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sábado, 30 de agosto de 2025

Aristófanes: Las aves

Idioma original: griego clásico

Título originalὌρνιθες (Ornithes) 

Año de publicación (representación): 414 a.C.

Valoración: Se deja leer 


Creo que alguna vez he llegado a decir aquí que leer a los clásicos griegos no es en absoluto tan intimidante como la gente cree. De hecho, aunque algunos textos resulten a veces no muy digeribles, hay otros, en mi opinión la mayoría y sobre todo los de los grandes dramaturgos, llenos de vivacidad, relatos épicos, tragedias brutales, historias eternas y a veces cuajadas de humor, que pueden leerse sin la menor dificultad y resultan muy gratificantes. Esto es así muchas veces, pero llegados a este punto hay que reconocer que no siempre.

Aristófanes, autor sobre todo de comedias, propone en Las aves una cosa bastante loca: un par de personajes, Pistetero y Evélpides, consiguen entrar en contacto con Tereo, un rey que de alguna manera fue transformado en una abubilla y en su nueva condición parece que ejerce cierto ascendiente sobre el mundo de las aves. Los recién llegados huyen de Atenas, donde es posible que estuviesen envueltos en algún pleito, e intentan convencer a la abubilla para que las aves creen una ciudad en los cielos desde la cual gobiernen el mundo, desbancando a los dioses del Olimpo. Todo esto, claro está, entre un despliegue de retórica disparatada, disfraces y algunas situaciones más o menos cómicas.

Tras haber logrado estos individuos en parte su objetivo, se desarrollan las escenas más divertidas cuando una serie de personajes van apareciendo en escena intentando apuntarse a lo que consideran el nuevo poder emergente. Poetas, negociantes y matemáticos se arriman a lo que consideran caballo ganador, siendo despachados sin contemplaciones por los nuevos dirigentes. También se aproximarán varios dioses con intención de conocer la situación, e incluso de negociar. El nuevo orden, aunque todavía embrionario, tiene un buen número de personajes arrodillados para hacerse hueco, una estampa que igual nos es un poco familiar en los tiempos actuales.

La cosa es tan chusca que por momentos se siente uno sumergido en el ambiente de algunas obras teatrales deudoras del surrealismo o de la literatura del absurdo, de manera que si estuviéramos leyendo algo del siglo XX nos pondríamos quizá a buscarle significados, mensajes encriptados o estereotipos bajo el disfraz. En ese intento de análisis de fondo, seguramente el texto podría darnos claves interesantes en manos de algún entendido en la época: el reflejo del conservadurismo de Aristófanes, la crítica a la recientemente nacida democracia ateniense, ecos de la geopolítica del momento, cosas así que he podido ver por ahí y que sin duda aportarían datos para una lectura más rica.

Por mi parte, a lo sumo se me ocurre que eso de abogar por una ciudad edificada en el cielo y un mundo gobernado por las aves puede tener algo de metafórico, un punto de idealismo lanzado por quien reniega de alguna situación política o social, y un mensaje que se quiere hacer llegar, envuelto en el humor, a los espectadores que por su parte solo esperan reírse y pasar un buen rato. Pero, claro, todo esto leído a pelo veinticinco siglos después no funciona nada bien, a diferencia de esos otros autores a los que me refería al principio, clásicos, estos sí, en el más profundo sentido de quienes hablan sobre cosas más allá del momento y el lugar, que tocan al ser humano con carácter universal e intemporal. 

Por lo demás, digamos que el librito por sí mismo puede resultar a lo sumo entretenido y hasta provocarnos alguna sonrisa, nada mucho más allá, pero a fin de cuentas es otro título que llevarnos a la mochila, porque en definitiva en materia de lecturas (casi) todo suma.

Otras obras de Aristófanes reseñadas en ULADLisístrataPluto


martes, 26 de septiembre de 2023

Esquilo: La Orestíada

Idioma original: griego antiguo
Título original: Ορέστεια 
Traducción: Fernando Segundo Brieva
Año de publicación: 459 a. C.
Valoración: Recomendable (o no)

La sensación que uno siente ante una obra escrita hace 2500 años (¿2500 años? ¡2500 años!) es de un profundo respeto y, cómo no, distanciamiento. ¿Qué nos puede unir a dos humanos tan separados, autor y lector, por un abismo de tiempo – y distancia – difícilmente mesurable?

Analistas mucho más preparados y capaces que yo han estudiado la obra de Esquilo y – gracias desde aquí a todos ellos – la han traducido, editado, masticado, digerido y casi regurgitado para gozo y placer de todos nosotros, legos en la materia, pero curiosos y atrevidos lectores. Será este el perfil de mi reseña: cómo un lector actual y casual, más o menos omnívoro y obsesivo, puede disfrutar de una obra como esta;  no es mi intención abarcar más allá, no dispongo de tales capacidades.

Pues bien, lo primero que debo decir es que en mi bonita edición de las tragedias completas se nos informa de que La Orestíada es la obra que nos ha llegado más completa a nuestros días: en un principio, al parecer formada por cuatro partes diferenciadas (Agamenón, Las coéforas, Las euménides y Proteo, esta última perdida en el tiempo) y, esto es importante, autoconclusivas. Es esta la razón por la que me he limitado a reseñar La Orestíada y no las tragedias en conjunto; si ya es complicado dirimir aquí algo tan fundamental en la narrativa de nuestros días como introducción, nudo y desenlace, no digamos cuando faltan partes íntegras de la trilogía.

Historias que tratan de celos, venganza, asesinatos, dramas interfamiliares, dioses presentes y falibles como humanos, justicia conceptuada de una forma que hoy en día nos puede chocar, y redención (redención precristiana, entendida a la manera de los clásicos), no es sin embargo una lectura fácil ni ágil; para algo más ligero me permito recomendarles las comedias de Plauto o Aristófanes. En este tipo de lectura deberemos acostumbrarnos a interminables soliloquios, monólogos repletos de referencias mitológicas y geográficas (indispensable hacerse con una buena edición repletita de apuntes a pie de página), y, concretamente, a la participación protagonista del coro y a sus tremendas divagaciones.

La acción transcurrirá en su absoluta totalidad fuera del escenario, y habitualmente nos enteraremos de los hechos acaecidos a través de algún mensajero o heraldo que nos irá informando de las novedades.

En un esquema repetitivo, los personajes suelen ser protagonista y antagonista, coro y corifeo, y el anteriormente mencionado mensajero, que será el que dé inicio propiamente a la trama introduciendo la información necesaria. Tradicionalmente, el héroe impondrá su voluntad con la fuerza de los dioses y el coro acabará cantando sus alabanzas.

Bien, pues, ¿cómo enfrontarnos a la valoración? ¿es esta una lectura que valga la pena para alguien sin pretensiones, con afán de pasar un rato agradable de lectura? 

Me temo que no. Sin lugar a dudas, es una obra maestra de la literatura y ejemplo de las cotas más altas que pudo alcanzar la humanidad en un pasado ya remoto (y muchísimas cosas más que no voy a listar aquí) pero no lo puedo recomendar sin más para cualquiera.

Aquellos cuya curiosidad lectora sea grande acabarán por leerlo igual; quedan avisados de que no será entretenido. Aquellos otros que solo buscan un rato agradable de lectura harán bien en buscar algo más actual y con lo que puedan sentirse más identificados o empatizar mejor.

Para finalizar, las obras de Esquilo nos hablan de un mundo pasado ya desaparecido y no es buena idea adentrarse en esas espesuras sin guías; una vez más, si uno se va a atrever con estas lecturas, recomiendo encarecidamente una buena edición anotada. Sin ella correremos el riesgo de no enterarnos de absolutamente nada.


También de Esquilo en ULAD: Prometeo  encadenado

domingo, 25 de junio de 2023

Antonis Samarakis: El fallo

Idioma original: Griego
Título original: Το λάθος
Año de publicación: 1965
Traducción: Margarita Ramírez-Montesinos / Rufino Cuesta Moreno
Valoración: Entre recomendable y está bien

En un país imaginario cuyo nombre no llegamos a saber, un hombre es detenido por la Brigada Especial, una especie de policía secreta. La razón: mientras toma un café, un activista contrario al Régimen le ha pisado el pie, lo cual ha desencadenado un breve intercambio de palabras entre ambos.

Este es el inicio de El fallo. A partir de aquí, la novela del griego Antonis Samarakis juega constantemente con las expectativas del lector (e incluso de sus propios personajes): ¿es el detenido verdaderamente culpable o un mero «ciudadano pacífico»? ¿Tuvo su conversación algún significado oculto? ¿Qué quiso expresar cuando dibujó dos círculos en una servilleta? 

El fallo se encasilla en el suspense, pues Samarakis desvela la información poco a poco: ahora entrega un giro de tuerca que cambia el contexto de las cosas, luego desordena cronológicamente los eventos para añadir datos importantes, a continuación juega con la primera y tercera persona para hacer que el narrador de turno dé más o menos explicaciones, seguidamente inicia un capítulo con un párrafo que nos pone en alerta para sólo al cabo de un rato tranquilizarnos. Es gracias al control del autor que hasta terminar la historia no sabemos todos los detalles de la misma, y mucho menos las implicaciones de dichos detalles.

También podríamos englobar a El fallo dentro de la literatura con crítica política. Y es que Samarakis denuncia a los gobiernos totalitarios y represivos. Para muestra, un botón: asegura que para gobiernos así «Solo hay dos tipos de personas: las que están con el Régimen y las que no están con el Régimen. Para ser un enemigo del Régimen no es necesario haber actuado contra el Régimen. ¡Basta con no estar con el Régimen, con no haber dado pruebas manifiestas de adhesión al Régimen!» (página 54) Más adelante sigue desarrollando esta idea: «Si no tienes pruebas de haber participado de modo activo en pro del Régimen, el simple hecho de ser un ciudadano pacífico no solo carece de relevancia, sino que es incluso un argumento que se vuelve en tu contra.» (página 60)

Los funcionarios del Estado que siguen órdenes ciegamente en esa clase de regímenes tampoco se libran de los comentarios de Samarakis, quien afirma que «el primer requisito de un agente del Servicio Especial, es que ponga todo su afán, todo su celo, en conocer cuanto ocurre fuera del Servicio, del mismo modo que jamás debe sentir la más mínima curiosidad por lo que ocurre dentro.» (página 45) Otro apunte acertadísimo ligado con el anterior: «para el Servicio Especial y cuantos están a sus órdenes, solo tiene validez una filosofía muy peculiar, según la cual los hombres no se dividen en buenos y malos, honrados y no honrados, ni en tantas otras clasificaciones inútiles (…). Para un inspector del Servicio Especial (…) o se está con el Régimen o no se está con el Régimen. (…) El secreto, la llave del éxito y de la paz interior, no solo para el Régimen, sino para el individuo, consiste en simplificar cosas.» (página 61)

Por cierto, el estilo empleado por Samarakis en El fallo recuerda sobremanera al de Kurt Vonnegut: personajes con alguna pequeña excentricidad, diálogos cargados de ingenio, prosa sencilla y ágil, información desordenada y uso de modismos (felicidades a los traductores, por introducirlos sin que la obra pierda la identidad original).

De El fallo valoro especialmente que sea una crítica política alejada de fórmulas todavía efectivas pero ya muy gastadas. En vez de mostrar la brutalidad del Régimen mediante un interrogatorio convencional (eufemismo de sesión de tortura), Samarakis opta por una situación mucho más rocambolesca; en vez de mostrar la alineación de los agentes a través de villanos unidimensionales, traza a un par de antagonistas tirando a anodinos.  

Le encuentro otras virtudes a El fallo. Por ejemplo, que sus personajes, aún rozando la caricatura, nunca se sientan como tal. O que su mensaje político, pese a bordear peligrosamente lo panfletario, logre trascender el maniqueísmo barato para focalizarse en el humanismo innegociable. O que aborde la tragedia casi siempre desde el prisma del absurdo y el humor, y la exprese a través de una prosa desenfadada y ligera. Todo esto resta solemnidad (que no seriedad) al conjunto.   

Por otro lado, admito que El fallo se me ha hecho un pelín larga. Aun así, no puedo decir que le sobren páginas. Y es que su acción pausada, sus diálogos cotidianos, ciertas repeticiones o relatar la misma escena desde diversas perspectivas son requisitos indispensables para que Samarakis provoque el efecto deseado. 

Resumiendo: El fallo es una novela reivindicable, pues entrega un mensaje humanista, hace alarde de una sensibilidad muy interesante y toma caminos poco trillados. Quizá pueda hacerse algo larga e incluso hay quien pensará que durante varios pasajes no cuenta nada, pero si uno se deja llevar por la propuesta de Samarakis, se sentirá conmovido por sus reflexiones, su manera de transmitirlas y su final.

sábado, 24 de diciembre de 2022

Colaboración: Pluto, de Aristófanes

Idioma original: griego antiguo
Título original: Πλοῦτος
Traducción: Luis M. Macía Aparicio
Año de publicación: 380 a. C.
Valoración: Recomendable

Está claro, no es la última novedad editorial en salir al mercado, pero es lo bueno de los tiempos modernos: podemos recuperar y acceder a todo aquello que la erosión y los vaivenes de la historia no se han llevado consigo. Quedaría por saber si solo lo bueno es lo que permanece o también hay otros productos literarios de menor calidad que, por la razón que sea, han conseguido superar el paso de los años y llegar a nuestros días.

Y es que no podía estar más avisado: ya desde el prólogo nos avisa el traductor de que no es esta una de las mejores obras de Aristófanes; que sus mejores años han pasado ya y que no hay aquí nada que refleje la brillantez del genio de antaño. Opinión esta secundada por la mayoría de la crítica, por lo que he podido leer rápidamente en diagonal en diversos volúmenes sobre literatura griega. Al parecer es un punto común entre distintos especialistas.

Bueno, pues, ¿quién soy yo para rebatir algo como esto? Ni muchísimo menos lo pretendo, pero déjenme al menos admitir que a mí me ha gustado; reconozco que me ha dolido en el amor propio que chistes que me han hecho reír a día de hoy ya habían sido calificados en su momento como antiguos (hace más de 2000 años...), pero bueno, qué se le va a hacer. Cada uno es como es y tiene los gustos que tiene. Y entre los míos encaja sin duda esta divertídisima obra de teatro, moralizante y con mensaje, pero el cual aún no tengo claro. 

Desde luego, alguien a quién se consideraría una persona buena y honesta en estos días (¿existe?) no es la misma que en aquella época, en aquellos parajes. Hay unas diferencias muy claras entre ambas mentalidades y eso nos lleva a dudar en ocasiones de si uno es “bueno” o “malo”, de si un acto es egoísta y debe ser castigado o si simplemente ese comportamiento es algo natural y que debe ser visto con normalidad; han pasado muchos años desde la época de Aristófanes y muchas cosas han cambiado. Personalmente soy de los que piensan que no se debe juzgar el pasado con los ojos del presente y que para entenderlo mejor se debe contextualizar, pero ese es un debate demasiado grande y abierto como para plantearlo aquí.

Sin embargo, hay cosas que nunca cambiarán y que nos demuestran que seguimos siendo los mismos de siempre: El argumento consiste, brevemente, en un hombre que va a a pedir guía en un templo para saber cómo le podría ir bien a su hijo en la vida: siguiendo un camino recto y honesto o comportándose como un sinvergüenza sin escrúpulos, que es lo que ha visto, revisto y comprobado el bueno de Crémilo (que es así como se llama nuestro hombre) a lo largo de toda su vida. Diversas personificaciones de dioses, entidades mitológicas y demás personajes salen a la palestra para, entre otras cosas, darnos una explicación sorprendentemente moderna sobre la inflación (¡!), con un final un tanto abrupto y que deja algunos cabos sueltos.

A pesar de todo, como he dicho antes, me ha gustado y he disfrutado mucho leyéndola. Como obra de teatro se lee en dos patadas y el lenguaje moderno/actual por parte del traductor (tío, chavala, jodidos...) la hace muy ligera y fácilmente comprensible; desde luego, si esta es de las peores obras de Aristófanes, sin duda voy a intentar hacerme con el resto de su catálogo y poder juzgar por mí mismo.

Recomiendo, eso sí, una buena edición con apuntes y notas aclaratorias que nos guíen por aquellos comentarios y referencias más confusas de los antiguos griegos, o correremos el riesgo de enterarnos de la mitad.

Firmado: EPS


Otras obras de Aristófanes en ULAD: Lisístrata

lunes, 28 de febrero de 2022

Ilustres olvidados #1 La Ilíada, de Homero

Resulta que mañana, 1 de marzo, este blog cumple exactamente trece años. Muchos, eh? Muchas reseñas de muchos libros han pasado por aquí, desde luego. Pero somos gente seria, austera, infatigable, y no nos permitimos celebrar con festejos esta entrada en la adolescencia. Al contrario, nos mortificamos con lo que después de esas cuatro mil no sé cuantas reseñas todavía no está en ULAD, las ausencias inexplicables, los Ilustres olvidados.

Serán autores a los que injustamente nunca les dimos un hueco (a algunos ya los rescatamos hace algún tiempo pero faltan más), libros esenciales que pasamos por alto, vacíos todos que nos impiden conciliar el sueño. En unas cuantas entradas durante esta semana repararemos algunos de esos agujeros. Nos quedarán más, pero con el tiempo iremos a por ellos.


Idioma original: griego antiguo

Título original: Iliás (λιάς)

Traducción: Vicente López Soto

Año de publicación: siglo VIII a.C. o por ahí

Valoración: Bastante recomendable


Si hablamos de libros ilustres que todavía no habían llegado a ULAD, el bueno de Homero es un nombre que no puede faltar. En general no estamos haciendo mucho caso a los clásicos griegos (una pena, algo que iremos solucionando) pero dejar fuera al viejo poeta no tiene perdón. ¿Quién nos hubiera contado mejor las aventuras de Ulises (Odiseo) surcando el Mediterráneo acosado por todo tipo de monstruos? ¿Qué hubiera escrito Joyce sin esa inspiración? (bueno, seguro que hubiera encontrado otro filón vaya usted a saber dónde) ¿Dónde hubiéramos encontrado un mejor relato de la cólera de Aquiles y su (casi) irrevocable enfado con Agamenón? Pues bien, tomemos esto último para empezar a hablar de La Ilíada.

Por lo visto, no está claro cuánto tiene la guerra de Troya de realidad o de leyenda. El caso es que muchas fuentes anteriores a Homero mencionan cosas fragmentarias sobre este terrible conflicto, del que se dice que se prolongó durante diez años. Pero si usted espera que La Ilíada nos cuente su desarrollo y pormenores, incluidos el numerito del caballo y el del talón de Aquiles, lo tiene crudo. Lo que hace Homero a lo largo de sus quince mil y pico versos distribuidos en veinticuatro cantos es relatar una pequeña parte de esa guerra, a decir de los expertos una fase de unas cuantas semanas localizada en el último año de combates. Aun así, el libro nos informa de muchas cuestiones fundamentales en relación con los diferentes (y muy numerosos) protagonistas del choque.

Se dice que el origen de la guerra fue el rapto de la griega Helena (lo de rapto es algo bastante dudoso) por Paris, uno de los muchos hijos del rey de Troya. Por intercesión de los dioses (ya hablaremos luego de esto) el rey Agamenón reúne un ejército para recuperar a la bella Helena y de paso destruir a los odiados troyanos. La coalición es muy potente, pero le falta la pieza clave: el gran Aquiles, hijo del rey Peleo y la diosa Tetis, está enfurruñado con Agamenón porque le ha birlado a una esclava que Aquiles obtuvo de un saqueo, y por lo visto estimaba mucho. El héroe se desplaza con los demás a Troya pero se queda en su tienda rumiando su enfado, mientras los demás griegos se batían el cobre frente a las murallas de la ciudad. Las fuerzas troyanas las capitanea otro tipo de cuidado, el divino Héctor, cuya fuerza y valor hace que la balanza se incline poco a poco del lado de los sitiados, en principio menos poderosos.

Todo esto lo cuenta Homero en sus versos, afortunadamente trasmutados para nosotros en una prosa fluida y muy asequible, con algunas peculiaridades, parte de ellas compartidas con otros clásicos de la época y la región. Una muy señalada es la propensión a los largos parlamentos, muchos de ellos colocados en los momentos más inoportunos, ya saben, cuando uno de los combatientes va a acometer a su oponente, larga un discurso resonante, que puede ser reivindicativo, amenazante o protocolario, incluso teñido de un negro sarcasmo frente al oponente muerto, que también. La cosa recuerda, si se me permite la frivolidad, a esos animes japoneses donde, entre puñetazo y puñetazo, se intercalan peroratas y reflexiones eternas. Pero en el caso de Homero todo está al servicio de la épica de la lucha y la exaltación de los combatientes. Son tipos aguerridos, valerosos y casi sobrehumanos. Aunque también se nos dejan ver sus debilidades, lo que es un signo importante que distingue al autor. Todos los héroes dejan en algún momento al descubierto flaquezas propias de cualquier persona: el rebote, un poco infantil, de Aquiles, cierta tendencia al derrotismo y la huida cuando las cosas se ponen feas, dudas en momentos decisivos. Los caudillos de uno y otro lado, pese a su carácter titánico, no escapan a su naturaleza humana, aunque sea momentáneamente.

El autor se muestra equidistante entre ambos bandos, no está contando un hecho histórico que se preste a tomar posición, quiere relatar la inmensa epopeya de hombres que son casi dioses y que pelean, más que por una patria o por un objetivo determinado, por el honor de la victoria… y de paso por las posibles recompensas (riquezas, mujeres, esclavos). Solo en la última fase Homero parece escorarse del lado de los aqueos, seguramente porque la muerte de Patroclo por Héctor (el hecho determinante del desenlace) no le parece del todo honorable. Por lo demás, llama la atención alguna digresión que, aunque quizá no para el autor, tiene tintes cómicos, como una larga discusión sobre si es preferible desayunar o no justo antes de iniciar la batalla decisiva.

Se puede hablar sobre otros muchos aspectos. Quizá el más sobresaliente es el papel de los dioses en todo este desaguisado. Allá arriba, en el Olimpo, un buen puñado de dioses, encabezados por Zeus, dejan ver innumerables rencillas que les llevan a engañarse unos a otros, buscando cada uno su interés o sus deseos de venganza, porque se dirían más humanos que los que luchan a ras de tierra. Unos y otros (Atenea, Apolo, Poseidón y una larga nómina) maniobran buscando la victoria del bando que les conviene, sin dudar a la hora de mezclarse en la guerra disfrazados, asesorando o alentando a los soldados, o directamente atacando a quien se tercie. Así, la guerra viene a ser una especie de juego de rol, y los imponentes héroes meros peones movidos a discreción por las deidades.

Pero no me extiendo más. Puede que la lectura se nos haga algo larga, y sobre todo que nos cueste un poco asumir un ritmo y unas líneas argumentales que en algunos momentos resultan extrañas a la literatura bélica actual. Pero es también un libro que deja un poso importante, algo que se debe conocer. Un Imprescindible para el amante de la literatura, un Recomendable para aquellos a quienes simplemente les gusta leer.


Algunas versiones, o libros relacionados, sobre los que hemos hablado en ULADEl manga, El asedio de Troya

viernes, 28 de agosto de 2020

Theodor Kallifatides: El asedio de Troya


Idioma original: sueco
Título original: Slaget om Troja
Año de publicación: 2018
Valoración: Está bien



No es fácil desarraigarse. Por muy importantes que sean los motivos que obligan a abandonar el lugar de origen, los testimonios indican que el trauma no se resuelve nunca, queda un poso de tristeza, tendencia a la soledad, inadaptación o cualquier otra clase de herida. Me dirán que algunos no sienten esa nostalgia, y es que la clave está en la palabra obligación. Hay quien necesita cambiar de aires, en ese caso lo doloroso sería no moverse del sitio.
Hace poco que supe de este escritor y fue gracias al volumen de memorias titulado Otra vida por vivir. Un texto singular una especie de testamento vital y literario donde el autor hace recuento ante sí mismo y sus lectores de su trayectoria e inquietudes presentes y pasadas. En el mismo sentido habría que entender El asedio de Troya, la novela –si es que puede llamarse así– de un escritor nacido en Grecia, que vive y escribe en Suecia desde hace muchos años, que adoptó el sueco como idioma literario y sigue usando ese vehículo para resucitar los mitos ancestrales de su país de origen. Dos países, idiomas y culturas tan lejanos como es posible, que el autor relaciona, opone y compara. Esa (amable) confrontación entre culturas, difícil de calibrar desde fuera, constituye una de sus señas de identidad, a través de ella, Kallifatides expresa las paradojas de su vida, el eterno rescoldo que mantiene durante las décadas que vivió inmerso en una realidad muy diferente. Ese es uno de los aspectos destacables de El asedio de Troya, que presenta/interpreta/enaltece a Grecia ante los suecos en sueco y desde Suecia. Yo lo veo como autoafirmación, incluso como confidencia en voz alta: “Sabed que yo todo el tiempo he sido este”. Algo así, no sé si me explico.
Queda el otro aspecto fundamental. El asunto (contenido, tópico) que elige el escritor para su particular epifanía es algo tan recurrente en la historia universal como la guerra. Y, a través de ella, la paz. Podríamos hablar entonces de un alegato antibélico, que –siento reconocerlo– resulta algo fallido, pues tanta violencia y dolor puede producir rechazo o todo lo contrario: afición por las escenas macabras. Mientras leía me planteé si un relato tan sencillo, directo y poco sutil podía servir de artefacto didáctico. Pero el mensaje es ambiguo para los muy jóvenes y su desarrollo excesivamente plano para mentes más adultas.
El argumento se desarrolla en dos planos muy alejados en el tiempo: la guerra de Troya, tal como la narró Homero en su Ilíada y un momento muy concreto de la Segunda Guerra Mundial cuyo escenario es un pueblo de Grecia. Estos episodios tienen una extensión mucho más reducida y constituyen la porción novelada del texto. Lo demás no es más que un resumen, más o menos detallado, de esa gran epopeya, donde se echa en falta el lenguaje, la grandeza, la épica, descripciones, momentos dramáticos del original. Pienso yo que, antes de que alguien nos cuente lo que dijo Homero, mejor leemos a Homero. De acuerdo que el autor necesitaba expresarse después de tantos años y que muchos que jamás se acercarían a La Ilíada estarán dispuestos a leer este libro, pero ¡cómo lo diría! En mi opinión sabe a poco, y no una sino dos veces.
Sabe a poco porque las incidencias y escaramuzas de la guerra de Troya nos quedan ya muy lejos, y la guerra sigue y sigue, y los episodios se suceden, y se nos muestran una y otra vez las decisiones de Hector, Paris, Ulises, Aquíles, Menelao y los sentimientos que los guían. Pero de forma paralela palpita el otro relato, el que nos interesa de verdad, y avanzamos en la historia remota con la esperanza de saber más de esa villa griega, de esos vecinos sometidos por un destacamento alemán, de una guerra europea que agoniza, de esa historia de amores cruzados, de las primeras experiencias juveniles.
Día tras día, la profesora va narrando lo que sucedió a griegos y troyanos. Pero las bombas caen, todos tienen que correr al refugio, los invasores maquinan detrás del telón, las miradas se cruzan, y de todo ello no vemos más que el desenlace: los últimos coletazos del terror. Todo sucede fuera de nuestra vista mientras estábamos distraídos escuchando a Homero, pero a quien oímos no es a él sino un eco de sus palabras. Por fin, se produce el vuelco que esperábamos –porque, a grandes rasgos, este otro argumento también nos lo sabíamos– la suerte cambia de manos pero no se nos explica cómo ni por qué, los amores prohibidos por la diferencia de bando o de edad se resuelven entre bambalinas y la vida real queda reducida a un puñado de escenas bastante tópicas, apenas esbozadas y aisladas entre sí que nos dejan bastante fríos. Entendemos las razones del autor, pero querríamos haber leído una auténtica novela, que Kallifatides hubiese conseguido salir de la Grecia clásica y nos hubiese contado una historia.

Del mismo autor: Otra vida por vivir

miércoles, 8 de julio de 2020

María Iordanidu: Vacaciones en el Cáucaso

Idioma original: Griego
Título original: Διακοπές στον Καύκασο
Año de publicación: 1965
Traducción: Selma Ancira
Valoración: Está muy bien

No os dejéis engañar por el título. Este no es un libro de viajes ni nada por el estilo. Es la historia (autobiográfica, aunque los personaje son casi todos inventados) de lo que en un principio iban a ser unas vacaciones y por avatares de la Historia acabó convirtiéndose en una estancia de casi 5 años (5 siglos, 5 milenios) por Rusia. Cinco años que supusieron en Constantinopla, lugar de residencia de la protagonista, el paso del medievo al siglo XX, el final de un mundo que dejó de existir para siempre. 

Digo lo que en un principio iban a ser unas vacaciones porque el origen del viaje era ese. Ana, la adolescente / joven de origen griego que protagoniza la novela (y que aparecía también en Loxandra), es invitada por su tío Aikos y su tía Claude a pasar el mes de vacaciones escolares en el Caúcaso. Pero estamos en 1914, el archiduque Francisco Fernando ha sido asesinado hace escasas semanas y el ruido de sables recorre (casi) toda Europa, desde Hendaya hasta Vladivostok.  El Cáucaso se convierte, así, en una región en ebullición. En ese contexto comienza un viaje truncado también por las no demasiado claras intenciones de la tía Claude. Ambos factores provocan que Ana pierda el contacto con sus tíos y comience un periplo de duración,en un primer momento indeterminada que la Primer Guerra Mundial, la Revolución de 1917 y la posterior Guerra Civil (los avatares de la Historia) prolongarán hasta 1919.

Debemos distinguir tres partes bien diferenciadas en la novela, ligadas quizá al proceso de maduración de su protagonista. Una de ellas correspondería a los primeros meses de Ana en Rusia, etapa en la que el total desconocimiento del idioma y la incomunicación que de ello resulta provocan situaciones a cual más confusas que dotan al relato de un tono tragicómico y de un humor de lo más sutil. En esta primera etapa,  los hechos históricos son inicialmente un eco lejano que acompaña la vida cotidiana de los protagonistas, aunque ese eco cada vez se acerque más. 

La segunda etapa la marca la integración de Ana en la vida y cultura rusas, hasta el punto de empaparse, al menos en parte, del célebre "alma rusa", pesimista y melancólica. Esto da paso a hermosas escenas de corte costumbrista que ocupan buena parte del relato. También los hechos históricos ganan peso, afectan de forma cada vez más acusada a los personajes, aunque la vida sigue abriéndose camino de forma a veces trágica, a veces cómica, a veces con algo de picaresca.

Por último, en el tramo final, que iría desde los meses previos de la Revolución de 1917 hasta el regreso, en plena guerra civil, desaparece todo atisbo de humor. Las múltiples penalidades que padece la población copan el relato, pese a que la vida sigue su curso y los personajes se aferran a los hechos más nimios (un cuadro, una sopa, un leve roce en el brazo). Quizá en esta última parte las cosas pasen demasiado "rápido", pero esto es solo una impresión mía o, tal vez, el simple deseo de que el libro no termine.

Por ir terminando, un pequeño repaso a los puntos más destacados del libro:
  • El reflejo del contraste entre historia e Historia, entre cotidianeidad y "grandes acontecimientos·, y como el peso de ambos fluctúa a lo largo de la narración.
  • La evolución del personaje de Ana, su paso de la adolescencia a la madurez.
  • Los diferentes registros que maneja Iordanidu: el humor, el drama, la crudeza de los momentos más complicados. Sorprende especialmente (por lo menos a mi) el fino humor de algunas de las escenas (¡¡¡si hasta aparece el buen soldado Svejk!!!)
  • La frescura y delicadeza. Frescura en cuanto a ritmo, pese a los putos patronímicos y a los términos rusos (excelentes notas y glosario, por cierto), y delicadeza a la hora de narrar las escenas de corte más costumbrista. 
Poco más. No sé si  habréis leído Loxandra, primera novela de Iordanidu publicada en español y magníficamente reseñada AQUÍ. Yo, desde luego, ya estoy tardando en hacerlo

También de María Iordanidu en ULAD: Loxandra

sábado, 2 de mayo de 2020

Theodor Kallifatides: Otra vida por vivir

Idioma original: griego 
Título original: Μια ζωή ακόμα
Año de publicación: 2016
Valoración: Muy recomendable


Más allá de la eterna polémica sobre si el autor es independiente o no de su obra, lo que implica que alguien puede escribir maravillas, incluso repletas de buenas intenciones, y ser un completo indeseable, hay escritores que recordaremos siempre porque a la excelencia de su escritura se une un indudable propósito de mejorar la realidad. Y no estoy hablando de moralistas que dictan al lector la lección que ha de extraer de su historia, sino de personas que imaginamos afables y cuya mirada es limpia, lo que no es óbice para que conozcan y reflejen la inmundicia todo lo a menudo que haga falta. Por supuesto, esto no es frecuente, se me ocurren solo dos o tres nombres entre los autores que conozco.
Dicho esto, e intuyendo que Kallifatides pertenece a este grupo, confieso mi decepción por no haberle conocido hasta ahora. Tampoco era fácil, aunque lleva publicando cincuenta años no hay apenas nada traducido al castellano según tengo entendido. Una pena. Tengo verdadero interés en leer alguna novela suya por dos razones, en primer lugar, porque lo que hoy reseño no es exactamente ficción, y eso no le resta interés en absoluto pero no es representativo del conjunto de su obra. Y lo más importante: tanto si me sorprende como si no, tengo bastante claro que encontraré lo que estaba buscando.
Decía que Otra vida por vivir no es una novela, que no es ficción en el sentido estricto del término y es verdad, pero en literatura la objetividad absoluta no existe. Sueños, recuerdos, fantasías se cruzan en el camino del escritor y le obligan a tenerlos en cuenta. Theodor, en el último tramo de su vida, mira hacia atrás y reconoce un desarraigo al que no había dado importancia porque estuvo demasiado tiempo ocupado recorriendo ese camino que tanto le alejó de sus orígenes. Al vértigo de haber cumplido los ochenta se une una sequía creativa que, dadas las circunstancias, puede significar el fin de una larga carrera. A partir de ahí, su juventud y Grecia, ambas ya tan lejanas, parecen reclamarle de alguna forma. Es consciente de que abandonó su idioma materno para escribir en sueco muchos años atrás, que mujer e hijos pertenecen a esa tierra y siente el vacío de quien renunció a una identidad y no ha sido capaz de retener lo que hasta entonces le había definido. Angustia existencial o como queramos llamarlo, vivida con serenidad y lucidez, que vuelca en estas páginas, alternando presente y pasado, retazos biográficos y circunstancias históricas, sentimientos y datos objetivos.
Esta obra es, pues, una mezcla de autobiografía, ensayo y ficción, un territorio híbrido para el que no hay fórmulas previas, cada caso particular exige soluciones distintas que no se encuentran fácilmente. Estoy hablando de la tan denostada auto-ficción, que en sí misma no tiene nada de malo, la prueba es que en este caso, valiéndose de ella, Kallifatides nos da un paseo por el mundo de las ideas y el de los hechos. Conocemos su postura ante los sucesos actuales, junto a él volvemos a Grecia, a su mundo cotidiano, al drama político y económico que el país experimentó hace solo unos años en el período más agudo de la crisis, al lugar que le modeló y que parecía haber perdido pero que está siempre allí, en lo más profundo de su persona. Y comprendemos que la supuesta pérdida de facultades solo fue un bache sin importancia que ha dado lugar a un texto de solo centenar y medio de páginas que emociona por su verdad y sencillez.

martes, 22 de octubre de 2019

Aristófanes: Lisístrata

Idioma original: griego antiguo
Título original: Λυσιστράτη
Año de publicación (representación): 411 a.C.
Traducción: Luis M. Macía Aparicio
Valoración: recomendable y divertido

En el año 411 a. C. atenienses y espartanos, junto a sus aliados respectivos, llevaban ya dos décadas zurrándose la badana en la Guerra del Peloponeso, con un resultado, en ese momento, más bien desfavorable a Atenas. Pero en esta ciudad una mujer llamada Lisístrata -en griego, "la que disuelve el ejército"- decide justamente eso, parar la guerra y disolver los ejércitos; para ello convoca a otras mujeres de Atenas y de toda Grecia, para proponerles una forma. llevar a cabo una huelga "de piernas cruzadas"... es decir, nada de sexo hasta que sus maridos sean razonables y lleguen a un acuerdo de paz. Entretanto, además, las atenienses toman la Acrópolis -y, lo que es más importante, el tesoro de Atenea, que sirve para sufragar la guerra-, que es donde se desarrolla la obra.

No quiero desvelar si la treta da resultado o no, pero sí diré que en aquella época, según se da a entender, los griegos iban más salidos que el pico de una tabla de surf (sería cosa de la alimentación orgánica y el aire puro de por entonces) y ni siquiera el recurso a la sana camaradería masculina, que ha hecho célebre a aquellos aguerridos helenos, resultaba suficiente para resistir el embate del deseo hacia sus mujeres. Unas mujeres que, según las retrata Aristófanes, eran a su vez tan libidinosas y débiles de voluntad para soportar las tentaciones de la carne como sus hombres o incluso más (sorprende un poco esta imagen que se da del género femenino, anterior a que la cultura judeocristiana impusiera un modelo más recatado, e incluso pacato); el caso es que a Lisístrata le cuesta lo suyo mantener a sus compañeras dentro de este celibato estratégico, situación, por cierto, que emplea el autor de la obra para conseguir momentos de gran comicidad. Porque, claro, aunque tenga de transfondo la guerra y, en concreto, lances de ésta que no habían sido favorables a las tropas atenienses, ésta no deja de ser una comedia que rebosa humor; un humor, eso sí, más bien procaz y no demasiado fino; muy "mediterráneo", si se quiere decirlo así, pero que hace 2500 años y aun hoy, seguro que hizo partirse de risa al respetable. Todavía más entonces, ya que ellos sí que entendían a la perfección multitud de alusiones y matices que nosotros hemos de conocer leyendo las notas a pie de página. No obstante, ya digo que sigue siendo divertida.

Otra cosa es dilucidar sobre el supuesto "protofeminismo" de esta obra. La verdad, no creo que fuera ésa la intención de Aristófanes, habida cuenta las poco halagüeñas que les dedica a las féminas: "¿Y qué podrían hacer de sensato o glorioso las mujeres, que nos quedamos sentadas llenas de colorete, con nuestros vestidos de color azafrán, las largas cimbéricas que nos llegan hasta los pies y los zapatitos elegantes?"; "¡Ay, cómo es de calentón el género femenino! Con justicia suministramos temas para tragedias, porque siempre le estamos dando vueltas a los mismo." Pero, en fin, tengamos en cuenta  que hablamos de la Grecia del siglo V a. C., una época y un lugar más machistas que un disco de Bertín Osborne versioneando canciones de el Fary (parece ser, además, que en la Atenas democrática la situación de las mujeres era aún peor que en otros lugares de la antigua Grecia). Ahora bien, por otro lado, no sólo se presenta a Lisístrata como una mujer más inteligente que los hombres, sino que las mujeres en conjunto aparecen como un sujeto político activo, algo que, por más que se tratase de una comedia, no podía dejar de chocar en aquella sociedad donde no tenían ningún derecho. La obra, además, es un claro antecedente de otra del mismo autor con un carácter aún más político, que es La Asamblea de las Mujeres. Aunque el traductor de esta edición de Lisístrata y prologuista de la misma (y profesor de la UAM) la sitúa más bien dentro de las comedias "utópicas", ya que plantea una situación inimaginable para aquella época -no ya el éxito de una "huelga de sexo", sino que se tuviera en cuenta de alguna forma la opinión de la mitad femenina de la sociedad-, y precisamente en ese carácter utópico reside -o residía entonces- buena parte de la comicidad de la obra. Lo que no significa, claro está, que hoy debamos pensar lo mismo que hace 2500 años... aunque hay a quien le gustaría, por desgracia.



domingo, 21 de abril de 2019

Nikos Kazantzakis: Cristo de nuevo crucificado


Idioma original: Griego
Título original: Ο Χριστός Ξανασταυρώνεται
Año de publicación: 1950
Traducción: Selma Ancira
Valoración: Está bien

Nikos Kazantzakis fue un escritor obsesionado y tenaz. Su empeño era que su escritura influyese, empujase y transformara a sus coetáneos y especialmente a sus compatriotas, los griegos de la primera mitad del siglo XX. Así que buena parte de sus novelas desprenden un afán evidente de servir de espejo, de reflejar la realidad social y moral a la vez que pretenden alentar la toma de conciencia individual para empujar a la acción colectiva. Desde luego, la figura de Nikos Kazantzakis (Heraclion, Creta, 1883 / Friburgo de Brisgovia, Alemania, 1957) se mantiene muy viva en la sociedad griega actual, aunque quizás sus anhelos e ideales de fraternidad, ambición humanística y pureza espiritual no parezcan disfrutar de tanta consideración.

Concebida después de su libro más recordado, Zorba el Griego, Kazantzakis redactó Cristo de nuevo crucificado entre 1948 y 1949, ya instalado en Antibes, en la Provenza francesa, y la novela se publicó primeramente en Suecia y después en Holanda. Una vez derrotada la Alemania nazi en la II Guerra Mundial -y por tanto expulsada también de Grecia, donde dejó un rastro especialmente cruento- los griegos se enzarzaron a su vez en una demoledora Guerra Civil y según explica su esposa Eleni en sus memorias El disidente, Nikos Kazantzakis dudaba en cómo implicarse pues “no sabía que proponer a ese pueblo que ama y que una clase corrompida y rapaz va de nuevo a explotar sin decoro”. Enfebrecido y con un raro proceso de hinchamiento del labio y el rostro, episodio que también le acontece al protagonista de la novela, esas fueron las circunstancias que acompañaron a Nikos Kazantzakis en la redacción de la novela, que tiene mucho de fábula ejemplarizante.

Cristo de nuevo crucificado está ambientada en 1922 en una aldea griega de la Anatolia otomana, poco antes en términos históricos del desenlace de la enésima guerra entre griegos y turcos que acabó en la diáspora de millón y medio de griegos que durante siglos habían tenido su hogar en el Asia Menor. Sin embargo, la novela no recoge este encontronazo, o apenas lo hace como un runrún de fondo. Kazantzakis pone el foco no en el enfrentamiento entre unos y otros si no en el conflicto interno que estalla dentro de la propia comunidad helena y cristiana. La trama echa a andar cuando cuatro jóvenes vecinos del pueblo son escogidos como de costumbre para las representaciones de Pascua. Movidos por idealismo o por la pureza de sus creencias, deciden transformar su elección en acicate para exigirse un mayor nivel de cumplimiento de su fe religiosa. Por supuesto, el conflicto con las rutina social, con el devenir cotidiano de la comunidad y con los intereses de los más poderosos de la aldea –el poder político y el económico, aunque también claro está el religioso- estalla de inmediato, que una cosa es predicar y otra muy distinta dar trigo, como todos sabemos. La llegada de un grupo de refugiados –tan griegos y cristianos como ellos- desalojados de su comunidad y en un estado material deplorable, radicalizará las posiciones y el enfrentamiento. Y se hace inevitable mientras van cayendo estas páginas pensar en los refugiados sirios que –casi cien años después- han vuelto a verse obligados a huir por estos mismos caminos. 

Así que en la aldea de Likóvrisi vuelven a verse las caras y a medir sus fuerzas dos maneras de ver el cristianismo y, por extensión, la vida. Una, sustentada en cuatro pilares sagrados; la fe, la patria, el honor y el patrimonio. Otra, que se identifica con un Cristo pobre y perseguido, que llama a las puertas y no encuentra quien le abra. Un Cristo descalzo que mira los cuerpos hambrientos, las almas oprimidas y alza su voz clamando justicia. Obviamente, a la cúpula de la Iglesia Ortodoxa Griega no le complació en absoluto la novela, y la publicación poco después de La última tentación de Cristo le deparó a Nikos Kazantzakis la excomunión de por vida. Por cierto, al igual que Martin Scorsese llevó al cine en 1988 La última tentación…, también hay versión cinematográfica de Cristo de nuevo crucificado, dirigida por Jules Dassin en 1957 con Melina Mercuri en el reparto y rebautizada como El que debe morir



La novela, reeditada recientemente en castellano con traducción de la mexicana Selma Ancira, que es garantía de rigor y pulcritud, adolece para mi gusto de aristas, de profundidad, de veracidad en definitiva, pues los personajes y sus posicionamientos se me antojan demasiado previsibles y maniqueos, a veces cayendo incluso en la caricaturización. Quizás el autor buscaba en su momento calar en los lectores más sencillos y seguramente lo consiguió, aunque este tono de fábula moralista hace que la historia no haya envejecido demasiado bien; desde luego, la displicencia con la que Kazantzakis trata (o maltrata) a las mujeres tampoco ayuda. Al final queda esa manera tan personal y persistente en el autor de describir y ahondar en el desgarro espiritual y metafísico por entender qué hacemos aquí y cómo deberíamos comportarnos: “pero el cielo le pareció muy alto esa noche, muy alejado del hombre, mudo, indiferente, ni amigo ni enemigo, y se aterró”. Nikos Kazantzakis sigue reposando hoy en una humilde tumba en uno de los bastiones de la muralla que rodea Heraclion, la capital de Creta, en la que se puede leer este epitafio: "No espero nada, no temo nada. Soy libre”. 

Otros libros de Nikos Kazantzakis (también transcrito como Nicos Casandsakis) en Un libro al día: Zorba el Griego, El capitán Mijalis

viernes, 1 de febrero de 2019

Homero: Ilíada y Odisea, el manga


Idioma original: griego antiguo / japonés
Título original: Manga de dokuha. The Iliad and the Odissey
Año de publicación: 2011
Traducción: Marta E. Gallego Urbiola
Valoración: entretenido (imprescindible para el postureo intelectual)


Pues sí, lectores y lectoras de ULAD y, sin embargo, amigos: hay que reconocer que en los ya casi diez años  (¡¡¡10!!!) y entre las tropecientas mil reseñas publicadas en este apabullante y augusto blog, no ha habido aún ninguna dedicada al padre fundador, al MasterChef and Commander de la literatura occidental, al coloso de la lírica y la narrativa, el mismísimo Homero, el inmortal bardo ciego (¡bieeen, bravo... aplausos!). Ahora bien, no os llaméis a engaño: lo siento si pensáis que me voy a tragar los 27784 versos de la Ilíada y la Odisea en griego antiguo, o incluso en castellano moderno, para que luego vosotros leáis la reseña en diagonal y con un click, a otra cosa, mariposa... Pues de eso nada; por suerte, siempre podemos con la colección de mangas de la otra h, que junto con el Rincón del Vago, son los mejores amigos de los alumnos de ESO poco motivados y de los reseñistas displicentes. 

Así encontramos aquí, en un solo librito de 200 páginas y sin el menor rebozo, los dos pilares maestros de la narrativa occidental desde hace 29 siglos.Y con unos dibujicos la mar de resultones, qué caramba... Como es de suponer, ninguna de las dos obras se cuentan con todo detalle, pero sí con la suficiente claridad para ser entendidas por un lector aún ajeno a ellas, como puede ser, en un primer lugar, un adolescente japonés, supongo yo. Faltan episodios especialmente amenos, como el intento de las sirenas de atraer a Ulises o cuando Circe convierte a sus compañeros en simpáticos cerditos, pero sí están, claro, el del Cíclope y, desde luego, la disputa con los pretendientes de Penélope.

En el caso de la Ilíada, la narración se centra, como no podía ser de otra forma, en las vicisitudes de los diversos héroes y otros personajes principales: Aquiles, Héctor, Paris, Patroclo, Agamenón, etc... , pero también, de manera significativa, en las disputas y encaprichamiento de los distintos dioses a los que se hace responsable, de forma más explícita que implícita, en realidad, del desastre de aquella guerra. Por lo que respecta a la Odisea, hace hincapié, más que en el viaje de Ulises,que es lo que le mola al lector moderno (quizá por culpa de Joyce y de Kavafis), en lo que sucedía mientras en Ítaca, con los dependientes gorrones, las tribulaciones de Telémaco y luego, sobre todo, lo que sucede al regresar por fin el héroe, cual caballero oscuro, pero sin traje de murciélago, sino con pintas de pobretón. En fin, no me extiendo más , porque si luego no leéis la monumental obra de Homero diréis que es por culpa mía... (guiño - guiño - codazo).

En todo caso, la de este manga es una lectura amena y rápida, que incluso se puede considerar imprescindible para todo "cultureta" (no os ofendáis) que pretenda lucir un barniz clásico pero sin el excesivo esfuerzo de desentrañar los interminables hexámetros que componen estas obras y perder un tiempo que bien se puede dedicar a ver series de Netflix. Vaya, pues ahora que lo pienso, ya podían hacer una serie con esto, en plan Juego de Tronos... o por lo menos alguna peli, así como de acción, ¿no? A ver si en Hollywood toman nota y se ponen a ello... ; )

jueves, 6 de septiembre de 2018

Nikos Kavvadias: La guardia

Idioma original: Griego
Título original: Βάρδια
Año de publicación: 1954
Traducción: Natividad Gálvez
Valoración: Muy recomendable

Marinero. Poeta. Apenas narrador. La guardía es la única novela que nos dejó Nikos Kavvadías, así como tres relatos breves: Li, De la Guerra y A mi caballo. Como poeta resultó igual de parco, publicando dos libros en vida –Marabú en 1933 y Calima en 1947- y uno más –Través, en 1975- editado de manera póstuma. Su rasgo personal más evidente fue la condición de marino mercante y, en consecuencia, su manera de mirar y de contarlo; “En la ribera veo un marabú muy quieto,/ y mientras él me mira a su vez insistente,/ nos parecemos -creo-: estúpidos y solos”. Marabú, por cierto, le quedó como uno de los apodos con los que fue conocido. Nikos Kavvadías –aunque también transcrito como Kavadias o Cavadias- fue él mismo un personaje solitario, fantasioso y errante. Nacido en 1910 en Usuriisk, al norte de Vladivostok, en la porción de Manchuria dominada por los rusos, se embarcó por vez primera con veinte años y, con el paréntesis de la II Guerra Mundial, no volvió jamás a pasar demasiado tiempo en tierra firme.


La guardia está estructurada en tres partes. La primera lo hace como un diálogo entre un primer oficial y un radiotelegrafista –oficio de Nikos Kavvadías- en el turno de la guardia intermedia, la menos deseada por interrumpir sin remedio el sueño. Ambos se reencuentran dieciocho años después de un incidente con cuchillo de por medio a bordo del Pytheas, un carguero de quinientas toneladas con calderas y máquinas de vapor que navega desde Singapur hacia el Norte. Los turnos de guardia en el puente de mando dan pie a rememorar las vicisitudes compartidas a las que el tiempo ha despojado de rencor para dejarlas en recuerdos de trastadas y fechorías en travesías y puertos: en Beirut o en las islas Aleutianas, en Amberes o en Sydney, en Huelva o en Argel… En sus muelles, sus cabarets y pensiones, o en las cubiertas y camarotes de los barcos que navegaron. Historias de oficiales, mecánicos, peones, estibadores, guardas, prófugos, prostitutas y madames, que parecen haber surgido de un cuadro de Jules Pascin. Personas que se inventan su personaje, que se ocultan tras máscaras para que heridas, fragilidades y traumas no sean demasiada desventaja en la lucha de todos contra todos que los más desvalidos disputan por sobrevivir. Y en la que, cuentan, el propio Kavvadías aportaba el complejo por su escaso tamaño y un físico de esos considerado como poco agradecido. De ahí, quizás, esa querencia por crear personajes fatales y feroces, marineros cosidos a tatuajes, tragos, marihuana, decepciones y traiciones: “A nosotros nos hacen falta los cuerpos celestes cuando se encuentran a determinados grados sobre el horizonte. Lo demás es cosa de los enamorados en los parques.


Por la segunda y la tercera parte de la novela desfilan más personajes de la tripulación y asistimos a nuevos detalles de la vida de los marinos mercantes, navegando hierros flotantes que deberían haber visitado hace tiempo el desguace y que son una actividad más hostil y sacrificada que el de los pasajeros, línea de negocio por la que no cabe si no el mayor de los desprecios. Aquí el relato adopta un tono más intimista y personal (“Escucha. Es como si rompiéramos un juguete para encontrar el resorte”) y son frecuentes las alusiones, fieles o exageradas, a detalles que podrían ser considerados como biografía del autor, en Grecia, en el Índico, por los mares de China; las familias de marineros de la isla jónica de Cefalonia de donde salieron sus progenitores o anécdotas como la de la cucaracha en una barra de pan que su padre se tragó diciendo que era una pasa de su isla para que no menguase su reputación como mercader de confianza, la adolescente que esquivó en Beirut la custodia que le habían confiado... 


Nikos Kavvadías dejó de navegar unos pocos meses antes de fallecer en febrero de 1975 en Atenas: “Yo que deseé tanto que un día me enterraran / en algún mar profundo de las Indias lejanas / tendré una muerte triste y bastante normal / y un funeral de esos como toda la gente”. (Todos los versos aquí citados han sido traducidos por David Hernández de la Fuente). Un busto en su homenaje le recuerda en la orilla de ese mar que fue su vida, en Argostoli, en Cefalonia, junto a Ítaca. Por lo que cuentan, en Grecia sus poemas gozan de bastante popularidad gracias a las versiones de algunos músicos como Thanos Mikroutsikos.

martes, 7 de agosto de 2018

María Iordanidu: Loxandra


Idioma original: Griego
Título original: λωξάντρα
Año de publicación: 1963
Traducción: Selma Ancira
Valoración: Está muy bien


Después de haber sido Bizancio y antes de ser Estambul, Constantinopla, la ciudad de las siete colinas, el cruce de caminos entre Asia y Europa y entre el Mar Negro y el Mediterráneo, era –además de capital de un imperio- un abigarrado espacio físico que contaba con una numerosa y bien asentada comunidad griega. Loxandra es el retrato sentimental pero fiel de aquellos últimos años de Constantinopla –digamos desde mediados del siglo XIX hasta el estallido de la I Guerra Mundial-. Una atmósfera y un momento encarnado en la figura de esta mujer alegre, animosa y vital, entregada al cuidado no ya de los suyos sino de cualquiera considerado como cercano, fuesen vecinos, parientes, habituales o transeúntes.

Casado con el viudo Dimitros, que aportó al matrimonio cuatro hijos,  Loxandra crió a sus hermanos pequeños, a sus hijos, a los hijastros y a algún huérfano necesitado. Sacrificada, generosa e incansable, su gran deleite era poder reunir a los suyos alrededor de una buena mesa y cocinar para ofrecerles lo mejor a su alcance, pues qué sería de la vida sin poder disponer y compartir de la oportunidad de estar con los seres queridos, para celebrarla y gozarla. Rodeada siempre de gatos, supersticiosa y expeditiva, Loxandra es el centro de este universo repleto de supersticiones y tolerancia, de estrecheces y curiosidad, de dudas y frágiles equilibrios que están a punto de saltar por los aires arrollados por el ímpetu que acelera a la Historia cuando las ideologías, las patrias y las banderas bullen y se inflaman.

Loxandra era la abuela de María Iordanidu y, aunque se trata de una novela y no de una biografía, si fue concebida con la intención de ser el relato fiel de una época y de una atmósfera definitivamente desaparecida y enterrada. Y pese a que por sus páginas van asomando los ecos de los desastres y las matanzas que preludian el fin de ese mundo, la narración transcurre más entre los muros de las viviendas que en las calles, capturando la intimidad de las rutinas domésticas y estableciendo la contabilidad cronológica en los nacimientos, defunciones, bodas y terremotos y no por los acontecimientos externos que apenas se cuelan en las estancias domésticas como el roce de un rumor.

María Iordanidu (Estambul, 1897 – Atenas, 1989) fue parte de esa nutrida corriente de griegos cosmopolitas y nómadas, desparramados por los cinco continentes. Su infancia transcurrió en Estambul, donde fue escolarizada en el colegio Americano y el inicio de la I Guerra Mundial la encontró en Georgia, para recalar después en Sebastopol donde prosiguió su formación en la escuela rusa y desde donde sólo pudo regresar a Turquía en 1919. Empezó a trabajar para una empresa de comercio estadounidense, que la transfirió a Alejandría, donde se casó con un profesor, tuvo dos hijos y se despertó su interés por el comunismo. En 1931 regresó a Atenas, se divorció y se puso a trabajar para la Embajada soviética. Con la invasión alemana de su país en la II Guerra Mundial vio su casa destruida y estuvo recluida en campos de concentración, y tras la derrota de la izquierda en la Guerra Civil en la que Grecia cayó en 1946 tuvo que buscarse la vida como profesora particular. A los 65 años de edad escribió Loxandra, su primer libro, que desde su aparición fue un éxito que no ha dejado de reeditarse y que en los años ochenta sirvió a la televisión helena para realizar una serie.

jueves, 7 de diciembre de 2017

Yanis Varoufakis: ¿Y los pobres sufren lo que deben?


Idioma original: inglés
Título original: And the Weak Suffer What They ?:
Europe's Crisis and America's Economic Future
Año de publicación: 2016
Valoración: Muy recomendable (para interesados)




“Hay algo que es seguro, y es que Europa es demasiado importante como para que la dejemos en manos de sus despistados dirigentes”
Y.V.
Al escoger una cita de Tucídides (Historia de la guerra del Peloponeso) para dar título a este ensayo, el profesor y ex ministro griego anuncia la orientación que dará a su discurso. Y es que tras lo evidente –su interés por reducir las enormes diferencias entre las zonas más y menos prósperas de la Comunidad Europea– encontramos a un escritor culto, didáctico y ameno, que además de manejar con soltura los conceptos económicos como era de esperar, está familiarizado con los clásicos y es capaz de construir un texto claro, conciso y perfectamente argumentado con las metáforas precisas para hacerse entender.
Para marcar el camino recorrido desde el loable proyecto de crear una Europa unida hasta los terribles desencuentros entre países europeos producidos tras la crisis de 2010, Varoufakis se remonta al papel que ejerció Estados Unidos en la reconstrucción de las economías europeas al poco de acabar la Segunda Guerra, gracias al cual se convertiría en árbitro de la economía mundial a lo largo de unas cuantas décadas. La explicación pormenorizada de las diferentes fases que tuvieron lugar en el complejo entramado internacional y la postura de los políticos más relevantes que influiría decisivamente en los acontecimientos posteriores ocupa más de la mitad del libro. Se trataba –y no era nada fácil– de amigar territorios que hasta hacía poco habían luchado entre ellos, de unificar fronteras y crear instituciones comunes con el fin de reconstruir y prosperar. El plan que levantaría Europa fue diseñado por los New Dealers de Bob Kennedy en 1944 y su derribo, provocado por su expulsión de la zona dólar durante el mandato de Nixon en 1971, hizo plantearse a Francia y Alemania una futura unión monetaria que, al estar mal concebida de raíz, llevaría el germen de su posterior decadencia. Pero antes de eso Estados Unidos adoptaría otra decisión trascendental: conseguir que el resto de países europeos aceptase la condonación de la deuda alemana contraída antes de la guerra convirtiendo con ello a Alemania en la potencia industrial que conocemos.
Como sabemos –y el autor explica con todo detalle –el primer paso para la creación de una Europa unida consistió en crear, en 1951, la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA), integrada por seis países, para establecer precios comunes y disponer la libre circulación de mercancías que más tarde se ampliaría a los productos agrícolas. La propuesta francesa de una moneda común constituiría una etapa más del largo proceso, liderado por Francia y Alemania, que acabó dando lugar a la actual Unión Europea.
Es fácil concluir que el antiguo liderazgo ha resultado decisivo para configurarla tal como es y determinar los mecanismos de su funcionamiento. El gran fallo –como en su momento predijo Margaret Tatcher– fue organizar la economía al margen de la política, objetivo imposible que dejó las decisiones finales en manos de un sistema financiero que, al no tener que rendir cuentas a los representantes elegidos democráticamente, por fuerza condujo a un sistema esencialmente autoritario, un sistema dirigido por burócratas franco-alemanes que antepone el predominio de los fuertes a la esperada prosperidad de todos. El desenlace, lejos de ser casual, fue programado a grandes rasgos por élites y monopolios para tomar en exclusiva las riendas económicas del continente. Dentro de ese esquema hay agravantes, como ocurrió cuando los bancos europeos se esforzaron en conceder préstamos a los ciudadanos menos hipotecados hasta entonces, los del sur, dejándolos con deudas imposibles de pagar una vez sobrevenida la crisis. El predominio financiero se refuerza a base de  comportamientos, a primera vista ilógicos, como admitir en la zona euro a países que en principio no cumplían los criterios del Tratado de Maastricht y, una vez dentro, obligarles a cumplirlos condenándolos a una pobreza creciente. Y no parece haber otro remedio porque no es fácil empezar de cero recuperando la moneda anterior.
Tal desequilibrio, sin una federación que ampare a la Unión Europea ni instrumentos que regulen los mercados, los desestabiliza y produce crisis periódicas. Pero además Varoufakis comprende que una organización de este tipo no es inmune a los totalitarismos, sobre todo cuando está dirigida de arriba abajo y su riqueza se vuelve cada vez más asimétrica. De ahí, amenazas como el creciente racismo ante quienes, se supone, vienen a usurpar derechos ya de por sí muy deteriorados, la aparición de grupos neofascistas (sobre todo, el griego Amanecer Dorado) o las recientes disputas entre gobiernos por el acogimiento, o no, de refugiados sirios.
Los augurios son, como mínimo, frustrantes: “En un bucle interminable de refuerzo aterrador, el autoritarismo y el malestar económico seguirán alimentándose entre ellos hasta que Europa llegue a su punto de ruptura”. Habrá que esperar que se equivoque. O que las medidas que propone -él y otros- se tengan en cuenta.