Mostrando las entradas para la consulta Ishiguro ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas para la consulta Ishiguro ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas

domingo, 8 de marzo de 2015

Kazuo Ishiguro: Nocturnos

Idioma original: Inglés
Título original: Nocturnes
Año de publicación: 2009
Traducción: Antonio Prometeo Moya
Valoración: recomendable

¡No os vayáis! ¡No os vayáis! El escritor japonés que cuenta historias relacionadas con hombres en bares donde se escucha jazz de noche no es el que pensáis. ¡No! ¡Si este escribe en inglés y todo, si se afincó en Inglaterra siendo un niño! ¡Puedo demostrarlo! Además, Ishiguro no venderá demasiado. Eso sería una garantía para que la gente le tomase manía, algo injustamente. Vender a espuertas, qué crimen, pobre Haruki, y cómo les gustaría a otros. Pero la elegancia de Ishiguro, una elegancia narrativa muy jazzística, no es de las que trae ventas a centenares de miles. No. Una elegancia que peca, quizás, de un exceso de contención.
Las cinco historias contenidas en Nocturnos, bastante adecuadamente subtitulado Cinco historias de música y noche son historias con estructuras bastante homogéneas. Algunos de los protagonistas transitan por lugares de paso, lugares que no son los habituales de sus existencias (hoteles, casas de amigos, una clínica estética), todos tienen relación con la música (son aficionados, o instrumentistas: chelo, saxo, guitarra...) y se produce, casi siempre, una especie de relación triangular, donde los vértices están descompensados.
Nocturno, el cuento, narra la historia de atracción circunstancial entre una estrella del papel couché en su tercera operación estética y un saxofonista que ha sido convencido por su ex-mujer de que una nueva cara será lo que le permita ser reconocido por su talento. Come rain or come shine narra la vil estratagema de un antiguo compañero de estudios que invita a un compañero de escaso éxito en la vida para que su mujer aprecie cómo gana en las comparaciones. Casi todos estos triángulos amorosos/sentimentales/musicales son isósceles, para ser más concreto: una pareja en la que irrumpe un tercero, pero esa irrupción no es una irrupción clandestina, llena de pasión y voluptuosidad: es como una especie de recurso alternativo a ciertas situaciones en las que se impone la apatía o la inminencia de un conflicto. Pero Ishiguro siempre detiene la historia en el momento preciso, antes de que los ropajes caigan sobre el suelo. Olvídense los que exploren estas historias en busca de sexo salvaje o desafios carnales. Los Nocturnos de Ishiguro son más amables que los dramas latentes en los cuentos de Richard Ford en De mujeres y hombres, otra colección de relatos de temática algo parecida. En los Nocturnos de Ishiguro la contención es clave tanto para sugerir al lector no sólo cuál será el siguiente paso que darán los protagonistas (casarse, separarse, encamarse) sino para que nosotros, lectores, nos planteemos la misma duda. Francamente agradable y sencillo en su lectura, sin complicarse la vida en lo estilístico ni en su desarrollo, Ishiguro me parece, a merced de lo leído aquí, como el autor idóneo para entretener esperas en lugares concurridos como, claro, aeropuertos. Su comedida sofisticación, su amabilidad y su calidez, son idóneas en ese contexto.
Otra cosa es que haya brutos por el mundo a los que nos gusta algo más de visceralidad.

Otras obras de Kazuo Ishiguro en ULAD: Nunca me abandonesUn artista del mundo flotanteLos restos del díaEl gigante enterrado

domingo, 12 de febrero de 2017

Reseña a cuatro manos: El gigante enterrado, de Kazuo Ishiguro

Idioma original: Inglés
Título original: The buried giant
Traducción: Mauricio Bach
Año de publicación: 2015
Valoración: decepcionante

Hay que reconocer que Kazuo Ishiguro es un escritor valiente. Y es que tras haber escrito libros maravillosos, como Los restos del día o Nunca me abandones, podría haber caído en la autocomplacencia y en la casi irresistible tentación de escribir una y otra vez el mismo libro. Pero no. Además de torturar a su seguidores (e imagino que también a sus editores) con diez años de espera, resulta que les sorprende con una novela que no tiene absolutamente nada que ver con las anteriores.

Porque El gigante enterrado es, a primera vista, una novela de "aventuras" ambientada en la Edad Media, con sus caballeros artúricos, guerreros, dragones, venganzas, traiciones, etc (Tranquilos, Ishiguro no se ha convertido en un trasunto de George R. R. Martin o de Tolkien...). Digo a primera vista porque la novela es, o al menos lo pretende, una metáfora sobre la memoria o el olvido en el más amplio sentido de la palabra: memoria individual, memoria colectiva, memoria histórica... incluso sería una metáfora política (al menos, en España), si se le quiere dar esa lectura.

Una niebla de olvido ha cubierto el territorio en el que se desarrolla la novela, esa niebla ha contribuido decisivamente a que se haya extendido una paz casi total, a nivel individual y colectivo, pero la semilla de la venganza está plantada, solo resta que el terreno sea fértil para su crecimiento. Y así surgen las dudas y los personajes se preguntan cuestiones como:
Pero también me pregunto si lo que sentimos hoy en nuestros corazones no es semejante a esas gotas de lluvia que siguen cayendo sobre nosotros desde las hojas empapadas que tenemos encima, pese a que en el cielo ya hace rato que ha dejado de llover. Me pregunto si, sin nuestros recuerdos, lo único que le espera a nuestro amor es apagarse y morir
¿Quién sabe qué sucederá cuando hombres con facilidad de palabra relacionen antiguos agravios con un nuevo deseo de tierras y conquista?
El problema que, en nuestra opinión, tiene la novela es que el fondo está por encima de la forma (Ojo que Ishiguro  sigue escribiendo tan bien como lo hacía hace 20 años, al menos en lo que se refiere al dominio del párrafo y a la exquisitez de su prosa). Si decimos que el fondo está por encima de la forma es porque el planteamiento puede ser muy bueno (de hecho, nos parece que lo es), pero el vehículo utilizado para llevarlo a cabo no nos parece ni el más idóneo ni el mejor desarrollado. Si en otro momento imitar el estilo pulcro y hasta relamido de la prosa victoriana resultó una idea excelente, en esta novela, la pretendida sencillez de los romans medievales o incluso los cuentos tradicionales no parece acabar de casar con una novela que se va complicando, pero en ocasiones de forma algo gratuita. 

De hecho, la historia resulta un tanto "tramposa", con varias vueltas de tuerca que la alargan innecesariamente, con algunas lagunas (y no la Estigia precisamente) que le restan credibilidad, con personajes que no aportan gran cosa, situaciones rocambolescas... por momentos incluso se diría que el autor ha echado mano, para crear la trama, de uno de aquellos entrañables libros de Elige tu propia aventura. Por ejemplo (y perdón si esto es un spoiler):

-Os están atacando cientos de duendes que salen del río. ¿Qué harás?

A- Luchar con ellos para salvar a una anciana que no conoces de nada (vete a la página 62)
B- Pelear para ayudar a tu adorada esposa (vete a la página 70)
C- Salir por pies y no volver la vista atrás (vete a la última página. Has ganado)

Lo mismo si te encuentras a un perro del Infierno, a unos ogros caníbales o a los soldados de un malvado Lord (y no, esto tampoco es Shrek)...

Y en éstas, Ishiguro se demora 400 páginas; ya sabemos que Ishiguro es lento, moroso y con tendencia al detalle (lo cual en otros libros ya mencionados es parte de su encanto), en una historia que, en el fondo, no deja de ser un cuento largo. Aunque eso no justifica el trote cochinero que le inflige a la narración durante buena parte de la misma, en especial en su primer tercio, ni los diálogos reiterativos, los momentos en que la acción parece enredarse en bucle sobre sí misma..Por lo menos, esta manera de narrar, pausada y un tanto errática, cuando no provoca el sopor del incauto lector le va como anillo al dedo a alguno de los mejores hallazgos de la novela, que es la aparición, de vez en cuando, de momentos de una singularidad onírica interesante, como si se tratase de la inesperada plasmación de los miedos y recuerdos de los protagonistas.... o los arquetipos del célebre "inconsciente colectivo". Pero vaya, que tampoco es que estemos leyendo el guión de una película de Bergman... más bien, en la mayoría de los casos, vamos deambulando por el reino de Ooo junto con Finn y Jake. Sólo faltan el Rey Hielo y la princesa Chicle.

Se puede hablar también, claro (se debería de hablar), del ciclo artúrico, de Steinbeck, de los mitos griegos y de muchas otras referencias que sin duda están presentes en El gigante enterrado. Pero al final de la lectura da lo mismo porque lo que queda es una sensación amarga, sobre todo sabiendo cómo puede llegar a escribir Ishiguro. Y es que este  El gigante enterrado se queda a medio camino entre un divertimento, un pastiche y el simple mareo de perdiz y lo que en otro escritor podría ser un libro aceptable resulta, en este caso, francamente decepcionante.

Fdo.: Juan G.B. y Koldo CF

También de Kazuo Ishiguro en ULAD: Un artista del mundo flotanteNunca me abandonesLos restos del díaNocturnos

jueves, 29 de julio de 2010

Kazuo Ishiguro: Un artista del mundo flotante

Idioma original: inglés
Título original: An Artist of the Floating World
Año de publicación: 1986
Valoración: Muy recomendable

Hace ya más de un año, en la entrada que Sonia escribió sobre Nunca me abandones, la última novela de Ishiguro, dejé un comentario de lo más agresivo diciendo que la novela no me había gustado nada (algo en lo que me ratifico) y que Ishiguro me parecía "un escritor sobrevalorado". Empiezo a plantearme que aquel comentario quizás fue una demostración de que "la ignorancia es atrevida", porque lo hice después de haber leído solo dos novelas del escritor anglo-japonés (Los inconsolables y Nunca me abandones), y en cambio sin haber leído ninguna de sus primeras obras, ni la más conocida de todas ellas, Lo que queda del día. Ahora acabo de terminarme Un artista del mundo flotante y me parece que, definitivamente, Ishiguro se merece otra oportunidad.

Lo cierto es que Un artista... es distinta a las otras dos: es una novela, por así decirlo, mucho más japonesa, y no solo porque se sitúe en el Japón inmediatamente anterior y posterior a la Segunda Guerra Mundial, sino también por la forma en la que está escrita: sencilla, delicada, llena de matices, que recuerda, salvando algunas distancias, a maestros de la narrativa japonesa como Mishima o Kawabata (aunque sin sus descripciones casi pictóricas de paisajes).

También sé que ha influido para que me guste la novela, el que hable de varios temas que me resultan especialmente atractivos: el papel del artista (pintor, en este caso) en la sociedad; la relación entre arte y política, la memoria y el olvido como acto voluntario y muchas veces tramposo, o la influencia del pasado sobre el presente. El personaje principal, un anciano pintor japonés que en su momento se implicó en la campaña de violento nacionalismo prebélico, y que ve cómo las nuevas generaciones toman el poder del país e introducen nuevos valores y nuevos modos de vida, se plantea todas estas cuestiones, y se ve en la obligación de renegar de su propio pasado y a todo aquello en lo que una vez creyó. Lo mejor, para mi gusto, son los diálogos, superficialmente siempre corteses, como dicta la norma japonesa, pero llenos de tensiones, agresiones veladas y luchas de poder.

Después de esto, definitivamente voy a buscar Lo que queda del día a ver qué tal...

Otras obras de Kazuo Ishiguro en ULAD: Nunca me abandonesNocturnosLos restos del díaEl gigante enterrado

lunes, 1 de junio de 2009

Kazuo Ishiguro: Nunca me abandones

Idioma original: inglés
Título original: Never let me go
Fecha de publicación: 2005
Valoración: muy recomendable

Inglaterra de 1990. Kath, la protagonista que narra la historia en primera persona, te sitúa en Hailsham, un internado británico de los que tenemos una clara imagen en la memoria por haberlos visto retratados o bien en otras novelas, o en películas: edificio antiguo, jardines y árboles, profesorado amable y chicos y chicas dedicados a sus tareas cotidianas: partidos de fútbol, intercambios de objetos, círculo de amigos íntimos, despreocupados por lo que ocurre fuera de los muros del colegio.

Kath te cuenta, desde la perspectiva obtenida a sus 32 años, las experiencias que vivió durante su estancia en Hailsham. Y todo parece normal...más o menos. A lo largo de sus páginas, ves que hay cosas que no encajan con lo que se supone debe ocurrir en un colegio de este tipo: los alumnos no tienen padres, son todos estériles y se les repite una y otra vez que son especiales. No muy tarde deduces que todos esos alumnos son clones.

Después de esta revelación podrías pensar que estás leyendo una novela de ciencia ficción, pero esto no termina de convencerte. No hay términos científicos, ni se te explica cómo es el proceso de clonación, o quién lo dirige, o porqué; el entorno es actual y el realismo contemporáneo que rodea la trama no te permiten pensar en una novela de ciencia ficción al uso. Esto es otra cosa. Y por eso te asustas. Realmente, podría estar ocurriendo no muy lejos de dónde estás leyendo esas páginas.

Y Kath te traslada a una realidad muy íntima, revelándote todos aquellos detalles que le han conducido adonde se encuentra en el momento de la narración, pues después de Hailsham, los tres personajes centrales de la novela se trasladan a las Cottages, otro lugar destinado al mismo fin pero para clones ya más adultos. Es aquí donde transcurre prácticamente la segunda parte de la novela. Las dudas que asaltan a Kath, Ruth y Tommy acerca de las donaciones que se aproximan y lo que les sucederá tras ellas.

Con una prosa elegante y un lenguaje intimista, este autor británico de origen japonés, que cuenta con muy buenas críticas, hace que conozcas lo que sienten, lo que experimentan y lo que deciden hacer. Pero todo esto de tal manera que lo ves como inevitable, como si en verdad estuviese ocurriendo. Y te extraña que no quieran rebelarse, luchar por sus vidas, alejarse de allí, pues pueden moverse libremente por el país, quizá hacer algo que conmueva a la nación y los libere. Pero no, no lo hacen. No es ese tipo de novela.

Conmovedora hasta el extremo, te hallas inmerso en las experiencias vitales más importantes, contadas de primera mano por quien las ha vivido y que te muestra un mundo completo al que no le falta, ni le sobra, ningún detalle. Tienes que leerla.

Y, por cierto, si eres amante del cine, este año comienza el rodaje de su pelicula.

Otras obras de Kazuo Ishiguro en ULAD: Un artista del mundo flotanteNocturnosLos restos del díaEl gigante enterrado

lunes, 27 de abril de 2015

Kazuo Ishiguro: Los restos del día

Idioma original: inglés
Título original: The Remains of the Day
Año de publicación: 1989
Traductor: Ángel Luis Fernández Francés
Valoración: Muy recomendable


Una reciente reseña de otro libro de este mismo autor (en Un Libro Al Día... ¿dónde si no?), Nocturnos, me decidió a emprender la lectura que tenía pendiente desde hace algún tiempo de esta Los restos del día, la novela más conocida hasta ahora -creo- de Kazuo Ishiguro (sobre todo por haber sido llevada al cine hace años con los afamados Anthony Hopkins y Emmma Thompson como protagonistas). Y lo cierto es que me arrepiento de no haberlo hecho mucho antes.

Porque el caso es que ésta es una novela no ya notable, sino por momentos excelente y preciosa, que muestra un gran oficio literario y una sensibilidad encomiable hacia los personajes que la protagonizan. Y eso que no me parece que fuera sencillo cumplir tal propósito... cuando menos, el argumento no resulta, en principio, el más adecuado para un fácil lucimiento: la novela se estructura a partir de unas pocas jornadas del viaje que, en verano de 1956, realiza el mayordomo de la mansión Darlington Hall, en Oxfordshire, hasta Cornualles para visitar a una antigua ama de llaves. Cada día el señor Stevens, este mayordomo, nos va contándolas incidencias del trayecto y también sus opiniones sobre diversos asuntos -ante todo y sobre todo, acerca del oficio al que ha dedicado su vida-, ilustrándolas con los  recuerdos de lo que ha sido su actividad en esa mansión. Cuyo amo en otro tiempo, además, Lord Darlington, no era cualquier noble ociosos, sino un caballero bien relacionado con las altas esferas de la política y que había intentado, ya a partir del Tratado de Versalles, que juzgaba ignominioso, un acercamiento e incluso, más adelante una posible alianza, con Alemania... llegando a entrevistarse en varias ocasiones con el embajador nazi, Ribbentrop o con el líder fascista británico, Oswald Mosley (exacto, el que luego fuera cuñado de Nancy Mitford, como sabrá quien conozca a esta autora).

Stevens no evita éstos u otros temas "delicados" -como cierto arrebato antisemita de su señor-, pero nos los cuenta y explica su propia participación en tales asuntos amparándose el su profesionalidad y lealtad como sirviente -lo que él llama su "dignidad"-, que utiliza para establecer una barrera con toda realidad ajena a su labor de mayordomo, una coraza que porta como el samurai que sirve a un señor feudal para así poder seguir el "camino del guerrero" (sé que habrá a quien le parezca oportunista tal comparación, dado el origen nipón del autor de la novela, pero, justo por eso, no creo que sea casual la elección de este protagonista, un personaje de una "britanidad" tan típica, al tiempo que tan cuidadoso con los detalles y tan proclive a la contención de sus sentimientos como se le supone a la cultura japonesa).

Es  la misma barrera que interpone ante otros aspectos más íntimos de su vida, como son sus relaciones familiares y sentimentales; las que tiene con su padre, mayordomo como él, y con Miss Kenton, el ama de llaves a quien se dirige a visitar a Cornualles. Digamos -y perdón si esto supone un spoiler-, que las reacciones de Stevens en ambos casos no son precisamente de una espontaneidad latina... Aún así, hay que señalar que, a pesar de que su aproximación a los posibles errores cometidos en su vida sea de manera indirecta y se escude en esa supuesta dignidad profesional de la que ya he hablado para excusarlos, al menos este mayordomo hace una introspección crítica sobre su propio pasado que no sé si es demasiado frecuente, fuera de la literatura.

Al final, una novela no ya totalmente recomendable, sino -y quizá esta valoración resulte demasiado polémica para dejarla para la última frase de la reseña- a la que tan sólo su propia perfección me hace me hace dejarla un paso por detrás de la categoría de imprescindible.



Del mismo autor en Un Libro al Día: Nunca me abandonesUn artista del mundo flotanteNocturnosEl gigante enterrado

lunes, 18 de marzo de 2013

Santiago Roncagliolo: Tan cerca de la vida

Idioma original: español
Año de publicación: 2010
Valoración: recomendable

La ciencia ficción (porque, sí, estamos ante una novela de ciencia ficción) tiene ciertos sub-géneros (o sub-subgéneros) a los que los autores vuelven una y otra vez, intentando buscar aristas nuevas a temas ya tratados, aunque respetando los códigos establecidos por las obras precedentes. El subgénero de robots, por ejemplo, al que Isaac Asimov sacó tanto jugo; o el de los viajes en el tiempo; o, como es el caso, el de los "replicantes": seres casi humanos pero no del todo humanos, producidos industrialmente pero capaces de confundirse con las personas. Parece ser que este tema tiene especial atractivo para los escritores "serios", porque es también el tema de Lágrimas en la lluvia de Rosa Montero, y en cierto modo de Nunca me abandones de Kazuo Ishiguro.

En Tan cerca de la vida, efectivamente, conocemos a Max, un analista de logística que acude a Tokyo (hasta la portada del libro recuerda a Lost in Translation) para una convención de la Corporación Géminis, dedicada a desarrollar androides de apariencia cada vez más orgánica y dotarlos de Inteligencia Artificial. El objetivo, obvio pero utópico, es lograr crear seres humanos artificiales que pasen por seres humanos y que cumplan sus funciones mejor que los seres humanos. Por ahora, todo lo que han conseguido son robots asistentes incapaces de mantener una mínima conversación, un niño que canta y un loro que, este sí, reproduce perfectamente las características de un loro "real".

Max se siente desorientado, se siente solo y diferente, no habla la lengua, no conoce a nadie y no comparte intereses ni afinidades con el resto de los invitados a la convención. Solo dos personas se interesan por él: el director de la corporación, Marius Kreutz, que demuestra tener grandes esperanzas depositadas en Max; y Mai, una misteriosa y silenciosa camarera del hotel en que se alojan, por la que Max sentirá una inmediata (y correspondida) atracción.

Cuando se escribe en un subgénero definido con una serie de patrones que hay que respetar (por ejemplo, si uno escribe una novela de vampiros) se establece necesariamente una tensión entre el mantenimiento de los elementos canónicos del género, y la innovación a partir de estos mismos elementos. Tan cerca de la vida parte, efectivamente, de la ya larga tradición de obras sobre Inteligencia Artificial y humanos artificiales, aunque no queda tan claro que logre aportar algo definitivamente innovador al género.

Es evidente que el tema del replicante, como el del "cyborg" (mezcla de humano y máquina) se presta a interrogaciones sobre el límite de lo humano o de la identidad individual; pero Roncagliolo no avanza demasiado por ese terreno. Prefiere, en cambio, construir un thriller de tonos oscuros y leves incursiones en el género de terror; como tal thriller está bien construido, aunque deje algunos cabos abiertos, y desde luego la lectura no resulta en absoluto pesada. Lo que me pregunto es si se puede decir algo nuevo sobre los "replicantes" que no se haya dicho ya; si las preguntas sobre la humanidad de los androides y los límites de la Inteligencia Artificial no se han convertido ya en un tópico al que resulta difícil sacarle punta nuevamente. Roncagliolo y Rosa Montero piensan que sí...


También de Santiago Roncagliolo en ULAD: El amante uruguayoLa pena máximaAbril rojoY líbranos del mal

domingo, 21 de julio de 2024

Aki Shimazaki: Suzuran

Idioma original: francés

Título original: Suzuran

Traducción: Robert Joan-Cantavella

Año de publicación: 2019

Valoración: está bien

“Los Temerarios” es una banda mexicana de música grupera y de baladas románticas, de esas con la que los borrachos se ponen a tomar cuando la fiesta ya está en las últimas. Es uno de los grupos musicales más reconocidos de México… hace 30 años. En México ya nadie los escucha, pero su agenda está llena de conciertos en Estados Unidos. ¿Por qué? La respuesta es sencilla para quienes conocen la situación migratoria de México: esos mexicanos que cruzaron la frontera ilegalmente y no pueden regresar a su país, siguen viviendo en el México que dejaron atrás.

Aki Shimazaki nació en Japón, pero lleva viviendo en Canadá desde hace más de 40 años. Me sorprende que la mayoría de sus novelas estén escritas en francés, su segundo idioma (con lo difícil que es escribir en el propio idioma). A diferencia de Ishiguro, que para algunos está demasiado “occidentalizado”, las novelas de Shimazaki hablan de Japón. Basta ver los títulos para darse cuenta de que Shimazaki extraña su tierra. Pero, como aquellos mexicanos que escuchan a “Los Temerarios” con nostalgia, Shimazaki vive en un Japón que ya no existe.

Suzuran es la historia de dos hermanas. La mayor, ambiciosa, hedonista, calculadora. La menor, la protagonista de la historia, sensible, empática, muy unida a su familia. Esta última, Anzu lleva una vida indolente, alejada de las pasiones. Dedica su vida a criar a su hijo, y a su vocación desde niña, la alfarería. Pareciera que el proceso de moldear y cocer la arcilla le permite dar forma sus ideas, a sus sentimientos, a sus frustraciones. Cada pieza lleva un nombre. Su jarrón favorito, Suzuran, será una especie de fetiche, que le servirá a Anzu de anclaje para evitar ser arrastrada por el desbordante pasado con su hermana.

A pesar de haber pasado décadas fuera de Japón, Shimazaki conserva una conexión profunda con su tierra natal, evidente su sensibilidad para captar las sutilezas del comportamiento humano. A través de sus personajes y su narración llena de metáforas, Shimazaki nos presenta temas como la identidad, la familia y el paso del tiempo. Esta habilidad para mantener viva su herencia cultural, mientras se expresa en un idioma adoptado, es testimonio de su maestría literaria. Sin embargo, y retomando mi introducción. Ese país al que Shimazaki hace referencia, es un mundo alterado y embellecido artificialmente por su nostalgia. La forma de vida y las tradiciones de dicho mundo parecen propias de una ensoñación, en el que los personajes parecen movidos por fuerzas externas, llamémosle fatalidad si se quiere, aunque por momentos parecen estar a la deriva. Tengo que aceptar, no obstante, que la mezcla de esa nostalgia idealizada y la realidad cruda es lo que hace que sus obras sean, si no auténticas, tan conmovedoras.

Rant: ¿Por qué las editoriales se empecinan en hacernos tragar las novelas japonesas como algo exótico, evitando traducir ciertas palabras? El ofuro es una bañera, el kamataki es el horno donde se coce la cerámica, yakimono no es otra cosa que cerámica, y la lista sigue. A mi parecer, solo hace que se pierda el foco del texto y acabe siendo otra “novela japonesa”.



jueves, 13 de junio de 2013

Margaret Atwood: Oryx y Crake

Idioma original: inglés
Título original: Oryx and Crake
Año de publicación: 2003
Valoración: Recomendable

Ya hemos hablado aquí alguna vez del creciente interés que la ciencia ficción (o ficción especulativa, por usar un término más amplio) está despertando en autores consagrados en otros géneros: Nunca me abandones de Kazuo Ishiguro, La carretera de Cormac McCarthy, en España Lágrimas en la lluvia de Rosa Montero... Y también Margaret Atwood, que se integra en el subgénero post-apocalíptico con esta novela, Oryx y Crake, y sus secuelas (una publicada y otra en camino).

El inicio de la novela sitúa al lector en un escenario reconocible: un personaje conocido como "Hombre de las Nieves" recorre un mundo en ruinas, sucio, solitario y hambriento. Algo ha sucedido (todavía no sabemos qué) que ha provocado la práctica desaparición de la especie humana, sustituida por una nueva especie conocida como crakers, y ha reducido la civilización a ruinas y a polvo. Además, pronto descubrimos que en este mundo habitan criaturas híbridas, como los cerdones, los mofaches o los loberros (mis enhorabuenas al traductor, Juanjo Estrella, por su adaptación de estos y muchos otros neologismos que aparecen en la novela).

Luego, a través de flashbacks, asistimos a la vida del Hombre de las Nieves (nombre real: Jimmy) desde la adolescencia hasta la edad adulta, y su relación con su genial amigo Crake (nombre real: Glenn). Así, el lector se esfuerza por intentar adivinar cómo se ha podido pasar desde A -el mundo, ya decadente, en que vive y trabaja el joven Jimmy- a B -el mundo postapocalíptico en que vive Hombre de las Nieves. La respuesta solo se conocerá en los últimos capítulos, en que Hombre de las Nieves vuelve al lugar en el que se inició todo: el laboratorio conocido como Paraíso en un complejo científico-empresarial de bioingeniería. El nombre de Paraíso no es casual: muchos elementos en esta novela, como en Mecanoscrito del segundo origen de Pedrolo, tienen una clara filiación bíblica.

Margaret Atwood parece partir de un principio semejante al de John Brunner en El rebaño ciego (aunque Atwood es menos gráfica en sus descripciones): el desarrollismo científico, si no se equilibra con ecologismo y humanismo, nos va a llevar al desastre. De hecho, la sociedad que presenta Atwood inmediatamente antes de la catástrofe se caracteriza por la segregación social (los ricos en complejos protegidos, los pobres en "plebillas", suburbios inmundos y contaminados),  el cambio climático (que ha sumergido una parte importante de la costa Este de EE.UU.) y el control de grandes empresas químicas, farmacéuticas o biogenéticas dedicadas a la manipulación genética de plantas, animales e incluso humanos.

El peligro que le veo a esto es que se meta todo en un mismo saco (en una misma caja de Pandora): la investigación genética, el desarrollo de nuevos fármacos, internet (que en la novela es vehículo de pornografía infantil y violencia extrema), la globalización, el cultivo de órganos humanos en animales para transplantes, la creación de pollos sin plumas ni cabeza para que sean más fáciles de procesar, la contaminación, la hipertecnificación de la sociedad... En fin, que la prudencia y la necesaria vigilancia a los avances técnicos, sobre todo cuando están supeditados a los intereses empresariales, parece transformarse a veces en un cierto ludismo o conservadurismo generalizado. Así, el espíritu crítico de Atwood, su sátira de la sociedad contemporánea, se impone en este sentido a la creación de personajes profundos o simpáticos; sorprende en especial la parquedad y superficialidad de los personajes femeninos, Oryx incluida.

Pero al margen de estas consideraciones, Oryx y Crake es una buena novela dentro de su sub-género, con elementos de aventura, romance y thriller, aunque sin la densidad ni la capacidad sugestiva de La carretera, en mi opinión. Una lectura más entretenida que rompedora, aunque desde luego muy efectiva.

También de Margaret Atwood: Érase una vezEl asesino ciegoDoña OráculoPor último, el corazónNada se acabaLa semilla de la brujaAlias GraceUn día es un díaLos testamentosEl cuento de la criada, Posturas políticas

sábado, 11 de junio de 2011

Knut Hamsun: Victoria

Idioma original: noruego
Título original: Victoria
Año de publicación: 1898
Valoración: Está bien

Más que la novela, me apetece hablar del autor. Porque la novela, sinceramente, me ha decepcionado: después de escuchar tantas cosas sobre Hamsun, sobre todo de su novela Hambre; de leer que se le considera un precursor de Kafka o que forma parte de la renovación total de la narrativa después del realismo; o de verlo aparecer, reeditado, en casi todas las librerías de Portugal, me encuentro aquí con una novela extremadamente sencilla, una historia de amor apasionado, imposible e inmortal entre dos jóvenes de distintas clases sociales: el molinero Johannes y la bella doncella Victoria, en un bucólico y salvaje ambiente noruego. Todo bastante (post)romántico, la verdad. Solo destacaría ciertos rasgos poéticos del estilo, determinadas escenas bien logradas y algunas meditaciones extemporáneas sobre el amor.

Ahora, mirad la vida del autor, a ver si no os parece más atractiva y novelesca: autor de prestigio en Noruega desde la publicación de su primera novela, Hamsun recibió el Premio Nobel en 1920 (tenía 60 años) y parecía destinado a convertirse en un clásico mundial indiscutible. Pero entonces todo se torció: Hamsun, germanófilo y antibritánico convencido, apoyó al partido Nazi y a Hitler en su expansión por Europa, incluso cuando las atrocidades de su régimen eran ya evidentes. Llegó a enviar su medalla del Premio Nobel a Goebbels como prueba de su admiración, y a reunirse con Hitler para (dicen) pedirle que liberase a los noruegos -a todos los noruegos, judíos incluidos, pero solo a los noruegos- de los campos de concentración.

Luego, pasó lo que todos sabemos: la derrota del Eje, los juicios de Nuremberg, la constatación de los horrores cometidos. Y Hamsun, que negó a pesar de todo haber militado en ningún partido político, fue detenido, multado con una cantidad astronómica, declarado mentalmente incapaz e internado en un psiquiátrico, escarnecido y demonizado. Sus obras fueron quemadas públicamente, igual (ah, ironías) que las obras de autores judíos y "decadentes" habían sido quemadas por los nazis décadas antes. En sus últimos años, Hamsun, ciego y mísero, aún tuvo tiempo de escribir una última gran novela, Por las sendas donde la hierba crece, muy crítica con el sistema psiquiátrico y judicial de su país.

No me digáis que esta vida no es más intersante que una historia de amor entre un molinero y una noblecita. No es de extrañar que se hayan escrito libros y filmado películas sobre ella. Porque esta vida, como la de Céline, nos enfrenta a preguntas complejas y fascinantes: el modo en el que el genio no siempre va unido a la humanidad ni a la compasión; el complicado encaje de estos personajes en la mitología nacional actual (¿sería tolerable una "Plaza Hamsun", en honor a sus valores literarios, olvidando sus iniquidades ideológicas?); su valor simbólico como "chivo expiatorio" en un país que busca borrar su propio pasado, algo en lo que recuerda al protagonista de Un artista del mundo flotante de Kazuo Ishiguro... ¿No os parece que todo esto es mucho más humano y literario que lo otro, que una almibarada novela romántica?

Sé que hoy no he cumplido con mi función como crítico: quien haya leído esta reseña no tiene gran idea de sobre qué va Victoria o si es una buena novela o no, y por qué. Pero a quién le importa: hoy es sábado, esto no lo está leyendo nadie...

Otras obras de Knut Hamsun reseñadas en Un Libro al DíaHambrePanLa bendición de la tierraEl círculo se ha cerradoMisteriosPor senderos que la maleza oculta

miércoles, 6 de marzo de 2019

Ian McEwan: Los perros negros

Idioma original: inglés
Título original: Black Dogs
Traducción: Maribel De Juan
Año de publicación: 1992
Valoración: Recomendable, por lo menos

No le tenía yo muy bien ubicado a Ian McEwan dentro de aquella generación Granta, ya se sabe, esos autores ingleses  que surgen en las últimas décadas del siglo pasado y prolongan sus éxitos hasta culminar en el Nobel de Ishiguro. Mejor dicho, me gusta Rushdie, me divierte Kureishi y me interesan a veces Amis, Swift o Barnes, pero no termino de pillarles el punto, no hay algo que me entusiasme como para dejarme una marca ‘de grupo’, la impresión definitiva de que ahí hay algo realmente grande y potente. Así que lo intento esta vez con McEwan, y una obra en principio no excesivamente conocida ni prestigiosa.

El joven Jeremy nos explica para empezar una singularidad de su infancia: habiendo quedado huérfano a los ocho años, tiene el comprensible –aunque entiendo que no muy frecuente- impulso de establecer lazos especiales con los padres de sus amigos. Aprovechando la ausencia de sus colegas, charla con sus progenitores, se comporta como un adulto y recobra con ellos los lazos filiales que seguramente echaba de menos. Al cabo de los años, Jeremy, ya casado y con hijos, no ha perdido su vieja inclinación, e inaugura una estrecha relación con sus suegros, una pareja que vive separada desde su mismo viaje de bodas. Los perros negros viene a ser una colección de apuntes sobre el peculiar matrimonio, que su yerno proyecta convertir en una especie de biografía.

El narrador va dejando sus impresiones a partir de las largas conversaciones y horas compartidas con los ya muy maduritos June y Bernard Tremaine. June vive en una residencia, aquejada de una enfermedad degenerativa, y su marido (del que nunca llegó a separarse legalmente) mantiene un alto grado de actividad político-intelectual. Cuando se conocieron, ambos pertenecían al Partido Comunista, y parte de la narración se dedica a indagar sobre las causas de sus respectivos desenganches de la ortodoxia. Su perspectiva política fue siempre muy diferente: ella, idealista, con la mirada siempre puesta en los principios, en los grandes objetivos finales; él, pragmático y estratega, concibe la política como pensamiento científico, alejado de las masas.

Pero la divergencia en torno a una ideología común encierra algo más profundo, una diferente posición ante la vida, la espiritualidad que florece en ella y desconcierta a Bernard, el apego de éste a lo empírico e inmediato, que June no entiende ni asume. Una incompatibilidad definitiva, radical, a la que la vieja enferma no dejó de dar vueltas durante el resto de su vida, y a la que Bernard se plegó sin demasiado problema. Ninguno de los dos dejó de amar al otro, pero ese muro persistió para siempre a pesar, como a veces ocurre, de haberse levantado en el momento más inesperado, producto de un extraño y desagradable incidente que el lector sabe que ha ocurrido, pero desconoce en qué consiste hasta cerca del final.

Sin mucha atención a lo cronológico, Jeremy va contando sus encuentros con los dos ancianos, escarbando en sus memorias, y por ahí vamos viendo pequeñas grietas, sospechando que algo se rompió, intentando juntar las piezas para tener un dibujo coherente sin conseguirlo del todo. Y es cuando el narrador vuelve a la casa familiar cuando brota finalmente la antigua verdad, como si estuviera anclada a la tierra donde ocurrió. Se ve que McEwan dosifica la información y la coloca donde quiere, y el recurso está bien manejado y es eficaz, porque entretanto va añadiendo elementos que enriquecen la historia, como las experiencias propias de Jeremy, o la sombra proyectada por la realidad histórica, desde las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial hasta la caída del Muro de Berlín. Y lo que sabemos que es el estallido central del relato se mantiene oculto y sólo podemos ver sus efectos.

Hay también otros síntomas de buena literatura: personajes interesantes, con la complejidad poco llamativa pero real de cualquier individuo corriente; un hilo de ironía muy fina, tenue, no necesariamente ‘inglesa’, que recorre todo el relato; una distancia media entre el narrador y sus protagonistas, que pone en valor sus relaciones y da autenticidad a la historia. Pero la destreza del autor se manifiesta sobre todo al abordar escenas concretas: hay dos o tres situaciones de enorme tensión, muy duras, que se resuelven con maestría, sin perder el ritmo ni el pulso de la narración, lo que habla muy bien de la capacidad de un escritor para tener su relato siempre calibrado y bajo control.

A cambio, a la novela le falta quizá una estructura más sólida. De las confesiones y andanzas de June y Bernard sólo nos interesan cosas parciales, quizá lo que cuentan no dé para las páginas que ocupa, el relato parece tomar caminos diferentes que luego quedan más bien en poca cosa. De esta forma queda un texto algo gaseoso, sin que sepamos bien qué es exactamente lo que McEwan quiere contar. Esa endeblez del conjunto da lugar a que el interés del lector quede a ratos diluido, y sólo esas escenas potentes pero aisladas nos permiten recuperarlo de tanto en tanto. Vale que podríamos pensar en la huella de toda una vida (dos, en este caso), con su correspondiente carga de encuentros y desencuentros, de vacíos y llanuras emotivas, pero en todo caso la sensación que queda es la de un relato que podría tener bastante más peso, algo que parece escrito sin un plan determinado, sin un objetivo, aunque, eso sí, brilla la mano del escritor para narrar hechos concretos. Una historia un pelín deshilachada pero, con todo, recomendable.


Un montón de reseñas de McEwan: aquí

lunes, 19 de diciembre de 2016

ULAD: Lo mejor del 2016

Francesc Bon:
  • Libro del año: Pues para mí el libro del año ha sido Breve historia de siete asesinatos de Marlon James. No sé decir exactamente el motivo, pero al final me recuerdo acarreándolo, con su presencia imponente y su lomo amarillo, siguiendo andanzas de rastafaris y es una sensación demasiado imborrable. Quizás sea un libro cautivo de su componente visual, pero desde cuándo va a ser malo que una novela contemporánea te recuerde a una nueva temporada de The Wire. Con dos muy dignos contendientes: Manual para mujeres de la limpieza de Lucia Berlin y Satin Island de Tom McCarthy, cuya importancia aún no soy capaz de calibrar.
  • Sorpresón postrero: el festín de Xavi Ayén en La vuelta al mundo en 80 autores.
  • Porquerías: En un año globalmente positivo: el incomprensible apoyo a algo tan vacuo como Érase una vez el fin, de Pablo Rivero, o la esperada constatación del timo de La chica del tren 
  • Caerá en 2017: Cualquier Saer que se ponga en medio.
  • No tocar ni con un palo: Zanón, Pérez Andújar, y todos aquellos que quieren apropiarse de la literatura de barrio. Por mediocres y por cansinos.
  • Los comentarios me han hecho salivar para el 2017: Vollmann y, dicen, el Ray Pollock que viene.

Juan G. B.:

Carlos Andia:
  • Volumen imponente del añoEl capital en el siglo XXI, de Thomas Piketty -algunas claves que deberíamos conocer.
  • La relectura del añoCoronación, de José Donoso -buenas sensaciones después de muchos años
  • Libro de Historia del añoContinente salvaje, de Keith Lowe -una etapa muy especial de la Historia de Europa
  • Una joya a la que tenía muchas ganasLocus Solus, de Raymond Roussel -atrévase usted.
  • Clásico rescatadoReivindicación del conde don Julián, de Juan Goytisolo -imprescindible con mayúsculas.
  • Obra de teatro del año: Calígula, de Albert Camus -todo intensidad
Y, si se me permite, porque obviamente es algo muy poco uladiano, pero muy especial para mi: 'Análisis de los fenómenos monetarios en España', de Florencio Salcedo -¡qué tío!


Koldo CF

Montuenga:
Santi:

Marc Peig:
  • Libro del año: El bar de las grandes esperanzas, de J.R. Moehringer
  • Autobiografía del año: Instrumental, de James Rhodes
  • Tocholibrohistórico del año: Las benévolas, de Jonathan Littell
  • Tochonovela del año: La broma infinita, de David Foster Wallace
  • Ensayo del año: Esto es agua, de David Foster Wallace
  • Clásico que debería haber leído antes: La piedad peligrosa o La impaciencia del corazón, de Stefan Zweig
  • Libro del que no debería ni haber pasado de la portada: En manos de las furias, de Lauren Groff
  • Decepción del año: Sueños de trenes, de Denis Johnson
  • No pasará un año más sin leer: La hoguera de las vanidades, de Tom Wolfe
  • Autor que debo recuperar porque lleva tiempo olvidado (injustamente): Haruki Murakami
  • Caerán más libros de: Stefan Zweig
  • Ganas de que llegue el 2017 para lo nuevo de: Siri Hustvedt, Paul Auster y  Karl Ove Knausgaard


sábado, 5 de noviembre de 2016

Banana Yoshimoto: Kitchen

Idioma original: japonés
Título original: キッチン
Traductores: Junichi Mattsuura y Lourdes Porta
Año de publicación: 1988
Valoración: se deja leer

Japón es un país extraño: uno lee las novelas de Murakami (sí, el Leonardo di Caprio de la literatura), o esta de Banana Yoshimoto, y se hace a la idea de que el Japón actual está lleno de huérfanos, viudos, hombres y mujeres solitarios y misteriosos, fantasmas y apariciones. (Cuando uno lee a Mishima o a Kawabata, o incluso a Ishiguro cuando vuelve a sus raíces, tiene la impresión de estar leyendo sobre un país distinto, más antiguo, más maduro, más intenso). Los tres relatos que componen Kitchen son un ejemplo de ese primer Japón, y la verdad, no es el Japón que me parece más interesante.

Los dos primeros relatos de los tres que componen el libro, "Kitchen" y "Luna llena", están ligados entre sí: tienen como narradora y protagonista a Mikage Sakurai, una chica huérfana que cuando muere su abuela decide trasladarse a la cocina, su habitación favorita. De ahí es rescatada por Yuichi, un simpático joven que conocía a su abuela, y por su madre (que en realidad es su padre, pero cambio de sexo cuando murió su mujer), Eriko. Los dos relatos cuentan la relación entre este triángulo de personajes, y después de la muerte violenta de Eriko, entre los dos huérfanos, que se quieren como amigos y a lo mejor como algo más.

El tercer relato, "Moonlight shadow", tiene como protagonista a Satsuki, una chica (otra diferente, aunque casi intercambiable con Mikage) que ha perdido a su novio en un accidente de coche. Para superar su dolor se hace amiga del hermano del muerto, Hiragi, que también perdió a su novia en el mismo accidente (oh, casualidad). Y a ellos se une Urara, una misteriosa mujer que no solo puede adivinar números de teléfono sino que también sabe el secreto para comunicarse con los muertos.

A la obra no le faltan méritos que pueden explicar que haya sido tan bien acogida: está escrita con un estilo propositadamente impresionista, que mezcla tiempos, sensaciones, pensamientos y diálogos de una forma ágil y entretenida. A pesar de su temática melodramática (¡tanta gente muerta en tan pocas páginas!) no cae demasiado en la cursilería, lo que es de agradecer. El problema es que tampoco cae en mucho más: los personajes son arquetipos bastante planos, que actúan de una forma que quiere ser misteriosa pero que resulta inconsecuente, y los posibles temas de la obra, como la gestión del dolor y del luto, no se exploran más allá de la mera enunciación.

Sé que si no existiera Murakami, Kitchen me habría gustado más. Si no hubiera leído Tokyo Blues (publicado, por cierto, solo un año antes que Kitchen), creo que esta novela me habría parecido más original y sorprendente. El problema es que no solo he leído Tokyo Blues, sino también After Dark y Sputnik, mi amor y... Y ya estoy bastante saturado de chicos y chicas japoneses solitarios y tristes, muy tristes, que deambulan de un sitio para otro comiendo udon, mirando a la luna y sintiéndose únicos.

También es verdad que esta es una novela de juventud, como la propia autora dice en el epílogo: solo tenía 22 años cuando se publicó. Quizás tenga otras obras posteriores donde los personajes sean más redondos y los temas se elaboren un poco más. Es posible que le dé otra oportunidad en el futuro.

viernes, 2 de marzo de 2018

Ian McEwan: Amsterdam

Idioma original: inglés
Título original: Amsterdam
Año de publicación: 1998
Traducción: Jesús Zulaika
Valoración: entre recomendable y está bien

Esta es una de esas novelas que van causando una impresión cambiante en el lector (en este lector, al menos) conforme se va avanzando en ella y eso que cuenta con poco más de 200 páginas. La razón quizá radique en que, a priori, desconfiaba un tanto de su lectura: hasta donde yo conozco y, sobre todo, por referencias, tengo a McEwan como el eslabón más débil de la cadena formada por esa generación de escritores británicos que eclosionó en los años 70 y 80, y cuyo más eximio representante, con el permiso, por supuesto, de Martin Amis y Julian Barnes, es el recientemente nobelizado Ishiguro. Amsterdam, sin embargo, es uno de sus libros que tienen mejor prensa, así que tampoco me costó demasiado decidirme a leerlo.

Vaya por delante que McEwan escribe muy bien; a su técnica literaria no se le puede poner un pero e incluso logra, en ciertos momento, y ya que uno de los principales personajes es compositor, trasmitir las sensaciones que se supone nos provoca o nos pretende provocar la música sinfónica, algo nada fácil de expresar con palabras, en mi opinión -de hecho, sospecho que el propio autor sabe de su facilidad para ello, porque se extiende en esta tarea un poquito de más en algún momento-; así que, en un principio, la impresión fue favorable, aunque algo reticente aún...

El argumento, de la novela, sin embargo, no me parecía demasiado prometedor: comienza en la ceremonia de cremación de una crítica gastronómica de mediana edad, fallecida prematuramente y que, por lo visto se trataba de un mujer en especial seductora, donde se encuentran, amén del rencoroso marido, tres de sus antiguos o presentes amantes: un compositor musical de gran éxito, encargado de la "sinfonía del Milenio" (la novela es de finales de los noventa), el director de un periódico nacional y el ultraconservador Ministro de Asuntos Exteriores británico. Los dos primeros son, además, íntimos amigos y enseguida se revelan, y seguirán siéndolo a lo largo de toda la novela, como los auténticos protagonistas de la misma. Puesto que son todos cuarentones, es decir, cuarentones en aquellos años 90 y por tanto, hijos del llamado "baby-boom", la historia parece ir a decantarse por un tono de elegía generacional, algo que a mí en particular no sólo me repele, así de forma genérica, sino más aún cuando se trata de esa famosa y ubicua generación, a la que (he de confesar uno de mis prejuicios de los que soy más consciente y que además no pienso desestimar) tengo una especial tirria.

Por suerte, la novela enseguida parece deslizarse hacia la sátira de esa misma generación que, por lo que se cuenta, en el Reino Unido prosperó durante los años del thatcherismo al tiempo que lo criticaba de forma feroz pero del todo inicua (me refiero a músicos, periodistas... o escritores, no a los mineros que recibían porrazos, claro). Sátira que no puedo sino aplaudir y que también se extiende a la prensa y sus tejemanejes, y la política y los suyos. Si se quiere, incluso se puede tomar como una "fábula moral" acerca de la ambición y el egoísmo... Lástima que, en un cierto momento, la sátira deje paso a la más simple humorada, pero aún así, o quizá por ello (según los gustos), resulta una novelita bastante entretenida y que deja, además el regusto a literatura de cierta calidad. La impresión final es que McEwan, si se pone, es o ha sido capaz de dar bastante más de sí que esto, aunque como tentempié tampoco está mal.


Otros títulos de Ian McEwan reseñados en Un Libro Al Día: aquí

martes, 14 de julio de 2026

Julian Barnes: Despedidas

Idioma original: inglés 

Título original: Departure(s)

Año de publicación: 2026

Traducción: Jaime Zulaika

Valoración: recomendable

Si alguien lo recuerda, en la reseña dedicada a Mis cambios de opinión, comentaba que ese libro no  era el último que iba a publicar Julian Barnes, que a su ya respetable edad une el padecimiento de una grave, aunque cronificada enfermedad. Así pues, el último, de verdad, es éste al que dedicamos la reseña de hoy, convenientemente titulado Despedidas (aunque yo prefiero el título original, Departure(s), que en inglés tienen el sentido de "salidas" o "nuevos rumbos", que me parece más adecuado).

La trama -si es que existe alguna- de este libro (me resisto a llamarlo novela) resulta, cuando menos, bastante escurridiza: digamos que, en principio, Barnes nos cuenta la historia de amor/desamor de dos amigos suyos, en dos momentos de sus vidas separados por un intervalo de cuarenta años. Pero también encontramos una crónica del diagnóstico de la enfermedad que padece -un cáncer de la sangre, neoplasia mieloproliferativa, que no lo matará, pero le acompañará hasta su muerte-, disgresiones sobre la memoria -sobre todo de lo que se conoce como IAM: Involuntary Autobiographical Memory-, digresiones sobre la muerte, digresiones sobre la literatura -en especial la francesa, que ya se sabe que M. Barnes es un notorio francófilo-, sobre la percepción que los perros tienen de sí mismos, sobre la asimetría en las relaciones amorosas, sobre... en fin, lo que sea, porque si en algo es especialista este escritor es en lo de digredir, algo que se le da de maravilla (de hecho, algunos de sus libros, entre ellos el más célebre, El loro de Flaubert, no dejan de ser sino una digresión detrás de otra). Ningún problema, pues, excepto que, quizás, en algún momento se desdibuja un tanto los temas centrales del ibro, que vienen a ser los que ya he mencionado: el amor, la vejez, la memoria y la muerte (tiene su lógica, primero porque ya son temas tratados anteriormente por Barnes en otros títulos, pero, además, porque eas de suponer que ocupan bastante los pensamientos de cualquier persona, sea escritor o no, de ochenta años y con un cáncer "incurable,  aunque tratable" ya de por vida). Con todos estos asuntos y más, de los que, en apariencia, va saltando de uno a otro sin orden ni conciertos, en realidad Barnes va tejiendo una urdimbre a base de divagaciones, reflexiones, recuerdos, hasta que el lector (este lector, al menos, que probablemente esea más obtuso que otros) se da cuenta de que todo va formando un cuadro, un tapiz que probablemente el autor ya tenía en mente desde que comenzó a escribir el libro, pero que ha preferido mostrarnos poco a poco, por medio de una conversación amistosa y ligera, entre viejos camaradas. Este tono amable y poco dramático, aun cuando se estén tratando cuestiones de la vida bastante graves, o incluso espinosas, es una especialidad de Barnes, como sabrá quien ya haya frecuentado su obra y, la verdad, se agradece que sea el elegido, de nuevo para éste su último libro.

Un segundo aspecto del libro, algo más delicado para éste vuestro servidor, es el gran e incuestionable peso que tiene en el mismo lo que podríamos denominar "el aspecto autobiográfico" (obvio eufemismo para no tener que recordar la palabra maldita: autoficc...bueno, ya sabéis). Pero, bueno, es verdad, por otr parte, que lo de la autoficcetc. no es sólo una moda a seguir para Barners, sino que toda su obra esta llena de referencias a sí mismo y sus circunstancias. Y, qué coño, es el último libro de Julian Barnes, que tiene ya ochenta años y un cácer "incurable pero tratable". Hasta yo lo puedo (y lo debo). pasar por alto, así que no problem...

En fin, como ya sabrá más de uno y una de nuestros amables lectores/as, el próximo mes de octubre este escritor recibirá el Premio Princesa de Asturias de las Letras, artefacto propagandístico de la monarquía española que, por una vez, sirve para algo (*). Quien quiera y pueda acercarse al teatro Campoamor de Oviedo tendrá la oportunidad de despedirse en persona, siquiera a distancia, de este nuestro estimado.  autor. Pera para ellos y ellas, así como para el resto de nosotros, la despedida no es definitiva: nos quedan la lectura y la reslectura de todos los demás libros que ha escrito y la sensación, la ilusión, si se quiere, de estar dialognado con un amigo amable y ocurrente, al menos mientra dure esa lectura. Por eso al menos yo no me despediré aún de Julian Barnes, sino que esto será, en todo caso, un "hasta pronto". Y, sobre todo, muchas gracias por todo lo escrito: ha sido y continuará siendo, un placer.

(*) Se trata, si se quiere, de un premio de consolación aunque magro, por no haber recibido el Nobel, para el que, en mi opinión, Julian Barnes había acumulado más méritos que Ishiguro, escritor de su misma generación... Ahora, bien, el propio Barnes, cuando es requerido al respecto, suele recordar que a Ismail Kadaré tampoco se lo concedieron y eso sí que supone una injusticia...

También del ya añorado Julian Barnes en ULAD: Todos éstos

miércoles, 4 de marzo de 2020

Biografías lectoras II: Confesiones de un letraherido

Poco esperaba yo, cuando entré en esta comunidad lectora uladiana, que algún día tendría que pasar cuentas sobre lo que me ha llevado hasta aquí, en lo tocante a la literatura. Porque son varias décadas de libros, montones de ellos y, sí, confesaré ya de entrada, que con ritmo de lectura irregular y algún sonrojo que puede que confiese.

Y, cómo no puede ser de otra manera, pues estas cosas deben empezar por el principio, más allá de los típicos libros de niño con dibujos, texturas y sonido, ya de pequeño apuntaba maneras de lector voraz. Porque superados estos primeros años, a la que empecé a saber leer podría decirse que siempre crecí con un libro cerca y recuerdo con mucha nostalgia la época (larga, fueron bastantes años de mi vida) comiendo en casa de mis abuelos y teniendo allí algunos de mis libros, para aprovechar esos mediodías, cuando no existía internet y la TV tenía únicamente unos pocos canales. Pero allí estaban los libros, porque siempre están ahí cuando les necesitas, y esperaba a llegar a casa para lanzarme de nuevo en búsqueda de aventuras de la mano de Enyd Blyton con sus “Siete secretos” (por encima de “Los cinco”, que también) y disfrutando (mucho) con su menos valorada serie de “Los cinco detectives”. Y claro, el famoso "Zoo d'en Pitus" de Folch i Torres (lectura obligada y disfrutada por prácticamente cualquier niño catalán de la época y diría que sigue siendo así). Junto a estos libros, cómics, también, muchos: mis añorados y predilectos “Zipi y Zape”, “Mortadelo y Filemón”, “Trece rue del percebe” y, claro, cómo no, “Mafalda” de Quino, que seguramente la leía ya antes de entenderla (o no, quién sabe). Y los catalanes “Jep i Fidel”, “Massagran”, … también los franceses, “Astérix” o “Tintín” (leídos todos, varias veces, cómo debe ser, vaya) y, por supuesto, la gran ola francobelga con “Spirou”, “Gil Pupil·la”, “Benet Tallaferro” en sus traducciones al catalán. Y más, muchos más cómics, a los que seguiría alguno de Marvel y de DC Comics (Spiderman, Batman o Capitán América), pero pocos. Y no quiero olvidarme de mi cómic futbolero preferido: “Eric Castel”.

Superada ya esa fase de cómics, que debo decir que para mí fue una fase vinculada a la infancia, ya entré en la narrativa propia de la edad pre-adolescente/adolescente, donde me llevó a leer libros de más calado. Bastante en desacuerdo con muchas de las lecturas que nos ponían en el colegio (no me convencía casi ninguna de las que nos proponían y arrastro aún malos recuerdos de Charles Dickens y dos ciudades que me dejaron en medio de ambas, o Papillon, leído además en francés, que bueno, sí pero no), podríamos decir que mi despertar literario en ese momento de mi vida fue “Rebeldes”, de S.E. Hinton. Fue en esa lectura a los catorce años, y la mini-reseña que tuvimos que hacer en clase, que algo despertó en mí; puede que fuera el libro, puede que fuera los elogios del profesor a mi reseña (es posible que fuera mi primera reseña en la vida… y aquí seguimos tres décadas después) u otros motivos, pero ese libro me despertó no ya la pasión por la lectura (que ya existía desde siempre) sino las ganas de escribir (intentos de libro hubo algunos, pero ahí quedaron).

Y, una vez entrada en la edad en la que ya se podía leer de todo (o casi), me metí de lleno buscando hobbits en los mundos de Tolkien, cazando robots humanoides con la saga de Battletech y empezando a devorar todo lo que encontraba de Stephen King y también novela de aventuras africanas con Wilbur Smith y Clive Cussler. Eran tiempos de leer mucho y rápido, de leer todo lo que encontraba, especialmente en esos veranos de días calurosos y noches interminables. Y otro salto, llegando a mis veinte con novela histórica y ensayo, sufriendo y descubriendo que existe la maldad a través de las memorias de Ana Frank y Primo Levi, pero también soñando con un mundo de música (mi otra pasión) en Alta Fidelidad con Nick Hornby y entrando en libros más profundos con Kundera y su “levedad”, Dante y su “Divina comedia”, buscando lobos esteparios bajo las ruedas con Herman Hesse y descubriendo a Gregor Samsa gracias a Kafka mientras iba de viaje beat en la carretera con Kerouac hasta llegar a los campos de centeno de Salinger. Y Bradbury buscando la temperatura a la que queman los libros mientras Orwell adivinaba nuestro presente. Y Kennedy Toole conjurando con unos necios, con los que me reí casi tanto como con Mendoza y mi añorado Gurb.

Y luego, mi época de buscar submarinos jugando a patriotas con Tom Clancy y a abogados con John Grisham y otras novelas de policías y detectives, o jugando a médicos con Noah Gordon y llenando mi mundo de inmensas catedrales con Ken Follett mientras Victor Hugo encontraba miserables. Y algún fantasma que corría por la Opera al que conocí en un musical y que me llevó a su lectura.

Hasta que vino Paul Auster y todo volvió a cambiar: desmintiendo autobiografías que auguraban la crónica de un fracaso tras vivir a salto de mata y visitando su Nueva York a través de una trilogía que me abrió un nuevo mundo, un mundo donde el azar entraba y llevaba de su mano cuestiones sobre quiénes somos y cómo hemos llegado aquí. Y siguieron muchos más de Auster (casi todos, creo). Y vino Bret Easton Ellis con un psicópata americano que me infligió miedo, pero también pasión por una literatura atrevida, valiente y directa, y conocí a un tal Palahniuk que no me dejó dormir con su canción de cuna. Y algún sudamericano como García Márquez, Vargas Llosa y Jaime Baily, de los que no guardo buenos recuerdos y que, quien sabe si por eso dejé algo de lado la literatura de esos lares (perdóname Koldo). Pocas lecturas más en esa época, la universidad y una carrera difícil no dejaban mucho tiempo para la lectura.

Y llegó Haruki Murakami, superados mis veinticinco, y fue el descubrimiento de otro mundo, un mundo en el que sonaba un blues en Toquio, mientras un pájaro daba cuerda al reloj de una amante peligrosa que vive al sur de la frontera, o al oeste del sol, mientras Kafka descansaba en la orilla buscando un satélite llamado Sputnik. Y siguieron todos (o casi) del autor japonés, al que se unirían en un futuro Kawabata, Higashino, Mishima, Ishiguro… Y sin dejar de lado lo que seguía publicando Auster y King, entre otros.

También olfateé libros interesantes envueltos de perfume con Süskind y busqué códigos, ángeles y demonios con Dan Brown. Y eso me llevó otra vez de vuelta a los best sellers, con más lectura policíaca de la mano de Baldacci, Katzenback y su psicoanalista, Faletti, Koontz y la paranoia de Finder (gran libro también). Fueron bastantes años de este tipo de literatura, al que también la acompañaron cosas de las que ahora me arrepiento (y me arrepentiré de confesar aquí) como libros de ChitLick (no únicamente Bridget Jones, que también) o, más adelante, de superación personal.

Y descubrí a Siri Hustvedt, mi admiradísima Hustvedt, y me devolvió todo cuanto amé de los libros. Y leí todo de lo que había de ella (y sigo haciéndolo). Y a ella se le han ido añadiendo, al paso del tiempo, otros autores estadounidenses como Eugenides, Chabon, John Williams, Richard Ford y Foster Wallace. Y también otros autores no estadounidenses como Erri de Luca y Coetzee (otros dos grandes autores).

Y, ya más cerca a nuestros días, llegó Karl Ove Knausgård con su lucha, que es la de todos, y llegó fuerte, muy fuerte. Porque me descubrió (a mí y a muchos) la literatura del yo, porque vi otra manera de escribir, desde la cotidianidad, desde las pequeñas cosas. Y me estremecí con el ánima de Mouawad y la sangre de unas promesas que causaban dolor, pero también esperanza. Y apareció Philip Roth con su trilogía americana y Franzen buscando correcciones a una tendencia lectora errática pero nutrida. Y vino Zweig, grandísimo Zweig, y con él llegué al ensayo y a la reflexión a la que le diría Sí a Bernhard, pero también a Kristof (mi siempre admirada Kristof), o también algunos rarunos nórdicos como Hansum pasando hambre o Strindberg haciéndose el loco. Reflexiones que vendrían acompañadas de movimientos sociales contra el racismo y a favor del feminismo (Coates, Solnit, Davis, Ward Sontag, Beard, Atwood, Gornick, mi también admirada Ernaux…), sobre problemas migratorios (Gunday) o sobre la importancia de la cultura con Thiong’o. Porque hasta hace pocos años predominaban en mis estanterías los autores, pero, afortunadamente, llegaron ellas; de hecho, ya estaban, pero las descubrí tarde y menos mal que lo hice: grandísimas autoras como las ya mencionadas, pero también Hardwick y autoras más recientes como Tibuleac, Winkler, Kang, y catalanas que darán que hablar (más aún de lo que ya están haciendo) como Solà, Orriols o Baltasar.

Y sí, también otros grandes autores, como Haslett (que publique más libros, por favor), Moehringer hablándonos desde un bar grandes esperanzas, y clásicos a los que les debía una lectura como Harper Lee, Scott Fitzgerald, Victor Català, Faulkner, Hawthorne o contemporáneos como Saunders buscando a Lincoln en un bardo que me sorprendió y encandiló. Y finalmente, el último gran autor descubierto, uno de los más grandes, Cărtărescu, que me llevó a descubrir que un Solenoide genera campos infinitos de mundos de un magnetismo ineludible. Más o menos, como el magnetismo que tienen los libros.

Larga vida a los libros y a ULAD, al cuál le debo que esta sea, probablemente, la época de mi vida en la que más leo y gracias también al empuje de los lectores, que animan a seguir. Y que siga así por muchos años.