmento, en primer lugar porque es representativo del estilo del libro y de la idea general del "progreso" que lo impregna, pero también porque, en este caso concreto, Ana Iris Simón se está lamentando de que en las ferias y circos ya no se permita el maltrato animal (ni humano), algo de lo que, creo, cualquiera con un mínimo de empatía se alegraría:
 
En las ferias que yo conocí ya no había enanos recortadores ni zoos chicos y a mí ni siquiera me pusieron mi propio puesto, porque lo de hacer trabajar a los niños, como lo de la explotación animal o lo de los saltimbanquis con acondroplasia, empezaba ya a estar mal visto en los noventa. El progreso trajo consigo, además de rotondas y chalés adosados con las puertas de madera clarita y supermercados que ya no olían a animal muerto, una ola de crueldad, y la trajo no al mundo, sino a nuestros ojos, que de pronto empezaron a ver víctimas que antes no veían y dichosos los que sufren y Mateo 5,4.
 
Es verdad que Ana Iris Simón identifica los problemas esenciales de su generación (y de la mía, y de las posteriores), como los identifica cualquier persona con dos dedos de frente y ojos en la cara: precariedad, dependencia económica, precios prohibitivos de la vivienda, imposibilidad de planear un futuro (el que sea) en términos laborales o familiares... E incluso llega a identificar (sin nombrarlo muy explícitamente) al culpable: el sistema neoliberal amparado o apoyado por estados débiles o cómplices. Lo malo es que, ante estos problemas, la solución que parece ofrecer Ana Iris Simón es una vuelta al pasado, a un momento (por supuesto, mítico) en el que las cosas eran normales y funcionaban. Una vida sencilla, de pequeñas cosas e ideas firmes (nada líquido, nada fluido), que ve pasar las generaciones sin alterarse ni conmoverse.
 
Esta idea general tiene diversas aplicaciones, una de las cuales (y una de las más comentadas) se refiere al reparto de los roles de género. En Feria y en sus intervenciones posteriores, Ana Iris Simón defiende, al menos para sí misma, un retorno a los modelos de género tradicionales: dice que le gustaría ser "un poco mujer florero", o mejor dicho, "ama de casa", que querría ser madre y dedicarse al cuidado de los hijos; que los "hombres blandengues" son una plaga (y aunque su padre era muy niñero y cuidó de su hermano, ya se encarga ella de aclarar que a pesar de ello no era un blandengue sino un hombre de verdad), y que se debería fomentar la natalidad en vez de importarla (lo que es cuestionable también por otros motivos). Y aquí creo que hay que deshacer un equívoco, tal vez interesado: naturalmente que Ana Iris Simón tiene todo el derecho a querer ser madre y poder cuidar a sus hijos (de hecho esta es una demanda también de al menos una parte del feminismo actual), y claro que debería tener las condiciones sociales y materiales para poder desarrollar el modelo de vida que ella escoja. Lo problemático es proyectar, como se hace en Feria o en los discursos públicos posteriores, ese modelo como el ideal, el privilegiado o incluso el único válido, y el que debe ser protegido, alentado y estimulado por los poderes públicos, lo que se traduce, por ejemplo, en ayudas públicas a cierta natalidad, pero también en el retorno de la presión para que sea la mujer la que abandone (quiera o no) su carrera profesional para dedicarse a las tareas domésticas.

(Recordemos, por otra parte, algo evidente: que para muchas personas, en particular las que no se adaptan a modelos tradicionales, y significativamente para muchas mujeres, el pueblo y la familia pueden ser cárceles e infiernos, y no esa Arcadia feliz de la que Ana Iris Simón siente nostalgia. Recordemos también que en cierto momento el padre de la autora le dice que con diez años tuvo que ponerse a vendimiar, y que la autora lo minimiza con un "bueno, pero tú por lo menos pudiste tener hijos", porque no encaja con su discurso ni su idea motora. Recordemos, por último, que este idea de volver a la vida rural resistiendo el llamado de las grandes urbes y la globalización no coincide tampoco con la propia experiencia vital de la autora, pues ella sí salió del campo, estudió en la universidad, vivió en Madrid, y solo después de tener esas experiencias decidió que quería volver a Aranjuez, que tampoco es que sea Panzabajo del Archiduque).
 
Otra víctima del progreso (sic), además de los hombres-hombres y las mujeres-mujeres, es también España, o mejor dicho, la españolidad de España. Es muy significativo que una de las secciones del libro se titule "La pérdida de la excepcionalidad". Porque el progreso, en este caso sinónimo de europeización y globalización, ha traído consigo "el fin de España, del fin de la excepcionalidad", lo que viene a significar la aparición tanto de McDonalds como de autopistas y rotondas, que parecen ser igualmente despreciables. Y esa reflexión sobre España (sobre la necesidad de captar y recuperar su esencia, o también, metonímicamente, de "preservar la riqueza del castellano"), entronca con toda una línea de pensamiento nacionalista, uno de cuyos ejemplos, que ha dado lugar a muchos comentarios, es Ramiro Ledesma Ramos, que quería "quijotizar España" (como también lo quería Unamuno, pero la autora decidió no citarlo a él sino a un fascista redomado). Puede discutirse si la propia idea de España (o de nación, en general) es conservadora, y la figura del padre comunista de la narradora sirve para plantear esta pregunta; yo defiendo que si se basa en la identificación de esencias atemporales o en la defensa de la excepcionalidad frente al otro (o también en la promoción de la natalidad local en detrimento de la inmigración), sí lo es, como lo es la idea (que una vez más flota en el texto sin llegar a concretarse) de que la patria es una extensión de la familia, como elemento orgánico y vertebrador de la sociedad.

(El tema de la religión vamos a dejarlo, porque no todo cabe en una reseña; digamos simplemente que es otro de esos temas en los que Ana Iris Simón juega a la ambigüedad).


Feria más allá de Feria
Desde la publicación de Feria, el libro se ha convertido en centro de la polémica, en parte por el contenido del propio libro, pero más aún por la campaña promocional de un nutrido grupo de columnistas "de extremo centro", como el ya citado Juan Soto Ivars, pero también Daniel Bernabé, Víctor Lenore, Cristian Campos o Alberto Olmos (casi todos "señoros", por cierto), que la encumbraron como "aquella que dice las verdades incómodas", como Phoebe Buffay en un capítulo de Friends. Por contraposición, y como respuesta, una parte de la izquierda la identificó con el rojipardismo (una especie de obrerismo antiliberal) o incluso con un falangismo redivido
 
Creo, insisto, que tanto Feria como su autora son propagandistas de una visión conservadora del mundo, que identifica progreso con neoliberalismo y con individualismo, y por lo tanto con decadencia y pérdida de lazos sociales, y exige una vuelva a valores y formas de vida tradicionales, "naturales" (como si fueran orgánicas formas de vida que no pasan de ser construcciones sociales). Partiendo de los evidentes problemas actuales de la juventud, en vez de separar el grano de la paja e identificar los aspectos positivos de la ruptura con modelos sociales arcaicos (como la liberación de la mujer, la ruptura de estructuras sociales cerradas y patriarcales, la superación de la miseria material y cultural en la que vivía una buena parte de la sociedad española hasta hace dos días), Ana Iris Simón propone "tirar el bebé con el agua del baño" y volver precisamente a esos modelos, sin pensar (o sin importarle) en todos aquellos, y sobre todo aquellas, a los que esos mismos modelos oprimían y reprimían, y que en la mayoría de los casos no tuvieron, como ella, la oportunidad de experimentar lo que significa vivir una vida cool de chica universitaria joven en piso compartido en Malasaña. 
 
No sé si es prematuro acusar a Ana Iris Simón de rojipardismo, aunque la inconfundible mezcla de crítica social y discurso antiliberal (incluidas muy veladas críticas a la democracia) está presente en Feria. Lo que está claro es que algunos de sus mensajes han sido fácil y felizmente adoptados por la derecha conservadora (como el caso del cheque bebé de Ayuso, dirigido a madres jóvenes residentes en Madrid desde al menos 10 años, o sea, a anairisimones) y por la extrema derecha, como demuestra el guiño de Santiago Abascal en el Congreso. Y que Ana Iris Simón ha estado muchísimo más preocupada por defenderse de las críticas de la izquierda, que en desmarcarse mínimamente de esos guiños de la (extrema) derecha. Y eso no puede ser casualidad.

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