viernes, 16 de enero de 2026

Meša Selimović: La isla

Idioma original: Serbio
Título original: Ostrvo
Traducción: Miguel Roán
Año de publicación (parcialmente y por entregas): 1973 - 1974
Valoración: Recomendable

La isla es una de esas novelas que, pese a su brevedad (unas doscientas páginas), contienen mucho material: un estilo precioso, un argumento conmovedor, personajes complejos y reflexiones casi universales (sobre la vejez, el amor, la familia, la pobreza, la muerte...). 

Gira en torno a dos jubilados que se van a vivir a una isla del Adriático. Sus días allí, rodeados de naturaleza y lejos de la ciudad, no tienen nada de bucólicos; al contrario: están marcados por amarguras cotidianas, hartazgo matrimonial, decepciones vitales y miseria material.

Emotiva, intimista y poética, La isla retrata con una crudeza no exenta de ternura el patetismo, las tribulaciones, las zozobras y los anhelos de sus protagonistas. A nivel estructural, recuerda por momentos a un ciclo cuentístico (ya que originalmente fue publicada por entregas y podríamos catalogar sus capítulos de episodios autoconclusivos).

En resumen: La isla es una novela competente y artística. Más asequible que La fortaleza, otra obra de Meša Selimović (por ser menos extensa, densa y ambiciosa), pero igual de lograda, introspectiva y bella.


También de Meša Selimović en ULAD: Aquí

jueves, 15 de enero de 2026

Michelle De Kretser: Teoría y práctica

Idioma orginal: Inglés 
Título original: Theory and practice
Año de publicación: 2024
Traducción: Regina López Muñoz
Valoración: Bastante recomendable

Teoría, praxis y, también, poiesis. Porque, al igual que no resulta fácil vivir sin entrar en contradicción con las propias ideas, no es sencillo crear con esa tensión entre lo ideal y lo real.

Hecha esta tirando a pedante acotación inicial, hay que decir que Teoría y práctica es un texto que se abre con una "novela interruptus" que da paso a la verdadera novela, la protagonizada por Cindy, mujer joven y descendiente de ceilaneses, a partir de su traslado a Melbourne en 1986 con el fin de preparar su tesina La construcción de género en Virginia Woolf. 

Ese es el punto de partida, el hilo al que se irán incorporando personajes y con el que estos tejerán relaciones que pondrán a Cindy frente a sus propias contradicciones, ya sea en lo filosófico / académico, en lo artístico, en lo ideológico o en lo sentimental. Diferentes aspectos de la vida de la protagonista se verán atravesados por fuerzas antagónicas y harán que el texto pueda ser leído desde diferentes ópticas: novela de tesis, novela colonial, memoria personal o novela de formación. 

Creo que la primera y la última son las mejores forma de enfocar Teoría y práctica, ya que su protagonista llega a Melbourne con un importante bagaje intelectual (posestructuralismo, feminismo, literatura, etc) que la realidad hará, en cierta forma tambalearse. Ahí radica el principal poder de la novela, en poner en tela de juicio certezas propias y ajenas, en poner en duda las categorizaciones abstractas que se verán agitadas por el caos de la vida real y las relaciones de poder, ya sea en lo académico, en lo artístico o en lo sentimental, y que pondrán a Cindy y al lector frente a un espejo que nos devuelve una imagen no idealizada.

Al lector, sí, sea hombre o mujer ya que, aunque Teoría y práctica está escrito desde una óptica femenina y feminista, cualquiera puede y debe sentirse interpelado por el texto. 

miércoles, 14 de enero de 2026

Pedro Torrijos: Catedral de escombros

Idioma: español

Año de publicación: 2025

Valoración: recomendable... quizás

Para quien nos lea desde fuera del Reino de España, hay que explicar, por si no lo saben, que el 29 de octubre de 2024 se produjo, cerca de la costa mediterránea, una Depresión Aislada a Niveles Altos o DANA  que provocó unas violentas lluvias torrenciales y éstas una riada catastrófica que arrasó varias localidades de la provincia de Valencia, sobre todo las situadas en la periferia sur de la capital. El resultado fue, además de los enormes costes materiales, la pérdida de 230 vidas humanas, muchas de las cuales, sin duda, podrían haberse salvado de haberse dado a tiempo la alarma prevista para casos así. Este penoso suceso es el que sirve de hilo conductor al arquitecto, divulgador y escritor Pedro Torrijos para guiarnos, en este pequeño ensayo, por un recorrido geográfico e histórico peculiar: el que transcurre por grandes desastres en los que la arquitectura o la ingeniería fallaron -o, casi peor, no lo hicieron, en algún caso- produciendo la muerte de miles de personas.

De esta forma, nos lleva a diversos escenarios catastróficos de los últimos 70 años, que ocuparon primeras planas en los periódicos y muchos minutos de telediario, aunque, en algunos casos, ya han sido olvidados fuera de las localidades donde sucedieron: desde el derrumbe del Rana Plaza en Bangladesh, en 2013, al de los almacenes Sampoong de Seúl, en 1995; del derrumbe de la presa francesa de Malpasset en 1959, al no derrumbe de la de Vajont, en Italia, cuatro años más tarde -lo sí que se derrumbó, sobre el embalse, fue la montaña adyacente, provocando una ola de 250 metros de altura que sobrepasó la propia presa-; del derrumbe del techo del teatro Knickerboker de Nueva York, en 1922, a, en España (aunque seguramente sería fácil encontrar ejemplos similares por todo el mundo) el del restaurante de la urbanización de Los Ángeles de San Rafael, en 1969. Por no obviar otra tragedia ligada al agua, en Valencia: la crecida del río Turia en 1957. La narración de todos estos sucesos, siempre bien aderezada por los comentarios, disquisiciones y digresiones sobre temas variados que le van surgiendo en el relato: desde la necesidad, precisamente, de explicar lo que ocurre por medio de un relato, hasta disquisiciones arquitectónicas o históricas. Es verdad que a veces parece irse un poco por las ramas, pero siempre retoma el hilo y, además, esta forma  de contar es característica de este autor, como sabrá quien haya leído algún otro de sus libros o lo siga en las redes sociales.

Ningún problema por mi parte, sin embargo. Otra cosa ocurre cuando se refiere al desastre que abre libro y al que vuelve de forma recurrente a lo largo del libro, la riada del 29 de octubre de 2024. En el cuarto capítulo, titulado, apropiadamente, La culpa y el espectáculo, hace un repaso de todas las culpas que se han atribuido, desde diferentes ámbitos, acerca de lo sucedido. Es verdad que hay algunas "culpas" que el propio autor desestima como absurdas, como las que se echaron -interesadamente, añado yo- sobre la Agencia Española de Meteorología -AEMET- o la Confederación Hidrográfica del Júcar. O incluso el propio sistema democrático, así en conjunto... Pero cuando menciona a los otros posibles responsables más directos, como el Gobierno de la nación y el Gobierno de la Comunidad Valenciana, se diría que pone la responsabilidad de ambas instituciones en el mismo plano, cuando no fue así, en absoluto. Y, lo que es peor, que quienes atribuyen estas responsabilidades o culpas, si se quiere, a unos y a otros también están en el mismo plano, cuando en un caso se trata de las familias de las víctimas y afectados de esas localidades -y el pueblo valenciano, en general-, mientras que, por otro lado, pueden ser, perfectamente, trols agitadores de la ultraderecha o incluso partidos políticos que tratan de aplicar la estrategia del calamar creando una nube de tinta. O, peor aún, de mierda. No son lo mismo, para nada, pero claro, ya se sabe -se explica anteriormente en el libro- que los humanos necesitamos encontrar culpables para poner punto final y procesar las desgracias que nos ocurren y tal y cual... No es porque haya una necesidad de justicia cuando hay muertos provocados por la incompetencia, en el mejor de los casos, de los responsables de que esa desgracia no ocurra o, cuando menos, provoque los menos daños posibles, no, qué va...

Además, en el epílogo viene a decir que la alarma que debió emitir a tiempo el Gobierno de la Generalitat Valenciana  y que se hizo con fatal retraso, cuando ya había decenas de fallecidos, en realidad tampoco hubiera servido de mucho, por la saturación de señales, noticias, avisos de todo tipo a las que estamos sometidos hoy en día. Ya que, según el este libro, "si hemos llegado hasta este punto quizá no se trate de fabricar más sirenas, sino de aprender a distinguir el silencio. Porque a veces el problema no es que falte la señal, sino que no sabemos cuándo ha empezado a sonar. O peor, que suene todo el tiempo". Pues puede ser, pero en este caso no sabemos lo que habría pasado de emitirse a tiempo, puesto que ni hubo señal ni sirena ni nada de nada... Porque en la tarde del 29 de octubre del 2024 el entonces señor presidente de la Generalitat Valenciana, el (muy poco) Honorable don Carlos Mazón, que debía autorizar esa alarma, estuvo varias horas pasándoselo pirata en el reservado de un restaurante junto a una atractiva señora y haciendo caso omiso de las informaciones de que algo grave estaba ocurriendo. Y la siguiente en el escalafón que podía haber autorizado la alarma, la señora consejera doña Salomé Pradas (hay que señalar que Torrijos no da ningún nombre... al menos en este tema) resultó ser una incompetente e irresoluta incapaz de tomar ninguna decisión por sí misma, no fuera a ser que la movieran de la silla.  Luego sí que hubo responsables y aun culpables, señor Torrijos. Que yo entiendo que no se quiera mojar demasiado porque el asunto todavía está en proceso judicial y, por supuesto, nadie ha sido condenado (todavía), pero tampoco me parece de recibo escribir un ensayo sobre esta tragedia, un año después de lo ocurrido e irse por los cerros de Úbeda, como si estuviéramos hablando sólo a nivel teórico, de una hipótesis de trabajo o un suceso acaecido hace mucho tiempo y muy lejos -peor aún: en el resto de casos que menciona, sí que da nombres de arquitectos y constructores, sin ningún problema, incluyendo, cómo no, al ínclito Jesús Gil-... En fin, que se puede ser cauto y eso es respetable e incluso aconsejable, pero ante todo hay que ser lo suficientemente honesto para no andar templando gaitas en un asunto así, que después puede haber malentendidos... Ahora bien, como, por mi parte, yo también intento serlo (y sin ánimo de templar nada), no quiero acabar la reseña sin reiterar que, en todo lo demás, este libro está muy bien.

Nota final: no me extrañaría que en los comentarios aparecieran los (o el) anónimos de costumbre quejándose de que ya estamos otra vez hablando de política y que si patatín y patatán... Dejando aparte de que, por lo que sea, sólo suele haber quejas desde un punto de vista "extremocentrista", por decirlo así, el libro habla de un suceso y unas responsabilidades (políticas, aunque yo espero que también penales) ocurrido en Valencia hace menos de quince meses... ¡Qué coño, pues claro que hay que hablar de política, que no vivimos en una urna de cristal! Y entonces se trató de una riada en l'Horta Sud de Valencia, pero también puede ocurrir en otros sitios. O que se produzcan unos incendios en Castilla y León o Galicia, una nevada en Madrid o una incluso pandemia mundial... Más nos vale estar un poco más atentos a lo que hacen nuestros dirigentes y no cogérnosla tanto con papel de fumar, ni siquiera en un blog que habla de libros, porque nos jugamos la vida, literalmente...

También de este autor en Un Libro Al Día: Territorios improbables

martes, 13 de enero de 2026

Truman Capote: Se oyen las musas

Idioma original: inglés
Título original: The muses are heard
Año de publicación: 2025
Traducción: Sandra Caula
Valoración: muy recomendable

Absolutamente sorprendido de que hasta hoy este texto no contara con una traducción al castellano. Lo que lo convierte en obvia elección para cualquier completista, pero desde luego que en momento oportuno como pocos se publica, justo cuando ese fantasma de la Guerra Fría que parecía ya no adormecido sino aletargado parece no solo ir a despertar sino incluso alcanzar tanto nivel de activación que lo de fría habría que revisarlo. Pero quizás ya está bien de invocar malas vibraciones: este texto puede ser cualquier cosa pero ni lúgubre, ni gris ni pesimista o resignado. Tenemos a Truman Capote como reportero o cronista o testigo de primera mano de un curioso experimento allá por los años 50, justo cuando los bloques estaban, digamos, asentándose, cuando la división profunda causada por la brecha capitalismo vs comunismo (o viceversa, no se ofenda nadie) todavía dejaba algún resquicio para iniciativas cuajadas de buena voluntad.
Y la visita de una compañía de teatro estadounidense para representar el clásico teatral en la Unión Soviética, desde luego debió ser, ni que sea por lo inconcebible que pueda parecernos tres cuartos de siglo más tarde, uno de esos actos, un intento de recuperar la hermandad entre naciones que, tras oponerse unidas a la Alemania nazi, empezaba a parecer algo excesivamente forzada. Ya en ese momento las dos grandes potencias globales hacían algo mucho más contundente que echarse miradas desconfiadas de reojo. De esa premisa parte esta crónica, que, sin llegar al nivel posterior de Capote, quizás la temática más ligera, más proclive a tomar un cierto aire vodevilesco, propio incluso de la propia escenografía de la situación; tenemos una compañía teatral que va a representar una obra musical crítica con el racismo (que en ese momento no era un problema que acuciase a los rusos) y que se embarca en un largo viaje en tren desde Berlín oriental hasta Leningrado, y parece cada kilómetro que el tren avanza, conforme se acercan y los miembros van notando que se alejan del mundo que conocen y van enfrentándose a lo que apenas intuían: que su visita contará con un buen recibimiento, con todos los parabienes, que sus anfitriones les aguardan excitados e ilusionados. Pero que el aparato subterráneo, el mismo que ha orquestado la posibilidad de su presencia ahí, es a la vez opaco, no amenazador sino inquietantemente impenetrable, no solo por la obvia dificultad de comunicación sino por ese choque a varios niveles. 
Capote no se manifiesta tan nítidamente en sus opiniones: su visión como parte de la comitiva - la parte que ha de relatar lo que ve y especular con lo que no puede ver - está, quizás, matizada por la propia situación. Pero desde luego recuperar un texto inédito de semejante icono literario, y en una situación tan sumamente única, convierte a Se oyen las musas en algo a recomendar de forma entusiasta.

Otras reseñas del autor en ULAD: aquí

lunes, 12 de enero de 2026

Paul Murray: La picadura de abeja

Idioma original: inglés
Título original: The Bee Sting
Traducción: Javier Calvo en castellano para Anagrama
Año de publicación: 2023
Valoración: muy recomendable


Hay libros que vienen precedidos de cierta fama por ser candidatos a premios y tener grandes valoraciones en medios y redes sociales. Pero a veces, y ya somos perros viejos en esto, los premios no siempre vienen acompañados de calidad literaria o, digámoslo de manera más políticamente correcta, de afinidad a nuestros gustos. Así que consultar fuentes fiables siempre es una opción a tener en cuenta, y más cuando el libro en cuestión podría formar parte de una de nuestras Tochoweek. Pero el placer máximo se alcanza cuando el atrevimiento encuentra el acierto, como este es el caso.

En cuanto a planteamiento, el autor no parece ponerlo fácil de entrada, pues los capítulos son muy extensos (cerca de las cien páginas cada uno) con lo que se podría pensar que hay que entrar con cierto empuje y coraje para adentrarse en un libro de más de setecientas páginas. Pero nada más lejos de la realidad: las páginas vuelan en manos del lector ávido en conocer detalles de la vida de la familia que conforman los cuatro personajes principales de la historia. Unas vidas en presente (y en pasado) que el autor nos va desgranando, centrando cada capítulo en uno de sus miembros a lo largo de la narración. Con ello, el lector entra de lleno en el mundo que Murray nos plantea, un mundo lleno de claroscuros, de fracasos, de inercias que arrastran decisiones erróneas e infortunios y, con ello, vamos viendo los diferentes aspectos de la vida de la familia Barnes y las intra(relaciones) que los envuelven. Así, tenemos al padre, Dickie, un vendedor de coches propietario de un concesionario en horas bajas que de golpe se obsesiona por el calentamiento global y la ecología y que lleva el peso de una herencia no siempre deseada. La madre, Imelda, una belleza que proviene de una familia de origen humilde, crecida en una casa donde «nunca se hacían planes. Nadie pensaba en el futuro. La vida simplemente se te echaba encima como una banda de tipos saliendo de una furgoneta», una atractiva compradora compulsiva con una vida de la que parece arrepentirse y de la que no sabe cómo salir. También tenemos a Cass, la hija, una chica con dudas sobre su identidad sexual y que sueña por abandonar el triste y pequeño pueblo en el que viven pues allí «no había tiendas de verdad; en vez de McDonalds y Starbucks, tenían el Binchy Burgers y el Café de Mangan», y luego finalmente está PJ, el hijo un tanto alocado, perdido, con facilidad para meterse en líos y con el que nadie parece contar mucho. 

Todos estos elementos conforman los ingredientes para el cocktail (molotov en este caso) que Paul Murray sabe elaborar y hacer estallar de manera controlada y efectiva, pues su prosa es afilada como la aguja de la abeja y certera como la picadura de su aguijón; es precisa en el retrato de los personajes que copan la narración, pues todos ellos (pocos, y es un acierto) están perfectamente perfilados y el lector sabe en todo momento qué piensan y como sienten. El dibujo que traza el autor de los diferentes personajes es limpio, nítido y contrastado entre ellos gracias a la habilidad del autor en saber ponerles voz propia y en componer una personalidad diferenciada; a medida que uno avanza en la lectura del libro, a ratos intrigante y a ratos casi tragicómico, el retrato que hace Murray de una familia desestructurada es de los que dejan poso, pues cada uno de sus miembros da para mucho, tienen un universo propio que permite al autor desarrollar tramas independientes que, a su vez, puede (y sabe) hilvanar para crear una malla que los constriñe en un triángulo devastador formado de crisis económica, familiar y social que se desarrolla en un pequeño pueblo en el que todos se conocen (quizá demasiado) y para quienes la única salida de sus aborrecibles vidas es la que marca el letrero del fin del pueblo.

Estilísticamente, el autor utiliza diferentes formatos en función del personaje, destacando principalmente el de Imelda, pues la ausencia de signos de puntuación ya augura una mente alocada y caótica. De igual modo, cambia de registro al utilizar la tercera persona en primer lugar, para pasar a una segunda y terminar con un estilo más propio del teatro, lo que va en absoluta consonancia con la capacidad que tiene Murray en ir metiendo al lector en la historia, de manera cada vez más próxima, más cercana, más intensa, pues el libro te arrastra a leer página tras páginas pero, a diferencia de los típicos page-turner, aquí el impulso no lo da un gancho, una intriga o un misterio sino querer adentrarse cada vez más en las vidas de sus propios personajes; unos personajes que, si bien no tienen por qué caernos bien (de hecho, sufrimos más con ellos de lo que congeniamos), sí consiguen que nos pongamos de su lado por la gran cantidad de situaciones incómodas y difíciles con las que tienen que lidiar. Ahí está otro de los méritos del autor: conseguir que estemos al lado de sus personajes a la vez que cuestionamos sus decisiones.  

Para finalizar, confieso que, aunque no se trata del tipo de lectura que usualmente elijo, la verdad es que he disfrutado enormemente con ella: el retrato es afilado, la comicidad situada en el punto justo pues nada es gratuito ni superficial, la tensión es contante y el ritmo alto. Murray sabe tejer historias con personajes perfectamente perfilados sin dejar que ninguno de ellos caiga de la telaraña del interés argumental. Todo está mesuradamente equilibrado ya que el autor es muy muy hábil en abrir a sus personajes en canal sin dar apenas pistas de ello, y la historia te atrapa y te absorbe mientras miras con distancia, pero a la vez con empatía cómo todo puede torcerse, como las decisiones tomadas afectan, pero también el poderoso gesto del azar, capaz de convertir una promesa en una condena o un camino de rosas en un pozo fangoso. Este es un libro de varias capas a las que uno va adentrándose casi sin darse cuentea. La(s) historia(s) te absorbe(n), por sus personajes y por su argumento, pero especialmente por la innegable habilidad del autor en ir descubriendo a cada paso un poco más de sus caracteres, del porqué de sus relaciones, pero especialmente de sus pasados, origen seminal de quienes son ahora y cómo son y se comportan.  La historia se va desplegando a ojos del lector a medida que episodios del pasado van apareciendo y, poco a poco, entramos en el oscuro mundo de expectativas no cumplidas y tragedias inesperadas.

Paul Murray es muy hábil porque teje una historia que va de menos a más, transforma lo que sería una historia casi costumbrista de una familia desestructurada a un entramado que va aumentando en tensión capítulo tras capítulo. El autor sabe perfectamente mesurar ciertos puntos tragicómicos para ir avanzando en una maleza argumental que se va enredando y en la que el lector se queda enganchado sin poder (ni querer) salir de ella. Un libro que se disfruta de principio a fin, y que consigue mantenerte en vilo en sus más de setecientas páginas que parecen muchas menos a pesar de que suceden muchas cosas. Un auténtico librazo que no puedes dejar de lado a pesar de que en ocasiones sufras por lo que les ocurre (justa o injustamente) a sus protagonistas.

domingo, 11 de enero de 2026

Alan Pauls: Fallar otra vez

Idioma original: español

Año de publicación: 2022

Valoración: está bien

Edición en formato libro de una conferencia que dio Alan Pauls en 2019, el ensayo (con un prólogo casi más largo que el mismo), trata de las dudas y desavenencias del escritor frente a la tarea de corregir un texto "ya terminado". A raíz de la cita de Beckett, "Probar otra vez. Fallar otra vez. Fallar mejor", el autor desarrolla la tesis de que el miedo del escritor a corregir el texto deriva de dos conceptos: el primero es la sensación de enfrentarnos ante lo que todavía no es, es decir, un texto más o menos pulido y presentable al mundo, la posibilidad, a la hora de retocar lo escritor, de enfrentar miles de opciones en cada frase, de decidir el ritmo, el impacto, etc, para consolidad el poder del relato. Eso por un lado. El segundo concepto es más terrenal y refiere a la pereza (¿inherente?) del que escribe; luego de dedicar ímprobos esfuerzos al texto, de construir una estructura, ya sea simple o compleja, de crear personajes, de dotarlos de interés e ideas, todo lo que ya conocemos, darse cuenta que aún hay que corregir, y que la tarea de hacerlo es infinitamente más complicada que la de crear. 

Corregir, dice Alan Pauls, "nos confronta con nuestros vicios, nuestras comodidades, nuestra pereza, y con el repertorio de coartadas grotescas que nos hemos dado para evitar que nuestros vicios nos avergüencen, y porque puede que al ponernos a corregir —es lo más probable— tropecemos con una evidencia que nos congelará la sangre de espanto: que lo que hicimos no funciona, no hechiza a nadie, no servirá". No hay mucho que agregar luego de esta frase. Yo mismo, que he escrito varias novelas, me identifico plenamente con ambos conceptos y con la certeza absoluta de que, al revisar el texto, me encontraré con errores absurdos, de esos que me prometí varias veces no volver a caer. Y lo sigo haciendo. ¿Y qué pasa cuando uno sigue cometiendo los mismos errores? ¿Qué pasa cuando, ante la odiosa tarea, uno siente que no da más, que se hartó de tener mil versiones distintas que no llegan nunca al objetivo final?

Y ahí es cuando Pauls nos señala que la corrección puede convertirse en algo que no sea la tarea de Sísifo, una condena, una espada de Damocles; puede llegar a ser una tarea igual de productiva que la creación misma. Empieza, entonces, a citar y a contar anécdotas de varios escritores con fama de corregir hasta la obsesión: Proust, Joyce (ambos llenaban de notitas sus cuadernos, haciendo imposible leer la versión original). Para ellos, según Pauls, corregir era la continuación de escribir, igual de liberador e igual de necesarios, porque para ellos era su vida, no tenía ni un ápice de vergüenza ni preocupaciones a la hora de mejorar el texto. Corregían y ya, sin un tópico de lo que Debe Ser la literatura (las mayúsculas son del autor). Pone ejemplos de contenidos audiovisuales, como Twin Peaks, y se pregunta qué hubiera pasado si Lynch se limitaba a seguir las normas clásicas de los guiones cinematográficos: arcos de personajes, momentos clímax, revelaciones, etc. 

En fin, que luego de más ejemplos, resume en que cada uno de ellos fallaba en lo mismo y varias veces, y fallar siempre en un determinado punto es indicio de un síntoma, no de una falla de carácter: es la demostración del particular punto de vista del autor, de que no concibe la vida de otra manera, y que el error en el que vuelve a caer en realidad es su expresión creativa. Lo que se debe hacer, entonces, no es solucionar el problema, sino profundizarlo (y lo equipara al problema de las drogas, lo cual no creo que sea una buena analogía...), y cita a Knausgård (KOK para los amigos y enemigos de ULAD) como alguien que no corrige y que no se preocupa por las críticas, porque tiene algo más importante que contar, y lo que cuenta (en este caso los tomos de Mi Lucha) es perfectamente coherente con la falta de corrección (otro argumento que no me convence nada de nada; por más que sea su propia vida, al momento de ponerlo en un papel, ya está ficcionalizado, y por lo tanto parte de vos lo puede ver de manera crítica).

He contado casi todo lo del libro. La verdad, más allá del prólogo, que es larguísimo y no aporta mucho de interés, es que es un ensayo que peca de obviedad y redundancia. Es una racionalización de lo que ocurre en el momento de la corrección y nada más. Lo único que ofrece es una solución al hecho de la pereza o fastidio de la corrección, pero dudo mucho que a un escritor, al menos uno que se tome en serio la tarea de la escritura, se sienta aliviado solo porque a Joyce le pasaba. El hecho es que igual se tendrá que enfrentar con las letras impresas o digitales y seguir leyendo los mismos errores y seguir frustrándose porque siente que no mejora en nada. 

La edición de Gris Tormenta también es algo discutible: si bien se lee con agrado, publicar esta conferencia con un prólogo es casi que innecesario, porque el texto no llega a las ochenta páginas, y mucho más cuando los párrafos están alineados a la izquierda y no justificados.

sábado, 10 de enero de 2026

Colaboración: Historia del cerco de Lisboa, de José Saramago

Idioma original: Portugués

Título original: História do cerco de Lisboa

Traducción: Basilio Losada

Año de publicación: 1989

Valoración: Muy recomendable (¿Muy?)


Hace unos cuatro meses, el 19 de agosto 2025, Santi escribió:  "un Saramago al año no hace daño". No hará daño, entonces, un reseña más al iniciar este 2026, sobre todo teniendo en cuenta que la primera reseña de Saramago apareció en ULAD en septiembre de 2009, hace diez y seis años y se han reseñado, hasta el 19 de agosto pasado, ocho de sus novelas. En promedio solo una cada dos años. Así es que colaboraré reseñando otra. 

Confieso que tengo debilidad por Saramago, casi todos sus escritos me han gustado, y mucho. Sé que el “muy recomendable” está marcado por esa debilidad; espero que solo hagan picadillo y no puré con esa valoración. Pero advierto: El primer párrafo de tres páginas y media, sin ningún punto, solo comas y palabras con mayúsculas después de algunas de ellas, es todo un reto, aun para quienes hayamos leído otros libros donde Saramago use esa misma tipografía, que adopta, según él mismo lo dijo alguna vez, para darle su fluidez natural al diálogo. Ese primer párrafo me mueve a decir que esta novela no es la más recomendable para iniciar la lectura de las obras de Saramago.

Después de ese arduo inicio de la novela viene otro párrafo de página y media, con una sutil descripción: un amanecer que apenas se percibe con “una infinitesimal mudanza en la oscuridad del cuarto…” y Saramago o el narrador o alguien, sigue contándonos ese amanecer en tal forma que solo para leer ese párrafo vale la pena comprar el libro.

Los comentarios a esta novela suelen resaltar un hecho: que el protagonista, corrector de estilo de una editorial, introduce un no, en vez de un sí, en el lugar clave de un libro de la historia de Portugal, alterando con eso el hecho indiscutido y bien conocido de la ayuda que los cruzados dieron al primer rey portugués para que arrebatara Lisboa al dominio musulmán. Se narran luego las dificultades, muy divertidas por cierto, que el corrector tiene para enfrentar el indudable reclamo que la editorial le hará. Pero eso, escrito con un notable sentido del humor, no es lo mejor de la novela. Sí lo es la historia de amor que poco a poco se desarrolla en el libro.

Aunque el centro de la novela es el nacimiento y desarrollo de un amor, no por eso la obra se puede clasificar como perteneciente al género romántico. El amor descrito no tiene la pasión ni el desenlace trágico común en ese género. Tampoco es un amor a primera vista. Nace con dificultad y casi a contracorriente en uno de los dos personajes involucrados, aunque asoma en él, sin ser reconocido, desde el primer momento. La iniciativa es llevada por el otro personaje, que con clama pero con firmeza lo va guiando hasta el lugar donde desemboca. Un amor humano que, con sencillez, se desarrolla por caminos desacostumbrados en obras que traten este tema.

Hay otras virtudes en el libro: ese espejo en que, tal vez sí, tal vez no, se desarrolla un amor semejante, espejo configurado en el escrito que elabora el corrector, donde trata de dar continuidad a ese NO que cambiaría la historia de toda una nación.

Saramago escribiendo una historia de amor ¿Leí bien la novela o ese “muy” de la clasificación me ha hecho ver lo que no existe? Ustedes, lectores asiduos de ULAD, tendrán su respuesta, como siempre.

Firmado: David Batista

Otras obras de José Saramago reseñadas en ULADaquí