Un libro al día
Cada día, una nueva reseña
martes, 31 de marzo de 2026
Atiq Rahimi: Maldito sea Dostoievski
lunes, 30 de marzo de 2026
Georges Bernanos: Bajo el sol de Satanás
Título original: Sous le soleil de Satan
Traducción: Concepción Pérez Pérez
Año de publicación: 1926
Valoración: Entre Recomendable y Está bien
Georges Bernanos es un autor bastante singular dentro del mundo literario del siglo XX. Su catolicismo no se limitaba a una simple profesión de fe, sino que se trasladaba con intensidad a su obra de ficción. No hay más que recordar alguno de sus libros más conocidos, como Diario de un cura rural o Diálogos de carmelitas pero, de forma aún más destacada en este aspecto, este Bajo el sol de Satanás, su primera novela. Bernanos no puede concebir lo religioso como algo tibio, sino como una experiencia saturada de dramatismo en la que el creyente, y más aún el clérigo, se sitúa en el centro de una confrontación que, más que entre el Bien y el Mal, es directamente entre Dios y Satán. Dos entidades, o quizá solo una con dos caras, sobre cuya interdependencia se ha escrito mucho y cuya pugna traslada el autor directamente al humano que ha abrazado la fe con la suficiente determinación.
En este caso la víctima de esas fuerzas enfrentadas es, como en alguna otra ocasión, un cura de aldea, poco más que un labriego, gris, sin especiales capacidades para la oratoria o el razonamiento, alguien mucho más capaz de sentir que de pensar, que difícilmente podremos decidir si es un santo, como terminan por identificarle los fieles, o si está poseído por el diablo, tal vez ambas cosas de forma alternativa o simultánea. El pobre padre Donissan siente el zarpazo de la tentación, pero no de una tentación terrenal, sino de la más profunda y definitiva: dejarse caer en brazos del demonio. Odia el pecado, intenta salvar almas, pero quizá en esa misma tarea siente que puede estar siendo manipulado. La lucha es feroz y sin tregua, e incluye el abandono personal absoluto y el intento de purificación mediante el castigo corporal.
Pero hay que abrir algo el foco para tener una perspectiva como lectores, que es lo que ahora nos interesa. Todo el terrible conflicto que vive en el interior de nuestro cura se presenta en diversos formatos, ya sean largos diálogos, narración de autor omniscente, extractos de cartas o escritos, o esas elipsis que Bernanos maneja admirablemente para dejar zonas oscuras o hacer trabajar al lector. Incluido también ese primer tercio dedicado a la joven Mouchette, que tiene el sello inconfundible del dramón decimonónico (Y por cierto, se podría hablar largo y tendido sobre el paralelismo entre este personaje femenino y el de Nueva historia de Mouchette que comentamos hace algún tiempo).
Tampoco nos engañemos: todo esto a lo largo de cerca de cuatrocientas páginas casi por entero dominadas por la tragedia interior del padre Donissan puede resultar algo excesivo si uno no está muy interesado en el asunto. Hay mucho Maligno, muchas dudas, la tentación, el destino, el alma atormentada, y poco desarrollo para tanta extensión, con lo cual la lectura se hace algo pesada, quisiéramos que se despachasen las escenas con algo más de ligereza, pero está visto que Bernanos no está en esa idea: todo lo contrario, quizá machacando al lector es como quiere transmitirle la profundidad del dolor que nos está presentando.
Hay desde luego varios momentos que rozan lo sublime: el refinamiento de Mouchette para desconcertar a sus oponentes y al lector mismo, las escenas brutales de Donissan intentando salvar almas y cuerpos sin estar seguro de quién le provee de la fuerza para hacerlo y, sobre todo, una larga y arrebatadora escena del cura perdido por los campos en la noche, donde se mezclan de forma soberbia la realidad y el sueño, la metáfora, la posesión y el misticismo, toda una obra de arte.
No estoy seguro de que estas virtudes literarias, que se manifiestan en varios momentos, justifiquen del todo la falta de ritmo y el protagonismo aplastante de la figura del cura, cuya tragedia interior satura por completo el relato. Quizá todo dependa del interés del lector hacia este tipo de asuntos y, por qué no, hasta dónde sea capaz de disfrutar de tanta intensidad.
Otras obras de Georges Bernanos reseñadas en ULAD: Nueva historia de Mouchette
domingo, 29 de marzo de 2026
Malcolm Devlin: Y entonces desperté
- Si bien el mensaje de la novela la engrandece y está muy bien focalizado, es quizá algo obvio y lineal.
- Pese a que los protagonistas están adecuadamente diferenciados y caracterizados, sería más fácil simpatizar con ellos si su personalidad y motivaciones se hubieran espesado un poco.
- Ojalá se exploraran más las formas en las que el gobierno pretende conseguir que los infectados vayan despertando, aunque comprendo que la novela no persigue crear un mundo detallado, por lo que con esbozar unas cuantas ideas interesantes sobre esto ya es suficiente.
sábado, 28 de marzo de 2026
Mo Yan: El suplicio del aroma de sándalo
Título original: 檀香刑
Traducción: Blas Piñero Martínez
Año de publicación: 2014
Valoración: Muy recomendable
Esta debe de ser la cuarta o quinta novela que leo de Mo Yan, pero es la primera que leo de él en al menos diez años. Al empezar El suplicio del aroma de sándalo, recordé de inmediato por qué durante tanto tiempo lo consideré uno de mis escritores favoritos. Bastan unas cuantas páginas para que reaparezca esa sensación de estar en manos de un narrador desmesurado, cruel, burlón, excesivo, pero también profundamente dueño de su mundo.
La novela tiene todo lo que más me gusta de Mo Yan y, más importante aún, esta vez siento que esos elementos están mejor equilibrados que en otras de sus obras: lo fantástico, el folclore chino, el gore y la historia. Claro que son inevitables las comparaciones con el realismo mágico (de hecho, algunos llaman a su estilo “realismo onírico”), pero en Mo Yan siempre da la impresión de que lo insólito brota de la propia lógica del mundo rural, de la superstición, del rumor, de la imaginación popular, como si la realidad por sí sola no bastara para explicar la brutalidad de la experiencia humana.
La novela se sitúa en la China de finales de la dinastía Qing, más o menos hacia 1900, en un contexto de ocupación extranjera, corrupción local y violencia política. La presencia extranjera se siente como una fuerza humillante que reorganiza el espacio, el poder y hasta la dignidad de los sometidos. En ese clima enrarecido, con el eco de la rebelión de los bóxers y el resentimiento nacional creciendo entre la impotencia y el fanatismo, Mo Yan sitúa en el centro de la historia una ejecución particularmente atroz: el “suplicio del aroma de sándalo”.
Las llamadas “torturas chinas” forman parte aquí de una cultura del castigo ejemplar: los suplicios debían corregir, aterrorizar y entretener al mismo tiempo. El cuerpo del condenado se volvía así un escenario donde el poder, acorralado por enemigos internos y externos, seguía representando su autoridad a falta de algo más convincente. A partir de esos castigos —como el ya célebre lingchi—, Mo Yan construye una trama en la que se entrecruzan el deseo, la traición, la lealtad filial, el orgullo nacional y la brutalidad del poder.
La historia sigue sobre todo a Sun Meiniang, una mujer atrapada entre la pasión, la obediencia familiar y el caos político que la rodea. A su alrededor desfilan verdugos, funcionarios, patriotas improvisados, suegros, amantes y oportunistas, todos arrastrados hacia un desenlace en el que la muerte deja de ser un hecho para convertirse en ceremonia, espectáculo y pedagogía pública. Como suele ocurrir en Mo Yan, nadie conserva del todo la dignidad y casi nadie merece conservarla.
Uno de los mayores aciertos del libro es precisamente la manera en que mezcla lo grotesco con lo trágico. Hay escenas de violencia extrema, descritas con una minuciosidad que por momentos parece regodearse en la herida. En Mo Yan la violencia siempre tiene algo de carnaval macabro: repugna, fascina y a ratos incluso mueve a una risa incómoda.
También me gusta cómo el folclore chino atraviesa toda la novela sin convertirse en simple decorado exótico para consumo extranjero (las notas podrían parecer excesivas para alguien que no esté interesado en el tema). Aquí hay ópera popular, supersticiones, habladurías, ritmos orales, exageraciones deliberadas, imágenes grotescas y una imaginación colectiva que transforma la historia en leyenda al mismo tiempo que la deforma. Mo Yan entiende algo fundamental: los pueblos no solo padecen la historia, también la cantan, la distorsionan, la vuelven fábula.
Volver a Mo Yan después de tanto tiempo fue reencontrarme con un escritor que sigue teniendo algo que muy pocos poseen: una voz capaz de ser brutal, cómica, obscena y lúcida al mismo tiempo.
(Conviene, sin embargo, hacer una precisión que hoy resulta casi inevitable. Mucho se ha criticado la afiliación de Mo Yan al Partido Comunista chino, así como su cercanía con posturas difíciles de defender, entre ellas su respaldo a ciertas formas de censura. Esa dimensión biográfica e ideológica incomoda, y no tendría sentido barrerla bajo la alfombra. Ahora bien, una extrapolación demasiado directa de El suplicio del aroma de sándalo a nuestro presente también corre el riesgo de simplificar la novela. Leída desde hoy, podría parecer que el libro articula un rechazo tajante al cambio cultural, a la modernización o a la presencia extranjera; pero reducirla a eso sería empobrecerla. Más que ofrecer un programa ideológico coherente, la novela dramatiza una sociedad humillada, convulsa y delirante, en la que la ocupación extranjera, la violencia imperial y el resentimiento popular producen respuestas tan comprensibles como monstruosas. Mo Yan no escribe aquí un manifiesto contra el extranjero ni una defensa transparente de la pureza cultural, sino una representación brutal de cómo el dolor histórico, el nacionalismo herido y la paranoia colectiva pueden deformar la experiencia de un pueblo. Y si algo queda claro en la novela, es que nadie sale moralmente intacto de ese proceso: ni el invasor, ni el poder local, ni tampoco quienes convierten la humillación en fervor.)
viernes, 27 de marzo de 2026
2*1: Una madre trabajadora de Agnes Owens y Riesgo moral de Kate Jennings
Año de publicación:1994
Traducción: Blanca Gago
Valoración: Bastante recomendable
- los diálogos, con los que la autora describe situaciones y personajes, al tiempo que hace avanzar la trama. Se lleva la palma Betty, el personaje más logrado.
- su ritmo, conseguido a través de breves escenas y de los comentados diálogos, con los que Owens se salta las "zonas de transición".
- su capacidad de meter el dedo en la llaga desde una aparente ligereza. El amor, el sexo, las relaciones de poder, el papel de la mujer en la familia y en la sociedad, etc son otros temas que parecen en la novela.
- el contraste entre sordidez y absurdo.
- el final, contundente pero coherente con el desarrollo previo.
Año de publicación: 2002
Traducción: Esther Cruz Santaella
Valoración: Bastante recomendable
jueves, 26 de marzo de 2026
Akimitsu Takagi: El misterio de la mujer tatuada
Título original: 刺青殺人事件 (Shisei Satsujin Jiken)
Año de publicación: 1948
Traducción: (del inglés) Eduardo Hojman
Valoración: bastante recomendable
miércoles, 25 de marzo de 2026
Miranda July: A cuatro patas
Título original: All fours
Año de publicación: 2025
Traducción: Luis Murillo Fort
Valoración: se deja leer
No descartemos que yo no me haya enterado de nada. No basta con abordar la lectura de una novela con buena actitud, en que esta se mantenga hasta un punto lo bastante alto para superar esa cuota personal (hago esos cálculos) del cuarenta y pico por ciento del volumen en que decides que ya hemos llegado demasiado lejos para abandonar ahora. Con alguna reticencia, en especial aquella que surge de los excesos críticos, aquella relacionada con algún premio literario en USA del cual pensabas que debías fiarte. Incluso espoleado por su inclusión en un lugar muy alto en una lista de esas en las que suelo creer a pies juntillas.
Incluso así, la sensación que me ha dejado A cuatro patas solo puedo describirla como una profunda decepción. En especial, porque las expectativas de ese primer tramo del libro han quedado evaporadas de forma, para mí, dramática, conforme he avanzado en su lectura y ya no digamos al finalizar la novela. Momento en que me he preguntado algo parecido a de qué ha ido esto o tanto rollo para llegar aquí.
La novela configura una especie de mosaico de piezas triangulares con un vértice en común: una artista de mediana edad (entiendo que una escultora o algo así, a lo largo de todo el libro no sabremos ni siquiera su nombre) que está casada con Harris, vinculado a la industria musical, en lo que parece una apacible vida de clase media norteamericana, junto a Sam, su hije (la inclusión a ultranza del género neutro a la hora de referirse a Sam ha llegado a ponerme nervioso, y de hecho aún no entiendo ni ese hecho ni su papel como personaje). Un día decide acogerse a un pretexto profesional para tomar el coche y cruzar el país para llegar a New York, una experiencia que desea abordar aunque nunca ha estado tanto tiempo, tres semanas, separada de su familia. En una de las primeras paradas de su trayecto conoce a Davey, un joven empleado de una empresa de alquiler de vehículos, cuya esposa Claire es decoradora y acepta un estrafalario encargo, decorar por veinte mil dólares la habitación de motel en que la protagonista se hospeda una noche, aunque nuestra protagonista decidirá permanecer ahí y detener su trayecto, convirtiendo la habitación en un lugar de encuentros furtivos llenos de deseo y pasión que nunca llegan a culminar. Se supone que ese viaje debe representar una huida, como un consuelo o un divertimento, quizás una aventura. Pero ella continua queriendo a su marido, y llegamos a saber que el parto fue una experiencia traumática, también que sus experiencias sexuales se han repartido entre los dos sexos, que tiene una amiga, Jordi, siempre dispuesta al otro lado del teléfono para que comparta sus experiencias, sus reflexiones, sus inseguridades.
Y ya está: al margen de cómo afecta a su matrimonio lo que ha supuesto esa experiencia efimera, a partir de ahí solo disponemos de una errática reflexión personal salpicada de escenas sexuales explícitas que se supone que tienen que representar en todo momento su ejercicio de la libertad personal, su actitud despreocupada hacia el sexo como ejercicio de liberación - aunque alguna escena roce lo meramente inconcebible - y una serie de prerrogativas que he sido incapaz de descodificar. Se ha obsesionado con Davey, o con el concepto de todo aquello que se prometieron postergar y nunca ha sido consumado. Y en medio de ese desquiciado embrollo, ha dinamitado su relación.
¿Qué pretende Miranda July que hagamos con todo eso? Cierro el libro y todo se me ha escapado. Seré yo, seguro.
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