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miércoles, 29 de julio de 2026

Martín Caparrós: Horror de Buenos Aires

Idioma original: español 
Año de publicación: 2024
Valoración: entre recomendable y está bien

Recién me enteré de su carácter de libro que forma parte de una serie con el mismo personaje cuando lo terminé. Es decir, esta novela es la segunda de Los tanguitos de Rivarola y, por lo visto, todas comparten la misma premisa: partir de lo policial para que el protagonista, Andrés Rivarola, un porteño cachivache que constantemente piensa en versos de tango (está ambientada en 1934) y a al vez analiza al mundo desde un costado muy exagerado, dramático (como todo tango) y que resuelve las investigaciones mediante una considerable dosis de suerte, lamentos, casualidades, relaciones surrealistas con los demás personajes, amores que son un sí pero a la vez no, ascensos en el diario donde trabajo según cómo sepa interpretar los pedidos y lecciones de su jefe, entre otras cosas.

Por suerte no hace falta haber leído el primero para entender la trama de este. Se mencionan particularidades anteriores (supongo que la relación intermitente que tiene con Raquel, de la que ni él cree ser merecedor de ese beneficio, viene del primer libro, lo mismo que la entrada al diario y la relación entre pipiolo/subordinado/chico para todo que tiene con su jefe Galuzzi, un tipo bastante práctico, que no tiene drama en desmontar cualquier idea berreta de su discípulo y al mismo tiempo de alentarla si considera que será un golpe de efecto para el diario) y algo del caso anterior, pero nada que nos imposibilite seguir esta historia.

Y esta es la de una prostituta (Dorita, de profesión, y polaquita de apodo) que un buen día deja de ir a trabajar al prostíbulo y nadie sabe por qué. Rivarola, en los primeros capítulos, la llega a conocer para una entrevista, pero no logra sacarle nada en claro debido a su reticencia, y por esa falta de datos se quedará obsesionado con el caso, más aún cuando se percata de que a nadie le importa la suerte de una prostituta. A partir de ahí emprende una travesía entrevistando a: 1) Proxenetas (entre mafiosos que al menos no pretenden ser otra cosa y mafiosos que se hacen pasar por nenes mimados); 2) amigos de Dorita (prostitutas, empleados de hoteles); 3) comisarios retirados, pero con hambre de gloria, que un día tratan bien a Rivarola y al otro lo desconocen. En cada una de las interacciones Rivarola demuestra una sorprendente inocencia a la hora de hacer las preguntas, más en un ambiente peligroso, y el lector constantemente se pregunta por qué un tipo así está de periodista y sobrevive en todas las ocasiones. Se le puede achacar a la suerte enorme, pero pienso que es tal lo inofensivo de su persona, lo volado en sus expresiones y sus preguntas sin filtros, que los demás personajes lo toman a la chacota y lo dejan ir con una palmadita. Por supuesto que varios de sus conocidos le dicen que se ponga las pilas, pero de ahí a hacerlo hay una Muralla China de distancia...Si no, esta historia no sería sobre un tanguero en permanente crisis existencia.

En fin, que Caparrós trabaja sobre ese tono entre bien argentino y lo clásico de cualquier novela policial. El problema es que a veces se pasa de mambo y utiliza demasiadas expresiones que terminan por restarle algo de dramatismo a la ocasión, como una película donde empiezan a putearse al mismo tiempo y están dos o tres minutos así sin que lleve a nada. Da la sensación de que midió mal su intento de lograr esa melancolía tanguera, y en algunos puntos la novela amenaza en convertirse chabacana. Supongo que la inocencia (en realidad es ingenuidad) irá redefiniéndose a medida que pasan los libros; en esta ocasión, se hace muy fuerte el contraste entre Rivarola y los bajos fondos, con resultados no muy verosímiles. Y la conclusión del caso, si bien es un giro algo original, no termina de justificarse porque no hubo una construcción previa, y me refiero más a la crítica o enfoque que realiza Caparrós sobre la comprensión de la sociedad sobre las prostitutas que a la identidad del asesino, que bien podría haber sido cualquiera. Pero es una novela que se lee rápido, que te hace sonreír unas cuantas veces y exasperarte con otras y en la que uno puede notar ese aire de Buenos Aires señorial e hipócrita al mismo tiempo.


Muchas reseñas de Caparrós acá

miércoles, 17 de junio de 2026

Myriam Hache: La belleza del desastre

Idioma original: Español 

Año de publicación: 2026

Valoración: Recomendable 

Esta es la novela de debut de Myriam Hache, joven autora nacida en Argentina y residente en España desde hace varios años. Y estos, que aparentemente son solo datos biográficos, son elementos clave para la novela porque La belleza del desastre tiene un claro componente generacional y porque la identidad personal (y su búsqueda) ocupan un lugar importante.

De entrada, La belleza del desastre es una road-movie medio apocalíptica en la que cuatro mujeres (Florencia, Jana, Rocío y Sara) viajan de Barcelona a Galicia huyendo de una nube tóxica que se aproxima a España. Digo de entrada porque el viaje no es solamente una huida de un peligro externo sino que tiene mucho de huida y/o búsqueda de uno mismo, de vía de refundación personal en un mundo convertido en fantasía transhumanista. Podemos, por tanto, poner tres referencias para ubicar la novela: Thelma y Louise, La carretera y En el camino.

Más allá de estas referencias, uno de los aspectos a mencionar de la novela es la elección de las dos narradoras, las primas Florencia y Jana, pintora aquella y escritora esta, que viajan (sí, más viajes) con las imágenes y la palabra a un pasado común que vuelve a repetirse, a un círculo desesperación - ilusión - fracaso - ansiedad del que se busca salir a través del amor, del sexo, de las drogas, facto de la fe y las flores azules, etc.

Y así los temas se abren porque esto, en realidad, no es una distopía ci-fi sino una novela de formación sobre pasados que se repiten, vidas no vividas, ilusiones traicionadas e intentos de redención. Sobre el miedo a ser uno mismo lejos de familia y orígenes, vaya.

Como aspectos más destacables de la novela hay que mencionar: 

  • La plasticidad de la prosa poética (algo hay del cine de David Lynch).
  • El manejo de los tiempos a la hora de dibujar el mapa de las relaciones interpersonales entre las 4 principales protagonistas.
  • El tratamiento del pasado como carga que se arrastra y de la que uno trata de deshacerse como buenamente puede.
  • La atmósfera, medio onírica pero firmemente anclada en la realidad.
En resumen, un novela que quizá no resulte especialmente novedosa en su premisa pero que sí resulta recomendable por su buen desarrollo posterior, tanto en lo meramente argumental como en lo referente a la psicología de los personajes, y por su potencia e impacto visual.

viernes, 12 de junio de 2026

Rodolfo Walsh: ¿Quién mató a Rosendo?

Idioma original: español
Año de publicación: 1969
Valoración: recomendable alto

Hay, por supuesto, una correlación entre Operación Masacre y este libro. Los dos son investigaciones periodísticas políticas de alto calibre: nos debemos al perfeccionismo y compromiso de Walsh a la hora de develar lo ocurrido en una escena, tratando de que ningún elemento escapara al ojo del lector. No descubro nada con esto, pero viene bien para ponernos en contexto.

¿Quién mató a Rosendo? es el anudamiento de la trama que se desata cuando en La Real, una confitería de Avellaneda, un dirigente de la UOM (Unión Obrera Metalúrgica, adherida a la Confederación General del Trabajo, la organización sindical más importante de Argentina), justamente Rosendo García, es baleado en un tiroteo entre dos bandos pertenecientes al peronismo: por un lado los vandoristas (su representante, Vandor, es una de las figuras centrales de este libro y participante activo del tiroteo), que pregonan un peronismo sin Perón (en ese momento exiliado a raíz de la proscripción y mil cosas más), es decir, dejar la conducción del movimiento en manos locales; por otro lado, el bando leal a la figura del líder, que apoyan su vuelta directa sin intermediarios.

Requeriría bastante tiempo explicar los tejemanejes de la interna peronista, pero por suerte Walsh no se detiene en esas cuestiones. Lo que a él le interesa es diseccionar un momento, una anécdota dentro de la situación general (otro golpe de Estado), tal como él la cataloga en el epílogo, para averiguar por qué los sindicatos han dejado de contar con la confianza de los obreros. Para ello, cita todos los datos habidos y por haber de la cantidad de afiliados a los sindicatos a lo largo de los años, haciendo hincapié en cómo disminuye cuando los sindicatos empiezan a arreglar la duración de los paros y qué puntos de las condiciones de los trabajadores se van a tocar, ignorando los despidos masivos por la militancia peronista y lavándose las manos en muchos de los casos más graves.

A raíz del tiroteo de La Real es que el grupo de Vandor empieza a tambalear, ya que hay una gran confusión acerca de quién pudo haber matado a Rosendo. Primero, con la prensa a favor, se echa el muerto al otro grupo, pero en la pericia balística (y Walsh dibuja un croquis muy preciso de la ubicación de cada integrante en la confitería) se determina que la bala salió de la mesa vandorista. Allí entra en juego la manipulación judicial, ralentizando la investigación y cometiendo errores inverosímiles para un juez, como no interrogar a los testigos la cantidad de participantes, las armas que llevaban, entre otras cosas.

Esa investigación, que se retrasa tres años, Walsh la resuelve en apenas un mes. Establece un sistema para determinar la dirección de la bala a raíz de los legajos, consigue entrevistas con gente arrepentida de trabajar con Vandor, y hace una hipótesis que (y no es muy sutil) señala de responsable directo a Vandor. Uno diría bueno, pero pasaron años del suceso, y un solo libro no cambia nada: sí, pero ese libro primero se publicó como varias notas en un semanario de la CGTA, y por lo tanto los obreros las leían enteritas e iban siguiendo el caso como una novela policial, género que Walsh conocía muy bien, pues lo primero que escribió se encasillaba en esa vertiente,  tocando con maestría todos los resortes propios de una historia detectivesca.

Lo que le resta (y con esto no quiero decir importancia a nivel histórico-político, solo artístico) es esa pretensión admitida de Walsh que mencioné al principio, la de tratar una anécdota para exponer algo más grave; además, Walsh también reconoce que en Operación Masacre quería denunciar y cambiar el rumbo del país. Acá, su tono es más desengañado, menos lírico; quizás por eso ciertas páginas, sobre todo al principio, cuestan asimilarlas, y el dato puro no se ve acompañado de la conmoción que sí representaba un fusilamiento sin ningún sustento (de por sí un asesinato se convierte en una masacre) y una prosa que lograba acongojar: es posible que el Walsh escritor se viera abrumado por la realidad y no confiara tanto en la literatura, es posible que el Walsh periodista necesitara, como una herida abierta, denunciar la irrealidad de la violencia y la mentira cotidiana en la que vivía. Fuese como fuese, este libro es una buena muestra de los sesenta argentinos, de las tramoyas políticas dentro de un mismo movimiento y del fracaso de los engaños para seguir manteniéndose en el poder a costa de traicionar todos los principios y personas que te llevaron a ese puesto.

Más de Rodolfo Walsh: Operación MasacreNota al pieLos irlandeses

miércoles, 3 de junio de 2026

Antonio Di Benedetto: Absurdos

Idioma original: castellano

Año de publicación: 1978

Valoración: Muy recomendable


La de Antonio Di Benedetto me temo que es, lamentablemente, una batalla perdida en este blog. A pesar de mi perseverancia en ensalzar su talento, o casi nadie lo ha leído o, aún peor, los pocos que sí lo hayan hecho quizá no se adhieren a mis entusiasmos y prudentemente guardan silencio. Pero para ellos. Por mi parte, no por completista sino por deseo de disfrutar una vez más, descubro este nuevo título, que se adentra en el mundo del relato corto.

El volumen recoge narraciones de extensión irregular y origen diverso, algunas antiguas y ya publicadas por separado, otras más recientes. Encontramos a un Di Benedetto diferente del que ya conocemos de aquella extraordinaria trilogía que en realidad no es trilogía, aunque con trazas evidentes del talento que exhibía en sus obras mayores. Se podría decir que en estos textos conocemos mejor al autor, observamos cómo experimenta, busca caminos o simplemente se explaya libre de encorsetamientos, quizá hasta se permite licencias que no admitiría construyendo una novela.

Como es lógico en cualquier compilación de relatos, hay diversidad de escenarios, de técnicas y por supuesto de nivel, aunque muy poco o casi nada puede calificarse como prescindible. Ese presente férreo que tan bien maneja el autor es casi innegociable, aunque en alguna ocasión decide explorar otras posibilidades, hay una sorprendente presencia de animales en buena parte de los cuentos hasta bordear la fábula en un par de ocasiones, y se muestra con frecuencia el impacto de situaciones extremas, con frecuencia localizadas en las amplias y semidesérticas llanuras interiores argentinas que otros autores han trabajado también. Variedad de argumentos y de registros, pero siempre con un sello de calidad indiscutible.

Es impecable El juicio de Dios, una obra maestra de la tensión narrativa, desasosegante y muy visual, casi cinematográfica. Caballo en el salitral, otro de los relatos más longevos y conocidos, es una historia tan sencilla como impregnada de dramatismo, con una carga solo comparable a Pez, el texto más brutal, en el que el dolor y la impotencia llegan al lector por el camino de la pura casualidad, la mala suerte que no conviene ignorar y que tantas veces marca las vidas. El tono policial que tanto gusta a Di Benedetto y que ya asomaba en Los suicidas aparece también en el más intimista Cínico y ceniza, o en el espléndido Los reyunos. Aballay, otro de los más conocidos y llevado al cine, presenta la extraña penitencia de un hombre perseguido por la culpa y, muy lejos de ese terreno, Ítalo en Italia cierra el libro con el delicioso relato de un pequeño incidente veraniego.

Para los que les preocupen mucho estas cosas, habrá que reconocer que, frente a lo que parece exigir un relato corto, el cierre de algunas narraciones puede resultar algo previsible, o que los títulos son manifiestamente mejorables. Pero qué quieren que les diga, el despliegue de imaginación, la amplitud de repertorio y la modulación de los diferentes registros me parecen de un nivel excepcional, y dejan sin efecto cualquier pequeña debilidad. Es un Di Benedetto que, sin perder algunas de sus señas más personales, se muestra algo diferente, quizá más asequible que en textos de mayor extensión, a veces más arriesgado, pero siempre dejando claro un talentazo que en este caso le coloca, en mi opinión, al nivel de los mejores maestros del relato corto, y pongan ustedes ahí los nombre que más les gusten. Nadie sin ese genio sería capaz de decir de esta forma que la jauría de perros se quedó sin alimento:

'Mordiendo el aire quedaron los dientudos'

Háganse un favor y, en este mi cuarto intento, descubran a este autor fascinante.

Otras obras de Antonio Di Benedetto reseñadas en ULADLos suicidasZamaEl silenciero


viernes, 15 de mayo de 2026

Fabio Martínez: La jugadora de pádel

Idioma original: español
Año de publicación: 2024
Valoración: no está mal

Novelita de no más de ciento veinte páginas y en un formato similar a los ensayos plateados de Anagrama, casi una anécdota, que transcurre en Córdoba Capital, sobre una jugadora de pádel y cómo, a partir de un torneo ganado con un compañero bastante fachero, empieza a tomar malísimas decisiones.

No hay mucho que contar, en realidad. La narradora empieza a jugar pádel asiduamente (antes lo hacía una vez por semana) luego de que la empresa en donde trabajaba como jefa de RR.HH se desmantelase, y le queda un buen dinero por ello, gastado casi todo en accesorios para el deporte, y pronto su compañero de clases, Tomás, un tipo musculoso y canchero, la invita a un torneo. Obviamente lo ganan, y allí se da el primer contacto físico de muchos. Cabe aclarar que la protagonista está casada con un tipo que le da poca bola y prefiere destinar su libido a los partidos de Talleres (club de fútbol importante en Córdoba) y tiene una hija que está en la rebeldía adolescente y tampoco le da pelota. El caldo de cultivo perfecto para una infidelidad.

A partir de ahí la historia se desarrolla casi como en guión automático. Uno va leyendo pensando que va a pasar lo que tiene que pasar, lo que uno pensaría que le va a pasar a una persona que toma malas decisiones a raíz del aburrimiento de su vida, a la ausencia de su padre  y a las peleas irreconciliables con la madre, que hace muchos años, cuando la protagonista era niña, también engañó a su marido con otro tipo (y encima, millonario), dejándole con un rencor casi inexpugnable.

Cuando hablo sobre lo automático, me refiero a los momentos en que nos enteramos que Tomás es un bróker, un tipo que sabe como va la curva del mercado y cuándo apostar con intereses. Entonces ella le hace caso y le presta cierta cantidad importante de plata para que la invierta. Ahora bien, se huele de lejos la actitud del tipo, se huele de lejos lo que va a pasar, y ese es un problema de esta novela. La falta de ambición, o la falta de profundidad de los personajes, más allá de un recuerdo triste, de algún diálogo contenido, termina por jugarle en contra en la recta final, ya que es muy obvio lo que sucederá con Tomás. Para colmo, la reacción y lo que dice en las últimas páginas se corresponde típicamente a un estereotipo/prejuicio que podamos tener acerca de los bróker. Y no es que yo no me identifique con ese pensamiento, pero no basta con mostrar con que el loco es un desesperado de las pantallas y del ritmo del mercado a la vez que canchero y lindo (o sea, la mayoría se podría decir que es así), para justificar las acciones de la protagonista. 

Que no termine del todo bien tampoco es un consuelo hacia el lector: el reflejo exacto de una realidad (una realidad, por otro lado, bastante elitista) termina por empobrecer la narrativa, por cierta falta de imaginación ante el manejo de la trama y la potencialidad de sus personajes. La prosa, por otro lado, cumple, es sobria y no hace alarde de ningún vericueto lingüístico; el tono de la narradora es creíble, pero tampoco difiere mucho de otros personajes típicos de la literatura más contemporánea, pasados de vuelta de todo y sin encontrar nunca un camino a seguir. Por eso mi valoración: cumple con todo lo que uno pide para entretenerse, es decir, ritmo acelerado (los capítulos son dos o tres páginas como mucho, continuando la manía de ofrecer retazos más que una narración estructurada), un poco de amor prohibido, un poco de acción, una resolución casi vertiginosa, pero es algo que se ha visto y seguirá viendo en todos lados. Termina por ser una novelita que se lee en una hora de colectivo, como mucho, y que no aporta nada más allá de constatar que un bróker puede ser muy idiota y un personaje casado y con cuarenta años, si está aburrido de su vida, probablemente haga cosas de las que se terminará arrepintiendo, lo cual no es mucho decir.

martes, 28 de abril de 2026

Guillermo Martínez: Un crimen dialéctico

Idioma original: español
Año de publicación: 2026
Valoración: entre recomendable y está bien (conociendo al autor, no tan previsible)

Página 2:
Otra vez uno de esos libros en donde Martínez va a demostrar su sapiencia matemática con el Teorema de Incompletitud de Gödel y homologar sus preceptos con las piernas de una chica, que puede ser menor (quiero decir, mucho menor) al narrador, o puede ser mayor (cuarentona o cincuentona) y que, generalmente, parte de la misma familia que la variante de chica menor y en ocasiones hasta se enamora de las dos (y tiene éxito con ambas. Hasta parece un chiste interno del autor, porque juro que en casi todos los libros siempre hay una apreciación de ese estilo); todo esto mechado con un drama que bordea lo policial clásico con lo filosófico. Sigamos leyendo, me digo (con ojos en blanco); quizás alojarse en un hostal con una señora de pasados rusos pero aún bellísima (del cual su esposo es el objetivo del narrador) y su hija veinteañera a punto de casarse (cuyo prometido tiene cierta tensión con su suegra, y no es la carnal), no signifique necesariamente nada amoroso.

Página 20:
Bueno, quizás por una vez Martínez se desvía de sus patrones y me va a entregar una historia más cercana a lo filosófico que al policial, habida cuenta que el narrador es un profesor (cómo no) que en su momento tuvo una beca en Oxford (cómo no) y formó parte de un grupo marxista cuya vinculación es eterna debido a un pacto en sus años mozos. Por ahora bien, mejor de lo que esperaba, más allá de algunas frases poco pulidas, casi escritas con cierto desgano, como enfocadas en la trama en vez de labrar las expresiones, y de que todos los personajes poseen una alta cultura (¿hace falta que si uno dice qué lindo el día, el otro, que es cualquier cosa menos un becado de Oxford, cite a Tolstoi porque sí?).

Página 40:
Ya las bases están delineadas. El narrador tiene que asesinar al anfitrión de la casa, el coronel, por conocer un secreto del candidato a presidente (trasunto de Raúl Alfonsín), un secreto bastante turbio, por lo que infiere el mismo coronel, y de yapa, por ser sospechoso de complicidad en la última dictadura argentina (a pesar de que diga que apenas vio cómo iba la mano se retirara por una cuestión de honor); a la vez, el narrador sostiene debates (graciosos, porque el otro lo basurea sutilmente) con un físico extranjero acerca de la inminente publicación de un artículo sobre cuánta capacidad de voluntad tiene realmente un individuo a la hora de reaccionar ante mecanismos programados. Parece no tener ninguna relación con la trama principal, pero en Martínez todos los datos son aprovechados posteriormente. Además, la esposa del coronel en realidad está enganchada (lo cual es un cambio agradable) con el cura del pueblo, bastante jovencito y con un discurso mucho más agresivo para los estándares de la iglesia.

Página 100:
Se pone raro. Para justificar su presencia, el narrador inventa que se encuentra ahí para observar a los nativos en sus rituales con un polvo que, en días de niebla extrema, posibilita contactar a los muertos de cada uno; justamente el narrador tiene a su padre desaparecido, y de a poco le empieza a convencer la idea de verlo para cerrar con un capítulo del pasado. Además, se ha hecho pasar por el cura para mandarle mails (¿mails a principios de los 80s en Argentina?) entre dramáticos y picantones a la esposa del coronel y así plantar la semilla de la discordia y hace prácticas de tiro con este último en lugares recónditos para afinar su puntería a la hora de matarlo. Todo esto, para el narrador, funciona como un gran tablero de ajedrez en el que cualquier cosa puede salir muy mal, y sintiéndose casi siempre como arrastrado por la fuerza del destino más que por su voluntad (de ahí, supongo, aunque me sigue pareciendo un aditivo algo innecesario, los debates).

Últimas páginas:
Lo mejor de la novela se encuentra en la trama secundaria de los nativos. Después de un viaje lisérgico, inesperado por la prosa y la situación en la carrera literaria de Martínez, el narrador presencia una escena definitoria para su vida. Pareciera que no va a aportar nada a la trama principal, pero haberse metido en semejante cambalache lo obliga a vomitar y esa es la última pieza (azarosa) para que todo termine de anudarse en una situación algo rocambolesca y por demás inverosímil, aunque justificado por la idea que recorre el libro acerca de la voluntad real. 

En definitiva, es mejor que el anterior libro de Martínez, que sí me había parecido un recalentado de sus grandes éxitos, y veo una intención de explorar otros temas, de salir de a poco del encorsetamiento en el que se encontraban sus libros, pero también detecto una escritura apurada y deslavazada, convencida ya del prestigio del autor y de que apretar algunos de sus botones comunes bastará para que el lector se quede contento. Pero Martínez es capaz de mucho más.


sábado, 25 de abril de 2026

Colaboración: 2 x 1 Antes que nada y Bue, de Martín Caparrós

 Idioma original: español

Año de publicación: 2024 y 2025

Valoración: imprescindible para interesados


La fase de su escritura en la que se encuentra Martín Caparrós es especialmente interesante. Viene de andar tras las huellas del hambre, de diseccionar las venas abiertas de América Latina que versó Galeano, de algún esfuerzo apabullante en el campo de la novela que él considera pasó desapercibido, de darle la vuelta al género de la crónica, de intentar reportar a toro pasado la creación del mundo. Todo se le ha hecho poco: su implicación, sus posiciones sin medias tintas; su apuesta por la literatura; las cabeceras de más prestigio; los charcos más embarrados. Todo empezó un día que le dejaron firmar en un diario y algo cambió el día que leyó por vez primera a su maestro Manuel Vicent. Continúa con sus artículos y sus polémicas, levantando polvo, abriendo frentes constantemente. Gramaticales, deontológicos, épicos. Se hace preguntas y las lanza al mundo sabiendo que él el primero no puede responderlas.

Y en el último año y medio han llovido con generosidad tres volúmenes en los que el argentino va más allá, pues si alguna profundidad abisal le quedaba por estudiar era la suya propia: es la que emite ultrasonidos desde las páginas de Antes que nada, donde repasa su vida, la interior y la pública, en los jirones que no se le han quedado en la selva del periodismo a ras de suelo que le ha caracterizado. Como los otros títulos, este último es monumental y ambicioso, y seguro que le dejó insatisfecho como tantas otras veces. Aquí hay mucha tela que cortar para aspirantes, ejercientes y fans, que a fin de cuentas son los que pueden aportar notas al pie, aunque a ver quién se las apuesta a Caparrós. Por lo pronto, estas memorias se tapan bien con cubiertas oscuras, como advirtiendo de ser el libro negro del autor, que deja bien claro que sorpresas te da la vida y por supuesto, que para contarlo hay que valer, también, y mucho. El camino de las favelas de Buenos Aires a las pacíficas afueras de Madrid ha sido retorcido y sorprendente.

Antes que nada puede complementarse con artículos y entrevistas recientes, pero sobre todo con los otros dos pequeños tomos que han aparecido en estos meses, Bue y La verdadera vida de José Hernández, que son pura evocación en blanco y negro. Reversos bien camuflados de Buenos Aires y de canto al padre del Martín Fierro, Caparrós vierte en ellos no el análisis sino el aliento, y no la nostalgia sino la melancolía, como tan bien distinguiría su querido Vicent. En estos casos no es tan torrencial la escritura como la emoción, pero no perdamos ripio.

Sobre la triada asoma la firmeza de una vocación, en estos tiempos líquidos de rapidez y demora, cuanto más deprisa más despacio, de prosa deslavazada y piezas sin adscripción. No caigamos en el tópico del autor hecho género. Llamemos a las cosas por sus nombres: memorias, novela y poesía. Caparrós prescinde aquí, al menos directamente, de las crónicas que lo han destacado y que en conjunto se erigieron en monumentos: LacrónicaEl HambreEl mundo entoncesÑaméricaEl interiorLarga distancia y su secuela La guerra moderna... Periodismo que si no fundó, al menos creó escuela en una hilera de seguidores que lo practican alrededor del mundo. La crónica va y viene con las épocas. Esas piedras angulares están ahí, para quien quiera volver a ellas. En rigor, algunos podrían llamar a esos libros recopilaciones. No errarían.

No es el caso de los que nos ocupan hoy. Es vertiginoso pensar no ya que alguien pueda ser tan fértil, sino qué torrente creativo en tan poco tiempo puede dar lugar a obras apuntaladas como estas. Una en su largo aliento, otra en su justa medida, otra en la virtuosidad del verso. ¿Qué escuelas de escritura ni qué inteligencias artificiales ni qué giros argumentales? Lengua charlatana, seguridad, nada que perder pero nada que alcanzar. Entrevistas promocionales donde se denuncia la manera balzaquiana para homenajear a Balzac con los mismos libros que se promocionan. Por responsabilidad, la llamada al orden debe ser por parte de los dos: de Balzac y de Caparrós. Larga vida al escritor y lo escrito: el momento es curioso, los juegos de espejos son gratificantes y se espera que la fábrica no detenga su producción. Mientras tanto, siempre queda releer.

Firmado: César

También de Martín Caparrós reseñado en ULAD: aquí

 

viernes, 24 de abril de 2026

Federico Axat: El día de mi muerte

Idioma original: Español

Año de publicación: 2025

Valoración: Muy recomendable

Así de entrada, lo que me hizo darle la valoración de Muy recomendable a este libro fue la vuelta de tuerca que Axat le da al ya muy gastado subgénero de los viajes en el tiempo. Así que, para cualquiera que disfrute de este tipo de pajas mentales, es una lectura más que recomendable.

Lo que sigue no es exactamente un spoiler, pero, a mi parecer, mientras menos sepas, mejor. Por eso seré parco en esta reseña. Bueno, pensándolo mejor, no diré nada de la trama, porque cualquier cosa que contara sería básicamente lo mismo que ya aparece en la contraportada.

Lo que sí puedo decir, y quizá sirva para animarte a leerlo, es que la historia resulta desconcertante en el mejor sentido de la palabra. Cada capítulo obliga a detenerse y a reconsiderar cómo encaja lo que uno acaba de leer con todo lo anterior. Perdón por ser tan vago, pero realmente no puedo decir mucho más: la novela está construida casi por completo sobre la incertidumbre.

Claro que eso también hace que la relectura pierda parte de su valor. Pero incluso si solo se lee una vez, la experiencia vale la pena.

Uno de los pocos peros que le pondría al libro es que, aunque su principal atractivo radica en el interesante enfoque que propone para los saltos espacio-temporales, y cómo se desenrolla la trama, no logra evitar del todo ciertas paradojas (incoherencias) temporales. Y, cuando aparece alguna inconsistencia, recurre al truco más barato del género: las líneas temporales paralelas.

Aun así, eso puede pasarse por alto. Es un libro muy entretenido, de esos que te mantienen armando y desarmando piezas en la cabeza hasta el final. Es el tipo de historia que quedaría perfecta como serie de televisión. Me encanta ver que las historias de este género escritas en español no le piden nada a esos nórdicos (¡no les da la lengua para escribir el Quijote!).

martes, 14 de abril de 2026

Sara Gallardo: Pantalones azules

Idioma original: Español 
Año de publicación: 1963
Valoración: Bastante recomendable 

Leí por vez primera Pantalones azules en plena pandemia, en una vieja edición de Editorial Sudamericana (por cierto, esa edición está ahora en muy buenas y "saragallardistas" manos) y eso, queramos o no, condiciona la lectura. Porque no es lo mismo leer un libro en una situación tan anómala como aquella y en una edición de letra apretada y de páginas amarilleadas por el paso del tiempo que hacerlo con la calma de la "normalidad" y en una nueva edición, cortesía de Fiordo.

El caso es que en su momento Pantalones azules me pareció una novela muy menor de Sara Gallardo y sensiblemente inferior a Enero o Eisejuaz (y eso que aún no había leído Los galgos, los galgos). Tras esta segunda lectura, creo que más atenta y acertada, he de decir que la distancia que puede separar Pantalones azules de las citadas novelas no es tan grande y que posee, por sí sola, virtudes más que suficientes como para considerarla altamente recomendable.

Es evidente que Pantalones azules no tiene la potencia visual ni el riesgo estilístico de  Enero / Eisejuaz. De hecho, diría que está emparentada, y en cierto modo prefigura, la monumental Los galgos, los galgos. Se trata, así, de una novela más "convencional" en lo formal, de un texto que tiene como aparente núcleo argumental el triángulo amoroso formado por Alejandro, Elisa e Irma. Pero reducir esta novela a una lectura "amorosa" o "romántica" sería un error, y de los gordos, ya que esa capa superficial encierra otros temas y otras lecturas que son los realmente importantes. Entre los temas estarían la lucha entre realidad y deseo, la culpa, la vergüenza o el arrepentimiento, el peso de la educación y de los orígenes familiares, etc; entre las otras posibles lecturas, la más clara es la novela de iniciación, la novela "existencialista" (soy un cretino, dice varias veces Alejandro a lo largo de la novela) o la novela política, si bien en mucho menor medida. Lo que sí me queda claro es que Alejandro es una especie de Julián (protagonista de Los galgos, los galgos) en versión juvenil y que los temas citados en el párrafo anterior serán revisitados y profundizados por la autora en esta última novela.

En cualquier caso, ya digo que la novela posee virtudes más que suficientes para considerarla altamente recomendable. Entre estas cabe citar la profundidad psicológica del personaje de Alejandro (atormentado frente a ese mundo de Irma, ajeno, desagradable y antitético respecto al de Elisa, pero que no puede dejar de atraerle), la importancia de los diálogos y la capacidad de la autora para, a través de estos, definir personajes y situaciones, sin olvidarnos de la calidad poética de la prosa.

Quizá se echa en falta mayor desarrollo de alguna subtrama (ese grupo del padre Behety tan arltiano...) o una mayor indagación en la relación, apenas insinuada, de Alejandro con sus padres. A pesar de esto, Pantalones azules es una buena novela y una buena opción tanto para iniciarse como para profundizar en la obra de una autora imprescindible.

También de Sara Gallardo en ULAD: La rosa en el vientoEisejuazEnero y Los galgos, los galgos

martes, 17 de marzo de 2026

Leila Sucari : Casi perra

Idioma: español 

Año de publicación: 2023

Valoración: está bien

Una mujer de mediana edad, de quien no conocemos nunca el nombre, se sube al tren en alguna ciudad argentina, para bajarse en la última parada, en un pueblo de nombre improbable. Allí se instala en un camping, junto al río y se dedica a recordar y olvidar una relación sentimental con un hombre -de éste sabremos que es su psiquiatra o psicoterapeuta- mientras lleva a cabo una especie de purga física por medio de una ¿degradación? ¿Deconstrucción? ¿Toma de conciencia de su  condición animal y subsiguiente empoderamiento a través de la asunción de sus deseos femeninos? Yo que sé, la verdad... el caso es que tras pasar así toda la primera parte de la novela  -muy corta, por lo demás- y cuando parece que la narración se ha estancado, la mujer se traslada -o la trasladan- a un pueblo cercano, más fantasmal o metafísico que el anterior, si cabe y allí, en su segunda mitad, la narración toma otros derroteros y el lector (o lectora, pues quizás la novela esté más pensada para un público femenino, autoconsciente  y "echao p'alante", al estilo de buena parte de la literatura latinoamericana de más éxito en los últimos tiempos) llega a la conclusión que la primera parte de la historia no era sino una preparación para esta segunda, que es donde está el meollo de la narración y, sobre todo, de lo que pretende contarnos su autora...

En este segundo pueblo la protagonista tiene una relación romántico-sexual-alucinada con Diamela, una lugareña lectora de las Metamorfosis de Ovidio y ahonda en su liberación/autorrealización a través de la rendición ante sus instintos animales -de ahí el curioso título de la novela y ya he contado demasiado_; es todo muy confuso, empero y no queda claro hasta que punto la protagonista y narradora -se me olvidaba decir que la historia está contada en primera persona- nos explica lo que sucede en la realidad física, lo que ocurre en su percepción o imaginación o lo que puede deberse a una dimensión mágica o mística de su devenir... Tampoco es que importe mucho, la verdad: lo mejor es no tratar de entenderlo todo a la perfección y dejarse llevar por la prosa, que en ocasiones es arrebatadora e incluso magnífica, con momentos de gran lirismo -el primer encuentro sexual entre las dos mujeres, por ejemplo-, aunque en otros bordea peligrosamente no ya lo inverosímil, pues este adjetivo se cierne sobre toda o gran parte de la novela, sino lo ridículo. De ahí que yo, desde mi modesta competencia crítica, no me sienta capaz de valorar con mayor entusiasmo este libro; a las páginas o párrafos que me han subyugado seguían otras que enfriaban bastante mi ánimo. Por otra parte, la convivencia continua entre reflexiones más o menos intelectualizadas y otras mucho más epidérmicas y hasta soeces, si bien sirven para retratar el evidente desequilibrio de la protagonista (ojo, que no digo que esté cucú bananas del todo, de hecho, ese desequilibrio, ese dejarse caer en un vórtice dionisíaco parece necesario para su deconstrucción, etc.), no hacen más fácil el avance en la lectura, sobre todo en algún momento en que la narración se encalla un poco, como ya digo.

No obstante, estoy seguro que a muchos lectores o puede que, sobre todo, lectoras, les puede interesas sobremanera esta nouvelle que por momentos resulta intensa y absorbente. Quizás quienes la lean desde fuera de Argentina tengan algún problema con el castellano en el que está escrita (he de confesar que siento debilidad no sólo por la literatura argentina sino, más aún, por la que está provista de numerosos argentinismos bien puestos, aunque a veces no los entienda del todo), pero no es un obstáculo invencible, ni siquiera relevante, creo yo. Y, teniendo en cuenta la extensión del libro, tampoco su lectura será una gran pérdida de tiempo para nadie, en caso de que no le agrade. Ánimo y buena suerte.

domingo, 15 de marzo de 2026

Colaboración: Un episodio en la vida del pintor viajero, de César Aira

Idioma original: español 

Año de publicación: 2000

Valoración: Muy recomendable


El alemán Johann Moritz Rugendas puede no figurar entre los nombres de los grandes pintores del siglo XIX. Discípulo de Humboldt, fue un pintor que, en la mirada de Aira, se convierte en un eslabón perdido: posee la luz dramática de Turner y una audacia en el color y la línea que parece un Matisse avant la lettre. Por mucho tiempo se dijo que la atención que sus pinturas generaban no se debía a su técnica, sino a la belleza sin límites del paisaje americano. Aquí entra en acción César Aira, quien, aprovechando que el pintor viajero se reivindicaría en su paso por Argentina en un evento extraordinario, pone en marcha un relato histórico lleno de emociones, conciso e imprevisible.

Descendiente de pintores de batallas y víctima de la paz napoleónica, Rugendas sale de Europa e inicia una batalla interna en el Nuevo Mundo, acompañado de otro pintor: Krause. Sabe que su presente pasa por retratar los paisajes tropicales de los que Europa adolece, pero no tiene idea de su futuro. Quizá, hasta lo podría evadir desandando sus mismos pasos. Fruto de ese andar es la vasta cantidad de dibujos, los mismos que le generarían ingresos.

México y Brasil constituyen el grueso de su obra, con más de 3000 dibujos e ilustraciones (pero solo 118 totalmente terminados), aunque su fin último —ese que va más allá del dinero— estaba en Argentina: dibujar y gozar la serenidad de la luz del sur, pero deseando culposamente retratar antes un terremoto o la furia indígena de un malón. Sin embargo, el destino le dará el sobresalto que él busca de otra manera. Si Rugendas solo tenía el presente como herencia y sus manos y sus ojos como herramientas para subsistir, lo que vivirá entre San Luis y Mendoza lo dejará literalmente temblando, como a un niño recién parido. A partir de ahí, su verdadero rostro será el arte.

Desde ese momento, pasa de lo científico a lo dinámico. En comparación con sus dibujos documentales de México y Brasil, La cautiva, producto de su estancia en Argentina, sacude el alma. Es estilo, belleza y movimiento. Pero no sabemos cómo se pintó, ni cuál era el estado del pintor. Leemos a Aira —imperturbable, analítico, extrañamente divertido— y él nos revela la funcionalidad del dolor. El sufrimiento no es una tragedia aquí, sino una droga que agudiza la percepción: Rugendas deja de ser un hombre para convertirse en un ojo mecánico, alejándose de su propia humanidad. Pintor y escritor se unen aquí por lo simple y firme de su ejecución, además de la simetría de sus vidas: uno plasmó las escenas que recorrió, el otro lo revivió al leer, imaginar y complementar su correspondencia.

Libro corto, personajes profundos, imágenes poderosas. Con oraciones sencillas, lejos de lugares comunes, cautiva al describir lo imponente de los Andes, la bravía de quienes los cruzan o la vorágine de un campo de batalla. Llama la atención la identidad entre los bocetos veloces de Rugendas y la famosa "fuga hacia adelante" de Aira. Ambos rechazan la corrección: el error se integra, la deformidad se acepta. Para ambos, lo importante no es la obra terminada, sino el movimiento continuo, la invención constante del presente para no tener que mirar atrás aunque el motor sea agua de amapolas.

Pero, sobre todo, Aira nos muestra, a través de Rugendas, que los viajes sí nos cambian, pero de maneras repentinas e imprevisibles. Más que un homenaje a la perseverancia, es la constatación de una obsesión. Aira nos enseña que el arte es una forma de vampirismo: Rugendas se deja consumir a sí mismo para capturar el paisaje. Al final, no nos queda el consuelo de la aventura, sino la certeza de que la realidad es tan alucinante que solo un monstruo, o un artista drogado, con herramientas que van más allá del lápiz y pincel, puede verla tal cual es.

Firmado: Arturo Jiménez Viveros

Otras obras de César Aira reseñadas en ULADaquí


miércoles, 11 de marzo de 2026

Silvana Vogt: El fino arte de crear monstruos

Idioma original: castellano

Año de publicación: 2025

Valoración: Entre Recomendable y Está bien


Aunque en la solapa del libro se define como ‘novela’, se podría decir que El fino arte de crear monstruos está en zona de transición entre novela y colección de relatos, aunque en mi opinión tiene más de lo segundo que de lo primero. Esta autora, argentina de nacimiento y afincada en Barcelona (de hecho, tiene algo publicado en catalán), presenta una serie de narraciones cortas que comparten protagonistas y guardan cierta coherencia cronológica, o esa sensación da, pero me parece difícil concluir que esto constituya una novela.

Una docena, quizá algo más, de relatos breves, episodios en la vida de Vidria, una niña que vive en la pequeña población de Morteros, que recuerda ligeramente a El Pensamiento, donde César Aira situaba una de sus últimas creaciones. Poco sabemos sobre en el entorno de Vidria, salvo que tiene un hermano quien al nacer la niña la tiró al cubo de la basura, y con el que no obstante comparte la protagonista ideas e iniciativas disparatadas. Estas ocurrencias, junto con las insólitos episodios que acontecen en el pueblo, son las que dan lugar a esos pequeños relatos que giran bajo títulos como ‘Segundo advenimiento con niña mutante’, ‘La indulgencia plenaria de las mandarinas’ o ‘El origen de la luz en la naturaleza de la máscara’

El mismo ingenio que exhiben esos fantásticos rótulos se manifiesta en la narración, donde lo inverosímil despunta en cada página sin que lleguemos a tener claro, y eso es parte de la gracia, lo que es real y lo que no. Entonces es inevitable pensar en el realismo mágico y en el desproporcionado número de secuelas que ha ido dejando a un lado y otro del Atlántico. Eso de inventarse cosas extravagantes y mezclarlas en una narración convencional parece una buena solución para darle brillo, sorprender al lector y dar sensación de dominio sobre el medio. No es exactamente lo que hace Silvana Vogt, aunque indudablemente ese camino abierto facilita el tránsito.

Esas dosis de fantasía, dispersas pero abundantes, otorgan a la narración una cierta aura, aunque a fin de cuentas se trata de episodios de la vida de aquella niña, cosas sorprendentes que casi siempre bordean la tragedia y cuyos límites con lo inverosímil son difícilmente distinguibles. Así que, visto desde otra perspectiva el libro constituye una especie de anecdotario, narrado con un tono ligeramente infantil muy logrado, con estilo a la vez fresco y elegante, algo que quizá no provoque un arrebato de placer literario pero deja la agradable sensación que proporciona lo bien hecho, lo curioso, digno y entretenido a partes iguales.


martes, 10 de febrero de 2026

Michel Nieva: Ciencia ficción capitalista

Idioma: español

Año de publicación: 2025

Valoración: Muy recomendable (sobre todo para interesados)

Pequeño ensayo, de éstos a los que nos tiene bien acostumbrados Anagrama en los últimos años, del escritor y profesor argentino Michel Nieva (autor de las descacharrante La infancia del mundo pero asimismo de otros libros que ahondan en una visión latinoamericana o al menos argentina de la Ciencia ficción: los también ensayos de Tecnología y barbarie y Ficciones gauchopunks, que con ese título no creo que tarde mucho en leer). En el caso de Ciencia Ficción capitalista trata un tema que podría considerarse, en cierto modo, el reverso del resto de sus libros y cuya clave nos la da el subtítulo de este librito: Cómo los multimillonarios nos salvarán del fin del mundo. Huelga decir que es un subtítulo con vocación irónica... aunque quizá no del todo, como veremos.

El género literario de la Ciencia ficción ha sido considerado tradicionalmente, al menos por la "alta cultura", como un divertimento, un género menor que. más allá de la infancia y la adolescencia, sólo interesaba a los frikis, una excentricidad inofensiva. Sin embargo, como señala Nieva en su ensayito, las fabulaciones más o menos utópicas de los libros de Ci-Fi han servido no sólo de inspiración , sino de guía para muchos inventores, científicos y aun dirigentes políticos desde el siglo XIX -imposible, claro, dejar de mencionar a Verne o a Wells-; ahora, en cambio, quienes han tomado buena nota de las fantasías -o predicciones- de este tipo de libros y anuncian su intención de llevarlas a cabo son los magnates de la economía digital, los Musk, Zuckerberg, Thiel y compañía (lo mejor de cada casa, vaya). Los susodichos han adoptado como suyas las elucubraciones o incluso vaticinios de autores como AsimovClarkeHeinlein o Neal Stephenson, particularmente las que se refieren a dos asuntos: la prolongación de la vida humana -en particular, SU vida humana-, aspirando incluso a la inmortalidad, y la colonización del espacio exterior, empezando, claro está por la luna y Marte (por lo que sea, al que no leen estos tipos es a Philip K. Dick y su Desafío total). Como es evidente para cualquiera, más allá de los sueños fantásticos e incluso entrañables de los perennes lectores de Ciencia ficción que dicen ser, el objetivo de estos mangan... magnates es expandir el sistema capitalista más allá de lo límites terrestres y perpetuar la explotación y contaminación del medio ambiente a través del Universo, que no en vano es ilimitado. O dicho en palabras de Michel Nieva, que siempre serán más acertadas que las mías: 

"(...)Una especulación sin límite que posibilita el tesoro imaginativo de la ciencia ficción capitalista. Porque cuando se afirma que la ciencia ficción pertenece al ámbito "especulaticvo", es esa capacidad de especulación la que las corporaciones traducen al mundo financiero. Y si los primeros autores del género reivindicaban una literatura que se fundiera con la ingeniería y la siderurgia, la ciencia ficción capitalista también vehiculiza la especulación de la literatura a la economía y las finanzas."

Por otra parte, el autor de este ensayo, latinoamericano él, después de todo, no puede dejar de prever la futura colonización del espacio con lo que supuso la colonización europea de América, su explotación a todos los niveles y los desastres humanitarios y ecológicos que ha conllevado y aún conlleva. 

¿Hay alternativa a este futuro que nos aguarda, de manos de los millonarios tecnológicos de California? Nieva propone, por una parte, la adopción de una cosmovisión más integradora del planeta en el que vivimos y, por extensión, de los posibles mundos en los que puede llegar a vivir la Humanidad, a la manera de la que poseen, precisamente, los cada vez más escasos pueblos indígenas de América. Por otra parte, la alternativa a esa Ciencia ficción capitalista -o la visión capitalista de la Ci-Fi, si se prefiere-, es otra basada en ideologías diferentes, que la hegemonía actual del capitalismo neoliberal nos han hecho casi olvidar, pero que ahí aún están presentes: la utopía espacial socialista de Estrella roja, de Alexander Bogdánov o la especulación -certeza, en su caso- de los alienígenas como miembros de sociedades inevitablemente comunistas, por ser más avanzadas, según la concepción marxista que seguía el trotskista argentino J. Posadas, fundador de la Cuarta Internacional Posadista. 

Aunque quizás la solución no sea tan complicada, al menos por lo que respecta al ámbito literario, como demuestra el propio Nieva en un cuento -o la sinopsis de un cuento- que nos ofrece al final del librito, con un Elon Musk que ha llegado a los 500 años y ha colonizado Marte, pero sigue siendo igual de... (aquí, que cada cual ponga el calificativo que considere más adecuado).

Nota final: Esta semana, casualmente, el amigo Musk ha publicado en su red social un tweet (en respuesta a otro de Perro Sanxe, que también manda c***s) en el que explica que su empresa SpaceX va a concentrarse, antes de ir a Marte, en establecer una ciudad en la Luna, en el plazo de diez años... A ver si hay suerte y él mismo es su primer habitante...

También de este autor en Un Libro Al Día: La infancia del mundo

jueves, 5 de febrero de 2026

Héctor Germán Oesterheld y Francisco Solano López: El Eternauta

Idioma original: español
Año de publicación: 1957-1959 por entregas en Hora Cero Semanal
Valoración: muy recomendable 

Hablando con mi estimado Oriol me di cuenta de que El Eternauta aún no estaba reseñado. Primero pensé en la locura que suponía eso, luego presupuse cierta integridad de no querer reseñarla luego de la popularidad inmediata y mundial que tuvo la serie, y por último pensé: "bue, tocará que el argentino del grupo reseñe las obras de su país". Por suerte, soy un tipo puramente objetivo, que jamás incurre en lo banal ni en lo puntilloso y todas esas monsergas.

Voy avisando, de antemano, que no tengo ni idea de dibujo, por lo que no podré comentar, como hacen mis demás compañeros, la calidad de los trazos de Solano López ni su estilo opresivo. Lo único que puedo mencionar es que esa aura de guerra fría (y a la vez el inicio del desarrollismo en Argentina), donde todo se veía apagado y reticente, se logra perfectamente en la historieta. Muchas veces los personajes o monstruos no están del todo bien definidos (la contraposición entre blanco y negro, sobre todo considerando que gran parte de la historia transcurre en la noche y bajo un manto de "nieve" tóxica, ayuda lo suyo) y sin embargo, con pocos trazos, se reconoce a cada uno de ellos. Realmente da esa sensación de que, en el desconocimiento, somos todos extraños, pero apenas nos identificamos con unos mínimos rasgos las caras se vuelven humanas. Por ejemplo, el protagonista, Juan Salvo, pareciera cambiar constantemente de estructura facial, y aún así permanece como el mismo. En cambio, el que vendría a ser el Sancho Panza de esta historia, Favalli, un físico sumamente lógico y encargado de que no se mueran los personajes en cada panel, tiene un dibujo sólido, casi como el único vestigio de la racionalidad. Es difícil de explicar, pero ese trazo que envejece a los personajes funciona muy bien en la historia: cada paso que dan son mil años de estrés y miedo no solo hacia la invasión, sino al otro humano, al que se supone que te tiene que dar la mano. Por otro lado, cuando la esperanza refresca las caras, el cambio es abrupto; la más mínima sonrisa, aunque sea de resignación, nos trasmite todo lo bueno que podemos dejar en este mundo. No pondré paneles para no arruinar la historia, porque considero que vale mucho la pena, pero dejo uno cerca del principio como muestra:

La historia en sí arranca a finales de los años cincuenta en Vicente López, perteneciente al Gran Buenos Aires. Salvo, Favalli y un par de amigos más se encuentran jugando truco cuando de repente se corta la luz y se ve, en el exterior, una tormenta de nieve que demostrará ser mortal al instante, pues las ventanas de los vecinos se abren y la sustancia los mata con el mínimo roce. A partir de ahí surgen las preguntas lógicas: cómo llegó, quién más queda aparte del grupo, cómo pertrecharse y sobrevivir, etc. Fabrican los icónicos trajes que aíslan la piel y salen en búsqueda de recursos y personas.

Luego de constatar que hay sobrevivientes y que no todos son buena onda (magistral Favalli exponiendo la idea de que cada uno se cuida solo como puede, lo que genera una incomodidad patente ante el hecho de prepararse para matar a tus vecinos), se descubre, mediante trasmisión de radio, que el ejército está reuniendo a los que escaparon de la nieve para reacomodarse. Cuando se reúnen y empiezan a discutir el origen de la nieve, se cruzan con una especie de bichos (Los Cascarudos) que manejan cañones láseres muy efectivos, por lo que rápidamente se da la primera batalla, resultando vencedor el bando humano. Esto genera un sentimiento de superioridad no compartido por Salvo y Favalli, que creen que los bichos son apenas la primera línea de fuego. A esa dupla se le suma Pablo, un nene de once, doce años, que se anima a enfrentar lo que ocurre, y Franco, un joven dispuesto a todo y con una valentía superadora; siempre sabe qué hacer, no pierde la cabeza y se le ocurren las soluciones más ingeniosas para escapar de situaciones límites.

A partir de ahí la trama se acelera y mejora: hay una consecución de ataques por parte de los invasores, que deja en evidencia la escasez de los recursos militares de los humanos, y una serie de escenas épicas: la batalla en la cancha de River, la aparición de Los Manos, la especie que lidera a los bichos y se muestra dotada de una inteligencia y propósito superior, de quien nosotros pensamos que son los villanos para terminar descubriendo, mediante un monólogo sobrecogedor por parte de uno de ellos (que es lo que empieza a distinguir la obra como algo genuino) que los verdaderos invasores son Los Ellos. Ese monólogo justifica por sí el libro. Es de una potencia sublime en términos argumentales como emocionales. Contiene tanta tristeza en los cambios de los rasgos de El Mano y en sus palabras que inmediatamente sentimos empatía por quien era el peligro hasta hace un momento. Una de las fortalezas de El Eternauta es que jamás se describe ni se revela el aspecto de Los Ellos, jamás los vemos hablar o tomar una acción indirectamente, y sin embargo, el terror que ocasionan a las especies subordinadas es suficiente para que al lector lo invada la misma sensación.

La historieta trasmite muy bien ese sentimiento de desolación, de pérdida de solidaridad entre los humanos cuando las cosas se ven imposibles de enfrentar y a la vez del arrojo, valentía y bondad que alcanza nuestra especie si tenemos alguien a quien apoyar y proteger. Las reflexiones de Salvo, ante la acción de cada personaje en un momento crítico, barnizan la necesidad de seguir resistiendo. La idea del héroe común, muy señalada (incluso entronizada) por todos los críticos (aunque no es novedosa; El señor de los anillos parte de la misma idea), es efectiva, ya que Salvo no tiene habilidades especiales, más allá de cierta integridad que lo hace dar siempre un paso al frente, pero en cada panel su destino se salva por la fuerza y la protección de otros personajes más capacitados. La desolación mencionada se aligera de vez en cuando por la ironía de los personajes, muy nuestra, ante cada proposición ilógica o simplemente exhibida por las ganas de romper las bolas un rato. Por otro lado, también está marcada la presencia del invasor, que en Argentina/América Latina es un concepto muy presente debido a las distintas intervenciones ideológicas/económicas/armadas cada vez que algo se corría del patrón. Oesterheld lo encara por el lado de que buscan mano de obra para convertirlos en Hombres-Robot y mandarlos a trabajas a las inframinas de su planeta. Los Ellos funcionan como ese ente indefinible, dueño de un poder difícil de contrarrestar, y no es sorprendente que Oesterheld haya cambiado la idea (e incluso de estilo gráfico) de El Eternauta a lo largo de la historia (real); en la nueva versión de la década de los 60, las potencias entregan a América del Sur a los invasores para salvarse (aunque prefiero la idea original, la de un remoto país que tiene que hacerse cargo de la salvación de la humanidad, sobre todo porque la abstracción de Los Ellos funciona incluso mejor ahora, donde hay muchas trampas dispuestas y la mano de quien las coloca se difumina).
 
Lo que me impide darle un imprescindible (aunque en términos históricos lo sea) es el principio y final de la historieta. En las primeras páginas aparece el Eternauta frente a Oesterheld, y en una jugada metaliteraria (que se refuerza con la aparición de Mosca, un historiador medio cobarde, medio alocado, que registra todo para contarlo en un futuro), le relata la historia que se narra a lo largo del libro. El problema es que la elección del narrador (en primera persona) elimina toda sorpresa de quién será el Eternauta. Entiendo que muchos también se dieron cuenta (es imposible no hacerlo) y que la curiosidad pasaba por ver cómo se había convertido en el Eternauta, pero esa cuestión se entronca con el problema del final, un final algo dudoso en términos de conveniencia. No lo voy a explicitar, pero que al Eternauta le suceda lo que le sucede en las últimas páginas, y que se convierta en un ciclo sin fin (o no, se sugiere una posible acción) da cuenta de un terror infinito, es cierto, pero también resta muchísimo a la potencia y desesperación de las escenas finales. Me recuerdo leyéndolo emocionado y bajonéandome ante la resolución. Pareciera que Oesterheld no se animó a ir al fondo con la historia (o no quiso que la desolación fuera total) y termina utilizando conceptos, muy novedosos para la época, como la cuestión de los múltiples universos, que deshilvanan la emoción de la historia. Pero es de las pocas apreciaciones con las que me siento inseguro, porque entiendo lo que quiso hacer y es una lástima que no me causara el efecto deseado. De todas maneras, es una historieta clave en la ficción argentina y propulsora de la ciencia ficción latinoamericana, con ideas relevantes para el momento, muchas de ellas planteadas anteriormente por encima, y, sobre todo, con una calidez humana hacia el grupo que acompañamos que hace que la leamos con el miedo a que termine y se acabe una gran historia.

La edición que leí pertenece a una colección de la Biblioteca Clarín. Prefiero mil veces la portada de las nuevas ediciones, más elegante y contenida (aunque la mirada toda pixelada de Juan Salvo de mi ejemplar me perturba un poco), pero el formato libro de esta colección gana mucho respecto a la horizontalidad de leerlo como historieta. Lo malo es que tiene una letra tan diminuta que te revienta la cabeza en varias ocasiones por la ingente cantidad de bloques de texto con muchos diálogos y reflexiones.

domingo, 11 de enero de 2026

Alan Pauls: Fallar otra vez

Idioma original: español

Año de publicación: 2022

Valoración: está bien

Edición en formato libro de una conferencia que dio Alan Pauls en 2019, el ensayo (con un prólogo casi más largo que el mismo), trata de las dudas y desavenencias del escritor frente a la tarea de corregir un texto "ya terminado". A raíz de la cita de Beckett, "Probar otra vez. Fallar otra vez. Fallar mejor", el autor desarrolla la tesis de que el miedo del escritor a corregir el texto deriva de dos conceptos: el primero es la sensación de enfrentarnos ante lo que todavía no es, es decir, un texto más o menos pulido y presentable al mundo, la posibilidad, a la hora de retocar lo escritor, de enfrentar miles de opciones en cada frase, de decidir el ritmo, el impacto, etc, para consolidad el poder del relato. Eso por un lado. El segundo concepto es más terrenal y refiere a la pereza (¿inherente?) del que escribe; luego de dedicar ímprobos esfuerzos al texto, de construir una estructura, ya sea simple o compleja, de crear personajes, de dotarlos de interés e ideas, todo lo que ya conocemos, darse cuenta que aún hay que corregir, y que la tarea de hacerlo es infinitamente más complicada que la de crear. 

Corregir, dice Alan Pauls, "nos confronta con nuestros vicios, nuestras comodidades, nuestra pereza, y con el repertorio de coartadas grotescas que nos hemos dado para evitar que nuestros vicios nos avergüencen, y porque puede que al ponernos a corregir —es lo más probable— tropecemos con una evidencia que nos congelará la sangre de espanto: que lo que hicimos no funciona, no hechiza a nadie, no servirá". No hay mucho que agregar luego de esta frase. Yo mismo, que he escrito varias novelas, me identifico plenamente con ambos conceptos y con la certeza absoluta de que, al revisar el texto, me encontraré con errores absurdos, de esos que me prometí varias veces no volver a caer. Y lo sigo haciendo. ¿Y qué pasa cuando uno sigue cometiendo los mismos errores? ¿Qué pasa cuando, ante la odiosa tarea, uno siente que no da más, que se hartó de tener mil versiones distintas que no llegan nunca al objetivo final?

Y ahí es cuando Pauls nos señala que la corrección puede convertirse en algo que no sea la tarea de Sísifo, una condena, una espada de Damocles; puede llegar a ser una tarea igual de productiva que la creación misma. Empieza, entonces, a citar y a contar anécdotas de varios escritores con fama de corregir hasta la obsesión: Proust, Joyce (ambos llenaban de notitas sus cuadernos, haciendo imposible leer la versión original). Para ellos, según Pauls, corregir era la continuación de escribir, igual de liberador e igual de necesarios, porque para ellos era su vida, no tenía ni un ápice de vergüenza ni preocupaciones a la hora de mejorar el texto. Corregían y ya, sin un tópico de lo que Debe Ser la literatura (las mayúsculas son del autor). Pone ejemplos de contenidos audiovisuales, como Twin Peaks, y se pregunta qué hubiera pasado si Lynch se limitaba a seguir las normas clásicas de los guiones cinematográficos: arcos de personajes, momentos clímax, revelaciones, etc. 

En fin, que luego de más ejemplos, resume en que cada uno de ellos fallaba en lo mismo y varias veces, y fallar siempre en un determinado punto es indicio de un síntoma, no de una falla de carácter: es la demostración del particular punto de vista del autor, de que no concibe la vida de otra manera, y que el error en el que vuelve a caer en realidad es su expresión creativa. Lo que se debe hacer, entonces, no es solucionar el problema, sino profundizarlo (y lo equipara al problema de las drogas, lo cual no creo que sea una buena analogía...), y cita a Knausgård (KOK para los amigos y enemigos de ULAD) como alguien que no corrige y que no se preocupa por las críticas, porque tiene algo más importante que contar, y lo que cuenta (en este caso los tomos de Mi Lucha) es perfectamente coherente con la falta de corrección (otro argumento que no me convence nada de nada; por más que sea su propia vida, al momento de ponerlo en un papel, ya está ficcionalizado, y por lo tanto parte de vos lo puede ver de manera crítica).

He contado casi todo lo del libro. La verdad, más allá del prólogo, que es larguísimo y no aporta mucho de interés, es que es un ensayo que peca de obviedad y redundancia. Es una racionalización de lo que ocurre en el momento de la corrección y nada más. Lo único que ofrece es una solución al hecho de la pereza o fastidio de la corrección, pero dudo mucho que a un escritor, al menos uno que se tome en serio la tarea de la escritura, se sienta aliviado solo porque a Joyce le pasaba. El hecho es que igual se tendrá que enfrentar con las letras impresas o digitales y seguir leyendo los mismos errores y seguir frustrándose porque siente que no mejora en nada. 

La edición de Gris Tormenta también es algo discutible: si bien se lee con agrado, publicar esta conferencia con un prólogo es casi que innecesario, porque el texto no llega a las ochenta páginas, y mucho más cuando los párrafos están alineados a la izquierda y no justificados.

sábado, 8 de noviembre de 2025

Pola Oloixarac: Bad Hombre


Idioma original:
español

Año de publicación: 2024

Valoración: recomendable

Mucho tiempo desde que reseñé (con no demasiado buen recuerdo) mi primera lectura de Oloixarac. Doce años, cuestión que, permitidme este pequeño paréntesis de solipsismo pseudonostálgico, me produce cierto pasmo, aparte del consabido tópico del tiempo cómo pasa blablabla, también sobre el hecho de que no haya sido una autora que haya inundado el mercado, justo en una época que su perfil, por los motivos que sea, es proclive a una cierta incontinencia que el mercado literario, tal como es hoy, asimila con cierto agrado (y algo de cosdencendencia). 

En todo caso, y  a la vista de mis valoraciones, este ritmo, esta dosificación, entiendo que consciente y premeditada, creo que le sientan bien a su obra. Quizás, no soy capaz de aportar una explicación coherente, obre de forma retrospectiva. Leída Bad hombre tengo un cierto regusto agridulce, una sensación algo incómoda de haber sido demasiado duro anteriormente. Pero recomendar Bad hombre no es en modo alguno un mecanismo de compensación. 

Para empezar, esta es una novela mucho más insertada en el presente de lo que me parecieron las otras, y su desarrollo, aún con esa tonalidad algo bolañiana consistente en saltar en escenario y tiempo y pensar que esa dispersión acaba conformando un mosaico, como esas pinturas que toman otra forma si nos alejamos de ellas, su desarrollo, repito, es coherente, casi lineal, no exageremos pues hablamos de una autora permeable no solo a sus influencias (insertadas, sobre todo hacia el final del libro) sino al propio momento literario actual, que suele arquear la ceja cuando una obra se adscribe al clásico cánon narrativo. Oloixarac ha creado una línea de confluencia con tintes de auto-ficción (tintes tan marcados que uno estaría tentado por llamar a esto crónica autobiográfica), pero creo que no. Supongo que es otro juego con el lector interponerse en medio de círculos literarios, grupos de Whatsapp, talleres creativos, y sacar a relucir los trapos sucios que pueden surgir en este submundo, o encastrar situaciones de la reciente iconografía desde la explosión de las RRSS. Aquí tenemos hashtags, cancelación, fake news, todo lo que haga falta para apuntalar el pretexto de la novela: la existencia de los bad hombres a qué Trump aludía (el tiempo, again) en la campaña de su primer mandato. Tenemos entonces algunos ejemplos de seres masculinos que actúan de manera tóxica con los seres femeninos, y, aunque ciertos detalles al final de la novela puedan suscitar alguna duda, una cierta dinámica que puede ser tan disfrutada por la indudable pericia narrativa de la autora como puesta en solfa tildándola de algún ligero deje oportunista.

Otras obras de Pola Oloixarac reseñadas en ULAD: aquí


lunes, 3 de noviembre de 2025

César Aira: En El Pensamiento

Idioma original: castellano

Año de publicación: 2024

Valoración: Recomendable


No sé si a alguien más le pasa, pero a mí valorar lecturas de César Aira me parece bastante complicado, quizá porque le leo muy de cuando en cuando. Me parece que escribe extraordinariamente bien, con capacidad para crear las atmósferas adecuadas, jugar al despiste con facilidad pasmosa y talentazo para sacar petróleo de cualquier cosa por insignificante que parezca. Todo esto solo lo puede conseguir un escritor con técnica y sensibilidad que brotan con naturalidad y llevan la palabra justa al lugar adecuado para construir narraciones siempre inteligentes y a veces de enorme belleza.

Si alguien se ha fijado en la mayúscula del título se habrá dado cuenta de que El Pensamiento es un lugar, en concreto un pueblito minúsculo, una pequeña aldea construida en torno a una estación del ferrocarril que une (o unía, no sé) Rosario con Puerto Belgrano. La estación y cuatro casas, rodeado todo ello por inmensos paisajes despoblados, un lugar real que Aira seguramente conocía, ya que nació en Coronel Pringles, localidad cercana y ya de más entidad. El relato se centra en los recuerdos de quien fue un niño en El Pensamiento, justamente el año anterior a emigrar a la pequeña ciudad vecina. 

La llegada de un joven preceptor y la misteriosa desaparición de una locomotora son los hilos conductores de la historia. Si es que se puede llamar así, porque lo que tenemos son multitud de imágenes, sonidos y sensaciones grabadas en el recuerdo del niño, percepciones de un mundo visto desde su  óptica, de dimensiones ajustadas a su escala, y de una ingenuidad que muy poco a poco va cediendo al contacto con el mundo adulto. La memoria se va entrelazando con la fantasía (el ángel que rellena los tinteros al amanecer), el descubrimiento de pequeñas claves racionales (las vías que parecen juntarse en la lejanía) o de pautas de comportamiento (el grupo en un picnic), mientras el autor se deja a ratos llevar por algo próximo a la prosa poética.

Pero, claro, es César Aira, y ese ramalazo dura poco, porque donde disfruta de verdad es integrando propuestas dispares, sin orden aparente, simplemente porque fluyen así, aparecen y desaparecen dejando al lector en una deliciosa duda. Así, el relato parece cobrar vida propia ofreciendo variantes posibles que quizá no conduzcan a nada, pero que dejan la sensación de literatura de gran nivel, y el mismo lenguaje se transforma en pocas líneas de algo que roza el surrealismo a la aspereza de un catálogo técnico. El relato se asoma al pasado del niño incluso físicamente, como observando un pequeño escenario de juguete en el que podría interactuar. Todo es un moderado placer en el que ya importa poco la historia de la aldea ferroviaria, y nos basta con disfrutar de la frase exacta, del quiebro sutil e inesperado o de la atmósfera tenue de un pasado en blanco y negro, hasta que el autor nos vuelve a sorprender con un final algo abrupto que le deja a uno estupefacto.

Estaba pensando que para César Aira esto de escribir libros debe ser una especie de juego, algo a lo que él juega desde luego muy bien, a base de ir soltando textos casi siempre muy breves donde se explaya como a él le apetece, ahora más bromista, luego más metaliterario, después más poético o reflexivo. Tiene repertorio, mucho, creatividad, a toneladas, escribe magníficamente y domina los resortes, de manera que todo le sale bien. Pero a uno le queda la duda de saber lo que daría de sí levantando algo de más empaque, una historia menos espontánea y más elaborada. Puede que de esta forma se convirtiese en un autor más convencional y se perdiese así la gracia de lo que hace. O tal vez podríamos descubrir a un absoluto genio que sumar a la lista de seis, ocho o diez autores latinoamericanos top que podamos tener en la cabeza. Podría ser una cosa o la contraria, veríamos, pero lo cierto es que don César no parece que esté por la labor.


lunes, 6 de octubre de 2025

Agustina Bazterrica: Diecinueve garras y un pájaro oscuro

Idioma: español

Año de publicación: 2020

Valoración: entre recomendable y está bien

Libro de relatos -diecinueve, claro; lo del "pájaro oscuro"... en fin, hay que leerlo para comprenderlo-, fruto de la perturbadora pluma de la argentina Agustina Bazterrica. Relatos cortos, por lo general, y de estilo y resultado bastante desigual, aunque todos comparten un tono inquietante, más o menos explícito y, en conjunto, dejan un poso de intranquilidad o, cuando menos, cierto incomodo. No obstante, quizá (o al menos en mi opinión), los relatos más logrados que nos presenta esta compilación sean aquéllos con una vocación humorística más evidente: me refiero, por ejemplo a Rosa Bombón, escrito en forma de instrucciones para superar una ruptura amorosa; Anita y la felicidad -historia de amor entre un tal Pablo y su novia Anita, que él sospecha que es un alien- y Teicher vs. Nietzsche, la enemistad entre un hincha de Boca y el gato de su ex-mujer. 

También con un componente de humor, pero resultados menos satisfactorios, creo yo, encontramos Sin lágrimas, que cuenta el soterrado duelo entre un tipo que acude a los funerales de desconocidos para hacer reír a la gente y una mujer que acude para explayarse llorando a gusto; Roberto, donde una niña nos explica que tiene un conejo entre las piernas (sic) y La continuada igualdad de la circunferencia, en el que la inclinación surrealista del relato deviene un tanto gore...

Hay otros cuentos en los que el humor no está presente -en algún caso, más bien todo lo contrario- o no de forma tan evidente, pero cuyo resultado también es notable e incluso excelente: hablo, en concreto, del que abre el libro, Las cajas de Unamuno, en el que la pasajera de un taxi especula con que el taxista sea un asesino en serio (nada que ver con el escritor bilbaíno, en principio); Lavavajillas, donde una acomodada joven que vive en la Nueva York de los años 60 ve la realidad de una forma muy distinta a los demás; la muy tremenda Tierra, que cuenta la desesperación de una niña junto a la tumba de su padre; la excelente, para mi gusto, Arquitectura, nada más -y nada menos- que la descripción y definición de una iglesia y, sobre todo, el último y angustioso cuento (y uno de los mejores del libro) Las solitarias, en el que una mujer queda atrapada sola en el metro -el subte, para ser más exacto- en Nochevieja.

Por último, encontramos una serie de relatos  cuyo resultado deja más que desear, a mi entender, aunque hay que reconocer que en muchos de ellos -también en algunos de los anteriores- Bazterrica ha explorado o, cuando menos, jugado con el aspecto formal -de todas maneras, en general esta escritora tiene cierta tendencia a narrarnos sus historias desde puntos de vista u ópticas inusuales-; esta originalidad a veces juega en favor de los relatos y otras, no tanto, pero es de justicia reconocerle el mérito (al menos yo lo juzgo como tal). Sería el caso de Elena-Marie Sandoz, donde utiliza la enfermiza tendencia a la repetición del protagonista y narrador. En Simetría perfecta, nos detalla cómo un tipo cocina un plato, pero no entendemos el sentido del relato hasta casi el final, mientras que Los muertos está contado por un niño que ha perdido a su madre. Por fin, encontramos también el abarrocamiento estilístico de Infierno y La lentitud del placer (esto... ¿Cuántos relatos llevo ya?), el tremendismo de Un agujero esconde una casa (vale, diecisiete), la desolación, en segunda persona, de Un sonido liviano, rápido y espantoso (dieciocho, ya casi...) y el simbolismo onírico del microrrelato El aliento del lobo (diecinueve).,

Bueno, pues ya estaría.

También de Agustina Bazterrica y reseñados en Un Libro Al Día: Cadáver exquisito, Las indignas