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sábado, 1 de agosto de 2026

Marvin Harris: Vacas, cerdos, guerras y brujas

Idioma original: inglés

Título original: Cows, Pigs, Wars and Witches. The Riddles of Culture.

Año de publicación: 1974

Traducción: Juan Oliver Sánchez Fernández

Valoración: Recomendable


No tengo del todo claro dónde está la frontera entre el antropólogo y el historiador, probablemente son disciplinas que se solapan sin que sea fácil distinguir el límite. El norteamericano Marvin Harris es un antropólogo que tuvo cierta relevancia en los años 70 y 80 del siglo pasado y que, por lo que se ve en este libro y probablemente en el resto de sus obras, circula libremente entre ambas disciplinas, con una perspectiva bastante peculiar que se ha denominado materialismo cultural. Aunque con el foco bastante distante del materialismo histórico propio del marxismo, la idea guarda un parentesco lejano aunque intuitivamente familiar, como queda enseguida de manifiesto en el libro.

La vaca es sagrada en la India, y el cerdo un animal inmundo para judíos y musulmanes, aunque venerado en no sé tribus de Nueva Guinea. Estas ideas que, aunque conocidas, nos resultan bastante extrañas, tienen su origen en las necesidades materiales y las condiciones de vida de cada uno de los entornos. La vaca, aunque esté escuálida, mientras tiene vida proporciona leche y al menos en teoría es capaz de engendrar animales de tiro, vitales en explotaciones sin acceso a la tecnología. El cerdo es incapaz de regular correctamente su temperatura, y por eso se desenvuelve mal en el secarral del Medio Oriente. Por la razón contraria el problema no existe en Nueva Guinea, donde el cochino se reproduce en abundancia, es fuente inagotable de proteínas y es sabiamente utilizado para periodificar los usos de los bosques.

Estos condicionantes, tan pegados a la realidad material, son de tal importancia para la supervivencia del grupo que los usos y costumbres los han sacralizado o convertido en tabúes a lo largo de milenios. Es la base de ese materialismo cultural que defiende Harris y observamos desde las primeras páginas: las ideas no surgen de la nada ni de visiones espirituales, sino que nacen en base a las necesidades del grupo, para irse revistiendo poco a poco con un aura mágica o religiosa dejando su origen perdido en el tiempo

Esta proposición, tan nítida en los dos casos que acabo de comentar, se va desarrollando también en otras direcciones con características quizá algo menos evidentes: la célebre belicosidad de los yanomamo (alivio de la presión demográfica), la ceremonia del potlacht (necesidad de prestigio social), o las varias culturas que incorporan la expectativa de un advenimiento de riqueza material (lo que llama el cargo) o la llegada de un mesías liberador. Se diría que la idea básica del materialismo cultural va resultando más difícil de apreciar según se van analizando los casos, hasta resultar realmente confusa cuando se detiene en la persecución de la brujería en la Europa de la Edad Media.

La verdad es que los postulados de Harris resultan más que razonables, y muy interesante el análisis, que recuerda a ratos a los famosos trabajos de Malinowski en las islas Trobriand sobre grupos étnicos especialmente aislados (aunque el trabajo de campo parece ser casi siempre ajeno). Pero se queda uno con la sensación de que falta algo. Seguramente es verdad que todas estas manifestaciones culturales han tenido un origen material remoto, pero resulta difícil, incluso quizá incómodo, excluir de forma tan radical aspectos tan humanos relacionados con la imaginación o la espiritualidad, como la ideología, la religión o la mitología. Convicciones y valores que modestamente creo que están en la esencia misma de las personas, seguramente también mediatizadas por el entorno, la supervivencia o las experiencias, pero que pienso que tienen una consistencia propia.

Parece que Harris no lo ve así, y entonces aporta ese peculiar punto de vista, en mi opinión algo determinista y quizá también empobrecedor, que vertebra todo el texto, como decía antes en ocasiones de forma más nítida y en otras más velada. Desconozco el recorrido posterior que haya podido tener esta teoría, seguramente habrá tenido sus seguidores y detractores, con sus consiguientes polémicas doctrinales. Toda aportación novedosa en el mundo del conocimiento las ha tenido y casi todas han dejado cierta huella, aunque ninguna ha sido aceptada por entero y sin discusión. Y a lo mejor esto mismo contradice en alguna medida lo que defiende el autor.


viernes, 9 de enero de 2026

Manuel L. Abellán; Censura y creación literaria en España (1939-1976)

Idioma original: castellano

Año de publicación: 1980

Valoración: Interesante


Quizá a estas alturas no resulte muy original hablar sobre la censura en la España de Franco, a lo mejor ni siquiera hay mucho de que hablar que todos no sepamos o podamos intuir, porque es obvio que una de las normas inexcusables de cualquier régimen totalitario o autocrático (y el franquismo fue las dos cosas) es eliminar la libertad de expresión, y con ella todo lo que pueda ser sospechoso de menoscabar la autoridad o de oponerse a los supuestos principios en que se apoya.

Aun así, hay cierta bibliografía sobre el tema, entiendo que cada vez menos de moda, entre la que la obra de Manuel L. Abellán que tocamos hoy es uno de los trabajos más antiguos, centrado casi en su totalidad en el ámbito de la creación literaria. Como el tema se presta a la crítica política y, por qué no, también al sarcasmo, sorprende de entrada que el libro tiene un claro carácter académico, incluyendo una exposición bastante detallada sobre la organización del sistema censor del franquismo, estadísticas sobre libros rechazados o enmendados en función de fechas, géneros literarios, etc. Todo lo cual le otorga una apariencia algo aséptica que sin embargo pronto queda desmentida. 

Por resumir muy por encima algunas cuestiones tratadas en el libro, se podría analizar a los dos colectivos protagonistas del proceso:

Los censores

Dice Abellán que en los primeros tiempos, antes incluso de finalizar la guerra, el franquismo puso especial interés en que el trabajo censor recayera en manos de personas con cierto nivel intelectual. Más adelante, seguramente en vista de la magnitud de la empresa, la exigencia se fue diluyendo a medida que se multiplicaba el número de censores (lectores en lenguaje del momento), con lo que es fácil concluir que pasarían a engrosar sus filas buen número de personajillos deseosos de hacer méritos. Quizá fue alguno de ellos quien pretendió suprimir de un texto todas las palabras esdrújulas por parecerle que no sonaban bien, aquel otro que masacró un trabajo de Ana María Matute porque hay cosas sobre las que una mujer no debe escribir, o el que se atrevió a intervenir en un manual de contabilidad, que ya hay que estar enfermo.

Hay que subrayar que los censores no siempre eran funcionarios del Ministerio o peones locales del Movimiento. Ahí podían meter mano sin restricciones por supuesto la Iglesia, el Ejército, e incluso la Policía, siempre que se sintiesen de algún modo afectados. La moral (el sexo por encima de todo), la política, las instituciones del nuevo Estado o la Historia patria fueron algunos de los muros que no cabía saltarse.

Los censurados

Censurados eran en realidad todos los creadores de cualquier tipo, obligados a pasar el control previo. Pero ahora me refiero a aquellos, muchísimos, que sintieron las tachaduras del lápiz rojo (que en realidad creo que era azul, por si acaso) emborronando sus galeradas. Por lo visto, Pío Baroja y Jardiel Poncela fueron de los primeros en sufrirlo, y por cierto el escritor madrileño demostró por lo visto una inusitada capacidad para adaptar su texto a las exigencias del momento. En realidad, a excepción de unos pocos que se fueron a publicar a otros países, eso mismo (suprimir, cambiar, adecuar) fue lo que hicieron la inmensa mayoría de autores, casi siempre empujados además por sus editoriales, que lógicamente querían sacar los libros al mercado por encima de todo, inclusive por encima de su integridad (la del editor y la del propio libro). Lo cual lleva a plantearse por ejemplo si es ético y coherente plegarse a cambiar lo creado para colar por las tragaderas de una dictadura, o si por el contrario es exigible echar por la borda un trabajo de muchas horas por hacer honor a los principios, o simplemente por defender la propia obra. 

La censura, en nuestro caso franquista, hace brotar además infinidad de cuestiones, como por ejemplo, en qué condiciones nos han llegado y hemos leído centenares de ediciones de la época, cuántos títulos han sido reeditados más tarde en su versión original, o cuál fue a nivel creativo el efecto de la censura en el desarrollo de la literatura española de la época. Asuntos en los que el libro, como digo muy circunscrito a su objetivo, no entra o lo hace tímidamente, aunque sí se permite ciertas reflexiones en torno a la autocensura, la ‘censura editorial’ en sentido amplio, y en definitiva el margen real de libertad que el autor tiene si de verdad quiere publicar, aunque sea, en el mejor de los casos, en un entorno en principio sin restricciones. 


domingo, 26 de octubre de 2025

C.L.R. James: Los jacobinos negros

Idioma original: inglés

Título original: The Black Jacobins

Traducción: Ramón García

Año de publicación: 1938

Valoración: Está bien


La revolución haitiana, a caballo entre los siglos XVIII y XIX, pasa por ser uno de los episodios más salvajes de la Historia, al menos hasta la época en que tuvo lugar. Machetazos, ahorcamientos, genta apaleada y arrojada al mar, individuos quemados vivos, mutilaciones y fusilamientos casi hacen buena la llegada a las Antillas de la máquina, ese invento tan del momento gracias al cual rodaban cabezas de forma rápida y quirúrgica, primera imagen de aquel fantástico libro de Alejo Carpentier. El proceso revolucionario fue complejo, largo, y dio por tanto tiempo a que el número de víctimas de las atrocidades alcanzara niveles que sólo la tecnología y la barbarie de los siglos siguientes han podido superar con facilidad. Y con las muertes, también la devastación de un territorio que pasó de ser quizá la colonia más rentable del planeta al país más pobre de América hoy en día.

El pequeño detalle es que toda aquella antigua prosperidad se basaba en el trabajo de los esclavos, mayoritariamente traídos por la fuerza desde África. Sacar rendimientos brillantes de plantaciones de azúcar, tabaco o café no es tan difícil si uno dispone de mano de obra ilimitada y prácticamente gratuita. Las cosas se van complicando después, porque los colonos blancos, en un proceso parecido al de Estados Unidos, se impacientan por las limitaciones que impone la metrópolis, el descontento entre los negros empieza a provocar problemas (los cimarrones que escapan para ocultarse en los bosques) y, por si fuera poco, estalla la Revolución francesa.

Arriesgando quizá demasiado, dice James que ‘el comercio de esclavos y la esclavitud fueron el fundamento económico de la Revolución francesa’. Pero ya veremos que el autor dista mucho, o más bien muchísimo, de ser objetivo. El caso es que esa Revolución, la grande, aportando sensaciones de convulsión total y exportando los múltiples conflictos que anidaban en su interior, resulta el momento idóneo para que los negros de la colonia se rebelen en busca de su libertad. Ahí surgen distintos líderes, entre los que destacará Toussaint L´Ouverture, que protagoniza la mayor parte del relato. 

Con una prosa torrencial y más bien poco académica, James se lanza a narrar los distintos episodios de un proceso que duró cerca de quince años. La escasa sistemática, junto con la obvia propensión a tomar partido, hacen que el autor se enrede un poco con unos acontecimientos de por sí bastante confusos y cambiantes: aquí intervendrán, aparte de los caudillos de la rebelión, segmentos enfrentados de blancos ricos y pobres, mulatos y sus subdivisiones, negros libres y esclavos, revolucionarios y monárquicos, plantadores y burguesía marítima, ingleses, jacobinos y girondinos, todos ellos con sus respectivos grupos armados cambiando constantemente de bando y sin pestañear a la hora de liquidar a quienes fueron sus aliados.

Pero como decía, el autor no tiene reparo en montar todo un panegírico en torno a la figura de Toussaint, incurriendo en la adulación habitual de quienes escriben sobre un personaje que les es especialmente admirable. Toussaint reúne en sí todas las virtudes imaginables, es inteligente y generoso, buen estratega y mejor diplomático, decidido pero moderado, y nada impide que se le compare a Pericles, Thomas Paine, Marx, Diderot o Rousseau. Su único defecto fue tal vez, dice James, ser demasiado benevolente con blancos, franceses y burgueses, es decir, decaer en su vena revolucionaria, que es lo que el autor admira definitivamente en el personaje. Al que, por cierto, en algunos momentos de forma bastante sorprendente compara con un dictador fascista, y que no duda en reproducir uno de sus escritos en el que afirma ‘Recordad que solo hay un Toussaint L´Ouverture, y que con escuchar su nombre debéis rendirle pleitesía’. Tics dictatoriales que apuntan a un hombre que se sintió llamado a liderar la gran liberación, arrinconando a sus anteriores aliados, y que no dudó en liquidar a quien pudiera hacerle sombra, incluido su propio sobrino.

Pero James no parece darle importancia a todo esto, porque solo tiene ojos para lo que considera un proceso revolucionario modélico en el que cualquier cosa es válida menos flaquear en el empeño. Bien, el autor es también negro y antillano, además de admirador de la Revolución soviética y enteramente implicado en la lucha por la liberación de los negros en todos los continentes. Es también hijo de su tiempo, no olvidemos que el libro se escribe en pleno auge de los fascismos, y tira con todo para elogiar sin medida un proceso que, como casi todos, debió tener con toda seguridad un lado oscuro que ignora voluntariamente. De manera que, aunque el libro incluye una abundantísima bibliografía que demuestra haber trabajado muy a fondo el tema, no puede disimular, ni lo pretende, un sesgo ideológico que obliga a tomar la narración con bastantes precauciones.


viernes, 24 de octubre de 2025

Antonio Escohotado: Historia general de las drogas (Metaentrada)

Idioma original: Español

Año de publicación: 1983

Valoración: Imprescindible

En 1983, Antonio Escohotado publicó Historia general de las drogas, una obra monumental que reconstruye la relación entre ebriedad, ley, comercio y cultura a lo largo de siglos. Su apuesta, leer las drogas como un fenómeno humano total, inseparable de la libertad individual y de los dispositivos de control social, sigue interpelando hoy, cuando la conversación pública oscila entre el moralismo, la hiperindividualidad, y el tecnocratismo.

Esta reseña parte de esa ambición panorámica, pero quisiera añadir un matiz: el de la neurociencia contemporánea. No pretendo (dios me salve) de actualizar a Escohotado con bibliografía reciente, sino de poner a dialogar su marco histórico y jurídico con hallazgos recientes y política pública basada en estudios científicos (si es que existe tal prodigio). Ese diálogo, creo, ilumina la vigencia del libro y también sus límites.

Primero, una lectura de su Introducción y de los conceptos que la vertebran; después, un examen de capítulos clave a la luz de estudios actuales (psicodélicos, ketamina, MDMA, adicciones conductuales) y, por último, una reflexión sobre la compleja tarea de integrar historia, neurobiología y política de drogas. El objetivo no es dirimir un pleito ideológico, sino ganar comprensión práctica sobre cómo y por qué ciertas sustancias mejoran o empeoran la vida de las personas.

Lo de “imprescindible” no es hiperbólico. Cualquiera que pretenda opinar sobre drogas (léase podcastero, youtubero, tiktoker, etc.) como mínimo debería manejar el bagaje que aporta este libro (lo cual, ya lo sé, es pedirle peras al olmo).

Introducción

Escohotado abre su tratado con una tesis potente: lo psicoactivo no es un accidente moral sino un hecho psicofarmacológico que acompaña a la cultura desde sus comienzos. El pasaje sobre "la cosa tangible" que altera el ánimo y la ambivalencia del phármakon (remedio/veneno) sitúa la discusión más allá del bien y el mal: importa quién, cómo, cuándo, dónde y para qué se usa. Esa intuición, que hoy llamaríamos "dependiente de contexto, dosis y sujeto", sigue siendo fértil: la frontera entre perjuicio y beneficio no está en la molécula, sino en las condiciones de su uso. Ahí Escohotado es, todavía, sorprendentemente actual.

Me gustaría matizar dos lugares comunes que el propio Escohotado cita: la equiparación del "electrodo de placer" con la degradación del toxicómano, y la idea de que las drogas "enloquecen de placer". Los clásicos experimentos de autoestimulación intracraneal no se reducían al hipotálamo: involucraban circuitos mesolímbicos que median motivación, aprendizaje y saliencia, no simple hedonía. Hoy sabemos que el problema del enganche a una droga no es "sentir más placer", sino la tolerancia y la dependencia, cuando se presenta una disociación entre el consumo y el refuerzo (dígase placer, euforia, sopor); esa disociación explica por qué el consumo persiste aun cuando el placer disminuye, lo que define la formación de un hábito (o en este caso, una adicción). 

El libro también enmarca el fenómeno en términos político-jurídicos: del "pecado" al "delito de riesgo" y a la excepción penal que suspende garantías. Aquí conviene actualizar la foto con datos globales: los informes recientes de OMS muestran mercados dinámicos, nuevas sustancias y respuestas heterogéneas; la dicotomía "sociedad sin drogas vs. libre mercado de todas" sigue siendo retórica, mientras la realidad cotidiana transcurre entre prohibición, mercado ilícito y sustitutos/adulterantes. 

En el frente clínico, la "bendición y maldición" del phármakon hoy es más matizada y empírica. Por ejemplo, la psilocibina ha mostrado señales antidepresivas en depresión resistente, aunque con efectos adversos y necesidad de ensayos más largos y comparativos; no es una panacea, pero tampoco un mito. En paralelo, la ketamina ofrece alivio rápido en depresión resistente bajo protocolos estrictos de seguridad, y la investigación compara su desempeño con antidepresivos convencionales (resultados que se han visto embarrados debido al abuso por parte de figuras públicas deleznables como Elon Musk). Estos avances confirman que la psicofarmacología puede ampliar el repertorio terapéutico sin borrar sus riesgos. 

Sin embargo, el entusiasmo debe convivir con el escepticismo regulatorio. El caso MDMA-TEPT (estrés postraumático) ilustra cómo, aun con resultados promisorios, los comités de la FDA han concluido que la evidencia y el balance beneficio-riesgo aún no son suficientes; la decisión reciente de no aprobar empuja a mejorar diseño, monitoreo y estándares de seguridad. 

Finalmente, cuando Escohotado anticipa que el problema no es sólo sanitario sino político y social, hoy podemos añadir un matiz de salud pública: las intervenciones de reducción de daños (p. ej., centros de consumo supervisado) se asocian con reducciones locales de mortalidad por sobredosis y menor carga para servicios de emergencia; no sustituyen el tratamiento ni "resuelven" la adicción, pero son piezas útiles en ecosistemas complejos. 

SECCIÓN PRIMERA — Magia, farmacia, religión

Escohotado sitúa la ebriedad en el cruce entre rito, remedio y norma. Desde Mesopotamia hasta las Américas precolombinas, muestra que las drogas no nacen como "vicio" ni como "crimen", sino como instituciones: usos reglados que organizan comunidad y experiencia. Entre dos polos, posesión y excursión, la ebriedad puede ser fusión con lo sagrado o apertura de visión; en ambos casos, suspende la rutina perceptiva y redistribuye el sentido de lo permitido.

El "mapa" se completa con mitos que codifican reglas y riesgos, y con una cotidianidad donde vino, opio y farmacopeas se integran en economía, medicina y derecho: lo profano y lo sagrado forman un continuo más o menos utilitario. Leída hoy, esa intuición dialoga con la neurociencia: los psicodélicos pueden aumentar la flexibilidad cognitiva cuando el contexto es el adecuado (el clásico set & setting), y la clínica contemporánea traduce antiguos ritos en protocolos terapéuticos (si bien, muchas de las "terapias" provenientes del psicoanálisis están más cerca de la magia que de la realidad, ¡qué daño ha hecho ese madafaka de Froid!). Del soma al peyote, la sección traza una fenomenología comparada de estados de conciencia y deja una idea central: la molécula importa, pero su marco de uso: cultural, ritual o clínico, es lo que decide su valor y su riesgo.

SECCIÓN SEGUNDA — Cristianismo, islam y la invención de la cruzada 

Escohotado traza cómo Occidente convirtió la ebriedad en asunto de obediencia. Del cristianismo antiguo a la baja Edad Media, la alteración "legítima" del ánimo (eucaristía, ascetismo) se opone a las formas profanas o terapéuticas, que pasan a leerse como desorden, herejía o simple depravación. La persecución de la brujería se convertirá en modelo: archivo inquisitorial, erotismo como pretexto, y una pedagogía del miedo que inaugura el delito sin víctima (la hipótesis de que dildos untados con psicotrópicos derivaron en la iconografía de la escoba de la bruja es, cuando menos, asombrosa). 

En el mundo islámico, alcohol, opio y cáñamo revelan la otra cara: las mismas sustancias pueden ser institución o crimen según el encuadre ritual y jurídico. La irrupción del café consagra una "ebriedad" alerta, estimulación sobria compatible con la ciudad y la burocracia (lo que equivaldría al uso de la cocaína en Wall Street, o de las anfetaminas en residentes de medicina o amas de casa), mientras el cáñamo queda como un irruptor de la disciplina. Se dibuja así una regla: el estatus legal no coincide con el riesgo biológico.

El tramo final, del humanismo a Paracelso y el caso americano (tabaco, coca, mate), adelanta la toxicología moderna: dosis y contexto deciden el sentido del phármakon. Con el tránsito a la modernidad, la demonología deviene en "toxicomanía", y economía, medicina y política aprenden a gobernar la percepción. La cruzada cambia de vocabulario, no de lógica.

SECCIÓN TERCERA — Liberalismo, opio y el siglo de los laboratorios

Escohotado deja atrás la teología del cuerpo y entra en la modernidad: el final del Antiguo Régimen desactiva la cruzada moral y devuelve la conducta sin víctima al terreno del derecho civil. La pregunta ya no es "pecado o virtud", sino daño medible: riesgo, dosis, contexto y externalidades. En ese viraje asoman dos frentes que marcarán el siglo: la "cuestión china" del opio y el papel del comercio europeo en la terapéutica.

El liberalismo destapa el caño del desagüe: láudano, morfina, cloroformo, éter y los primeros barbitúricos expanden accesos y usos, mientras la medicina aprende a distinguir analgesia, anestesia y sedación y paga el precio en tolerancia, dependencia y negligencia. El phármakon se vuelve margen terapéutico: no hay venenos morales, sino curvas dosis–respuesta y farmacocinética (la vía y la velocidad de entrada moldean el potencial adictivo tanto como la molécula).

La cocaína condensa el ciclo moderno: entusiasmo científico, promoción comercial, usos clínicos y, después, estigma. Lo que el siglo XIX y XX llamó "vicio" hoy se entiende como saliencia sensibilizada y plasticidad dopaminérgica que empuja del "gustar" al "querer". El cierre regresa a los visionarios, cáñamo y peyote, para mostrar el paso de lo sagrado tutelado a lo experimental clínico: protocolos, set & setting e integración. Si la Edad Media inventó la cruzada, el laboratorio inventa su antídoto laico: el método.

SECCIÓN CUARTA — De la "conciencia del problema" a la paz farmacrática 

Escohotado narra cómo, del primer impulso internacional por "ordenar" los psicoactivos, se pasa a un régimen estable de control. La escena arranca con misiones y conferencias que inventan el léxico del peligro y culmina en La Haya y la Ley Harrison, donde la adicción deja de ser asunto médico para convertirse, en la práctica, en materia penal y fiscal. Las dos primeras décadas de cruzada cierran clínicas, prohiben el alcohol y, con la Marihuana Tax Act, criminalizan el cannabis por vía impositiva: no se prohíben moléculas por su fisiología, se clasifican por su lugar en un tablero moral y administrativo (y si nos acercamos a las teorías conspirativas, en la irrupción del cáñamo en el mercado de los textiles, dominado por los dueños (ex-esclavistas) de la industria del algodón).

Sigue una fase de latencia que arma la maquinaria (industria, agencias, leyes más duras) hasta fijar una "paz farmacrática": proliferan estimulantes, narcóticos y ansiolíticos legales, y el consumo se normaliza bajo vigilancia. El hilo común es claro, el mundo deja de debatir qué hacen las drogas para decidir qué son y quién puede tocarlas. Leída hoy, la sección anticipa un matiz que confirman los estudios recientes: el daño no es una esencia química sino un acoplamiento entre farmacología, aprendizaje y contexto. Controlar "drogas" es, en rigor, gobernar conductas y entornos. Siendo optimistas, este es un progreso importante.

SECCIÓN QUINTA — Los insurgentes

Escohotado retrata la disidencia frente al orden "farmacrático" nacido tras la I Guerra Mundial y fijado con la Convención de 1961. El desequilibrio es evidente, el cáñamo se ubica junto a tóxicos "superadictivos" mientras los psicofármacos de uso masivo sostienen la normalidad química sin el mismo estigma. Los sesenta amplifican la grieta: contraculturas, psicodelia y, como contragolpe, la "nueva ley internacional" que extiende el cerco al LSD, DMT, mescalina, psilocibina y THC, y reordena estimulantes y sedantes. El mensaje de fondo paso de castigar faltas a normalizar conciencias; la elección de estados mentales se convierte en enfermedad o delito y la intimidad queda bajo tutela.

Leída hoy, la sección gana relieve empírico. Los psicodélicos muestran potencial terapéutico cuando se encuadran en protocolos estrictos, desmontando la equivalencia automática entre éxtasis y patología. El MDMA ofrece la contracara: el rechazo regulatorio reciente no reimpone el anatema, obliga a elevar el listón metodológico. Y un frente inesperado, los agonistas GLP-1 (e.g. Ozempic, con todos los cadáveres andantes que ha producido), sugiere nuevas dianas para el consumo compulsivo más allá del dopamina-centrismo. En conjunto, la insurgencia ya no es sólo cultural, es de método. Se trata de clasificar mejor, medir mejor y cuidar mejor, sin confundir moral con farmacología.

SECCIÓN SEXTA — La "nueva ley internacional", la exportación de la cruzada y la era del sucedáneo

Escohotado muestra el tramo final del prohibicionismo, definir para gobernar. Con el Convenio de 1971 se reordena el mapa. Los psicodislépticos obtienen lista propia y los estimulantes/sedantes se reparten en paralelo, mientras un vocabulario (estupefaciente, hábito, dependencia, psicotoxicidad) se impone como gramática de poder más que como reflejo de la farmacología. La cruzada se exporta: adormidera y coca sirven para tejer operaciones, acuerdos y retóricas humanitarias que externalizan costes y fijan una "paz farmacrática" donde policía, diplomacia y mercado conviven (aquí valdría mencionar el pretexto más reciente para eliminar el debido proceso penal e invadir soberanías ajenas: el fentanilo).

El "retorno de lo reprimido" llega con la heroína (o, en nuestros días, el fentanilo) y la cocaína: la demanda no desaparece, cambia de forma; sustitución, adulteraciones y picos epidémicos dibujan un daño reconfigurado por la propia política. En paralelo, la marihuana reabre su disputa pública (aún usada por los sectores más conservadores para desprestigiar a sus adversarios, como el caso más reciente del candidato a la alcaldía de Nueva York, Zohran Mamdani). Entre designer drugs y análogos del fentanilo, la ley ya no prohíbe sustancias una a una, persigue familias y potencias (prohibición por analogía). El resultado es previsible, cada cerco legal abre un borde de innovación. La química va por delante; el derecho, detrás, intentando darle alcance. El cierre anuncia el tiempo que seguimos habitando y que acecha a los más jóvenes: la era del sucedáneo (el juego, las redes sociales, etc.).

Conclusión

Historia general de las drogas sigue siendo, a más de cuatro décadas de su publicación, un mapa intelectual poderoso: exhibe cómo las sociedades definen, ritualizan y castigan ciertos estados de conciencia. Su apuesta por recuperar el phármakon, remedio y veneno según dosis, sujeto y contexto, resiste bien el contraste con la ciencia contemporánea: hoy sabemos que el daño o el beneficio emergen menos de "la sustancia" que de patrones de uso, contingencias de aprendizaje y marcos institucionales.

Leída con una lente neurocientífica, la obra desplaza el tópico del "placer" hacia la motivación sensibilizada y la saliencia: lo que se potencia no es tanto el "gustar" como el "querer" (o en grados avanzados, necesitar). Ese giro explica por qué el consumo persiste cuando el placer mengua, y por qué intervenciones eficaces combinan farmacología con contexto. En este punto, Escohotado acierta al insistir en que la molécula no es una esencia moral y que el marco cultural y jurídico es parte de la farmacodinámica social.

Donde el libro es más polémico, y valioso, es en la genealogía de la cruzada contra las drogas: muestra cómo la ley nombró y fabricó "la droga" como problema penal (o moral) antes que sanitario. La investigación actual en salud pública no desmiente esa tesis: confirma que el estatus legal se desacopla con frecuencia del riesgo biológico y que la represión, por sí sola, reconfigura mercados y daños sin resolver determinantes conductuales.

Escohotado ofrece una teoría robusta de cómo llegamos a gobernar la percepción y el ánimo; la evidencia actual permite decidir para qué y en qué condiciones conviene hacerlo. Entre la tentación del anatema y la fantasía de la panacea, queda un terreno exigente: el estudio riguroso de la bioquímica del organismo humano. Si algo permanece después de cerrar el libro, es la convicción de que discutir sobre drogas es, en realidad, discutir sobre libertad y comunidad. Y que esa discusión se vuelve más honesta cuando la historia, la ley y la ciencia se escuchan entre sí.

martes, 14 de octubre de 2025

Paco Cerdà: Presentes

Idioma original: Español
Año de publicación: 2024
Valoración: Recomendable

Quede este canto como recuerdo de tantas vidas perdidas, de aquel país echado a perder.

Esta es la frase que cierra Presentes, libro de no ficción con el que Paco Cerdà continúa la senda explorada en El Peón y en 14 de abril. En esta ocasión, nos trasladamos a los últimos días de noviembre de 1939, a los 11 días y 10 noches (y 470 kilómetros) en los que tuvo lugar una de las ceremonias más inverosímiles (y mira que este país ha tenido ceremonias inverosímiles) de la historia de España, un acto megalómano y operación propagandística en el que se funden militarismo y religión. Hablamos del cortejo fúnebre de José Antonio Primo de Rivera (el Josean para los amiguis), del traslado de sus restos mortales desde Alicante hasta El Escorial.

El primer capítulo del libro es impactante. A la potencia visual y narrativa de los hechos en sí se suma el estilo que utiliza el autor: frase breve cual paso marcial, mirada poética, atmósfera tenebrosa como los cuadros de El Greco o ciertas pinturas de Goya. Y uno piensa que todo va a seguir por esa vía, que este libro va a ser una especie de Mientras Agonizo patrio montado por Leni Riefensthal, pero NO.

Porque Presentes se construye en dos planos contrapuestos: el de los presentes oficiales y el los escondidos. Porque en este libro hay mucho de memoria y homenaje, de retrato coral de unos años terroríficos. Y para ello Cerdà opta por estructurar el texto a modo de "tríptico diario": por cada día, una primera parte con el cortejo en sí y unas segunda y tercera parte en las que el autor pone el foco en personajes, anónimos o no, que de una forma u otra viven o mueren en esos días de posguerra. 

No me enrollo más y paso a enumerar las que, para mí, son las principales virtudes y defectos del libro. Entre las primeras hay que hablar de:

  • El ingente trabajo de documentación 
  • Su innegable y evidente voluntad literaria pese a su también evidente cercanía a la crónica y al documental.
  • El manejo de diferentes registros y voces. Si bien siempre dominados por la prosa poética, los textos de Presentes aúnan el lenguaje barroco, encendido o arcaizante de escritores abiertamente fascistas con herramientas ligadas a la modernidad.
  • La emoción que se desprende de varios de los textos. Destacan, en este sentido, Los 47, Miguelillo y Matilde.
En el lado no tan favorable tengo que mencionar:
  • Cierto desaprovechamiento del ya comentado potencial visual y narrativo que tiene el propio cortejo fúnebre.
  • Una leve sensación de agotamiento a medida que me acercaba al final, debido a la estructura elegida y textos quizá algo prescindibles.
  • El escaso peso de lo ensayístico / analítico, en lo referente sobre todo a la construcción del mito, del vaciado del hombre y sus ideas (sean estas las que sean) y de su utilización por el régimen franquista. Sé que sería otro libro pero, una vez que se insinúa en el texto, me hubiese gustado más profundización. 
Entonces, ¿qué? ¿Es un libro que merece ser Premio Nacional de Narrativa o no? Pues no es mala novela, ni mucho menos, pero la verdad es que me sorprende que no haya mejores obras escritas por autores españoles. De hecho, para mi las hay y reseñadas las tenéis en el blog.

También de Paco Cerdà en ULAD: 14 de abril y El peón

jueves, 2 de octubre de 2025

Mary Renault: Alejandro Magno

Idioma original: inglés

Título original: The Nature of Alexander

Traducción: Horacio González Trejo

Año de publicación: 1991

Valoración: Está bien


La escritora inglesa Mary Renault es autora de un puñado de obras entre las que destacan las de corte histórico ambientadas en la Grecia clásica, en particular su trilogía sobre Alejandro Magno. Tras las dos primeras entregas de este ciclo (Fuego del paraíso y El muchacho persa, creo que las más conocidas), publicó la biografía de Alejandro que vamos a comentar, alguien diría que para dar lustre a su conocimiento de aquel mundo sobre el que estaba novelando con cierto éxito. Y por lo que se ve, lo consigue con buena nota.

Basándose en las fuentes griegas y romanas más reconocidas (Plutarco, Rufo Quinto Curcio), y añadiendo algunas aportaciones propias, el libro es una biografía canónica expuesta con la precisión cronológica posible, que arranca desde los tiempos de Filipo, padre del héroe y quien le asignó las primeras responsabilidades bélicas cuando todavía era un adolescente. Alejandro se impone en la sucesión de un reino cuyo liderazgo se resolvía históricamente mediante dagas y envenenamientos, y rápidamente se gana el apoyo incondicional del ejército para iniciar sus formidables conquistas.  Por no extendernos demasiado, recordemos que comienza sometiendo a las díscolas ciudades griegas, pasando después al continente asiático para dominar a continuación Persia y amplios territorios de Asia central, y terminar llegando a la India.

Lo que llamaba aportaciones propias de Mary Renault se traducen sobre todo en una peculiar subjetividad que pondera sin medida las virtudes de Alejandro (valiente, empático, generoso, incansable, digno, inteligente, y así indefinidamente) y no deja pasar la oportunidad de rebatir cualquier atisbo de flaqueza: si se muestra sanguinario es por la seguridad del imperio, si se emborracha hasta las trancas solo está siguiendo la costumbre macedonia, si toma decisiones equivocadas es por falta de datos, si se aficiona a los fastos orientales es por integrar mejor el imperio. 

Me temo que más de un historiador habrá despotricado a gusto contra una autora que más parece estar escribiendo el panegírico de un ser querido. La verdad es que sobre el texto entero sobrevuela esa especie de fascinación por el personaje que encaja mejor con el perfil de un aficionado que con el rigor de un profesional. Incluso se pueden detectar ciertas disfunciones en la redacción, metáforas algo extrañas y frases confusas, que sospecho que la traducción no ha contribuido precisamente a clarificar.

Pero aun así, hay que reconocer que el libro funciona, al menos si uno no es demasiado exigente en cuanto a objetividad. La narración es amena y vivaz, con descripciones muy plásticas, y por momentos se siente uno parte de esas arriesgadas expediciones por tierras inhóspitas, aventuras que parecen más fantásticas por cuanto en principio carecen de límite establecido, ausencia que por otra parte será lo que detenga finalmente la interminable expedición. Lástima que ese poco disimulado deslumbramiento por el personaje le reste al relato solidez y cierta credibilidad de la que quizá no tendría por qué carecer.


domingo, 1 de junio de 2025

Andrea Camilleri: La masacre olvidada

Idioma original: italiano

Título original: La strage dimendicata

Año de publicación: 1984

Traducción: Juan Carlos Gentile Vitale

Valoración: bastante recomendable

Ensayo histórico con el que el recordado Andrea Camilleri se puso en "modo Sciascia", por así decirlo, en uno de los primeros libros que publicó (unos cuantos años antes de que obtuviera su gran éxito internacional con las novelas policiacas, por lo que podemos colegir por dónde podría haber ido su carrera literaria, si hubieran sido otras las circunstancias). Este breve libro estaría, pues, en la línea de El teatro de la memoria y, sobre todo, Los apuñaladores, pues, al igual que éste, trata sobre un hecho luctuoso y más o menos ya olvidado, incluso por los historiadores, ocurrido en el siglo XIX. Sólo que en vez de un ataque en Palermo, nos encontramos ante una masacre producida a comienzos de 1848 en el pueblo natal (hoy ciudad) de Camilleri, Porto Empedocle, que por aquel entonces era un puerto que pertenecía a Agrigento y que se llamaba Borgata Molo (por cierto que muy divertida, por llena de ironía y aun de retranca, resulta la crónica que hace el autor de los diferentes nombres que va teniendo a lo largo de los siglos su localidad. Más divertida aún si pensamos que cuando escribió este libro, aún no sabía que a Porto Empedocle se le daría oficialmente durante unos años también el nombre de Vigàta, como en sus novelas). 

Entre el 25 y el 26 de enero de aquel 1848 se produjo en la localidad una revuelta, encuadrada dentro de la Revolución siciliana antiborbónica (y que podemos relacionar, a su vez, con la oleada revolucionaria que recorrió ese año toda Europa), durante la cual, el mayor Emanuel Sarzana, al mando de la prisión situada en la Torre de Carlos V que se encuentra en la entonces Borgata Molo, provocó la muerte de 114 presos a los que había encerrado en un foso, al cortarles el suministro de aire. Decisión tomada, por contextualizarla un poco, durante el asedio que muchos habitantes del lugar y familiares de los presos habían puesto a la Torre, pero que no deja de ser una salvajada de aciago resultado. 

Camilleri nos ofrece un recorrido no sólo por los sucesos de aquel momento, sino los antecedentes -con especial interés sobre cómo era la vida de los presos y como la burguesía local se aprovechaba del trabajo cautivo... menos mal que esas cosas ya no pasan, ¿verdad?- y, sobre todo, de lo que ocurrió después, cuando las consecuencias se difuminan en una neblina de imprecisiones, rumores y silencios que él trata de concretar con una finura, ya digo (perdón por repetirme), de lo más "sciasciana". Al final, queda un pequeño ensayo que se lee en una tarde, de lo más interesante y que ilustra perfectamente la famosa máxima de Lampedusa (o del príncipe de Salina, mejor dicho) de que "todo cambie para que todo siga igual"... 

Nota: se me escapa la razón por la que se decidió poner en la cubierta de un libro sobre una matanza de presos en la Sicilia de mediados del XIX el retrato de una joven belga del siglo XVII (aunque es cierto que Ediciones Destino a veces ha utilizado otras obras pictóricas del pasado para envolver libros de Camilleri); en todo caso, eso me ha servido para conocer a Michael Sweerts, pintor flamenco que hacía unos retratos de excelente factura, como se ve. 

Muchos más libros del gran Andrea Camilleri (pero muchos menos de los que escribió) reseñados aquí.

domingo, 23 de febrero de 2025

Edmund De Waal: La liebre con ojos de ámbar

Idioma original: inglés

Título original: The Hare with Amber Eyes

Traducción: Marcelo Cohen

Año de publicación: 2010

Valoración: Recomendable 


Los netsuke son miniaturas japonesas con origen en el siglo XVII, quizá aún más antiguo, que representan personas, objetos o animales en materiales nobles, maderas, mármol, jade, marfil, cosas así. Aunque ahora podamos ver en cualquier sitio porquerías de plástico fabricadas en serie, originariamente eran manufacturas, piezas de artesanía que fascinaron a los europeos que empezaron a llegar a Japón, en especial desde mediados del siglo XIX. En círculos artísticos se puso de moda el japonismo, una corriente que mostraba su admiración por lo ‘nuevo’ que se descubría en aquel lejano país. La pintura asumió con más entusiasmo la novedad, pero fue también objeto de deseo de coleccionistas con posibles. Una gran vitrina con 264 netsuke es la excusa que utiliza Edmund de Waal para contarnos una larga crónica familiar.

Los Ephrussi son una familia judía originaria de Odessa que, con buen olfato para los negocios, amasa una gran fortuna en poco tiempo, expandiéndose por París, Viena, Berlín o Londres. Entre ellos Charles, quizá por vivir en París, es el más interesado en el arte, adquiriendo buen número de obras y manteniendo intensa relación con buena parte de los impresionistas: Degas, Pisarro, Manet o Renoir. Atraído él también por el japonismo, adquiere la importante colección de miniaturas y las incorpora a su lujosa vivienda parisina. En esta primera parte del libro se detiene el autor en largas descripciones de las estancias familiares, los objetos adquiridos, los cuadros comprados a sus amigos, la decoración, el mobiliario. Encontramos entonces algunas interesantes reflexiones sobre las manufacturas, su tacto, su peso, los rasgos que los individualizan:

‘También recuerdo si un objeto me invitó a tocarlo con toda la mano o solo con los dedos, o si pedía que uno se apartara. Ciertas cosas están en el mundo para ser mirada a distancia, no manejadas con torpeza’.

Toda una filosofía del objeto, su especificidad y su forma de estar en el espacio, cosas que casan bien con la dedicación del autor a la cerámica. Reflexiones desde luego singulares y disfrutables, como para detenerse a valorarlas, aunque a veces da la sensación de que De Waal pierde un tanto la perspectiva de que está escribiendo una crónica familiar, porque escribe sin medida y se demora en todo lo que le apetece. Es lo que hace que esta parte inicial resulte a veces algo pesada.

Pero los netsuke emprenden un primer viaje hacia Viena, y en el relato se van introduciendo nuevos elementos, algo más alejados de la estética y más próximos a la vida real. En Europa el antisemitismo siempre latente brota poco a poco pero de forma bien visible, y los judíos ricos, hasta entonces bien integrados en la alta sociedad, empiezan a ser vistos con recelo. La Primera Guerra mundial, con las penurias del momento y la posterior de derrota y disolución del Imperio austro-húngaro se abate también sobre los privilegiados Ephrussi y, terminada la contienda, ser judío empieza a ser realmente un problema. Se suceden los pogromos, y el auge del nazismo, el Anschluss y el inicio de la nueva guerra terminan definitivamente con su bienestar. 

El libro adquiere un ritmo y una intensidad que antes no habíamos disfrutado, y se convierte en una crónica de crudeza cada vez mayor, en paralelo a los acontecimientos. El palacio saqueado y convertido en centro de mando nazi, la familia desmembrada por media Europa, la atmósfera espesa del miedo en las calles, son imágenes que no dejan de impresionar a pesar de ser tantas veces vistas. Los judíos Ephrussi, especialmente en Viena, tienen que lidiar con el horror y agarrarse a lo que puedan para simplemente sobrevivir. Eso los que pueden, porque algunos de los que no consiguen escapar terminan sus días en campos de exterminio.

Sorprendentemente no ha sido el fin de los netsuke que, salvados de forma inverosímil, parecen querer constituir el último reducto físico del antiguo esplendor familiar, y pasan a la siguiente generación en una ubicación totalmente diferente, diríamos en un mundo nuevo y lejano. Las miniaturas son el último testimonio de una forma de vida barrida por la Historia, el hilo que une pasado y presente. Porque el libro, además del relato de la saga familiar y crónica de más de un siglo de Europa, es también una reflexión sobre la memoria, qué queda cuando las personas van desapareciendo y todo cambia, o qué quedaría si, por casualidad, cierto joven no se hubiera dedicado, unas cuantas décadas más tarde, a indagar, descubrir y reconstruir, y dejarlo todo escrito en un libro.

También de Edmund De Waal en ULADEl oro blanco

jueves, 20 de febrero de 2025

Slavenka Drakulic: No matarían ni una mosca. Retratos de los criminales de las guerras balcánicas

Idioma original: Croata 
Título original: Oni ne bi ni mrava sgazili
Traducción: Isabel Núñez
Año de publicación: 2005 
Valoración: Terrible y (precisamente por eso) necesario

A medio camino entre Svetlana Alexievich, Hannah Arendt o el más reciente V13 de Emmanuel Carrère, No mataría ni una mosca es el acercamiento de la croata Slavenka Drakulic a esas preguntas que nos surgen cada vez que asistimos a un crimen atroz, a una masacre o a una guerra.

¿Cómo un país que durante cuarenta y cinco años convivió en armonía estalla en mil pedazos y se desangra en una serie de guerras fratricidas? ¿Qué lleva a un aparentemente apacible contable, taxista o enfermero a convertirse en un criminal de guerra? ¿Hablamos de sádicos, de oportunistas, de cobardes, de convencidos de la causa? ¿Circunstancias y decisiones puntuales pueden hacer que un tipo normal sea capaz de asesinar y/u ordenar asesinatos? ¿Cómo es posible que una sociedad pierda sus valores y un individuo pierda su alma y admita el mal? Y lo que es aún más inquietante, ¿qué hubieras hecho tú de haber vivido en Vukovar, Bijeljina o Mostar entre 1991 y 1995?

Quizá todo se reduzca, como dijo Biljana Plavsic con algo de cinismo, a que en nuestra obsesión por no convertirnos nunca más en víctimas, nos permitimos convertirnos en victimarios. O quizá no sea todo tan sencillo.

Conceptos como memoria y reparación, justicia y verdad, culpa y responsabilidad, la normalización del odio o la deshumanización del otro recorren un texto tan terrible como necesario en tiempos en los que la memoria histórica está en entredicho. 

Pero no esperéis encontrar respuestas en el libro. Hay más preguntas que soluciones, más conjeturas que certezas en los 13 retratos (+ la introducción, la paradójica coda final y el epílogo de Marc Casals) que componen un libro que nace de la asistencia de la autora a los juicios de Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia.

Creo que uno de los principales aciertos de la autora es el de reunir a criminales anónimos con criminales famosos, como Slobodan Milosevic, Ratko Mladic o Frandjo Tudjman (que no tiene retrato pero podría haberlo tenido), porque con ello se cubren varios frentes que no son "compartimentos estancos": no solo el paso de la normalidad a la violencia ciega sino también el paso del anonimato a las posiciones de poder y, sobre todo, cómo se consigue desde el poder crear un clima que acabe dando lugar a hechos tan terribles.

Otro punto a favor, y que contribuye a esa permanente sensación de irrealidad de acompaña a los textos, son los paralelismos entre algunas de las personas retratadas y personas del entorno cercano de Drakulic. Por ejemplo, un carnicero de cara inocente e ingenua (¡¡¡del que hasta sus vecinos musulmanes hablaban bien!!!) como Goran Jelisic comparte generación con la hija de la autora; Radoslav Krstic trae a la mente al propio padre de la autora, militar en el ejército yugoslavo; Biljana Plavisc, número 2 del gobierno de la República Srpska, le recuerda a su propia madre...

Y claro, si gente con la que compartimos generación, formación, trabajo o cultura, si tu vecino del 4º B o tu compañero de pupitre en 3º de EGB termina convirtiéndose en un monstruo, quizá tú hayas estado muy cerca de serlo y solo una casualidad lo ha evitado (o lo has ido viendo, pero lo has dejado correr (o te ha importado una mierda)...)

Más. Drakulic no entra en detalles escabrosos. No es eso lo que importa, el horror no se muestra a través de la sangre ni de las vísceras. Lo terrorífico no viene de vampiros ni de seres deformes y perversos, sino de lo ya conocido.

Por último, el libro admite posibles lecturas que van algo más allá de lo "meramente filosófico y/o psicológico". Las historias individuales de los diferentes personajes son tan potentes que admiten una lectura como simples "relatos", ya sean como relatos de terror, absurdos o (aunque no lo parezca) surrealistas. Además, los paralelismos que decía establece la autora entre los protagonistas de los textos y personas cercanas a ella hacen que el libro se remonte en el tiempo y ofrezca una lectura que podríamos llamar "crónicas yugoslavas". Quizá por esta vía se podría acceder, aunque solo sea en parte, a una posible explicación de lo que vino después.

En resumen, un libro duro e incómodo pero absolutamente necesario, no ya para aprender del pasado y no incurrir en los mismos errores (llevamos ya siglos tropezando en las mismas piedras) sino, al menos, para que memoria, verdad, justicia y reparación ocupen el primer plano. 

P.S. 1: Se cumple este año el 30 aniversario de la matanza de Srbrenica (también de los acuerdos de Dayton). Por si no la habéis visto, hay una película muy interesante sobre el tema: ¿Quo vadis, Aida?

P.S. 2: El libro se publicó en castellano en el año 2008. En este 2025, Libros del KO lo recupera e incluye el ya citado epílogo de Marc Casals y notas al pie actualizando la situación de algunos de los tipos que aparecen en el texto. 

domingo, 2 de febrero de 2025

Laia San José Beltrán: La huella vikinga

Idioma: español 

Año de publicación: 2024

Valoración: recomendable 

Permitidme que me copie a mí mismo y empiece esta reseña de la misma forma que otra que escribí de otro libro sobre la misma temática: Los vikingos están de moda... (quien desee seguir leyendo mi modesto aserto, puede hacerlo en la reseña de Los reyes del río, de Cat Jarman). Lo que significa, entre otras cosas, que han aparecido, de forma directa o indirecta, en multitud de productos culturales recientes, al igual que lo han ido haciendo, intermitentemente, los últimos trescientos años, atribuyéndoseles unas características estereotipadas, pero cambiantes a los largo del tiempo.

A esta imagen o imágenes  de "lo vikingo" en nuestra sociedad y a la utilización de las mismas en las diferentes épocas y por motivos o intereses diversos es a lo que la historiadora y divulgadora en redes sociales y televisión Laia San José Beltrán - bajo el nickname @thevalkyriesvigil-, especialista en el tema, ha dedicado este libro, que no es, por tanto (aviso a navegantes), un manual de historia y cultura vikingas... Lo que no quiere decir que tanto una como otra no tengan obviamente, un lugar preeminente en el libro. Aunque lo propio sería hablar de historia y cultura nórdicas, puesto que la autora lo comienza, justamente, estableciendo qué es eso de "vikingo" y cómo debemos utilizar el término de forma rigurosa. 

A partir de aquí la autora nos va explicando las diferentes concepciones de los vikingos que se han ido sucediendo desde su "redescubrimiento" en los siglos XVIII y XIX hasta la actualidad, pasaando por la "vikingomanía" de la época victoriana o su inclusión en el cine y los cómics de superhéroes. Por supuesto, también su utilización ideológica por parte de los nacionalismos escandinavo y estadounidense del XIX o de los incombustibles nazis en el XX (y sus nietos flipados, hoy en día). Con gran erudición historiográfica y filológica, a la par que claridad expositiva, Laia San José va desmontando las falsas premisas en las que estas ideologías basan su utilización más o menos espúrea de la figura de los vikingos. Asimismo, se incluyen en el libro un par de capítulos sobre las mujeres vikingas -o nórdicas de la época, en general-, tres si se tiene en cuenta otro dedicado a la mítica figurade las valkirias (cómo no, en este caso). También otro más sobre lo que la autora llama "queerkings", es decir, la presencia de lo que hoy conocemos como queer entre los vikingos. Todos estos capítulos habrá quien los considere una concesión al wokismo o siquiera a la propensión actual a presentar la vertiente feminista y LGTBI+ de cualquier tema, pero, en mi opinión, sí que resultan pertinentes, no sñolo por la precisión histórica, sino por contratrrestar el exceso testosterónico que ha solido acompañar la imagen tópica del mundo vikingo (lo mismo se podría decir de otros colectivos y/o periodos históricos).  

Lo más interesentate del libro resulta, no obstante, es, creo yo, la acertada combinación de, por una parte, las referrencias a los vikingos, más o menos evidentes, en diferentes manifestaciones de la cultura popular, desde las óperas de Wagner (sí, amigues, la ópera, en otro tiempo, era un espectáculo bastante popular) al cine hollywoodiense o recientes series de televisión, junto, por otro lado, el despliegue de rigor y erudición historiográfica que he mencionado antes. Quizás, por lo que respecta a los productos de puro entretenimiento, algún lecor o lectora se pueda sentir algo desubicado/a si no lo conoce (es loq ue me ocurre a mí, por ejemplo, con los videojuegos), pero, gracias a San Google, tampoco es que esto suponga un impedimento para seguir las explicaciones del libro. Además de que estos ejemplos no son algo anecdótico, puesto que la idea central del libro no es darnos una panorámica general de la +epoca vikinga -aunque, en buena medida, sí que lo haga-, ni mucho menos ser un manual de Historia de los vikingos, sino guiarnos a través de la pervivencia e influencia de éstos -la huella que menciona el título- en nuestros días, y un aspecto importante lo representa, sin duda, su presencia recurrente en la ficción literaria y audiovisual. Por no hablar de la gran popularidad que sigue manteniendo la imagen de los vikingos, tanto para el marketing de diferentes productos, la motivación de gymbros y demás aspirantes al triunfo personal y profesional o, simplemnete, como socorrido disfraz en los Carnavales. Eso sí: el casco, sin cuernos, por favor...


martes, 7 de enero de 2025

Alain Corbin: "Terra incognita"

Idioma original: francés

Título original: Terra incognita

Traducción: Marco Aurelio Galmarini

Año de publicación: 2020

Valoración: Entre recomendable y Está bien


Podría haber empezado diciendo que estamos ante un libro apasionante sobre el avance de los conocimientos sobre el planeta en los siglos XVIII y XIX, lo cual podría haber sido muy válido para adornar faja, contracubierta o solapa. Si desinflamos un poco la hipérbole, tampoco estaríamos muy lejos de una definición objetiva de este texto que examina, o eso pretende, algo tan inusual como la ignorancia (inusual como objeto de análisis, quiero decir), en este caso acerca de las características físicas de la Tierra. Como lo habitual es justamente lo contrario, analizar los descubrimientos que han ido configurando la ciencia, el cambio de foco parece muy atractivo para empezar.

Alain Corbin es un historiador conocido por adentrarse en lo que se llama historia de las sensibilidades, algo que, desde mi escaso conocimiento del asunto, creo bastante cercano a la microhistoria o historia de la mentalidad, es decir, la mirada puesta no tanto en los grandes personajes o eventos fundamentales como en la psicología y las percepciones de la población en general, el pueblo llano. En esta dirección se detiene el autor en cómo contemplaban los ciudadanos rasos este planeta nuestro, su geografía y su clima, la edad de la Tierra, los fenómenos geológicos más devastadores (volcanes, terremotos), la meteorología y sus consecuencias más extremas, la configuración de los mares y las montañas.

Lo más interesante del libro es precisamente esa exposición, que salpica los diversos capítulos, en torno a la concepción que la gente de a pie tenía acerca de estas realidades en la época analizada. Todavía seguían muy vigentes ideas de raíz religiosa, como las supuestas consecuencias del diluvio, y naturalmente el desconocimiento del medio abría la puerta a temores sobre el fin del mundo, ideas sobre paraísos ocultos en lugares remotos o presencias monstruosas. Gran parte de esta perspectiva se deriva del localismo: ante la dificultad en los desplazamientos y en la comunicación, la gente conocía razonablemente bien su entorno inmediato, especialmente en lo referido a los vientos o la lluvia, pero ignoraba por completo todo lo que ocurriese más allá de unos pocos kilómetros. Lo demás era Terra incognita, grandes manchas blancas en los mapas y sucesos extraños atribuidos a motivos sobrenaturales, o simplemente aceptados como una fatalidad. Todo lo cual tiene como consecuencia el terror ante lo desconocido, el planeta como un lugar hostil que aconseja no salir del terruño.

Los avances científicos, las exploraciones en tierras lejanas o en zonas montañosas, eran materia de estudio y discusión apasionada en círculos muy reducidos, y nada de esto llegaba a la mayoría de la población. El conocimiento va permeando muy poco a poco, de forma más acelerada desde mediados del siglo XIX, gracias a mejoras en la movilidad y la paulatina introducción de textos, algunos con gran repercusión popular, como las novelas de Julio Verne. La ignorancia va cediendo terreno y lo que son en principio descubrimientos a veces controvertidos y en ámbitos muy restringidos, van ganando terreno en capas más amplias de la población.

Todo esto es muy interesante, aunque a decir verdad creo que Corbin no da con la tecla para presentarlo en la forma adecuada. El libro se estructura en tres bloques cronológicos en cada uno de los cuales se exponen las ideas acerca de los mismos misterios: los Polos, los glaciares y las fosas marinas (uno de los puntos más curiosos), la montaña, los fenómenos meteorológicos, la geología y la hidrología, entre otros. Lo cual conduce, en mi opinión, a una excesiva fragmentación de las materias e impide una lectura más lineal, hasta llegar al punto de alejarse de lo que parecía el objetivo inicial. No es fácil examinar la evolución de la ignorancia sin adentrarse en un relato de los descubrimientos, y de esta manera el texto se aproxima por momentos a una historia convencional y pierde en ocasiones el atractivo que prometía.

No obstante creo que ofrece una perspectiva al menos parcialmente novedosa, y ayuda a sumergirnos en la psicología y el punto de vista de nuestros antepasados recientes. El mundo real debía ser para ellos mucho más pequeño que el que conocemos ahora, y fuera de ese ámbito la ignorancia se rellenaba con fantasía, mitos o creencias religiosas


domingo, 28 de julio de 2024

Indro Montanelli: Historia de los griegos

Idioma original: italiano

Título original: Storia dei Greci

Traducción: Domingo Pruna

Año de publicación: 1959

Valoración: Recomendable alto


Aparte de los suculentos ingresos que nos reporta, que también hay que considerarlo, una de las cosas que más me gustan de este blog es que todos aprendemos de todos: los reseñistas, unos de otros (al menos yo quiero pensar que he aprendido cosas de los demás); nosotros, de los que nos leéis y comentáis; los lectores y comentaristas, de nosotros, aunque sea un poco; y todos, naturalmente, de los libros que leemos. Vamos, un win-win con solo dedicarle unos minutos cada día o de vez en cuando. Hecha sea esta almibarada introducción para subrayar que el libro que toca hoy fue, como otros antes, sugerido en uno de los comentarios, en este caso, si no me equivoco, por Beatriz Rodríguez Soto, compañera de viaje cuyas opiniones siempre valoramos mucho.

En el siglo pasado Indro Montanelli fue un periodista bastante conocido a nivel internacional. Fue una especie de verso suelto, que en su juventud tonteó con el fascismo aunque después apoyó a la República española, se rebeló contra la dirección del Corriere della Sera y fundó varios periódicos, se enfrentó con Berlusconi cuando este era una estrella emergente, y no sé cuántas cosas más. Pero en líneas generales era un tipo muy inteligente, de amplísima cultura y casi siempre escorado hacia lo que creo que llamaba anarco-liberalismo, que es algo que hoy suena verdaderamente mal, pibes. Y, añadiría yo, que con un sesgo bastante acentuado que encarna un poco los valores del conservadurismo de los años 70. Este señor escribe además un buen número de libros, entre los que destacan los dedicados a las civilizaciones romana y griega que, a fin de cuentas, es lo que hoy nos interesa.

Su historia del mundo griego es un libro que consigue algo bastante difícil: resultar ameno hablando de un tema y unos personajes que, hay que reconocerlo, se prestan un poco al bostezo en manos de historiadores y manuales de filosofía. La exposición arranca en la era minoica, centrada en Creta, y termina con la llegada del dominio romano, encontrando por el camino todos esos nombres que pueden sonarnos del ámbito de la filosofía, la geometría, la política o las artes. Atenas, Esparta, Tebas, Corinto, algunos mitos que se entrecruzan con la Historia, persas, macedonios y oleadas de pueblos que llegan del norte, las peleas entre las ciudades-Estado, algunas batallas, las primeras formas de democracia, asesinatos, destierros, escuelas, la influencia de las hetairas, las colonias mediterráneas. Asuntos todos ellos tocados con gracia y presentados a partir de un personaje de nombre sonoro y familiar que guía el relato de una época determinada.

Esta característica, la de una historia que siempre gira en torno a un personaje señero, puede ser un síntoma del deje liberal del autor, que puede dejar en segundo plano la influencia de la realidad social y económica, pero es también una de las razones que explican la vivacidad del relato, que siempre mantiene en primera línea un nombre que puede resultar atractivo, Arquímedes, Alejandro, Pericles, Sócrates, Platón, Temístocles o Aristóteles, entre otros muchos. Es desde luego un buen reclamo, aun a riesgo, en el que a veces puede caer, de convertir la exposición en un largo anecdotario.

Porque el otro rasgo dominante que define al libro es el tono desenfadado que impregna cada una de sus páginas. Montanelli huye de la gravedad que normalmente asociamos a la venerable civilización, y reviste de ligereza el tanto de erudición necesario para relatar algunos episodios. No creo que nadie haya conseguido exponer con tanta sencillez y claridad el mito del Minotauro como hace Montanelli nada más abrirse el libro. Agilidad, soltura, humor y una enorme capacidad para narrar sin aburrir dan lugar a una lectura agradable que podría resumirse en el clásico docere et delectare, enseñar y deleitar, esa combinación perfecta que todo divulgador busca, o debería (o quizá no tanto). 

Es verdad que la dosificación puede ser a veces algo desequilibrada. Quizá su propio nivel intelectual o el excesivo interés en descargar de peso el relato (o la frivolidad de permitirse colocar ciertos mensajes) hacen que el autor pase demasiado deprisa por hechos o situaciones relevantes y muestre tendencia a irse enseguida al chascarrillo o la broma, no sea que el lector empiece a agobiarse. Así que el desenfado puede en ocasiones tomar un protagonismo exagerado, además de salpicarnos de comentarios de un inoportuno sesgo político o referencias irónicas a la actualidad italiana del momento que pocos conseguirán captar.

¿Se pasó de frenada don Indro a la hora de exponer la historia de la vieja civilización? Puede que un poco, quizá por subestimar a los potenciales lectores, porque a lo mejor quien se interesa por el tema no necesita de tanto chiste. Aun así ¿el libro es recomendable para quien busque conocer esos siglos que han dejado tanta huella en nuestro mundo europeo? Pues sin lugar a dudas, aseguraría que sí.


domingo, 3 de marzo de 2024

Volker Ullrich: Ocho días de mayo

Idioma original: alemán

Título original: Acht Tage Im Mai

Traducción: Teófilo de Lozoya y Juan Rabasseda Gascón

Año de publicación: 2023

Valoración: Muy recomendable


Aunque hayan pasado casi ochenta años, parece que no dejamos de descubrir nuevos horrores acerca del nazismo. Y aunque el libro que nos ocupa se limita en principio a los ocho días que siguieron a la muerte del dictador, es más que suficiente para estremecerse con episodios que darían, cada uno por sí solo, para un libro o una película de esos que le dejan a uno con mal cuerpo. Así que tras una cubierta casi tópica de la literatura de guerra (contundentes caracteres en rojo sobre fondo claro, con foto de soldados en blanco y negro) vamos a conocer esa muy breve pero apasionante etapa de la Historia reciente.

Hitler se quitó de en medio junto con Eva Braun en el bunker de Berlín el 30 de abril de 1945, cuando el Ejército Rojo se encontraba ya a las puertas de la ciudad y una buena parte del territorio del Reich estaba bajo el control de los aliados. Su voluntad de eludir responsabilidades cuando la guerra estaba ya más que perdida contribuyó a aumentar el inmenso baño de sangre. Como testamento político, por llamarlo de alguna manera, dejó nombrado un Gobierno de gestión encabezado por el almirante Dönitz, que duraría exactamente los ocho días que describe el libro.

La desaparición del Führer, que fue conocida en los días siguientes, dejó, según dice Ullrich, varios tipos de sensaciones: la fundamental, de alivio al vislumbrarse el final de la pesadilla, pero también de indiferencia entre la población alemana y, a efectos prácticos, de desorientación y desbandada entre las unidades militares todavía en activo y entre los fieles que de repente se encontraron sin alguien a quien obedecer. La consecuencia fue naturalmente un caos todavía mayor, del que fueron presa los propios mandos de la Wehrmacht, los responsables territoriales del régimen, o los grupos que custodiaban los campos de concentración o los batallones de extranjeros esclavizados. 

‘Era como si aquellos sátrapas, que habrían estado dispuestos a seguir las últimas órdenes sin rechistar, se hubieran convertido de nuevo en individuos capaces de actuar y de pensar por su cuenta’

La reflexión procede de una antigua funcionaria del Reich. Y por supuesto deportados, represaliados y en última instancia, la población civil serían una vez más las principales víctimas de la confusión.

La narración de Ullrich se basa en una multitud de documentos y testimonios, muchos de ellos de civiles, memorias o diarios de personajes relevantes o de ciudadanos anónimos, buena parte de los cuales eran inéditos hasta la fecha, según he leído. De manera que el relato, sin desconocer por supuesto los hitos militares o políticos decisivos, desciende a episodios menos conocidos, como la rendición unilateral de algunos dirigentes nazis deseosos de salvar el pellejo, el descubrimiento de la mina de sal en la que Hitler quiso esconder su colección particular de arte, o los coletazos furiosos de los últimos incondicionales ante la evidencia de la derrota.

Todo ello, claro está, envuelto en escenas espeluznantes, como el suicidio de los Goebbels, al que arrastraron a sus propios hijos, las múltiples violaciones en la zona de ocupación soviética, los suicidios en masa de Demmin, la tragedia del Cap Arcona, o las marchas de la muerte, en las que miles de personas en condiciones ya extremas fueron sacadas de los campos de exterminio y obligadas a deambular de un lugar a otro sin un destino concreto. Las atrocidades no parecen tener límite. El autor toma pie además en acontecimientos de aquellos días de mayo para seguir la pista de hechos anteriores que alimentan aún más el espanto, como la masacre de Lidice en represalia por el atentado contra Heydrich, el carnicero de Praga, o la barbarie represiva de Seyss-Inquart en la región neerlandesa donde gobernaba. 

Pero no hay que equivocarse, no es en absoluto un libro sensacionalista ni se regodea en la sangre, para nada. Con el mismo sistema, es decir, partiendo de algún hecho acaecido en esos días caóticos, se detiene también en examinar la trayectoria y vicisitudes de personajes que entonces o después formaron parte de la Historia, como Anne Frank y su familia, los futuros cancilleres Adenauer o Helmut Schmidt, el científico Von Braun o el líder comunista Walter Ulbricht. Todos ellos tuvieron su papel en esas jornadas en que se consumó el derrumbe de un Estado y un ejército que parecían en camino de dominar el mundo, y que vivieron su fin de forma tan patética y humillante. 

Nos quedan sin embargo otros aspectos quizá todavía más interesantes. La aparente abducción que la ideología y el liderazgo nazis consiguieron ejercer sobre tanta gente merecen un profundo estudio que no sé si se ha llegado a hacer. Pero lo más importante: ¿cuál fue la actitud de la mayoría del pueblo alemán durante esos más de diez años de locura, y cuando todo estaba a punto de terminar?

‘El Führer, otrora idolatrado, fue declarado persona inexistente, un demonio con figura de hombre, de cuyas diabólicas artes de seducción nadie había podido defenderse. De ese modo, la gente se eximía de tener que rendir cuentas por su propia complicidad con el nacionalsocialismo. Si alguien tenía la culpa de los crímenes era Hitler, y luego Himmler y su pandilla. La gente no había tenido nada que ver con aquello’.

O no se habían enterado porque no vieron nada. O miraron para otro lado. Una valoración muy parecida a la que hacía Kracauer y buen número de otros autores. No es fácil, desde luego, ni quizá sea demasiado justo repartir culpas desde la comodidad del teclado de un ordenador. Pero ahí queda la cuestión, planteada al final de un libro imprescindible para quien quiera conocer más de cerca el horror de un periodo cuya herencia parece asomar de nuevo por todas partes.


martes, 27 de febrero de 2024

Ryan Gingeras: Los últimos días del Imperio otomano

Idioma original: Inglés
Título original: The last days of the Ottoman Empire. 1918-1922
Año de publicación: 2023
Traducción: María Luisa Rodríguez Tapia
Valoración: Bastante recomendable 

Hace unos días leía un tweet (o como carajo se llame ahora) en el que un tuitero (o como carajo se llame ahora) se quejaba de la vergonzante exclusión a la que se ve sometido el Imperio otomano en las historias tanto europeas como mundiales que incluyen los libros de texto en secundaria. Yo iría más lejos y diría que esa exclusión es extensible a la ficción y a lo meramente divulgativo. Todos habremos leído más de una novela y más de un ensayo sobre el final de la "monarquía dual", sobre el colapso del Imperio zarista, sobre los años posteriores al final de la PGM en Alemania (Doblin y su Noviembre de 1918, por ejemplo) pero poco o nada habremos leído sobre los últimos años del Imperio otomano o sobre el ascenso al poder de Mustafa Kemal Ataturk.

Sin ir más lejos, me viene a la cabeza el magnífico Sonámbulos de Christopher Clark (también publicado por Galaxia Gutenberg), en el que se analizan los años y meses previos al estallido de la PGM. Ya os digo que es una maravilla, pero sí es cierto que peca de cierto eurocentrismo al infravalorar la importancia del papel otomano en la cuestión. 

Me dejo de rollos. Los últimos días del Imperio otomano del profesor Gingeras viene a cubrir en parte este vacío al ocuparse del período 1908-1923 (con algunas incursiones en décadas anteriores y un breve apéndice en el que se destallan las reformas modernizadoras emprendidas en las dos décadas posteriores y las tendencias autoritarias de Ataturk y compañía), ese que comienza con la toma del poder por parte de los Jóvenes Turcos y que concluye con la firma de la paz de Lausana que pone fin al conflicto entre el Movimiento Nacional de Ataturk y los aliados, Grecia y compañía. Por el camino, la entrada del Imperio otomano en las Potencias Centrales, el Tratado de Sevres, la ocupación griega de Tracia Oriental y la zona de Esmirna / Izmir, el papel francés y británico en lo que ahora es Siria, Líbano, Irak o Palestina y litros y litros de sangre y toneladas de sufrimiento: matanzas, deportaciones, limpiezas étnicas... Vamos, un follón de tres pares de cojones que cien años después ahí sigue, en lo que fue el Levante del Imperio.

Como aspectos más destacados del texto, quisiera destacar los siguientes:
  • su exhaustividad en lo que a aspectos generales se refiere: política interior y exterior, alianzas internacionales, contexto sociopolítico internacional y relación de los acontecimientos que tienen lugar en el Sublime Estado con todo lo anterior.
  • su objetividad. Aunque es evidente que la mayoría turca convirtió lo que era era un Imperio de lo más heterogéneo acabó convertido en una República casi monolítica, no fue la única violencia del período. Destaca el conocido genocidio armenio, pero hubo violencia de griegos contra turcos, turcos contra kurdos, musulmanes contra cristianos, cristianos contra musulmanes, etc. No es equidistancia, en mi opinión, como tampoco es equidistancia decir que el bombardeo de Dresde fue una salvajada.
  • la relación turcos (otomanos) - árabes. Uno, en su ignorancia, tiende a simplificar y se equivoca. La relación entre unos y otros es mucho más compleja de lo que parece y en el libro aparece bien descrito. En la misma línea, me interesan los debates sobre la "turquidad", el paso de lo otomano a lo turco y lo que eso significa.
  • la desmitificación de los protagonistas. Ni seres puros de luz ni (solo) asesinos sin escrúpulos. Por ejemplo, Ataturk, presentado como un tipo en el que a su liderazgo más o menos innato se suman buenas dosis de contingencia, oportunismo y azar. Otro ejemplo, el propio Movimiento Nacional liderado por Ataturk, algo así como una revolución francesa a la turca, un movimiento popular de liberación frente a un antiguo régimen representado por el sultán y un movimiento "nacional - populista anatolio"
  • su lectura más o menos "fácil". Personalmente, poco o nada sabía del momento y lugares de los que habla el texto y creo que no me he perdido demasiado. Indudablemente, mérito del autor y no el lector.
En el lado menos positivo estaría:
  • su carácter más documental que analítico. No tengo claro si esta es una "pega" en sí misma, pero sí que es cierto que hecho en falta algo de análisis, sobre todo si lo comparo con el ya citado Sonámbulos.
  • ciertos saltos temporales que enmarañan la narración de los hechos y hacen que el texto caiga en algunas reiteraciones.
  • el mayor peso de los hechos que ocurren en la parte occidental (Anatolia occidental, Estambul, Tracia oriental) que en la parte oriental (Irak, Siria, Cáucaso). A la vista de la situación sociopolítica actual en Oriente Medio, me hubiera gustado más detalle al respecto. 
  • escaso desarrollo de las "relaciones" Ankara - Estambul o Movimiento Nacional - Imperio en el período inmediatamente posterior al final de la PGM en el que coexistieron (de aquella manera, eso sí) ambos centros de poder.
Podría seguir, pero creo que es más que suficiente para que os hagáis una idea de este Los últimos días del Imperio otomano, un texto más que recomendable para tener una idea de conjunto alejada de generalidades de un período histórico y unos acontecimientos no tan lejanos a nuestros días.