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martes, 15 de abril de 2014

Biografías lectoras: ganadores (2)

TOC, por David Villar Cembellín

El acto de leer, a estas alturas lo tengo claro, es un trastorno obsesivo-compulsivo. Obsesivo, porque mentalmente no concibes tu existencia sin lectura o tu mente sin el sumatorio de las mismas; y compulsivo, porque recurrentemente vuelves a los libros como pulsión vital. «El arte es la mentira que nos permite comprender la verdad», que dijo Picasso en la que puede ser la mejor definición sobre la función de la Literatura.

Así las cosas, recapitulemos: ¿dónde comenzó mi afición de lector? No tengo ninguna duda, el germen tuvo lugar a edad temprana con las historietas de Pulgarcito, un tebeo que devoraba semanalmente y que proporcionó infantil e infinito placer al niño que fui. Por supuesto que a esos Pulgarcitos siguieron otros tebeos: la colección entera de Tintín, de Astérix, Zipi y Zapes, Mortadelos y Filemón, Grandes Aventuras Ilustradas… mi afición lectora se cimentó sobre una sólidas raíces: los tebeos. En mi cabeza sonaban Enrique y Ana.

A posteriori —o paralelamente, no recuerdo— llegaron decenas, quizá centenares de libros infantiles que sacaba casi a diario de la Biblioteca del Colegio de La Salle de Sestao (un abrazo fuerte desde aquí para Míkel, el bibliotecario): allí fueron cayendo desde la colección de Los Cinco (que me volvió loco), hasta los infames Hollister (que nunca me terminaron de gustar, demasiado anglobuenistas), Los tres investigadores, La banda del cuatro y medio, libros de El barco de vapor, la colección entera de los inolvidables Elige tu propia aventura de tapa roja (mis favoritos, La guarida de los dragones y Te conviertes en tiburón), etc. Pero si debo rescatar un libro de mi infancia, aquel fue La historia interminable. Su extensión (400 páginas o´clock), el carácter épico de la aventura que contaba, la multitud de personajes, la tipografía a doble color… aquel ejemplar que mi madre me compró en el Círculo de Lectores fue, sin ambages, mi lectura favorita de aquella infancia tardía. Aún lo es. En la radio sonaban casetes de Duncan Dhu que regalaban con la SuperPop y recopilatorios grabados de Los 40 Prinicpales a los que bautizaba con los originales nombres de “Guay 1”, “Guay 2”, “Guay 3”…

Y en estas llegó mi pubertad, llegó la adolescencia… y digamos que estuve más preocupado/ocupado de otras cosas que de leer. Además, en términos estrictamente crematísticos fue mi adolescencia una época particularmente jodida: fumador precoz, bebedor de fin de semana y aficionado a los tebeos… muchos vicios para 300 pesetas a la semana si las notas acompañaban (que no era el caso, para más inri). Pero, oh, de repente, como maná del cielo, a últimos de mes siempre aparecían 2000 pesetas en mi mano. ¡2000 pesetas!

Son para sacarte el bono mensual para el tren, ¿eh? —especificaba nítidamente mi madre.
—Sí, mama —mentía yo.

Y esas 2000 pesetas para el bono mensual, demasiadas definitivamente para un trozo de cartulina amarilla con tu DNI escrito a boli, se convertían automáticamente en mi paga extra, en mi bolsa de resistencia, en mi fondo de reptiles, en mi salvación. A cambio solo debía ir el resto del mes de colada en el tren, ni tan mal. Así fue como el casi hasta la indigencia misérrimo adolescente de Margen Izquierda que fui —que en el fondo siempre seré— consiguió dinero para seguir comprando cómics (el Spiderman de McFarlane, la Patrulla-X de Claremont…). Mis lecturas de esa época: las Crónicas de la Dragonlance (que me encantaron), El señor de los anillos (que me pareció un tostón ultradescriptivo, aún hoy no trago a Tolkien), los mitos de Chtuluh de Lovecraft, y algún que otro libro de más empaque que iba rescatando de las abigarradas estanterías de mi casa: La ciudad de la alegría de Lapierre, La insoportable levedad del ser de Kundera, Por quién doblan las campanas de Hemingway, Misericordia de Galdós, Tartufo de Moliere, Papillón de Carriere, Réquiem por un campesino español de Sender, La buena tierra de Pearl S. Buck, etc. La verdad es que tenía en mi propio hogar un buen fondo de armario. 

Pero si he de elegir una lectura de adolescencia que me marcó, que me tocó hondo, fue El club de los poetas muertos de N. H. Kleinbaum. Probablemente será una obra menor, o tramposa, o maniquea, pero me da igual, no me avergüenza reconocerlo… en aquel momento quinceañero la leí de un tirón, me habló de mí mismo y agitó mi anterior como ninguna lectura lo había hecho hasta entonces. En mi radiocasete sonaban noche y día A night at the opera de Queen, Violator de Depeche Mode, Disintegration de The Cure y Zooropa de U2.

Y como quien no quiere la cosa, crecí, me hice legal —que no moralmente— adulto, y el cuerpo me pedía más y más. Y entre cosas que me dejaron amigos (La tregua de Benedetti, El camino de Delibes…) y cosas que iba sacando de la biblioteca de Sestao (me divertí mucho cuando descubrí a Bukowski y Fante, me maravillé con Unamuno a través de Niebla, flipé con la trilogía de Auschwitz de Primo Levi…), las lecturas crecían y crecían. Además, gracias a trabajos esporádicos comencé a gozar de cierto escaso poder adquisitivo y pude culminar los imprescindibles de cómics que había ido dejando cojos a falta de vil metal: Watchmen, V de Vendetta, The Sandman, Black Orchid... Los dos más grandes de aquella época fueron sin duda Alan Moore (de quien aún sigo comprando compulsivamente todo lo que hace, de nuevo el TOC) y Neil Gaiman. Todavía conservo los originales de aquellos cómics que editó Zinco por primera vez. En la radio sonaban Guns´n Roses y grupos grunge que nunca me acabaron de convencer del todo, mientras yo descubría a Serrat, a Sabina, a Victor Jara, y me iba de concierto hasta Barcelona para ver a U2 (año 1997, Placebo de teloneros).

Y el tiempo prosiguió. Y con él las lecturas. Y así llegaron los que considero los más grandes. Pessoa y su Libro del desasosiego. Dostoievski y sus hermanos Karamazov (y, ¡oh!, Noches blancas). Scott Fitzgerald y sus hermosos y malditos. Steinbeck y sus uvas de la ira. Céline y su viaje al fin de la noche. Kenzaburo Oé y su cuestión personal. Y los relatos y el teatro de Chejov (mención especial para las líneas finales de El tío Vania y Las tres hermanas). Y la inolvidable disertación amorosa de Carson McCullers en La balada del café triste. Y la siempre hilarante y divertida crítica social de Gogol. Y el realismo sucio y desesperanzado de Thom Jones, Kjell Askilden y Ray Pollock. Y los futuros distópicos de Zamiatin, Orwell y Huxley. Y los alegatos antibelicistas de Trumbo y Vonnegut. Y la eterna espera de Buzzati. Y la lucidez impía de Saramago. Y las historias siempre trágicas y emocionantes de Zweig. Y los justos de Camus. Y las ciudades de Calvino. Y las estrellas de Lem. Y tantos y tantos…

La lista a estas alturas no es interminable, pero sí extensa. Menos de lo que me gustaría, no obstante. También han ido evolucionando mis gustos en cómics, creo, hacia terrenos más europeos e independientes, y en estos años he leído unos cuantos excelentes: Blankets de Craig Thompson, El arte de volar de Altarriba y Kim, la serie de Paul de Rabagliati, el Paracuellos de Carlos Giménez, el siempre seguro de calidad Luis Durán, y muchos más que no tendría tiempo aquí de reseñar. Además, con el tiempo he dado cabida a la poesía, a la que tenía semiolvidada, y he disfrutado como un loco de poetas tan grandes como Pessoa, Alejandra Pizarnik, Marina Tsvetaieva, Kavafis, Karmelo Iribarren, Luis Alberto de Cuenca, Manuel Altolaguirre, Kirmen Uribe, y tantos otros que se me estaban escapando —que todavía se me escapan— por pura ignorancia (internet ha sido un cauce muy útil, por cierto, para estos hallazgos). En mi reproductor de mp3 ahora suenan mucho los Smiths y Nacho Vegas, señal tal vez de que a estas alturas me he vuelto un ser más triste, o quizá tan sólo más lastimero.

Pero a lo que vamos: con el carácter ecléctico de siempre, sigo leyendo. Sin un orden, sin un patrón, solo por el placer de leer, y lo seguiré haciendo. Pero sirvan estas líneas, este corolario a esta biografía lectora, como agradecimiento a todos aquellos que lo hicieron posible y sentaron las bases del lector en que me he convertido. Así, quede dicho:

¡GRACIAS A MI FAMILA POR AQUELLOS PRIMEROS “PULGARCITOS”!
¡GRACIAS A MIKEL Y SU BIBLIOTECA DEL COLEGIO DE LA SALLE DE SESTAO POR EXISTIR!
¡GRACIAS A MI MADRE POR EL EXCELENTE FONDO DE ARMARIO LITERARIO QUE TENÍA EN CASA!
¡GRACIAS A LOS AMIGOS, NOVIAS, COMPAÑEROS DE TRABAJO… QUE COMPARTIERON CONMIGO SUS LECTURAS FAVORITAS!
¡GRACIAS A LOS LIBREROS QUE SUPIERON DESCUBRIRME AUTORES QUE DESCONOCÍA Y A AQUELLOS QUE SUPIERON ENCONTRAR MIS EXIGENCIAS MÁS BIZARRAS! (un abrazo especial para aquel dependiente rastafari de la FNAC-Zaragoza que se equivocó conmigo y se pensó algo que no era cuando le pedí el Maurice de Forster) ;P
¡GRACIAS A LA GUAPA BIBLIOTECARIA DE MUSKIZ QUE NUNCA SE ENFADA CUANDO LE LLEVO CON MUUUUUCHO RETRASO TODOS LOS LIBROS QUE ME LLEVO!
¡GRACIAS A LOS PEQUEÑOS EDITORES QUE ARRIESGAN Y RESCATAN DEL OLVIDO OBRAS QUE VALEN MUCHO LA PENA!
¡GRACIAS A INTERNET, Y SUS DESCONOCIDOS, Y SUS CRÍTICAS, Y SUS BLOGS, Y SUS PÁRRAFOS ESCOGIDOS… QUE SIRVEN DE BRÚJULA PARA TODOS ESOS NUEVOS DESCUBRIMIENTOS!

Gracias a todos, de verdad. Mi trastorno obsesivo-compulsivo está en deuda con vosotros. Pero eternamente agradecido por el mismo, en serio.

lunes, 14 de mayo de 2018

Afonso Cruz: La muñeca de Kokoschka

Idioma original: Portugués
Título original: A boneca de Kokoschka
Traducción: Teresa Matarranz
Año de publicación: 2010
Valoración: Muy recomendable

No es fácil reseñar un libro como este, no lo es. Porque es un libro que engaña desde el título. No trata ni de la vida del pintor ni de las vanguardias artísticas de la época  ni nada por el estilo. Eso sí, Koksochka y su muñeca aparecen y juegan un papel importante en el desarrollo de la novela, tanto como imagen esclarecedora como nexo de unión de las diferentes historias.

Podría empezar hablando de su argumento, diciendo en versión “resumen resumido” que este es un libro sobre la "Otredad", sobre cómo vemos, sobre cómo nos vemos y sobre cómo nos ven. Pero diciendo solo esto me quedo muy corto. 

Podría hablar también sobre la estructura del libro. Tres partes divididas en brevísimos capítulos (apenas unas líneas a veces, otras un puñado de páginas). Tres tiempos y tres (o más) lugares en los que se mezclan realidad y ficción. La vida dentro de un libro que a su vez incluye varias vidas o posibilidades de vidas, como las famosas matrioshkas o como los libros de “Elige tu propia aventura”. 

Podría hablar además sobre el estilo de Afonso Cruz: poético, fragmentario, elíptico, pero también naif, fresco y divertido. Es el clásico libro que, si no fuera porque lo pedí prestado en la biblioteca, podría haber dejado todo subrayado y pintarrajeado ya que está plagado de frases “lapidarias”, sentencias con las que llenarías tu carpeta de la adolescencia.

Y podría, por último, hablar de autores a los que me ha recordado: Kafka (palabras mayores, lo sé), Borges (aunque solo sea por esos libros dentro de libros), el también portugués Tavares y su Jerusalén o el Unai Elorriaga de “Un tranvía en SP”.

Por si queréis algún dato más: lugares como Dresden, Budapest, África, París o Lisboa y tiempos como 1945, la Europa de entreguerras, la Europa posterior a la Segunda Guerra Mundial...

Pero no sé si con todo lo dicho queda algo en claro. Me inclino a pensar que no. Si es así, olvidad todo lo anterior y quedaos simplemente con que “La muñeca de Kokoschka” es un muy buen libro, triste y hermoso al mismo tiempo, que bajo su apariencia de juego esconde múltiples caras y múltiples posibilidades de interpretación para el lector. Vamos, como la vida misma.

P.S.: Cómo es posible que libros tan interesantes como este pasen absolutamente desapercibidos y truños manifiestos sean considerados por la crítica especializada como "the Next Big thing"?

domingo, 12 de febrero de 2017

Reseña a cuatro manos: El gigante enterrado, de Kazuo Ishiguro

Idioma original: Inglés
Título original: The buried giant
Traducción: Mauricio Bach
Año de publicación: 2015
Valoración: decepcionante

Hay que reconocer que Kazuo Ishiguro es un escritor valiente. Y es que tras haber escrito libros maravillosos, como Los restos del día o Nunca me abandones, podría haber caído en la autocomplacencia y en la casi irresistible tentación de escribir una y otra vez el mismo libro. Pero no. Además de torturar a su seguidores (e imagino que también a sus editores) con diez años de espera, resulta que les sorprende con una novela que no tiene absolutamente nada que ver con las anteriores.

Porque El gigante enterrado es, a primera vista, una novela de "aventuras" ambientada en la Edad Media, con sus caballeros artúricos, guerreros, dragones, venganzas, traiciones, etc (Tranquilos, Ishiguro no se ha convertido en un trasunto de George R. R. Martin o de Tolkien...). Digo a primera vista porque la novela es, o al menos lo pretende, una metáfora sobre la memoria o el olvido en el más amplio sentido de la palabra: memoria individual, memoria colectiva, memoria histórica... incluso sería una metáfora política (al menos, en España), si se le quiere dar esa lectura.

Una niebla de olvido ha cubierto el territorio en el que se desarrolla la novela, esa niebla ha contribuido decisivamente a que se haya extendido una paz casi total, a nivel individual y colectivo, pero la semilla de la venganza está plantada, solo resta que el terreno sea fértil para su crecimiento. Y así surgen las dudas y los personajes se preguntan cuestiones como:
Pero también me pregunto si lo que sentimos hoy en nuestros corazones no es semejante a esas gotas de lluvia que siguen cayendo sobre nosotros desde las hojas empapadas que tenemos encima, pese a que en el cielo ya hace rato que ha dejado de llover. Me pregunto si, sin nuestros recuerdos, lo único que le espera a nuestro amor es apagarse y morir
¿Quién sabe qué sucederá cuando hombres con facilidad de palabra relacionen antiguos agravios con un nuevo deseo de tierras y conquista?
El problema que, en nuestra opinión, tiene la novela es que el fondo está por encima de la forma (Ojo que Ishiguro  sigue escribiendo tan bien como lo hacía hace 20 años, al menos en lo que se refiere al dominio del párrafo y a la exquisitez de su prosa). Si decimos que el fondo está por encima de la forma es porque el planteamiento puede ser muy bueno (de hecho, nos parece que lo es), pero el vehículo utilizado para llevarlo a cabo no nos parece ni el más idóneo ni el mejor desarrollado. Si en otro momento imitar el estilo pulcro y hasta relamido de la prosa victoriana resultó una idea excelente, en esta novela, la pretendida sencillez de los romans medievales o incluso los cuentos tradicionales no parece acabar de casar con una novela que se va complicando, pero en ocasiones de forma algo gratuita. 

De hecho, la historia resulta un tanto "tramposa", con varias vueltas de tuerca que la alargan innecesariamente, con algunas lagunas (y no la Estigia precisamente) que le restan credibilidad, con personajes que no aportan gran cosa, situaciones rocambolescas... por momentos incluso se diría que el autor ha echado mano, para crear la trama, de uno de aquellos entrañables libros de Elige tu propia aventura. Por ejemplo (y perdón si esto es un spoiler):

-Os están atacando cientos de duendes que salen del río. ¿Qué harás?

A- Luchar con ellos para salvar a una anciana que no conoces de nada (vete a la página 62)
B- Pelear para ayudar a tu adorada esposa (vete a la página 70)
C- Salir por pies y no volver la vista atrás (vete a la última página. Has ganado)

Lo mismo si te encuentras a un perro del Infierno, a unos ogros caníbales o a los soldados de un malvado Lord (y no, esto tampoco es Shrek)...

Y en éstas, Ishiguro se demora 400 páginas; ya sabemos que Ishiguro es lento, moroso y con tendencia al detalle (lo cual en otros libros ya mencionados es parte de su encanto), en una historia que, en el fondo, no deja de ser un cuento largo. Aunque eso no justifica el trote cochinero que le inflige a la narración durante buena parte de la misma, en especial en su primer tercio, ni los diálogos reiterativos, los momentos en que la acción parece enredarse en bucle sobre sí misma..Por lo menos, esta manera de narrar, pausada y un tanto errática, cuando no provoca el sopor del incauto lector le va como anillo al dedo a alguno de los mejores hallazgos de la novela, que es la aparición, de vez en cuando, de momentos de una singularidad onírica interesante, como si se tratase de la inesperada plasmación de los miedos y recuerdos de los protagonistas.... o los arquetipos del célebre "inconsciente colectivo". Pero vaya, que tampoco es que estemos leyendo el guión de una película de Bergman... más bien, en la mayoría de los casos, vamos deambulando por el reino de Ooo junto con Finn y Jake. Sólo faltan el Rey Hielo y la princesa Chicle.

Se puede hablar también, claro (se debería de hablar), del ciclo artúrico, de Steinbeck, de los mitos griegos y de muchas otras referencias que sin duda están presentes en El gigante enterrado. Pero al final de la lectura da lo mismo porque lo que queda es una sensación amarga, sobre todo sabiendo cómo puede llegar a escribir Ishiguro. Y es que este  El gigante enterrado se queda a medio camino entre un divertimento, un pastiche y el simple mareo de perdiz y lo que en otro escritor podría ser un libro aceptable resulta, en este caso, francamente decepcionante.

Fdo.: Juan G.B. y Koldo CF

También de Kazuo Ishiguro en ULAD: Un artista del mundo flotanteNunca me abandonesLos restos del díaNocturnos

lunes, 3 de marzo de 2014

Biografías lectoras: La vida en libros

Mi infancia son recuerdos de libros de los Hollister (qué cursis parecen releídos más tarde), de Los Tres Investigadores, de la colección Barco de Vapor, de Elige tu propia aventura, de la colección juvenil de la editorial SM. También, algo más tarde, y por temporadas, literatura fantástica (la saga de la Dragonlance, por ejemplo) y de ciencia ficción, a la que mis padres eran bastante aficionados.

Mi paso a la juventud literaria estuvo marcada por dos libros que me regalaron: uno de Monterroso y otro de Chejov. Mi reacción inicial, propia de un adolescente, fue de rechazo: los cuentos son para niños, pensé, los adultos leen novelas. Afortunadamente, vencí aquel rechazo y los leí. Aquello no eran cuentos para niños, aquello era otra cosa. Así se me abrió todo un mundo.

Tuve luego fases monotemáticas: durante una época solo leía a Buero Vallejo, a Cela, a Delibes; durante otra, a Borges, Cortázar, García Márquez (que me impactaron más que Buero Vallejo, Cela o Delibes, todo hay que decirlo). Cuando llegué a los dieciocho años, pensé que sabía algo de literatura; luego un día me vi en medio de una comida con escritores que hablaban de otros escritores, y descubrí que no sabía nada de nada.

Si Monterroso y Chejov me abrieron un mundo, Faulkner me mostró que ese mundo puede contarse de otra forma. Leer ¡Absalón, Absalón! (el primer libro suyo que encontré por casualidad en casa) fue un shock. Nunca había leído nada como aquello. Pocas veces he leído un libro que me haya impresionado tanto.

Aprendí mucho durante los años de la carrera, no siempre de los profesores. El aprendizaje con mis compañeros de clase y del Taller Literario de la universidad era más próximo, más vivo, más significativo (como ahora se suele decir). Así, en aquellos años descubrí a los simbolistas franceses, a Galeano, a Brecht, a Kundera. Benedetti y Neruda eran nuestro pan de cada día: organizábamos recitales de poesía amorosa o social con música de Silvio Rodríguez y cada vez menos público.

Fueron también años de leer a los clásicos, desde Homero hasta los novelones realistas del XIX: años de intentar ser enciclopédico, de intentar leer lo que hay que leer. También mi trabajo me obligaba a leer (o releer) ciertos textos: así me enamoré del Lazarillo, el Quijote o el primer acto de la Celestina (de los actos siguientes ya no tanto)

El lector que soy ahora es (en parte gracias a, por culpa de, Un libro al día) algo diferente: intenta leer más literatura contemporánea (amor eterno a Philip Roth, Auster, Coetzee), más literatura española actual (Cercas y Vila-Matas bien; Marías mal), más literatura vasca (Saizarbitoria, más que Atxaga). Tengo mis filias (la novela policiaca, en especial Camilleri) y mis fobias (¡Murakami!), pero no digo que no, a priori, a casi ningún libro.

Eso sí, confieso que al lector que ahora soy a veces le gustaría poder volver a leer como cuando tenía diez años, trece años, dieciocho años, con esa inocencia y esa pasión absoluta. Y no siempre lo consigue.

miércoles, 22 de marzo de 2017

James Branch Cabell: Jurgen o la comedia de la justicia


Idioma original: Inglés
Título original: A comedy of Justice y Taboo. A legend retold from the Dirghic of Saevius Nicanor, with prolegomena, notes and a preliminary memoir
Año de publicación: 1919
Traducción: Susana Prieto Mori
Valoración: Recomendable

Reconozcámoslo: estamos ante un libro y un autor de lo más curioso.

El autor, James Branch Cabell (1879 - 1958), fue un muy prolífico escritor norteamericano que consideraba el grueso de su "producción" como una única obra: la "Biografía de la vida de Manuel", la cual sería una saga fantástica y satírica ambientada en la Edad Media, del tal Manuel, conde de Poictesme (el Yoknapathawpha o Macondo de Cabell), y de sus descendientes.

El libro, "Jurgen o la comedia de la justicia", sería una de las múltiples ramas de esa "Biografía de la vida de Manuel". Escrito en 1919, tuvo serios problemas con la censura de la época (Estados Unidos, la tierra de la libertad, etc), lo que contribuyó a aumentar su fama en años posteriores. Esta fama no duró demasiado tiempo debido a la irrupción de las nuevas corrientes en la literatura norteamericana.

En cuanto al argumento del libro, este es, aparentemente, de lo más sencillo. Jurgen, un listillo prestamista de mediana edad, consigue gracias a oscuras colaboraciones, "librarse" de su esposa. Pero como buen marido que es, decide ir en su búsqueda. Esta búsqueda le llevará a un periplo fantástico en que se visitará el Cielo y el Infierno, en el que viajará en el Tiempo, en el que será, sucesivamente, duque, príncipe, rey, emperador y Papa y se verá inmerso en múltiples aventuras de todo tipo, con mención especial a sus escarceos amorosos. Como los libros de "Elige tu propia aventura", pero sin opción de elegir (para nosotros, no para "Jurgen") y con un toque pícaro y humorístico.

Porque pese a que puede parecer simplemente una novela fantástica o de aventuras, "Jurgen" es algo más. Es una novela, fundamentalmente, satírica. Los dobles y triples sentidos están presentes en todo el libro, abundan las referencias sexuales (si Freud no leyó "Jurgen", debería haberlo hecho) y las críticas a la sociedad de su tiempo, sobre todo en lo referente a política y religión, son claras. Combina pasajes de corte claramente humorístico con otros en los que el humor es solamente un vehículo para cargar contra la realidad del momento.

Esa es, para mí, la principal virtud de "Jurgen": integrar lo real en lo fantástico, no quedarse en una mera historia de aventuras medievales. Por contra, las múltiples referencias históricas, literarias y mitológicas (sean estas reales o apócrifas) hacen, para una persona para nada versada en la materia (mea culpa), que algunos pasajes sean difíciles de comprender y que la narración se vea, por momentos, interrumpida. Pese a esto, es de agradecer el esfuerzo de la editorial en incluir una buena cantidad de notas al pie y un extenso glosario al final del libro.

En cualquier caso, se trata de una obra que hará las delicias de los seguidores del género fantástico y que los no tan aficionados al mismo, entre los que me incluyo, también encontrarán disfrutable.

P.S.: Esta edición se completa con un breve texto, "Tabú", escrito en el mismo tono que "Jurgen" y con el que Cabell rinde homenaje, por decirlo de alguna forma, a los censores de "Jurgen".

lunes, 14 de abril de 2014

Biografías lectoras: ganadores (1)

Las postales de mis libros por Rubén Darío Rodríguez 


Pronto le pedirá que le compre un archivador, dirá que él también quiere tener uno, no como el suyo, sino uno más pequeño para empezar, con otro dibujo en el cartón. Entonces le dará dinero para que escoja el que más le guste, el primero de muchos tesoros que irá guardando a lo largo de su vida.

Anoche le pidió a su madre que le enseñase aquel cuaderno grande, el del estante más alto. Es un archivador, o un álbum, le dijo, lo que tú prefieras, pero no un cuaderno. Y ella lo bajó, se lo abrió ante sus ojos, sentados juntos en el sofá. Tiene anillas y láminas con cuatro agujeros para encajar y espacio plastificado para ajustar cuatro imágenes por cada cara, ¿ves? Como los álbumes, como los archivadores.

Está lleno de fotos, se asombró el niño. Cuántas… Son postales, le corrigió la madre. Dejó que las tocara, que las deslizara con cuidado bajo el fino plástico transparente para acercarlas a la vista y recrearse en las imágenes y las ilustraciones. Les dio la vuelta y pudo leer en qué libro habían descansado de un día para otro mientras duró su lectura. “El adversario, Emmanuel Carrère, Saint Malo, junio 2013”, escrito en negro con el trazo firme sobre el blanco impoluto del reverso de una postal de un cuadro de Edward Hopper. Cogió otra de una de las primeras láminas. “Bajo las ruedas, Herman Hesse, Madrid, febrero 1995”, la tinta azul gastada, los rasgos curvados de una escritura más descuidada, por detrás de un tranvía en color sepia que se adentra en una avenida ajardinada.

Su padre empezó a guardar hace mucho tiempo, tendría 15 o 16 años, las postales con las que marcaba hasta donde avanzaba cada día en el grueso o delgado canto de un libro. No usaba marcapáginas ni separadores rectangulares que tuvieran más o menos el mismo largo que el volumen, y le parecía feo, ordinario e irrespetuoso, recurrir a la factura de una compra o a la servilleta de papel de un bar para indicar el lugar en que se interrumpía la lectura hasta el día siguiente. Se prohibía doblar unos milímetros las esquinas de la página, eso nunca, tampoco se permitía escribir en ella con bolígrafo o lápiz ideas o palabras, ni un miserable punto. La imagen de una postal que después conservaría con el rigor y la delicadeza con que se protege una reliquia quedaría unida para siempre al recuerdo de un libro.

Cada libro con su postal.

Al abrir el archivador la primera que se ve revive su ciudad en aquellos días, las olas enfurecidas golpeando un espigón que ya no existe. “Octubre de 1988”, indica detrás el rojo de un bolígrafo. “El árbol de la ciencia, Pío Baroja”. La primera lectura obligada por don Gregorio en clase de Literatura española. Qué malvado aquel profesor, con qué poca pasión impartía sus enseñanzas. Pensó que aquel era un libro serio, algo muy diferente a lo que había leído antes, los misterios que resolver de Los Tres Investigadores y las páginas animosas de los ejemplares de bolsillo de la colección Elige tu propia aventura, los diez o doce que descansan olvidados en el desván de casa de sus padres. El médico de aquella novela le hizo pensar en las penurias de la gente, en la ignorancia, la mezquindad, la vida como era hacía un siglo y cómo era en aquel momento, pensamientos inquietantes que se llevó a la almohada. Al terminar la última página escribió el título del libro, el nombre del autor y la fecha en la espalda de la postal que lo acompañó y la guardó en un cajón.

La colmena también estaba bien, el enjambre miserable que pasaba las horas en aquel café marrón y frío de un Madrid que no conocía pero le asustaba; Cela, qué bien escribía y qué mal le caía. Garcilaso no le gustó, Quevedo sí. Lope por supuesto, Calderón pues no. ¿Quién se acuerda de ellos? Los libros no eran suyos, los tenía su padre o su tío, que habían estudiado en el mismo colegio y guardaban ediciones muy viejas, o los tomaba prestados de la biblioteca. Cada postal fue a un cajón, siempre al mismo, hasta que todas las de aquel curso y las que le siguieron en la playa, el dique y el campamento durante el verano (La importancia de llamarse Ernesto y Servidumbre humana fueron sus preferidas) formaron un buen montón que prefirió sacar de la guarida. Compró un archivador en la papelería del barrio, láminas de álbumes fotográficos y las encajó según el orden en que las había leído.

Doña Rita era mejor maestra, escritora frustrada, devota de sus autores de cabecera. Transmitió a sus alumnos el entusiasmo por Tiempo de silencio, que a él le costó atrapar. Dos gatos haciéndose carantoñas en la postal de enero de 1990. Se perdió en Lorca y detestó Poeta en Nueva York, inspiración rencorosa para un poema de tres folios premiado en un certamen escolar con un accésit que leyó en el teatro del colegio frente a una audiencia despistada. Se emocionó con Gil de Biedma, del desencanto que irradiaba una antología que leyó poco después de su muerte, dos macetas en un balcón de Lisboa delante de la fecha.

Aquel curso y el verano que le sucedió empezó a leer libros de cine, revistas y estudios sobre música pop y rock. Porque le gustaban tanto las películas y el rock and roll como las novelas. No volvió a ellas hasta un par de años después, cuando ya solo regresaba a su entrañable ciudad de provincias en las vacaciones que interrumpían sus clases en la Universidad.

En Madrid descubrió el polvo cálido de las librerías de viejo y el orden distante con que las grandes superficies distribuían sus novedades editoriales. Y la biblioteca de la residencia de estudiantes en la que vivía tenía una nutrida oferta de ejemplares. Podía llevarse hasta un par por dos semanas a su habitación. Destacaban entre libros de todos los colores, tamaños y grosores los cantos amarillos pálido de la colección de una editorial nacional para narrativa contemporánea. Una buena parte de esas obras tenían su edición de bolsillo en variados colores que cada semana inspeccionaba en aquella librería en la que entrase. Compraba un libro por semana, después dos. Y otras tantas postales, cualquier ilustración o retrato que le llamase la atención entre postales de lugares comunes y motivos convencionales. Un día le dijo un compañero con el que se cruzó en una acera que tuviera cuidado, que le iba a atropellar un coche si no levantaba la vista del libro mientras caminaba por la calle. Estoy acostumbrado, sé cuando debo pararme y cuando cruzar con el semáforo en verde, respondió. Llevaba Casa de muñecas en las manos. ¿O era un García Márquez? ¿O un Hemingway? Ninguno de los dos le gustó.

Hesse, Kundera, Carver, Chesterton, Joyce, Fitzgerald, Luis Landero, Stephen King… lecturas de domingos grises de resaca. Como algún compañero de clase, tuvo su fiebre juvenil por los relatos y novelas de Bukowski, un adictivo impulso por conocer a sus mujeres, apostar en el hipódromo y perderse en colillas mojadas en alcohol, personajes y escenarios que años más tarde perdieron todo su sórdido encanto al releerlos. Probó con Thomas Mann y no pasó de la página 80 de La montaña mágica, que superaba las mil, y se decantó por Muerte en Venecia, que le pareció conmovedora, postal de la playa de Lido entre las palabras (regresó al balneario con Hans Castorp años después, 1.048 páginas de una edición que le esperó paciente cada día en el cuarto de baño y tardó un año en leer mientras alternó con otros libros).

Leía lo que fuera: obras que escogían los profesores, que le sugería una chica, que le prestaba un amigo, que recomendaba un periódico. Descubrió las comedias desmadradas de Tom Sharpe, que le rompían de risa en la cama de madrugada, mientras aún estudiaba algún residente al que convenía no molestar con las carcajadas. Luego le asombró el relato criminal que Capote reportajeó en A sangre fría, ese hijo de puta que entonces le hizo glorificar el periodismo, antes de darse cuenta de que el periodismo es un trabajo más sin días de gloria. Y un día empezó con Lolita, qué orgásmico aquel desfile de devotas palabras, y unos meses después había comprado toda la obra de Nabokov que tenían las librerías. También releyó algunas de sus obras pasados los años, unas le desquiciaban con sus retorcidos juegos de palabras, tan lejos del alcance del entendimiento de los simples mortales, otros le intimidaban con la perfección de su lenguaje, culmen de un arte inalcanzable. Libros, muchos libros, y sus postales escritas hasta el verano de 1997. Y ensayos de cine y biografías musicales. Y películas en VHS y discos en vinilo y CD. Todo lo que fue guardando en cajas de cartón precintadas para llevarse a casa al terminar la carrera.

Su primer viaje largo lo hizo sobre la letra pequeña de una edición de bolsillo de En el camino, los Estados Unidos de su imaginación. No tenía mucho en común con aquellos ‘beatniks’ antipáticos, pero a aquella vida sin rumbo fijo sobre el asfalto le agradece hoy que lo arrojase a la carretera. Los viajes siguientes fueron en carne viva y en todas direcciones, cada uno con un par de libros en la mochila, experiencias dispares que guarda en la tinta escrita de postales que compraba en museos o tiendas de regalos: las Crónicas de motel de Sam Shepard, las anécdotas de Bolaño, las fantasías extraordinarias de Roald Dahl, la ruina cotidiana de Cheever, los relatos agradables de Nick Hornby, las intrigas perturbadoras de Patricia Highsmith, la desesperación de Zweig… aquella madrugada de verano aparcado ante el portal y Carta de una desconocida en la voz afectada de un amigo fascinado con aquella confesión de amor…

…Y Paul Auster. Primero Mr. Vértigo, una tierna ilusión; luego Leviatán, o quedarse sin palabras; después El palacio de la luna camino de Amsterdam y en Brujas, que le hizo llorar. Y cada año tocaban dos libros de Auster, en Dublin (El país de las últimas cosas), en Praga (El libro de las ilusiones), en casa. Se fue sintiendo entonces un personaje de sus novelas al que el azar maneja a su antojo y gracia. Un hombre cuyo destino lo convierte en escritor de lo que ocurre a su alrededor, de cuanto pasa primero en el deporte de su ciudad, en las empresas, negocios, instituciones, asociaciones y gobiernos locales después, historias reales de las que se evade luego al abrir un libro en Chesil Beach, episodios que le enseñan a protestar y a denunciar, también a querer y a amar, a conocer a la mujer con quien va a crear un hogar. Se sintió Auster mismo: yo veo las cosas como las ve él, se dijo, así me fijo en las personas y retengo lo que les ocurre, si fuera novelista mis obras contarían historias como las cuenta Paul Auster.

El niño pasa las láminas, las postales de ocho en ocho. Alguna que le llama la atención se la lleva a las manos para detenerse en las líneas y detalles del dibujo o la fotografía y lee la cara posterior, aunque no sepa nada de los libros que recuerdan. Entre 2010 y 2014 son más numerosas. Fue cuando su padre volvió a dejarse la vista en los libros, a caminar por la calle con los ojos en el papel: 59 un año, 72 al siguiente, 88 un año después, 95 al otro, más de uno por semana. Cortos, largos, medios, colecciones de relatos, ensayos, estudios, tomos. Leería mucho más si no durmiese, si no trabajase, si no le dedicase tiempo a las películas o a la música, si no tuviese que encargarse de las cosas que todo el mundo hace como conducir o comprarle un archivador a su hijo. Pero la vida es también un libro y todavía lo está escribiendo mientras no deja de leer.

sábado, 8 de marzo de 2014

Biografías lectoras: ¡Apaga la luz!

Tranquilos, creo que ya soy el último. Con esta entrada acaba el desfile exhibicionista con que os hemos castigado esta semana. Nos aguantáis cinco años y ahora os venimos con esto. Qué abuso... Yo me encuentro con una doble dificultad a la hora de contar mi vida como lector: no tengo en mi memoria una gran aliada y, además, buena parte de lo que pensaba decir ya se ha dicho. Pero no es de extrañar. Después de todo, muchos aquí pertenecemos más o menos a la misma generación; una generación que alimentó su infancia con lecturas de los Hollister (sí, yo fui fan como el que más), El Barco de Vapor y Elige tu propia aventura. Pero, dicho esto, en ULAD sabemos que la lectura asidua es una conducta neurótica y que cada lector tiene, por tanto, sus propias rarezas, manías y fijaciones. Yo he tratado de recordar algunas de las que marcaron mi niñez y mi adolescencia como lector. Allá van.

Cuando trato de recordarme como el lector incontinente que fui de niño, lo primero que me viene a la cabeza no es lo que leía, sino cómo leía. Durante muchos años compartí cuarto con mi hermano mayor. En el cabecero de cada cama teníamos unas lamparitas para leer por la noche, y lo habitual era que la mía se quedase encendida bastante más tiempo que la suya. Mi hermano protestaba, claro, y de vez en cuando me exigía  con voz medio dormida que apagase la luz. Finalmente encontramos el remedio para mantener la paz: un muro. (Esto era a finales de los 80, entiéndase...). Cada noche construíamos una especie de biombo entre ambas camas con las cuñas del sofá: él dormía a oscuras y yo podía quedarme leyendo hasta que se me cayera el libro en la cara. Ni sé el tiempo que pasé leyendo así: a oscuras y en silencio total, separado del mundo por una barrera improvisada de cuñas de sofá, con toda mi atención absorta en cada línea de cada página de cada libro.

Estaban las lecturas generacionales que mencionaba arriba, claro, pero mi fijación neurótica siempre ha venido por el lado de la historia. Lo primero que recuerdo haber devorado es una colección de pequeños cuadernitos azules que contaban "vidas ejemplares". Visto desde ahora, aquello era nacional-catolicismo para críos: épicos relatos de conquistadores españoles y lacrimógenas historietas de santos. Mi salida de ese etnocentrismo infantil la propició otra colección, esta sobre mitologías de diversas culturas, de la que ya hablé aquí. Confieso que me sabía de memoria los panteones egipcio, griego y romano, y los recitaba bajo demanda con toda la pedantería de la que es capaz un niño de 9 años. Después de aquello tuve una fase (larga) de obsesiva aztecofilia. Estará mal decirlo, quizá, pero lo cierto es que lo supe todo sobre Huitzilopochtli y Tezcatlipoca, Motecuhzoma y Cuautéhmoc, México-Tenochtitlán y su conquista. Leí y releí Azteca, por ejemplo, con gran placer, pero también el tochazo de Hugh Thomas sobre la conquista de México o compilaciones de poesía náhuatl, me entusiasmaba La visión de los vencidos, de León-Portilla...


De aquel momento recuerdo también haberme leído al completo una colección de novela histórica que fueron comprando mis padres. Además de las recreaciones históricas, confesémoslo todo, otro de los grandes atractivos de aquella literatura eran las escenas eróticas. Lo que importaba era el contenido, y no recuerdo haberme hecho nunca un juicio sobre la calidad literaria de aquellas lecturas. Leía El manuscrito carmesí, de Gala, y seguido todas las de Noah Gordon (sí, Francesc, yo también).

Con ese bagaje encima, el paso a la adolescencia lectora fue en buena parte una salida de la historia y la mitología (aunque a veces para caer en algo peor, como J.J. Benítez...). Llegué a la literatura latinoamericana, por un lado, claro, a través de la clase de literatura en el colegio, pero también por mis propios (y extraños) medios. Como ya expliqué en otra ocasión, me topé con Borges a través de la new age y leí El Aleph sin saber quién era su autor. Después de El Aleph vendrían sus obras completas en la edición del Círculo de Lectores: todavía recuerdo la sensación de orfandad cuando terminé el último de los cuatro tomos. Y los cuentos completos de Cortázar, y Cien años de soledad, que debí de leer como unas tres veces en año y pico. Supongo que fui ahí cuando cobré conciencia de que podía leerse más allá (o más acá) del contenido, y que algo podía estar bien escrito y merecer la pena sólo por eso, con independencia de lo que contase. A Borges debo también el descubrimiento del ensayo como género literario, algo que ha determinado mi biografía lectora desde entonces. Hoy apenas leo otra cosa, en realidad.

Pero basta con esto. Suficiente impudicia por esta semana.

martes, 4 de marzo de 2014

Biografías lectoras: Le rose et le noir

ULAD cumple un lustro y qué mejor manera de celebrarlo que los que formamos parte de esta cyber-taifa nos mojemos un poco más, pero sólo un poco, ¿eh?: ofreciendo a los lectores del blog algo cercano a la confesión pero siempre desde el punto de vista literario, es decir, contando a quien quiera leerlo cuáles han sido los libros que más nos han marcado. Y no me costaría demasiado mencionar estas obras, porque cada vez que alguien me pregunta por mis libros de cabecera, algo que ocurre a menudo, recito mi dichosa lista como si de un mantra se tratara. Sin embargo, si tengo que retroceder un poco más atrás, hasta mi infancia y primera adolescencia, la cosa se vuelve un poco más vergonzosa.

 Pero qué se le va a hacer, no se le puede pedir a una niña de primaria que lea lo mismo que una mujer que ya ha pasado por la universidad, que (en teoría) ha madurado, y que ha visto y experimentado bastantes cosas, ¿no? Y es precisamente esta primera etapa de mi vida lectora, sobre la que quiero escribir aquí. Así que echemos la vista un poco atrás, algo más de dos décadas atrás, y situémonos en el Bilbao de belleza post-apocalíptica que precedió a la Era Guggenheim.

Nunca olvidaré que el verano de antes de empezar el curso en el que me tocaba aprender a leer estaba muerta de miedo: temía que aprender a leer fuera algo increíblemente difícil, una disciplina pensada para mentes brillantísimas. Algunos críos de clase leían ya (cosa de sus ansiosos padres), y eso era algo que me inquietaba. Pero mi hermano, nada más ni nada menos que dos años mayor que yo, me tranquilizó. “Aprender a leer no es para tanto, ya lo verás”, afirmó. Y afirmó con tanta calma y seguridad, que yo le creí.

 Y qué razón tenía mi hermano… Aprender a leer, no era, en efecto, tan difícil, y cuando vi que el asunto se me daba bien, me relajé y comencé a disfrutar de sus beneficios: conocer fantasías imaginadas por otras personas (y eso que con las mías ya tenía bastante entretenimiento). Mis primeras lecturas fueron, no es nada extraño, los cuentos de hadas, y me gustó tanto el tema que se puede decir que caí enferma de “princesitis”: adoraba a las princesas y las historias que protagonizaban. Y no sólo porque fueran tan bellas, llevaran vestidos maravillosos, vivieran en lugares increíbles y sus envidiosas enemigas siempre acabaran fatal: los constantes elementos macabros presentes en aquellas historias me despertaban un inquietante placer por lo perverso que se incrementaría con el paso de los años. Había nacido mi pasión por el rosa y el negro.

 Recuerdo una interminable colección de libritos ilustrados diminutos con todos los cuentos clásicos para niños del mundo, que intenté inútilmente completar. ¡Siempre descubría uno nuevo! Mis pobres abuelos y padres me compraban uno o dos cada verano, en una preciosa librería/kiosko antigua del pueblo burgalés donde veraneaba. Con sólo recordar el olor de ese lugar de madera oscura y casi en penumbra aunque afuera el sol castellano abrasara, me emociono. Y comencé a tener mis ídolos literarios... La que más me gustaba era la pálida Blancanieves (una princesa de belleza gótica arropada por una bruja transformable,un espejo que habla,una manzana roja envenenada y un ataúd de cristal: fascinante), y La Bella y la Bestia era mi relato preferido: en él, la Bella, cautiva de lujo de una misteriosa Bestia aristocrática, utiliza toda su sensibilidad e ingenio para evitar que su captor, que la visita puntualmente cada noche, a las nueve, la devore. Una Sherezade europea que se sacrifica por su padre y que puede morir a dentelladas mientras cena elegantemente vestida en un comedor de lujo. Horror barroco plus amor más que morboso: de nuevo, una siniestra atracción... Años después, al ver El coleccionista, de William Wyler, todos los elementos de esta historia volverían a conquistarme.

 Pasaron unos añitos, y llegaron mis primeras lecturas “de mayores”, protagonizadas, oh, sorpresa, por los libros de “El Barco de Vapor” (la historia del tragaldabas rey Tunix era mi preferida), los de “Elige tu propia aventura” (adoré, sobre todo, La maldición de Batterslea may; El expreso de los vampiros, el cual se lo dejé a una niña repelente y nunca me lo devolvió; El reino subterráneo, y mi preferido, El misterio de Chimney Rock, una deliciosa muestra del terror más puro y elegante con pasajes que aún a día de hoy me parecen espeluznantes: la tentación de reseñarlo por aquí está pudiendo conmmigo), o los de “Alfred Hitchcock y los tres investigadores” (me encantaba Júpiter Jones).

Luego pasé a asuntos más serios, es decir, a la mismísima Ágatha Christie (la amplia colección que tenía mi abuela en su casa me ayudó a empezar a disfrutarla), al mismísimo Sherlock Holmes (su nombre estaba por todas partes, le busqué en la biblioteca del colegio, y caí rendida a esta versión adulta de Júpiter Jones), o, todo hay que decirlo, la saga de vampiros de Anne Rice, que me alucinó durante demasiado tiempo. H.G. Wells, Stevenson y Julio Verne también estuvieron por allí, y alterné las creaciones de estas celebrities con un sinfín de libros para niños, entre ellos, La máquina maravillosa de Elvira Menéndez, que me consta que a Ian Grecco también le encantó.

 Michael Ende merece una mención especial: en su historia interminable, además de disfrutar mucho con las fantásticas aventuras del guerrero Atreyu por Fantasía, vi por primera vez a un protagonista poco lucido, un crío del mundo real huérfano de madre y con un padre deprimido, gordito,débil, acosado, triste, solitario y que se refugia en los libros, afición gracias a la cual su vida cambiará por completo. En fin, el arquetipo del héroe romántico e incomprendido, totalmente opuesto a sus viles y vulgares enemigos, y al que finalmente le salen bien las cosas. Aquello me gustaba…

 Pero esta etapa en la que princesas, vampiros, detectives interesantes y fantasías varias constituían mis lecturas de evasión, se puede decir que llegó a su fin cuando cierto ruso insigne apareció en mi vida a través de dos apasionados desconocidos condenados a amarse y a olvidarse en cinco citas nocturnas: hablo de las Noches blancas de Dostoievski, un librito que andaba por casa desde hacía años pero que yo no me atrevía a leer por considerarlo "de adultos". Pero quizás por verlo corto y en una edición tan bonita, me animé a leerlo, y qué bien hice, porque nunca un libro me ha revuelto tanto como dicha nouvelle: me provocó un torbellino de sensaciones hasta entonces desconocidas, agradables y dolorosas a partes iguales. La carta que cierra la historia me dejó sin habla por la mezcla de belleza, tristeza y alegría que contenía. Y en fin: me di cuenta de que podía llegar a adorar un libro sin necesidad de elementos macabriles ni amores enfermizos. Porque aquello era "adulto", aquello era de calidad, aquello era especial. A partir de ahí, nada sería igual... Aquí, la reseña que Ian, otro fan de la novela, escribió: Noches blancas

Seguí buscando libros de Dostoievski, y también, gracias sobre todo a los consejos de mi madre, lectora voraz que vio que yo ya estaba preparada para pisar otros terrenos, de Truman Capote, Navokov, Kundera, Faulkner, Kafka, Camus,Stendhal y un largo etcétera… Así fue como pasé a otro nivel. Creo que es obvio a qué me refiero, con lo que este post debería llegar ya a su fin.

 Sin embargo, no puedo hacerlo sin citar a alguien: a Arthur Rimbaud. Descubrí al niño terrible de la poesía francesa decimonónica en segundo de Bachillerato, gracias a una joven profesora de Lengua y Literatura cuyas clases eclipsaban por su pasión e interés a las lecciones de sus desganados colegas. Ella fue la que por primera vez me habló de los simbolistas, que capitaneados por Rimbaud, ofrecían al lector unos versos alucinantes, a años luz de las austeras odas a la muerte, la exaltación de la belleza o los melodiosos pesares que hasta entonces había estudiado en esa materia. Ian Grecco, que pretendió durante un tiempo ser un Rimbaud maltés, reseñó también por aquí (siempre se me adelanta) un libro muy bueno sobre el poeta, para los que todavía no sepan mucho de su vida: Gonzalo Armero: Vida y hechos de Arthur Rimbaud 

Y tras ese especial último año de instituto, llegó la Universidad con mi querido e inolvidable Taller Literario, que daría para otro post, así que tampoco entraré en materia. A estas alturas, decir que gracias a mis colegas del grupo, conocí a decenas de autores colosales más e hice mis propios hallazgos. Eso sí, sin perder mi tendencia al rosa y al negro, a la belleza por la belleza y la cursilería mezcladas con el lado oscuro de las personas, los crímenes estudiados y la perversidad sutil. Pero por favor, que nadie piense que sueño con cometer alguna tropelía y llevarme a alguien por delante... Siempre lo digo: el hecho de adorar lo macabro no es nada más que verle el lado interesante a ciertas figuras e historias marcadas por la Muerte, la gran tragedia inevitable a la que todos estamos condenados.

Ya que no puedo darle esquinazo,  prefiero burlarme un poco de ella y tratarla con naturalidad en vez de vivir temiéndola.

Sed felices y hasta el próximo post-confesión.

lunes, 28 de noviembre de 2011

El libro de mi infancia: El príncipe de la niebla, de Carlos Ruiz Zafón

Idioma original: español
Fecha de publicación: 1993
Valoración: Recomendable

El llevar varias centenas de libros reseñados en ULAD tiene un lado malo, ¿sabéis? Y es que a los que escribimos en este blog, en ocasiones (sobre todo cuando preparamos series especiales como la presente) nos cuesta escoger libros para reseñar que no lo hayan sido ya por algún compañero. Y bueno, éste ha sido uno de esos casos, no puedo evitar ser sincera.

Vamos, que cuando me preguntan por "El libro de mi infancia", quizás tendría más derecho a ocupar ese lugar La historia interminable, de Michael Ende, que ya ha sido reseñado en este blog, o alguno de los cuentos de hadas de los que también se habló por aquí al aludir a cierto libro que ahondaba en la psicología de este tipo de relato... (por cierto, mi preferido era La bella y la bestia, en una edición preciosa que casi robo de la biblioteca de la escuela). Y considero que tampoco es plan de volver con Sherlock Holmes o con alguna de las novelas de Agatha Christie, que ya hay varias que han protagonizado posts en ULAD... Y no sé, ¿"Alfred Hitchcock y los tres investigadores" o la serie de "Elige tu propia aventura" no es quedarse un poco escaso para un blog tan sólido como ULAD? Hummm...

En fin, que finalmente he escogido El príncipe de la niebla, de Carlos Ruiz Zafón, porque considero que de todos los libros de este tipo que devoré en mis años mozos, mi tipo predilecto (a saber: misterio, algún detalle macabro, romance con un punto trágico, héroes jóvenes e imperfectos, componentes sobrenaturales), éste fue el mejor escrito y el que más poso ha dejado en mi memoria.

La trama nos presenta a la familia Carver, padre, madre, hija pequeña, hija adolescente e hijo adolescente, que huyendo de la Segunda Guerra Mundial, se refugian un verano en una misteriosa casa en la costa atlántica con un peculiar jardín con estatuas de piedra (donde destaca la de un inquietante payaso), un reloj que marcha al revés y un gato negro. En esta misma casa murió años atrás Jacob, el hijo de la anterior familia ocupante, en extrañas circunstancias, así que uno se puede imaginar que no hablamos precisamente de la casita de Pin y Pon...

El héroe de la función es el hijo de los Carver, Max, de trece años, y el villano, un terrible mago conocido como el señor Caín que pude adquirir las más diversas formas y que le concede a uno lo que desea a cambio de una fidelidad absoluta. Y pobre de aquél que rompa el trato...

Por la historia desfilan, por supuesto, los imprescindibles secundarios (donde destaca Roland, un atractivo muchacho, nieto del farero del lugar, que inicia un romance con Alice, la hermana de Max), y factores atractivos y determinantes para la trama como un enigmático barco sumergido y el faro del abuelo de Roland.

Y bueno, concluyo diciendo que recomiendo este libro para adolescentes con el que Zafón ganó el Edebé de literatura porque lo recuerdo como un divertidísimo pasatiempo bien escrito y emocionante donde alguien entre los once y los dieciséis años aficionado a los libros de aventuras y misterio encontrará todo lo que desea con una buena dosis de calidad literaria.

También de Carlos Ruiz-Zafón en ULAD: La sombra del viento

jueves, 18 de noviembre de 2010

¿Existe la ciberliteratura?

Antes de nada, aclaremos los términos, que en sí no son nada claros: con "ciberliteratura" me refiero a la literatura electrónica o digital, creada directa y exclusivamente para los medios digitales, sobre todo (aunque no solo) para internet, y que no podría existir fuera de ellos; no considero ciberliteratura, por tanto, las ediciones digitales de obras en papel (o que podrían hacerse en papel, si se quisiera), ni por supuesto la literatura que trata primordialmente de temas cibernéticos (el género que se suele conocer como "cyberpunk", que merecería una entrada independiente).

Así definida, para la inmensa mayoría de los lectores la ciberliteratura no existe: nunca han oído hablar de ella ni podría citar ningún ejemplo. De hecho, la ciberliteratura está prácticamente reducida a las universidades y ámbitos artísticos, se produce y consume en ellos, y tiene escasa o ninguna repercusión en el ámbito literario comercial o mainstream. En proporción, la cantidad de crítica, cursos, seminarios y congresos que este tipo de literatura ha provocado parece un poco desproporcionado...

Siguiendo a Katherine Hayles y a la Electronic Literature Organization, se podría clasificar la literatura electrónica en los siguientes géneros:
  • Narrativa hipertextual: obras compuestas por textos y enlaces, al modo de "Elige tu propia aventura". Ya reseñamos aquí uno de sus ejemplos más acabados: afternoon, a story, de Michael Joyce; en español y en internet puede leerse Pentagonal, del chileno Carlos Labbé.
  • Narrativa multimedia o network fiction (no me acaba de convencer el segundo término): obras que utilizan las nuevas posibilidades que ofrece internet, añadiendo al texto sonidos, imágenes, vídeos, etc. Un ejemplo sería These Waves of Girls; en español fue pionera Gabriella Infinita, de la Universidad Javeriana de Colombia
  • Narrativa interactiva: similar en cierto modo a los anteriores, se diferencia por incluir mayores dosis de interacción y de juego, y menos texto; se introduce de lleno, por lo tanto, en el campo de los videojuegos, hasta el punto de que a veces es difícil distinguirlos. Un ejemplo en español es Golpe de gracia, también de la Javeriana (las dos primeras partes son más textuales, la tercera es propiamente un juego). Entre este tipo de juegos "literarios" se suele citar Myst, un clásico que creaba un complejo mundo de ficción y que tuvo hasta cinco continuaciones, si no me equivoco.
  • Ficción adaptada a tecnologías concretas, como el GPS o el teléfono, y que permiten relacionarse con entornos reales y tridimensionales. Por ejemplo, la novela The Missing Voice (Case Study B), en CD, constituía un recorrido virtual, pero realizable, por las calles de Londres. También hay ficciones adaptadas a géneros textuales propiamente digitales, como el sms, el blog, o incluso Twitter o facebook.
  • Teatro interactivo, en el que se combina en distintos grados la actuación real con la participación de actores virtuales, remotos o digitales. Así, en Façade el usuario real interactúa con dos personajes virtuales, Grace y Trip, y se ve inmerso en una trama a lo Quién teme a Virginia Woolf. También los avatares digitales (encubran o no a personas reales) son considerados por algunos críticos una forma de "teatro digital"...
  • Poesía digital: aquí se incluiría, hasta cierto punto como un cajón de sastre, todas aquellas obras no narrativas, más o menos experimentales, que emplean tecnologías digitales combinadas en mayor o menor medida con elementos textuales para crear "poesía". La variedad en este grupo es enorme: prácticamente todas las obras contenidas en el primer volumen de la Electronic Literature Collection formarían parte de este grupo (por cierto que el segundo volumen de la colección se espera para finales de este año).
  • Literatura generada por ordenador: poesía, narrativa o teatro generados de manera más o menos interactiva por ordenador. Varios de los que he visto son más bien lúdicos, sin intención estética real. Aquí van un par de ellos: el Poem generator, y el Poetry Generator.
  • Literatura colaborativa: las nuevas tecnologías no han inventado la escritura a varias manos, pero sí la han facilitado. Las wikis son el medio más utilizado para este tipo de proyectos: además de la Wikinovela, desarrollada por la Universidad de Deusto hace unos añitos, también está el proyecto A million penguins o Un soneto me manda, de José Antonio Millán.
En mi opinión, mucha de esta literatura es en realidad un ejercicio de virtuosismo: hacemos esto, porque podemos, porque la técnica nos lo permite, y porque siempre es tentadora la idea de introducir la literatura en cualquier nuevo medio o tecnología que surge; dudo mucho, en cambio, que estos cibergéneros lleguen a ser mayoritarios, por su dificultad, su especificidad y su carácter híbrido: ni son propiamente literatura, ni son propiamente videojuegos. En todo caso, es interesante saber que esta literatura existe, y que es posible hacerla; aunque sea para decidir que no merece la pena seguir por ese camino...

viernes, 2 de julio de 2010

Libros para el verano: El misterio del cuarto amarillo, de Gaston Leroux

Idioma original: francés
Título original: Le Mystère de la Chambre Jaune
Fecha de publicación: 1908
Valoración: Recomendable

Cuando tenía once años me dio por leer de forma compulsiva todos los libros de Agatha Christie y Arthur Conan Doyle (uséase, Sherlock Holmes) que pillaba. Resultaba que servidor quería ser detective privado, y pensaba que leyendo a estos autores, estaría preparado para resolver futuros crímenes...Es que daba por hecho que en mi excitante trabajo todas las semanas tendría un asesinato que resolver, ya fuera en mansiones victorianas o viajes en tren, siempre con varios sospechosos y mucho seso requerido para dar con el asesino: qué realista era yo...

Pero lo cierto es que disfruté sobremanera con esta clase de lectura, lo que consideraba toda una proeza tras leerme la colección completa de "Elige tu propia aventura" y "Alfred Hitchcock y los tres investigadores".

Luego llegaron los años, años y más años..., crecí, y bueno, aparte de que me di cuenta de que en este mundo, el de la realidad, ser detective privado consiste, más bien, en perseguir sigilosamente a presuntos infieles o grabar conversaciones compremetedoras con aparatos a años luz de los de James Bond, pasé a otro tipo de lectura y me olvidé de los detectives repollos, los pastelitos de arsénico y los sospechosos interesantes.

Pero la vida es un eterno retorno, y resultó que durante un curso de francés en Niza, para mejorar la comprensión escrita, la profesora nos ofreció unos libros de lectura, entre ellos, El misterio del cuarto amarillo. Y lo elegí porque en cuanto leí la sinopsis en su contraportada, me pareció el más atractivo de todos.

El misterio del cuarto amarillo plantea un misterio que deja de piedra: en el castillo Glandier una joven, la señorita Matilde, hija de un científico llamado Stangerson, sufre un intento de asesinato en su habitación de paredes amarillas. Alguien la lanza al suelo e intenta encajarle un tiro, pero en el forcejeo los disparos se pierden en el aire, y el asesino desaparece mágicamente, ya que ningún habitante del castillo ve salir a nadie del cuarto. Para más inri, el habitáculo tenía su ventana cerrada por dentro. La única pista que encuentran en el cuarto es una pistola que pertenece, maldita sea, al mayordomo de los Stangerson. ¿Qué pasó...?

Para resolver el caso, el padre de Matilde contrata al gran Joseph Rouletabille, un tipo peculiar pero listísimo, mientras que la poli se decanta por Larsan, uno de los investigadores más celebrities de Inglaterra. Así que, el misterio y la rivalidad están servidas: ¿quién y por qué intentó matar a la pobre Matilde y cómo demonios entró en el intrigante cuarto amarillo? Hummm...Lean el libro y lo sabrán... Además, hoy tenemos cine. Hay varias películas sobre el libro...

Y bueno, pues creo que está claro por qué recomiendo esta obra para la estación más pegajosa y ruidosa del año: el tiempo libre y el presunto buen tiempo reclaman una lectura más ágil y emocionante de lo habitual, pero tampoco hace falta dejar en la nevera el cerebro. Rouletabille no les permitirá hacerse los tontos...

Feliz verano. Espero que sean más afortunados que el que firma esta reseña: me esperan tres meses de estío urbano entre los duros muros de un banco...

martes, 2 de junio de 2009

"El libro de mi vida": Noches Blancas de Fiódor M. Dostoievski

Idioma original: ruso
Título original: Белые ночи
Fecha de publicación: 1848
Valoración: Muy recomendable

La respuesta a la pregunta de cuál es el libro de mi vida lleva aparejada, inevitablemente, cierta dosis de inexactitud ya que sucede que mi vida aún está en curso. Pero como anticiparme a mis futuros deleites literarios me es imposible, responderé dando el título de la obra que, por ahora, merece dicha distinción: Noches Blancas. Escrita por el padre de todos los atormentados, Fiódor M. Dostoievski, esta novela corta o relato largo, según los gustos, cayó en mis manos en la biblioteca del colegio, cuando contaba con tan sólo doce años. ¿Dostoievski para estudiantes de primaria? Todo un misterio.

La leí en apenas dos tardes en la butaca color musgo de la casa de mis abuelos, y sin quererlo, gracias a Noches Blancas di el salto final hacia la literatura “seria”, dejando definitivamente atrás los libros de “Elige tu propia aventura” y los vampiros de Anne Rice.

El argumento de la novela, ubicada en San Petersburgo, es bien simple: un joven solitario e introvertido narra cómo conoce de forma accidental a una muchacha durante una “noche blanca”, fenómeno que se da en la ciudad rusa durante la época del solsticio de verano y a causa del cual la oscuridad nunca es completa. Tras el primer encuentro, la pareja de desconocidos se citará durante las cuatro noches siguientes, noches en las que la chica, de nombre Nastenka, relatará su triste historia, y en las que harán acto de presencia, de forma sutil y envolvente, las grandes pasiones que mueven al ser humano: el amor, la ilusión, la esperanza, el desamor, el desengaño.

Debería dar más detalles sobre la trama (y muy especialmente, de su final) para explicar mejor por qué este libro me dejó con una hasta entonces desconocida y agridulce sensación, pero prefiero que sea el lector el que descubra esas Noches Blancas que lograron que un niño de doce años comulgara con el alma torturada de un hombre de veintiséis, y que una butaca verde se transformara en un San Petersburgo índigo y dorado. ¿Magia? Sí, supongo: la magia de Dostoievski, la magia de la literatura

Otras obras de Fiódor Dostoievski en ULAD: El idiotaCrimen y castigoEl jugadorEl eterno maridoLos hermanos KaramazovMemorias del subsuelo