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jueves, 26 de mayo de 2016

Stéphane Mallarmé: Cuentos indios

Idioma original: francés
Título original: Contes indiens
Traducción: Xavier Aleixandre
Año de publicación: 1.927
Valoración: Recomendable

Novedades editoriales, polémicas sobre la transgresión, candidatos al Nobel (in)justamente preteridos, escritores malditos, generaciones nocilla. Todo va muy deprisa, miramos al futuro como algo que nos va a atropellar a poco que nos despistemos. Pero, oiga, no me dirán que a veces no es necesaria una pausa, tomar un poco de distancia y ver lo que algunos crearon en tiempos que parecen tan lejanos, algunas cosas que se han olvidado, o casi.

Situémonos en las últimas décadas del siglo XIX. Empieza a brotar una efervescencia creativa que tiene –cómo no- en París uno de sus principales polos. Ahí se gestan diversos movimientos literarios deudores de Baudelaire, que se irían ramificando y formando nuevos ‘ismos’ que buscan siempre ir más allá, mientras se enriquecen (desde un punto de vista artístico, claro), a la vez que se enfrentan entre sí. Simultáneamente, asistimos a la irrupción del impresionismo en las artes plásticas, y ahí tenemos un hervidero de creadores y artistas alimentando las vanguardias que estallarían a principios del siglo siguiente.

Stéphane Mallarmé fue uno de los animadores de ese mundillo cultural, y se dedicaba a lo que era habitual: aparte de escribir sus poemas, organizar tertulias, participar en revistas, discutir, elucubrar, inventar. Don Stéphane era fundamentalmente poeta, y en esa tarea se esmeró en intentar superar las fórmulas conocidas, llegar a los conceptos a través de la forma, navegando entre aquello de la ‘poesía pura’ y el impresionismo aplicado a la literatura.

Parece ser que este señor, en una velada en casa de una amiga, descubrió un libro que contenía viejos relatos indios (de la India), y se decidió a reescribirlos utilizando sus propios recursos estilísticos. No deja de chocar un poco que un parnasiano se dedicase a algo tan romántico como recuperar cuentos orientales; pero bueno, quizá es que Mallarmé había ya abandonado los viejos postulados, o simplemente demostró ser más versátil que dogmático.  

Los cuentos que se incluyen en el volumen son todos ellos de temática galante, ya se sabe: príncipes y/o princesas rendidos a la locura del amor, obligados a vencer prohibiciones imposibles dispuestas por dioses o reyes inclementes. Y al final, claro está, la astucia o la magia derrotan a las viejas leyes y al mal que se interpone en su camino. Vamos, argumentos y desarrollo que no desentonarían para nada con los de Las mil y una noches, que reseñamos aquí hace una temporada.

Pero por supuesto un tipo como Mallarmé no se iba a quedar en narrar estas historias de una forma convencional. Así que despliega sus recursos para transformar  los sencillos cuentos en algo mucho más potente: la sintaxis salta por los aires, los recursos retóricos se multiplican y, vemos cómo, por ejemplo, los verbos son zarandeados sin compasión, cambiando de un tiempo a otro, o simplemente desaparecen. Los relatos se llenan de matices y los personajes adquieren una relevancia que a buen seguro no tenían, y de esta forma, el ritmo quebradizo y la pincelada impresionista dotan a estas pequeñas historias de una belleza fascinante. Y lo que en principio sólo nos dejaría un suave sensación de misterios antiguos y perfume asiático, acaba empujándonos a releer cada frase para saborear las audacias estilísticas del autor, hasta que el concepto de 'prosa poética' cobra todo su sentido. 

No negaré que la lectura requerirá un pequeño esfuerzo, en especial en las primeras páginas. Pero una vez sumergidos en la cadencia a que nos invita Mallarmé, la recompensa llega con rapidez, y disfrutamos de un ejercicio apasionante en la fusión de ese mundo mágico con las musas decimonónicas de una generación inigualable. De verdad que no nos arrepentiremos si dedicamos un rato a estos Cuentos indios: a buen será una experiencia literaria muy diferente a las habituales.

sábado, 12 de mayo de 2012

Octavio Paz: Traducción: literatura y literalidad

Idioma original: español
Año de publicación: 1990
Valoración: muy recomendable

Ya nos vale: esta es la primera reseña que publicamos de Octavio Paz, Premio Nobel de Literatura en 1990 y, curiosamente, ni siquiera va a ser de su obra poética (sin duda, su vertiente creativa más representativa, a pesar de que su obra ensayística sea incluso más vasta que la primera).

Traducción: literatura y literalidad es un ensayo sobre la traducción de poesía no solo sagaz e intuitivo, sino también, a mi modo de ver, rompedor en muchos aspectos. Paz se atreve a desmontar algunos de los mitos y tabúes que planean sobre la traducción de poesía, pero sus afirmaciones no son osadas: están bien argumentadas, son convincentes y surgen de su propia experiencia como poeta-traductor. De hecho, en la segunda parte Octavio Paz nos presenta sus propias traducciones de poemas de Donne, Mallarmé, Apollinaire y cummings para ilustrar sus aseveraciones anteriores.

Como digo, en Traducción: literatura y literalidad encontramos declaraciones lapidarias. Siempre se ha dicho que solo los poetas pueden traducir poesía, ¿verdad? Desde luego, yo siempre lo había oído (y me revolvía internamente contra semejante afirmación). Y, por supuesto, el poeta-traductor tenía que ser de igual talla al poeta traducido. Pues bien, he aquí la opinión que Paz tiene a este respecto:

En teoría, sólo los poetas deberían traducir poesía; en la realidad, pocas veces los poetas son buenos traductores. No lo son porque casi siempre usan el poema ajeno como un punto de partida para escribir su poema. El buen traductor se mueve en una dirección contraria: su punto de llegada es un poema análogo, ya que no idéntico, al poema original. No se aparta del poema sino para seguirlo más de cerca (…). La razón de la incapacidad de muchos poetas para traducir poesía no es de orden puramente psicológico, aunque la egolatría tenga su parte, sino funcional: la traducción poética, según me propongo mostrar en seguida, es una operación análoga a la creación poética, solo que se despliega en sentido inverso (sic).

Efectivamente, Paz concibe la traducción de poesía como un acto de creación y no de mímesis. El traductor no parte del "lenguaje en movimiento, materia prima del poeta", sino del lenguaje que el poeta ha fijado en el poema. La traducción de poesía no busca, o no debería buscar, reproducir "lo mismo", sino, como expresó Paul Valéry, "reproducir con medios distintos efectos análogos".

Para mí, como traductora profana en la materia de la traducción de poesía, este ensayo ha resultado esclarecedor. Pero es muy recomendable para todo aquel que, después de leer esta reseña —tenga o no interés en la traducción— vea tambalearse los pilares de sus concepciones respecto de esta actividad que no nos es ajena a nadie.

Al fin y al cabo, seamos o no conscientes de ello normalmente, como apuntaba en una anterior reseña-reflexión sobre la traducción, todos somos lectores de traducciones.

También de Octavio Paz en UnLibroAlDía: El laberinto de la soledad, Apariencia desnuda

jueves, 12 de noviembre de 2009

Andreas Huyssen: Después de la gran división

Idioma original: inglés
Título original: After the Great Divide: Modernism, Mass Culture, Postmodernism
Fecha de publicación: 1986
Valoración: muy recomendable

Este libro tiene el mérito de haber tratado de poner orden en un pantano conceptual en el que, veinte años después, muchos siguen quedando atrapados. Las arenas movedizas que lo forman se llaman vanguardia, cultura de masas, modernismo y postmodernismo. Todos hemos oído en algún momento que vivimos en una "época postmoderna", pero ¿qué quiere decir eso exactamente? ¿Qué significa vivir "después" de los tiempos modernos? ¿En qué consistía ese "modernismo" que parecemos haber dejado atrás? Bueno, pues la virtud de Huyssen es que da una respuesta simple y concisa a esta pregunta: ser moderno significa creer en la separación entre alta cultura y cultura de masas.

La historia de esta "gran división" empieza más o menos a mediados del XIX, cuando el crecimiento demográfico de las ciudades europeas y los avances de la educación y la técnica se conjugan para dar en un fenómeno del que ya hemos hablado: el folletín. Nace un público lector que devora largas novelas por entregas, llenas de amor, desgracia y redención. He ahí una incipiente cultura de masas que pronto tendrá también sus correlatos musical y pictórico. Algunos autores (Flaubert, el primero -según Huyssen-) empiezan a mostrar reticencias al éxito comercial, a perder algo de su arte mediante la venta masiva de su obra. Así pues, como reacción a la cultura de masas surge el modernismo, que sería la vocación de algunos escritores por distinguirse de la literatura folletinesca. Ojo, que este "modernismo" de la Teoría literaria anglosajona no tiene nada que ver con el movimiento homónimo hispanoamericano (el de Rubén Darío). Lo que une, digamos, a Baudelaire, Flaubert, Mallarmé, Proust, Rilke y Eliot no es tanto una cuestión de estilo, sino una voluntad de separación elitista, un esfuerzo común por no dejarse engullir por la temible cultura de masas.

Huyssen añade en este punto una reflexión que me ha parecido especialmente interesante. Hace ver cómo ese miedo a la comercialización ("visión paranoica de la cultura de masas", como él dice) va unido en los escritores modernistas, casi siempre, a una devaluación de lo femenino. Estos autores conciben la cultura de masas como algo sentimental, placentero, proclive a la fácil ensoñación, es decir, que le atribuyen los rasgos de la imagen estereotipada de la mujer en el XIX (¡y no sólo en el XIX!): pasividad e irracionalidad. Ellos mismos, en cambio, sintetizan las supuestas virtudes masculinas: esfuerzo heroico, tenacidad, disciplina, control e inteligencia. Su relación hacia la cultura de masas es de desprecio, sí, pero también de terror, porque temen perder su definida identidad personal (lograda a base de esfuerzo) en esa indistinta masa de lectoras entregadas al lacrimeo fácil y el descontrol de los impulsos. Sorprende comprobar la cantidad de obras literarias que cobran nueva luz a partir de este esquema. Sin ir más lejos: Misery.

Este maniqueo esquema binario será el que rechace la vanguardia. Ésta pretende, en todos sus frentes, hacer saltar por los aires el abismo entre alta cultura y vida cotidiana, logrando una transformación total de la existencia a través del arte. Este proyecto utópico no llegó a tener éxito (o no, al menos, como ellos querían), de modo que, después de la II Guerra Mundial, cuando el fracaso de las vanguardias ya era evidente, el conflicto entre alta cultura y cultura de masas se instauró como dogma oficial de quienes se autodenominaban vanguardia (pero ya sin serlo, claro, en el sentido estricto): piénsese en el expresionismo abstracto americano. El postmodernismo, entonces, llega paulatinamente hacia los años 60/70, cuando empieza a entreverse, en diversos contextos, que la "gran división" quizá esté infundada, que la alta cultura siempre ha bebido de la de masas y viceversa. Su estricta separación empieza a parecer entonces más bien fruto de la conciencia esnob de ciertos artistas y críticos, antes que de la realidad del panorama de la cultura. (A Adorno, por ejemplo, en esto del esnobismo habría que darle el premio gordo.) Para Huyssen, entonces, la reconciliación con los iconos de la cultura de masas que propone el arte pop es ya un anuncio del postmodernismo.

Sin duda habría mucho que matizar en algunas de las afirmaciones de Huyssen y, además, es innegable que en algunos aspectos el libro ha envejecido mal estos veinte años. De todas maneras, sigue ofreciendo una síntesis ilustradora de las posiciones de la vanguardia y el modernismo sobre la cultura de masas, y arriesgando algunas objeciones valientes y acertadas contra los tótems de la Teoría crítica. Un buen mapa para no perderse en el pantano de la cultura más reciente.

domingo, 9 de marzo de 2014

Colaboración: In memoriam Leopoldo María Panero


Una mañana soleada de invierno tardío amanecía con una triste noticia. Mi poeta más querido, mi poeta más admirado, el último bohemio, acababa de exhalar su último aliento. La muerte de un personaje, por muy conocido que fuera, nunca me había afectado de forma personal, pero Leopoldo María se iba dejándome sola en una senda literaria hasta hace poco desconocida para mí y que guarda intrincados rincones aún por descubrir.

Cualquiera que haya leído algo del mal llamado poeta maldito, que no creo en absoluto que lo fuera (más bien lo contrario, nos ha dejado una obra extensa y pródiga, digna de descubrir, aunque no negaré la dificultad), puede sentir algo así. Sus libros son de los que dejan huella y con los que descubres que la Literatura puede ser algo más que un conjunto de palabras, mucho más que una historia, puede ser la abstracción, lo absurdo materializado en palabra. Con sus poemas puedes acercarte a otro mundo, al mundo atávico de la locura y de los sueños. Se puede percibir que, a veces, lo desagradable puede ser hermoso y que todos, por muy cuerdo que parezca, podemos sacar a la superficie sentimientos que creía enterrados.

En sus primeros poemas juveniles, agrupados en la obra titulada Por el camino de Swan, como la obra homónima de Marcel Proust, se entrevé un atisbo de modernidad, pero no es hasta su primer libro propiamente dicho Así se fundó Carnaby Street (título que alude a una calle londinense que fue cuna de la post-modernidad a finales de los años 60 del siglo XX) cuando se establecen las pautas que caracterizarían a Panero durante toda su obra. Su afán por la muerte, las bajas pasiones, la mitología y, sobre todo, su gran personaje, Peter Pan, invaden toda su obra. Aquel niño grande fue, pues, incluido por José María Castellet (fallecido también en enero de este año) como el más joven de los Nueve Novísimos españoles. Después llegarían Teoría (1973) y, para mi gusto, el mejor de sus libros, un compendio de cuentos fantásticos y terribles llamado El lugar del hijo (1976), donde se produce cierto cisma en su obra y en su vida. A partir de entonces, tanto su poesía como su prosa se tornan más apasionadas y con cierto tono autobiográfico, incidiendo, aún más, en la muerte, en el miedo y en el mundo de la locura y de los sueños. Libros como Narciso en el acorde último de las flautas (1979), Last River Together (1980) o Dioscuros (1982) son trasuntos de su vida personal.

La locura fue una constante en la vida de Leopoldo María. Famosos son los Poemas del manicomio de Mondragón (1987), uno de los cuales define perfectamente cómo se siente un cuerdo en un mundo de locos:

El loco mirando desde la puerta del jardín
hombre normal que por un momento
cruzas tu vida con la del esperpento
has de saber que no fue por matar un pelícano
sino por nada por lo que yazgo aquí entre otros sepulcros
y que nada sino el azar y a ninguna voluntad sagrada
de demonio o dios debo mi ruina.

Leopoldo María Panero, Poemas del manicomio de Mondragón, 1987

Durante los años 80 y 90, se han publicado varios compendios de poemarios suyos, siendo el más conocido el realizado por el catedrático zaragozano Túa Blesa en dos volúmenes, el primero de 1970-2000 y el segundo de 2000-2010, en la editorial Visor. El primero es más interesante, puesto que se le ve más lúcido y más desgarrado. En la última etapa, sus poemas se hacen más complicados de entender.

Adicciones, obsesiones, desengaños e incomprensión marcaron su vida. Sus relaciones turbulentas y amores imposibles, como el que tuvo por Ana María Moix, fallecida, paradójicamente la semana anterior, tiñeron su obra no precisamente de sensiblería barata, sino de miedo, de desesperación y de incomprensión. Era conocida su admiración por Kafka y su Metamorfosis, obra en la que se reconocía a sí mismo. Y cómo no mencionar también su admiración por los simbolistas franceses, como Mallarmé, o por Antonin Artaud, con una vida llena de paralelismos con la de Leopoldo María.

La muerte también era otra de sus obsesiones, que lo atraía como un objeto oscuro pero seductor. Esta semana finalmente le ha sorprendido. Deja huérfanos a los Novísimos y, sobre todo, a las letras españolas contemporáneas.

Todavía me alegro cuando pienso en aquel día, en aquella librería, en aquél estante dedicado a la poesía española, cuando cogí aquel libro que me llamaba, de aquel poeta desencantado, y que reclamaba que lo llevara a casa conmigo. Hoy en día no me he arrepentido nunca de haber cogido aquel libro, aunque sé que preludiaba el fin de su autor, puesto que lo había apartado para que este mes de junio me lo firmase en la Feria del Libro de Madrid, donde era asiduo, y ya no podrá ser. Ya eres mito, ya eres leyenda, como tus trasuntos Artaud y Verlain. Has conseguido ser tú, tu propia identidad, llamado Leopoldo María Panero. Vivirás eternamente en tu país de Nunca Jamás, dentro de tus libros, en tus poemas, y vivirás cada vez que uno de nosotros ponga en nuestros labios cada verso que escribiste. En octubre disfrutaremos de tu obra póstuma Rosa enferma. Desde donde estés, desde esta orilla del mundo de la locura y de la oscuridad, espero que te haya gustado el pequeño homenaje que una admiradora tuya te ha hecho. Hasta siempre, Leopoldo María.


Un loco tocado de la maldición del cielo
canta humillado en una esquina
sus canciones hablan de ángeles y cosas
que cuestan la vida al ojo humano
la vida se pudre a sus pies como una rosa
y ya cerca de la tumba, pasa junto a él
una princesa.
Poemas del manicomio de Mondragón



Firmado: Sandra Rodríguez Sáez

jueves, 3 de junio de 2010

Zoom: Plinio, Dioscórides y otros, de Antonio Gamoneda

Idioma original: castellano
Fecha de publicación: 2004
Valoración: muy recomendable

El texto del que hablo pertenece a un libro llamado Mudanzas, en el que Gamoneda versiona poesía en lengua extranjera, pero haciéndola suya de un modo tan radical y propio que renuncia a hablar de "traducción". Las secciones del libro tienen muy poco que ver entre sí, excepto precisamente por esta génesis compartida: el texto "origen" son en un caso espirituales negros; en otro, poemas de Mallarmé. Esta sección, "Plinio, Dioscórides y otros", recoge textos de antiguos tratados griegos y latinos de medicina, botánica y zoología. Gamoneda los asalta con total libertad, tomando palabras o frases completas y mezclándolas entre sí, bajo la guía eficaz de su propio lenguaje poético. El resultado se estructura como el conjunto de entradas de un diccionario ilusorio.

Admito que estos juegos textuales (tan borgianos) me apasionan. La mano del autor hace por esconderse, por restarse mérito, cuando su labor es en cambio más exigente y minuciosa que en la obra habitual: debe andar y borrar los pasos al mismo tiempo. Pero dejando de lado este pequeño vicio mío (tan arbitrario como otro cualquiera), es indudable que Gamoneda logra generar un tono poético que se basta a sí mismo, más allá de toda hazaña técnica. Sumido en el discurso dislocado de los oráculos, el lector experimenta en cada concepto los modos de una realidad que parece retorcerse sobre sí misma, como guardando en su seno un misterio de sombra. Por ejemplo:
DIPSADAS: Viven en la sed. Encerradas en círculos de betónica, enloquecen con el vapor de la yerba y las hembras se despedazan entre sí.
KUFRA: Oyes la agonía de pequeñas bestias escondidas en grietas calcinadas. En la noche, las lágrimas se convierten en piedras de sal bajo los párpados.
No deja de ser irónico lograr este efecto sobre la base de unos textos clásicos que pretendían asentar el ser en luminosas categorías inmutables. Gamoneda se recrea en la descripción de mutaciones fantásticas que derrumban las distinciones de la costumbre; en sus palabras, sin embargo, parecen de una naturalidad evidente. Una verosimilitud extraña que, por momentos, se encarna en algo cercano al micro-relato:
QUELONIOS: Las tortugas terrestres nacen en los desiertos por generación del rocío; adultas, enloquecen en la lujuria. Diversos, los galápados roncan durmiendo sobre las aguas y empollan sus huevos mirándolos.
TRAGO-SCORPIO: Vigilado por animales de ojos duros, crece a la orilla del mar; lo arrancan hombres silenciosos.
No deja de haber cierto sosiego, cierto consuelo, en esa extraña naturaleza que describe Gamoneda. Al fin y al cabo, muchas de las entradas refieren a remedios. Pero hay siempre también una sombra, como si no pudieran aceptarse los dones de la vida sin una pátina de maldad y podredumbre.
MUMIA: Nace en el vientre de los ahorcados, cierra las llagas que se abren a causa del amor infeccioso, pone en los nervios lentitud y olvido.
Saber construir belleza, una belleza que mejora el mundo, con esa sombra pertinaz de las cosas es un mérito que corresponde, quizá, sobre todo a la poesía. ¿No cabe encontrar aquí también, en pleno ejercicio, un cierto arte médico?

domingo, 8 de enero de 2017

Edvard Munch: El friso de la vida

Idioma original: Noruego
Traducción: Cristina Gómez-Baggethun y Kirsti Baggethun
Año de publicación: 2015
Valoración: Muy recomendable para interesados

En 1844 Soren Kierkergaard escribió "El concepto de la angustia" y en 1893 Edvard Munch realizó lo que podría ser su representación pictórica en el archiconocido "El grito". "El grito" se inserta en "El friso de la vida (Livsfrisen)", ciclo pictórico realizado a partir de 1890 con una temática común (la Muerte, el Dolor, el Amor y la Angustia). De ahí la elección por parte de Nórdica de "El friso de la vida" como título para esta selección de textos del pintor.
Antes de nada, por si alguien anda despistado, recordar que Munch (1863-1944) fue un pintor noruego precursor del expresionismo. Formado en Amberes, París y Berlín, allí entró en contacto con Ibsen, Strindberg o Mallarmé, cuya influencia en su obra fue fundamental.

Munch escribió durante toda su vida sobre los más variados temas: reflexiones sobre el sentido y la esencia del arte, sobre el fundamento de su obra, textos de enorme carga lírica a medio camino entre la poesía en prosa o el microrrelato, diarios, etc. Sería conveniente que algunos de estos textos acompañaran a sus obras en museos y galerías para facilitar su comprensión, pero ese es otro tema. La temática de sus textos está profundamente marcada por la enfermedad, la locura y la muerte.  Esto obedece a sus antecedentes familiares y personales, debido a que su madre y su hermana fallecieron de turberculosis cuando Munch era apenas un niño y a que su padre era un hombre obsesivamente religioso, cercano a la locura. 

En cuanto a los textos que recoge el libro, estos se dividen en reflexiones sobre el arte, reflexiones sobre su obra, apuntes de sus diarios y un relato final, titulado "El gato blanco". 

Personalmente, destacaría las reflexiones sobre el arte (en general): ¿sirve el arte para algo?, ¿para qué?, ¿para cubrir esa necesidad de comunicación inherente al ser humano?, ¿para explicar el mundo?, ¿para explicar la vida?, ¿para conmover?. Más allá de las opiniones de Munch, esta parte plantea, en mi opinión, más preguntas de las que resuelve.

También resultan interesantes las reflexiones sobre su obra, sobre sus elecciones artísticas (expresionismo frente a impresionismo o realismo) y los textos que explican los motivos de algunos de sus cuadros. Mención aparte para la edición de Nórdica, con los textos y los cuadros del autor, una gozada.

En cuanto a los diarios, en ellos se ven las obsesiones ya comentadas del autor: la muerte, la angustia vital, el amor, etc. Estos textos están impregnados de una fuerte carga lírica y llenos de imágenes poderosas.

Quizá el relato final ("El gato blanco"), un relato cruel, sea lo más flojo del libro. 

Pero no importa. Quedémonos con el Munch pintor y con un libro sumamente atrayente para interesados en la vida y obra del noruego o en la pintura y el arte en general. Un verdadero descubrimiento.

jueves, 28 de mayo de 2020

Gustavo Adolfo Bécquer: Leyendas

Idioma original: castellano
Año de publicación: 1858-1865
Valoración: Está bien

Si hablamos de Gustavo Adolfo Bécquer seguramente lo primero que nos viene a la cabeza son las famosas Rimas, ya saben, todo eso del ‘salón en el ángulo oscuro’, ‘volverán las oscuras golondrinas’ o ‘¿Qué es poesía?', etc. etc. O sea, ese romanticismo tardío que tanto éxito ha tenido durante más de un siglo, ideal para corazones inflamados (o desolados) y pasiones más o menos adolescentes o maduras, según se mire. Esta vertiente es la que sin duda ha triunfado, quizá por reflejar sentimientos tan ardientes y comunes, con su puntito de cursilería, y ha relegado a un nivel mucho menos popular el resto de elementos que en Europa conformaban esa literatura romántica, de los que el autor sevillano también se sirvió. Para hacerlos visibles está aquí, cómo no, Un Libro Al Día.

Como decía, bastante menos conocidas que sus Rimas, Gustavo Adolfo escribió también las Leyendas, una colección de unos veinte relatos breves, publicados en vida del autor, en los que efectivamente asoman muchos o casi todos los rasgos de esa corriente creativa: el misterio y lo sobrenatural, préstamos de culturas orientales, medievalismo, la muerte y los sueños… y, cómo no, la belleza femenina, la pasión y el amor.

Todos estos elementos se combinan en distintas proporciones a lo largo de los textos, que ofrecen diferentes tonos y perspectivas. Los misterios de mundos soñados, de seres o presencias incorpóreas se funden a veces con la naturaleza, a veces con divinidades exóticas o locales. Es llamativa la presencia de la cultura india (o más bien hindú), que pocos lectores (entre los que desde luego no me cuento) hubieran sospechado en Bécquer. Vemos por ahí a Brahma, Shiva y Vishnú como figuras clave de varios relatos, quizá viejas leyendas reconstruidas por el autor sevillano. Son algunos de los de mayor exuberancia descriptiva y se ve en ellos la voluntad de recrear las tonalidades orientales tan poco conocidas y por eso mismo tan atrayentes para los autores de la época. (Como inciso, la lectura de esos relatos asiáticos me trajo a la memoria aquellos Cuentos indios que Mallarmé también recuperó para occidente: buf, qué tratamiento tan absolutamente diferente y hasta contrapuesto le dieron los dos poetas a sus importaciones. Pero bueno, no perdamos el hilo).

Pero efectivamente también la religión católica tiene una presencia decisiva, lo que ya es algo bastante más infrecuente en la literatura romántica, y de alguna manera otorga a las Leyendas una seña de identidad digamos nacional. Lugares de culto e imaginería prestan su potencia espiritual a historias de extraños fenómenos, casi siempre determinados por la pugna entre el Bien y el Mal, y se hace patente el magnetismo de los ritos o las figuras santas. La iglesia (edificio) atesora secretos y fuerzas insospechados que solo se dejan sentir con todo su poder cuando el Maligno asoma, o cuando es obligado el triunfo de la justicia.

A veces la fantasía de Bécquer sorprende con un carácter volcánico que amenaza desbordarse sin un rumbo concreto, como cuando confiesa al principio de Los ojos verdes: ‘Hace mucho tiempo que tenía ganas de escribir cualquier cosa con este título’. Un rapto de espontaneidad que desgraciadamente se repite poco, porque en demasiados casos el estilo poético estalla y penetra sin remedio en los relatos, lo que hará las delicias de algunos lectores, pero a partir de ciertas dimensiones esa voluptuosidad representa un problema, no solo porque el ritmo se hace moroso en extremo, sino porque el aparato estético ahoga la narración y la reduce a muy poca cosa. Es la tasa que paga Bécquer por adentrarse en un terreno menos propicio a sus efusiones, aunque ciertamente no todos los textos llevan la misma carga. En mi opinión –lector del siglo XXI, claro está- cuando consigue dominar esa corriente, los relatos más contenidos son justamente los mejores: La cruz del diablo, Maese Pérez, el organista y El rayo de luna, por este orden. Y, ya puestos, añadiría por su originalidad y frescura el cuento indio La creación.

Un cierto tono ingenuo, textos en general bastante similares y, sobre todo, muchas y muy profusas descripciones, que ya sabemos que es un rasgo muy decimonónico, y al final es posible que todo esto nos conduzca a un debate eterno: ¿son libros que envejecen mal? ¿pesa demasiado la subjetividad del lector actual, con todos sus condicionantes, a la hora de valorar algo escrito más allá de las últimas cinco o seis décadas? No apreciamos apenas, o directamente nos estorban, las florituras que tanto arrebataban a nuestros antepasados. No nos espantan ni nos emocionan ni nos sorprenden igual la sangre, los misterios o los fenómenos inexplicables. Hemos visto, leído y escuchado tanto que pocas cosas nos conmueven como antes. Y aun así, aunque quizá no seamos capaces de apreciar esas obras vetustas, sigo creyendo que es muy conveniente que las conozcamos.

También de Gustavo Adolfo Bécquer en ULAD: Desde mi celda


lunes, 13 de septiembre de 2021

Philippe Villiers de l´Isle Adam: Vox populi y otros cuentos crueles

Idioma original: francés

Título original: Contes crueles

Año de publicación: 1883

Valoración: Está bien


Hubo en efecto un Philippe Villiers de l´Isle-Adam, que fue Gran Maestre de la Orden de los Hospitalarios, tras haber resistido el famoso sitio de Rodas impuesto por Suleimán, y que murió en Malta, no sin haber dejado para la Historia la curiosa figura del halcón maltés (hablamos siempre siglo XVI), etc. etc. No dejaba de sorprenderme que semejante personaje hubiera podido escribir unos relatos bajo el título de Cuentos crueles pero, claro, solo se trata de una confusión: el autor, casi homónimo porque añade el nombre de Auguste (por el que es algo más conocido), es sin duda pariente-descendiente del viejo cruzado, pero vivió dos siglos más tarde, en el entorno parisino de los Baudelaire, Gautier, Laconte de Lisle o Mallarmé, ahí es nada. Y eso sí que cuadraba mejor con cierto tipo de literatura.

¿Cuál? Pues en el caso que nos trae, unos relatos de apariencia algo oscura, tal vez (por la cronología del autor) con cierta influencia del simbolismo, puede que con tendencia hacia la excentricidad. Algo que parece más o menos prometedor, aunque la breve semblanza con que se inicia el libro nos indica que nuestro Auguste fracasó repetidamente en su desempeño literario, dedicado sobre todo al teatro, donde esperaba obtener ingresos para reflotar la economía de una familia profundamente enraizada en la nobleza (creo que era conde) pero al perecer arruinada por el padre con contumacia digna de una mejor causa. 

La desazón de nuestro autor queda muy de manifiesto en el relato (por llamarlo de alguna manera) más largo de los cinco que únicamente componen el libro: La máquina de gloria S.G.D.G. podría muy bien ser un amplio artículo de fondo en un periódico conteniendo una crítica feroz a la creación de éxitos artificiales en los teatros, algo parecido, aunque algo más burdo, a la actual manipulación por la propaganda y los medios de comunicación. Villiers se centra en la claque, ese grupito de espectadores aleccionados (y probablemente pagados) para arrastrar al público en la dirección deseada, generalmente al triunfo ruidoso de una obra. El texto se hace algo largo, aunque tiene cierta gracia en la invención de máquinas aplaudidoras y disparates parecidos, en una época muy dada a imaginar ingenios mecánicos para cualquier cosa, pero también resulta algo triste porque deja ver el fondo de negra frustración que mueve al autor.

El cuento que da título al volumen, Vox populi, resulta algo sorprendente, centrado en un lisiado que pide limosna a la puerta de Nôtre Dame. Es un texto de claro aspecto metafórico, bien construido, en el que el pobre hombre va sobreviviendo a sucesivos y muy dispares regímenes políticos sin que su patética situación cambie lo más mínimo.

El ritmo sincopado, marcado por un leitmotiv, es un recurso que también está presente en Virginia y Pablo, que igualmente muestra cierta carga irónica y crítica, aunque con apariencia algo más superficial que el anterior. Y La cartelera celeste es otro ejercicio de imaginación en la línea de La máquina de gloria, aunque más irrelevante. 

Poquita cosa por tanto, si no se hubiera incluido el último de los relatos, El convidado de las últimas fiestas, en mi opinión el mejor con diferencia. De nuevo en el teatro (o en un concierto, no sé bien), un par de caballeros conocen a tres bellísimas damas. Hay cierto galanteo, máscaras, lujosas vestimentas, el dulce de la vida en una noche para recordar. Un poco por casualidad invitan a un desconocido a unirse al plan, y la fiesta continúa después en casa de una de las jóvenes. Estamos en un grupito de buena posición social, todo es juego y diversión, tan excitante que empieza a parecer demasiado perfecto, y por ahí asoman medios secretos relacionados con las atractivas mujeres. Y el sexto componente, claro, aunque irreprochable en todos los aspectos, por alguna razón suscita cierta inquietud.

El relato está muy bien montado como historia de suspense, sabemos o suponemos que algo va a pasar y la tensión está manejada con buena mano, diluyéndose a ratos, trasladándose de unos personajes a otros, asociada a diferentes momentos de la narración. Hay elementos insólitos, como con frecuencia exige este tipo de cuento corto, es decir, tiene casi todos los ingredientes para formar un texto muy notable, y solo le faltaría redondear el desenlace con algo más de potencia.

De manera que este último relato justificaría por sí solo la lectura del libro completo (por lo demás, bastante cortito), quedándonos la duda de si la selección de los títulos incluidos (los Cuentos crueles son un volumen más extenso) se hizo con un criterio razonable, porque tengo la sospecha de que nuestro autor habrá escrito cosas de mayor nivel que buena parte de las contenidas aquí. Y de paso puede que todo esto sirva de alguna manera como pequeño homenaje a este Auguste Philippe, cuya vida literaria y personal fue por lo visto bastante ingrata, y que desde luego no creo que hubiese imaginado que alguien, casi siglo y medio después, se acordase de él en un blog de internet. Y sin necesidad de máquinas aplaudidoras.


viernes, 4 de marzo de 2022

Ilustres Olvidados #5: Los raros de Rubén Darío

Idioma original: Español 
Año de publicación: 1896-1905-1920
Valoración: Bastante recomendable

Doble "rescate" en el día de hoy: país y autor. ¡Porque esta es la primera reseña (después de casi 4800 reseñas) dedicada a un autor nicaragüense! Y, como no podía ser de otra manera, el autor rescatado es el mayor exponente de las letras "nicas": Félix Rubén Gómez García Sarmiento (AKA Rubén Darío).

Pero ya puestos... ¿por qué no reseñar "Azul", "Cantos de vida y esperanza" o "Prosas profanas? Bueno, uno es un intelectual pero me sigue dando reparo reseñar poesía y, además, "Los raros" es lo único que tenía a mano de la obra dariana. Más aun: después de la lectura de "Los raros", puedo afirmar que en él se recoge buena parte de la concepción estética de Rubén Darío, así que su elección queda más que justificada.

Sigamos. Para una breve explicación de lo que encontramos en "Los raros", acudimos al Diccionario de la RAE, que define el término "raro" como "que se comporta de un modo inhabitual", " extraordinario, poco común o frecuente", "escaso en su clase o especie", "insigne, sobresaliente o excelente en su línea" o "extravagante de genio o de comportamiento y propenso a singularizarse". Así, el libro recoge un catálogo de autores que de una u otra forma encajan en alguna de las anteriores definiciones, siguiendo la tradición decimonónica del interés por artistas marginales, excéntricos u olvidados, aunque vinculándolos por parte del autor a una sensibilidad excepcional o singular.

21 semblanzas (y un breve prólogo) con un marcado carácter "francófilo o afrancesado" (aunque también aparecen Poe, José Martí o Ibsen, por citar algún no francés), "machirulo-varonil" (solo una mujer entre los 21 retratados) y con una indudable querencia por la literatura de la segunda mitad del XIX y sus diferentes "ismos" (siendo la única excepción, además del propio Poe, el místico italiano del siglo XIII-XIV Fra Domenico Cavalca). Especialmente alargadas son las sombra de nombres como Baudelaire, Mallarmé, Hugo o Verlaine y de una ciudad, Paris, semejante a la reina ardiente y cruel de la historia, que da a gozar de su belleza a sus amantes y en seguida los hace arrojar en la sombra y en la muerte.

El tono general de los textos es laudatorio, excepción hecha del capítulo dedicado al médico y azote de los diferentes vanguardistas Max Nordau, y en ellos Darío mezcla, utilizando una prosa marcadamente lírica, lo descriptivo, lo evocativo y lo histórico para trazar breves semblanzas que van desde la meramente físico hasta algo más cercano a la reseña literaria (y no esto que estáis leyendo). Todo ello para dar forma a un volumen que puede ser leído como ensayo histórico, guía de lectura o tratado estético más centrado en describir principios que en elaborar manifiestos. 

Ese creo que es el principal interés y el principal valor de "Los raros": ofrecer un cuadro bastante completo de los movimientos que marcaron la obra del propio Darío y la literatura de fines del XIX y principios del XX, haciéndolo además de una forma que, pese a la abundancia de citas y referencias, resulta relativamente asequible para un lector medio gracias a una mirada más humana que teórica. 

jueves, 25 de enero de 2018

Manuel de Pedrolo: Crucifeminació


Idioma original: Catalán 
Año de publicación: 1986
Valoración: Recomendable 

Manuel de Pedrolo era, para mí, el típico escritor cuyo nombre te suena pero apenas sabes nada de él. Le conocía porque en el instituto me hicieron leer su Mecanoscrito del segundo origen. Esa novela no me dejó un mal sabor de boca; tampoco debió suscitarme mucha curiosidad, ya que, finalizada la historia de Alba y Dídac, no me embarqué en más viajes junto a Pedrolo. Sin embargo, esto va a cambiar ahora que he leído Crucifeminació.

Estamos ante un libro curioso. Lo primero que parece corroborar esta afirmación es el género en el que se enmarca: ciencia ficción experimental. Esto de experimental se ve reflejado en la extravagante maquetación de la novela. Nada nuevo bajo el sol, entendámonos; recordemos que Mallarmé, Apollinaire y tantos otros que se me escapan ya han hecho de las suyas antes. En todo caso, siempre es divertido ver este tipo de artefactos literarios, estos juegos casi escultóricos con el texto. Y la maquetación del texto en Crucifeminació, salvo pasajes aislados, escapa gozosamente de lo convencional. Esto no es positivo de por sí, claro; la forma puede ser atractiva, pero si no aporta nada al contenido (o si solamente aporta a la superficialidad), no deja de ser un reclamo vacío. Por suerte, Crucifeminació elude esta trampa: la faceta visual está justificada; nunca se apodera de la historia, sino que actúa de forma complementaria a ella. 

¿De qué va esta novela? Bien, Crucifeminació narra los acontecimientos que rodean a lo que la Iglesia acaba por llamar la segunda encarnación de Dios en la Tierra: el nacimiento de un niño al que se bautiza como Definitivo. El suceso es distorsionado por las autoridades religiosas hasta el punto en que un simple parto es elevado al nivel de milagro. Ni corto ni perezoso, Pedrolo nos sumerge casi sin que nos demos cuenta en una sociedad distópica, donde la Iglesia recupera el apabullante poder que alguna vez tuvo y vuelve a gobernar. Sobre todo, pues, este es un libro anticlerical (que no anti-religioso); Pedrolo hace una crítica feroz, ácida, a la Iglesia y sus triquiñuelas. Otro elemento que me parece destacable de Crucifeminació es el humor negro con el que el autor retrata algunas situaciones. Es cierto que éste se concentra, sobre todo, en la primera parte del libro; no obstante, me ha parecido tan hilarante en sus mejores momentos que debo remarcarlo. Los representantes del brazo civil, militar, científico y religioso son retratados con tal sorna y desdén que algunos fragmentos de esta novela me remitían directamente al cuadro de Otto Dix titulado Los pilares de la sociedad (1926). Y esto sucedía, como digo, sólo arrancar la historia. Genial, vamos; aquello que se cuenta y cómo se cuenta. Lo que digo: ¡otro de Pedrolo cae pronto seguro! 



sábado, 4 de julio de 2020

Colaboración: La belleza del marido de Anne Carson

Idioma original: Inglés. 
Traducción: Andreu Jaume. 
Publicación: 2001. Edición española de Lumen (2003); edición actual española de Lumen (2019).  
Valoración: Está bien. Recomendable.  

El anuncio de la concesión del premio Princesa de Asturias 2020 a Anne Carson me sorprendió iniciando la lectura de La Belleza del marido. Un ensayo narrativo en 29 tangos, publicado en castellano -edición bilingüe- por Lumen.  

La obra, compuesta de poemas (tangos) y una coda final, recorre -o más bien adopta como motivo o pretexto poético- la historia de una pareja imposible, bajo la inspiración o el hechizo Beauty is Truth -Belleza es Verdad- suerte de lema de John Keats, poeta y autor de las breves sentencias que preceden cada texto.

Leí a Anne Carson por primera vez en 2015. Men in the off hours (Hombres en sus horas libres, Pre- Textos, 2007) supuso todo un descubrimiento, lo cual no es poco pasados los años, cuando la capacidad de asombro disminuye. En aquel momento llegué a pensar que había encontrado, casi por casualidad, la poeta que busqué durante mucho tiempo. Después de la pequeña decepción de Decreation (Decreación, Vaso Roto Ediciones, 2014) no eran pocas las ganas de abordar otra obra de esta autora canadiense, profesora de griego antiguo ahora afincada en Nueva York. 

Los versos de Anne Carson pueden llegar a representar, en modo casi perfecto, esa conocida fórmula que define la Poesía como Belleza + Misterio. Su conocimiento del mundo clásico abre un perfecto telón a la evocación, y una enorme capacidad de sugestión y una incuestionable sensibilidad hacen el resto, apuntalan el material preciso para escribir una obra poética tan bella como sólida. 

Sin embargo, La Belleza del marido no cumple con las expectativas, por varios motivos. Pero antes de avanzar, como casi que siento estas líneas como hollar un templo con zapatos sucios, como una especie de profanación de la obra de una de las mejores poetas del momento -premiada incluso con el T.S. Eliot de 2001- no quiero dejar de lado referir qué altamente subjetiva e incluso espiritual es la Poesía, o incluso cada lectura. Y es que en el llamado género del yo, una obra puede suscitar reacciones bien diversas. A bote pronto y sin establecer conexiones estudiadas o racionales sino meras sensaciones, los versos -o más bien lo que transmiten- tienen algo de Valéry, de Mallarmé, de Dickinson. Cito estos tres grandes poetas precisamente por aquello del elemento subjetivo, porque puede que un mismo poemario resulte grande a unos, insulso a otros. 

Pero no puedo ocultar que a veces durante la lectura de la obra he echado en falta fuerza, capacidad de transmitir y autenticidad amén de una mayor dosis de Belleza con mayúsculas en este singular poemario, que deja una sensación, hasta cierto punto, de obra si no malograda, al menos no tan brillante como podía haber sido.  

En fin, que la historia, aun secundaria en un libro de poemas, es tan idónea en principio y en potencial (un matrimonio que se desmorona; un marido inaprehensible, resbaladizo para la esposa; una sucesión de dolores y rupturas que no suponen, sin embargo, la discontinuidad de la Belleza) como por momentos impostada y, en determinados episodios, de escasa verosimilitud, y a la que falta esa convicción, esa autenticidad que viene de frente y te puede y te lleva y es lo que, a la postre, más valoro. 

Parece que Carson finge cuando juega a no hacerlo; parece que no nos encaja del todo su historia; que no convencen ni determinados excesos de indefinición ni -esta vez- esas intercaladas referencias clásicas en un contexto moderno y un tanto decadente de llamadas, cabinas, silencios infieles, de un amigo que sabe poco y que se llama Ray. Esta vez no termina de ajustarse la lágrima, la copa o la carta que descubre mi madre entre mis cosas con el pensamiento de Parménides. Algo ha fallado. Algo te dice que falta consistencia, que falta naturalidad.  

Lógicamente, Carson nos deja versos de factura y capacidad evocadora (Shall we sharpen our eyes and circle closer to the beauty of the husband / carefully, for he was on fire. / Under him the floor was on fire, / the world was on fire, / truth was on fire) pero se echan en falta más,un poco por todos lados. Los mejores poemas no llegan sino al final. Según avanzala lectura se tiene la impresión de estar leyendo algo menos veraz, menos auténtico de lo que, en teoría, podía ser. Porque el leit motiv formal de la narración, en una versión moderna y en manos de Anne Carson, puede dar lugar, sin lugar a dudas, a una obra más que notable, a un trabajo que deje menos dudas. 

Si soy sincero, no puedo decir que Carson me haya transmitido, esta vez, esa rota belleza en la percepción de mujer del engaño del marido; esa mirada que parece estar en las cosas materiales que nos rodean (un amigo que tiene un nombre y lee poco; la barra de un bar; un sobre donde asoma una carta) pero que está más allá. Esa mirada que limpia y obtiene Verdad y Belleza donde otros no ven, como un palimpsesto, como una suerte de alquimia. En esta ocasión las letras que devienen visibles lo son menos, la dosis de oro que surge tras la repetición de la fórmula no es tanta. Si soy sincero tengo que decir que la obra se queda corta y que, un poco, me ha decepcionado. Y es una pena porque tiene todos los mimbres.Y por ello bien que lo lamento.  

Autor: Fran Marín Paz

domingo, 20 de febrero de 2022

Julian Barnes: El hombre de la bata roja

Idioma original: inglés

Título original: The Man on the Red Coat

Año de publicación: 2019

Traducción: Jaime Zulaika

Valoración: recomendable

Conocida es la francofilia del británico Julian Barnes y también que en más de uno de sus libros se ha dedicado a explorar la idiosincrasia de su propio país y sus relaciones con sus vecino del otro lado de Canal. Vuelve a hacerlo en este libro, en cierto modo, a partir de una anécdota histórica: el viaje a Inglaterra que llevaron a cabo en 1885 tres franceses de renombre en la bonne société de la época, con el objeto de adquirir en Londres telas, trajes y otros objetos de buen gusto... Los susodichos caballeros eran el príncipe de Polignac, el conde de Montesquiou-Fézenac y el doctor Samuel Pozzi, quien resulta ser el "hombre de la bata roja" que da título e ilustra la cubierta del libro, pues fue retratado de esta guisa por el pintor norteamericano John Singer Sargent.

La anécdota del viaje, en todo caso, no es sino una excusa para departir acerca de estos tres personajes y, sobre todo, de la sociedad en la que les tocó en suerte vivir: la Belle Époque, como en Francia se conoce a los años de paz transcurridos entre la guerra franco-prusiana de 1870 y la I Guerra Mundial. Una época de apogeo colonialista y lucha de clases, pero también de esplendor de las artes y avance científico. Barnes hace un seguimiento de los tres personajes a lo largo de esos años; un poco menos, empero, al príncipe de Polignac, compositor musical, además de aristócrata (arruinado) que acabó casándose en un mariage blanc, pero muy bien avenido, con la heredera de las máquinas de coser Singer. Los otros dos personajes le resultan más interesantes: el conde de Montesquiou, poeta y, sobre todo, dandy -de hecho, se le puede considerar como epítome del dandismo, fenómeno o tendencia alrededor de la que también gira, en buena medida, este libro- y que acabó consagrado para la posteridad y, sobre todo, en su época, como el poco disimulado inspirador de varios  personajes de ficción: Des Essaintes, protagonista de A contrapelo, de Huysmans; el de Monsieur de Phocas, de Jean Lorrain, el barón de Charlus, de En busca del tiempo perdido de Proust, el pavo (sic) de la obra Chantecler, de Edmond de Rostand -amén del protagonista de sus propias memorias, Les pas effacés, claro-... Más interesante y, sobre todo, simpático, le resulta a Barnes el tercer viajero y, hasta cierto punto, protagonista de este libro, el doctor Samuel Pozzi, prestigioso médico innovador en la ginecología y la cirugía abdominal, coleccionista de arte, hombre de gran éxito social y aún más entre el género femenino -empezando por la famosa actriz Sara Bernhard, que fue su amante y luego amiga durante toda su vida-, ateo de origen hugonote, darwinista, prodreyfusiano, padre y esposo ejempl... bueno, con algunos problemillas familiares. 

Siguiendo a este atractivo personaje, aunque también a los otros dos, ya digo, Barnes va recorriendo diversos temas que afectaban a la sociedad francesa y occidental de aquella Belle Époque: desde el dandismo, el decadentismo o los estetas a los frecuentes duelos que se producían en aquellos tiempos, la homosexualidad y la relación entre Francia e Inglaterra (cómo no); de los avances científicos en el campo de la medicina -cirugía, higienismo, transplantes- o las ideas de Darwin, a la pervivencia del arte, la relación entre retratista y retratado o, en el caso de la literatura, entre los personajes y las personas que los inspiran y su posteridad...

La lista de otras personalidades de las que se habla en el libro y que configuran, entre todas, una amplia panorámica de la época resulta bastante extensa: a los ya citados, hay que añadir otros escritores como son o fueron Henry James, Maupassant, Mallarmé, Oscar Wilde -muy presente en todo el libro, como no podía ser de otra forma-, Baudelaire, Barbey d'Aurevilly, Flaubert, Edmond de Goncourt, Félix Fénéon, Colette, Ford Madox Ford, Conan Doyle, Zola, Léon Daudet (hijo de Alphonse), Léon Bloy; pintores como el ya citado Sargent, Gustave Moreau, Degas, Boldini o Whistler; personalidades de otros ámbitos como los médicos Alexis Carrel o Tourette (sí, el del famoso síndrome), el historiador Maurice Delafosse, etc. Lo más divertido es que los retratos de muchos de estos personajes aparecen en el libro... en la colección de fotografías que venían con las chocolatinas de la confitería Félix Potin, de París, en una especie de parnaso de la época, convenientemente endulzado y chocolateado para los siglos venideros. Quizá sea una forma muy adecuada de recordarlos, qué narices,,, ; )


Otros títulos de Julian Barnes reseñados en Un Libro Al Día: 
aquí

domingo, 8 de febrero de 2015

Arthur Rimbaud: Una temporada en el infierno

Idioma original: francés
Título original: Une Saison en enfer
Año de publicación: 1873
Traducción (y notas): Juan Abeleira
Valoración: muy recomendable

Terrorífico riesgo el que tomo reseñando, por primera vez en ULAD, un libro de poesía. Bueno, eso pone en la portada, eso proclama la portada. Y de uno de los clásicos malditos franceses: menuda empanada tengo yo con esos nombres tan rimbombantes que se gasta todo el grupito (el heterodoxo y confuso grupito que yo me he montado): Verlaine, Rimbaud, Flaubert, Apollinaire, Proust, Mallarmé. Todos (algunos no deben estar ahí, lo sé) liados y todos tan evocadores de fotos o daguerrotipos en blanco y negro de señores de perilla y guedejas, de camisas de chorreras que parecen raídas, pero dignas, de noches atormentadas agarrados al dulce néctar que es la absinthe.
Pero es que resulta que uno cae rendido ante el espíritu de lo escrito por Rimbaud. Sí: cursiva en ese lo. Porque aunque tanto la colección en que se publica esta enésima edición como toda la leyenda insisten en esa condición de poeta, Una temporada en el infierno contiene prosa, mucha prosa. Los especialistas me disculparán: me siento extraño reseñando algo que está alejado de mis lecturas usuales, ya saben, ensayos con un discurso en progresión, tramas con una estructura clásica de un modo u otro. Pero me voy a reivindicar, creo que es normal en un lector sin demasiados prejuicios el darse de tanto en tanto un garbeo fuera de los géneros habituales. Voy a auto-recriminarme no incluir ni un par de líneas como ejemplo, porque si he de ser fiel a la verdad, el nivel es parecido en todo el texto, y el nivel viene muy marcado por una especie de tensión lírica latente por doquier: un texto desafiante, chulesco, acanallado. Una tensión que amaga lascivia, provocación, y rebeldía a raudales, como convenciendo al más escéptico (un siglo y medio más tarde) de que muchas veces el viaje es el destino. Así que Rimbaud habla por igual de miseria y desesperación, de Dios y de Satán, de pasión y de indiferencia, en un texto muy abierto que puede ser interpretado (un indudable valor añadido) a muchos niveles, tanto como una exaltación de individualidad, como una proclama de libertad, como una especie de tortuosa llamada de atención. Añadir a ello todo lo que nos puede sugerir la historia personal de Rimbaud, que dejó de escribir antes de llegar a la veintena, dejando una exigua obra en la que Una temporada en el infierno resplandece por méritos propios. Intuyo, renovando lenguaje y técnica lírica.
Bueno: una frase incluiré aquí, aquella de "es preciso ser absolutamente moderno", cuestión que viene como anillo al dedo para definir esta lectura que representa perfectamente la condición humana, la del creador torturado y la del estereotipo romántico y atormentado que tanto nos gusta identificar, pero que supera, década tras década, sus distintas guisas para ser, siempre, actual y contemporánea.

miércoles, 10 de mayo de 2023

Colaboración: El contorno del abismo, de J. Benito Fernández

Idioma: Castellano

Año de publicación: 2023

Valoración: Imprescindible para interesados


Hay unos libros que gustan y otros que se leen sin pena ni gloria. Los hay que dejan una huella indeleble y los que aburren hasta la exasperación. Pero también existen algunos libros que duelen. Y a mí, sinceramente, este libro me ha dejado una herida difícil de curar. Antes de abordar esta lectura admiraba y sentía cierta atracción por el biografiado. Una vez acabado el libro no sé si le admiro aún más o le aborrezco hasta la náusea. Fue el poeta madrileño un personaje totalmente excesivo, como bien indica la única acepción del término: que excede y sale de la regla. Alumno aventajado para construir rimas desde muy corta edad, Leopoldo María Panero, asumiendo los mitos de Narciso, Edipo, Dionisos e incluso de su idolatrado Peter Pan en un único rol construido a su medida, deslumbró al panorama literario patrio con su abrumadora fecundidad poética y su irreverente forma de entender la vida. Poseedor de una extraordinaria inteligencia, el poeta maldito de las letras españolas -título que siempre despreció al mismo tiempo que se aprovechaba de ello- también podía llegar a ser la persona más ruin, escatológica, miserable y mezquina, terrible de soportar por parte de sus más fieles allegados, amantes, compañeros de fechorías y demás aristocracia noctámbula con quien recorrió los infectos tugurios de las ciudades en las que vivió. Cierto es que sus problemas psiquiátricos y el indiscriminado consumo de drogas potenciaron ese lado oscuro, aunque también es verdad que esos mismos paraísos artificiales -o infiernos, según se mire- ayudaron a desplegar su atormentada producción literaria. Ensalzado por unos y denostado por otros, la figura de Panero no dejó indiferente a nadie. Andrés Trapiello, Guillermo Carnero o Jaime Gil de Biedma, quien dijo de la familia Panero que eran unos señoritos de provincia venidos a menos que tenían un Edipo entre tres, son algunos de los que públicamente arremetieron contra el poeta madrileño. Pere Gimferrer, Luis Antonio de Villena o Vicente Molina Foix siempre se mantuvieron de su lado aun con el notorio distanciamiento del primero.

Pero pongamos un poco de contexto antes de continuar. Leopoldo María Panero nace en el seno de una saga familiar y literaria cuyo padre, Leopoldo Panero Torbado, es uno de los más reconocidos poetas del régimen franquista. La madre, Felicidad Blanc, escritora perteneciente a la burguesía madrileña, completa el cuadro junto a los tres hijos del matrimonio. Segundo de tres hermanos también poetas, Leopoldo María enseguida destaca por su precocidad con las letras. Sin embargo, no será hasta la realización del documental El desencanto, dirigido por Jaime Chávarri y estrenado en 1976, cuando la familia Panero se convierta en una institución de las letras españolas, más para mal que para bien. El impacto que causó la exposición y degradación moral de sus intérpretes se podría comparar con un Sálvame Deluxe de la época y provocó un terremoto, tanto cultural como social, debido a que muchos vieron una analogía con la decadente etapa franquista que ya llegaba a su fin tras la muerte del dictador. Dicho de otro modo, con ese documental se consumó el asesinato freudiano del padre. Unos años antes y al otro lado del charco, Jim Morrison, con quien Leopoldo María habría hecho buenas migas, ya entonó el mantra edípico en la canción The end que cierra el primer disco de The Doors: mata al padre, folla a la madre.

A partir de ese momento, el más joven de los Nueve novísimos poetas españoles, antología editada por Castellet que dio el pistoletazo de salida a la carrera de Leopoldo María, ya ha roto lazos con su generación y entrará en una destructiva espiral de drogas e ingresos en manicomios hasta el fin de sus días. Afirmaba el poeta madrileño que lo que le perdía no eran las drogas sino la soledad. Atormentado por amores femeninos no correspondidos trata de buscar asilo con amantes de su propio sexo. La caída a las profundidades abisales de la locura va acompañada de multitud de publicaciones que aparecen editadas por doquier. Las similitudes entre Panero y Paul Verlaine, amante de Rimbaud, son notorias. Pero si de alguien es el sosias Leopoldo María es de Antonin Artaud; tal es así que raya en la mismísima perplejidad la increíble cantidad de coincidencias. Tanto en uno como en otro caso, el personaje ha sobrepasado su propia obra. No obstante, en palabras de Leopoldo María, es con Kafka con quien más se identifica puesto que la obra del escritor checo sintetiza de mejor manera la literatura universal. El insecto kafkiano define el yo estigmatizado. La vida cotidiana en una gran ciudad se parece más al castillo de Kafka que cualquier epopeya de Maiakovsky. El castillo es el símbolo de la fortaleza que nos separa del otro: el Estado, la política.

Cercano ya el fin de los dolorosos días para el discípulo de Mallarmé, llega el reconocimiento en Hispanoamérica a su carrera literaria con la participación del madrileño en varios encuentros literarios localizados en diferentes puntos del continente americano. También, a su vez, varias de sus obras son traducidas al italiano, inglés y francés para regocijo del poeta. El 5 de marzo del año 2014, en el hospital Juan Carlos I de Las Palmas, Leopoldo María Panero cierra los ojos para no volver a abrirlos nunca más. Cinco días antes moría también Ana María Moix, uno de los grandes amores del poeta y mujer que le causó tantos desvelos.

Para terminar, me gustaría destacar la ardua y enciclopédica labor del autor de esta biografía. Un trabajo que vio la luz originalmente en el año 1999 para ser corregido y ampliado -esta vez de manera evidentemente definitiva tras la muerte del singular poeta- con motivo de esta reciente edición.

Firmado: Carlos Télez Sedano