jueves, 26 de mayo de 2016
Stéphane Mallarmé: Cuentos indios
sábado, 12 de mayo de 2012
Octavio Paz: Traducción: literatura y literalidad
Idioma original: españolAño de publicación: 1990
Valoración: muy recomendable
Ya nos vale: esta es la primera reseña que publicamos de Octavio Paz, Premio Nobel de Literatura en 1990 y, curiosamente, ni siquiera va a ser de su obra poética (sin duda, su vertiente creativa más representativa, a pesar de que su obra ensayística sea incluso más vasta que la primera).
Traducción: literatura y literalidad es un ensayo sobre la traducción de poesía no solo sagaz e intuitivo, sino también, a mi modo de ver, rompedor en muchos aspectos. Paz se atreve a desmontar algunos de los mitos y tabúes que planean sobre la traducción de poesía, pero sus afirmaciones no son osadas: están bien argumentadas, son convincentes y surgen de su propia experiencia como poeta-traductor. De hecho, en la segunda parte Octavio Paz nos presenta sus propias traducciones de poemas de Donne, Mallarmé, Apollinaire y cummings para ilustrar sus aseveraciones anteriores.
Como digo, en Traducción: literatura y literalidad encontramos declaraciones lapidarias. Siempre se ha dicho que solo los poetas pueden traducir poesía, ¿verdad? Desde luego, yo siempre lo había oído (y me revolvía internamente contra semejante afirmación). Y, por supuesto, el poeta-traductor tenía que ser de igual talla al poeta traducido. Pues bien, he aquí la opinión que Paz tiene a este respecto:
En teoría, sólo los poetas deberían traducir poesía; en la realidad, pocas veces los poetas son buenos traductores. No lo son porque casi siempre usan el poema ajeno como un punto de partida para escribir su poema. El buen traductor se mueve en una dirección contraria: su punto de llegada es un poema análogo, ya que no idéntico, al poema original. No se aparta del poema sino para seguirlo más de cerca (…). La razón de la incapacidad de muchos poetas para traducir poesía no es de orden puramente psicológico, aunque la egolatría tenga su parte, sino funcional: la traducción poética, según me propongo mostrar en seguida, es una operación análoga a la creación poética, solo que se despliega en sentido inverso (sic).
Efectivamente, Paz concibe la traducción de poesía como un acto de creación y no de mímesis. El traductor no parte del "lenguaje en movimiento, materia prima del poeta", sino del lenguaje que el poeta ha fijado en el poema. La traducción de poesía no busca, o no debería buscar, reproducir "lo mismo", sino, como expresó Paul Valéry, "reproducir con medios distintos efectos análogos".
Para mí, como traductora profana en la materia de la traducción de poesía, este ensayo ha resultado esclarecedor. Pero es muy recomendable para todo aquel que, después de leer esta reseña —tenga o no interés en la traducción— vea tambalearse los pilares de sus concepciones respecto de esta actividad que no nos es ajena a nadie.
Al fin y al cabo, seamos o no conscientes de ello normalmente, como apuntaba en una anterior reseña-reflexión sobre la traducción, todos somos lectores de traducciones.
También de Octavio Paz en UnLibroAlDía: El laberinto de la soledad, Apariencia desnuda
jueves, 12 de noviembre de 2009
Andreas Huyssen: Después de la gran división
Idioma original: inglésTítulo original: After the Great Divide: Modernism, Mass Culture, Postmodernism
Fecha de publicación: 1986
Valoración: muy recomendable
Este libro tiene el mérito de haber tratado de poner orden en un pantano conceptual en el que, veinte años después, muchos siguen quedando atrapados. Las arenas movedizas que lo forman se llaman vanguardia, cultura de masas, modernismo y postmodernismo. Todos hemos oído en algún momento que vivimos en una "época postmoderna", pero ¿qué quiere decir eso exactamente? ¿Qué significa vivir "después" de los tiempos modernos? ¿En qué consistía ese "modernismo" que parecemos haber dejado atrás? Bueno, pues la virtud de Huyssen es que da una respuesta simple y concisa a esta pregunta: ser moderno significa creer en la separación entre alta cultura y cultura de masas.
La historia de esta "gran división" empieza más o menos a mediados del XIX, cuando el crecimiento demográfico de las ciudades europeas y los avances de la educación y la técnica se conjugan para dar en un fenómeno del que ya hemos hablado: el folletín. Nace un público lector que devora largas novelas por entregas, llenas de amor, desgracia y redención. He ahí una incipiente cultura de masas que pronto tendrá también sus correlatos musical y pictórico. Algunos autores (Flaubert, el primero -según Huyssen-) empiezan a mostrar reticencias al éxito comercial, a perder algo de su arte mediante la venta masiva de su obra. Así pues, como reacción a la cultura de masas surge el modernismo, que sería la vocación de algunos escritores por distinguirse de la literatura folletinesca. Ojo, que este "modernismo" de la Teoría literaria anglosajona no tiene nada que ver con el movimiento homónimo hispanoamericano (el de Rubén Darío). Lo que une, digamos, a Baudelaire, Flaubert, Mallarmé, Proust, Rilke y Eliot no es tanto una cuestión de estilo, sino una voluntad de separación elitista, un esfuerzo común por no dejarse engullir por la temible cultura de masas.
Huyssen añade en este punto una reflexión que me ha parecido especialmente interesante. Hace ver cómo ese miedo a la comercialización ("visión paranoica de la cultura de masas", como él dice) va unido en los escritores modernistas, casi siempre, a una devaluación de lo femenino. Estos autores conciben la cultura de masas como algo sentimental, placentero, proclive a la fácil ensoñación, es decir, que le atribuyen los rasgos de la imagen estereotipada de la mujer en el XIX (¡y no sólo en el XIX!): pasividad e irracionalidad. Ellos mismos, en cambio, sintetizan las supuestas virtudes masculinas: esfuerzo heroico, tenacidad, disciplina, control e inteligencia. Su relación hacia la cultura de masas es de desprecio, sí, pero también de terror, porque temen perder su definida identidad personal (lograda a base de esfuerzo) en esa indistinta masa de lectoras entregadas al lacrimeo fácil y el descontrol de los impulsos. Sorprende comprobar la cantidad de obras literarias que cobran nueva luz a partir de este esquema. Sin ir más lejos: Misery.
Este maniqueo esquema binario será el que rechace la vanguardia. Ésta pretende, en todos sus frentes, hacer saltar por los aires el abismo entre alta cultura y vida cotidiana, logrando una transformación total de la existencia a través del arte. Este proyecto utópico no llegó a tener éxito (o no, al menos, como ellos querían), de modo que, después de la II Guerra Mundial, cuando el fracaso de las vanguardias ya era evidente, el conflicto entre alta cultura y cultura de masas se instauró como dogma oficial de quienes se autodenominaban vanguardia (pero ya sin serlo, claro, en el sentido estricto): piénsese en el expresionismo abstracto americano. El postmodernismo, entonces, llega paulatinamente hacia los años 60/70, cuando empieza a entreverse, en diversos contextos, que la "gran división" quizá esté infundada, que la alta cultura siempre ha bebido de la de masas y viceversa. Su estricta separación empieza a parecer entonces más bien fruto de la conciencia esnob de ciertos artistas y críticos, antes que de la realidad del panorama de la cultura. (A Adorno, por ejemplo, en esto del esnobismo habría que darle el premio gordo.) Para Huyssen, entonces, la reconciliación con los iconos de la cultura de masas que propone el arte pop es ya un anuncio del postmodernismo.
Sin duda habría mucho que matizar en algunas de las afirmaciones de Huyssen y, además, es innegable que en algunos aspectos el libro ha envejecido mal estos veinte años. De todas maneras, sigue ofreciendo una síntesis ilustradora de las posiciones de la vanguardia y el modernismo sobre la cultura de masas, y arriesgando algunas objeciones valientes y acertadas contra los tótems de la Teoría crítica. Un buen mapa para no perderse en el pantano de la cultura más reciente.
domingo, 9 de marzo de 2014
Colaboración: In memoriam Leopoldo María Panero
Una mañana soleada de invierno tardío amanecía con una triste noticia. Mi poeta más querido, mi poeta más admirado, el último bohemio, acababa de exhalar su último aliento. La muerte de un personaje, por muy conocido que fuera, nunca me había afectado de forma personal, pero Leopoldo María se iba dejándome sola en una senda literaria hasta hace poco desconocida para mí y que guarda intrincados rincones aún por descubrir.
Cualquiera que haya leído algo del mal llamado poeta maldito, que no creo en absoluto que lo fuera (más bien lo contrario, nos ha dejado una obra extensa y pródiga, digna de descubrir, aunque no negaré la dificultad), puede sentir algo así. Sus libros son de los que dejan huella y con los que descubres que la Literatura puede ser algo más que un conjunto de palabras, mucho más que una historia, puede ser la abstracción, lo absurdo materializado en palabra. Con sus poemas puedes acercarte a otro mundo, al mundo atávico de la locura y de los sueños. Se puede percibir que, a veces, lo desagradable puede ser hermoso y que todos, por muy cuerdo que parezca, podemos sacar a la superficie sentimientos que creía enterrados.
En sus primeros poemas juveniles, agrupados en la obra titulada Por el camino de Swan, como la obra homónima de Marcel Proust, se entrevé un atisbo de modernidad, pero no es hasta su primer libro propiamente dicho Así se fundó Carnaby Street (título que alude a una calle londinense que fue cuna de la post-modernidad a finales de los años 60 del siglo XX) cuando se establecen las pautas que caracterizarían a Panero durante toda su obra. Su afán por la muerte, las bajas pasiones, la mitología y, sobre todo, su gran personaje, Peter Pan, invaden toda su obra. Aquel niño grande fue, pues, incluido por José María Castellet (fallecido también en enero de este año) como el más joven de los Nueve Novísimos españoles. Después llegarían Teoría (1973) y, para mi gusto, el mejor de sus libros, un compendio de cuentos fantásticos y terribles llamado El lugar del hijo (1976), donde se produce cierto cisma en su obra y en su vida. A partir de entonces, tanto su poesía como su prosa se tornan más apasionadas y con cierto tono autobiográfico, incidiendo, aún más, en la muerte, en el miedo y en el mundo de la locura y de los sueños. Libros como Narciso en el acorde último de las flautas (1979), Last River Together (1980) o Dioscuros (1982) son trasuntos de su vida personal.
La locura fue una constante en la vida de Leopoldo María. Famosos son los Poemas del manicomio de Mondragón (1987), uno de los cuales define perfectamente cómo se siente un cuerdo en un mundo de locos:
El loco mirando desde la puerta del jardín
hombre normal que por un momento
cruzas tu vida con la del esperpento
has de saber que no fue por matar un pelícano
sino por nada por lo que yazgo aquí entre otros sepulcros
y que nada sino el azar y a ninguna voluntad sagrada
de demonio o dios debo mi ruina.
Durante los años 80 y 90, se han publicado varios compendios de poemarios suyos, siendo el más conocido el realizado por el catedrático zaragozano Túa Blesa en dos volúmenes, el primero de 1970-2000 y el segundo de 2000-2010, en la editorial Visor. El primero es más interesante, puesto que se le ve más lúcido y más desgarrado. En la última etapa, sus poemas se hacen más complicados de entender.
Adicciones, obsesiones, desengaños e incomprensión marcaron su vida. Sus relaciones turbulentas y amores imposibles, como el que tuvo por Ana María Moix, fallecida, paradójicamente la semana anterior, tiñeron su obra no precisamente de sensiblería barata, sino de miedo, de desesperación y de incomprensión. Era conocida su admiración por Kafka y su Metamorfosis, obra en la que se reconocía a sí mismo. Y cómo no mencionar también su admiración por los simbolistas franceses, como Mallarmé, o por Antonin Artaud, con una vida llena de paralelismos con la de Leopoldo María.
La muerte también era otra de sus obsesiones, que lo atraía como un objeto oscuro pero seductor. Esta semana finalmente le ha sorprendido. Deja huérfanos a los Novísimos y, sobre todo, a las letras españolas contemporáneas.
Todavía me alegro cuando pienso en aquel día, en aquella librería, en aquél estante dedicado a la poesía española, cuando cogí aquel libro que me llamaba, de aquel poeta desencantado, y que reclamaba que lo llevara a casa conmigo. Hoy en día no me he arrepentido nunca de haber cogido aquel libro, aunque sé que preludiaba el fin de su autor, puesto que lo había apartado para que este mes de junio me lo firmase en la Feria del Libro de Madrid, donde era asiduo, y ya no podrá ser. Ya eres mito, ya eres leyenda, como tus trasuntos Artaud y Verlain. Has conseguido ser tú, tu propia identidad, llamado Leopoldo María Panero. Vivirás eternamente en tu país de Nunca Jamás, dentro de tus libros, en tus poemas, y vivirás cada vez que uno de nosotros ponga en nuestros labios cada verso que escribiste. En octubre disfrutaremos de tu obra póstuma Rosa enferma. Desde donde estés, desde esta orilla del mundo de la locura y de la oscuridad, espero que te haya gustado el pequeño homenaje que una admiradora tuya te ha hecho. Hasta siempre, Leopoldo María.
Un loco tocado de la maldición del cielo
canta humillado en una esquina
sus canciones hablan de ángeles y cosas
que cuestan la vida al ojo humano
la vida se pudre a sus pies como una rosa
y ya cerca de la tumba, pasa junto a él
una princesa.
jueves, 3 de junio de 2010
Zoom: Plinio, Dioscórides y otros, de Antonio Gamoneda
Idioma original: castellanoFecha de publicación: 2004
Valoración: muy recomendable
El texto del que hablo pertenece a un libro llamado Mudanzas, en el que Gamoneda versiona poesía en lengua extranjera, pero haciéndola suya de un modo tan radical y propio que renuncia a hablar de "traducción". Las secciones del libro tienen muy poco que ver entre sí, excepto precisamente por esta génesis compartida: el texto "origen" son en un caso espirituales negros; en otro, poemas de Mallarmé. Esta sección, "Plinio, Dioscórides y otros", recoge textos de antiguos tratados griegos y latinos de medicina, botánica y zoología. Gamoneda los asalta con total libertad, tomando palabras o frases completas y mezclándolas entre sí, bajo la guía eficaz de su propio lenguaje poético. El resultado se estructura como el conjunto de entradas de un diccionario ilusorio.
Admito que estos juegos textuales (tan borgianos) me apasionan. La mano del autor hace por esconderse, por restarse mérito, cuando su labor es en cambio más exigente y minuciosa que en la obra habitual: debe andar y borrar los pasos al mismo tiempo. Pero dejando de lado este pequeño vicio mío (tan arbitrario como otro cualquiera), es indudable que Gamoneda logra generar un tono poético que se basta a sí mismo, más allá de toda hazaña técnica. Sumido en el discurso dislocado de los oráculos, el lector experimenta en cada concepto los modos de una realidad que parece retorcerse sobre sí misma, como guardando en su seno un misterio de sombra. Por ejemplo:
DIPSADAS: Viven en la sed. Encerradas en círculos de betónica, enloquecen con el vapor de la yerba y las hembras se despedazan entre sí.No deja de ser irónico lograr este efecto sobre la base de unos textos clásicos que pretendían asentar el ser en luminosas categorías inmutables. Gamoneda se recrea en la descripción de mutaciones fantásticas que derrumban las distinciones de la costumbre; en sus palabras, sin embargo, parecen de una naturalidad evidente. Una verosimilitud extraña que, por momentos, se encarna en algo cercano al micro-relato:
KUFRA: Oyes la agonía de pequeñas bestias escondidas en grietas calcinadas. En la noche, las lágrimas se convierten en piedras de sal bajo los párpados.
QUELONIOS: Las tortugas terrestres nacen en los desiertos por generación del rocío; adultas, enloquecen en la lujuria. Diversos, los galápados roncan durmiendo sobre las aguas y empollan sus huevos mirándolos.No deja de haber cierto sosiego, cierto consuelo, en esa extraña naturaleza que describe Gamoneda. Al fin y al cabo, muchas de las entradas refieren a remedios. Pero hay siempre también una sombra, como si no pudieran aceptarse los dones de la vida sin una pátina de maldad y podredumbre.
TRAGO-SCORPIO: Vigilado por animales de ojos duros, crece a la orilla del mar; lo arrancan hombres silenciosos.
MUMIA: Nace en el vientre de los ahorcados, cierra las llagas que se abren a causa del amor infeccioso, pone en los nervios lentitud y olvido.Saber construir belleza, una belleza que mejora el mundo, con esa sombra pertinaz de las cosas es un mérito que corresponde, quizá, sobre todo a la poesía. ¿No cabe encontrar aquí también, en pleno ejercicio, un cierto arte médico?
domingo, 8 de enero de 2017
Edvard Munch: El friso de la vida
Idioma original: NoruegoTraducción: Cristina Gómez-Baggethun y Kirsti Baggethun
Año de publicación: 2015
Valoración: Muy recomendable para interesados

jueves, 28 de mayo de 2020
Gustavo Adolfo Bécquer: Leyendas
lunes, 13 de septiembre de 2021
Philippe Villiers de l´Isle Adam: Vox populi y otros cuentos crueles
Título original: Contes crueles
Año de publicación: 1883
Valoración: Está bien
Hubo en efecto un Philippe Villiers de l´Isle-Adam, que fue Gran Maestre de la Orden de los Hospitalarios, tras haber resistido el famoso sitio de Rodas impuesto por Suleimán, y que murió en Malta, no sin haber dejado para la Historia la curiosa figura del halcón maltés (hablamos siempre siglo XVI), etc. etc. No dejaba de sorprenderme que semejante personaje hubiera podido escribir unos relatos bajo el título de Cuentos crueles pero, claro, solo se trata de una confusión: el autor, casi homónimo porque añade el nombre de Auguste (por el que es algo más conocido), es sin duda pariente-descendiente del viejo cruzado, pero vivió dos siglos más tarde, en el entorno parisino de los Baudelaire, Gautier, Laconte de Lisle o Mallarmé, ahí es nada. Y eso sí que cuadraba mejor con cierto tipo de literatura.
¿Cuál? Pues en el caso que nos trae, unos relatos de apariencia algo oscura, tal vez (por la cronología del autor) con cierta influencia del simbolismo, puede que con tendencia hacia la excentricidad. Algo que parece más o menos prometedor, aunque la breve semblanza con que se inicia el libro nos indica que nuestro Auguste fracasó repetidamente en su desempeño literario, dedicado sobre todo al teatro, donde esperaba obtener ingresos para reflotar la economía de una familia profundamente enraizada en la nobleza (creo que era conde) pero al perecer arruinada por el padre con contumacia digna de una mejor causa.
La desazón de nuestro autor queda muy de manifiesto en el relato (por llamarlo de alguna manera) más largo de los cinco que únicamente componen el libro: La máquina de gloria S.G.D.G. podría muy bien ser un amplio artículo de fondo en un periódico conteniendo una crítica feroz a la creación de éxitos artificiales en los teatros, algo parecido, aunque algo más burdo, a la actual manipulación por la propaganda y los medios de comunicación. Villiers se centra en la claque, ese grupito de espectadores aleccionados (y probablemente pagados) para arrastrar al público en la dirección deseada, generalmente al triunfo ruidoso de una obra. El texto se hace algo largo, aunque tiene cierta gracia en la invención de máquinas aplaudidoras y disparates parecidos, en una época muy dada a imaginar ingenios mecánicos para cualquier cosa, pero también resulta algo triste porque deja ver el fondo de negra frustración que mueve al autor.
El cuento que da título al volumen, Vox populi, resulta algo sorprendente, centrado en un lisiado que pide limosna a la puerta de Nôtre Dame. Es un texto de claro aspecto metafórico, bien construido, en el que el pobre hombre va sobreviviendo a sucesivos y muy dispares regímenes políticos sin que su patética situación cambie lo más mínimo.
El ritmo sincopado, marcado por un leitmotiv, es un recurso que también está presente en Virginia y Pablo, que igualmente muestra cierta carga irónica y crítica, aunque con apariencia algo más superficial que el anterior. Y La cartelera celeste es otro ejercicio de imaginación en la línea de La máquina de gloria, aunque más irrelevante.
Poquita cosa por tanto, si no se hubiera incluido el último de los relatos, El convidado de las últimas fiestas, en mi opinión el mejor con diferencia. De nuevo en el teatro (o en un concierto, no sé bien), un par de caballeros conocen a tres bellísimas damas. Hay cierto galanteo, máscaras, lujosas vestimentas, el dulce de la vida en una noche para recordar. Un poco por casualidad invitan a un desconocido a unirse al plan, y la fiesta continúa después en casa de una de las jóvenes. Estamos en un grupito de buena posición social, todo es juego y diversión, tan excitante que empieza a parecer demasiado perfecto, y por ahí asoman medios secretos relacionados con las atractivas mujeres. Y el sexto componente, claro, aunque irreprochable en todos los aspectos, por alguna razón suscita cierta inquietud.
El relato está muy bien montado como historia de suspense, sabemos o suponemos que algo va a pasar y la tensión está manejada con buena mano, diluyéndose a ratos, trasladándose de unos personajes a otros, asociada a diferentes momentos de la narración. Hay elementos insólitos, como con frecuencia exige este tipo de cuento corto, es decir, tiene casi todos los ingredientes para formar un texto muy notable, y solo le faltaría redondear el desenlace con algo más de potencia.
De manera que este último relato justificaría por sí solo la lectura del libro completo (por lo demás, bastante cortito), quedándonos la duda de si la selección de los títulos incluidos (los Cuentos crueles son un volumen más extenso) se hizo con un criterio razonable, porque tengo la sospecha de que nuestro autor habrá escrito cosas de mayor nivel que buena parte de las contenidas aquí. Y de paso puede que todo esto sirva de alguna manera como pequeño homenaje a este Auguste Philippe, cuya vida literaria y personal fue por lo visto bastante ingrata, y que desde luego no creo que hubiese imaginado que alguien, casi siglo y medio después, se acordase de él en un blog de internet. Y sin necesidad de máquinas aplaudidoras.
viernes, 4 de marzo de 2022
Ilustres Olvidados #5: Los raros de Rubén Darío
Valoración: Bastante recomendable
Doble "rescate" en el día de hoy: país y autor. ¡Porque esta es la primera reseña (después de casi 4800 reseñas) dedicada a un autor nicaragüense! Y, como no podía ser de otra manera, el autor rescatado es el mayor exponente de las letras "nicas": Félix Rubén Gómez García Sarmiento (AKA Rubén Darío).
21 semblanzas (y un breve prólogo) con un marcado carácter "francófilo o afrancesado" (aunque también aparecen Poe, José Martí o Ibsen, por citar algún no francés), "machirulo-varonil" (solo una mujer entre los 21 retratados) y con una indudable querencia por la literatura de la segunda mitad del XIX y sus diferentes "ismos" (siendo la única excepción, además del propio Poe, el místico italiano del siglo XIII-XIV Fra Domenico Cavalca). Especialmente alargadas son las sombra de nombres como Baudelaire, Mallarmé, Hugo o Verlaine y de una ciudad, Paris, semejante a la reina ardiente y cruel de la historia, que da a gozar de su belleza a sus amantes y en seguida los hace arrojar en la sombra y en la muerte.
El tono general de los textos es laudatorio, excepción hecha del capítulo dedicado al médico y azote de los diferentes vanguardistas Max Nordau, y en ellos Darío mezcla, utilizando una prosa marcadamente lírica, lo descriptivo, lo evocativo y lo histórico para trazar breves semblanzas que van desde la meramente físico hasta algo más cercano a la reseña literaria (y no esto que estáis leyendo). Todo ello para dar forma a un volumen que puede ser leído como ensayo histórico, guía de lectura o tratado estético más centrado en describir principios que en elaborar manifiestos.
Ese creo que es el principal interés y el principal valor de "Los raros": ofrecer un cuadro bastante completo de los movimientos que marcaron la obra del propio Darío y la literatura de fines del XIX y principios del XX, haciéndolo además de una forma que, pese a la abundancia de citas y referencias, resulta relativamente asequible para un lector medio gracias a una mirada más humana que teórica.
jueves, 25 de enero de 2018
Manuel de Pedrolo: Crucifeminació
sábado, 4 de julio de 2020
Colaboración: La belleza del marido de Anne Carson

domingo, 20 de febrero de 2022
Julian Barnes: El hombre de la bata roja
Título original: The Man on the Red Coat
Año de publicación: 2019
Traducción: Jaime Zulaika
Valoración: recomendable
Conocida es la francofilia del británico Julian Barnes y también que en más de uno de sus libros se ha dedicado a explorar la idiosincrasia de su propio país y sus relaciones con sus vecino del otro lado de Canal. Vuelve a hacerlo en este libro, en cierto modo, a partir de una anécdota histórica: el viaje a Inglaterra que llevaron a cabo en 1885 tres franceses de renombre en la bonne société de la época, con el objeto de adquirir en Londres telas, trajes y otros objetos de buen gusto... Los susodichos caballeros eran el príncipe de Polignac, el conde de Montesquiou-Fézenac y el doctor Samuel Pozzi, quien resulta ser el "hombre de la bata roja" que da título e ilustra la cubierta del libro, pues fue retratado de esta guisa por el pintor norteamericano John Singer Sargent.
La anécdota del viaje, en todo caso, no es sino una excusa para departir acerca de estos tres personajes y, sobre todo, de la sociedad en la que les tocó en suerte vivir: la Belle Époque, como en Francia se conoce a los años de paz transcurridos entre la guerra franco-prusiana de 1870 y la I Guerra Mundial. Una época de apogeo colonialista y lucha de clases, pero también de esplendor de las artes y avance científico. Barnes hace un seguimiento de los tres personajes a lo largo de esos años; un poco menos, empero, al príncipe de Polignac, compositor musical, además de aristócrata (arruinado) que acabó casándose en un mariage blanc, pero muy bien avenido, con la heredera de las máquinas de coser Singer. Los otros dos personajes le resultan más interesantes: el conde de Montesquiou, poeta y, sobre todo, dandy -de hecho, se le puede considerar como epítome del dandismo, fenómeno o tendencia alrededor de la que también gira, en buena medida, este libro- y que acabó consagrado para la posteridad y, sobre todo, en su época, como el poco disimulado inspirador de varios personajes de ficción: Des Essaintes, protagonista de A contrapelo, de Huysmans; el de Monsieur de Phocas, de Jean Lorrain, el barón de Charlus, de En busca del tiempo perdido de Proust, el pavo (sic) de la obra Chantecler, de Edmond de Rostand -amén del protagonista de sus propias memorias, Les pas effacés, claro-... Más interesante y, sobre todo, simpático, le resulta a Barnes el tercer viajero y, hasta cierto punto, protagonista de este libro, el doctor Samuel Pozzi, prestigioso médico innovador en la ginecología y la cirugía abdominal, coleccionista de arte, hombre de gran éxito social y aún más entre el género femenino -empezando por la famosa actriz Sara Bernhard, que fue su amante y luego amiga durante toda su vida-, ateo de origen hugonote, darwinista, prodreyfusiano, padre y esposo ejempl... bueno, con algunos problemillas familiares.
Siguiendo a este atractivo personaje, aunque también a los otros dos, ya digo, Barnes va recorriendo diversos temas que afectaban a la sociedad francesa y occidental de aquella Belle Époque: desde el dandismo, el decadentismo o los estetas a los frecuentes duelos que se producían en aquellos tiempos, la homosexualidad y la relación entre Francia e Inglaterra (cómo no); de los avances científicos en el campo de la medicina -cirugía, higienismo, transplantes- o las ideas de Darwin, a la pervivencia del arte, la relación entre retratista y retratado o, en el caso de la literatura, entre los personajes y las personas que los inspiran y su posteridad...
La lista de otras personalidades de las que se habla en el libro y que configuran, entre todas, una amplia panorámica de la época resulta bastante extensa: a los ya citados, hay que añadir otros escritores como son o fueron Henry James, Maupassant, Mallarmé, Oscar Wilde -muy presente en todo el libro, como no podía ser de otra forma-, Baudelaire, Barbey d'Aurevilly, Flaubert, Edmond de Goncourt, Félix Fénéon, Colette, Ford Madox Ford, Conan Doyle, Zola, Léon Daudet (hijo de Alphonse), Léon Bloy; pintores como el ya citado Sargent, Gustave Moreau, Degas, Boldini o Whistler; personalidades de otros ámbitos como los médicos Alexis Carrel o Tourette (sí, el del famoso síndrome), el historiador Maurice Delafosse, etc. Lo más divertido es que los retratos de muchos de estos personajes aparecen en el libro... en la colección de fotografías que venían con las chocolatinas de la confitería Félix Potin, de París, en una especie de parnaso de la época, convenientemente endulzado y chocolateado para los siglos venideros. Quizá sea una forma muy adecuada de recordarlos, qué narices,,, ; )
domingo, 8 de febrero de 2015
Arthur Rimbaud: Una temporada en el infierno
Título original: Une Saison en enfer
Año de publicación: 1873
Traducción (y notas): Juan Abeleira
Valoración: muy recomendable
miércoles, 10 de mayo de 2023
Colaboración: El contorno del abismo, de J. Benito Fernández
Año de publicación: 2023
Valoración: Imprescindible para interesados
Hay unos libros que gustan y otros que se leen sin pena ni gloria. Los hay que dejan una huella indeleble y los que aburren hasta la exasperación. Pero también existen algunos libros que duelen. Y a mí, sinceramente, este libro me ha dejado una herida difícil de curar. Antes de abordar esta lectura admiraba y sentía cierta atracción por el biografiado. Una vez acabado el libro no sé si le admiro aún más o le aborrezco hasta la náusea. Fue el poeta madrileño un personaje totalmente excesivo, como bien indica la única acepción del término: que excede y sale de la regla. Alumno aventajado para construir rimas desde muy corta edad, Leopoldo María Panero, asumiendo los mitos de Narciso, Edipo, Dionisos e incluso de su idolatrado Peter Pan en un único rol construido a su medida, deslumbró al panorama literario patrio con su abrumadora fecundidad poética y su irreverente forma de entender la vida. Poseedor de una extraordinaria inteligencia, el poeta maldito de las letras españolas -título que siempre despreció al mismo tiempo que se aprovechaba de ello- también podía llegar a ser la persona más ruin, escatológica, miserable y mezquina, terrible de soportar por parte de sus más fieles allegados, amantes, compañeros de fechorías y demás aristocracia noctámbula con quien recorrió los infectos tugurios de las ciudades en las que vivió. Cierto es que sus problemas psiquiátricos y el indiscriminado consumo de drogas potenciaron ese lado oscuro, aunque también es verdad que esos mismos paraísos artificiales -o infiernos, según se mire- ayudaron a desplegar su atormentada producción literaria. Ensalzado por unos y denostado por otros, la figura de Panero no dejó indiferente a nadie. Andrés Trapiello, Guillermo Carnero o Jaime Gil de Biedma, quien dijo de la familia Panero que eran unos señoritos de provincia venidos a menos que tenían un Edipo entre tres, son algunos de los que públicamente arremetieron contra el poeta madrileño. Pere Gimferrer, Luis Antonio de Villena o Vicente Molina Foix siempre se mantuvieron de su lado aun con el notorio distanciamiento del primero.
Pero pongamos un poco de contexto antes de continuar. Leopoldo María Panero nace en el seno de una saga familiar y literaria cuyo padre, Leopoldo Panero Torbado, es uno de los más reconocidos poetas del régimen franquista. La madre, Felicidad Blanc, escritora perteneciente a la burguesía madrileña, completa el cuadro junto a los tres hijos del matrimonio. Segundo de tres hermanos también poetas, Leopoldo María enseguida destaca por su precocidad con las letras. Sin embargo, no será hasta la realización del documental El desencanto, dirigido por Jaime Chávarri y estrenado en 1976, cuando la familia Panero se convierta en una institución de las letras españolas, más para mal que para bien. El impacto que causó la exposición y degradación moral de sus intérpretes se podría comparar con un Sálvame Deluxe de la época y provocó un terremoto, tanto cultural como social, debido a que muchos vieron una analogía con la decadente etapa franquista que ya llegaba a su fin tras la muerte del dictador. Dicho de otro modo, con ese documental se consumó el asesinato freudiano del padre. Unos años antes y al otro lado del charco, Jim Morrison, con quien Leopoldo María habría hecho buenas migas, ya entonó el mantra edípico en la canción The end que cierra el primer disco de The Doors: mata al padre, folla a la madre.
A partir de ese momento, el más joven de los Nueve novísimos poetas españoles, antología editada por Castellet que dio el pistoletazo de salida a la carrera de Leopoldo María, ya ha roto lazos con su generación y entrará en una destructiva espiral de drogas e ingresos en manicomios hasta el fin de sus días. Afirmaba el poeta madrileño que lo que le perdía no eran las drogas sino la soledad. Atormentado por amores femeninos no correspondidos trata de buscar asilo con amantes de su propio sexo. La caída a las profundidades abisales de la locura va acompañada de multitud de publicaciones que aparecen editadas por doquier. Las similitudes entre Panero y Paul Verlaine, amante de Rimbaud, son notorias. Pero si de alguien es el sosias Leopoldo María es de Antonin Artaud; tal es así que raya en la mismísima perplejidad la increíble cantidad de coincidencias. Tanto en uno como en otro caso, el personaje ha sobrepasado su propia obra. No obstante, en palabras de Leopoldo María, es con Kafka con quien más se identifica puesto que la obra del escritor checo sintetiza de mejor manera la literatura universal. El insecto kafkiano define el yo estigmatizado. La vida cotidiana en una gran ciudad se parece más al castillo de Kafka que cualquier epopeya de Maiakovsky. El castillo es el símbolo de la fortaleza que nos separa del otro: el Estado, la política.
Cercano ya el fin de los dolorosos días para el discípulo de Mallarmé, llega el reconocimiento en Hispanoamérica a su carrera literaria con la participación del madrileño en varios encuentros literarios localizados en diferentes puntos del continente americano. También, a su vez, varias de sus obras son traducidas al italiano, inglés y francés para regocijo del poeta. El 5 de marzo del año 2014, en el hospital Juan Carlos I de Las Palmas, Leopoldo María Panero cierra los ojos para no volver a abrirlos nunca más. Cinco días antes moría también Ana María Moix, uno de los grandes amores del poeta y mujer que le causó tantos desvelos.
Para terminar, me gustaría destacar la ardua y enciclopédica labor del autor de esta biografía. Un trabajo que vio la luz originalmente en el año 1999 para ser corregido y ampliado -esta vez de manera evidentemente definitiva tras la muerte del singular poeta- con motivo de esta reciente edición.
Firmado: Carlos Télez Sedano








