Título original: Cows, Pigs, Wars and Witches. The Riddles of Culture.
Año de publicación: 1974
Traducción: Juan Oliver Sánchez Fernández
Valoración: Recomendable
No tengo del todo claro dónde está la frontera entre el antropólogo y el historiador, probablemente son disciplinas que se solapan sin que sea fácil distinguir el límite. El norteamericano Marvin Harris es un antropólogo que tuvo cierta relevancia en los años 70 y 80 del siglo pasado y que, por lo que se ve en este libro y probablemente en el resto de sus obras, circula libremente entre ambas disciplinas, con una perspectiva bastante peculiar que se ha denominado materialismo cultural. Aunque con el foco bastante distante del materialismo histórico propio del marxismo, la idea guarda un parentesco lejano aunque intuitivamente familiar, como queda enseguida de manifiesto en el libro.
La vaca es sagrada en la India, y el cerdo un animal inmundo para judíos y musulmanes, aunque venerado en no sé tribus de Nueva Guinea. Estas ideas que, aunque conocidas, nos resultan bastante extrañas, tienen su origen en las necesidades materiales y las condiciones de vida de cada uno de los entornos. La vaca, aunque esté escuálida, mientras tiene vida proporciona leche y al menos en teoría es capaz de engendrar animales de tiro, vitales en explotaciones sin acceso a la tecnología. El cerdo es incapaz de regular correctamente su temperatura, y por eso se desenvuelve mal en el secarral del Medio Oriente. Por la razón contraria el problema no existe en Nueva Guinea, donde el cochino se reproduce en abundancia, es fuente inagotable de proteínas y es sabiamente utilizado para periodificar los usos de los bosques.
Estos condicionantes, tan pegados a la realidad material, son de tal importancia para la supervivencia del grupo que los usos y costumbres los han sacralizado o convertido en tabúes a lo largo de milenios. Es la base de ese materialismo cultural que defiende Harris y observamos desde las primeras páginas: las ideas no surgen de la nada ni de visiones espirituales, sino que nacen en base a las necesidades del grupo, para irse revistiendo poco a poco con un aura mágica o religiosa dejando su origen perdido en el tiempo
Esta proposición, tan nítida en los dos casos que acabo de comentar, se va desarrollando también en otras direcciones con características quizá algo menos evidentes: la célebre belicosidad de los yanomamo (alivio de la presión demográfica), la ceremonia del potlacht (necesidad de prestigio social), o las varias culturas que incorporan la expectativa de un advenimiento de riqueza material (lo que llama el cargo) o la llegada de un mesías liberador. Se diría que la idea básica del materialismo cultural va resultando más difícil de apreciar según se van analizando los casos, hasta resultar realmente confusa cuando se detiene en la persecución de la brujería en la Europa de la Edad Media.
La verdad es que los postulados de Harris resultan más que razonables, y muy interesante el análisis, que recuerda a ratos a los famosos trabajos de Malinowski en las islas Trobriand sobre grupos étnicos especialmente aislados (aunque el trabajo de campo parece ser casi siempre ajeno). Pero se queda uno con la sensación de que falta algo. Seguramente es verdad que todas estas manifestaciones culturales han tenido un origen material remoto, pero resulta difícil, incluso quizá incómodo, excluir de forma tan radical aspectos tan humanos relacionados con la imaginación o la espiritualidad, como la ideología, la religión o la mitología. Convicciones y valores que modestamente creo que están en la esencia misma de las personas, seguramente también mediatizadas por el entorno, la supervivencia o las experiencias, pero que pienso que tienen una consistencia propia.
Parece que Harris no lo ve así, y entonces aporta ese peculiar punto de vista, en mi opinión algo determinista y quizá también empobrecedor, que vertebra todo el texto, como decía antes en ocasiones de forma más nítida y en otras más velada. Desconozco el recorrido posterior que haya podido tener esta teoría, seguramente habrá tenido sus seguidores y detractores, con sus consiguientes polémicas doctrinales. Toda aportación novedosa en el mundo del conocimiento las ha tenido y casi todas han dejado cierta huella, aunque ninguna ha sido aceptada por entero y sin discusión. Y a lo mejor esto mismo contradice en alguna medida lo que defiende el autor.
