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viernes, 20 de marzo de 2026

Alfred Kubin: La otra parte

Idioma original: Alemán
Título original: Die Andere Seite. Ein Phantasticher Roman
Traducción: Juan José del Solar
Año de publicación: 1909
Valoración: Obra maestra (aunque irregular y no necesariamente recomendable para todo el mundo)

La otra parte es una obra maestra de la literatura fantástica. El austríaco Alfred Kubin, conocido dibujante, grabador y pintor de estética expresionista, la escribió, al parecer, de manera convulsiva durante una crisis creativa como artista plástico.

Cubre la llegada y estancia de tres años de un narrador innominado en el Reino de los Sueños, un país fundado por por Claus Patera, amigo de juventud del protagonista. El Reino de los Sueños destaca por sus peculiares habitantes, costumbres, vestimenta, geografía, arquitectura, economía, etc... 

Aunque la novela arranca con algún que otro elemento maravilloso que roza lo mágico, no es hasta la segunda mitad que adquiere un marcado tono entre fantástico y onírico (o, mejor dicho, pesadillesco), y en su clímax ya se decanta abiertamente por lo espectral y apocalíptico. 

De ella me han sorprendido varias cosas:

  • La innegable calidad de su prosa (sensible o vigorosa según se tercie, demuestra que Kubin era tan hábil con la pluma como con el lápiz, el buril o el pincel). 
  • Su innegable creatividad.
  • Su lograda atmósfera (surrealista, difusa, inquietante y tenebrosa). 
  • Su absorbente argumento (salpicado de escenas memorables en su composición visual)
  • Sus fascinantes misterios (sobre todo el que cuestiona si Patera es el titiritero que mueve los hilos o una marioneta más). 
  •  Sus irrepetibles personajes (apenas perfilados, pero visualmente distinguibles los unos de los otros y capaces de dar mucho juego al interactuar entre ellos).
  • La frescura que aporta al conjunto la aparición de Hércules Bell, el americano que se opone a Patera y pretende destruir el Reino de los Sueños. 

A todo lo anteriormente mencionado hay que agregar que La otra parte resuena particularmente con mis gustos como lector. A fin de cuentas, abunda en ideas extrañas, siniestras y terroríficas, presenta ocasionales destellos de humor negro y, en ciertos apartados, recuerda sobremanera a Franz Kafka (quien, de hecho, se inspiró en el universo de Kubin).

La novela puede interpretarse de muchas maneras; por ejemplo, como una desencantada fábula sobre el poder absoluto, la pérdida de la fe en la divinidad, lo azaroso del destino del hombre, lo postizo de las utopías, el colapso de las civilizaciones o lo infructuoso de la búsqueda de sentido. 

Apenas le pondría algunos reproches (minúsculos, advierto) a La otra parte

  • Que su voz narrativa se toma ciertas licencias (como por ejemplo mimetizarse con la perspectiva de Bell en un único capítulo) que escapan a las atribuciones de la primera persona.
  • Que su argumento a veces se estanca.
  • Que determinadas escenas carecen de transiciones. 
  • Que no separa unos cuantos párrafos en la tercera parte, capítulo VIII, que respirarían y se sentirían más orgánicos si así fuera.
  • Que emplea de forma desconcertante el verbo evolucionar en las páginas 267, 271 y 274.
  • Que su final se desinfla un poco (no porque le falte fuelle, sino porque no podemos evitar compararlo injustamente con la majestuosidad de aquello que lo precede).
  • Que se cierra con un capítulo abstracto que intenta dar (sin mucho éxito, a mi modo de entender) empaque al conjunto referenciando el dualismo pendular, concepto que aparece un puñado de veces a lo largo del texto pero que nunca acaba de cuajar.

En resumen: la novela de Kubin es a todas luces fruto de un talento artístico monstruoso. Pese a que tiene alguna aspereza, no creo que funcionara igual de bien si se la puliera respondiendo a criterios puramente literarios y narrativos. Y es que su textura irregular emula perfectamente a la de los sueños, con su lógica interna aplastante, su inquietante familiaridad y su esquivo significado y simbolismo.

La edición de La otra parte que yo he leído se la debemos a Siruela. Tiene tapa dura e incluye las cincuenta ilustraciones que el propio Kubin le dedicó a esta historia. La única pega que le pondría es que la imagen de la cubierta, un dibujo del autor titulado El último rey, está algo pixelada.


domingo, 22 de febrero de 2026

Thomas Bernhard: Trastorno

Idioma original: alemán

Título original: Verstörung

Traducción: Miguel Sáenz

Año de publicación: 1967

Valoración: Recomendable


Dentro de la obra narrativa de Thomas Bernhard Trastorno (1967) va en segunda posición, es decir, es su segunda novela, publicada ocho años antes de Corrección (1975), la única que conozco aparte de esta. Entre ambas publicó La calera (1970). No son datos que llamen la atención o que puedan interesar mucho al lector, ni es mi costumbre largar este muestrario de títulos y fechas, pero hay algo disonante en esta secuencia, ya verán.

Y es que Trastorno, aunque tiene una cierta unidad argumental, desde el punto vista estilístico muestra una ruptura fuera de lo común a la que no encuentro demasiada lógica. De forma que en el aspecto formal tenemos algo así como dos novelas independientes:

1. Personajes de la Austria profunda

Con un formato perfectamente convencional, Bernhard cuenta el periplo de un médico rural que, acompañado de su hijo, visita a diversos pacientes en la región austriaca de Estiria, repleta de bosques, montañas y valles profundos. El judío Bloch, la señora Ebenhöh, el industrial que vive con su hermanastra aislado del mundo, el hijo contrahecho de los guardeses del castillo, los Fochler con su molino incrustado en un barranco y con gran número de pájaros exóticos en una jaula. Es una ‘población básicamente enferma, propensa a la violencia y el desvarío, […] gentes del campo que degeneran en la brutalidad, […] un paisaje de profundos valles sin sol, pequeñas ciudades y abúlicos pueblos y mercados’. No es de extrañar que Bernhard no despertase precisamente la simpatía de buen número de compatriotas con semejantes opiniones.

Por momentos recuerda retratos inclementes de mundos rurales de otras tierras, pero aquí no se trata de personajes primitivos como los de las aldeas gallegas de Valle Inclán, o brumosos, intemporales y casi metafísicos como los de la Región de Juan Benet. No arrastran, que sepamos, traumas antiguos o extrañas taras, son individuos simplemente sometidos por ese entorno hostil y embrutecedor que los trastorna y deshumaniza generación tras generación, a la vez que les ata para siempre a esa tierra, naturaleza pura, maravillosa y aterradora al mismo tiempo.

La narración es poderosa, fluida, y diríamos perfectamente homologable, como si un artista abstracto decidiese demostrar que también sabe hacer pintura figurativa, y lo hace espléndidamente. Pero Bernhard, de repente, toma otro rumbo.

2. Saurau

El último paciente de la ronda es el príncipe Saurau, que habita con sus hermanas e hijas en el castillo que se yergue en lo alto del barranco. Necesita de un nuevo administrador para sus tierras, y Bernhard, que le concede la voz única en prácticamente todo lo que resta del libro, dedica once páginas a describir cómo un hombre se postulaba al puesto y fue finalmente rechazado, una simple entrevista de trabajo. La desproporción sugiere cierto desequilibrio en el protagonista-narrador, y promete por tanto sensaciones intensas. Saurau puede además resultar un personaje fascinante, solitario y sumido en inquietudes intelectuales, que lanza su disertación de forma fragmentada y en todas direcciones, la naturaleza del hombre, la posible traición de su hijo, la interacción con la naturaleza, el espíritu del castillo o la enfermedad moral de los pueblerinos, sus empleados, o de Austria entera. 

Ese torrente incontenible, el interminable monólogo del príncipe, hace inmediatamente pensar en el Roithamer de Corrección, y por eso esta segunda parte del libro es como un puente hacia la posterior novela de Bernhard. Se diría que el autor ha descubierto repentinamente otra forma de contar las cosas, abandona el convencionalismo anterior y se lanza sin freno por el nuevo camino. De ahí que surja la duda sobre esa novela intermedia que de momento no conozco.

Pero lo cierto es que al larguísimo speech no le veo la profundidad y la coherencia que, dentro de formato tan complejo, mostraba en Corrección. La perorata del príncipe es una sucesión de comentarios muy breves y con escasas conexiones, que bien podría ser simplemente el discurso de un demente, con poco que aportar al resto de la narración. Lo cual demuestra que el descubrimiento de una herramienta narrativa, por valiosa que pueda ser, no garantiza por sí misma un resultado brillante, algo que solo se consigue cuando se carga con el material y en la forma adecuados. Con todo, el libro no deja de ser estimable, con ese punto extraño que resulta atrayente siempre que estemos prevenidos: la lectura de Bernhard es estimulante, pero (afortunadamente) nunca sale gratis.


Otras obras de Thomas Bernhard reseñadas en ULAD: aquí

miércoles, 3 de septiembre de 2025

Madres de libro: La pianista de Elfriede Jelinek

Idioma original: Alemán
Título original: Die Klavierspielerin
Año de publicación: 1983
Traducción (al catalán): Antònia Sabater
Valoración: Recomendable (aunque no para todo el mundo)

Erika es una mujer ya madura, que ha sido completamente anulada por su madre absorbente, posesiva y controladora. Un día descubre que Walter (uno de los alumnos a los que da clases de piano, diez años más joven que ella, atractivo, carismático, talentoso y deportista), se ha interesado por ella. Y aunque Erika es, en un inicio, incapaz de reciprocar a Walter (que tampoco es que esté genuinamente enamorado de ella ni la admire tanto como se repite a sí mismo, sino que sólo quiere usarla), la insistencia de su pretendiente hará que la maestra le dé una oportunidad. Pero el único amor al que Erika puede aspirar es uno viciado por su dependencia (si ya no la gobierna su madre, deberá ser Walter) y las fantasías sexuales provocadas por su represión y la pornografía.

Esta es la premisa de La pianista, novelón que escribió la Premio Nobel de Literatura de 2004 Elfriede Jelinek. Digo novelón porque, pese a su brevedad, abunda en detalles (la contraposición, que a su manera deviene superposición, entre arte y bajos instintos o entre el artista y las masas; el que Erika pueda hablar abiertamente de unas cosas y sólo a través de carta de otras; etc...). Digo novelón, también, porque su factura derrocha inteligencia y sentimiento.

De La pianista destacaría su elenco protagónico: Erika, su madre y Walter. Y aunque las caracterizaciones de estos tres personajes son bastante sencillas, sus abundantes claroscuros las dotan de una inusitada complejidad. 

Asimismo, las dinámicas entre estos tres personajes funcionan muy bien. Si bien son, al menos aparentemente, algo lineales (madre e hija, alumno y maestra, rivales que pretenden gobernar a Erika), adquieren espesura gracias a su naturaleza oblicua, sórdida, tóxica y contradictoria.

Estas dinámicas pivotan siempre en torno al amor. Un amor egoísta, enturbiado y viciado. Y es que, para La pianista, el amor (sobre todo el de hombres y mujeres, pero también el paternofilial) es una lucha, un combate, la cara bonita de la dependencia y la dominación; el amor es, en suma, la aniquilación. Bueno, las relaciones humanas en general las plasma como profundamente unilaterales y frustrantes.

La forma de narrar de Jelinek en La pianista también es fascinante. La mayoría de páginas de la novela resultan asombrosamente inspiradas y ostentan una calidad literaria y una riqueza estilística excepcionales. La prosa es plástica, intensa, capaz de mimetizarse con la atribulada mente de Erika y describir escenas magistralmente, como aquella en la que la protagonista espía a un hombre y una mujer mientras mantienen relaciones.

Aquí un ejemplo de la prosa de Jelinek, que hallamos en la página 130 de La pianista: «Atreta per la foscor, l'Erika s'endinsa per les quietes prades que s'escampen entre matolls, arbredes i canals. (...) Ara ve el parc d'atraccions; els llums fugaços brillen al lluny. Se senten trets, veus cantant victòria. Els adolescents xisclen alhora amb els aparells de lluita de les sales de joc o callen fent-ne anar d'altres que ja són prou estridents i llampegants. Decidida, l'Erika deixa enrere tot el renou, abans de permetre que se li acosti. Els llums temptegen cap a ella, no troben cap lloc per agafar-s'hi, li passen pel cap, que duu tapat amb un mocador de seda, rellisquen, li marquen un lamentable rastre de color humit al llarg de l'abric i cauen a terra, on moren en la brutícia. Ressonen petites explosions, però també l'han de deixar passar sense fer-li ni un forat. Són incapaces d'atreure-la, més aviat la repel·leixen. (...) Això no és per l'Erika.»

¿Es La pianista perfecta? Puede que no. Su argumento resulta algo tenue y por momentos repite machaconamente sus ideas. Además, los lectores que se sientan intimidados por los personajes autodestructivos, las interacciones oblicuas y la sexualidad depravada (la reprimida Erika ve películas porno, practica el voyerismo y la automutilación, etc...) quizá repudien esta novela. 

Aun así, es un librazo. Uno que disfrutaremos especialmente aquéllos que amamos la literatura oscura, capaz de elevar lo sórdido, lo turbio y lo vulgar con su mensaje y su manejo del lenguaje. Y es que su honestidad y brutalidad resonarán inevitablemente en nosotros. Sus reflexiones todavía nos carcomerán días después de volver la última página. Su prosa, inspirada, expresiva y plástica, nos deslumbrará. Y sus personajes (Erika, su madre y Walter) se alojarán en nuestra cabeza, quizá para siempre.

Existe una adaptación a la gran pantalla de La pianista. La película, del director Michael Haneke, salió en 2001 y es una obra de culto por derecho propio. Aunque el lenguaje cinematográfico es incapaz de trasladar la plasticidad de la prosa del material original, Haneke mantiene el tono perverso y la atmósfera asfixiante exprimiendo los recursos de su medio. Además, se toma algunas libertades argumentales que, a mi juicio, funcionan muy bien (como aprovechar a la alumna de Erika para establecer un paralelismo con ésta, hacer que el encaprichamiento juvenil de Walter por Erika sea más genuino, expandir hacia el hockey sobre hielo la faceta de deportista de Walter o decantarse por un final distinto pero igualmente sugerente). En el lado negativo del largometraje, señalaría que no perfila tan acertadamente la relación de Erika con su madre y con el sexo. 

viernes, 22 de agosto de 2025

Arthur Schnitzler: Relato soñado

Idioma original: alemán

Título original: Traumnovelle

Traducción: Miguel Ángel Vega Cernuda

Año de publicación: 1926

Valoración: Muy recomendable


Está bastante extendida la idea, yo creo que acertada, de que en la vida hay momentos en que el cuerpo, o más bien la cabeza, desdeña la estabilidad y pide acción. Se dice que ocurre no sé si hacia los cuarenta o cincuenta, más frecuentemente en los hombres (aunque yo creo que en ellos solo se manifiesta de forma más visible), y es cuando los más decididos se largan a emprender una nueva vida en un país tropical, el que puede se compra un descapotable, y la gran mayoría no pasa de un viaje un poco bobo con unos colegas, o sencillamente no hace nada en absoluto más que rumiar un descontento que no termina de entender.

Si hablamos de una pareja más o menos estable y con una trayectoria ya larga, quizá esa relación es el primer pilar en tambalearse. Aunque no se haya llegado al hastío o a lo que podríamos llamar desamor, ni se haya uno llegado a plantear nada disruptivo, puede que nos ronde una sensación o sintamos una pequeña punzada, impulsos que pueden tener origen en una imagen, una voz o una simple broma, que de repente provocan un pequeño cortocircuito. Todo puede quedar solamente ahí, pero también es posible que anide para brotar en algún momento posterior. En el caso de Albertine el detonante, todavía algo inocente, es la visión de un joven en un viaje por Dinamarca, una anécdota seguida de un sueño o de un juego de la imaginación, que suele venir encadenado. Albertine se lo cuenta a su marido Fridolin (vale, nombre de helado para niños, pero dejémoslo estar), y provoca una reacción en cadena que ninguno de los dos seguramente había podido sospechar.

Fridolin se encuentra dolido en su autoestima y un poco celoso, pero por encima de todo sorprendido y desbordado por sentimientos desconocidos, y se lanza en busca de aventuras. Casi sin quererlo estas le salen al paso una tras otra y, aunque decidido en su propósito, parece que ha perdido un poco el manejo de los tiempos, hasta que tiene la oportunidad de acudir a la reunión de  una especie de sociedad secreta. Aquí empieza a asomar un peligro real, pero también emociones intensas con un indudable sesgo sexual: disfraces, máscaras, mujeres desnudas, ritos extraños, el colmo de lo que un alma ansiosa de emociones podría desear.

Sí, claro, más de uno ya estará pensando en Eyes wide shut, la obra póstuma de Kubrick que justamente está basada en el libro de Schnitzler. Estéticamente impecable, cómo no, la película capta a la perfección la atmósfera inestable que sugiere la narración, ese deambular hacia lo desconocido casi por inercia, la mezcla de temor y decisión inquebrantable que domina al protagonista, la duda permanente sobre si Albertine está pasando por lo mismo, o es todo una alucinación. Para quienes conozcan la película también hay que decir que tiene bastante de deconstrucción del relato, donde los elementos fundamentales se barajan y mezclan al servicio de un guion menos respetuoso en su conjunto que en cada uno de los escenarios. O al menos es lo que ahora soy capaz de recordar, aunque debería volver a verla.

Por su parte, el libro, que es de lo que venimos a hablar aquí, transmite una sensación algo diferente, localizada en un nivel más íntimo donde se profundiza mejor en la psicología de Fridolin y Albertine. Con una prosa a veces algo borrosa, Schnitzler parece mostrar cómo no solo importa y nos afecta lo que realmente ocurre, sino lo que por alguna razón no llegó a ser real, incluso lo que solamente fue soñado, sin que en ocasiones llegue a estar del todo claro a cuál de estas categorías pertenece lo que tenemos en nuestra cabeza.

Otras obras de Arthur Schnitzler reseñadas en ULADLa señorita ElseLa cacatúa verdeEl teniente Gustl


jueves, 26 de junio de 2025

Colaboración: El campo, de Robert Seethaler

Idioma original: alemán

Título original: Das Feld

Traducción: Ana Guelbenzu

Año de publicación: 2024

Valoración: Recomendable


Harry Stevens, un anciano alemán residente en el pueblo de Paulstadt, disfruta paseando cada tarde entre las tumbas del cementerio, un lugar al que los vecinos llaman “el campo”, los días que hace buen tiempo. Cuando se cansa, se sienta a la sombra de un viejo abedul, y deja vagar sus pensamientos. A veces, cree oír hablar a los muertos, aunque no llega a captar más que palabras sueltas, y se pregunta cuál será el objeto de sus conversaciones. A muchos los conoce o, mejor dicho, los conoció. Fueron obreros, comerciantes, dependientes y políticos del pueblo que, a buen seguro, tienen muchas cosas que contarnos sobre su vida y, claro, sobre su muerte.

Quizás sólo en ese último momento, como dice nuestro protagonista “sería razonable que un ser humano pudiera emitir un juicio definitivo sobre su vida”.

Y eso es lo que hace Seethaler en este libro. Dar la palabra a veintinueve vecinos de Paulstadt que nos hablan de cómo vivieron y cómo murieron.  Es un universo pequeño y cerrado y, en muchas ocasiones, inevitablemente, las historias de algunos personajes se entrelazan con las de otros creando un universo en el que vemos como respira toda la comunidad. Hay historias de amor, odio, soledad, esperanza, venganza, ilusión o crueldad. Cada capítulo no deja de ser más que un reflejo de la condición humana. 

Seethaler se propone, y lo consigue, que comprendamos a cada uno de los personajes que nos presenta. Son personajes normales y corrientes, como usted y como yo, con sus pequeñas alegrías y tristezas, que toman decisiones, acertadas o equivocadas, que dirigen su vida, y a menudo su muerte, en una determinada dirección. 

No me resisto a incorporar el fragmento final de un capítulo. Unas líneas ilustrativas del tono poético en que se mueve el escritor alemán:

“En mi memoria ya no paró de llover, el mundo se vino abajo. Ahora yazco aquí, entre mis padres. No ha sido un camino largo, pero se está tranquilo, y algunas noches oigo a lo lejos un gemido, leve al principio, aunque constante como el llanto de un niño, que luego crece y se vuelve más intenso y penetrante, hasta llenar la noche. Yo me quedo quieto y escucho aullar a los lobos hasta que su aullido se interrumpe”.

Seethaler escribe con elegancia y sobriedad y transmite ternura hacia los personajes que retrata. Algunos merecen unas líneas, otros varias páginas, pero todos han constituido el tejido vivo de Paulstadt y todos tienen cosas que contarnos.

Como señaló el propio novelista alemán en alguna entrevista: “cada hombre es el héroe de su propia historia”.  

                                                                                                                  Firmado: José Miguel Martínez

También de Robert Seethaler reseñado en ULADEl vendedor de tabaco

domingo, 8 de diciembre de 2024

Mark Coeckelbergh: La ética de los robots

Idioma original: inglés
Título original: Robot Ethics
Traducción: Lucas Álvarez Canga.
Año de publicación: 2024
Valoración: interesante

Por mucho que corra el mundo editorial y por mucho que la comunidad intelectual - en este caso, un reputado profesor de Filosofía - se dé prisa en asimilar, analizar y verbalizar cuestiones como las planteadas en este necesario La ética de los robots, la realidad va a obstinarse en ir más deprisa y, casi no hablamos de años, sino de meses, o semanas para ver cómo no sólo se zanjan, con realidades contundentes, muchas de ellas, o son sustituidas de forma abrumadoramente veloz por nuevos dilemas.

Y no es que la cultura popular no haya asimilado esas realidades con rapidez: es que la tecnología, cuestión básica de este libro, y sus aplicaciones en todos los ámbitos de la existencia humana, es un campo en el que convergen todos los elementos de la tormenta perfecta. Atrae estímulos creativos, curiosidad, esa obsesión por ser el primero en probar, el primero en demostrar, el primero en experimentar (el primero en patentar, el primero en vender), atrae dinero, y ya no se trata solo de ser capaces de provocar la admiración ajena o la mera captación de la atención. La tecnología es nuestro presente, nuestro entorno, nuestro hábitat, y la capacidad de asequibilizarla y hacerla accesible a millones de personas (incluso antes que otras cuestiones más vitalmente necesarias) se ha convertido en el fin absoluto de las corporaciones más influyentes.

Ya hace muchas décadas que una cuestión como el alcance de la robótica a los ámbitos individuales y sociales está sobre el tapete. Desde la obra de Asimov al impacto popular de decenas de obras literarias o audiovisuales (desde Robocop a Blade Runner pasando por Terminator, ninguna de ellas ni siquiera del siglo en que estamos) se ha especulado con la enorme fascinación que supone la mezcla, bastarda y descompensada por naturaleza, entre la voluntad humana y el frío proceder de la máquina que hemos diseñado para que actúe, en principio, bajo nuestras órdenes.
Mark Coeckelbergh, autoridad en la materia, expone detalladamente los ámbitos de aplicación de las máquinas (no todas de forma humanoide, por supuesto) a la vida humana, los clasifica y analiza sus implicaciones morales y éticas sobre todo en las cuestiones que tanto nos conciernen, desde su potencial de sustitución del desempeño humano y su reacción ante las situaciones límite hasta los extremos en que han de ser dotadas de independencia en sus decisiones. No solo hablamos aquí de barrer nuestra casa, desactivar una bomba, traernos nuestro pedido en el restaurante. También se habla de acompañantes virtuales, de complejos sistemas que, mientras los que los han diseñado y programado duermen - vamos a decir plácidamente - reconocen una cara, la identifican como objetivo, envian un dron y ejecutan a un adversario.

Y todo esto sin apenas mencionar el potencial que a todo esto añade el avance de la IA. Leedlo antes de que (en muy breve lapso) caduque.

sábado, 12 de octubre de 2024

Joseph Roth: Job. Historia de un hombre sencillo

Idioma original: Alemán
Título original: Hiob 
Traducción (al catalán): Judith Vilar
Año de publicación: 1930
Valoración: Entre recomendable y está bien

Job, de Joseph Roth, es una novela formidable. Una que cuenta una historia sencilla pero emotiva con una prosa también sencilla pero expresiva y vigorosa, cuyos temas, tono y argumento me han recordado poderosamente a los de varias obras de mi admirado Isaac Bashevis Singer.

Su primera mitad transcurre sobre todo en Zuchnov, una villa miserable de Rusia; la segunda parte, en cambio, sucede Nueva York, Estados Unidos. La protagonizan Mendel Singer, un judío devoto, su mujer y sus tres hijos.

Cada uno de los personajes del elenco principal está adecuadamente caracterizado. Incluso algún secundario desfila con la cabeza bien alta, pese al escaso foco que se le da; es el caso, por ejemplo, de Sameschkin, que tiene unas dinámicas muy interesantes con Deborah, la mujer de Mendel, y comparte una escena conmovedora con éste último.

Muchísimos temas se barajan en Job: el sufrimiento del desgraciado, el distanciamiento conyugal, el envejecimiento, la ambivalencia hacia los hijos, la melancolía del apátrida, el choque con la idiosincrasia americana, el desencanto con Dios... Dichos temas se tratan con humildad, pero sin subestimarlos, y se abordan desde la siempre cambiante perspectiva de los personajes, así como en función del tono que impregna la novela en cada momento (sobre todo agridulce o trágico).

El estilo narrativo de Roth es, como adelantaba más arriba, muy potente. Engañosamente sencillo, emplea varios recursos a su favor (como el de la repetición) y regala pasajes, descripciones o reflexiones de gran calado.

Quizá, eso sí, Job sea una obra ligeramente inferior a otras similares. Como estudio de personaje centrado especialmente en Mendel es menos completo y matizado de lo que podría haber sido. Como ficción que gira en torno a lo judío tampoco acaba de alcanzar toda la profundidad posible. Sea como fuere, esto no impide que estemos ante una novela formidable que hace gala de una prosa magnífica, un elenco sólido y unas reflexiones maduras.


También de Joseph Roth en ULAD: Aquí

lunes, 25 de diciembre de 2023

Thomas Bernhard: Corrección

Idioma original: alemán

Título original: Korrektur

Traducción: Miguel Sáenz

Año de publicación: 1975

Valoración: Casi imprescindible


Roithamer es una especie de científico que investiga y da clases en Cambridge, y además ha construido para su hermana una vivienda en forma de cono en el centro geométrico de un bosque. El narrador (quizá un trasunto del propio Bernhard) es su amigo de la infancia, y reflexiona sobre Roithamer desde la buhardilla de la casa de Höller, quien también mantiene la relación con ambos desde la época escolar. De manera que Roithamer es, aunque de forma más bien indirecta, el protagonista de este relato localizado en pequeñas poblaciones de la montaña austriaca.

Corrección es un enorme monólogo interior de casi trescientas páginas, aunque mejor le cuadraría el concepto inglés de stream of consciousness, donde el stream tendría más bien la acepción de 'corriente' o, mejor, 'torrente', porque esto es justamente eso, un torrente incontenible de reflexiones, recuerdos, hechos, ideas, cuyo centro es el citado Roithamer, con todas las ramificaciones posibles. El carácter desbocado del monólogo, antes de conocerlo mediante la lectura, lo vemos al abrir cualquier página: todas y cada una forman el rectángulo perfecto, sin un hueco, porque no hallaremos ni un solo punto y aparte, ningún párrafo, apenas algún punto y seguido. Pero si a alguien le intimidan esas páginas de aspecto monolítico, le diré que no hay nada que temer, en unas pocas líneas, apenas dos o tres páginas, estamos inmersos en ese enorme caudal, nos dejamos llevar por él y enseguida empezará a resultar adictivo, hipnótico.

Con igual facilidad se diría que Bernhard coge velocidad y se ve a su vez dominado por esa prosa que cobra vida propia, de forma que las ideas se van enlazando unas con otras con total naturalidad y, aún más importante, con absoluta nitidez. Así que, pese a las impresiones iniciales, el libro para nada resulta difícil de leer. Estamos sin remedio dentro de la cabeza del narrador, siguiendo sus reflexiones siempre en torno al amigo genial, y en ese gran flujo desordenado hay sitio para muchas cosas: los feroces paisajes de sombrías gargantas entre montañas, la obsesiva búsqueda de la perfección en la construcción del Cono, el carácter destructivo de un trabajo intelectual riguroso, las zonas oscuras de la labor del taxidermista o las comidas familiares en silencio absoluto, el recuerdo de las caminatas infantiles hacia la escuela, la aversión hacia la mediocridad y la molicie de la sociedad austriaca y, sobre todo, la profunda toxicidad de la historia familiar, en la que odios difícilmente explicables quedan apenas ocultos tras la aparente normalidad. Roithamer es el hermano raro que nunca quiso adaptarse a la alienante vida en la casa familiar, que siempre intentó huir, física e intelectualmente, de un medio que le era extraño.

Y la corrección, claro. La corrección es aniquilación, y así Roithamer, que acumula miles de escritos dispersos por su estudio, ha redactado un texto voluminoso que a cada corrección va perdiendo páginas, hasta quedar en unas pocas decenas. Pero la corrección es un concepto tan poderoso que no solo es aplicable a ese libro sino también a la vida misma, porque esa búsqueda de la perfección destruye todo lo que la rodea, los seres queridos y la propia obra. El Cono, el libro, la vida, van quedando carcomidos según se avanza intentando conocer a fondo cada detalle y gobernar todos los resortes.

El texto es tan obsesivo, repleto de repeticiones y retrocesos para machacar una y otra vez cada idea hasta un punto que se revela insano, que poco a poco las voces se van superponiendo, quizás fundiendo y, sin abandonar una cadencia casi musical, parecen ir acelerándose, como precipitándose hacia un abismo. Es como una extraña terapia, en la que los tres personajes parecen ser diferentes perspectivas del propio autor, como en una óptica cubista. El pensamiento se deja correr en distintas direcciones para encontrar solo atisbos, síntomas o nuevos interrogantes, nunca respuestas, un narrador sin nombre que parece real aunque puede no serlo, un amigo en perpetuo silencio que es sin embargo capaz de construir desde sus íntimas convicciones, un genio atormentado que protagoniza páginas y más páginas pero que quizá no es más que la personificación de una enorme incomodidad con el mundo.


Otras obras de Thomas Bernhard reseñadas en ULADaquí

miércoles, 14 de diciembre de 2022

Stefan Zweig: El amor de Erika Ewald

Idioma original: alemán
Título original: Die Liebe der Erika Ewald
Traducción: Clara Formosa (en catalán para Viena Edicions) / Roberto Bravo de la Vargfa (en castellano para Acantilado)
Año de publicación: 1904
Valoración: recomendable


La importancia o el impacto de un autor se hace evidente cuando su estilo deja una marca imborrable, cuando puedes coger un libro al azar y con pocas páginas reconocer en ellas a su autor. Y es innegable que Zweig es uno de ellos, creo que pocos autores lograrían un consenso tan unánime al respecto porque en todos sus libros despliega su talento a la hora de entender y transmitir los matices de la condición humana.

En el libro que nos ocupa, el autor nos traslada ya de entrada a un hogar en el que el silencio y el decaimiento ocupan todo el espacio. Es la hora de cenar, y nadie tiene palabras para llenar el vacío. En ese triste hogar, que desprende frialdad y soledad en cada uno de los segundos que el lector destina a esas páginas iniciales, viven Erika, su hermana Janette y su padre. El vacío, inmenso, sombrío, lúgubre, que se despliega y abarca toda la casa lo llena la ausencia de la madre, fallecida hace un tiempo. Zweig nos hace testigos de esa melancolía, en una escena en la que «los tres tenían poco a decirse» y Erika «sentía que era inútil luchar contra la atmósfera gris que se desplegaba por encima de esos momentos como nubes de tormenta densos y amenazadores». Pero ella guarda aún una pequeña esperanza, una pequeña ilusión, alimentada por una incipiente alegría, pues había conocido a un chico y habían estado juntos ensayando una pieza musical. Y ella esperaba con gran anhelo que llegara el día en el que él la invitara a su casa.

Ya en esos primeros compases, constatamos porqué Zweig nunca decepciona. Ofrece siempre lo que el lector espera: una recreación perfecta de los ambientes de la época, las inevitables dudas y recelos del amor, una imagen de meticulosidad y refinamiento en las maneras y las costumbres; también un ritmo pausado que no aburre sino al contrario, pues lo usa con maestría para aguantar la tensión narrativa y dejar que nuestras emociones acompañen a los personajes quienes «durante un rato permanecieron en silencio; no era un silencio incómodo, sino únicamente un temor indefinido, propio de las personas refinadas cuando tienen que iniciar una conversación con banalidades». Y entre ambos personajes Zweig alterna los puntos de vista de él y de ella, y traslada cómo es habitual en el autor el refinamiento en la maneras, unas maneras que ocultan e intentar tapar los deseos subyacentes de sus personajes, siempre con la presencia imperante de la castidad y la virtud como pilares de la personalidad de sus protagonistas pues, como en él es habitual, sus personajes parecen contener todos los sentimientos que albergan, como se evidencia al afirmar que, «por eso no sentía ningún temor ni aprensión por el futuro, creía en el eco suave y alegre de aquel amor casto y venerable que le daba tanta confianza en su belleza artística y su pureza interior» pero «entonces a ella la estremecía una necesidad ardiente de ternura, una expectación de palabras amables y dulces, que en realidad temía» aunque «se contenía mucho en mostrar a los demás su felicidad (…) porque quería proteger su circunstancia de las miradas extrañas, como una obra de arte con centenares de fragmentos fugaces». 

En un libro de apenas cien páginas no merece la pena hablar mucho del argumento, pues sería fácil caer en spoilers que estropeen una futura lectura, y creo que estas pinceladas son suficientes para comprobar una vez más que Zweig se maneja a la perfección creando personajes de sentimientos contenidos, vivos pero no vividos desacomplejadamente y nos relata una historia sentimental entre dos personajes que viven de y por la música, y por la mesura que imprimen a su relación que, como notas de una partitura perfectamente orquestada, no permiten disonancias en el ritmo que su razón imprime a la relación. Así, con más fugas que allegros en la partitura que construye Zweig, la relación avanza en un ritmo continuo y tenso que el autor sostiene in crescendo durante la trama argumental. La contención frena el impulso, y sus personajes parecen encorsetados como notas en una partitura que no pueden salirse de la escala en la que están creadas y que se evidencia al afirmar que «ahora se percataba de que su historia no representaba ni la injusticia ni la hostilidad de la vida, sino que únicamente era dolorosa, porque le faltaba el alegre paso de danza de los temperamentos risueños y frívolos que saltan por encima de los abismos del dolor (…) Y la soledad le caía encima y la oprimía (…) El dolor que salía de ella volvía para desbordarle el alma, y el hecho de confesarse y analizarse incesantemente a sí misma al final le producía un cansancio mortecino y una apatía desesperanzada, que no podía luchar más contra el destino y sus fuerzas ocultas» porque «aún no sabía que un dolor profundo es como un torrente subterráneo tenebroso, que perfora la roca con un silencio inquieto, y no para de llamar y llamar con una ira impotente a puertas infranqueables. Hasta que un día la pared se resquebraja y, con una euforia incontenible que todo lo destruye y agota las fuerzas, se precipita hacia el valle florido, que se mecía confiado, sereno, sin sospechar nada…»

Por todo lo explicado y con la facilidad de lectura que ofrece un libro tan corto, vale la pena encontrar un rato para leerlo. Porque a pesar de que bien es cierto que este libro no se encuentra entre sus mejores relatos, se trata de un libro de Zweig. Y a Zweig hay que leerlo siempre. Y varias veces.

lunes, 16 de agosto de 2021

Stefan Zweig: Una boda en Lyon

Idioma original: alemán
Título original: Die Hochzeit von Lyon und andere Erzählungen
Traducción: Tiana Puig (ed. en catalán) / Berta Vias Mahou (ed. en castellano)
Año de publicación: 1927
Valoración: está bien

Creo que en la comunidad lectora hay un amplio consenso sobre la calidad literaria de Stefan Zweig y de su capacidad inmensa para retratar y explorar la condición humana. En este brevísimo libro del autor austríaco encontramos el relato principal que da nombre a esta obra y tres relatos adicionales, muy diferentes entre ellos y que abordan temáticas algo diferentes a lo que nos tiene acostumbrados.

Tal es así, que el libro empieza con el relato que le da nombre, y que ocupa prácticamente la mitad de la extensión del libro. En él, «Una boda en Lyon» el autor nos traslada al Lyon de 1793, al momento en el que se firma un decreto en el que se establecía que «todos los edificios de la ciudad rebelde fueran derruidos, y los monumentos, reducidos a cenizas» lo cual conllevaba la destrucción de la segunda ciudad más grande de Francia; la pólvora se encargaba de destruir los edificios y los condenados son tan numerosos que los meten donde pueden hasta que llega el momento de la sentencia y, en uno de esos lugares en lo que los reclusos esperan su hora final, el autor centra el foco de la historia en dos jóvenes que encarcelan justo el día en el que debían casarse. Zweig narra con su habitual estilo y fineza los sentimientos de los dos prometidos que coinciden de manera casual en los sótanos del ayuntamiento, lugar en el que permanecen recluidos aquellos que serán sentenciados. Así, la joven y el joven se encuentran, por un casual y, a pesar de la terrible circunstancia, se sienten afortunados, porque podían, sino vivir, al menos sí morir al lado de su persona amada. El único lamento, la única pena, el hecho de «tener que presentarse delante de Dios con un nombre que no le correspondería, en lugar de hacerlo como su legítima esposa». Pero, y ahí Zweig deja entrever una característica que será común a todos los relatos incluidos en el libro, hace acto de presencia la bondad y la solidaridad, pues entre los reclusos se encuentra un capellán rebelde que se ofrece para «unirlos en sagrado matrimonio ante los testimonios allí congregados y Dios omnipresente». Este relato es un canto al amor, a la solidaridad, a la humanidad y a la vida, para aprovecharla y disfrutarla hasta el último momento y en cualquier situación, pues «ningún soplo de vida será devuelto» y que Zweig ambienta de manera muy precisa como si de una obra de teatro se tratara, describiendo a la perfección la ambientación, los personajes y la escenografía. Y, de igual modo, aprovecha para hacer una crítica clara y evidente del terror jacobino impuesto durante la revolución francesa con la presencia de nombres como Fouché, Robespierre, Barère o Couthon, creando así un marco histórico ambiental reconocible por el lector.

En el segundo de los relatos, «La caminata», el autor nos sitúa en Judea en la época de Jesucristo y en ese marco geográfico e histórico nos narra la historia de un joven que empieza una travesía hacia Jerusalén para encontrar al redentor. A medio camino se detiene en una casa para coger aire y recobrar fuerzas y, a pesar de las tentaciones que en ella encuentra, el joven, fiel a su fe y determinación, prosigue su camino. El autor sabe transmitir en este relato la duda y la tentación del protagonista, a la vez que ejemplifica la lucha contra el deseo. 

En estos dos textos iniciales. Zweig se desmarca de su habitual narrativa protagonizada por las clases altas de la geografía centroeuropea y las relaciones entre hombres y mujeres de alta alcurnia. Así, el autor realiza con estos cuentos un cambio de registro situando la narración en torno a lo religioso, pero sin caer en el proselitismo sino que sitúa las narraciones en determinados momentos históricos para ejercitar un retrato puramente circunstancial de una época donde la religión copaba los principales impulsos de la humanidad: la devoción, la culpa, y la fe.

En el tercer relato, «Un ser humano inolvidable», Zweig vuelve al escenario en el que mejor se desenvuelve y nos narra un relato que gira en torno a la bondad, al altruismo y a la generosidad como los mayores bienes que poseemos y que, ejercitado de manera habitual y espontánea, pueden convertir la sociedad en un lugar amable en el que vivir. Es evidente que el mensaje es altamente utópico, aunque sí es necesario que se plantee para, al menos así, dar ese primer paso: el de la concienciación. La humanidad y la bondad que transmite el relato, así como las valores que defiende, deberían ser siempre tenidos en cuenta (y seguidos, a ser posible), pues transmiten un escenario en el que la codicia y el individualismo no tienen cabida.

Ya en el último de los relatos, «Dos solitarios», el autor sitúa como protagonistas de la historia dos personas marginadas por la sociedad que coinciden y se encuentran, que se entienden y confraternizan, que encuentran en el otro aquello que vive dentro de sí mismo, estableciendo una unión y compañerismo que probablemente solo ellos pueden elevar a tal grado de compenetración.

Analizados los diferentes cuentos que se incluyen en esta obra, cabe decir que este es un libro algo atípico dentro del universo de Zweig, pues en sus dos primeros relatos de acerca de manera clara al aspecto religioso y que casi uno podría estar pensando que lee a Erri de Luca, por la crítica hacia ciertos estamentos pero también por la bondad de su relato sin caer en la desmesura. Por contra, los dos últimos relatos abandonan esa temática y en ellos se puede reconocer de manera más evidente la impronta del autor austriaco, aunque lamentablemente sin mostrar en ellos con plenitud el inmenso talento y capacidad narrativa que tiene Zweig y que habitualmente demuestra en gran parte de sus obras, ya sean ensayos o ficción.

Por ello, este es un libro corto, cortísimo, que se lee de un tirón y que, según mi punto de vista, no forma parte de sus mejores obras. Y, en este caso, no se trata en absoluto de un problema de extensión, pues Zweig ha demostrado sobradamente desenvolverse con soltura en las narraciones cortas como «Miedo», «Ardiente secreto», «Carta de una desconocida» o «Veinticuatro horas en la vida de una mujer». En este caso, el motivo está en el contenido, en la falta de impacto, pues encontramos un tono más suave, menos profundo y más comedido, aunque, de todos modos, siempre podemos hallar en estos cuentos elementos interesantes como en toda obra de Zweig.

miércoles, 4 de agosto de 2021

Alicia Schrödinger: Quiénes son y qué sienten las plantas carnívoras

Idioma original: castellano

Año de publicación: 2020

Valoración: Se deja leer


Pero también podría valorarse como Decepcionante, o al menos Flojo, si esa categoría existiese en nuestro baremo. Lo de Decepcionante, básicamente porque es un concepto que viene en línea recta de la comparación con unas expectativas previas, justificadas o no, y las mías venían determinadas por varios elementos favorables:

  • Por supuesto, el título, fascinante, bellísimo, enigmático, sugerente, con un punto provocativo, un lejano eco a Baudelaire. Buf, lo que hace un buen título
  • El personaje de la autora, primeriza en literatura, por lo visto procedente de la ciencia y, claro, con ese apellido que de inmediato nos hace pensar en el creador de la famosa paradoja del gato. De ahí no podía venir nada sin al menos un cierto grado de interés
  • Mejor aún: prólogo de Menchu Gutiérrez, la autora de mi admiradísimo La niebla, tres veces, garantía de que aquí hay algo bueno.

Bueno, y hasta la cubierta es bonita, es verdad. Dentro, más de cuarenta microrrelatos que, como ya he comentado aquí alguna vez, es un formato que me parece arriesgado, que puede arrojar un resultado brillante pero también lleva encima el riesgo de resultar inane. Hummm.

Por empezar por alguna parte hay que decir que el repertorio de materias tiene toda la amplitud de las cuatro decenas de relatos, desde un amor a primera vista hasta un ritual de harakiri, un misterioso libro de sabiduría de un pueblo perdido, las reflexiones de un teléfono (sic) o, claro está, los sentimientos de esas plantas carnívoras que lucen en el título. No cabe más dispersión de temas, lo que habla bien de la creatividad de la autora, al menos para imaginar cosas casi siempre un poco disparatadas.

El estilo es casi tan flexible como la temática: preferentemente limpio, con alguna tendencia al preciosismo, pero procurando adaptarse a lo que se cuenta, adquiere suaves tintes a veces  arcaizantes, otras veces románticos o lejanamente científicos. Pero lo que domina por completo es el humor, ese humor infrarrojo que reza en el subtítulo (un concepto que tampoco entiendo bien) y que impregna cada uno de los relatos, en ocasiones a través de cierto tono irónico, y las más articulando el argumento hacia algo parecido a la fábula o directamente hacia el absurdo. 

Todo esto, visto así, variedad de temas, habilidad para manejar una prosa eficaz y buenas dosis de humor, tendría bastante buena pinta, pero cuando se empiezan a pasar páginas algo ocurre, y el libro, un relato tras otro, se nos va desmoronando. Y es que el mundo del microrrelato se parece bastante a caminar sobre una cuerda: o sea hace muy bien, casi perfecto, o la aventura acaba de mala manera. Ya lo hemos comentado en alguna ocasión, se trabaja sobre muy poco espacio (en el caso de este libro, tres o cuatro páginas como mucho) y todo debe estar medido y dosificado con exactitud para que funcione: un argumento que atrape desde la primera línea, un desarrollo que no pierda vigor y conduzca hacia el final deseado, un desenlace poderoso, no necesariamente pirotécnico, que cierre el círculo narrativo. Una narración comprimida, o un simple pasaje, que deje al lector estupefacto, o inmerso en una atmósfera de que la no desea salir, o aturdido por una experiencia especial.

Esto es algo que en mi opinión muy pocos consiguen, casi siempre el especial talento de Monterroso, con frecuencia genios como Borges o Cortázar cuando se internan en este campo, y de vez en cuando, esporádicamente, algunos otros autores cuando consiguen dar con la tecla. Pero salvo esos casos contados (e insisto en que es una opinión muy personal, que habrá quien corra a rebatir) el microrrelato se convierte en algo de poca sustancia, un sucedáneo para quien no alcanza a edificar una narración más compleja ni domina los secretos de la poesía, un contenedor de ocurrencias más o menos afortunadas, expresadas con mayor o menor habilidad.

Exactamente es lo que le ocurre al libro de Schrödinger, que muestra imaginación, sí, también cierta habilidad para narrar, y esa saludable corriente de humor que recorre las páginas. Pero todo eso no parece suficiente para seducir al lector, para emocionar o sorprender más allá del chiste más o menos inteligente. Hasta me parece detectar tibieza en los elogios que, como no podía ser de otra manera, le dedica Menchu Gutiérrez en el prólogo y que se repiten, como es también inevitable, en contracubierta y citas publicitarias de la editorial. Lógicamente, algunos de los cuentos tienen un nivel algo mayor, pero en general se quedan en algo bienintencionado, pulcro y amable, tal vez con una chispa de crítica asomando de vez en cuando, pero claramente insuficiente para valorar el conjunto de forma más generosa.

Quizá el momento más interesante del libro lo encontramos cuando la autora se libra del difícil corsé que marca el formato y se extiende algo más en Cuatro momentos cruciales en la vida de una mujer. Con algo más de desarrollo y un bien manejado juego de puntos de vista, parece sugerir que Schrödinger podría dar más de sí apuntando a algo más grande. Podría ser interesante ver hasta dónde llegaría, pero a mí me costará un poco darle la oportunidad.

jueves, 21 de enero de 2021

Thomas Bernhard: Hormigón

Idioma original: Alemán
Título original: Beton
Año de publicación: 1982
Traducción (al catalán): Clara Formosa Plans
Valoración: Recomendable (aunque no para todo el mundo)


Hormigón es mi primera toma de contacto con Thomas Bernhard, escritor austriaco de nicho cuya narrativa se considera compleja y exigente. Compleja y exigente me ha parecido, de hecho, esta novelita, y eso que los admiradores del autor la consideran uno de sus trabajos más accesibles. 

Vaya por delante que Hormigón sólo se puede leer febrilmente, y que nos zambulle en un laberinto psicológico cuyos cambiantes pasillos han sido diseñados por un cronista no fiable. De modo que puede abrumar a algunos, pero creedme cuando os digo que deleitará sobremanera a aquéllos que apreciamos este tipo de propuestas.  

En forma y fondo, el texto me ha recordado a la primera parte de Memorias del subsuelo, de Fiódor M. Dostoievski. A fin de cuentas, estamos frente a un soliloquio plagado de repeticiones y contradicciones; ante un protagonista neurótico y desagradable que va alternando la arrogancia envalentonada con un marcado autodesprecio. 

Hablando de Rudolf, el protagonista de esta historia: he simpatizado muchísimo con él. Es un misántropo que requiere soledad; al mismo tiempo, y por contradictorio que suene, necesita a los demás. Asimismo, aborrece a sus semejantes, pero no por ello su opinión de sí mismo está por los cielos, pese a saberse diferente.

De las muchas virtudes de esta obra, destacaría las siguientes: 

  • Las lúcidas críticas a Austria (específicamente a su alta sociedad y sus políticos), las ONGs o la iglesia católica. 
  • Su reivindicación de la individualidad, a la que no mitifica, y su aceptación de lo cansino que resulta aferrarse a ella en una sociedad gregaria. 
  • La relación entre el protagonista y Elisabeth, su hermana. Es malsana, pero extrañamente conmovedora a la vez, y nos es mostrada con todas las luces y sombras que uno podría esperar: hay en ella amor y odio, admiración y despecho, autonomía y dependencia. 

Para ir terminando, sentenciaré que Hormigón me ha gustado. Cómo no iba a hacerlo: recuerda a Memorias del subsuelo, mi novela predilecta; aunque agota, no llega a saturar en ningún momento, dada su brevedad; y, para colmo, la desconsolada visión del ser humano y de la existencia de Bernhard coincide a grandes rasgos con la mía. Sin lugar a dudas, insistiré con este escritor.  


También de Thomas Bernhard en ULAD: Aquí

jueves, 31 de diciembre de 2020

Robert Seethaler: El vendedor de tabaco

Idioma original: alemán

Título original: Der Trafikant

Traducción: Ana Guelbenzu

Año de publicación: 2012

Valoración: Recomendable


Robert Seethaler es, en terminología de las editoriales, un autor bastante aclamado, especialmente en el mundo de la literatura en alemán, a raíz de la publicación de Toda una vida, que algo me dice que no tardaremos mucho en ver reseñada en este blog. Este señor es también, por lo visto, un prolífico guionista de series de televisión, y aseguraría que ese hábito de trabajar para un medio audiovisual deja su sello en su obra escrita. Diría más, creo que en algunos escritores se ha filtrado cierta dosis de lenguaje cinematográfico que da lugar a un estilo muy visual, que fácilmente traslada al lector al mundo de la imagen, de la misma forma como la tradición oral dejó huella en la obra escrita durante siglos. Pero bueno, es solo una reflexión que dejo servida a la concurrencia.

La historia que cuenta El vendedor de tabaco (que aunque no lo parezca es una traducción casi literal del título original) tiene un aroma clásico indiscutible: el jovencito Franz Huchel es enviado por su madre desde su hogar en las montañas a Viena, al cuidado de un estanquero con quien trabajará como aprendiz. Esto ocurre en los meses anteriores al Anschluss, la anexión de Austria por Hitler, y por tanto en plena efervescencia del nazismo. El escenario ofrece por tanto dos líneas narrativas claras: la del inocente chaval de pueblo que desembarca en un medio desconocido, y la histórico-política que inevitablemente terminará afectando a su experiencia.

La primera de ellas tiene las trazas de una pequeña novela de formación, eso que, con el puntito pedante, llamamos a veces bildungsroman. Franz queda admirado por lo que ve en el estanco, las labores de tabaco que el viejo Otto le enseña a distinguir, los periódicos que le obliga a leer, los clientes que va conociendo día tras día. La relación entre ambos es bastante impersonal, diríamos netamente profesional, pero aun así resulta inevitable que el estanquero deslice consejos hacia el joven pinche con un vago eco paternal, y que este a su vez acabe correspondiendo con un grado creciente de estima que se dejará ver más adelante. En ese proceso de maduración Franz tiene también una efímera y algo misteriosa aventura con una chica, descubre el sexo y los desvelos del amor, y ahí el autor introduce el personaje de Sigmund Freud, que le servirá al chico de asesor, puede que más con su sola presencia que con sus limitados consejos. La aparición de Freud es lo que podríamos llamar un cameo, bastante bien traído, que opera como nudo entre las dos líneas del relato, la personal del muchacho desorientado, y la política, con la incipiente persecución de los judíos.

En esta segunda perspectiva, la novela tiene un crescendo bastante convincente. Ante la visión en principio ingenua de Franz empezamos a asistir a los primeros episodios de la irrupción del nazismo, que se inician con anécdotas que parecen no tener un significado claro, para ir tomando forma y dibujando la tragedia que se avecina. No es que encontremos cosas muy novedosas (primero unas pintadas, clientes que dejan de comprar, luego presencia de individuos en actitud amenazante, rumores en la calle, patrullas de extremistas), pero el relato está muy bien construido, combinando los momentos de acción con las pausas para la introspección a través de los sueños de Franz y su comunicación con Freud y ocasionalmente con la madre, en definitiva, conectando el presente con aquel mundo rural y despolitizado del que procede.

En realidad, casi nada en el libro es demasiado original, como los personajes tampoco resultan especialmente ricos (todos son más o menos estereotipos, con excepción de la chica), y sin embargo el conjunto queda equilibrado, con escenarios alternativos bien dosificados para que el lector no pierda el hilo ni la narración llegue a estancarse. Todo lo cual, contado con mucho tacto, de forma sencilla y con una prosa clara y no exenta de figuras de cierta belleza, da a entender que Seethaler no es solo un autor de indudable eficacia cinematográfica, sino que tiene además un apreciable talento para escribir. Otra cosa es que le falte quizá un punto de atrevimiento, que la historia no se salga de un cierto canon narrativo (joven de pueblo aterriza en la ciudad en tiempos turbulentos), pero el trabajo funciona francamente bien y la novela se lee desde luego con agrado.

P.S.: Acabo de ver por ahí que, como parecía inevitable, hay versión en cine, de 2018 y con el gran Bruno Ganz en el papel de Freud. Al parecer las críticas no son nada buenas así que, sin haberla visto, les sigo recomendando el libro.


sábado, 13 de junio de 2020

Joseph Roth: La marcha Radetzky

Idioma original: Alemán
Título original: Radetzkymarsch
Traducción: Isabel García Adánez
Año de publicación: 1932
Valoración: Imprescindible



Creo que no me equivoco si digo que esta es una de las novelas clave de la primera mitad del siglo XX y uno de los ejemplos más acabados de novelas que reflejan el final de una época y los efectos que este tiene sobre los individuos. Y mira que buena parte de la narrativa de Joseph Roth (Musil, Zweig, etc) gira alrededor de ese tema, pero es que "La marcha Radetzky" lo tiene (casi) todo.

El punto de partida de la novela será la heroica acción de Joseph Trotta, quien casi sin quererlo salva la vida del Emperador Francisco José durante la batalla de Solferino, lo que provocará que Joseph Trotta se convierta en el barón von Trotta und Sipolje (localidad esta de la que procedían sus antepasados) y modificará para siempre el destino de la vida de su hijo Franz y su nieto Carl Joseph.

Los destinos de ambos (sobre todo el de Carl Joseph) aparecen, por tanto, entrelazados con el ocaso de la monarquía austrohúngara, el cual es narrado desde el sarcasmo y la ironía, aunque no sin pequeñas dosis de melancolía. Todo ello conjugando destinos individuales y acontecimientos históricos, contraponiendo valores "antiguos" y "nuevos", diferenciando entre realidad y apariencia.

Por una parte, estarían la omnipresente figura del Emperador y los valores que de ella aparentemente emanan: el deber, la obediencia, el sacrificio, el honor; por otra, su aplicación práctica en instituciones como la clase política o el ejército. Por ejemplo, el contraste entre el oropel de los desfiles o el papel aglutinador y ejemplar del ejército y la imagen de este como un grupo de holgazanes, bebedores y jugadores o entre las tradiciones antiguos y las nuevas costumbres es brutal.

Producto de estos contrastes y del choque entre el ideal y la realidad es el personaje central de la novela, el teniente Carl Joseph von Trotta und Sipolje. Nieto del héroe de Solferino e hijo de un jefe de distrito, recto y espartano funcionario que más parece un fantasma de otros tiempos y un reflejo decolorado del Emperador, Carl Joseph se ve empujado desde su más tierna infancia a la carrera militar. La carga, para lo bueno y para lo malo del nombre del héroe de Solferino, una relación paterno-filial basada en silencios y sobreentendidos y el peso del deber, el honor, la obediencia y la sumisión harán de Carl Joseph un ser pusilánime, un hombre "sin atributos", un instrumento en manos del infortunio.
De ahí que "La marcha Radetzky" no haya de ser considerada, al menos en exclusiva, como una novela histórica y que conserve en 2020 toda su vigencia. Porque es también una novela de corte psicológico o existencialista, sobre seres fuera de lugar que tratan de "pertenecer" de alguna manera, aunque en el fondo siempre sean incapaces de adaptarse a las nuevas situaciones o a situaciones que la Historia va poniendo en su camino.

Sea como fuere y hagamos la lectura que de la novela hagamos, "La marcha Radetzky" vuelve a dar muestra de la capacidad de penetración psicológica de Roth, de sus habilidades como narrador o contador de historias, de su maestría para entrelazar extensas descripciones (por ejemplo, las de los paisajes de su Galitzia natal) y ágiles diálogos o para dejarnos una serie de escenas memorables, como pueden ser el diálogo entre Carl Joseph y el doctor Max Demant previo al duelo en el que este último se ve inmerso, la agonía del criado del primer y segundo Trotta o las poderosas imágenes de la guerra, en las que sentimos el hambre, la sed y la violencia en carne propia. Por ponerle un pequeño pero, quizá el comienzo sea algo "lento", ya que está destinado más a una puesta en situación que otra cosa. Si lo leéis y os transmite esa sensación, no desistáis. Merecerá mucho la pena, de verdad.

domingo, 24 de noviembre de 2019

Peter Handke: La tarde de un escritor


Idioma original: alemán
Título original: Nachmittag Eines Schriftstellers
Año de publicación: 1987
Valoración: Recomendable (imprescindible para sibaritas)



Las tendencias literarias son un misterio: influyen las modas, el mercado, todo a la vez. A algunos escritores les tienen sin cuidado las tendencias, otros las ignoran en ciertos momentos para exteriorizar lo que sienten, les preocupa o desean divulgar; a veces, parece establecerse una competición por ver quién sorprende, asusta o confunde más que nadie. Pero a menudo los lectores necesitan variar el menú, intercalar el thriller y el cuadro costumbrista, el humor y la tragedia. En este caso, si a pesar de todas las polémicas sobre la ideología de Handke, la Academia Sueca se ha fijado en él, se debe, como puede comprobarse, a la indudable calidad de su escritura. Y es que lo difícil es crear belleza utilizando materiales comunes, retratar la vida cotidiana y que cualquiera de nosotros se sienta retratado, embellecer los gestos más vulgares con la sencilla magia de las palabras. La tarde de un escritor, que narra exactamente lo que indica su título, está escrita en tercera persona, pero no podemos evitar imaginarnos al propio Handke hablando de su propia experiencia.
Que, por otra parte y según vengo diciendo, es de lo más simple: Un tipo que vive en soledad consagrado en exclusiva a su trabajo, acaba su jornada diaria y se distrae dando un paseo a última hora de la tarde; aislamiento, adoptado como disciplina en aras de la productividad laboral, con el que parece sentirse realmente cómodo. El individuo en cuestión se dedica –nada casualmente– a escribir, vive en lo alto de una colina a poca distancia de un pueblo, le gusta el contacto con la gente siempre que esto no interfiera su labor, pero no es muy comunicativo, sabe que es reconocido pero le gusta mantenerse a distancia. Ya en el primer párrafo se desvelan los motivos de dicho comportamiento: “Desde que una vez vivió convencido, durante casi un año, de que había perdido el habla, cada frase que el autor anotaba, y con la que incluso experimentaba el arranque de una posible continuación, se había convertido en un acontecimiento.” Es decir, el personaje –más o menos, su alter ego– conoció el bloqueo creativo en algún momento de su carera. Por eso, el miedo a que se repita está siempre presente sea o no consciente de ello y, desde el principio, una vez terminada su jornada, ya con la mente libre, vuelve a obsesionarse con él. Sale para despejarse pero su fantasma personal no se queda en casa, le persigue durante todo el trayecto, de ahí su indecisión sobre el camino a tomar, con quién debe conversar etc. Por momentos se abandona a recuerdos y reflexiones, pero sus temores siempre acaban regresando.
No obstante, oficio y circunstancias son lo de menos, este personaje podría ser cada uno de nosotros, y su obsesión cualquier fobia o sentimiento intenso que mantenemos oculto un tiempo pero aflora siempre que bajamos la guardia. El resto de recuerdos, observaciones, preferencias, reflexiones y fantasías se parecen a las nuestras, el mérito consiste precisamente en ese flujo de conciencia tan concienzudo reflejado en una prosa tan magnífica. Averiguamos los pensamientos de Handke, de su alter ego o de sus lectores ocasionales a través del ser humano sin nombre, al que alude cada vez que se refiere a él y dependiendo de la ocasión, con una adjetivo diferente (escritor, observador, interlocutor, abandonado, demorado, responsable etc.)
Podríamos, pues, definir la novela como un alarde literario. Poco más de cien páginas de elegante prosa –que apreciamos gracias a una exquisita labor de traducción– cuya anécdota es mínima, donde prima la introspección y el retrato de un ambiente muy concreto, que deja ver, de paso, hasta qué punto son decisivos el estado de ánimo y el entorno en que se mueve un autor, así como el aislamiento que impone el oficio a quienes se lo toman en serio. Todo ello acompañado de preguntas de índole existencialista y numerosas reflexiones sobre el proceso creativo. Tanto es así que el autor-personaje, en cierto modo, nos lleva hasta su cocina, muestra sus ingredientes y la forma de combinarlos, en una exhibición donde la teoría complementa a la práctica..
En sus sueños de juventud, la literatura era para el escritor lo más libre de un país, y esa idea fue su única salida para escapar a la vileza y sumisión diarias y poder sentir el orgullo de ser un igual, como les sucedió probablemente a muchos más.”
Traducción: Isabel García Wetzler


También de Peter Handke:  El miedo del portero al penalty