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martes, 18 de marzo de 2014

Émile Zola: Thérèse Raquin

 Título original: Thérèse Raquin
 Idioma original: francés
 Fecha de publicación: 1867
 Valoración: Recomendable

 No es Thérèse Raquin un libro fácil de leer, y por lo que cuenta su autor, el mismísimo Émile Zola, en el prólogo que lo acompaña, tampoco fue fácil de leer en la época en la que fue publicado, en la segunda mitad del siglo XIX.

 Al parecer, el libro, ejemplo perfecto de la corriente naturalista (realismo más bien sucio, emocional y plagado de miserias, muy acorde con la época en la que surgió), fue acusado de salvaje, obsceno, y no sé cuántas cosas más… Y la verdad, es que puedo llegar a entender el revuelo que causó porque repito: Thérèse Raquin no es un libro fácil de leer.

En esta ocasión, Zola cuenta la historia de una pobre muchacha hija de un francés y una argelina que murió enseguida, y que es criada por su tía, una mujer humilde y generosa pero obsesionada con darle lo mejor a su enfermizo único hijo, Camille. Tanto, que prácticamente obligará a la silenciosa y aparentemente serena y conformista Thérèse a contraer matrimonio con él. Obviamente, a la joven, nada atractiva pero con mucha más vida de lo que su austera apariencia da a entender, verá en esta unión con un ser tan grimoso como su primo su única opción, pero todo cambiará cuando conozca a Laurent, un compañero de trabajo de su esposo (ambos trabajan en los ferrocarriles de Orleáns), que es justo lo contrario a él: masculino, muy atractivo, bravucón y un vago consumado que se las da de pintor pero que lo único que desea es vivir trabajando lo menos posible.

 La pasión de Thérese y Laurent brotará enseguida, desbocada e incauta, y Zola deja bien claro al lector que ello es debido a la desesperación de la joven, que se ha pasado la vida controlando sus emociones y deseos más ocultos. Tanto, que los amantes planearán un chapucero crimen para llevarse por delante al delicado Camille, sin saber que ese asesinato será su perdición…

En manos de otro autor de su época y dejando de lado el naturalismo, este libro podría haber sido una prima segunda de Madame Bovary sólo que con un asesinato premeditado y de consecuencias desastrosas, pero hablamos de Zola, por lo que el resultado es una historia repleta de descripciones de escenarios y seres humanos oscuras, hediondas, desesperanzadoras y un poco asfixiantes. Uno puedo llegar a ponerse en la piel de Thérèse y comprender su repulsión por Camille y la vida que le ha tocado en desgracia, pero es que la misma anti-heroína del libro echa para atrás. Ni siquiera Zola la dota de una belleza clásica y delicada que podría otorgarle (de forma injusta, pero es así) la simpatía del lector. Porque en Thérèse Raquin no existen la complacencia o la piedad: sólo es la historia de un grupo de personajes feos e indignos en un lugar y en una época duros y amargos.

 Y pese a todo, aunque “gustar” no sea un verbo que pueda utilizar a la hora de hablar de mis impresiones sobre este libro, no puedo hacer otra cosa que recomendarlo.

PD: el mes pasado estrenaron en los USA una versión para la gran pantalla de Thérèse Raquin. Con Elizabeth Olsen (no puedo imaginármela…) como Thérèse, Tom Felton (el rubio malo de Harry Potter) como Camille, Oscar Isaac como Laurent, y la gran Jessica Lange como la amable tía de Thérèse, otro extraño casting, en mi humilde opinión. Hubo otra célebre versión cinematográfica, con Simone Signoret, años ha.

lunes, 31 de marzo de 2014

Émile Zola, Mark Twain, Rudyard Kipling, Saki: El paraíso de los gatos y otros cuentos gatunos

 Idioma original: francés e inglés
 Títulos originales: Le paradis des chats, Dick Baker’s cat, The Cat Who Walked by Himself, Tobermory
 Fecha de publicación: 2012
 Valoración: Está bien

 ¿Tienes que hacerle un regalo a alguien que es un amante de los gatos y no se te ocurre nada? Y hablo de un amante amante de los gatos de verdad, de esos amantes de los gatos que pueden estar horas y horas de reloj contándote los impagables ocurrencias, costumbres, caprichos y disparates de sus muy estimados mininos. Yo conozco a algunos cuantos así. Pero bueno, como siento una debilidad especial por estos animales elegantes, mimosos y ariscos a partes iguales, aguanto medianamente bien sus pequeñas y amables palizas.

 Y venga, que me lío, volvamos a la pregunta con la que comenzaba el post: ¿Tienes que hacerle un regalo a alguien que es un amante de los gatos y no se te ocurre nada? Don’t panic, el tío Ian os recomienda obsequiar a dicha persona con el librito que hoy reseña ULAD, El paraíso de los gatos y otros cuentos gatunos. Y si no tienes a nadie a quien regalárselo, pues cómpratelo para ti mismo, que merece la pena…

Se trata ésta de una obra muy breve, una preciosa edición ilustrada de Nórdica Libros que recoge cuatro relatos de cuatro tótems de la Literatura Universal (qué pomposo y convincente queda esto): Émile Zola, Mark Twain, Rudyard Kipling y Saki. Las originales ilustraciones que adornan el libro corren a cargo de Ana Juan, Elena Ferrándiz, Adolfo Serra y Javier Olivares. Este póquer de relatos gatunos presenta a los aludidos felinos como animales caseros pero con deseos de aventura (el de Zola, mi preferido); como astutos y orgullosos ayudantes de mineros (el de Twain); como protagonistas de fábulas en las que muestran su matizado carácter (el de Kipling), o como, en un delirio fantasioso, pequeñas y observadoras criaturas con el don de la palabra (el de Saki).

 En fin, olvidémonos de las imágenes fantasmagóricas o vengativas que autores como Poe dieron a estos peluditos animales y deleitémonos gracias a Nórdica Libros, con sus facetas más benévolas y simpáticas.

Y bueno, se le podría sacar más punta al asunto y hacer paralelismos con seres humanos o buscarle, nunca mejor dicho, tres pies al gato, pero creo yo que este bonito compendio ha sido hecho para ser leído en una tarde, dejarle a uno con una sonrisa en los labios y colocarlo después en uno de los lugares más visibles y desempolvados de la librería del salón.

miércoles, 5 de marzo de 2014

Biografías lectoras: El tesoro bajo llave

En la casa donde viví de niña no había estanterías sino aparadores, los libros, como he contado aquí alguna vez, se guardaban en un armario con las puertas de madera y una llave de tres vueltas: no quedaba ni el consuelo de contemplarlos a través del cristal. En contrapartida, cuando ese mundo mágico se abría, teníamos acceso a todos los libros que había en casa. Mis lecturas de entonces, salvo Alicia en el país de las maravillas, se reducían a cientos de tebeos y narraciones dirigidas exclusivamente a niñas, es decir, no eran nada literarias; los autores de calidad no solían acordarse del público infantil, al menos yo no tuve acceso a ellos, aunque recuerdo un librito curioso,  –bastante grueso pero de un tamaño minúsculo– que titularon Las tres manzanas no sé por qué, en realidad se trataba de Las mil y una noches nada menos, como he comprendido más tarde. Si alguien conoce el motivo de ese extraño título le quedaré eternamente agradecida.

A mí nadie me obligó a leer nada. Ya en el instituto, en lugar de recomendar grandes obras literarias, las condensaban en antologías que variaban con el curso. Encontrar productos de primera fila en cómodas píldoras de dos o tres páginas no agobiaba a nadie, todo lo contrario, a mí me sabía a menos que poco. Ser adulta significaba tener acceso a todas aquellas maravillas y yo lo estaba deseando.

Solía comer con un libro en las rodillas y bajaba la vista en cuanto se despistaban los adultos. ¡Por supuesto que era una fanática! pero mis chifladuras eran inofensivas. A los quince años me operaron de apendicitis y, para compensar, recibí las obras completas de Becquer. Lo devoré entero y quedé impresionada, en particular las Leyendas fueron todo un descubrimiento. Creo recordar que lo pedí yo, aunque no podía imaginar una preciosidad así, en papel biblia y encuadernado en piel, tan apetitoso que alguien que pasó por casa debió tomarlo prestado y nunca se acordó de devolverlo.

A los dieciséis, cayeron en mis manos, por fin, mis primeras lecturas serias, una detrás de otra, Ana Karenina y La tía Tula, ya no recuerdo en qué orden. A partir de entonces empecé a visitar las bibliotecas. Creí que con Tagore y Pearl S. Buck había llegado a la cumbre, pero al año ocurrió el gran cataclismo, un amigo me descubrió Cien años de soledad y todo cambió para mí.

Más tarde me sorprendió enviándome por correo certificado Viaje al fin de la noche, un lenguaje y una forma de ver la vida mucho más libres de lo que podía imaginar. Antes de los veinte me había tragado a Tolstoy y Dostoiewsky enteritos, pero entonces apareció Zola y hasta ellos me parecieron insípidos. Para consolarme de la nostalgia del verano empecé En busca del tiempo perdido, por el tercer volumen si no recuerdo mal. Un día, revolviendo en la sección de bolsillo de un autoservicio, me topé con un título curioso y lo compré: Un mundo feliz me obligó a mirar un poco más allá de mis narices, gracias a él dejé de leer solo para entretenerme. Había llegado a autores muy complejos demasiado joven y creo que no había sido capaz de extraer toda su sustancia.

Descubrí El castillo y La metamorfosis, me reí con Pantaleón y las visitadoras, La náusea consiguió deprimirme lo justo y necesario, Madame Bovary me encandiló, pero fue en la carrera –y obligada, ahora sí– donde me informaron de lo que era imprescindible. Es muy probable que, sin mis profesores, nunca hubiese leído El Quijote ni disfrutado del boom latinoamericano hasta ese punto, de Rayuela, El Aleph, El astillero, La vorágine, El siglo de las luces, El túnel, Pedro Páramo y Señor Presidente entre otros. Pero también de otras obras universales como El extranjero y La Regenta.

Y luego me embarqué en La saga fuga de J.B. por mi cuenta y continué con otra menos conocida de Torrente Ballester, don Juan, y me intrigó saber qué era eso de 1984, y admiré La montaña mágica, y me entusiasmé con Patricia Highsmith, y me enamoré de Jorge Amado, y me inquieté con José Donoso, y –con los Trópicos y los Nexus, Plexus y Sexus– me hice cómplice de Henry Miller.

A partir de entonces me pareció saber qué terreno pisaba. Y lo que ocurre en mi biblioteca desde 2009 ya lo conocen de sobra.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Ian McEwan: Cáscara de nuez

Resultado de imagen de cascara de nuez ian mcewan amazonIdioma original: inglés
Título original: Nutshell
Año de publicación: 2016
Valoración: Se deja leer





Vaya por delante que acabar esta novela me ha costado un triunfo. Los días pasaban y el marca-páginas no se movía gran cosa. Leía un par de líneas y me ponía a pensar en lo que fuese, avanzaba otro renglón y se me volvía a ir la cabeza, cualquier palabra servía para enganchar ideas que desviaban mi atención. Si he conseguido acabarla se debe a un esfuerzo ímprobo, no al disfrute, la intriga ni a ninguno de los elementos que sirven para fidelizar al lector. ¿Ustedes no se sentirían molestos si piensan que les están engañando palabra por palabra?
Cómo supondrán, lo de la nuez es una metáfora. No puedo desvelar a qué alude pues les mostraría la clave de la novela, su máxima originalidad y gran hallazgo. (Eso, al menos, es lo que debió pensar McEwan). 
Lo habitual, cuando se comenta una obra de ficción, es hablar sin tapujos de lo que aparece en las primeras páginas ya que nadie lo considera un misterio. Pero este caso me parece especial, así que tendré cuidado en no mostrar la carta por la que ha apostado el novelista y les recomiendo que procuren no leer sinopsis previas.
Es el momento de aclarar que es, precisamente, esa carta oculta –en mi opinión el colmo de lo inverosímil– lo que me disgustó tanto, me impidió disfrutar de la lectura y la alargó mucho más de lo deseable para una obra de poco más de doscientas páginas sin ninguna dificultad, al contrario, demasiado lineal para mi gusto. Y aquí aparecen otros obstáculos que también dificultaron mi labor: personajes tópicos y predecibles, un argumento calcado de novelas bien conocidas, nula complejidad de una acción que podría haberse resuelto en cuatro o cinco páginas, desenlace que no es más que un sencillo fuego de artificio, pues no solo es abierto es que además se refugia en lo obvio.
Nada nuevo bajo el sol: marido, amante, asesinato, testigo, decadencia. ¿A alguien le suenan estos ingredientes? Efectivamente, con dos enfoques muy distintos podemos encontrarlos en Thérèse Raquin (1868), de Zola y en El cartero siempre llama dos veces (1934), de James M. Cain, nada menos.
Pero lo principal, la famosa carta –que, como digo, McEwan se guarda en la manga muy poco tiempo, ya que solo hay que abrir el libro y leer la primera línea para que quede boca arriba– no es otra que la identidad del narrador, lo que se suele denominar punto de vista. Si la he definido –y lo mantengo –como el colmo de lo inverosímil es, simplemente, porque su pensamiento y opiniones, así como su carácter observador, están en abierta contradicción con su idiosincrasia. Yo la veo como una de esas ideas que parecen geniales a primera vista y que no tardan en desecharse por no resistir una segunda ojeada, me parece un recurso que no se puede permitir ni un principiante, mucho menos un escritor tan justamente reputado como este. En casos así, suelo atribuir los errores a la presión editorial, que quizá no deja tiempo a los autores para plantearse construcciones más sólidas. Pero vaya usted a saber, tampoco hay que disculpar al que escribe solo porque su obra, en general, pueda calificarse de magnífica.
Un pequeñísimo botón de muestra:
“… Sobre la esperanza: he sabido de las últimas matanzas como consecuencia de la búsqueda de sueños de la otra vida. Caos en este mundo, felicidad en el otro. Jóvenes de barba reciente, hermosa tez y largas armas de fuego en el Boulevard Voltaire, mirando a los ojos incrédulos y hermosos de su propia generación. No fue el odio lo que mató a los inocentes, sino la fe, ese fantasma famélico, todavía venerado, incluso en barrios más tranquilos. Hace mucho tiempo alguien sentenció que la certeza infundada era una virtud. Ahora lo dice la gente más educada…” *
¡Venga ya! ¿Alguien duda de que esto lo ha escrito (dicho, pensado) una persona educada y culta, de nacionalidad británica, o al menos de mentalidad  occidental, con personalidad moldeada en el ámbito universitario y más de seis décadas a cuestas? Ian McEwan sin ir más lejos ¿no? Desde luego, es obvio que se trata de la crónica de un escritor en su última fase vital y del resumen de todo un siglo efectuado por uno de sus influencers. Si lo que deseaba era hacer algo así –un proyecto tan legítimo como plausible– debería haber tomado otro camino, creo yo. Nada de novela negra fallida ni de narrador absolutamente improbable que, además, constituyen un lastre para ese testimonio vital en potencia.

(*)Traducción de Jaime Zulaika

También de McEwan: aquí

lunes, 28 de mayo de 2018

Natsume Sōseki: El minero

Idioma original: japonés
Título original: 鉱夫 (Kōfu)
Traducción: Yoko Ogihara y Fernando Cordobés
Año de publicación: 1908 (en castellano, 2016)
Valoración: Entre recomendable y está bien

Dicen los que saben que El minero, editada por primera vez en castellano en 2016, inicia la etapa de madurez de su autor, algunas de cuyas obras se encuentran reseñadas en los enlaces que aparecen al final. Como desconocedor absoluto de este buen señor, tendré que aceptar la aseveración. La impresión para el lector neófito que, como yo, ignora lo que hubo antes y después, resulta más bien poco definida. En una lectura digamos superficial, no parece realmente un texto propio de alguien con un recorrido amplio, sino más bien al contrario, quizá algo contado desde la perspectiva de una experiencia juvenil, real o ficcional, aderezada con elementos de crítica social más o menos cruda. Si por el contrario lo contemplamos desde el plano de la introspección personal, la narración revela más profundidad y un enfoque diferente. Así que se impone continuar la indagación.

Sostienen los entendidos que la novela tiene su origen en el relato de unos hechos que contó a Sōseki un joven desconocido, y el autor japonés la trascribió a su manera. Claro está que no podemos saber hasta qué punto Natsume fue fiel a la fuente o cuánto puso de su cosecha. La historia es bastante simple: un joven tokiota, de familia acomodada, tiene algún tipo de enredo amoroso con dos chicas y, tal vez por influencia de esos códigos de honor tan japoneses, decide poner tierra de por medio, abandona su casa y se lanza a vagar sin rumbo buscando quizá una vida nueva, respuestas a su zozobra, o cosas por el estilo. En su camino encuentra a un extraño ciudadano que le invita a trabajar en una mina con la promesa de unos buenos ingresos. Se inicia así una larga travesía por las montañas hacia la lejana explotación, un camino que tiene bastante de viaje iniciático como el de Christian Rosenkreuz, pero empapado de reflexiones sobre la propia identidad de su protagonista. La narración, en primera persona, reúne detalles del trayecto, al tiempo que el chico va rumiando sus contradicciones y, mostrando una notable madurez, deja ver que tiene mucho más claro de dónde quiere escapar que hacia dónde quiere ir.

Afirman ciertas voces que tras ese viaje –que ocupa más un tercio del libro-, cuando el joven llega por fin a la mina y descubre un entorno hostil, infrahumano, donde parecen haberse perdido por completo los valores y los trabajadores han quedado reducidos a la animalidad, Sōseki se aproxima a los grandes dramas obreros de Zola, al naturalismo del trabajo atroz en las entrañas de la tierra. Lo niega sin embargo Michiyo Kawano, autora del postfacio  que cierra el libro –y a la que por cierto fusilan sin rubor unos cuantos comentaristas. La verdad es que la descripción de las condiciones de vida de los mineros, la suciedad, el hacinamiento y sobre todo el nivel de degradación a que todo ello conduce, impulsa a pensar en una crítica social del tenor al que me refería. Pero seguramente tiene razón Kawano cuando por el contrario pone el acento en la perspectiva interior del relato. Primero el viaje y después el descubrimiento de ese mundo brutal son el vehículo para sumergirse en el alma humana, en la búsqueda de respuestas a la desorientación del protagonista, y la propia mina, descrita como un aterrador laberinto subterráneo, puede verse en sí misma como una alegoría que invita a entender el texto en ese nivel introspectivo.

Hasta aseguran algunos que todo ello se desarrolla entre ‘delicados paisajes japoneses’, o algo así. Hay que tener valor: el escenario es un entorno montañoso y abrupto que podría ser cualquier lugar del mundo. Ya sabemos que eso de los paisajes es un tópico muy útil si hablamos de Japón, pero antes de hablar convendría leerse un poquito el libro y no quedarse sólo con la cubierta. Y en fin, veo que se califica como una pequeña joya que ahora descubrimos en nuestro idioma. Pues bueno, es un recurso legítimo y bastante recurrente cuando las editoriales sacan a la luz un texto poco conocido de un autor notable (acabo de verlo con una obrita de Tolstoi recién salida del horno). Pero yo personalmente no diría tanto. Creo que es un libro curioso, más bien sencillo y que se lee con extrema facilidad. No haremos mal del todo si ponemos el foco en el factor social que indicaba antes, pero efectivamente admite una lectura algo menos obvia como búsqueda personal. Y casi seguro sabrán disfrutarlo bastante más quienes conozcan –pero de verdad, no de oídas- obras más relevantes de este mismo autor, como éstas que vienen aquí abajo.

Otras obras de Natsume Sōseki en ULAD: Kokoro, Soy un gato, El caminante

lunes, 13 de noviembre de 2017

Nuestros Autores Olvidados #8 Maksim Gorki: La madre

Idioma original: ruso
Título original: Мать (Mat´)
Año de publicación: 1907
Valoración: Recomendable


Es indiscutible que Maksim Gorki es uno de los tíos más feos que han podido verse desde que los cromañón triunfaron en la línea evolutiva del hombre. Pero aparte de esa evidencia, Gorki fue también el abanderado del realismo social ruso, y un autor completamente implicado con los ideales revolucionarios que cristalizaron ahora hace justo cien años. Tras mucho batallar por sus ideas, parece ser que se las tuvo tiesas con el mismísimo Lenin y, en un largo tira y afloja durante el stalinismo, acabó cayendo en desgracia, no sin que antes su ciudad natal, Nizhni Nóvgorod fuera rebautizada con su apellido, lo cual no sé si es exactamente un premio. Vamos, como si la plaza de la Concordia estuviese en Voltaire, o la Giralda en Cernuda. Pero ya he vuelto a irme por las ramas.

La posición militante de Gorki fue siempre inquebrantable y queda patente en su obra, de la que ‘La madre’ es el ejemplo más significativo y reconocido. Digámoslo ya: todo el relato está hecho al servicio de la causa, la emancipación del proletariado, el despertar a una ‘nueva fe’. La acción se sitúa justamente en un periodo embrionario, en el momento en que pequeños grupos, integrados generalmente por jóvenes, toman conciencia de la situación y comienzan a expandir sus ideas entre los obreros, algo muy próximo a la excepcional ‘Germinal’, escrita unos cuantos años antes.

El Étienne de Zola es aquí Pável Vlásov, cuya madre asiste atónita a la transformación de su hijo en algo desconocido: un joven que no bebe, lee libros y se expresa sin la rudeza de sus vecinos, a veces de forma ininteligible para ella. La madre es entonces una especie de alegoría de Rusia, una mujer ignorante y devastada por la brutalidad y el alcoholismo de su marido -por lo demás muy poco diferente del resto de los hombres. Es ésta una imagen fijada como una maldición en la literatura rusa de la época. Como también observamos en otras obras, por alguna parte aparece una voz que clama contra ese país primitivo e inculto, pero Gorki va más lejos: ya no se trata sólo de un intelectual en su torre de marfil, sino de un fuego con vocación de extenderse entre los oprimidos, entre los trabajadores de las ciudades, de las fábricas, que tímidamente, aun con miedo, van sin embargo asimilando el mensaje liberador.

Pável es el cabecilla del movimiento, a su alrededor se mueve un pequeño círculo de jóvenes comprometidos, y la madre pasa lentamente del terror ante ideas subversivas que no entiende bien, a descubrir más bien a golpe de intuición el atisbo de un mundo futuro en el que será posible recuperar la dignidad, salir de la miseria, abandonar el estado de postración al que la vieja Rusia, el poder del dinero y la violencia han relegado durante siglos a los de su clase.

Como decía al principio, todo el libro está orientado a enaltecer estos principios con un objetivo didáctico. Pero esto tampoco quiera decir que carezca de valores literarios. Los personajes son simples aunque están bien dibujados; no busquemos sutilezas psicológicas, sus matices tienen que ver con su posición en relación con el ideal revolucionario, y sólo con ello: el hosco Vessovchikov va por libre, siempre echando de menos acciones más contundentes; el entrañable Andrei encarna el aura romántica de la lucha, mientras que Rybine presenta un sesgo mesiánico también interesante. Pável, el héroe, representa a su vez al estratega que estudia sin descanso, elabora planes y tiene muy claro lo que hay que hacer. Finalmente, la madre es la ingenuidad y el buen corazón de las gentes sencillas, la materia prima que hace posible la revolución. También es cierto que a la hora de expresarse, casi todos los personajes tienen la misma voz, incluida la propia madre. Pero estaría mejor decir que Gorki sólo permite esas voces y excluye expresamente tonos diferente tales como discusiones teóricas, o las intervenciones técnicas en un juicio. No quiere desenfocar la atención con cuestiones complejas o laterales, de manera que sólo tenemos la sencillez inicial de la madre y su posterior incorporación al coro que lanza sus proclamas y exhibe su aguerrida forma de vivir a la menor ocasión.

Algo parecido pasa con el argumento. Sí que existe un cierto crescendo con la progresiva infiltración de las ideas socialistas en las fábricas, su aceptación creciente por grupos cada vez más amplios, y la paralela asunción de esas ideas por parte de la madre. Pero el ritmo tampoco es gratuito, está también estrechamente relacionado con el mensaje, y hace posible exponer algunos puntos esenciales de la estrategia revolucionaria, primero los episodios de agit-prop en las fábricas, y más adelante la difícil tarea proselitista en el mundo rural.

No obstante lo dicho, aunque desde el primer momento uno es consciente de lo que tiene delante y de lo que puede esperar del libro, éste se lee con agrado. Hay que reconocer que a veces los discursos se hacen un poco pesados por reiterativos, que el trazo resulta algo maniqueo y se echa en falta algo más de humanidad, pero en general está escrito muy pulcramente, intenta, y creo que consigue casi siempre, mantener la atención del lector, colocándole claro está el mensaje, pero sin apabullarle, y concediéndole también algo de intriga, de entretenimiento, pedagógico pero digno. Sin olvidar ese espléndido capítulo-escena final, cinematográfico donde los haya y sumamente convincente.

Posiblemente el canon gorkiano no está tan lejano de aquella anécdota –apócrifa o no- que se atribuye a Bertolt Brecht, según la cual éste tenía junto a su escritorio un burro de madera con un cartelito colgado al cuello que decía ‘Yo también debo entenderlo’.

domingo, 15 de julio de 2012

Ford Madox Ford: El buen soldado

Idioma original: inglés
Título original: The Good Soldier
Año de publicación: 1915
Valoración: Muy recomendable

Muchas veces se habla del siglo XIX como "el siglo de la novela", lo cual es evidentemente reduccionista (hacia el siglo XIX y hacia el concepto de novela) pero refleja también un fondo de verdad: que durante el siglo XIX, en especial en su segunda mitad, la novela pasó de ser un género secundario en los cánones literarios nacionales (en los que la poesía lírica o el teatro ocupaban el centro indiscutible), a ser el motor del sistema literario, con la aparición de grandes maestros como Balzac, Flaubert o Zola, Tolstoi o Dostoievski; Galdós o Clarín; Eça de Queirós o Dickens. Por diversos caminos, estos escritores y muchos otros alcanzaron una maestría en el manejo de la descripción, de la creación de personajes, tramas y universos ficcionales. Y uno de los aspectos en los que destacaron más especialmente los novelistas del siglo XIX fue en la creación de grandes narradores: narradores (a veces testigos, a veces con voz y personalidad propia que condicionan radicalmente el modo en que el lector accede a la historia.

El buen soldado de Ford Madox Ford (aunque escrita ya a comienzos del siglo XX, que conste) podría servir de ejemplo perfecto para esta afirmación, al igual que muchas novelas de su "antecesor" Henry James. En efecto, el narrador, John Dowell, es un modelo de lo que Wayne Booth denominó unreliable narrator, "narrador no confiable": es un narrador desordenado, confuso, olvidadizo, parcial y a menudo manipulador, que nos da una visión determinada de los hechos o de los personajes en las primeras treinta páginas, para dedicar las otras doscientas a destrozar meticulosamente esa visión en las restantes doscientas.

La trama como tal es bastante convencional, y podría haber dado para algo así como Madame Bovary o Fortunata y Jacinta: cuenta la historia de dos matrimonios de "gente bien" (así llamados por el propio narrador): los Dowell -John y Florence, americanos- y los Ashburnham -Edward, inglés, y Leonora, irlandesa-. Al principio son presentados como dos matrimonios ideales, elegantes, felices; luego se verá que todo es apariencia, que todos se engañan a todos, que no hay en realidad apenas afecto entre ninguno de ellos, y que, queriendo o sin querer, se han destrozado la vida unos a otros.

El motivo por el que esta trama no se convierte en un Madame Bovary o Fortunata y Jacinta es precisamente por la voz de ese narrador-testigo, John Dowell, que cuenta la historia en forma de una larga confesión escrita durante varios años, con incoherencias, desorden, olvidos y manipulaciones: "...cuando se analizan unas relaciones amorosas", dice "tan pronto se avanza como se retrocede. [...] Tiene usted los hechos aunque haya de molestarse en buscarlos".

Hay otra característica del narrador que hace la lectura mucho más llevadera: su humor cínico y sarcástico, que disecciona al resto de personajes, a la alta sociedad y a sí mismo con una divertida crueldad. Algunos de sus latigazos tongue-in-cheek, que se dice en inglés, recuerdan a los aforismos de Ambrose Bierce. Por mucho que se esfuerce en decir que Edward y Leonora eran personas nobles y "gente bien", la imagen que queda de ellos es la de unos seres egoístas, torpes, hipócritas y traicioneros.

En fin, que esta novela de Ford Madox Ford no sirve para solucionar aquella discusión que tuve con un compañero de trabajo, sobre si es mejor la novela del XIX o la del XX; porque aunque su trama está cerca de la de muchos novelones del XIX, gran parte de sus técnicas (fragmentación, desorden, ironía, autoconsciencia) pertenecen más bien al "Modernismo" y lo acercan, salvando las distancias, a la narrativa de Virginia Woolf.

Sea como sea, es una gran novela: Un clásico.

viernes, 11 de marzo de 2011

Stéphane Hessel: ¡Indignaos! Un alegato contra la indiferencia y a favor de la insurrección pacífica

Idioma original: francés
Título original: Indignez-vous!
Fecha de publicación: 2010
Valoración: Muy decepcionante

Hay mucho que decir en esta reseña, y no sé bien cómo empezar, sobre todo porque tampoco querría extenderme más allá de los límites tácitos de este blog. Pero empezaré por una afirmación personal y radical: menuda tomadura de pelo. Y aún añadiré: una vez más, nos la han metido doblada. Y lo peor es que digo esto, de todo corazón, siendo consciente de que comparto prácticamente al 100% las afirmaciones que el bueno de Stéphane Hessel presenta en este librito.

Hagamos un poco de historia...

Hace unos meses, nos llegó la noticia de que un libro de apenas 30 páginas, publicado por una casa editorial totalmente underground, escrito por un personaje mítico de 93 años y de la intelectualidad progresista francesa, estaba entre los más vendidos, si no el que más, de nuestro querido país vecino del norte. Decir que el título era sugerente era decir poco: Indignaos!. Guau. Menudo título. Zola y su J'accuse...! redivivo. Lo vendían a 3 euros, más o menos. La portada era escandalosamente pobre. Más underground, imposible.

Hace menos meses, llegó la feliz noticia: el libro iba a ser editado en España. Con Destino, nada menos. Sinceramente, lo primero que pensé es que Destino no era exactamente "underground". Pero bueno. Luego supe que en España se vendería por 5 euros, porque incluía un prólogo de José Luis Sampedro y otras cosillas. Sin ánimo de ofender, Sampedro tampoco es que me parezca muy "underground". Pero bueno. Con ese título...

Total, que por fin me lo he comprado y me lo he leído. Y no voy a engañaros: pensaba que sería un impacto REAL en mi vida efectiva, que pondría en forma de frase muchos pensamientos enmarañados de mi cabeza, que, después de leerlo, me sentiría notablemente indignado. Pero no: a la vista está mi valoración.

¿Cómo hostias este libro pudo ser un best-seller en un país tan dado a la afinación editorial como Francia? Fácil: porque ni dios lee la prensa, porque todo el mundo anda atocinado con la tele o con internet, y porque, como se desprende del último Mundial, los franceses ya no son lo que eran. No hay más que ver a su presidente.

Hablemos un poco del contenido, ya que estamos. En la edición española de Destino, después de un cuadro de Paul Klee y del prólogo de José Luis, viene propiamente lo que podríamos llamar el libro, que dura exactamente 27 páginas en formato pequeño. Introduce el autor al lector ibérico con una nota "A los lectores españoles", en la que se aclara que el lector español está en buena posición para asimilar las ideas de las páginas siguientes porque existe una "España rebelde y valiente de siempre [que] puede favorecer este impulso hacia una Europa cultural", y también se nos agradece la postura propalestina general que hemos defendido desde buena parte de la sociedad civil. Y a continuación, entramos en harina. Al final, unas páginas de "Notas del editor de acuerdo con el autor" y un CV de Hessel.

Mi problema fundamental con este libro es que no dice nada extraordinario, ni siquiera nuevo. Ni siquiera lo dice de una forma emocionalmente especial. Y repito: coincido con casi todo lo que en él se dice. Hessel elabora un interesante artículo de opinión al tiempo que se apoya en datos históricos relevantes para el discurso y una aguda esquematización de muchas ideas, por desgracia hoy en desuso, relativas a lo que indica el subtítulo de la obra. Sintetizando quizá demasiado, podríamos decirlo así:

Memoria de la II Guerra Mundial y sus consecuencias, que motivaron la creación de las Naciones Unidas y la Declaración de los Derechos Humanos, así como, en la Francia ocupada durante la Guerra, la aparición del Consejo Nacional de la Resistencia, que "proponía para la Francia liberada un conjunto de principios y valores sobre los que se asentaría la democracia moderna de nuestro país". Estos valores (trato a los inmigrantes, derecho a la seguridad social y a la jubilación, independencia y honestidad de los medios de comunicación, preponderancia de la sociedad civil sobre los valores económicos, etc.) se han perdido. Historia breve de cómo se consiguieron. El Estado, aunque diga lo contrario, sí puede garantizar los costes de estos derechos, y debe hacerlo. ¿Por qué no lo hace? Porque "el poder del dinero, tan combatido por la Resistencia, nunca había sido tan grande, insolente, egoísta con todos, desde sus propios siervos hasta las más altas esferas del Estado. Los bancos, privatizados, se preocupan en primer lugar de sus dividendos y de los altísimos sueldos de sus dirigentes, pero no del interés general". Hay muchos motivos para indignarse: que cada uno busque el suyo; pero, sobre todo, que se indigne. La indiferencia es la peor de las actitudes. Y hay dos "nuevos grandes desafíos" que podemos identificar para indignarnos: "La inmensa distancia que existe entre los muy pobres y los muy ricos, que no para de aumentar" y "los derechos humanos y la situación del planeta". Los Derechos Humanos son "universales", y no "internacionales". Palestina es mi caso personal de indignación. Incluso un juez sudafricano, judío y sionista, ha "acusado al ejército israelí de haber cometido 'actos asimilables a crímenes de guerra y quizás, en determinadas circunstancias, a crímenes contra la humanidad' durante la Operación Plomo Fundido, que duró tres semanas". Una buena frase: "la historia da pocos ejemplos de pueblos que saquen lecciones de su propia historia". Los palestinos usan el terrorismo. La violencia es el resultado de la exasperación. La exasperación es negativa, es "una negación de la esperanza". La no violencia es el camino que debemos aprender a seguir. "Hay que dotar a la esperanza de confianza, la confianza en la no violencia". Una mala frase: "Tanto del lado de los opresores como de los oprimidos, hay que llegar a una negociación que haga desaparecer la opresión". Hay que defender una insurrección pacífica. Crear es resistir. Resistir es crear.

Reconocedme que el resumen os ha impresionado.

A ver: no tengo mucho que objetar a las tesis de este hombre. Su currículo es extraordinario. Su participación en la reflexión, definición, redacción y defensa de muchos de los derechos de los que yo y todos los presentes gozamos en la actualidad quizá fue, en determinados aspectos, decisiva. Su alzamiento en favor de la no violencia, de los derechos fundamentales, del ajuste del mundo, es algo que suscribo totalmente...

- ¿Hay un pero, no?

No, hay DOS peros. El primero es que todo lo que dice ya está muy dicho. Y además, mejor dicho. Incluso por contemporáneos nuestros, no solo por antiguos luchadores de la Resistencia. Obviando las referencias a Martin Luther o Mandela, que incluso se mencionan en el libro, hoy en día, y hasta si me apuras en los últimos pocos años, tenemos tropecientos ejemplos en artículos de opinión, libros o discursos. En España, por ejemplo, Federico Mayor Zaragoza, que acuñó el término "cultura de paz" mientras fue director de la UNESCO, ha publicado varios artículos en El País con tesis semejantes. En el seno de la UNESCO, en Paris, la Embajadora del Reino de Marruecos Aziza Bennani lleva varios años defendiendo programas sobre cultura de paz, educación democrática y diversidad cultural. Entre los escritores, Amin Maalouf ha publicado dos libros fundamentales, Identidades asesinas y, sobre todo, El desajuste del mundo, en el que no solo repite muchos de los argumentos y pensamientos de Hessel, sino que los interroga, los analiza, los pone frente a un espejo y, finalmente, los supera, con una prosa, además, espléndida. Y algunos artículos de Soares. Y el discurso de Obama en El Cairo. Y tantos otros...

El segundo "pero" es que Hessel, o bien peca de ingenuo, o bien tiene algunas fisuras en su discurso. Decir que los bancos son parte del problema es como no decir nada, es una versión beta de wikileaks sin detalles morbosos sobre las operaciones de estética de Gadafi, ese chico de moda. Decir que tenemos que indignarnos es señal de que este buen hombre no ha pisado una tasca de barrio. La pueril defensa que realiza de la no violencia se cae por su propio peso cuando asume que los "opresores" participarán en la "negociación" de un equilibrio universal sin motivos, supongo que por algún sentimiento de culpa o un buen corazón escondido entre fajos de billetes de 500 o minas antipersona o tiros en la nuca. ¡Con dos cojones, Stéphane! Lo que está proponiendo, al final, es que si nos juntamos toda la humanidad indignada en bloque y nos indignamos pacíficamente pero con la suficiente fuerza, nuestra superindignación obligará a los "opresores" a desoprimir a la gente buena del mundo, con lo que recuperaremos la dignidad perdida en estos años de choriceo, medios de comunicación corruptos y violencia. Muy poético. Una versión de Ensayo sobre la ceguera pero con gente indignada, en lugar de gente ciega.

- Empecemos por crear un evento en facebook, a ver si llegamos a seis mil millones.
- Pero Manolo, que una sexta parte de la población mundial vive con menos de un euro al día. Y una tercera parte está sometida a violencias y peligros diarios.
- ¿Me estás diciendo que hay gente que NO tiene facebook?

Mira que no quería extenderme. Pero ya está hecho.

Una engañifla, este libro. Un ejercicio impresionante de márketing editorial. Una soberana exposición de ideas y temas que abundan en los periódicos progresistas de medio mundo. Una obsesión propalestina sospechosamente lejana a muchas de las injusticias (Directiva del Retorno, por ejemplo) diarias que tienen lugar en Francia hoy, ahora. Unos argumentos sin argumentar, unas tesis hermosas pero infantiles, una falta de profundidad vergonzosa. Un libro, en definitiva, innecesario.

viernes, 24 de julio de 2015

Nell Leyshon: Del color de la leche

Idioma original: inglés
Título original: The colour of milk
Año de publicación: 2012
Valoración: recomendable

Confieso que a veces me siento un insensible (o un insensibilizado, porque yo antes no era así): libros que a mis amigos y amigas les emocionan, a mí me dejan medianamente frío, con la sensación de ya haberlo leído todo antes en otro sitio y que pocas cosas me sorprenden. Será que me hago viejo o cínico, no sé. Esto me ha pasado por ejemplo con Del color de la leche, una novela que otros blogs amigos como el de Mobas o Granite & Rainbow han alabado como sorprendente, impactante, estremecedora... y que a mí me ha gustado pero bueno, vamos, bien. "Recomendable".

Del color de la leche cuenta una historia que podría ser el argumento de una novela de Dickens: una muchacha de quince años, Mary, que vive en una granja con una familia pobre de solemnidad y sufre los maltratos de su padre y la indiferencia de su madre, es llamada a servir en la casa del párroco local; allí conocerá otro mundo de cultura y refinación que, en el fondo, oculta la misma degradación y sordidez que el establo de las vacas con su olor a mierda y a leche. Algo así como la versión desmitificada de Downton Abbey.

Sin duda lo mejor de esta novela es su narradora, Mary, y el punto de vista que le confiere a la novela: es un texto escrito (supuestamente) por una muchacha hasta hace poco analfabeta, con incapacidad para los afectos porque nunca los ha recibido (salvo de su abuelo, la única persona con la que mantiene una relación afectiva verdadera) y que nunca ha salido del estrecho margen de su granja y sus campos. Esta perspectiva de la narradora se transmite al lector a través de diversos rasgos gráficos (por ejemplo, la ausencia de mayúsculas) y estilísticos (las repeticiones constantes, las frases breves, el vocabulario concreto y reducido), y a través de una visión del mundo ácida y desesperanzada.

Esta es, desde luego, la mayor originalidad y el mayor logro de la novela; porque el resto (la familia pobre maltratadora, la familia rica que esconde miserias morales casi peores, la suciedad, las palizas, el ambiente de degradación y la falta de esperanzas de redención, la hemos visto ya en la picaresca y en la novela realista, en Dickens, Galdós, Zola o incluso Delibes. Y me pregunto si la creación de un personaje principal memorable y cierta originalidad en la forma es suficiente para salvar una novela.

También de Nell Leyshon en ULAD: El show de Gary

jueves, 20 de agosto de 2009

Michel Houellebecq: Las partículas elementales

Idioma original: francés
Título original: Les particules élémentaires
Año de publicación: 1998
Valoración: Está bien

Michel Houllebecq es un autor periférico en la literatura francesa en sentido geográfico, profesional y estilístico, que sin embargo ha logrado abrirse paso hasta el centro del canon mediante una escritura sólida, un estilo conciso pero impactante y una buena dosis de polémica que rodea su figura.

Las particulas elementales de que habla el título son Michel y Bruno, dos hermanos de la misma madre pero de distintos padres cuyas vidas han corrido paralelas, mezcladas por una misma insatisfacción vital y sexual, aunque por caminos bien distintos. Michel es un científico exitoso, felizmente casado, casto y cordial. Bruno es un profesor de literatura libidinoso, resentido y traumatizado.

Pero, aparte de los propios protagonitas, cuya personalidad bastaría para hacer interesante la novela, lo que la hace destacar, y por lo que su autor se ha convertido en un referente, es por la frialdad científica con la que se nos presentan los hechos. Las frases, breves y directas, se enlazan unas con otras con naturalidad. El narrador, tan aséptico que parece transparente, no da pie a ningún dramatismo o sentimentalismo.

En definitiva, Las Particulas Elementales podría ser entendida como un experimento, bajo condiciones controladas, que pretende responder a una pregunta: ¿realmente la liberación sexual iniciada en Mayo del 68 ha tenido consecuencias positivas? ¿No nos ha llevado al individualismo más extremo, a romper todo lazo con otras personas, y por tanto a la infelicidad? Y Houllebecq, salvando todas las distancias, vendría a ser una especie de Zola conservador del siglo XXI.

Todas las reseñas sobre Houellebecq en ULAD: Aquí

lunes, 8 de febrero de 2010

Emilia Pardo Bazán: Los pazos de Ulloa y La madre naturaleza

Idioma original: español
Año de publicación: 1886-7
Valoración: Muy recomendable / Imprescindible

Siguiendo con mi serie de reseñas de "novelones decimonónicos españoles", ahora le toca el turno a esta novela en dos partes, o díptico de novelas (los críticos no se ponen de acuerdo) de doña Emilia Pardo Bazán, una escritora que, quizás injustamente, no tiene el mismo reconocimiento que sus contemporáneos masculinos (Galdós, Clarín, Valera, Pereda). Y sin embargo, después de leerme estas dos novelas y otro par de ellas que había en la biblioteca -que me han gustado menos, por cierto-, creo que merece estar en ese primer escalón.

En Los Pazos de Ulloa se nos presenta el ambiente decadente, enmohecido y brutal de la Galicia rural de finales del siglo pasado, personificada en el marqués de Ulloa, una especie de Príncipe Fabrizio hedonista y autoritario -aunque sin nada de la astucia política y humana del personaje de Lampedusa-, y en un coro de personajes secundarios, encabezados por Primitivo (significativo nombre), padre de Sabel y abuelo de Perucho. A este contexto llega el delicado y "hamletiano" sacerdote don Julián, quien por un lado se siente horrorizado por lo que ve, pero por otro es incapaz (por ignorancia o cobardía) de hacer nada para cambiarlo. La madre naturaleza se centra en la siguiente generación de la misma familia, para mostrar cómo los pecados de los padres condenan a los hijos o, por usar la terminología naturalista, cómo el medio y la herencia genética condicionan la existencia de las personas.

No es arbitrario hablar de naturalismo al referirnos a esta novela: la Pardo Bazán fue la introductora de las teorías de Zola en España (a través de sus novelas pero también en el ensayo La cuestión palpitante), aunque tomando de ellas más bien la parte formal que la parte filosófica (materialismo, positivismo, darwinismo) asociada al naturalismo francés. Y es precisamente en estas dos novelas donde más claramente se plasma esta influencia.

Por cierto que, aunque Los Pazos de Ulloa es la más conocida de las dos, a mí me ha gustado más La madre naturaleza, con una trama más clara y más sencilla, sin demasiado suspense pero sí bastante tensión psicológica.

También de Emilia Pardo Bazán en ULAD: Siete cuentos de misterio, El saludo de las brujas, Cuentos fantásticos, La gota de sangre, Insolación

lunes, 11 de octubre de 2021

Stephen Crane: Maggie: una chica de la calle


Idioma original: inglés

Título original: Maggie, A girl of the streets</i>

Año de publicación: 1898

Traducción: Carme Font

Valoración: recomendable


Reconozco desconocerlo todo sobre la figura de Stephen Crane hasta saber que Paul Auster le ha dedicado las mil páginas de su última obra. Que podrían parecer excesivas aunque por el momento no me planteo leer el libro de Auster, dado que Stephen Crane falleció a los 28 años, justo seis después de publicar esta que reseñamos, su primera novela. 

Queda por ver si el autor hubiera seguido con su estilo naturalista a lo Emile Zola o se hubiera acabado alineando en el gótico sureño, que por edad le podría haber cuadrado perfectamente, aunque la ubicación de esta novela (el Bowery, barrio extremo del Nueva York de la época) resultara algo ajena a las llanuras y los humedales de Steinbeck, Faulkner o Caldwell. 

Maggie: una chica de la calle cuenta con un título que casi podría decirse que es lo más descriptivo y directo de la novela. Me explico: es una novela publicada en Estados Unidos en el siglo XIX y ahí la moralidad y la obscenidad eran poderosos condicionantes. No vamos a discutir si incide en ello más el puritanismo imperante o la hipocresía de una gran nación emergente en la que las diferencias de clase empezaban a surgir de forma cruel y descarnada. Pero Crane, por convicción o por contención, no es demasiado dado a la descripción de los detalles en lo concerniente a las personas. Pudiera interpretarse si no es una cuestión de establecer una moral implícita. Sí que lo es en lo que al entorno se refiere. Las calles y los rincones, la miseria imperante, la precariedad y desestructura de los núcleos familiares. Maggie es la hermana de Johnnie, un niño que se pasa el día en la calle incordiando a otros niños o siendo incordiado. La violencia pende en el aire, como el alcoholismo, como la falta de recursos. La madre ha sido abandonada con sus hijos y usa el alcohol como vía de escape, pero bajo sus efectos su crueldad se eleva y todo su rencor se vierte en sus hijos. Maggie es un estorbo para ella, pero a la vez es una adolescente que ha empezado a desarrollarse y es pasto de las miradas de los hombres. Es solo cuestión de tiempo que en ese entorno de precariedad y desarraigo su único destino posible sean las adicciones, la indigencia o la prostitución. Y Crane es hábil en conducir el relato hacia esa convicción, pero también esquivo en concretar los detalles. Insisto que es posible que sea un resorte de prudencia ante una sociedad como la de la época. Pero esas elipsis pudieron no ser siempre fácilmente descifrables. Quizás, pero habría que profundizar más en su obra posterior, en eso se basa su valor literario. En mostrar bien claramente qué ocultan sus silencios y sus omisiones. Unas décadas más tarde, escritores como Joseph Mitchell, en la gloriosa El secreto de Joe Gould, en situaciones de otro aspecto de aridez, o incluso Truman Capote, situaron sus obras en ese entorno de miseria. Crane seguramente fue un pionero, y habrá que ver si su escasa obra muestra indicios de superar esas precauciones. Esta breve novela, en cualquier caso y con las pequeñas condiciones anotadas, merece una lectura.

domingo, 20 de febrero de 2022

Julian Barnes: El hombre de la bata roja

Idioma original: inglés

Título original: The Man on the Red Coat

Año de publicación: 2019

Traducción: Jaime Zulaika

Valoración: recomendable

Conocida es la francofilia del británico Julian Barnes y también que en más de uno de sus libros se ha dedicado a explorar la idiosincrasia de su propio país y sus relaciones con sus vecino del otro lado de Canal. Vuelve a hacerlo en este libro, en cierto modo, a partir de una anécdota histórica: el viaje a Inglaterra que llevaron a cabo en 1885 tres franceses de renombre en la bonne société de la época, con el objeto de adquirir en Londres telas, trajes y otros objetos de buen gusto... Los susodichos caballeros eran el príncipe de Polignac, el conde de Montesquiou-Fézenac y el doctor Samuel Pozzi, quien resulta ser el "hombre de la bata roja" que da título e ilustra la cubierta del libro, pues fue retratado de esta guisa por el pintor norteamericano John Singer Sargent.

La anécdota del viaje, en todo caso, no es sino una excusa para departir acerca de estos tres personajes y, sobre todo, de la sociedad en la que les tocó en suerte vivir: la Belle Époque, como en Francia se conoce a los años de paz transcurridos entre la guerra franco-prusiana de 1870 y la I Guerra Mundial. Una época de apogeo colonialista y lucha de clases, pero también de esplendor de las artes y avance científico. Barnes hace un seguimiento de los tres personajes a lo largo de esos años; un poco menos, empero, al príncipe de Polignac, compositor musical, además de aristócrata (arruinado) que acabó casándose en un mariage blanc, pero muy bien avenido, con la heredera de las máquinas de coser Singer. Los otros dos personajes le resultan más interesantes: el conde de Montesquiou, poeta y, sobre todo, dandy -de hecho, se le puede considerar como epítome del dandismo, fenómeno o tendencia alrededor de la que también gira, en buena medida, este libro- y que acabó consagrado para la posteridad y, sobre todo, en su época, como el poco disimulado inspirador de varios  personajes de ficción: Des Essaintes, protagonista de A contrapelo, de Huysmans; el de Monsieur de Phocas, de Jean Lorrain, el barón de Charlus, de En busca del tiempo perdido de Proust, el pavo (sic) de la obra Chantecler, de Edmond de Rostand -amén del protagonista de sus propias memorias, Les pas effacés, claro-... Más interesante y, sobre todo, simpático, le resulta a Barnes el tercer viajero y, hasta cierto punto, protagonista de este libro, el doctor Samuel Pozzi, prestigioso médico innovador en la ginecología y la cirugía abdominal, coleccionista de arte, hombre de gran éxito social y aún más entre el género femenino -empezando por la famosa actriz Sara Bernhard, que fue su amante y luego amiga durante toda su vida-, ateo de origen hugonote, darwinista, prodreyfusiano, padre y esposo ejempl... bueno, con algunos problemillas familiares. 

Siguiendo a este atractivo personaje, aunque también a los otros dos, ya digo, Barnes va recorriendo diversos temas que afectaban a la sociedad francesa y occidental de aquella Belle Époque: desde el dandismo, el decadentismo o los estetas a los frecuentes duelos que se producían en aquellos tiempos, la homosexualidad y la relación entre Francia e Inglaterra (cómo no); de los avances científicos en el campo de la medicina -cirugía, higienismo, transplantes- o las ideas de Darwin, a la pervivencia del arte, la relación entre retratista y retratado o, en el caso de la literatura, entre los personajes y las personas que los inspiran y su posteridad...

La lista de otras personalidades de las que se habla en el libro y que configuran, entre todas, una amplia panorámica de la época resulta bastante extensa: a los ya citados, hay que añadir otros escritores como son o fueron Henry James, Maupassant, Mallarmé, Oscar Wilde -muy presente en todo el libro, como no podía ser de otra forma-, Baudelaire, Barbey d'Aurevilly, Flaubert, Edmond de Goncourt, Félix Fénéon, Colette, Ford Madox Ford, Conan Doyle, Zola, Léon Daudet (hijo de Alphonse), Léon Bloy; pintores como el ya citado Sargent, Gustave Moreau, Degas, Boldini o Whistler; personalidades de otros ámbitos como los médicos Alexis Carrel o Tourette (sí, el del famoso síndrome), el historiador Maurice Delafosse, etc. Lo más divertido es que los retratos de muchos de estos personajes aparecen en el libro... en la colección de fotografías que venían con las chocolatinas de la confitería Félix Potin, de París, en una especie de parnaso de la época, convenientemente endulzado y chocolateado para los siglos venideros. Quizá sea una forma muy adecuada de recordarlos, qué narices,,, ; )


Otros títulos de Julian Barnes reseñados en Un Libro Al Día: 
aquí

jueves, 20 de mayo de 2021

Honoré de Balzac: Papá Goriot

Idioma original: francés

Título original: Le père Goriot

Traducción: Joaquín de Zuazagoitia

Año de publicación: 1835

Valoración: Está bien


Hace mucho tiempo que leí Eugenia Grandet, y en su momento me dejó una estupenda sensación (no me pregunten porque no me acuerdo de nada, la mala memoria lectora es uno de los motivos por los que empecé a escribir reseñas, pero en esa época todavía no lo hacía. Perdón, sigo), hasta el punto de que lo conseguí en francés con idea de releerlo. Pero se me han quitado un poco las ganas tras leer Papá Goriot, a pesar de que sea uno de los títulos más reconocidos de este autor, cuyo nombre se cita de carrerilla junto con Stendhal, Flaubert y Zola si hablamos de la novela realista francesa (Yo creo que Balzac está algún peldaño por debajo de los otros, pero esa es otra historia).

Hecho el introito, pasemos a la novela. Si a veces decimos que una característica de los clásicos es que sus personajes resultan inolvidables, este es sin duda un caso claro: Goriot es un antiguo fabricante de fideos, o algo así, que en su momento debió manejar una fortuna bastante decente, y que ahora vive en la cutrísima pensión de Mme. Vauquer. La razón de ese contraste provoca habladurías sobre los posibles vicios que han hecho descender a Goriot hasta el fondo del escalafón social. Naturalmente, el cuadro lo completan los demás habitantes de la pensión, todos gentes a quien la suerte parece haber dado la espalda: la señorita Taillefer, desheredada en vida por su malvado padre; el misterioso Vautrin, de quien poco se sabe aparte de su vitalidad y carácter sarcástico; o el estudiante Eugène de Rastignac, un joven de provincias ansioso por abrirse paso en la alta sociedad parisiense.

Personajes en general bien dibujados, junto con eficaces descripciones que rápidamente ubican al lector en ese ambiente polvoriento de fracasados actuales o futuros. Por cierto, que el propio Balzac, aficionado a inversiones un poco locas, parece ser que vivió un proceso bastante semejante al de Goriot, y no es difícil que hubiera conocido alojamientos parecidos al que se presenta en la novela. El caso es que Rastignac se decide a maniobrar para dar el salto a los salones y la buena vida para lo que, además de un buen contacto, utiliza el trampolín de las conquistas femeninas de forma que recuerda un poco al Julien Sorel de Rojo y negro, escrita solo cinco años antes.

El nudo de la historia, aunque con un fuerte matiz folletinesco, se sitúa justamente en ese proceso de ascensión social protagonizado (o al menos pretendido) por el joven, algo que se puede resumir en las dos o tres páginas del devastador monólogo del huésped Vautrin, quien explica cómo funciona la buena sociedad parisina: la ambición sobre todo, el genial triunfador (trepa) que despierta por igual envidia, odio y admiración, cero escrúpulos, el placer y la posición social por encima de cualquier otra cosa. Es así como se triunfa en París, como se alcanza la posición envidiable, las mujeres más deseadas, el lujo, así es como la vida sonríe y se vive plenamente.

En definitiva tenemos el enfrentamiento entre el bien y el mal, el buen corazón de las gentes sencillas frente al mundo despiadado de la ostentación, la hipocresía y el desprecio a los sentimientos. El nudo se enreda en torno a Goriot y Rastignac, uno aferrado a sus pasiones familiares, el otro dubitativo ante lo que le atrae y todavía no conoce, y debatiéndose ante lo que parecen sus propias convicciones íntimas.

Esos personajes, como decía antes, se hacen difícilmente olvidables pero reciben tal vez demasiadas vueltas de tuerca. De forma que, al menos para este lector, la bonhomía de Goriot termina por transformarse en un dibujo grotesco, empalagoso y hasta con algún rasgo de cosas muy feas que seguro que Balzac nunca llegó a intuir, pero que sobrevuela en algunos momentos hasta producir una cierta grima. Goriot es lo que llamaríamos un perdedor, un tipo lloriqueante incapaz de entender (sólo al final lo hace) el inmenso error que le ha conducido a la perdición, ese error que cualquier lector detecta pronto y que por eso le hace, digo yo, más acreedor de crítica que de compasión.

En ese combate entre buenos y malos hasta Rastignac, con su ingenuo y bien retratado ímpetu juvenil, acaba perdiendo el atractivo de la volubilidad y adquiriendo cierto aire de pastelón, aunque hay que reconocer que se redime, en un giro sorprendente, justo al final del libro, apenas en un par de líneas.

Desde el punto de vista narrativo, al libro le pesan bastante esas largas parrafadas tan propias de la época, un estilo que a veces llega a exasperar un poco en especial en los diálogos, y que frena la acción de una forma que puede cargar bastante al lector poco paciente o demasiado acostumbrado a ritmos más vigorosos. 

Así que conviene leerlo con una cierta perspectiva, siendo conscientes de que lo que tenemos entre manos responde a parámetros bastante diferentes a los que rigen en nuestro tiempo. De esta forma se pueden seguramente apreciar mejor sus virtudes, que las tiene, aunque siendo sincero creo que Balzac en general, y probablemente el Goriot en concreto, han podido envejecer peor que varios de sus contemporáneos.

P.S. Como dato anecdótico diré que el traductor de mi edición del libro, Joaquín de Zuazagoitia, fue un alcalde de Bilbao de quien tenía algunas referencias por cuestiones que, claro está, nada tenían que ver con la literatura. Y bueno, al margen de la traducción, que en general parece correcta aunque con algunos puntos oscuros, resulta gratificante apreciar cómo algunos políticos son (o eran) capaces de demostrar aptitudes para actividades muy diferentes de aquellas por las que son conocidos.

viernes, 3 de diciembre de 2021

Tochoweek V #5 Stephen King: Billy Summers

Idioma original: inglés
Título original: Billy Summers
Año de publicación: 2021
Traducción: Carlos Milla Soler
Valoración: recomendable (si no esperas una historia de terror)

Vale, ya sé lo que estaréis pensando: que mientras mis compañeros/eras del blog se dejaban las pestañas leyendo tochacos de mil páginas de autores que parecen haberlos escrito con el palo de la escoba metido por el de lo más sesudo y selecto del panorama literario, yo me lo he estado pasando chupete con un best-seller del Rey de los mismos y de Maine. Ante esa sospecha, sólo puede decir dos cosas. SÍ, eso he hecho; tenéis toda la razón. Y, en segundo lugar, señalar que reseñar cualquier libro del Rey no es sólo un placer, sino UN SERVICIO PÚBLICO. Más aún si se trata de su más reciente novela (que siempre puede ser la última, que el hombre tiene ya una edad, por el amor de Dios). Además, cualquier año de éstos los de la Academia Sueca entran en razón y le dan el Nobel, y ya veréis lo que vais a poder presumir de conocer al dedillo su obra, gracias a Un Libro Al Día (el auténtico, rechace imitaciones).

Dicho esto, y a pesar de que estamos hablando del escritor vivo, y posiblemente la persona sobre la faz de la Tierra, más guay que existe, lo cortés no quita lo valiente y la obligación de cualquier reseñista de ULAD es dar su sincera opinión sobre los libros hayamos sido o no sobornados por la editorial que los publica. En este caso, hay que dejar claro desde el principio que ésta no es una de las novelas de corte fantástico o de terror de Stephen King; pertenece, más bien a su vertiente "realista", si se puede considerar tal un noir -de aquella manera- sobre un asesino a sueldo que debe esperar a su víctima en un pequeña ciudad del Sur de EEUU; como no saben cuando deberá llevar a cabo el "trabajo", la excusa que se les ocurre a sus contratantes para justificar la estancia en la ciudad de Billy Summers -el killer- es que se trata de un escritor que necesita un lugar tranquilo para acabar su libro... Y aquí está la gracia de la historia, porque Billy, aunque por precaución intenta parecer más tonto de lo que es, en realidad resulta ser un avezado lector y toma esta coartada como una oportunidad para dar el salto a la escritura, comenzando a redactar su propia y dura autobiografía novelada.

Así pues, nos encontramos con dos novelas en una o, mejor dicho, una novela (incluso más) dentro de otra: por un lado , una novela negra, más Elmore Leonard que James Ellroy (quizás un poco Don Winslow, si se quiere), que en parte recuerda a la hipnótica minuciosidad de Chacal, pero que luego remite a una historia de venganza(s). O también de redención del protagonista, a partir de cierto acontecimiento inesperado... Por lo que respecta, a la "novela dentro de la novela", nos ofrece una historia de crecimiento de un chico de la "basura blanca" y también un relato bélico, en este caso de la guerra de Irak en 2004. Además, y aunque sea a través del protagonista-autor del mismo, King nos regala alguna que otra reflexión de lo más interesante sobre el acto de escribir, algunas perlas se diría que sacadas de su Mientras escribo.

Huelga decir que en esta novela encontramos la agilidad y el dominio narrativo que el Rey ha demostrado ya en multitud de ocasiones, así como la verosimilitud en los detalles que caracteriza a sus historias: los personajes compran en el Wal-Mart, comen en cadenas de hamburguesería y duermen en moteles baratos. Además, se incluyen referencias a películas bien conocidas, series de Netflix y libros -incluso, como suele hacer a veces King, a alguno de los suyos-; por no hablar de las referencias a la etapa trumpista en la que se desarrolla la acción. Aunque es cierto que la situación en sí no resulta demasiado realista , pero tampoco nos vamos a poner melindrosos a estas alturas con el autor de It, El misterio de Salem's Lot o La niebla... Tampoco resulta del todo verosímil el protagonista de la novela: aparte de ser un trasunto de otros "héroes tranquilos" habituales en las novelas de King, resulta ser un tío culto, empático y de lo más majete con niños y mayores que, sobre todo a partir de cierto momento, más que un encallecido asesino asueldo y veterano de guerra 8de una guerra de invasión, no lo olvidemos), se diría un caballero de brillante armadura, aun convenientemente camuflado para desenvolverse con naturalidad en la América Profunda...

Da igual, porque tampoco es que uno busque realismo a ultranza en las novelas de King, ni que fuera Zola, caramba...;) Incluso en una como ésta, en la que el punto sobrenatural -que lo hay- está reducido a una mínima expresión, no es eso lo que sus lectores pedimos; lo que buscamos es una lectura que nos atrape, nos arrebate y no nos suelte hasta que hayamos acabado de conocer lasa aventuras y desventuras de sus personajes, tan de carne y hueso, por otra parte... Y con ese Billy Summers el Rey lo consigue, una vez más.


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