jueves, 12 de septiembre de 2019

Philippe Lançon: El colgajo


Idioma original: francés
Título original: Le Lambeau
Año de publicación: 2018´
Traducción: Juan De Sola
Valoración: bastante recomendable


He de advertir que soy algo precavido ante eso que suele llamarse fenómenos editoriales. 
El colgajo lo es; así se la define en Francia, igual que ciertas películas de esas que cada cierto tiempo se publicitan con sus millones de espectadores, películas en las cuales todos parecen llamarse Dominique o Gaston.
Y no sé si fiarme: ese país cuya pirámide demográfica es la pesadilla de los economistas que calculan pensiones, esa población que vota a la dinastía Le Pen temerosa a partes iguales de que los nietos no les salgan lo bastante rubios y de que algún día una media luna colonice alguna parte del territorio que preserva (estérilmente) la esencia de la europeidad.

(Esa insistencia de Anagrama en el catálogo de Gallimard, y en condicionar al posible comprador/lector con las opiniones que atiborran sus fajas).

Lo cual me viene a recordar el aroma houellebecquiano que me evoca este libro, incluso antes de leer una sola línea. En el atentado de Charlie Hebdo murió uno de los mejores amigos del francés cabreado, y este es el duro testimonio de una de las víctimas que vivió para contarlo, que es lo aquí se produce. De hecho, Houellebecq y su imprescindible novela Sumisión (en cuya promoción se hallaba envuelto e interrumpió en el momento del atentado) son mencionados a menudo en el entorno de la constante amenaza que pesa sobre quien se muestra crítico con el Islam, incluso como detonante de cierta corriente de opinión o polémica.
Se trata, entonces, de una tormenta perfecta, si se me permite el ligero tono frívolo del término. Lançon es un escritor en dos medios de izquierdas (Libération y Charlie Hebdo) que se encuentra, de repente, permitidme que regrese a los símiles meteorológicos, en el ojo del huracán en el momento adecuado. Perdonarán la frivolidad, supongo. 
Víctima de atentado islamista, de la violencia fanática que su publicación ha criticado de forma frontal, valiente - entonces lo vemos: temeraria -, Lançon es un escritor al que esa situación ha de abocar de forma irremisible a comunicarla, a hacerla saber, a aportar los detalles a fuerza de hacerlos aflorar a la superficie, en una narración que toma impulso en un tramo inicial que se lee en un suspiro, justo hasta el momento cumbre, el obvio punto de inflexión del libro que es la descripción del atentado, pasaje en el que Lançon es todo lo crudo que cabe esperar de un escritor desinhibido pero se contiene lo suficiente para no tiznar del morbo todo el texto.
A partir de ahí, nos precipitamos a la prolongada descripción de los meses de convalecencia en la que se suceden las operaciones para reconstruir la parte inferior del rostro de Lançon: mandíbula inferior, labio, mentón, un buen puñado de dientes son el saldo de los disparos que recibe de los terroristas, bastante que ha salvado el pellejo cuando compañeros han sido asesinados. Se trata de una extensa crónica (determinado perfil lector encontrará algo excesivas 440 páginas) que combina, y para mí lo hace con acierto y con una intención nada sensacionalista, detalles médicos que a Lançon le es imposible eludir (son 18 las operaciones) con un profundo autoanálisis del cambio que representan los hechos en la existencia de Lançon: no son pocos los pasajes en que descubrimos al paciente egoísta y complaciente con las atenciones que se le prodigan, y en otros Lançon se sitúa en un tercer vértice (llega, por necesidades de seguridad, a atribuirse otro nombre) desde cuya perspectiva analiza todo el impacto sucesivo: el de antes del accidente es otro hombre diferente al de ahora, ese que sufre una crisis con Gabriela, su pareja residente en Nueva York de cuya delicada situación personal parece prescindir preocuparse, ese que escucha a Bach en la habitación y lee un pasaje determinado de Proust como parte de la preparación de cada intervención quirúrgica.

¿Cae Lançon en el estereotipo de la autoayuda, en aquello de demostrar que la condición humana es la superación y bla bla bla? Tajantemente no. Como mucho, y aludiendo a la extensión del libro, se alargará un poco en esa reflexión, cercana más bien a la autocrítica (para alguien declaradamente de izquierdas e incluso irreverente, el hombre habla con calidez de todo el aparato, incluyendo policías de escolta, que el estado pone a su disposición para garantizar su seguridad.
¿Carga las tintas contra los ejecutores físicos y teóricos del atentado, o sea, el integrismo islámico? Pues tampoco: no es que empatice con los asesinos. Simplemente, como francés, periodista viajado, ya ha llegado a sus conclusiones hace tiempo: árabe y musulmán no significa asesino y enemigo de Occidente, e incluso cuando alguno de sus allegados, en lo que es una reacción arquetípica, generaliza al respecto, Lançon mantiene silencioso respeto crítico.

Es decir, esta es una crónica que evita el morbo con habilidad, que se centra a veces más en aspectos logísticos o psicológicos (Chloe, la cirujana que dirige el proceso de la reconstrucción, parece debatirse en todo momento en una especie de triángulo amoroso virtual platónico, cuando Lançon la convierte en objeto de deseo de un modo algo egoísta: es el Lançon que quiere curarse, poder volver a hablar, comer y beber y recuperar la apariencia que tenía antes del atentado), que en cargar las tintas en lo social o ideológico. Los integristas son ignorados y tratados como lo que son aquí, asesinos fanatizados que necesitan un pretexto cualquiera para saciar su sed de sangre.
Lançon concede una enorme importancia en todo el proceso de rehabilitación a sus lecturas (Proust y Kafka preferentemente, el primero casi marca el ritmo de su ánimo en ciertos pasajes) y también ve películas (Rossellini, John Ford) y oye música (sobre todo Bach y algo de jazz), lo cual aporta el valor añadido al libro, que tanto nos gusta aquí: el de actuar de resorte que hace interesarse por otras obras y otros autores. Así que, volviendo a la cuestión inicial, al margen de la repercusión, de la apuesta segura, esa que la "oportuna" faja no deja de recordarnos, añadamos lo de la rentrée de las narices, creo que sí, que el libro cuenta con una fanfarria promocional realmente vistosa, pero me inclino por recomendarlo, casi ávidamente: pocas veces una sensación tan poderosa está en manos tan solventes para ser transmitida al lector. 

Ahora solo toca esperar que a Karl Ove Knausgard no le ocurra nunca nada parecido.

4 comentarios:

Traveler dijo...

Gracias por la reseña.
Lo esperaba con cierto escepticismo, pero me has animado a leerlo. A ver qué tal.

Unknown dijo...

No se si lo compraré he comprado en Uma librería uno de marchamalo... Hormias gracias no obstante por la crítica literaris

Agargo99 dijo...

No lo voy a leer. A muchos se les hace facil criticar el atentado a Charlie Hebdo pero no consideran que se origina en faltas de respeto de francia a una religion con millones de creyentes...

Anónimo dijo...

A todo aquel que no sea un sociópata se le hace fácil criticar el atentado, sí.