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jueves, 15 de diciembre de 2011

Joseph Conrad y Ford Madox Ford: Los herederos

Idioma original: inglés
Título original: The Inheritors: An Extravagant Story
Año de publicación: 1901
Valoración: Se deja leer

Cuando encontré esta novela en uno de esos puestecillos ambulantes de libros de segunda mano, pensaba que había encontrado una joya: ¡una novela de ciencia ficción, escrita por Conrad y Ford Madox Ford! ¿Cómo es que nunca nadie me había hablado de ella? La compré, claro, y la devoré. Y bueno, normal que nadie me hubiera hablado de ella, porque no es para tanto. Además, aunque se suele citar a los autores como "Joseph Conrad y Ford Madox Ford", lo cierto es que la mayor parte de la redacción corrió a cargo de Madox Ford (entonces todavía Ford Maddox Hueffer); y no nos engañemos, Madox Ford no es Conrad.

La novela es una decepción, sobre todo, porque el elemento de "ciencia ficción" es muy tenue, aunque es verdad que es central en la trama. Básicamente, la novela plantea que existe una raza de seres superinteligentes pero carentes de emociones que habitan una Cuarta Dimensión, y que consiguen introducirse en la alta sociedad inglesa y manipular a personas y acontecimientos para provocar la llegada de una nueva era. En última instancia, su misión y su deseo es "heredar la tierra". Una de estas "Dimensionistas" (bella y misteriosa, como no podía ser de otra manera) se aparece al narrador protagonista, el escritor fracasado Arthur Granger.

Pero la verdad es que, como decía, aparte de este elemento sobrenatural, Los herederos tiene muy poco de ciencia ficción: tiene mucho más de alegoría de la situación política británica (con el tema de la colonización del Congo Belga, que Conrad ya trató en El corazón de las tinieblas, como telón de fondo), o de fábula moral, donde los "Dimensionistas" no son otra cosa que una encarnación del Progreso, el Futuro o la Nueva Era que se inicia con el cambio de siglo, y que supera antiguos modos y costumbres.

Y curiosamente, si eliminamos (mentalmente) el elemento fantástico, lo que queda es una novela entretenida, mezcla de intriga política y sátira social, con una galería de personajes histriónicos, ridículos e hipócritas retratados por la pluma de un narrador ácido, inadaptado y algo huraño, al que las circunstancias llevan al centro de la acción política del momento. No es que se pase mal leyendo esta obra; pero comparado con lo que me esperaba (una trama a lo H. G. Wells mezclada con la profundidad psicológica de todo un Conrad) se ha quedado en casi nada. En un simple "Se deja leer".

También de Joseph Conrad: El corazón de las tinieblas, La línea de sombra

domingo, 15 de julio de 2012

Ford Madox Ford: El buen soldado

Idioma original: inglés
Título original: The Good Soldier
Año de publicación: 1915
Valoración: Muy recomendable

Muchas veces se habla del siglo XIX como "el siglo de la novela", lo cual es evidentemente reduccionista (hacia el siglo XIX y hacia el concepto de novela) pero refleja también un fondo de verdad: que durante el siglo XIX, en especial en su segunda mitad, la novela pasó de ser un género secundario en los cánones literarios nacionales (en los que la poesía lírica o el teatro ocupaban el centro indiscutible), a ser el motor del sistema literario, con la aparición de grandes maestros como Balzac, Flaubert o Zola, Tolstoi o Dostoievski; Galdós o Clarín; Eça de Queirós o Dickens. Por diversos caminos, estos escritores y muchos otros alcanzaron una maestría en el manejo de la descripción, de la creación de personajes, tramas y universos ficcionales. Y uno de los aspectos en los que destacaron más especialmente los novelistas del siglo XIX fue en la creación de grandes narradores: narradores (a veces testigos, a veces con voz y personalidad propia que condicionan radicalmente el modo en que el lector accede a la historia.

El buen soldado de Ford Madox Ford (aunque escrita ya a comienzos del siglo XX, que conste) podría servir de ejemplo perfecto para esta afirmación, al igual que muchas novelas de su "antecesor" Henry James. En efecto, el narrador, John Dowell, es un modelo de lo que Wayne Booth denominó unreliable narrator, "narrador no confiable": es un narrador desordenado, confuso, olvidadizo, parcial y a menudo manipulador, que nos da una visión determinada de los hechos o de los personajes en las primeras treinta páginas, para dedicar las otras doscientas a destrozar meticulosamente esa visión en las restantes doscientas.

La trama como tal es bastante convencional, y podría haber dado para algo así como Madame Bovary o Fortunata y Jacinta: cuenta la historia de dos matrimonios de "gente bien" (así llamados por el propio narrador): los Dowell -John y Florence, americanos- y los Ashburnham -Edward, inglés, y Leonora, irlandesa-. Al principio son presentados como dos matrimonios ideales, elegantes, felices; luego se verá que todo es apariencia, que todos se engañan a todos, que no hay en realidad apenas afecto entre ninguno de ellos, y que, queriendo o sin querer, se han destrozado la vida unos a otros.

El motivo por el que esta trama no se convierte en un Madame Bovary o Fortunata y Jacinta es precisamente por la voz de ese narrador-testigo, John Dowell, que cuenta la historia en forma de una larga confesión escrita durante varios años, con incoherencias, desorden, olvidos y manipulaciones: "...cuando se analizan unas relaciones amorosas", dice "tan pronto se avanza como se retrocede. [...] Tiene usted los hechos aunque haya de molestarse en buscarlos".

Hay otra característica del narrador que hace la lectura mucho más llevadera: su humor cínico y sarcástico, que disecciona al resto de personajes, a la alta sociedad y a sí mismo con una divertida crueldad. Algunos de sus latigazos tongue-in-cheek, que se dice en inglés, recuerdan a los aforismos de Ambrose Bierce. Por mucho que se esfuerce en decir que Edward y Leonora eran personas nobles y "gente bien", la imagen que queda de ellos es la de unos seres egoístas, torpes, hipócritas y traicioneros.

En fin, que esta novela de Ford Madox Ford no sirve para solucionar aquella discusión que tuve con un compañero de trabajo, sobre si es mejor la novela del XIX o la del XX; porque aunque su trama está cerca de la de muchos novelones del XIX, gran parte de sus técnicas (fragmentación, desorden, ironía, autoconsciencia) pertenecen más bien al "Modernismo" y lo acercan, salvando las distancias, a la narrativa de Virginia Woolf.

Sea como sea, es una gran novela: Un clásico.

sábado, 4 de julio de 2009

Joseph Conrad: El corazón de las tinieblas

Idioma original: inglés
Título original: Heart of Darkness
Año de publicación; 1899
Valoración: Muy recomendable

El corazón de las tinieblas es ya una novela de culto en todo el mundo, un hito innegable del canon occidental, adoptado como propio por T. S. Eliot y adaptado para el mundo post-Segunda Guerra Mundial por Francis Ford Coppola en su obra maestra Apocalipsis Now. Pero, mirado de cerca e intentando abstraerse de su monumentalidad canónica, El corazón de las tinieblas es una novela rara. Fascinante, pero rara.

La novela se divide en tres partes, y cada una de ellas tiene un tono y casi un género distinto. La primera parte presenta el marco narrativo (Marlow cuenta su historia a un grupo de marineros en las estribaciones del Támesis, en Londres) e introduce el comienzo de su odisea, hasta que alcanza el puesto colonial al que ha sido destinado para servir de piloto fluvial; la segunda narra el viaje remontando el río Congo, hasta alcanzar otro puesto, escondido en el medio de la selva, en el que se encuentra Kurtz, el misterioso agente europeo que ha logrado cautivar a los nativos y enviar cantidades ingentes de marfil de vuelta a la colonia; la tercera parte está dominada por Kurtz, que se agiganta hasta adquirir proporciones míticas: cercano a la muerte, se niega a abandonar la selva, aunque finalmente Marlow y sus acompañantes consiguen embarcarlo, aunque no salvarlo.

El corazón de las tinieblas es uno de los más clarividentes descensos literarios al mundo de lo irracional, de la locura. Kurtz, capaz de cautivar con su voz y su carisma tanto a blancos como a nativos, es un símbolo ambiguo -como suelen ser los símbolos- de la dominación europea del continente o del retorno al hombre primitivo. La lectura, que comienza con una poética descripción del río Támesis, se oscurece cuando se traslada al río Congo, como se oscurecen también las experiencias y los pensamientos del narrador, cada vez más seducido por la figura de Kurtz. La luz y la oscuridad se alternan y se disputan su espíritu, que sin embargo consigue mantener su cordura en medio de la vorágine.

La obra de Conrad ha sido vista a veces, al menos parcialmente, como una crítica al Imperialismo británico -y desde luego, poco se ve en la novela del "esfuerzo civilizador" de los europeos en el continente africano-. Pero también se ha leído en ella una novela racista, que identifica la luz y la razón con el hombre blanco; la oscuridad y la irracionalidad con el hombre negro. Para un lector actual, en cualquier caso, lo fundamental sigue siendo la experiencia de lo que está más allá de las fronteras de la cordura y la razón (en las últimas palabras de Kurtz: "El horror, el horror"); y para encontrar eso no es necesario irse a África: está dentro de Marlow, como está dentro de cada uno de sus lectores.

También de Joseph Conrad en ULAD: La línea de sombra, Los herederos (con Ford Madox Ford)

lunes, 31 de diciembre de 2012

Lo más de 2012

Ya se termina 2012, un año que nos deja unas cuantas noticias literarias. Mo Yan ha sido un Premio Nobel polémico; Caballero Bonald, un Premio Cervantes comprensible; Philip Roth (que este año ha anunciado que deja de escribir, como Imre Kertesz) un Premio Príncipe de Asturias de las Letras más que merecido; Javier Marías, un Premio Nacional de Narrativa respondón. Este ha sido el año de Dickens, mucho más en los países anglófonos que en España, donde ha pasado algo desapercibido. Y 2012 ha dejado también miles de libros publicados, traducciones, reediciones de clásicos, adaptaciones cinematográficas...

En ULAD queremos hacer nuestro propio resumen del año, y por eso hemos pedido a nuestros colaboradores (o sea, nos hemos pedido a nosotros mismos) que escojan lo mejor y lo peor de su particular año lector. Estas son sus respuestas:

Francesc Bon
Mejor libro de 2012: Plegarias nocturnas de Santiago Gamboa
Mejor clásico: A sangre fría de Truman Capote
Tesoro escondido: Rompepistas de Kiko Amat
Mayor decepción: El niño perdido de Thomas Wolfe
Leeré seguro en 2013: Ciudad abierta de Teju Cole

Montuenga
Mejor lectura de 2012: Vineland de Thomas Pynchon
Mejor clásico: La condición humana de André Malraux
Tesoro escondido: La cuadratura del círculo de Gheorghe Sasarman
Mayor decepción: El cielo de Madrid de Julio Llamazares
El que más me ha costado acabar: La tejedora de sombras de Jorge Volpi

Santi
Mejor libro leído este año: Todo se derrumba de Chinua Achebe
Mejor clásico: El buen soldado de Ford Madox Ford
Tesoro escondido: Mi planta de naranja lima de José Mauro de Vasconcelos
Mayor decepción: Diario de invierno de Paul Auster
El libro que se me atragantó: Contraluz de Thomas Pynchon

Iván
Libro Descubrimiento: Hace cuarenta años de Maria Van Rysselberghe
Libro más recomendado: Compañía K de William March
Autor con quien no he podido: Mo Yan
Autor al que he dedicado más tiempo: J.M. Coetzee
Libro Hostia: La jungla de Upton Sinclair
Primera lectura para 2013: Chavs. La demonizacion de la clase obrera de Owen Jones (y lo que siga escribiendo)

Por supuesto hay otras listas, pero estas son las nuestras. Estaremos encantados de leer las vuestras en los comentarios... 

domingo, 20 de febrero de 2022

Julian Barnes: El hombre de la bata roja

Idioma original: inglés

Título original: The Man on the Red Coat

Año de publicación: 2019

Traducción: Jaime Zulaika

Valoración: recomendable

Conocida es la francofilia del británico Julian Barnes y también que en más de uno de sus libros se ha dedicado a explorar la idiosincrasia de su propio país y sus relaciones con sus vecino del otro lado de Canal. Vuelve a hacerlo en este libro, en cierto modo, a partir de una anécdota histórica: el viaje a Inglaterra que llevaron a cabo en 1885 tres franceses de renombre en la bonne société de la época, con el objeto de adquirir en Londres telas, trajes y otros objetos de buen gusto... Los susodichos caballeros eran el príncipe de Polignac, el conde de Montesquiou-Fézenac y el doctor Samuel Pozzi, quien resulta ser el "hombre de la bata roja" que da título e ilustra la cubierta del libro, pues fue retratado de esta guisa por el pintor norteamericano John Singer Sargent.

La anécdota del viaje, en todo caso, no es sino una excusa para departir acerca de estos tres personajes y, sobre todo, de la sociedad en la que les tocó en suerte vivir: la Belle Époque, como en Francia se conoce a los años de paz transcurridos entre la guerra franco-prusiana de 1870 y la I Guerra Mundial. Una época de apogeo colonialista y lucha de clases, pero también de esplendor de las artes y avance científico. Barnes hace un seguimiento de los tres personajes a lo largo de esos años; un poco menos, empero, al príncipe de Polignac, compositor musical, además de aristócrata (arruinado) que acabó casándose en un mariage blanc, pero muy bien avenido, con la heredera de las máquinas de coser Singer. Los otros dos personajes le resultan más interesantes: el conde de Montesquiou, poeta y, sobre todo, dandy -de hecho, se le puede considerar como epítome del dandismo, fenómeno o tendencia alrededor de la que también gira, en buena medida, este libro- y que acabó consagrado para la posteridad y, sobre todo, en su época, como el poco disimulado inspirador de varios  personajes de ficción: Des Essaintes, protagonista de A contrapelo, de Huysmans; el de Monsieur de Phocas, de Jean Lorrain, el barón de Charlus, de En busca del tiempo perdido de Proust, el pavo (sic) de la obra Chantecler, de Edmond de Rostand -amén del protagonista de sus propias memorias, Les pas effacés, claro-... Más interesante y, sobre todo, simpático, le resulta a Barnes el tercer viajero y, hasta cierto punto, protagonista de este libro, el doctor Samuel Pozzi, prestigioso médico innovador en la ginecología y la cirugía abdominal, coleccionista de arte, hombre de gran éxito social y aún más entre el género femenino -empezando por la famosa actriz Sara Bernhard, que fue su amante y luego amiga durante toda su vida-, ateo de origen hugonote, darwinista, prodreyfusiano, padre y esposo ejempl... bueno, con algunos problemillas familiares. 

Siguiendo a este atractivo personaje, aunque también a los otros dos, ya digo, Barnes va recorriendo diversos temas que afectaban a la sociedad francesa y occidental de aquella Belle Époque: desde el dandismo, el decadentismo o los estetas a los frecuentes duelos que se producían en aquellos tiempos, la homosexualidad y la relación entre Francia e Inglaterra (cómo no); de los avances científicos en el campo de la medicina -cirugía, higienismo, transplantes- o las ideas de Darwin, a la pervivencia del arte, la relación entre retratista y retratado o, en el caso de la literatura, entre los personajes y las personas que los inspiran y su posteridad...

La lista de otras personalidades de las que se habla en el libro y que configuran, entre todas, una amplia panorámica de la época resulta bastante extensa: a los ya citados, hay que añadir otros escritores como son o fueron Henry James, Maupassant, Mallarmé, Oscar Wilde -muy presente en todo el libro, como no podía ser de otra forma-, Baudelaire, Barbey d'Aurevilly, Flaubert, Edmond de Goncourt, Félix Fénéon, Colette, Ford Madox Ford, Conan Doyle, Zola, Léon Daudet (hijo de Alphonse), Léon Bloy; pintores como el ya citado Sargent, Gustave Moreau, Degas, Boldini o Whistler; personalidades de otros ámbitos como los médicos Alexis Carrel o Tourette (sí, el del famoso síndrome), el historiador Maurice Delafosse, etc. Lo más divertido es que los retratos de muchos de estos personajes aparecen en el libro... en la colección de fotografías que venían con las chocolatinas de la confitería Félix Potin, de París, en una especie de parnaso de la época, convenientemente endulzado y chocolateado para los siglos venideros. Quizá sea una forma muy adecuada de recordarlos, qué narices,,, ; )


Otros títulos de Julian Barnes reseñados en Un Libro Al Día: 
aquí