Año de publicación: 1996
Valoración: muy recomendable
No me gusta demasiado la idea del escritor que escribe por escribir. Tal vez conservo la visión romántica, y un poco ingenua, de que quien se atreve a escribir algo lo hace porque tiene algo que decir y considera que alguien más necesita escucharlo. Está de más aclarar que solo quienes tienen razón en esto logran contar historias interesantes, no sin el pequeño pero indispensable detalle de ser capaces de narrarlas de una manera mínimamente cautivadora.
Y aquí está el motivo de esta introducción. En muchas ocasiones pareciera que algunos escritores no tienen nada importante que decir y, aun así, se atreven a publicar. Dostoyevski, Chinaski y Hemingway escribían a partir de sus experiencias personales; incluso las buscaban, convencidos de que eran indispensables para sus obras. Al igual que yo, parecían creer que «los dioses traman desdichas y sufrimientos para los mortales con el fin de que las futuras generaciones tengan historias que cantar», y que solo las grandes historias merecen ser contadas.
Sin embargo, de vez en cuando me encuentro con autores que me obligan a cuestionar esta idea: escritores capaces de contar historias que, reducidas a su argumento, no podrían ser más triviales y que, aun así, están narradas con tal habilidad que la forma termina imponiéndose al fondo.
No puedo asegurarlo respecto a toda su obra, pero, al menos en este libro, creo que Olga Guirao es una de esas autoras.
El argumento de la novela no podría ser más baladí: una pareja atraviesa dificultades económicas, lo que agrava todavía más una relación ya deteriorada, marcada por infidelidades, mentiras y traiciones. Ya saben: el pan de cada día.
La autora no necesita recurrir a grandes acontecimientos, tragedias históricas ni personajes excepcionales para mantener el interés del lector. Le basta con observar de cerca el desgaste de una relación y narrar las pequeñas crueldades, frustraciones y contradicciones que se acumulan en la vida cotidiana. Lo que, contado de otra manera, podría parecer el argumento de una telenovela, adquiere aquí una profundidad inesperada.
El título, Adversarios admirables, resume bien la naturaleza de esa relación. Los protagonistas parecen conocerse lo suficiente como para identificar las debilidades del otro y utilizarlas en su contra. Hay entre ellos una mezcla de resentimiento, dependencia y fascinación, pero son enemigos que de alguna manera se necesitan.
Tal vez, después de todo, no sean únicamente las grandes desdichas concebidas por los dioses las que merecen convertirse en literatura. También están las pequeñas derrotas domésticas, los rencores acumulados y las mentiras que se dicen dos personas mientras comparten la misma casa. En manos de una escritora como Olga Guirao esto es posible.

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