viernes, 28 de noviembre de 2025

Xavier Mas Craviotto: Animals inexpressius

Idioma original: catalán
Título original: Animals inexpressius
Traducción: sin traducción al castellano en el momento de publicar esta reseña
Año de publicación: 2025
Valoración: muy recomendable


Hay talentos que, ya de bien jóvenes, destacan por tener una sensibilidad especial a la hora de escribir, ya sea una novela, relatos cortos o poesía. Pero hay autores que justamente su paso por todas las disciplinas literarias (y especialmente la poesía) les otorga un valor adicional no siempre al alcance de todos. Porque es difícil destacar en cada una de esas facetas, pero Mas Craviotto lo consigue, pues este libro de relatos (su primer recopilatorio) se suma a los éxitos en clave de calidad literaria que consiguió con las novelas o sus poemas. Veamos lo que nos ofrece en esta antología.

El libro que nos ocupa nos presenta una recopilación de diez relatos, de duraciones entre las cincuenta páginas el más largo y catorce el más corto, escritos todos ellos en una misma época. Y, como en todo libro de relatos que se precie, todos ellos tienen algo en común, un hilo conductor que permite al lector hilvanar las diferentes historias para que, también en conjunto, tengan sentido, que a su manera se puedan entender como una continuación uno del otro, no ya a nivel argumental sino a nivel emocional, casi sensorial que los conecta de manera orgánica y natural. En este caso, el nexo común a todos ellos es la inercia, una inercia que empuja a los personajes a seguir con unas vidas que no perciben ya como propias, sometidas a una desconexión permanente ya sea de la pareja, del mundo, del futuro o incluso de su propia vida. Así, los personajes que protagonizan los relatos se ven arrastrados por una cotidianeidad de la que no saben cómo escapar, por unas expectativas que les empujan adelante sin ver (o pretendiendo no hacerlo) el abismo que se abre ante sus vidas; un abismo que sortean como pueden, empujando los días, uno a uno, intentando así salvar el escollo que les niega la felicidad, sin tener en cuenta que, en cada decisión, la cuerda que los sostiene es más débil, más fina, casi un hilillo en el que agarrarse justo antes de la caída final que no siempre se produce, aunque quizás paradójicamente sería esa su salvación.

Para no extenderme demasiado, no desgranaré cada uno de los relatos porque, además, con ello, hurtaría a los futuros lectores parte del encanto que tienen de manera intrínseca los relatos: la contundencia de esa ventana temporal que se abre in media res a una historia y que nos permite ser testigos por un corto espacio de tiempo de unas vidas que uno percibe más amplias de las que se nos refleja. Y es que, en parte, ese es uno de los puntos fuertes de las grandes narraciones en el genero de los cuentos: la capacidad del autor en dejarnos ver, a través de unas pocas páginas, unos personajes que por lo que se insinúa en el relato tienen vidas previas y posteriores al momento narrado, podemos intuir su pasado y su futuro fuera del cuento convirtiéndonos momentáneamente en testigos temporales de sus vivencias. A pesar de ello, sí diré que mis preferidos son el primero de ellos («La noche atrapada dentro del retrovisor») en la que el autor teje un relato duro, intenso, con una tensión palpable que se extiende como un manto a lo largo del relato. Una historia de vacíos, de silencios, pero sobre todo de una inercia que empuja a sus personajes hacia un abismo, cada uno el suyo, con su propio interminable fondo al que ni la oscuridad propia de los propios temores les hace apartarse de un borde que les tienta absorbiéndoles hacia un agujero existencial en sus vidas. También me ha parecido sublime el relato «El laberinto», sobre un niño prodigio, que conoce todas las banderas de los países del mundo, sus capitales y la forma de sus países. Un niño incomprendido por los padres porque ven que en su cerebro hay como una especie de laberinto donde se encuentra todo lo que recuerda y que, a diferencia de ellos que «sólo tenemos una calle», su hijo nació «con una ciudad en la cabeza». Un niño inteligente con unos ojos que «eran de alguien que había entendido la vida mucho mejor que los adultos. Alguien que había entendido el mundo y se aburría porque ya no había nada que hacer en el mundo, cuando lo has entendido». También resulta sobrecogedor el relato «El día que desapareció el Sol» o también triste y desesperanzador «El iceberg».

En esta recopilación, Mas Cravitto ha bordado un libro a través de un conjunto de textos enlazados, no solo simbólicamente sino también sutilmente a través de puntos de unión argumentales entre ellos, que desprenden violencia, alguna vez física, alguna vez psicológica pero siempre interior, por la frustración de no haber conseguido una vida mejor, por no haberse rebelado en los momentos en que la vida lo exigía o demandaba, por ser demasiado débil o demasiado fuerte, por una pérdida o por un exceso, por uno mismo o por los demás. Violencia contenida o explícita que rodea a sus personajes, así como lo hace también la desesperación o la tristeza, todas rodeadas en un abrazo letal que lo arrastra y los condena. No hay redención, no hay una brecha por lo que la luz pueda asomar y mostrar un nuevo camino, todos parecen perdidos y condenados a una vida que no quieren, pero de la que no consiguen encontrar escapatoria porque, tal y como dice el autor en uno de los cuentos, «es cabrona la inercia. Hace que dejes de entender cosas. Hace que dejes de entender las cosas porque antes ha hecho que dejes de hacerte preguntas. Dejas de preguntarte por qué haces lo que haces, qué sentido tiene todo lo que te envuelve. Entonces sí que estás muerto». Una muerte muy presente en los relatos, pues en uno de ellos afirma, sabiamente, que «las personas que amamos no se mueren solo una vez. Se mueren muchas veces. Cada vez que las recordamos vuelven a morirse. Una y otra vez. Infatigablemente. La muerte no se cansa nunca».

Para terminar, dijo el autor, en una charla en la que participé, que cuando empieza a escribir un nuevo texto no parte de un propósito sobre en qué campo situará el texto: deja que la idea le venga a la mente y luego busca qué cuerpo encaja mejor con la idea. Y, una vez leídas varias de sus obras, no me cabe duda de que todas ellas encajan como un guante, aunque no siempre de seda.

También de Xavier Mas Craviotto en ULAD: La mort lentaLa gran nàusea, La pell del món

jueves, 27 de noviembre de 2025

Byung-Chul Han: El espíritu de la esperanza

Idioma original: alemán

Título original: Der Geist der Hoffnung

Traducción: Alberto Ciria

Año de publicación: 2024

Valoración: Decepcionante/Filosófico


‘Guerras, migraciones masivas, atentados, catástrofes climáticas, crisis y pandemias: escenarios apocalípticos muy diversos nos confrontan con una inminente amenaza de hundimiento y extinción [..] Sin embargo, de la desesperación más profunda nace también la esperanza más íntima. La esperanza nos abre tiempos futuros y espacio inéditos, en los que entramos soñando’. Bajo un título como El espíritu de la esperanza y con una contracubierta con semejante invocación, queremos pensar que Byung-Chul Han, él sí, ha dado con la tecla para ofrecernos el salvavidas que nos saque del marasmo en que nos hemos metido en este cuarto de siglo. Quizá por eso le acaban de dar un nuevo premio más, y hasta parece que se ha hecho un poco más popular.

Un preludio bastante largo nos deja un poco descolocados, porque empieza a referirse a raíces etimológicas y a enfrentar esa esperanza a diferentes conceptos, angustia, miedo, optimismo. Este deslindar el concepto parece algo muy profesoral y, aunque se prolonga más de lo esperable, espera uno que pronto se ponga el Sr. Han a explicarnos cómo podemos albergar esperanza en tiempos tan inciertos. Pero no. Lejos de bajar a nivel terrenal, el texto sigue navegando entre conceptos abstractos, presentando a buena parte del panteón de la filosofía alemana del último siglo, desde Heidegger a Adorno, Benjamin, Bloch o Arendt, incluyendo a algunos foráneos como Derrida, Camus o Václav Havel. Seguimos página tras página desglosando la culpa o la teoría del perdón, esperanza y acción, soñar dormido y soñar despierto, la reflexión prospectiva y retrospectiva.

Como se ve, nada que contribuya a sacarnos de la zozobra de los genocidios, aeronaves hostiles que sobrevuelan los cielos, o diversas especies de dictadorzuelos de ópera bufa desgraciadamente demasiado poderosos para tomarlos a broma. Tampoco me seduce precisamente ese estilo de frase breve y redonda que salpica el texto con insistencia: puede que simplemente sea la forma de expresarse del autor, pero da la impresión de buscar siempre la cita célebre, lo cual se confirma sospechosamente cuando uno escribe en el buscador Byung-Chul Han y la búsqueda más frecuente que se ofrece es ‘citas’ o ‘frases’.

Pero tampoco nos enfademos demasiado con este autor coreano afincado en Alemania. Esto no es en realidad otra cosa que un libro de filosofía, y Han disfruta tomando el hilo de algunos  de sus colegas y confrontando con otros, siempre en torno a ese concepto de esperanza, como podría haber sido cualquier otro. Y estas reflexiones (o discusiones, que también) son las que posicionan a los filósofos en su mundo particular, porque en definitiva es a lo que se dedican.

Así que desde ese punto de vista no me siento capaz de negarle valor al libro. El problema es otro: cuando estudiábamos filosofía se desplegaba un esfuerzo generalizado por convencernos de que aquello tenía una utilidad real, quizá a largo plazo, tal vez solo (y eso sería suficiente) para iluminar el espíritu y hacernos pensar, hacernos más humanos, y qué sé yo. Siendo muy sincero, y aunque esto pueda parecer una aberración, tengo que reconocer que me resulta muy difícil encontrarle utilidad a estas elucubraciones, como no sea en un plano casi completamente abstracto, como una pequeña semilla que, aunque la ignoremos, contribuye a hacer que la Humanidad sea un poco mejor (aunque no lo parezca).

P.D. En cualquier caso, lo mejor del libro son en mi opinión las varias reproducciones de pinturas de Anselm Kiefer que incluye, aunque es indudable que en el pequeño formato del libro lucen mucho menos grandiosas que a tamaño natural. Y tampoco tengo nada claro que sean lo más indicado para ilustrar un texto sobre la esperanza porque, a mí al menos, estas obras, aunque muy sugerentes, me mueven a sentimientos mucho menos luminosos.


Unas cuantas obras de Byung-Chul Han reseñadas en ULADaquí


miércoles, 26 de noviembre de 2025

Colaboración: Solo humo, de Juan José Millás

Idioma original: castellano

Año de publicación: 2023

Valoración: Divertido y Está muy bien


Juan José Millás sigue incombustible medio siglo después, lo que es una gran noticia para sus seguidores. A esta se suma otra más: su regularidad. Gracias a ella ha mantenido un ritmo de publicación que da como media aproximada un libro cada dos años.

En los últimos tiempos, ¡albricias!, ha agudizado el ritmo. Uniéndolo, además, a una portentosa capacidad de captar el signo de los tiempos. Obras de justa extensión que se incautan del lector, como Solo humo, en la que al protagonista, dicho sea de paso, le ocurre lo mismo. Paso a explicarme.

Carlos recibe la noticia de la muerte de su padre en accidente de moto. No es ningún secreto, porque se cuenta en la tercera frase. En la visita al piso que ha recibido como herencia, Carlos encuentra un cuaderno con apuntes de su progenitor, que procede a confiscar convenientemente. Ya de vuelta en casa, lo lee y halla en él una historia que le insta a mudarse inmediatamente a la vivienda recién transmitida.

En su nuevo domicilio al que marcha con no poca oposición de su madre, descubrirá dos pasiones que van a marcar su vida justo al momento de cumplir la mayoría de edad: los cuentos de hadas, que lee en un volumen de los hermanos Grimm, y su vecina Amelia, que le dobla la edad y por la que siente una fuerte atracción instantánea. Según parece, tanto objeto como persona son viejos compañeros de su padre recién fallecido.

Y en la investigación a fondo de estos dos misterios que operan sobre su curiosidad se vuelca Carlos sin miedo a las consecuencias. Pero en esta nueva fase de su vida tendrá también que poner límites si no quiere que se repitan dinámicas indeseables.

Además de homenaje a la literatura en general y a los cuentos de hadas en particular, Solo humo es paradigmático de la forma de ver la vida de Millás, quien afirma estar más en deuda con los libros que con las propias vivencias. Relator eficaz y potente como él solo, desarrolla una trama a varias bandas con personajes que se desdoblan y se reencarnan, y que cruzan como cosa cotidiana la frontera entre fantasía y realidad.

Como dijimos al principio, Millás es un raro caso de autor. No solo es que haya ido apuntalando su literatura con el tiempo, sino que el tiempo ha apuntalado también su literatura. Para sus lectores es vertiginoso comprobar que su estilo rápido de reflejos resulta ahora casi más actual que cuando empezó, paradoja digna de su diario La vida a ratos o de su libro más reciente. Ojalá ambos títulos también apareciesen por aquí en algún momento.

Firmado: César

También de Juan José Millás en ULAD: Dos mujeres en Praga, Hay algo que no es como me dicenHay algo que no es como me dicen (re-reseña), Articuentos completos, La mujer loca, Laura y Julio.


martes, 25 de noviembre de 2025

Jose Valenzuela: Una

Idioma original: Español 

Año de publicación: 2025

Valoración: Está muy bien

Me resulta inevitable pensar en Persona cuando miro la bergmaniana cubierta de Una. Tras la lectura de la novela, no me cuesta nada imaginar a Bibi Andersson y a Liv Ullmann en el papel de Una y de Jana, las dos protagonistas de un texto que, tirando de referencias cinematográficas, tiene también mucho de David Cronenberg. Y es que aunque, al menos inicialmente, podríamos etiquetar la novela de debut (¡y qué debut!) de Jose Valenzuela dentro de la ciencia ficción especulativa, hablamos de un texto firmemente arraigado en obsesiones y preocupaciones atemporales.

De hecho, el comienzo de Una es absolutamente distópico. Mentes disociadas, "ladrones de cuerpos", implantes, desconexiones, etc que dan paso, progresivamente, a una historia plagada de máscaras y espejos, de entradas y salidas, a un puzzle complejo acerca de la identidad y su pérdida, la soledad, el dolor, el amor (sea en las formas que sea) y la muerte. 

Pero en el caso de Una, casi tan importante como la historia que Valenzuela nos cuenta es el cómo nos la cuenta. Porque, tal como se dice en la página 27 del texto... Todo lo que se podría decir en este puto mundo ya se dijo en algún momento anterior. Lo único que podemos hacer ahora es decirlo de forma diferente. 

Y así, la estructura cobra un peso fundamental. Una se mueve en diferentes niveles narrativos. No entraremos aquí en narratología ni mandangas similares (mis conocimientos son casi nulos), pero bastará decir que hay una historia principal distópico-existencialista (la de Una y Jana) conectada con varias subtramas personales y familiares que llevan a la novela a un terreno más realista, y que tanto unas como otras se ven interrumpidas / atravesadas por un coro de tragedia griega que lleva a Una hacia lo metaliterario (el papel del autor, la relación autor / personajes, relatos sobre el relato contados desde dentro del relato, etc). Ese ver(se) la novela desde fuera choca en un primer momento, pero funciona y cobra sentido a medida que avanza el texto.

En resumen, una primera novela compleja y ambiciosa, no recomendable para todo los públicos (me temo que Valenzuela sabe que no es lo que se dice un escritor comercial 😜😜) pero sí para aquellos que gusten de textos arriesgados que opten por caminos menos explorados para hablar de aquello que fuimos, somos y seremos. 

lunes, 24 de noviembre de 2025

Ana Campoy: El paracaidista

Idioma original: Español

Año de publicación: 2024

Valoración: Está bien

Puede que sea un poco injusto escribir una reseña de este libro siendo yo un ignorante (casi absoluto) de la historia de España y, en particular, de la sociedad de posguerra. Ni siquiera tengo del todo claro a qué guerra concreta se alude cuando, en el imaginario español, se dice simplemente “la posguerra”, si es un término pegado inevitablemente a la Guerra Civil o si puede extenderse a cualquier posconflicto. Esa distancia histórica y cultural pesa, sobre todo en una novela que parece pedir un lector que haya mamado desde la infancia ese contexto, que lo tenga incorporado en los gestos, en la lengua y en los silencios. Aun así, y quizá precisamente por eso, sigo creyendo que un buen libro debe sostenerse por sí mismo y que confiar en la sensibilidad precondicionada o en la nostalgia nacional es, en cierto sentido, otra forma de fan service.

El paracaidista da testimonio de la vida en un pueblo que, aun quedando al margen de los frentes de batalla, sufre en carne propia las consecuencias y los residuos de la devastación. No le interesa tanto la cronología de los hechos como el clima moral que deja tras de sí la victoria de unos sobre otros: el miedo, la arbitrariedad, la sensación de que la ley es la voluntad de quienes ganaron. En ese espacio asfixiante, Campoy enfoca sobre todo a las mujeres, que aparecen doblemente castigadas: por un lado, por los estragos de la guerra; por otro, por el recrudecimiento de su sometimiento en un lugar donde el poder se ejerce sin contrapesos y la violencia se vuelve doméstica, cotidiana. La novela se inscribe claramente en esa línea de relatos que buscan devolver voz a las mujeres silenciadas de la posguerra española, mostrando cómo la violencia se prolonga a través del tiempo y de las generaciones. 

Sin embargo, tengo que admitir que me hallé perdido durante buena parte del trayecto. La propia fuerza de la novela (esa mirada íntima, casi infantil, a ras de piso, dentro de las casas, en los pasillos y en las cocinas) se me volvía en ocasiones un obstáculo. Al desconocer la big picture, las claves históricas y simbólicas que un lector español probablemente reconoce de inmediato, me resultó difícil terminar de asentar las experiencias y puntos de vista de las dolientes. La narración, además, es deliberadamente errática: avanza a saltos, cambia de foco, se permite elipsis largas y vuelve sobre ciertos episodios con una lógica más emocional que cronológica. Esa apuesta formal tiene sentido con el tema (la memoria fragmentaria, el trauma, lo que no se dice), pero por momentos me dejaba con la sensación de estar leyendo diarios de personas que no conozco.

Dicho esto, hay algo en la construcción de imágenes de Campoy que desarma cualquier resistencia. La autora trabaja con escenas breves, casi viñetas, donde un gesto o un objeto condensan un mundo entero: una casa a las afueras del pueblo rodeada de olivares, unas manos que cosen y descosen heridas, la sombra de un desconocido caído del cielo (literalmente). Los nombres y apodos de los personajes (la Tuerta, la Molienda, los Cascas, la niña muda…) funcionan como alegorías. En esos pasajes la prosa alcanza una belleza seca, contenida, que hace que la novela se lea a ratos como una fábula (que, según otras reseñas, la autora incorpora a su narración).

También hay momentos en los que la escritura se permite una delicada entrada de lo mágico: no un realismo mágico exuberante, sino pequeñas grietas por las que se cuela lo extraño, lo simbólico, lo que escapa a la lógica del parte militar y del archivo histórico. El paracaidista del título actúa más como imagen que como personaje. Una figura caída de otro mundo que desencadena la trama y que, al mismo tiempo, funciona como recordatorio de que la historia grande, como la misma guerra, irrumpe en las vidas pequeñas sin pedir permiso. Para mí, lector extranjero, el libro ha resultado tal vez más eficaz cuando se abandona a esas zonas de penumbra poética que cuando insinúa referencias concretas a las coyunturas políticas.

Mi principal reparo, por tanto, no tiene que ver con la ambición ni con la calidad de la escritura, sino con la puerta de entrada que ofrece al lector no español. La novela exige una cierta complicidad con la memoria colectiva (aunque se podría objetar que cualquier pueblo ha vivido episodios similares en su historia).

Con todo, me cuesta decir que El paracaidista sea, para mí, una novela plenamente lograda. Reconozco su intención, la mirada hacia la retaguardia, el esfuerzo por devolverles cuerpo y voz a quienes sostuvieron el mundo mientras otros firmaban partes de victoria. También entiendo que quiera recordarnos que la violencia no se apaga con un armisticio, sino que se cuela y se perpetúa en la mesa, en la escuela, en la educación sentimental. Pero, pese a todo ello, la lectura me ha dejado más a las puertas que dentro. Sé que hay una memoria poderosa latiendo bajo el texto, pero siento que la novela confía demasiado en que el lector ya la comparta. En mi caso, esa distancia no termina de salvarse; me quedo con algunas imágenes hermosas y perturbadoras, con la intuición de un dolor colectivo que me excede, pero también con la sensación de que el libro me hablaba desde un lugar al que yo no tenía del todo acceso.

domingo, 23 de noviembre de 2025

J.M Coetzee: El polaco

Idioma original: inglés
Título original: The Pole
Año de publicación: 2022 (primero se edita en castellano por movidas de Coetzee)
Traducción: Mariana Dimópulos
Valoración: Está bastante bien

El Polaco (no confundir nunca con el cantante de cumbia argentino) es, probablemente, la última novela de Coetzee, considerando que ya tiene 85 años. Tengo para mí que hubiera sido inmejorable cerrar su trayectoria con la trilogía de Jesús, una gran sorpresa cuando la leí hace varios años; me costaba creer que a cierta edad uno pudiera producir, aún, novelas que estuvieran perfectamente a la par de sus mejores obras (léase Desgracia, La edad de hierro, etc). Pero el buen hombre habrá sentido que le faltaba por decir algo más, y decidió encarar sus temores y obsesiones por el lado de reversionar la historia de Dante y Beatriz (esto tomado con pinzas, incluso el propio libro discute el mito y lo equipara a otros como el de Orfeo y Eurídice, pero es lo que subrayan casi todas las demás reseñas).

La figura de Dante la encontramos en Witold (que a mí me suena a nombre bastante común, pero quizás sea por pensar en Witold Gombrowicz), un polaco "que ronda los setenta, unos setenta vigorosos, es un pianista conocido como intérprete de Chopin, pero un intérprete controvertido". Es un hombre al principio frío, pero luego, cuando conoce a su Beatriz  (una catalana que organiza ciclos y recitales en honor a distintos intérpretes de música clásica) en uno de los conciertos que brinda, le vuelve la pasión en su vida e intenta, por todos los medios y de una forma entre compasiva y lastimera, acercarse a ella, que lo rechaza varias veces y a la vez piensa en el rol que juega en esa extraña relación, la de no querer un nuevo amor (ya tiene una familia armada) y la necesidad de experimentar algo que la saque de esa rutina sin trastocar toda su vida.

Se menciona la originalidad (o al menos que no es costumbre elegirlo) del punto de vista no del que ama, en este caso el pianista Witold, sino de la amada Beatriz (y su nombre es literal). Para mí no es un punto a destacar en el sentido formal de la innovación/estructura, sobre todo cuando la trama es la que he descrito en el anterior párrafo. Es más inusual, pero eso no implica que signifique un descubrimiento acerca de lo que uno piensa y siente cuando otra persona se empecina en acercarse y conocerte. Si acaso, destaco la construcción de la novela en breves notas, como si fuera el diario de un escritor que se plantea cómo escribir esa historia (de hecho, las primeras notas contienen descripciones de ambos y los esbozos de lo que será la trama), y luego la misma cobra impulso y el autor (¿o narrador?) se deja llevar.

Hasta ahí, puede parecer la típica historia de "vos me amás, yo pienso que exagéras, pero mantengamos una especie de contrato donde ninguno salga herido emocionalmente" (que no suele funcionar), pero la historia da un giro con cierto suceso, a lo cual Beatriz se replantea toda su relación y empieza a hacer gestos que uno ve como desesperados e irracionales, y que ella misma los ve así y no sabe por qué los hace (ella se considera una "persona inteligente, pero no reflexiva"), y a raíz de eso el libro profundiza mucho más en las miserias del amor no correspondido, en la incomodidad de la carga que a uno le significa ser amado, verse representado en un altar a los ojos de otra persona, haber participado, aunque un papel mínimo, en esa construcción, y no sentirte correspondido en ese ideal, no saber cómo destruirlo, no tener ni el tiempo ni las ganas de que esa visión se solidifique o derive en algo más profundo.

Es hasta cierto punto divertido leer las justificaciones de un personaje que se considera civilizado y acoplado a todas las normas sociales (y para quien los ideales y los sentimientos son una cosa en la que creer pero no experimentar) y observar cómo se va derrumbando de a poco ese sistema de ideas, no hasta el absoluto, pero lo suficiente para experimentar una transformación. Que de eso se trata el amor, parece decirnos Coetzee (y se suma a la larga nota de pie de los herederos del verdadero romance), de recibir una herida por exponerte y que no puedas permanecer como el mismo de antes.

Más obras de Coetzee acá:









sábado, 22 de noviembre de 2025

Catherine Lacey: Nunca falta nadie


Idioma original: 
inglés

Título original: Nobody is ever missing

Año de publicación: 2016

Traducción: Damià Alou

Valoración: recomendable

Pues aquí finaliza mi (completamente) particular retrospectiva de la obra de Catherine Lacey. Como era de esperar, no ha publicado nada desde que empecé reseñando su celebrada Biografía de X, así que aún es pronto para saber si esa cuarta novela fue una confirmación de un talento en progresión o una puntual cúspide de ambición, como parece apuntar su temática y su extensión. Me ahorro valoraciones conjuntas que serían meras especulaciones sobre si es simplemente una escritora joven en progresión o uno de esos fenómenos que se desvanecen a la que una novela flojea, porque sí que he de reconocer que esto sucede con excesiva frecuencia,en un mundo editorial que está sobrecalentado en su volumen de publicación, y congelado en su potencial masa receptora. Paseaos por el transporte público de cualquier gran ciudad y observad qué concentra la atención de las nuevas generaciones. O especulad cómo se  combate con una hoja de papel escrito contra el scroll infinito. Vaya ripio, joder.

Lacey empezó su carrera con esta novela sobre una mujer joven que deja su vida, su relativamente confortable vida y se va a Nueva Zelanda, en un desplazamiento que es a la vez huida y búsqueda, y como no puede ser de otra manera en cierto tipo de novelas, esa escueta frase resume la trama y todo lo que surge de ella son causas y consecuencias. Un matrimonio que no es feliz ni infeliz, sino meramente funcional, algún eco que resuena de una tragedia íntima en el pasado. Como reza el tópico, es nada y es todo. Un planteamiento minimalista sobre el que Lacey desarrolla un ejercicio de un marcado perfil psicológico, pues Elyria (curioso nombre) se debate entre dudas y episodios de rememoración, entre angustia e inmersión en su propia personalidad, sin que la novela (la no-vela) parezca aventurarse hacia final alguno al uso, cuestión que la emparentaría con algunos otros autores en lo que yo denominaría literatura de situación.

Vista de modo retrospectivo, la obra de Lacey evoluciona alrededor de un esquema algo flexible en que sus protagonistas, siempre mujeres, aparecen de la nada en entornos extraños, no siempre amigables, escenarios a los que deben adaptarse a costa de algún tipo de sacrificio. Repito, es pronto, con cuatro novelas, para ver si Lacey llegará a la grandeza que algunos ya se han obstinado, digamos mejor empeñado, en otorgarle. Ha desarrollado un estilo propio y con Biografía de X salió a tomar aire, aunque sea retóricamente, de cierta dinámica claustrofóbica algo existencialista, de personajes que persiguen la soledad como si esta fuera la auténtica proyección de la personalidad. Leeré, por supuesto, esa supuesta quinta novela que supongo estará preparando en el futuro.

El resto de la obra de Lacey reseñada aquí