Título original: Vaim Hotel
Traducción: Meritzell Savany en catalán para Galàxia Gutenberg y Cristina Gómez-baggethun en castellano para Random House
Año de publicación: 2026
Valoración: entre recomendable y muy recomendable
Cada día, una nueva reseña
Hace unos días comentaba con mi pareja que esto de viajar se nos está yendo de la manos, que todo parece una competición por ver quién ha visitado más países, quién ha ido a un destino más "exótico", quién tiene más likes en sus redes, etc. Todo para terminar comprando en las mismas franquicias de mierda, comiendo en las mimas cadenas de comida rápida, etc. ¿Dónde quedó, entonces, eso de viajar para perdernos, para iluminarnos o perfeccionarnos, para cuestionar certezas o experimentar con las dudas? Algo de eso se habla en este El arte de viajar sin moverse del sitio, breve y sorprendente ensayo de Hilario J. Rodríguez en el que el autor huye de lo "académico" para, como las guías Petit Planete, ofrecer un ensayo abierto, poroso y flexible, con intersecciones a veces descabelladas y notas al pie (¿o acaso debería decir desvíos o senderos que se bifurcan?) que podrían ser otros textos, otros libros, otros viajes.
Y así el autor habla del viaje y de viajar, pero como un ir más allá en el que caben muchos viajes diferentes: viajes imaginarios, viajes forzosos (emigración), viajes "inútiles" (¡que viva siempre hacer cosas "inútiles"!), viajes vegetales.
Podría decir también que el viaje que propone Hilario J. Rodríguez es un "circuito cultural" con parada y fonda en la literatura (Borges, Piglia, Sebald, Schalansky, Herzog...), el cine (Herzog, Kurosawa...), la arquitectura (Speer y compañía), etc. Al fin y al cabo, el viaje y el arte en sus diferentes formas no son otra cosa que mirar, especular e interpretar símbolos.
Pero lo que sí tengo seguro es que El arte de viajar sin moverse del sitio es un elogio de la imaginación y de la cultura como motores de la vida, un recorrido construido a partir de referencias y asociaciones que, lejos de resultar un ejercicio de pedantería, se insertan a la perfección en esa ampliación del conocimiento que debería suponer cualquier buen viaje.
También de Hilario J. Rodríguez en ULAD: Construyendo Babel
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Título original: Rückkehr nach Wien. Tagebuch 1946 Idioma original: AlemánPasamos de viajar sin moverse del sitio a viajar para volver al lugar en el que uno nació y que hubo de abandonar por razones políticas. El retorno y lo que eso supone para el retornado (todo lo que Nolan podría haber explorado en su versión de La Odisea y no quiso / supo / pudo hacer) son la base del diario de Hilde Spiel, periodista austríaca exiliada en Londres y que regresa en 1946 a la Viena ocupada por los vencedores.
Por lo tanto, el viaje como regreso a los lugares y personas de la infancia, adolescencia y juventud, pero también a los cambios operados en ambos y en la persona que retorna por los años de nazismo y guerra. Estos dos elementos son inseparables de la mirada con la que Spiel contempla la ciudad y hacen que el texto transite de lo íntimo a lo político, de los "pequeños seres" a los "grandes nombres".
Esa transversalidad es uno de los puntos fuertes del texto. Otros serían la indagación de Spiel sobre la identidad del retornado o el cuestionamiento de los procesos políticos en esos primeros momentos de transición.
Ochenta años han pasado del retorno de Spiel a Viena y un poco más del final de la Segunda Guerra Mundial. Leamos a Spiel (pero también a Primo Levi o a tantos otros), leamos estos testimonios del horror y el terror. Nunca es tarde, de verdad.
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Título original: L'arte de esistere contro i fatti Idioma original: ItalianoDe la mano de Spiel y de la Austria de posguerra llegamos a Bernhard, a Bachmann y a este ensayo publicado por Ediciones del Subsuelo. Bernhard y Bachmann son dos de los escritores austríacos más importantes de la segunda mitad del siglo XX (aquel nació en 1931 y esta en 1926). Además, Bernhard y Spiel se escribían y para muestra una carta de 1971 en la que aquel habla de Wittgenstein. ¿Qué, no os parece suficiente?
Sea como fuere, el caso es que La frase infinita sí que es un ensayo "académico". Al fin y al cabo su autor fue profesor de Estética e Historia de la Filosofía en la Universidad de Pisa. Y así como El arte de viajar sin moverse del sitio tomaba desvíos y caminos aparentemente alejados del centro del texto, el de Gargani se expande, digamos, en vertical y hacia abajo, como un taladro que penetrara en la escritura de Bernhard y Bachmann.
Es, por tanto, un texto denso y complejo en el que las referencias ineludibles son Wittgenstein y Musil, en el que ética y estética se conjugan para elevar la utopía del lenguaje sobre un mundo en ruinas, en el que muestra cómo, partiendo de actitudes y premisas diferentes, ambos autores comparten la idea de la imposibilidad de comunicar, del pensamiento narrado como ejercicio crítico.
De lo anterior podéis deducir que La frase infinita es un texto "árido" que, además, cae en ciertas reiteraciones. Eso sí, quien se interese en (y guste de) la literatura de dos gigantes como Thomas Bernhard y/o Ingeborg Bachmann lo encontrará recomendable, claro que sí.
Traducción
al castellano: Anne-Hélène Suárez
Año
de publicación: 1943-44
Valoración:
Está bien
La escritora china Zhang Ai-ling, más conocida por la
versión anglosajona de su nombre, Eileen Chang, nació a principios del s. XX en
el seno de una familia aristocrática de Shanghái, una ciudad portuaria que por
aquella época era de las más modernas de Asia, y en la que el imperialismo británico
y las concesiones extranjeras provocaban grandes desigualdades. Chang recibió
una educación cosmopolita y bilingüe, pero tuvo una infancia difícil, con un
padre violento y adicto al opio. Además le tocó vivir la Segunda Guerra Mundial,
y después la revolución comunista, con lo que decidió marcharse. Fue primero a
Hong Kong y más tarde a los Estados Unidos, donde pasaría el resto de su vida.
Empezó a escribir estando aún en China, durante la
ocupación japonesa, y sus cuentos destilan decadencia, melancolía y pesimismo.
Sabiendo en qué contexto pasaron sus primeras décadas de vida, no es de
extrañar.
Las historias de Chang hablan de la dificultad de comunicarse
y amar en medio de presiones sociales y diferencias de clase. Son historias
tristes, sin final feliz. Los ambientes son elegantes, igual que el lenguaje de
la autora, pero sus personajes son desdichados, y no tienen expectativas de
dejar de serlo. El tono es siempre tenso y desasosegante. Algunos episodios son
de una violencia apabullante.
Los relatos están presentados por un narrador que rompe lo que se conoce como “cuarta pared”: nos invita a “escucharle” mientras quema unos granos de incienso, o mientras prepara un té. Los cuentos durarían lo mismo que estas actividades. Este formato nos hace adentrarnos en el mundo de Chang, que convierte así sus historias en confidencias. Pese a esto, no dejan de resultar ajenas. A mí en todo caso me resultó difícil identificarme con el sufrimiento de los personajes de estos cuentos. Quizás sea porque la autora, aunque los trate con compasión, mantiene la distancia. O quizás se deba a mi lejanía de su cultura, porque los sentimientos que describe son sin duda universales, pero la perspectiva no lo es: es una perspectiva extraña, exótica en esencia (y no en forma, como pueda ser a veces la perspectiva que intentan dar los escritores occidentales a sus novelas de ambientación oriental). En este sentido, leer a Chang es una experiencia enriquecedora, aunque a mí me pareciera emocionalmente estéril.
El sabor que dejan estos relatos es amargo. Están muy bien escritos y su lectura es interesante, pero ¡qué desconsuelo!
Otro libro de Eileen Chang reseñado por ULAD: Un amor que destruye ciudades.
Año de publicación: 2026
Valoración: recomendable (sobre todo para fans)
Los seguidores de Fred Vargas (vale, este seguidor que escribe aquí) llevamos recibiendo,en los últimos años, una suerte de ducha escocesa,al menos por lo que respecta a sus novelas del comisario Adamsberg: a una digamos que un tanto decepcionante, Tiempos de hielo (de acuerdo, admito que me dejé llevar por la fe vargasiana y yo mismo le puse un "muy recomendable para fans"... No lo es). le siguió otra que no estaba nada mal o así la recuerdo yo, Cuando sale la reclusa; para acabar, hace tres años, con la más rutinaria Sobre la losa. Este mismo año, por fin doña Frédérique ha publicado una nueva novela y claro, uno la aborda con una mezcla de entusiasmo y prevención, deseando volver a encontrar el original concepto de polar que le entusiasmó en El hombre de los circulos azules o Huye rápido, vete lejos, pero temiendo que se trate de nuevo de más cal que arena... (o viceversa, no sé si es mejor la cal que la arena o qué).
En esta ocasión el comisario Adamsberg deja de trotar por otros rincones del Hexágono y se queda, en principio, en París (aunque también hay viaje sorpresa y no a Nanterre, precisamente, aviso); es más, el caso que le ocupa comienza en pleno centro de la capital francesa, en una calle cercana al boulevard Saint Michel y al jardín de Luxembourg. Allí, una noche, mientras regresa a casa dando un paseo, Adamsberg se acerca un tumulto en el que intervienen sus colegas flics; se ha encontrado, en plena calle el cadáver, aparentemenete incólume, de una joven y bella mujer -lo de bella se repite mucho en la novela, porque tiene su importancia-; aunque a primera vista no lo parezca, se trata de un asesinato, del que decide hacerse cargo nuestro comisario, pues le ha parecido percibir en él quelque chose, sin saber lo que es.
Comienza así la persecución de un asesino enamoradizo -amoureux désespérément désespéré- que lleva al equipo habitual de la Brigada Criminal del 13e -Danglard, Veyrenc, Voisenet, Retancout, Noël, etc.-, más algún añadido circunstancial, a explorar los vericuetos de la poesía de Nerval, a seguir el brillo de las estrellas y su leyenda, y, en fin, a perseguir las gaseosas nubes que suele palear su comisario, como es habitual en él, pero quizá aún más en este caso... Curiosamente, quizá sea la novela menos extravagante de las protagonizadas por Adamsberg, más ceñida al clasicismo del polar, si se quiere ver así (teniendo en cuenta que se trata de una variante del género más tendente a la heterodoxia que el noir o el hardboiled americano, creo yo); no hay una apelación a elementos sobrenaturales ni un excesivo recurso a las casualidades sospechosamente casuales (quien sea lector/a habitual de Fred Vargas ya sabe a qué me refiero). De hecho, se trata de una de las novelas de la saga admasberg donde la rutina del trabajo policial propiamente dicha tiene más peso. Curiosamente, eso no le resta interés a la narración, sino incluso al contrario; las reuniones en la "sala del concilio" se hacen de los más ameno e igualmente las investigaciones siguiendo alguna pista a través de la Red. Aunque claro, Adamsberg no deja de ser Adamsbergy Fred Vargas... pues Fred Vargas (los lectores/as habituales también saben lo que quiero decir).
En fin, una piedra más que recoger del camino que sube a la montaña de este peculiar detective. Y, como dice el refrán, toda piedra hace pared....
Más libros de doña Fred Vargas (todos de Adamsberg) reseñados: aquí
Título original: Der Zweite Weltkrieg, 1939-1945: Kriegsziele und Strategie der grossen Mächte
Traducción (versión): José Luis Gil Aristu
Año de publicación: 1982
Valoración: Muy recomendable
Dice Andreas Hillgruber en el prólogo que hay publicados unos cien mil libros en torno a la Segunda Guerra mundial y, teniendo en cuenta que esto lo dice 1982, a día de hoy el número de publicaciones debe ser ya astronómico. En consecuencia, las perspectivas desde las que observar episodio histórico tan aterrador son casi innumerables, y entre todas ellas Hillgruber escoge una especialmente sutil y quizá poco y no muy bien trabajada hasta el momento: los Objetivos de guerra y estrategia de las grandes potencias que lucen en el subtítulo. Es decir, cómo aunque pueda parecer que responden a motivaciones diversas, las decisiones clave de los contendientes estuvieron siempre alineadas con sus respectivos objetivos de poder sobre la mayor parte posible del planeta.
Empezando, claro, por Hitler, cuyos diversos delirios estaban encabezados por la obsesión de hacer de Alemania la potencia mundial que fue antes de la primera Gran Guerra, y llegar incluso mucho más allá. Algo que, dice Hillgruber, no estuvo tan lejos de conseguir, de no haber sido por el fanatismo que le llevaba a imponer el poder absoluto para la supuesta raza aria, la voluntad de extender el territorio más allá de toda medida, y la fijación por imponerse siempre por la fuerza, todo ello al mismo tiempo. Demasiada ambición y fundamentalismo demente que le llevaron a infravalorar adversarios y soñar una Alemania hegemónica en el mundo, aunque sin dejar nunca de anhelar el imposible pacto con su admirada Inglaterra.
Los ‘aliados’ por su parte, tampoco lo fueron tanto hasta que sus intereses convergieron. Los británicos intentaron mantener equilibrios mientras fue posible para no poner en riesgo su imperio, y Estados Unidos remoloneó hasta no verse directamente involucrado por la agresión japonesa. Japón, que tampoco fue socio tan fiable como pudo parecer, enfocado en sus intereses regionales aunque en términos de estrategia global conectase hasta cierto punto con el régimen nazi.
Qué decir de la Unión Soviética de Stalin, líder tan realista y perspicaz como para jugar con maestría a varias bandas, teniendo claro que tenía un enemigo con dos cabezas: la Alemania de Hitler, y las potencias capitalistas (UK y USA). Moscú fue jugando con unos y otros, sacando el mayor rédito posible de las debilidades de sus oponentes, hasta que tuvo en su propio territorio no solo la terrible maquinaria de guerra alemana sino a un invasor que pretendía su aniquilamiento total. Esto transformó su perspectiva del conflicto en una ‘guerra patriótica’ como aún hoy se sigue viendo en Rusia. Pusieron veinte millones de muertos, con mucha diferencia el mayor contingente de la masacre, y su participación fue mucho más decisiva de lo que la propaganda nos ha vendido durante décadas en Occidente.
Todo este conglomerado de fuerzas dio como resultado los famosos acuerdos de posguerra por los que el mundo, y en especial Europa, se repartió en áreas de influencia abriendo la puerta de forma inmediata a la Guerra Fría, entre otros muchos conflictos.
Naturalmente, todo esto son cuatro ideas telegráficas entre la amplia aunque compacta exposición que Hillgruber hace de asunto tan complejo. Lástima que el estilo, algo abigarrado, con frases interminables y cargadas de subordinadas, obligue a retroceder de tanto en tanto, empañando algo la claridad del texto. Aun así, sigo pensando que es un libro que merece mucho la pena, desde luego para interesados en esta parte de la Historia, y en particular para quien desee tener una perspectiva algo diferente de esa etapa.
Título original: Chayelet
Año de publicación: 2024
Traducción: Esther Cross
Valoración: recomendable
Única novela hasta el momento de su autora, La soldada es un texto corto, apenas cien páginas, que, a tenor de lo que figura en la semblanza de su autora, contiene poderosos elementos autobiográficos, o, como poco, una sustancial parte sustentada en experiencias personales. Se trata prácticamente de un diario en primera persona de una joven que es alistada en el servicio militar israelí que, creo suponer, no hace distingos de edad o género y es obligatorio para la gran mayoría de los ciudadanos. Nuestra narradora es joven, hija de madre soltera y apenas ha cumplido la mayoría de edad cuando es llamada a filas.
El componente psicológico es poderoso: la sensación de otredad, el desplazamiento de la personalidad de la protagonista que desemboca en una fuerte alienación, que bordea el desequilibrio mental. Cómo su mente se desplaza, sobre todo, a lo largo de prolongadas noches en vela en la que recrea una truculenta maniobra de autolesión sobre su organismo, no carente de cierta dosis de humor negro, de resignación paralela a una sensación de no acabar de comprender ni su situación ni los motivos de ésta. Su percepción siempre teñida de sorpresa y aislamiento sobre las costumbres pautadas y a veces absurda de la convivencia en el entorno militar, su relación fria y distante con sus compañeros y compañeras de filas, sin constituir de forma exacta un alegato antimilitar, sí que encajarían con un perfil psicológico parcialmente engarzado en la brecha generacional. Sus únicos conatos de diálogo, sus interacciones más definidas son las llamadas a su madre, un establecimiento de contacto con su pasado, con su sensación de hogar de la que ha sido despojada, y, como contrapesando esa ausencia de la figura paterna, su apelación al mando (este sí marcadamente masculino) para solicitar ayuda cuando su estado mental empieza a resquebrajarse. Duro sin llegar a la sordidez, este libro ejemplifica cierta actitud hacia la vida, que su protagonista acepta y gestiona sin dejar de sentir cierta perplejidad.