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miércoles, 22 de julio de 2026

Sophie Demange: Las carniceras

Idioma original: francés

Título original: Les bouchères

Año de publicación: 2025

Traducción: Susana Prieto Mori

Valoración: se deja leer

Dos apuntes o avisos antes de comenzar la reseña en sí, para dejar las cosas claras:

1°- Voy a tratar de evitar todo espoiler sobre la trama de esta novela, pero me temo que va a ser difícil que algún lector o lectora avispado/a no adivine por donde va. No pasa nada, se puede leer el libro aún intuyendo o incluso sabiendo esta información, aunque, claro está , no es lo más idóneo. (*).

2°- ¿Me he decidido a leer esta novela atraído por su molona cubierta? Pues sí, no lo niego; ya sabéis de mi superficialidad al respecto. Aunque como dijo, no sé si Gide: "Lo más profundo de los hombres es su superficie"... Pues a veces con los libros pasa igual.

Dicho lo cual, vamos al lío... Las carniceras trata, cómo no, de unas carniceras; en concreto, Anne, que decide hacerse cargo del negocio familiar en la normanda ciudad de Ruán y para ello recluta, primero, a su compañera de formación Stacey y luego, como ayudadante, a la guineana Michèle, conformando todas ellas un trío de profesionales del despiece cárnico especialmente seductor, dentro de una profesión en general detentada por hombres (al menos en Francia, al parecer). Además, redecoran y actualizan la carnicería heredada del padre de Ann para convertirla en un local encantador, por no decir cuqui e incluso trendy, hipster o como se denomine ahora el pijerío Bobo (Bourgeois-bohème, no hablo de ningún ex-presidente del Gobierno español). La iniciativa parece ir sobre ruedas... excepto que ambas tres han sido o son víctimas de algún tipo de abuso, violencia o discriminación por parte de los hombres y esa circunstancia acaba revertiendo a sus vidas. Claro que dichos hombres no cuentan con sus destrezas en el manejo de la cuchillería utilizada en su oficio y hasta ahí puedo leer...digo, contar.

¿Qué me ha parecido Las carniceras? Pues permitidme desarrollar mis puntos de vista usando el que podríamos denominas "Método Patentado Oriol de Elaboración de Reseñas". Es deir, por una parte, veamos los aspectos positivos o que me han gustado de esta novela:

  1. la inevitable simpatía que , desde un principio, suscitan las protagonistas. Simpatía que se siente hacia ellaas a pesar de que ciertos comportamientos que llevan a cabo no son los más correctos desde diferentes puntos de vista... desde el puramente legal al ético, pasando por la seguridad alimentaria.
  2. Una recreación de la vida  diaria de un barrio tradicional francés tirando a gentrificado bastante amena y hasta divertida (por continuar con las referencias francófilas, aunque sean cinematográficas, recuerda a algunos pasajes de las películas de Jean-Pierre Jeunet y Marc Caro, Amélie e incluso Delicatessen).
  3. Ciertos pasajes del libro, sobre todo cuando se trata de descripciones de paisajes o de las actividades propias del oficio de las protagonistas, que destacan literariamente sobre un estilo general más tendente a la eficacia narrativa que a la floritura y no digamos ya, la brillantez.
Lo que no me ha gustado (o mucho menos) de esta novela:
  1. Que el estilo, precisamente, tienda más hacia la eficacia que a buscar una mayor calidad literaria -pese a que, ya digo que de vez en cuando esa posibilidad se vislumbra y resulta una verdadera pena que su autora no ahonde en ese sentido (cierto es que ésta es su primera novela, así que démosle algo más de tiempo para desarrollarse como escritora).
  2. Las oportunas elipsis que hace de determinados episodios de violencia. Es decir, ciertos episodios, según quienes sean la víctima y el agresor y la naturaleza de esa agresión nos las cuenta con más detenimientos que otros momentos, más sangrientos, por los que pasa con discrección y hasta asepsia.
  3. En general, el maniqueísmo que denota toda la obra y que la convierte, en cierto modo, en una "novela de tesis". Entiénd aseme: nadie (y yo tampoco, claro) siente simpatía por los acosadores sexuales, los violadores y los agresores de ningún tipo. Y el trasfondo general de la novela me parecede perlas: unas mujeres que se empoderan a través del ejercicio de un oficio tradicionalmente masculino y se enfrentan a los hombres que las causan algún mal -aunque not all men, como se encarga la propia novela de dejarnos clarinete- ; pero claro, eso es una cosa y otra es converetir a las protagonistas en adalides del empoderamiento femenino, sin tener en cuenta según qué comportamientos... Tampoco consideramos a Ed Gein o Jeffrey Dahmer (o Hannibal Lecter, por no salirnos del terreno de la ficción) como modelos de una actitud adecuada para sobreponerse a los problemas de salud mental... y, de nuevo, hasta aquí puedo contar. 
Sí, ya sé que habrá quien, dada mi condición de señoro heteropatriarcal (y cada vez más viejuno, me temo), cuestione mi opinión sobre este tema o incluso que yo tenga derecho a tener alguna. Pues bien, he de decir que, a pesar de mi condición de señoro, etc. no sólo no tengo ningún problema con las reivindicaciones feministas, multirraciales y LGTBIQA+ friendly de que hace gala esta novela (casi un festival de esa palabra que empieza por W- y que tanto pone de los nervios a nuestros queridos Albertolmos, Sotivars y a buena parte de los influencers huidos a Andorra para pagar menos impuestos), sino que me parece incluso de perlas para contrarrestar un poco la sobredosis de facherío a la que estamos sometidos, en los últimos tiempos. Ahora bien, si se hace, que se haga con un poco de rigor y criterio, y no montando una peli, no ya de buenos y malos, sino de que el fin justifica todos los medios. Porque, mes chérs amis, yo tampoco es que sea muy remilgado -de hecho, ya digo que me hubiera gustado más detallismo en determinadas escenas que podemos denominar, sin duda alguna, como escabrosas-, pero lo que no se puede hacer, insisto, es ocultar ciertos hechos mientras se resaltan otros. El maniqueísmo, insisto de nuevo, no funciona como fórmula narrativa. A no ser que se trate de El Señor de los Anillos, obviamente, que no es el caso.

(*) No sé hasta qué punto he superado este escollo o en la reseña se deja entrever, quizá demasiado, por dónde van los tiros en esta novela (metafóricos, se entiende, que aquí tiros no hay... Sólo faltaba eso). Mis disculpas si es así.

miércoles, 24 de junio de 2026

Claire Marin: Estar en su lugar

Idioma original: francés
Título original: Être à sa place
Traducción: Álex Gibert en castellano para Anagrama
Año de publicación: 2022
Valoración: recomendable


En estos tiempos en los que todo va muy deprisa, en la que la sensación que tenemos de no querer perdernos cosas es cada vez más acuciante y donde los problemas y preocupaciones de diversa índole nos descolocan, leer ensayo filosófico nos puede ayudar a resituarnos. Y claro está que este libro es muy adecuado para tal efecto. Porque nos habla del lugar que ocupamos, a nivel físico, pero también emocional y espiritual.

Tal y como expone la autora en el inicio del ensayo, «¿por qué este libro? Porque a veces nos vemos bruscamente desalojados de un lugar que creíamos ocupar por elección, felizmente. Era un lugar que dábamos por sentado, que creíamos justificado y merecido, sin reparar en el elemento de azar que allí nos había arrojado en primer lugar». Así que, ya de entrada, emergen directamente en nuestra mente una serie de cuestiones: ¿hasta qué punto los lugares nos pertenecen?, ¿hasta qué punto somos merecedores de ellos?, ¿hasta qué punto nos identifican?, ¿podemos desasociar los lugares físicos de los mentales?, ¿hasta qué punto están relacionados? Porque es evidente que «en la cuestión del lugar, están en juego de nuestra singularidad, pero también la de nuestra inserción en una sociedad, una familia o cualquier grupo del que formamos o querríamos formar parte». 

Con este amplio espectro analítico, la autora traza una analogía entre el lugar como espacio físico, pero también como espacio vital. Así, asevera que quien de golpe deja el hogar lo abandona, porque realmente lo que quiere es huir de ese espacio que se le supone en la vida, a nivel físico, pero también relacional y con ello parafrasea a Foucault al decir que «los espacios no son neutros ni carecen de cualidades (…) están poblados de proyecciones y esperanzas». Porque un lugar no es un espacio únicamente físico, sino también un lugar donde depositar nuestros recuerdos, donde establecer los pilares que sustentarán nuestras vidas, aunque, a veces, esas mismas raíces que hemos echado se convierten en cadenas que nos atan, que nos limitan, porque constituyen aquello que a veces nos impide la partida, pues «nuestras representaciones nos frenan tanto como la propia realidad, y a menudo obedecemos a mandatos latentes y asignaciones implícitas sin percatarnos necesariamente de ello».

También el espacio es tratado por la autora como elemento de distancia entre personas y utiliza esta interpretación para denunciar el racismo al mencionar a Fanon y su paradoja del hombre negro: «ocupar un lugar sin tener ninguno. El hombre negro, dice, crea un vacío a su alrededor. En el tren no le dejan un asiento, sino tres. No es un asiento lo que se le cede, sino un vacío. Lo que se crea en torno a él no es un espacio, sino una distancia». Así, profundizando en aspectos más sociales y sus desigualdades, extiende su crítica hacia el espacio que ocupa el machismo y el patriarcado al hablar sobre las mujeres, sobre quienes se ha impuesto durante mucho tiempo la orden de encogerse incluso intentando «que desaparezca, que se oculte, se la cubra de telas o maquillajes, se suprime o se embadurna su semblante. No ocupar demasiado espacio, pasar inadvertidas». Así, el espacio ocupado (o la ausencia de él) marcan la importancia de cada uno dentro de una estructura familiar, social o económica. La presencia o la ausencia otorgan visibilidad, denotan poder, establecen jerarquías. Igualmente, y de manera muy acertada, la autora critica el negro futuro que nos espera como humanidad y justifica el estado de abatimiento que nos persigue, pues «que el mundo de ayer se desvanezca entra dentro del orden de las cosas. Que nos inspire cierta nostalgia entra también dentro del orden de las cosas. Es fácil consolarse de la desaparición del pasado; de lo que no puede uno reponerse es de la desaparición del futuro. El país cuya ausencia me entristece y me obsesiona no es aquel que conocí en mi juventud; es aquel que soñé entonces y nunca vio la luz del día». Por ello, la necesidad de definir un espacio es aún mayor en un mundo vacilante; así que debemos encajar en un papel, en un lugar social, para que ese lugar defina nuestros límites. Un espacio no siempre accesible especialmente para los emigrantes y los desplazados que la autora diferencia sabiamente pues «así como el inmigrante acaba por encontrar su lugar, el desplazado no encuentra su lugar en ninguna parte» (algo que me lleva a pensar en «Los errantes» de la Premio Nobel Tokarczuk que trataba en gran parte sobre las personas en tránsito).

En contraste al espacio que ocupan los cuerpos y objetos presentes, también pone de relieve el espacio que ocupan los que ya no están (…) quizá ocupando un espacio superior en nuestra memoria que cuando existía en realidad: «el fantasma nace de esa desproporción entre la necesidad de una persona y su irremediable ausencia (…) para compensar esa ausencia, nuestra conciencia lo mantiene vivo en nuestro fuero interno» (algo que me lleva a novelas sobre la pérdida, como por ejemplo, la última novela de Pol Guasch o también la de Siri Hustvedt).

Por todo ello, el ensayo que nos propone Claire Marin es interesante, pues parte de un concepto como lugar para, a partir de ahí, desarrollar una serie de interpretaciones, espacios y paisajes en los que el concepto toma forma limitando así su significado. Por otra parte, bien es cierto que como ocurre en algunos ensayos, el desarrollo de la idea podría adaptarse en un espacio más comedido, sin tener que abarcar doscientas páginas de texto pues la autora se nutre de diferentes ejemplos en la literatura o el cine para sustentar sus afirmaciones y eso es algo que, si bien puede servir de apoyo si se utiliza con mesura, en dosis elevadas puede llevar a la desconexión por la reiteración de ejemplos o el análisis muy en detalle de tales referencias. Aun así, es interesante el planteamiento del libro por aquello que nos ofrece, que nos amplía, que nos limita, y que, en el fondo, nos define.

Para concluir, Clarie Marin indica que «todos buscamos un hogar, ese lugar por el que nos desplazamos sin pensar, con los ojos cerrados» y coincido en la voluntad de la autora al aprovechar el ensayo para transmitir y reivindicar la importancia del arte en nuestras vidas y el espacio que ocupa en nuestro crecimiento personal, afirmando que «el poder del poema, como el de la novela o la película, es precisamente ese, el de desplazarnos (…) a un lugar que nunca habíamos ocupado y que, no obstante, nos parecerá familiar mientras dure la lectura o la proyección. La obra de arte nos desaloja, nos arranca a nosotros mismos y nos hace perceptibles y accesibles otras vidas, otros lugares distintos al nuestro», ensanchando así nuestra empatía, nuestro conocimiento acerca de otras culturas y maneras de ser. Un espacio que también generamos en este blog, en el que podemos encontrarnos e intentar dar cobijo a nuestras carencias.

También de Claire Marin en ULAD: Los comienzos

domingo, 21 de junio de 2026

Jérôme Ferrari:La isla

 Idioma original: francés

Traducción: Pablo Martín Sánchez

Año de publicación: 2026

Valoración: Recomendable


Jerome Ferrari fue profesor de filosofía en Córcega y sus padres son originarios de la isla, de ahí que esta isla mediterránea se convierta en un elemento central de sus obras. El escritor francés conoce de primera mano el impacto demoledor que tiene el turismo de masas sobre su adorada isla y realiza un inmisericorde análisis sociológico de un universo donde las tensiones humanas se radicalizan y la convivencia diaria se convierte en un ejercicio de supervivencia. Inevitablemente, se produce un choque entre los habitantes primigenios y las hordas invasoras de turistas que toman posesión de la isla, especialmente durante el verano. Ese enfrentamiento se convierte en el eje central sobre el que bascula La isla.

Desde las primeras páginas, Ferrari no duda en criticar la plaga turística que asola la isla que ama: "En contra de lo que cabría esperar, pues las personas sensatas habrían huido siempre en verano de la costa tórrida e insalubre, una locura colectiva había llevado a concentrar en las playas a masas cada vez más compactas de estúpidos extáticos que acudían a cultivar sus futuros melanomas embadurnándose con aceites de coco y cremas bronceadoras bajo el sol ardiente, a que les picaran los mosquitos y las avispas insaciables, a compartir sus miasmas y sus micosis en la templada infusión mediterránea, y encima dispuestos a pagar por ello".

Gran parte de ese litoral es propiedad de los Romani, una familia originaria de la isla y que con el paso de las generaciones, prácticamente por casualidad, se han convertido en prósperos terratenientes que se aprovechan esquilmando sin ningún tipo de miramientos a los turistas.  Precisamente el último descendiente de la saga, Alexandre, "un parásito lánguido, violento y perezoso, un ser irresponsable, mujeriego y sin escrúpulos como lo fueron todos sus ancestros", se convertirá en el protagonista de un desagradable incidente que pondrá sobre la mesa el frágil equilibrio de la convivencia en la isla.

Alexandre interpreta una pequeña burla de unos turistas en uno de sus restaurantes  como una afrenta al honor familiar y llevará a cabo una venganza desmedida.  Ferrari pone sobre la mesa el peso que el honor, la tradición y la familia tienen para los habitantes de la isla y lo contrapone con el aire despreocupado y festivo con que se manejan los turistas.

Para hacernos entender lo ineludible del incidente, el escritor francés se retrotrae en el tiempo y nos describe las andanzas, no muy edificantes, de varios antepasados de la familia Romani. A través de esas andanzas conoceremos el desarrollo de la isla y entenderemos la forma de pensar y actuar que guía los actos de los distintos miembros de la familia. De esa forma comprenderemos por qué nuestro protagonista se ve impulsado, casi por necesidad, a responder de manera tan agresiva una provocación casi insignificante. De alguna manera la violencia que dirigió las vidas de sus ancestros está inmersa en el ADN de Alexandre, cuya reacción desaforada excluye toda lógica.

Ferrari escribe con mucha elegancia. Son frases largas, pero directas, concisas y narrativamente cercanas al reportaje periodístico. Permite que la historia fluya sin interrupciones y ocasionalmente, a través de las reflexiones del profesor que narra la historia, indudablemente su alter ego, no duda en tomar partido y criticar desaforadamente los excesos del turismo de masas que, al fin y al cabo, es el desencadenante de la tragedia: "Exigieron comida de proximidad. Música de proximidad. Se empeñaron en que sus vacaciones tuvieran sentido...Me cuesta creer que al principio nos alegrásemos por ello. De haber sido más astutos los habríamos confinado a todos en la costa prohibiéndoles alejarse del mar y mantener con nosotros otras relaciones que no fueran comerciales o sexuales".

Parece que esta novela es el inicio de una trilogía conectada temáticamente. Desde luego, el inicio es prometedor.

miércoles, 13 de mayo de 2026

Miguel Bonnefoy: El sueño del jaguar


Idioma original: francés

Título original: Le rêve du jaguar

Año de publicación: 2025

Traducción: Regina López

Valoración: muy recomendable

Ineludibles aromas de Robertson Davies, tratándose de una bildüngsroman y de Libros del Asteroide. Pero esta excelente novela de Miguel Bonnefoy no se limita a eso. La historia de Antonio Borjas, que en un primer flash-back, con mucha influencia del boom, ya se nos muestra como la de alguien que, a pesar de ser abandonado siendo un recién nacido, está asistiendo a inauguraciones de calles que llevan su nombre, resulta constituir una novela ambiciosa y luminosa, una visión caleidoscópica que muestra unas importantes décadas de evolución de una sociedad, que refleja sus altibajos e ilumina sus contradicciones. Todo ello en un ejercicio no despojado de equilibrismo. Aunque su autor represente un cierto paradigma proclive a cierto posicionamiento (nacido en Francia de progenitores venezolanos y chilenos), el de Bonnefoy no es un dedo acusador, si no más bien un testimonio ligeramente tiznado de circunstancias personales, convenientemente aderezadas para otorgarle un tono, a veces, casi espiritual.

Curioso, y supongo que la traducción tendrá algo que ver, apreciar que aunque el original de la novela sea en francés, la poética del texto, su cadencia, su recreación de escenarios o situaciones le aportan un aire caribeño. Como si Bonnefoy tuviera esa condición en el substrato de su narrativa. Por qué, desde luego, García Márquez es una clara referencia aquí. Esa carnalidad sugerida, ese intercalado de pasajes con detalles - casualidades, coincidencias, encuentros - no digamos mágicos pero si que con la carga de fantasía onírica para comprender ese ensamblaje, muy visible al final de libro, entre creación y un muy digerible detalle de auto ficción. Todo ello, eso sí, con un estilo preciso, directo, con la dosis justa de descripciones de situaciones, de lugares, la dosis que permite ubicar la novela pero consigue universalizar los detalles de la trama.

Quizás, pero ya es ponerse muy exigente, llamar Venezuela a la hija de Antonio y Ana María, los dos pujantes médicos que no tienen miedo alguno a su abierta militancia para mejorar la sociedad en la que crecen y a la que ven evolucionar, puede resultar algo forzado, un detalle que nos haga creer en esa analogía, que estamos viendo el progreso de un país reflejado en la vida de uno de esos personajes públicos inapelables: apasionado, pícaro, seguro de sí mismo, coherente. Quizás ese detalle, nimio a todas luces, fuerce un poco ese símil, pero ya es buscarle los tres pies al gato, y sería injusto centrarse en cuestiones de poco calaje cuando nos encontramos ante una magnífica novela caribeña.

Más libros de Bonnefoy en ULAD, aquí

 

viernes, 1 de mayo de 2026

Mats & Enzo: Cómo hacer caca en el trabajo

Idioma original: francés

Título original: Commant chier au bureau

Año de publicación: 2009

Traducción: Víktor Dell

Valoración: tan increíblemente útil y estimable que no me atrevo a valorarlo

Hoy, primero de mayo, Día Internacional de los Trabajadores (y trabajadoras, claro), sin duda vosotros/as, queridas/os lectores de este blog, os habéis levantado antes de lo habitual, en vez de remolonear en la cama hasta que toque bajar a por churros para el desayuno, para preparar vuestras pancartas y banderas rojas, antes de salir a la calle a manifestar vuestro orgullo proletario y luchar por vuestros derechos laborales sin retroceder ni desfallecer en el empeño. Vale, todo eso está muy bien, pero... ¿realmente sirve para mejorar las condiciones de la clase trabajadora en estos inclementes tiempos de galopante ultracapitalismo, ultraliberalismo y ultraderech.... ultrabuenismo woke, culpable de todos los males de nuestra sociedad? ¿No será más práctico, se me ocurre, tratar de ganar las pequeñas batallas, la guerra de guerrillas que desde tiempos inmemoriales libramos los asalariados/as frente a los patronos, los empleados/as frente a los jefes, los parias de la Tierra frente a quienes tienen la sartén por el mango?

¿Y qué otra cosa puede ser más beneficiosa para la salud de los y las trabajadoras, a la par que satisfactoria para su espíritu reivindicativo e incluso autoestima personal que poder llevar a cabo con tranquilidad ciertas funciones corporales cuando la naturaleza reclama lo que es suyo (y que, además, te estén pagando por ello, que no me negaréis  que tiene su punto)? Sí, amigos y amigas, no nos avergoncemos, ya que en este nuestro mundo, hasta el ser más excelso defeca... Ahora, bien, en un entorno laboral, ya sea un taller mecánico, las oficinas de una multinacional o una impoluta tienda Apple, esta necesidad biológica se puede convertir en un tema espinoso que, mal gestionado, puede arruinar la convivencia en el grupo, la vida social de la persona afectada y, más aún, sus posibilidades de progreso dentro de la empresa. En algunos casos extremos, las consecuencias de un apretón repentino pueden llevar a la renuncia del puesto de trabajo o incluso el despido.

Para evitar estas penosas derivaciones de un proceso natural, los autores de este libro -no firman con sus nombres reales para evitar ser estigmatizados en sus propios entornos laborales-, con la ayuda del experto Tom Hayatt -creador del célebre truco mnemotécnico HMLO2S: Huellas, Movimiento, Luz, Olor, Sonido, Sombra-, han escrito este magnífico libro, que, en cierto modo, podemos considerar "de autoayuda", aunque en mi opinión, va mucho más allá: se trata de una guía para evitar las trampas que la incomprensión y la maledicencia ponen a quien tan sólo trata de aliviar una necesidad básica e inocente, pero también sus enseñanzas pueden extrapolarse a cualquier ámbito de la vida en sociedad; de la misma forma que hay que evitar los peligros inherentes a una situación incómoda en los aseos de la empresa, podemos aplicar los mismos métodos para sortear los derivados de una cena navideña con la familia política, una discusión con cuñados de barra de bar o el embarazoso silencio cuando subes en el ascensor con algún vecino antipático.

El libro está estructurado en tres partes diferenciadas -antes durante y después de la necesidad de ir al servicio-, con un montón de problemas que pueden surgir en cada situación y las posibles soluciones, valoradas además, en realismo y facilidad, por medio de un sistema similar a las estrellas de Goodreads, pero con escobillas de váter. Además, cada problema viene ilustrado con unas prácticas infografías para facilitar su comprensión. Así, sabremos qué hacer en situaciones peliagudas como que una gastroenteritis nos obligue a acudir al servicio varias veces al día -con el consiguiente peligro de recochineo por parte de nuestros compañeros/as de trabajo e incluso de recibir algún apodo hiriente- o que cuando vayamos nos pueda ver la persona de la que estamos enamorados/as. aprenderemos a reaccionar si,  una vez en el "obrador", nos encontramos con los problemas (más frecuentes de los que debería ser) como que se haya acabado el papel higiénico, la cisterna no funcione o el cierre de la puerta de la cabina esté rota... Por último, aprenderemos a comportarnos con dignidad también si al salir del aseo nos encontramos de cara con el jefe, o la mezcla de nuestros efluvios naturales y el ambientador ha dejado en los baños un ambiente irrespirable. Todas éstas y muchas más situaciones de las que, si aprendemos a controlarlas, podremos eliminar para siempre la posibilidad de sus consecuencias indeseadas, derivadas, después de todo, de una necesidad natural y básica de los seres humanos. Si eso no es un servicio... quiero decir una ayuda inestimable a la causa de la clase trabajadora mundial, ya me diréis...

miércoles, 29 de abril de 2026

Jean Philippe Postel:El affaire Arnolfini

 Idioma original: francés

Traducción: Manuel Arranz 

Año de publicación: 2023

Valoración: Recomendable


Este libro no es una novela. Tal como nos advierten en la portada, nos encontramos ante un erudito trabajo de investigación en el que Jean Philippe Postel intenta desvelarnos la cantidad ingente de secretos que esconde el cuadro "El matrimonio Arnolfini" pintado por Jan Van Eyck en 1434, que se exhibe en la National Gallery de Londres.

Todo en este cuadro esta envuelto en un halo de misterio. En primer lugar, se desconocen muchos detalles de la vida de Van Eyck y de las circunstancias en las que pintó esta obra maestra. También se ignora como llegó el cuadro desde el antiguo Álcazar de Madrid hasta la National Gallery de Londres. Y, finalmente, tampoco se sabe con certeza si la pareja retratada en la famosa tabla es realmente el matrimonio Arnolfini.

Por si esto fuera poco, el escritor francés nos invita a observar los detalles escondidos en el cuadro que, según nos aclara, pasan desapercibidos a la mayoría de visitantes de la pinacoteca inglesa, que raramente dedican más de dos o tres minutos a admirar la obra, ignorantes de los misterios que encierra. 

Postel, con aire sosegado y minucioso, va llamando nuestra atención sobre innumerables elementos que escapan al observador profano: ¿son realmente los Arnolfini el matrimonio del cuadro?, ¿por qué el marido parece estar prestando algún tipo de juramento?, ¿la esposa está embarazada?, ¿por qué en un cuadro tan extremadamente atento al detalle el perro no se ve reflejado en el espejo?

Así pues, más allá de admirar la maestría con la que el pintor flamenco realizó su obra y de disfrutar de la incuestionable belleza del cuadro, Postel nos va dando pistas sobre todas las incógnitas  no  resueltas  y nos ofrece posibles soluciones. No cae en la tentación de pretender que sus explicaciones sean incuestionables puesto que, como nos señala, hay muchos otros investigadores que han intentado ofrecer interpretaciones sobre los misterios no resueltos del cuadro y las señala en su ensayo, pero nos ofrece el fruto de sus indagaciones y nos invita a disfrutar de esta maravillosa pintura desde nuevos puntos de vista que no nos habíamos planteado. Quizás su mérito radica en que no resuelve las dudas, si no que nos pone frente a ellas para que nosotros tomemos nuestras propias decisiones. 

El affaire Arnolfini es una lectura ágil, amena y muy bien documentada. Es un trabajo de investigación académica, pero se lee como una novela de misterio. Postel consigue transmitirnos su fascinación tanto por el prodigio artístico de la obra como por los innumerable secretos que parece albergar. Nos obliga a situarnos frente al cuadro, a redirigir nuestra mirada y a intentar resolver nosotros mismos todas esos enigmas que plantea. No se le puede pedir más a un librito de ciento sesenta páginas.







 

domingo, 26 de abril de 2026

Eugène Ionesco: La cantante calva

Idioma original: francés

Título original: La cantatrice chauve

Año de publicación (estreno): 1950

Valoración: Está bien, curioso


Apenas le hemos dado espacio en este blog al ‘Teatro del absurdo’, etiqueta aplicada  desde mediados del siglo pasado a un pequeño grupo de autores que desafiaron las normas (qué cosa tan apetecible) de la construcción dramática para montar extrañas obras en las que las personas se convertían en rinocerontes o dos mendigos dialogaban sin sentido bajo un árbol. Aparte de provocar la risa, y esto no siempre, la sucesión de escenas ridículas y diálogos disparatados tenían siempre una capa más o menos oculta que el espectador estaba invitado a descubrir, por lo general reflexiones sobre la vida y sobre el ser humano, frecuentemente el problema de la comunicación, la soledad, la muerte o el destino, cosas así. Si la verdadera intención del autor era en verdad abrir la puerta a esas profundidades o solo sorprender con extravagancias es algo no tan fácil de descubrir y que además variará según el autor y según la obra.

La cantante calva fue uno de los primeros títulos en formar parte de ese pequeño contingente, y sus rasgos encajan desde luego con el modelo. Dos parejas (matrimonios) de la burguesía inglesa comparten una velada, y no parecen tener mucho que decirse. Lanzan por turnos frases a veces inconexas, o se enzarzan ligeramente en discusiones particulares sin sentido. Este tipo de conversación sirve para identificarlos enseguida como personajes ridículos, vacíos, y su limitación mueve rápidamente a la risa.

La entrada de un par de personajes más abre el abanico a nuevos diálogos, también absurdos, en los que, aunque a veces apetezca, tampoco creo que debamos intentar buscar mensajes ocultos. Es lo que llamaríamos ‘hablar por hablar’, cómo llenar minutos de una reunión aburrida emitiendo sonidos más que transmitiendo algo. 

Desde el punto de vista cómico el cuadro quizá nos despierte alguna pequeña carcajada, y en este punto habrá que reconocer que una buena puesta en escena y la gracia de unos actores inspirados pueden levantar el texto a un nivel muy superior al que obtenemos de la lectura. De manera que no me queda más remedio que reconocer que ante obras así la experiencia del teatro leído puede resultar bastante más pobre.

Si queremos profundizar un poco más, aparte de algún rasgo crítico más o menos visible (la exclusión clasista de la pobre criada, la fascinación por el uniforme, aunque sea de un bombero), lo que tenemos es claramente una representación plástica de la incomunicación, en este caso, en el seno de cierta sociedad burguesa británica, pero válida también para cualquier otro entorno. Estamos eventualmente juntos pero quizá no tenemos tanto en común, puede que el propio lenguaje sea un obstáculo para interactuar porque lo usamos mal, o puede que incluso nuestra propia naturaleza levante barreras convirtiéndonos en pequeñas islas, como sugería John Donne.

Abriendo un poco el foco sobre este teatro del absurdo en su conjunto podemos ver que en gran parte es esta la perspectiva dominante. Por eso dibujan personajes tan convencionales que se transforman en cosas extrañas, que simplemente esperan a alguien que no saben quién es o que, como en este caso, terminan gritándose frases repetidas y completamente vacías de significado.

P.S.: Esta obrita tuvo en principio uno o dos títulos diferentes, pero al parecer Ionesco lo cambió por el definitivo porque un actor pronunció mal una frase (es cerca del final) y sonó como ‘cantante calva’ lo que no lo era. Cómo les hubiera gustado a los surrealistas o a los Dadá este hecho de titular una obra con la expresión de un simple error. 

Otras obras de Eugène Ionesco reseñadas en ULADRinoceronte


lunes, 30 de marzo de 2026

Georges Bernanos: Bajo el sol de Satanás

Idioma original: francés

Título original: Sous le soleil de Satan

Traducción: Concepción Pérez Pérez

Año de publicación: 1926

Valoración: Entre Recomendable y Está bien


Georges Bernanos es un autor bastante singular dentro del mundo literario del siglo XX. Su catolicismo no se limitaba a una simple profesión de fe, sino que se trasladaba con intensidad a su obra de ficción. No hay más que recordar alguno de sus libros más conocidos, como Diario de un cura rural o Diálogos de carmelitas pero, de forma aún más destacada en este aspecto, este Bajo el sol de Satanás, su primera novela. Bernanos no puede concebir lo religioso como algo tibio, sino como una experiencia saturada de dramatismo en la que el creyente, y más aún el clérigo, se sitúa en el centro de una confrontación que, más que entre el Bien y el Mal, es directamente entre Dios y Satán. Dos entidades, o quizá solo una con dos caras, sobre cuya interdependencia se ha escrito mucho y cuya pugna traslada el autor directamente al humano que ha abrazado la fe con la suficiente determinación.

En este caso la víctima de esas fuerzas enfrentadas es, como en alguna otra ocasión, un cura de aldea, poco más que un labriego, gris, sin especiales capacidades para la oratoria o el razonamiento, alguien mucho más capaz de sentir que de pensar, que difícilmente podremos decidir si es un santo, como terminan por identificarle los fieles, o si está poseído por el diablo, tal vez ambas cosas de forma alternativa o simultánea. El pobre padre Donissan siente el zarpazo de la tentación, pero no de una tentación terrenal, sino de la más profunda y definitiva: dejarse caer en brazos del demonio. Odia el pecado, intenta salvar almas, pero quizá en esa misma tarea siente que puede estar siendo manipulado. La lucha es feroz y sin tregua, e incluye el abandono personal absoluto y el intento de purificación mediante el castigo corporal.

Pero hay que abrir algo el foco para tener una perspectiva como lectores, que es lo que ahora nos interesa. Todo el terrible conflicto que vive en el interior de nuestro cura se presenta en diversos formatos, ya sean largos diálogos, narración de autor omniscente, extractos de cartas o escritos, o esas elipsis que Bernanos maneja admirablemente para dejar zonas oscuras o hacer trabajar al lector. Incluido también ese primer tercio dedicado a la joven Mouchette, que tiene el sello inconfundible del dramón decimonónico (Y por cierto, se podría hablar largo y tendido sobre el paralelismo entre este personaje femenino y el de Nueva historia de Mouchette que comentamos hace algún tiempo).

Tampoco nos engañemos: todo esto a lo largo de cerca de cuatrocientas páginas casi por entero dominadas por la tragedia interior del padre Donissan puede resultar algo excesivo si uno no está muy interesado en el asunto. Hay mucho Maligno, muchas dudas, la tentación, el destino, el alma atormentada, y poco desarrollo para tanta extensión, con lo cual la lectura se hace algo pesada, quisiéramos que se despachasen las escenas con algo más de ligereza, pero está visto que Bernanos no está en esa idea: todo lo contrario, quizá machacando al lector es como quiere transmitirle la profundidad del dolor que nos está presentando.

Hay desde luego varios momentos que rozan lo sublime: el refinamiento de Mouchette para desconcertar a sus oponentes y al lector mismo, las escenas brutales de Donissan intentando salvar almas y cuerpos sin estar seguro de quién le provee de la fuerza para hacerlo y, sobre todo, una larga y arrebatadora escena del cura perdido por los campos en la noche, donde se mezclan de forma soberbia la realidad y el sueño, la metáfora, la posesión y el misticismo, toda una obra de arte. 

No estoy seguro de que estas virtudes literarias, que se manifiestan en varios momentos, justifiquen del todo la falta de ritmo y el protagonismo aplastante de la figura del cura, cuya tragedia interior satura por completo el relato. Quizá todo dependa del interés del lector hacia este tipo de asuntos y, por qué no, hasta dónde sea capaz de disfrutar de tanta intensidad.

Otras obras de Georges Bernanos reseñadas en ULAD: Nueva historia de Mouchette


martes, 17 de febrero de 2026

Claire Marin: Los comienzos

Idioma original: francés
Título original: Les débuts
Traducción: Álex Gibert en castellano, para Anagrama
Año de publicación: 2023
Valoración: muy recomendable


Encaro esta reseña con cierta presión, pues el libro que nos ocupa trata, justamente, sobre la importancia de los comienzos. Y para la autora, qué mejor motivo que arrancar con la que probablemente pueda ser una de las mejores historias que comienzan: la de la vida de una hija. Este es el detonante, esplendoroso e inmenso, que lo cambia todo y que ocupa las primeras tres páginas de un capítulo inicial que concluye, porque también los finales importan, con una gran sentencia: «se dice a veces que las historias se escriben para saber cómo acaban. Tal vez se escriban también para saber cómo empiezan».

A partir de esta entrada la autora analiza y desgrana los diferentes comienzos con los que nos encontramos en una vida, lo que significan y lo que aportan, lo que permiten y lo que excluyen, las puertas que se abren, pero también las que se cierran con cada elección tomada, porque «los comienzos tienen su carga de incertidumbre y de suspense: mientras los dados ruedan por la mesa, en cámara lenta, todo es posible». Y esa es la magia, el atractivo de los comienzos, una ventana abierta a la que uno se asoma para sentir esos aires de cambio, de descubrimientos, de revelaciones y sorpresas que uno a veces teme, pero también ansía que lleguen con cierta premura, pues «la impaciencia de los comienzos es esa ansiedad de novedad o renovación, es la esperanza de redescubrirse, de volver a sorprenderse» porque «abrazar los comienzos ‘nos expone de nuevo a la intensidad de la verdadera vida’ (…) de ahí que no dejemos de buscar la novedad», con una impaciencia que en realidad « es la espera de una novedad por venir».

De igual modo, y eludiendo la paradoja, cada comienzo proviene de un sitio, un lugar, anterior, casi olvidado; porque muchas veces ese comienzo es, en realidad, la continuación de algo ya vivido, en parte, porque «lo que nos atrae también, más que cualquier otra cosa tal vez, es (…) volver a vivir experiencias pasadas, reconstruirlas desde una nueva modalidad de la conciencia que no se vea paralizada por el acontecimiento, sino que disfrute de él. Nos gustaría revivir lo que nos absorbió por completo y se nos escapó, porque su intensidad nos pilló por sorpresa». Así, hay cierto componente de nostalgia en la búsqueda de la novedad, quizás para reencontrar, pero quizás también para reparar, porque «toda trayectoria se desvía siempre en bifurcaciones imaginarias, se aparta de esa otra vida posible que rechazamos en su momento y en la que podríamos haber sido más felices».

Y, a pesar de ese interés genuino, impetuoso y casi imparable de la búsqueda de la novedad, es interesante constatar que, a pesar de que añoramos nuevos inicios, nuevos comienzos, una vez ocurren tenemos una extremada urgencia o apremio para instaurarlos como algo que ya forma parte de nuestra vida. Ya la autora apuntala esta tesis afirmando que «¿qué es lo que esperamos tan febrilmente al comenzar? El momento del dominio, cuando se imponga por fin la fuerza del hábito» aunque confiesa a su vez que «lo que yo ansío es esa rara sensación de novedad radical que producen las emociones fuertes, las deflagraciones interiores. Lo que quiero no es una nueva historia de amor o un paisaje desconocido, sino un flechazo, un deslumbramiento».

También la autora expone, de manera acertada, que «hay actos que están sometido a la lógica del instante, que están hechos para iniciarse, no para perdurar (…) a veces basta con un comienzo: la historia se estropearía si se estancara en la duración». Hay historias que son bellas porque son cortas, porque nacen de una explosión de sentimientos y su intensidad radica en que sabemos que serán finitas en poco tiempo, que su corto tiempo de caducidad nos invita a disfrutarlas con la máxima intensidad, mientras duren, mientras existan, porque «esas relaciones ‘sin un mañana’ nacen para ser solo comienzos». Así, «podríamos sentirnos tentados de vivir tan solo los comienzos, las primeras veces, con las emociones fuertes que nos producen», aún y sabiendo que puede que no los experimentemos de nuevo, porque «los comienzos grandiosos no tienen repetición posible; cualquier duplicado acaba en desengaño y el mundo entero se convierte en una copia lamentable, torpe y gris. Hemos tocado ya lo absoluto y eso es algo de lo que lo hay forma de recuperarse. El comienzo es ya el final, es todo lo que la vida podría dar de sí». Quizá por ello hay personas que encadenan comienzos sin dejar tiempo a los finales, a las despedidas, a los cierres, en un intento de dar continuidad a esa sensación pensada para ser efímera, volátil, irrepetible.

Para terminar la reseña de este magnífico y precioso ensayo, me acojo a lo que expone Claire Marin cuando afirma que «un libro no se empieza a leer de cualquier manera. El ritual del comienzo comprime el mundo en torno a ese nuevo centro de gravedad para hacerlo más intenso, para estar más presente en él» porque de todos los placeres destacaría el comienzo de cada libro nuevo, con esa ilusión y esperanza contenida, buscando reafirmar lo que la autora indica al decir que «de la ficción seguimos exigiendo que nos turbe, queremos dejarnos llevar y sorprender por algo que aún no hemos leído, visto u oído». Y creo que todos los que nos encontramos aquí lo suscribiríamos a pies juntillas.

También de Claire Marin en ULAD: Estar en su lugar

lunes, 16 de febrero de 2026

Agustín Gómez Arcos: El cordero carnívoro

                                                                                   
Idioma original: francés
Título original: L´Agneau carnivore
Traducción: Adoración Elvira Rodríguez
Año de publicación: 2007
Valoración: Muy recomendable

Quizás convendría comenzar esta reseña aclarando por qué nos encontramos con un título traducido del francés de un autor con apellidos inequívocamente españoles. 
Agustín Gómez Arcos fue un poeta, dramaturgo y novelista español, almeriense por más señas, que comenzó a desarrollar su carrera artística en la década de los 60. A pesar de lograr varios premios como dramaturgo, sus obras fueron censuradas o prohibidas por el régimen franquista y decidió exiliarse para continuar escribiendo.
Durante su exilio parisino dejó a un lado su producción teatral y comenzó a escribir novelas en francés, que fueron galardonadas con prestigiosos premios en el país vecino e incluidas en el programa educativo de los liceos franceses. La primera de esas novelas, El cordero carnívoro, publicada en 1975, ganó el premio Hermes y tuvo que esperar hasta el año 2007 para ser recuperada en nuestro país, junto a otras novelas suyas, por la editorial Cabaret Voltaire. 
Este libro es una novela de iniciación. Nuestro protagonista, un joven de 25 años cuyo nombre no conocemos hasta el final de la novela, está esperando en una vieja casa familiar el reencuentro con su hermano, al que le une una relación incestuosa. Durante esa espera nos va narrando su infancia y juventud, que transcurren en una casa en la que el silencio se impone  como un castigo. Asistimos al lento desmoronamiento  de la vida de una familia burguesa  andaluza de ideología republicana que sobrevive a duras penas durante el apogeo del régimen franquista.
Por un lado, el patrimonio familiar va disminuyendo y, por otro, la inexistente relación paterno-filial va volviendo la convivencia en la casa irrespirable. El padre, republicano represaliado,  está desaparecido, encerrado en su despacho, y la madre confiesa que está muerta en vida. Es una casa donde reinan las tinieblas, pero, sobre todo, el silencio impuesto por la madre: "Un silencio enorme, opresivo, cultivado en la oscuridad como los champiñones, donde la palabra más sencilla se convertía en un peligro para la lengua".
En ese silencio crece nuestro protagonista, que siente el odio y el rencor que le traslada en todo momento su madre y que se refugia en el amor que le profesa su hermano. 
Gómez Arcos va tejiendo un fresco de la hipocresía en la que se desarrolla la vida de esta familia burguesa con el trasfondo de la represión franquista y nos trasmite, sin tapujos, los devaneos de la relación intensamente sexual que tienen los dos hermanos. No debemos, no obstante, centrarnos en la intensidad de sus encuentros sexuales. Este es un libro que, sobre todo,  trata sobre el amor y el odio, sobre la represión y el anhelo de libertad. Todo ello en un ambiente claustrofóbico que envuelve a los personajes y en el que luchan por no ahogarse nuestros protagonistas.
El escritor almeriense construye una novela provocadora e irreverente. Su potencia narrativa y la capacidad para evocar ambientes y trasladarnos la enorme carga psicológica que encierran las vidas de nuestros personajes convierten la lectura de esta novela en una experiencia sumamente gratificante.



lunes, 19 de enero de 2026

Albert Cohen: Bella del señor

Idioma original: francés
Título originalBelle du Seigneur
Año de publicación: 1968
TraducciónJavier Albiñana Serraín
Valoración: imprescindible

Celebremos el inicio del 2026 con un bombazo.

¿Cómo afrontar los monumentos? ¿Cómo afrontar una lectura que crece y crece con cada mes que transcurre? ¿Cómo dar cuenta de todo lo que contiene una novela que es la expresión misma de cierta forma de ver el mundo, del romanticismo más exacerbado, cínico, lleno de humor negro y a la vez conmovedor sobre dos personas que, en papel, son irredimibles y sin nada que nos pueda llegar a empatizar?

Vuelvo a la carga con Albert Cohen. Ya lo había avisado en la reseña de Solal: primero leí este libro, el tercero de una supuesta tetralogía. Digo supuesta porque, a pesar de que comparten personajes y temáticas, visto lo visto dudo que haya una historia que continúe lineal. A falta de leer los otros dos, Comeclavos Los Esforzados, me da la sensación de funcionar como Minimosca, tomando elementos e historias anteriores y reformulándolos a su antojo a pesar de lo ya establecido.

La novela es inmensa, colosal, inabarcable. Suma cum laude en el tratado del amor más cursi y del hastío ante la vida, de lo que sucede cuando nada te define salvo el aburrimiento por la humanidad, también es una denuncia ante la inoperancia de las instituciones políticas, sobre todo de aquellas que luchan, con "denuedo", por la paz mundial. Y colosal es no solo por los temas, que a fin de cuentas son universales, sino también por sus recursos literarios. Podemos encontrar monólogos sin puntos ni comas y extensivos por treinta o cuarenta páginas, un manejo del tiempo elástico, con diálogos circulares que repiten la noción sin llegar a un punto definido, solo para hacer patente la humillación de un personaje, una prosa entre cínica, entrometida y onírica para representar las inseguridades y arrogancias de los personajes, sobre todo de esa construcción suprema de la ironía que es Solal de los Solales, personaje maravilloso donde los haya. Si en Solal se nos revela como un imberbe que ya produce un efecto inverosímil en las mujeres. acá es un consumado galán que no tiene problemas en jugar con ellas de forma retorcida, con discursos que son mini pontificios de psicología inversa de la seducción. Apabullante ese capítulo donde conquista a Ariane, que está prometida con uno de sus empleados, relatándole las experiencias con las mujeres, burlándose de todas ellas e imitándolas en sus reacciones de acuerdo a lo que él dice, manifestándose harto por ese comportamiento y asegurando, con falsa timidez, que sabe que ella no es igual (a pesar de que Cohen, varias veces, ya nos ha mostrado que Ariane es de todo menos una persona valiosa en su corazón).

Si uno supera el inicio desconcertante, es decir, los primeros cuatro capítulos (que incluye una escena donde nunca se termina de saber lo que ocurre y un monólogo de Ariane sin ningún tipo de consideración hacia los puntos y coma que casi me hace abandonar el libro), y llega a la escena donde se nos presenta la vida diaria de Adrien Deume, prometido de Ariane y funcionario de la Sociedad de las Naciones, en su faceta de patético, lamebotas y ambicioso sin una pizca de vida interior, la novela despega y se presenta como un crisol de hipocresías del ambiente burocrático/político y a la vez del burgués, más preocupado por el qué dirán y las influencias de los poderosos que por sus cualidades morales. Cohen despliega toda su genialidad para mostrarnos, mediante frases filosas y escenas hilarantes, la frivolidad de un atrezzo cuyo supuesto objetivo primordial es trabajar por la paz mundial y cultivarse en el camino hacia el progreso. Podemos ver a Adrien (ridiculizado constantemente como Didi) insultando en secreto a Solal, su jefe, y a la vez rogando por un poco de atención que le permita presumir ante sus iguales del favoritismo que le otorga la alta jerarquía. Podemos verlo en una vomitiva escena donde intenta convencer a su esposa de que se deje ver más junto a él, y todos, salvo él, sabemos que Ariane no tiene ni el más mínimo respeto por su esposo y mucho menos lo ve como alguien digno de amor.

Pero esto es recién el inicio. Cuando empecé la lectura, en su momento pensaba que la historia trataría de Adrien y Ariane y de sus problemas para encajar con la burguesía y de cómo resolver su relación. Y eso es apenas el primer tercio del libro. Luego de una escena larguísima en donde esperamos, junto a Adrien, la llegada de Solal para cenar, sin que este se presente nunca, y viendo cómo Adrien inventa justificaciones a cada hora y luego hasta perdonándolo por no haber asistido, la novela toma otro cariz. Hay un evento, una fiesta que brinda Solal en su mansión, y Adrien y Ariane asisten. En un momento, Ariane se queda a solas con el galán irredento. Y es cuando se da ese discurso maravilloso que cité hace un par de párrafos. Y es entonces que el lector está perdido, entregado al juego de Cohen, reconociéndose en los problemas de Solal para encontrar una mujer que lo quiera y a la vez asqueado por la manipulación evidente y por que Ariane, que se jacta de no querer a nadie, termine cayendo en esa treta. A partir de ahí el foco es para ellos dos, qué es lo que pasa cuando el mayor objetivo se cumple, cuando los sueños más delirantes de tu niñez se ven cumplidos, cuando la persona que aparece todos los días a tu lado es la representación de ese ideal, para lo bueno y para lo malo.

No he mencionado otro grupo de personajes importantísimos: Los Esforzados, con Saltiel, el tío de Solal, como líder de cabecilla. Presentados en Solal, no haré desarrollo de ellos, ya que en esta novela aparecen más como un contrapunto cómico que como una parte esencial de la trama. Pero fungen como un ente colectivo, donde cada uno lleva su rol con una dignidad exasperante y a la vez de una conveniencia que te hace soltar un par de risas. Cómo olvidar la escena donde se esconden y tratan de ver qué hace Solal con Ariane, si se atreve a seducir a la esposa de uno de sus funcionarios y cómo afectará en ello a la reputación del susodicho y a la reputación judía en general. 

Porque ese es otro elemento importante en la obra de Cohen. Si bien existe una crítica feroz hacia ciertas personalidades del ámbito judío y de los estereotipos que a veces encarnan con placer, la novela transcurre en tiempos de entreguerras, y a lo largo de la trama, la mención de Hitler y el avance de todo lo que representa se hacen eco solapadamente a través de los protagonistas y de distintas maneras. Para Adrien es un suceso que le permitirá desempeñar un mejor trabajo y que, paradójicamente, es lo que permite el incipiente adulterio de su esposa, para Ariane una simple distracción que lo aleja de su verdadero amor (para entonces simbolizado en la figura de Solal), y para este último, una preocupación permanente que le hace atestiguar la desidia de la humanidad frente a una fuerza imparable que amenaza con llevarlo puesto. Y su reacción es la de esconderse, la de pensar que no le tocará a él, que le tocará a cualquier otro y que eso bastará para que la furia no lo toque. Eso desemboca, junto con la revelación de su aventura con la esposa de un funcionario, en una huida permanente de su trabajo como Subsecretario de la Sociedad de las Naciones y de su propia persona, escondiéndose con Ariane en varios hoteles y planificando su rutina todos los días con tal de no enfrentar lo que debe enfrentar.

Cohen da acá el golpe maestro. En las últimas dos partes, cuando el foco se centra en la relación de Solal y Ariane, y uno cree, ingenuamente, que son perfectos el uno para el otro (para Ariane por el deseo cumplido de una frivolidad eterna mediante un príncipe azul que le cumple todos los caprichos, para Solal por la belleza sin parangón y la potencia sexual que es Ariane) y que, retorcida y con todos los adjetivos que se puedan encontrar, encontrarán la redención, se muestra que el proyecto de mantener de mantener un amor cursi, adolescente, de renovar la sensación del primer enamoramiento todos los días y de enfrentar con terror cualquier rato de aburrimiento, de desgana, de odio hacia el otro, incluso del mínimo pensamiento de pasar un segundo a solas, es agotador, tanto para el personaje como para el lector. A Solal le ha ocurrido lo mismo que con las demás mujeres, a Ariane, la capa de su príncipe azul se le empieza a desteñir en una mezcla de gris y negro. En cada página leemos expresiones supremas del amor, de la ansiedad, de los celos, de la ira, del amor de nuevo. Vemos, de a poco, ideas cada vez más ridículas por parte de los dos, todo con el fin de mantener una sensación que hace mucho ha muerto. Se compran una casa, se proponen apodos todo el tiempo, hacen el amor cada vez que sus cuerpos se lo permiten pero de una forma mecánica, se amenazan con dejarse, inundan la casa con los llantos, todo esto mientras el mundo se incendia y la marea de la perdición llega hacia ellos. Cada uno consume al otro. La verdadera tragedia, parece decirnos Cohen, es aquel amor que cumple todo lo que pensabas que deseabas pero que nunca termina por satisfacerte, pues cada deseo y acto muere en su concepción.

Es imposible dar cuenta del efecto de una novela como esta. Revela zonas oscuras que uno no quiere pensar que las tiene, o que en algún momento ha pensado que las tiene, y a la vez, en pocos momentos, proporciona un momento de júbilo, un segundo de alegría tan puro como el de un niño, ya sea por la brillantez de un discurso como por las expresiones poéticas sobre el amor, un amor que no es el adecuado, es cierto, pero quién no se ha visto envuelto en uno de esos y ha pensado que se desintegraba en ese influjo. He olvidado muchas cosas (todas las escenas oníricas de Solal, los monólogos de la sirvienta de Adrien y otras cosas), pero meses después el recuerdo de una obra gigantesca, capaz de cambiar tus puntos de vista, de detectar aquello que quizás es intuitivo para todos y que nadie puede poner en palabras, crece y echa raíces en mi mente. Y aunque una de las etiquetas sea muy recomendable alto (porque ciertos monólogos, ciertos trucos, como representar la corrupción de una pareja, horadan el entusiasmo lector y provocan las ganas de tirarlo a la calle), el libro es inolvidable, una tempestad de la naturaleza que te deja temblando y anonadado ante la capacidad de la ficción para descubrirte y renovarte.

Más del inconmensurable Albert Cohen: Solal


miércoles, 7 de enero de 2026

Guillaume Martin-Guyonnet: La gente que sueña

Idioma original:
Francés
Título original: Les gens qui rêvent
Año de publicación: 2024
Traducción: Marcos Pereda
Valoración: Recomendable

Guillaume Martin-Guyonnet (Guillaume Martin, a secas, para los aficionados y "Guillom Martán" para Carlos de Andrés) es un bicho raro. En un submundo como el de los deportistas de élite, asociado al lujo, la banalidad, la ostentación, los tatuajes chungos y los peinados de dudoso gusto, que un ciclista profesional con una sólida carrera, buenas victorias y hasta un top 10 en la general del Tour sea filósofo de formación (tesis sobre Nietzsche incluida) es, cuanto menos, curioso. Que, además, tenga ya tres libros publicados dice mucho acerca de sus inquietudes, creo yo.

Este La gente que sueña que hoy reseñamos es el último de los textos publicados por Martin y el más cercano a la ficción pura, si bien sin escapar del todo de lo autobiográfico y de lo filosófico / ensayístico. Así, el texto navega entre la autoficción, la novela familiar, la novela histórica y el ensayo gracias a los tres personajes principales (el propio Guillaume Martin, su padre y Guy Lefevre, erudito del siglo XVI) y un lugar (La Boderie) que funciona como primer nexo entre ellos.

Tres personajes que se sitúan en momentos históricos más o menos convulsos (las guerras entre católicos y protestantes en la Francia de fines del XVI, el final de la bonanza económica europea de la etapa de posguerra o los meses de COVID-19) y que muestran cómo, pese a la distancia temporal y de orígenes sociales, hay una serie de situaciones o temas que los emparentan: la extrañeza, la sensación de "incompletitud", la búsqueda, los cuestionamientos, la capacidad de soñar, inventar o dejarse llevar. No importa que seas ciclista profesional el pleno siglo XXI, un erudito del siglo XVI que se mueve entre la fe y la imposibilidad de amar o un chaval normando que llega a París en los años 50. O sí importa, porque no es lo mismo una cosa que otra, pero si vamos a la raíz...

Son estas situaciones y estos temas los que permiten que la narración salte de un tema a otro, de un tiempo a otro, de un lugar a otro y que esta fluya adoptando formas variadas. También permiten a Martin, narrador autoconsciente, desviarse del camino y entregarse a digresiones filosóficas acerca del deporte de competición, del resentimiento por el contraste entre la altura de los ideales y la banalidad de la realidad, de las pasiones y el libre albedrío o de la felicidad y a referencias tales como Platón, Stendhal, Goethe, Endo o ¡El show de Truman!, entre otras.

Y aunque estas digresiones interrumpan el desarrollo de la trama novelesca, sobre todo en el caso de la interesantísima historia de Guy Lefevre y su asistente Martin, en general están bien integradas en el texto y no resultan ni reiterativas ni pedantes. Me quedan, eso sí, las ganas de leer a Martin en un texto 100% ficción. Creo que tiene la capacidad de manejarse bien en ese terreno. Lo mismo cuando deje el ciclismo profesional. ¡Quién sabe!

jueves, 1 de enero de 2026

Vercors: El silencio del mar

Idioma original: francés

Título original: Le silence de la mer et autres recits

Traducción: Cristina Peri Rossi

Año de publicación: 1942

Valoración: Bastante recomendable


El escritor parisino Jean Bruller, conocido como Vercors, empezó a escribir bajo la influencia de la II Guerra mundial y reunió posteriormente buen número de títulos publicados, de temática muy diversa, hasta bien entrados los años 80. En España es un autor prácticamente desconocido, y me atrevería a decir que con muy poca obra traducida. Sin lugar a dudas El silencio del mar es lo más famoso de su trayectoria literaria, posiblemente porque ha dado lugar a varias versiones cinematográficas, lo que siempre ayuda a la popularidad.

Es un relato muy breve, de apenas veinte páginas, podríamos decir que muy bien aprovechadas. Quizá a alguno le suene la historia: en la Francia recién ocupada, un hombre que convive con su sobrina es obligado a hospedar a un oficial alemán. La aversión de los anfitriones se traduce en un silencio total: la forma de resistencia, quizá la única posible y no necesariamente del todo segura, es no dirigir la palabra al invasor. Este, por su parte, se esfuerza por ser cortés y se muestra como un individuo culto y razonable, que admira a Francia e imagina un futuro brillante para los dos pueblos.

Una vez planteada la situación, se instala de inmediato una meseta de tensión e inestabilidad que obliga a estar al mínimo detalle para prever si puede desencadenarse algo trágico. La presencia de la joven incrementa las posibilidades de que ese algo estalle, en tanto que el tío se muestra más proclive a ceder ante las buenas maneras del ocupante. El equilibrio entre las diversas fuerzas divergentes está extraordinariamente conseguido, y hace que el lector se desespere creyendo ver indicios de un desenlace cuya llegada se demora sin piedad.

El relato, con toda su sencillez y brevedad, bien merece el honor del título, porque es de largo lo mejor del libro. El resto de las narraciones se ambienta en su mayor parte en la misma época de la ocupación nazi de Francia, a veces desde la óptica de unos oficiales desmoralizados por el colaboracionismo de Pétain, escenas oníricas (de pesadilla) de campos de concentración, o la disyuntiva de renunciar al arte y la estética en tanto persista la maldad del ser humano.

En esta línea, el cuento más interesante del resto de la colección es La imprenta de Verdún, donde Vercors hace un buen dibujo de parte de la sociedad francesa, colaboracionistas, antiguos combatientes y judíos, que convivían pacíficamente, empiezan a ver sus posiciones removidas por el nazismo, y se ven obligados a pronunciamientos que nunca hubieran imaginado. De igual forma que en El silencio del mar, da la impresión de que el autor intenta buscar, en medio de la barbarie, puntos de aproximación entre las personas, conexiones, por mínimas que sean, que muestren el lado humano del adversario. 

El único relato que se aparta del tema común es Este día, en el que un niño pasea con su padre por el bosque. Es un paseo repetido montones de veces, pero esta vez es algo diferente. El padre aprieta su mano más de lo normal, las paradas habituales cambian imperceptiblemente, los gestos, los comentarios, los puntos de atención tienen algo diferente que el niño percibe y que le inquieta. La narración es impecable, nuevamente resulta admirable la sensibilidad de Vercors para detectar cada movimiento y su repercusión en el estado de ánimo del niño, y nada puede evitar que termine uno con un nudo en la garganta. 

Como casi inevitablemente ocurre con los libros de relatos, en este domina también la irregularidad, con dos o tres narraciones muy por encima de las demás, y el resto a un nivel menor, en el que cada lector puede a lo mejor encontrar cosas interesantes. Pero el conjunto resulta de un nivel bastante estimable.


domingo, 21 de diciembre de 2025

Albert Cohen: Solal

Idioma original: francés
Título original: Solal
Año de publicación: 1930
Traducción: Javier Albiñana Serraín
Valoración: entre recomendable y bastante recomendable

En principio, la reseña iba a tratar sobre Bella del señor, la obra cumbre de Albert Cohen, pero mientras pensaba en cómo encararla, me decidí a leer esta novela, la tercera obra del autor y la primera de una tetralogía donde aparecen sus personajes más famosos: Solal, el grupo de Los Esforzados, cinco tipos divertidísimos y patéticos y encabezados por el tío de Solal, Saltiel de los Solal (lo de los nombres en esta tetralogía es para enmarcar, dándole un tono que bordea lo épico y lo ridículo al mismo tiempo), la Sociedad de las Naciones como concepto de nido de hipocresías y luchas de poder para acceder a los rangos, etcétera. Curiosamente, la lectura me dejó la sensación de que es mejor atravesar esta novela con el conocimiento de Bella del señor, pero si hubiese sido al revés no hubiera cambiado en nada, incluso me hubiera generado dudas, lo cual es raro, porque primero se publicó esta novela y no aquella.

Parodia delirante y a la vez ataque cínico de cómo funciona el amor (o al menos el amor burgués), la novela trata sobre los años de formación de Solal de los Solales, un personaje del cual me costaría mencionar un solo atributo positivo, y aún así es uno de los personajes más fascinante de la literatura. Exagerado, rebelde, malicioso, cínico, nihilista, apasionado, aburrido, sádico, constantemente lúcido, constantemente loco, irritante, histérico, alienado. Lo vemos de chico, recibiendo las ¿enseñanzas?, ¿la ausencia?, de su padre/rabino Gamaliel, compadeciendo a su madre Rachel por la mísera participación en su vida (que explicaría parte de su actitud hacia las mujeres en la edad adulta) y lidiando con su tío, que cree que su sobrino es el elegido de su pueblo, que necesita hacer negocios a toda costa y que trata de mantener el liderazgo de Los Esforzados porque los considera unos atontados que no aprecian su labor (memorable el momento en que Comeclavos, uno del grupo, intenta crear un impuesto a la tos y Saltiel lo observa todo y se pone a filosofar sobre si la levita que viste es lo mejor para recibir a su sobrino y así enganchar una posición digna). Lo vemos de grande, cuando consigue puestos de poder por casualidad, por seducir a la mujer correspondiente. No importa si la mujer está casada o lo odia al principio, todas caen rendidas ante él por un misterioso influjo que a Solal lo hastía soberanamente, pues tan pronto cree amar a una se aburre de su necesidad de cariño y de sexo (de estas quejas solo extraemos dudas; sus acciones son demasiadas claras como para no pensar que se reprocha a sí lo que hace). En fin, que su educación moral y amorosa se desarrolla a los tumbos, como si cada paso que da no terminase por concluirlo nunca, y mucho de eso tiene que ver con la prosa.

En esta novela aún se nota lo primerizo que es el autor. Todos los recursos expuestos con brillantez en Bella del señor aparecen acá, pero difuminados: el narrador entrometido, que nunca sabemos si es Cohen u otro y que opina salvajemente cuando le conviene, los monólogos y la adopción del habla de cada personaje, el paroxismo del amor ridículo en los primeros meses, añiñando a los personajes hasta el extremo (las mujeres se comen las letras, Solal exagera absolutamente lo que siente y se adelanta a cualquier gesto romántico, retorciéndolo para compadecerse), la crítica feroz hacia los modales burgueses para luego apuñalarse por la espalda; todo eso está en menor cantidad, como si aún le resultara un escándalo desarrollar esa manera de escribir. Muchas de las frases dan sensación de incompletitud y la acción se desarrolla con un ritmo irregular que no te deja imaginar con precisión; lo mismo te clava un capítulo espectacular y lleno de ironía a uno densísimo donde son largas disquisiciones no muy bien descriptas sobre la pertenencia del judío en la sociedad. Por otro lado, ciertas tramas no llevan a nada y carecen de esa comicidad y mala sangre espectacular de la que Cohen hará gala después (pienso, sobre todo, en la adquisición de un terreno en Palestina por parte de Saltiel y que no resulta en nada..., por no decir un spoiler que incurre en un hueco argumental tamaño planetario). A partir de cierto giro en la tercera parte (una gran escena), la novela desbarranca y no sabe para dónde seguir.

Por más que peque de esos defectos, su lectura es recomendable. No tiene la aridez de los primeros capítulos de Bella del señor ni los monólogos plomizos de veinte páginas sin puntuación, pero tampoco los momentazos estelares. Es mucho más accesible en forma y contenido y a la vez más incoherente con la trama. Aún así, las risas genuinas que te brindan los Esforzados y el cinismo y cansancio que te genera la actitud y análisis de Solal para con sí y con las mujeres es prueba suficiente de que Cohen era un distinto, capaz de lo mejor con solo unas pocas páginas.

Y espérense a la reseña de su obra cumbre...


jueves, 18 de diciembre de 2025

Philippe Claudel: Bajo el árbol de los Toraya

                                                  

Idioma original: francés

Título original: L´arbre du pays Toraja

Traducción; José Antonio Soriano Marco

Año de publicación: 2017

Valoración: Está bien


Hace ya unos años que los libros del escritor francés Philippe Claudel se publican con regularidad en nuestro país. No llega a tener el seguimiento entre los lectores de un Auster, un Murakami o un Cartarescu, pero resulta relativamente fácil encontrar sus libros bien situados entre las estanterías de novedades literarias.

Habitualmente, las novelas de Claudel suelen tener un fuerte matiz "sociológico". A menudo, nos coloca en el centro de una determinada colectividad para a partir de ahí realizar un análisis inmisericorde de los entresijos a menudo egoistas y malintencionados que rigen las vidas de sus protagonistas.

En esta ocasión, sin embargo, el escritor francés rompe esa tendencia y construye una novela intimista y reflexiva en la que el tema central pasa a ser la inevitabilidad de la muerte.

Un cineasta francés, posible alter ego del autor, vuelve de un viaje a las islas Célebes donde ha quedado impresionado por los ritos funerarios que celebran los habitantes de estas islas. De ahí el título del libro. Cuando llega a París, recibe la noticia de que su amigo, y productor de sus películas, Eugene, sufre cáncer y está internado en un hospital. A partir de ahí, nuestro protagonista reflexiona sobre la amistad, sobre el paso del tiempo y la pérdida de los seres queridos y toma conciencia de su propia madurez y su lugar en el mundo: "continuar con la propia existencia cuando los rostros y las presencias se borran a nuestro alrededor supone redefinir constantemente un orden que el caos de la muerte desbarata en cada parte del juego. Vivir consiste, en cierto modo, en saber sobrevivir y recomponer".

Como contrapartida a la oscuridad que le transmite la enfermedad de su amigo, el cineasta, que está preparando una película con un trasfondo futurista,  conoce a una mujer joven, Elena, con la que comienza una relación marcada por la apreciable diferencia de edad entre ambos. El problema es que esa relación surge en un momento en que nuestro protagonista ha perdido la seguridad en si mismo y cuestiona la perdurabilidad de sus sentimientos y de su propia existencia: "Cuando le pregunto qué ha visto en un viejo como yo, Elena me responde que no sea ridículo. Dice que deje de hacerme preguntas y que viva el momento. Es una expresión de mujer joven, que acaba de cumplir treinta años. Que gasta el tiempo tirándolo por la ventana. Perder el tiempo. Desaprovecharlo. Malgastarlo. Dilapidarlo. Fórmulas genéricas para quien posee la inmensa fortuna de tener toda la vida por delante".

Finalmente, entre tanta melancolía,  la noticia de un nacimiento vendrá a arrojar luz sobre la existencia de nuestro protagonista y cierra una historia en la que la vida y la muerte se nos presentan como contrapuntos opuestos, pero inexorables.

Como es habitual, la prosa de Claudel es precisa, minuciosa y atenta al detalle. Sus reflexiones  son conmovedoras y nos invitan a valorar el sentido de nuestra propia existencia. Sin embargo,  precisamente ese tono casi ensayístico que observamos en muchas partes del libro se ve contrarrestado  con determinadas situaciones y personajes  que aportan poco al desarrollo  de la novela o se ven un poco forzados, especialmente su relación con Elena y, finalmente, mitigan esa profundidad casi filosófica de la que hemos disfrutado en muchas partes de la misma. 

Hay que reconocerle al autor su voluntad de romper con el guión de sus anteriores novelas pero, sinceramente, retrata mejor las interioridades de los colectivos humanos que las de la vida en pareja. Dicho esto, si tienen ganas de profundizar en el universo narrativo de Claudel, cuestión muy recomendable, yo comenzaría por Almas grises o El informe de Brodeck y dejaría esta novela para más adelante. No está a su altura.




lunes, 8 de diciembre de 2025

Coda a la Semana de la poesía: El ritmo de las agujas del reloj de Grand Corps Malade

Idioma original: francés

Título original: Patients

Año de publicación: 2012

Traducción: Joan Riambau

Valoración: está bien (sobre todo, para fans)

No os voy a engañar, porque lo de "Coda a la semana de la Poesía", con un título tan cuqui además como El ritmo de las agujas del reloj puede dar lugar a equívocos, así que os lo diré cuanto antes: éste no es libro de poemas -pese a que sí encontramos alguno que otro-, pero está escrito por un señor que podemos considerar como un poeta (más o menos y entre otras cosas) y que nos cuenta aquí el episodio, no sé si más transcendente, aunque con bastante probabilidad el más decisivo de su vida... El título original, en francés tal vez os dé una pista: Patients, es decir, pacientes... porque sí,  queridos y queridas lectoras del blog, nos encontramos ante un libro de (HORREUR) autosuperación  y, además de la peor clases, de esos que cuentan alguna vivencia traumática para hacerle chantaje emocional al lector y éste no se sienta capaz de reconocer que el libro es una mierda decepción, aunque hasta la última célula de su ser le indique que sí... Quizá yo sea demasiado duro de corazón, pero, así por de pronto, es el tipo de libro que no tocaría ni con un palo con pincho, a no ser... a no ser por quién es su autor, claro.

Porque esto no lo ha escrito cualquier Albert Espinosa que ande por ahí, amigues, sino nada menos que Grand Corps Malade, nom de plume y de lo que no es plume de Fabien Marsaud, muchachote de la banlieue parisina -jugador de basket merced a sus casi dos metros de altura- al que, a los veinte años, una mala caída en la piscina de la colonia de vacaciones donde trabajaba le dejó tetrapléjico -incompleto, por lo que tenía la posibilidad de conseguir cierta recuperación-, de manera que se pasó muchos meses posteriores a su accidente en un centro de rehabilitación, tratando de volver a dominar su cuerpo, empezando por el dedo gordo del pie (sí, yo también me he acordado de Kill Bill al leerlo). Visto lo cual, Fabien, imposible su sueño de ser deportista de élite (o incluso deportista del montón) se volcó en su otra pasión: el rap y la poesía. Más concretamente, en el slam, variedad de competencia poética en la que los participantes tiene tres minutos para interpretar sus poemas  sobre un escenario (a nuestros lectores euskaldunes les sonará esto, sin duda,  pero la diferencia con el bertsolarismo es que aquí los poemas no siempre son improvisados y además, no es obligatorio tener las manos en los bolsillos ni detrás de la espalda). A partir de ahí y convertido en Grand Corps Malade -Corpachón Enfermo, por razones obvias-, nuestro autor de hoy se dedicó a la música (mejor dicho, al recitado con acompañamiento musical, solo o en compañía de cantantes), a doblar personajes en películas de animación, merced a su voz profunda y varonil, a escribir libros y guiones cinematográficos, y, más recientemente, a dirigir películas junto a su amigo Mehdi Idir (la última, un biopic de Charles Aznavour bastante resultón). Como se ve, GCM es un poeta, pero no sólo un poeta o uno bastante peculiar...

Por lo que respecta a este libro, el primero que escribió (y del que después se encargó del guión para adaptarlo al cine), lo que nos cuenta en él son esos meses que pasó en el primer centro de rehabilitación. Como es de suponer, buena parte del libro se centra en la aceptación de su nueva discapacidad y en el proceso de recuperación siquiera parcial de la movilidad. Es decir, autosuperación, etc. Pero eso no es el elemento central del libro y casi se diría que el autor lo trata más que nada porque, dadas las circunstancias, es imposible obviarlo. O mejor dicho: se diría que a GCM le gustaría obviar sus propias circunstancias, -algo a todas luces imposible- y centrar la narración en los demás, en aquellas personas que encontró en aquel centro y a quienes el otorga, en buena medida, el protagonismo de la historia: sus colegas Farid y Toussaint, otros pacientes como Samia, Steeve, Eddie, Fred... al igual que el personal sanitario o auxiliares de enfermería con quienes tenía trato diario y que le ayudaron a superar su situación. Esto no quiere decir que nos encontremos ante una narración edulcorada, todo buenos sentimientos y feel good; cuando alguien no le caía bien o, simplemente no estaban en sintonía, el autor no se corta en decirlo tal y como lo sentía. Por otro lado, el libro está escrito en un tono más bien funcional, casi seco, sin florituras -algo sorprendente para un poeta, quizás, si bien es cierto que la lírica de GCM lo mismo echa mano de las posibilidades más refinadas de la lengua francesa que del argot más descarnado-, lo que impide todo asomo de cursilería o sensiblería al tratar un tema que, por lo demás, puede ser proclive a esto último. El libro, sin recrearse en ello, no obstante, no nos ahorra imágenes de personas que no tiene ya posibilidad de recuperar ni el más mínimo dominio sobre su cuerpo, imágenes de grandes quemados, pacientes que se han intentado suicidar o que caen en la depresión más profunda... No es este un libro complaciente, aunque tampoco deja fuera la esperanza; simplemente, retrata la realidad -esta realidad tan cruda- tal y como es.

Para acabar, y para que vayáis conociendo otras facetas de este poeta, etc. os dejo el videoclip de un tema cantado a dueto con Camille Lellouche (bueno, en verdad la que canta es ella, porque lo de cantar tampoco es lo del amigo Fabien, il faut le dire):