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viernes, 15 de mayo de 2026

Fabio Martínez: La jugadora de pádel

Idioma original: español
Año de publicación: 2024
Valoración: no está mal

Novelita de no más de ciento veinte páginas y en un formato similar a los ensayos plateados de Anagrama, casi una anécdota, que transcurre en Córdoba Capital, sobre una jugadora de pádel y cómo, a partir de un torneo ganado con un compañero bastante fachero, empieza a tomar malísimas decisiones.

No hay mucho que contar, en realidad. La narradora empieza a jugar pádel asiduamente (antes lo hacía una vez por semana) luego de que la empresa en donde trabajaba como jefa de RR.HH se desmantelase, y le queda un buen dinero por ello, gastado casi todo en accesorios para el deporte, y pronto su compañero de clases, Tomás, un tipo musculoso y canchero, la invita a un torneo. Obviamente lo ganan, y allí se da el primer contacto físico de muchos. Cabe aclarar que la protagonista está casada con un tipo que le da poca bola y prefiere destinar su libido a los partidos de Talleres (club de fútbol importante en Córdoba) y tiene una hija que está en la rebeldía adolescente y tampoco le da pelota. El caldo de cultivo perfecto para una infidelidad.

A partir de ahí la historia se desarrolla casi como en guión automático. Uno va leyendo pensando que va a pasar lo que tiene que pasar, lo que uno pensaría que le va a pasar a una persona que toma malas decisiones a raíz del aburrimiento de su vida, a la ausencia de su padre  y a las peleas irreconciliables con la madre, que hace muchos años, cuando la protagonista era niña, también engañó a su marido con otro tipo (y encima, millonario), dejándole con un rencor casi inexpugnable.

Cuando hablo sobre lo automático, me refiero a los momentos en que nos enteramos que Tomás es un bróker, un tipo que sabe como va la curva del mercado y cuándo apostar con intereses. Entonces ella le hace caso y le presta cierta cantidad importante de plata para que la invierta. Ahora bien, se huele de lejos la actitud del tipo, se huele de lejos lo que va a pasar, y ese es un problema de esta novela. La falta de ambición, o la falta de profundidad de los personajes, más allá de un recuerdo triste, de algún diálogo contenido, termina por jugarle en contra en la recta final, ya que es muy obvio lo que sucederá con Tomás. Para colmo, la reacción y lo que dice en las últimas páginas se corresponde típicamente a un estereotipo/prejuicio que podamos tener acerca de los bróker. Y no es que yo no me identifique con ese pensamiento, pero no basta con mostrar con que el loco es un desesperado de las pantallas y del ritmo del mercado a la vez que canchero y lindo (o sea, la mayoría se podría decir que es así), para justificar las acciones de la protagonista. 

Que no termine del todo bien tampoco es un consuelo hacia el lector: el reflejo exacto de una realidad (una realidad, por otro lado, bastante elitista) termina por empobrecer la narrativa, por cierta falta de imaginación ante el manejo de la trama y la potencialidad de sus personajes. La prosa, por otro lado, cumple, es sobria y no hace alarde de ningún vericueto lingüístico; el tono de la narradora es creíble, pero tampoco difiere mucho de otros personajes típicos de la literatura más contemporánea, pasados de vuelta de todo y sin encontrar nunca un camino a seguir. Por eso mi valoración: cumple con todo lo que uno pide para entretenerse, es decir, ritmo acelerado (los capítulos son dos o tres páginas como mucho, continuando la manía de ofrecer retazos más que una narración estructurada), un poco de amor prohibido, un poco de acción, una resolución casi vertiginosa, pero es algo que se ha visto y seguirá viendo en todos lados. Termina por ser una novelita que se lee en una hora de colectivo, como mucho, y que no aporta nada más allá de constatar que un bróker puede ser muy idiota y un personaje casado y con cuarenta años, si está aburrido de su vida, probablemente haga cosas de las que se terminará arrepintiendo, lo cual no es mucho decir.

martes, 17 de marzo de 2026

Leila Sucari : Casi perra

Idioma: español 

Año de publicación: 2023

Valoración: está bien

Una mujer de mediana edad, de quien no conocemos nunca el nombre, se sube al tren en alguna ciudad argentina, para bajarse en la última parada, en un pueblo de nombre improbable. Allí se instala en un camping, junto al río y se dedica a recordar y olvidar una relación sentimental con un hombre -de éste sabremos que es su psiquiatra o psicoterapeuta- mientras lleva a cabo una especie de purga física por medio de una ¿degradación? ¿Deconstrucción? ¿Toma de conciencia de su  condición animal y subsiguiente empoderamiento a través de la asunción de sus deseos femeninos? Yo que sé, la verdad... el caso es que tras pasar así toda la primera parte de la novela  -muy corta, por lo demás- y cuando parece que la narración se ha estancado, la mujer se traslada -o la trasladan- a un pueblo cercano, más fantasmal o metafísico que el anterior, si cabe y allí, en su segunda mitad, la narración toma otros derroteros y el lector (o lectora, pues quizás la novela esté más pensada para un público femenino, autoconsciente  y "echao p'alante", al estilo de buena parte de la literatura latinoamericana de más éxito en los últimos tiempos) llega a la conclusión que la primera parte de la historia no era sino una preparación para esta segunda, que es donde está el meollo de la narración y, sobre todo, de lo que pretende contarnos su autora...

En este segundo pueblo la protagonista tiene una relación romántico-sexual-alucinada con Diamela, una lugareña lectora de las Metamorfosis de Ovidio y ahonda en su liberación/autorrealización a través de la rendición ante sus instintos animales -de ahí el curioso título de la novela y ya he contado demasiado_; es todo muy confuso, empero y no queda claro hasta que punto la protagonista y narradora -se me olvidaba decir que la historia está contada en primera persona- nos explica lo que sucede en la realidad física, lo que ocurre en su percepción o imaginación o lo que puede deberse a una dimensión mágica o mística de su devenir... Tampoco es que importe mucho, la verdad: lo mejor es no tratar de entenderlo todo a la perfección y dejarse llevar por la prosa, que en ocasiones es arrebatadora e incluso magnífica, con momentos de gran lirismo -el primer encuentro sexual entre las dos mujeres, por ejemplo-, aunque en otros bordea peligrosamente no ya lo inverosímil, pues este adjetivo se cierne sobre toda o gran parte de la novela, sino lo ridículo. De ahí que yo, desde mi modesta competencia crítica, no me sienta capaz de valorar con mayor entusiasmo este libro; a las páginas o párrafos que me han subyugado seguían otras que enfriaban bastante mi ánimo. Por otra parte, la convivencia continua entre reflexiones más o menos intelectualizadas y otras mucho más epidérmicas y hasta soeces, si bien sirven para retratar el evidente desequilibrio de la protagonista (ojo, que no digo que esté cucú bananas del todo, de hecho, ese desequilibrio, ese dejarse caer en un vórtice dionisíaco parece necesario para su deconstrucción, etc.), no hacen más fácil el avance en la lectura, sobre todo en algún momento en que la narración se encalla un poco, como ya digo.

No obstante, estoy seguro que a muchos lectores o puede que, sobre todo, lectoras, les puede interesas sobremanera esta nouvelle que por momentos resulta intensa y absorbente. Quizás quienes la lean desde fuera de Argentina tengan algún problema con el castellano en el que está escrita (he de confesar que siento debilidad no sólo por la literatura argentina sino, más aún, por la que está provista de numerosos argentinismos bien puestos, aunque a veces no los entienda del todo), pero no es un obstáculo invencible, ni siquiera relevante, creo yo. Y, teniendo en cuenta la extensión del libro, tampoco su lectura será una gran pérdida de tiempo para nadie, en caso de que no le agrade. Ánimo y buena suerte.

miércoles, 17 de diciembre de 2025

Richard Yates: Mentirosos enamorados

Idioma original: Inglés
Título original: Liars in love
Año de publicación: 1981
Traducción: Andrés Barba
Valoración: Muy (pero que muy) recomendable

He de confesar que la primera versión de esta reseña se centraba más en los relatos individuales que en el conjunto. Al releerla, vi que había una serie de puntos en común, de características que se repetían. Tocaba, por tanto, volver a escribirla y poner en foco en el todo. Porque, aunque en un libro de relatos la unidad sea EL relato, el conjunto ha de tener una coherencia interna, ya sea en temas y/o estilo. ¡Y vaya si la tiene!

Firmemente arraigados en la tradición cuentística estadounidense, los relatos (más casi nouvelles, por extensión y construcción de personajes) de Mentirosos enamorados presentan historias aparentemente anodinas de seres que buscan asideros de lo más inestables para paliar la soledad, el fracaso o la tristeza, de vidas plagadas de esperanzas truncadas e ilusiones fracasadas. 

Lo puedo imaginar en el lento y largo viaje en tren de regreso a Nueva York aquella tarde. Debió sentarse con la mirada fija hacia delante o hacia la ventanilla sucia, sin ver nada, con los ojos abiertos y en la cara un suave gesto herido.

No busquéis, por tanto, finales impactantes, giros inesperados o sorpresas deslumbrantes en los relatos de Yates. En ellos pasa, simple y llanamente, la vida. Lo que sí hay en ellos es una doble corriente: la más visible, la de unos hechos aparentemente inconexos que se van sucediendo de forma más o menos "apacible", y la más subterránea, de la que el autor va dejando pistas en descripciones y adjetivaciones y que finalmente irrumpe en el relato, aunque lo haga más en forma de mancha de humedad en la pared que en forma de geiser. ¿Me explico?.

En cuanto a su estructura, los relatos de Yates tienden a comenzar con un primer párrafo que sirve para presentar personaje principal y situación. La habilidad del autor en este sentido en digna de mención y apenas unas frases sirven para ponernos en materia. En este sentido, destacaría las primeras líneas de La prueba y del fitzgeraldiano Adiós a Sally. A estos comienzos suele seguir un flashback (analepsis, según los modernos) que explica, al menos en parte, qué nos ha llevado a esa situación inicial. A partir de ahí, la corriente subterránea se va acercando a la superficie hasta llegar a un desenlace que no ha de ser similar en todos los casos, aunque lo pueda parecer leyendo la reseña.

Otros aspecto que me llama la atención de los textos de Yates es que se ambientan en diferentes épocas (los años de la Gran Depresión, la posguerra, los años 60...),  que son protagonizados por personajes de diferentes edades y sexos y que están ambientados en escenarios diferentes (un suburbio de NY, Beverly Hills, Paris (¿otra vez Fitzgerald por aquí, aunque también Hemingway)), pero sin romper esa sensación de unidad de la que hablaba al principio. 

Por último, quisiera hablar de la voz narradora. Si bien el volumen se abre con el estupendo José, estoy tan cansada, narrado en primera persona, los otros 6 textos son narrados en tercera persona. Pero en todos ellos se trata de un narrador distante, aunque tierno y sensible, un narrador que no juzga a sus personajes y que se conmueve con ellos.

En resumen, primer libro que leo de Richard Yates y deslumbramiento absoluto por unos relatos magníficos con personajes bien construidos, buenos diálogos, una voz acorde a los personajes, etc. Un libro estupendo, de verdad.

También de Richard Yates en ULAD: Reseña y Contrarreseña de Las hermanas Grimes

jueves, 1 de febrero de 2024

Ramón María del Valle-Inclán: Jardín peregrino (Relatos dispersos y extraviados)

Idioma original: Español 

Año de publicación: 2023 (textos entre 1888 y 1936)

Valoración: Entre está bien y recomendable

Pues igual hace casi 30 años que no leía a Valle-Inclán, concretamente desde aquellos no tan maravillosos años (ya vale de nostalgia, joder) del Bachillerato en los que Luces de bohemia era de obligada lectura. Y así como otros libros de aquella época sí los tengo, más o menos, en la memoria, no recuerdo prácticamente nada del libro de Don Ramón María.

Así que no esperéis una lectura "profunda" que compare Jardín peregrino con el resto de la obra valleinclanesca ni os llevéis las manos a la cabeza si algo de lo que diga a continuación os sorprende para mal o resulta demasiado obvio. ¡Al lío!

Jardín peregrino recoge textos que se agrupan en tres bloques:

  1. Relatos dispersos publicados en periódicos o revistas entre 1888 y 1892
  2. Relatos descartados de la edición de 1920 de Jardín novelesco
  3. Relatos o nouvelles de tema histórico, de diversas épocas y de marcado tono coral
Los dos primeros bloques me sorprenden por la temática de los textos en ellos contenidos. Buena parte de los mismos están vinculados al romanticismo y a lo gótico y eso es algo que uno no esperaba de Valle-Inclán: sátiros, brujas, sueños premonitorios, ambientación rural, etc. Todo ello acompañado, eso sí, de un lenguaje que por momentos abruma (arcaísmos, galleguismos, etc) y que hacen recurrente el uso del diccionario. 

Cierta irregularidad pesa sobre estos relatos, lastrados en buena medida por la sobreadjetivación de los mismos. Puestos a elegir, me quedo con la plasticidad descriptiva de El mendigo, la teatralidad y el manejo de los diálogos de Don Juan Manuel, relato en el que se introduce el elemento político que caracterizará parte de la obra del gallego, y con la imaginería de Fue Satanás y La hueste, dos de los textos más cercanos a lo gótico.

Más destacables son algunos de los textos que componen el bloque "histórico" del volumen. No sé si se deberá a que se trata, en su mayoría, de textos de la etapa más madura del autor, pero el caso es que resultan más complejos en lo técnico (utilización de herramientas cercanas a lo cinematográfico, como el travelling de Fin de un revolucionario, manejo de diferentes voces, recreación de atmósferas, etc) y más "punzantes" por el uso de lo grotesco, lo exagerado y lo absurdo para denunciar esa España bufa y trágica de finales del XIX y principios del XX que tan bien reflejada aparece en la ya citada Fin de un revolucionario o en El trueno dorado. Todo ello sin perder de vista el diccionario, que el bueno de Valle-Inclán nos sigue poniendo a prueba con ese lenguaje rico en registros pero algo alejado de estos tiempos que corren.

Lo dicho, irregular aunque interesante recopilación de un autor fundamental de las letras españolas de la primera mitad del siglo XX que pinta una España quizá no tan alejada en el fondo de la actual. O sí, vosotros diréis.

Más reseñas de libros de Valle-Inclán en ULAD: Sonata de primaveraTirano BanderasDivinas palabras y Luces de bohemiaLa guerra carlista

jueves, 30 de marzo de 2023

Graham Swift: El Domingo de las Madres

Idioma original: inglés

Título original: Mothering Sunday. A Romance

Año de publicación: 2016

Traducción: Jesús Zulaika

Valoración: está bastante bien

El 30 de marzo de 1924, hace 99 años, cayó en domingo, y en Inglaterra fue un exultante día primaveral, en el que se celebraba, además, el llamado "Domingo de las Madres" (aunque parece que ya para entonces era una tradición en cierto desuso), jornada que las familias pudientes daban libre al servicio -servicio que, por mor de los estragos de la I Guerra Mundial, estaba integrado principalmente por mujeres- para que pudieran visitar a sus familias. En el caso de que las tuvieran, claro, porque, si no, ese día quedaba para su libre disfrute; es lo que le ocurre a la protagonista de esta novela corta, Jane Fairchild, criada de los Niven en Beechwood, su casa de Berkshire, que es huérfana y aprovecha ese domingo libre para reunirse con su amante, el joven Paul Sheringham, único hijo sobreviviente de otra familia acomodada, amiga de los Niven y que se ha quedado solo en casa porque sus padres, junto con los Niven, han quedado para comer con los Hobday, padres de su prometida, para hablar de la inminente boda.

Recapìtulando: mientras los padres de él y los señores de ella están reunidos en un restaurante, Paul y Jane retozan en el dormitorio del muchacho, antes de que vaya -se me olvidaba este importante dato- a reunirse con su prometida, Emma, en un hotel cercano. Que es lo que hace el joven Paul cuando acaba su... momento de asueto con Jane, dejando a ésta desnuda y sola en la casa familiar. 

Estos mimbres podrían ser perfectos para armar una comedia ligera, incluso un vodevil, pero Graham Swift opta en cambio por una narración intimista, profunda e incluso dramática. Una narración que se centra en esa giornata particolare, pero no únicamente, puesto que en gran medida se puede considerar como un flashback -que en ocasiones se diría más un flashforward- en el que una Jane nonagenaria y consagrada como escritora de renombre recuerda aquel significativo día de su juventud, así como otros momentos de su vida. Más aún, en la novela también hay lugar para reflexiones o, al menos, para el planteamiento de ciertas preguntas sobre la relación entre ficción y realidad y de ambas con ell lenguaje que trata de representarlos; incluso para algunas disquisiciones sobre literatura... Así como el reflejo de las diferencias de clase en aquella sociedad y los distintos roles de sus miembros, tan nítidamente establecidos  en esa época ya pretérita -esperemos-, pero que nos causa no poca fascinación, a juzgar por el éxito de las novelas, películas y series donde se representan esos ámbitos separados, pero simbólicos, de los señores, ya sean de la nobleza o la burguesía, y sus criados. Por no hablar, claro, de lo que le estaba permitido a los hombres y no a las mujeres... Una organización del mundo que ya en aquel 1924 había entrado en crisis, a consecuencia,  en buena medida, de la Gran Guerra, otro elemento que está presente, aun como trasfondo, en toda la historia. Entre tanto,  además, también encontramos páginas de una gran sensualidad, como, por ejemplo, las del paseo que se da Jane por la desierta casa de los Sheringham o la plasmación de los cambios de la luz y el esplendor de la naturaleza aquel día de primavera.

Pues, aunque parezca harto difícil, todo eso consigue meter el señor Swift en un libro que, por si fuera poco, da toda la impresión de tratarse de un relato largo estirado para alcanzar las dimensiones de una nouvelle. Una novelita, pues, que dista de ser redonda, en mi opinión (cuando bien podría haberlo sido, quiero decir), pero que guarda suficiente encanto e interés, amén de calidad literaria, para que su lectura, sin duda, merezca la pena.

También de Graham Swift en Un Libro Al Día: Últimos tragos

lunes, 27 de febrero de 2023

Fleur Jaeggy: Proleterka

Idioma original: italiano
Título original: Proleterka
Traducción: Anna Casasas en catalán para Editorial Les Hores y María Ángeles Cabré en castellano para Tusquets Editores
Año de publicación: 2001
Valoración: está bien


Debo decir, que este libro estuvo en mi lista durante bastante tiempo, aunque por aquellas razones que ni los propios lectores asiduos conocemos, fue aletargando su permanencia en la lista de espera hasta que cayó en el olvido. Hasta que me lo recomendaron de nuevo hace poco. Y ni tan mal, pero tampoco tan bien. Veamos.

Escritora longeva aunque poco prolífica, Fleur Jaeggy ha escrito pocos libros a lo largo de una vida que, a pesar de ello, siempre ha ido ligada a la literatura, pues además de ser escritora de novelas también ha ejercido de traductora e incluso colaboró con el grandísimo Franco Battiato escribiendo las letras de algunas de sus canciones, pues aun siendo suiza, fue a vivir a Roma habiendo terminado los estudios para trabajar en la editorial Adelphi lo que le abrió las puertas al mundo cultural y donde conoció al que sería su marido, Roberto Calasso. Por tanto, su bagaje cultural queda fuera de toda duda aunque su estilo literario, duro, frío, la ubicaría más cercana a los países del este. Porque el estilo de la autora ya queda evidente en su primera página cuando, recordando su niñez, afirma que «por aquellos tiempos no pensaba en los muertos. Vienen a encontrarnos más tarde. Llaman cuando sienten que nos convertimos en presas y es hora de ir a cazar».

De esta manera, tras un inicio en el que la protagonista nos explica el fallecimiento de su padre Johannes, la narración hace un salto al pasado afirmando que «conocía poco a padre. En unas vacaciones de Pascua me llevo con él a hacer un crucero. La nave estaba atracada en Venecia. Se llamaba Proleterka. Proletaria». Así nos confiesa su poca relación con «Johannes, la persona que me es increíblemente desconocida. Padre». Así, argumentalmente, el libro se centra en los recuerdos de la protagonista quién, de adolescente, realiza un viaje con su padre a quien apenas veía, pues vivía separado de su madre. Un viaje que duraría un par de semanas, padre e hija, la perfecta situación para estrechar una relación demasiado distanciada y puede que su última oportunidad de compartir momentos juntos, pues el padre está enfermo y no se sabe cuánto tiempo le queda de vida, alguien a quien mira con inquietud y constatando como «el sol se le mete en el alma, en el corazón enfermo, en los ojos descoloridos, desteñidos desde hace generaciones». Pero el viaje la llevará también a conocerse a ella misma, a revivir su pasado y el de su padre y a adentrarse de manera ineludible en la vida iniciática de una adolescente que, en el pasado acelerado y arduo a la edad madura, deberá enfrentarse sola a un mundo lleno de hombres desconocidos de cuestionables intenciones en un viaje que no ofrece destellos de alegría, ni en ella ni para el resto, pues «hacia el final del viaje los pasajeros ya no sentían simpatía los unos con los otros. Las expresiones de las caras parecían cambiadas. Los había invadido un extraño vértigo, un pronto atávico y marcial de prepotencia hacia los compañeros».

Así, ya en el inicio del libro vemos el estilo de la autora, de frases cortas y frías, casi asépticas, como vemos la manera en la que retrata a su padre al embarcarse en el viaje: «Johannes viste ropas oscuras. Impecable. Casi no nos hemos dirigido la palabra». Ya en esa primera cena algo va mal, pues confiesa que «durante los postres la fuerza del mar aumenta (…) fuera, viento rabioso (…) Respiro la excelsa solitud nocturna. La intemperie. Y el peligro». Vemos también el ambiente recreado en la narración, un ambiente que ya en las primeras páginas intuimos opresivo, claustrofóbico y con una sensación de congoja pues nos acecha una sensación de intranquilidad, como un aura que la envuelve de misterios y peligros. Sabemos también, por las pinceladas del pasado que abundan en el relato, que madre e hija son pobres, «Johannes y yo no tenemos nada», «los padres de Johannes perdieron la fortuna y, por tanto, Johannes y su hija también». Johannes, a quien su mujer lo abandonó llevándose a la hija, pues «la mujer se lo llevó todo. Niña incluida. Desde entonces él la puede tener en préstamo. Poco después, Johannes también perdería el patrimonio familiar. (…) Cuando la hija sea mayor, a lo mejor podrá estar con ella. Pero cuando ella sea mayor, él ya no estará». Porque tras la separación, de vez en cuando la visita teniendo que pedirle permiso a la abuela con quien vive; una mujer viuda y con un hijo que reside en un sanatorio en Davos. Una abuela distante, poco cariñosa, quien «me trata como a una persona adulta. De igual a igual. Obediencia no significa subordinación».

Por todo ello constatamos la frialdad narrativa y argumentativa por parte de la protagonista, una sequedad heredada de una familia con problemas de salud y económicos, una familia relaciones complejas con la vida, pues tal y como afirma, «la nuestra es una familia de suicidas. De aspirantes a suicida. Las pocas veces en las que hemos tenido la ocasión de pasar un tiempo juntos (…) el único tema por el cual todos mostrábamos algún tipo de interés, era el suicidio». De esta manera vamos conociendo detalles de la familia, de la vida de sus padres y su abuela, de miserias y penurias mientras alterna la narración con el viaje en el que se embarca la protagonista; un viaje terriblemente solitario, en la que la separación existente con su padre sigue siendo la misma a pesar de compartir el trayecto, pues el espacio que comparten es puramente físico y material; a nivel emocional permanecen separados como antes de partir. No hay entre ellos puntos de conexión, lugares de encuentro en los que limar asperezas y cubrir los terribles huecos existentes entre los surcos creados a lo largo de los años. De esta manera, el viaje inicialmente planteado como un reencuentro ejerce como evidencia manifiesta de que no era únicamente los quilómetros lo que los separaban sino también sus sentimientos. Y en esa soledad, la protagonista va conociendo diferentes personajes, también solitarios, también poco comunicativos, también tristes, lúgubres, sombríos y distantes.

A nivel estructural y estilístico, la trama es compleja al combinar el presente con diferentes episodios del pasado inconexos y desordenados, a la vez que la narración que alterna primera y tercera persona no ayuda, como tampoco lo hace que la protagonista a veces se refiere a ella misma como «la hija de Johannes» cuando habla con tercera persona, como tomando distancia también a nivel narrativo. Por ello, cuesta empatizar con la protagonista, pues incluso la narradora parece tomar distancia hacia ella misma al referirse a ella misma en tercera persona, viéndose desde fuera, tratándose como si no fuera ella, como si la dureza y soledad con la que ha vivido haya calado en ella hasta el punto de disociarse de ella misma, experimentando un trastorno de despersonalización evidente. A esta falta de empatía se le une una trama argumental orientada tanto al pasado y a sus orígenes como al propio viaje, y uno desearía que se hubiera profundizado más en este último aspecto, pues particularmente lo encuentro bastante más interesante.

Resumiendo, este es un libro que no deja indiferente, pero que su narración a base de pinceladas y al distancia emocional con la que está narrado (incluso por parte de una narradora a menudo externa) hace que no sea una lectura fácil ni accesible. Tal y como afirma la protagonista: «a veces la vida de una persona empieza tarde». Es muy posible que así sea, y más aun si esta vida empieza tarde porque le han faltado los elementos necesarios para nutrirla, no únicamente en edades tempranas sino a lo largo de la misma. Y sí es cierto que esta falta de elementos que la protagonista sufre existen también en la novela y que al lector únicamente pueda aspirar a imaginarlas y, quizá como hace la propia autora, alejarlas incluso de uno mismo para que no duelan en exceso.

miércoles, 14 de diciembre de 2022

Stefan Zweig: El amor de Erika Ewald

Idioma original: alemán
Título original: Die Liebe der Erika Ewald
Traducción: Clara Formosa (en catalán para Viena Edicions) / Roberto Bravo de la Vargfa (en castellano para Acantilado)
Año de publicación: 1904
Valoración: recomendable


La importancia o el impacto de un autor se hace evidente cuando su estilo deja una marca imborrable, cuando puedes coger un libro al azar y con pocas páginas reconocer en ellas a su autor. Y es innegable que Zweig es uno de ellos, creo que pocos autores lograrían un consenso tan unánime al respecto porque en todos sus libros despliega su talento a la hora de entender y transmitir los matices de la condición humana.

En el libro que nos ocupa, el autor nos traslada ya de entrada a un hogar en el que el silencio y el decaimiento ocupan todo el espacio. Es la hora de cenar, y nadie tiene palabras para llenar el vacío. En ese triste hogar, que desprende frialdad y soledad en cada uno de los segundos que el lector destina a esas páginas iniciales, viven Erika, su hermana Janette y su padre. El vacío, inmenso, sombrío, lúgubre, que se despliega y abarca toda la casa lo llena la ausencia de la madre, fallecida hace un tiempo. Zweig nos hace testigos de esa melancolía, en una escena en la que «los tres tenían poco a decirse» y Erika «sentía que era inútil luchar contra la atmósfera gris que se desplegaba por encima de esos momentos como nubes de tormenta densos y amenazadores». Pero ella guarda aún una pequeña esperanza, una pequeña ilusión, alimentada por una incipiente alegría, pues había conocido a un chico y habían estado juntos ensayando una pieza musical. Y ella esperaba con gran anhelo que llegara el día en el que él la invitara a su casa.

Ya en esos primeros compases, constatamos porqué Zweig nunca decepciona. Ofrece siempre lo que el lector espera: una recreación perfecta de los ambientes de la época, las inevitables dudas y recelos del amor, una imagen de meticulosidad y refinamiento en las maneras y las costumbres; también un ritmo pausado que no aburre sino al contrario, pues lo usa con maestría para aguantar la tensión narrativa y dejar que nuestras emociones acompañen a los personajes quienes «durante un rato permanecieron en silencio; no era un silencio incómodo, sino únicamente un temor indefinido, propio de las personas refinadas cuando tienen que iniciar una conversación con banalidades». Y entre ambos personajes Zweig alterna los puntos de vista de él y de ella, y traslada cómo es habitual en el autor el refinamiento en la maneras, unas maneras que ocultan e intentar tapar los deseos subyacentes de sus personajes, siempre con la presencia imperante de la castidad y la virtud como pilares de la personalidad de sus protagonistas pues, como en él es habitual, sus personajes parecen contener todos los sentimientos que albergan, como se evidencia al afirmar que, «por eso no sentía ningún temor ni aprensión por el futuro, creía en el eco suave y alegre de aquel amor casto y venerable que le daba tanta confianza en su belleza artística y su pureza interior» pero «entonces a ella la estremecía una necesidad ardiente de ternura, una expectación de palabras amables y dulces, que en realidad temía» aunque «se contenía mucho en mostrar a los demás su felicidad (…) porque quería proteger su circunstancia de las miradas extrañas, como una obra de arte con centenares de fragmentos fugaces». 

En un libro de apenas cien páginas no merece la pena hablar mucho del argumento, pues sería fácil caer en spoilers que estropeen una futura lectura, y creo que estas pinceladas son suficientes para comprobar una vez más que Zweig se maneja a la perfección creando personajes de sentimientos contenidos, vivos pero no vividos desacomplejadamente y nos relata una historia sentimental entre dos personajes que viven de y por la música, y por la mesura que imprimen a su relación que, como notas de una partitura perfectamente orquestada, no permiten disonancias en el ritmo que su razón imprime a la relación. Así, con más fugas que allegros en la partitura que construye Zweig, la relación avanza en un ritmo continuo y tenso que el autor sostiene in crescendo durante la trama argumental. La contención frena el impulso, y sus personajes parecen encorsetados como notas en una partitura que no pueden salirse de la escala en la que están creadas y que se evidencia al afirmar que «ahora se percataba de que su historia no representaba ni la injusticia ni la hostilidad de la vida, sino que únicamente era dolorosa, porque le faltaba el alegre paso de danza de los temperamentos risueños y frívolos que saltan por encima de los abismos del dolor (…) Y la soledad le caía encima y la oprimía (…) El dolor que salía de ella volvía para desbordarle el alma, y el hecho de confesarse y analizarse incesantemente a sí misma al final le producía un cansancio mortecino y una apatía desesperanzada, que no podía luchar más contra el destino y sus fuerzas ocultas» porque «aún no sabía que un dolor profundo es como un torrente subterráneo tenebroso, que perfora la roca con un silencio inquieto, y no para de llamar y llamar con una ira impotente a puertas infranqueables. Hasta que un día la pared se resquebraja y, con una euforia incontenible que todo lo destruye y agota las fuerzas, se precipita hacia el valle florido, que se mecía confiado, sereno, sin sospechar nada…»

Por todo lo explicado y con la facilidad de lectura que ofrece un libro tan corto, vale la pena encontrar un rato para leerlo. Porque a pesar de que bien es cierto que este libro no se encuentra entre sus mejores relatos, se trata de un libro de Zweig. Y a Zweig hay que leerlo siempre. Y varias veces.

sábado, 29 de octubre de 2022

Diego Muzzio:Las esferas invisibles

Idioma original: Español

Año de publicación: 2014

Valoración: Recomendable 

Tres novelas cortas (o tres relatos largos, según se mire) conforman este Las esferas invisibles del bonaerense Diego Muzzio. Tres textos que, en cualquier caso, poseen una serie de elementos comunes que podrían servir para catalogarlos dentro de la etiqueta "terror gótico",  como hace la propia editorial en la contracubierta del libro. Yo, en cambio, me inclino más por situarlo dentro de la vertiente oscura de lo "real maravilloso". Pero quizá más reveladores que una etiqueta u otra sean los nombres que a uno le vienen a la cabeza a medida que avanza en los textos: Conrad, Poe, el Informe sobre ciegos de Sabato, Mariana Enriquez, Stephen King o La sed de Marina Yuszczuk.

Sea como fuere, ya digo que hay una serie de elementos comunes a los tres textos: la ubicación espaciotemporal (el Buenos Aires de 1871, en plena epidemia de fiebre amarilla), la obsesión por la muerte, la culpa y el pecado, la presencia de fuerzas que exceden nuestra voluntad y entendimiento, etc. En definitiva, atmósferas y obsesiones compartidas, luz y oscuridad, la razón y las esferas invisibles (¡qué magnífico título!) de lo irracional.

Entrando algo más al detalle, abre el volumen El intercesor, texto que se sirve del recurso a la historia dentro de la historia para trasladarnos a un mundo fantasmal plagado de terrores sin monstruos con un personaje, el negro Tumbo, que recuerda demasiado al Kurtz de El corazón de las tinieblas pasado por el tamiz de la novela gauchesca (vaya combo). Y pese a que atmósfera, paisaje y el progresivo desmoronamiento del protagonista me parecen bien conseguidos, no puedo quitarme de encima esa impresión de demasiadas similitudes con el texto de Conrad.

El ataúd de ébano, por su parte, se acerca más a Poe. Porque habemus ladrones de tumbas, casa "singular", niña "rarita" y dos desertores de la guerra con el Paraguay que viven una oscurísima historia de redención en la que el "terror" es mucho más físico que psicológico. La putrefacción de cuerpos y almas, el hedor y el miedo conviven, por tanto, en un texto que creo que mejora sensiblemente el resultado de El intercesor.

Cierra el libro La ruta de la mangosta, texto en el que se combina a partes iguales lo físico y lo psicológico, lo misterioso y lo terrorífico. Me parece el texto más "ambicioso" y más logrado de los tres, al aunar en uno solo las virtudes encontradas en los anteriores. Una primera parte deliciosamente macabra da paso a una espiral (auto)destructiva de enfermedad, esclavitud y muerte que guiará los pasos de sus protagonistas a través de guerras y epidemias convertidas en fuente de bienestar. 

En resumen, tres nouvelles de temática similar que crecen progresivamente y que dejan en este lector un buen sabor de boca (aunque este sea el de la muerte o el opio)

domingo, 6 de marzo de 2022

Ilustres Olvidados #7: Albert Camus: La caída

Idioma original: francés
Título original: La chute
Traducción: Anna Casassas (ed. en catalán) / Manuel de Lope (ed. en castellano)
Año de publicación: 1956
Valoración: entre recomendable y muy recomendable


En esta semana temática dedicada a los «Ilustres olvidados» no podía falta Albert Camus, de quién tenemos reseñados muy pocos libros y hace demasiados años ya de la última reseña. Por ello, la ocasión era perfecta para traer de nuevo al blog uno de los grandes pensadores de la primera mitad del siglo pasado y ganador del Premio Nobel de Literatura.

En esta breve novela escrita a modo de monólogo, el libro empieza con una suerte de conversación entre Jean-Baptiste Clamence, protagonista absoluto del relato, exabogado y ahora «juez-penitente» (como se autodenomina) y otro cliente con quien se encuentra de manera fortuita en un bar y que le sirve al protagonista para dar rienda suelta a sus reflexiones. Así, el lector solo es testigo de lo que dice y percibe el protagonista e intuimos lo que responde su interlocutor, mera comparsa en la escenificación de un relato que gira en torno a Clamence de quién poco sabemos al principio, únicamente que se encuentra en Ámsterdam tras haber vivido hace tiempo en París de cuyos conciudadanos opina que «tienen dos obsesiones: las ideas y la fornicación» mientras que, por contra, los holandeses «son personajes muy burgueses»; tal es así, que se dirige a su interlocutor esgrimiéndole si «se ha fijado que los canales concéntricos de Ámsterdam recuerdan a los círculos del infierno. El infierno burgués, naturalmente poblado de pesadillas».

De esta manera, con esta serie de monólogos encadenados que bien podrían tratarse de monólogos internos, vamos conociendo al protagonista a través de lo que nos cuenta de su pasado, alguien quien profesa sin tapujos ni disimulo que se tiene en alta estima, alguien quien afirma de sí mismo que «era un abogado bastante conocido», alguien que cuando defendía un caso «parecía que la justicia durmiera conmigo cada día» (…), alguien de quien afirma sobre sí mismo que «la naturaleza me ha tratado bien por lo que se refiere al físico, la actitud noble me sale sin esfuerzo». Por todo ello, «gozaba de mi manera de ser» afirmando que se pasaba el día ayudando a los demás, «orientando a la gente por la calle, dándoles fuego, ofreciendo una ayuda con los carritos demasiado cargados, empujando automóviles averiados…» Y por lo que, con ese ánimo altruista, también defendía como abogado a la gente necesitada porque «toda la vida solo me he encontrado a gusto en las situaciones elevadas» hasta tal punto que «me situaba por encima del juez, a quien yo juzgaba»; «los jueces castigaban, los acusados expiaban su culpa y yo, libre de cualquier deber, exento de del juicio y la sanción, reinaba, libremente, en una luz edénica».

Una vez nos situamos en la piel del narrador, nos imbuimos de manera inexorablemente en la historia, pues el estilo de Camus es irremediablemente atrayente, cautivador, te atrapa en un relato en el que la narración en primera persona permite alcanzar de manera rápida e ineludible el retrato que hace del protagonista. De igual manera, el ritmo narrativo es alto y constante a pesar del monólogo continuo, encontrando en la narración una gran precisión al construir y perfilar la personalidad del protagonista, alguien completamente ensimismado de sí mismo y orgulloso, que se tiene en muy alta estima y solo ve en él cualidades, tanto físicas como intelectuales, pues él «tenía un acuerdo total con la vida», «para ser sincero, a copia de ser hombre, con tanta plenitud y tanta simplicidad, me encontraba un poco superhombre» hasta el punto de que «me sentía elegido». Tal es así, que el protagonista se confiesa a su interlocutor afirmando que «tengo que reconocerlo, humilmente, apreciado compatriota, siempre he estado lleno de vanidad». Pero esta percepción sobre sí mismo, esta elevación en la que se ha autosituado queda alterada de golpe una noche, cuando caminando por el puente de las Artes oye una risa detrás de él y, al girarse, no ve a nadie a pesar de que inmediatamente después oye de nuevo la risa, está vez como si bajara de río. Este hecho le altera enormemente hasta el punto de que días después, de vez en cuando, le parece que la oye de nuevo y evita desde ese día pasar de nuevo por los muelles de París. 

A partir de la confesión de este suceso y de cómo le afectó, el relato empieza a cambiar en su tono y enfoque, pues Camus utilizando el cinismo y la contradicción (algo muy propio de la filosofía del absurdo que le caracteriza) se centra en analizar la sociedad de mediados de siglo XX, tratando aspectos como el amor, la dignidad, la decencia, la educación o el honor pero también la vanidad, el egoísmo y la diferencia de clases. Por ello, el autor reconoce que «sé de sobras que no podemos prescindir de dominar o de ser servidos. Los hombres necesitan esclavos como el aire puro (…) lo que cuenta es poder enfadarse sin que el otro tenga derecho a replicar» porque «alguien debe tener la última palabra. Si no, a todas las razones se les puede oponer otra: no terminaríamos nunca. El poder, en cambio, pone fin a la conversación» y constata, finalmente, que «nuestra vieja Europa finalmente filosofa como es necesario (…) hemos sustituido el diálogo por el comunicado (…) ‘esto es la verdad’, afirmamos». 

Así, el sentido de la vida propio del existencialismo toma forma en este libro al tratar los aspectos relativos a la condición humana y su relación con el resto del mundo pero sin apartarse de la visión que se tiene desde la propia experiencia y la conciencia de la propia existencia. Un existencialismo que el autor demuestra al afirmar, en boca de su protagonista, que «como yo mismo confesaba, no podía vivir sino a condición que, en toda la tierra, todos los seres, o la mayor cantidad posible, estuvieran orientados hacia mí, eternamente vacantes, desprovistos de vida independiente, dispuestos a responder en cualquier momento en el que yo los llamara (…) en pocas palabras, para que yo viviera contento, era necesario que los seres que yo elegía no vivieran. Únicamente tenían que recibir la vida, de vez en cuando, de mi antojo». Y eso lo hace extensivo a toda su vida, incluso al amor, pues afirma que «no tengo el corazón seco, de ningún modo, al contrario, lo tengo lleno de ternura, y encima tengo la lágrima fácil. Pero mis impulsos van siempre dirigidos hacia mí mismo (…) de hecho, es falso que no haya amado nunca. En mi vida he tenido al menos un gran amor, el objeto del cuál siempre he sido yo».

A medida que avanzamos en la lectura, esta superioridad manifiesta del protagonista va encontrando grietas, pues él mismo es consciente de la duda que genera («sé lo que piensa: como cuesta distinguir lo que es cierto de lo que es falso en lo que cuento») y vamos viendo como el cinismo cierne el relato y lo que se oculta bajo la superficie perfectamente pulida de una imagen que parece perfecta, pues el protagonista confiesa que a raíz del incidente, «me perseguía un temor ridículo: morir sin haber confesado todas las mentiras (…) se trataba de confesarlo a los hombres, a un amigo, a una mujer amada, por ejemplo». Y esta es la razón principal del monólogo que, habiendo partido desde un punto en el que el protagonista se siente superior, hablado sobre sí mismo desde un sitio alzado, va tornando hacia la reflexión sobre quien es él en realidad, dejando así de lado su vanidad y egolatría para desnudarse ante su interlocutor y ante los lectores y mostrarse errático, dubitativo, imperfecto y, en el fondo, humano.

Afirma Camus que «no hace falta ningún Dios para crear culpabilidad y castigar. Con nuestros semejantes, ayudados por nosotros mismos, es suficiente» porque, cómo constata el protagonista «cuanto más me acuso, más derecho tengo a juzgarlo. O mejor dicho, le provoco a juzgarse a sí mismo». Y es que este es el verdadero atractivo de esta novela, construir un relato sumamente atractivo en el que se pone de manifiesto la gran habilidad del autor para, a través de reflexiones, contradicciones y cinismo, ayudarnos a encontrar quienes somos y de qué mal adolecemos como individuales y como colectivo.

También de Albert Camus en ULAD: El extranjero, La peste, Calígula, Crear peligrosamente

domingo, 27 de febrero de 2022

Eva Baltasar: Mamut

Idioma original: catalán
Título original: Mamut
Traducción: Nicole d'Amonville Alegría
Año de publicación: 2022
Valoración: entre está bien y recomendable

Parece cuestión de casualidad, pero últimamente están apareciendo libros donde sus protagonistas se trasladan de la ciudad al campo. Es posible que sea debido a que hayamos llegado a un momento en el que las ciudades nos expulsan económica pero también emocionalmente y nos devuelven a los entornos rurales, allí donde todo parece más genuino y veraz. Este tipo de migración física pero ligada también a un cambio interior que encontramos en esta última obra del tríptico de Baltasar, la encontramos (y disfrutamos) recientemente en la novela «Sola», de Carlota Gurt, obra con la cual guarda ciertos paralelismos por esa huida adelante, pero también por una narración muy visceral, orgánica, casi salvaje que acompaña el escenario físico en el que transcurren ambas novelas. Parece como, si de golpe, recobrara peso la narración desde la ruralidad para volver a unos orígenes de los que la ciudad, inmensa, grande, hostil y antipáticamente fría nos ha alejado.

La novela empieza cuando la protagonista, narradora en primera persona, nos recuerda el día en que cumplía veinticuatro años, el día previamente elegido en el que debía lograr quedarse embarazada. Así, organizando una fiesta de fecundación en la que quería ser madre soltera, pues tenía claro que no quería que «nunca ningún padre me reclamara la parte», intenta encontrar quién pueda participar en el acto para conseguir su propósito. Así, como ocurría ya con «Boulder», en este caso también encontramos una mujer joven, en apariencia solitaria y en la que la maternidad incide en su vida, aunque en este caso de manera algo diferente pues la decisión está basada concretamente en el acto de dar a luz que en la maternidad futura porque «no era el deseo de tener un hijo, lo que me había secuestrado, era el deseo de gestarlo, el de hacer pasar la vida cuerpo a través, el de crear».

Especialmente en el primer tramo del libro reconocemos a la autora que ya nos impactó con sus anteriores libros, por la potencia narrativa, por la claridad expositiva y por un estilo poético que llena el relato de frases como «era abril y la primavera reventaba los ventanales con una bocanada de vida en suspensión» o cómo, al narrar los trabajos precarios que tenía, la protagonista afirma que «dejaba los trabajos al cabo de poco de haberlos empezado, cuando ya me estaba acostumbrando a ellos, porque me aterraba la sensación de habituarme a la explotación» porque «vi claro que, en el mundo laboral legalizado, era una tomadura de pelo. Trabajando para otro entregaba lo más valioso que tenía (…): la dignidad». Por todo ello, tras algún intento de quedarse embarazada infructuoso, decide abandonar una vida que no le aporta nada e irse a vivir al campo, apartada de la civilización y de trabajos mal pagados. Así, con ello, la autora apunta a uno de los males de la sociedad y que lleva a su protagonista a abandonar la ciudad, rompiendo con el mundo en el que vivía para encontrarse ella misma y lograr un cambio de vida abrupto y drástico que da pie a un cambio de aires de la protagonista, pero también de estilo en la autora en la que no encaja de manera tan fluida.

A partir de ese cambio, constamos un evidente cambio de estilo; Baltasar deja de lado metáforas y los aires poéticos a los que nos tenía acostumbrados para escribir desde la ruralidad, desde un paisaje que se intuye infinito para los acostumbrados a las grandes ciudades, con la presencia constante y vigilante de los bosques que amenaza la protagonista por su desmesura y hostilidad y que constata afirmando que «a pesar de que el camino entre el albergue y el bosque discurre entre vegetación, es fácil saber cuando he llegado propiamente al bosque. Es cuando empiezo a notar que los árboles hablan de mí con un lenguaje que se me escapa», porque «el bosque tiene manos y me tapa los ojos. Hace que gire sobre mí misma hasta marearme. Me incita para que corra, me araña, me hace caer». Y la soledad, que hace mella en ella, viviendo en medio de la nada, en una «casa que es más grande por dentro que por fuera», pero que no la aparta de la idea de dar a luz a un bebé, una idea que no la abandona y provoca que esa necesidad imperiosa de gestar un bebé la cambie, la transforme en un ser muy animal, muy visceral, muy orgánico. Y, con ello, la historia se dirige hacia un estado donde la ruralidad la posee y la absorbe, donde lo terrenal plana sobre un relato que se centra y obsesiona en nuestros aspectos más primitivos y carnales, donde la vida y la muerte se encuentran de cara y se rehúyen para encontrarse de nuevo, donde la exploración de la vida parte la consciencia del dolor y del sufrimiento, y de la lejanía anímica hasta el punto de saberse otra persona. El relato gira y cambia, hasta el punto de no parecerse en nada al del principio del libro asemejándose de manera inexorable a un relato crudo y visceral, sin poesía ni adornos, pero que a la vez parece desconectado también a nivel argumentativo, como si el cambio que sufre la protagonista lo hubiera sufrido también la historia, como si fueran dos relatos casi inconexos.

Sin desvelar el avance de la trama ni su desenlace, sí cabe decir que la lectura ofrece sensaciones encontradas; su primer tramo es realmente bueno (aunque sin llegar al nivel de sus anteriores novelas), pues vemos a la autora que nos sorprendía por la belleza de sus metáforas, pero lamentablemente en la mayor parte del libro parece como si hubiera dejado de lado esas reflexiones y aires poéticos que nos impactaban para dejar que el impacto venga de la mano de las escenas, narradas de manera cruda y sin cortapisas. Es un giro estilístico arriesgado que puede sorprender a muchos y no siempre de manera grata, porque aquí la potencia viene de las escenas mientras las pequeñas pinceladas de poesía quedan diluidas y perdidas como el eco que uno busca en medio de la soledad; tampoco la extensión tan corta del libro ayuda a acompañar a la protagonista en una transición tan radical dificultando entrar en una narración sin una clara continuidad argumental que nos lleva a una historia que a menudo no se sabe dónde va ni dónde pretender llegar. Por todo ello, al lector, a pesar de los grandes momentos que ofrece la novela, le puede ocurrir como a la propia protagonista, que en ocasiones parece perdida y desconcertada ante un cambio en el que no se siente nunca cómoda ni en calma. 

También de Eva Baltasar en ULAD: Permafrost, BoulderOcaso y fascinación, Peces

domingo, 26 de septiembre de 2021

Jordi Benavente: Tots els focs totes les pistoles

Idioma original: catalán
Traducción: sin traducción al castellano en el momento de publicar esta reseña
Año de publicación: 2021
Valoración: entre recomendable y muy recomendable
Título original: Tots els focs totes les pistoles

Las circunstancias que rodean a cada uno a la hora de encontrar nuevas voces literarias son múltiples y probablemente válidas todas ellas y, en algunos casos, inclusos sorprendentes, pues conocía de la capacidad de Jordi Benavente como periodista cultural pero ignoraba su talento como escritor. Y, gracias a voces del sector literario en quién confío, me he lanzado a atreverme con un autor totalmente desconocido para mí y para gran parte del público. Y el resultado ha sido gratificantemente sorprendente. Vayamos a ello.

Estamos delante de un libro corto, breve, brevísimo y terriblemente minimalista, con un estilo que se mueve entre reflexiones, relatos cortos, cuentos, poemas en prosa y aforismos. Las escenas que describe el autor son pequeños fragmentos, pinceladas, a menudo aparentemente inconexas, que ejemplifican la importancia del detalle, buscando esos pequeños despuntes, aristas que asoman sobresaliendo en la cotidianidad que la hacen bella, interesante y valiosa; puede tratarse de una hierba en el camino, una casa en el bosque, o la naturaleza que lo envuelve, pues todo sirve, todo es útil, todo es munición para reflexionar y valorar que todo tiene cabida en un mundo cambiante y retador. Es en esas cosas, en esos destellos de realidad, donde debemos y podemos agarrarnos, porque siempre están ahí, porque no dependen de nadie, porque no podrán sernos arrebatadas pues nadie se fijaría en ellas ni tan siquiera para codiciarlas. Pero existen. Están ahí. Y las necesitamos.

Con esta mirada detallista y terriblemente palpable e identificable, el autor narra desde el territorio, desde una naturaleza salvaje y agreste que el autor (y sus múltiples voces narradoras) no rehúye ni evita, pues lo imaginamos solitario, reflexivo y sereno ante tales paisajes. Porque ya el autor reconoce en el inicio que «acaricio árboles caídos en la “plana de les Bruixes”, y también acaricio la roca antigua y la herida abierta que dejaron garras aún más antiguas», porque «es el olor de la hierba de los márgenes, tostada por el sol, lo que me pone en marcha». Y, al igual que una de las voces del relato acaricia árboles, el autor se aproxima a la vida para acariciarla desde cerca, intentado demostrar que existe y averiguar qué es, constatar en los pequeños detalles indicios de realidad, como hace al recordar aquellas edades en la infancia en las que «poníamos petardos dentro de los nidos de los bichos bola (…) dudando uno o dos segundos cada vez, pero siempre encendíamos la mecha. Y después de la explosión, acercábamos la nariz para ver qué. Qué quería decir ser vivo. Qué quería decir ser niño». Porque ansía «deambular salvajes por el bosque, como cuando éramos pequeños y todo eran mapas del tesoro y no había relojes».

El autor, que se confiesa seguidor de Sam Shepard, Jack Kerouac y Patti Smith, en ese ambiente terrenal que uno augura seco y árido, nutre también el relato de pistolas y aires de western y lucha con munición literaria contra un día a día que llena de obstáculos la meta deseada consistente en conseguir aquellos versos que sobresalgan, alentándose en su propio propósito al afirmar que «tú busca el tono. Búscalo y tira fuerte de él. Tira de él hasta que esta prosa tuya se eleve por encima de la ropa sucia y los platos por fregar. Hasta que encuentres la batalla que valga las bajas que habrá, porque las habrá». Porque esa lucha, suya, también nuestra, está también en el día a día, en nuestras obligaciones diarias y en una paternidad que, en este ecléctico retrato del ciudadano corriente, la retrata llena de miedos y temores, con la noticia de un embarazo recibida con una «gota de sudor, preñada de dudas, surcando un rostro curtido por horas de insolaciones». Benavente explora en las emociones y las defiende, a capa y espada, con balas y pistolas, con todo el armamento que es capaz de encontrar en las palabras, porque «escribes porque quieres, tienes hijos porque quieres, y los velarás porque son tuyos, hijos y versos» encajando así la vida dentro de la vida y la letra como parte propia, como una porción de sí mismo.

Mucho mejor en el retrato de la cotidianidad que en los pequeños cuentos insertados y que a menudo acompaña de armas o peleas, siempre a manos de personas perdidas, sin casi rostro ni consciencia, Benavente destaca por una prosa poética que comprendemos y entendemos, que la hacemos propia porque esa realidad es palpable y visible, porque todos tenemos obstáculos en nuestro camino y piedras con las que tropezar, pero que sorteamos decidiendo, a cada paso, si el siguiente será el que valga la pena, si nos llevara donde queremos, ni nuestra pisada encontrará una tierra que nos acogerá o será una punzada más que lastimará aún más nuestros ya callosos pies. Y esa pisada siempre caerá, como lo hace su literatura, en los márgenes, allí donde la línea del bienestar se debate entre la placidez de la trazada conocida y el agreste costado de lo salvaje donde transita y solo pocos centímetros de distancia o de fortuna separan el acierto o el desatino. Benavente escribe desde los márgenes, como un outsider de la vida que se necesita encontrarse entre paisajes desolados. Narra con la voz de una solitaria alma errante que se busca entre prados, bosques y naturaleza, porque «el autor escribe porque lee, y lee para sobrevivir. Y si tengo que elegir entre leer o escribir, elijo salir a caminar», para huir y encontrarse, para escapar del «miedo de vivir miedo de morir miedo de vivir muerto miedo de vivir sin haber vivido o, como muchos de nosotros, toda la vida huyendo en círculos».

El autor también nos habla de los males de una sociedad de vista nublada hacia lo que viene, hacia el cambio climático y el abandono del ámbito rural y de la naturaleza, lamentándose acerca de «la manera en la que nos hablaba la lluvia y como la ignorábamos nosotros», porque «tenemos tres mil aplicaciones en el móvil pero, a pelo, somos incapaces de identificar el árbol que tiene la flor lila. Hemos negligido las canciones de los abuelos».

El autor empieza gran parte de sus reflexiones con un «dejó escrito: » que utiliza a modo de muletilla para apoyarse entre textos y que a la vez funciona como declaración de intenciones, pues ese es su testimonio, ese es su legado, esos son sus pensamientos que en sus diferentes formas y profundidades conforman los distintos sustratos emocionales que argamasan la vida de cada uno de nosotros. Piedra a piedra, camino a camino, detalle a detalle, nos conformamos y nos construimos, en un conglomerado que constituye la estructura humana bajo la cual permanecen encerradas (y a veces enterradas, bajo capas de lodo, tierra y polvo) nuestras ilusiones y nuestros sueños, recorriendo caminos y viajes, que el autor resume perfectamente afirmando, en una de las voces del relato, que «yo siempre pensé que no llegó a volver jamás, de aquel viaje, que no se vuelve, de los caminos. Hundido en la butaca. Bajo un cielo inmenso que no ha dejado nunca de crecerle por dentro». Y algo muy parecido ocurre con este libro; no lo dejamos una vez terminado, permanece dentro de nosotros, vivo y palpitante, para recordarnos que es en los pequeños detalles donde encontramos la vida y a nosotros mismos.

jueves, 2 de enero de 2014

Edith Warton: La solterona

 Idioma original: inglés
 Título original: The Old Maid
 Fecha de publicación: 1921
 Valoración: Muy recomendable

 Es una pena que por extensión no pueda transcribir aquí íntegramente el agudo e inteligente postfacio que la traductora de La solterona para la editorial Impedimenta, Lale González-Cotta, hace de esta obra. Porque me ha maravillado ver por escrito y expuestas de una forma tan impecable las ideas y sensaciones que me fueron surgiendo a medida que leía esta gran pequeña nouvelle. En su postfacio, González-Cotta desmenuza con clase la (más compleja de lo que parece) trama de La solterona, analizando a sus personajes y sus comportamientos teniendo en cuenta la época y el entorno en el que se mueven (la Nueva York de los adinerados de principios del siglo XX), expone sus propias impresiones, y enlaza toda esta amalgama de datos y tesis con la vida y la personalidad de su escritora, Edith Warton. Warton, autora también de las célebres La edad de la inocencia y La casa de la alegría, fue una norteamericana de buena familia que sufrió un matrimonio frustrado con un hombre de su clase doce años mayor (las numerosas y públicas infidelidades del tipo la llevaron a pedir el divorcio), que no tuvo hijos, que viajó mucho, y que con poco más de tres décadas de vida era ya autora de una larga serie de cuentos y novelas en los que hablaba de lo que tan bien conocía y le atormentaba: el alto precio que hay que pagar por sentirse aceptado en una sociedad entregada a las apariencias.

Y tengamos en cuenta que hablamos de lo que la alta sociedad pedía a una mujer a finales del siglo XIX, principios del siglo XX.

 No es cuestión de destripar la trama, pero en unas pocas líneas podemos resumirla así: Charlotte Novell, el patito feo de una poderosa familia neoyorquina, contra todo pronóstico, está a punto de casarse con un “buen partido”, pero justo antes de hacerlo, decide revelarle a su fiel amiga/prima Delia un terrible secreto que cambiará la vida de ambas mujeres para siempre ya que ésta última está, en cierto modo, implicada…

A partir de este suceso, Warton teje un nudo y un desenlace que en manos de otro autor podría haber sido el argumento perfecto y estomagante para un culebrón de tomo y lomo; pero la habilidad de la autora para entrelazar esta retorcida historia con críticas soterradas a aquel mundillo que no la trató nada bien cuando se rebeló contra él, es lo que hace de La solterona una exquisita novela corta.

 Y en fin, prefiero que leáis este libro y el postfacio de su traductora en vez de ponerme yo aquí a hablar de cosas tantas veces tratadas como hombres y mujeres que se fuerzan y son forzados a contraer matrimonios sin amor; mujeres que tienen hijos sin desearlo; personas frustradas por no conseguir la ansiada posición social que deseaban; los cotilleos y las marginaciones que deben sufrir aquellos que se escapan del circo social o que pertenencen a sus castas más marginales, etc, etc… Y sí, hablamos de 1921.

PD: hay una adaptación para la gran pantalla con la hipnótica Loba, Jezabel, Baby Jane de Bette Davis como protagonista.

sábado, 27 de octubre de 2012

Mircea Cărtărescu: Nostalgia

Idioma original: rumano
Título original: Nostalgia
Año de publicación: 1993
Valoración: imprescindible


Mircea Cărtărescu (Bucarest, 1956) es uno de los escritores más interesantes que he tenido la suerte de descubrir recientemente. Aunque ha trabajado también la poesía y el ensayo, es sobre todo conocido por sus obras en prosa, entre las que se encuentran Nostalgia, Lulú, Orbitor y La bella extranjera

Aunque la obra que hoy reseño ha sido definida por Cărtărescu como una novela, también se puede tomar como un libro de cuentos, pues las narraciones que la conforman pueden leerse como piezas independientes. Nostalgia, así, se abre con El Ruletista, la historia de un hombre cuya existencia ha estado siempre marcada por la mala suerte y que, sin embargo, logra amasar una fortuna jugándose la vida en la ruleta rusa. 

Entre esta pieza y El arquitecto, relato de carácter marcadamente kafkiano que sirve de epílogo al libro, Cărtărescu nos presenta El Mendébil, la crónica de un mesías impúber que convierte en acólitos a los niños de su barrio; Los gemelos, un inquietante estudio de la ira juvenil y, por fin, REM, la narración central del libro, cuyo punto de partida es la relación que se establece entre una mujer de mediana edad y un estudiante de instituto. 

Pero Nostalgia (y, sobre todo, REM) es mucho más de lo que yo pueda contar aquí. Es una obra redonda, en la que el autor se toma su tiempo para elaborar los personajes –jugando con el lector mientras hace un puzzle de géneros y narradores– y hacerlos vivir historias bizarras, complicadas, oníricas y al mismo tiempo completamente verosímiles, en las que el tiempo juega un papel fundamental.

Como ya he dicho, Mircea Cărtărescu es todo un descubrimiento y este libro, en concreto, una joya que no debería faltar en ninguna biblioteca.

Más de Mircea Cartarescu en ULAD: Aquí