Mostrando entradas con la etiqueta escritores ingleses. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta escritores ingleses. Mostrar todas las entradas

martes, 27 de octubre de 2026

Samantha Harvey: Orbital


Idioma original:
inglés

Título original: Orbital

Año de publicación: 2025

Traducción: Albert Fuentes

Valoración: recomendable

Orbital es, desde luego, una novela original en su estructura. Como una especie de bitácora a doce manos, la de seis astronautas que orbitan a lo largo de un día metidos en el reducido espacio de una Estación Espacial Internacional. Dos mujeres y cuatro hombres de distintos orígenes y condiciones, todos ellos reputados profesionales que se encuentran ahí a caballo entre su vocación y la función que se les ha asignado, la mayoría de perfil cientifico. Dieciséis capítulos, cada uno correspondiente a sendos recorridos completos alrededor de la Tierra que la Estación, a 25.000 km/h, traza a lo largo de veinticuatro horas, de forma continuada a lo largo de meses y años. Cada uno de los seis, si bien el protagonismo está desigualmente repartido, metidos en sus quehaceres y en sus reflexiones sobre su presencia ahí, los hogares que han dejado atrás mientras cumplen su misión, las circunstancias de cada uno, los recuerdos que acuden a sus mentes, algunos de ellos asidos a los escasos objetos personales que les ha sido permitido llevar a bordo.

Obviamente esta no es una novela de ciencia-ficción. Sus personajes son posibles y no hay un atisbo de trama que pueda sugerir conflicto, problema de convivencia, ni tan siquiera se sugiere nada que pueda parecer remotamente carnal. No existe una trama en sí salvo asistir a esa rutina, los sucesivos recorridos en que la nave atraviesa dieciséis zonas barridas por la luz solar, dieciséis zonas en sombra. A Harvey (que agradece a las agencias espaciales su transparencia informativa) se le escapa cierta trascendencia de aires new age cuando acomete la descripción de todos los itinerarios de cada una de las órbitas, y en algún párrafo la relación de países, accidentes geográficos, sitios que sobrevuelan, puede resultar algo indigesta o reiterativa. Ya sabemos que es difícil no quedarse fascinado mirando el planeta desde una ventanilla privilegiada a cuatrocientos kilómetros de altura. Ya intuímos que esos seis astronautas tienen cada uno una historia propia de brillantez y superación que los ha llevado a esa misión, elegidos (como en el clásico de Tom Wolfe) en función de su idoneidad para aquello que les ha sido encomendado. Pero demasiadas veces esa descripción de paisajes, de islas, de tifones que sobrevuelan los océanos, parece erigirse en el nudo argumental del libro. Quizás de forma premeditada, no hay por qué negarlo, las problemáticas de los habitantes de la estación, sus experiencias físicas con la gravedad, con las limitaciones del espacio reducido, con la logística propia de la situación, quedan en un segundo plano, se nos muestran como algo circunstancial y poco trascendente frente al imponente escenario, el interno y el externo, en que se desarrolla la novela.

miércoles, 16 de septiembre de 2026

Olaf Stapledon: La última y la primera humanidad

Idioma original: inglés
Título original: Last and First Men
Año de publicación: 1930
Traducción: Jordi Arbonés
Valoración: bastante recomendable (pero no para todos los gustos)

Ya en Hacedor de estrellas había utilizado la etiqueta "no para todos los gustos", lo cual muestra un adelanto de cómo sería leer esta novela, similar en tema, ambición y tono a aquella tan filosófica, excepcional en su estética del asombro y la inocencia y, para qué negarlo, árida hasta la extenuación. Otra etiqueta podría ser "en pequeñas dosis", pero como la he leído de corrido y manejado sus conceptos de una forma más asequible (en escalas es mucho más humilde, ¡solo la humanidad!), creo que vale la pena hacer el intento.

Es esta un recorrido entero sobre la especie humana. Nosotros aparecíamos brevemente en Hacedor de estrellas, apenas nombrando nuestra extinción en Neptuno. Acá se traza (de forma quizás muy morosa al principio y luego acelerando vertiginosamente milenios) la historia completa, desde nuestros inicios como Primera Humanidad (en la cual todavía nos encontramos) hasta la Decimoctava Humanidad (unos mil quinientos millones de años después y ya en Neptuno). Stapledon utiliza el recurso de mensaje del futuro enviado al pasado, elemento que se explicará casi al final de la novela (bastante abstracta y original la utilización, pero cargada de una imaginería difícil de asimilar), como una forma de "poseer" al autor y conminarlo a escribir lo que le relatará.

No quiero repetirme en el argumento: básicamente trata de nuestro proceder como especie a lo largo de dos mil millones de años. La Primera Humanidad, por ejemplo, y luego de guerrear repetidamente entre Europa, EE.UU y China, se reúne bajo un Estado Mundial que fracasa estrepitosamente por la obsesión hacia el principio del Motor (en el sentido de movimiento, no de motor de auto), representado en el despilfarro de energías naturales y agotando los recursos del planeta (¡plena actualidad!) y de la cual unos habitantes de la Patagonia serán el reducto último y las raíces de las que surgirá la Segunda Humanidad, que no es mejor que la Primera. Y así más o menos en cada transición hacia otra Humanidad. Stapledon menciona las características físicas y culturales de cada una, la evolución de ambas a lo largo de millares de años, los auges y decadencias de las mismas (y, algo que me sorprendió para bien, la marcada importancia de las relaciones sexuales en cada una de ellas. Para ser de 1930 es de todo menos pacato). Algunas Humanidades, como la Tercera y la Quinta son el summum de nuestra especie, dedicadas a la religión del amor y al abandono del egoísmo natural en pos de una comunidad mundial, pero con la individualidad por bandera. Otras son un desastre, como la Cuarta, unos cerebros artificiales incapaces de entender el disfrute de sus creadores, la Tercera, y por ende resentidos hasta el hartazgo, y un par más en donde directamente somos pájaros, ratas o babuinos más preocupados por nuestros instintos primales que en el conocimiento y la intuición para mejorar.

Es, entonces, una novela circular. El narrador, con una mezcla de sorpresa, desgana y lleno de compasión hacia el resto de las Humanidades, deshoja cada una con precisión de científico e incluso reconociendo lo desesperanzador de su relato, ya que pareciera que nuestro destino natural es fracasar y arruinar sociedad tras sociedad. En algún punto menciona que el sufrimiento, puesto en una balanza, es mucho mayor que nuestras alegrías. Pero Stapledon, marcado con una fuerte impronta humanista (pleno período de entreguerras, por un lado, y no tan desconocedor de lo que se venía) y a pesar de que en la novela nos extingamos, considera que ha sido un placer formar parte del género humano. 

Por ello, y por más que la novela arranque lentísimo con la Primera y termine siendo una abstracción muy potente con la Decimoctava, en la que cuesta entender la sociedad del momento (aunque sea un efecto buscado por el narrador), y lo adictivo esté en ese medio (más o menos lo que pasaba con Hacedor de estrellas: lo interesante está en la expansión de la Humanidad, y lo árido al principio, cuando todavía nos vemos limitado por una historia muy reconocible, y al final, en el que nos cuesta situarnos) comprendido por la Tercera y la Décima Humanidad, cuna de lo mejor y lo peor de nuestras acciones, nos vemos involucrados , esperanzados y desesperanzados por nuestra historia, nuestra causa, nuestras cuestiones existencialistas: ¿por qué hacemos lo que hacemos?, ¿por qué estamos acá?, ¿es el universo algo con sentido o puro y fortuito azar? Uno termina siendo partícipe de lo que ocurre en la novela, termina creyendo que, desde su individualidad y en una trama de dos mil millones de años, importa lo que hagamos, por más que el narrador desempolve la trama histórica en suspiros como "y luego de millares de años consiguieron lo que buscaban", dejando de lado las iguales vidas en cantidad que se habrán vivido en ese período y la cantidad de miserias efectuadas, pero, y eso es lo más importante, también alegría y gozo por existir. Entonces, y para ir cerrando la reseña, nada mejor que citar a Stapledon, con su visión excesivamente romántica e ilusa para unos, necesaria y veraz para otros: "Está muy bien haber sido hombre".

Más de Olaf Stapledon: Hacedor de estrellas

domingo, 5 de julio de 2026

Tochoweek VI #7 Ted Simon: Los viajes de Júpiter

Idioma original: Inglés 
Título original: Jupiter's travels
Año de publicación: 1979
Traducción: Teresa García y Ángel Sanz
Valoración: Muy recomendable 

Cuatro años, cuarenta y tantos países y un porrón de kilómetros a lomos de una Triumph que ahora se conserva en el Museo Británico del Transporte (Coventry) son los ingredientes de este clásico moderno de la literatura de viajes. De hecho, la edición que yo he leído es la 9ª (y hablamos de año 2021), así que os podéis hacer una idea.

Volamos hasta el año 1973, justo en los días en que comienza la Guerra de Yom Kipur. Son años en los que la moto, gracias a películas como Easy Rider, Los ángeles del infierno o La gran evasión (Steve McQueen llevaba, por cierto, otra Triumph), se ha convertido en un símbolo de libertad (no la de las cañitas, amiguis) y en los que las ansias de evasión, la mística de los espacios abiertos o la pura curiosidad llevan a una generación a liarse la manta a la cabeza y tirar millas. 

Algo de todo eso hay, aunque yo creo que el principal motivo es la simple curiosidad por conocer(se), en un viaje que nos traslada a un mundo muy diferente del actual, al menos en lo que a la velocidad se refiere. Hablamos de un mundo más "lento", y eso es fundamental. De hecho, este viaje no podría ser el mismo en 2026 y ese es uno de sus múltiples atractivos, el de hacernos viajar también en el tiempo.

Otros aspectos destacables de Los viajes de Júpiter son:
  • su carácter multidisciplinar. Diría que no es algo buscado por Ted Simon, pero tantos lugares y tanto tiempo dan pie a que el libro pueda funcionar también como fotoperiodismo (magníficas las fotos que acompañan al texto), como crónica (por ejemplo, sobre los cambios y contrastes en la Libia de Gadafi, sobre la era del petróleo y la tecnología o sobre las diferencias entre los jóvenes de Fortaleza y los campesinos de Iguatú), como novela "chusca" de Graham Greene (esos problemas en Brasil...) o como versión motera de Lost in Translation en la sobreabundancia material y de estímulos en L.A.
  • la innegable voluntad poético / literaria presente en muchas de las descripciones,
  • el continuo replanteamiento del sentido y el significado del viaje y, SOBRE TODO,
  • la mirada del autor sobre la multitud de "historias mínimas" de las que es testigo durante el viaje. Hay mil ejemplos (Arthur y Ruth Thompson, últimos granjeros blancos en Kenia, el Padre Walsh en Fortaleza, Bob y Annie, los camioneros australianos que esperan que baje el nivel del río...). No son historias "acabadas", pero poseen el encanto de las cosas apenas vistas por la ventana, de las imágenes que entran en tu vida y poco después desaparecen como fantasmas del pasado. 
En lado menos positivo, cabe mencionar la vertiente filosófico-introspectiva, quizá algo reiterativa, y el desaprovechamiento de algunos tramos del viaje que pasan con demasiada fugacidad. Hablo, en particular, de todo el recorrido por Centroamérica o el tramo entre Afganistán y Turquía.

En cualquier caso, la condición de "clásico moderno" de Los viajes de Júpiter está más que justificada. Solo queda que os subáis como podáis a la moto de Ted Simon y atraveséis con él desiertos, selvas, montañas y, sobre todo, vidas ajenas.

lunes, 29 de junio de 2026

Tochoweek VI #1 Andrew O'Hagan: Caledonian Road

 

Idioma original: inglés
Año de publicación: 2025
Traducción: Rubén Martín Giráldez
Valoración: bastante recomendable

Dios: soy tan poco anglófilo que ni siquiera me gustan los Beatles (ni los Stones). Así que cuando una novela de más de seiscientas páginas* es proclamada como la Gran Novela Londinense, apenas siento una cierta curiosidad. Gran Novela Londinense: o sea, ¿vamos a tener una Gran Novela para cada gentilicio? Pasaremos de la Americana a la Barcelonesa, ¿llegaremos a conocer la Gran Novela de Motilla del Palancar?**

Supongo, para empezar, que ese grandilocuente apelativo requiere que, de alguna manera, una novela sea ambiciosa, sea de amplio espectro, incorpore algún elemento que la permita convertirse en definitoria, al menos, del momento en que transcurre. 

Bien, esto Caledonian Road lo cumple. Aunque haya que aportar el matiz de que vivimos en tiempos en que todo sucede muy deprisa, pero al menos nos alcanza la memoria de los grandes trazos que sitúan en contexto la obra, y de algunos, aunque nos suenen lejanos, aún no nos hemos olvidado: Covid, Brexit, Bitcoin, guerra de Ucrania, Epstein files. Sí, desde luego una buena amalgama para empezar. O'Hagan crea una novela coral cuyas piezas empiezan a encajar pronto. Obviamente hay influencias palpables, ese retrato social que muestra las desigualdades dentro de una gran ciudad de Occidente ya lo hizo Tom Wolfe en La hoguera de las vanidades, quizás algo más extremo y sin tantas interacciones como las que O'Hagan nos procura aquí.

Campbell Flynn, un escritor que ha tenido un enorme éxito con un libro sobre Vermeer, ha empezado a acumular deudas, las propias de su excesivo estilo de vida. Conectado con la clase alta británica (que sale muy mal parada, algunos diálogos protagonizados por aristócratas son delirantes, por estúpidos, por hipócritas, o directamente por surgir de un universo paralelo de despilfarro y pedantería),  pero Flynn disfruta de influyentes conexiones en el who's who de la ciudad, lo que le permite trazar un extraño plan: publicará, con un torpe joven actor como cara visible que prestará su nombre, un polémico libro de autoayuda. Necesita dinero, necesita no poner su prestigio en tela de juicio, y Elizabeth, su paciente y aristocrática esposa, sin enterarse de nada de lo que ocurre a su alrededor, comprenderá su situación, aunque sea de forma transitoria. Hay muchos personajes aquí: Milo, un alumno suyo muy hábil en la darknet, le sirve de cicerone en las nuevas tecnologías. Moira Flynn, su hermana, es una diputada laborista que intenta mantener una postura ética enmedio de las tormentas que se generan por doquier. No así William Dyre, amigo de la infancia, de alguna escuela y universidad elitista, este ya pringado hasta el tuétano: relacionado con prebostes de la oligocracia rusa residente en Londres, sus tentáculos llegan hasta bien abajo y con muchas sucias raíces: tráfico de inmigrantes, cultivos de marihuana, empresas textiles que explotan sin escrúpulos, Dyre lleva una existencia que combina presencia en selectos actos y amantes jóvenes enganchadas a las drogas. También tiene un hijo, Zak, una especie de eco-yuppie que ha decidido plantar cara a la figura paterna sin renunciar a su privilegiado estilo de vida.

Seiscientas sesenta páginas de constantes cambios de escenario y de, alguna vez, difícil seguimiento de las tramas. Vamos de salones de enormes pisos repletos de caras obras de arte a estrechos apartamentos de inmigrantes polacos obligados a buscarse la vida. Quizás, en ese afán de completar el cuadro, Caledonian Road se acerque algo al registro de un best-seller, pero los retratos de los personajes son claramente literarios, sus trazos son definidos con matices y sus dudas y contradicciones no se esbozan a brochazos. Flynn parece el anti-héroe torturado e inseguro que piensa que su situación se arreglará algún día, de alguna manera. Dyre, el potentado arrogante e inmoral, pagado de sí mismo que sabe que siempre va a contar con una vía de escape. Los jóvenes que aparecen en la novela cubren todas las posibilidades, desde los desgraciados que han estado en el momento inadecuado en el escenario de un crimen o en el interior de un contenedor, hasta aquellos que parecen mantener una postura ética inquebrantable. 

Caledonian Road, que toma el nombre de una de esas largas calles que atraviesan la ciudad y en la cual hay enormes desniveles sociales, es una buena novela, quizás la necesidad de O'Hagan de atender tanto personaje y dejar trazos nítidos de cada uno sea lo que justifique su extensión. A lo mejor O'Hagan necesita eso para completar su socavada denuncia de la sociedad british, en la que, aunque haya que recurrir a la traición, cuanto más alto se está en el escalafón social, más segura es la impunidad, sea por los medios que sea que esta se alcance. Es una novela intensa, a veces algo difícil en su seguimiento, pero, sin dudas, brillante e interesante.

*Umbral no escrito que la certifica como tocho

**Sin ofender: broma interna del blog que llevaría varias reseñas adicionales explicar

jueves, 4 de junio de 2026

Daniel Defoe: Roxana. La amante afortunada

Idioma original: inglés
Título original: Roxana: The Fortunate Mistress
Año de publicación: 1724
Traducción: Teresa Arijón
Valoración: entre recomendable y está bien

Pecado de lector: aún no he leído Robinson Crusoe y no creo que lo haga por el momento, así que mi primer acercamiento a Defoe fue a través de esta novela de cierto tamaño (unas cuatrocientas páginas), poco conocida, por lo visto, y con una traducción bastante reciente. Probablemente Coetzee, en su admiración hacia el autor, la eligió para no caer en el libro más conocido, lo cual es de elogiar.

Antes que nada, si alguno posee esta edición, recomiendo no leer el prólogo, porque destripa gran parte de la historia, más allá de sus comentarios certeros. También es cierto que ayuda al lector a la hora de encontrar el valor de esta novela, pero lo bueno de este libro es que se encuentra implícito en la trama y no es un bodoque que necesita miles de notas al pie.

El argumento es más o menos así: Roxana (aunque ese no es su nombre, solo un apodo que le ponen alrededor de la mitad del libro) es una mujer que se casa muy joven con un marido muy estúpido (podría haber sido una especie de rugbier que le encanta la cerveza) y de cierta fortuna (tienen establos y sirvientes), pero terminan arruinados por las malas decisiones del esposo. Para colmo, después de cinco hijos y de la huida de su adorable cónyuge, Roxana no tiene un peso partido al medio y se ve obligada a destinar a sus hijos a la hermana de su marido. La acompaña únicamente Amy, una sirvienta por demás devota a su señora (se pasa meses sin cobrar el sueldo por la pura compasión y amistad que la une a ella) y que probará ser determinante en la trama. A Roxana, después de mudarse, la acosa constantemente un mercader de joyas con el tema del alquiler, sin conocer del todo sus circunstancias; cuando lo hace, se apiada de ella y le ofrece un trato algo inverosímil: que sea su compañera, su amante, ya que su esposa no lo toca ni con un palo, y él procurará protegerla de todo peligro económico y social.

Así arranca la novela en sus primeras cincuenta, setenta páginas. No detallo más del argumento porque forma parte de los defectos narrativos; es decir, la repetición de historias es muy notoria. Es evidente que Defoe la escribió sobre la marcha, inventando personajes y situaciones a medida que avanzaba la trama, pero sin mucha planificación ni corrección. Hay párrafos enteros que se dedican a repetir exactamente los pensamientos de Roxana que ya había tenido en páginas anteriores, y sospecho que alguna escena es la misma solo que cambiando los nombres. También, aunque en esto no sé si culpar a Defoe, la protagonista, de repente, le entran arranques de arrepentimiento y de fustigarse por todo lo que hace y deshace para con ella y los demás. pero todo está escrito de una forma en la que me hace sospechar si esas escenas no están puestas para que el censor de turno se aliviara respecto a la moralidad de la historia.

Porque si en algo destaca el libro, es en la protagonista. Para la época debió de ser bastante novedosa la argumentación lúcida y sin fisuras de una mujer que rechaza el matrimonio porque sabe que es convertirse, como ella lo denomina, en  una sirvienta de lujo. Y cada hombre que le propone matrimonio, ya sea por motivos sinceros (pocos), por su belleza (muchos, a tal punto que empieza a dar gracia que Roxana llegue a los cincuenta y los hombres piensen que tenga veinte) o por su fortuna (que va acumulando gracias a los distintos amantes que se procura, amantes que van ascendiendo en la escala social y que no dejan de regalarle joyas y calderilla que ella ahorra e invierte mejor que la bolsa de Wall Street). Hay, además, un momento en donde Roxana mete a su criada a tener juegos sexuales con su esposo (no el primero) mientras ella los mira sin ningún empacho, y toda la escena está desarrollada de manera contundente, de las pocas veces en que se muestra la naturalidad de Defoe tratando la historia y no solo la necesidad de ganar dinero por las entregas o de atravesar el control del censor. Así, más allá de los lamentos (impostados) por sus pecados, vemos la transformación de Roxana, desde una mujer que no tenía ni para un mendrugo a una mujer cuya ambición es levantarse al rey de Inglaterra y poseer todos los títulos (pero sin casarse, pues no lo necesita). 

Recién en las últimas páginas el bucle narrativo se despeja y la historia se encamina al miedo de Roxana por que sus hijos abandonados descubran la vida que lleva su madre, una vida que, según ella, es pecaminosa, y por eso no podría aguantar la vergüenza al ser descubierta. No digo más. 

Se nota que la novela es del siglo XVIII, no tanto por la trama, que en sí es bastante disruptiva con la sociedad del momento, si no en las técnicas utilizadas: situación tras situación sin terminar de evolucionar a los personajes, explicaciones a mansalva del comportamiento de los mismos, tratados económicos que marean al lector de ahora, entre otras cosas. Pero si algo se debe destacar, es que la prosa nunca es abigarrada, y más allá de las sensiblerías extremas (llorar y emocionarse por todo), se lee con fluidez y cierto interés en los diálogos. Hay momentos en que uno piensa que, con un poco más de revisión, hubiera ganado en contundencia y accesibilidad. Pero queda como un (buen) ejemplo primerizo de la psicología de la culpa y del erotismo en una protagonista que parece ingenua y se termina revelando como una astuta de manual para sobrevivir.

Más de Daniel Defoe: Robinson Crusoe  

domingo, 12 de abril de 2026

David Toop: Océano de sonido

Idioma original: inglés

Título original: Ocean of Sound

Año de publicación: 1995

Traducción: Tadeo Lima

Valoración: recomendable (pero indigesto para no iniciados)

Vaya, con los motores de búsqueda. Al intentar obtener la foto de portada que es potestativo añadir a cada una de nuestras puntuales reseñas, veo que una de las clasificaciones de Oceáno de sonido es "antropología". 

Pretexto más que oportuno para negar ante el gran  jurado que esta sea otra reseña sobre música o músicos, aunque tampoco voy a haceros comulgar con ruedas de molino. Su autor, David Toop, no se conforma con ser, él mismo,  músico. 

También es una de las más reputadas firmas de la crítica musical, con intervenciones en varios medios aunque la que me ha resultado siempre más notable es su colaboración con la veterana revista The Wire, impertérrita biblia de la música más experimental y arriesgada (reto a cualquiera que crea saber algo de música a investigar si conoce a más de un par de sus designaciones de los cincuenta discos del año, cualquiera de ellos) a la par que, glups, elitista e incluso tan obstinada en descubrir oscuros artistas y grabaciones recónditas que, no pocas veces, condena a sus lectores a imaginar, más que a disfrutar, los discos comentados. 

Pero hubo un tiempo, allá por las últimas décadas del siglo XX, en que una corriente relativamente popular coincidió con la vanguardia. Y Toop se encontró en la cresta de la ola allí y seguro que fue muy excitante esa coincidencia, pero este no se trata de un libro celebratorio y condescendiente, sino más bien de un exhaustivo - en su medida - ensayo sobre uno de los aspectos más oscuros pero influyentes de la historia de la música: el sonido ambient, y sus ramificaciones. Aquí aparece el aspecto antropológico y algunos aspectos de este libro pueden hacernos pensar si el autor no se ha tomado el tema demasiado en serio y una cuestión puramente sonora ha pasado a disponer de tanto alcance. Porque podemos empezar hablando de Debussy, pues una de las premisas del libro pasa por usar las tecnologías de grabación, registro y edición sonora como un elemento casi central en el proceso compositivo, y acabar hablando de conciertos de cigarras en los árboles de algún paraje remoto, pues aquí también se escribe mucho sobre grabaciones de campo, sonidos generados tanto por la naturaleza como por la tecnología - y han pasado treinta años desde su publicación -, y Toop demuestra disponer de un amplio ángulo cultural pues, lejos de ceñirse a lo puramente sonoro aquí hay también mucha especulación de otros ámbitos culturales. Toop nombra a Pynchon, a Joseph Conrad, a David Lynch, y ese discurrir no suena forzado sino natural. Aunque se mencione a oscuros músicos de culto como LaMonte Young, Terry Riley o Brian Eno, el recorrido de este libro, con el pretexto de analizar esos entornos sonoros que pueden, a primeras, no parecernos exactamente musicales en el sentido que solemos interpretar, resulta fascinante, interesante y paradójicamente exótico.

jueves, 19 de marzo de 2026

Contrarreseña: Hamnet de Maggie O'Farrell

Idioma original: Inglés

Título original: Hamnet

Traducción: Concha Cardeñoso

Año de publicación: 2020

Valoración: Recomendable

Primero, coincido con la reseña original en lo esencial: la novela está bellamente escrita. Se percibe el trabajo y la atención al detalle en cada página. No tengo ningún reparo en lo que respecta a la forma. Si acaso, se ha elogiado mucho el ritmo y el uso de los saltos temporales; a mí me parecen un recurso innecesario, aunque no por ello le resten valor a la obra.

Mi problema con el libro va más allá de lo estrictamente literario. Tiene que ver, más bien, con el uso de un personaje histórico para manipular al lector. Y esto ocurre tanto en el plano del argumento como en el de la campaña publicitaria de la novela.

Para explicar el primer punto, puedo recurrir a otra obra como comparación. Cuando se estrenó Joker, de Todd Phillips, se utilizó un personaje conocido por todos para contar una historia determinada. Sin embargo, esa película bien podría haber narrado la vida de cualquier individuo desajustado (ahí está, por ejemplo, Taxi Driver) sin necesidad de encajar a la fuerza al Joker en ella (las partes que se entrecruzan con la historia de Batman no tienen ninguna relevancia). Pero el hecho de que sea el Joker garantiza las salas de cine llenas.

De igual manera, Hamnet podría haber sido simplemente la historia de un niño y de su madre. No cambiaría gran cosa si el padre fuera un granjero analfabeto cualquiera en vez de Shakespeare. Como en el caso de Joker, esa elección obliga a la autora a forzar ciertos elementos de la historia sin que ello resulte realmente necesario. En el posfacio, Maggie O’Farrell cuenta que decidió incorporar la historia de la epidemia para dar un sentido más ominoso a la muerte de Hamnet, pero esa decisión acaba sintiéndose añadida desde fuera, como una carga de significado que la novela no necesitaba para sostenerse.

Claro, en la ficción se valen muchos trucos, pero aquí el truco acaba por volverse el centro mismo de la propuesta. No estamos ante una novela que necesite de Shakespeare para pensar mejor el duelo, sino ante una novela que usa el nombre de Shakespeare para intensificar artificialmente su resonancia. El lector no solo lee la tragedia de una familia: lee, sobre todo, la tragedia de la familia de Shakespeare. Y esa diferencia importa, porque introduce de entrada una carga emocional y simbólica que la obra no se gana del todo por sí misma, sino que hereda del prestigio histórico y cultural de sus personajes. 

Dicho de otro modo: O’Farrell no parte de una situación novelesca y la desarrolla hasta volverla conmovedora, sino que parte de un material que ya llega rodeado de aura. El hijo muerto de Shakespeare, la posible cercanía entre Hamnet y Hamlet, la esposa relegada por la historia oficial, el genio ausente en Londres mientras la tragedia ocurre en un pueblucho. Todo ello compone un dispositivo casi perfecto para predisponer al lector a la emoción, a la reverencia y a la interpretación.

Y ahí entra el segundo punto: la campaña alrededor del libro. Porque Hamnet no se vendió solo como una novela notable, sino como una especie de revelación íntima sobre Shakespeare; casi como si O’Farrell hubiera iluminado una zona ciega del canon y devuelto voz a quienes la historia había silenciado. Esa operación es muy eficaz comercialmente, desde luego, pero también es discutible. No se nos ofrece únicamente una ficción: se nos invita a leerla con el prestigio suplementario de estar rozando una verdad emocional sobre el mayor escritor en lengua inglesa. La novela se beneficia así de un doble blindaje: por un lado, el prestigio literario de su prosa; por otro, el magnetismo casi inagotable de Shakespeare.

Mi objeción, entonces, no es que O’Farrell ficcionalice una vida ajena (la literatura lo ha hecho siempre y lo seguirá haciendo), sino que aquí la ficcionalización parece menos interesada en interrogar el pasado que en apropiarse de él para producir un efecto reconocible y rentable. Se toma una grieta de la historia, un dato sugestivo, y se construye a partir de él una maquinaria sentimental muy afinada. Pero una cosa es imaginar y otra explotar. Y en Hamnet, a ratos, la frontera entre ambas se vuelve borrosa.

Por eso tampoco termino de comprar una de las ideas más repetidas en torno a la novela: que rescata del olvido a Hathaway. En realidad, no rescata a una mujer histórica, sino que construye un personaje híbrido a partir de sensibilidades contemporáneas. Esa Agnes intuitiva, casi telúrica, ligada a los saberes naturales, marginada por un entorno masculino y por la posteridad del marido, responde demasiado bien a cierta imaginación actual del pasado. Es un personaje eficaz, sí, y por momentos incluso poderoso, pero también calculado. Más que una figura descubierta, parece una figura diseñada para encarnar una reivindicación legible y emocionalmente atractiva para el lector de hoy.

Nada de esto significa que la novela no funcione. Funciona, y muy bien, en muchos pasajes. Hay escenas de dolor, enfermedad y duelo que están narradas con una sensibilidad indudable. Pero precisamente por eso me resulta más frustrante: porque debajo de esa prosa excelente percibo una operación oportunista. Como si el libro no confiara del todo en la fuerza de su propia historia y hubiera necesitado apoyarse en la celebridad de Shakespeare para volverse imprescindible.

Pueden leer la reseña original aquí: Hamnet

Otros títulos de esta escritora reseñados en Un Libro Al Día: Tiene que ser aquí, La primera mano que sostuvo la mía, El retrato de casada

martes, 10 de marzo de 2026

Bernard Taylor: Dulce amor, dulce muerte

Idioma original: Inglés 
Título original: Sweetheart, Sweetheart
Año de publicación: 1977
Traducción: David Alcaraz Millán
Valoración: Está bien

Dulce amor, dulce muerte es una novela de terror de Bernard Taylor. Fácil de leer y competente, se antoja, eso sí, un tanto anticuada, más larga de lo necesario y mejorable en los apartados de la verosimilitud, la tensión y el miedo. Narra una historia de fantasmas bastante clásica, que si bien no resulta particularmente original, logra sorprender al lector con uno de los dos giros de tuerca que se guarda en la chistera. 

Sigue los pasos de David, un profesor inglés que reside junto a Shelagh, su pareja, en Nueva York. Un día, David tiene la premonición de que algo le ha ocurrido a su hermano gemelo, Colin. Cuando regresa a Inglaterra para aclarar las cosas descubre una terrible verdad: tanto Colin como su joven esposa, Helen, han muerto de forma repentina. Además, Helen le ha legado Gerrard’s Hill, su idílica casa de campo, por una razón que ignora. Mientras intenta desentrañar lo sucedido preguntando a la gente del pueblo sin mucho éxito y empieza a sospechar que una presencia sobrenatural permea su recién adquirida propiedad, llega Shelagh, provocando unos celos de ultratumba con fatídicas consecuencias.

A mi juicio, el mayor defecto de Dulce amor, dulce muerte es que se toma demasiado tiempo para plantear, desarrollar y resolver sus misterios. Aprecio como el que más los argumentos que se cuecen a fuego lento, pero el de la novela de Taylor no justifica ni su extensión ni la morosidad excesiva con que entrega ciertos detalles.

Tampoco me han convencido las reacciones y decisiones de determinados personajes. La manera de afrontar y responder a los acontecimientos del protagonista, por ejemplo, me parece muy poco creíble, por más que el autor se empeñe en justificarla.

La última crítica negativa que le haría a Dulce amor, dulce muerte es que la tensión y miedo que consigue evocar están algo diluidos y se resienten ocasionalmente por culpa de la falta de verosimilitud del conjunto. A mí personalmente me cuesta sentir que David es consciente del peligro que corre Shelagh cuando no hace lo imposible para mantenerla alejada de la casa, o cuando no se anima a contarle la verdad.

Llegados a este punto, puede parecer que Dulce amor, dulce muerte me ha parecido una novela algo floja. Sin embargo, debo aclarar que no es el caso. Reafirmo que es competente, y que tiene otras virtudes, como el hecho de que se lea con agrado pese a sus puntuales asperezas, que los personajes, pese a su sencillez, nos caigan simpáticos, que uno de sus dos giros de tuerca resulta sorprendente y que la manera en la que Taylor conecta el inicio de la novela con el final es sumamente eficaz.

domingo, 8 de marzo de 2026

Zoom: Mis cambios de opinión de Julian Barnes

Idioma original: inglés

Título original: Changing My Mind

Año de publicación: 2025

Traducción: Jaime Zulaika

Valoración: entre recomendable y está bien

Sus muchos admiradores/as o quienes al menos estén al tanto de las novedades literarias seguramente ya lo sepan: nuestro estimado, a la par que entrañable, Julian Barnes ha publicado en el mes de febrero su último libro. Y cuando escribo "último" no quiero decir "el último hasta ahora" o "el último hasta que publique otro", sino el último de verdad, el último que va a escribir ya, según sus propias declaraciones. Bien, hay que tener en cuenta que este escritor, que ejemplifica como pocos, en mi opinión, la clásica figura del caballero literato, ya tiene ochenta años y está aquejado de una lenta pero inexorable enfermedad, con lo cual es comprensible que piense que ya ha dado lo suficiente el callo en su oficio (y a fe mía que lo ha hecho) y merece descansar sus últimos años, que ojalá sean muchos aún. Pues bien, he de deciros que este libro que ocupa la reseña de hoy no es ese último libro de Barnes -que se titula, adecuada pero tristemente, Despedidas- sino, esta vez sí, "el último que había escrito hasta ahora". Y que no se trata de una novela sino de un breve ensayo de esos que publica Anagrama y que, por lo general, resultan ser una delicia, o, al menos un refrescante aperitivo. Lo mismo ocurre, como no podía ser de otra forma, con éste de Barnes.

Que, además, en realidad no es un solo ensayo, pues se divide en cinco capítulos en gran medida independientes entre sí. Es cierto que se encuentran unidos por una idea principal, que es la de reflejar los cambios de opinión que el autor ha experimentado a lo largo de su ya extensa vida sobre ciertos temas y así encontramos pequeñas disertaciones sobre: Los recuerdos, Las palabras, La política, Los libros y La edad y el tiempo. pero resulta que el leit-motiv citado tan sólo se refleja a medias y, en algunos capítulos, prácticamente en nada, centrándose más en las reflexiones generales de Barnes sobre el tema -interesantes, en todo caso- que en cómo han ido cambiando sus ideas o percepciones sobre el mismo. Es lo que ocurre en sus mini-ensayos sobre las palabras y la edad y el tiempo; sí que explica cómo veía él estos temas de joven y cómo los ve ahora, pero sobre todo se centra en conceptos más generales -la polisemia , cómo cambia el significado de determinadas palabras o la distinta percepción del tiempo para niños y adultos- que en su sentir personal. En el caso de los recuerdos, sobre todo se explaya en cómo éstos pueden resultar engañosos e incluso a veces tomamos prestados recuerdos ajenos y lo ilustra con una serie de anécdotas y, por lo que respecta a la política, su opinión es que él no ha cambiado de opinión y se ha mantenido firme en sus convicciones centristas, pero que el espectro político se ha movido tanto a la derecha que ahora él parece estar en esa posición (aunque al final explica una serie de convicciones firmes que dice tener sobre diversos temas, en los que no ha cambiado su opinión,  y yo diría que, de ser así, siempre ha sido, al menos, progresista, cuando no socialista, pero bueno, él sabrá...).

Más interesante para nosotros/as, creo (pues, después de todo, este blog se llama como se llama y se dedica a lo que se dedica) es el capítulo dedicado a los libros, en el que Barnes explica como, con el tiempo, han variado, más que sus gustos, sus apreciaciones sobre diversos escritores: algunos que admiraba en su juventud han perdido su interés porque ya no está dispuesto a aguantar su excesivo didactismo -en cómo vivir la vida, para ser concretos-, como es el caso de George Bernard Shaw y, hasta cierto punto, D. H. Lawrence. Algún otro, que apreciaba de joven e igualmente hoy en día pero no tenía por prestigioso. como Simenon, ha acabado por adquirir para él ese aura de los grandes, y no sólo como autor de entretenidas novelas policíacas. Por último, dedica varias páginas a explayarse sobre otro autor británico que siempre había detestado, E. M. Forster (ya sabéis, el de Pasaje a la India y Una habitación con vistas) pero que ha acabado por parecerle, en su madurez lectora,  un gran escritor, lleno de sutileza, ingenio y hasta audacia.

Supongo que todos/as tenemos una lista parecida y no sólo de escritores o libros, sino de opiniones que hemos ido cambiando con el transcurso de los años. Sin embargo, creo que poca gente podría explicarlo con la gracia, la sencillez y la elegancia con que lo hace Julian Barnes. Que sí, ya sé que son características de su obra, ya se trate de ensayos o ficción -o incluso la generalmente malhadada autoficción-, pero en las distancias cortas como las de los miniensayos que componen este libro, estas virtudes se hacen aún más evidentes , lo que es bastante de agradecer. De hecho, aunque en realidad el tono general es más el de un señor mayor que se dedica a expresar sus opiniones sobre éste o el otro tema, más que el de un ensayista que haya reflexionado arduamente sobre los mismo y haya estructurado sus conclusiones por medio de una dialéctica expresada a través de las conocidas tesis-antitesis-síntesis, tampoco es que se dedique a divagar o contar batallitas 8bueno, igual un poco) y, sobre todo, consigue que la lectura del librito no sólo sea placentera, sino que se haga en un plis-plas. de ahí, he de aclarar, que haya etiquetado esta reseña como Zoom, que solemos dedicar a las reseñas de relatos o textos más sucintos; si bien este ensayo de Julian Barnes tiene la misma extensión de los otros libros de esta colección de Nuevos Cuadernos de Anagrama, ya digo que se hace tan ameno y ligero que parece aún más breve. Lo cual, supongo, es una virtud deseable para todo escrito.

Más libros de Julian Barnes reseñados en Un Libro Al Día: El sentido de un final, La mesa limón, Nada que temer, El ruido del tiempo, Una historia del mundo en diez capítulos y medio, El hombre de la bata roja, El perfeccionista en la cocina, Inglaterra, Inglaterra, Arthur & George, La única historia, El loro de Flaubert

domingo, 15 de febrero de 2026

H.G. Wells: La isla del doctor Moreau

Idioma original: inglés
Título original: The island of Doctor Moreau
Año de publicación: 1895
Traducción: José C. Vales
Valoración: recomendable alto


Vamos con otro clásico de la ciencia ficción, aunque este es uno de los casos donde no se muestran avances futuristas ni sociedades en el futuro ni nada por el estilo, sino que se centra en un aspecto fundamentalmente más cercano: lo que sucede cuando la ciencia se entrecruza con el deseo de ser Dios y jugar, mediante el poder conferido por esa razón, con especies "inferiores".

La novela inicia con el relato de Edward Pendrick, quien nos informará de un suceso que le ocurrió hace un tiempo y del cual tiene necesidad de ponerlo en palabras, aunque (para él, se entiende) sea un relato inverosímil. Asistimos, entonces, a la descripción de su viaje en barco, el posterior naufragio y rescate por parte de otro, donde conoceremos a Montgomery, el ayudante del afamado doctor Moreau. Wells ya nos da las primeras pistas de que el doctor no juega con todos los patitos en fila, sobre todo por la actitud del ayudante, entre receloso de su tarea y rendido ante la admiración por el doctor. También leemos la descripción de M´Ling, un ser en apariencia humano, extremadamente feo y con ojos rojos, pero pronto nos enteramos que en realidad es la Bestia más sofisticada de todas las creaciones del doctor Moreau (hasta comparte cierta amistad con Montgomery, a pesar de ser un trasunto de la relación amo-esclavo).

Cuando Wells hace la presentación del doctor Moreau (Pendrick recuerda haber leído acerca de él en los periódicos y de su exilio de la comunidad científica a raíz de las vivisecciones practicadas en los animales), lo revela como un doctor frío, metódico, que no tiene otro interés salvo el de aportar sus descubrimientos a la ciencia, a pesar del riesgo de que lo consideren perturbado (lo que vendría a ser uno de los primeros prototipos de genio loco y con una ética deleznable). El doctor le pide a Pendrick que no acceda a cierto recinto de la casa donde se alojan. Pendrick acepta, pero instantáneamente escucha gritos agonizantes en dicha habitación y decide alejarse para explorar la isla. Ahí encuentra a más Bestias, que tienen un comportamiento entre típico de animales (con una semejanza física similar a la de un cerdo) y a la vez demasiados ambiguos con la presencia de un simple humano. Al ver que lo persiguen, aturde en medio del pánico a uno y vuelve a casa, sin encontrar respuestas a lo que acaba de presenciar.

A partir de ahí la novela entra  en la cuestión moral de la intervención humana en las especies de la Naturaleza, sobre todo cuando nos enteramos que Moreau vivisecciona animales para tratar de conferirles rasgos humanos. Es por ello que las Bestias se reúnen en una caverna a recitar como una letanía La Ley, que impone pautas de comportamientos como no comer carne animal y a la vez recordatorios constantes (la repiten a cada rato) sobre el papel de Moreau como su Creador (dichas alabanzas le generan de todo menos vergüenza).

Es casi entrañable ver a los animales humanoides tratando de establecer jerarquías y de evitar a toda costa el animalismo inherente (hay un Bestia que casi cumple la función de sacerdote y orador, como si la necesidad de contar, aunque sea una proto-Biblia-, fuera la característica más importante del humano, y a la vez es aterrador ver que su mismo Creador se va deshumanizando a nuestros ojos, convencido de su importancia y de que la curiosidad y el empuje son los factores más importantes a la hora de aportar algo, más allá de toda convención acerca del bien y el mal. 

Si algo bueno tiene esta novela, es que las explicaciones técnicas tardan en llegar; a Wells no le preocupa tanto la posibilidad real de que los animales puedan llegar a pensar como humanos (incluso M´Ling, el más inteligente de todos, experimenta regresiones al animalismo), sino de si debemos adentrarnos en ese terreno. La novela funciona más a base de sugerencias e intuiciones y no tanto apelando a la racionalidad. Ciertamente hay un primitivismo en la actitud de todos los personajes: en la insania de Moreau, en la sumisión de Montgomery a través del alcohol y la resignación, en el patético intento de ser humano de M´Ling y en el acomodo confortable de Pendrick cuando le explican los secretos de la isla. En la citada explicación asistimos a un monólogo sin pasión, hasta corto para las características de este género; las maravillas del descubrimiento no afectan a Moreau, porque su corazón se ha corrompido en la búsqueda de otorgarles razón a sus criaturas. 

Y es por eso que ese mismo descubrimiento nos repugna y nos aleja de toda seducción. Es por eso que preferimos que Pendrick no elija quedarse con el trono de Moreau una vez que pasa lo inevitable y las criaturas, ya sin su Creador, regresan a su estado de naturaleza, y es por eso que lo entendemos cuando, a la vuelta de la civilización, nos considere a todos como humanos latentes de un animalismo reprimido por las convenciones sociales y a punto de explotar con cada paso. Wells nos informa y nos alerta de la necesidad de pensar qué hacen los avances, con qué mirada ética están sustentados y si realmente benefician a la sociedad y no son simplemente sadismo disfrazado de progreso y virtud.




lunes, 9 de febrero de 2026

Tessa Hadley : La fiesta

Idioma original: inglés
Título original: The Party
Año de publicación: 2024
Traducción: Magdalena Palmer
Valoración: entre recomendable y está bien

Si algo me gusta de lo que publica Sexto Piso es que apuesta por la variedad y que tanto recuperan textos de enjundia y considerados difíciles como Gaddis o Barth como optan por obras diametralmente opuestas, lo que aporta algo diferente a la cohesión, algo que podríamos llamar de forma algo pedante abanico de tendencias. Y donde la seguridad de ciertas editoriales de saber qué afrontamos en cada colección aquí no tiene sentido. 
Cosa que no quiere decir que todo texto publicado haya de gustar a todos los lectores. Pero que ejemplifica algo deseable: la sorpresa corretea. La fiesta de Tessa Hadley es una novela corta, un relato situacional dividido en tres bloques. Dos hermanas, Evelyn y Moira, en diferentes puntos vitales (Evelyn, al final de su adolescencia, Moira, la mayor, con algún año más de experiencia) acuden a una fiesta donde conocen a dos jóvenes, teóricamente asisten por pura coincidencia y estos disponen de una casa enorme donde las hermanas quedan convocadas a otro evento. Esa es la premisa de la novela y cualquier especulación posterior representa desbaratar su lectura a quien se la plantee. La fiesta se nos presenta como el análisis del comportamiento de la clase media británica. Las jóvenes son de un origen más modesto y se plantean si acudir a esa invitación por parte de alguien que parece estar por encima de ellas en la escala social, en una especie de combinación de la excitación propia de la edad, conocer gente nueva, acometer experiencias desconocidas, y el respeto ante la incerteza de esas situaciones.
No es que no me haya gustado: simplemente creo que es una novela excesivamente corta y que, al margen del curioso gap generacional entre las dos protagonistas, ese análisis social es anecdótico y algo superficial, aunque insisto, para lo que yo esperaba.

domingo, 8 de febrero de 2026

Florence Knapp: Los nombres

Idioma original: inglés
Título original: The Names
Traducción: Núria Parés Sellarès en catalán para Grup 62 y Aurora Echevarría Pérez en castellano para Salamandra
Año de publicación: 2025
Valoración: recomendable


Hay libros que llaman la atención por su enfoque, por el punto de partida que plantean, por las posibilidades que se abren delante de un prometedor inicio. Y este es un gancho importante, aunque a veces es simplemente un gancho porque en ocasiones el libro cuenta bastante más y la dirección que toma el desarrollo no tiene por qué coincidir con lo que se auguraba. Y este libro es uno de estos casos, pues el peso del relato no recae en "los nombres" en sí, sino en las consecuencias de su elección y quién la toma. Pero mejor vayamos a ello.

La historia se sitúa en octubre de 1987, un día antes de que Cora vaya a registrar el nombre de su hijo. Podría llamarse Gordon, siguiendo la tradición de la familia de su marido, pero es un nombre que no le gusta y ella tiene la fuerte sensación de que «el nombre de una persona podría haber influido en el transcurso de su vida»; de todos modos, parece que no tiene elección porque el padre está empecinado en que mantenga el nombre que tienen todos los varones mayores de su familia. Las dudas la asaltan en el momento de formalizar el registro, pues Cora cree que es una tontería ponerle un nombre que no le gusta y que, en el fondo, esta insistencia de su marido viene dada porque «a veces la necesidad de complacer las generaciones anteriores es mayor que la necesidad de amar las futuras». Así, la decisión de registrar un nombre u otro se convierte en el punto de partida de una historia que marcará el destino, no únicamente de su vida, sino la de su familia.

A nivel estructural, después de este prometedor inicio (que ocupa las primeras páginas del libro), el libro se trifurca en las posibles vidas que surgen a partir de la elección del nombre del recién nacido, el hijo menor de una familia de cuatro miembros, de manera que cada capítulo corresponde a una “posible” vida en un mismo momento temporal para facilitar la comprensión y el seguimiento en paralelo de lo que les ocurre. Además, el libro traza un arco narrativo muy amplio temporalmente, pues la autora narra las historias a través de saltos temporales de siete años. De esta manera, conocemos la vida de la familia (en cada una de sus tres versiones) en distintos momentos, como instantáneas tomadas en episodios puntuales de sus existencias. Esta estructura le permite a la autora dar continuidad a las historias y facilitar la comprensión lectora, pero tiene un gran inconveniente: cubrir casi cuarenta años de tres familias por separado a través de episodios puntuales con saltos de siete años le resta profundidad a cada una de las historias de manera que uno no llega a empatizar completamente con ellas. También es cierto que, pese a lo novedoso del planteamiento en la trifurcación, es algo que ya leí en el magnífico libro de Paul Auster «4 3 2 1» donde el autor utilizaba este mismo recurso con mejor resultado (probablemente porque Auster era un grandísimo escritor, pero también porque las casi mil páginas daban el margen necesario para explayarse que echo de menos en este libro).

A nivel argumental y sin revelar demasiado, Florence Knapp, a través de las diferentes vidas, más que del desarrollo de los hijos habla de las ausencias y las herencias que dejamos a nivel vital: aquello que construimos y cómo influenciamos en nuestros hijos: las expectativas, las conductas, las costumbres; qué vidas tienen los que continúan, qué les depara el futuro en función de lo que les ha ocurrido en el pasado, cómo los hechos ocurridos en la infancia condicionan nuestras vidas. Así, el libro abre un abanico desde el nacimiento y vemos la progresión de las vidas de los personajes en función de una decisión inicial (el nombre registrado), pero a la vez las diferentes historias mantienen ciertas similitudes por aquello que los rodea, por sus condiciones, por su entorno e, igualmente, por el poder que esa decisión en particular otorga a cada una de las vidas. Y es que en el fondo ahí está la clave del relato: en la decisión, la que se toma, quien la toma y bajo qué circunstancias, constatando de esta manera que, aunque las decisiones puedan afectar el desarrollo de una familia, no lo determinan más que aquello que las constituye, o las destruye.

Mi sensación tras la lectura es que a pesar de que lo que expone la contracubierta difiere con lo que ofrece y que echo en falta mayor profundidad en las “historias”, es un libro que se disfruta en lo que sí consigue abarcar: las ramificaciones que puede tener la vida de las personas y de su entorno en función de las elecciones tomadas. Así mismo, es también una historia de redenciones, de la capacidad de reencauzar vidas o continuar con una inercia destructiva; es una historia sobre posibilidades, aciertos y apuestas, sobre saltos al vacío o sobre buscar la comodidad dentro de la incomodidad, sobre valentías y flaquezas, sobre la autoridad y el poder, la sumisión o el atrevimiento, sobre la capacidad de decidir y marcar el camino, sobre trazar un camino a través de unos obstáculos que no siempre dejan ver lo que puede haber detrás. Y también, y especialmente, es una historia sobre el acompañamiento, el soporte, la calidez y la ayuda que podemos encontrar (o no) en las personas que nos rodean.

martes, 3 de febrero de 2026

Marghanita Laski: La chaise longe victoriana / La torre

Idioma original: Inglés
Título original: The Victorian Chaise-Longue / The Tower
Traducción: Laura Salas Rodríguez
Año de publicación: 1953 / 1953
Valoración: Recomendable

Automática Editorial recupera dos narraciones de Marghanita Laski publicadas originalmente en 1953. Ambas son clásicos indiscutibles, comparten una protagonista femenina y trasladan con pasmosa facilidad su desasosiego y desesperación al lector.

Inauguramos el volumen de Automática con La chaise longe victoriana, una novela corta escrita con suma elegancia que desarrolla una premisa cargada de crítica social e inquieta y perturba desde la sutileza, sin recurrir a efectismo alguno.

Su argumento es tan simple como efectivo: Melanie, una mujer que lleva meses postrada en la cama, es trasladada a otra habitación. Tras dormirse en su nuevo lugar de reposo, una chaise longe victoriana comprada en un anticuario, despierta en lo que parece ser un sitio y época distintos. Varios desconocidos la visitarán, y la tratarán como si fuera una tal Milly.

De La chaise longe victoriana me gusta cómo vamos descubriendo, en paralelo a la desconcertada Melanie, detalles sobre el pasado de Milly, y cómo Laski aprovecha ambos personajes femeninos para denunciar el trato dispensado a las mujeres en los dos periodos retratados. Asimismo, destacaría que el clímax de la historia es, pese a la contención del conjunto, bastante potente.  

En "La torre", cuento de Laski que cierra la colección de Automática, una mujer visita un castillo cercano a Florencia. Aunque no he acabado de entenderlo, lo he disfrutado muchísimo. Su atmósfera se va espesando paulatinamente y el elemento sobrenatural, si es que existe, está deliciosamente desdibujado, de modo que podría figurar perfectamente, al menos a mi juicio, en cualquier colección de literatura extraña.

jueves, 22 de enero de 2026

Julia Bell; Atención radical


Idioma original: inglés
Título original: Radical attention
Año de publicación: 2020
Traducción: Albert Fuentes
Valoración: bastante recomendable

A la estela de cierto comentario reciente, y sin llegar a recordar nítidamente (el hándicap que tiene uno, que no alcanza los 140 libros al año de lecturas, y se resigna a unos 40 o 50, eso sí, gratis) dónde surgió la referencia a este ensayo, Atención radical, publicado en 2020, otra fecha - quizás algún marciano aún se pregunte por qué - que pasa a ser un hito de esta humanidad globalizada y uniformada y adormecida y adocenada, aunque hipotéticamente democratizada.
Oh sí: justo criticaba en ese cierto comentario reciente (le llamamos CCR a partir de aquí, vale) lo sencillo que se nos está haciendo acudir a los ensayos que corroboran y fortalecen nuestras ideas y actitudes hacia el mundo, los cerramos de vez en cuando e incluso podemos acunarlos en el regazo proclamando para nuestros adentros dice exactamente lo que yo pienso y, siento que muchos me lapidarán por eso, somos capaces de cometer el crímen sacrílego, como ha hecho el despojo humano que tomó la copia del libro en algún momento antes de hacerlo yo, de subrayar, como para dejar estúpida constancia de su paso por ahí (equiparemos subrayar un libro que no es tuyo a algún crimen como destrozar una habitación de hotel, ya) y de su agudeza visual y de las frases o párrafos que le impactaron. Por favor, parad. Los libros que no son vuestros, los libros que esperáis que alguien diferente a vosotros lea, no los subrayéis, no pongáis anotaciones que muestren al mundo vuestra lucidez. Prestadlos, recomendadlos, apuntad discretamente que tal o cuál parte es brillante o remarcable, pero, por favor, respetad a cualquier futuro lector en su libre elección de qué gusta o entusiasma de cada libro. 
P.D. Y si lo hacéis porque habéis tomado el libro para algún tipo de trabajo académico o como referencia; subrayad suavemente, y, cuando ya no necesitéis el libro, usad una goma de borrar con paciencia, mimo y cariño.
Oh sí: la vena hater se ha apoderado de mí. De eso hablaba en ese CCR, de esa construcción del mundo de los dos bandos, de esa obsesión binaria por definir un bloque y alinearse en él, qué digo alinearse, atrincherarse. Julia Bell ya nos planta un spoiler en ese título: ATENCIÓN RADICAL, que hasta en la portada está remarcado en mayúscula, fondo amarillo en medio de esas líneas de código que a algunos resultan ya familiares. Y a partir de ahí, apenas ochenta páginas - lo justo para llamar a esto libro y no panfleto a la indignaos - que cuentan, lógicamente, con una detallada bibliografía y con una nota de agradecimiento que aclara que el libro toma una postura crítica hacia las premisas que lo han hecho posible.
Oh sí: amamos las contradicciones y la coherencia está sobrevalorada. Otro punto más no tratado en el CCR. 
El texto de Julia Bell es una sucesión de anécdotas, hechos aislados que remarca y observaciones con algún leve tinte filosófico que configuran un conjunto que viene a demostrar eso: que si las Redes Sociales, la apoteosis invasiva, aunque sea con la contraprestación de facilitar ciertos aspectos de nuestra vida, va, aceptemos que muchos, todo lo que entra a través de nuestros ojos a través de los smartphones, valoraremos supongo algún día el modo avasallador en que han penetrado en nuestra existencia, no está acaparándonos, no está siendo ya excesivo y condicionando la psique de varias generaciones. Lo que sucede es que ese texto ejemplifica un poco lo que viene a denunciar: toma referencias a mansalva y, en el fondo, articula un discurso algo atropellado y disperso de todo lo que ese avance - avance, el subrayado es mío - representa en cuanto a lo que podríamos denominar daños colaterales. Que apenas media docena de empresas del mundo monopolizan las aficiones, filias, fobias, gustos, preferencias de compra de miles de millones de usuarios y que lo hacen a través de mecanismos sofisticados (¿maquiavélicos?) que hacen urdir muchas teorías y denunciar, qué novedad, la sensación de debilidad del usuario/cliente/víctima, que a la deriva en un océano de agresivos vendedores/ofertantes/encantadores de serpientes, no tiene otra opción que caer una tras otra en tentaciones, sean estas realistas, sean estas asequibles. Interesante, la premisa, lógica la denuncia de Bell, atractivo, ese desfile de ejemplos. No sé si da para apretar los puños de indignación. No sé si uno ha de sentirse ofendido por que se sugiera que cuesta desmarcarse de la masa borreguil. No sé, tampoco, si allá por 2030 otro corto ensayo de una escritora multifunción denunciará otra situación, otras cosas.

domingo, 4 de enero de 2026

VVAA: The Clash, Autobiografía grupal


Idioma original: inglés
Títol original: The Clash
Año de publicación: 2019
Traducción: Efrén del Valle
Valoración: muy recomendable

Pregunta que me hago: ¿cuántas veces me justificaré a lo largo del año sobre mi filia con los libros de música y prometeré relajar un poco mi cobertura?
Puesto que estamos a principios de enero, debo admitir que el contador está a cero y mi propósito de “enmienda” muy poco desarrollado. Y claro, libros como éste no es que ayuden. Sin más estructura que la marcada por el desarrollo cronológico y la tendencia más o menos locuaz de sus miembros, ésta es una narración cuyos capítulos se estructuran por años en la vida del grupo y cuyo colofón son unas decenas de páginas que intentan ser exhaustivas incluyendo su discografía. 
Como muchos grupos de la época, una de las cuestiones que pesa es el itinerario relativamente corto del grupo (no llega a la década, con sólo cinco discos de estudio oficiales) en relación al peso de su influencia en la escena tanto presente como futura. Y cómo se desmarcaron de la eclosión punk –pese a las críticas que esto les suscitó– por abrir su sonido (y su mentalidad militante) a influencias al margen de la clásica estructura del género.
Así que nos encontramos ante una recopilación de testimonios, como una recopilación a la que se dota de cierta continuidad, supongo que a base de extractos de entrevistas o conversaciones con los cuatro miembros del grupo (que aparecen como coautores en la portada), y donde se aprecia su evolución paradigmática para la época, y donde todo sucede. Desde sus primeros conciertos previos a la publicación de su primer LP hasta su progresiva eclosión hacia su cúspide creativa con el icónico London Calling, sus sonadas discrepancias con la compañía discográfica con la que luchaban en su afán por entregar material - discos dobles o triples - esquivando el afán facturador y expuestos a no pocas críticas de aquellos puristas del género que parecían no dispuestos a perdonar su evolución como banda. Una obvia y entusiasta recomendación no solo para los nostálgicos de la banda sino para cualquiera que quiera comprender el entorno de la época.


viernes, 2 de enero de 2026

Olaf Stapledon: Hacedor de estrellas

Título original: Star Maker
Año de publicación: 1937
Traducción: Gregorio Lemos
Valoración: muy recomedable (pero no para todos los gustos)

La verdad es que, aunque sea una novela totalmente recomendable y predecesora de muchos cambios que hoy vemos en el mundo, no podría ser entusiasta como para regalársela a todo el que se me cruce, como hago con Stoner, por ejemplo. Digamos ya que tiene un prólogo de Borges, y si a Borges le gustaba, que era, por lo general, un viejo odioso con mucha ironía, la novela debe de ser genial. El argumento tendría un punto si no fuera porque: 1) me enchufó La invención de Morel, que me resultó bastante floja, y; 2) hay que recordar que le gustaba todo lo filosófico y los palimpsestos áridos. Y por ahí anda Hacedor de estrellas en varios capítulos. De todas maneras, esta vez me inclino por la opinión de Borges.

Novela en la que realmente no ocurre nada y a la vez ocurre todo, inicia con el protagonista saliendo de casa hacia una colina para contemplar la noche despejada. Tal es la relajación y su maravilla ante el mundo que su consciencia se eleva de su cuerpo y abandona la Tierra. Lo que podría ser una premisa potente para una novela de ciencia ficción se convierte en un ensayo sobre las posibilidades de vida existentes en otros mundos, otras galaxias y otros espacios temporales. No me deja de sorprender la lucidez de Stapledon a la hora de narrar, con una prosa sequísima, de manual académico, pero a la vez cargada de honda sabiduría y de una tristeza infinita al comprobar que en todos lados se repite el ciclo de la historia humana, la invención de mundos distintos, de planos que están millones de años luz delante de nosotros. Todo ocurre, según el narrador, al mismo tiempo. De hecho, al final del libro adjunta tres gráficos para seguir la historia: uno por las edades galácticas, uno por edades del cosmos y otro, circular, que representa las dos mitades de la creación: inmatura y madura. 

Como se ve, estamos hablando de un manejo del tiempo que abarca desde el principio, como lo entendemos o llegamos a entender, y del fin, difícilmente definible a no ser que tengas una prodigiosa imaginación. Pero entre medio pasan muchísimas cosas más. El narrador, después de un largo y espeso capítulo que casi me hace abandonar la novela (se la pasa describiendo la forma de nuestra Vía Láctea y cómo se va alejando de ella) llega a un mundo conocido como La Otra Tierra, y ahí es donde la novela despega, porque en el curso de muchos años asistimos a la integración del narrador en su planeta, a la contemplación de la decadencia total de su sociedad a pesar de que sus habitantes son muchos más civilizados que nosotros, y de cómo entabla amistad con uno de ellos hasta el punto de compartir una consciencia y lograr que también inicie su viaje interestelar.

La novela, en general, sigue un patrón: hay un viaje, se llega a un mundo o a varios (no hay que olvidar que en todo momento es una consciencia), se analiza la sociedad del momento y se acelera el tiempo para mostrar el fin de la misma, desgranando todos los motivos por el cual una comunidad de seres se degrada hasta la violencia y las formas últimas de sobrevivencia (fue escrita en el período de entreguerras, pero casi ahí nomás estalla la Segunda Guerra Mundial, así que sus poderes oraculares fueron totalmente certeros).

Poco a poco va reclutando miembros de distintas galaxias hasta formar una especie de familia rodante en una casa rodante mental; el narrador ya no es un narrador individual, son todos los aventureros que escapan de su condición que los ataba a sus respectivos mundos. Y poco a poco, también, van reflexionando acerca de por qué se encuentran ahí, dónde está Dios (lo que ellos llaman Hacedor de Estrellas) y por qué pareciera que la extinción de todos los mundos y la llegada de la muerte inminente del cosmos es un plan perfectamente calculado.

A partir de cierto punto, la novela (¿ensayo narrativo?) deja de focalizarse en los mundos y galaxias para obsesionarse con el Hacedor de Estrellas y las implicancias morales de su existencia. A partir de ahí (y un poco antes, cuando la narración se convierte en abstracta por la mente colmena) entramos en un terreno filoso de transitar. Si bien el sentido de asombro no decae nunca, mérito muy grande del autor, cada vez cuesta imaginarse más las cosas que cuenta. Maneja elementos demasiados ambiciosos para que al lector le resulte accesible ponerse en la situación interestelar. Ya al final son escenas imposibles de comprender desde un punto de vista humano. Lo cual creo que le importó entre poco y nada a Stapledon, y está bien que así sea, porque no le interesa nuestra compresión, sino lo insignificante que somos (y cualquier otro ser vivo de otros mundo) ante la Creación.

Como no hay casi acción, solo un recorrido por los distintos puntos del cosmos, yo no diría que sea para todos los públicos. Cuesta entrar, mucho más cuando uno entiende que no será una novela común al uso, pero de ahí hasta el punto mencionado la lectura es puro placer aventurero y constatación asombrosa del genio del autor, capaz de predecir y acertar lo que ocurriría en nuestra historia actual. Pero se vuelve densa en el terreno filosófico-religioso, y ya para el final, aunque contemplamos extasiados la visión del autor, también queremos volver a casa. Y en parte creo que ese es el efecto de Stapledon: todo viaje tiene su fin, y la mayoría de ellos, si no es con la muerte, es con el regreso a casa, trastornados ante lo registrado. Stapledon corona así una novela épica, inabarcable en su concepción (toda la historia del cosmos), llena de reflexiones y con la sensación de haber asistido, con el espíritu del niño inocente pero asustado por los fantasmas, a una obra que toca demasiado de cerca cuestiones que pensábamos superadas.

jueves, 11 de diciembre de 2025

Malcolm Lowry: Ultramarina

Idioma original: inglés

Título original: Ultramarine

Traducción: Jaime Zulaika

Año de publicación: 1933

Valoración: Se deja leer

 

Es admirable hasta qué punto nos fascinan las aventuras marítimas, no digamos en medios audiovisuales, pero también en el mundo de los libros la literatura oceánica ocupa seguramente miles de volúmenes de todas las épocas y bajo todos los enfoques. Debe ser la vulnerabilidad del navío, un puntito minúsculo perdido en la inmensidad del mar, azotado a veces por tempestades monstruosas, el aislamiento de los viajeros, las distancias que en otras épocas solo podían medirse en meses, la aventura de descubrimientos insólitos.

Pues he aquí que Malcolm Lowry, autor británico más famoso por su novela Bajo el volcán, con notables problemas con el alcohol y tendencias autodestructivas, escribe su primera obra con solo veinticuatro años, justamente sobre su experiencia en un viaje de diez meses en un carguero. El joven burgués Lowry, que ya apuntaba hacia la insatisfacción permanente y las tormentas interiores, se embarca sin más motivo que vivir algo intenso, la intención de  descubrir quizá más cosas de sí mismo que de latitudes exóticas, y probarse en un medio duro, rodeado por gentes curtidas que de inmediato le desprecian porque ha hecho perder su trabajo a otro aprendiz, y su padre le ha llevado a los muelles en un lujoso automóvil.

La principal peculiaridad del libro es que realmente se parece poco a todo lo demás que conocemos de esa literatura marinera: no sabemos cuál es la trayectoria del viaje (apenas que recala en un par de puertos asiáticos), ni tenemos noticia de acontecimientos relevantes (la tormenta, situaciones de peligro o incertidumbre, movidas entre la tripulación), ni parecen interesar demasiado reflexiones en torno a  los paisajes, la soledad, el aburrimiento, el miedo o la excitación derivados de la distancia, la perspectiva del regreso, cuestiones que parecerían oportunas en estas circunstancias.

Lo único que ocupa la mente de Dana Hilliot (protagonista y trasunto del autor) son tres cosas:

  • Su novia Janet, relación de toda la vida, en la que piensa a todas horas. La añora, recuerda su perfume, su voz, escenas vividas, paisajes compartidos. Amor romántico, total, incondicional.
  • Las escalas en los puertos ofrecen sexo a mansalva, el tópico de los sórdidos burdeles para marineros. Hilliot se resiste porque piensa siempre en Janet, aunque la tentación es muy fuerte. La otra opción de desparrame es el alcohol en cantidades sobrehumanas, un problema que el propio Lowry llevaba encima como queda dicho.
  • Ganarse el respeto de la tripulación era la obsesión permanente del joven. A veces se acobarda, y otras se decide a mostrarse temerario o brutal para impresionar a sus compañeros

Del resto del viaje, como decía antes, no nos llegan apenas noticias, porque a Lowry tampoco parece interesarle demasiado. De manera que el relato se resuelve entre largas reflexiones (recuerdos, deseos) en torno a la amada, y un interminable registro de charlas entre marineros, conversaciones medio interrumpidas mientras se juega una partida de algo, maldiciones y proyectos de juergas en el próximo puerto, batallitas de otras épocas y otras naves, todo entremezclado hasta parecer una sola voz, un sonido de fondo emitido por individuos que forman un colectivo indistinguible.

La verdad es que este esquema de monólogos y voz coral con muy poca acción real transmite cierta sensación de sinceridad, Lowry está grabando lo que realmente le importa y uno se siente un poco en su propia piel, entiende la intensidad de sus sentimientos y su zozobra, nunca mejor dicho, al reunir lo que parecen certezas indiscutibles con una especie de ansia abstracta por algo todavía no identificado. Otra cosa es que estas sensaciones sean suficientes para sostener un relato, que es a fin de cuentas de lo que se trata. Aunque la novela no es larga, no dejan de ser demasiadas páginas de obsesiones e introspección algo monótonas que hacen que no sea fácil mantener el interés.


También de Malcolm Lowry reseñado en ULAD: Bajo el volcán