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jueves, 17 de septiembre de 2026

Alexander Pechmann: La biblioteca de los siete mares

 Título original: Die bibliothek der sieben meere

Idioma original: alemán

Traducción: Alejandro Pantoja Lindemann

Año de publicación: 2026

Valoración: Está bien


Alexander Pechmann comienza este entretenido ensayo sobre la literatura relacionada con el mar contándonos como surgió la fascinación, tanto en él como en su familia, por los temas relacionados con la literatura marítima. Al parecer dentro de la extensa biblioteca familiar, tiene un lugar de honor un amarillento volumen  titulado "Tom Cringle´s Log" de Michael Scott que perteneció a su tatarabuelo, marino que llegó al título de contralmirante, que al parecer llevaba el libro en sus innumerables viajes marítimos.

Así pues, esa querencia familiar acaba llevando a Pechman a realizar un erudito ensayo en el que nos invita a realizar un recorrido por los siete mares de la literatura, llamando nuestra atención sobre innumerables autores y obras que tienen el mar como protagonista. Advierte a pesar de todo de que esta biblioteca es "una institución efímera que no aspira a la totalidad ni a la validez eterna. El foco de atención se centra en autores y obras en lengua inglesa del siglo XIX y principios del XX, ya que fueron y siguen siendo definitorios del estilo para todo el género".

A la hora de abordar el ensayo, el autor alemán confiesa que podía haber optado por un recorrido cronológico o dividiendo los capítulos por la nacionalidad de sus autores, pero "la única organización que me parece lógica y que ofrece una buena visión global de la literatura de los mares es la de círculos temáticos. Los círculos pretenden evocar esas ondas que crean los guijarros cuando se lanzan al agua; se extienden en todas direcciones, a veces se superponen y acaban desapareciendo como todo nombra, historia o categoría". 

De esta manera nos encontramos con una división en siete capítulos que hace referencia a los siete mares del título del libro: el mar de los mitos, el mar de lo desconocido, el mar de las aventuras, el mar del trabajo, el mar de la calamidad, el mar del miedo y el mar de la pasión. Esa división temática sirve a Pechman para hablarnos de travesías míticas, piratas, motines, tesoros, contrabandistas, monstruos marinos, fantasmas o historias de amor que tienen el mar como fondo.

En cada uno de esos capítulos Pechmann nos va relacionando escritores y títulos de literatura marítima relacionado con cada uno de los temas que aborda. Son innumerables, y lógicamente figuran todos aquellos que podamos imaginar si recordamos nuestras lecturas ambientadas en el mar: Homero, Melville, Conrad, Stevenson, Hemingway, Defoe, Verne, pero también menciona muchos otros menos conocidos, y tanto de unos como otros realiza un exhaustivo análisis de sus obras más emblemáticas relacionadas con los océanos. A menudo, conecta unos libros o autores con otros y nos descubre como algunos están relacionados o emparentados entre sí.

Pechmann realiza un análisis pormenorizado y exhaustivo, nos habla de autores y obras con conocimiento y erudición, pero utiliza un lenguaje conciso y directo, a menudo salpicado de anécdotas personales y familiares y la lectura es amena y enriquecedora. Es cierto que en algunos casos, especialmente cuando se refiere a textos o autores poco conocidos, se puede llegar a producir cierta desconexión con el lector que se puede sentir sobrepasado con tanta información. Nos corresponde a nosotros decidir si nos dejamos llevar por las historias que nos cuenta y nos sumergimos en estas historias marítimas o preferimos quedarnos en la orilla.



martes, 15 de septiembre de 2026

Nathan Hill: Wellness

Idioma original: inglés
Título original: Welness
Traducción: Francisco González López en castellano para AdN Editorial
Año de publicación: 2023
Valoración: entre recomendable y muy recomendable


Bienvenidos a la crisis de la mediana edad, bienvenidos al largo e incómodo valle de la famosa “U” vital. Porque Nathan Hill explora esa época de la vida en la que uno puede replantearse su existencia y, tras ello, quizás comprobar que no siempre encaja con lo que uno pronosticaba de joven. Y lo hace tirando de sátira y cierta comicidad agridulce, porque la sonrisa inicial que arranca en las primeras páginas se va congelando cuando el escaparate que muestra el autor se convierte en un espejo, y quizás los protagonistas no son tan estereotipados como parece ni tampoco es tan extravagante lo que les sucede. 

El libro empieza con un inicio algo idílico, romántico, pues nos describe el estado en el que los dos protagonistas se conocieron. Un flechazo prolongado, aunque oculto y desconocido entre ambos, pues él «vive solo en el cuarto piso de un viejo edificio de ladrillos sin vistas al cielo. Cuando mira por la ventana, lo único que ve es la ventana de ella, casi puede tocarla con la mano. Ella vive sola en el cuarto piso del edificio de enfrente. No se conocen. Nunca han hablado. Es invierno en Chicago». Contemplándola desde su ventana, encuentra que ella es guapa, con una forma de andar que lo fascina y le asombra verla leer a todas horas; «ella es exactamente el tipo de persona —culta, cosmopolita— que él vino a encontrar en esta ciudad aterradoramente grande. El error obvio en su plan, se da cuenta ahora, es que una mujer tan culta y cosmopolita jamás se interesaría por un tipo tan inculto, tan provinciano, tan simplón y tosco como él». Pero, sin saberlo, va totalmente desencaminado, pues ella también se ha fijado en él, en su tranquilidad y su quietud y lo «encuentra guapo en la medida en que parece no ser consciente de que podría serlo» a pesar de ser «bajo, anémico, flacucho como un adicto» y con la pinta de «hacer años que no pisa una barbería»; de todos modos, justamente esa despreocupación que transmite es lo que la tiene ensimismada, la aparente seguridad en sí mismo, a diferencia de ella porque él «es exactamente el tipo de persona —desafiante, apasionada— que ella vino a buscar a esta ciudad tan remota. El error obvio de su plan, ahora se da cuenta, es que un hombre tan desafiante y apasionado jamás se interesaría por una chica tan convencional, tan conformista, tan aburrida y burguesa como ella». Así, «ambos tienen la mirada clavada en el oscuro apartamento de enfrente, al otro lado del callejón, y aunque no lo saben, se están observando mutuamente». Ese es el inicio de la historia, pero, como todos los inicios que aparentan ser tan idílicos, también tienen sus sombras, aunque la luz que irradia los comienzos impide verlas.

Una vez elaborado el retrato de ambos protagonistas y perfectamente perimetrado el contexto que el autor ha sabido nutriendo con intervalos de sus respectivos pasados, Nathan Hill despliega su abanico de críticas a la sociedad a través de la pareja protagonista. Así, utilizando la figura de Jack, empieza a lanzar órdagos contra una de las modas actuales: la obsesión por la estética deportiva y la obcecación por mostrar un cuerpo perfecto a la vez que alude a los miles de webs y redes sociales donde los consejos que dan se contradicen unos a otros por la ausencia de expertos (entrenadores personales y dietistas) que opinan sobre el tema. Y, navegando entre las redes, cae finalmente en El Sistema, una aplicación web de mejora de estado físico perfeccionada hasta el punto de que te avisa si la postura que tienes es correcta; también mide el oxígeno en sangre, el pH del sudor, la calidad del sueño, etc. (seguro que todo esto os suena) así como también el estado de ánimo. Obviamente, después de recopilar todos estos datos y con la utilización de la IA, El Sistema marca una serie de pautas sobre rutinas físicas, pero también vitales, así como una serie de metas y puntos obtenidos mediante la “puntuación del amor” donde se evalúa el estado con la pareja porque, evidentemente, también es conocido que «las personas con matrimonios felices tenían mayor esperanza de vida, una menor tendencia a sufrir depresiones, enfermedades cardiacas», etc. Y claro, toda esta perfección a la que deberíamos aspirar puede suponer no únicamente un reto, sino también un cuestionamiento sobre la propia vida. Por otra parte, el trabajo de Elizabeth también la condiciona en su percepción de la realidad, pues encuentra trabajo en “Wellness”, una empresa que se dedica a «comprobar las afirmaciones de productos engañosos relacionados con la salud y ver si obtenían mejores resultados que un placebo» por lo que el hecho de vivir a camino entre realidades e ilusiones, entre ciencia y creencia, le supone un cambio de la perspectiva desde la que observa su vida y la de sus allegados y cómo puede influir en ellas.

Con un estilo frontal, directo y sin excesivos adornos, pero con calidad ajustada el ritmo de lectura alto, promovido por un interés creciente sobre la historia que va planteando el libro, Nathan Hill utiliza la sátira para describir las múltiples ideologías actuales (y sobrerrepresentadas) en torno a la educación respetuosa, el culto al cuerpo, la obsesión dietética, terapias alternativas, pseudomedicina, las redes sociales y sus algoritmos que juegan con la adicción de los usuarios ansiosos de tener seguidores y la necesidad de recibir atención, así como la polarización a la somete a la sociedad; a su vez, el autor enjuicia las teorías conspirativas que circulan por las redes o expone las miserias de los gurús de rutinas saludables y sus ideas vendedoras de humo así como también critica los artistas en la sociedad moderna, pues «primero era la Iglesia la que les decía a los artistas lo que tenían que hacer, luego los ricos. Y hoy en día, al parecer, ese trabajo lo hacen los algoritmos».

Estilísticamente, son fácilmente constatables las grandes dotes del autor para sostener la tensión narrativa, mientras a la vez hace un detallado retrato de los personajes para que el lector sepa en cada momento como piensan y cómo sienten. El ritmo es alto, el autor sabe trazar un arco argumental que intercala episodios del pasado para conocer de dónde provienen los dos personajes principales, de dónde vienen sus inquietudes y sus carencias, así como los patrones familiares que los han llevado a ser quienes son. Orígenes divergentes que coinciden en un punto en el que se torna interesante pero que a su vez los arrastran a una inercia que les aparta por haber sido educados de diferente manera. Y, en este aspecto, lo crucial no es como se ha llegado a ese punto sino cómo salir de él y sí es mejor hacerlo juntos o separados. Por ello, la novela que ha escrito Hill es un retrato de la sociedad actual, una sociedad que lucha por encontrarse a uno mismo entre estereotipos, expectativas (propias y ajenas), entornos que presionan, retan y confunden. La prosa es ágil, el ritmo es rápido, la novela se lee con gran velocidad y posee la virtud de sostener el tempo de la narración sin necesidad de incluir elementos altamente disruptivos o puntos de enganche. En esta novela el texto avanza sin socavones ni marcada aceleración y sus setecientas páginas se leen como quien atiende a escuchar la voz de nuestro tiempo a nivel sentimental y emocional, si bien hay que reconocer (no todo puede ser perfecto) que aunque el libro se lee de manera muy rápida y mantiene el interés prácticamente en  su totalidad hay (para mi gusto) un abuso de saltos temporales, no siempre situados en el punto correcto así como un exceso de detalle en los episodios del pasado que, si bien dan contexto y explican el porqué de sus personalidades, pueden provocar que abundancia y fragmentación lastren en cierto punto el relato.

Por todo lo expuesto, más que el retrato de un matrimonio en dificultades, la novela trata sobre la crisis, destrucción y reconstrucción de los individuos como personas embutidas en una sociedad que vez más exigente, cada vez más controladora, cada vez más obstinadamente influyente e interesada por un capitalismo que todo lo barre y todo lo absorbe. Así pues, el retrato del matrimonio que Nathan Hill realiza no es entre dos personas, sino entre cada una de ellas y el mundo que la rodea, incluyendo el formado por su pasado porque confronta los sueños que teníamos de jóvenes, aquellas promesas internas que anhelamos aspirar a conseguir, pero que la experiencia, la madurez o simplemente “la vida” te llevan a encarrilar tu existencia hacia aquello que nunca habrías dicho, convirtiendo así la vida en un diálogo interno con uno mismo y su yo adolescente, y es que, en el fondo, «la gente también era así, con todo tipo de contradicciones en su interior esperando a salir a la superficie». Porque claro, uno cree que la vida se adapta a él hasta que la realidad lo atropella, y ve que aquellos ideales de joven, aquellas ansias y propósitos de rebeldía, de autenticidad y de honestidad con uno mismo quedan diluidos en mares de cotidianidad y de responsabilidades. Y uno debe saber capear con ellos, manteniendo la cabeza por encima de la superficie, aunque por debajo el cuerpo entero patalee en rebeldía, exija su espacio, luche por sobresalir e imponerse. Porque a veces ocurre que los problemas no se arreglan, sino que acabas acostumbrándote a ellos y los incorporas como un aspecto más que se debería arreglar, pero ya si acaso en otro momento.

Nathan Hill, gracias a su habilidad en detallar con exactitud y amplitud unos personajes con los que cualquiera de nosotros podemos sentirnos identificados (en menor o mayor medida) con algunos de los rasgos de su personalidad, relata una ácida crítica a una sociedad que, a veces huyendo de un pasado, a veces intentando alcanzar un futuro, se olvida de que hay algo más importante que hay que tener en cuenta: el presente. Y ni la cura de las cicatrices del pasado ni la esperanza de un futuro mejor cambiarán el día a día de nuestras vidas, tan solo la justificarán o la adormecerán, pero olvidarán lo más importante: que cada segundo, cada día, seguiremos encontrándonos en el presente y que debemos vivirlo. Y es mejor que este sea placentero porque, en caso contrario, puede que nos parezca eterno, pero no será para bien.

También de Nathan Hill en ULAD: El Nix

lunes, 14 de septiembre de 2026

Gonzalo Núñez: Los retratos desparejados

Idioma original: Español
Año de publicación: 2025
Valoración: Recomendable

Así, cuando alguien ve un cuadro o lee un libro es el tiempo el verdadero tema, pero este es tan astuto que hace creer al lector o al espectador que solo es una historia de amor o de guerra o el retrato de un hombre que ya pasó por este mundo.

Pues sí, queridos, creo que esta frase extraída de la página 72 de la novela podría ser una buena aproximación a esta porque, aunque Los retratos desparejados parece una texto sobre relaciones de pareja en pleno siglo XXI, lo que Gonzalo Núñez nos ofrece en su segunda novela es una historia / tratado sobre el amor y el desamor (eso es innegable), sobre el peso del pasado y de la culpa, sobre lo que fue y no se vio o sobre lo que se vio y no fue, sobre palabras no dichas, sobre palabras supuestas, sobre el tiempo, el puto paso del tiempo.

Todo lo anterior con el arte como telón de fondo. Son los retratos desparejados (dípticos de parejas o matrimonios pintados por autores flamencos allá por el siglo XV y que por diversas causas y azares fueron separados) que dan título al libro la imagen perfecta de la separación y de la ruptura, así como el punto en el que confluirán pasado y presente del narrador y protagonista.

Esta presencia del arte permite al autor introducir digresiones sobre el mundillo. El problema está en que, si bien resultan interesantes y darían para un ensayo de lo más entretenido, personalmente me sacan un poco de la trama principal, esa centrada en la psicología del amor, en cómo vemos o creemos que nos vemos (y ven). Y mira que me jode porque la indagación sobre el amor y el desamor y sus alrededores tiene ritmo, es profunda, casi obsesiva y retrata a la perfección estos tiempos líquidos que nos ha tocado vivir y la parte más "ensayística" le da un puntito intelectual que a gafapastas y curiosos (ejem, aquí hay uno) disfrutamos.

En cualquier caso, Los retratos desparejados no deja de ser una buena novela en la que hay un fuerte componente generacional (recomendada especialmente para nacidos en los 70 - 80) y en la que las influencias van de Javier Marías a Milan Kundera, pasando por un Houellebecq relajadito. La influencia de Marías se aprecia ya desde la primera frase, muy al estilo de Mañana en la batalla piensa en mi o Corazón tan blanco, pero también en el manejo del lenguaje y los saltos temporales; la de Kundera en las reflexiones sobre el propio "hecho amoroso", un poco en la onda de La insoportable levedad del ser  (a veces me parece ver por las páginas de Gonzalo Núñez a Teresa y Tomas); la de Houellebecq relajadito en ese retrato de nuestro tiempo, aunque sea menos oscuro y pesimista que el del francés. ¡Palabras mayores, eh!

En fin, como decían en Con faldas y a lo loco... Nadie es perfecto. Esta novela tampoco. Eso sí, es de lo más recomendable.

viernes, 11 de septiembre de 2026

Quim Monzó: Catorce ciudades contando Brooklyn

Idioma original: catalán
Año de publicación: 2004
Valoración: casi imprescindible

Escribo esta reseña en marzo de 2026. Me apresuro a reservar la fecha de su publicación, como efemérides (esos aviones que jalonan la portada), vigésimoquinto aniversario de una de esas fechas que estructuran el recuerdo de varias generaciones. Sin descartar que lo hagan a costa de todas las posibilidades visuales que los tiempos ofrecían, no olvidemos que la revolución iba a ser televisada, y qué mejor ejemplo de la inmediatez y la omnipresencia que esos dos colosos desmoronándose, cambiando un orden mundial que desplazó, con la caída del muro, el terror de Occidente, desde el lado de la ideología al otro lado, el de las creencias religiosas. Aunque sea una conclusión reduccionista.

Curioso, por eso, que ese no fuera el primer motivo de que me decidiera a recuperar a Monzó (siempre reivindicable), sino la mención del artículo en que se aborda la cuestión de Barcelona.

A diferencia de sus novelas, de leves tonos surrealistas, y de las oportunas recolecciones de sus artículos donde siempre aborda aspectos extraños y caleidoscópicos sobre el comportamiento humano, en Catorce ciudades contando Brooklyn nos encontramos con un Monzó pletórico (si un día digo en su prime autorizo expresamente a que cualquiera acuda a mi puerta y me descerraje un tiro en la nuca) en su guisa de cronista, aspecto que siempre se muestra latente en sus artículos, pero aquí estalla de manera portentosa. Este es un libro de crónicas sin ser un libro de viajes exactamente. Monzó es un observador de lo que sucede a su alrededor y un prodigioso filtrador de detalles que parecen nimios pero que se convierten en piezas de un mosaico enormemente fiel a la realidad. Su agudeza es proverbial, aunque pase por su sesgo como escritor (como escritor moderno y referencial, incluso en 1989), no hay una línea que pueda desperdiciarse, a la que pueda achacarse que el autor se pierde en ejercicios de frivolidad. Tenemos un recorrido que empieza en Praga y Bucarest recién caído el muro, dos ciudades que a duras penas se restriegan los ojos sorprendidas ante el súbito final de regimenes totalitarios y necesitan procesar el advenimiento de otros tiempos. También tenemos a Praga transformada algunos años después. Tenemos a Barcelona, con sus Ramblas lanzadas a tumba abierta a una decadencia absoluta. Roma, Copenhague, Frankfurt, visitando un aeropuerto que tenía una sex-shop. 

Brillantes movimientos que nos llevan a los dos grandes hitos del libro: Monzó, antiguo residente, es enviado a Nueva York, pasados pocos días del 11-S. Su disección, comprimida en extensos artículos sobre una ciudad que aunque nunca duerme, ha sido obligada a despertar, es magnífica, clarividente, locuaz, divertida sin dejar de ser respetuosa. Una narración amena, fascinante e inteligente que merece ser releída y disfrutada, no exagero lo mínimo. Y Jerusalén, algunos años más tarde, que se convierte en una especie de complemento o track adicional, por todo lo que representa como repercusión de ese caldo de cultivo, de esa maceración de una visión cuyo alcance apenas podía vislumbrarse por aquel entonces, 2004.

Escribo esta reseña en marzo de 2026. El día que la escribo, Irán e Israel siguen enzarzados intercambiando misiles que parecen tener objetivos cada vez más indiscriminados. En el mundo occidental surgen, cada vez menos tímidamente, voces que cuestionan el momento (¿por qué, más de cuarenta años de régimen de ayatolás, justo ahora?) y el propio hecho de la intervención. Veremos, y espero que quienes estábamos en ese momento estemos hoy para leerlo.

Previamente reseñado de Monzó en ULAD, aquí

miércoles, 9 de septiembre de 2026

Saad Z. Hossain: El gurja y el Señor de los Martes

Idioma original: inglés

Título original: The Gurkha and the Lord of Tuesday

Año de publicación: 2019

Traducción: Rebeca Cardeñoso

Valoración: está muy bien

Seamos honestos: cuando pensamos en novelas utópicas o distópicas (no tengo muy claro a qué categoría corresponde esta, aunque puede que a las dos) los occidentales situamos la historia, por lo general, en algún lugar de EE.UU. o Europa o, en todo caso, en algún país asiático cuya cultura percibimos como "molona", según los parámetros actuales (y, repito, occidentales): Japón, Corea, China... Raramente se nos ocurre pensar en el mal llamado Tercer Mundo y, si hay escritores que sitúan sus historias utópicas/distópicas en alguno de estos territorios (en los que, por otra parte, vive buena parte de la Humanidad) es porque ellos también son oriundos de países emergentes (por emplear una denominación algo más contemporánea, aunque, seguramente, también inexacta). Es el caso de Saad Z. Hossein, que, aunque escribe en inglés, es bangladesí; no obstante, en este caso ha situado la trama de esta novela de curioso título no en su país, sino en otro cercano, aunque de características opuestas al suyo: el extremadamente montañoso (más no se puede ser) Nepal.

Allí, encerrado en un sarcófago de piedra en una cueva del Kamchenjunga se encontraba prisionero, durante miles de años, el poderoso Melek Ahmar, uno de los Siete Reyes Djinn, el Gran Emblema del Tigris, Enlil de los sumerios, El Destructor de Montañas, El Señor de los Martes...  (entre otras muchas cosas). Liberado gracias al deshielo, al descender de la montaña se encuentra con el gurja Bhan Gurung. Juntos se dirigen hacia una de las pocas ciudades habitables que quedan en un mundo envenenado de polución; la hermosa Katmandú S.A., gobernada con sabiduría y justicia por la Inteligencia Artificial Karma... y con el objetivo, por parte de Melek Ahmar, Marte, el Rey Rojo, el Destructor de Mohenjo Daro, el Más Augusto, el Más Hermoso... de tomar el poder para reinar sobre la ciudad y de Gurung de llevar a cabo una venganza cuya causa no se nos explicita. Para ello contarán con la ayuda de otra djinn, la dealer adolescente ReGi -KPopRetroGirl-, aunque también tendrán un adversario, el "sheriff" Hamilcar Pande, encargado por Karma -o al que Karma permite, más bien- de investigar quienes son esos forasteros que han llegado a la ciudad y sobre quienes no existe registro alguno. Y no cuento más, que la novela es breve y, si sigo, os la destripo entera...

Esta "uto/distopía" (permitidme el palabro, por abreviar) tiene un obvió interés en estos tiempos de burbuja auge de las IAs, al fabular sobre como sería un mundo gobernado por ellas (que, en principio, no parece que fuera a estar nada mal... Hasta que uno recuerda que hace no tantos años esos mismos que ahora están tan entusiasmados con el ChatGpt lo flipaban/-ábamos con Matrix y Terminator, que ya avisaban de sus peligros). Pero también, que o incluso ante todo, es una novela llena de humor y es también obvio lo gracioso que resulta cuando en un sistema aparentemente perfecto se introduce un elemento disruptivo... En este caso, el rey djinn Melek Ahmar, Señor de los Martes, etc. que aparece por Katmandú como un elefante en una cacharrería o Peter Sellers en El guateque (más disruptivo aún que el elefante, que también sale). En suma, que la novela, además de (quizás) profética, resulta bastante divertida.

De hecho, si algo se le puede echar en cara al libro (es decir, a su autor), es que la diversión se acaba pronto. En mi opinión la trama debería haberse alargado un poco más, puesto que el tramo central, es decir, el que cuenta las trapisondas por la ciudad del peculiar trío calavera -Melek Ahmar, Señor de los Martes, blablabla... Gurung y ReGi- se resuelve enseguida, cuando daba para mucho juego. La posible crítica a la llamada Inteligencia Artificial tampoco se enseña mucho -cierto es que la novela dará de hace unos pocos años, pero cuando aún esté supuesto adelanto tecnológico no parecía que fuera a ser avasalladoramente imparable (y uso el verbo "parecer" con todas las precauciones). En cualquier caso, resulta una novelita fantástica original y que deja un buen sabor de boca tras su lectura. No sé si eso es mucho o poco, pero creo que sí suficiente.

lunes, 7 de septiembre de 2026

Valeria Luiselli: Principio, medio, fin

 Idioma original: español

Año de publicación: 2026

Valoración: imprescindible


Este libro es una maravilla. A partir de ahí, vamos a ver si consigo transmitirles el sentido de tan elevada valoración. Nos encontramos con un libro original, valiente, excelentemente narrado y exquisitamente cerrado. Y es que su autora, la escritora mexicana Valeria Luiselli, derrocha talento y nos presenta una obra enormemente ambiciosa que se sitúa a medio camino entre la novela, el ensayo y la autoficción, y tocando géneros tan diversos sale airosa de todos ellos.

La obra comienza con la llegada de una madre y su hija a Sicilia. La madre está escribiendo una novela, se acaba de divorciar y está buscando reorientar su vida. La hija es una adolescente que cuestiona, porque está en edad para ello, muchas de las decisiones de su progenitora. Asistiremos a lo largo de la novela a un continuo proceso de crecimiento personal, tanto de la madre como de su hija, que iremos comprobando a través de los  diálogos que sostienen. Porque como señala la protagonista, en este momento de su vida se encuentra en el medio: " Me queda claro lo que ocurre en el medio, a la mitad de las cosas: si la vida es una especie de arco y una está parada más o menos a la mitad por ahí de los cuarenta años, parada, pues, en su ápice, lo que se observa es, de un lado, a los hijos entrando a la vida, empezando su camino, y del otro lado del arco, a los padres, en su camino hacia fuera, retirándose. La mitad, entonces, es ese lugar difícil desde el que se observa como la vida se encuentra con la muerte, cómo la llegada se anuda con la partida. La mitad es el lugar donde el principio y el final se entrelazan de manera terrible e irremediable".

La idea del viaje a Sicilia no es casual. La bisabuela de la familia era siciliana y en un momento dado abandonó la isla buscando mejorar su vida. En esa huida se llevó consigo un mosaico robado de la Villa de Casale, donde trabajaba en las excavaciones,  que representa la cabeza de Proteo, un dios griego capaz de cambiar de forma y predecir el futuro, que dará pie a la autora para introducir en la trama una serie de elementos mitológicos y de cultura clásica.

La madre y la hija consideran que  el mosaico debe regresar al lugar al que pertenece y viajan por la isla para devolverlo. La inquietante presencia del Etna, de las tormentas, de los vientos que dan nombre a cada uno de los cuatro capítulos en que se divide el libro y los incendios que asolan la isla acompañarán a nuestras protagonistas que van transmitiendo por internet a su abuela, que vive en México, tanto su periplo por la isla como los avances en la novela de la madre. Estos correos a la abuela sirven a la escritora mexicana para realizar un ejercicio metaliterario, en el que se nos desvelan las relaciones entre la escritura y la vida: "Una novela sobre una madre y su hija, una hija y su madre, viajando a lo largo de alguna orilla hacia otro marco temporal. Una novela a la mitad, en el medio de la novela, a medio camino de las cosas. ¿O no es una novela sino un ensayo? Tal vez la mitad no quepa en la arquitectura apretada de las novelas, en el corsé de la trama. Tal vez la mitad, la parte de en medio, sea más afín al espíritu holgado, deambulante del ensayo. Tal vez tenga que ser un ensayo hasta que pueda volver a ser una novela. Un ensayo con un principio, un medio y un fin".

Luiselli va construyendo un mosaico en que, más allá del viaje de las protagonistas, se van relacionando las vidas de las cuatro generaciones representadas por la bisabuela, la abuela, la madre y la hija. La memoria y la maternidad son, sin duda, los ejes de la novela: "Pensamos que lo que les damos a nuestra hijas es algo así como una estafeta en una carrera de relevos. Les pasamos lo que tenemos para que ellas continúen su camino solas, pero con más herramientas, y tal vez gracias a eso puedan tener mejores vidas, tomar mejores decisiones".

Efectivamente, la hija tomará ese relevo y se convertirá en protagonista final de la novela en un giro inesperado que demuestra el enorme talento como narradora de Luiselli. Así escribe la hija a su abuela: "Yo sé que Mamá no te ha mandado nada todavía. No te ha mandado nada porque no ha terminado, es muy lenta. Escribió la primera parte y luego la parte de en medio, pero dejó toda la parte final vacía. Y ya no va a tener tiempo para escribirla. O tal vez nunca va a poder escribir el final, tal vez le da miedo o le da flojera o simplemente no sabe cómo es el final". Aquí debería citarles el maravilloso párrafo final del libro, tal como lo escribe la hija, pero sería un spoiler inexcusable. 

Al final del libro, a modo de epílogo, se incluye un anexo con 32 polaroids que recogen el itinerario de nuestras protagonistas  y un QR que contiene un archivo de sonidos recogidos en la isla.

Esta es mi mejor lectura del año. Una novela escrita con elegancia y naturalidad, con unos diálogos deliciosos y sugerentes entre las protagonistas, con referencias continuas a temas literarios y filosóficos, con reflexiones precisas sobre la vida, la memoria y el paso del tiempo  y con el telón de fondo de la maravillosa Sicilia. Imprescindible.

También de Valeria Luiselli en ULAD: Los ingrávidos, Los niños perdidosDesierto sonoro

domingo, 6 de septiembre de 2026

Indio Solari: Recuerdos que mienten un poco

Idioma original: español
Año de publicación: 2019
Valoración: imprescindible para fans

Este es uno de los libros de mi vida. Lo compré apenas salió y lo he leído mil veces. Me lo sé de memoria, lo he admirado, luego peleado con algunas cosas y vuelto a admirar, y, si alguien me nombrara una pregunta a lo largo de las casi novecientas páginas, podría citar casi con exacta precisión la respuesta del Indio. Para que vean por dónde va la mano.

El Indio Solari es una figura gigantesca en Argentina. Su muerte, acontecida el 5 de julio de este año, se convirtió en un shock para al menos la mitad del país, y es probable que su funeral haya sido uno de los más convocantes de la historia. Es complicado, desde el puro desapego, analizar este libro y, sobre todo, a este ser humano de características únicas y que, en la balanza del bien y el mal, ha prácticamente cambiado la vida de muchas personas. Por eso este libro es la mejor forma de descubrir su personalidad y su música, tanto con la banda Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota como su carrera solista.

Es también un libro de cultura general, no solo la (auto)biografía de un rockero y letrista excepcional (esto último equiparable a Spinetta, Cohen y Dylan y muy pocos más), por lo que se convierte en uno de los mejores libros sobre un músico y su vida que me he encontrado, en donde el rock funge como un mapa que linkea a vastos territorios. Por lo general la biografía consiste en un paneo de sus inicios, sus influencias y de un capítulo por cada álbum grabado más algunas polémicas seleccionadas de antemano y todos contentos. Algo de eso se encuentra acá, con la diferencia de que, en realidad, son puras entrevistas (o más bien una larga charla), y, lo mejor de todo, no hay apenas intervención del entrevistador (Marcelo Figueras, un escritor de vasta trayectoria y amigo personal del entrevistado, y del cual no puede evitar robarle varias frases y hasta actitudes), ya que las respuestas del Indio (seguramente con mucha edición) son verdaderas cátedras de cómo tener un discurso y pensamiento articulado. No es filosofía hegeliana o wittgensteiniana, pero la mayoría de sus respuestas encierran un nivel de sabiduría y experiencias de la vida, de influencias variopintas totalmente asimiladas, de reflexiones sobre hechos más o menos actuales, tanto de la política argentina (de la cual se sigue aplicando como si fuera ayer) como de lo ocurrido en la historia universal, de expresiones graciosas que uno termina apropiándose, de inevitables patinadas respecto a sus contradicciones, que uno, siendo ya fan del músico, termina enamorado de la persona, más allá de lo que se le pueda creer o descreer con respecto a Los Redondos, por ejemplo. Probablemente, y con esto no espero lograr ni un ápice de objetividad, es quien más se adecúa a mi propio pensamiento artístico, por su practicidad a la hora de desenvolverse en el mundo como por el idealismo (sosteniendo esa contradicción) en el que lo sustentaba o, al menos, esperaba insuflar en la sociedad, en el oyente.

Entonces, a través de un recorrido cronológico, vemos su infancia, su adolescencia, sus años de madurez en Brasil pintando y vendiendo cuadros y sintiéndose perdido en general. Luego la vuelta, la veta cinematográfica a desarrollar y cómo la necesidad de musicalizar las pelis termina derivando en el "caldo prebiótico" de lo que vendrían a ser Los Redondos, una especie de happening con monólogos, sucesos bizarros y, como un simple agregado, la música, que es la que terminará convocando a la multitud. De ahí, la historia de la banda, su separación, las conjeturas, los reproches, los silencios, las persecuciones políticas a su nombre, su carrera solista, sus recitales definitorios, el último de ellos, el de Olavarría, donde murieron dos personas (estuve ahí, y la marea de quinientas mil personas no se puede explicar en palabras) y quedó en el aire la sospecha de una opereta para ensuciarlo.

El Indio no se quita responsabilidades sobre lo correcto o incorrecto de sus actos. Hasta diría que Figueras lo quiere ensalzar varias veces y él se ocupa de bajarle de un hondazo la intención. Pero tampoco niega la necesidad de seguir su camino artístico por encima de todo, lo agradecido que está con su público, lo que le debe a su esposa e hijo, el amor por la pintura y la música, entre otras cosas. Cada tema deja sentado un mapa de referencias, del que podemos extraer nombres tan disímiles como Cohen, Alfred Jarry, Mailer, Steinbeck, Billie Holiday, etcétera, a la vez que profundiza en lo que vendrá luego de su vida, en esa terra incognita que es la muerte y de la cual esperaba llegar a ella como un jugador de póker con una buena mano. Más que detallar el libro, para quienes conozcan al personaje, aunque sea por arriba, insisto en esta lectura. Si uno entiende el poder del arte, de la cultura, entiende también cómo, de muchas maneras, este cantante tocó la vida de millones y la transformó en algo mejor. 


viernes, 4 de septiembre de 2026

Kate Folk: Sky Daddy

Idioma original: Inglés 
Título original: Sky Daddy
Traducción: Aida Novas Aparicio
Año de publicación: 2025
Valoración: Está muy bien

Decía en la reseña de Ahí fuera, la colección de relatos publicada en 2024, que "... el primer libro de Kate Folk ha sido toda una sorpresa: relatos con arriesgados y originales puntos de partida, con comienzos de esos que te agarran por la solapa, con buen desarrollo de las tramas y subtramas y finales a la altura".

Y no es una cuestión de "pereza reseñística", pero es que esa frase me parece perfectamente aplicable a Sky Daddy, el debut de la californiana Kate Folk en las distancias largas. Desmenucemos la frase:
  • con arriesgados y originales puntos de partida, con comienzos de esos que te agarran por la solapa: Ya en el primer párrafo, Linda, la narradora de la novela, nos dice... Yo estaba convencida de que ese era mi destino: que un avión me reconociera como un alma gemela en pleno vuelo y, arrebatado por la pasión, renunciara a su dominio del cielo, precipitándonos a tierra en una carnicería que fundiría nuestras almas para toda la eternidad. Alguien puede decir que eso de enamorarse de una máquina, de un "ente" o como queráis ya estaba inventado (por ejemplo, Her o Ghost (¿Ghost?, Koldo)), pero en este caso hablamos de un amor físico, lo que vendría a ser, como poco, una vuelta de tuerca. En cualquier caso, el riesgo está ahí y sostener durante 300 páginas una novela que parte de esa premisa tiene su mérito.
  • con buen desarrollo de las tramas y subtramas: No es lo mismo un relato de 40 páginas que una novela de 300 (ojo que esta frase te la firman los mismísimos Perogrullo y/o M. Rajoy) y anda que no hay autores de relato a los que se les ven las costuras cuando pasan a la novela. No el caso de Kate Folk. En los que a tramas y subtramas se refiere, Folk es capaz de introducir en la novela tramas, temas y personajes secundarios que podrían funcionar perfectamente por sí solos, algo muy de relato, pero que, al mismo tiempo, están perfectamente imbricados en la trama principal.
  • finales a la altura: No sé si en el caso de la novela es la expresión más acertada, la verdad, (ya me diréis cuando la leáis), pero sí que creo que es un final coherente con el desarrollo previo de la novela. Abierto, sí, pero coherente.
Podría seguir ensalzando otras virtudes de la novela, como son su ritmo, su carácter generacional, el tono de la narradora, pero parecería que voy a comisión y me temo que no van por ahí los tiros. 

Solo diré que Sky Daddy es una tragicomedia muy siglo XXI en la que Kate Folk explora, a su forma casi brutal y despiadada, las relaciones afectivas, el mundo laboral, la sociedad de consumo, el deseo, la soledad, la culpa y la redención. Una novela altamente recomendable.

También de Kate Folk en ULAD: Ahí fuera

miércoles, 2 de septiembre de 2026

Shintaro Kago: Novia ante la estación y otras historias

Idioma original: Japonés
Título original: 駅前花嫁
Traducción: Marc Bernabé
Año de publicación (del volumen): 2000
Valoración: Delirante

Novia ante la estación y otras historias compila catorce cómics breves (y un suplemento especial) del mangaka Shintaro Kago. Los cómics, salvo dos inéditos, fueron publicados originalmente entre los años 1998 y 2000.

Casi todos me han gustado. Además de tener el sello inconfundible de Kago (su iconoclastia tanto visual como temática, su predilección por el eroguro, sus juegos con el lenguaje del noveno arte, su humor...), se sienten bastante inspirados. 

Destacaría especialmente "Cajones ante la estación", "Grifos ante la estación" y "Piromanía ante la estación" por llevar hasta las últimas consecuencias sus premisas y conceptos, y "Excavaciones ante la estación" por la idea bizarra  en torno a la cual se articula. 

Asimismo, debo alabar el talento gráfico de Kago, ya que el nipón es capaz de comunicar con absoluta solvencia cosas de lo más descabelladas: desde los extravagantes mundos de "Reflejos ante la estación" y "Laberinto ante la estación", hasta la estandarización del formato y número de viñetas por página en "Cuadriculación ante la estación" y "Partículas ante la estación". 

Resumiendo: Novia ante la estación y otras historias deleitará sin duda alguna a los aficionados de Kago, quienes hallarán aquí el cóctel de horror, absurdo, bizarro, violencia, sexo, delirio, escatología, humor negro, crítica social, experimentación visual y juego metaliterario que tan famoso han hecho a este autor. Por otro lado, huelga decir que tanto lectores alérgicos al desmadre como moralistas de toda ralea deberían abstenerse de acercarse al genial mangaka japonés.


También de Shintaro Kago en ULAD: Aquí

martes, 1 de septiembre de 2026

Reseña Bipolar. Fernando Bonete: La hija del Fénix


Idioma original:
español

Año de publicación: 2026

Valoración: rancio

Si no conociera a Fernando Bonete...

Hubiera leído La hija del Fénix hasta la página 45 o 50, y abandonado entonces, ya algo desganado porque lo de la novela histórica no es lo mío, ni siquiera me habría dado la curiosidad como para interesarme sobre el enlace entre los dos pinturas que preceden al texto, cosa que ya, más o menos, la sinopsis se hubiera encargado de desvelar. Seguramente, tras una mirada bastante fugaz a la semblanza del actor, hubiera pensado otro más que se va a dedicar a la novela histórica. En cualquier caso, como son libros que suelen estar confinados a las mesas de las librerías de Planeta o de grandes superficies, difícil que me cruzara con este género y que coincidiera  encima el autor. Chao pescao.

Pero conozco a Fernando Bonete...

Que, claro, ha publicado esta novela, y en Espasa (subsidiaria de Planeta con firmas como Risto Mejide en su nómina) porque en su vida paralela como bookstagramer, o cómo narices querráis llamar a eso, alcanza ya cerca de setecientos mil (o 700 K) seguidores, muchos de ellos, meros curiosos, claro. Pero alguno seguirá sus recomendaciones a pies juntillas, y acumulando cientos de comentarios en sus posts (alguno de ellos, por lo de diversificar, hablando, lo juro, de los cinco mejores pasodobles, o las cinco películas más tristes) y elevado, con contratos publicitarios de por medio, las cursillas son mías, a la cima de la divulgación cultural conseguida, eso sí, por sus méritos, muchas veces con la burda estrategia de esconder la portada del libro hasta el final del reel, y a ser incluso saludado por los monarcas españoles, en una de esas extrañas y protocolarias recepciones. Desprende una imagen de yerno perfecto y dedica esta, su primera novela, a su familia, cómo no, no hay sitio alguno a referencias perniciosas. 

Claro que algún escéptico dirá que es que le tengo (o le tenemos, aquí somos asamblearios, argh, incluso en eso) envidia. Bueno, nosotros enseñamos la portada de buenas a primeras, y la valoración va pronto, no hay suspense que administrar, pues tanto no nos obsesionan ni los seguidores ni las visitas. Puede que pienses, Fernando, si nos lees, pero esto es una conjetura, qué pringaos que no monetizan, pero nos gusta la independencia (aclaro, la del blog) y no tener que rendir cuentas.

Bueno, centrémonos: lo del libro. Diría ya, a costa de mi última expresión: rendir cuentas ante el Altísimo. Porque la característica principal de La hija del Fénix es el rigor con el que Bonete* afronta el lenguaje, recargadísimo de toda clase de expresiones arcaicas, especialmente, justificado, en las especulaciones de diálogos o correspondencia, pero, injustificado, cuando, en varios momentos, el narrador aclara relatar desde un periodo más cercano a la actualidad y no al del siglo XVII en que se desarrollan los hechos. Esa es una primera y sustancial barrera, ya no las eternísimas últimas treinta o cuarenta, sino todas y cada una de las trescientas ochenta páginas del libro, que sufren de ese lenguaje impostado e incómodo, que seguramente el autor ha documentado, y al que no ayuda para nada su gusto por las frases eternas, su tendencia a barroquizar no solo lenguaje, sino construcción. Y creo que en el subgénero elegido para su puesta de largo, que es la novela histórica con aires eventuales de folletín, la legibilidad debería ser una premisa. 

Y no: esta biografía de una hija ilegítima de Lope de Vega que se confinó, por tal condición, en un convento y se dedicó a escribir, quedando mucha de su obra reducida a cenizas, mientras Lope de Vega seguía saltando de cama en cama (a pesar de su sacerdocio) y mendigando a la nobleza madrileña dinero, o favores, para poder mantener a su familia - a la suya y a todas las que eran obra de su inmensa tarea de fecundación - como novela resulta ser una mera exhibición bastante onanista. En algún momento Bonete pretende intercalar algún mensaje ligeramente reivindicativo, pero el encarcaramiento de su prosa lastra de forma absoluta cualquier tímida intención, oculta entre tanto ornamento, tanta ampulosidad, es tal la necesidad de mostrar lo mucho que ha investigado, que ha trabajado, que se ha documentado, que la novela se desmorona donde estas novelas deberían remontar: cautivando al lector, empujando a seguir.

En fin: Fernando Bonete ha elegido (a tenor de su bagaje lector entiendo que pudo manejar otras opciones) lo que es provechoso económicamente: ser un nuevo Pérez Reverte. Dice, en algún momento, que para atreverse a escribir se ha de haber leído mucho (Markson dijo que mil quinientos libros leídos por uno escrito: echad cuentas). Venderá unos miles, por supuesto. Su figura seguramente crezca, e incluso algún incauto le procure rendidas alabanzas, pues hay que encontrar salvadores de la literatura y nos conformamos con poco. Sus siguientes pasos puede que sean recomendar los estantes en que - tan ordenaditos - guarda sus libros, o quizás aconsejar el tono del estampado de sofá o de cortinas que mejor combinen con ellos. 

Una broma muy privada sería decir que es el Emilio Aragón de los prescriptores, si bien esto ya poca gente va a pillarlo. Pero es que es justo eso.

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 * No me quedaré con las ganas de parafrasear a Jarvis Cocker y decir I am not Fernando Bonete though I have the same initials.

lunes, 31 de agosto de 2026

Colaboración: El repartidor de Pekín, de Hu Anyan

Idioma original: chino

Título original: 我在北京送快递

Traducción: Javier Altayó

Año de publicación: 2023

Valoración: entre Está bien y Recomendable


Tenemos aquí un libro muy curioso. Fenómeno de ventas en su país de origen y aclamado en muchos otros, no es una novela de autoficción, ni tampoco una autobiografía, ni un libro de desarrollo profesional, ni un tratado filosófico: podría decirse que es todo eso a la vez, y que lo es como por casualidad. Pero ya sabemos que, en arte, lo que parece casualidad no suele tener nada de casual.

El Repartidor de Pekín cuenta la historia del propio escritor, que trabajaba durante una época como repartidor en Pekín, valga la redundancia. La primera mitad del libro se centra en esta época, y habla de las dificultades logísticas de su vida laboral, las dinámicas de empresa, las relaciones entre empleados, y las interacciones con los clientes. Como si de un diario se tratara, el autor nos cuenta anécdotas y reflexiones de su día a día, desgranando situaciones y persona(jes) con una mirada crítica (y autocrítica) pero compasiva y optimista. 

El resultado es sorprendentemente fascinante: uno no puede dejar de leer. ¿Por qué? ¿Cómo es posible que las nimiedades y miserias de la rutina de un hombre cualquiera nos enganchen? Yo creo que por dos motivos. Uno es el tema en sí mismo, con el que la gran mayoría de la gente se puede identificar: todos tenemos o hemos tenido colegas tramposos, reuniones superfluas, transacciones desagradables… y todos queremos ser felices a pesar de ello. Por eso, leer a Anyan es como tener una cámara oculta en nuestras propias vidas. Esto inevitablemente nos lleva a compararnos con él, y como el autor no se limita a dejarnos entrar en su realidad (eso sería como un vulgar Gran Hermano literario) sino que la analiza e intenta extraer de ella algún aprendizaje moral, el paralelismo nos obliga a aplicar a nuestras historias su misma perspectiva, a analizarnos como hace él y sacar conclusiones provechosas sobre nuestras propias andanzas. 

El otro motivo del “enganche” es el estilo coloquial y sencillo del autor. Es como si escribiera igual que habla, y es fácil entender lo que nos cuenta, sus reflexiones fluyen con las páginas. Parece como si estuviéramos leyendo cartas (bueno, emails, que esto es el s. XXI) de un amigo; teniendo en cuenta que estamos hablando de un libro de una cultura tan lejana a la nuestra, esto no es baladí. ¡Es tan cómodo de leer!

Pero – porque lamentablemente hay un “pero” – las virtudes del libro se diluyen en la segunda parte. Aunque el estilo se mantiene, el autor se limita a enumerar empleos y situaciones pasadas sin entrar en mucho análisis, y el resultado es una narración árida, casi técnica. De vez en cuando hay algún pasaje disonante que refresca la experiencia (por ejemplo, Anyan nos cuela un maravilloso mini-ensayo sobre la música Rock) pero en general la lectura se hace monótona. A mí me costó mantener el interés. 

El Repartidor de Pekín termina con una recapitulación sobre lo que el autor llama “otros aspectos de la vida”. Anyan reflexiona sobre el concepto de trabajo, sobre lo que significa la libertad, y sobre la aspiración de ser feliz. Son apenas cinco páginas, pero ¡qué densidad filosófica! La última frase es contundente: “Cuanto más vivo, más claro tengo que no vale la pena vivir enfadado y lleno de odio”. Es un bonito final para este libro tan diferente como irregular.  

Firmado: Yaiza P.


domingo, 30 de agosto de 2026

Claudia Amador: Altasangre

Idioma: español 

Año de publicación: 2026

Valoración: bastante recomendable (aqunque quizá no para todos los paladares)

He leído calificar esta novela como "gótico caribeño" (hay que aclarar que, hoy en día, parece que toda literatura de terror que no está escrita en inglés se considera como "gótico esto" o "gótico lo otro". Porque así suena más guay o por lo que sea). Es decir, que cualquiera pensaría que estamos ante un cruce entre el género de horror o terror de toda la vida y el realismo mágico. ¿Esto es así, realmente? Pues sí, pero no... Por un lado, es cierto que Altasangre recuerda, en cierto modo, a Cien años de soledad -habida cuenta, además, que la autora es colombiana-, pues también nos cuenta la historia de una peculiar dinastía familiar, los Vanterroso, dominados por la matriarca doña Julia, Señora de la Costa -Claudia Amador, además de colombiana, es natural de Barranquilla-; por otro lado, la novela nos remite a ficciones vampíricas poco ortodoxas y, más en concreto (o al menos a este servidor), a los cómics y pelis de Blade, pues aquí también encontramos todo un worldbuilding en el que el mundo está dominado por los vampiros considerados "purasangre". Aunque, en este caso, no se ocultan, sino que se encuentran bien visibles en lo alto de la pirámide social, económica y depredadora, hallándose por debajo los llamados "mixtos" y los simples humanos. 

Desde su mansión o sus aposentos del Altasangre Club -ahí tenemos el título-, doña Julia Vanterroso impera sobre todo este entramado social, aunque, poco confiada en el resto de su descendencia, ha puesto todas sus esperanzas de futuro en su nieta Julieta, que precisamente va a ser la Reina del carnaval de ese año, principal y esperado acontecimiento festivo de la Costa. ya veremos, y no adelanto más, cuales son sus intenciones para la niña. Una niña a la que su naturaleza convierte en extremadamente peligrosa, no sólo para los humanos, sino para los demás vampiros (ya os digo que esto me recuerda un poco a Blade). Ahora bien: no todo  van a ser vampiros y baños de sangre a raudales -de esos hay muchos, en todo caso-; en la novela también encontramos todo un despliegue de seres sobrenaturales: diablos y ángeles, presencias incorpóreas pero chismosas, fantasmas que se aparecen en sueños, espantosos mutantes, dioses primigenios... En fin, lo normal en una novela de "fantasía oscura" (porque tampoco estoy seguro de que a esta se la pueda calificar como "de terror", al menos no con todo  el sentido que se le da al género).  Todos ellos -y aquí encontramods, aún más, lo "caribeño" de la expresión "gótico caribeño"- moviéndose, bailando incluso, al ritmo de cumbias, rumbas, congas, bullarengues y demás música afrocaribeña... Porque la música, aunque no pueda oírse, sí se puede sentir en esta novela, y tiene una importancia fundamental...

Música que se deja sentir, incluso, o sobre todo, en la forma de escribir de Claudia Amador, un estilo exuberante, un tanto abarrocado aunque sin caer en un oscuro  conceptismo, de lo que la salva, sobre todo, la extrema ductilidad, la ágil movilidad de una prosaque transita sin dificultad ni rebozo entre lo folletinesco, lo simbólico y el habla popular, que gira y se contonea al ritmo de los tambores y al sonar de las trompetas, al arrullo de unas voces que hablan de amor, de despecho y de pérdida. Un estilo que, y aquí me voy a permitir una poca (más) de pedantería, quizás sea más heredero del de Alejo Carpentier que de un García Márquez...  (por su vertiente gore me ha recordado, a su vez, a La condesa sangrienta de Alejandra Pizarnik En todo caso, y a pesar de estar matizado por el humor -más sutil a lo largo de la novela, explícito en el último capítulo, a modo de coda, titulado Cómo quitarle la sangre a una prenda blanca-, entiendo que este despliegue carnavalesco -nunca mejor dicho- y pletórico de un cierto estilo literario pueda atragantársele a algunos lectores/as, más amantes del minimalismo o, simplemente, de las cosas más facilitas... Eso, unido a la , como ya he comentado, profusión sangrienta -y no sólo de sangre-, que puede repugnar a los estómagos más delicados, hace que no me atreva a recomendar esta novela para todo el mundo. Para los amantes del terror, lo fantástico y la diversión aparejada, por supuesto. Para los amantes de la buena literatura latinoaméricana y de la buena literatura en lengua castellana, también. 


jueves, 27 de agosto de 2026

René Araya: Noche de los cristales rotos

Idioma original: español
Año de publicación: 2026
Valoración: entre recomendable y está bien (tirando más a lo segundo)

Este libro me hubiese gustado mucho más (bueno, tanto como mucho más no, pero quizás la valoración sería un recomendable alto) si no hubiese leído Vivir abajo. Como lo leí (y para más inri me pareció una novela apabullante, excepcional, un clásico moderno), y a riesgo de sonar inmisericorde e injusto, solo puedo decir que la inspiración es evidente por todos lados. No en la prosa (y hasta ahí nomás, porque ciertas construcciones sintácticas y semánticas son calcadas a la citada novela), pero sí en la premisa y estructura. 

Para empezar, la novela se divide en cinco partes: arrancamos con un paneo del argumento, en donde uno de los protagonistas, Zárate, un policía argentino, se obsesiona con una seguidilla de crímenes cuyas víctimas siempre parecen ser de River Plate y (siendo el único que establece esa conexión) judías. Para eso,  aunque sea hincha de Racing, se tatúa una esvástica en el hombro y se vuelve parte de La Doce, la barra pesada de Boca Juniors. De ahí saltamos unos años luego de la Segunda Guerra Mundial, donde el autor nos cuenta de un nazi fugitivo que se refugia en la casa de dos curas homosexuales italianos, cuyos mambos mentales serán de lo menos interesante de leer en toda la novela, ya que, en realidad, solo tiene importancia Kohl, el nazi, y su relativa transformación en un anónimo que escapa hacia rumbos latinoamericanos. Y de ahí desembocamos en la verdadera tríada de personajes de la novela: el ya citado Zárate, Olivera, un policía paraguayo que está perdidamente enamorado de la tercera pata de esta historia, Elisa Feldman, una cazadora de nazis que ayuda a Zárate a buscar al responsable de los crímenes y a la vez persigue su propia obsesión, la de encontrar la hemeroteca del horror en algún punto de Latinoamérica donde haya habido una dictadura, una vasta colección de cintas filmadas todas en campos de concentración, con interrogatorios, torturas detalladas y asesinatos, para cerrar con cierta explicación de todo lo sucedido y retomar personajes que parecían olvidados (personajes que, si el lector está atento, se adivinan su participación en el misterio clave del libro, el paradero de las cintas).

Como ven, hay gran parte de Vivir abajo en esta novela. El tema del horror, de la paranoia de los personajes, de cintas escondidas en sótanos (como un George Benett buscando a su padre en varias dictaduras latinoamericanas), de historias dentro de historias que llevan o no a algún lado, de conexiones insólitas entre la cultura y el miedo (por ejemplo, la comparación de las canchas de fútbol con los campos de concentración, de la que estoy bastante seguro que ya existía en Vivir abajo, o las citas permanentes a películas que redefinen la vida de los protagonistas), de personajes cultos que mágicamente conocen todo lo que sus interlocutores refieren (exceptuando a Olivera, que no sabe nada de nada salvo de dibujitos animados, el personaje mejor trazado) y que monologan constantemente en un esfuerzo de escapar de la soledad (el tema es que no basta con mencionar torturas y contar una historia ingeniosa para que automáticamente se convierta en una parábola de la mugre infinita de la humanidad). Pero en donde Faverón Patriau lo hace con naturalidad, incorporando sus influencias de manera orgánica (Bolaño, sobre todo, y hasta mejorándolo a mi gusto), acá todo se siente forzado, como si el autor hubiese pensado que hacer un copia y pega de ciertos temas y trucos literarios (ciertos diálogos, ciertas terminaciones de reflexiones parecen un manual de cómo tener el tono de otros autores) bastara para convertirla en una buena novela.

No quiero únicamente criticarla por el lado de la comparación (porque parecerlo asegura un mínimo de calidad nada despreciable) ni quiero rebajar los méritos de una novela que, por sí sola, cuenta con cierta potencia reseñable, pero es inevitable. En contraposición, puedo decir que algunos relatos tienen originalidad y consiguen casi siempre el impacto buscado (la historia de los dentistas cazadores de nazis es buena), y la parte central del libro, donde los tres personajes van entrelazando sus tramas mediante fragmentaciones narrativas y saltos temporales, posee una buena técnica y escenas perturbadoras (la sección de la madre de Elisa siendo cuidadora de una obesa mórbida, por ejemplo). El problema es que Araya busca una circularidad (lo que Tom Spanbauer llamaría escritura peligrosa) que no consigue: la repetición de conceptos (el horror, las cintas, el nazismo, la contraposición del paradisiaco paisajismo latinoamericano con la maldad escondida, incluso frases y chistes que retoman otros personajes) no termina de funcionar porque siempre tenemos la sensación de que calcula dónde ponerlos, como una forma de avanzar la trama, y poco más. Entonces, le pongo esa valoración porque el libro es ameno (sacando la parte de los sacerdotes, que me parece larga al pedo y te hace pensar en abandonar la lectura), tiene buenos diálogos e ideas, pero falla en solidificar lo que hubiese sido una buena idea a costa de basarla casi punto por punto en otro libro de calidad superior. Una pena, porque, como dije al principio, si no hubiese leído ese libro, este me parecería un poco mejor.

lunes, 24 de agosto de 2026

Ignacio Peyró: El español que enamoró al mundo


Id
ioma original: español

Año de publicación: 2025

Valoración: muy recomendable

Primero, hagamos las debidas presentaciones. Julio Iglesias me repugna. Absolutamente. Desde su música, canción romántica reducida a susurros para ensoñaciones eróticas light, hasta sus influencias (quién puede perdonar a sus hordas de émulos, empezando por el nauseabundo Bertín Osborne) y ya no digamos su desacomplejada pose ideológica y su ostentosa existencia, sin perjuicio de su machismo recalcitrante, demostrable más allá de suposiciones recientes.

¿Y qué narices hago yo leyendo algo que se podría validar como una biografía suya?

Bueno, he de decir que lo primero que seduce del texto de Ignacio Peyró es cómo el autor establece distancias, de manera tan sutil como constante, esos contrapuntos, esas notas a pie de página, ese sarcasmo que recorre el texto, una ironía postmoderna de un autor que ya entiende que sabemos muchas de las cosas que va a explicar, que está tratando con un material que forma parte ya no del dominio público sino del imaginario generacional más básico, y que sabe que el lector no le perdonará que los elogios se extiendan más allá de lo que nos resulta confortable. Entonces, descontemos que hablará de su perseverancia para obtener un éxito global, descomunal, de sus hazañas de alcoba, excesivas, descontroladas, de sus esposas y novias, de sus líos con representantes que buscarán - esperando lo que haga falta - venganza. Aunque resulte que a su entorno, a todos aquellos que le catapultaron al éxito, rara vez se les recuerda por sus caras, si acaso por sus nombres, eran aquellos que estaban al lado o detrás, mientras él se ponía al frente e interpretaba (va, cantaba) sus omnipresentes éxitos, o, por ejecutar una reducción casi cacofónica, follaba y se forraba.

Obviamente los mejores tramos del libro son aquellos que acumulan nombres y pequeños detalles desconocidos que configuran su personalidad, que relatan su periodo glorioso, digamos hasta los años 90, no voy a revelar detalles, pues son esos párrafos, que Peyró escribe brillantemente desde una óptica ligeramente crítica, eso sí, sin especulaciones de caracter morboso que acercarían este texto a lo sensacionalista, pero dejando algunas piedras en el camino, algunas socavadas perlas que, sin tildar directamente a la estrella de mezquino, de avaricioso, sí que corroboran que este texto no pretende obtener su beneplácito en modo alguno, tanto menos cuando desmiente algunos aspectos que han sido convenientemente pulidos para dulcificar la historia del cantante. En consecuencia, ese tramo final, cuando Iglesias, ya con cierta edad, ha dejado de aparecer en público con frecuencia, y todo lo que se sabe de él es a través de la gestión administrativa de su fortuna, añadiendo que, con la estabilidad de su matrimonio, su vida sexual/sentimental ha abandonado el ritmo agotador de sus años dorados.

Gracias a Peyró, entonces, que ha renunciado a ejecutar una biografía al uso y tampoco ha sucumbido a la especulación.

miércoles, 19 de agosto de 2026

Laura G. de Rivera: Esclavos del algoritmo

Idioma original: castellano

Año de publicación: 2025

Valoración: Está bien


Comentarios previos: supongo que es notorio que en este blog no nos gusta la IA, al menos en lo que pueda tocar a la literatura, la creatividad o la opinión, ni tan siquiera en funciones de acompañamiento o corrección. Personalmente no la he utilizado nunca, al menos de forma consciente, ni pienso hacerlo si puedo evitarlo. La segunda puntualización sería que ni siquiera distingo bien lo que es la IA de los algoritmos que gobiernan, entre otras muchas cosas, el funcionamiento de la mayoría de aplicaciones que utilizamos. Quiero entender que son dos cosas estrechamente relacionadas, pero ni siquiera la lectura de este libro me ha servido para clarificar conceptos. 

Este es básicamente un libro de denuncia, como deja bien claro su título y subtítulo (‘Manual de resistencia’, ejem), es decir, ante un fenómeno-descubrimiento-herramienta rabiosamente actual, la periodista autora levanta la mano para alertar sobre sus peligros, sus sesgos, atropellos que implica, negocios multimillonarios que sustenta. La IA (y/o el algoritmo) no son cosas inocuas, dice Laura G. de Rivera, son instrumentos concebidos en primer lugar como un gran negocio del que se benefician los tecnoligarcas que todos conocemos y algunos que no, se nutre de los datos que nos han robado (y siguen robando) de todas nuestras comunicaciones privadas, muestra sesgos peligrosos hacia la radicalización política (vende siempre lo más llamativo), impulsa sin recato al consumo y la dependencia tecnológica, explota materias primas de países pobres además de a sus propios trabajadores, deriva en prácticas de videovigilancia masiva en perjuicio de la privacidad, consume enormes cantidades de recursos que agravan el cambio climático… y no sé cuántos horrores más.

Repito desde mi desconocimiento de ese mundo que no sé si todo esto es atribuible exactamente a la IA o a esos misteriosos algoritmos, pero tanto da. Hablamos de esa tecnología que tiene sorbido el seso a la gente con sus maquinitas cada vez más caras y sofisticadas, y de aplicaciones progresivamente más oscuras que escapan a nuestra comprensión hasta que alguien denuncia todo este tinglado. Muchos de estos denunciantes, investigadores, expertos en diversas materias, periodistas como la propia autora, y personajes como el famoso Edward Snowden siembran de citas más o menos apocalípticas el libro entero avisando de los peligros, denunciando el fabuloso negocio, llamando a esa resistencia que, la verdad, no tiene muchos visos de hacerse efectiva en una sociedad en la que somos 

'Increíblemente lerdos a la hora de dejarnos embaucar por todo lo que huele a modernidad y moda'

Cierto, desde luego, cuando deglutimos una y otra vez anuncios según los cuales sin una aplicación adecuada (y conexión, datos) no es posible viajar, ni elegir un restaurante, estar conectado equivale a estar vivo y hay quien es ya incapaz de escribir un simple correo sin consultar a Chat GPT. Incluso hay quien se sirve de estas tecnologías para hablar de literatura, hay que ver.

Siempre está bien que haya quien levante estas banderas, que para captar la atención deben mostrar radicalidad y cierto grado de intransigencia. ¿Qué sería del mundo actual si hace medio siglo no hubieran nacido movimientos ecologistas y antinucleares mostrando los espantos de un planeta asfixiado por la voracidad de la industria contaminante y el crecimiento a cualquier precio? Otra cosa es que uno, ya al tanto de lo denunciable, para obtener información espere algo un poco más equidistante (ya, suena muy mal), unos datos con menor carga que nos permitan valorar mejor las ventajas e inconvenientes de lo que se nos ofrece. Además de lo que el libro pone encima de la mesa quisiera conocer, humilde profano, a qué utilidades se está abriendo la puerta en materia, qué se yo, de medicina, industria, investigación. Cosas en las que esos inventos, en algunos aspectos tan dañinos, pudieran servir para mejorar de verdad la vida de la gente.

Tiene su mérito reunir tantos datos sobre los peligros de la tecnología y sus efectos indeseados, pero por ese mismo camino sería perfectamente posible (y a buen seguro se habrá hecho ya) denunciar el daño provocado por otras tantas realidades económicas que tienen también su lado oscuro, la moda, el turismo masivo, las distintas fuentes de energía, el negocio del fútbol, las grandes infraestructuras, el propio internet sin ir más lejos. ¿Nos negamos en redondo a todo ello, o más bien necesitaríamos conocerlo en todas sus perspectivas para poder valorarlo adecuadamente?


martes, 18 de agosto de 2026

Maryse Condé:Victoire, la madre de mi madre

 Título original: Victoire, les saveurs et les mots

Idioma original: francés

Traducción: Martha Asunción Alonso

Año de publicación: 2025

Valoración: Recomendable


La fallecida escritora antillana Maryse Condé tuvo el honor de conseguir el premio Nobel alternativo del año 2018 en una edición en la que el premio Nobel oficial no se concedió por un turbio asunto judicial.

Desde hace unos años la editorial Impedimenta ha recuperado la obra de Condé, obra que está profundamente enraizada con las vivencias de la escritora en la Antillas francesas, sobre todo con la isla de Guadalupe, de donde era originaria.

En esta ocasión, la escritora nos traslada en un ambiente, a menudo onírico, una vez más a Guadalupe para narrarnos la historia de su abuela materna, Victoire Elodie Quidal, una nativa que se convirtió en una cocinera de reconocido prestigio en su época. En un universo donde se mezclan negros, mulatos y blancos descendientes de los primeros colonizadores, Victoire supone una rareza porque su piel, como nos señala la escritora, es de una blancura australiana. 

Victoire sólo se comunica en criollo. No aprendió francés, que era el idioma oficial en el archipiélago, y quizás por ello y por un carácter retraido que le impide comunicarse sobre todo con la clase dominante francesa, lleva una vida tranquila y silenciosa. Sin embargo, Victoire encuentra un lenguaje para comunicarse con los demás: es una cocinera prodigiosa y sus platos pasan a ser alabados por la burguesía francesa que acude a las reuniones que se celebran en el domicilio del matrimonio Walberg, lugar donde reside Victoire. 

Las excelencias culinarias de Victoire y su extraño color de piel hace que sea una figura muy reconocible no sólo entre la élite blanca, sino entre los supersticiosos nativos de la isla.

Con un lenguaje muy cuidado y poético, a menudo incluyendo palabra criollas o incluso españolas, Maryse Condé nos irá narrando con mucho mimo y detalle los avatares de la azarosa vida de nuestra protagonista y, a través de su vida, iremos viendo las lentas trasformaciones del mundo colonialista en las Antillas francesas. Poco a poco los dueños blancos de las plantaciones de azúcar y café se verán obligados a ceder su dominio absoluto sobre la vida de los habitantes de las islas y una nueva generación, donde los negros son mayoría, irán accediendo a cargos de poder e irán cambiando las relaciones sociales en la isla.

Victoire no participará en esos cambios, no toma parte activa en la política, sus preocupaciones fundamentales son su ambigua relación con el matrimonio Walberg y su ilusión porque su hija Jeanne tenga la educación que ella no pudo tener y prospere en la vida. Precisamente su falta de entendimiento con su hija se convertirá en un trauma para Victoire que no consigue entender la falta de empatía que le muestra su hija prácticamente hasta el final de sus días. Jeanne no entiende, ni aprueba, la relación, eminentemente sexual, que Victoire mantiene con Boniface Walberg y la de amistad  con su esposa Anne-Marie. En definitiva, Jeanne es plenamente consciente de la relación de subordinación que su madre tiene con sus patronos blancos y, al igual que una nueva generación más educada y preparada de habitantes negros busca cambiar las obsoletas relaciones de poder en Guadalupe.

Resulta demoledor el juicio que Condé pone en labios de Victoire sobre su relación con su hija: "Sé que no eres feliz, a pesar de tu casa de dos plantas, tu diamante de compromiso, tu alianza tallada y ese joyero que Auguste no deja de abarrotar. Es por mi culpa. Sí, mi culpa y de nadie más. Lo eché todo a perder en el mismo momento en que te di el pecho. En lugar de fortaleza, mi leche te transmitió mis penas y mis miedos. Y todavía hoy sigo envenenándote la vida. Supongo que siempre lo he hecho, aunque mi intención fuera buena. Te merecerías una madre mejor".

Maryse Condé  radiografía la sociedad en la que vivió su abuela y dentro de ese  contexto hace un retrato a veces, cruel, a veces tierno, de la vida que le tocó vivir. No busca dotar de un carácter mítico a la figura de su abuela. Se trata de un relato sincero y emotivo de unas personas y una época a la que nos invita a asomarnos  y que Condé nos retrata con suma emotividad y delicadeza.

domingo, 16 de agosto de 2026

Anne Plantagenet. Desaparición inquietante de una mujer de cincuenta y seis años

 

Idioma original: francés

Título original: Disparition inquiétante d'une femme de 56 ans

Año de publicación: 2024

Traducción: Juan Vivanco

Valoración: muy recomendable

Una razón más por la que uno ha de vagar entre pasillos en las librerías o en las bibliotecas sin sentido y sin prejuicios. Encontrarme con un excelente texto como éste, que ha resultado ser una de las mejores lecturas de los últimos tiempos. Plantagenet sabe conjugar a la percepción las perspectivas para afrontar una situación muy delicada. Porque este libro habla de una persona con la que la autora demuestra una cierta afinidad, desde sus primeras páginas. 

Letizia Storti, empleada en una fábrica de medicamentos en una población francesa, mujer de origen italiano que, en su mediana edad, se encuentra en ese gris anonimato, tras haber sufrido en el pasado discriminación por la condición (inmigrante, incapacitada) de su madre. Accede a un modesto acceso de fama cuando, tras acudir a varios casting, es seleccionada para un modesto papel en una película. En ese papel representará algo muy cercano a su realidad. Será una activa integrante en unas protestas laborales, en una encarnizada lucha (en la ficción, luego la realidad le procurará algo parecido) entre empresa y trabajadores, para evitar el cierre de una fábrica. 

Es a través de ese contacto como Letizia traba cierta amistad con la autora. Que, sin ser una relación intensa o continua, va sabiendo de ella, de como su existencia tras ese leve acceso a algo parecido a un sueño personal va entrando en una espiral de desesperación, que acaban, apenas unos años tras ese papel, y tras varios intentos, con el suicidio de Letizia. 

Pero esto no se trata de recrear morbo ni de ensañarse en los hechos per se. Plantagenet traza un colosal retrato que es extrapolable en muchos sentidos. Sobre todo desde la perspectiva de la dinámica de clases: Storti es una mujer que se enfrenta por igual a una corporación y a un entorno que ha tomado una actitud de pasividad hostil cruel y matizada. Ha representado a sus compañeros en reivindicaciones sindicales porque sus principios han prevalecido sobre cualquier actitud egoísta. Ha sido silenciada e ignorada. Y su participación en la película ha representado un respiro, una ruptura con una situación que la está aniquilando lentamente. Luego, por diversas cuestiones, ha languidecido y ha sido ignorada y dejada de lado.

Magnífico retrato que, tristemente, es aplicable a muchas más personas de las que nos parece.

viernes, 14 de agosto de 2026

Frode Grytten: El día que Nils Vik murió

Idioma original: noruego
Título original: Den dagen Nils Vik døde
Traducción: Alexandra Pujol Skjønhaug en catalán para L'altra editorial y Mariana Windingland en castellano para Anagrama
Año de publicación: 2023
Valoración: está bien


Hablemos de los inicios de los libros y su impacto, porque este libro empieza con una frase que sintetiza lo que será la novela: «a las cinco y cuarto de la mañana, Nils Vik abrió los ojos, y el último día de su vida empezó». A partir de ahí, el autor noruego Frode Grytten despliega una breve novela consistente en cómo despedirse de la vida a través del reencuentro con la misma en forma de recuerdos y actos de ternura. De esta manera, inicia su último día, por la mañana, el momento del día en que todo empieza, aunque para él, lo único que empieza es su final.

Con esta premisa clara y diáfana, el autor nos introduce al que será el personaje principal, Nils Vik, una persona de edad avanzada que vive solo en una casa llena de recuerdos, pues han vivido en ella tres generaciones. Así, en el que será el último día de su vida, Nils deja una nota a sus hijas indicando que se va de casa y que ya no volverá. Con este propósito, se levanta con la determinación de que este sea su último día de vida. Y todas y cada una de las acciones que llevará a cabo tienen como voluntad convertir esos aparentemente nimios gestos en pequeñas despedidas de la que han constituido la cotidianeidad de su vida. Por ello, Nils coge el coche y emprende la ruta hacia el fiordo, punto de partida y fin de su existencia.

A nivel estilístico, hay ciertos tintes en la historia y el tono que hacen que Grytten me recuerde a Fosse y su obra de teatro «Soy el viento», en esa huida hacia el fiordo como último viaje, en la oscuridad de la noche, abriéndose al mar como se abre uno a la muerte. Y también las compañías en tal viaje, que van asomando en apariencia de formas fantasmales, oníricas, a medio camino entre la imaginación y una realidad que se sabe que no es posible: su entorno más íntimo acercándose a él para acompañarle, para cobijarle, para mostrarle que no está solo en esa despedida, en ese último viaje, en la transición definitiva e irreversible hacia el final de la vida. Hay muchos ecos de Fosse en ello, aunque el tono aquí es más esperanzador, más luminoso, más limpio y alentador. No encontramos en este texto un gran pesar sino un agradecimiento a la vida, a todos y cada uno de los detalles y los momentos (incluso más efímeros o ínfimos) vividos. Porque esta novela es la constatación de que la vida la forman las pequeñas cosas, esos rituales que acompañan una realidad que de otra forma olvidaríamos, esa reiteración de acciones que nos anclan a la vida y nos recuerdan de manera clara e irrefutable quienes somos y donde pertenecemos. Es así, como a través de los recuerdos de las personas que han conformado su vida y en gran parte de las personas que ha transportado con el ferry que conocemos sus particulares vivencias, vamos descubriendo la personalidad y la vida de Nils. 

A pesar del prometedor enfoque y valioso propósito, el resultado no acaba de ser el esperado pues la incesante sucesión de personajes y su corta presencia en el relato provoca que cueste entrar en ninguna historia o empatizar con cualquiera de ellos. No existe apenas relación entre ellos y la interacción con Nils que recuerda es tan corta y efímera que parecen fragmentos que aparecen de manera fugaz, pero sin dejar un claro poso. Así, el libro podría ocupar doscientes páginas o mil y nos aportaría prácticamente lo mismo porque, además, ninguna de esos personajes parece tener más peso o interés que los demás. 

Afirma el protagonista en su último trayecto que «los muertos (…) casi se han convertido en una sola criatura, un solo ser. No se mueven, pero están vivos, pertenecen al pasado, pero existen ahora y aquí» y eso es algo que no debemos olvidar, pues aquellos que han formado parte de nuestras vidas siguen presentes en nosotros, y es de justicia que les hagamos un hueco en nuestro interior y los mantengamos vivos, de vez en cuando, cuando su recuerdo ya no nos cause dolor sino una afable y cálida compañía.