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domingo, 7 de junio de 2026

Ioana Maria Stăncescu: Primero llega el silencio

Idioma original: rumano
Título original: Tăcerea vine prima
Traducción: Marian Ochoa de Eribe
Año de publicación: 2024
Valoración: muy recomendable


Es cierto que a menudo se habla del exceso de publicación literaria, pues se publica mucho más de lo que podemos leer y también me atrevo a decir que más de lo que tendría que publicarse. Pero este exceso también permite que se busque literatura más allá de la archiconocida cultura anglosajona o hispana. Y cuando se busca, y más si lo hacen editoriales con un exquisito catálogo, se encuentra. Y esos nos lleva a Rumanía y su literatura visceral, marcada a menudo por un estilo directo, crudo, extremadamente realista con el objetivo de dirigirse directamente a las emociones.

En esta novela de Ioana Maria Stăncescu, la autora nos sitúa en la piel de Dora, una mujer que tiene una hija, Flavia, con la que vive en un sitio ruidoso, algo lúgubre e inhóspito. La relación entre ambas no es particularmente buena, a pesar de que ella hace esfuerzos con su hija, aunque más bien se trata de una propuesta de buenas intenciones que de una realidad manifiesta, pues a menudo sus conversaciones acaban en discusión y lucha. Así, en este entorno femenino la protagonista admite las condiciones físicas, pero también anímicas con las que lidian como pueden, admitiendo que «vivimos en una casa pequeña. Yo, Flavia y el miedo. No tenemos hombres. Todos se han ido. Uno a uno, nos hemos despojado de ellos como si fuera ropa de invierno en plena canícula. Nos hemos librado de ellos. Nosotras, las mujeres de nuestra familia». Y este hecho es algo que parece que se transmite de generación en generación, a través de relaciones colmadas de tiranteces, con los hombres, pero también entre mujeres pues vemos como Dora y su madre tampoco acaban de encajar a pesar de que hablan a menudo desde que esta ha envejecido pero, aún y así, no se llevan bien, se pelean siempre, pues su madre es alguien a quien «no se le pasa por la cabeza pedir disculpas, prefiere enfadarse. Las palabras son frías, hilos de cuchillo puestos directamente sobre la piel para que no se hinche». Con ello, vemos la realidad de la vida de Dora, solitaria, encerrada, casi opresiva, a pesar de que ella siempre tiene una mirada abierta, envuelta de esperanza e ilusión, hacia un mundo exterior que se le antoja lejos, pero por el que sueña y suspira, al que accede desde las redes sociales pues le dan esperanza a un futuro luminoso porque, a diferencia de su monótona y aciaga vida, «en Facebook es siempre verano y la gente parece estar en la playa, con la mirada clavada en la infinita extensión de agua. Y el agua está tranquila, no hay olas». 

Es fácil percibir, ya en las primeras páginas, el tono de la autora, el estilo triste y afligido, casi rozando la desdicha, pero a su vez tiene un punto poético que hace que, al menos superficialmente, todo sea soportable, llevadero, aunque si uno se mete en la piel de los personajes siente una tristeza absoluta hasta el punto de intuir el abismo que atañe sus vidas. Por ello, en ciertos aspectos, recuerda bastante a Tatiana Țîbuleac o también Magdalena Blažević por saber encajar un estilo poético con un duro trasfondo de decadencia en el que las mujeres siempre salen mal paradas; en este texto hay poca luz en el relato y mucha soledad porque la distancia que ella sentía hacia su madre cuando era pequeña la replica ahora con su hija, una hija a la que quiere, pero que a la vez teme y a la que no sabe cómo tratar a causa de la herencia cultural y educativa trasmitida a través de generaciones de mujeres que la protagonista constata al afirmar que «el invierno en que murió (…) mi abuela Victoria le dejó su voz a mi madre. Es nuestra manera, la de las mujeres, de vivir eternamente. Los hombres dejan su apellido». Tampoco la relación con los hombres le es buen ejemplo pues asevera sin rencor que «cuando pienso en mis padres, primero llega el silencio».

A nivel estructural, la autora alterna episodios del presente con recuerdos de su juventud, como el de su antiguo amor Mircea, con quien salía en una relación desigual, una relación en la que ella estaba siempre a expensas de sus sentimientos, de sus deseos, de sus voluntades, que sabiamente describe al decir que «nadie de alrededor sospechaba que estábamos saliendo. A veces, tampoco él parecía recordarlo». Así, mientras lucha con unos recuerdos que la apartan de la esperanza, que la desproveen de todo futuro, busca el amor en Toma, alguien que ha conocido por Facebook, alguien con quien fantasea que una vida mejor es posible y que los posibles defectos que pueda tener sean fácilmente perdonables, alguien a quién incluso se atreve a enviarle «un corazón, un corazón rojo, un corazón de verdad, de eso es que saben de memoria cuánto duelen las rupturas». Pero su pasado es un lastre que le impide avanzar sin resquemores o recelos, hay tanto pasado a arrastrar que su futuro en pareja se augura lejos, como una quimera solo accesible tras travesar centenas de metros de tierra áspera, seca y llena de hierbajos que rozan las piernas dejando aún más cicatrices. Por ello, la relación a distancia con Toma avanza muy lentamente, pues quiere ralentizar el momento crucial en el que se sepa si es de verdad o una fantasía; una demora buscada, pausada adrede, con una ilusión frenada por el pesimismo que se sostiene como una losa sobre si cabeza como si un letrero de alerta estuviera siempre a punto de encenderse y echarlo todo a perder. Pero mientras esto no suceda hay esperanza, pues «una cosa está clara: mientras no sucede nada, puede suceder todo, y eso es verdaderamente maravilloso» porque, en el fondo, ella sigue soñando en que un día todo cambiará y encontrará un hombre que sea «como esas rayas que dejan los aviones en el cielo, como el ruido de las olas en las que se esconde el verano, como el olor a tierra fresca y a resina que anuncia el bosque. Un hombre como una promesa de que las cosas buenas están por suceder».

Por todo ello, Stăncescu ha escrito un libro triste, melancólico, con un personaje complejo, envuelto de una nostalgia por reescribir la historia y resarcir un pasado que le ha dejado poso, y lo hace estructurando el relato de manera que presente y pasado se alternan, intentando que confluyan, que se encuentren a través de las pocas cosas que la ilusionan de un presente que alarga y alarga, casi congelándolas en el tiempo para eternizarlas y pararlas hasta que lleguen justo hasta el momento previo al desenlace y allí se encuentren con las heridas del pasado, para sanarlas, para limar esas cicatrices hechas por tantas desilusiones y decepciones, por tantas discusiones mal terminadas, por tantas decisiones mal tomadas, por tantas aristas que esperan que el recuerdo las roce para levantar de nuevas ampollas que hieran y lastimen. Así, el estilo poético de la autora no pretende eludir el dolor, sino embellecer el clavo con el que fija cada uno de los mensajes amargos que la protagonista sufre por parte de su madre, de su pasado, de su hija o de cualquiera que se le aproxime. Lo único que la puede salvar no es la fantasía de una relación incipiente, sino la ilusión de que no sea otro desengaño. Y entre mensaje y mensaje en las redes, entre esperanza y consuelo, la vida pasa. Pero esta vez sin heridas, esta vez con algo que la deje soñar. Y tanto da si ese "algo" es una realidad o un clavo más al que agarrarse, mientras ello sirva para no sucumbir de nuevo al pozo de la desesperanza.

viernes, 13 de marzo de 2026

Matei Visniec: El hombre que vendía comienzos de novela


Título original: Negostorul de inceputuri de roman
Año de publicación: 2025
Traducción: Corina Oproae y Evelio Miñano
Valoración: Muy recomendable

Este es un libro complejo. Sumamente original, pero complejo. Tal como señala su autor, se trata de una novela caleidoscópica, donde se intercalan sucesivas tramas que acaban confluyendo en el desenlace final.

El inicio es ciertamente atrayente y nos sitúa al borde de un thriller. Un joven escritor que ha obtenido un premio menor en un certamen literario es abordado por un curioso personaje, Guy Courtois, que representa a una sociedad secreta que lleva varios siglos vendiendo comienzos de novela a escritores, primeras frases de obras maestras de la literatura de los últimos siglos.

Y es que como se señala en el inicio del libro: "la primera frase de una novela debe contener algo de la energía de un grito inconsciente que provoca una avalancha. Debe ser la chispa que provoca una reacción en cadena...".

Nuestro escritor iniciará una relación epistolar con tan enigmático personaje y en ese intercambio descubriremos que la agencia de Courtois se atribuye la responsabilidad de inicios de novela tan célebres como "Hoy ha muerto mamá", "Llamadme Ismael", "Soy un hombre invisible" o "Alguien debía haber calumniado a Josef K., porque una mañana fue arrestado."

Con semejante carta de presentación, nuestro protagonista decide confiar en la agencia para que le proporcione un comienzo a la nueva novela que está escribiendo. Mientras tanto, se desarrolla una compleja trama donde se mezclan lo onírico y lo real, el presente y un futuro distópico, París, Nueva York y Bucarest. Visniec va  creando un enigmático mosaico en el que entran y salen personajes que solo adquieren significado pleno al final del enorme rompecabezas en el que el autor sutilmente nos va enredando. 

Humor, amor, sexo, soledad y misterio tienen cabida en unos relatos que se nos presentan como esbozos de tramas inconclusas que no parecen tener una dirección definida. A través de los indicios que nos propone Visniec debemos vislumbrar si nos encontramos ante confesiones autobiográficas o ante  sucesivos inicios de novela de nuestro escritor. Entre medias, se van deslizando jugosas reflexiones sobre literatura y sobre escritores: Mann, Hemingway, Camus, Cervantes o Ruiz Zafón, entre otros, tienen un hueco en esta novela

Matei Visniec, escritor rumano afincado en Paris, es fundamentalmente autor teatral, pero ha escrito una novela que rebosa imaginación y talento. Con mucha habilidad va dosificándonos la información suficiente para mantener en pie una historia que tiene múltiples aristas y que puede producir desconcierto si no atendemos las pequeñas píldoras que se van intercalando en los capítulos de esta evocadora novela.  Tenemos que dejarnos llevar por el experimento literario que nos propone Visniec y esperar pacientemente a que los fragmentos se ensamblen y otorguen significado al conjunto. Como recompensa, descubriremos si finalmente nuestro protagonista recibe la anhelada frase para comenzar su novela. 


martes, 11 de noviembre de 2025

N.D. Cocea: El vino de larga vida

Idioma original: Rumano
Título original: Vinul de viață lungă
Año de publicación: 1931
Traducción: Borja Mozo Martín
Valoración: Bastante recomendable

- A ver, listillos: Tirando de memoria, ¿cuántos escritores rumanos podéis nombrar? 
- Cartarescu.
- Sí, sí, muy bien, correcto.
- ¡Hertha Muller!
- Medio punto porque nació en Rumanía pero escribe en alemán.
- ¿Cioran?
- Lo mismo que a quien ha dicho Hertha Muller, pero en francés.
- Max Blecher.
- A ver, ¿quién cojones es el repelente que ha dicho Max Blecher?... Vamos, que las vacas sagradas y poquito más, eh!

Bueno, pues para demostrar una vez más lo "rarunos" que somos (y también por si pensáis ir a Pasapalabra y os preguntan "C: apellido del escritor rumano autor de la novela El vino de larga vida"), aquí os traemos una novela de 1931 de un autor rescatado hace escasas semanas por la editorial Muñeca Infinita. Hablamos de El vino de larga vida y de Nicolae (Ceaucescu. No, no, que nos cierran el blog) Dumitru Cocea.

Pese a su brevedad, apenas 120 páginas, la novela lleva en su interior 3 o 4 libros diferentes. Porque aunque digamos que el envoltorio general es el de un cuento moral (¿como los de Erich Rohmer? pregunta el ya mencionado repelente), la novela contiene partes que podrían ser leídas como novela de iniciación, como novela social o como drama lorquiano, con un punto que me recuerda a La hiedra de Grazia Deledda. Vayamos por partes:
  • Novela de iniciación en forma del aprendizaje que el joven juez auxiliar extrae de su relación con Don Manole, noble local "apestado" y blanco de las habladurías de las "fuerzas vivas" del pueblo.
  • Novela social a través de la crítica a personajillos como el alcalde, el cura, etc y las creencias / supersticiones de estos y de la contraposición entre sus ideas y opiniones y las de Don Manole (retornado de París, amante de la buena vida, el arte y los libros, etc)
  • Drama lorquiano por esa historia que Don Manole narra al juez en la parte final de la novela y que marca un punto de inflexión en la vida de aquel. Esta es la parte que me ha traído a la mente a Grazia Deledda y su novela La hiedra, de temática más o menos cercana y con la que comparte protagonismo el paisaje que rodea a los personajes.
Y aunque estos ingredientes por separado podrían dar lugar a un batiburrillo del carajo, Cocea los integra de forma coherente bajo la ya comentada forma de cuento moral, con el que nos invita a pensar en lo realmente importante, en si estamos prestando excesiva atención a estupideces, en qué demonios es la felicidad y cómo tratar de hallarla, en si estamos acertando o no con nuestra forma de los distintos aspectos de la vida.

Me queda, en el lado menos bueno, la sensación de que Cocea podría haber ahondado más en las relaciones de poder que se establecen entre los miembros de las fuerzas vivas del pueblo y que el cuento que se añade al final del texto, obra de Corina Sabau y que vendría a ser una especie de revisión / actualización de la novela de Cocea, no está a la altura de este.

Pero la impresión global es más que favorable, así que bienvenidas estas recuperaciones "medio rarunas" para gente "medio raruna" como nosotros. ¡Y que sean muchas más, oye!

viernes, 3 de octubre de 2025

Mircea Cărtărescu: Dietarios 1990-2017. Una selección

Idioma original: rumano
Título original: Jurnal. 1990-2017
Traducción: Xavier Montoliu Pauli (traducción al catalán para Lleonard Muntaner). Sin traducción al castellano hasta la fecha.
Año de publicación: 2024
Valoración: imprescindible para fans


Ardua empresa la que aquí se me presenta: reseñar un dietario ya es una tarea harto difícil, pues para conseguir algo de coherencia y sentido uno se debería meter en la piel (o la cabeza) del autor. Si ya esto, de por sí, supondría un reto ingente, hacerlo en el caso de mi admirado Mircea el desafío es colosal, pues si su obra es extremamente enrevesada y críptica, su cerebro (origen y manantial de su escritura) no lo es menos. Pero bueno, ya que aquí estamos, adentrémonos en el mundo onírico de Cărtărescu.

Afirma Sam Abrams en el prólogo que esta obra se trata de un ejemplar casi único pues su traducción al catalán es la única existente aparte de la traducción al sueco. Este dietario seleccionado y publicado consta de una recopilación (antología) de algunas de las entradas escritas entre 1990 y 2017. Así, Cărtărescu empezó este dietario el 17/9/73 cuando tenía diecisiete años y sigue escribiéndolo hoy en día de manera que ya tiene más de cincuenta años de recorrido y que solo finalizará con su muerte (o al menos esta es la intención). Ya el propio autor reconoce este dietario como su obra más importante, pues «se trata del punto de partida de todos mis escritos» y, por tanto, asevera que se trata de «mi obra más importante. Es extraordinariamente complicada. Es una auto entrevista hecha a lo largo de diecisiete años. Es el tronco de mi árbol. Mi obra son las ramas. Los diferentes libros son los frutos. Es fundamental para mi obra. Es el centro de mi escritura». Y, de hecho, una vez leído de forma íntegra constato que así es porque el eje central de su vida es su obra, pero más allá del proceso de escritura o de la temática: el centro nuclear del autor es cómo encara la creación, cómo toda su manera de vivir y pensar es plasmada posteriormente en sus libros. Así, sus delirios, sueños, ilusiones y episodios oníricos, sexuales, anatómicos y orgánicos son presentes también en sus propios sueños, en sus pensamientos, en su manera de ver y entender el mundo. Solo así, desde una mentalidad tan holística del mundo ilusorio se puede entender cómo un autor puede tejer una obra (en general) tan compleja y extensa, tan profunda e inquietante, pero a su vez tan rica y desbordante en calidad y en ambición.

Ya el autor confiesa y reconoce su talento y lo empareja con el deseo (casi necesidad) de trascender, pues ya en la primera entrada del diario, el 1 de enero de 1990, afirma que «el 1989 ha sido un fracaso en cuanto a lo que ha escrito (no me ha salido nada. Todo lo escrito está muerto)». En paralelo al análisis sobre sus textos, y de manera puntual y tangencial, Mircea también comenta a menudo la situación política y social del momento, como cuando afirma el 10/1/1990 que «ahora vemos que la destrucción del antiguo (aunque cercano en el tiempo) régimen ha sido la primera etapa, explosiva, de la revolución, y que ahora vivimos la Segunda, igual de peligrosa. La lucha tiene que ganarse por todos sitios y a todos los niveles, por gente honrada y competente».

El libro está repleto, como no puede ser de otra manera hablando de Cărtărescu, de frases ambiciosas, grandilocuentes, pero también derrotistas, pues su ambición y talento le exigen a menudo cotas muy elevadas de calidad literaria hasta el punto de abandonar trabajos ‘menores’ en aras de su proyecto vital, pues, tal y como asevera, «mi única razón de existir (y la única de ser feliz) es la escritura». Por ello, ya en 1990 el autor abandona su trabajo en una revista porque «mi objetivo no es la notoriedad ni tampoco la posición social, es la literatura. No tan solo sé de qué viviré. Alcanzaré a tocar de nuevo la pureza del artista verdadero, que evita el contacto con los otros, que se escucha y se comprende a sí mismo» siendo a su vez consciente de que el mercado literario rumano es limitado, conocido y ya explotado, así que marca claramente sus «dos objetivos con prioridad absoluta: 1. Escribir. 2. Publicar fuera. En el mundo literario de aquí ya no queda mucho por hacer».

Por todo ello, y a lo largo de sus casi quinientas páginas en letra pequeña, su lectura nos confirma que los dietarios de Cărtărescu son una lectura imprescindible para los amantes de la obra del autor rumano, pues en ellos uno se adentra en sus pensamientos más personales centrados a menudo sobre su creación (que comenta a medida que la va escribiendo compartiendo sus impresiones “en tiempo real”), pero especialmente para conocer lo que pasa por la mente de este genio, sus inquietudes, sus dudas como escritor y sobre su resultado, su gran ambición y la necesidad imperiosa de construir una obra inmensa, amplia y ambiciosa, que tropieza una y otra vez con una autoexigencia mayúscula que le impide avanzar, forzándole una y otra vez a demostrarse a sí mismo que es capaz de plasmar lo que su cerebro ve e imagina. Su colosal talento exuda en esta obra en la que se entrevé una personalidad crítica y autoexigente, pero de una capacidad literaria inusual y prodigiosa a la vez que compleja y de la que el autor es plenamente consciente cuando afirma, en pleno proceso de escritura de «Cegador» que «no hace ni tres años que estoy escribiendo esta locura y todavía no sé si es esquizofrenia hebefrenética, parafrenia o búsqueda de la belleza en la escritura», reconociendo a su vez que duda que alguien lea más allá del tercer volumen, por su complejidad y fragmentarismo o cuando, teniendo en la cabeza la idea de escribir un libro sobre Theodor desde los años noventa, tal es su obsesión y su ambición que le lleva treinta años ponerse a ello pero no cede en el empeño hasta publicarlo.

Ya para terminar, y tal y como afirma el autor: «no podemos descifrarnos a nosotros mismos, igual que un jeroglífico no puede leerse a sí mismo. Estamos hechos para ser leídos por alguien otro». Y justo ahí es donde entramos nosotros al tener en manos esta pequeña joya: la abertura a una de las mentes más prodigiosas del mundo literario a través de sus propias palabras y pensamientos. Una lectura que, no sé si conseguirá que descifremos su enigmática mente, pero sí que nos acercará como lectores a un ser que, como gran parte de su obra, parece de otro mundo.

Otras obras de Cărtărescu en ULAD AQUÍ

lunes, 15 de septiembre de 2025

Mircea Cărtărescu: Theodoros

Idioma original: rumano

Título original: Theodoros

Traducción: Marian Ochoa de Eribe

Año de publicación: 2024

Valoración: Recomendable


No se puede negar que Mircea Cărtărescu tiene muy buen cartel en este blog, bastantes libros reseñados, valoraciones casi siempre muy positivas y hasta creo que apostamos en una ocasión por darle nuestro Nobel particular. Mi conocimiento de su obra se reduce a algunos relatos breves, así que no tengo una base precisamente sólida, y las opiniones que busco en torno a este libro, como siempre una vez terminado, tampoco aportan mucho más que los parabienes habituales. Encima, es un librote de presencia algo intimidante, como algo llamado a ser la gran obra del autor rumano, quizá lo que le lleve definitivamente a la fama y a ese Nobel de verdad para el que siempre parece estar nominado. Así que, como me siento con poco apoyo exterior, no me queda otra que tirar de mi propia experiencia como lector de Theodoros.

Ciertamente estamos ante una gran historia, algo que linda con la epopeya dándole una vuelta al concepto de novela histórica, porque en efecto existió un emperador de Etiopía llamado Theodoros o Tewodros II, que llegó al poder, como casi todos, tras liquidar enemigos rebeldes por aquí y por allá. El trono etíope estaba también emparentado, o quería estarlo (también como casi todos), con líneas dinásticas que supuestamente se remontaban hasta el rey Salomón, nada menos, y mantenía, o lo aparentaba, cierta conexión con la religión dominante en la región (otro ídem), en este caso la Iglesia ortodoxa tewahedo. 

Según explica Cărtărescu en una nota final, todo este relato histórico le atraía con fuerza, y siempre deseó escribir algo en torno a él, seguramente azuzado porque en algún momento a alguien se le ocurrió que el citado emperador podría ser un antiguo bandido valaco (rumano) con ambiciones de poder. Dicho y hecho, Cărtărescu se pone a elucubrar cómo ese posible compatriota, una especie de delincuente juvenil, después pirata, pudo llegar al trono de un país lejano.

Ahí cabe casi de todo. Se mezclan datos históricos con otros muchos ficticios, episodios propios de la novela de aventuras o el relato bélico, sueños y visiones surgidas del inconsciente o del consumo de sustancias, incursiones en los libros sagrados y en las tradiciones rumanas y griegas, intercambios de personalidad y, sobre todo, mucha sangre, violencia gratuita, empalamientos, cabezas que ruedan y extremidades cercenadas. Escenas bestiales que contrastan con las amorosas y tranquilizadoras cartas que Theodoros dirige a su madre, y con imágenes de enorme belleza como las miles de cometas sobrevolando la triste Bucarest, un collar extraído del tiempo, o la historia de Ingannamorte, el origen de todos los libros, el relato de un primer amor, o la muy borgiana visión infinita del Arca de la Alianza y sus réplicas.

Todo lo cual dice mucho de la calidad literaria que destila el autor, aunque en tantas páginas también hay sitio para cosas mucho menos atrayentes: el abuso de la enumeración, las repeticiones injustificadas y muy numerosas, la inserción de algunos relatos colaterales a veces gratuitos, a veces teñidos de un erotismo un poco pastelón, y una especie de fijación algo pueril por los órganos sexuales. A lo que habría que sumar un par de decisiones algo arriesgadas, como el uso de la prosa en segunda persona, algo que personalmente no me agrada casi nunca, y sobre todo, esa especie de deconstrucción de la historia que da lugar a que conozcamos su final prácticamente en la primera página y que el libro se construya a base de saltos temporales continuos. Sí, se consigue envolver al lector en una atmósfera confusa y algo inquietante, pero a cambio supone un obstáculo poco justificado para una lectura tan extensa y con tantos meandros.

Da quizá la impresión de apresuramiento, o de que el autor ha querido meter en un solo volumen lo que hubiera lucido mejor en relatos independientes, ámbito en el que por cierto Cărtărescu brilla especialmente. O puede que todo estuviese enfocado a evitar que el libro acabase siendo un mero culebrón o, peor aún, un tocho de ese tipo híbrido entre novela histórica y de intriga, que ustedes y yo sabemos de lo que estamos hablando.

Que no se le puede negar el aire grandioso ni un buen número de momentos deslumbrantes. Pero el conjunto me parece excesivamente irregular, como de algo a lo que le faltase una revisión profunda, pulir, recortar, encontrar equilibrios, reformular. Quién seré yo para enmendarle la plana a Cărtărescu, desde luego, pero personalmente Theodoros me ha dejado un poco a medias.

Bastantes obras de Mircea Cărtărescu reseñadas en ULADaquí


martes, 11 de marzo de 2025

VV.AA.: El coleccionista de las últimas palabras

Idioma original: Rumano
Traducción: Rafael Pisot
Año de publicación del volumen (originalmente en Italia): 2008
Valoración: Recomendable

El coleccionista de las últimas palabras agrupa once relatos de tres escritores rumanos contemporáneos celebrados tanto en su país como en el extranjero. La antología, pues, resulta una buena puerta de acceso a la narrativa breve que se hace en Rumanía actualmente. También funciona por sí misma, pues la calidad intrínseca de las piezas que componen este volumen es notable.

Los cuatro relatos inaugurales pertenecen a Lucian Dan Teodorivici:

  • De "Para las manchas difíciles" y "Un hombre corriente" destacaría sus trasfondos emocionales. Me ha gustado cómo, pese a la sencillez de sus planteamientos, el autor se guarda un par de giros argumentales y permite al lector sacar sus propias conclusiones sobre ciertos acontecimientos. 
  • De "Moisés, el mendigo" y "Circle" he apreciado su sentido del humor, pero sobre todo resaltaría el retrato psicológico que hacen de sus tragicómicos protagonistas. Y es que el primero de los dos cuestiona obsesivamente su piedad, encadena pensamientos sobre la culpa, el pecado y la fe, y entabla un diálogo interior con Dios repleto de congoja y contradicciones. Por otra parte, el segundo, hastiado con su matrimonio, su mujer y su hijo, desciende a la locura después de que varias personas le ofrezcan un chicle, pues se imagina que su aliento huele mal.

Seguimos con cuatro relatos de Dan Lungu:

  • En "El domingo del señor Chichifoi", la metáfora de los conejos ayuda a articular la idea de que el protagonista es una especie de Dios todavía ahora que está jubilado, como ya lo fuera, en cierta manera, cuando era portero en un bloque de pisos para solteros.
  • "Cinco, cinco y media" impacta por su forma de narrar cómo un amor platónico lleva a su protagonista a acosar a su amada, sabotear su carrera académica, distanciarse de su padre y falsificar documentos. Algunos de sus pasajes me han parecido magistrales, como por ejemplo este: «¡Tampoco ella sabe cuánto la amé! Ni mi madre, ni mi padre, ni Ciolovecu entero; y es posible que ni siquiera yo mismo sepa todo. El pobre papá no ha sabido nunca nada sobre mí. Quiso de corazón que yo me hiciera médico, que volviera al pueblo y cuidara hasta la vejez de sus varices y sus riñones (...). Fui (...) la decepeción de su vida. (...) Toda la vida me ayudó y yo, en cambio, toda la vida le mentí, quizá porque siempre sentí que no quería ayudarme a mí, sino a su propia vejez; que no era a mí a quien quería, sino que temía a sus enfermedades. Dios lo tenga en su gloria, porque fue un padre como los otros quince millones de padres en Rumanía.» (79)
  • "Colecta de gargajos" muestra el durísimo proceso de maduración de un muchacho con una contundencia envidiable.
  • Aunque por momentos cuesta entender lo que tan sutilmente se nos está narrando en "Jugando a la oscuridad", merece la pena zambullirse en el microcosmos oblicuo y enigmático de una niña, porque nuestros esfuerzos interpretativos serán generosamente correspondidos.

Cierran la antología tres relatos de Florin Lăzărescu:
 
  • "El mono" y "La lámpara con sombrero" saben plasmar la voz infantil y tienen diálogos chispeantes. Cuentan historias muy humanas con gran ternura y delicadeza, y aunque ponen el foco en las relaciones familiares, abordan también otros muchos temas complementarios.
  • "El tío Mihai y Dios, el camarada" es el relato del conjunto que alude de forma más directa al comunismo (tema, al igual que la religión cristiana, menor pero recurrente en este volumen), al rol que el individuo juega en él y al papel del Estado al invertir en proyectos sociales.

Como he dicho antes, recomiendo El coleccionista de las últimas palabras para catar la literatura breve rumana contemporánea, pues nos permite iniciarnos con tres de sus más reivindicados cultivadores. 

Pero también insisto en que el volumen funciona por sí solo en tanto que compendio de relatos de una calidad nada desdeñable. Relatos todos ellos que tienen un registro eminentemente costumbrista (aunque un par se inclinen en su clímax hacia una deriva mística) y hablan de gente sencilla (tirando en muchos casos a marginal).

A título personal prefiero los relatos de Dan Lungu (sobre todo "Cinco, cinco y media", "Colecta de gargajos" y "Jugando a la oscuridad", cuya crudeza, sordidez y oscuridad encajan perfectamente con mi mi visión del mundo y mi gusto estético). Sin embargo, resulta innegable que tanto los de Lucian Dan Teodorivici como los de Florin Lăzărescu son igualmente competentes en lo estilísitco y sugerentes en lo temático.

sábado, 26 de agosto de 2023

Ion Minulescu: La casa de las ventanas de color naranja

Idioma original: Rumano
Traducción: Joaquín Garrigós
Año de publicación del volumen: 2022
Valoración: Recomendable

La casa de las ventanas de color naranja compila siete de los mejores relatos fantásticos del rumano Ion Minulescu, originalmente publicados entre 1908 y 1930. 

Aunque todos me han parecido sumamente eficaces, hay algunos, como "La corbata blanca" o "El hombre del corazón de oro", bastante formulaicos. El primero es un cuento de fantasmas canónico; el segundo, una historia tan conmovedora como previsible sobre un condenado a la inmortalidad.

Más originales y heterodoxas son, a mi juicio, la ficción que da nombre a la recopilación, "En el jardín de mi amigo", "La confesión de un desarraigado" o "De charla con el Maligno".

"La casa de las ventanas de color naranja" va de un presunto inglés que se muda a un barrio rumano. Me han encantado su toque gótico, los temas barajados (el miedo al cambio, la desconfianza a lo extranjero, las jerarquías vecinales...) y la lograda imagen de esas «hojas rojizas que se incrustaban en la tierra plateada como manchas de sangre coagulada...» (16)

"En el jardín de mi amigo" trata sobre un hombre que conoce a otro sumamente excéntrico. No desvelaré el final, pero sabed que me ha maravillado, al igual que los diálogos que mantienen los personajes o ciertas reflexiones en torno a la relación entre rareza y locura.

"La confesión de un desarraigado" reúne a dos viejos amigos cuyos caminos se bifurcaron en la infancia. Uno de ellos manifiesta que desearía suicidarse, y la atmósfera y tensión que ello provoca se espesa paulatinamente.

"De charla con el Maligno" sigue a un par de escritores y sus charlas con un misterioso contrabandista. Subvierte magistralmente ese subgénero costituido por apariciones y pactos con figuras mefistofélicas; a eso hay que añadir que su ambientación histórica, la antesala de la Primera Guerra Mundial, se exprime al máximo.

Por otra parte, también quiero reivindicar "Máscaras de bronce y farolillos de porcelana", un interesante aunque irregular retrato psicológico abordado desde el manuscrito encontrado. Presenta a un protagonista cuya caracterización es magnética, amén de pasajes introspectivos geniales. Como muestra de esto último, dejad que os copie un párrafo: «El cementerio parecía en verdad triste. Es cierto que no lo había visto nunca antes, pero en aquella ocasión me parecía más triste que de costumbre. El alma de la tarde (...) penetraba en lo más hondo de mi fatigado cuerpo como algo extraño, suave y perezoso, como la poesía de la tristeza sin motivo o como el estribillo lejano de una felicidad olvidada ante la cual el recuerdo aún se inclina, de vez en cuando, con la reverencia de un cortesano desprovisto de amor propio. Por un momento, olvidé incluso dónde me hallaba y me fui con el pensamiento lejos, muy lejos, hasta el profundo Oriente, a esos maravillosos países de los cuentos y sueños azules, a esos países embalsamados con el perfume de las flores y plantas aromáticas, a esos países que son los primeros en ver salir el sol...» (61)

A la mentada originalidad y heterodoxia de estos relatos hay que sumar dos virtudes adicionales. Primero, la erudición que desprenden, reflejada en su gusto por el simbolismo, en declamaciones de versos, en citaciones de Baudelaire, Mirbeau y otros decadentes franceses, o en la admiración de Minulescu por Gaspar de la Nuit

Segundo, la incuestionable sensibilidad de la pluma del autor, cuyas descripciones exhiben una plasticidad extraordinaria. Como muestra, un botón: «La neblina borrosa de la madrugada tiembla como una gota de leche que cae a un vaso de agua. En lontananza, las luces de los otros barcos anclados en la rada se apagan una tras otra. Comienza a distinguirse el color del mar y los rumores confusos de quienes se despiertan bullen como oraciones mañaneras en el oído de los que no se han acostado todavía.» (107)

Resumiendo: La casa de las ventanas de color naranja es una antología muy recomendable, especialmente para los amantes de la literatura fantástica. Además, sirve como puerta de acceso a la fascinante narrativa de Minulescu. Así que, si os llama la atención, haceos con ella; y no hagáis caso al autor cuando sugiere que para que os guste debéis leerla de noche, porque estas historias maravillan o estremecen, según se tercie, incluso a plena luz del día.

viernes, 30 de abril de 2021

Tatiana Țîbuleac: El jardín de vidrio

Idioma original: rumano
Título original: Grădina de sticlă
Traducción: Marian Ochoa de Eribe
Año de publicación: 2019
Valoración: recomendable

Hay libros que despiertan interés ya antes de que sean publicados y es indudable que, tras el estelar debut de Tatiana Țîbuleac en «El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes», uno estaba pendiente de su próxima publicación. Y me ha encantado encontrar en ella el estilo atrevido, punzante y poético de la autora rumana. Pero también he encontrado esta vez ciertas carencias y algunas notables diferencias entre ambos libros, especialmente en lo tocante a su estructura. Vayamos a ello.

El libro empieza de manera directa, con esa prosa poética, dura y contundente que nos deslumbró a muchos en la primera novela traducido de la autora moldava. Es fácil reconocer su estilo justo al leer la primera frase: «Nazco de noche, tengo siete años. Me llevaría en brazos, dice, pero tiene las manos ocupadas». Porque así empieza el libro, así describe Țîbuleac con perfecta precisión y desconsuelo como la huérfana Lastochka, protagonista de la historia, es recogida por la anciana Tamara Pavlovna de un orfanato en ese nuevo renacer, en esa puerta que se abre lejos del mundo sórdido y frío que conocía hasta la fecha. Pero hablamos de Țîbuleac, y la alegría de sus personajes es corta y efímera, porque quien la acoge en su regazo es esa anciana poco dada a cariños y afectos, alguien de quien afirma, cuando está enojada, que «sus ojos se entornaron, la boca se le achicó, y así, plegada sobre sí misma, parecía una habitación en la que se hubiera apagado la luz». Esa ausencia de luz, esa frialdad emocional, tan característica del estilo de la escritora, es constante a lo largo de la narración y es duro, pero a su vez es lo que buscamos en su obra. Porque es palpable ya desde un inicio la prosa poética y bella de Țîbuleac, es perfectamente reconocible su tacto en describir situaciones duras y tristes.

Con este inicio entramos en el mundo de Tamara, una mujer que se gana la vida, o la sobrelleva, recogiendo botellas de vidrio y vendiéndolas, a la vez que intenta instruir a Lastochka en el oficio, con su rigidez constante en trato y exigencias, porque Lastochka sufre la presión de comportarse de manera educada, de formarse, de ser culta porque, tal y como le inculca Tamara, «aprende ruso, sin él no tienes nada que hacer». Esa es su salida, su futuro, su porvenir. Porque el que no tiene nada ni modo de conseguirlo, solo puede conseguirlo a través de los otros, si logra que los otros se lo ofrezcan por lo que es, o por lo que aparenta. Esa exigencia envuelta de temor se mezcla con el agradecimiento, con cierta veneración inicial hacia Tamara a pesar de su dureza, porque «me habría aferrado a una cuchilla si me hubiera acariciado y me hubiera arrojado pan», porque era alguien que le permitía caramelos, pero «me dejaba coger dos, no uno como al resto de los niños, porque era huérfana y tenía en la boca un gusto mucho más amargo». Así, en esta dualidad emocional y afectiva se desarrolla la vida de Lastochka y se dirige en su narración en primera persona al lector que, en su deseo más íntimo, espera que sean sus padres, confesándonos la incomprensión ante su decisión abandonarla, cuestionándose desconsoladamente «¿En qué lengua debo buscaros? ¿En qué lengua debo perdonaros? ¿Por qué nadie dijo que era mejor que siguierais muertos? Muertos me habríais querido más. Muertos os habría querido más». Así, Lastochka nos confiesa la frustración y el odio que siente ante su pasado, basado en mentiras y falsedades, constatando que no fue sacada del orfanato para tener una mejor vida, sino «que me habían comprado», llegando a afirmar que «a veces pienso que, si os odio un centímetro más, mi odio formará un círculo completo y llegará el amor. Ese centímetro es lo que más miedo me da, por ese motivo lo aplazo todo». Porque si bien el odio y el asco es conocido, no lo es el amor, y ese desconocimiento es el peor de todos los miedos y temores.

De esta manera, Țîbuleac nos sitúa en un mundo poblado de la nada, de miserias y pocas alegrías que, como tesoros escondidos, se encontraban detrás de lo más nimio e impensable. Rodeada de niños en su misma condición, el día a día conforma su mundo de extrema austeridad, de trabajo físico interminable con el sustento como única paga. Y donde no llega más tampoco lo hace el cariño ni la ternura, no hay tiempo ni tampoco aptitudes para ello, porque «nosotros éramos botelleras. Nuestro trabajo consistía en reunir botellas y pagarlas al contado» en un mundo oscuro y sórdido en el que «belleza y luz veía raras veces. Respiraba todo el día alcohol, escuchaba juramentos y contaba monedas» y la constatación desoladora, con el paso del tiempo, de que «pasaban los meses y comprendía que, de un orfanato pequeño, había acabado en uno grande» en el que «las chicas se habían convertido en mujeres. Les habían crecido los pechos, pero no los corazones». 

Estructuralmente, la historia rompe de manera continua la narración en orden cronológico y es un constante salto temporal entre presente (con Lastochka ya mayor) y sus recuerdos del pasado, retazos de una vida que nos ofrece a modo de pinceladas con una estructura terriblemente fragmentada, con capítulos que la mayoría de las veces son una simple página o un par. Este hecho causa que el argumento sea difícil de seguir, con saltos constantes en el tiempo y sin referencias al mismo. Así, uno va recomponiendo la historia sin saber a ciencia cierta el orden en el que suceden los hechos, en ocasiones explicados como meros apuntes con hechos particulares que dan una visión de un mundo triste, aterrador, angustioso, penoso, pero sin saber poco de su evolución. Vemos el dolor y la angustia, pero no vemos de manera clara el camino seguido, aunque sí sus cicatrices y escollos, es ahí radica la magia del estilo de Țîbuleac, en el envoltorio que, brillante y atractivo, se va convirtiendo en arrugado, gastado, deshecho a medida que te acercas a él para encontrar, dentro de él, el más absoluto vacío.

Más allá del retrato emocional de su protagonista, Țîbuleac sitúa la historia en la República Socialista Soviética de Moldavia y, con ello, trata otros aspectos que inciden en la vida de la protagonista y conforman su evolución marcada por el conflicto ruso/moldavo, y la decisión de ir a la escuela moldava, para instruirse así en su lengua, a pesar de su irrelevancia, a pesar de que «lo más bonito en mi cabeza estaba en ruso. El ruso lo escuchaba en la televisión y en la radio. En las calles y en el patio». La lengua de imposición, que la lleva a creer que «pensaba que las palabras se inventaron en ruso y, solo más adelante, desde ahí pasaron a otras lenguas», constatando que la cultura imperante borra y erosiona todo lo que no es ruso; pero ella mantiene su lengua, a pesar de todo, porque es como ella siente; una lengua que en su fuero interno cree tan empobrecida que, al ver por primera vez un libro escrito en rumano la lleva a cuestionarse que «¿Cómo podía una lengua, que era la nuestra, estar escrita con otras letras? Y, sobre todo, ¿para qué?».  

La autora deja constancia también, de manera clara y evidente, de la necesidad de la sororidad en tiempos de dificultades, el soporte encontrado en sus amigas, compañeras, porque quizás es lo único a lo que aferrarse para sobrevivir en un mundo arduo, ingrato y detestable, porque «quería estar con Maricica, con Olia. Quería que vinierais a llevarme al fin del mundo». Unas amigas con similares futuros, a menudo atados a las voluntades de sus maridos, pero también a las luchas contra esos valores tan arraigados por una tradición que no tiene en cuenta sus voluntades y deseos. Querían sentirse vivas porque «sabíamos que éramos mujeres, tal y como lo entendíamos nosotras y como era en aquellos tiempos. Queríamos grandes preocupaciones y dolor de verdad. Que nos sucediera, que nos perturbara algo».

Lamentablemente, el libro va claramente de más a menos, pues partiendo de un tono y una prosa impactante y terriblemente reconocible, a medida que se avanza en la lectura, se va diluyendo el impacto, con menos frases que marcan al lector que, a su vez, va perdiendo el hilo en una narración con esos saltos continuos y fragmentos desubicados hasta el punto en que, superada la mitad, el libro entra en una cierta monotonía, sin un horizonte claro hacia el que un lector pueda vislumbrar claramente la trama de un relato en exceso fragmentado, repleto de breves anécdotas pero poco elementos decisivos; como las propias botellas que recuperan de entre los escombros, las piezas encajan pero es difícil su reconstrucción a partir de los añicos que nos dejan esas perlas escondidas entre un mar de soledad y miserias. Afortunadamente, en su tramo final recupera el tono del inicio y recobramos, parcialmente, la sensación que teníamos en un inicio.

De esta manera, la lectura del libro me deja el libro sensaciones encontradas, pues a pesar de su excesiva fragmentación y una bache hacia la mitad de la lectura en cuento a argumento e incluso impacto emocional donde uno cae en cierta apatía, hay pasajes donde Țîbuleac brilla con esa luz que la hace especial, como cuando la protagonista, dirigiéndose a sus desconocidos padres, confiesa que hubiera querido «preguntaros, por fin, por qué me visteis como una carga si habría cabido en una de vuestras manos». Es en esas frases donde lo hermoso y lo desgarrador se dan la mano, donde la belleza del estilo de la autora se funde y se empapa en la tristeza más absoluta; es en esos pasajes cuando nos conmueve y nos afecta del modo que solo un buen texto puede hacerlo. Porque es, en esos momentos, donde nos reencontramos con la belleza de la literatura.

También de Tatiana Țîbuleac en ULAD: El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes

jueves, 2 de abril de 2020

Mircea Cărtărescu: El cuerpo. Cegador, II

Idioma original: Rumano
Título original: Orbitor, Corpul
Año de publicación: 2002
Traducción: Marian Ochoa de Eribe
Valoración: Muy recomendable

Decíamos en la reseña de El ala izquierda, primera parte de la trilogía Cegador, que “el pasado lo es todo, el futuro no es nada". No existe otro sentido del tiempo”. Tiempo, memoria, recuerdos y sueños son también el centro de El cuerpo, ligados (cómo no!) al cambio, ya sea individual o colectivo, y representados por la omnipresente mariposa, clara metáfora del mismo.

Tiempo, memoria, recuerdos y sueños que nos unen a otros seres (conocidos o desconocidos), a otros lugares (Nueva Orleans, Amsterdam, Tántava…), a otros tiempos (cien años atrás, quince años atrás, ayer, hoy…) y que forman, de manera a veces incomprensible para nuestro entendimiento, las sucesivas capas de nácar que nos componen a través de sueños ya soñados, de vidas ya vividas.

Así como en El ala izquierda el viaje nos trasladaba (en términos generales, eso sí) a la prehistoria de Mircea, autor de este libro ilegible (o, en palabras del narrador, un embrión engendrado en el útero triste de mi cráneo y de mi habitación y de mi mundo), y se centraba en la figura materna, en Cegador el viaje nos traslada principalmente a la infancia de Mircisor, a finales de la década de los 50 y principios de los 60 (aunque también con un pie en los años 80) en Bucarest, la ciudad más triste del mundo.

Pese a que en la primera de las tres partes de este El cuerpo reconocemos a Vasile Badislav, protagonista de la semibíblica huida de El ala izquierda o a Maria, también miembro de la tribu “primigenia” y protagonista de una bella y feérica historia, el núcleo central de El cuerpo reside en un Bucarest gris, absurdo y brutal, que es al mismo tiempo la puerta hacia otros posibles mundos, reales o imaginarios. Jugaremos aquí con la imagen de las alfombras tejidas por Maria, madre de Mircea, cuya capacidad de penetración le llevarán a un incidente descabellado con la Securitate. Y es que El cuerpo es una de esas alfombras capaces de contener todos los mundos y todos los cuentos y de ser para quien las teje una vía de escape de una realidad gris y deprimente. Encontramos en el una serie de historias, costumbristas y/o oníricas, y de personajes unidos por hilos tan tenues como los de las telarañas que pueblan las páginas del libro. Historias a medio camino entre lo costumbrista y lo onírico como la del fascinante e incongruente Herman, vecino vagabundo y clarividente de Mircea, o la de la artista de circo rusa llamada Katarina; historias puramente oníricas como la de Soile, niña delicada y carente de voluntad que nació con una tarántula por corazón, o la del también circense Vanaprashta Sannyasa; historias costumbristas, y por ello a medio camino entre el absurdo, la tristeza y el deslumbramiento / descubrimiento, como la de la Maria tejedora de alfombras, la del Mircisor pionero o la del securista Stanila.

Se cierra El Cuerpo con la que será una historia clave para la comprensión de El ala izquierda y El cuerpo (y supongo que para El ala derecha), una historia en la que vuelven a unirse lo costumbrista y lo onírico (con mayor peso de esto último). No doy más pistas.

Dicho todo esto, creo que quien no consiguiera entrar en su momento por el aro de Solenoide o de El ala izquierda tampoco lo hará con El cuerpo. Se trata de un libro con muchísimos elementos comunes a los dos anteriores, con buena parte de sus virtudes y con alguno de sus posibles “defectos” acentuados.

En cuanto a las virtudes, destacaría por encima de todos las siguientes:
  • El ritmo. Pese a la densidad de la escritura de Cartarescu, la narración fluye a un ritmo vertiginoso. Creo que Cartarescu es un magnífico contador de historias. Pero el mérito también ha de recaer, al menos en parte, en Marian Ochoa de Eribe, traductora habitual del bucarestino .
  • La parte “costumbrista”, historias magníficamente narradas que reflejan de forma al mismo nostálgica y desmitificadora el mundo perdido de la infancia.
  • La parte “filosófica”, esa en la que Cartarescu indaga sobre lo humano y lo divino
Y en cuanto a sus defectos, esta vez me ha dado la impresión de que alguna de las historias puramente oníricas estaban demasiado estiradas, que pecaban en cierto modo de reiterativas y que no aportaban demasiado al conjunto. Quizá esto último sea producto de la situación en la que nos encontramos, que le impide a uno concentrarse como es debido; quizá sea que he cometido la temeridad de releer antes El ala izquierda y casi 1000 páginas de Cartarescu “del tirón” sean “demasiado”. No lo sé, pero quizá no le hubiera sentado mal una pequeña poda a esa parte.

Pese a esto, las virtudes superan con creces a los posibles defectos y El cuerpo no decepcionará a los seguidores de Mircea, quien para mi es el mejor escritor vivo del mundo. He dicho.

domingo, 15 de septiembre de 2019

Tatiana Ţîbuleac: El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes

Idioma original: rumano
Título original: Vara în care mama a avut ochii verzi
Traducción: Marian Ochoa de Eribe
Año de publicación: 2016
Valoración: muy recomendable

La experiencia literaria que, como lectores, vamos adquiriendo a lo largo de nuestra vida nos permite conocer, de manera rápida, cuando el estilo de una autora toca esas fibras sensibles que nos alertan y nos ponen sobre aviso de que hay que considerarla muy en serio. Que la lectura sirve para entretener, también, pero que sirve especialmente para reflexionar, para sentir, para emocionarse y dejarse llevar. Y no cabe duda que Tatiana Țîbuleac lo consigue con esta primera novela. Sobradamente. Porque estamos delante de un auténtico librazo.

Ya de entrada, sorprende la narración en esta obra por su estilo, en el que la autora utiliza un tono directo, crudo, desacomplejado y cruel, con unas primeras frases que hieren al lector en su primer contacto con la novela: «Aquella mañana en la que la odiaba más que nunca, mi madre cumplió treinta y nueve años. Era bajita y gorda, tonta y fea. Era la madre más inútil que haya existido jamás».  Así, directamente, sin preámbulos ni preparación para lo que nos viene, entramos en la historia. Y quien narra es el joven Aleksy, despiadado e inestable, con problemas mentales y de comportamiento, irascible y desalmado, recordándonos un pasado que permanece en su memoria de manera bien presente, con detallado realismo y autenticidad, y nos conduce a recordar su último día de curso, cuando aún era joven y lo esperaba su madre a la salida del centro, una madre con una vida difícil y abandonada por su marido; una madre para quien solo tiene reproches y malas palabras, y una pésima opinión por su aspecto desaliñado: «Mi madre tenía unos ojos verdes tan bonitos que parecía un despropósito malgastarlos en un rostro fermentado como el suyo». No parece haber un solo indicio de amor en esa relación, nada de complicidad; una ausencia absoluta de ternura y sentimiento y cierta dosis de un humor negro, propio de quien no ve futuro y únicamente encuentra consuelo tratando la vida como si todo fuera una broma, la gran broma antes de que todo estalle y se lleve para siempre una vida miserable, vacía y perdida.

A partir de ese comienzo, la autora introduce pinceladas del pasado para ver qué ha llevado a una madre y a su hijo a tener una relación tan deteriorada, tan exenta de afecto, tan desgastada hasta el punto de acercarse a un odio latente en cada uno de sus recuerdos. Y la autora se encarga de reafirmarlo con unos separadores entre capítulos que nos recuerdan que su sentimiento es ese y no otro, que no hay lugar para el cariño, que no hay espacio para una tregua; que no puede ver a su madre de distinta forma, que todo lo que ve en ella le hace aborrecerla, afirmando incluso que «los ojos de mi madre fea eran los restos de una madre ajena muy guapa». Este estilo tan brusco, tan cruel, tan áspero, que nos recuerda, en parte, a Agota Kristof, pues no vemos en él signos de simpatía o amabilidad, únicamente frialdad. Y, a pesar de ello, la oscuridad de la historia queda deslumbrada por la gran exquisitez de su narración, pues todos los detalles están cuidados en una elección precisa de las palabras. Nada impostado en un perfecto encaje entre crueldad y belleza. Porque la hay, de ambas cosas. Y mucha.

La historia que Tatiana Țîbuleac nos narra es la historia de Aleksy y la difícil relación con su madre, una relación maternofilial de odio y menosprecio, pero también es, por encima de todo, la historia de una redención y de nostalgia a un pasado no vivido, aunque sí soñado; nostalgia a una época donde aún quedaba tiempo, nostalgia al afecto no percibido, al amor de una madre que no llegó nunca, por causa de él, o de ella, o del infortunio que trajo una muerte a la familia demasiado pronto. Partiendo de los recuerdos del verano en el que pasó en compañía de su madre en un pueblecito de Francia, la autora va introduciendo la historia sucedida, en breves pinceladas de colores oscuros y algo tenebrosos, pero con una claridad omnipresente. El estilo de Tatiana Țîbuleac destaca por su inmensa intensidad narrativa, dominando el lenguaje y el tempo narrativo a la perfección. Porque las palabras van surgiendo del texto y nos llegan de manera directa, poética y tremendamente visible sin necesidad de forzar el lenguaje ni romper las costuras de un vocabulario escogido con precisión.

Con una prosa estilísticamente envolvente y de poética visualidad, la autora nos va contando lo que sucedió ese verano, y cómo los sentimientos del joven Aleksy y el odio manifiesto hacia su madre tornaron hacia sentimientos más cálidos, más tiernos y sensibles. Porque hay una transformación evidente, porque empezamos a entender lo sucedido, y el lector acompaña a Aleksy en esa mudanza, una mudanza sentimental, en la que el protagonista se desprende de las capas más duras de una personalidad forjada a través de infortunios y un gran desamparo. Y, ese cambio en Aleksy se traslada también al estilo narrativo, y vemos más ternura, más belleza, más luz y cariño. La autora nos acompaña, también estilísticamente, en ese proceso, un proceso de comprensión de lo sucedido que lleva al joven a recomponer la relación con su madre y, a la postre, también a la reconstrucción de la propia vida, que reconduce a pesar de tortuosos caminos, accidentes, desgracias que le llevarán a un presente al que desafía y combate para no repetir errores del pasado.

De esta manera, con delicada belleza e irremediable encanto, somos testigos de una historia de amor entre madre e hijo, a pesar de los malos momentos, a pesar de las tragedias, a pesar de las fatalidades, a pesar del odio latente, a pesar de ella, a pesar de él. Y el relato nos recuerda que, en el fondo y al final de nuestros días, a veces nos tratamos mal aún sin quererlo, sin saber el porqué o, aun sabiéndolo, sin suficiente motivo. Porque a menudo nos damos cuenta tarde, demasiado tarde, que lo que nos separa es mucho menos de los que nos une, y las decisiones tomadas lo son en base a unas circunstancias no siempre existentes de alternativas, que nos arrastran sin remediarlo, sin darnos cuenta, a una espiral de resquemor y recelo, desconfianza e incomprensión. Porque necesitamos buscar culpables ante los infortunios, alguien sobre quién cargar las tintas del desenlace en el que un azar travieso ha decidido escoger para nuestro futuro, alguien a quien responsabilizar de una desdicha demasiado grande para ser sobrevivida sin cicatrices ni muescas emocionales.

La historia que narra Tatiana Țîbuleac es una historia dura, triste, pero también tremendamente bella, que, envuelta de un halo repleto de nostalgia, penetra en nuestros sentimientos a medida que avanzamos en la historia. Porque en la sencillez de su relato y en el hermosísimo estilo de la autora, su belleza disfraza, pero no oculta, una tristeza inmensa que nos devuelve recuerdos de un pasado que pudo haber sido diferente, pero que las vidas de unos personajes carentes de afecto fueron incapaces de domar y evitar de esa manera un descarrilamiento hacia precipicios solitarios y fríos. Como ocurre en ocasiones, solo cuando ya es tarde, cuando el fin de acerca y la noche nos invade, logramos evitar trágicamente caer en la profunda oscuridad de una vida sin amor, sin ilusiones, sin esperanza. Una vida que, tal como afirma la autora en otro excelente fragmento del libro, transcurrió «dejando a su paso un rastro de miguitas de felicidad y llevándose, a cambio, una vida casi sin usar».

Esta es la historia de una larga y sostenida soledad, de una amarga existencia basada en la desconfianza, la tristeza y la cerrazón. Pero es también una historia de amor y redención entre un hijo y una madre, de perdón y aceptación de una vida larga y dura que, aunque a veces odiamos y no comprendemos, es la que el azar o la fortuna nos ha deparado, y a la que hay que verle la parte menos oscura para dejar que la luz de unos ojos verdes, como el color de la esperanza, abra una rendija por donde dejar filtrar la vida deseada.

También de Tatiana Țîbuleac en ULAD: El jardín de vidrio

viernes, 16 de noviembre de 2018

Premiados con el NOVEL de ULAD, primer puesto: Mircea Cartarescu: Nimic

Idioma original: rumano
Idioma de la edición: Edición bilingüe rumano/catalán.
Título original: Nimic. Poeme
Traducción: Xavier Montoliu Pauli
Año de publicación: 2010
Valoración: muy recomendable

En esta recopilación de poesías del autor rumano, ganador del premio Novel de ULAD 2018 según votación de lectores y reseñistas, Cărtărescu destaca por hacer poesía de las pequeñas cosas, buscando el encanto de la cotidianidad, la belleza en esos pequeños detalles que abundan en la vida de cada uno, si se tienen los ojos preparados y receptivos para verlos. De igual manera que Williams Carlos Williams (por poner un ejemplo conocido, más aun después de la película Paterson), el autor rumano se centra en lo particular, en lo aparentemente común, para destacarlo y darle su justo valor, siempre bajo su mirada, interpretando y observando la vida bajo el prisma de su experiencia, sus miedos y sus deseos, realzando la realidad cotidiana con un estilo accesible para todos los lectores, aunque sin apartarse ni un milímetro de la alta calidad propia del autor.

Así, con esta intención, la poesía de Cărtărescu no está adornada en exceso de florituras, incluso diría que, a pesar de ser poesía, su estilo es incluso más accesible que su prosa, menos arriesgada, más sencilla en apariencia; tal es así, que encontramos a menudo referencias a marcas de ropa, de coches, o incluso centra un poema en torno a un amor imposible hacia Natalie Wood; también aparecen frecuentes referencias a la música, muy presente en la obra cuando menciona a The Beatles o a The Dire Straits, incluyendo en partes de sus poemas fragmentos de canciones, nutriéndolos de sus letras directamente en inglés. Así, acercando la poesía también al lector no acostumbrado a este estilo literario, el autor sabe crear el ambiente para sorprender con su poesía libre, trazando un esbozo de realidades escondidas tras los hábitos de la cotidianidad. Por eso su poesía es bella, pues no requiere de un esfuerzo para entenderla; en ella nos podemos sentir identificados y nos llega de manera natural, casi sin pretenderlo.

Además de lo expuesto, y ya entrando en profundidad y si se conoce la obra del autor, este libro se disfruta también a otro nivel, pues además de la belleza de sus poemas, uno goza enormemente viendo en él los rasgos del Cărtărescu que vendría después, pues ya asoman en sus poemas las tendencias hacia lo onírico y su interés por la anatomía, aspectos muy propios del autor. Así, vemos esos rasgos en algunos versos de sus poemas al decir «sol de invierno, aire limpio, nubes sin sistema nervioso» (siempre esas notas de anatomía, como canal a través del cual penetrar en los sentidos, como un camino que nos conduce a nuestro interior), en un fragmento que podemos encontrar en el poema «Sol de invierno». También aparecen los habituales insectos, como cuando dice «bajo el radiador, un gran escarabajo negro mueve la pata y una antena, como yace de espaldas, medio liquidado» (en «Me parece que vivo la vida») o también en «todo es romper el capullo, convirtiéndose en mariposa» en «Hacia el Mihai Viteazul», en una cita a Thomas Mann.

Viniendo del autor rumano, y como no puede ser de otro modo en él, las poesías giran, a menudo, en torno al amor y al desamor, y el autor nos las narra desde esos pequeños espacios en los que vive, y a los que nos tiene acostumbrados tras la lectura de Solenoide o Cegador. La tristeza que destila el estilo de Cărtărescu asoma en sus poemas, afirmando «Triste (porque ya no creo más en el amor, en la poesía…)» en «Hacia el Mihai Viteazul» o cuando afirma «enloquezco de tristeza, no hay nadie en mi vida» en «Hojas verdes, luces de tránsito»; y la habitual soledad que transmite la literatura del autor, al escribir «tanta soledad feliz me has dado, Dios mío», en el poema «Cuando nieva, cuando nieva y nieva...»), esa soledad que transmite encerrado en su diminuto hogar y, siempre, dirigiendo su poética mirada hacia las ventanas de su piso, esas ventanas a un mundo del que intenta atisbar su significado, buscando una salida, afirmando que «por la ventana veo otros bloques encogidos y mojados» (en «Estoy tan triste») o también «En la cortina de la ventana un rectángulo dorado — nada más que el sol al crepúsculo. Miro hacia fuera: el sol quema por encima de unos bloques…» (en «Impresión») o «he pegado la frente al cristal, como en la adolescencia, he mirado todo lo que podía ver desde aquí» (en «De repente el otoño»).

Así, desde esas ventanas, con sus vistas a Bucarest, entre la nostalgia y la esperanza, y cierta añoranza a una ciudad que le antoja triste, decadente, abatida, afirmando que «estoy desproveído del amor, de enamoramiento en las espléndida suciedad de la ciudad» (en «Tristeza idimenticable»), pero nunca olvidando su amada Bucarest, siempre presente en su obra, en una clara declaración de nostalgia al mencionar «agosto sobre Bucarest como la mantequilla sobre el pan, como el hombre encima de la mujer», en «Tristeza idimenticable».

En resumidas cuentas, un libro más que recomendable para los numerosos seguidores del autor rumano, pues en él verán muchos rasgos característicos de la obra del autor que potenciaría y sobre los que profundizaría en sus novelas posteriores; no en vano, fue después de los poemas incluidos en esta recopilación que el autor se volcaría definitivamente a la novela y a la prosa, con la publicación de Nostalgia en 1993, manteniendo en sus relatos prosísticos el tono poético que siempre le ha acompañado. Pero no se trata únicamente de un libro para los numerosos fans de Cărtărescu, sino también para aquellos que desconozcan la obra del autor, pues el libro también es recomendable por la calidad propia de su literatura, por la búsqueda y exploración de la proximidad de lo narrado, por la cercanía emocional que despiertan sus versos, y por la profundidad escondida bajo un manto de aparente sencillez. Un acierto de la pequeña editorial Lleonard Muntaner Editor que espero que tenga traducción al castellano algún día, pues los fans de Cărtărescu, y la literatura en general, se lo merecen.

También de Mircea Cărtărescu en ULADEl ojo castaño de nuestro amorSolenoideEl LevanteLas bellas extranjeras¿Por qué nos gustan las mujeres?LuluNostalgiaEl ruletista, El ala izquierda. Cegador I

jueves, 11 de octubre de 2018

Ioan T. Morar: Negro y rojo

Idioma original: rumano
Título original: Negru și Roșu
Año de publicación: 2013
Traducción: Joaquín Garrigós
Valoración: recomendable

A riesgo de que la literatura sobre la Segunda Guerra Mundial se considere a todos los efectos como un tema oficialmente agotado, he de decir que Negro y rojo me parece un libro relativamente original en su planteamiento sobre el tema. Entendámonos: no se trata de nada aparatoso,  no hay cambios de perspectiva ni experimentos proclives a herir susceptibilidades, pero sí hay un elemento que (y esto no tiene ningún deje recriminatorio) no siempre ha disfrutado del plano que merece, que es que el holocausto tuvo también a la etnia gitana como objetivo cruel e implacable, que su planificación y ejecución no contó con la repercusión merecida, y que sus circunstancias tienen entidad por sí mismas y no deberían considerarse únicamente como un “apéndice” o un “complemento” que añade cifras espeluznantes a otras que ya lo son.  
Negro y rojo novela la vida de un militar, Georgian Nicolau, que llega a cambiar su nombre para borrar su rastro de raza gitana. Lo hace porque el color de su piel y de sus ojos ayudan a que su raza no se manifieste y lo hace porque manifestar la verdad planteará un obstáculo insalvable al desarrollo de su carrera militar. Esa decisión pasará de ser un acto estímulo de cierta ambición a un acto producto del instinto de supervivencia, pero Georgian no solo efectúa un giro en ese sentido. Como si se tratara de un progresivo desencanto, Georgian lo pondrá todo en duda y esa duda se consolidarà de forma implacable. La primera y la tercera parte de la novela se llaman igual: La traición. Georgian se dará cuenta de que una cosa es pretender progresar en la sociedad y otra muy diferente, camino que  no tomarà, que ese progreso pase por encima de la desgracia y los cadáveres de sus semejantes más cercanos.
Telón de fondo, el obvio. La colaboración del gobierno rumano con los nazis, la masacre de Odessa, la deportación a Transnistria, todos los hechos reales los sitúa perfectamente el autor y coloca ahí a Nicolau, en esa difícil situación, nudo de la novela, de ser un represor y un cómplice en la represión y el exterminio de sus semejantes. Situación que derivará, cuestión muy visible desde las primeras páginas, en un conflicto moral que Nicolau habrá de resolver, rodeado de amigos que son enemigos y entorno que puede acabar siendo delator.
Puede que esta novela acuse cierto tono folletinesco y que ese personaje de ética y rectitud puesta en tela de juicio por propia voluntad resulte excesivamente estereotipado en ese equívoco saco del servidor incondicional a la sociedad y a la autoridad, hasta que se da cuenta que ésta se ha carcomido y ha dado la espalda a la justicia y a la propia condición humana. En este sentido, Negro y rojo puede resultar excesivamente tópica. Pero a veces el contenido de las  novelas ha de prevalecer. Más repercusión y más sensación de deja vu tuvo “La luz que no puedes  ver” y Morar no ha tenido ni el Booker ni la promoción propia: al contrario, esta novela es traducida (con cierto aire algo anacrónico) y publicada por una pequeña editorial lejos del ruido mediático del mundo indie literario, con lo que, dentro de los parámetros del género y consciente de la enorme sombra que Cartarescu proyecta sobre la literatura rumana, no puedo dejar de recomendar echarle un vistazo.

lunes, 17 de septiembre de 2018

Mircea Cărtărescu: El ala izquierda. Cegador, I

Idioma original: Rumano
Título original: Orbitor. Aripa stângă
Año de publicación: 1996 (Rumanía) - 2018 (edición de esta reseña)
Traducción: Marian Ochoa de Eribe
Valoración: Imprescindible


La imagen de un adolescente enfermizo y ojeroso contemplando, "como un sarcopto que excava canales en su piel de luz antigua", su propio reflejo y la ciudad de Bucarest desde la ventana de su habitación abre este primer volumen de la monumental trilogía “Cegador” y da una idea general de lo que en el encontraremos.

Porque “El ala izquierda” es un libro que parte del extrañamiento de uno mismo, una especie de autobiografía mítica, una profunda indagación en la propia identidad en la que memoria, recuerdo y nostalgia juegan un papel fundamental. Es, además, un paseo por un laberinto de espejos en un continuo realidad-alucinación-sueño separadas por membranas permeables, un libro tremendamente metafórico, plagado de imágenes y símbolos, de miedos atávicos y ritos ancestrales.

También podríamos definir “El ala izquierda” como el intento desesperado de responder a una pregunta tan sencilla y tantas veces planteada como “¿qué demonios sucede?”. Para averiguar qué sucede, quiénes somos o cómo hemos llegado hasta aquí, se hace necesario excavar en el pasado porque “el pasado lo es todo, el futuro no es nada. No existe otro sentido del tiempo”.

En esta excavación (utilizo excavación porque me recuerda a esos insectos tan recurrentes en la narrativa de Cărtărescu), el autor se remonta a los orígenes familiares casi míticos, con la huida (con tintes bíblicos) de sus antepasados desde Bulgaria a Rumanía.

Esta crónica familiar se detiene, en la segunda parte del volumen, en la figura materna. Esta parte de la narración es, digamos, la más convencional. Estamos en la sombría Bucarest de la Segunda Guerra Mundial y de posguerra y podría leerse como una novela de formación en la que asistimos a episodios clave de la juventud de la madre; episodios marcados por la guerra (bombardeos), la muerte, la devastación y el sexo. No obstante, también esta parte tiene sus momentos oníricos, como la historia del negro Cedric en Nueva Orleans o el turbador encuentro con una mujer encerrada durante años en una cabina de ascensor (y hasta aquí puedo leer).

La tercera y última parte de “El ala izquierda” parte de un recorrido por la Bucarest de los años 80, un Bucarest que se asemeja por momentos a míticos territorios literarios, y se centra en la figura del solitario y melancólico Cărtărescu, quien vuelve a sus recuerdos de infancia y adolescencia, recuerdos marcados por el descubrimiento del sexo y de mundos ocultos y desconocidos, como el de la azotea de la casa de Stefan cel Mare, en permanente metamorfosis. 

Estamos, en resumen, ante un libro crepuscular, grotesco y fascinante como el universo y como la mente humana, a medio camino entre la lucidez y la perversidad, con terribles analogías entre lo individual y lo total. Como decía al comienzo de la reseña, se trata de un libro muy metafórico (mucho),  que deja abiertas multitud de preguntas, multitud de dudas, y que, pese a todo, se lee con "relativa" facilidad. Porque si algo caracteriza la prosa de Cartarescu, además de su capacidad para reflejar los miedos y deseos más profundos e inconfesables del ser humano de cualquier época y lugar (y aquí vienen a la mente nombres como el de Kafka, Borges o Proust), es el ritmo. Creo que Cartarescu es un autor muy marcado por el fondo de sus textos y se nos olvida valorar que, pese a la complejidad de los mismos, su escritura resulta terriblemente absorbente y ágil.

Un único pero: ¡tenemos que esperar un año y medio para la segunda parte de "Cegador"!

P.S.: Lo dije en la reseña de "Solenoide" y lo vuelvo a decir: es algo totalmente subjetivo, pero el trabajo de Marian Ochoa de Eribe me parece complicadísimo e impecable.

viernes, 9 de marzo de 2018

Mircea Cărtărescu: El ojo castaño de nuestro amor

Idioma original: Rumano
Título original: Ochiul căprui al dragostei noastre
Traducción: Marian Ochoa de Eribe
Año de publicación: 2015
Valoración: Bastante recomendable

Leo en una web científica que en el cerebro humano hay más de cien mil millones de neuronas, que todas están conectadas entre sí a través de una compleja red de procesos nerviosos, que el mensaje de una neurona a otra es transmitido a través de diferentes transmisores químicos y que la entrega de mensajes tiene lugar en puntos de contacto especiales entre neuronas, llamados sinapsis.

No sé, pero esto me trae a la cabeza la obra de Mircea Cărtărescu. Me resulta, después de haber leído ya unos cuantos libros del rumano, una imagen muy acertada para definirla. Y es que su obra, o buena parte de ella, podría ser un conjunto de neuronas interconectadas, con páginas o capítulos que vendrían a ser "sinapsis literarias". Me ocurrió cuando leí "Solenoide" y "Nostalgia", cuando leí "Lulu" y "Nostalgia" y lo mismo después de leer "El ojo castaño de nuestro amor", que vendría a ofrecer llaves de acceso a un mayor "uso y disfrute" de toda la obra cartaresquiana. 

Se trata éste de un libro en el que Cărtărescu reúne una veintena de textos, a medio camino entre el diario, el ensayo o el relato puro y duro, que muestran algunas de las claves o de los orígenes de las ya citadas obras.

Abre el libro "Ada-Kaleh", especie de paraíso perdido, que constituye uno de los más hermosos textos del volumen y uno de los más puramente "relatísticos". Pero, a medida que avanzamos en los textos, el tono de estos cambia, pasa a ser más "ensayístico", y Cărtărescu disecciona, entre otros temas, la literatura, la cultura o el pueblo rumano y la influencia que estos han ejercido sobre su tarea de escritor.
"He madurado entre ruinas, he estudiado entre ruinas, he amado entre ruinas, soy un constructor de ruinas"
Dentro de estas reflexiones acerca de la cultura rumana, llama especialmente la atención la desmitificación del desierto cultural de la Rumanía comunista, pese a dibujar una Rumanía lastrada por una violencia y una tristeza sin límites en los años 70 y 80. Nos cuenta Cărtărescu que la literatura de esa Rumanía que a él le tocó vivir estaba impregnada de todas las modernidades de su tiempo, influenciadas por la gran tradición europea, lo cual se puede apreciar en la obra del bueno de Mircea. Interesantes son también, en esta vertiente ensayística, las aportaciones del autor a la idea de Europa y el repaso que da al arte en general y a la literatura en particular.

En la parte más "personal" del libro, Cărtărescu vuelve sobre sus obsesiones personales, sobre los sueños que tanto le han marcado (buena muestra de ello son "Nostalgia" o "Solenoide"), nos recuerda sus inicios en la literatura, sus influencias (Proust, Kafka, Nabokov...), etc. Pero sobre todo, vuelve a mostrarnos potentes imágenes que poblarán toda su obra, con mención especial a esa primera infancia marcada por la relación con su madre y hermano (ay, ese situs inversus especular!).

Por todo lo anterior, creo que se trata de un libro que disfrutarán en mayor medida quienes ya se hayan acercado a la obra del rumano, lo que no quita que sea también una buena opción para quien quiera entrar en el universo de Cărtărescu, ya que este "El ojo castaño de nuestro amor" puede y ha de ser leído tanto como una pequeña mitología personal como un mapa de un tesoro aún por descubrir.

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