sábado, 3 de octubre de 2009

Breve historia del libro (y II)

A menudo se nos olvida hasta qué punto los métodos o soportes que utilizamos para almacenar y transmitir información condicionan el desarrollo de la cultura, y cómo un cambio brusco en los primeros puede suponer una revolución en todos los ámbitos. Una de estas grandes revoluciones -que no han sido muchas a lo largo de la historia de la humanidad- se debió al ingenio y la audacia empresarial de un hombre, Johannes Gutenberg, que pese a ello acabó perdiendo el control de su invento y en la ruina.

Esta historia, como tantas otras, comienza con una apuesta arriesgada. Basándose en las técnicas xilográficas conocidas en Europa y en China desde varios siglos antes, Gutenberg desarrolló un sistema de impresión de "tipos móviles" (una pequeña pieza de hierro, no de madera, para cada letra, de manera que pudieran reutilizarse muchas veces para componer infinidad de textos), y después de probar su invento en diversos textos menores -poemas, documentos eclesiásticos...- se propuso producir 150 Biblias en menos tiempo de lo que el mejor copista tardaría en producir una sola. El resultado fueron las 180 Biblias conocidas como "Biblias de 42 líneas" o "Biblias de Gutenberg" publicadas en 1455, de diseño y perfección admirables, de las que solo se conservan actualmente 21 ejemplares completos (uno de ellos en España, en la Biblioteca Provincial de Burgos). Lamentablemente para Gutenberg, antes de que terminase su producción, su socio Johann Fust le reclamó el préstamo inicial y lo acusó de malversación de fondos (o el equivalente de la época), y terminó quedándose con el floreciente negocio de la imprenta en Mainz, Alemania -aunque parece ser que Gutenberg logró reubicarse en otras ciudades, y antes de morir vio reconocida su paternidad en el invento de los tipos móviles.

El invento de la imprenta complementó además la introducción de un nuevo soporte: el papel. Aunque el papel ya se conocía en China y en Europa desde varios siglos antes, no se generalizó en Europa hasta el siglo XIV, y fue sin duda tras la invención de la imprenta cuando comenzó a sobrepasar al pergamino como soporte fundamental de la cultura (de las 180 Biblias de Gutenberg, 135 se imprimieron en papel, y 45 en pergamino). Gracias a este material tan accesible y a la imprenta de tipos móviles, la producción de libros alcanzó en poco tiempo cotas y ritmos impensables en la Antigüedad o la Edad media, lo que trajo consigo cambios radicales en los procesos de transmisión de la cultura. Así, las 95 tesis de Lutero se difundieron como la pólvora por Alemania gracias a la imprenta, acelerando el inicio de la Reforma protestante. Otro ejemplo sería la Ilustración, cuyo labor de educación del gran público quedó simbolizada en una vasta empresa editorial: L'Encyclopédie.

En el primer tercio del siglo XIX se aplicó el vapor a las imprentas y a los molinos de papel, lo que abarató notablemente el precio de los libros y permitió aumentar las tiradas. Por otra parte, las conquistas sociales en el campo educativo extendieron la alfabetización a capas de población cada vez más amplias, generando un público lector masivo. Fue entonces cuando el libro abandonó su condición de objeto suntuario reservado a unos pocos: nacieron los best sellers. Éstos se llamaban entonces folletines y al principio se conformaban con ocupar una franja baja de algunos periódicos con sus historias de amor, suspense e infortunio. Pronto los periódicos empezaron a vender suplementos literarios, en forma de pequeños cuadernos que conforman novelas por entregas. El género causó auténtico furor y las mejores figuras literarias se dedicaron a él: Alejandro Dumas, Victor Hugo, Robert Louis Stevenson o Charles Dickens, entre otros. Los folletines de éste último enganchaban al público de tal manera que, al parecer, el público de Nueva York esperaba la llegada de las entregas directamente en el puerto.

Esta fue quizá el último cambio cualitativo relevante en la historia del libro. Desde entonces, el proceso de impresión ha seguido haciéndose más barato y más rápido, pero poco ha cambiado en el libro mismo en cuanto objeto. El cambio que empieza a vislumbrarse tiene que ver con la adaptación del texto a la era digital. Pero eso incumbe al futuro (o los futuros) del libro, y lo dejamos para otra entrada.