miércoles, 16 de septiembre de 2026

Olaf Stapledon: La última y la primera humanidad

Idioma originalinglés
Título original: Last and First Men
Año de publicación: 1930
Traducción: Jordi Arbonés
Valoración: bastante recomendable (pero no para todos los gustos)

Ya en Hacedor de estrellas había utilizado la etiqueta "no para todos los gustos", lo cual muestra un adelanto de cómo sería leer esta novela, similar en tema, ambición y tono a aquella tan filosófica, excepcional en su estética del asombro y la inocencia y, para qué negarlo, árida hasta la extenuación. Otra etiqueta podría ser "en pequeñas dosis", pero como la he leído de corrido y manejado sus conceptos de una forma más asequible (en escalas es mucho más humilde, ¡solo la humanidad!), creo que vale la pena hacer el intento.

Es esta un recorrido entero sobre la especie humana. Nosotros aparecíamos brevemente en Hacedor de estrellas, apenas nombrando nuestra extinción en Neptuno. Acá se traza (de forma quizás muy morosa al principio y luego acelerando vertiginosamente milenios) la historia completa, desde nuestros inicios como Primera Humanidad (en la cual todavía nos encontramos) hasta la Decimoctava Humanidad (unos mil quinientos millones de años después y ya en Neptuno). Stapledon utiliza el recurso de mensaje del futuro enviado al pasado, elemento que se explicará casi al final de la novela (bastante abstracta y original la utilización, pero cargada de una imaginería difícil de asimilar), como una forma de "poseer" al autor y conminarlo a escribir lo que le relatará.

No quiero repetirme en el argumento: básicamente trata de nuestro proceder como especie a lo largo de dos mil millones de años. La Primera Humanidad, por ejemplo, y luego de guerrear repetidamente entre Europa, EE.UU y China, se reúne bajo un Estado Mundial que fracasa estrepitosamente por la obsesión hacia el principio del Motor (en el sentido de movimiento, no de motor de auto), representado en el despilfarro de energías naturales y agotando los recursos del planeta (¡plena actualidad!) y de la cual unos habitantes de la Patagonia serán el reducto último y las raíces de las que surgirá la Segunda Humanidad, que no es mejor que la Primera. Y así más o menos en cada transición hacia otra Humanidad. Stapledon menciona las características físicas y culturales de cada una, la evolución de ambas a lo largo de millares de años, los auges y decadencias de las mismas (y, algo que me sorprendió para bien, la marcada importancia de las relaciones sexuales en cada una de ellas. Para ser de 1930 es de todo menos pacato). Algunas Humanidades, como la Tercera y la Quinta son el summum de nuestra especie, dedicadas a la religión del amor y al abandono del egoísmo natural en pos de una comunidad mundial, pero con la individualidad por bandera. Otras son un desastre, como la Cuarta, unos cerebros artificiales incapaces de entender el disfrute de sus creadores, la Tercera, y por ende resentidos hasta el hartazgo, y un par más en donde directamente somos pájaros, ratas o babuinos más preocupados por nuestros instintos primales que en el conocimiento y la intuición para mejorar.

Es, entonces, una novela circular. El narrador, con una mezcla de sorpresa, desgana y lleno de compasión hacia el resto de las Humanidades, deshoja cada una con precisión de científico e incluso reconociendo lo desesperanzador de su relato, ya que pareciera que nuestro destino natural es fracasar y arruinar sociedad tras sociedad. En algún punto menciona que el sufrimiento, puesto en una balanza, es mucho mayor que nuestras alegrías. Pero Stapledon, marcado con una fuerte impronta humanista (pleno período de entreguerras, por un lado, y no tan desconocedor de lo que se venía) y a pesar de que en la novela nos extingamos, considera que ha sido un placer formar parte del género humano. 

Por ello, y por más que la novela arranque lentísimo con la Primera y termine siendo una abstracción muy potente con la Decimoctava, en la que cuesta entender la sociedad del momento (aunque sea un efecto buscado por el narrador), y lo adictivo esté en ese medio (más o menos lo que pasaba con Hacedor de estrellas: lo interesante está en la expansión de la Humanidad, y lo árido al principio, cuando todavía nos vemos limitado por una historia muy reconocible, y al final, en el que nos cuesta situarnos) comprendido por la Tercera y la Décima Humanidad, cuna de lo mejor y lo peor de nuestras acciones, nos vemos involucrados , esperanzados y desesperanzados por nuestra historia, nuestra causa, nuestras cuestiones existencialistas: ¿por qué hacemos lo que hacemos?, ¿por qué estamos acá?, ¿es el universo algo con sentido o puro y fortuito azar? Uno termina siendo partícipe de lo que ocurre en la novela, termina creyendo que, desde su individualidad y en una trama de dos mil millones de años, importa lo que hagamos, por más que el narrador desempolve la trama histórica en suspiros como "y luego de millares de años consiguieron lo que buscaban", dejando de lado las iguales vidas en cantidad que se habrán vivido en ese período y la cantidad de miserias efectuadas, pero, y eso es lo más importante, también alegría y gozo por existir. Entonces, y para ir cerrando la reseña, nada mejor que citar a Stapledon, con su visión excesivamente romántica e ilusa para unos, necesaria y veraz para otros: "Está muy bien haber sido hombre".

Más de Olaf Stapledon: Hacedor de estrellas

martes, 15 de septiembre de 2026

Nathan Hill: Wellness

Idioma original: inglés
Título original: Welness
Traducción: Francisco González López en castellano para AdN Editorial
Año de publicación: 2023
Valoración: entre recomendable y muy recomendable


Bienvenidos a la crisis de la mediana edad, bienvenidos al largo e incómodo valle de la famosa “U” vital. Porque Nathan Hill explora esa época de la vida en la que uno puede replantearse su existencia y, tras ello, quizás comprobar que no siempre encaja con lo que uno pronosticaba de joven. Y lo hace tirando de sátira y cierta comicidad agridulce, porque la sonrisa inicial que arranca en las primeras páginas se va congelando cuando el escaparate que muestra el autor se convierte en un espejo, y quizás los protagonistas no son tan estereotipados como parece ni tampoco es tan extravagante lo que les sucede. 

El libro empieza con un inicio algo idílico, romántico, pues nos describe el estado en el que los dos protagonistas se conocieron. Un flechazo prolongado, aunque oculto y desconocido entre ambos, pues él «vive solo en el cuarto piso de un viejo edificio de ladrillos sin vistas al cielo. Cuando mira por la ventana, lo único que ve es la ventana de ella, casi puede tocarla con la mano. Ella vive sola en el cuarto piso del edificio de enfrente. No se conocen. Nunca han hablado. Es invierno en Chicago». Contemplándola desde su ventana, encuentra que ella es guapa, con una forma de andar que lo fascina y le asombra verla leer a todas horas; «ella es exactamente el tipo de persona —culta, cosmopolita— que él vino a encontrar en esta ciudad aterradoramente grande. El error obvio en su plan, se da cuenta ahora, es que una mujer tan culta y cosmopolita jamás se interesaría por un tipo tan inculto, tan provinciano, tan simplón y tosco como él». Pero, sin saberlo, va totalmente desencaminado, pues ella también se ha fijado en él, en su tranquilidad y su quietud y lo «encuentra guapo en la medida en que parece no ser consciente de que podría serlo» a pesar de ser «bajo, anémico, flacucho como un adicto» y con la pinta de «hacer años que no pisa una barbería»; de todos modos, justamente esa despreocupación que transmite es lo que la tiene ensimismada, la aparente seguridad en sí mismo, a diferencia de ella porque él «es exactamente el tipo de persona —desafiante, apasionada— que ella vino a buscar a esta ciudad tan remota. El error obvio de su plan, ahora se da cuenta, es que un hombre tan desafiante y apasionado jamás se interesaría por una chica tan convencional, tan conformista, tan aburrida y burguesa como ella». Así, «ambos tienen la mirada clavada en el oscuro apartamento de enfrente, al otro lado del callejón, y aunque no lo saben, se están observando mutuamente». Ese es el inicio de la historia, pero, como todos los inicios que aparentan ser tan idílicos, también tienen sus sombras, aunque la luz que irradia los comienzos impide verlas.

Una vez elaborado el retrato de ambos protagonistas y perfectamente perimetrado el contexto que el autor ha sabido nutriendo con intervalos de sus respectivos pasados, Nathan Hill despliega su abanico de críticas a la sociedad a través de la pareja protagonista. Así, utilizando la figura de Jack, empieza a lanzar órdagos contra una de las modas actuales: la obsesión por la estética deportiva y la obcecación por mostrar un cuerpo perfecto a la vez que alude a los miles de webs y redes sociales donde los consejos que dan se contradicen unos a otros por la ausencia de expertos (entrenadores personales y dietistas) que opinan sobre el tema. Y, navegando entre las redes, cae finalmente en El Sistema, una aplicación web de mejora de estado físico perfeccionada hasta el punto de que te avisa si la postura que tienes es correcta; también mide el oxígeno en sangre, el pH del sudor, la calidad del sueño, etc. (seguro que todo esto os suena) así como también el estado de ánimo. Obviamente, después de recopilar todos estos datos y con la utilización de la IA, El Sistema marca una serie de pautas sobre rutinas físicas, pero también vitales, así como una serie de metas y puntos obtenidos mediante la “puntuación del amor” donde se evalúa el estado con la pareja porque, evidentemente, también es conocido que «las personas con matrimonios felices tenían mayor esperanza de vida, una menor tendencia a sufrir depresiones, enfermedades cardiacas», etc. Y claro, toda esta perfección a la que deberíamos aspirar puede suponer no únicamente un reto, sino también un cuestionamiento sobre la propia vida. Por otra parte, el trabajo de Elizabeth también la condiciona en su percepción de la realidad, pues encuentra trabajo en “Wellness”, una empresa que se dedica a «comprobar las afirmaciones de productos engañosos relacionados con la salud y ver si obtenían mejores resultados que un placebo» por lo que el hecho de vivir a camino entre realidades e ilusiones, entre ciencia y creencia, le supone un cambio de la perspectiva desde la que observa su vida y la de sus allegados y cómo puede influir en ellas.

Con un estilo frontal, directo y sin excesivos adornos, pero con calidad ajustada el ritmo de lectura alto, promovido por un interés creciente sobre la historia que va planteando el libro, Nathan Hill utiliza la sátira para describir las múltiples ideologías actuales (y sobrerrepresentadas) en torno a la educación respetuosa, el culto al cuerpo, la obsesión dietética, terapias alternativas, pseudomedicina, las redes sociales y sus algoritmos que juegan con la adicción de los usuarios ansiosos de tener seguidores y la necesidad de recibir atención, así como la polarización a la somete a la sociedad; a su vez, el autor enjuicia las teorías conspirativas que circulan por las redes o expone las miserias de los gurús de rutinas saludables y sus ideas vendedoras de humo así como también critica los artistas en la sociedad moderna, pues «primero era la Iglesia la que les decía a los artistas lo que tenían que hacer, luego los ricos. Y hoy en día, al parecer, ese trabajo lo hacen los algoritmos».

Estilísticamente, son fácilmente constatables las grandes dotes del autor para sostener la tensión narrativa, mientras a la vez hace un detallado retrato de los personajes para que el lector sepa en cada momento como piensan y cómo sienten. El ritmo es alto, el autor sabe trazar un arco argumental que intercala episodios del pasado para conocer de dónde provienen los dos personajes principales, de dónde vienen sus inquietudes y sus carencias, así como los patrones familiares que los han llevado a ser quienes son. Orígenes divergentes que coinciden en un punto en el que se torna interesante pero que a su vez los arrastran a una inercia que les aparta por haber sido educados de diferente manera. Y, en este aspecto, lo crucial no es como se ha llegado a ese punto sino cómo salir de él y sí es mejor hacerlo juntos o separados. Por ello, la novela que ha escrito Hill es un retrato de la sociedad actual, una sociedad que lucha por encontrarse a uno mismo entre estereotipos, expectativas (propias y ajenas), entornos que presionan, retan y confunden. La prosa es ágil, el ritmo es rápido, la novela se lee con gran velocidad y posee la virtud de sostener el tempo de la narración sin necesidad de incluir elementos altamente disruptivos o puntos de enganche. En esta novela el texto avanza sin socavones ni marcada aceleración y sus setecientas páginas se leen como quien atiende a escuchar la voz de nuestro tiempo a nivel sentimental y emocional, si bien hay que reconocer (no todo puede ser perfecto) que aunque el libro se lee de manera muy rápida y mantiene el interés prácticamente en  su totalidad hay (para mi gusto) un abuso de saltos temporales, no siempre situados en el punto correcto así como un exceso de detalle en los episodios del pasado que, si bien dan contexto y explican el porqué de sus personalidades, pueden provocar que abundancia y fragmentación lastren en cierto punto el relato.

Por todo lo expuesto, más que el retrato de un matrimonio en dificultades, la novela trata sobre la crisis, destrucción y reconstrucción de los individuos como personas embutidas en una sociedad que vez más exigente, cada vez más controladora, cada vez más obstinadamente influyente e interesada por un capitalismo que todo lo barre y todo lo absorbe. Así pues, el retrato del matrimonio que Nathan Hill realiza no es entre dos personas, sino entre cada una de ellas y el mundo que la rodea, incluyendo el formado por su pasado porque confronta los sueños que teníamos de jóvenes, aquellas promesas internas que anhelamos aspirar a conseguir, pero que la experiencia, la madurez o simplemente “la vida” te llevan a encarrilar tu existencia hacia aquello que nunca habrías dicho, convirtiendo así la vida en un diálogo interno con uno mismo y su yo adolescente, y es que, en el fondo, «la gente también era así, con todo tipo de contradicciones en su interior esperando a salir a la superficie». Porque claro, uno cree que la vida se adapta a él hasta que la realidad lo atropella, y ve que aquellos ideales de joven, aquellas ansias y propósitos de rebeldía, de autenticidad y de honestidad con uno mismo quedan diluidos en mares de cotidianidad y de responsabilidades. Y uno debe saber capear con ellos, manteniendo la cabeza por encima de la superficie, aunque por debajo el cuerpo entero patalee en rebeldía, exija su espacio, luche por sobresalir e imponerse. Porque a veces ocurre que los problemas no se arreglan, sino que acabas acostumbrándote a ellos y los incorporas como un aspecto más que se debería arreglar, pero ya si acaso en otro momento.

Nathan Hill, gracias a su habilidad en detallar con exactitud y amplitud unos personajes con los que cualquiera de nosotros podemos sentirnos identificados (en menor o mayor medida) con algunos de los rasgos de su personalidad, relata una ácida crítica a una sociedad que, a veces huyendo de un pasado, a veces intentando alcanzar un futuro, se olvida de que hay algo más importante que hay que tener en cuenta: el presente. Y ni la cura de las cicatrices del pasado ni la esperanza de un futuro mejor cambiarán el día a día de nuestras vidas, tan solo la justificarán o la adormecerán, pero olvidarán lo más importante: que cada segundo, cada día, seguiremos encontrándonos en el presente y que debemos vivirlo. Y es mejor que este sea placentero porque, en caso contrario, puede que nos parezca eterno, pero no será para bien.

También de Nathan Hill en ULAD: El Nix

lunes, 14 de septiembre de 2026

Gonzalo Núñez: Los retratos desparejados

Idioma original: Español
Año de publicación: 2025
Valoración: Recomendable

Así, cuando alguien ve un cuadro o lee un libro es el tiempo el verdadero tema, pero este es tan astuto que hace creer al lector o al espectador que solo es una historia de amor o de guerra o el retrato de un hombre que ya pasó por este mundo.

Pues sí, queridos, creo que esta frase extraída de la página 72 de la novela podría ser una buena aproximación a esta porque, aunque Los retratos desparejados parece una texto sobre relaciones de pareja en pleno siglo XXI, lo que Gonzalo Núñez nos ofrece en su segunda novela es una historia / tratado sobre el amor y el desamor (eso es innegable), sobre el peso del pasado y de la culpa, sobre lo que fue y no se vio o sobre lo que se vio y no fue, sobre palabras no dichas, sobre palabras supuestas, sobre el tiempo, el puto paso del tiempo.

Todo lo anterior con el arte como telón de fondo. Son los retratos desparejados (dípticos de parejas o matrimonios pintados por autores flamencos allá por el siglo XV y que por diversas causas y azares fueron separados) que dan título al libro la imagen perfecta de la separación y de la ruptura, así como el punto en el que confluirán pasado y presente del narrador y protagonista.

Esta presencia del arte permite al autor introducir digresiones sobre el mundillo. El problema está en que, si bien resultan interesantes y darían para un ensayo de lo más entretenido, personalmente me sacan un poco de la trama principal, esa centrada en la psicología del amor, en cómo vemos o creemos que nos vemos (y ven). Y mira que me jode porque la indagación sobre el amor y el desamor y sus alrededores tiene ritmo, es profunda, casi obsesiva y retrata a la perfección estos tiempos líquidos que nos ha tocado vivir y la parte más "ensayística" le da un puntito intelectual que a gafapastas y curiosos (ejem, aquí hay uno) disfrutamos.

En cualquier caso, Los retratos desparejados no deja de ser una buena novela en la que hay un fuerte componente generacional (recomendada especialmente para nacidos en los 70 - 80) y en la que las influencias van de Javier Marías a Milan Kundera, pasando por un Houellebecq relajadito. La influencia de Marías se aprecia ya desde la primera frase, muy al estilo de Mañana en la batalla piensa en mi o Corazón tan blanco, pero también en el manejo del lenguaje y los saltos temporales; la de Kundera en las reflexiones sobre el propio "hecho amoroso", un poco en la onda de La insoportable levedad del ser  (a veces me parece ver por las páginas de Gonzalo Núñez a Teresa y Tomas); la de Houellebecq relajadito en ese retrato de nuestro tiempo, aunque sea menos oscuro y pesimista que el del francés. ¡Palabras mayores, eh!

En fin, como decían en Con faldas y a lo loco... Nadie es perfecto. Esta novela tampoco. Eso sí, es de lo más recomendable.

domingo, 13 de septiembre de 2026

Reseña interruptus: El viento sopla donde quiere de Susanna Tamaro

Idioma original: Italiano 

Título original: Il vento soffia dove vuole

Traductor: Julia Osuna Aguilar

Año de publicación: 2023

Valoración: NA

Así como de repente nos dan ganas de echarnos una llorada con una telenovela o un K-drama, de repente me da por leer novelitas melodramáticas. Una manera fácil de identificarlas es buscar en la portada adolescentes sufrientes o, como es el caso de este libro, a alguien en posición fetal. Para comprobar que lo que iba a leer correspondía al género culebrón, leí la sinopsis. En efecto, era precisamente lo que buscaba.

Una madre que ha recibido la sentencia de un cáncer terminal escribe tres cartas, a manera de despedida/testamento ideológico, a tres personas: su hija adoptiva, su hija biológica y su marido. Nos adentramos en la lloradera.

Debido a que esta es una reseña interruptus, es claro que no leí las tres cartas; de hecho, no pasé de la primera.

Contexto. La hija adoptiva de la remitente de las cartas no es una hija adoptiva cualquiera. Es una niña de la India, adoptada por una mujer blanca europea durante su etapa hippie 😑. Al leer esto, quise comprobar si acaso esta historia era producto de la imaginación o de los deseos de la autora o si, ¡alas!, tenía algún componente autobiográfico. Chequen estas declaraciones extraídas de Wikipedia para que se den una idea del componente ideológico del libro:

Tamaro se define a sí misma como ecologista, vegetariana y «cristiana más que católica», debido a las creencias religiosas de su familia, que incluían el interés de su padre por el taoísmo y la herencia judía de su madre. Desde 1989, vive cerca de Orvieto con la escritora Roberta Mazzoni; ha calificado esta relación de «amistad espiritual», afirmando que no es lesbiana.

Bueno, ni modo, ya estaba comprometido con la lectura. Después de una serie de anécdotas sobre la adopción de la niña india y uno que otro consejo moralizante, llegué al punto de quiebre, que cierra su entrada de Wikipedia:

Tamaro ha expresado su oposición al aborto.

Y, en efecto, se habla del aborto en esa primera carta a su hija, de la única manera en que podría tratarlo una homosexual reprimida «cristiana más que católica».

Bah, ¡qué pinche hueva! Mejor me voy a ver un K-drama.

sábado, 12 de septiembre de 2026

VV.AA.: Balazo fecundante

Idioma original: Español
Año de publicación: 2024
Valoración: Recomendable (especialmente para raritos)

Tras esa maravilla titulada El sheriff Goodman contra Pinhead, de Takeshi García-Ashirogi, la editorial Pathosformel sigue apostando por un western alejado de lo convencional. En esta ocasión, nos deleita con dos relatos de escritores colombianos, englobados en la colección titulada Balazo fecundante.

El volumen lo inaugura "Balazo split", de Hank T. Cohen. Este relato se estructura como una clásica historia de venganza; sin embargo, el bizarro y el splatterpunk lo inundan de inicio a fin. Así, en el lejano oeste de Cohen hay, además de una violencia mayor a la habitual, magos, un pistolero que es «una dimensión heladería viviente en forma humana», heridas parlantes, etc... 

De esta cochinada rara (para usar la expresión con la que Cohen define su obra) destacaría las alocadas ocurrencias que la salpican (sobre todo la extravagante anatomía de Nacho), la brutalidad de algunas de sus escenas (pienso en la del dueño del banco y su hija) y su prosa (capaz, por lo general, de ilustrar la imaginería más grotesca o delirante). Asimismo, me ha hecho gracia que, a la hora de introducir a diversos personajes pusiera un rótulo con el nombre y apodo de éstos tanto en español como en japonés (recurso narrativo, dicho sea de paso, que toma prestado del anime, el cual también parece influenciar las escenas de acción y habilidades de este particular mundo de vaqueros).

Lo único que le reprocharía a "Balazo split" es su ritmo endiabladamente ágil (se beneficiaría, a mi juicio, de un par de momentos de calma, porque de otro modo el argumento se disuelve tan frustrantemente rápido como un delicioso helado artesanal) y un puñado de reiteraciones intrusivas (en la página 39, por ejemplo, se suceden «salían», «salía», «salían» y «salía» en cuatro oraciones consecutivas).

El segundo relato de Balazo fecundante es "Realidad circundante", de Stephany Méndez. Más contenido y convencional que su predecesor, se decanta igualmente por territorios weird. Narra, desde el punto de vista de una niña, la confluencia de lo humano con lo animal, lo civilizado con lo salvaje y lo real con lo sobrenatural.

De esta historia me gusta su enfoque poético, cómo subvierte las expectativas del lector (tras un inicio protagonizado por forajidos, las cosas se salen de madre por lo menos tres veces), su orgiástico desenlace y la profundidad de la que logra dotar a sus personajes en apenas unas pinceladas. Quizá le criticaría su a todas luces excesivo hermetismo, aunque admito que a mí, personalmente, me ha parecido muy sugerente y atractivo.

En fin, que Balazo fecundante tiene su qué. Desde luego, lo disfrutarán los lectores eclécticos, abiertos a las mezcolanzas de géneros y a las apuestas narrativas arriesgadas. Yo, al menos, le he perdonado sus ocasionales deslices, y he gozado lo indecible de esta experiencia, si bien debo admitir que en algunos apartados me ha dejado con ganas de más. 

viernes, 11 de septiembre de 2026

Quim Monzó: Catorce ciudades contando Brooklyn

Idioma original: catalán
Año de publicación: 2004
Valoración: casi imprescindible

Escribo esta reseña en marzo de 2026. Me apresuro a reservar la fecha de su publicación, como efemérides (esos aviones que jalonan la portada), vigésimoquinto aniversario de una de esas fechas que estructuran el recuerdo de varias generaciones. Sin descartar que lo hagan a costa de todas las posibilidades visuales que los tiempos ofrecían, no olvidemos que la revolución iba a ser televisada, y qué mejor ejemplo de la inmediatez y la omnipresencia que esos dos colosos desmoronándose, cambiando un orden mundial que desplazó, con la caída del muro, el terror de Occidente, desde el lado de la ideología al otro lado, el de las creencias religiosas. Aunque sea una conclusión reduccionista.

Curioso, por eso, que ese no fuera el primer motivo de que me decidiera a recuperar a Monzó (siempre reivindicable), sino la mención del artículo en que se aborda la cuestión de Barcelona.

A diferencia de sus novelas, de leves tonos surrealistas, y de las oportunas recolecciones de sus artículos donde siempre aborda aspectos extraños y caleidoscópicos sobre el comportamiento humano, en Catorce ciudades contando Brooklyn nos encontramos con un Monzó pletórico (si un día digo en su prime autorizo expresamente a que cualquiera acuda a mi puerta y me descerraje un tiro en la nuca) en su guisa de cronista, aspecto que siempre se muestra latente en sus artículos, pero aquí estalla de manera portentosa. Este es un libro de crónicas sin ser un libro de viajes exactamente. Monzó es un observador de lo que sucede a su alrededor y un prodigioso filtrador de detalles que parecen nimios pero que se convierten en piezas de un mosaico enormemente fiel a la realidad. Su agudeza es proverbial, aunque pase por su sesgo como escritor (como escritor moderno y referencial, incluso en 1989), no hay una línea que pueda desperdiciarse, a la que pueda achacarse que el autor se pierde en ejercicios de frivolidad. Tenemos un recorrido que empieza en Praga y Bucarest recién caído el muro, dos ciudades que a duras penas se restriegan los ojos sorprendidas ante el súbito final de regimenes totalitarios y necesitan procesar el advenimiento de otros tiempos. También tenemos a Praga transformada algunos años después. Tenemos a Barcelona, con sus Ramblas lanzadas a tumba abierta a una decadencia absoluta. Roma, Copenhague, Frankfurt, visitando un aeropuerto que tenía una sex-shop. 

Brillantes movimientos que nos llevan a los dos grandes hitos del libro: Monzó, antiguo residente, es enviado a Nueva York, pasados pocos días del 11-S. Su disección, comprimida en extensos artículos sobre una ciudad que aunque nunca duerme, ha sido obligada a despertar, es magnífica, clarividente, locuaz, divertida sin dejar de ser respetuosa. Una narración amena, fascinante e inteligente que merece ser releída y disfrutada, no exagero lo mínimo. Y Jerusalén, algunos años más tarde, que se convierte en una especie de complemento o track adicional, por todo lo que representa como repercusión de ese caldo de cultivo, de esa maceración de una visión cuyo alcance apenas podía vislumbrarse por aquel entonces, 2004.

Escribo esta reseña en marzo de 2026. El día que la escribo, Irán e Israel siguen enzarzados intercambiando misiles que parecen tener objetivos cada vez más indiscriminados. En el mundo occidental surgen, cada vez menos tímidamente, voces que cuestionan el momento (¿por qué, más de cuarenta años de régimen de ayatolás, justo ahora?) y el propio hecho de la intervención. Veremos, y espero que quienes estábamos en ese momento estemos hoy para leerlo.

Previamente reseñado de Monzó en ULAD, aquí

jueves, 10 de septiembre de 2026

Colaboración: La reina Margot, de Alexandre Dumas

Idioma original: Francés

Título original: La reine Margot

Traducción: Elena Real y Dolores Jiménez

Año de publicación: 1845

Valoración: Decepcionante 


En verano es cuando más me apetece leer novelones decimonónicos – o quizás debería decir que es cuando único es realista ponerme a ello, puesto que es cuando tengo la calma y la concentración para embarcarme en la tamaña empresa que es leer un libro de tropecientas páginas escrito hace más de cien años. 

Este año le ha tocado el turno a La reina Margot, de Alejandro Dumas padre (me van a perdonar, yo soy de la generación en que se traducían los nombres de los grandes de la literatura, como si fuesen miembros de casas reales – que curiosamente se siguen traduciendo – y por lo tanto leí a Julio Verne y a León Tolstoi – aunque también a Charles Dickens y a Gustave Flaubert, hum, quién sabe qué aleatorios mecanismos llevaban a traducir a algunos y dejar en su idioma a otros… ) En fin, que me enredo. ¿Será por venir de leer este libro? Porque la verdad es que es un enredo tremendo. 

La reina Margot es una novela histórica, donde acontecimientos reales se mezclan con elementos ficticios.  Se centra en un episodio de la vida de la mujer que le da título, aka Margarita de Valois, hija de Catalina de Médicis y el rey francés Enrique II, destinada a convertirse en reina de un país donde el auge del Protestantismo está creando fuertes tensiones. Para paliar esas tensiones, a Margarita la casan con otro Enrique, Enrique de Borbón, rey de Navarra, criado en la fe protestante pero que acabará bautizándose católico. La boda, sin embargo, termina por ser uno de los detonantes de la matanza de San Bartolomé, en la que la población católica asesinó a miles de hugonotes, esto es, protestantes franceses. La novela cubre los días justo antes de la boda (y por ende, de la matanza) y los meses posteriores, y se ocupa fundamentalmente de los amores extramatrimoniales de la reina Margot, que se queda prendada de un hugonote, y los tejemanejes de la corte, encabezados por la madre de la reina. 

La trama, a mi parecer fascinante, no está bien aprovechada. Hay buenas escenas de acción, como es frecuente en el autor, pero las personalidades y las motivaciones de sus protagonistas están muy simplificadas, con lo que acaban resultando bastante planos: Margot es guapísima y buenísima, Catalina es también guapísima pero malísima, el hugonote de la reina es nobilísimo y su amigo fidelísimo, el rey es aburridísimo, etc. etc. No hay medias tintas. De modo que la realidad del período, de gran dramatismo y complejidad, queda como un decorado de cartón, y los personajes históricos, que no son todos, pero los que son tienen mucho jugo, parecen marionetas en un teatro infantil. Difícil conectar y mantener el interés a través de las más de 700 páginas del libro. 

Esperaba más del grande Dumas, autor de aventuras tan divertidas como las de los Mosqueteros, y también de material profundamente introspectivo, casi filosófico, como El Conde de Montecristo. Las comparaciones son odiosas, lo sé, pero es que La reina Margot es… un rollo. 

¿Vale la pena leer la novela? Yo diría que, si uno tiene curiosidad por la historia de Francia y disfruta con la prosa de Dumas, sí, vale la pena. Ahora, yo no lo hubiera hecho si hubiera sabido el tipo de lectura que me iba a proporcionar. Y esto lo digo yo, que me pirro por las novelas decimonónicas. ¡Sobre todo en verano! 

Firmado: Yaiza P.

También de Alexandre Dumas reseñado en ULADEl conde de Montecristo