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domingo, 26 de julio de 2026

Xavier Mas Craviotto: La llum subterrània

Idioma original: catalán
Título original: La llum subterrània
Traducción: sin traducción al castellano en el momento de publicar esta reseña
Año de publicación: 2023
Valoración: entre recomendable y muy recomendable


No es algo que creo que sorprenda al lector habitual de este blog si afirmo con rotundidad que, a mi parecer, Xavier Mas Cravitto es uno de los valores más prometedores que hay en la actual literatura catalana. Poseedor de una versatilidad creativa que le permite moverse perfectamente en diferentes formatos (poesía, novela o cuentos) su juventud le despoja de cualquier anquilosamiento y convierte cada libro en una oportunidad para llegar más lejos y mejor.

En este breve libro de poemas que le valió el premio de poesía Ausias March de Gandia en el año 2022, el autor trata sobre lo que vendría a ser el principal tema de su obra: las relaciones. Unas relaciones en sentido amplio: la relación entre personas, con el entorno o con uno mismo. Así podríamos, por extensión, hablar del encaje en la vida, en su más vasto sentido; un acoplamiento que (y como acostumbra a dejar entrever el autor) no parece fácil ni tampoco siempre placentero; por el contrario, uno lo vislumbra rocoso, astilloso, hasta incluso a veces árido y reseco; a veces esperanzador, también, pero en pocas ocasiones. Porque Mas Craviotto es muy hábil en explorar esos recovecos por donde la calma se escurre, esas grietas que filtran la paz interior y la vacían casi sin hacer ruido ni notarse su presencia o su ausencia, como cuando nos habla del silencio, que «llegó muy quieto, como cuando el cielo se nos vuelve blanco antes de la nevada y se nos confunde con el paisaje». Así, poco a poco, esa sensación de que falta algo, de que siempre falta algo va calando, de manera suave, con tono sedoso pero consistente, tejiendo como una especie de manto que nos envuelve y nos limita el movimiento. Por ello, en este poemario, el autor incide en los temas habituales: la no pertenencia, la eterna e infructuosa búsqueda de un lugar donde reposar los sentimientos, un sitio que pueda considerarse hogar, con la dificultad que eso conlleva pues habita en sus poemas una sensación de soledad y de cierto desánimo, aunque sin llegar a un abandono; hay indicios de tenue esperanza, tal vez aunque sea únicamente porque ya no queda nada más, quizá como ese último aliento, un último empeño para conseguir ver algo de luz en la oscuridad. Hay búsqueda, tal y como expone en uno de los poemas donde un personaje pide y reitera que «me gustaría tener un lugar donde volver». Esa es la idea que emana su texto, no solo la búsqueda de un lugar donde ir sino también de un lugar donde volver, expresando así una doble pérdida: la del pasado y la del futuro a la vez, un doble vacío que nos deja en la estrecha cornisa de un presente incierto.

Por todo ello, y siendo conocedor de la obra de Mas Craviotto, uno puede divisar y anticipar en este libro lo que vendría después en alguno de sus futuros textos, como cuando nos habla de «el cráneo inexpresivo de este mundo nuestro con los ojos llenos de no-mirar». Son esas caras inexpresivas que tan bien sabría transmitir después en su gran libro de relatos «Animals inexpressius», esos rostros casi inertes, de mirada vacía e indescifrable. O, también, cuando habla de relaciones y el sentimiento de soledad, de abandono, al afirmar que «como todo era tan lejano, no había distancias. Pero estábamos tú y yo, el barro en las uñas y en las manos, el batido que no para: y debajo, el mundo que callaba, el mundo que callaba y no sabíamos si aquel silencio era el silencio protector que hacen las madres o el mutismo sigiloso y traicionero que precede un disparo de bala», o cuando en una despedida triste y desolada, cuando ya no queda nada que decir, uno le dice al otro «márchate: las palabras renacerán cuando estés lejos». O también, cuando afirma con pesar y desespero, «que no es una cama, que es una fosa; que no es ciudad, que es cementerio; que no es un cubil, que es una gruta por debajo de los pies causándonos dolencia; que no es semilla, que es una larva anidándonos dentro con rabia muda (…) que es el ataúd, noche tras noche, haciéndonos de lecho».

También diré, y es algo que los que no estamos acostumbrados a leer poesía podemos agradecer, que en este libro el formato poético es libre, sin las constricciones típicas de las métricas; incluso en ocasiones se trata de prosa poética (o poesía novelada) por lo que, aunque sí encontramos las características de la poesía (sonoridad, exquisitez verbal, cuidada elección de las palabras, etc.) no nos topamos con el encorsetamiento ni las formalidades típicas de la poesía clásica. Aquí el estilo es más próximo a la poesía moderna, más libre, hasta el punto que incluso hay partes del texto en prosa y eso es algo que va en consonancia con lo que ha dicho el autor en alguna ocasión: que él parte de una idea en mente y es la idea la que elige la forma que debe tomar el texto (ya sea poesía, narrativa o cuento) porque, de algún modo, a pesar de que su obra está relacionada a nivel temático, emocional y estilístico, el cuerpo bajo la cual se nos aparece no siempre es el mismo, se adapta a lo que el texto demanda.

Dice Mas Cravitto en un fragmento de este libro que «de día ahuyentábamos los monstruos con rayos finos de tinta». Quizás en el fondo se trate de esto, de conseguir que las palabras expresen lo que llevamos dentro y expurguen los sedimentos del dolor como si fuera un exorcismo, para evitar que estratifiquen y nos aten a un fondo donde todo parece oscuro, inhóspito y solitario.

También de Xavier Mas Craviotto en ULAD: La mort lenta, La gran nàusea, Animals inexpressius, La pell del món

lunes, 15 de junio de 2026

Caro Claire Burke: Yesteryear

Idioma original: inglés
Título original: Yesteryear
Traducción: Mar García Puig para la editorial AdN
Año de publicación: 2026
Valoración: entre recomendable y muy recomendable


Salir de la zona de confort, adentrarme en una lectura que nunca habría imaginado pero que, por las opiniones favorables con las que me encontré, decidí lanzarme a ello. Quinientas páginas por delante de atrevimiento. Resultado: un total enganche a una historia que me ha sorprendido totalmente, pero no por lo que esperaba encontrarme. Veamos el porqué.

Si nos fijamos en la contracubierta, encontramos un gran gancho a nivel argumental, algo habitual en distopías: una analepsis (o salto temporal al pasado) que disrumpe una situación de manera brusca e inesperada. Es un recurso siempre útil para despertar la curiosidad del lector y que, en este caso, funciona a la perfección, pues que la protagonista se encuentre de golpe más de un siglo y medio atrás en el tiempo es un anzuelo al que es difícil resistirse. Pero esto no sería suficiente por sí solo para mantener la atención durante casi quinientas páginas sin algo más de sustento y aquí es donde la estructura del libro y sus diferentes capas de temática tratada le dan el soporte necesario para que la lectura sea una experiencia interesante.

Empieza el libro con una primera fase de impacto: «este es el último día de la vida que imaginé para mí». Este inicio ya es un claro ejemplo de lo que el libro pretende conseguir: una búsqueda constante al enganche del lector a la historia. A partir de ahí, conocemos a Natalie Heller Mills, la protagonista casi absoluta del relato, quien nos narra en primera persona su vida marcada por una estricta disciplina planificada y ejecutada al milímetro. Todo parece calculado en su día a día, perfectamente perimetrado, viviendo en su propia granja «enclavada entre dos cadenas montañosas de Idaho» con Caleb, su marido, cuyo padre era el último senador de una larga Estirpe de senadores de Estados Unidos y quien se encuentra actualmente trabajando en presentar su candidatura presidencial por tercera vez. Natalie, por su parte, se considera «una mujer cristiana, impecable (…) la esposa que todo hombre quería tener esperándolo en casa» y que a sus treinta y dos años se encuentra embarazada de su sexto hijo. Además, como buena ama de casa de modelo tradicional, sus hijos están escolarizados en casa para asegurar que aquello que se les enseña es realmente lo que es necesario para ellos (según su sesgada opinión) porque Natalie es una tradwife en toda regla; desde su nacimiento ha vivido con esos ideales que defiende a capa y espada, como cuando afirma, ya de joven ante su futuro marido en su primera cita, que «quiero una granja. Con gallinas.  Quiero vivir cerca de mi madre. Quiero vistas a las montañas desde la ventana de mi habitación, y me gustaría estudiar teología. A tiempo parcial, por supuesto, y solo cuando los niños hayan crecido». Así vive en una aparente idílica vida (o al menos lo podría ser para las mujeres de costumbres más tradicionales), aunque con un peaje a pagar nada baladí por haber convertido su forma de vida en su negocio: estar constantemente expuesta a los ojos de todo el mundo a través de Instagram donde muestra cómo es su vida y la de su familia en la granja, lo que le proporciona abundantes emolumentos y la manera de ganarse tan opulenta vida. Claro está, que sus vídeos no muestran el conjunto de cámaras que filman cada uno de los minutos de su existencia de marcado tinte tradicional, ni los empleados que los ayudan en las diferentes y arduas tareas que la vida de una granja implica ni las disputas internas familiares para conseguir que todos expongan su más perfecta sonrisa. Porque evidentemente, como ocurre a menudo en Instagram y ella no es la excepción, todo es una fachada detrás de las imágenes que muestran las cámaras; la vida real de la protagonista y su familia es radicalmente diferente para Natalie y su familia detrás de las bambalinas del “teatro” que ha orquestado y que los expone a un "gran hermano" perpetuo lo cual desencadena (principalmente a ella) múltiples contradicciones internas debidas a la necesidad de sostener un equilibrio altamente inestable sin que todo se desmorone evitando que caiga como el castillo de naipes que ha construido con la ayuda de sus seguidores y también no pocos detractores feministas. Y es que, en el fondo, tampoco ella se encuentra muy cómoda con su vida, aunque se esfuerza en que las apariencias sometan a la realidad. Todo esto funciona en su vida, más o menos, hasta que, de golpe, un día cualquiera, se despierta en su propia casa con su familia, pero con una extraña sensación de que esa no es su casa ni esa es su familia. Tampoco parece haber electricidad y todo es muy diferente a lo normal. Demasiado diferente. Porque cuando de golpe topa con una fecha tallada que indica 1855, todo se desmorona al encontrarse «como en una máquina del tiempo (…) como una versión magullada y golpeada de mi vida». Así, su artificiosa vida se ha vuelto real de golpe. E ignora el porqué.

Trazada ya la premisa argumental, con la inevitable pregunta de qué ha sucedido, cómo y por qué, la autora es muy hábil en su desarrollo, pues simultanea la narración en tiempo presente con episodios del pasado que nos ayudan a entender su camino evolutivo desde la infancia hasta la edad adulta y su matrimonio. Por ello, el libro nos sorprende por su argumento inicial, pero también por la facilidad con la que te atrapa en la lectura. Y es que más allá del misterio en sí que supone el planteamiento, el libro expone de manera clara los problemas y las contradicciones de las tradwifes y los valores que defienden, y son las situaciones con las que se encuentra Natalie las que sirven en el fondo para criticar todo un sistema construido en torno al patriarcado, construyendo un relato en el que la crítica abunda y en el que deja a la gente retrógrada como ignorantes, catetos y personas altamente influenciables por los vídeos de YouTube y las comunidades digitales, en los que las teorías poco rigurosas científicamente tienen cabida y alta difusión. Así, el libro lanza una ácida crítica sobre las redes sociales, lo que muestran y lo que no, y que Natalie en su faceta de Instagramer exitosa e influyente justifica en que «lo que nosotras les ofrecíamos era lo mejor a lo que podían aspirar: pequeños instantes en los que vivir otra vida». De igual manera, profundizando en las diferentes capas que tiene el libro y en sus diferentes estratos de denuncia, el libro trata también sobre la confianza, el respeto, las ilusiones y las decepciones, el contraste entre lo que se muestra y la realidad, así cómo sobre la forma en que nos sentimos arrastrados por la inercia a una vida de la que no sabemos escapar, a pesar de que hay puertas entreabiertas que cruzamos pero ante las que cerramos los ojos creyendo que mejores oportunidades llegarán. 

De manera muy lograda, la autora consigue que todos estos elementos de denuncia encajen con un altísimo ritmo que engancha al lector sin oponer resistencia y con un tono ácido que invita a odiar a sus personajes a la vez que nos provocan cierta compasión algo que nos mantiene enganchados constantemente a la duda sobre si se merecen lo que les ocurre o nos tendríamos que sentir mal por ellos. Quién sabe si, en el fondo, lo que le sucede al lector es una metáfora perfecta respecto a los contenidos de las redes sociales: un gancho perpetuo y continuo a la tragaperras de dopamina internauta que busca saciar nuestro apetito de sorpresas y alegrías mientras devoramos página tras página, cuál scroll infinito. Porque más allá de la temática y de la analepsis planteada, la estructura del libro en la que mezcla constantemente (y en ocasiones de manera abrupta) momentos de la adolescencia y postadolescencia de la autora, la entrevista con una periodista, la historia del pasado y el presente con tanta rapidez, crea una sensación de cierta ansiedad en querer saber más sobre la historia (lo que contribuye sin duda a generar cierta adicción). Y, además, exponiendo con habilidad una crítica social a diferentes niveles: la pérdida de valores, la necesidad de la educación, los roles de poder en las familias, la machoesfera, las teorías conspiranoicas, la diferencia de clases, la vida moderna versus la antigua, pero especial y radicalmente, la vida expuesta de manera continua en las redes sociales y el impacto que causan en uno mismo y en los demás; la atracción de las redes, para el que lo observa, pero también para el que debe mostrarse, día sí y día también, para satisfacer a sus seguidores, el mundo creado de manera virtual en contraposición con lo que ocurre entre bambalinas y las consecuencias de tal contraste. Así es como la autora consigue engancharnos y conseguir que en poco tiempo terminemos un libro de casi quinientas páginas. Lo que ya no sé es si la velocidad con lo que lo devoramos será parecida a la que permanecerá en nuestras memorias. Dios dirá, como diría Natalie. Pero de momento aquí hemos llegado y pasado a la vez un buen rato. Que no es poco.

P.D.: Evidentemente, ante tal arriesgada apuesta, una de las claves es el final del libro que puede dar lugar a muchos debates y comentarios. Pero aquí, y por respeto a los lectores, no hablaremos de ello. Y agradecería que los posibles comentarios respeten y compartan también esta elección.


sábado, 14 de marzo de 2026

Eva Baltasar: Peces

Idioma original: catalán
Título original: Peixos
Traducción: Unai Velasco en castellano para Random House
Año de publicación: 2026
Valoración: entre recomendable y muy recomendable


En poco tiempo, Eva Baltasar se ha erigido una de las figuras clave de la nueva generación de autores catalanes que, tras su paso por la poesía, han dado un salto a la novela. Ahí, en ese privilegiado grupo, encontramos también a Irene Solà, Pol Guasch y Xavier Mas Craviotto, un grupo selecto de quienes no acostumbro a perderme ni uno de sus libros. Y, en el caso de Baltasar, tenía interés para ver su evolución, tras unos dos primeros libros magníficos («Permafrost» y «Boulder») y otros dos algo más irregulares, aunque con notables destellos de calidad especialmente en «Ocaso y fascinación» (donde además hacia un paso adelante en cuanto a atrevimiento y riesgos tomados).

En el libro que nos ocupa, la autora empieza en una suerte de juego al despiste con su propia biografía, pues la protagonista, también escritora, narra en primera persona sus sensaciones a la hora de visitar pueblos y ciudades para presentar sus libros. Así, y sin saber hasta qué punto la novela revela visos autobiográficos, la historia arranca cuando la protagonista nos cuenta cómo, deambulando entre las pequeñas calles de un pueblo, se encuentra frente a una roulotte (en lo que parece un claro guiño a su anterior novela «Boulder») donde una mujer vende pescado frito y, sin más (como si realmente hiciera falta algo más), se enamora al instante de la dependienta. Un flechazo, un enamoramiento a primera vista, un amor de aquellos que «tanto da si es el más largo o el más breve, y tanto da si trae paz o trae guerra (…) puede ser el mejor. Puede ser el peor. Puede ser un amor correspondido o un amor solitario (…) eso da igual. Este amor empieza así, con una absoluta convicción», con la tremenda, rotunda y absoluta seguridad de que «es ella»; un impulso inexorable, implacable, irrebatible, irrenunciable, de aquellos que dejan huella porque «una vez has sentido algo así es igual si acabas solo, si el enamoramiento se va o eres tú quien te apartas de él. El amor que teníais pervive, son las raíces tozudas que se han quedado sin árbol». Pero ya se sabe que el enamoramiento no es siempre certero y no siempre es correspondido, porque en ocasiones uno yerra al confiar en la intuición y nuestra protagonista es víctima de ello pues rápidamente se percata de que Victoria es una persona seca, áspera, dura. Alguien que no da concesiones, es hermética y no da pistas ni lanza señuelos. Es directa. Y contundente. Es «una mujer a la que nunca le ha hecho falta seducir a nadie» y la protagonista es plenamente consciente de ello al reconocer que «había llegado a mi vida como una horda, para tomar y poseer».

Una vez analizado el arranque del libro, vemos que, estilísticamente, es innegable que Eva Baltasar es plenamente conocedora de sus grandes habilidades al tocar aquellos puntos de nuestra sensibilidad donde nos sentimos atraídos y cautivados, pero a su vez también inquietos, volátiles, frágiles y vulnerables. Su lenguaje y ritmo narrativo le permiten colocar al lector en el mismo plano que su protagonista, en esa relación desigual de clara desventaja emocional. Para ello, utiliza también un recurso útil al dirigirse en ocasiones directamente al lector en una narración en primera persona con aires de una misiva, que lo busca y lo tienta para explicarse, pero con un tono que pide comprensión, casi expresando una disculpa o un arrepentimiento, casi clamando una absolución por el error en la decisión. Así, el lector empatiza al instante con las sensaciones que emanan de su protagonista y percibe ciertas notas de continuidad respecto al final de su anterior libro («Ocaso y fascinación») por el tono, por lo que desprende y lo que apuntaba en esas pocas páginas finales sintiendo de manera orgánica, casi epidérmica, un aire de hostilidad, de rechazo, de dominio, de una brusquedad rozando el desprecio que, en esta ocasión, proviene no solo de la pareja protagonista sino también de su propio entorno ambiental: un lugar inhóspito que, análogamente, emana esas mismas sensaciones a través de los diferentes elementos que las rodean: los animales, la vegetación, la casa, la amante. De esta manera, la autora teje un claro paralelismo entre la casa y las sensaciones que desprende y las de su propietaria Victoria: ambas transmiten inquietud, frialdad, tosquedad y una extraña sensación de inquietud, tensión y un ambiente oprimido, cerrado y opresivo (que se evidencia cuando indica que el jardín está repleto de hierba alta, hiedras… que «suben enérgicas y gigantes»); también con la aparición de un perro, grande, misterioso, siempre inquietante, con una agresividad contenida, a la espera, latente, avizor, acechante. O, también, la presencia constante de la muerte, en los peces, en los animales. En todo ello, hay cierto aspecto en el tono utilizado por Baltasar que recuerda en parte a Carlota Gurt y su libro «Sola», por la visceralidad con la que narra la pasión desatada en la que aparecen los instintos más primarios en un desborde de sentimientos y emociones que irradia de manera orgánica, visceral, física y carnal. O también de Núria Bendicho y sus «Tierra muertas», por cómo se palpa la tierra, la naturaleza en su lado más seco, cruel y atemorizante. 

Con este texto, Eva Baltasar ha escrito una historia de amor. También una historia de abandono. O una historia de soledad. O quizás una historia de necesidades. Una historia de pasión. De lujuria. Pero también de invisibilidad. De silencios. De abusos. De toxicidad. De debilidades, pero también de atrevimientos. Esta es una novela que trata de pasiones, de límites entre el amor y el desamor, entre la voluntad de poseer y la dificultad de escapar, de arrebatos y de calma (que no tranquilidad), de deseos y temores. De la vida, en sus extremos más pasionales, más impulsivos.

Dice Eva Baltasar que «el cuerpo de un escritor solo conoce una emoción, la exaltación. Y ni tan siquiera es suya, pertenece a la escritura. Llega con ella, se va con ella y deja al escritor exhausto y con el trabajo por deshacer». Y, en este punto justo, es donde el lector le ofrece una continuidad, pues esta historia es de las que se queda dentro y nos hace reflexionar sobre si, en ocasiones, las pasiones se erigen como compañeras del alma o se convierten en sus implacables verdugos.

También de Eva Baltasar en ULAD: Permagel, BoulderMamutOcaso y fascinación

jueves, 29 de enero de 2026

Pol Guasch: Reliquia

Idioma original: catalán
Título original: Relíquia
Traducción: Unai Velasco, para Anagrama
Año de publicación: 2026
Valoración: entre recomendable y muy recomendable


Como se dice en algunes ocasiones cuando se habla de grandes escritores, de Pol Guasch me leería hasta su lista de la compra. Su inmenso talento que exhibe en cada uno de sus poemas, artículos o libros, hace que para mí sea un autor de referencia y uno de los grandes talentos de la literatura catalana.

En esta ocasión, Guasch deja de lado la ficción para esgrimir un relato muy personal, muy íntimo, en el que narra un suceso que le ha marcado profundamente: el suicidio de su padre a los cuarenta y cuatro años cuando él tenía solo quince. Un suicidio que nadie previó, que nadie presagió y que les dejó un terrible vacío, más por lo que no rellenó en vida que por lo que se vislumbraba en el futuro. Una ausencia que abre el libro, de manera honesta y triste, cuando ya en su primera frase, el autor confiesa: «Habría agradecido una nota. Doblada en cuatro, con erratas y palabras borradas, en una hoja reciclada de otro día, en un pedazo cualquiera de papel, en una servilleta vieja, sobre una carta abierta, da igual, una nota antes de hacerlo», aunque reconoce, con cierta resignación, «que a veces no hay frases finales para cerrar nada, para terminar, que a veces no hay palabras acertadas para huir». Así, Pol Guasch escribe este libro diez años después del suicidio de su padre, diez años que dan para mucha reflexión y búsqueda de recuerdos, diez años para constatar «que amar consiste en acumular estratos que sedimentan uno tras otro y que cada amor nuevo descansa sobre las ruinas de uno antiguo. Diez años para reconocer que tú fuiste el primer estrato de todos. Diez años para asumir que tendremos que esforzarnos terriblemente para olvidar lo que hemos amado de alguien».

Con este estilo directo pero sentido, conmovedor y emotivo, Pol Guasch se nos abre en canal (o más bien en un torrente emocional) en el que narra la muerte de su padre desde el dolor del vacío que deja. Un suicidio que llena un futuro de lagunas, un paisaje por colorear, un sinfín de preguntas sin respuesta y de conversaciones no iniciadas. Y, en la búsqueda de motivos, un intento de acercamiento, de emular sus gestos o aficiones, porque «copiarte era una forma de acercarme a ti. También de admirarte. Un intento de entenderte, seguramente: pensaba que, si hacía lo mismo, podría llegar a sentir lo que sentías, que solo hacía falta esperar, repetir y esperar». Un intento infructuoso que le lleva a buscar nuevas vías, nuevas formas, para alcanzarlo, para comprenderlo, de manera que Guasch opta por buscar más allá de él y de ellos y, por ello, se encamina a mezclar reflexiones, notas biográficas de autores conocidos que travesaron circunstancias similares con retazos de su propio pasado. Unas memorias que le sirven para recordar no tanto a su padre sino a sí mismo; un tiempo pretérito que recuerda para traerlo nuevamente al presente, intentando encontrar en sí mismo respuestas y rellenar pasajes del pasado, para no olvidar, para retomar y para completar quien es hora con quién fue. De esta manera, el autor se escuda y se arropa en textos y biografías de autores que también se suicidaron para encontrar en ellos aquellas palabras que le faltan para explicar lo sucedido, para comprender a su padre y qué le llevó al suicidio y entender a la vez sus propios sentimientos y emociones, un amparo en su tristeza y dolor causado por la incapacidad en entender y de entenderse tras un suicidio que les deja sin, tan siquiera, una carta de despedida, quien sabe si porque aquello «significaba que el último pensamiento no había sido para nosotros», o quizás porque «ya debías de saber que un largo silencio, al final, también es un lugar donde descansar, una zona donde los demás escogen las palabras con las que querrían recordarte». Quizás este era el motivo, quizás.

De esta manera, Pol Guasch se adentra en la historia familiar de manera terriblemente íntima y personal para intentar comprender el suicidio de su padre, y lo hace con una aproximación que le surge de manera orgánica: a través de otros escritores que han pasado por lo mismo. Y esa es la magia de la historia: cómo la literatura, los libros, los autores que nos envuelven pueden ser de ayuda en ese difícil proceso de entender a los que ya no están, a nuestras personas más cercanas, a nosotros mismos. Ahí radica el submensaje de esta obra: cómo la literatura nos ayuda a lidiar con nuestras vidas, nuestros obstáculos, nuestros pensamientos y, a la postre, con nosotros mismos. Un texto a caballo entre la memoria y referencias de biografías de autores con el que Pol Guasch despliega su talento pero especialmente su sensibilidad para tejer un relato que conmueve, que nos hace reflexionar sobre la vida y su ausencia, porque la muerte no es nada en sí misma sino la carencia de momentos por vivir, de conversaciones pendientes, de intuiciones no corroboradas, de miradas que no encuentran réplica más allá de la que podamos darnos a nosotros mismos a sabiendas de que siempre nos quedaremos cortos en palabras y en afectos.

sábado, 3 de enero de 2026

Carol Tavris & Elliot Aronson: Se han cometido errores (pero yo no fui). Por qué justificamos creencias ridículas, decisiones equivocadas y actos dañinos

Idioma original: inglés
Título original: Mistakes Were Made (but Not by Me): Why We Justify Foolish Beliefs, Bad Decisions and Hurtful Acts
Traducción: Patricia Teixidor, para Capitán Swing
Año de publicación: 2020
Valoración: entre muy recomendable y recomendable


Siempre es interesante tener una mirada crítica sobre las cosas que nos rodean, pero creo que lo es más aún tenerla sobre uno mismo, sobre lo que pensamos y cómo actuamos y, si el propósito es el de mejora, es necesario ir más allá y tratar de entender cómo somos y por qué hacemos lo que hacemos. Sólo así podemos cambiar y limar aquellos defectos que tenemos cada uno de nosotros. De ahí la importancia (y diría que necesidad) de este ensayo.

El libro parte de una afirmación que me atrevo a apuntar que es casi absoluta: «la mayoría de las personas, cuando se enfrentan a la certeza de estar equivocadas, no cambian su punto de vista ni su plan de acción, sino que lo justifican con más tenacidad si cabe»; y este hecho tiene una potente derivada, pues «la autojustificación es más poderosa y peligrosa que la mentira explícita, porque permite a las personas convencerse de que lo hicieron fue lo mejor que podían haber hecho». En este tránsito entre la realidad y la (auto)ficción interviene de manera ineludible nuestro cerebro y nuestros principios, pues «con el tiempo, a medida que las distorsiones interesadas de la memoria entran en acción y olvidamos o recordamos de forma equivocada acontecimientos pasados, podemos llegar a creernos poco a poco nuestras mentiras». Y aquí entra una dicotomía ineludible, que marcará realmente quienes somos porque «errar es humano, pero los humanos tenemos la opción de encubrir el error o asumirlo».

Con esta premisa, los autores de este libro hacen un análisis profundo y exhaustivo sobre qué nos conduce a (auto)justificar nuestros actos, qué pretendemos con ello, pero también qué mecanismos internos actúan para llevar nuestra consciencia a lugares confortables. Y ahí entra en juego un aspecto crucial: la disonancia cognitiva o, lo que vendría a ser, cuando tenemos un comportamiento que entra en conflicto con nuestras creencias o valores. Este es un elemento clave que sustenta todo el ensayo, pues la raíz de la autojustificación se resume perfectamente al constatar que «una vez que estamos comprometidos con una creencia y hemos justificado su validez, cambiar de opinión es un trabajo duro. Es mucho más fácil encajar esa nueva creencia en un marco existente y elaborar la justificación mental para sostenerla que cambiar el propio marco». Y esto no sólo afecta a uno mismo, sino también a la gente que nos rodea pues, justamente por el hecho de que nuestro cerebro trabaja en el sentido de que lo que hacemos es lo correcto, hay que ser conscientes de que «cuando estés a punto de hacer una gran compra o tomar una decisión importante (…) no preguntes a alguien que acabe de hacerlo. Esa persona estará muy motivada para convencerte de que es lo correcto». Toda esta parte de justificación y de encaje, no únicamente tiene aspectos negativos, también los tiene positivos porque al pretender encajar nuestros comportamientos con lo que creemos, esto también sirve como ejercicio motivacional, pues al generar una buena acción te ves a ti mismo como una persona bondadosa y eso te mueve a realizar más buenas acciones. También, los autores se adentran en terrenos más pantanosos y polémicos como el tema de los abusos y a los traumas, pues a menudo estos se denuncian cuando hace tiempo que han ocurrido lo que, según los autores, se debe tener en cuenta y valorar cuán verídico es el relato pasado cierto tiempo, cuánto pueden estar sugestionadas las respuestas en base a las preguntas formuladas o cuanto afecta el sesgo de confirmación especialmente al tratar con niños en denuncias de abusos o en otro tipo de casos como el de «los cinco de central park» (que dio lugar a la gran serie «Así nos ven» (2019)). Aquí denuncia explícitamente y sin tapujos el trabajo policial y de investigación incluyendo la falsificación de pruebas por parte de la policía (testilying) para confirmar unas sospechas basadas en un sesgo de confirmación que a menudo consiguen pues, «la presunción de culpabilidad en la mente del interrogador crea una profecía autocumplida, hace que se muestre más agresivo, lo que a su vez provoca que los sospechosos inocentes se comporten de manera más sospechosa». Con todo ello, y pese a ser interesante el tema judicial, los autores dedican casi cien páginas a exponer casos que, si bien consolidan lo expuesto, su extensión es excesiva. Más interesante es el aspecto de cómo funciona los mecanismos de autojustificación en los problemas de pareja y explica por qué las personas que rompen una relación sienten una animadversión u sentimiento de venganza hacia la persona que dejan: es un claro ejemplo de reducción de disonancia en acción. Otro gran eje de debate sobre el que gira el libro es cómo los estadounidenses han llegado a votar a Trump y qué les motiva a defenderle; aquí los autores también se basan en los mecanismos de autojustificación para explicar porque votantes que antes eran contrarios a las políticas de Trump le votaron y siguen defendiéndole.

El libro plantea interesantes reflexiones y los autores incluyen, para dotar de relevancia a su relato, numeras teorías y citas de científicos y analistas, como el experimento de Milgram o cuando cita a Greenwald quien describe «el yo como un ‘ego totalitario’ que destruye sin piedad la información que no quiere oír y, como todos los líderes fascistas, reescribe la historia desde el punto de vista del vencedor. Pero mientras que un gobernante totalitario reescribe la historia para imponerse a las generaciones futuras, el ego totalitario la reescribe para imponerse a sí mismo». 

Por todo ello, de este interesante ensayo, la conclusión que se puede extraer es evidente: los mecanismos de nuestro cerebro que actúan para eliminar la disonancia cognitiva son poderosos y útiles pues nos ayudan a vivir en un mundo en que las decisiones que tomamos no son siempre las mejores ni son acordes a nuestros valores; si no pudiéramos justificar esas acciones tendríamos grandes problemas de aceptación. Pero, a su vez, debemos tener cuidado con ello, pues nos puede llevar a justificar lo injustificable. De ahí que la receta y el consejo es claro: «necesitamos que algunas personas de confianza que se atrevan a llevarnos la contraria, críticos dispuestos a pinchar nuestra burbuja protectora de autojustificaciones y a tirarnos de vuelta a la realidad si nos desviamos demasiado». Seguramente no es fácil encontrarlas, ni menos aun mantenerlas a nuestro lado; sin duda conservarlas sería lo más conveniente, a menos de que nos convenzamos de lo contrario.

sábado, 13 de diciembre de 2025

Philip Roth: Sale el espectro

Idioma original: inglés
Título original: Exit Ghost
Traducción: Jordi Fibla en castellano para Random House
Año de publicación: 2007
Valoración: entre recomendable y muy recomendable

En la vorágine de publicaciones editoriales, donde cada día aparecen nuevos, uno puede caer en el error de centrarse solo en el presente y olvidar que hay grandes autores de nuestro pasado más reciente que todavía tienen obras no reseñadas en ULAD, como es el caso que nos ocupa. Y a ese defecto hay que hacerle enmienda porque Philip Roth es uno de los grandes escritores de la narrativa norteamericana y eso se percibe claramente en este libro por su un estilo firme, sobrio y sin fisuras.

En el libro que nos ocupa, Roth vuelve a recurrir a su alter ego Nathan Zuckerman para escribir un relato que nos habla de la vejez, de la atracción, de la nostalgia y de la lucha por defender el honor de las personas que admiramos. Con ese propósito, el autor empieza el relato situando a su protagonista en Nueva York, ciudad que abandonó once años atrás para ir a vivir a una casita junto a la carretera, alejado de las personas y de la tecnología, dedicándose a escribir la mayor parte del día. Así, su retorno a la gran manzana es promovido por la necesidad que tiene de una intervención prostática, pues su avanzada edad pasada la setentena le está empezando a hacer mella en su salud. Una visita que es tan temporal como pensaba, pues la partida de su bucólico hogar para trasladarse a la gran ciudad le revitaliza y le estimula, porque tal y como afirma, «cuando llegue a Nueva York, en cuestión de horas la ciudad hizo conmigo lo que hace con la gente: despertar las posibilidades. La esperanza resurge». Una esperanza que se magnifica cuando topa por casualidad con un anuncio en el que una pareja de escritores quiere hacer un intercambio de casa con alguien que viva alejado de la ciudad; así que Nathan se presta a ello a la vez que, sin desearlo ni tan siquiera darse cuenta en aquel momento, queda prendado de la propietaria de treinta años del piso que va a intercambiar. Una primera impresión que impacta profundamente a Nathan, pues tal y como confiesa, «ejercía sobre mí una enorme atracción, una enorme atracción gravitacional sobre el fantasma de mi deseo».

A partir de aquí, vamos viendo los motivos por los que abandonó Nueva York a la vez que nos va introduciendo en una trama de indagaciones periodísticas que remueven su pasado. De esta manera, la novela avanza en diferentes frentes, todos ellos entrelazados y sumamente interesantes pues Roth es muy bueno tejiendo historias, pero también construyendo personajes; este aspecto se pone también de relieve en esta novela pues consigue atrapar al lector desde un inicio, con una trama multicapa de fácil acceso en la que el lector se sumerge de manera irremediable contagiándose del devenir de la vida de Nathan. Roth sabe cuándo frenar y cuando acelerar, donde dejar esos puntos de enganche que tiran del lector hasta llevarlo a donde él pretende, y la trama gira en torno a Zuckerman en forma de una espiral a la que uno es arrastrado llenándose y empatizando con la historia narrada. Porque aquí Roth nos habla de misterios, de deseo, de política, de la Nueva York post 11-S que sobrevuela de manera constante a lo largo de la novela («después del 11-S, cerré la caja de las contradicciones»); nos habla también del paso del tiempo en uno mismo que lo acerca a la vejez, de la salud, pero también de la vigorosidad, de la sociedad y su tendencia a admirar la novedad. 

Con todo ello, Roth escribe un relato que conforma una suerte de triángulo entre una joven, un periodista osado y un escritor ya fallecido. Y la verdad es que se desenvuelve realmente bien desplegando en el relato su habilidad para tejer personajes con claroscuros, historias en apariencia simples pero narradas con toda la meticulosidad que demandan y un estilo que lo envuelve de cierto aire clásico que lo reafirma como uno de los grandes escritores norteamericanos.

Otros libros de Philip Roth en ULAD: aquí

viernes, 21 de noviembre de 2025

Stig Dagerman: Memorias de un niño

Idioma original: sueco
Título original: no disponible
Traducción: Marina Torres y Juan Capel en castellano para Nórdica
Año de publicación: entre 1947 y 1952
Valoración: entre recomendable y muy recomendable


Como muchos de vosotros sabréis, la literatura nórdica me ha dado grandes momentos de placer pues su estilo a menudo seco, rudo y con aires de soledad y tristeza encaja bastante con el tipo de literatura que me atrae: la que lleva al lector a plantearse situaciones y reflexiones en torno a la vida y la introspección. Y claro, Dagerman ya que me cautivó con su «Niño quemado», por su prosa contundente y su radicalidad emocional, así que cada nuevo libro traducido supone una nueva oportunidad de acercarse a esos pasajes mentales áridos e impactantes. Así que aquí me encuentro de nuevo, esta vez con un recopilatorio de cinco relatos de duración muy variable (entre cinco páginas el más corto y cincuenta el más largo) y resultado también desigual, aunque con alguna joya que hace que su lectura sea altamente recordable. 

Empieza el primer relato, que da nombre al título del recopilatorio, donde el protagonista afirma tajantemente que «a inventar se empieza pronto. De niño siempre se es inventor. Luego, en la mayoría de los casos, te arrebatan el hábito». En este primer cuento, el autor nos retrata una realidad ardua desde la mirada de un niño; un niño que vive en una granja en medio de un extenso predio en un tiempo en el que los militares que se encuentran en maniobras hacen incursiones de vez en cuando a esos parajes. En ese escenario en el que la guerra sobrevuela el día a día, el protagonista sobrevive emocionalmente aferrado a la esperanza, pues abandonado por su madre está a la espera de que algún día, mezclada entre las numerosas mujeres que viene a veranear desde Estocolmo, venga a buscarlo porque en su fuero interno sabe que «alguna de ellas frenará la bicicleta, pondrá pie en tierra ante la verja, correrá hacia mí y me alzará en brazos. Tiene que ser ella, mi madre a la que nunca he visto». Este primer relato es duro, triste, pues es la historia de un niño que narra la penuria de una vida pobre, sin padres y viviendo con unos abuelos de los que «educaban a golpes de hacha», con un abuelo que dedicaba muchas horas al día a conrear sus tierras y una abuela que «siempre tenía una barra de pan para quien pasaba hombre»; unos abuelos que a menudo acababan dando comida a los pordioseros de los campesinos vecinos, aunque «tal vez éramos nosotros los más pobres de los campesinos de la comarca» y a los que en su manera ama y agradece ese sentimiento, pues en su ánimo de escribirles un poema al morir, sólo le salieron «unos lamentables versos que rompí avergonzado. Pero de la vergüenza, la importancia y el dolor nació algo que fue, creo, la pasión de ser escritor, es decir, de contar cómo se sufre el dolor, ser querido y quedarse solo».

El segundo cuento, «Matar a un niño», es un magistral relato sobre las casualidades e infortunios de la vida, en la que se narra la vida de un hombre y un niño que coincidirán de manera trágica en un instante de sus vidas. La narración es sublime, la tensión es constante y la precisión es perfecta. De cortísima duración, contiene todo lo que uno espera de un relato.

El tercer relato «Aguanieve» es, probablemente y con diferencia, el más flojo de todos, aunque al ser de corta duración en seguida nos encontramos con el cuarto relato, el más extenso con diferencia de este libro y que trata sobre un joven al que se le acaba de morir el padre. Un texto en el que se habla sobre la muerte, pero especialmente sobre la vida compartida y los recuerdos con los que ya no están. Un relato en el que el protagonista nos traslada la difícil relación con sus padres y sus hermanos y demás gente del pueblo en un texto embriagado de alcohol, tristeza y añoranza que culmina de manera magistral al afirmar que «ya no habrá padre alguno que me invite a pasar a su alcoba y me hable como a un hombre. Ya no hay nadie que no quiere sino engañarme y ser cruel conmigo. Mañana estaré solo».

Ya en su último relato, muy breve y alabado por gran parte de la crítica y escrito en forma de testamento o legado, es sobre la necesidad que tenemos de consuelo, de algo que nos abrigue, que nos reconforte y nos acoja en un mundo hostil. Un anhelo de algo que nos permita seguir adelante en tiempos difíciles y que el autor plasma hábilmente al decirse para sí mismo que «cuando mi angustia dice: Desespérate, que el día está rodeado de dos noches, grita el falso consuelo: Ten esperanza, que la noche está rodeada de dos días». En un bonito alegato a la vida, escrito por el autor poco tiempo después de terminar la segunda guerra mundial (como el resto de los relatos de este volumen), también supone una declaración de intenciones pues asevera que «como anhelo la confirmación de que mi vida no carece de sentido y de que no estoy solo en el mundo, reúno las palabras en un libro y se lo regalo al mundo. El mundo me da a cambio dinero y fama y silencio. Pero a mí qué me importa el dinero y a mí qué me importa contribuir al progreso de la literatura; a mí lo que me importa es lo que nunca consigo: la confirmación de que mis palabras han tocado el corazón del mundo». 

Para terminar, dice el autor en sus páginas finales que «me esclaviza mi talento hasta el punto de que no me atrevo a usarlo por miedo a haberlo perdido». Celebramos que su necesidad de expresar aquello que sentía venciera el miedo a no estar a la altura de sus propias expectativas. Sin duda, sí está a la altura de las nuestras.

También de Stig Dagerman en ULAD: Niño quemado, Otoño alemán

lunes, 27 de octubre de 2025

Gaétan Soucy: La niña a la que le gustaban demasiado las cerillas

Idioma original: francés
Título original: La petite fille qui aimait trop les allumettes
Traducción: María Teresa Gallego Urrutia, para Contraseña Editorial
Año de publicación: 1998
Valoración: entre recomendable y muy recomendable


Cuando uno tiene ya cierto bagaje lector, le sucede que cada vez más le es más difícil encontrar libros que impacten, que epaten, incluso que inquieten. Pero en ocasiones ocurre. Porque el asombro ante este libro va más allá de la historia que narra; desconcierta (y sobremanera) por el estilo del autor: seco, crudo, directo, pero especialmente con un uso del lenguaje muy inusual y sorprendente.

Argumentalmente, el libro empieza mostrando ya de entrada su enfoque y argumento en su primera frase: «tuvimos que hacernos cargo del universo mi hermano y yo, pues una mañana, poco antes de amanecer, papá exhalo el último suspiro sin previo aviso». A la que continua, «sus despojos, crispados en un dolor del que solo quedaba ya la corteza, sus decretos, tan repentinamente pulverizados, todo eso yacía en la habitación del primer piso desde la que papá, la víspera sin ir más lejos, nos lo ordenaba todo». Esas dos primeras frases ya aportan varias pistas de lo que el libro ofrece, a nivel argumental pero también estilístico, pues denotan una mirada terriblemente fría de la relación de los dos hijos con su padre y, también, la difícil empresa que tienen por delante y de la que deben encargarse con premura: la gestión del fallecimiento del padre, a nivel emocional, pero (y especialmente) también logístico, pues deben organizar el entierro. Así, ante la necesidad de resolver una situación tan excepcional, uno de los hermanos (que ejerce como protagonista), se encarga de narrar esos días posteriores a la defunción.

Estilísticamente, es innegable que el autor busca transgredir la escritura al uso, ejerciendo malabarismos con las palabras con los que busca sorprender al lector mientras emana una sensación que roza la asepsia al narrar una defunción y entierro sin emoción ni aflicción. Así, el estilo utilizado es seco, duro, tosco, que se hace evidente en párrafos como cuando afirma que «he omitido mencionarlo, pero soy el más inteligente de los dos. Mis razonamientos impactan como garrotazos. Si fuese mi hermano el que redactase estas líneas, la pobreza del pensamiento saltaría a la cara, nadie entendería nada de nada». De esta manera, el autor nos hace partícipes de la compleja y en apariencia distante relación con su hermano a la vez que con ello nos sitúa en la historia, con un narrador en primera persona que debe cargar con la noticia y el peso de la muerte de su padre; una muerte que es narrada de forma igualmente seca, sin afecto, de manera funcional y casi logística sobre cómo afrontarla. Cómo lectores, nos sorprende el estilo, la falta absoluta de sentimientos hacia un padre que, según va avanzando la historia, vamos conociendo a la vez que descubrimos los motivos de tal falta de conexión emocional, pero no únicamente hacia el padre ante la situación por la que deben transitar sino también hacia el resto de personajes del pueblo con los que tratan y a quienes observan con cierta perplejidad y distancia que se hace evidente al narrar que «los hábitos de la comarca exigen sin duda que haya que parecerse al muerto del día, pues mis semejantes tenían todos cara de funeral».

Así, Soucy practica un estilo directo que interpela a los lectores directamente al dirigirse a ellos y que me atrevería a decir que es altamente original por el desparpajo utilizado rozando la verborrea a la vez que demuestra una confusión constante entre el género utilizado por el narrador al referirse a él mismo. De igual manera, la historia, que transcurre en poco espacio de tiempo, es narrada en evolución rápida hacia el interior de su protagonista, pues es realmente allí donde ocurre la acción, en el conocimiento y (auto)descubrimiento de su personalidad y su (hasta ese momento) cerrado universo interior. Así al exponerse y abrirse a quien le cuenta la historia, el contraste destaca por la ingenuidad, pero no respecto a sus facultades sino en cuanto a su manera de ver el mundo y su encaje en él; un lugar que antes se le antojaba lejano y hermético a sus conocimientos e intereses y que de golpe parece nuevo y abierto. De hecho, uno de los episodios más hilarantes a la vez que bizarros es un encuentro fortuito de cariz sexual que, por la desubicación mental, sorpresa e inexperiencia que profesa la protagonista me ha recordado sumamente al personaje de Bella Baxter, protagonista de la película «Pobres criaturas» de Yorgos Lanthimos, por la narración de esa escena experimentada por la personalidad medio asilvestrada se la protagonista a la que incluso la lleva a denominarse a sí misma “cabritilla salvaje”. 

Por todo ello, por la historia narrada pero especialmente por la originalidad y valentía en el enfoque y el cómo transmite la historia y los sentimientos, este libro es una rareza interesante para aquellos que buscan sorprenderse ante una lectura que deja cierta sensación de sorpresa y novedad por el uso de un lenguaje un tanto peculiar, con palabras inusuales y en ocasiones inventadas y que invita a aumentar con ello la bizarrez de la historia y la manera de reaccionar, pensar y sentir de su protagonista. Una rareza sorprendente, impactante, pero a la vez divertida.


lunes, 24 de marzo de 2025

Marina Garcés: La pasión de los extraños

Idioma original: catalán y castellano
Título original: La passió dels estranys / La pasión de los extraños
Año de publicación: 2025
Valoración: entre recomendable y muy recomendable


A lo largo de mi vida siempre he tenido un marcado interés en aquellos ámbitos relacionados con el conocimiento de uno mismo pero también sobre el mundo que nos rodea, siendo la filosofía una disciplina que cubre marcadamente estos objetivos acercándose a ellos de manera racional. Pero claro, la profundidad que a menudo encontramos en los textos de este campo puede suponer un escollo a quién pretenda aproximarse a ellos. Por suerte, Marina Garcés sabe encajar su vocación didáctica con los amplios conocimientos que otorga y el resultado es un libro accesible en su mayor parte a la vez que sumamente interesante.

A pesar de un título que puede llevar a cierta confusión, el ensayo trata sobre la amistad, desde su significado desde tiempos pretéritos hasta su concepción actual. Ya en el prólogo la autora confiesa cierto recelo del típico concepto de amistad afirmando que «la confianza y el confort con el que mucha gente se refiere a sus amigos me despierta una alarma que no sé si es una señal de sospecha o de envidia». Un recelo que se basa en su percepción de que «la amistad es un espacio de relaciones tan inquietante como temible, afectado por un deseo y un miedo que escapan a lo que podemos llegar a denominar: el deseo de ser amados porque sí y el miedo de no serlo». Con ello, afirma la autora que «este libro se propone recorrer los márgenes de la escritura sobre la amistad, recorriendo sus hilos conceptuales, pero también adentrándose en sus vacíos».

En su análisis sobre la amistad, Garcés afirma que se está reduciendo la amistad a la «condición de remedio terapéutico: salvavidas de una vida huérfana y refugio de una vida amenazada. Después de años dando todas las vueltas posibles al amor, la pareja y las relaciones sexuales, la amistad aparece en los medios de comunicación, los apartados de psicología de los periódicos, a las páginas web de autoayuda y en investigaciones académicas como la poción mágica que puede curar todos los males de este tiempo en que vivimos: la soledad y el malestar» y esto va en contra de la naturaleza genuina de la amistad, pues «los amigos y las amigas no existen como un medio para un fin, sino que son, precisamente, aquellos seres únicos que amamos por ellos mismos. No responden a ninguna capacidad productiva ni reproductiva que los justifique» de manera que las relaciones de amistad no están asociadas a ninguna función ni están subordinada a ninguna finalidad, «la amistad es un bien muy preciado precisamente porque lo que nos importa de ella no se reduce a su utilidad ni a los beneficios que nos puedan proporcionar los amigos». Por ello, reincide en esta premisa básica e innegociable: «si la amistad es definida como aquella relación afectiva que no puede tener ningún otro fin que ella misma, si es un amor que debe mantenerse libre de cualquier forma de necesidad, solo aquellos que pueden considerarse libres en este sentido pueden aspirar a ser perfectamente amigos». Por ello, «todas las relaciones que implican dependencia, emocional o material, son enemigas de la amistad porque ponen en duda tanto la libertad en la que se basa el ejercicio de la virtud como la reciprocidad entre iguales. La amistad, y esta es la tercera constante, es el amor a la libertad del otro. Es compromiso, pero no obligación».

La autora traza así un marcado terreno para su ensayo y despliega sus reflexiones de manera diáfana y con vocación expositiva. De todos modos, como ocurre en todo ensayo, hay partes más interesantes que otras, así como hay momentos más accesibles que otros y debo reconocer que el libro pierde parte su atractivo cuando abandona la idea de la amistad que comúnmente podemos tener para explicar su evolución a través de la historia y de su significado a través de la religión o la filosofía. Ahí entra en un terreno más complejo que por concepto o por creencia (o falta de) se vuelve más pantanoso y encallado; son párrafos en los que Garcés habla sobre la amistad exhibiendo su amplio bagaje intelectual y profundiza verticalmente en su significado a través de las tesis de San Tomás de Aquino, Agustín de Hipona, Hannah Arendt, Thomas Hobbes, Carl Schmitt o Aristóteles. De todos modos, superado ese ligero “bache” por el análisis histórico, la autora se centra en cómo la amistad nos influye como personas, como las relaciones que tenemos nos afectan y nos hacen tomar consciencia de nuestra manera de ser así como de ellas mismas en contextos diferentes a los de la individualidad de la relación cerrada que puntualmente suponen. Así, parte de los recelos indicados al principio, se fundamentan al lanzar la siguiente reflexión: «¿cuántas veces hemos podido sentir que los nuevos amigos de nuestros parientes, o incluso de nuestros amigos, ejercen algún tipo de hechizo sobre ellos que no nos deja tranquilos o, incluso, del cual llegamos a sospechar? De la misma manera, puede resultar violento ver el comportamiento de un amigo o amiga con otras amistades porque se nos aparece como un extraño. No solo imita otros gestos sociales, hábitos o maneras de hablar que nos distancian. Lo que es inquietante es que vemos aparecer otra persona en alguien que creíamos conocer».

Afirma la autora que «la pasión por el amigo o amiga, la pasión entre amigos, no es el deseo de lo que es el otro, sino la inclinación por su manera de estar en el mundo»; quizá es por eso por lo que los amamos a la vez que nos causan cierta envidia y porque también, en el fondo, nos sirven de contrapunto y de espejo a través del cual (auto)cuestionarnos. Por ello, asevera que «nos conocemos y desconocemos a través de los amigos» y no puedo estar más de acuerdo con ella: es a través de las conversaciones y las relaciones con nuestros amigos donde (re)conocemos nuestra personalidad, nuestras afinidades y temores, pero también los pilares y estructuras mentales y emocionales que sustentan nuestro ser. Es en esas relaciones donde nos sentimos seguros a veces y en otras notamos que zozobramos pues siempre hay en ellas cierto terreno inexplorado; de todos modos, y a pesar de ello, es en esas contadas amistades y la atracción que generan donde buscamos un armonioso equilibrio entre el confort de lo conocido y la desconfianza de lo extraño.

También de Marina Garcés en ULAD: El tiempo de la promesa

jueves, 2 de enero de 2025

Solvej Balle: El volumen del tiempo I

Idioma original: danés
Título original: Om Udregning af Rumfang, I
Traducción: Maria Rosich en catalán y Victoria Alonso en castellano, para Anagrama
Año de publicación: 2020
Valoración: entre recomendable y muy recomendable


Estamos delante de uno de esos libros que sorprenden por su argumento y por su enfoque. Ya por el 1987, la autora pensó en una historia en la que la protagonista se despertaba una y otra vez en el mismo día, pero su intención de desarrollar esta idea y que diera forma a un libro se fue al traste cuando años después Dany Rubin escribió un guion parecido para la que sería una película memorable: Groundhog Day («Atrapado en el tiempo», como se tradujo en estos lares). Así que la idea, de manera parecida al argumento, quedó congelada durante años hasta que la autora se decidiera a darle forma y publicar el libro en siete volúmenes, de los cuales solo uno de ellos ha sido traducido hasta la fecha. Y, esperando a que llegue el resto, aquí va la reseña del primero.

En páginas iniciales, la protagonista, Tara Selter, a modo de diario, describe el núcleo de la historia: «Es dieciocho de noviembre (…) Cada día, cuando me tumbo en la cama de invitados para dormir, es dieciocho de noviembre, y cada mañana, cuando me despierto, es dieciocho de noviembre». Así, la protagonista vive atrapada en el tiempo, en una situación compleja pues en el momento en que sucede por primer vez este salto temporal ella se encontraba de viaje, con lo que su vuelta a casa por la noche se traduce en que despierta en casa cuando debería estar en el hotel. Porque, a pesar de que ella vive el no-paso del tiempo, lo que hace sí se conserva, sí trasciende, y eso le causa un gran dilema sobre cómo abordar esta situación con un marido que no se espera que ella despierte a su lado y de quién percibe, al contarle lo sucedido, que «haber mantenido una conversación con ella y haber hecho cosas que no recordaba lo provocaba una sensación de vértigo e inquietud» al tener que aceptar «que nuestras expectativas sobre las constantes del mundo se basan en fundamentos inciertos». Porque ella se levanta cada día siendo el mismo día, pero aquello que hace durante el día tiene repercusión, no se elimina con la noche así que si termina la noche en un sitio el día siguiente se despierta en ese último sitio a pesar de que el día es el anterior. Por ello, su única solución es intentar dejarlo todo como estaba antes la mañana del día anterior, hacer los mínimos cambios para no alterar el orden de los que no sufren ese trastorno. Así, como ese día no estaba en casa pues estaba de viaje, inicia cada nuevo día como si no estuviera, evitando a su propio marido y vecinos quienes no entenderían que hacía allí cuando se suponía que estaba fuera y evitando también dar explicaciones que no hubieran entendido, pues la única que tenía sentido (la realidad) era muy inverosímil. 

De esta manera, la protagonista nos escribe (o escribe para ella misma) un diario que empieza en el día número 121 a partir del cuál nos va contando lo sucedido hasta la fecha a la vez que, a medida que avanza la lectura, nos va contando cómo pasa los días; unos días que transcurren en silencio, en su casa a escondidas pues debería estar en otro sitio, y pasan los días (o el día), y ella escribe para matar el tiempo, o para que el tiempo no acabe con ella, «porque el tiempo se ha estropeado. Porque he encontrado un paquete de papeles en la estantería. Porque intento recordar. Porque el papel recuerda. Quizás haya algo sanador en las frases». Pero el tiempo sí avanza para ella, el paso del tiempo sí se nota en su cuerpo, así como también algunas cosas se agotan (el café) mientras otras no se ven afectadas por ese extraño suceso de manera que «era obvio que el día volvía a su punto de partida, pero tenía variaciones»(…) había irregularidades en el tiempo, aunque era imposible encontrar un patrón que tuviera sentido».

Así que la autora nos plantea un dilema de difícil solución: ¿qué hacer ante una situación así? ¿Vivir como desparecido añorando tener una vida más allá de la soledad del hogar o intentar explicar una y otra vez lo sucedido intentando a la vez analizar si en esas pequeñas alteraciones hay alguna pista que permitan entender lo sucedido? O incluso, yendo más allá, ¿podría ser posible que algo que hagamos altere los sucesos? ¿podemos intervenir para corregir una alteración del cosmos y reengancharnos en el punto de salto? ¿Y cómo vivir mientras no encontramos la solución, si es que la hay? ¿Luchando por recuperar lo perdido (o por no perder lo que teníamos) o construirse una nueva realidad alejada de nuestra antigua vida? ¿Vivir en compañía reconstruyendo un nuevo día a cada amanecer o vivir en la soledad con la compañía única de quien nos puede entender, aunque seamos solo nosotros mismos?

Por todo ello, y teniendo muy claro que valorar en libro de siete volúmenes justo al terminar el primero es osado, una vez abierta la puerta al misterioso mundo que los plantea la autora y sabiendo que su protagonista sí es capaz de aventurarse a un futuro prometedor, ¿quiénes somos nosotros para dejarle a su libre albedrío y no seguirla en esta interesante aventura? ¿Seremos capaces de vivir con ella, una y otra vez el mismo día, disfrutando de todos los matices que nos aporta y de las variaciones que podamos encontrar en él buscando la felicidad en los pequeños detalles? Yo creo que sí, y ese es el gran mérito de la autora.

También de Solvej Balle en ULAD: El volumen del tiempo II, El volumen del tiempo III

martes, 3 de septiembre de 2024

Jon Fosse: Ales junto a la hoguera

Idioma original: noruego
Título original: Det er Ales
Traducción: Cristina Gómez-Baggethun en castellano para Random House y Meritxell Salvany en catalán para Galaxia Gutenberg
Año de publicación: 2004
Valoración: muy recomendable


Bien es conocida mi devoción por los autores nórdicos, por su extraña habilidad en narrar sin describir la soledad, la oscuridad que reside en nosotros, la sensación de desamparo en incluso abandono en relación al mundo que nos rodea. Fosse sigue esa tradición tan arraigada desde tiempos de Hamsun o Strindberg, precursores del stream of consciousness, y la rodea de un aura más enigmática, menos visceral o pasional pero sí más introspectiva si cabe.

Empieza el relato de manera muy oscura e inquietante: Signe se ve a sí misma en su hogar, un martes de finales de noviembre de 1979, justo el día en el que Asle, su pareja, desapareció. La visión que tiene es la de entrar de nuevo en la habitación y verlo a él, en la oscuridad de una tarde de otoño, «mirando hacia fuera en la oscuridad, con su pelo largo y oscuro y su jersey negro». Una oscuridad que le rodea y le abraza, atisbando fuera sin ver nada, solo mirando la oscuridad, la falta de luz, la nada. Una oscuridad que se funde con él, conformando una sola cosa, pues apenas logra distinguirle y que le transmite una inquietud, un nerviosismo, cuestionándose «¿por qué lo hace? (…) ¿Por qué está ahí de pie, sin más, cuando no hay nada que ver? » Él, en su ensimismamiento, dice que está pensando en ir otra vez a ver los fiordos, en su pequeña barca, a pesar del mal tiempo y del frío, a pesar de que está oscuro y estamos a finales de noviembre, a pesar del viento y las olas. Porque él es una persona solitaria, tímida y callada, y necesita la soledad. Una salida al exterior de la que sabemos que ya no regresará, dejándola a ella rodeada de dudas y preguntas lanzadas al aire sin más retorno que el del eco de sus miedos y temores ante una presencia que puede que no vuelva jamás.

Tal y como vimos en «Blancura», el autor se sirve también en esta obra del monologo interior; sin embargo, en este caso, lo hace desde distintas voces que ejercen como narradores, pues el libro es un monólogo continuo aunque en esta ocasión la narración se comparte entre diferentes personajes (principalmente la pareja protagonista) en una alternancia que Fosse domina a la perfección e intercambia sin saltos, sin pausa, sin apenas puntos y aparte; todo fluye de manera natural en su relato, todo está perfectamente armonizado y la narración en tercera persona es, en este caso, lo opuesto a un narrador omnisciente, pues Fosse narra en tercera persona lo que sus personajes hacen o sienten de una manera tan próxima que parece que sean ellos mismos los que nos lo digan, parece que estés en sus cabezas y sientas lo mismo que cada uno de ellos, logrando que sea muy fácil empatizar con una narración tan sencilla pero a la vez tan profunda. De hecho, es como si los personajes estuvieran disgregados y se narraran a ellos mismos, cosa que en ocasiones sí ocurre realmente de manera que se ven desde fuera en una especie de proyección que le permite al autor analizar y narrar sin interferencia directa de la distorsión propia del sujeto protagonista.  La narración en tercera persona le da un rigor y un punto de objetividad aún y sabiendo que quien narra es el propio protagonista constatando con ello que Fosse tiene un gran talento para conseguir una proximidad absoluta con los protagonistas sin que sea necesario recurrir a la narración en primera persona per se.

Tras esta escena inicial a partir de la cual prosigue el relato de manera continua, la narración se centra en ese fatídico día, en esas últimas palabras intercambiadas entre ambos, en esos últimos gestos, en la decisión sobre si era conveniente salir o si no lo era; esos recuerdos la invaden y la golpean, porque, a pesar de que han pasado muchos años, un par de décadas, ella sigue recordándolo, recordando no únicamente esos últimos instantes sino también su vida, su relación, su infinita presencia en su casa, la manera en que copaba cada uno de los espacios y las conversaciones, dejándola a ella sola ante su presencia, sola antes sus ideas, sola antes sus necesidades intentando que de algún modo aflorara su personalidad. Pero, aun años después sigue recordando ese último encuentro, su interminable presencia, sus silencios y la soledad que la contagiaba. Y en este continuo análisis en el que se van intercambiando los pensamientos de ambos, se añaden a la historia otras voces pertenecientes a la familia, a su pasado, a un linaje de varias generaciones que arrastran fantasmas, pérdidas e infortunios.

El estilo de Fosse te atrapa y te sumerge en un estado en el que consigue arrastrarte en sus pensamientos, sus inquietudes, sus angustias, sus cuestionamientos y el abrazo permanente a una soledad con el que busca acercarse a aquello que somos y aquello en lo que nos hemos convertido. El autor noruego sabe cómo pocos llegar a esos sentimientos tan íntimos, tan oscuros y a la vez tan esperanzadores al descubrir que aún hay literatura que consigue llegar a nuestro yo más interno y ver que quizá sí estamos solos, pero que no somos los únicos.

lunes, 19 de agosto de 2024

Mònica Batet: Una història és una pedra llançada al riu

Idioma original: catalán
Título original: Una història és una pedra llançada al riu
Traducción: sin traducción al castellano de momento
Año de publicación: 2023
Valoración: entre recomendable y muy recomendable


Hay ciertos libros que, por un motivo u otro, quedan en la pila de pendientes durante bastante tiempo, ya sea en casa o en esa lista que todos tenemos de lecturas que algún día deberíamos leer. Y este es el caso de la novela que nos ocupa, pues consta en mi particular lista tras los múltiples elogios recibidos en distintos foros, pero por algún motivo que se me escapa no había encontrado el momento de leerlo hasta estas vacaciones. Y la verdad es que su lectura ha valido la pena.

La historia empieza de manera muy cautivadora con una breve fábula que abre el libro exponiendo lo que vendrá a continuación en cuanto a intencionalidad narrativa y estilo: así, ya en el primer capítulo la autora nos presenta al Futuro Folclorista, un joven nacido en una familia poblada de bailarines pero que, a diferencia de ellos, su gran pasión son los libros y las historias, los cuentos. Así, mientras en su familia tratan de hacerle ver que debe dedicarse al balé como todos ellos, él va cada domingo por la mañana al Mercado de Libros Leídos a comprar antiguos libros de cuentos de una editorial ya extinguida. Y, por las tardes, se adentra de lleno en esas historias, porque «esas eran las tardes del a futuro Folclorista. Unas tardes llenas de felicidad plena y de noches de dormir de una sola tirada» ante la inquietud de su padre que se pregunta cómo pueden interesarle esos libros y qué será de su hijo si no empieza a bailar porque «en la ciudad donde vivía el Futuro Folclorista no solo había diez salas de baile, también había un nombre incontable de escuelas donde jóvenes, y no tan jóvenes, iban a hacer clases». Finalmente, a raíz de un comentario que oye en boca de una joven diciendo que los chicos que no saben bailar no encontrarán novia, decide apuntarse a una escuela donde conocerá al Futuro Revolucionario, un joven con quien comparte su amor por los libros y las historias. A partir de ahí, su relación crece y se dedican a investigar los cuentos populares, sus similitudes y versiones, sus enfoques y características, la narración y su oralidad.

Así, la autora sitúa la historia de la narración en un tiempo y un país indeterminado, aunque en la mente del lector lo podría ubicar en un país centroeuropeo, de mentalidad cerrada, de tradiciones férreas y costumbres anquilosadas, donde rige la censura y la música está restringida a los hombres, porque «no es correcto que una mujer hable del amor que siente por un hombre y menos aún hacia otra mujer. Esto último es inaceptable. Si una mujer cantara, aunque fuera en un local muy pequeño, tanto los músicos como ella tendrían problemas». A través de unos pocos personajes interrelacionados, con alguna elipsis temporal que nos ubica y reubica en los tiempos narrados en los que la guerra, la dictadura o el totalitarismo ocupan y centran el día a día de sus habitantes, la historia se deslocaliza en tiempo y espacio, a través de esos personajes sin nombre y del que no conocemos su procedencia, lo cual amplía el espectro mental en el que el lector sitúa la historia y el contexto, un contexto en el que las libertades son restringidas, en las que los cuentos y las canciones de letras metafóricas son las únicas vías de escape, de protesta y de resistencia ante un estado totalitario. Unas canciones cantadas en la clandestinidad que, a diferencia de las canciones de la música popular, en este caso «tanto en las canciones de las mujeres de su país como en las de aquellos hombres vestidos de negro se entreveía la eternidad». 

Fácilmente uno se percata de que el estilo de la autora es sólido, firme, con un propósito claro que es el de adentrar al lector en esas mismas historias y lo consigue desde el primer momento con un acercamiento a sus personajes tal que en pocas páginas ya estás metido de lleno en la historia. Se nota en Batet un oficio logrado a base de sus estudios académicos, pero también una trayectoria de libros publicados que empieza a coger cierto volumen y, especialmente, en su predilección por la literatura centroeuropea de la que se contagia en su pulso narrativo en la que se constata una prosa muy precisa y ligada al texto que narra. Así, como la propia autora reconoce, su bagaje cultural pasa por la literatura centroeuropea y se nota por la solidez y la concisión en su estilo. Un lenguaje sin excesivos adornos a la vez que firme, en un estilo que recuerda en parte a Saša Stanišić y sus «Orígenes» (publicado también por Angle Editorial y libro del que nunca me cansaré de recomendar) pero también a Zweig o mi siempre admirada Agota Kristof.

Mònica Batet, ha escrito un libro en el que destaca no únicamente un estilo firme y sin altibajos, sino también una historia en la que la importancia de la misma no radica únicamente en sus personajes sino en lo que estos pretenden, la intencionalidad subyacente en su interés por las narraciones orales y por los cuentos. De manera similar a cómo Joan-Lluís Lluís defendía la narración oral en «Junil a les terres dels bàrbars», Batet hace lo propio y lo expande también a las canciones populares destacando la importancia de la transmisión oral de las historias en la cultura de una sociedad recordando a la vez los tiempos en los que las canciones eran utilizadas como instrumentos de protesta, donde la letra ocultaba mensajes de denuncia y esperanza, de lucha y subversión.

Afirma la autora, en boca de uno de sus personajes, que «fuimos nosotros. La victoria empezó con nosotros. Solo hay que mirar la historia, siempre hay un momento en el que el pueblo deja de obedecer». En tiempos en que la extrema derecha y los totalitarismos asoman tras cada contienda electoral, conviene no olvidar que, en el fondo, solo el pueblo salva el pueblo.

miércoles, 17 de abril de 2024

Reseña + Entrevista: La visitante de Alberto Chimal

Idioma original: español

Año de publicación: 2022

Valoración: entre recomendable y muy recomendable

Gabriela, originaria de Toluca, abandona su pueblo ciudad natal para cursar contaduría en la Ciudad de México. Como muchos jóvenes forzados a tomar decisiones vitales prematuramente, encuentra poco placer en su carrera, asistiendo a clases más por rutina que por interés. Su vida toma un giro al descubrir, gracias a su prima, un taller de teatro que la cautiva de inmediato (obviamente, en gran parte gracias al profesor). La novela comienza con estas incursiones de Gabriela en el mundo del teatro, lo que la lleva a cuestionar sus preconcepciones "provincianas". Durante esta etapa, su vida transcurre con relativa calma, aparte de las dificultades típicas de cualquier “estudihambre” normal.

Los conocedores de la obra de Alberto Chimal anticiparán un giro hacia lo paranormal o fantástico, y así sucede. Como sugiere el título, una presencia emerge de una especie de limbo (“l frontera”) para alterar radicalmente la existencia de Gabriela, exponiéndola a ciertos secretos turbios del taller de teatro y a la realidad social de su país. La temporalidad es crucial, situando la narrativa a inicios de los años 70, una época marcada por la desilusión juvenil, las secuelas de represiones estudiantiles y un choque generacional entre conservadurismo y nuevas ideas.

Esta novela tiene muchos elementos que suponían un riesgo al fracaso. Escribir una novela sobre fantasmas y posesiones en un país azotado por la violencia, como lo es México, supone el riesgo, por un lado, de herir susceptibilidades, y por el otro, de quedarse corto. De que los hechos, por paranormales que puedan ser, no superen al terror real con el que tienen que convivir los habitantes de la tierra de los magueyes. ¿Por qué alguien se interesaría por aquellas almas que habitan ese limbo llamado “la frontera”, cuando hay una frontera real, un desierto donde las mujeres tienen la esperanza de vida más baja del país?, ¿Por qué a alguien le preocuparía la posesión de una niña por el alma en pena de una mujer asesinada, cuando hay miles de madres aterrorizadas por el fantasma de sus hijas y hermanas, y que las acompañaran hasta que ellas mismas, de una manera u otra, cruzan a su vez esa frontera? Acaso abordar este tema desde el punto de vista de una niña, y añadiendo elementos fantásticos sea una forma de lidiar con una situación que, de otra manera, sería insostenible (vaya que cuesta ver directamente a la cara a la realidad). 

Pese a que el tono de la novela recuerda mucho a lo que usualmente se cataloga como “literatura juvenil”, caracterizada por adolescentes en pleno descubrimiento de sí mismos y adultos antagónicos, Chimal maneja el tono sin caer en clichés, de tal manera que logra abordar un tema tan delicado (casi tabú en México), como es el de la violencia contra las mujeres y los feminicidios.

Dicho lo anterior, hay algunos puntos que no me agradan del todo:

La novela parece estar dividida en dos partes. Los sucesos que ocurren en la primera mitad, enfocada principalmente a la vida estudiantil de Gabriela y a sus actividades teatrales, pierden relevancia una vez que se introducen los eventos paranormales.

El profesor del taller de teatro cambia radicalmente de carácter sin una explicación, a mi parecer, satisfactoria, como si nos hubiéramos perdido un capitulo de su historia. Posteriormente se revelan ciertos aspectos de su pasado que pueden explicar tal transformación, pero da la impresión de ser una justificación en retroactivo de ese cambio.

Me parece que el papel de la protagonista pierde fuerza una vez que ocurren los elementos fantásticos, como si cediera su puesto a otro personaje. Esto se resuelve al final de libro, pero en el inter es un poco chocante esta salida de escena.

Admiro mucho el estilo de escritura de Chimal, que recuerda mucho a su forma de hablar. Incluso su tono de voz casa muy bien con el tono de su narración. Se disfrutan particularmente los pasajes donde se describen las actividades del grupo de teatro, el movimiento de los cuerpos en el escenario, las sensaciones de los estudiantes, la percepción de aquellos que observan, etc. Me atrevería a decir que solo por esos bellos pasajes vale la pena leer este libro. 

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Alberto Chimal tuvo la amabilidad de regalarme un poco de su tiempo para platicar más a detalle sobre su novela. Además, nos lee un pequeño fragmento. Pueden checarlo en el siguiente enlace.


* Para quienes deseen profundizar en su metodología, Chimal ofrece un curso de escritura creativa en Domestika y en su sitio web, además de un canal de YouTube con su esposa, Raquel Castro, donde abordan variados temas literarios, altamente recomendable. 


jueves, 19 de octubre de 2023

Marianne Dubuc: Nina y Milo

Idioma original: francés
Título original: Nina et Milo, journée de pêche
Traducción: Raquel Solà i Garcia (en catalám y castellano para Editorial Juventud)
Año de publicación: 2021
Valoración: entre recomendable y muy recomendable


Seguramente recordaréis, aquellos que sois lectores desde la infancia, los típicos libros de la serie «Elige tu propia aventura»; una serie de libros donde lo interesante era que la lectura se planteaba como un juego o una aventura y era el lector quién decidía, en casi cada página, qué camino o decisión debía tomar el protagonista de manera que en función de esas decisiones el final de la trama era uno u otro.

Este tipo de libros son interesantes pues interpelan al lector poniéndole en situaciones en las que el futuro del personaje o de la historia dependen en gran medida de sus decisiones, y esto es algo que, a modo de divertimento, funciona muy bien y es un enfoque que, ya años después, abrazaron los creadores de videojuegos e incluso hubo algún atrevimiento en TV hasta el punto de que una serie popular como Black Mirror se atrevió con ello (y fracasó, según mi opinión).

El caso es que este tipo de literatura va muy ligada al público juvenil, pero está muy poco explorado en el ámbito de la literatura infantil y eso algo que creo que debería remediarse puesto que si algo fomentan este tipo de libros es que, más allá de la creatividad y la imaginación sobre qué puede ocurrir a continuación en la trama, a nivel más profundo podríamos afirmar que potencian la capacidad de análisis, la convicción y seguridad en las decisiones tomadas y la asunción de responsabilidades. Por todo ello, es muy interesante que una artista como Marianne Dubuc se haya atrevido (y con éxito) a superar tal reto.

A nivel argumental, la trama es simple: dos amigos (Nina y Milo) salen a pescar y, debido a una fuerte racha de viento, Milo sale volando. Nina deberá encontrarlo siguiendo su instinto y en esa aventura se encontrará con diferentes obstáculos y personajes que le supondrán una ayuda o un estorbo (según cada caso). A nivel gráfico, los dibujos de Marianne Dubuc son de estilo clásico, de colores suaves y formas redondeadas, muy agradables a la vista y sin estridencias cromáticas ni personajes grotescos lo cual permite que sea una lectura es muy recomendable para todas las edades.

Por todo ello, se trata de un libro que recomiendo pues, además de disfrutar con el trazo cálido de la autora (de la cual recomiendo «El camino de la montaña» por la bonita historia que narra), nos permite adentrarnos en una aventura y ayudar a sus protagonistas a conseguir su objetivo a través de nuestras decisiones con lo que hace de ello una lectura no únicamente agradable sino altamente interesante y estimulante.