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domingo, 10 de enero de 2016

Félix Fénéon: Novelas en tres líneas

Idioma original: francés
Título original: Nouvelles en trois lignes
Año de publicación: 1906, en el diario Le Matin. 1948, como libro.
Traducción: Lluís Maria Todó
Valoración: muy recomendable

Empezaré la reseña por lo más obvio: ni microrrelatos, ni "poetweets", ni haikai 3.0, ni gambas fritas... ninguna modernez que se le ocurra al último hipster literario de turno resulta original: todo eso ya lo hacía, más de un siglo atrás -110 años, para ser exacto- el señor Félix Fénéon, ilustre y ubicuo animador de los ambientes pictóricos y literarios franceses de finales del siglo XIX, crítico de arte, descubridor de nuevos talentos, editor de revistas de vanguardia, funcionario ejemplar en el Ministerio de Guerra, anarquista furibundo, acusado incluso -aunque absuelto- de un atentado con bomba contra un restaurante frecuentado por senadores de la República. Periodista y galerista después de perder su puesto en el ministerio; durante el año 1906 se encargará de la columna de hechos diversos del periódico liberal Le Matin, donde plasmará, a partir de los sucesos por lo general luctuosos, acaecidos por todo el territorio francés y aun en las colonias, sus excepcionales Novelas en tres líneas, a razón de veinte diarias.

De todos modos, ¿realmente podemos hablar de "novelas", en este caso? Es obvio que se juega con el doble significado en francés del término nouvelles : en principio, significa noticias, novedades, pero también relatos cortos (más que "novelas" propiamente dichas). Por otra parte, a estas alturas del siglo XXI, ya con todo el XX toreado, sabemos bien que no es necesario que una novela respete la disposición clásica de planteamiento-nudo-desenlace (más epílogo, si se tercia), para ser considerada como tal. Lo que no significa que algunos relatos no respeten a la perfección ese esquema básico:

El señor O. Calestroupat conoció en la Cámara de los Diputados a una señora poco esquiva. Velada galante seguida de triste despertar: le habían birlado once mil doscientos cincuenta francos.

En otras muchas ocasiones, sin embargo, Fénéon sigue tácticas más astutas; por ejemplo, inicia la noticia/relato, con algún elemento más desconcertante, ya sea por desusado o banal, para acabar rematando la faena con lo que debería, en puridad, suponer la idea central de la noticia:

Apenas acababa de aspirar su rapé cuando A. Chevrel estornudó y cayendo del carro de heno que le traía de Pervechéres, expiró.

Por no hablar de cuando la evidente sorna obliga a repensar la historia que se acaba de leer, por breve que sea:

Como las dedicaba a aporrear el  piano, la policía de Brest juzgó no electorales las sesiones del bardo Artigues, candidato. Infracción.

El mundo que retrata Fénéon en sus nouvelles no resulta, sin embargo, demasiado amable, o no siempre; todo lo contrario... Debido a la materia prima periodística de la que se nutren, nos ofrecen una visión ominosa de la sociedad francesa de aquel 1906, plagada de homicidios, accidentes, suicidios, riñas, robos, atentados, huelgas, disturbios, epidemias y desastres naturales. Una realidad violenta, brutal a veces, que no encaja, quizá con la imagen plácida que a menudo nos hacemos del pasado.

Una loca de Puéchabon (Hérault), la señora Bautiol, despertó a sus suegros a mazazos.

Unos bebedores  en Houilles, se estaban pasando de mano en mano una pistola que creían descargada. Lagrange apretó el gatillo. No volvió a levantarse.

Ávidos de indulgencia, unos ladrones han desvalijado una tienda de objetos de piedad y peregrinación  de  Clichy-sous-Bois.

También, por suerte, hay lugar para las fiestas populares, los eventos destacados, los homenajes a figuras prominentes, siquiera a nivel local; momentos de respiro que nos parecen ahora de una ingenuidad que probablemente no era tal...

Delante de quince mil ciudadanos de Nîmes, seis toros destriparion a siete modestas yeguas y fueron estoqueados por Conejito y Bombita Chico.

El reglamento del alcalde de Angers sobre procesiones prohíbe en la calle los estandartes sindicales, los cantos no litúrgicos y los bastones.

La ironía, la retranca incluso, están presentes en todo momento, hasta en aquellas nouvelles que dan cuenta de hechos más trágicos; muy especialmente en las que glosan el asueto y otros actos edificantes para la sociedad bienpensante de la época:

Pánico entre las amazonas. El tiovivo de cerdos Legrand, en la plaza de las fiestas de Clichy, ha ardido a las seis de la tarde. Destrozos: dieciocho mil francos.

A igual modestia, distinta paga: la Reina de la virtud de Les-Granges-le-Roi, doscientos cincuenta francos; la de Magny-en-Vexin, trescientos; quinientos para la de Argenteuil.

Mil novecientos concursantes de "La Caña de Niort" estaban pescando ayer en el río Sèvre, y mil quinientos curiosos animaban a los peces a que picasen.

En última instancia, lo que más destaca de estas pequeñas  joyas escritas por Fénéon no es su originalidad, su habilidad técnica o su audacia narrativa -que iba a más según pasaban los días y los meses, y se ve que que aumentaba su soltura y confianza-, sino la humanidad de que hace gala. Quizás un tanto socarrona, ya digo, pero que no deja de ser compasiva incluso con los autores de las mayores atrocidades -no digamos ya con sus víctimas-, perfectamente sabedor de que en cualquier momento cualquiera de sus contemporáneos, cualquier conocido suyo o cualquier probo ciudadano que pasara por la calle podría convertirse en protagonista de alguna de estas nouvelles. Empezando por el mismo, claro. O por nosotros, si a eso vamos...

Demasiado jóvenes y ya madres, las señoritas Meuzaret, vecina de Saint-Barthélémy (Sena y Marne) y Garnier, vecina de Chassagne (Saona y Loira) han matado a sus respectivos hijos.

No me resisto, no sin antes recomendar encarecidamente este libro a todo el mundo -a quién no lo haya leído, para que lo haga; y a quien lo haya hecho, para que lo relea y vuelva a disfrutar de todas sus pequeñas maravillas-, a copiar una más de estas "novelas en tres líneas", que sin duda hará las delicias de más de uno de nuestros lectores. Nada nuevo bajo el sol, como se suele decir...

En Le Boulou (Pirineos Orientales) unos suboficiales españoles han insultado a un turista francés culpable de este grafiti: ¡Viva Cataluña!

También hay, claro está, muchas noticias de cargos políticos corruptos, pero ya no voy a poner ninguna: ¡son demasiadas y no tengo sitio para todas!

domingo, 20 de febrero de 2022

Julian Barnes: El hombre de la bata roja

Idioma original: inglés

Título original: The Man on the Red Coat

Año de publicación: 2019

Traducción: Jaime Zulaika

Valoración: recomendable

Conocida es la francofilia del británico Julian Barnes y también que en más de uno de sus libros se ha dedicado a explorar la idiosincrasia de su propio país y sus relaciones con sus vecino del otro lado de Canal. Vuelve a hacerlo en este libro, en cierto modo, a partir de una anécdota histórica: el viaje a Inglaterra que llevaron a cabo en 1885 tres franceses de renombre en la bonne société de la época, con el objeto de adquirir en Londres telas, trajes y otros objetos de buen gusto... Los susodichos caballeros eran el príncipe de Polignac, el conde de Montesquiou-Fézenac y el doctor Samuel Pozzi, quien resulta ser el "hombre de la bata roja" que da título e ilustra la cubierta del libro, pues fue retratado de esta guisa por el pintor norteamericano John Singer Sargent.

La anécdota del viaje, en todo caso, no es sino una excusa para departir acerca de estos tres personajes y, sobre todo, de la sociedad en la que les tocó en suerte vivir: la Belle Époque, como en Francia se conoce a los años de paz transcurridos entre la guerra franco-prusiana de 1870 y la I Guerra Mundial. Una época de apogeo colonialista y lucha de clases, pero también de esplendor de las artes y avance científico. Barnes hace un seguimiento de los tres personajes a lo largo de esos años; un poco menos, empero, al príncipe de Polignac, compositor musical, además de aristócrata (arruinado) que acabó casándose en un mariage blanc, pero muy bien avenido, con la heredera de las máquinas de coser Singer. Los otros dos personajes le resultan más interesantes: el conde de Montesquiou, poeta y, sobre todo, dandy -de hecho, se le puede considerar como epítome del dandismo, fenómeno o tendencia alrededor de la que también gira, en buena medida, este libro- y que acabó consagrado para la posteridad y, sobre todo, en su época, como el poco disimulado inspirador de varios  personajes de ficción: Des Essaintes, protagonista de A contrapelo, de Huysmans; el de Monsieur de Phocas, de Jean Lorrain, el barón de Charlus, de En busca del tiempo perdido de Proust, el pavo (sic) de la obra Chantecler, de Edmond de Rostand -amén del protagonista de sus propias memorias, Les pas effacés, claro-... Más interesante y, sobre todo, simpático, le resulta a Barnes el tercer viajero y, hasta cierto punto, protagonista de este libro, el doctor Samuel Pozzi, prestigioso médico innovador en la ginecología y la cirugía abdominal, coleccionista de arte, hombre de gran éxito social y aún más entre el género femenino -empezando por la famosa actriz Sara Bernhard, que fue su amante y luego amiga durante toda su vida-, ateo de origen hugonote, darwinista, prodreyfusiano, padre y esposo ejempl... bueno, con algunos problemillas familiares. 

Siguiendo a este atractivo personaje, aunque también a los otros dos, ya digo, Barnes va recorriendo diversos temas que afectaban a la sociedad francesa y occidental de aquella Belle Époque: desde el dandismo, el decadentismo o los estetas a los frecuentes duelos que se producían en aquellos tiempos, la homosexualidad y la relación entre Francia e Inglaterra (cómo no); de los avances científicos en el campo de la medicina -cirugía, higienismo, transplantes- o las ideas de Darwin, a la pervivencia del arte, la relación entre retratista y retratado o, en el caso de la literatura, entre los personajes y las personas que los inspiran y su posteridad...

La lista de otras personalidades de las que se habla en el libro y que configuran, entre todas, una amplia panorámica de la época resulta bastante extensa: a los ya citados, hay que añadir otros escritores como son o fueron Henry James, Maupassant, Mallarmé, Oscar Wilde -muy presente en todo el libro, como no podía ser de otra forma-, Baudelaire, Barbey d'Aurevilly, Flaubert, Edmond de Goncourt, Félix Fénéon, Colette, Ford Madox Ford, Conan Doyle, Zola, Léon Daudet (hijo de Alphonse), Léon Bloy; pintores como el ya citado Sargent, Gustave Moreau, Degas, Boldini o Whistler; personalidades de otros ámbitos como los médicos Alexis Carrel o Tourette (sí, el del famoso síndrome), el historiador Maurice Delafosse, etc. Lo más divertido es que los retratos de muchos de estos personajes aparecen en el libro... en la colección de fotografías que venían con las chocolatinas de la confitería Félix Potin, de París, en una especie de parnaso de la época, convenientemente endulzado y chocolateado para los siglos venideros. Quizá sea una forma muy adecuada de recordarlos, qué narices,,, ; )


Otros títulos de Julian Barnes reseñados en Un Libro Al Día: 
aquí