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martes, 10 de junio de 2025

Ander Izagirre: Cansasuelos. Seis días a pie por los Apeninos

Idioma: español

Año de publicación: 2015

Valoración: entre recomendable y está bien

Pequeño y simpático libro de viajes, en este caso sobre un trayecto a pie que realizó su autor entre la plaza mayor de Bolonia y la catedral de Florencia; seis días para atravesar los Apeninos por el llamado "Vía de los Dioses" -a cuenta de los topónimos relacionados con el panteón clásico-, transitado ya por los antiguos etruscos y, por supuesto, por los romanos, escenario de cruentas batallas tanto en la antigüedad como en la II Guerra Mundial; última morada de miles de soldados alemanes, tierra de leyendas y de castillos y, sobre todo, de la suculenta gastronomía emiliana y toscana (de la que dan buena cuenta el autor y su acompañante). Todo ello para llegar al fin a Florencia, ciudad turistizada hasta el extremo, ciertamente, pero también tan repleta de belleza que ni la desdeñosa ironía contemporánea puede sentirse indiferente a ella. Una recompensa inefable para seis días de esfuerzo (hasta cierto punto) y aventura (ídem).

El librito, ya digo, resulta entretenido y simpático, aunque, por ponerle alguna pega, quizás hace demasiado caso a detalles triviales, lo que le costó subir la cuesta de este monte y luego arriba se comió un bocadillo o si se cruzaron con un señor que paseaba con su perro. cosas así... Cierto que estos detallitos son el aglutinante que une la sustancia de las crónicas de viajes, no todo van a ser descripciones sublimes, referencias históricas y encuentros transcendentales, pero en un libro tan breve como éste; tampoco es que importe mucho, porque el tono general es tan grato y su lectura tan fácil, además de rápida, que para cuando la reiteración de estas menudencias resulte cargante.

Así las cosas, vuelvo a insistir en que el libro se lee con facilidad y resulta suficientemente satisfactorio; un tentempié ligero antes de acometer caminatas más largas, libros que pueden exigir de nosotros/as mayor concentración y, en ocasiones, también una mayor capacidad de sacrificio lector...

Más libros (y una entrevista) de Ander Izagirre en este insuperable blog: Cómo ganar el Giro bebiendo sangre de bueyPotosí, ALTAÏR magazine. Contar(nos) el mundo (VV.AA.)

miércoles, 15 de enero de 2025

Thomas Mann: Viaje por mar con Don Quijote

Idioma original: alemán

Título original: Meerfahrt mit Don Quijote

Traducción: Genoveva Dieterich

Año de publicación: 1945 (escrito en 1934)

Valoración: Recomendable alto


Se podría reflexionar sobre el peso que en un libro puede llegar a tener el talento del autor, quiero decir, hasta qué punto una mano diestra es capaz de levantar cualquier texto, se trate de lo que se trate. No es sólo la prosa, el estilo o la elegancia, es la cadencia, la sabiduría para contar cosas con el tono exacto, hacer que el libro interese y tenerlo controlado, equilibrado y en el punto que pide el texto. Eso se hace con técnica, con trabajo, claro, pero me sigue pareciendo que la materia prima es insustituible, y es lo que hace que el libro rezume naturalidad y parezca escrito sin esfuerzo. Con todo esto no puedo ya ocultar que me encanta Thomas Mann, en especial el de Muerte en Venecia, aunque de vez en cuando se deje llevar por la frase excesivamente rizada o las digresiones se le vayan a veces de las manos. 

Esas cualidades que apuntaba me atrevería a decir que se dejan ver especialmente en obritas menores, cuando el escritor no se está planteando crear algo importante y parece dejar fluir el texto como un mero entretenimiento. Viaje por mar con Don Quijote es una especie de pequeño diario, unos pocos días, escrito en una de las varias travesías marítimas que Mann realizó con su esposa Katia entre Europa y Nueva York. Podríamos pensar en algo parecido al crucero que David Foster Wallace contó en aquel corrosivo librito, pero las similitudes se reducen a la presencia en un barco surcando la inmensidad del mar (cómo se puede escribir dos cosas tan diferentes, e igualmente atinadas, a partir de un mismo motivo).

Thomas Mann no se propone nada concreto relatando su experiencia oceánica. Se limita a contar pequeñas anécdotas, a describir de pasada el ambiente de los salones o la cubierta, o apuntes rápidos sobre la meteorología cambiante. Lo demás son reflexiones que se van encadenando sin más planificación que lo que surge espontáneamente sobre el papel en blanco, y donde queda un papel importante para su lectura de cabecera, que naturalmente es el Don Quijote que luce en el título.

Tampoco es un ensayo sobre el libro de Cervantes, sino comentarios que brotan al hilo de la lectura. Mann se admira no solo de la personalidad de Don Quijote, sino de cómo evoluciona, cómo trata el autor a su personaje, se extiende algo más en torno a la viva defensa que Cervantes hace de su obra frente a la impostura del libro de Avellaneda, o el peso del personaje original frente a la caricatura de loco divertido que todos, en alguna medida, tenemos interiorizado. Las opiniones del autor alemán son de tal finura y profundidad que uno es consciente de que ha conectado por completo con el clásico. Todo ello, expresado en pequeñas píldoras y sin orden aparente lleva a sentir que está uno embarcado con el propio Mann, compartiendo con él un café y cambiando impresiones sobre el Quijote o, mejor dicho, escuchando embelesado sus reflexiones.

No todo se reduce a Cervantes. El pequeño diario incluye comentarios, siempre relajados y elegantes, sobre la propia singladura, sensaciones sobre la sobrecogedora pequeñez frente al océano inmenso, la distorsión de la perspectiva producto del aislamiento y la lejanía, o curiosidades como la llamada diaria a un progresivo cambio de hora y el equívoco de vivir dos veces el mismo tramo horario. El relato se extiende en ocasiones hacia asuntos aparentemente banales, como el contenido deliberadamente amable de la información que se hace circular en la nave (el crucero como mundo independiente de la realidad exterior), y en otras se adentra en reflexiones de calado que sin problema alguno podrían aplicarse a nuestro siglo XXI, como cuando apunta “¡Ah, la humanidad! Su progreso espiritual-moral queda detrás de su progreso técnico, anda muy rezagado”.

Pero ni en esos momentos toca el autor asuntos especialmente sensibles, lo que resulta llamativo en el complicado contexto de los años 30. Se diría que Mann esquiva cuestiones espinosas que sí tocará en otras obras, ahora es como quien, al igual que esas hojas informativas del crucero, al sentirse en un medio hostil, intenta centrarse en asuntos amables o al menos inofensivos. De esta forma, el libro transmite al mismo tiempo agudeza y relajación, y permite disfrutar de un autor que sea en el formato que sea, siempre parece capaz de escribir bien.

Otras obras de Thomas Mann reseñadas en ULAD: La muerte en VeneciaLa montaña mágica


domingo, 13 de agosto de 2023

Annemarie Schwarzenbach: Todos los caminos están abiertos


Idioma original:
alemán

Título original: Alle Wege sind offen

Año de publicación: 1941

Traducción:  María Esperanza Romero

Valoración: bastante recomendable


A medio camino entre el diario de bitácora y la crónica de viajes, uno podría quedarse en la superficie y recomendar Todos los caminos están abiertos como una especie de lectura algo ligera de verano. Dos escritoras  se aventuran al volante de un coche, a finales de los años 30, y visitan varios países asiáticos, Afganistán, Pakistán entre ellos. Cosa reveladora, porque en cierto sentido parece que hayamos ido hacia atrás. Dos mujeres solas en un coche adentrándose por esos parajes, hoy, es el terror de cualquier aseguradora, la pesadilla de cualquier núcleo familiar sobreprotector, cosa que pone en valor la expedición, con el pretexto de artículos literarios, de las dos mujeres (su acompañante es la también suiza Eva Maillart), más aún si evitamos esa ligereza y situamos la obra en su contexto. Un contexto plagado de solemnidad como la Europa Central de 1939, zona de origen de las dos escritoras, una situación que flota en los artículos y que casi obliga a consultar la fecha de estos para ver cuándo y cómo los hechos que discurren (en especial, esa fecha, 1 de septiembre de 1939, que parece marcar un antes y después en la historia del mundo occidental) influyen en la narración. Resulta curioso que estas situaciones no se perciban con claridad. Schwarzenbach y Maillart parecen haber parado el tiempo mientras recorren las precarias carreteras de esos países.

Lo que es realmente curioso al leer hoy estas crónicas, que  tampoco están tan distanciadas en el tiempo de las de, por ejemplo, Chatwin o Kapuscinski, es la dificultad de no situarse en el plano actual. Lo digo como, en lo personal, alérgico absoluto a las perturbaciones nostálgicas. Esas dos mujeres transitan ya no con absoluta seguridad sino hasta con cierto desparpajo centroeuropeo, y los poblados les muestran un absoluto respeto; los mandos locales que las acogen, esos pueblos que hoy vemos como campo de cultivo del radicalismo, del fanatismo religioso, de la justificación de las duras condiciones de vida para los mujeres, se muestran hospitalarios, amables, acogedores, y ni por asomo vemos condescendencia o paternalismo en esas actitudes. Schwarzenbach describe situaciones políticas complicadas, conflictos fronterizos, la dureza de las carreteras y los problemas mecánicos del vehículo en el que viajan, pero no hay pero alguno a las actitudes personales, a la tensión por el bagaje cultural opuesto entre huéspedes y anfitriones. Todo lo contrario: amabilidad, admiración mutua, casi en algunos casos agasajo. Como si los paisajes agrestes, las duras condiciones, la enorme humildad de las poblaciones locales, se transformaran no en inconvenientes sino en acicates para la visita. De esto hace ochenta años, de estas visitas rellenadas por el espíritu aventurero y una curiosidad mutua ajena a la desconfianza hasta hoy, en que la convivencia, por los factores que sean, parece más difícil e inconcebible que nunca. Así que ese texto liviano, a veces casi ingenuo (trágicamente: Schwarzenbach era adicta a la morfina y al poco tiempo acabó - como Nico - falleciendo en un  accidente de bicicleta) resulta ser una perfecta espoleta para muchas reflexiones de hoy en día.

También de Schwarzenbach en ULAD Con esta lluvia

domingo, 19 de marzo de 2023

Chuck Klosterman: Matarse para vivir


Idioma original: inglés
Título original: Killing yourself to live
Año de publicación: 2005
Traducción: Juan Trejo y Óscar Palmer
Valoración: bastante recomendable

Chuck Klosterman escribe, en 2005, para Spin. Una revista en franca decadencia, como prácticamente cualquiera en papel, ya en aquella época, ya no digamos si se dedicaba a la música, y si en particular al género agrupado bajo la etiqueta rock, seguramente hablamos de un medio con una progresión descorazonadora y con un peso nulo en influencia global. Hora de ir reconociéndolo, hora de ir agarrándose a cualquier otra cosa.
Y aunque el estilo de vida rock sea un poco el centro de Matarse para vivir, por suerte este no es un libro trufado de estereotipos, y aunque pueda categorizarse como gonzo (dícese del estilo en que quien narra se integra en lo narrado, etiqueta representada con todo tipo de excesos por Hunter S. Thompson), hay que agradecer que, según se deduce, estas páginas no han sido escritas como testimonio del uso constante y discriminado de estupefacientes, cosa que, aunque desconozco el proceso de escritura del libro, aporta un cierto equilibrio. Bastantes crónicas de excesos han copado la literatura de cierta época, bastante vergüenza ajena hemos pasado y pasamos por culpa de pesados sin talento (Joaquín Sabina sería un ejemplo canónico) más empeñados en demostrar que viven como rockeros que pendientes de entregar música que merezca ser recordada por su valor artístico o sus hallazgos.
Tras esta diatriba inicial, que espero me perdonéis, Matarse para vivir es la crónica de 10.000 kilómetros (sería más rockero decir 7.000 millas) que Klosterman recorre al volante de un coche de alquiler, que ha cargado de CDs que va escuchando, en busca de una serie de lugares (hoteles, domicilios, sembrados en medio de la nada) donde se han producido fallecimientos célebres de músicos. Una crónica curiosamente alejada de la necrofilia, ese fenómeno tan lucrativo para los herederos legales, pues rara vez Klosterman -gracias, sabia contención seguramente debida a usar más bien marihuana que cocaína- se recrea en los aspectos morbosos, y ciñe el relato, con cariñosa frialdad y distanciamiento, para ajustarse a los hechos. Y ese recorrido que incluye el Chelsea Hotel, en que Sid Vicious asesinó a Nancy Spungen y se constituyó en leyenda a pesar de su escasa pericia con el bajo y su escasísima producción artística, mucho tiempo no le dio, llega hasta una plaquita en medio de un campo donde se estrelló la avioneta en que iba Buddy Holly, y acaba en Seattle, con Kurt Cobain. Pienso, ya le daría a Closterman para una segunda parte que completaría un abanico más amplio que incluyera a Amy Winehouse, Avicii o la retahíla de músicos víctima de la crisis de los opioides. 
Por supuesto se centra en muertes por causas no naturales y por supuesto menciona lo provechosas de esas desapariciones para que la perspectiva sobre personaje y obra se mitiguen y vean cómo les es aportado un prisma, para que digamos que la especie humana es mala, que consiste en magnificarlos aunque sea con métodos artificiales. 
Mientras Klosterman conduce y define el esqueleto de su narración, de hecho parece no decidirse hasta el final por que ésta tome la forma de un libro, sabemos de su vida, de cómo empezó a trabajar para la revista, de los entresijos de la redacción, de sus relaciones sentimentales y cómo asume con madurez que estas no hayan sido ni perfectas ni convencionales. Ese es un punto de moderación, de acercamiento, poco usual si se hubiera tratado de una mera crónica, pero una contrapartida que aporta valor a la lectura. Vemos a un hombre rondando los cuarenta, circulando con música a todo volumen (alguna de ella ciertamente discutible) comentando discos, sonidos, estrofas, situaciones, tan alejado de los estereotipos como abocado a ellos por la mera circunstancia de su profesión. Nada de excesos en primera persona ni de encumbramiento artificial, lo cual se agradece, porque de todo ello surge un texto directo y sincero.

martes, 6 de septiembre de 2022

Antonio Pigafetta: Viaje alrededor del mundo

Idioma original: italiano

Título original: Primo viaggio intorno all Globo Terracqueo

Año de publicación: 1524

Traducción: José Toribio Medina

Valoración: Fuera de concurso

Se cumplen hoy mismo, 6 de septiembre de 2022, los quinientos años de una de las hazañas más impresionantes llevadas a cabo por un grupo de hombres en las toda la Historia: la primera circunnavegación del Globo, navegando siempre hacia el oeste, en una época en la que no existían los GPS, las radios, los motores y ni tan siquiera los barcos de casco metálico, se navegaba en unos cascarones de madera, movidos por velas de tela, cuerdas y con la ayuda, todo lo más, de una brújula y de rudimentarios mapas, si los había (y en este caso, no los había). Con tan exiguos medios, tal día como hoy dieciocho marinos llegaron a Sanlúcar de Barrameda en la nao Victoria, después de tres años de su partida  junto a a otras cuatro naves y 221 compañeros; capitaneados por Juan Sebastián Elcano (*), los supervivientes eran vascos, andaluces, gallegos, italianos, griegos, un alemán... entre ellos el autor de este libro, el caballero Antonio de Pigafetta, de Vicenza, que a su vuelta y tras ofrecerle su diario del viaje al emperador Carlos (aunque también lo hiciera a la regente de Francia, al Papa y a su protector, el Gran Maestro de Rodas) lo convirtió en un libro donde se narraba su aventura.

El objetivo de ésta, como bien se sabe, y comandada por el portugués Fernando de Magallanes, era llegar a las Molucas, las fabulosas Islas de las Especias, por el Oeste, para así evitar las restricciones que el Tratado de Tordesillas le imponía a Castilla. De esta forma, la expedición bajó por la costa sudamericana: Brasil, el río de la Plata, la Patogenia,  hasta descubrir el estrecho que hoy lleva el nombre de Magallanes y que les permitió pasar al Océano Pacífico, el cual atravesaron durante meses, en medio de grandes penurias -baste decir que el manjar más apreciado eran las ratas- hasta alcanzar las islas Marianas, las Filipinas y, por fin, las Molucas. Muerto Magallanes en una batalla contra los nativos filipinos de la isla de Matan, el mando de los restos de la flota recayó en Elcano, que decidió continuar el viaje hacia el oeste y de esta forma cruzaron el Océano Índico  para costear luego África de punta a Cabo- o al revés, en este caso- y regresar a España, como he dicho, tres años después de su partida.

Como toda relación de viajes de su época o anterior, la de Pigafetta abunda en detalles que , en ocasiones, se pueden hacer excesivos y hasta tediosos; hemos de tener en cuenta que, al escribir su diario, el autor pretendía dejar constancia de todo el mundo novedoso que se iba encontrando, no tanto pensando en el solaz de unos hipotéticos y futuros lectores. Además, también encontramos momentos más vibrantes, como el encuentro con los ignotos "gigantes" patagones, los motines que se produjeron en aquella tierra, las posteriores traiciones de algunos expedicionarios o de reyezuelos indonesios o las cuitas en el viaje de vuelta para evitar en lo posible a los portugueses, recelosos del carácter de esta expedición, que, después de todo, tenía el objetivo de hacerles la competencia directa en el comercio de las especias.

Pigafetta, por otra parte, es un gran observador que detalla muchas características y costumbres de los pueblos que encuentra, de una forma casi etnográfica, así como la flora y fauna de los países -con especial detenimiento en las Islas de las Especias, claro está-; incluso, al final del libro, se recoge un pequeño vocabulario de las lenguas habladas en Brasil, Patagonia, Filipinas y Molucas. Cierto es que , aún con todo el relativismo cultural del que hace gala el autor -sobre, por ejemplo, prácticas como la del canibalismo-, para la acendrada sensibilidad actual, su aventura y la de sus compañeros, puede parecer un mero episodio de la expansión colonial y explotadora europea; es verdad que si los protagonistas de aquel viaje no sometieron y explotaron más a los pueblos y tierras por las que pasaban fue por falta de medios, no de ganas.para otros, la primera vuelta al mundo no será sino el mayor hito simbólico, pero también efectivo, de esa globalización a la que se se achacan hoy en día tantos males. Es verdad que también los es. Pero al mismo tiempo, no deja de suponer un acontecimiento maravilloso, una hazaña, repito, quizás sin parangón en la Historia, dada la modestia de los medios, la enormidad de las ambiciones  y la inmensidad -a partir de entonces un poco menos- de ese mundo que, hace justo quinientos años, no sé si se hizo más pequeño, pero sí más nuestro.

(*) Pigafetta, por cierto, no menciona en ningún momento del libro a Elcano, pese a haber sido quien lideró la expedición en su regreso desde Filipinas. Quizás por animadversión personal, quizás, o eso se dice, porque Pigafetta era devoto admirador de Magallanes, mientras que el de Getaria fue uno de los que se rebeló contra él en la bahía de San Julián... o quizás (y me parece lo más probable, dada la naturaleza humana) porque el italiano no quería tener que compartir su fama como cronista de la gesta con quien la había capitaneado y, a la postre, tenía ya reservada su parte de gloria...

domingo, 23 de mayo de 2021

Mariana Enriquez: Alguien camina sobre tu tumba. Mis viajes a cementerios

Idioma original: Español
Año de publicación: 2014 (2021, por fin, en España)
Valoración: Muy recomendable para fans. Para el resto... ah, ¿aún queda alguien que no sea fan de Mariana?

25 textos (24 + epílogo) conforman esta edición ampliada de los viajes por cementerios de la gran Mariana Enriquez, 25 textos que inciden y completan el imaginario que compone la obra de la bonaerense y que, por tanto, resultarán de sumo interés para los ya iniciados en la materia. Aunque no solo para ellos!

Publicado originalmente en Argentina por la editorial Galerna y ampliado para la ocasión por Anagrama, "Alguien camina sobre tu tumba" es un recorrido mitómano - a medio camino entre la historia personal y la Historia, entre la realidad y la leyenda -  plagado de referencias ligadas a la cultura popular, ya sean estas históricas (la primera Guerra Carlista, la colonización de la Patagonia, Perón, etc), musicales (Joy Division, ACDC, Elvis, Manic Strreet Preachers...), cinematográficas (Nicholas Cage, El Golem, Medianoche en el jardín del bien y del mal...) o literarias (Aitken, Boris Vian, Cortázar, Vallejo, Anne Rice, Carpentier...), artísticas, etc. 

Para ello, nos situamos en diferentes cementerios de todo tipo ubicados en Europa y América. No necesariamente han de ser los más famosos o visitados (de esos también hay, obviamente, y sirven de muestra Highgate, Montparnasse o la Recoleta), sino que también encontramos cementerios minúsculos, humildes o semiabandonados que sirven, quizá aún en mayor medida, para hablarnos de nuestra relación con la muerte a lo largo de los tiempos y las culturas, de nuestros mitos, miedos, terrores y fantasías más profundos. En este sentido, cabe destacar la definición que Enriquez hace de los cementerios como libro resumen de todos los tiempos del tiempo.

Todo lo anterior hace de "Alguien camina sobre tu tumba" un libro híbrido que se sitúa, según el lugar y el momento, entre relato intimista, la crónica de viajes, el reportaje, la guía turística o el texto antropológico / sociológico, aunque siempre desde una perspectiva "pop". Lo anterior es debido al entrelazamiento de apuntes autobiográficos, datos históricos, hermosas descripciones de arte funerario, toques de humor negro (no podría ser de otra forma) y leyendas o anécdotas de lo más truculentas y variopintas. Eso sí, sin caer en el morbo por el morbo o en lo tremendista y gratuito, lo que hace de estas crónicas un artefacto literario sumamente entretenido e interesante.

Puestos a destacar algunos de los textos, me quedo con la visita al bellísimo y extraño cementerio de Punta Arenas (Chile), que sirve de base a un repaso de la histórica patagónica y su genocida colonización, con la crónica del surrealista y caótico viaje a la necrópolis de Colón (La Habana) y al concierto que dieron en la ciudad los Manic Street Preachers, con el más tenebroso (y a la vez humorístico) relato de la visita al cementerio de Montparnasse o con el más personal relato situado en el cementerio de la Reja (Moreno, Argentina).

Son solo cuatro (alguno había que escoger), pero de verdad que en "Alguien camina sobre tu tumba" hay mucho y bueno donde elegir. ¡No tengáis miedo!

Otros libros de Mariana Enriquez en ULAD: Bajar es lo peorEste es el marNuestra parte de nocheLa hermana menorLos peligros de fumar en la cama y Las cosas que perdimos en el fuego, Cómo desaparecer completamente

viernes, 12 de marzo de 2021

Henry Miller: Una pesadilla con aire acondicionado

 Idioma original: inglés

Título original: The Air-conditioned Nightmare

Traducción: José Luis Piquero

Año de publicación: 1945

Valoración: Entre recomendable y Está bien


Henry Miller se había ido a Europa, a Paris concretamente, a lo mismo que cientos de artistas de todos los géneros, a vivir en el cogollo del arte, donde todo se gestaba, donde las vanguardias eran siempre bienvenidas, la creatividad se respiraba en cada café, en cada pensión de mala muerte. Pero los tiempos dejaron de ser propicios y la guerra llamaba a las puertas, así que decidió volver a los Estados Unidos para materializar una idea que le llevaba tiempo rondando: un largo viaje por su país natal para explorar su realidad y trasladarla a un libro. Lo hace allá por 1941, todavía antes de Pearl Harbour, y el libro es el resultado del periplo.

Parece indudable que Miller ya inicia la aventura con prejuicios muy sólidos. El hombre llega seguramente tan fascinado por el viejo continente que acaba de dejar,  tan predispuesto a encontrarse algo abominable, que lo larga en el primer y más descriptivo capítulo titulado ¡Buenas noticias! ¡Dios es amor! Son horribles las ciudades (en particular, Nueva York, donde nació) pero también las localidades más pequeñas, es un mundo impersonal, cegado por la ambición y el consumismo, un lugar íntegramente dominado por la vulgaridad: 

“Tenemos un gusto arquitectónico que se acerca al punto de la inexistencia tanto como es posible. En las diez mil millas que he recorrido hasta ahora, he conocido dos ciudades que poseen barrios merecedores de echarles un segundo vistazo: me refiero a Charleston y a Nueva Orleans. El resto de ciudades, pueblos y villas por los que he pasado espero no volver a verlos en toda mi vida"

No solo en el aspecto externo. El puritanismo y la obsesión por las comodidades y las posesiones materiales ha degradado hasta tal punto al norteamericano que todo ha dejado de importar: la educación, el arte, la pobreza, la democracia misma. Es una sociedad enferma que inevitablemente compara con la Europa que acaba de dejar, cargada de historia, de joyas arquitectónicas, de ideales, de explosiva creatividad. 

Sin embargo, este potente arranque del libro, que a veces se coloca como extracto significativo, no agota la narración, porque el viaje continúa y Miller, que parece haberse desahogado suficientemente, recorre el sur del país en un viejo Buick destartalado. El formato hace inevitable el recuerdo de Kerouac, aunque En el camino se escribió unos cuantos años más tarde, y las similitudes no van mucho más allá del carácter itinerante y el entorno geográfico. Olvidándose un tanto de las ciudades y sus aberraciones, Miller se va deteniendo a conocer a diversos personajes, siempre relacionados con las artes o el pensamiento, tipos más o menos extravagantes que suscitan su entusiasmo, como un tal Weeks Hall (que recuerda vagamente al Canterel de Raymond Roussel), el cirujano-pintor Souchon, o el músico Edgar Varèse. Individuos aislados que parecen conservar el espíritu que Miller echa de menos en el alma del país, que de alguna manera trascienden ese mundo materialista del que reniega y conectan con el equipaje mental que trae del viejo mundo. Siempre en el sur, donde el autor parece encontrar restos de las antiguas esencias perdidas desde la victoria del Norte en la guerra, el poso de formas aristocráticas, la vida a un ritmo pausado deleitándose en el detalle, el buen gusto ligeramente decadente, las plantaciones de tabaco y algodón. 

Los encuentros con estos personajes hacen florecer cierto impulso filosófico que muestra a un Miller vital, a veces atronador, siempre sincero y también reflexivo, sensible ante la injusticia (la desigualdad y la pobreza, la segregación de negros e indios, el menosprecio hacia el artista) y con un espíritu irreductible: 

“A los dieciocho años era tan filósofo como lo seré siempre. Un anarquista de corazón, un espíritu no gregario, un independiente y un filibustero. Amistades sólidas, odios sólidos, desprecio de todo lo tibio, de toda componenda.”

Pero también con un profundo sentido de la estética que se expresa con generosidad al contemplar el Gran Cañón del Colorado, al que dedica bellísimas descripciones, aunque no por ello deja pasar la oportunidad de remachar ‘Por qué será que en América las grandes obras de arte son todas obra de la Naturaleza?’ 

Como el libro es sobre todo un híbrido en el que cabe todo, tiene momentos para cosas muy diversas como la narración, con tintes surrealistas, de un sueño a propósito de la ciudad de Mobile (solamente a partir de su toponimia), los desternillantes relatos de sus penalidades en la carretera o de una cena de alto copete en Hollywood, o la versión dramatizada de una hipotética charla entre el interesante acuarelista John Marin y su mentor Alfred Stieglitz. De manera que el Miller cronista deja amplio espacio al escritor deseoso de expresarse libremente en distintas direcciones.

Queda la sensación de que aquel comienzo incendiario del libro pudiera no ser totalmente representativo de las convicciones del autor. Quizá era solo producto del shock por haber dejado la Europa ilustrada en la que creció como escritor y tal vez enfrentarse a algunos de sus fantasmas personales. Porque aunque de entrada nos topemos con algo parecido al dolor por una patria decepcionante (a este lado del charco resonarían ecos de la generación del 98), da la sensación de que poco a poco Miller se va sintiendo menos incómodo y empieza a encontrar argumentos para detestar en menor medida o con menos vehemencia el país al que regresa.

Otras obras de Henry Miller en ULADTrópico de Cáncer


lunes, 27 de mayo de 2019

Enrique Criado: El paraguas balcánico


Idioma original: Castellano
Año de publicación: 2019
Valoración: Está muy bien

Cuando uno se instala como extranjero en un nuevo país debe aprender a sortear desde el primer minuto unas cuantas adversidades, tan ineludibles como inconmensurables y arduas. No es sólo abrir una cuenta en el banco, contratar un proveedor telefónico o conseguir los papeles que a la burocracia local se le antoje, con esa mezcla de esoterismo y disparate que por supuesto impregna siempre todos estos requisitos, en cualquier parte. También hay que zambullirse en un nuevo y desconocido idioma, puede que incluso en un alfabeto, así como en las ignotas dimensiones del lenguaje no verbal y del sentido del humor, propósitos a los que la lógica no puede prestar prácticamente ayuda alguna. Luego van llegando otras decisiones también importantes; cocinar sus alimentos, leer sus autores y oír sus músicos, coger tirria a sus políticos, hacerse forofo de un equipo, de una marca de cerveza y de una emisora de radio, convertirse en cliente de un colmado y de un kiosko y parroquiano de un café o de un bar… A partir de ahí, el transplantado ya puede empezar a sentirse parte de la comunidad 

Para quienes han escogido la diplomacia como actividad con la que proveerse el sustento, estas inmersiones para establecerse en un nuevo destino tienen lugar cada tres años. O así es, al menos, en el caso de Enrique Criado (Madrid, 1981) cuyo paso como representante del Reino de España en Kinshasa, República Democrática del Congo, entre 2009 y 2012 ya deparó un primer libro, Cosas que no caben en una maleta, etapa a la que prosiguió otro trienio en Canberra, Australia, y otro más, hasta 2018, en Sofía, la capital de Bulgaria. A éste se refiere El paraguas balcánico, cuyo propósito es acercarnos de manera ligera y amena una realidad, la de Bulgaria y, por extensión, la de la región de los Balcanes, compleja y enrevesada. No se trata, pues, de un ensayo con pretensión científico/académica –los hay muy apabullantes, como los del profesor de Historia Francisco Veiga-, si no más bien de relatar en primera persona una experiencia personal a la vez que se proporcionan una serie de datos y pinceladas en clave divulgativa sobre los Balcanes, una región a la que -como se recoge en el prólogo- Winston Churchill atribuyó la capacidad de producir más Historia de la que es capaz de digerir.

En el relato se mezclan por tanto, anécdotas y experiencias personales con la descripción subjetiva de una sociedad y un país que, por así decirlo, no está entre las prioridades de los medios de comunicación. En el imaginario del ignorante, uno recrea la rutina de los diplomáticos exhibiendo sonrisa, modales y pajarita en voluptuosas veladas de recepción oficial entre bandejas de bombones y copas de champán pero en este mundo globalizado y prosaico seguramente tengan más de viajantes de comercio intentando colocar su catálogo de gangas o de delegados de agencia de viajes al rescate de connacionales en viaje de bajo coste metidos en algún lío con una cuenta pendiente de pago en tugurios poco recomendables. Pero Enrique Criado debe ser un tipo muy leído, por que sabe enhebrar su relato de escenas y experiencias cotidianas y costumbristas con reflexiones interesantes acerca de la Historia, la política, el Arte o la literatura y tira de ideas y recuerdos sacados de páginas escritas por Claudio Magris, Svetlana Alexievich, Ivo Andric, Mircea Cartarescu, Lawrence Durell, Philip Roth o Ryszard Kapucinski, y recupera las palabras de personajes de nuestra tradición que dejaron sus pasos por aquellos caminos, como Chaves Nogales, García Márquez o Gaziel. 

Una de las tramas más valiosas de este libro, por su carga de emoción y dolor, es quizás la que recurre a la comunidad judía sefardí, descendiente de aquellos que se vieron expulsados de España hace siglos y que han mantenido su idioma y un sentimiento de identidad muy apegado al mismo y a una cierta idealización a un origen del que fueron brutalmente despojados. Una buena parte de aquella diáspora acabó encontrando refugio en estas tierras, al amparo del por entonces poder bizantino. Y cuatro siglos después se les continúa reconociendo como ispanioles, como atestiguó Elías Canetti, originario de la ciudad búlgara de Ruse, quien al recoger el Premio Nobel de Literatura en 1981 rememoró la raíz de su familia en el pueblo conquense de Cañete. El nazismo y las masivas oleadas de emigración hacia Israel han dejado muy mermadas estas comunidades, como las que se establecieron en ciudades como Salónica o Sarajevo, aunque Enrique Criado trata de seguirles la pista viajando incluso a Israel, donde muchos de ellos se establecieron en Jaffa, hoy convertido en un suburbio al sur de Tel Aviv, donde siguen siendo comunes apellidos como Cohen, Romano, Bassat o Danon.

Aunque Bulgaria es la gran protagonista de El paraguas balcánico, y el título tiene mucho que ver con la literatura y con lo que le aconteció en septiembre de 1978 en Londres al escritor Georgi Markov, y se explican algunas de las claves de su imaginario colectivo, como el desprecio por lo turco y el aprecio por lo ruso, o cómo el rey depuesto por el Régimen comunista, Simeón de Sophia-Coburgo y Gotha, acabó como jefe de gobierno de la actual república tras imponerse en unas elecciones democráticas, en el libro también se recogen otros viajes por países limítrofes o cercanos; Grecia, Turquía, Macedonia del Norte, Albania, Montenegro, Serbia, Bosnia y Herzegovina, Moldavia, Ucrania, Armenia, Chipre o Israel. Un libro que funciona muy bien como ventana a la que asomarse y, a quien le pique el alacrán de la curiosidad, como puerta de entrada a asuntos y lugares repletos de interés.

sábado, 4 de mayo de 2019

Ana Capsir: Mil viajes a Ítaca


Idioma original: Castellano
Año de publicación: 2017
Valoración:  Muy recomendable

Mil viajes a Ítaca es un libro de viajes que va mucho más allá de la descripción de lo visto, pues no pretende describir las islas griegas en las que se desembarca –eso lo haría una buena guía- si no que se centra en el viajero, aunque para el caso, más preciso es decir el navegante. Mi sensación como lector es que he compartido un ejercicio vital; la búsqueda de un sentido, de una experiencia única y genuina, del goce de la belleza. Un periplo mágico y entrañable que la autora lleva surcando desde hace años de navegación a vela por las islas y costas de Grecia y que es la manera de vivir y de estar en el mundo que Ana Capsir (Valencia, 1959), bióloga y patrona de Altura de la Marina Mercante, se ha procurado desde que decidió aparcar su trabajo como investigadora científica.

Desde luego, este es un libro azul. Y blanco. Azul con todos los matices, intensidades, brillos y texturas que deparan los cielos y las aguas del Mar Jónico y del Egeo. Y el blanco de la espuma, de la cal, de un ritmo de vida que todavía es una de las identidades de quienes habitan estas rocas rodeadas de mar. Personas humildes, socarronas y tranquilas envueltas en la luz mediterránea, una luz que, nos recuerda la autora, es un estado vital, una conmoción auténtica. Desde luego, no parece mal territorio para quien es capaz de encontrar la gloria en un plato de aceitunas, para sentir que la emoción cabe en el aburrimiento, para quien se deleita con el pesado baile de una mosca o vibra al sentir el mar agitarse. Aunque en cualquier caso, es ineludible la advertencia que se nos hace en el epílogo: “Ítaca no existe si tú no la inventas”.

Navegar a vela es una declaración de principios. Frente a la inmediatez y la velocidad, y también el ruido y la furia de los motores, sentir la fuerza y el rumor del viento y del mar envolviéndote y llevándote, el crujir de los elementos de la embarcación, la parsimonia con la que se deslizan los contornes y los horizontes, equivale casi a un posicionamiento ideológico, a optar por una manera de estar, de sentir y de pensar. Trazar un rumbo, perseguir el viento haciendo bordos, prescindiendo de la línea recta, dudar sobre el destino más apropiado, calcular en horas de sol y luna, entender que apenas eres una minúscula pieza de un Cosmos perfecto si le pides lo razonable y le das lo justo, y que todo es una aventura y que cada momento es irrepetible, que cada entrada a puerto es mágica; a eso me refería cuando hablaba de compartir un ejercicio vital. Porque navegar a vela es, quizás, una de las maneras de vivir más nobles y gratas que a uno se le antojan.

Navegar requiere tanto ciencia como arte y, nos explica Ana Capsir, hasta las maniobras más mecánicas y reiteradas deben resultar elegantes y despojadas de artificio. El Mediterráneo, especialmente sus islas, es sobretodo un ritmo, una medida; con sus equilibrios y proporciones, con sus escalas y armonías. También es uno de los principales escenarios donde la industria del turismo vende a decenas de millones de consumidores cada temporada la necesidad de disfrutar de vacaciones a precio económico, con el consiguiente coste de masificación, banalización, uniformidad, contaminación y destrucción. Una realidad que también se cuela en estas páginas.
 

A día de hoy, una de las grandes recompensas que Grecia todavía ofrece a los viajeros son las tabernas, y Ana Capsir reconoce coleccionarlas. Porque afortunadamente aún sobreviven estos pequeños espacios que son una delicia para quienes necesitan de charla, de roce humano. La autora nos va dando cuenta de sus hallazgos y sintetiza así su espíritu: ”Una taberna no está hecha sólo de comida, aunque también, si no de colores, de flores, de luces, de música, de vistas, de barcas, de gatos y muy importante, de taberneros y taberneras.” Quizás la diferencia entre un buen sitio y uno estupendo esté en sus habitantes. Y por todas estas islas en la que el libro nos hace desembarcar, nos damos de bruces con jubilados, mecánicos, marineros, pastores, hortelanos, vendedores sin mercancía o charlatanes sin oficio. ¿Qué más da? Pues como nos recuerda la autora, ya lo dejó dicho Cervantes en Don Quijote: “¿Acaso es tiempo malgastado el que se emplea en vagar por el mundo? 




jueves, 28 de marzo de 2019

Arthur Koestler: El Ártico desde la ventana de un zepelín

Idioma original: alemán
Título original: publicado dentro del libro Von weissen Nächten und roten Tagen
Año de publicación: 1931, como artículos en el diario Vossische Zeitung de Berlín; 1934, dentro del libro Von weissen Nächten und roten Tagen
Traducción: Francisco Uzcanga Meinecke
Valoración: está muy bien y, desde luego, de los más recomendable para amantes de las expediciones polares y /o los zepelines

Creo que no le estropearé a nadie la lectura de este libro si cuento de qué va, habida cuenta de que el spoiler, de haberlo, se encuentra ya en su propio título: en efecto, lo que cuenta este librito es una exploración del Ártico llevada a cabo desde un zepelín -en concreto el célebre y magnífico Graf Zeppelin LZ 127-, que tuvo lugar en 1931 y que contó entre sus miembros con el no menos célebre, al menos en tiempos posteriores periodista Arthur Koestler, como corresponsal del reputado diario berlinés Vossische Zeitung. La expedición, organizada por la asociación exploradora alemana Aeroartic, constituía un curioso ejemplo de acuerdo que quizá no pudiese darse en ninguna otra época: su principal financiadora era la Unión Soviética, pero también un millonario estadounidense aficionado a los vuelos polares y la Sociedad Filatélica Germana... (de todos modos, la idea original era aún más bizarra, pues fue cosa del magnate de la prensa Hearst, quien pretendía un encuentro en el Polo Norte entre el capitán Eckener, sucesor del conde Zeppelin, que comandaría el dirigible y un nieto de Julio Verne, que viajaría hasta allí en un submarino convenientemente rebautizado como Nautilus). Al final este curioso viaje -tampoco era el primero en este tipo de nave por el Círculo Polar Ártico- no llegaría más allá del paralelo 82 y su carácter sería eminentemente científico, sobre todo en los campos de la cartografía y la metereología, pero también contaría entre sus miembros con cameramen de cine y con el periodista Arthur Koestler, dispuesto a retransmitir a sus lectores las sensaciones y avatares de tan espectacular travesía. Koestler, a partir de sus artículos, recrearía el periplo en algunos capítulos de su libro De noches blancas y días rojos, los cuales ahora ha publicado en español Libros del K.O. como un volumen aparte.

Cabe decir que Koestler da cumplida cuenta de todo el viaje- en realidad, de poco más de una semana-, sobre todo teniendo en cuenta sus a la fuerza limitados conocimientos científicos. pero se defiende bastante bien con vívidas descripciones del paisaje y amenas explanaciones acerca de los progresos de la técnica y, de vez en cuando, sobre las ventajas y logros de la sociedad soviética, pues por entonces este periodista y escritor era un comunista convencido, igual que había sido un sionista entusiasta (luego dejaría de ser tanto una cosa como la otra). Al comienzo de su relato del viaje, de hecho, lanza algunas pullas ideológicas contra el doctor de la expedición, cuya querencia, al parecer iba más por la exaltación del volkgeist, la Heimat y esas cosas...(ya nos entendemos). Koestler, en origen Köstzler, era un húngaro de familia judía alemana.

Estas ironías, no obstante, son bastante inofensivas y hasta ingenuas, teniendo en cuenta el devenir político posterior en la vida de Koestler... De este libro queda sobre todo una imagen amable: un zeppelin sobrevolando en silencio la banquisa, llevando en su seno una variopinta tripulación de alemanes, rusos y norteamericanos, con un judío húngaro como testigo y cronista. Una imagen de un tiempo en apariencia más amable que el actual -enseguida se vería que aquella era sólo una apariencia-, que sugiere una suspensión del tiempo y la vulgaridad del mundo, como en una peli de Wes Anderson.

Para concluir este librito, y enlazando con el final de la crónica de Koestler, que hace unas sarcásticas observaciones sobre la "zepelinomanía" que acometió a la Alemania del periodo de entreguerras, que tomó a estos artefactos como uno de sus símbolos patrióticos -"El cigarro plateado se convirtió para el pequeñoburgués alemán en el cuerno mágico de la saga; lo hechizó para obligarle a elevar los ojos y la nariz hacia el cielo de tal modo que, en su ufana embriaguez, ni veía ni olía lo que pasaba abajo..."-, el traductor al castellano, Francisco Uzcanga Meinecke se extiende en un último y delicioso capítulo titulado justamente Zepelinada sobre la historia de los dirigibles rígidos en Alemania.

Porque  estos chismes serían en gran medida objeto de la propaganda nacionalista alemana e incluso quizás, aunque no fuera culpa suya, símbolos de la época del ascenso nazi al poder y su descenso hacia la locura bélica, lo sé, pero qué queréis que os diga: molan un montón, ¿o no? (aunque reconozco que siento una pizca de remordimiento: quizás debí dejar la reseña de este libro a mi compañero Koldo, que es a quien le pirra esto de expediciones polares y demás... Por otro lado, a mí me encantan los zepelines, así que la cosa está empatada. Y una reseña es una reseña... Lo siento, Koldo, pero #NoMercy!). Como decía uno de los poemas de un concurso convocado para exaltar la figura del conde Ferdinand von Zeppelin: "Cada niño, incluso el más pequeñín/ balbucea ya el nombre de Zeppelin". Pues eso.





Otros títulos de Mr. Koestler reseñados en Un Libro Al Día: El cero y el infinito, Llegada y salida

viernes, 22 de marzo de 2019

Juan Villoro: Palmeras de la brisa rápida

Idioma original: español
Año de publicación: 1989
Valoración: recomendable

Uno de los primeros textos publicados en su notable carrera de escritor, Palmeras de la brisa rápida es una crónica, como su subtítulo indica, del viaje a Yucatán, tierra de su abuela, del escritor mexicano. Una península, dicen, de las más nuevas del planeta, un territorio cálido y seco por el que el escritor se desplaza en un texto poco dado a lo sensacionalista. Es decir, aquí no hay problemas con la delincuencia, no hay sensación de inseguridad, no hay mordidas ni agobio con el papeleo. Es un texto amable, con un aire irónico depositado en todo momento. Hasta cuando Villoro simplemente describe aquello que ve a su alrededor la sensación es ligera, perezosa, para nada una denuncia acre de una situación social, de una injusticia geopolítica, nada de la carnaza estereotipada que otras obras tanto literarias como visuales nos vienen situando acerca del país norteamericano (sí, México es ese otro país norteamericano, junto a Canadá, que siempre es relegado frente al Gigante).

Si bien si hay cierto mensaje que cala como llovizna. Si en una entrevista Villoro dice que "la escritura es una oficina de quejas para los desperfectos del mundo", en esta crónica dividida en grupos de capítulos que a veces son simples párrafos nos sumergimos (tibiamente, sin aspavientos, sin aparatosidad) en ese día a día de otra parte del mundo, un microcosmos que combina encuentros casuales, esbozos de narrativa ligeramente didáctica con una pata en la leyenda y otro en el rigor histórico, Villoro parece indicarnos que cada rincón del planeta reivindica su hábitat de normalidad. Tierra de aztecas y mayas, ahora marcada por la sombra omnipresente y pesada de los EEUU ahí arriba, cuestión que se manifiesta también en la combinación de registros idiomáticos. aquí convive la a veces inasequible habla propia del español mexicano, los vocablos mayas y el spanglish.

También se nos transmite cierta dispersión. El libro está estructurado más como un deambular por lugares y situaciones antes que como un viaje planificado con un itinerario delimitado. Cuestión que puede representar un arma de doble filo. Es una lectura amable que a veces puede resultar algo anodina en esa presentación pausada y errática. A veces me ha desesperado algo ese avanzar lento, esa constante introducción de elementos con poca relación entre sí, pero he de reconocer que su tramo final mejora ostensiblemente y el libro puede considerarse una carta de presentación más que una obra con pretensiones de definitiva.



miércoles, 20 de marzo de 2019

Josep Pla: Un viaje frustrado / Contrabando

Idioma original: catalán
Título original: Un viatge frustrat / Contraban
Traducción: Josep M. Espinàs
Año de publicación: 1927/1954
Valoración: Se deja leer

Ya lo ven, vetusta colección de Salvat de los años 80, que además creo que es una reedición de otra aún más antigua de tapas naranjas, todo un incunable, o casi. Ahí, en librerías de viejo o en rastrillos a un euro acaban muchas obras menores (y no tan menores) de clásicos, mezcladas con textos extraños de autores que nunca llegaron a ser conocidos, narraciones breves de escritores de distintas épocas, vamos, un catálogo de cosas heterogéneas del que a veces está bien rescatar títulos. Entre ellos, esta vez tiramos hacia un autor cuyo nombre sonará a muchos, pero que muy poquitos han leído en las últimas décadas (y me incluyo entre los ignorantes). Josep Pla pasa por ser un tipo importante en las letras catalanas del siglo XX, autor de una obra muy extensa, y quizá marginado por razones políticas y puede que también literarias. Empezando porque por lo visto no apreciaba mucho (ni cultivaba) la ficción, de lo cual es buena muestra este 2x1 separado entre sí por casi treinta años.

Nada de ficción, se supone. Un viaje frustrado es la crónica de un viaje por mar recorriendo la costa catalana desde Calella hasta la frontera francesa. Pla viaja con un tal Hermós en una pequeña embarcación, deteniéndose en sucesivos pueblos, donde tratan con distintos personajes con los que comparten comida (y vino, claro), charla y alguna juerga. A esta gente marinera le encanta describir los detalles de la navegación, el manejo de las velas, los vientos, los accidentes de la costa, los fondeaderos, y para los que no tenemos ni idea del asunto resulta algo agradable, como descubrir una realidad ignorada, ajena, pero también atrayente. Al menos es lo que me ocurre a mí. La singladura y sus etapas constituyen un relato tranquilo, simpático, en el que el autor se esmera por presentar ese mundo natural, un poco primitivo, de la costa catalana volcada hacia el mar, la luz del Mediterráneo, sus colores y aromas.

En ese orden de cosas se mueve también Contrabando, que es de nuevo un recorrido por los mismos o parecidos lugares, esta vez en una incursión con los objetivos mercantiles que proclama el título. El desarrollo es idéntico en lo fundamental, tal vez pasando el pintoresquismo a un plano más secundario, y añadiendo una cierta tensión en la parte final, cuando la expedición se aproxima al punto de recepción de la mercancía. Pla introduce un punto épico, bien dibujado, cuando la operación va a culminarse entre el mistral que azota sin tregua y las complejas maniobras de la navegación. Subrayo lo de bien dibujado porque es indudable que este señor tiene muy buena mano para las descripciones, lo disfruta poniendo atributos a los accidentes geográficos, a la meteorología, la gastronomía o las personas. 

Quizá disfruta demasiado, también es verdad. Ambos viajes son un despliegue ininterrumpido de sensaciones que dicen mucho sobre la capacidad descriptiva del autor, pero que no tienen mucho más contenido detrás. Pla es algo así como un buen paisajista, un pintor con buena técnica para reproducir la realidad, pero en el que se echa de menos algo de creatividad, sí, aunque no se trate de una obra de ficción.

Puede que por eso ocurre algo llamativo: los dos relatos, como decía antes separados por casi treinta años, apenas se diferencian en nada.  Mismo asunto, mismo estilo, idénticos recursos. Si acaso el desenlace tiene un tratamiento algo diferente: en el segundo viaje hay una mayor dosis de emoción, mientras que en el primero, que se pudo resolver mejor a base de ironía, se quedó prácticamente en nada. Se podrá decir, efectivamente, que lo que tenemos delante es un tipo de narrativa descriptiva, que retrata muy bien un entorno y una época que el autor claramente idealiza, y que lo hace muy bien, que el libro está bien escrito. Pero, oiga, libros bien escritos hay muchos y de muchos tipos; pero nos interesan cosas que estén al menos un poco por encima de ese nivel, que aporten más que una prosa más o menos brillante. Y en este caso, me temo que nos quedamos justito en el límite.

Otras obras de Josep Pla en ULAD: Viaje en autobúsLa calle estrecha

jueves, 6 de septiembre de 2018

Nikos Kavvadias: La guardia

Idioma original: Griego
Título original: Βάρδια
Año de publicación: 1954
Traducción: Natividad Gálvez
Valoración: Muy recomendable

Marinero. Poeta. Apenas narrador. La guardía es la única novela que nos dejó Nikos Kavvadías, así como tres relatos breves: Li, De la Guerra y A mi caballo. Como poeta resultó igual de parco, publicando dos libros en vida –Marabú en 1933 y Calima en 1947- y uno más –Través, en 1975- editado de manera póstuma. Su rasgo personal más evidente fue la condición de marino mercante y, en consecuencia, su manera de mirar y de contarlo; “En la ribera veo un marabú muy quieto,/ y mientras él me mira a su vez insistente,/ nos parecemos -creo-: estúpidos y solos”. Marabú, por cierto, le quedó como uno de los apodos con los que fue conocido. Nikos Kavvadías –aunque también transcrito como Kavadias o Cavadias- fue él mismo un personaje solitario, fantasioso y errante. Nacido en 1910 en Usuriisk, al norte de Vladivostok, en la porción de Manchuria dominada por los rusos, se embarcó por vez primera con veinte años y, con el paréntesis de la II Guerra Mundial, no volvió jamás a pasar demasiado tiempo en tierra firme.


La guardia está estructurada en tres partes. La primera lo hace como un diálogo entre un primer oficial y un radiotelegrafista –oficio de Nikos Kavvadías- en el turno de la guardia intermedia, la menos deseada por interrumpir sin remedio el sueño. Ambos se reencuentran dieciocho años después de un incidente con cuchillo de por medio a bordo del Pytheas, un carguero de quinientas toneladas con calderas y máquinas de vapor que navega desde Singapur hacia el Norte. Los turnos de guardia en el puente de mando dan pie a rememorar las vicisitudes compartidas a las que el tiempo ha despojado de rencor para dejarlas en recuerdos de trastadas y fechorías en travesías y puertos: en Beirut o en las islas Aleutianas, en Amberes o en Sydney, en Huelva o en Argel… En sus muelles, sus cabarets y pensiones, o en las cubiertas y camarotes de los barcos que navegaron. Historias de oficiales, mecánicos, peones, estibadores, guardas, prófugos, prostitutas y madames, que parecen haber surgido de un cuadro de Jules Pascin. Personas que se inventan su personaje, que se ocultan tras máscaras para que heridas, fragilidades y traumas no sean demasiada desventaja en la lucha de todos contra todos que los más desvalidos disputan por sobrevivir. Y en la que, cuentan, el propio Kavvadías aportaba el complejo por su escaso tamaño y un físico de esos considerado como poco agradecido. De ahí, quizás, esa querencia por crear personajes fatales y feroces, marineros cosidos a tatuajes, tragos, marihuana, decepciones y traiciones: “A nosotros nos hacen falta los cuerpos celestes cuando se encuentran a determinados grados sobre el horizonte. Lo demás es cosa de los enamorados en los parques.


Por la segunda y la tercera parte de la novela desfilan más personajes de la tripulación y asistimos a nuevos detalles de la vida de los marinos mercantes, navegando hierros flotantes que deberían haber visitado hace tiempo el desguace y que son una actividad más hostil y sacrificada que el de los pasajeros, línea de negocio por la que no cabe si no el mayor de los desprecios. Aquí el relato adopta un tono más intimista y personal (“Escucha. Es como si rompiéramos un juguete para encontrar el resorte”) y son frecuentes las alusiones, fieles o exageradas, a detalles que podrían ser considerados como biografía del autor, en Grecia, en el Índico, por los mares de China; las familias de marineros de la isla jónica de Cefalonia de donde salieron sus progenitores o anécdotas como la de la cucaracha en una barra de pan que su padre se tragó diciendo que era una pasa de su isla para que no menguase su reputación como mercader de confianza, la adolescente que esquivó en Beirut la custodia que le habían confiado... 


Nikos Kavvadías dejó de navegar unos pocos meses antes de fallecer en febrero de 1975 en Atenas: “Yo que deseé tanto que un día me enterraran / en algún mar profundo de las Indias lejanas / tendré una muerte triste y bastante normal / y un funeral de esos como toda la gente”. (Todos los versos aquí citados han sido traducidos por David Hernández de la Fuente). Un busto en su homenaje le recuerda en la orilla de ese mar que fue su vida, en Argostoli, en Cefalonia, junto a Ítaca. Por lo que cuentan, en Grecia sus poemas gozan de bastante popularidad gracias a las versiones de algunos músicos como Thanos Mikroutsikos.

jueves, 31 de mayo de 2018

Almeida Garrett: Viajes por mi tierra

Idioma original: portugués
Título original: Viagens na minha terra
Traducción: Martín López-Vega
Año de publicación: 1846
Valoración: interesante

Me pregunto si alguno de los aquí (virtualmente) presentes conoce a Almeida Garret, un autor fundamental para entender la literatura, la cultura e incluso la política portuguesa del siglo XIX, pero que ha tenido bastante poca fortuna fuera de sus fronteras. Me pregunto incluso si mucha gente que ha estado en Lisboa, y que ha escalado la rua Garrett para llegar a la Brasileira y sacarse la foto con Pessoa, sabrá quién es ese Garrett que da nombre a la calle; o si quienes admiran el Teatro Dona Maria II en la plaza de Rossio sabrán que ese teatro no existiría si no fuera por Almeida Garrett, el gran promotor del rejuvenecimiento del teatro portugués...

Bueno, pues Almeida Garrett (o con su nombre completo, João Baptista da Silva Leitão de Almeida Garrett) fue un hombre del Renacimiento en pleno Romanticismo: revolucionario, escritor, político, diplomático, gestor cultural, periodista o dandy (aunque algo dado a enamorarse de adolescentes), Almeida Garrett jugó un papel esencial a la hora de promover una recuperación del teatro portugués (no solo con la teoría sin con la práctica, fundando y regulando los teatros, recuperando autores clásicos y escribiendo sus propias obras). Fue, además, poeta, autor de ensayos fundamentales como Portugal en la balanza de Europa y también de novelas como El arco de Santa Ana.

Y de estos Viajes por mi tierra que fueron un día lectura obligatoria en las escuelas, aunque ya no lo son (y quizás con buen motivo).

Los Viajes de Almeida Garrett tienen tres modelos citados en el propio texto: Xavier de Mestre y sus Viaje alrededor de mi cuarto; el Quijote y el Tristram Shandy. Con esos moldes, está claro lo que tenía que salir: más una sátira o una parodia que una historia de viajes propiamente dicha. El propio objeto de la obra (un modestísimo viaje desde Lisboa hasta el Ribatejo) ya contrasta con las grandes narraciones de viajes al Oriente, a África o a la Amazonia, por dar solo tres ejemplos clásicos. Y también la forma de contar la historia, en la que en realidad el viaje importa más bien poco, contrasta con el supuesto género de la narrativa de viajes en el que se inscribe.

Porque Almeida Garrett, siguiendo de cerca a Xavier de Mestre (a quien cita desde el epígrafe) viaja más a través de la imaginación, la digresión o el recuerdo, que propiamente con los pies. Así, el texto se convierte en un laberinto o una selva, en la que caben reflexiones sobre Camões, sobre la situación política de Portugal, sobre la política agraria del Marqués de Pombal o sobre el Quijote de Cervantes, y una multitud de guiños y reconvenciones a un lector al que se quiere al mismo tiempo atento y desconfiado, divertido y confuso por las vueltas, retrocesos y paradas que da el texto.

De hecho, quizás siguiendo esta vez a Cervantes, casi toda la segunda mitad de la obra está ocupada por una "novela intercalada": la historia de amor entre Joaninha ("la chica de los ruiseñores") y su primo Carlos, que a su vez le sirve a Almeida Garrett para contraponer el personaje de Frey Dinis (un fraile viejo y conservador) con Carlos (un joven liberal que acabará convertido en barón, o sea, en una nueva forma de fraile). Esta historia de amores, desamores e identidades ocultas tiene su punto entrañable, aunque también su punto desfasado; aunque Almeida Garrett desbarraba contra el romanticismo exaltado, lo cierto es que su sensibilidad era en sí misma romántica.

¿Por qué decía que a lo mejor ha sido bueno sacar Viajes por mi tierra del currículo de lecturas obligatorias en las escuelas? ¿Y por qué le doy un "interesante" y no un "recomendable"? Pues porque este es uno de esos libros que, con el paso de los años, se ha convertido más en un monumento que en una obra de disfrute; cabe leerlo, admirarlo, analizarlo, reírse con ciertas ocurrencias del autor, saltar unas cuantas páginas... pero no ofrece el tipo de placer que puede atrapar a lectores adolescentes, sobre todo porque para entender muchos de sus guiños se exige una cultura literaria bastante amplia. Aunque tenga su gracia y una indudable inteligencia en su estructura, su lectura a ratos se hace lenta y ardua.

En cualquier caso, Garrett merece su reconocimiento y su lugar en la memoria literaria de Portugal, y quizás algo más. No hay muchos individuos que hayan conseguido, ellos (casi) solos, levantar un teatro nacional de sus escombros. Espero que algunos de nuestros lectores, cuando suban por la rua Garrett en dirección a la Brasileira para sacarse una foto con Pessoa, se acuerden de esto, y recen una oración (laica, literaria) por el alma del bueno de Almeida Garrett.


domingo, 13 de mayo de 2018

Henri Michaux: Un bárbaro en Asia

Idioma original: francés
Título original: Un barbare en Asie
Traducción: Jorge Luis Borges
Año de publicación: 1933
Valoración: Muy recomendable (casi casi imprescindible)

Igual todavía está usted a tiempo, porque justamente hoy se clausura en el Guggenheim de Bilbao una exposición sobre la obra gráfica de Henri Michaux. Ha sido una de las muestras que más me ha impresionado de todas las que he visto: los rasgos humanos apenas sugeridos, experimentos caligráficos que navegan entre la abstracción y el pictograma, esos paisajes surgidos de la mente alterada por la droga, todo ello siempre dominado por secuencias obsesivas, repeticiones, variaciones, que sin embargo forman un discurso coherente. Puede que el de Michaux no fuese uno de los que han quedado como grandes nombres de la historia de la pintura, como seguramente le ocurrió en las demás disciplinas artísticas en las que se introdujo. Era, como algunos otros creadores indispensables, un tipo compulsivamente forzado a experimentar, buscar formas de expresión, intentar comprender las claves de la estética.

Escribir no era una prioridad para Michaux, que a veces consideraba la palabra como un corsé, pero aun así es autor de una obra escrita relativamente amplia (muy poco traducido al castellano), y desde luego muy variada: sobre todo poesía, pero también artículos sobre sus experiencias con alucinógenos, trabajos sobre poltergeist (!), estudios sobre ideogramas, y varios libros sobre viajes, como este que tengo el placer de comentar. Esta dispersión dice también mucho sobre el carácter inquieto de Henri, que queda de manifiesto en Un bárbaro en Asia

El periplo asiático debió ser de aúpa, imagínense un viaje de más un año, realizado a principios de los 30, recorriendo la India, China, Japón, Malasia y unas cuantas islas de Indonesia. Pero aunque mantenga la etiqueta correspondiente, hay que olvidarse del ‘libro de viajes’ como normalmente se entiende. En algún sitio he leído el concepto de ‘turista espiritual’, y es justo el que le cuadra a Michaux. Con una prosa construida a base de latigazos, como apuntes sin apenas elaborar, se adentra en el alma de estos países (entonces poco contaminada por la globalización), y se detiene a examinar todo lo que se encuentra: los rostros de la gente y su forma de moverse, las líneas de sus edificios y los peces de sus acuarios, su teatro, sus creencias, su manera de vestir o de dar o pedir limosna. Es una especie de extraordinario cuaderno de campo en el que todo rebosa espontaneidad, una pizca de humor y siempre la mirada penetrante del que quiere interceptar el entorno y la vida que fluye, tal como le llega a sus sentidos. 

El ímpetu de Michaux resulta contagioso, ya se refiera a la sonoridad del sánscrito o a la belleza del Taj Mahal, el único monumento en el que se detiene en todo el libro, y al que dedica una bellísima y emocionante descripción; o su fascinación por la pintura china (otro párrafo memorable), las escalas de su música o ciertas danzas indonesias. Pero nada que ver con el viajero apologeta o, si se prefiere, con el turista bobalicón que alucina con todo lo que ve por el solo hecho de que le resulte exótico. Con la misma intensidad pero de forma igualmente ágil se muestra harto de la suciedad y la ‘fealdad’ (cualidad llamativamente genérica) de la que se siente rodeado en la India, despectivo hacia el derrotismo de sus habitantes o el conformismo chino, o deja ver su desapego hacia casi todo el panteón de divinidades que encuentra a su paso. Sin embargo, tampoco es Michaux el occidental quejoso de no encontrar las comodidades a que está acostumbrado, o acobardado ante gentes y culturas que por diferentes percibe como amenazadoras. Es siempre un observador agudo, desinhibido y a veces implacable, que no deja pasar la ocasión para reflexionar sobre el hombre europeo, que no siempre sale bien parado de las comparaciones.

Ciertamente, el capítulo dedicado a Japón es el menos afortunado, y hasta lo encabeza con un fragmento de poesía que “desearía disculpara mis malas impresiones” sobre el país. Pero es que ya desde el inicio declara la guerra, aunque lo haga con una bella figura:

“Lo que les ha faltado a los japoneses es un gran río. 'La sabiduría acompaña los ríos', dice un proverbio chino".

Más que desmerecer el texto, es el espacio nipón un pequeño bache, que casi parece producto de algún infortunio (¿le recibieron mal al llegar a puerto? ¿le sentó mal la primera comida, y desde ahí ya todo vino atravesado? ¿llovió todo el tiempo?), pero me sirve para ilustrar la potencia de la prosa, en este caso con intención demoledora. De todas formas, a la escala japonesa dedica más bien pocas páginas, y enseguida, cuando el autor contacta con los malayos (‘muchos recuerdan a los vascos’, dice el tío, nada menos), recuperamos el equilibrio y la brillantez con deliciosos comentarios sobre la forma de los tejados, o un sublime y detalladísimo examen del teatro balinés que habrá encandilado a Artaud, si es que llegó a conocerlo.

Hay desde luego autores mejor dotados para la narración, más brillantes o más ordenados, puede que hasta más seductores para el lector que busca noticias de aquellos mundos entonces casi desconocidos. Pero no me cabe ninguna duda de que para un viaje así nadie podría haber escrito un libro mejor.

lunes, 7 de mayo de 2018

Patrick Fermor Leigh: El tiempo de los regalos


Idioma original: Inglés
Título original: A time of gifts. On foot to Constantinople: from the Hook of Holland to the Middle Danubio.
Año de publicación: 1977
Traducción: Jordi Fibla Feito
Valoración: Muy recomendable



En la tarde del 9 de diciembre de 1933 en un muelle del Támesis en Londres, Patrick Leigh Fermor embarca en un pequeño carguero holandés rumbo a Róterdam. Diluvia implacablemente y él tiene dieciocho años. En la mochila carga dos libros, uno de Horacio, en el que su madre le ha anotado un verso de Petronio: ”Abandona tu hogar, y busca costas extranjeras, oh joven: para ti nacerá un estado más grande de las cosas”. Su intención es cruzar Europa a pie, caminar hasta Estambul. Desde luego cumplió el objetivo. Cuarenta años más tarde tiró de memoria y de algunas notas del viaje que había conservado para dar forma a este relato, que va desde Londres hasta Hungría, al que seguirían Entre los bosques y el agua (1986) y El último tramo (editado póstumamente en 2014). 

Las páginas que Patrick Leigh Fermor nos ha dejado son una prodigiosa descripción de situaciones, lugares y personas, así como de un tiempo a punto de desaparecer, en una Europa de nuevo decidida a autodestruirse henchida de fanatismo y de nacionalismo. Pero también son páginas de las que emana esa capacidad con la que el autor va depositando su mirada e interés; por la curiosidad, la sencillez, la perspicacia y la agudeza con la que observa, pregunta, se relaciona con los demás y con las que hace funcionar su pensamiento. Patrick Leigh Fermor visita iglesias, museos, edificios, bibliotecas, aristocráticos palacios y salones burgueses pero también alberges, mercados, tabernas, comisarías de policía, establos y tugurios. Y desde luego, ni las personas ni los pueblos ni los países se observan por igual desde la ventanilla de un automóvil o del ferrocarril que desde un carro tirado por bueyes o desde la cuneta de un polvoriento sendero de tierra. Por cierto. Lo del avión, el crucero o la escapada low cost nos da la justa medida de nuestro tiempo. Y ya puestos: ¿De ciudades como las nuestras se podría hoy salir a pie?

La mirada y el punto de vista que nos ofrece el narrador no tiene nada que ver con la de quien argumenta para mostrar autoridad de criterio, acumulación de conocimientos o afán de admiración para su posición o prestigio, como exhiben a menudo escritores o académicos al practicar este género. Si bien El tiempo de los regalos no está escrito por el adolescente que se reclama estudiante sin colegio si no por el adulto que devino cuarenta años después, sí que el relato está elaborado con la emoción, la vivacidad y el entusiasmo de quien descubre, siente y degusta por primera vez. Pese a lo precoz de su biografía y a hacer del viaje una actitud de vida, Patrick Leigh Fermor (Londres, 1915-2011) fue un escritor parco, de obra escasa y texto depurado, de quien dicen que podía gastar jornadas enteras dudando acerca del adjetivo idóneo. Desde luego su vida estuvo llena de vicisitudes y aventuras, como sus andanzas por las montañas de Creta en la II Guerra Mundial con los guerrilleros que secuestraron en 1944 al comandante nazi de la isla, el general Heinrich Kreipe, episodio en el que se basó la película de 1957 Ill meet by moonlight (aquí traducida como Emboscada en la medianoche), en la que un desafortunado Dirk Bogarde trató de encarnarle.

La caminata de Patrick Leigh Fermor por Europa buscó en los ríos Rin y Danubio los ejes de referencia y en la actitud de ofrecer techo y plato a quien se aparecía por el camino el contexto donde hacerse factible. De acuerdo que un imberbe adolescente de buenos modales y con pasaporte británico desactivaba muchos prejuicios y hostilidades, aunque eso no le impidió ser detenido por la policía húngara al ser confundido  con un contrabandista de sacarinas (!) sí le ayudó en cambio a cruzar la Alemania nazi apenas sin contratiempos. Es la lectura de estas páginas una hermosa caminata, que deja una extraña sensación, como los versos de Louis MacNeice que las encabezan: “Ya ha pasado el tiempo de los regalos…/ oh, muchachos que crecen, oh, nieve que se funde,/ oh, desengaño que taparán los años…/ He aquí la insulsa tierra sobre la que edificar.”