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martes, 14 de julio de 2026

Julian Barnes: Despedidas

Idioma original: inglés 

Título original: Departure(s)

Año de publicación: 2026

Traducción: Jaime Zulaika

Valoración: recomendable

Si alguien lo recuerda, en la reseña dedicada a Mis cambios de opinión, comentaba que ese libro no  era el último que iba a publicar Julian Barnes, que a su ya respetable edad une el padecimiento de una grave, aunque cronificada enfermedad. Así pues, el último, de verdad, es éste al que dedicamos la reseña de hoy, convenientemente titulado Despedidas (aunque yo prefiero el título original, Departure(s), que en inglés tienen el sentido de "salidas" o "nuevos rumbos", que me parece más adecuado).

La trama -si es que existe alguna- de este libro (me resisto a llamarlo novela) resulta, cuando menos, bastante escurridiza: digamos que, en principio, Barnes nos cuenta la historia de amor/desamor de dos amigos suyos, en dos momentos de sus vidas separados por un intervalo de cuarenta años. Pero también encontramos una crónica del diagnóstico de la enfermedad que padece -un cáncer de la sangre, neoplasia mieloproliferativa, que no lo matará, pero le acompañará hasta su muerte-, disgresiones sobre la memoria -sobre todo de lo que se conoce como IAM: Involuntary Autobiographical Memory-, digresiones sobre la muerte, digresiones sobre la literatura -en especial la francesa, que ya se sabe que M. Barnes es un notorio francófilo-, sobre la percepción que los perros tienen de sí mismos, sobre la asimetría en las relaciones amorosas, sobre... en fin, lo que sea, porque si en algo es especialista este escritor es en lo de digredir, algo que se le da de maravilla (de hecho, algunos de sus libros, entre ellos el más célebre, El loro de Flaubert, no dejan de ser sino una digresión detrás de otra). Ningún problema, pues, excepto que, quizás, en algún momento se desdibuja un tanto los temas centrales del ibro, que vienen a ser los que ya he mencionado: el amor, la vejez, la memoria y la muerte (tiene su lógica, primero porque ya son temas tratados anteriormente por Barnes en otros títulos, pero, además, porque eas de suponer que ocupan bastante los pensamientos de cualquier persona, sea escritor o no, de ochenta años y con un cáncer "incurable,  aunque tratable" ya de por vida). Con todos estos asuntos y más, de los que, en apariencia, va saltando de uno a otro sin orden ni conciertos, en realidad Barnes va tejiendo una urdimbre a base de divagaciones, reflexiones, recuerdos, hasta que el lector (este lector, al menos, que probablemente esea más obtuso que otros) se da cuenta de que todo va formando un cuadro, un tapiz que probablemente el autor ya tenía en mente desde que comenzó a escribir el libro, pero que ha preferido mostrarnos poco a poco, por medio de una conversación amistosa y ligera, entre viejos camaradas. Este tono amable y poco dramático, aun cuando se estén tratando cuestiones de la vida bastante graves, o incluso espinosas, es una especialidad de Barnes, como sabrá quien ya haya frecuentado su obra y, la verdad, se agradece que sea el elegido, de nuevo para éste su último libro.

Un segundo aspecto del libro, algo más delicado para éste vuestro servidor, es el gran e incuestionable peso que tiene en el mismo lo que podríamos denominar "el aspecto autobiográfico" (obvio eufemismo para no tener que recordar la palabra maldita: autoficc...bueno, ya sabéis). Pero, bueno, es verdad, por otr parte, que lo de la autoficcetc. no es sólo una moda a seguir para Barners, sino que toda su obra esta llena de referencias a sí mismo y sus circunstancias. Y, qué coño, es el último libro de Julian Barnes, que tiene ya ochenta años y un cácer "incurable pero tratable". Hasta yo lo puedo (y lo debo). pasar por alto, así que no problem...

En fin, como ya sabrá más de uno y una de nuestros amables lectores/as, el próximo mes de octubre este escritor recibirá el Premio Princesa de Asturias de las Letras, artefacto propagandístico de la monarquía española que, por una vez, sirve para algo (*). Quien quiera y pueda acercarse al teatro Campoamor de Oviedo tendrá la oportunidad de despedirse en persona, siquiera a distancia, de este nuestro estimado.  autor. Pera para ellos y ellas, así como para el resto de nosotros, la despedida no es definitiva: nos quedan la lectura y la reslectura de todos los demás libros que ha escrito y la sensación, la ilusión, si se quiere, de estar dialognado con un amigo amable y ocurrente, al menos mientra dure esa lectura. Por eso al menos yo no me despediré aún de Julian Barnes, sino que esto será, en todo caso, un "hasta pronto". Y, sobre todo, muchas gracias por todo lo escrito: ha sido y continuará siendo, un placer.

(*) Se trata, si se quiere, de un premio de consolación aunque magro, por no haber recibido el Nobel, para el que, en mi opinión, Julian Barnes había acumulado más méritos que Ishiguro, escritor de su misma generación... Ahora, bien, el propio Barnes, cuando es requerido al respecto, suele recordar que a Ismail Kadaré tampoco se lo concedieron y eso sí que supone una injusticia...

También del ya añorado Julian Barnes en ULAD: Todos éstos

jueves, 27 de diciembre de 2012

Julian Barnes: El sentido de un final

Idioma original: inglés
Título original: The sense of an ending
Año de publicación: 2011
Valoración: Recomendable

Los escritores británicos contemporáneos (algunos escritores británicos contemporáneos, por lo menos) tienen la capacidad de ser divertidos sin resultar triviales -una capacidad, por otra parte, muy cervantina-. En la literatura española actual, si se quiere hacer humor se recurre casi siempre al humor absurdo o al juego lingüístico; pocas veces se recurre a la ironía fina, no necesariamente hiriente, como forma de distanciamiento, de crítica e incluso de conocimiento de la realidad. Será porque en Gran Bretaña (y en Irlanda) existe una larga tradición de escritores ingeniosos, satíricos y humorísticos, tan prestigiosos como los escritores "serios": Oscar Wilde, Chesterton, Jonathan Swift... y más recientemente Roald Dahl, Saki, Woodehouse...

Efectivamente, Julian Barnes (como Nick Hornby, como Zadie Smith, como Ian McEwan cuando le apetece...) tiene esta capacidad para contar historias trágicas con una media sonrisa (tongue in cheek, con la lengua en la mejilla, se dice en inglés). Esto ya se notaba en Nada que temer, un libro que era una reflexión sobre la muerte que entretenía y hasta hacía reír; y también en El sentido de un final, cuya trama es digna de un culebrón venezolano pero que se salva de serlo, entre otras cosas, por su ligereza y su humor.

El sentido de un final empieza como una novela sobre la amistad: tres chavales adolescentes, entre ellos el narrador, reciben en su pandilla a un cuarto, Adrian, más inteligente, más brillante y (todavía) más pedante que ellos. De pronto surge otra subtrama: la relación amorosa del protagonista, Tony, y Veronica, una muchacha algo extraña con la que las cosas no terminan bien. Poco después descubrimos que las dos tramas son la misma: el clásico triángulo amoroso con final trágico (y no digo más para no destripar el argumento). La segunda parte de la novela transcurre varias décadas más tarde, cuando el narrador recibe algunos documentos que revuelven su conciencia, e intenta saldar cuentas con el pasado.

Aunque suene a chiste, lo que menos me ha gustado de El sentido de un final es precisamente su final, porque es donde el aire a culebrón se desboca. El profesor de literatura que protagoniza El chico de la última fila, de Juan Mayorga, le explica a su alumno que un final debe ser al mismo tiempo necesario y sorprendente. El final propuesto por Julian Barnes, desde luego, es sorprendente, pero de necesario tiene muy poco; más bien es bastante excesivo, diría yo...

Sé que Julian Barnes tiene muchos y muy apasionados defensores; sin ir más lejos, esta novela ganó el Man Booker Prize. Personalmente, no creo que sea una obra maestra, pero sí una novela entretenida y con más profundidad de lo que puede parecer. En cualquier caso, Julian Barnes es un autor al que apetece seguir leyendo, a la espera de descubrir su obra maestra...

También de Julian Barnes en ULAD: Aquí

domingo, 8 de marzo de 2026

Zoom: Mis cambios de opinión de Julian Barnes

Idioma original: inglés

Título original: Changing My Mind

Año de publicación: 2025

Traducción: Jaime Zulaika

Valoración: entre recomendable y está bien

Sus muchos admiradores/as o quienes al menos estén al tanto de las novedades literarias seguramente ya lo sepan: nuestro estimado, a la par que entrañable, Julian Barnes ha publicado en el mes de febrero su último libro. Y cuando escribo "último" no quiero decir "el último hasta ahora" o "el último hasta que publique otro", sino el último de verdad, el último que va a escribir ya, según sus propias declaraciones. Bien, hay que tener en cuenta que este escritor, que ejemplifica como pocos, en mi opinión, la clásica figura del caballero literato, ya tiene ochenta años y está aquejado de una lenta pero inexorable enfermedad, con lo cual es comprensible que piense que ya ha dado lo suficiente el callo en su oficio (y a fe mía que lo ha hecho) y merece descansar sus últimos años, que ojalá sean muchos aún. Pues bien, he de deciros que este libro que ocupa la reseña de hoy no es ese último libro de Barnes -que se titula, adecuada pero tristemente, Despedidas- sino, esta vez sí, "el último que había escrito hasta ahora". Y que no se trata de una novela sino de un breve ensayo de esos que publica Anagrama y que, por lo general, resultan ser una delicia, o, al menos un refrescante aperitivo. Lo mismo ocurre, como no podía ser de otra forma, con éste de Barnes.

Que, además, en realidad no es un solo ensayo, pues se divide en cinco capítulos en gran medida independientes entre sí. Es cierto que se encuentran unidos por una idea principal, que es la de reflejar los cambios de opinión que el autor ha experimentado a lo largo de su ya extensa vida sobre ciertos temas y así encontramos pequeñas disertaciones sobre: Los recuerdos, Las palabras, La política, Los libros y La edad y el tiempo. pero resulta que el leit-motiv citado tan sólo se refleja a medias y, en algunos capítulos, prácticamente en nada, centrándose más en las reflexiones generales de Barnes sobre el tema -interesantes, en todo caso- que en cómo han ido cambiando sus ideas o percepciones sobre el mismo. Es lo que ocurre en sus mini-ensayos sobre las palabras y la edad y el tiempo; sí que explica cómo veía él estos temas de joven y cómo los ve ahora, pero sobre todo se centra en conceptos más generales -la polisemia , cómo cambia el significado de determinadas palabras o la distinta percepción del tiempo para niños y adultos- que en su sentir personal. En el caso de los recuerdos, sobre todo se explaya en cómo éstos pueden resultar engañosos e incluso a veces tomamos prestados recuerdos ajenos y lo ilustra con una serie de anécdotas y, por lo que respecta a la política, su opinión es que él no ha cambiado de opinión y se ha mantenido firme en sus convicciones centristas, pero que el espectro político se ha movido tanto a la derecha que ahora él parece estar en esa posición (aunque al final explica una serie de convicciones firmes que dice tener sobre diversos temas, en los que no ha cambiado su opinión,  y yo diría que, de ser así, siempre ha sido, al menos, progresista, cuando no socialista, pero bueno, él sabrá...).

Más interesante para nosotros/as, creo (pues, después de todo, este blog se llama como se llama y se dedica a lo que se dedica) es el capítulo dedicado a los libros, en el que Barnes explica como, con el tiempo, han variado, más que sus gustos, sus apreciaciones sobre diversos escritores: algunos que admiraba en su juventud han perdido su interés porque ya no está dispuesto a aguantar su excesivo didactismo -en cómo vivir la vida, para ser concretos-, como es el caso de George Bernard Shaw y, hasta cierto punto, D. H. Lawrence. Algún otro, que apreciaba de joven e igualmente hoy en día pero no tenía por prestigioso. como Simenon, ha acabado por adquirir para él ese aura de los grandes, y no sólo como autor de entretenidas novelas policíacas. Por último, dedica varias páginas a explayarse sobre otro autor británico que siempre había detestado, E. M. Forster (ya sabéis, el de Pasaje a la India y Una habitación con vistas) pero que ha acabado por parecerle, en su madurez lectora,  un gran escritor, lleno de sutileza, ingenio y hasta audacia.

Supongo que todos/as tenemos una lista parecida y no sólo de escritores o libros, sino de opiniones que hemos ido cambiando con el transcurso de los años. Sin embargo, creo que poca gente podría explicarlo con la gracia, la sencillez y la elegancia con que lo hace Julian Barnes. Que sí, ya sé que son características de su obra, ya se trate de ensayos o ficción -o incluso la generalmente malhadada autoficción-, pero en las distancias cortas como las de los miniensayos que componen este libro, estas virtudes se hacen aún más evidentes , lo que es bastante de agradecer. De hecho, aunque en realidad el tono general es más el de un señor mayor que se dedica a expresar sus opiniones sobre éste o el otro tema, más que el de un ensayista que haya reflexionado arduamente sobre los mismo y haya estructurado sus conclusiones por medio de una dialéctica expresada a través de las conocidas tesis-antitesis-síntesis, tampoco es que se dedique a divagar o contar batallitas 8bueno, igual un poco) y, sobre todo, consigue que la lectura del librito no sólo sea placentera, sino que se haga en un plis-plas. de ahí, he de aclarar, que haya etiquetado esta reseña como Zoom, que solemos dedicar a las reseñas de relatos o textos más sucintos; si bien este ensayo de Julian Barnes tiene la misma extensión de los otros libros de esta colección de Nuevos Cuadernos de Anagrama, ya digo que se hace tan ameno y ligero que parece aún más breve. Lo cual, supongo, es una virtud deseable para todo escrito.

Más libros de Julian Barnes reseñados en Un Libro Al Día: El sentido de un final, La mesa limón, Nada que temer, El ruido del tiempo, Una historia del mundo en diez capítulos y medio, El hombre de la bata roja, El perfeccionista en la cocina, Inglaterra, Inglaterra, Arthur & George, La única historia, El loro de Flaubert

viernes, 2 de mayo de 2014

Julian Barnes: La mesa limón

Título original: The Lemon Table
Idioma original: inglés
Traductor: Jaime Zulaika
Año de publicación: 2004
Valoración: Muy recomendable

El gran escritor inglés Julian Barnes tiene una especial querencia por los relatos cortos, como sin duda sabrán sus muchos seguidores. Prefiero poner “relatos” a “cuentos”, no tanto por las connotaciones infantiles que pueda tener este término (cualquiera que haya leído a los hermanos Grimm sabe que no todos los cuentos son para niños… o no sólo para niños), sino porque los de Barnes no se ajustan siempre al esquema: planteamiento-nudo-desenlace, que yo identifico con la idea de “cuento” (aunque también me puedo equivocar, no sé. Se lo dejo para los taxonomistas de la literatura). El caso es que este escritor ha publicado ya varios libros de relatos, con la característica de que suele partir de algún tema o elemento común: en Al otro lado del Canal, por ejemplo, el tema eran las relaciones entre lo inglés y lo francés (Barnes es un confeso francófilo). O, si se prefiere, sobre lo francés visto desde lo inglés o viceversa. Barnes, además, tiene la divertida costumbre de repetir algunos elementos, aunque sean detalles triviales o circunstanciales, de un relato a otro, con lo que refuerza aún más esta idea de cierta unidad temática, además de que lo hace a veces con una sutileza que el lector no puede dejar de agradecer.


En La mesa limón, el tema que unifica todos los relatos es el de la vejez. En realidad, tanto la mesa a la que hace referencia el título como el limón en sí son símbolos de la muerte, o elementos que la aluden, como se explica en el último relato, “El silencio”. Pero, aunque la muerte parezca a lo largo de todo el libro y sea el epílogo ineludible, más o menos lejano, de todas las historias que se cuentan, el tema del que nos habla Barnes es el envejecimiento y sus circunstancias: esclavitudes, limitaciones y peculiaridades varias (ventajas no parece verle muchas, la verdad). Es de suponer que es un tema que le interesaba al autor, que cuando publicó el libro se acercaba a la sesentena. Y unos años más tarde, escribió Nada que temer, éste ya centrado en la muerte y en lo que nos espera (o no) después de ella.


La gravedad de los temas tratados aquí no significa que el tono general de los relatos sea solemne o plúmbeo. Al contrario, están todos o casi, impregnados del sentido del humor característico de este escritor, hasta el punto de resultar, algunos, francamente hilarantes. Incluso cuando tratan un tema tan desolador como es el alzheimer y sus consecuencias (y no sólo para el enfermo). Lo mismo ocurre cuando habla del exacerbamiento de las manías, de la cabezonería propia de la ancianidad (no siempre), de la debacle física y, en consecuencia, sexual. También cuando trata sobre las esperanzas perdidas con los años o mantenidas a pesar de ellos; lo que pudo ser y no fue, lo que fue y no debió de ser; los recuerdos y sentimientos a veces falseados por nosotros mismos. La propia conciencia de nuestro cambio con los años y, por tanto, de nuestra mortalidad.

Una recopilación de once relatos de los que, cuando menos, una buena parte de ellos son de lo mejorcito que puede leerse de un escritor actual. No diré cuáles, en mi opinión, alcanzan tal excelencia, para no condicionar a nadie. Pero me apuesto lo que sea (incluso estoy dispuesto a comerme esta reseña... a la plancha y aliñada con limón, claro) a que cualquier lector encontrará aquí al menos un par de ellos que le conmoverán y no dudará en calificarlos también de magistrales. Si no me creen, hagan la prueba. Por favor.


Otros libros de Julian Barnes en Un Libro al Día: Aquí

viernes, 14 de septiembre de 2012

Julian Barnes: Nada que temer

Idioma original: inglés
Título original: Nothing to Be Frightened Of
Año de publicación: 2008
Valoración: recomendable

Hace un par de semanas, a cuenta de una discusión sobre el futuro Premio Nobel de Literatura 2012 (sí, a cuenta del famoso Murakami), me recomendó a Julian Barnes, un autor al que, tengo que reconocer, no había leído hasta entonces, y ni siquiera puedo decir que me sonara su nombre, aunque sí algunos de sus títulos (El loro de Flaubert, por ejemplo, que es un título poco olvidable). En fin, que me puse a buscar alguna obra suya, y la primera que encontré fue esta, Nada que temer, que quizás no sea la manera más ortodoxa de empezar a leerle (porque no es una novela, sino una mezcla de ensayo y memorias).

En todo caso, Nada que temer me ha gustado, ha conseguido atraparme y entretenerme, con un conjunto -caótico y obsesivo, pero lúcido- de reflexiones sobre la vida y la muerte, la existencia de dios, la identidad y la memoria. De un modo algo semejante a Auster en Diario de invierno, aunque con bastante más humor y mucho menos "ombliguismo", un Barnes que se interna en la tercera edad (tenía 62 años cuando publicó el libro; tiene 66 ahora) hace balance de su vida, y de su estrecha relación con la muerte -una relación basada en el miedo- a través de los recuerdos de su propia familia, especialmente las conversaciones con su hermano filósofo; las opiniones y anécdotas de otros contemporáneos suyos, e innumerables referencias a la vida y la muerte de otros escritores, en especial franceses.

Aunque el tema sea esencialmente oscuro (un agnóstico reflexionando sobre por qué la muerte le produce pánico), el tono es sorprendentemente bienhumorado. El texto está lleno de anécdotas y diálogos siempre entretenidos, y referencias de una enriquecedora variedad de fuentes (desde los diarios del escritor francés Jules Renard a los postulados de biología evolutiva de Richard Dawkins). La mayor pega que se le puede poner, como texto escrito por un novelista y no por un filósofo -como su hermano- es la falta de una tesis o un plan: como un hombre con una obsesión, Julian Barnes vuelve una y otra vez a las mismas cuestiones, repite estribillos como slogans y refiere varias veces, con modificaciones, las mismas anécdotas, sin llegar finalmente -como por otra parte era de esperar- a ninguna conclusión sobre los "grandes temas" que inspiran su obra.

También de Julian Barnes en ULAD: Aquí

sábado, 1 de octubre de 2016

Julian Barnes: El ruido del tiempo

Idioma original: inglés
Título original: The Noise of Time
Año de publicación: 2016
Traducción: Jaime Zulaika
Valoración: recomendable

Soy un admirador incondicional de Julian Barnes como escritor, pero he de reconocer que , en mi opinión, da lo mejor de sí cuando en sus obras sigue caminos ya transitados, en lugar d e la ficción pura y dura; puede tratarse de un ensayo sui géneris sobre la vida y obra de un escritor, como en El loro de Flaubert, la profundización en un episodio de la vida de otro, como la magnífica Arthur & George, o simplemente una recreación de escenarios y situaciones ya más que establecidas dentro de la cultura juedocristiana, como ocurre en el primer y el último relatos -divertidísimos ambos- de Una Historia del mundo en diez capítulos y medio. Conste que no estoy diciendo que Barnes no sea igual de buen escritor cuando hace uso exclusivamente de su imaginación para pergeñar otros cuentos o novelas, pero sí que los resultados me parecen más satisfactorios cuando tiene una "vía abierta", como un escalador que sube una pared de roca ya explorada.

Digo esto porque la última novela hasta la fecha de Julian Barnes,sigue eoso mismos derroteros de "vía libre o abierta", en este caso, los de una biografía novelada; sólo que en El ruido del tiempo (no me gusta demasiado el título, pero tiene su explicación) el protagonista no es otro escritor, sino un músico, el compositor ruso Dmitri Shostakóvich el más célebre, junto a Prokófiev, de la Unión Soviética y considerado, al menos en Occidente, como un artista incondicional del régimen, un símbolo del mismo. Y sin embargo, Shostakóvich se las había tenido tiesas on el poder estalinista, a partir de un artículo aparecido en el Pravda, "Bulla en vez de música", a cuenta de una ópera suya y escrito, se decía, por la mano del propio Stalin. De hecho, el libro comienza con una situación escalofriante y conmovedora: el famoso compositor pasando la noche junto al ascensor de su edificio, vestido y con una maleta, esperando a que acuda la NKVD a detenerle, para evitar así que entren en su casa y se vea implicada su familia. Un circunstancia que debía ser más habitual de lo que podemos imaginar en aquel tiempo y lugar.

La novela se articula a través de los recuerdos y reflexiones que acometen al compositor en momentos como ése, cuando se haya esperando, en diversas circunstancias - el rellano de su apartamento, pero también viajes en avión o en coche, llevado por un chófer-sin nada más que hacer, excepto dejarse llevar por los pensamientos que dedica a su vida, a su música, a su familia... pero sobre todo, a su relación con el Poder, sus diálogos -a veces de besugos- con éste y cómo afectó a su carrera y, sobre todo, a su obra musical. No es una biografía, pues, que siga un hilo cronológico convencional, aunque el buen oficio de Barnes permite que esto no sea necesario para conocer -y compadecer, en el sentido más literal del verbo- la figura de este músico. No obstante, más allá de las vicisitudes de la vida privada o incluso pública, de Shostakóvich, el tema de la novela es, como cualquiera puede suponer, la actitud que debe adoptar el artista con respecto al Poder, su relación con éste y como puede condicionar -y de hecho, lo hace- su obra y su creatividad. Y no sólo el Poder político o económico (así, con mayúsculas), sino todo lo que sucede a su alrededor en la sociedad y el momento en el que vive tal artista; ese "ruido del tiempo" al que hace referencia el título. También, claro, es una novela sobre las concesiones que se puede estar dispuesto a hacer, sobre la cobardía y la traición, empezando por la que se comete contra uno mismo.

Como es obvio, la novela no deja en muy buen lugar el sistema soviético y su obsesión por controlar y  reeducar, cuando no "purgar", si lo consideraba necesario, a los ciudadanos a los que decía servir, empezando por los artistas, que debían acomodarse a sus designios o atenerse a las consecuencias. Es evidente que aquéllas eran unas circunstancias sórdidamente trágicas y en absoluto comparables a las que regían y rigen el mundo libre capitalista, pero, en fin... al leer cómo los displicentes funcionarios soviéticos echaban en cara a Shostakóvich que su música era "formalista", "izquierdista" y que debía ser más optimista para gustar y enaltecer a las masas proletarias, no al decadente público burgués, uno no puede dejar de acordarse de los artistas occidentales, ya sean músicos, escritores, cineastas, que han visto rechazadas sus creaciones por resultar poco comerciales y no tener su lugar en el Mercado. Por suerte, aquí y ahora la divergencia no tiene como consecuencia un tiro en la nuca o que envíen al discordante al Gulag; que también es de agradecer...

La novela, corta, se lee en un suspiro incluso si el lector no está demasiado interesado en la música sinfónica del siglo XX o la Historia soviética, creo yo; en gran parte, eso es debido a la competencia, sino excelencia del autor, uno de los escritores más destacados de nuestro tiempo, también en mi humilde opinión. para muestra, un botón (en el que precisamente se habla de ese título que a mí no me había gustado pero que quizás no esté tan mal) :

   "¿Qué podía oponerse al ruido del tiempo? Sólo esa música que llevamos dentro-la música de nuestro ser que algunos transforman en auténtica música. Que, a lo largo de décadas, si es lo suficientemente fuerte y auténtica y pura para acallar el ruido del tiempo, se transforma en el susurro de la historia.
      A esto se aferraba él."


Muchos más libros de Julian Barnes reseñados:  aquí
     


viernes, 1 de agosto de 2014

Julian Barnes: Una historia del mundo en diez capítulos y medio

Título original: A History of the World in 10  1/2 Chapters
Idioma original: inglés
Traductora: Maribel de Juan
Año de publicación: 1989
Valoración: Muy recomendable

El gran escritor inglés Julian Barnes publicó hace ya 25 años (nada menos), esta colección de relatos (10 y medio, como indica el título… o quizás alguno más), que, en realidad, es más que una simple recopilación. También puede parecer excesivo titularlo como “Historia del mundo”, aunque ciertamente es UNA historia del mundo, de la misma forma que otros diez relatos distintos podrían componer otra Historia del mundo diferente, claro. Tampoco hay que olvidar el punto irónico del título, más aún cuando el autor es un cultivador del característico humor que, según el tópico, es casi un marchamo del estilo británico (y eso que Barnes es un confeso francófilo… ¿Otra muestra de humor, quizás?).

Los diez capítulos a los que hace referencia el título son diez relatos quese imbrican unos con otros y tienen en común el tema, ya sea de manera directa o tangencial, del arca de Noé, el diluvio y, más aún, del naufragio del errático devenir humano. Aparte de estos hilos más o menos visibles que unen unos relatos con otros (me resisto a llamarles cuentos) y en lo que Barnes es un maestro de la sutileza, como ya ha demostrado después, en otros de sus libros de relatos, los que componen éste varían bastante en ambientación, en ejecución (aunque no en estilo) y en resultado. Los más redondos, en mi opinión, son el primero (“El polizón”): divertido a más no poder; el quinto (“Naufragio”): magistral también como lección de Historia y arte; el séptimo, que en realidad es un 3 x 1 (“Tres historias sencillas”, aunque de sencillas no tienen nada, como ya verá el lector). Y, por supuesto, el décimo (“El sueño”), que es genial, jocoso y absolutamente delicioso.

El “medio capítulo” del que habla el título es un “Paréntesis” en el que Barnes hace una reflexión sobre el amor (sobre el amor romántico o de pareja, no el amor universal a la Humanidad o a la Natura), que recuerda un poco en el tono, a la confesión del médico protagonista de El loro de Flaubert.

Un ejercicio de virtuosismo de un gran escritor, un carrusel de agudeza y diversión; una demostración de que cualquier tema, por peregrino que parezca, puede ser una excusa válida, en manos del talento y el buen oficio, para hablarnos de la condición humana y sus infinitos matices. Una gozada, sin más.


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jueves, 16 de abril de 2015

Colaboración: contrarreseña de El loro de Flaubert de Julian Barnes


Idioma original: inglés
Título original: Flaubert's parrot
Año de publicación: 1984

Valoración: Muy recomendable
 
El hilo de este texto es una aguja, comienza así: una reseña es, al parecer, un espectáculo. Una masa menor u obrilla en cuyo centro se coloca algún tipo de opinión literaria o combinación de ellas y que comienza con un "vale" entre paréntesis, aunque casi siempre se omita.

(Vale.)

Hace más o menos un año, un dos de abril, al mediodía, mientras los periódicos colombianos enviaban papel a la prensa venezolana, Montuenga (nuestra Montuenga) publicó en ULAD la reseña de un libro legendario: El Loro de Flaubert, de Julian Barnes. La novela le gustó, pero poco. Descubrió que el autor no se sometía a más criterios que los propios y eso pareció desorientarla. El loro de Flaubert resultaba una obra meritoria como experimento en su época, pero quizá fallida en parte, o al menos no tan excelente como proclaman muchas de las críticas. Segundos después, sus seguidores (los de Montuenga) dejamos por unos minutos de respirar. Acto seguido los fans de Julian Barnes lanzaron transparentes indirectas acerca de la existencia de un plan cósmico. Aquella reseña parecía de Montuenga y no lo parecía. Su falta de alegría era alarmante. ¡Rozaba lo triste! No podía ser en sí misma. Pero sí que lo era.

Por eso sus más fervientes seguidores (los de Montuenga) le debemos desde entonces un apéndice, campaña de imagen o contrarreseña. Si Montuenga tiene un día triste y se olvida de insuflar alegría a una reseña, esta se queda a vivir ya para siempre dentro del limbo de las reseñas. No estaría bien. Porque en El loro de Flaubert el autor está en su libro como Dios en su universo, presente en todas partes pero siempre invisible, y porque es la precisión la que hace su fuerza, una precisión intensiva y sonora que es musicalidad verbal, tanto en estilo como en música.

Imagínese el lector la dificultad técnica que supone escribir un cuento en el que un pájaro mal disecado y con un nombre ridículo, termina representando una tercera parte de la Trinidad, y cuya intención no es satírica, sentimental o blasfema       .

Imagínese, pero con alegría. En El loro de Flaubert los críticos quieren matar a los escritores, son negligentes, parciales y prejuiciosos. Tampoco es eso. Alegría. La tristeza es un vicio.

Otros libros de Julian Barnes en ULAD: Aquí

Firmado: Álex Azkona

domingo, 20 de febrero de 2022

Julian Barnes: El hombre de la bata roja

Idioma original: inglés

Título original: The Man on the Red Coat

Año de publicación: 2019

Traducción: Jaime Zulaika

Valoración: recomendable

Conocida es la francofilia del británico Julian Barnes y también que en más de uno de sus libros se ha dedicado a explorar la idiosincrasia de su propio país y sus relaciones con sus vecino del otro lado de Canal. Vuelve a hacerlo en este libro, en cierto modo, a partir de una anécdota histórica: el viaje a Inglaterra que llevaron a cabo en 1885 tres franceses de renombre en la bonne société de la época, con el objeto de adquirir en Londres telas, trajes y otros objetos de buen gusto... Los susodichos caballeros eran el príncipe de Polignac, el conde de Montesquiou-Fézenac y el doctor Samuel Pozzi, quien resulta ser el "hombre de la bata roja" que da título e ilustra la cubierta del libro, pues fue retratado de esta guisa por el pintor norteamericano John Singer Sargent.

La anécdota del viaje, en todo caso, no es sino una excusa para departir acerca de estos tres personajes y, sobre todo, de la sociedad en la que les tocó en suerte vivir: la Belle Époque, como en Francia se conoce a los años de paz transcurridos entre la guerra franco-prusiana de 1870 y la I Guerra Mundial. Una época de apogeo colonialista y lucha de clases, pero también de esplendor de las artes y avance científico. Barnes hace un seguimiento de los tres personajes a lo largo de esos años; un poco menos, empero, al príncipe de Polignac, compositor musical, además de aristócrata (arruinado) que acabó casándose en un mariage blanc, pero muy bien avenido, con la heredera de las máquinas de coser Singer. Los otros dos personajes le resultan más interesantes: el conde de Montesquiou, poeta y, sobre todo, dandy -de hecho, se le puede considerar como epítome del dandismo, fenómeno o tendencia alrededor de la que también gira, en buena medida, este libro- y que acabó consagrado para la posteridad y, sobre todo, en su época, como el poco disimulado inspirador de varios  personajes de ficción: Des Essaintes, protagonista de A contrapelo, de Huysmans; el de Monsieur de Phocas, de Jean Lorrain, el barón de Charlus, de En busca del tiempo perdido de Proust, el pavo (sic) de la obra Chantecler, de Edmond de Rostand -amén del protagonista de sus propias memorias, Les pas effacés, claro-... Más interesante y, sobre todo, simpático, le resulta a Barnes el tercer viajero y, hasta cierto punto, protagonista de este libro, el doctor Samuel Pozzi, prestigioso médico innovador en la ginecología y la cirugía abdominal, coleccionista de arte, hombre de gran éxito social y aún más entre el género femenino -empezando por la famosa actriz Sara Bernhard, que fue su amante y luego amiga durante toda su vida-, ateo de origen hugonote, darwinista, prodreyfusiano, padre y esposo ejempl... bueno, con algunos problemillas familiares. 

Siguiendo a este atractivo personaje, aunque también a los otros dos, ya digo, Barnes va recorriendo diversos temas que afectaban a la sociedad francesa y occidental de aquella Belle Époque: desde el dandismo, el decadentismo o los estetas a los frecuentes duelos que se producían en aquellos tiempos, la homosexualidad y la relación entre Francia e Inglaterra (cómo no); de los avances científicos en el campo de la medicina -cirugía, higienismo, transplantes- o las ideas de Darwin, a la pervivencia del arte, la relación entre retratista y retratado o, en el caso de la literatura, entre los personajes y las personas que los inspiran y su posteridad...

La lista de otras personalidades de las que se habla en el libro y que configuran, entre todas, una amplia panorámica de la época resulta bastante extensa: a los ya citados, hay que añadir otros escritores como son o fueron Henry James, Maupassant, Mallarmé, Oscar Wilde -muy presente en todo el libro, como no podía ser de otra forma-, Baudelaire, Barbey d'Aurevilly, Flaubert, Edmond de Goncourt, Félix Fénéon, Colette, Ford Madox Ford, Conan Doyle, Zola, Léon Daudet (hijo de Alphonse), Léon Bloy; pintores como el ya citado Sargent, Gustave Moreau, Degas, Boldini o Whistler; personalidades de otros ámbitos como los médicos Alexis Carrel o Tourette (sí, el del famoso síndrome), el historiador Maurice Delafosse, etc. Lo más divertido es que los retratos de muchos de estos personajes aparecen en el libro... en la colección de fotografías que venían con las chocolatinas de la confitería Félix Potin, de París, en una especie de parnaso de la época, convenientemente endulzado y chocolateado para los siglos venideros. Quizá sea una forma muy adecuada de recordarlos, qué narices,,, ; )


Otros títulos de Julian Barnes reseñados en Un Libro Al Día: 
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martes, 28 de octubre de 2014

[Libros y comida] Colaboración: El perfeccionista en la cocina de Julian Barnes

Idioma original: Inglés
Título original: The Pedant in the Kitchen
Año de publicación: 2003
Traducción: Jaime Zulaika
Valoración: Recomendable

¿Cómo reseñar un libro que hace de la lectura un momento de encuentro, intimidad, identificación y buen humor y sin embargo no devela ninguna novedad ni porta un valor literario indiscutiblemente alto? ¿Qué decir de un texto amable, que nos lleva de la mano, nos instruye y nos divierte, recrea nuestra imaginación y también nuestro paladar, pero al finalizarlo lo sentimos de todos modos prescindible? Veamos.

Julian Barnes nos regala en esta obra la narración del recorrido que su afición de cocinero doméstico le ha dado la oportunidad de realizar. Descubrimos así un aspecto simpático del renombrado escritor, que se posiciona ya desde el título como un exponente particular de esta actividad: un pedant —que el traductor transformó en perfeccionista en un intento poco eficaz de reflejar esa actitud entre pretenciosa y obsesiva al detalle que el autor relatará—. Así es entonces que describirá los avatares por los que transitó su experiencia culinaria, enumerando las dudas, los complejos y las confusiones a que dio lugar la búsqueda de instrucciones certeras en manuales, recetarios y libros de cocina... y no encontrarlas.

Es este punto de vista el que opera a lo largo de todo el texto como generador de situaciones desopilantes, por ejemplo divertidas disquisiciones acerca de cuáles son los límites que debemos ponerle a nuestra autoexigencia como intérpretes de una receta, o qué cantidad y tipos de libros de cocina deberíamos poseer.

Barnes nos sorprende con un nivel de conocimiento e información sobre el tema increíblemente vasto, especialmente acerca de publicaciones clásicas y de importancia histórica. Se permite mostrar que esta práctica lo ha llevado a entablar una especie de relación personal con los autores de los libros de cocina más tradicionales, llevándose mejor con unos que con otros, y confiando en cada cual según el plato que preparará. Los critica, los compara, los compensa, analiza su personalidad de acuerdo a cómo tratan al lector, y obviamente todo esto resulta enormemente entretenido.

Los capítulos se suceden haciendo foco en los tipos de platos, en la manera de comprar mercadería o en los tiempos que llevan distintos preparados, por nombrar algunos de los tópicos en los que Barnes se detiene, y cada uno es abordado con frescura y erudición variada, pero siempre con buen ritmo y gusto.

El libro finaliza sin más, dejándonos casi iguales, quizá con ganas de cocinar, y tal vez con la certeza de que volveremos en el futuro para reencontrar alguna sonrisa. Puede que sea un texto ideal para salir de una lectura fuerte o mientras esperamos una nueva y atrapante ficción. Eso sí: lectores completamente desinteresados en la cocina, abstenerse. Los demás están invitados a pasar un buen rato.

Otros libros de Julian Barnes en ULAD: Aquí

Firmado: Mr. io.

domingo, 9 de noviembre de 2014

Julian Barnes: Inglaterra, Inglaterra


Idioma original: inglés
Título original: England, England
Año de publicación: 1998
Traductor: Jaime Zulaika
Valoración: Muy recomendable

Supongo que muchos de nuestros lectores estarán familiarizados con esos conceptos, vagos pero muy precisos a un tiempo, que se expresan a través de fórmulas como lo "vasco-vasco", "catalán-catalán", "gallego-gallego", etc... (curiosamente, lo de "español-español" no se utiliza, creo... Invito a quien quiera a hacer sobre el tema una reflexión que yo, con permiso, me ahorraré a mí mismo). Pero en todas partes, al parecer, cuecen las habas identitarias, y en el caso del Reino (re-)Unido -perdón por el chiste-, no sólo entre los sedicentes escoceses. También en la Merrie England , pese a la desenvoltura que cabría suponerle a su hegemonía en el Reino, el patriotismo pasa por la adhesión no sólo a determinados símbolos e instituciones, sino también a ciertos acontecimientos y figuras de su pasado, convenientemente escogidos, expulgados y mitificados, eso sí. Como en todas partes, cabría añadir...

Pues bien, éste es el material que Julian Barnes, inglés-inglés (aunque con una confesa y sospechosa francofilia) de Leicester, para más señas, utiliza para componer una sátira con la que fumiga algo más que los excesos patrióticos (patrioteros, más bien). El argumento ya parte de una idea jocosa: un megamagnate post-moderno, tipo Murdoch, Sir Jack Pitman, decide crear en la isla de Wight, como obra magna que le sucederá en la posteridad, una réplica "perfeccionada" de la Inglaterra a la que tanto dice amar, pero que juzga como incómoda, decadente e imperfecta. El proyecto va más allá de un parque temático para turistas ricos, que es el proyecto original, al conseguir la independencia de la isla y que la propia familia real británica se traslade a ella, conviviendo con ilustres personajes -o leyendas- de la Historia inglesa como Robin Hood, la reina Victoria o el doctor Johnson (la aparición de este último no parece en absoluto aleatoria, desde luego). La configución y éxito de esta nueva entidad político-lúdico-comercial no sólo crea una dinámica interna propia, sino que también afecta a la llamada "Vieja Inglaterra", que acaba pareciendo menos real que su copia... Para mayor ironía -a modo de boomerang, si se quiere-, hay que decir que lo que a finales del siglo XX parecía ser una entelequia puramente satírica, a día de hoy se ha convertido casi en una realidad superpuesta a la Inglaterra "auténtica", como puede atestiguar cualquiera que se dé una vuelta por el Londres más turístico.

Bien es cierto que en la novela no sólo se satiriza sobre los parámetros -no pocas veces oportunistas- del patriotismo para determinar quién o qué merece formar parte y representar al acervo colectivo de una nación. También nos dibuja una imagen bastante convincente de cómo sería un Estado sin Estado propiamente dicho, el sueño del ultra-liberalismo, donde el gobierno se viera reemplazado por la dirección ejecutiva de una corporación y las leyes, por los términos contractuales entre empleador y empleado. Y más allá, sobre toda la novela sobrevuela la filosofía de Guy Debord, plasmada en su obra, La sociedad del espectáculo (de hecho, Barnes se cura en salud haciendo una velada alusión a este autor ya en las primeras páginas del libro), que ya señalaba: 

“Toda la vida de las sociedades en las que dominan las condiciones modernas de producción se presenta como una inmensa acumulación de espectáculos. Todo lo que era vivido directamente se aparta en una representación.”

Pero Barnes no sería el magnífico escritor que es si no nos ofreciera algo más. La novela, además de una divertida sátira, propone una reflexión sobre los elementos que escogemos -o nos escogen- para conformar nuestra memoria personal, no sólo colectiva, y que en buena medida son los que moldean nuestra personalidad... ¿o quizá no lo son y ésa es sólo una premisa más que aceptamos, como los propios recuerdos o los mitos que alimentan el fervor patriótico? Es una duda que la protagonista femenina, Marta Cochrane (contratada por Sir Jack para hacer de "cínica oficial" del Proyecto), tarda toda una vida en resolver, como un puzzle al que le hubieran hurtado una pieza. Un puzzle que representaba su Inglaterra particular. Que cada cual escoja la suya.

Otras obras de Julian Barnes en Un Libro Al Día:  Aquí

miércoles, 2 de abril de 2014

Julian Barnes: El loro de Flaubert

Idioma original: inglés
Título original: Flaubert's Parrot,
Año de publicación: 1984
Valoración: Está bien







Hasta hace poco he visto a Julian Barnes como uno de esos escritores que nos interesan, cuya lectura creemos inminente, pero que vamos aplazando año tras año sin ningún motivo concreto. Por fin le ha tocado el turno a El loro de Flaubert, una obra catalogada como novela aunque yo la encuadraría más bien en el género ensayístico, con personaje interpuesto, anécdotas intercaladas, propósito metaliterario, pinceladas biográficas y una técnica propia cuya originalidad es su mayor mérito con mucho.

Mi desconocimiento del autor así como la libertad con que está escrito, sin someterse a más criterios que los propios, me desorientó durante unas cuantas páginas. Tras un primer pasaje que presenta al narrador dando un melancólico paseo por Rouen, se incluye una serie de notas biográficas y (expresivas) citas flaubertianas, presentadas de forma esquemática, sin ninguna elaboración ni conexión con lo anterior. A partir de ahí, desaparece nuestro guía, no escuchamos su voz hasta mucho más tarde y solo muy de vez en cuando volvemos a notar su presencia. En ese tenue hilo conductor se nos informa de su profesión de médico –como el padre del escritor– se muestra obsesionado con la vida y la obra de este, y deducimos que arrastra un nefasto pasado matrimonial. Datos sueltos que, de algún modo justifican su indagación y que conocemos por alusiones, casi nunca de forma directa.

En cambio, abundan las anécdotas de la vida de Flaubert: personalidad, manías, familia y amistades, mujeres que se relacionaron con él, actitud ante la escritura y un montón de detalles minúsculos. Esta acumulación de datos a veces muestra un sentido pero otras parecen servir de relleno de un texto menos denso de lo que aparenta. Es cierto que hay momentos brillantes, que la sutileza de las metáforas que aluden a la experiencia creadora –empezando por el loro en cuestión– nos proporcionan momentos agradables, que la indagación que se lleva a cabo sobre el influjo de la vida en la literatura promete, pero lo encuentro muy irregular –junto a párrafos que no aportan nada hay otros que indagan en los propósitos de la escritura de Flaubert, en su voluntad de estilo, obsesiones literarias etc., que pueden extrapolarse perfectamente–, con demasiada desconexión entre las partes, aburrido en ocasiones. Y, aunque tiene estupendos hallazgos, como la defensa de cada uno de los argumentos contra el escritor o el hecho de que la voz de Louise Colet, en primera persona, ocupe un capítulo entero, o esa ironía ácida que emplea algunas veces, en mi opinión, le sobran páginas, ganaría mucho de haber prescindido de las menos consistentes. Es decir, se trata de una obra meritoria como experimento en su época, aunque quizá fallida en parte, o al menos no tan excelente como proclaman muchas de sus críticas



 También de Julian Barnes: Aquí