Entre montañas de referencias cultas y cultistas (mon-ta-ñas muy difíciles de escalar), a la Oloixarac se le escapa lo básico, que es obedecer, aunque sea un poco, a una estructura que evoque una trama, una historia, o algo que se desarrolle en algún sentido, No, ni por asomo. He de confesar que, tras doscientas páginas eternas, no pude más que hojear la tercera parte: simplemente estaba abrumado por tanta referencia y tanta cita, estaba desorientado y busqué si ahí se aclaraba algo. A ver, que David Foster Wallace abruma también, con su estilo rico y meticuloso. Podría pasar lo mismo con esta novela. Pues no. Pola Oloixarac cita en varios idiomas a montones de autores, parece, muy reputados, emplea la cursiva con tanta profusión que, a lo mejor, la cursiva es la trama paralela que no veo en ningún lado (paralela a qué, por cierto), y llega un punto en que dan ganas de recordarle que sí, que existen palabras de menos de cuatro sílabas. O sea, su estilo entra en un cul-de-sac extenuante, circunspecto.
Creo haber leído sobre un rifirrafe entre Hemingway y Faulkner a cuenta del uso del diccionario en el curso de la lectura de un libro. Pues con este libro igual harían falta varios. Lo siento, siento en el alma pronunciarme de esta manera, pero son muchas páginas las que he recorrido sin comprender para nada el sentido de su presencia en el libro. Salvo ocultar esa exigua historia entre personajes de extraños apellidos que seguro que esconden alguna referencia. Como árboles y árboles que no dejan ver el bosque, pero porque en realidad no hay bosque. Hasta ese hermetismo se me ha contagiado. Novela muy forzada, novela que revela una presión auto-impuesta, encaminada en el sentido equivocado. Me sabe mal por Alpha Decay, editorial que suele interesarme. Y me sabe mal porque si Pola Oloixarac quiere verme para comentar esta reseña, no seré capaz, claro, de decirle que no.


